sábado, 10 de junio de 2017

DESDE LA HONESTIDAD













2000. Gerencia de Infraestructuras para la Administración Pública. Los pioneros de esa Gerencia en una de las primeras celebraciones. En aquellos primeros tiempos éramos como una familia. El primero por la derecha el autor del blog; como siempre diluyéndome en los bordes, casi desapareciendo de la foto, mientras otros ocupan el centro, el lugar importante. Me contaron de pequeño haciendo alusión a una parábola evangélica (Lucas 14:10): Cuando seas invitado a una fiesta, ve y siéntate en el último lugar; para que cuando venga el que te invitó, diga: "Amigo, sube más arriba".


Diecisiete años después, recién jubilado, he constatado con sorpresa que sigo en la misma prudente situación, a pesar de hacer méritos suficientes para que me invitaran a subir de posición
. Este último asunto ha sido la clave de mi discurso de despedida. Ese discurso llevaba como título: Desde la honestidad, y como subtitulo: Se ha de ser siempre honesto con los que te rodean, pero por encima de todo se ha de serlo con uno mismo.









(Discurso de despedida leído en el transcurso del ágape con el que invité a todos mis compañeros)


Comienzo esta breve disertación de despedida con los dos primeros versos de un poema: ¿Quién hablará de nosotros / cuando nos hayamos ido?

¡Hay que ver!, cómo son de necesarios en la vida los poetas, eh! Al menos en la mía. Allí donde los filósofos sólo dejan el desasosiego en la incertidumbre de sus preguntas sin respuesta, el poeta lo alivia escudriñando el alma.

Qué derroche de sentimientos y emociones con tan pocas palabras. ¿Quién hablará de nosotros / cuando nos hayamos ido? Capacidad envidiable de extraer la esencia del lenguaje. Con estas dos frases quedaría completo mi discurso y no haría falta hablar más. Sólo despedirme. Pero no tengo --no tenemos-- la sensibilidad del poeta, sólo me apropio --nos apropiamos-- de su genialidad. Él seguramente alude a una huida más trascendente, yo lo hago más torpemente a algo más local, más de andar por casa.

Quién hablará de nosotros, evoca ya el mundo del pasado, que es lo que somos en el presente, lo que es nuestra vida ahora; nada más ni nada menos que el bagaje de recuerdos de todo lo vivido hasta el momento... en eso estoy ahora... esa película que en estos últimos días he empezado a rebobinar.

Cuando nos hayamos ido,
refiere los ciclos de la vida; algo que nos es tan familiar: las etapas que vamos quemando con el paso del tiempo. ¡Ay, el paso del tiempo!; Eso tan difícil de saber que es. Recuerdo que en la infancia de orfanato, cuando mi imaginación empleaba la mayor parte de ese tiempo en fabular los sueños por conquistar, el mismo transcurría muy lento; después en la adolescencia seguía igual, impregnado ahora de cierta desazón por acortar plazos de espera; por ir rápido. Pero los seres humanos somos de naturaleza inconformista y no tardé en la madurez, una vez de lleno en la turbulencia de la rueda de la vida, con muchas cargas ya: las familiares de pareja con hijos, las profesionales, y las de formación personal e intelectual pendientes, aplazadas por circunstancias adversas de la vida; en sentir la aceleración de ese tiempo, hasta llegar, en plena madurez, a su vorágine: Tengo la sensación de que el tiempo ha pasado muy rápido, me confesaba recientemente un conocido, acabado de prejubilar.

Más que una confesión, era como una queja, apreciando en su perceptible lamento cierta insatisfacción de la vida. Y no era para menos: este conocido había equivocado las prioridades en su existencia. Había apostado por el ascenso rápido tanto en su vida particular como en la empresa, medrando y trepando en ésta, aunque fuera a costa del nulo interés por las personas que le rodeaban. Ahora, en la ausencia de amigos, tenía la sensación de haber perdido el tiempo. Sólo acerté a decirle que el tiempo no es ni más lento cuando somos jóvenes, ni más rápido después --éste transcurre siempre igual--, y que es nuestras torpeza el que lo pierde en asuntos fútiles en vez de amortizarlo en lo importante.

Estos tipos se prodigan en todos los tiempos y lugares; en la vida personal y en la laboral. En esta última los he conocido y padecido durante toda mi actividad profesional, y como no también en esta Gerencia. Suelen actuar en solitario o conformando grupo. La secuencia ha sido siempre la misma: tres, cuatro o cinco... qué sé yo cuántos... se apoderan de cualquier Organismo, lo parasitan, pisan a los demás para que no le hagan sombra mientras ellos se promocionan y se reparten recompensas. Crean sus propias reglas de juego. Es curioso, cuando de trata de promocionar ellos la selección debe ser por vía interna, al contrario de cuando se trata de promocionar a los demás en cuyos supuestos son más sabios y están mejor preparados la gente de fuera.

Son fácilmente reconocibles, o al menos a mí me lo parece por las señas que esgrimen.: En su relación con los subordinados muestran cierta prepotencia, rayana la mala educación; no apuestan por la resolución de los asuntos, están más en descubrir el error en la gestión de los otros para así --creen-- ganar puntos a futuro; consumen la mayor parte de su jornada laboral, rodeados de relaciones escalafonales, noticias de decesos, chismes y otras martingalas, para confeccionar un planing de sucesivos y graduales ascensos en el tiempo, incluso estudian su camino crítico con medidas de rectificación si viniera el caso; suelen ser iletrados en formación reglada universitaria, aunque lo ocultan empapelando la pared del despacho de infinitud de certificados de irrelevantes cursillos de todo tipo que, en su día a día profesional, tienen el mismo valor que si los hubiese firmado un niño de jardín de infancia; son muy cortos en el elogio si acaso alguna vez lo hicieren, y desmesuradamente largos y punzantes en la crítica... pero sobre todo, lo que es más lamentable, es que allí donde van no hacen amigos, o en el peor de los casos lo contrario.

No les profeso ninguna animadversión, al contrario cierto sentimiento de conmiseración. Ellos que creen perdonarnos la vida de forma habitual, no se dan cuenta que es nuestra nobleza, la de eternos remeros --los que en realidad hacen mover el barco-- la que si lo hace generosamente hacia ellos. En el fondo son sólo pobres diablos que cuando les llega su hora, cuando les quitan el "juguete" con el que se han regodeado tanto tiempo, se dan cuenta de que su balance existencial es muy pobre, y de que van a recoger poco porque han sembrado poco; incluso los conocidos les retiran sus afectos, como le ha ocurrido al conocido prejubilado. ¡Qué pena!, se les ha pasado el tiempo y ya no hay vuelta atrás. No lo han amortizado en lo impostante como he dicho anteriormente.

Yo os confieso que si lo he aprovechado. Mis balances: Familiar con una mujer e hijos extraordinarios; el de crecimiento personal consiguiendo aunque con mucho esfuerzo, trabajo y tesón los sueños fabulados de pequeño; y de relaciones humanas allí donde estuviere; han sido plenamente satisfactorios, aunque en el otro balance: el laboral dijéramos "institucional" no me haya sentido valorado. En el derecho --.recalco lo de derecho-- a la promoción estoy al igual, después de tanto tiempo, que en el inicio. Es como si todo este tiempo hubiese volado en círculo, seguramente alguién ha estado saboteando mi piloto automático. Es sorprendentemente paradójico: cuanto más crecía en lo personal y en capacidad de trabajo, más me han congelado en lo laboral; incomprensible. Pero esto último tiene poca importancia pues como he subrayado a través de estos párrafos lo importante, lo digo sinceramente, es el factor humano. De ahí que he pretendido que la convocatoria de mi despedida sea ésta: simplemente una reunión de amigos y compañeros; en definitiva sólo de personas. Cuán grato es comprobar vuestra asistencia a mi llamamiento; sentirme arropado, y por tanto querido... afectividad sincera que noto en vosotros... esas cosas no se pueden disimular. Se han creado lazo difíciles de desanudar a lo largo de estos diecisiete años en la Gerencia, en cuyos momentos iniciales me impliqué, siendo para mí desde el primer día hasta hoy un proyecto nuevo ilusionante. Aún ahora en estos instantes de despedida así lo siento.

Es por ello que me voy contento, tranquilo, relajado, feliz... feliz de haber llegado hasta aquí, que no es poco... feliz por haber crecido personalmente hasta donde quise llegar siempre... por haber conocido a muchas personas de las que he ido aprendiendo cosas, y con bastante de las cuales aún mantengo comunicación..., por ser un privilegiado de poder trabajar en lo que realmente me ha gustado...



Mayo 2017. Mesas preparadas para el ágape de despedida. A las pocas horas quedó sólo el mantel. Por cierto para que destaquen sobremanera los alimentos, os aconsejo en vuestras invitaciones poner mantel negro. Es de gran efectividad, aunque lo importante es invitar con productos de calidad, y ser generosos.


Y ahora estamos en la fiesta de mi convocatoria de despedida; es la hora de los reconocimientos, de las felicitaciones, de los brindis... ¡porqué no!, también de los cánticos..., en definitiva de los buenos deseos para una nueva etapa, presumiblemente más tranquila. Pero queridos amigos y compañeros todos sabemos que las fiestas no son eternas: cuando se apaguen las luces de esta sala, se agoten los brindis, cuando acallen los cánticos... percibiré ciertamente esa soledad que nos embarga a los seres humanos en los momentos de cambio trascendentes, y surgirá pegado a mí, como siempre me ha sucedido en estos casos mi otro yo, el que es menos sentimental y más práctico...; de hecho ya lo estoy oyendo: Oye majete, déjate de discursitos, coge el regalo, despídete y marcha a casa; pero me resito... aunque presiente ya el final querré prorrogar las últimas horas concediéndome algo de tiempo para hacer la transición: es complicado cortar de golpe y porrazo el cordón umbilical que me une a cuarenta y cinco años de frenética actividad...; y consciente de que este ciclo se agota me tomaré aún el poco tiempo que reste.

Degustaré tranquilamente un café en algún bar próximo. Después subiré al despacho por última vez para sentarme en la silla de siempre y quedar observando el patio que ha sido un referente durante estos años de altos decibelios de colegiales, y que a esas horas de la tarde, y al término de la jornada escolar, empezará a llenarse de niños y jóvenes para salir del colegio con destino a sus casas. Para ellos un punto y seguido; para mí un punto y aparte. De mi ensimismamiento me despertará esa voz metálica, que he oído tantas veces, amplificada por un altavoz, del cuidador que llama a embarque de rutas: Primer aviso, ruta uno... aún queda tiempo; sé que hará hasta tres llamadas de ruta, con tres avisos en cada una... hasta el último: ¡Mucha atención!, tercer y último aviso para ruta tres; y a esa tercera llamada --nunca debiéramos excedernos del tercer toque, suele ser peligroso-- me daré por aludido. Entonces mi vida se parará unos segundos, los suficientes para hacer un fugaz visionado, como a cámara rápida, de las secuencias de la película de una parte de mi vida que ya ha sido grabada con destino, seguramente, a algún almacén o recoveco de la memoria. Me levantaré de la silla que habrá empezado a serme extraña, y me retiraré definitivamente a casa con vuestro regalo; momento en el que me apercibiré de un  grato descubrimiento: que aquél no es el regalo..., que el auténtico regalo es haberos conocido y tratado, y que ya forméis parte de mi vida, aunque a partir de mañana lo sea en clave de recuerdos.

Por ello esto no es una despedida, sino un "hasta siempre".

Mayo 2017. Regalo de despedida: caja de pinturas al óleo. Siempre quise tener una caja de pinturas como ésta. Retomar la pintura al óleo después de muchos años va a ser una nueva aventura. Gracias amigos y compañeros




FranciscoMolinaGómez
(Pocos días después de mi despedida volví a mi lugar de trabajo a firmar algunos documentos referentes a mi jubilación. Fui recibido cariñosamente por mis compañeros solicitándome algunos una copia del discurso a raíz de la mella que el mismo había producido en cierto elemento de los que dibujé en mi discurso, y que aún pervive allí. Les dije que no era necesario, que hicieran el suyo propio, y que no desperdiciaran  los únicos cinco minutos que te dan para que seas honesto con los demás, pero sobre todo con uno mismo, porque de no hacerlo así al día siguiente ya no podrán lamentarse de no haber dicho aquello que siempre quisieron decir y nunca  le dejaron)