miércoles, 2 de diciembre de 2015

POR SIEMPRE ISIDORIANO (II)










Academia Isidoriana, Granada. Tercer curso de bachiller. Curso 1965/66







¡Alarcón!, ¡Alcántara!, ¡Alfaya!..., ¡Aranda Quilez!..., ¡Cambil Martín!..., ¡Cantero Grau!, ¡Cantero Pecci!..., ¡Castro!..., ¡Contreras!..., ¡Cortacero Arcas!, ¡Cortacero Martín!..., ¡García Marín!..., ¡González Navarro!..., ¡Hidalgo!..., ¡Hinojosa!..., ¡López Atienza!..., ¡López Ávila!..., ¡López Menéndez!, ¡López Navarro!..., ¡Lozano!..., ¡Madrid!...; Molina!..., ¡Rivas!..., ¡Vílchez!...; nos repetían y repetían voceando el listado de alumnos por orden alfabético durante la jornada lectiva de aquella primera mañana --y con cada inicio de clases de todas las mañanas y tardes que le siguieron durante seis años--, los venerables señores que percibimos algo mayores, serios, vestidos con traje de calle, y a los que respondíamos, levantándonos educadamente, con un:¡¡¡Presente!!! que nunca entendí por obvio, los que con su continua repetición hicieron que empezáramos a conocernos. Nunca nos llamamos por los nombres; siempre por el primer apellido.

Estos señores tenían todos los mismos calificativos: profesores. Sus apelativos los cultivamos durante mucho tiempo: Draculín, Loquillo : Don Miguel, profesor de Geografía Española tenía todas las papeletas, desde el momento que lo conocimos, para adjudicarle el mote: el Loquillo. De mediana estatura, vestido de riguroso color negro, de complexión delgada, exhibía una hermosa y redonda cabeza en cuya cara destacaba un curioso gesto infantil: movimiento continuo de avance y retroceso de su prominente labio inferior, en contraste con unos pequeños ojos que se iluminaban cuando sonreía, en una actitud pícara, pero que en demasiadas ocasiones traslucía una profunda melancolía; hasta llegar, a veces, a una mirada extraña como de infinita ausencia.

Portaba siempre un voluminoso libro de tapas oscuras en el que se sumergía nada más comenzar la clase, compaginando ambos tiempos: el de la abstracción literaria y el académico de la enseñanza. Aquel libro era un misterio para todos nosotros, y durante unos meses intentamos saber su título. Alguien comentó, al cabo del tiempo, que se trataba de las obras completas de un poeta: Amado Nervo; cuya poesía --se decía-- era la culpable de su estado de ensimismamiento desde que se quedara viudo por segunda vez; siendo esto último --al parecer-- el motivo de su continuo embeleso y el culpable del color negro de sus vestimentas con las que se presentaba a última hora de la tarde.

Una de esas eternas tardes, cuando el hastío se apoderaba de nuestro ánimo después de una dura y monótona jornada de estudios --una más-- don Miguel el Loquillo, nos sorprendió con una escandalosa y atormentada entrada en el aula. Aquel extraño episodio no encajaba con su carácter, hasta entonces, tranquilo, huidizo, sigiloso; ni con sus ademanes lentos, muy lentos, lentísimos a que nos tenía acostumbrados. Los alumnos en ruidosa camaradería poníamos el contrapunto a una hora de silencio y estudio. Sobre ese fondo se alzó el sonido de un fuerte golpe que nos puso en alerta cuando la frágil puerta, en su violenta apertura, impactó contra el borde de la tarima, apareciendo a continuación una figura de negro con el rostro demudado y desencajado, como si hubiera visto al diablo, y que entre barruntos sólo profería nítidamente una amenaza: ¡Que viene el inspector!, el que no se sepa hoy la lección, lo pisoteo, ¡lo pi-so-te-o!, ¡¡lo pi-so-te-o!!

Amenazas que repetía dirigiéndose a ambos lados de las bancas, mientras recorría nerviosamente todo el pasillo, ante la congoja general y en particular de aquellos a los que, retados por su paranoica mirada, se las lanzaba como dardos a diana. Desazón sobre todo por la novedad. No teníamos ni pajolera idea de cómo sería aquella afrenta. Sabíamos lo que sentía cuando te golpeaban en el juego del "¡eh"; del dolor inenarrable de un impacto de la pelota "Gorila" en las partes bajas; y hasta algunos estuvimos a punto de probar el sabor de la vara de mando de don José --el portero--, ¿pero aquello?..., que te pisoteen en tu propia aula y por tu profesor de geografía española..., era toda una experiencia nueva, impensable.

Se respiraba cierta tensión en el aula, al comprobar que, acomodado ya nuestro anunciado pateador en su mesa, nos miraba a toda clase de una manera rara; sin pronunciar palabra. Inusual atención al tendido, motivada por una notable ausencia: los queridísimos versos de su poeta Amado Nervo, la tabla de salvación en su naufragio mental, el bálsamo de su atormentada alma; es por eso que, quizás, en su mirada inquisitiva buscara algo a donde asirse para no ser arrastrado por la turbulenta corriente de los recuerdos. El libro de tapas oscuras, su particular oso de peluche, su amigo y compañero, no estaba allí sobre la mesa, y aquel desconsuelo produjo en don Miguel el Loquillo, por extrañas reacciones de la mente, el efecto de la locura; la que, sin duda alguna, le había alterado su estado anímico, de ahí que no le reconociéramos ese día. Al siguiente don Miguel el Loquillo llegó a clase de forma acostumbrada con el voluminoso libro de tapas oscuras bajo el brazo...

... Alfredito, Microbio Patógeno: Este personaje --profesor de Ciencias Naturales; las de segundo curso-- nunca nos regaló una simple mueca de aceptación, ni el menor atisbo de simpatía hacia nosotros. Era de la escuela tradición que solo entendía el magisterio desde la severidad, la seriedad y la frialdad en su altivez desde el alto pedestal --tarima-- a la que accedió a ras de suelo aquel primer día, casi arrastrándose.  Con mucha dificultad ascendió como pudo y acomodó, para nuestra sorpresa, su trasero ocupando solo una de las esquinas de la silla; postura inaudita, por incómoda, pero que le permitía dejar libremente estirada su pierna izquierda que la percibimos como apéndice flácido en vez de extremidad humana, mientras proyectaba hacia delante la derecha en un gesto de paso congelado.

Era evidente una notoria discapacidad que le obligaba a caminar como agachado pero con el tronco recto, en un continuo movimiento oscilatorio que nos recordaba las olas del mar, en su aproximación y alejamiento del suelo. Lo realmente impresionante es que avanzaba (quizás aprovechando la energía por diferencia de potencial entre el flujo y el reflujo).

Si pensamos por un instante que su minusvalía física le hacia vulnerable a nuestro grado de "canallería juvenil", a los pocos días de conocerle ya comprobamos que con el Microbio Patógeno, al contrario de lo que pensábamos, iríamos durante el curso: ¡De culo!, ¡cuesta abajo!, y ¡sin frenos!; frase exclamativa con la que solíamos conceptuar situaciones difíciles o comprometidas. En el estrado recomponía la figura. Triunfante en el podio despachaba grandes dosis de revancha y amargura, que proyectaba con su voz recia y despectiva, sin que en ningún momento mutase su perenne y agriado rictus de un semblante endurecido, probablemente, por el efecto de la gomina que cubría su abundante cabello que peinaba hacia atrás y que definitivamente le había afectado a la cara provocando su rigidez. La que manifestó al inicio de las clases; agravó durante el tiempo que nos tratamos, y se prolongó hasta final del curso, al que llegó agotando todo el muestrario de exclamaciones que lo eran en clave de insulto a nuestro desconocimiento de la materia de estudio. Puedo asegurar que aquellas acepciones: ¡merluzo!, ¡ignorante!, ¡torpe! y otras no aparecían en el libro de ciencias naturales.

Siempre, al finalizar la clase se bajaba de la tarima tomando todas las precauciones posibles y el tiempo necesario, y aunque lo tenía francamente difícil lo hacía él solito, sin ayuda. La acción de aquellas difíciles maniobras de aproximación, despegue y aterrizaje del elevado púlpito nos ofreció los momentos más expectantes de sus clases: por momentos profesor y alumnos conteníamos la respiración: ¡¡Ufff, por poco!! No se sabía lo que podía pasar, aunque nunca vivimos un aterrizaje forzoso... tampoco lo hubiéramos deseado... bueno, a lo mejor sí...

... Miguelillo, Llavines: Don Basilio, nuestro nuevo profesor de Religión, lucía, a pesar de su edad, una inusual, por abundante, masa capilar que peinaba hacia atrás con exceso de brillantina. No tenía nada en común con nuestro anterior profesor de religión --don Luís Ramírez--, a excepción de la negra sotana, pues mientras nuestro recordado promotor de premios y excursiones desbordaba elocuencia en la exposición de las lecciones, con una voz recia, grave en su justa medida, casi musical: acariciando las frases y comentarios adornándolos de sutil excitación en el convencimiento de las historias narradas en el antiguo y nuevo Testamento; don Basilio nos aburría con su voz ronca, casi nasal, tomada en infinita afonía, seguramente, por la continua vehemencia de sombríos e interminables sermones desde cualquier improvisado púlpito; como lo era, en aquel momento, la elevada tarima de madera anclada desde el principio de los tiempos a la entrada de la clase, y desde la que nos lanzaba una de las tenebrosas homilías sobre las consecuencias destructivas del pecado, vaticinándonos horribles males, no sólo para nuestro espíritu sino también, lo que nos producía más congoja, para nuestro cuerpo: El pecado solitario --nos decía--, ¡ése que todos sabéis !, os irá minando la salud, os privará de las energías necesarias para vuestro desarrollo y su abuso puede incluso produciros ceguera. Explicar aquella parte de la religión católica que hablaba de la naturaleza de los actos humanos, de los intrínsecamente malos --del pecado--, le encantaba a la vez que le daba la oportunidad de poder lanzar libremente sus diatribas contra nosotros.

No era necesario un gran ejercicio de transposición  para imaginárnoslo con su voz atronadora --rasgando el límite de sus cuerdas vocales desde el púlpito de la iglesia de la Virgen de las Angustias--, resonando por encima de las cabezas de los pecadores feligreses, señalándoles su mancha de nacimiento, el estigma que todos portaban desde los tiempos de nuestros primeros padres, y que les marcaba de por vida: Si no os arrepentís --les increpaba desde lo alto-- de vuestros pecados, sois carne de perdición, y os consumiréis por los siglos de los siglos en el fuego eterno del infierno.

Aparte de las actividades académicas don Basilio tenía otras importantes misiones: guiar como buen pastor al desprotegido rebaño de fieles de la basílica de Nuestra señora de las Angustias --patrona de Granada--, de la que era también su guardián, teniendo a su cargo las llaves de sus puertas. La que más conocíamos, y con la que nos habíamos familiarizado, era la de la puerta principal; y no era para menos:

Durante sus clases, atender sus explicaciones y sumergirnos en el aburrimiento de las áridas e incomprensibles disertaciones sobre el dogma y la moral católica, eran acontecimientos que se producían en paralelo. Al principio de la clase, con el ánimo más entero, aguantábamos estoicamente los primeros envites aparentando aplicación; después cuando el hastío rallaba el sopor, advertido el disertador y a fin de espantar nuestra desgana, don Basilio se descolgaba desde la tarima al pasillo del aula, el que recorría rozando con el faldón de la sotana los extremos de las bancas e impregnando el ambiente de ese olor dulzón, indefinible, de loción de afeitar barata y colonia a granel que lejos de pasar desapercibido se expandía pesado, sobreponiéndose a nuestros naturales olores, intentando neutralizarlos.

El detalle del primer plano nos permitía observar solo una mano del mismo color cetrino que la cara, sosteniendo el libro de texto abierto por la lección del día ya que la otra la ocultaba dentro del bolsillo del negro faldón, como manoseando algún desconocido objeto, el que cuando menos esperabas utilizaba como arma para despertar nuestras adormiladas conciencias, en sus idas y venidas por el estrecho corredor. La primera vez que don Basilio le atizó a uno del fondo de la clase que andaba despistado (aquellos fondos eran siempre carne de cañón), con la llave maestra, la de la puerta principal --enorme pesado herraje a la antigua-- que guardaba en el bolsillo del hábito talar, nos previno para siempre que durante sus voluntarios paseos cerca de nuestros asientos no debíamos perderle de vista; sobre todo cuando se colocaba a nuestras espaldas, porque si alevosamente te sorprendía en algún renuncio ni Dios te salvaba del llaverazo en el cráneo, y del que no podías protestar, a pesar del dolor, por ser el instrumento empleado un objeto bendecido, nada más ni nada menos que las llaves del templo más querido por los feligreses de Granada, exculpando el incidente a la intervención divina: Ha sido un toque de atención del Espíritu Santo, decía su autor material. De tal suerte que cuando, avanzado el curso, don Basilio planteó a nuestro discernimiento lo del misterio de la Santísima Trinidad, no sabíamos si la tercera persona divina, de la que hablaba, se representaba como llave o como paloma. Por si acaso siempre anduvimos prestos para que aquel espíritu santo en forma de llave no se posara sobre nuestras cabezas...

... Jirafa, el Puertas: A las tres de la tarde, una hora antes que el resto de la academia, don Francisco Puertas, profesor de Matemáticas del curso de cuarto, intentaba diariamente congraciar el universo del álgebra con el interés de sus alumnos. Aquella enorme cabeza calva --con recortado bigotito en la cara-- observando el patio por el cristal de la puerta del aula, enfrentada a la nuestra --la del tercer curso-- a través del noble espacio abierto, nos atemorizaba. Le antecedía cierta fama de duro. A cada instante y detrás del vidrio escudriñaba el patio cual imagen fotográfica impresa en el cristal, en una obsesiva tarea de guardián. Bastaba su amenazante mirada para que lo abandonáramos, convirtiéndose éste, y durante una hora, sólo en un lugar de transito. No se nos hubiera ocurrido, ni siquiera imaginado, emitir cualquier ruido que pudiera importunar tan temprana clase con tan respetable profesor.

Tanto llegamos a acostumbrarnos a la coactiva visión que, inconscientemente, acabamos ignorándola. Así un día de forma casual y sin apenas apercibirnos que el hombre de gran cabeza impartía sus clases con la puerta abierta, alguien que tarareaba la popular canción: ¡Help! de The Beatles nos contagió al resto de alumnos que en aquel momento ocupábamos el aula, pasando de los redobles de cajonera de la banca al grito de ¡Socorro! más famoso de la historia de la música en apenas unos segundos, y que por lo visto trascendió hasta la vecina clase: ¡Help!, amigos míos / ¡Help! venid a mí / ¡Help!, yo ya no puedo más / ¡Heeeeeeeeeelp! No pudimos continuar ya que la siniestra silueta del cabeza buque, apareció sorpresivamente dibujada en el trasluz de la puerta del aula con cara de pocos amigos. Su vidriosa mirada nos anunciaba cierta inminente tempestad, acojonándonos, al tiempo que nos amenazaba: Yo os voy a dar socorro... ir pasando de uno en uno, nos ordenó el cabreado profesor, sin entrever por sus palabras la violenta sorpresa que nos deparaba. Subido en la tarima y dibujando mentalmente una diana en nuestros respetables traseros fue haciendo plenos con su pie derecho, como si chutara una balón hacia la puerta, con cada uno de nosotros.

Siempre mantuvimos un escrupuloso o, mejor dicho, un atemorizado respeto hacia aquella joya del Jurásico..., quizás le privamos conscientemente de una, siquiera, eventual proximidad; era tan difícil imaginar que alguna vez hubiera sido joven como nosotros, y, por si acaso, como prevención, ya que a corta distancia podíamos ser vulnerables a que nos siguiera pateando el culo...

... el Bohemio, do´Arfonso: Llegó sin avisar con el curso ya comenzado, intentando al principio, vanamente, hacerse escuchar en el ruidoso ambiente de una actitud colectiva algo indolente. Se presentó, nos rogó humildemente atención y enseguida le erigimos como víctima expiatoria, sin derecho a réplica, de la más feroz "canallería estudiantil" que dos años antes, y a nuestro pesar, había fracasado en la persona del Microbio Patógeno, con el que entonces nos habíamos empleado a fondo, sin que ello le resintiera ni uno solo de los cabellos engominados de su abundante cabellera; y volvimos a la carga.

Su extrema delgadez, que no le impedía mostrara una abultada barriga, era fiel reflejo de las penurias económicas de los maestros de la época. Don Alfonso, nuestro nuevo profesor  de Ciencias Naturales --las de quinto curso-- eshibía, además de unos anticuados y desgastados trajes, una avanzada edad no muy usual en el profesorado de la academia, que inmediatamente despertó en nosotros esos sentimientos de familiaridad  y confianza que los abuelos evocan en los nietos, los que llevamos a límites que rayaban en la insolencia, abusando de su humanidad.

Era todo bondad y esa condición humana no era una buena tarjeta de presentación ante aquella tropa de depredadores de la normalidad académica, en unos tiempos en los que comenzamos a cuestionar la inamovilidad del principio de autoridad disciplinaria de los profesores, de los tutores e incluso de los padres; no en vano éramos la generación que habíamos asaltado el Sancta Santorum en busca de falsear las notas y protagonizado la primera reclamación colectiva de la academia, aunque esgrimiéramos paraguas en vez de pancartas.

Decir que las clases de ciencias naturales con don Alfonso eran como las de los otros profesores, es negar la verdad de los hechos: en el trato con él nos pasamos de largo. Un espectador ajeno que entrara en el recinto con la función comenzada, comprobaría atónito como en aquel docto espacio, y durante la hora de clase, coexistían tres zonas claramente diferenciadas, respecto de la proximidad o alejamiento de la ubicación del profesor. Como en el resto de aulas, una tarima de madera elevaba, por encima de nuestras cabezas, la serena mirada de don Alfonso, agrandada por el aumento del cristal de las lentes de las gafas; aunque a ciencia cierta su visión no alcanzaba más allá de la quinta fila de bancas. Por este cercano lugar medraban los irredentos "pelotaris", que reían a carcajada suelta cualquier ocurrencia del profesor, aunque no entendieran su fina ironía; algún voluntario samaritano, expiando la falta de atención del resto de los compañeros de clase que escuchaba atentamente la disertación académica del profesor, compadeciéndole en su bondad; y algún que otro desubicado aburriéndose soberanamente.

En la franja intermedia, donde ya no llegaba ni las miradas ni los razonamientos científicos de don Alfonso, bullía el ruido sordo de las conversaciones cruzadas, primero como un susurro que se iba acrecentando, ampliando, y que degeneraba en estruendoso cacareo de gallinero; compartiendo en la distancia corta del compañero de banca experiencias amorosas del fin de semana y algún cigarrillo hasta la pava.

¿Y qué pasaba en el último tramo?..., ¡el desbarajuste! El caos habitaba en el fondo de la clase, donde en el espacio libre de detrás de las bancas, y al amparo de éstas, se instalaban con vocación de permanencia durante la hora de clase varios corros en los que se practicaba toda suerte de juegos de envite y azar sin contar, por supuesto, con el permiso de nuestro profesor, del que no se oía ni una leve protesta...; con el transcurso de tiempo en tan afable trato nos enmendamos y al final del curso era nuestro profesor más querido...

... Alfredito, el´Espigares: La pregunta sonó como un reto a toda el aula y en especial a los inteligentes; a los vips de la clase: El que me demuestre en la pizarra que por dos puntos pasan más de una recta, tiene la nota máxima. Don Francisco Espigares, profesor de matemáticas --las de segundo curso-- esperaba en la tarima, franca sonrisa y tiza en mano al valiente alumno, futuro geómetra, atrevido ignorante o cachondo mental, que cogiera el guante de aquel reto. Nos mirábamos unos a otros sin dar ninguno un paso adelante.

Los segundos de silencio que precedieron al desafío se hicieron eternos y, en algún punto, ofensivos en la medida en que la falta de respuesta hería nuestra dignidad de estudiantes en la materia; la de toda una clase que observaba como de la inicial sonrisa, nuestro profesor estaba a punto de pasar a la risa y probablemente después a la carcajada ante la evidencia, conforme pasaba el tiempo, de nuestro asombro y desorientación: nos habían dicho hasta la saciedad que por dos puntos sólo pasa una resta, ¡¡¡y sólo una!!!... ¿Entonces?..., ¿aquello?..., no sabíamos..., además había que ver lo que fastidiaba la dichosa sonrisita...; en fin.

Cuando ya se adivinaba la claudicación, la derrota de todo un colectivo, de toda una generación, uno de los del montón que habitaba el fondo de la clase, vino a reparar lo que hubiera sido una ofensa a nuestra inteligencia, cuando, como un resorte, se plantó en la tarima y recogiendo decididamente la tiza que todavía exhibía de manera desafiante nuestro formador, al que, aún así, no se le borraba el rictus de ironía que enmarcaba su poblado bigote canoso, dibujó en la pizarra los dos puntos más grandes, los más enormes que jamás se hayan visto; vamos, más que puntos parecían dos melones a escala real, e inmediatamente, con una seguridad pasmosa, trazó entre ambos tantas rectas cuántas le permitió su joven brazo, hasta cansarse, demostrando definitivamente y no dejando dudas del nuevo postulado geométrico: Por dos puntos "dibujados en una pizarra", pasan, de forma categórica, infinitas rectas.

Aquello mereció el beneplácito de nuestro maestro, que dándole una amistosa palmada en el hombro le felicitó, obsequiándole, a continuación, con lo más preciado para un estudiante: la nota máxima, cumpliendo así su promesa ante el estupor y la envidia de todos los que asistimos atónitos a semejante evento. Acontecimiento académico muy importante para la época.

Lo que en aquel tiempo me pudo parecer una salida de tono de nuestro profesor de matemáticas o el amago de una broma que había quedado entre sus protagonistas, lo comprendí mejor al correr de los años. La pregunta intencionadamente formulada, guardaba una "maldad" con un sólo propósito: sacudir nuestra inteligencia, retar a nuestra capacidad de comprensión de los conceptos abstractos: ¿qué es un punto?... ¿cómo se define?... ¿cuál es su verdadero tamaño?... ¿y su color?... ¿alguien ha visto alguna vez un punto?... ¿tienen familia?... ¿dónde moran?...; ¿se puede dibujar un punto?...; esto último era realmente el qui de la cuestión...

... el Villalobos, don Luí el director:  Casualmente tenía los mismos apellidos que el director: ¡Hombre, mi hermano pequeño!, solía bromear conmigo en los encuentros, reconociéndome... ¿Qué puede decir de él?: su sola presencia imponía a nuestro ánimo una sensación de justa autoridad, entre el respeto y el aprecio. De mediana estatura, su visible corpulencia era pareja a su humanidad. Alguien , al que me uno en su apreciación, ha dicho: "Don Luis Molina Gómez, fue un digno continuador de la obra de su padre: la Academia Isidoriana, toda una institución en la ciudad. Era junto con los Escolapios el centro privado más antiguo de Granada, pero al contrario que aquél, regido por las levitas y el nacional-catolicismo, mantuvo para el colegio su ideario laico de siempre, abriendo otras opciones de enseñanza frente al panorama monocolor que se imponía en la pedagogía del momento...", para después aseverar: "Una persona excepcional por su sensibilidad social y su ejemplaridad..." Nos constaba la inquietud social de nuestro director, posiblemente heredada del padre, manifestada en la concesión de becas a alumnos con escasos recursos, como era nuestro caso, los que posiblemente se sustraían de las necesarias reparaciones. Primó a las personas por encima del lucro personal...

 ...Wyoming y otros que seguimos cultivando durante largo tiempo: el isidoriano del que aún quedan ecos en las evocaciones.

Un largo tiempo de imaginación; de compañeros de bancas



1963
Foto para ingreso en la academia


FranciscoMolinaGómez --"Molina"--
(He procurado viajar en el tiempo de las imágenes que aún no se han borrado; de los sonidos que aún no se han apagado; de los olores que aún no se han difuminado... para dejar negro sobre blanco, en abigarradas páginas de vivencias de un extenso libro:"Curso´63, del bachiller en los tiempos del pop" --de donde se han extraído las anécdotas que relato--, como apuntes a bolígrafo sobre papel cuadriculado de una época y un lugar donde vivimos con intensidad todas las emociones que, como personas, adolescentes y estudiantes, sentíamos en esa eterna dualidad del efecto y su contrario: penas y alegrías, incertidumbres y esperanzas, compañerismo y soledad..., son ya parte de aquel espacio vital; reducidas ágoras --aulas-- donde nos congregábamos diariamente para oír a los maestros en unos tiempos en los que no se cuestionaban su reconocimiento y respeto. Aquellos nos hicieron creer entonces que nos comeríamos el mundo; hoy sabemos que no ha sucedido nada, o, quizás, todo lo contrario: el mundo nos ha engullido a nosotros. Proseguimos agazapados, escondidos. Ninguna reseña en la Red de Internet. Acaso una generación inexistente, consumida en el hervor de su propia identidad: la necesidad de sobrevivir en unos años difíciles, a la que dedicamos nuestras energías y todo nuestro tiempo. El resultado: una generación de antihéroes.
Todos ya formáis parte "muy especial" del bagaje de mi existencia: ¡¡¡por siempre isidorianos!!!)

domingo, 1 de noviembre de 2015

EL CANTO DE LA SABIKA




Granada. Al fondo, por encima de la ciudad antigua, se enseñorea de color bermejo el hotel Alhambra Palace, como telón de escenario resguardando el prodigio de detrás: la colina de la Sabika

Extrajo del paquete de cigarrillos uno de ellos y lo encendió en el inicio del pasillo del aula, esperando a que cesara el murmullo de fondo: insistente cuchicheo entre nosotros ante lo insólito de aquel inicio de clase; exigiendo silencio mientras exhalaba las primeras caladas de tabaco: Saquen papel y bolígrafo... y ¡no hablen!... se les pasa el tiempo... tienen ya menos de una hora para la redacción --habían decidido por nosotros que participáramos en el por entonces ya popular, entre los colegios, concurso literario que, por supuesto para hacerse propaganda entre los más jóvenes, organizaba y convocaba la conocida marca de bebidas Coca-Cola, con numerosos y suculentos premios--; mientras impaciente por enunciarnos el tema a la inspiración de nuestras musas, recorría el largo y angosto pasillo entre bancas, aspirando ahora con deleite el humo de su cigarrillo Chesterfields, que mezclaba en la boca con el fresco sabor de un caramelo de menta Pictolín; balsámicos que siempre llevaba en el bolsillo del pantalón y que consumía con cada pitillo.

Y en la exhalación del humo de tabaco rubio que aspirábamos también nosotros sin poder evitarlo, cercana su persona a los asientos de las bancas, nuestro profesor de lengua y literatura dejaba al descubierto una irregular dentadura de la que dos colmillos rebeldes sobresalían del resto de los dientes, contraponiéndose a la buena estética de la armonía y las proporciones. Ahora el olor se esparcía por todo el pasillo del aula mientras lo recorría mostrando una notoria cojera en su pierna derecha, la que al apoyar en el suelo simulaba una genuflexión a cada paso, arrastrándola por el suelo con cierto sonido de roce que marcaba el ritmo de sus pasos.

De improviso en un receso de su singular andadura y de su adición a la nicotina, acabado el cigarrillo soltó el titulo de golpe y porrazo: ¡El sonido!... escriban sobre ello... tienen apenas tres cuartos de hora; y a partir de ahí Draculín --apodo con el que le habían bautizado desde tiempo inmemorial por motivos obvios-- se dedicó a agravar aún más el ya evidente desgaste de la madera del suelo --con cada restregón de su pierna derecha-- del aula de segundo de bachiller en su incesante recorrido cabecera-fondo escudriñando a uno y otro lado sin proferir una sola palabra, sin un comentario, sin una sugerencia... comprobando sin auxiliarnos nuestra perceptible y constatable deriva hacia el naufragio literario, al que intencionadamente nos dejó abandonados.

¡El sonido! Aquellas dos palabras frustraron en muchos de nosotros una brillante carrera de escritor. Decisión que estuvimos sopesando durante menos de una hora: cuarenta y cinco minutos de vacío durante los cuales hicimos incursiones en todos los campos del arte de la escritura, desde la mística y la lírica hasta el relato, sin lograr articular ni una sola línea coherente en estilo e intención artística... no nos habían enseñado a ello... y ahora, pasados cincuenta años, retomando aquel reto, me aventuro en lo que incomprensiblemente no se me ocurrió entonces: a transitar los sonidos atemporales de aquella parte de mi ciudad --la Alhambra de Granada-- a la que escapaba en busca de alivio siempre que barruntaba la inminente pérdida de algún sueño... a recuperar el éxodo hacia el canto de la Sabika.









Cecilio más que ciego se sabía en silencio en la eterna noche de su existencia, y es por ello que para remediarlo quiso cumplir un deseo que guardaba desde su juventud y que ahora, en el otoño de su vida, antes de que el invierno inhóspito y frío de la soledad de las tinieblas --por las que había transitado casi cincuenta años ya-- se apoderara de su ánimo, deviniendo en irreparable desánimo, fue al encuentro de los sonidos imaginados desde joven, los que faltaban para ultimar los otros sentidos de los que no había sido desposeído.

Era aquel un irrefrenable anhelo desde que con diecinueve años cayera en sus manos un ejemplar en braille --lenguaje que había aprendido en la Organización de Ciegos-- de los cuentos de la Alhambra de Washington Irving y quedara imbuido de los sonidos que cantara el espíritu romántico del escritor en sus descripciones de los bellos parajes de bosques y jardines y los exuberantes interiores de los palacios y patios de la Alhambra; y sin perder más tiempo en la mañana de un quince de noviembre metió en el macuto de recia tela el libro con las palabras en relieve al tacto, todos sus ahorros --que eran bastantes-- y algunas mudas de ropa; después tomó el cayado y se dispuso a emprender viaje hacia la colina de la Sabika. Quiso al igual que el viajero estadounidense proveerse de singular acompañante. Éste en vez de verborrea fácil e ilimitada, tenía dificultad al hablar e imaginación más corta. Era tartamudo y además le costaba escudriñar el alma de las cosas, lo que era una desventaja en su adquirida enfermedad desde muy joven: padecía de irredenta y obsesiva vocación que se manifestaba en una persistente voluntad de ser poeta; atrevimiento que era ya realidad en el desbarrar de lo que había compilado en un grueso tomo de obra creativa: "Ensueños de la Alhambra".

Pese al continuo desatino de su lírica; aquella que componía --o más bien descomponía-- inspirado por musas, genios y diosesillos que vivían --según decía-- en los parajes y mansiones de la Alhambra, a la que se dirigía cada vez que su ánimo entraba en trance, Horacio logró en cierta ocasión encadenar con cierto ritmo de intención poética unos versos a la torre de Comares: "... y en el viento algún latido, / y en el latido un recuerdo, / y en el recuerdo una torre / flanqueada de arrayanes, / que se mira en un espejo. / Tiene las paredes rojas, / altas paredes antiguas, / antiguas paredes rotas..."; sorprendiendo a su amigo Cecilio cuando se los leyó, de tal suerte que éste llegó a aprendérselos de memoria para regocijo de Horacio, o más bien para el suyo propio ya que la tartamudez de aquél, en su repetitivo atasque, hacía inviable enlazar la terminación de un verso con el inicio del otro, en una ininteligible intención de la frase, que no favorecía el logro artístico del poema: Tienes que seguir por ahí... me refiero a escribir..., le animó en su obsesión de ser poeta, desestimando en su persona, por razones obvias, el ejercicio de la declamación. De esto hacía ya algunos años; ahora le invitaba, reconociéndole como un versado cicerone de aquellos lugares, a que le acompañara en el siempre pospuesto viaje a la cima de la colina: Mañana, a las nueve en la fuente de plaza Nueva.


I.  Plaza Nueva
Se saludaron y durante largo rato Cecilio quedó en silencio, como escuchando algo, abstraído, hasta que habló: ¿Acaso el discurrir del agua sea flujo de tiempo, pero de un tiempo que no sabe de horarios, ni de días, ni años, ni...?; se preguntaba en voz baja, pero audible a su acompañante, esperando en realidad respuesta de su amigo Horacio; a la hora acordada, oyendo los sonidos de los juegos de agua de la fuente de la plaza, ambos al borde mismo de ella: ¿No notas Horacio, en el silencio de esta hora tan temprana, su latido, como el de tu corazón dando vida al cuerpo?... ¿no oyes su rumor?... el que hace el agua que brota en su nacimiento... ¿no la oyes?... es como un siseo continuo...; y como arrullo de fluido vital que le hablara, Cecilio sintió como resbalaba desde la granada en piedra que la coronaba hacia la taza ondulada: Presiento la vitalidad de lo joven en este agua que anida en el fondo de la taza: clara, limpia, agitada, inquieta, ansiosa, juguetona...deseosa de escapar, de rebosar por las entalladuras de la piedra en multitud de chorros... lúdica sin preocuparle su destino final... oigo sus risas al caer a la lámina de agua e imagino el espectáculo: un espléndido juego de infinitas gotas derramándose, con toda la pompa del acto, hacia el pilón... maravillosa sinfonía de notas cristalinas que, a buen seguro, dibujan sobre el estanque un pentagrama circular... escucha atento y oirás: todas acompasadas... todas distintas... todas divertidas... las que por el cosquilleo que siento en mi mano --la tenía sumergida en uno de los chorros-- garabatean saltarinas... ¿verdad amigo?

¡Pero!, si aguzas el oído, si prestas atención de verdad sabrás más sobre el fluir de este agua; oirás que después del alborozo viene el silencio...; y entre la acusada sonoridad como composición central del espectáculo que imaginaba, Cecilio aún pudo distinguir el susurro en el chorrear de esa otra agua que descendía, silenciosa, por el sumidero, en un discurrir eternamente húmedo: Agua callada, olvidada, escondida --decía Cecilio--, como la del río Darro al que desagua, y que ahora pasa bajo la bóveda que soporta esta plaza, que nos soporta a los dos, desde donde se ausenta el río para, a continuación, atravesar la ciudad en una vana representación, en un espectáculo fallido, inconcluso... desposeídas de sus fastos durante largo trayecto, querido Horacio, para al final perderse en el tumulto de los torbellinos, reapareciendo al encuentro de las del río Genil, para desvanecerse en sus turbulencias.

Horacio quedó maravillado de la alocución en la reflexión de Cecilio, como sugestivo preludio de aquellas jornadas de encuentro, no sabiendo dónde clasificarle: ¿filósofo?, ¿poeta? En la sensibilidad declamada de la metáfora de la vida escenificada en la simbiosis del artificio y el agua, parecía que el poeta fuera Cecilio; comparación que en su mente le devino en contrariedad, aunque sin mostrar por ello ningún gesto o ademán del que se apercibiera del desencanto su amigo, al contrario, exclamó, atrancándose en cada dos palabras, reconociendo su genio: ¡Claro!... soporte y sustancia siempre juntos, eternamente ligados..., tendré que escribir algunos versos... gracias amigo; le felicitaba Horacio con unas palmadas en la espalda: Me alegro por ti, se reía Cecilio, entendiéndole pese a su dificultad con la pronunciación del lenguaje --estaba acostumbrado--, en un gesto de alegría hacia su amigo y compañero, al que quería, al tiempo que lo cogía por el brazo.


II.  Cuesta Gomérez
Desde uno de los bordes de la plaza ambos transitaron en ascensión por la cuesta de Gomérez --hondonada que ha impreso en el terreno el encuentro de la colina de la Sabika con la del Mauror-- en dirección hacia la puerta de las Granadas, por donde bajaba ligera brisa. Cecilio se abrochó la gabardina para aislar del relente las ropas que vestía, y cubrió su avanzada alopecia con una boina pues empezaba a sentir la humedad del bosque que les dominaba en alto, aunque comenzara ya a lucir un incipiente, aunque muy tibio, sol de otoño que apenas conseguía templar el frescor que la noche había dejado en las fachadas abalconadas de geranios de las casas que bordeaban la cuesta, y que todavía rezumaban sus piedras y revocos; mientras andaba cogido aún del brazo de Horacio comprobando en ese momento los recios pertrechos de lana con que éste se había provisto contra las bajas temperaturas. Como una sola voluntad prosiguieron el empinado camino.

¡¡Granaína!!, exclamó Cecilio a mitad de la calle, parando en seco a Horacio e interrumpiendo la entrecortada conversación que a la tartamudez su amigo agravaba ahora con el resuello de su respiración en la dificultad del ascenso, reconociendo en la afinada música de guitarra que hasta la calle salía del bajo de una de las antiguas casas --la que se publicitaba encima de la puerta con popular cartel: Constructor de Guitarras-- el palo del flamenco... aquellos requiebros... aquellas pausas... aquellos silencios... inconfundibles como bien conocía por su afición al cante jondo, del que había hecho sus pinitos en años mozos. Aguzó el oído y aclaró su ronca garganta, y no pudiendo resistirse se arrancó por media granaína al son de la música: ...¡Ay!... ¡ay!...¡ay!... si yo te quiero de veras / gitana del Sacromonte / ¡ay! si yo te quiero de veras / se lo puedes preguntar / a la que está en la Carrera / la patrona de Granááááá..., alargando el final en un alarde de floritura de voz hasta quedarse casi sin aire, al modo de los cantaores flamencos: ¡Bra-bra-bra-vo!... Bra-bra-bra-vo!...le felicitaba Horacio: Gracias amigo; dime: ¿Qué número es éste?: El treinta y seis, lo dijo sin atrancarse, de seguido --le sucedía a menudo, sin explicarse porqué--: Si creo que era aquí donde venía con mi padre... ¡que buen tocaor era!

Y dicho esto se le humedecieron los ojos en los recuerdos; transportado, como si la caja de resonancia de la guitarra, de la que seguía brotando melodía tan familiar, fuera en realidad un agujero a otro tiempo por el que pudiera escapar; y rememoró con melancolía las jaranas de cantaor en bares, tabernas y algún que otro tablao de las cuevas del Sacromonte, acompañado a la guitarra por su padre; pasión a la que dedicó intensamente los ratos libres que le dejaba la venta de cupones --lotería de los ciegos-- en una esquina de puerta Real; y no tuvo tiempo de amores --o más bien éstos no le fueron propicios--, ni de subir a la Alhambra: A la Alhambra siempre se sube, nunca se va, se dijo en voz baja. Y aquellas remembranzas dieron paso a unas contenidas lágrimas que le brotaron tras las gafas oscuras, las que no impidieron que su emoción trascendiera hasta su amigo, al que, al contrario de transmitirle desaliento, le alertó a seguir caminando con un gesto del brazo. Se sentía exultante en la complacencia de los sentidos que poseía, los que le hacían vivir plenamente, sin menoscabos, aquellos momentos especiales de su vida.


III.  Bosques de la Alhambra
Al rato, traspasada la puerta de las Granadas, se adentraron en los bosques de la Alhambra que olían a humedad, a tierra, a boj de umbría que ambos aspiraron profundamente: ¡¡Huuuuummmmm!!, mientras continuaron su camino, ahora bajo la espesura del bosque que ya mudaba la piel. Penetrar en los boscajes de la Alhambra en otoño, era como introducirse en un cuadro impresionista en el que se hubiera recreado su autor, aplicando sobre el vasto lienzo vegetal toda una interminable gama de colores posibles, surgidos de su imaginación y mezclados en su mágica paleta de pintor. El follaje que ahora les envolvía era una composición de matices, de coloraciones, de tonalidades que se plasmaban en infinitas pátinas de oro con las que esta melancólica estación ciñe a árboles y arbustos. Desde los terraplenes, a los lados del paseo central, el viento parecía suspirar a ratos, como murmullo musitado, soplando entre los resquicios de las hojas secas, haciéndolas vibrar antes de que cayeran con un suave susurro. Es extraordinario, pensaba Cecilio mientras caminaban en silencio: Puedo transitar a ciegas el camino hasta este antiguo edén sin necesidad de guías, siguiendo sólo los ecos sempiternos de estos lugares, los que quiso compartir con su amigo: Querido Horacio ¿no oyes los sonidos que siempre han estado aquí?... hay en el rumor del agua cayendo en la fuente la misma cadencia y la misma armonía que las notas al rasguear las cuerdas de la guitarra... la misma música que hace el soplo del viento entre las hojas... ¡es fantástico!... me gustaría que los descubrieses de la misma forma que yo los percibo... todos ellos me hablan del mismo sitio. Horacio callaba pues gustaba oír a su amigo, sabedor de que a falta del sentido de la vista, éste había afinado los otros sentidos, sobretodo el del oído para el que no se le escapaba ningún detalle --ni siquiera los más intimistas-- de los sonidos que le rodeaban en su vida diaria, dotándoles de cierta poética.

Cecilio se arrebujó en la gabardina y se encajó de nuevo la boina para defenderse del aire gélido mientras transitaban sobre las hojas caídas que se ofrecían a sus pies como mullida alfombra de color ocre. Ambos enfilaron el final de la empinada cuesta hacia la entrada a la ciudad regia en un duelo de silencios, a sentir: los que subían con ellos y los que les había dejado el tiempo. Sus jadeos por el esfuerzo y los del agua al discurrir por sus lechos, se acompasaban. Atemporales, imperecederas, siempre presentes, las resonancias les guiaban en el empeño. ¡¡¡El agua!!! Aquí no hay que buscar sus manantiales, pues en los bosques de la Alhambra se sienten, se adivinan aunque no estén presentes. Poesía en mil versos declamada; sinfonías de una sola obertura glosada ahora por Cecilio: Este agua es susurro cuando fluye soterrada por la vertiente de la colina, sollozo cuando gime su abandono por los canalillos de barro, y rumor que se hace tangible en la fuente; generosa, transparente, eterna... querido amigo Horacio... este agua que nace en la cabecera del río va en busca del gozo de los aljibes, de las fuentes, de los surtidores... donde mostrarse con todo su esplendor... y desde donde nos invita a su fiesta, a su disfrute... vayamos y festejemos sin importarnos su triste final allá abajo.


IV.  Cruz de piedra
Ambos suspiraron al alcanzar la explanada que aliviaba su esfuerzo. Enfrente el hotel Alhambra Palace, del mismo color bermejo que los palacios nazaríes, recortaba su historicista silueta sobre el vacío donde se aposentaba la ciudad vieja, abigarrada al pie de la colina. Atravesaron de soslayo la explanada de acceso al hotel, entre ronroneos de motores de modernos autobuses que empaquetaban las primeras remesas de turistas con destino a la fortaleza roja; momento en el que se apercibieron como, convenientemente apostadas, grupos de gitanas con sus atillos y ramas de romero hacían guardia al pie de los autocares, a la caza de las parejas de extranjeros rezagadas, a las que abordaban para echarles la buenaventura con estereotipada sonrisa de dientes de oro.

Cuando unos se negaron, las gitanas escupieron infinidad de maldiciones por sus relucientes bocas que ambos escucharon: "¡Mala puñalá trapera te den...: Permitá Dió que te véa en la mano der verdugo y arrastráo cómo lá culebra..."!, sin prestarles demasiada atención, prosiguiendo su peregrinaje hasta el borde del terraplén, justo donde se aposentaba una cruz de piedra, para observar y sentir el despertar de la ciudad: De las maldiciones gitanas, ¡líbrenos Dios!, le advertía Cecilio a su amigo, el que frente a la escena que se mostraba ante sus ojos soltó un sonoro: ¡Ooohhh!, descubriendo sorpresivamente a sus pies el milagro urbano, todavía envuelto en el resto de calinas del nacimiento del nuevo día. Mientras Horacio se reconfortaba en su visión, Cecilio la percibía por sus sonidos, los latidos que emite la ciudad cuando se despereza, cuando se va sacudiendo las brumas matinales que por momentos la desdibujaba, aunque había formas inconfundibles: la catedral, espesa, que ahora identificaba Horacio como animal varado en la blanquecina luz, orientaba su girola plagada de arbotantes como patas de enorme insecto, hasta su posición; privilegiada grada desde la que dominaban los planos secuenciales del paisaje, el que, a su modo, le contaba Horacio a su amigo Cecilio.

La lejanía se materializaba en los confines de la vega; allí donde la ciudad se dirige hacia el sur en busca del mar. Un tapiz de dibujos geométricos en verde y tierra se esparcían, siguiendo la línea del río Genil, entre el horizonte y el centro urbano a los pies de ellos; todavía viejo, histórico: árabe en su concepción, barroco en sus monumentos, ecléctico en lo burgués, e indefinible en lo moderno. Una ciudad que iba despertando de manera pausada, sin sobresaltos, con ruido sordo de metabolismo gigante. Era el pálpito de la urbe que ascendía, difuso, hasta el mirador donde se encontraban. Sobre ese fondo se percibían nítidas otras voces, otras músicas: los sonidos metálicos de las campanas de las iglesias cercanas llamaban a los tempranos oficios religiosos.

Se sentaron a descansar en el banco de piedra que recorría, como protección, el remate del muro de contención que hacía de pantalla de aquel favorecido mirador, y a seguir conversando entre pautas de silencios observando lo que les rodeaba, como conjeturo observa un ciego: en silencio, pendiente de que le sorprendan los sonidos nuevos: los del lugar; observándose a ratos entre ellos sin hablar, escrutando Cecilio ahora las otras asonancias: las ya familiares de su amigo, adivinando en la forma de respirar, de suspirar... de Horacio su regocijado estado de ánimo; y es que entre ellos el silencio era más elocuente que las palabras..., hasta que sonaron con fuerza tres toques de campana en la catedral.

Eran las doce de la mañana. La floja irradiación del sol, aún muy oblicuo, apenas calentaba. Sin darse cuenta se les había pasado el tiempo: Son tres badajazos con la campana gorda, las tres Ave María del Ángelus, dijo Cecilio para quién aquella llamada le era muy familiar al estar todo el día en la calle muy cerca de la iglesia mayor. Al instante empezaron a tañer el resto de campanas de las iglesias de la ciudad, Albaicín y Alhambra: Esa que se oye tan cerca es la de Santa María de la Alhambra... en esa misma dirección, más lejana donde el Albaicín, se oye la de San Nicolás y la del Salvador... abajo, cerca de la catedral, es inconfundible la de las Angustias... y santo Domingo... y san Matías...y...; Cecilio fue desgranando una a una las iglesias según los sonidos de sus campanas. Las notas de bronce afortunadamente --pensó-- marcaban aún el ritmo de esta ciudad, todavía abarcable, amable: ¿Hasta cuándo? --se preguntaba en silencio Cecilio-- en aquel desmesurado y especulativo desarrollo al que en los últimos años habían sometido su crecimiento por la vega.


V.  Realejo
Los toques de campana se fueron diluyendo en otros sonidos más cercanos, los que pulsaban la vida de esta parte del casco viejo, postrado a sus pies: el ruido de un motocarro en su dificultosa ascensión por la empinada calle, con repiqueteante bramido de motor ahogado por el esfuerzo mecánico, se sobreponía al menos ruidoso del "dos caballos" de reparto de comestibles... era la modernidad. Ahora estas resonancias habían sustituido, pero no borrado de la memoria de Cecilio, aquellas otras que muy de mañana se prodigaban por el barrio, cuando era pequeño --¡¡cómo ha cambiado todo!!--: el pregón del vendedor ambulante publicitando a gritos su mercancía expuesta en los serones a lomos de los mulos que la acarreaban, ante el regocijo de los chaveas camino de la escuela --la misma en la que conoció a Horacio y la que tuvo que abandonar porque allí era una rémora para el resto de sus compañeros--, acelerando los niños el paso para acompasarlo al pautado andar de los cascos de las caballerías que resonaban con golpe metálico repetitivo de herraduras sobre los adoquines de granito de las calles. ¡El panaeroooo...!, ¡traigo pan de Alfacar!...: ¡Ya está aquí el lecheroooo!, ¡oiga señora, leche recién ordeñá!...: ¡El aguaoooor!, llevo agua de la fuente del Avellano !..., voces pausadas, rítmicas con cierto deje musical, timbradas en la misma cadencia que las de aquellas primeras horas del día --algo más lentas que las que le siguen-- con las que despertaba la vecindad --gente sufrida, humilde--, anunciándoles que la vida proseguía, que había que tirar para adelante... que la hogaza de pan, el cuartillo de leche y la cántara de agua les ayudarían a sobrevivir hasta que vinieran mejores tiempos. Voces que se mezclaban, en sus recuerdos, con los insistentes ladridos de los perros al paso de los animales de carga... y las de los juegos de los niños en las placetas cuando salían de la escuela: ¡Chichiriboi!, a los pies de tu cabeza voy, el número uno soy... y el sonido metálico, acompasando el golpe de martillo sobre el yunque de la herrería... y el del corte de sierra en el aserradero...; llegándole con una nitidad que le asombraba.


Todo el fondo sonoro, pasado y presente, resonaba en los subyugados oídos de Cecilio, amplificado por el eco de la alta pared natural donde se hallaba y que dominaba en permanente vigilia al que fuera su barrio y el de su amigo: al antiguo suburbio de oficios judío --el Realejo--, al pie mismo de su placeta por excelencia: el campo del Príncipe, de una de cuyas esquinas se escapaba ahora, con acordes pop, un ¡¡Yeahh!! de blues negro... la nueva música en clave de guitarra eléctrica que era alternativa joven a la otra música de guitarra que se dejaba oír en otra parte de la plaza: la flamenca, como lo era también aquel gemido frente al ¡¡Ay!! de los flamencos, reparando Cecilio en la similitud de ambos gritos: En el fondo son iguales --reconocía Cecilio--, idénticos... ambos son expresión del gemir de un pueblo oprimido en busca de la libertad y la esperanza; y que se mezclaban y se repetían, expandiéndose en toda la placeta, la que presidía en su centro, inmortalizado en piedra y cercado por laboriosa herrería, un Cristo de los Faroles. Cruz parecida a la que en lo alto estaba próxima a ellos. Por el paseo central que subía al Carmen de los Mártires, bajaron dos guardas forestales con su uniforme pardo y cinchas de cuero al pecho que les saludaron al acercarse aquellos a la cruz de piedra. Ambos amigos le correspondieron al saludo matinal con otro: ¡Buenos días! Todo estaba controlado. Todo estaba en orden.

Descendieron hasta el hotel a inscribirse como huéspedes ante la estupefacción de Horacio, al que se le agudizó el tartamudeo al conocer que su amigo le invitaba en el hospedaje y gastos de manutención durante varios días en tan lujoso hotel: nada más ni nada menos que el Alhambra Palace: ¡¡Es mu-mu-mu-mu-y ca-ca-ro!!, ¡¡tú-tú-tú estás lo-lo-loco...!!: Calma, amigo Horacio, por unos días para nosotros se acabó la miseria... es lo menos que puedo hacer por ti, por tu lealtad y amistad de tantos años, y por tu impagable ayuda haciéndome de lazarillo por las calles de Granada... a esta edad tu compañía es un bálsamo para mi vida. Horacio asintió alegrándose, dejándose llevar por la suerte de aquellos momentos: del fondo de su crónica resignación a las penurias, al cabo de una vida de sinsabores y frustraciones, remontó un halo de felicidad en la amistad: Tienes razón, ambos nos lo merecemos, le dijo a su amigo y benefactor, terminando de bajar el puente levadizo que les unía. Se necesitaban y mutuamente se reconfortaban.

Mientras descendían hacia la entrada del hotel, Cecilio percibió algo que provenía del otro lado de la cima donde se juntaban las dos colinas, y que coronaba aquel repecho; del otro lado donde lucía soberana en el lugar la Alhambra: ¿No oyes un canto llamándonos?... durante toda mi vida escuché esa señal, como efecto llamada que me impulsaba a ascender desde cualquier rincón de la ciudad donde me hallara hasta esta colina de exquisitos palacios y cuidados jardines... la misma, seguramente, que tú sentías cada vez que has necesitado subir a la Alhambra... mañana, como en los grandes días, atravesaremos sus ampulosas puertas y nos contagiáremos de su magia... mañana por fin podré oír el tan añorado canto de la Sabika. El mismo que fluyera, musitando su encanto con delicada prosa, a través de las páginas del libro que portaba en el macuto, el que esa misma tarde, una vez aposentados en la habitación del hotel, releería, aunque hubiera pasajes que ya se sabía de memoria.

En la recepción, después de inscribirse y a la espera de que el mozo de equipajes les guiara a la habitación, Cecilio se paró en lo que comprobó al tacto era un expositor de tarjetas postales en donde por instantes imaginaba las prodigiosas vistas de los jardines y palacios glosados por el escritor, con el fin de que al reverso Horacio le escribiera unos versos como recuerdo de aquellos acontecimientos: ¿Ésta de que es?...: Es el patio de los Leones...: ¡Vale!...: ¿Y ésta otra?...: Son los baños Árabes... ¡Vale!... ¿Y ésta?...: Es el patio de la Alberca con la torre de Comares al fondo...: ¡Sí, cómo no!, la torre de Comares, y declamó los párrafos hacia la parte final del poema de su amigo: "...y renuevo el éxtasis / del cielo levitado / en tenue luz / de finísimos calados / que modela / el prodigioso ámbito / en el vacío / profundo de los muros. / Y en los muros / nueve balcones / y en los balcones / explosión de celosías / de vidrieras de colores. / El del medio más grande / con adornos e inscripciones: / Soy como asiento de esposa / dotado de belleza y perfecciones"...; hizo una pausa emocionado, ante la complacencia y agradecimiento de Horacio, y prosiguió eligiendo postales hasta diez: La última ésta...: ¡¡¡Esa no!!!, le dijo rápidamente Horacio, notándole Cecilio algo contrariado a su amigo: ¿Porqué no?, le preguntó curioso Cecilio: Porque es la que tiene el cartel con ese dicho...: ¿Qué dicho?...: Sí, ese dicho tan conocido... el de la limosna y el ciego: ¡Ah!, ese que dice: "Dale limosna mujer, pues no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada", dijo Cecilio con gran naturalidad: Sí, ése, el mismo, le replicó Horacio esta vez también sin atascarse, de corrido y con claro sentimiento de compasión por su amigo.

Cecilio le sonrió al tiempo que le aliviaba su pesar: ¡Ay! mi querido Horacio, no penes por mi ceguera... desafortunado no es ser ciego... sino sordo...; ser sordo en Granada.



FranciscoMolinaGómez
(¡Cincuenta años para afrontar aquel reto!... bien valen si se llega a tiempo de entender de que iba todo aquello de la creación literaria... un camino largo y trabajoso que nada tenía que ver con aquellos concursos improvisados a la demostración de una prematura genialidad, que ni siquiera nos habían motivado, en la evocación de no sé qué musas... sintiéndonos en la competición desubicados, frustrados... ¡tantos años! bien valen en definitiva si se llega a tiempo de ser protagonista de tu propia historia)



jueves, 1 de octubre de 2015

POR SIEMPRE ISIDORIANO (I)


Academia Isidoriana, Granada. Segundo de Bachilllerato. Curso 1964/65.
En un día luminoso y destemplado, con el sol de la mañana acariciando tímidamente la terraza de la academia, el curso de Segundo-A pasamos a la posteridad. La composición que parte de un centro reconocible (Cortacero Martín, Galindo, Hinojosa, González Navarro...) y luego se desborda hasta el tejado no es casual; en la ubicación de cada uno hay un mundo de interrogantes..., y los cuatro "pelados" del orfanato (Molina, Rivas y Castro --izquierda-- y Lozano --derecha--), diluyéndonos en los bordes.





... y mientras, nosotros, en nuestro haber anotamos la esencia de ser isidoriano; una forma especial de sentir: sabíamos de nuestras perpetuas penurias, de la ruina que habitábamos, de la falta de medios, de la injusta ausencia de premios, de la pertinaz sequía de trofeos..., pero también éramos conscientes de nuestra envidiada originalidad; ser isidoriano había adquirido impronta, y ahora la generación colorista la habíamos mejorado: siempre nos impostamos dentro del orden establecido para subvertirlo de las única forma posible: derrochando imaginación por raudales...
(Del libro del autor del blog: "Curso´63, del bachiller en los tiempos del pop")











Nunca agradeceré lo suficiente la oportunidad que se me ofreció de abandonar muy de mañana diariamente el orfanato --te llevo en el recuerdo sor Aurora; tu cadenciosa voz canaria; tus relajados gestos amables tan inusuales en una monja superiora...-- para ir a estudiar al viejo caserón de la Academia Isidoriana en Granada. Nunca gratificaré bastante las deseadas escapadas al alba --aunque fueran en libertad vigilada-- al encuentro de mis compañeros de estudios durante seis años seguidos. Años fundamentales --los de la pubertad y el inicio de la adolescencia-- para salvar en parte los restos del naufragio de la infancia; algo se pudo paliar. Me consideraba enormemente favorecido por el hecho de compartir inquietudes, sentimientos, emociones y espacio vital con otros chicos de mi edad que vivían en un mundo distinto al mío --¡¡y tan distinto!!--, allende las tapias del orfanato, y que me aportaron con su "normalidad", su compañerismo y su amistad cierta estabilidad emocional. Confieso que de no haberles conocido y tratado hoy sería otra persona, ciertamente con más carencias.

Qué gratificante es vernos de nuevo todos juntos, como si el tiempo se hubiese congelado. Es difícil poner voz viva a sonrisas, preocupaciones, ilusiones y esperanzas... a esas caras, sin los testimonios de los ahora sesentones protagonistas. Este regalo a la memoria que ahora contemplo con asombro: ¡Qué jóvenes éramos!, y con ansiosa curiosidad: ¿Qué habrá sido de todos ellos?, me permite poner rostro a un momento del pasado, a un instante capturado para la nostalgia: estado anímico que se agudiza con el paso de los años y que se cursa con poderosa fuerza aperturando la compuerta que encierra el caudal de recuerdos contenidos en mentes saturadas de vivencias y ya algo cansadas. Ahora todo es ya parte de nuestra memoria, de la memoria colectiva de un grupo de chicos nacidos al final de la posguerra, y a los que se les dio la oportunidad de poder soñar con un futuro mejor que su presente... es la evocación de un peculiar lugar...¡ah!, el lugar; y de todos aquellos personajes que fueron parte del paisaje isidoriano... ¡¡y qué paisanaje!!

Aún rememoro de mi primer día de academia la extraña sensación de sentir que bruscamente estaba habitando otro mundo, muy distinto del acostumbrado: más libre, más colorista, más alegre... y aunque me sentía de alguna forma "avis rara" me alegraba enormemente de estar allí. Todo era raro, insólito... distinto, como el tiempo tan corto de aquella primera clase: Se había cumplido una hora de su inicio cuando sonó alto e insistente con fuerte chirrido metálico un timbre que por la llamada pude localizar en el pasillo, cerca de la puerta del aula. Persistente ruido que me sorprendió, sin saber que significaba aquella señal, y al que se sumó en decibelios crecientes las ganas de salir al patio, manifestadas en un escandaloso griterío, de los que iban a ser mis compañeros de bachiller, y a los que envidiaba, en aquel primer día, su aparente relajación y el dominio del territorio frente a nuestra --conmigo compartirían libertad vigilada a partir de aquel día, tres chicos más del orfanato: Castro, Rivas, y Lozano-- timidez que ahondaba la incertidumbre; sin saber que hacer en cada momento. En principio los del orfanato nos dejamos llevar por la seguridad que mostraba el resto, sin titubeos, y les seguimos en su salida del aula, si bien con un pequeño detalle diferencial: mientras ellos habían dejado carteras y útiles de escritura en sus mesas, nosotros salimos con nuestras recién compradas carteras --el mismo modelo y color, al igual que nuestra vestimenta--, fuertemente asidas, creyendo que las clases habían terminado, o quizás, salvando nuestra desconfianza a abandonar las pulcras libretas y los novedosos bolígrafos al albur de cualquiera de aquellos desconocidos.

Al igual que algunos, los cuatro buscamos la salida, ahora en un itinerario inverso al de llegada que aquel primer día era más emocional que físico, con la secuencia en tiempo real: agradecer ver luz natural en un patio que empezaba a llenarse de alumnos, alegrándonos de dejar atrás nuestra escondida aula, en la planta baja al fondo a la izquierda de lo que parecía era un edificio; sobrecogernos nuevamente por el efecto embudo y la semioscuridad del tramo-túnel siguiente que conectaba los dos patios; sorprendernos por segunda vez, la visión de un patio noble con seis columnas dóricas en torno a un corredor, fuente clásica de piedra con cabeza de animal, y escalera imperial doméstica; y desear transitar el zaguán de entrada que daba al portalón, que facilitaba la salida a la calle Arriola. Pero esto último no era posible. Allí había un implacable guardián --don José el portero-- del que conocimos aquel día la salvaguarda, por encima de cualquier consideración, de su autoridad en la portería. Apoyado en el bastón junto a la puerta, la imagen de su persona que percibimos en la improvisada presentación era de competencia en antigüedad con el viejo caserón, suscitando en su apreciación, respecto de éste, las lógicas dudas sobre quién fue antes; cuestión difícil de dilucidar. Edad avanzada, la del portero, que no era óbice para contener el ataque de una marabunta de alumnos que se había aposentado en las inmediaciones de la portería. Nosotros nos mantuvimos algo alejados, en prevención.

Ante las embestidas que iniciaron los congregados, dirigidas en tromba a la puerta de salida, en un ordenado y repetitivo avance y retroceso acompañando la cadencia en ascendente del grito: ¡Ah!... ¡¡aah!!... ¡¡¡aaah!!!... ¡¡¡aaaah!!!..., con un objetivo claro: forzar la puerta para dar con los huesos en la calle, el portero después de los preceptivos avisos, y ya con la cara violácea a punto de congestión, enarboló en alto su vara de mando o bastón de madera noble y dura para asestar, a continuación, un golpe mortal, en un recorrido previo de ciento ochenta grados, al centro de aquella zona conflictiva; y, por efecto bolera, derribar el máximo de estudiantes rebeldes. Afortunadamente no dio a nadie. Se percibía claramente que aquella tropa le había tomado la medida al contundente elemento disuasorio, pues se apartaron a tiempo con una maniobra ya ensayada, aunque sin conseguir su propósito de salir afuera. En la satisfacción de imponer su autoridad el guardián de la puerta plenamente complacido se ajustó la ostentosa cadena de reloj de antepasados que guardaba en uno de los bolsillos del chaleco de un traje de calle, de textura y color indefinidos; se recolocó el cigarrillo que llevaba pegado --un Celtas corto-- en un descolgado grueso labio inferior del mismo color de la cara: entre azulado y rojo, como señal de normalidad al ver que bastantes alumnos se batían en retirada; unos hacia sus aulas, otros al patio siguiente, y unos pocos --mayores-- hacia los dominios de un abuelete que regentaba un puesto de frutos secos, caramelos... y cigarrillos que vendía sueltos, estratégicamente ubicado en ese mismo patio noble de la academia.

(Los estrategas se forman en la guerra de la que el abuelete, supusimos, llevaba ya muchas batallas libradas pues, como comprobamos más tarde, no había tropa, en activo o licenciada, que no hubiera visitado alguna vez su baluarte. Por eso frente al acoso de piratas y bucaneros con aspecto de estudiantes, había desplegado toda una suerte de medidas defensivas propias de un general como pudimos apreciar sobre el terreno: el tesoro que los agregados en derredor ansiaban asaltar se asentaba sobre una base de piedra de un viejo pozo clausurado, con lo que el ataque por los bajos estaba descartado; los flancos laterales también constituían puntos invulnerables: eran las paredes de la esquina del patio; y, para colmo, en los momentos en que arreciaba la lucha cuerpo a cuerpo, coincidiendo con los descansos entre clases --según comprobamos después-- era auxiliado por la caballería: su hija que ya peinaba canas, de tez oscura y estatura bajita pero rápida y sagaz como si hubiera hecho un master en el Bronx).

Aquella mañana estaba sólo cuando se le acercó el grupo de chicos mayores --por su edad serían de sexto curso-- haciéndole una envolvente para alejarlo del puesto, mientras uno de ellos escondido en una de las columnas próxima a la cesta donde tenía el tabaco, se apropiaba de varios cigarrillos que después los interfectos, con gran descojono, volatilizaron clandestinamente, a caladas alternadas, en unos destartalados aseos de un patinejo interior que se comunicaba por un pasadizo con el patio noble --por donde les vimos escapar, aunque entonces desconocíamos su destino--, aspirando --supusimos cuando descubrimos el lugar-- placenteramente junto con el humo del pitillo, otros olores tanto o más intensos que, como gases condensados, permanecían estables en aquella atmósfera: el fuerte tufillo a mierda, orín y agua fuerte que desprendían las letrinas.

Los cuatro observamos los acontecimientos con estupefacción en la inmediatez de nuestro primer día: el insólito suceso del cuestionamiento de la autoridad --del que indisimuladamente nos congratulábamos--, pues no teníamos antecedentes en nuestra memoria, y el de la canallería estudiantil hacia el indefenso abuelete; y huimos de las posibles complicaciones queriendo guarecernos, en el convencimiento ahora de que la jornada lectiva no había finalizado, en el otro patio que incomprensiblemente en el descanso entre clases había alcanzado su aforo máximo: no cabía un alfiler; patio donde aún resonaban los ecos: ¡Borregos!, ¡borregos!..., gritos de bienvenida con los que los otros cursos nos saludaron en la formación de las filas para entrar a las aulas; epíteto despectivo hacia los de nuevo ingreso, instituido por el alumnado isidoriano durante años.

Ahora ambos patios estaban llenos de gente y poco tardó en atascarse el estrecho túnel que los comunicaba justo cuando intentábamos trasladarnos nosotros. Antes de que aquel espacio noble reventara por colapso y en previsión de que el recreo degenerara en sajurda estudiantil, las fuerzas del orden --secretario, hijos del director...-- se movilizaron dirigidas por el jefe de estudios --don Rafael--, empujándonos hacia el innoble patio a través del angosto túnel, siendo peor el remedio que la enfermedad ya que éste quedó atascado por exceso de materia humana, y por tanto inmovilizado el flujo de estudiantes hacia el objetivo señalado. Hubo que emplear todo el personal disponible --subalternos-- para, apostándose al inicio y al final del tramo túnel realizar una brillante maniobra: cortar la afluencia en la retaguardia y desatascar la vanguardia, dejando operativo semejante punto estratégico que permaneció controlado y vigilado hasta que se produjo el trasvase de toda la masa estudiantil (en el fondo, era simplemente un problema de dinámica de fluidos). Así fue como conocimos al que fue nuestro jefe de estudios aquellos seis años, el que detrás de la inequívoca imagen de gañán --de cara curtida y ademanes broncos--, escondía un eficaz negociador, atemperando nuestra bulla de cambios que desde aquel primer día fue presionando cada vez más en aulas y patios, y moldeando su inicial resistencia del principio, entre una relajada disciplina y el "dejar hacer", en especial cuando fuimos alumnos de los últimos cursos de bachiller. Al fin pudimos salir al otro patio.

(Lo que con el tiempo más me asombraba de aquel receptáculo era su elasticidad: cómo se dilataba a medida que iba saturándose de sucesivas oleadas de adolescentes, ávidos de libertad, de amistad, y, sobre todo, de complicidad en los juegos que espontáneamente surgían cuando pisábamos el enlosado; y cómo se contraía a su dimensión real cuando, por condicionantes de tiempo académico, nos obligaban a replegarnos a las aulas. Aquella versatilidad posibilitaba que, aún con el aforo completo, se pudieran jugar varios partidos de futbito a la vez, aprovechando las distancias entre los lados y las dos diagonales del rectángulo, sin que se interfirieran entre sí jugadores y pelotas; conviviendo con un sin fin de actividades más, en una especie de macroconcierto de juegos cargados de diversión y decibelios. Al final rendidos por la actividad física era obligado visitar el vulgar bebedero --encimera de obra con pequeños surtidores de agua, habilitada en un rincón-- para reponer líquidos, y si la suerte acompañaba, para renovar fuerzas, disfrutar de una plaza en uno de los dos bancos de fría y dura piedra que constituían el único mobiliario urbano del patio; no sin antes haber machacado, por acoso aunque sin derribo, el único tronco de arbusto que, adosado a una de las tapias, ejercía como poste de portería de futbito, y al que solo le brotaban algunas ramas verdes durante las vacaciones.

Espacio polivalente, comodín de actividades lúdicas y de orden, a las que se añadiría, con forrceps, las deportivas escolares, para cuya practica el director --don Luis Molina Gómez-- en su mensaje de bienvenida el primer día, reunidos todos los cursos en el patio, prometió la modernización de sus instalaciones. Si alguna vez anidó en nuestra mente sombra de duda sobre la idoneidad de las instalaciones deportivas de la academia --un mal pensamiento es inevitable alguna vez--, ésta quedó disipada para siempre al discurrir del curso. Una mañana a primera hora un alumno madrugador descubrió una novedad. En una de las tapias del patio innoble pendía un objeto extraño a primera vista incalificable: a un tablero de madera le habían clavado un aro metálico y todo ello lo habían colgado en la pared. Al punto y avisados por aquél se congregaron varios alumnos de primero alrededor del objeto: ¡Qué curioso!, encima del circulo metálico y perpendicularmente hay pintado un cuadrado, abrió el debate el descubridor...: ¿Cuadrado?... ¿perpendicular?... ¿círculo?..., ya sé , esto va a ser la demostración de un teorema geométrico... pero ¿cuál de ellos?... vete tú a saber, le contestó otro para el que la clave estaba en las conocidas formas...: ¡Seréis gilipollas!... eso es un tablero de baloncesto, apostilló un tercero más avezado, y aquí acabó la reflexión sobre la abstracta escultura.
El prócer --director-- cumplió lo prometido; gesto que no se le reconoció lo suficiente. No podíamos pedir más, so pena de rayar en la avaricia; teníamos todo en aquel polideportivo al aire libre: un arbusto incombustible al acoso como portería de futbito y ahora, con la red puesta, la más moderna canasta de baloncesto: Sí, ya sé que hemos colocado sólo una --dijo con socarronería el director--, obviamente es la del equipo contrario; no necesitamos más.

En realidad no necesitábamos más, sólo una pequeña pelota para encestar o para colocar dentro del espacio del muro que marcaba el seco arbusto, y que hacía de portería. Un día jugábamos en el patio uno de esos partidillos de demostración de nuestras adquiridas habilidades con la pelotita de dura goma "gorila" --la que regalaban con los populares zapatos "gorila"-- cuando un pata floja confundiendo el ventanal de un aula con la portería le hizo a aquél un clamoroso gol, con intento de penetración del objeto esférico a través del vidrio, sin conseguirlo pero logrando que este cayera del fijo de la ventana fracturándose en diminutos trozos al golpear contra el suelo, con estruendoso ruido de cristales rotos. Por aquel tiempo andaba el hijo mayor del director, profesor de Latín --don Luis Molina Galdeano-- intentando atrapar al francotirador o francotiradores empeñados en acabar con la cristalería de la academia. La vivienda del director volcaba sus ventanas a aquel patio, así que al escandaloso sonido del desperfecto, como reclamo, acudió su hijo mayor lo más rápido que pudo, pero como sucedía siempre: una solitaria pelota entre fragmentos de cristal en un patio vacío delataba el instrumento del delito, pero no al autor... éramos muy escurridizos. Nunca atrapó a nadie, pero en su obsesiva tarea, eso sí, llegó a juntar la mayor y mejor colección de pelotas de futbito de variados materiales, tamaños y colores, esperando ser retiradas por sus dueños. Nunca las reclamaron.

No todo eran actividades deportivas, también las lúdicas ocuparon buena parte de los momentos vividos en aquel patio; una vez incluso con sorpresa: De improviso un: ¡Eh!, seco y rotundo, sonaba en alguna parte del patio como aldabonazo de salida a una peligrosa diversión. Empezaba el juego del ¡eh! Muy agrupados, en una fase inicial, los improvisados jugadores mostraban sus caras más sonrientes, como tarjetas de aceptación del riesgo, al mismo tiempo que una bola de papel (prensada manualmente para la ocasión), previamente lanzada al aire en el centro de gravedad del grupo, se erigía como punto de atención de todas las miradas. ¡Eh!, respondía otro del grupo, impulsando con la palma de la mano, de nuevo, la bola hacia arriba, evitando la caída de ésta al suelo y lanzando el objeto conflictivo a la zona de un tercer participante, que la devolvía con otro ¡eh! Y así muchos ¡eh!, ¡eh!, ¡eh!..., de otros tantos participantes, en un continuo ciclo arriba-abajo de la bola durante una segunda fase del juego donde se mascaba la emoción del peligro. ¡Eh!..., ¡eh!..., ¡eh!... con el grupo más abierto y disperso, la fase final aparecía dominada por la tensión del posible fallo que ya se adivinaba en el más torpe cuya zona era bombardeada constantemente con unos ¡eh! más espaciados que los del principio, y tanto iba la bola al torpe que al final le daba en el cuerpo sin poder alzarla cayéndose al suelo. Inmediatamente, como resortes, los cazadores se lanzaban sin piedad al cobro de la pieza de caza --el torpe--, la que literalmente molían a golpes, bajo una montaña de manos que, golpeando donde podían, exigían su parte del botín.

Sucedía a veces que la víctima era uno que pasaba por allí, y así en cierta ocasión, cuando desatada la euforia de los manotazos sobre el cuerpo inocente --erróneamente ubicado-- al que ajeno al juego le había dado la bola sin que la impulsara hacia arriba, alguien que le reconoció y que estaba contemplando pasivamente el espectáculo, exclamó a viva voz, casi alegrándose: ¡Qué de hostias le están dando al hijo del director! La noticia recorrió como reguero de pólvora todo el patio, causando el cese de toda actividad lúdica a favor de la atención expectante a la zona donde se estaba cometiendo el atropello y cuyos autores al grito de: ¡Maricón el último!, dejaron al interfecto en el suelo del innoble patio que en unos segundos quedó vacío, sin que ningún estudiante samaritano auxiliara al chaval del jefe. Así fue como conocimos a Antonio, el hijo menor del director, cuando una peligrosa diversión interfirió en el trayecto a su vivienda familiar, la que ubicaba, atravesando el patio, al final de la empinada escalera.

Subir un día la empinada e interminable escalera nos pareció --a los cuatro del orfanato-- una escalada en toda regla. Queríamos llegar hasta el palomar ubicado en la terraza que remataba en altura el edificio que acogía nuestra aula en sus entrañas. Terraza que se asomaba al patio mismo. Desde abajo, visualizábamos el escandalosos revoloteo de las palomas en su vuelo para alcanzar los tejados más próximos, sobrevolando el innoble patio a donde lanzaban sus nerviosos arrullos y algún que otro mensaje escatológico. La incursión territorial resultó ser más arriesgada de lo que habíamos planeado, ya que durante la misma hubo que atravesar sigilosamente parcelas privadas (acceso a la vivienda del director) y zonas nunca exploradas (aulas con indicios de cierto abandono); inconvenientes que superamos jadeando más que respirando, y con el corazón en vilo que se nos paró de golpe cuando, sin darnos cuenta, nos topamos con la puerta de salida a la terraza. La abrimos. Lo que pasó después fue como el click de una toma fotográfica: abrir el diafragma, captar la imagen, cerrarse el objetivo y quedar registrada de por vida aquella escena, fue sólo un segundo de tiempo. Nunca olvidaremos la figura a contraluz --áurea luminosa incluida por efecto del sol detrás-- de un viejo dirigiéndose a nosotros, brazos en alto y lanzando un pavoroso bramido que, por su gravedad e intensidad, parecía salido de lo más profundo de sus vísceras.

Por supuesto nuestra retirada se llevó a cabo al grito de: ¡Sálvese el que pueda!, al tiempo que enfilamos escaleras abajo la salida sin apercibirnos, por la urgencia del momento, de lo peligrosa de aquella pendiente, la que fuimos salvando de dos en dos peldaños, estando alguno de nosotros a punto de rodar por los escalones si no es por el auxilio del pasamanos fijo en la pared, al que nos asimos fuertemente y así poder alcanzar el suelo del patio. Una vez puestos a salvo en territorio amigo, y aún con el grito inhumano resonando en nuestros oídos, los cuatro convinimos en que aquél individuo era posiblemente un loco, al que no quisimos volver a ver. Al cabo del tiempo vinimos en conocimiento de que al que considerábamos enajenado mental era familia del director, su hermano mayor, aunque sin mando en plaza; secretos de familia).

Éramos los únicos de aquella turba que permanecíamos estáticos en el recreo del patio el primer día, después del episodio del atascamiento: perfectamente uniformados --pantalón corto de franela gris oscuro, camisa de "tergal" blanca, calcetines de algodón del mismo color, y zapatos "gorila"--, cartera en mano, y posicionándonos en formación paralela al muro, resguardando la espaldas en éste; hombro con hombro y mirada al frente observando, atónitos, todo un espectáculo verbenero de juegos, gritos, voces, empujones..., mientras nosotros seguíamos impasibles: la cartera pegada a la mano formando un solo todo, esperando no sabíamos qué, ante el descojono y cachondeo general de nuestros incipientes compañeros que nos miraban con estupor, como si fuésemos bichos raros. En un lance del impulsivo juego, nos empujó casi con derribo uno de los chicos que venía lanzado habiendo perdido el equilibrio, el que por toda disculpa sólo nos preguntó con asombro, mientras se agarraba a nosotros para no caerse: ¿Sois hermanos?..., no supimos que contestar, permaneciendo dubitativos sin darle respuesta mientras rehacíamos la compostura y el chico se marchaba rápidamente.

De vuelta al aula, había que ser muy valiente o "tenerlos bien puestos" para introducirse de nuevo al fondo a la izquierda y permanecer impasible, durante otra hora, bajo aquella ruina. Ente que desde el principio, pudimos comprobar, se había instalado en aquel solar, hiriendo de muerte al viejo caserón. Algo de preocupación --creo-- nos debió causar aquella situación. Pero la inicial preocupación era infundada, aunque entendible pues aún no conocíamos la eficacia profesional de Paco el carpintero --insigne "ingeniero" de mantenimiento de la academia--, del que tuvimos las primeras señales de su existencia --desde nuestros asientos-- en los golpes que se oían en el aula vecina, ante la protesta del profesor que se presentaba a segunda hora de la mañana: ¡Qué escándalo!... ¡¡siempre igual!! Dedujimos que no había opción: o las continuas molestias por las incesantes reparaciones o el colapso del edificio. Desde aquel día y ante nuestra canallesca insistencia de derribo de cualquier elemento constructivo en pared, techo o suelo, comprobamos con cierta desilusión que Paco el carpintero no conocía el desaliento, así tras cualquier oportuna reparación desafiaba a la joven concurrencia --espectadores de su apurada técnica- retándonos con penetrante mirada que en pocas palabras venía a decir: Aunque os joda, por mis cojones ¡que aguanta! ¡¡Qué temple profesional!!

(Todas las variables de la ecuación: ubicación, antigüedad, abandono..., nos fueron indicando un único resultado en el tiempo: la autodemolición del edificio en un acto supremo de suicidio inmobiliario; sin embargo la realidad de aquellos primeros días nos confirmaba que allí había una incógnita mal despejada: el edificio pese a todo y a todos se mantenía en pie. Allí había realmente un misterio que entendimos con el paso del tiempo cuando conocimos realmente al principal valedor del viejo caserón --a Paco el carpintero: mediana estatura, pelo ensortijado con abundantes canas, ojos saltones y mandíbula inferior desencajada en permanente sonrisa que dejaba ver la huida de numerosas piezas dentarias, pese a lo cual retenían, milagrosamente, un eterno palillo de dientes-- y sus infinitos remiendos; los que habían logrado un milagro constructivo: tablero a tablero, clavo a clavo, martillazo a martillazo..., en una eterna sucesión de arreglos, ¡había empanelado toda la academia, producto de una dilatada vida profesional próxima a la jubilación. Y hete aquí la maravilla: había conseguido implantar en el edificio, como hábil cirujano, una segunda piel que fuertemente adosada a la estructura muraria original la reforzaba de tal manera que hacía imposible su derrumbe).

Por si fuera poco el asombro que había originado en nuestros nuevos compañeros el que vistiéramos las mismas ropas e ir a todas partes juntos sin ser hermanos, un suceso posterior contribuyó a aumentar el suspense que, muy a pesar nuestro, se percibía en el ambiente de aquel primer día hacia los cuatro. Para rematar nuestra jornada matinal de clases en la Academia Isidoriana, y a su término para llevarnos a almorzar, fue a recogernos al viejo edificio una rubia platino despampanante que además de joven y guapa exhalaba clase y elegancia por todos los poros de su cuerpo, originando, como era de prever, gran revuelo entre aquella tropa de legionarios en busca de carnaza que obsequiaron a nuestra benefactora con toda suerte de improperios --al cual más obsceno--; de cuyo trance logramos salir con vida, pues a pesar de la tensión del momento pudimos alcanzar la calle, no sin antes comprobar la cara de incredulidad y envidia de nuestros compañeros. La consecuencia de todo aquello fue que Claudina, nombre de la rubia platino comisionada por las monjas, nos juró y perjuró que jamás pondría de nuevo los pies en la academia --era sólo de chicos--. Pero... ¿qué nos importaba ya su negativa a seguir recogiéndonos en la academia?..., a la luz del éxito y el interés que nuestra bienhechora había causado en el ánimo desatado de las hormonas de nuestros compañeros, para los que por la tarde, cuando nos reintegramos a las clases, empezamos a ser visibles: ¡Jóder!, qué buena está la rubia que os ha venido a recoger... ¿va a venir mañana?



Hoja de apto en mi ingreso en la Academia Isidoriana de Granada, extraída del "Libro de Calificación Escolar"; aquél de tapa azules con escudo nacional y título en letras doradas, que aún conservo, y el que ahora al escrutar sus tapas --algo degradadas-- y sus páginas me suscita cierto asombro, a la vez que me congratula, que haya sobrevivido al extravío de traslados y mudanzas.




FranciscoMolinaGómez --"Molina"--
             (continuará)

martes, 1 de septiembre de 2015

Y SE ARMÓ LA TANGANA











La instantánea fotográfica que ahora observo minuciosamente no es de muy buena calidad. El contraste de matices en las caras del grupo de once --equipo de fútbol del orfanato--, algo borrosas, no impide apreciar en los gestos el estado anímico de ilusionado nerviosismo, que derivaría en alborozada alegría de los que, al finalizar el encuentro deportivo contra un equipo de fuera, serían escogidos para jugar al fútbol en la liga juvenil de Granada.
En formación convencional previa a un partido de fútbol, tal cual se mostraban entonces los equipos profesionales, así posamos aquel día para la foto en el campo de fútbol del pabellón de mayores, compitiendo entre nosotros a fin de ser elegidos, y rivalizando desde el minuto cero.
Instantes después, ante la atenta mirada del ojeador del equipo de fútbol del Arenas de Armilla, Rafael Machado --Falico--, celador de noche del orfanato y antigua gloria del primer equipo de los años cincuenta, intentábamos mostrar a aquel descubridor de talentos futbolísticos, nuestras cualidades balompedísticas en un partido sin más trascendencia que la de desplegar ante tan ilustre emisario, nuestro más vistoso virtuosismo con el balón.
Conforme se desarrollaba el encuentro, y de reojo, observábamos cómo Falico se movía en la banda del campo visualizando las jugadas más interesantes; posiblemente analizando nuestras cualidades técnicas y nuestros fallos, los que iba anotando en secreta libretita, descartando jugadores hasta quedar sólo tres nombres --en realidad tres números pues nos identificaba por el guarismo que portábamos a la espalda-- a los que desde aquel día se les ofertaba la gloria futbolística que tantas veces habíamos soñado --de las categorías juveniles se podía pasar al filial y de éste al primer equipo de la ciudad--, y entre los que me encontraba yo (tercero desde la izquierda, agachado), compartiendo aquella nueva aventura con otros dos internos: Paquito Espinosa (primero desde la izquierda, agachado), y Valenzuela mayor (tercero desde la izquierda, de pie). El trío quedó reducido a dúo, al no haber alcanzado por aquellas fechas Paquito Espinosa la edad reglamentaria de los dieciséis años para participar en competiciones juveniles oficiales















Al final del verano del sesenta y ocho, Valenzuela mayor y yo nos incorporamos al equipo juvenil del mítico Arenas de Armilla. Nos agregamos con el campeonato ya iniciado y con los primeros traspiés consolidados. En nuestra ausencia --apurando los últimos días de veraneo en la colonia marítima de Almuñécar-- nuestros compañeros de equipo habían perdido los partidos iniciales.

La alegría del principio de la nueva situación --jugar en un equipo federado--, dio paso a la perplejidad cuando, en nuestro primer encuentro con el equipo del Gabia, se nos mostró la cruda realidad: la pobreza de infraestructura y de intendencia del equipo: no teníamos campo propio y por tanto no percibimos durante el campeonato el arraigo de territorio, ni el calor de la hinchada local --era complicado seguirnos en nuestro peregrinaje por aquellos campos perdidos de la mano de dios--. Los partidos de casa los jugábamos de prestado en el campo de fútbol del Churriana: equipo local de Churriana de la Vega, localidad próxima a Armilla.

Si en algún momento soñamos con una equipación deportiva, acorde con el nuevo fichaje; esa ilusión se desvaneció en la primera convocatoria: no teníamos utillero. Para colmo de despropósitos ni Valenzuela ni yo conocíamos a nuestro entrenador, el que nos fue presentado en aquel punto de encuentro --previo al partido-- que remansaba un arroyo bordeado de chopos y álamos, cerca del campo de fútbol del equipo del Gabia. Los demás componentes del equipo --a los que también conocimos en aquel momento-- traían ya de casa en sus bolsas de deportes la camiseta rojiblanca a rayas verticales y el pantalón negro y los escarpines rojiblancos que les había proporcionado el club. Las botas eran por cuenta de cada uno. Por supuesto aquel lujo no estaba al alcance de ninguno de nosotros dos.

Otra vez y como no podía ser de otra manera, como constante en mi vida, la eterna escasez de medios hacía acto de presencia. En la inicial alegre camaradería de aquel grupo que empezamos a forjar un extraño equipo de fútbol contrastaban las risas de las primeras bromas con la seriedad del míster, la que seguramente había heredado de su padre Falico. Lo mismo que aquella otra actitud fría y poco amistosa de no llamarnos por el nombre, sino por el número de camiseta asignado: Tú jugarás de interior derecha. Serás el número ocho..., y desde el primer día me bautizó con aquel número... ocho por aquí... ocho por allá. Ahora resultaba que me llamaba ocho. Yo en contrapartida, y ya desde el principio, renuncié también a llamarle por su nombre: ¡Eh!, entrenador, no tengo botas, le reclamé en aquel mi primer partido: Pues que alguien te las deje, ¡venga! que ya vamos a salir al terreno de juego. Y salí con unas zapatillas de deporte prestadas, lo que no mermó mis ganas de competir y... ¡¡ganamos!!...; y aún hoy conservo aquella actitud, aquel talante positivo: una exacerbada resistencia a la adversidad en la superación hacia el triunfo.

El éxito frente al conjunto del Gabia fue la primera efusión de alegría desbordada del equipo, abrazándonos y felicitándonos en el modesto vestuario, confabulándonos ya en el siguiente triunfo. Desde aquel momento hasta que acabó la liga forjamos un palmarés redondo: de domingo a domingo, y partido tras partido, fuimos encadenando una victoria tras otra --ni siquiera nos valía el empate--. Ganamos todos los encuentros. Valenzuela mayor consolidó su posición de defensa derecho, siendo una baluarte inexpugnable en la zaga, formando pareja-muralla con Antoñito Machado --al único que el entrenador llamaba por su nombre al ser su primo--. Yo también obtuve el beneplácito del míster en las posiciones de ataque, consolidando una delantera cuya fama goleadora trascendió los cercanos ámbitos locales hasta propagarse a los pueblos más remotos a cuyos equipos nos teníamos que enfrentar. El nuevo once titular, ahora completado, se intitulaba invencible. Empezaba la leyenda.

Lo que desconocían nuestros adversarios es que aquella leyenda de temible conjunto se cimentaba, ciertamente, en la nada; en el vacío; en una conjunción de equipo más imaginaria que real. Durante los días de la semana cada uno nos dedicábamos a nuestras actividades cotidianas --estudio o trabajo--, sin posibilidad de vernos --ni siquiera la tarde-noche-- al final de cada jornada diaria, al no poder convocarnos el míster para los lógicos entrenamientos por la obviedad de carecer de cancha propia, ni de ajena que ocupar. Aquello impedía --en ausencia del necesario juego del balón-- lo que más ansiábamos: la diversión como razón fundamental de la reunión de aquel grupo de chicos jóvenes, y por ende, la posibilidad de creación de jugadas; la sutileza en el afinamiento de los pases; la imprescindible complicidad en los gestos; el deseado conocimiento personal de cada uno, con el consiguiente trato particular...; el principio de la amistad..., todo aquello que nos hubiera favorecido en la intención de ir formando una unidad reconocible en el terreno de juego y fuera de él. Pero tal adversas circunstancias, por extraño que parezca, no constituyó ningún hándicap para el equipo.

Era asombrosa la complicidad en el juego que derrochábamos en los partidos del domingo: ¡cómo si nos conociéramos de toda la vida!...; ¿quizás intuición en los lances del esférico con una clara visión de las jugadas del compañero que hacía innecesarios los entrenamientos?...; no sé...; lo cierto es que aquello funcionaba, pese a los imponderables, sin que supiéramos a ciencia cierta por qué. Bueno había una explicación a medias. La verdad es que la concatenación de triunfos se podía esclarecer, en parte, en las extraordinarias jugadas con resultado de gol de nuestro fichaje-estrella. Aquella arma secreta tenía nombre de pueblo: Purchil, un delantero centro al que sus características físicas --alto y fuerte-- no le iban a la zaga de sus cualidades técnicas y de oportunidad: estar en el lugar y el momento oportuno ganando la acción a los defensas, materializando los pases en goles; toda una maravilla.

La ficha de federado sólo nos daba derecho al pago de los viajes y alguna que otra invitación en el bar Calleja para la celebración de los triunfos. Aquel capítulo de gasto corriente se lo imputaba el club. Nosotros poníamos el resto, que era prácticamente casi todo: la desbordada ilusión, el derroche de energía, las ganas de jugar, la obstinación en ganar...; en definitiva todo a pesar de la nula remuneración y de dejarnos materialmente la piel en aquellos improvisados terrenos de juego, de los que algunos eran auténticos pedregales.

En estos tiempos se ha perdido algo de aquel espíritu de divertimento identificado con un fútbol que a falta de medios nació en las placetas, las calles y los patios, después en los solares urbanos abandonados y en los descampados para, al final, mostrarlo en los campos de categorías inferiores, arropados por un público de casa, familiar, entusiasta, fiel, exaltado a veces...; no en vano los que jugaban eran hijos, familiares o conocidos de toda la vida de las gentes de los pueblos, a los que jaleaban hasta derivar en ocasiones en la sinrazón, en lo visceral, en la irracionalidad de que lo propio siempre posee la razón; entonces se desbordaba la pasión degenerando en conflicto violento, como el que viví aquel día:

Enfrente de la estación de tranvías de Armilla, el bar Calleja --nuestro cuartel general-- nos iba acogiendo aquella mañana fría de domingo con ese ambiente característico de bar de pueblo, lleno de parroquianos --nuestra más fiel hinchada-- que nos felicitaban efusivamente por los últimos resultados, animándonos: ¡Viva el Arenas juvenil!...: ¡Somos los mejores!...: Hoy seguro que le ganamos a los del Alhendín en su casa...: ¡A por ellos!..., con palmaditas en el hombro, que agradecíamos, mientras apuraban los primeros quintos y tercios de cerveza Alhambra, apoyados en la alargada barra del bar que presidía un frente de pared de color ocre por el continuo depósito en su revoco del persistente humo de la fritura. Color que también aparecía como lustre permanente en los enseres a los que además había impregnado de su olor... ¿el olor?..., cómo olvidar ese olor indefinible mezcla de tabaco, alcohol, fritanga y humanidad. El pesado tufo se diluía en el ruido: un permanente rumor de conversaciones solapadas en decibelios crecientes y que impedía una conversación en tono normal. Al griterío de las conversaciones se unía la estridencia del sonido de la música de los discos de una sinfonola a la que asaltaban sin descanso los modern-rural --los mismos que un par de años después insistían con la misma canción: ¡Oh!, ¡oh!, ¡oh! Cándida, no malgastes tus besos...--. Ese era el ambiente del domingo de partido a la mañana en el bar Calleja con el aforo completo; el que recuerdo en la concentración previa a los partidos.

El entrenador ocupaba siempre una de las mesas en un lateral del recinto. En cuanto nos avistaba, conforme íbamos llegando, nos daba las últimas instrucciones: ¡Eh vosotros! --Diego, interior izquierda y yo nos aproximamos hasta su mesa para oír las recomendaciones--- quiero que al igual que el último partido os apliquéis en bombear balones al área para que el nueve pueda rematarlos a gol..., a todo esto... ¿dónde está el nueve?, nos preguntaba: Creo que en la barra, desde mi posición le veía en animada charla: Decidle que nada de alcohol antes del partido y que venga a verme.

¡Inaudito!, también nuestro fichaje estrella era sólo un número para el míster. Aquello tenía sólo dos explicaciones: era un perfecto estúpido o aquella actitud de rechazo a cualquier signo de familiaridad hacia sus jugadores era una estrategia en la difícil misión de un entrenador que siempre debe mantener la imparcialidad. Antes que pudiera llegar hasta Purchil, alguien desde la puerta avisó, gritando cierta bulla: ¡El tranvía ya está aquí!... ¡vamos que se va! El viaje era de corto trayecto pues se trataba del pueblo vecino en dirección a la costa.

El tranvía de color azul paró --con característico sonido agudo de chirriar de ruedas metálicas sobre los raíles-- frente a la caseta-estación de Alhendín. Todas estas construcciones respondían a un mismo patrón: pequeño habitáculo cuadrangular rematado por cubierta a dos aguas. En uno de los lados, el del interior, ésta se prolongaba con menor pendiente hacia las vías, formando un ligero porche. El corto viaje apenas nos permitió cambiar impresiones sobre el rival que nos esperaba y las facultades de que disponíamos para vencerle. Un tibio sol de invierno penetraba por las ventanillas del vehículo eléctrico, tras las cuales escudriñé el entorno intentando descubrir alguna pista que me indicara el campo de fútbol. Ni el mínimo indicio sobre algún descampado con tapias en las inmediaciones del pueblo.

Para mi sorpresa y la de mis compañeros de equipo, lo que buscábamos se hallaba en sentido contrario al de la civilización. Por indicación del entrenador, que conocía bien el camino, atravesamos las vías internándonos en los campos de labranza y de cultivos de frutales. El claro de un olivar --al que se le había arrancado una parte importante de sus ejemplares de olivo-- toscamente allanado era incomprensiblemente la cancha ansiada. Sobre la tierra oscura y de forma burda aparecía dibujado a la cal algo parecido a un campo de fútbol, al que sólo identificamos por la presencia de ambas porterías: ¡Jóder!, qué campo, exclamó alguien del equipo...: ¿Pero donde se suponen que están los vestuarios?, preguntó confuso otro.

¿Y los límites físicos del terreno de juego?... ¡¡era el propio olivar!!, y el improvisado vestuario un hermoso olivo de grueso y retorcido tronco alrededor del cual nos congregamos a la espera de que arribaran los integrantes del equipo del Alhendín. Ciertamente habíamos madrugado, pero, aún así, no éramos los primeros ocupantes de aquel rústico espacio: ¿Os habéis dado cuenta de aquel menda?, advirtió Antoñito Machado sobre el único espectador que ya se había acomodado.

Con la sorpresa inicial no habíamos reparado hasta ese momento en el espécimen humano. El aborigen que lucía en serrano cuerpo toda la parafernalia de las prendas rurales de día de domingo: camisa clara sin cuello que cubría con traje de pana marrón oscuro y chaleco del mismo color, rematado por un sombrero de paja --estilo castroja--, se había aposentado sobre enorme piedra en primera línea de banda. En el suelo junto a él se podía observar un aparatoso cayado de madera dura con mango en curva. En aquel preciso momento que le descubrimos mostraba cierta destreza con el acero: ¡Menuda navaja tiene ése!, yo no me acerco a esa banda, dijo uno de los extremos del equipo del que recuerdo la cara pero no el nombre.

Solazándose al tibio sol e ignorándonos olímpicamente, aquel sujeto se afanaba, con gran aprovechamiento, en hacer desaparecer en su estómago media hogaza de pan casero con su correspondiente generoso trozo de buen tocino, los que cortaba a rebanadas con la enorme alfaca, y todo ello aderezado por el vino de una bota que prendía en bandolera y el que, de tiempo en tiempo, lo embuchaba con buen tino, coincidiendo con un bufido ininteligible: ¡¡¡Iiiiiáááááhhh!!! La escena no dejaba de inquietarnos.

Aquello fue premonitorio del ambiente hostil con el que nos recibieron, ya en el terreno del juego, la hinchada local que, circunvalando el borde del olivar, fueron ocupando la línea continua del campo; tan cerca que la invadían conforme llegaban. Hinchada que bramó toda entera a la vez, como el rugido de un animal salvaje, cuando su equipo salió al campo.

Se apreciaba en el aire cierta actitud amenazante ya de inicio, así que por deseo expreso del árbitro el partido no dio comienzo hasta que no hicieron acto de presencia los dos números de la Benemérita. Algo se cocía en el ambiente de que aquel colegiado no era grato en ese campo; y lo contrario: que aquellos parroquianos no eran gratos al árbitro. Se le notaba muy nervioso abrochándose un grueso y extraño cinturón.

Pero no fue solo la actitud previolenta de los espectadores invadiendo continuamente la línea del terreno de juego y molestando a los compañeros del equipo que jugaban por las bandas --sobre todo el del cayado que aprovechaba la confusión para utilizarlo como gancho entre las piernas de nuestros jugadores, y así derribarlos--, sino un gol tempranero que le endosamos al equipo del Alhendín al poco de iniciar el encuentro, el que nos puso sobreaviso de la tormenta que se avecinaba, que ya se cernía sobre los familiares más cercanos del colegiado: ¡Árbitro hijo puta!, no ha sido gol, ha sido fuera de juego...: ¡Árbitro!, me cago en todos tus muertos...

Los ánimos acabaron de caldearse cuando, ya en el segundo tiempo de juego, con un tiro raso marqué el segundo gol que entró entre el poste de la portería y laq pierna extendida del portero del Alhendín que no pudo evitar que el balón se colara hasta el fondo de la red. La misma impotencia de la pareja de guardias civiles que no pudieron evitar la repentina avalancha de espectadores --espoleados por las perversas consignas del menda del cayado--, que invadieron el terreno de juego con una sola intención: derribar y apalear al árbitro, el que habiendo validado el tanto, señalaba en ese momento con la mano el centro del campo.

No le dio tiempo a desabrocharse el ancho cinturón con grapado de monedas metálicas a modo de defensa --ahora comprendía aquella extraña prenda-- que ceñía a la cintura, pues toda la marabunta se le echó literalmente encima, organizándose una tangana de empujones, puñetazos, golpes, caídas al suelo... un cayado que subía y bajaba... dos tricornios al aire... la camiseta y los calzones negros exhibidos como trofeos... el cinturón de las monedas enarbolado en alto... el colegiado escapando semidesnudo...; todo ello en una espiral de graves insultos hacia su persona; y el que finalmente pudo ser conducido a un lugar seguro por los guardias civiles.

Nosotros a fin de no ser expoliados por aquella afición-cafre, y con el partido ganado, recogimos a toda prisa nuestras ropas amontonadas al pie del tronco del viejo olivo y nos escabullimos con lo puesto corriendo sin parar --y sin mirar hacia atrás-- entre los olivares hasta llegar a la estación de tranvías donde rápidamente nos cambiamos la vestimenta antes de tomar el tranvía para Armilla sin poder olvidar lo ocurrido: ¡¡Jóder!!, la que ha montado el tío del cayado...: Le ha atizado de lo lindo... Luego mostramos nuestra efusividad, ya relajados, dentro del vehículo: ¡¡¡Hemos ganado otro partido!!!

En el bar Calleja nos esperaba nuestra hinchada para celebrarlo. Bueno no sólo el resultado sino que hubiésemos retornado sanos y salvos pues ya sabían lo ocurrido: ¡¡¡Campeones!!!, ¡¡¡campeones!!!...



FranciscoMolinaGómez
(Compartí con aquellos compañeros de equipo un campeonato cuyo título se nos quedó a un sólo punto --¡qué pena!-- pese a la brillantez que mostramos; además de amistad y juego, recorriendo la geografía rural de mi ciudad en los días de domingo, hasta entonces, más ilusionantes de mi vida: la alegría del siguiente superaba con creces la del anterior, aunque a veces sufriéramos acontecimientos tan deplorables, que eran la excepción. Lo usual era la deportividad en la confrontación del juego. Nombres y caras que ya se han desdibujado en la memoria, pero que continúan siendo una emoción que siempre irá conmigo)