lunes, 11 de mayo de 2026

EL INVIERNO DEL MENTOR

 


  
El patriarca de los desheredados don José Capilla durante uno de sus alargados descansos veraniegos en la colonia marítima tropical posa como ancestral dictador criollo de épocas de poder absoluto de los virreyes caribeños. Ahora el virrey era él proclamado en el frescor de aire de salitre de mar y el sopor de verano de siesta de tres de la tarde con extraños sueños de instantes efímeros de su infancia remota, si acaso la tuvo, y pesadillas sudorosas con sobresalto precipitándose hacia el fondo de una patria que era como todo antes de él: vasta e incierta; caudillo de tierra adentro, de un lejano y acotado reino entre tapias del que escapaba los tres meses de estío con su sombrero panamá, su guayabera, su larga y desconfiada mirada, su María de los Desamparados, su hijita, y su poltrona de mimbre de la sombra de la palmera: Que me traigan una limonada con hielo muy picado, que tomaba a sorbos lentos arrobado por la voz interior que le hablaba de rumor de olas, de vientos, de tempestades y sirenas, en el oído pegado al agujero de la caracola gigante, abduciéndolo más allá de los confines de su mundo de poder: un paraíso acuático surcado de atardeceres malvas y vientos de alquitrán para engrudo de barca de pesca, compartiendo marinería con su compadre don Pedro Farfolla, ejercitándose ambos en las artes de pesca marinera con caña e inmortalizando tamaña epopeya para su gloria de prócer de ínsula de levantiscos huérfanos: él descamisado por el fragor de la lucha para la captura con engaño y al descuido del espécimen, exhausto pero feliz en su aguerrida batalla contra la resistencia instintiva del enorme pez, al igual que hacía con los parias de hospicio; cobrándose la pieza, el trofeo que despliega en todo su esplendor su subordinado el guardián de la colonia Manuel de la Burra, exponiendo claramente la bestia domeñada a la impresión fotográfica como aviso a navegantes de su resiliencia, de su empeño de dominación, de su determinación de déspota, en una imagen que plagiaba a su amado caudillo, su referente, el dictador del País, aunque este último en la alegoría no descomponía su figura. 


 

  Durante los últimos días por fin se abrieron de par en par las puertas de la misteriosa casa que siempre habían permanecido cerradas a cal y canto contra las miradas indiscretas, para sacar un sin fin de objetos que, a modo de colección, el espurio mentor había ido acaparando a lo largo de sus numerosos años de régimen; nuevo paradigma de eternidad para mentes aún muy tiernas y dispersas, como sustitutivo de padre-patrón-tutor-mentor y que se yo que más que obligadamente le arrogaron sobre una abundante prole de vástagos en el final: sumisos, dóciles, obedientes y disciplinados en la represión; quebrados antes ya por el desafecto, la inacción, la pobreza y la orfandad. Lo que no habían conseguido lustros de cerco en los truculentos deseos de que aquellas barreras cedieran en sus goznes, impidiendo a curiosas miradas traspasar el umbral para percibir con los propios sentidos el ámbito íntimo de la vida del poder absoluto, lo habían conseguido en sólo unos instantes la cuadrilla de mozos de mudanza. 
Decían  los que estuvieron allí casualmente de ojeadores que, de repente, al primer conato de apertura del portón de entrada siguió una ráfaga de aire antiguo y denso de guarida cerrada que acompañó en su desalojo a toda una colección de espejos de época, lámparas de cristal, cornucopias doradas, muebles de maderas nobles, retratos de él y de su familia, pedestales y bustos, cortinajes de seda..., ficheros, documentos con sellos oficiales...; y después se fue expandiendo, sin merma de fuerte olor a déspota, por los jardines de alrededor ascendiendo hasta las altas ramas de las moreras desnudas en sus ramajes de invierno, que se repartían por las fachadas de la casa a modo de protección visual. 
Por las ventanas abiertas por primera vez al interior en todo su recorrido de apertura empezó a entrar viento fresco que empujaba hacia el exterior, arrancando con fuerza del enrarecido ambiente, todo ese cúmulo de tiempo rancio y maloliente que había quedado estancado en habitaciones y estancias, mientras los operarios vaciaban éstas guiados más por las corrientes de ventilación que por las órdenes del destituido mentor. Brisa fría de invierno que le refrescó a éste el rostro despertándose de su ensimismamiento asomado a una de aquellas ventanas, cuando en plena vorágine de la retirada se le apareció de improviso, enfrente, en el árbol ahora desnudo de hojas la imagen ya vivida hacía mucho tiempo atrás, la cara de pánico del vástago postizo que temerariamente se había atrevido a escalar el árbol que enfrentaba su dormitorio, amparando entonces su traviesa aventura en el denso follaje de sus anchas hojas de verano que no le ocultaron lo suficiente, reflejándose ahora en la cara del mentor, visiblemente alterada en las horas ya de su desgobierno, el mismo miedo a la incertidumbre de lo  desconocido, aquel mismo vértigo a lo que vendría después, y que impasible observó en el gesto aún imberbe, en un extraño juego de identidades, intentando escarbar en su otro yo oculto para descubrir en momento tan emotivo de despedida obligada alguna señal de empatía con la revivida angustia del chico, comprobando visiblemente alarmado y emocionado, rasgo inaudito en él, idéntico vahído de indeterminada profundidad asomado al otro lado del espejo que le señalaba inexorablemente el final amargo e irreversible de un largo tiempo cierto de dominio y poder sobre lugares, edificios, cosas, personas, sentimientos y voluntades, y el comienzo de otro muy incierto en el más desolador de los olvidos: la indiferencia. Falta muy grave de indisciplina y rebeldía, expuso él en su alegato de informe de expulsión: ¡A la puta calle! sin más contemplaciones; presintiendo entonces ya el joven su desdicha por la inquisitiva mirada que le lanzaba desde el cristal de la ventana aquella hierática cara de rostro muy serio, en realidad de profunda ira contenida, cerciorándose que sería la última vez que su agilidad de felino le permitiría fácilmente trepar a la copa del árbol que tapaba el interior de la casa del prócer. 
¿Qué escondía el interfecto? Quizás en su verdad más íntima los despojos de la gloria: su colección completa de soledades de déspota solitario, sus cien soledades que se habían ido amontonando como capas de sedimentos en la guarida del poder: las que inició con los primeros escalofríos en su expuesta desnudez nada más nacer; fue recopilando con obstinación y empeño después en su camino hacia su visionario destino de guía y tutor de parias de hospicio, vendiendo para ello su alma al diablo en los tiempos que siguieron al paso del cuarto jinete del apocalipsis que como sombra negra de eclipse se abatió sobre campos, ciudades, y gentes de todo el país partiéndolo en dos mitades irreconciliables, eligiendo bando ganador en el poder impuesto y autoritario aunque hubiera que esquilmar hasta el último rastro del contrario, medrando con felonía entre sus correligionario de bando parapetados en el palacio de Bibataubin, antiguo cuartel y ahora nido de conspiradores de la nueva patria, hasta conseguir su propia ínsula y el poder sobre sus habitantes aunque ésta estuviera tomada por levantiscos desheredados; llegando al paroxismo de su soledad en su total aislamiento durante los largos e interminables días de la patria menor, sin padecerlas, sin inmutarse, sin que todas aquellas soledades que había ido acumulando a lo largo del tiempo le impidiera el que le temblara la mano en el sagrado designio del cumplimiento del deber de corrección como padrastro político de toda la tropa de desahuciados; y que afloraron todas ellas de golpe en un inusual estado de nostalgia rayana al llanto que brotó discreto en sus ojos esa mañana de invierno asomado a la ventana de su último día de gobierno, el primero de su vulnerabilidad; al tiempo que le invadía todo el ser, como cáncer que le devorara por momentos, una insufrible y persistente sensación de vacío absoluto ante la impotencia por lo que creía de verdad le arrebataban injustamente; desazón que solo aliviaba en aquellos difíciles instantes la compañía de su fiel y amada esposa. 
¡Ay!, mi María de los Desamparados nos destierran de esta patria, la que sabes salvé de la anarquía más absoluta en la que estaba sumida, la que modernicé hasta límites insospechados; y su lamento aludía a su mesiánico destino, erigiéndose en iluminado, como el prócer de la patria grande, su modelo, el que era ya una leyenda y del que contaban que tiempo atrás había traído la paz liberando al país de las hordas bárbaras. Ahora vivía la amarga caída en desgracia sin compañía, penúltima de sus soledades que experimentaba con desencanto al comprobar como la otrora servil caterva de subordinados, guardianes, subalternos y demás ralea de gregarios adocenados y untuosos a su cargo, muy dados hasta hacía unos días a merodear por los alrededores de la casa del poder para rendirle pleitesía y vasallaje a fin de mendigar favores, no se acercaban siquiera a los aledaños de la misma para compartir con él sus cuitas de desahuciado, de destituido gobernante, o darle ánimos en su nueva situación, al contrario dejándole abandonado a la suerte de lamerse sus propias heridas, inclusive su vecino don Cristóbal Cabrerizo, capellán castrense, un cura de su misma edad, rancio como él en su conservadurismo y que habitaba la casa próxima a la suya, nombrado oficialmente celebrante de los oficios religiosos en el orfanato casi en el mismo tiempo que a él se le designaba patriarca de todos aquellos hijastros. No fuese que le contagiara su caída en desgracia. 
Atrapado en la línea del tiempo del pasado, asomado a la ventana, destemplado, le vinieron los mismos escalofríos que sintió al nacer; y el frío de aquel señalado día de invierno, su último invierno de la patria, como ladrón al que se le facilita la entrada en casa ajena, fue ocupando el vacío que dejaba la deserción temporal en la casa que había colonizado tiempo atrás y ahora que era drenada de recuerdos y vivencias empezaba a no reconocerla; se le hacía extraño el silencio solo roto por los comentarios de los mozos de mudanza; al igual que tampoco se reconocía a sí mismo, quieto, impasible, con la mirada perdida por la ventana sin reparar siquiera en el paisaje que él había creado a su imagen, y que irremisiblemente se le escapaba aunque lo hubiera encerrado celosamente, para su mejor gobernanza, entre altas tapias que mandó construir con urgencia en los comienzos de la refundación: Cuando este lugar no tenía límites definidos y se expandía peligrosamente hacia el infinito en un movimiento centrífugo, recuerdas mi María de los Desamparados, de vástagos que escapaban, que se dispersaban por los campos de alrededor; que se proyectaban hacia afuera sin permiso, contraviniendo órdenes de instrucción y buena gobernanza a fin de destruirme, ¿te acuerdas?, ¿Cuánto tiempo hace querida?, le preguntaba: Tanto tiempo  ya mi rey, que todo lo que vamos a perder es obra tuya, tú su artífice, tú el magnánimo, tú el más grande, tú mi gran don José, tú todo y en cambio ahora ¡cuánta ingratitud!; pero no te preocupes que este universo del que nos expulsan tiene tu marca, tu impronta, lleva tu sello personal, y lo llevará por los siglos de los siglos. Amén.
Ambos miran con cierta melancolía a través de la ventana abierta a lo que un día fue su reino: Ay mi María de los Desamparados, mi vida, cuánta razón tienes, pues por siempre este sitio seguirá latiendo al compás de mis propios latidos, seguiré presente en cada grano de arena de estas tapias, mi gran obra: el principio, lo decía con gesto de cercar con ambos brazos todo el recinto: O levanto una gran muralla o se me va de las manos el control de estos desgraciados, ¡qué carajo!; estos no saben bien con quién están tratando; por lo que se puso manos sobre plano; y desde el palacio de Bibataubin la comisión de diputados y su presidente al frente le autorizaron poder llevar a efecto aquel obsesivo empeño, con pocas reticencias de los benefactores públicos en razón a la exposición de motivos del mentor, muy de acuerdo con lo que sucedía en la patria grande: Hay que recortar alas libertarias; también domar libres albedríos; y como no, pulir los ángulos más agudos de estos huérfanos que el apocalipsis nos dejó, cuya tutela y educación me habéis encomendado hasta hacerlos dóciles a los nuevos tiempos de la renovada patria; y cuya misión cumpliré a rajatabla sin parpadear, sin darle tregua al desencanto, sin que me tiemble el rictus de la cara para mantener el orden y la disciplina, aunque tenga para ello que expulsar a media población díscola; la que fue vaciando a golpe de edictos recurrentes y arbitrarios hasta dejarla reducida en el miedo y la sumisión disciplinaria; acotando espacios y negando libertades y derechos, reduciéndola a su idea particular de patria chica.  
Los límites quedaron blindados al resguardo de los juicios justos y de las curiosas y peligrosas miradas del exterior: ¡¡Aquí manda mis cojones, y no sale afuera ni el soplo del aire sin mi conocimiento!!; al igual que el prócer de la patria grande lo había hecho con las fronteras del país conquistado. En cuestión de poco tiempo el vasto recinto quedó completamente cercado. Interminables tapias de hormigón apisonado que se erigieron en el borde del establecimiento benéfico con el entorno rural negaron de un plumazo el mundo; todo lo anterior, como si nunca hubiesen estado allí: los campos, las huertas, la ciudad encaramada en la colina, las altas montañas nevadas del fondo, la salida del sol por entre ellas, su puesta cayendo por el lado opuesto en los llanos; como si una fuerza inexplicable se hubiese llevado, arrancándolo de su sitio, el paisaje dejándolo de un blanco sucio. Ahora el horizonte era alargados lienzos ciegos de turbios encalados en donde los encerrados se daban de bruces cada vez que pretendían conocer qué pasaba detrás de aquél confín. Los más antiguos contaban a los que vinieron después que detrás de las infames tapias en un tiempo no muy lejano bullía vida, había gentes, sucedían acontecimientos...; ahora en las postrimerías de su gobernanza al alejarse del lugar y echar la vista atrás las propias tapias le impidieron visualizar lo que hasta aquel momento había sido su reino. 

 

  Nadie lo vio irse como hacía muchos años atrás nadie lo vio llegar; cuentan que apareció de repente colonizando la casa junto a la alta y ancha verja de hierro de la entrada, de dimensiones proporcionadas a la institución de beneficencia que guardaba, a los numerosos habitantes de sus alargados e interminables pabellones de ladrillo dispersos en un vasto territorio, y a su inabarcable límite con la llanura de fincas rústicas que lo rodeaban; borde de tapial bajo fácilmente franqueable con un pequeño salto que anulaba por inútil tan aparatosa reja; todo ello con fondo de sierra. Nadie se apercibió de su llegada hasta que apareció él con una tropa de mozos que descargaron todo tipo de muebles y enseres domésticos. Cuando se marcharon éstos y la casa quedó habitable el advenedizo don José Capilla, que nadie esperaba, en gesto muy íntimo, atrayendo con su brazo por encima del hombro de su mujer a ésta, juntando ambas caras en actitud cariñosa en presencia de la hijita de ambos, se mostraba henchido de alegría: Por fin aquí, este va a ser nuestro reino, quién sabe por cuánto tiempo. No le esperaba nadie; ni siquiera el portero Pepe Bolas había recibido noticia de su llegada. O tal vez sí. No sabía bien, pues su mente estaba bloqueada empeñado en entender aquella distorsión de la realidad, absurdos acontecimientos que se sucedieron en apenas tres o cuatro días. En ese corto lapso de tiempo era como si el mundo se hubiese vuelto loco: había perdido el control de sus dominios: los chicos se le escapaban constantemente por la frágil marca hacia los campos; de la nada había surgido alguien que decía ser el nuevo director-administrador, pero que ni le había saludado y mucho menos presentado; y, para colmo, había sido testigo por casualidad de la precipitada huida sin despedida del anterior inquilino de la casa, don José Bensusa. Se había marchado, raudo, con lo puesto, con toda su provisionalidad apretujada en el interior de una pequeña maleta, sin mirar hacia atrás, quizás asustado por la complicada responsabilidad que se alargaba año tras año sin final cierto, o por la última noticia: el cura, también provisional, había sufrido un agudo infarto; al fin y al cabo él era solo un funcionario administrativo que pasaba por allí en un mundo de secuaces políticos con la misión, entre otras, de domeñar aquella patulea de gente que había tenido el atrevimiento de quedarse huérfanos, y ahora ellos tendrían que apechugar con la complicada vaina de hacerles hombres de provecho para la nueva patria. 
Nadie tuvo en cuenta, realmente, aquella llegada, pues para todos excepto para Pepe Bolas la vida proseguía con la normalidad de siempre: las cocinas de fuego de leña bullían de actividad preparando viandas a las que después llamaban comida; en la explanada enfrente de las ajetreadas cocinas las lavanderas tendían al sol, como estandartes del lugar, las pobres ropas de los internos en puzle de tejidos, colores y tamaños como prueba de que allí vivía una tropa en deserción, ahora en urgencia de uniformar e instruir en los nuevos postulados; en las escuelas se cantaba sin parar por la mañana y a viva voz la tabla de multiplicar hasta el toque de campana a las doce para el ángelus: El ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo; en las vísperas de santificar las fiestas con la preceptiva misa los internos rapeaban repetidamente y a coro, cada vez más fuerte, cada vez más rápido: Mañana es domingo / se casa Peringo / con una gitana / que tiene las tetas / como una campana; y en los talleres de oficios, los maestros y chicos mayores se empecinaban diariamente que la obsoleta maquinaria de formación funcionase. Todo normal.  
Aunque nadie, o casi nadie lo había visto desde la precipitada marcha de don José Bensusa, sin embargo los internos intuían que él, de quién habían oído hablar, estaba ahí; y lo vivían con la incertidumbre de lo que estaba por suceder, si bien sus intuiciones no reparaban tanto en las novedades a futuro sino más en la constatada normalidad de siempre: Hay alguien al mando, se decían, pues el mundo sigue; la vida continúa; las monjas siguen empeñadas en cubrirse con ese absurdo y extraño gorro con alas; la banda de música toca pasacalles  en los despertares tempranos los días grandes del nuevo calendario festivo, aunque en los anaqueles escolares todos los días fueran días de escuela; y en los patios se dilucidaban hombrías a golpe de puñetazos en corrillos de chicos que jaleaban a los postulantes. Sabían, aunque nadie le había visto, que él habitaba ya en la casa civil, ahora blindada, porque durante algún tiempo y todas las noches habían visto luz hasta horas muy intempestivas, horas solitarias que le abocaron a su primera soledad, horas laboriosas intentando, según contaban, dilucidar cual había sido el gobierno en los tiempos del caos; quién era quién, de parte de quién habían administrado tan complicado legado. Aquello duró hasta que un día y los sucesivos la luz dejó de encenderse por la noche en la habitación del poder. El destino de la patria chica empezaba a esclarecerse. Por momentos él se creyó en posesión de poder arreglar tamaño desaguisado, si bien jaleado por aduladores impávidos que lo proclamaban invicto; peregrinando en un ir y venir constante a la puerta principal de la casa, esperando pacientes el anuncio de fumata blanca: la bendición en forma de algún cargo vitalicio de quien, baboseándole las posaderas, intitulaban el gran conductor de la patria pequeña atribuyéndosele ya en los primeros tiempos el progreso de una nueva era. El prolongado encierro de vigilias de noches con luz tras la ventana en maratonianas y sesudas reflexiones concluyó que, al final, se creyera deidad, ansiando constituirse en oráculo para conducir el lugar y sus vástagos a una etapa de prosperidad y modernidad --¿de verdad?--, que ya publicitaban la caterva de encargados, subalternos y guardianes: Gloria y honor al mentor de todo esto, repetían en cualquier sitio; y aunque receptivo a este tipo de servil vasallaje como autócrata en potencia, la verdad es que recelaba de todos, hasta de sí mismo, su desconfianza hacia los otros seres humanos era patológica, sospechando que le rendían exagerada pleitesía, reverencia y fiel obediencia más por miedo que por los dones con que ellos le adornaban. No se equivocaba. Empezaban a aparecer y hacer mella todas las otras soledades del poder. Pero no todos fueron impostados aduladores y ciertamente algunos agradecieron a la vida la oportunidad de compartir un destino mesiánico, casi divino, como pensaban en gran medida del gran conductor de la patria mayor que, acabado el período de autarquía, andaba en inauguraciones de grandes presas y pantanos, y otras obras faraónicas, iniciadas dos décadas antes para engrandecimiento de la patria común, la de una sola bandera, un solo himno y un solo pensamiento, con fastos propios de los reyes que le antecedieron. Perentoria necesidad que le carcomía las entrañas: Tengo que inaugurar algo, y la oportunidad le vino  como caída del cielo con la apertura del salón de actos, buque insignia del conjunto de obras de ampliación de los pabellones comenzadas un lustro y medio  antes y que se dilataban sin solución final en sus acabados. Por fin listo para su inauguración. 
Casi nadie lo había visto aún, pues él creyendo que acrecentaba su inicial soñada grandeza prolongando el misterio de su persona no visitaba los pabellones e impuso la obligación a superiora, encargados celadores y maestros de talleres comparecer días determinados, a horas señaladas, en su casa para rendir cuentas de la marcha de su gobierno. Tampoco paseaba por el arbolado recinto para ver el progreso de sus determinaciones a excepción de la niña bonita de sus ojos: el gran Salón de Actos, del que siempre quedaba sorprendido, muy de acuerdo con su elección: un magnífico y amplio espacio exento de doble altura, con grandes ventanales que cubrían enormes postigos sobre ruedas correderas para tamizar la luz; escenario polivalente con pantalla gigante desplegable para las novedosas proyecciones cinematográficas, con cabina de proyección, proscenio, y funcionales vestuarios para representación de obras de teatro, con patio de cómodas butacas individuales al que se accedía por tres puertas, una central y dos laterales, a través de una amplio vestíbulo, implementado al exterior por una escalinata de piedra que le sublimaba; un espacio como nunca se había visto por aquellos lares: Muy propio de mí, y de este inicio de mi era, se decía complacido: Lo próximo: cerrar a cal y canto esta casa ingobernable, se confabulaba mentalmente en la que sería realmente su gran batalla, más que la niña de sus ojos, su obra faraónica: Kilómetros de tapias que dibujaron un extraño contorno muy visible en la campiña. En corto periodo de tiempo se materializó la aviesa intención del mentor de aislar a los internos del entorno; nunca le gustó el crisol de gentes: Es por su propio bien, para que no se contaminen. Amén. De momento se vanagloriaba de lo conseguido: atrás quedó el visionado deficiente de películas en locales provisionales; atrás quedó el acarreo de los largos bancos de madera peregrinando los internos de un sitio a otro en busca de lugar de proyección; atrás quedó la falta de escenario para las conmemoraciones, conciertos, entrega de premios, regalos de reyes; y ¿por qué no dejar atrás también el sambenito de parias?, se preguntaba no muy convencido, al tener ahora los internos la posibilidad de culturalizarse en representaciones de autores teatrales: ¿Intelectualizar esta plebe?, ¡en serio!, no me encaja, será muy difícil pero valdrá la pena el esfuerzo en interés de alargar mis expectativas de poder ante los diputados más recalcitrantes del palacio de Bibataubin, los que aún dudan de mis dotes y mi valía para esta complicada misión, ¡qué carajo! Única intención la personal, a la que se añadía con fuerza su mesiánico destino de entregar a la los nuevos amaneceres gloriosos de la patria grande los noveles hombres forjados en la disciplina y en el sacrificio supremo llegado el caso, aunque en realidad recelaba de que su beneficio individual tuviera que ir aparejado en favorecer el porvenir de los internos, por los que sentía gran escepticismo: Ay mi María de los Desamparados no sé si todo este esfuerzo por mi parte le va a reportar a estos desgraciados algunas mejoras en su vida, hasta ahora salvaje e incivilizada, preveo un universo de cambios inmerecidos para ellos, pues nunca me lo agradecerán lo suficiente, le decía a su mujer: Que se puede esperar de esta gente, le contestó la señora. 

 

  Casi nadie lo conocía aún, de ahí que los internos esperaran con sentida curiosidad el día señalado para la puesta en funcionamiento de la celebrada obra con presencia del que ahora plagiaba la autoría de la idea. Y aquel fue el primer acto oficial de impostado reconocimiento, y el inicio de otros tantos donde cada año para su onomástica, declarada fiesta mayor coincidiendo con el día del padre, se le exaltaba con todos los internos, chicos y chicas --¡0h sorpresa, había también chicas!, ¿dónde las escondían?-- a la condición universal de gran padre-patrón-tutor-mentor y qué sé yo que cosas más de todos los desheredados del centro, y por extensión de todos los del país, y quien sabe si todos los del mundo, a la vista de las entusiastas vivas y aplausos, instados por monjas y empleados, que recibía a su lacónica alocución de bienvenida: Y que comience la representación apostilló rápidamente. Al acallar enseguida a la fanfarria de palmas y vítores, más que falta de empatía consciente, lo que traslucían las parcas palabras y sus ademanes eran de una cierta timidez; confundiendo al personal, tanto por el discurso ausente como por los gestos de cara hierática que no mostraban sentimiento alguno: ¡Uuuyyy!!, con este hay que posicionarse en guardia, seguramente pensaron muchos chicos, sobre todo los más mayores. Y hacían bien en desconfiar de las intenciones de alguien que no tiene discurso, que obliga a desviar la mirada cuando habla, que proyecta cierta rigidez cuartelera, que esgrime la disciplina como lema de cabecera, y el miedo como instrumento de poder; el que ejerció severamente en su primer diciembre en la casa.  
Su primer invierno de gobierno; su primer aliento nocturno muy frío en la intensidad de la intemperie; el peso del tiempo: O lo hago ahora o esto me va a causar un vértigo de eternidad, o ellos o yo, pensó, y fue él el que hizo valer quien mandaba allí. Aprovechando las sombras, de nocturnidad cuando se atenúan los sentidos y se baja la guardia exponiendo éstos a los peligros, se descolgó con su pequeño utilitario recién adquirido al lugar donde creía radicaba el centro de la disidencia, el último reducto de desgobernanza de su régimen recién instaurado: el pabellón de chicos mayores del que le habían contado fuentes creíbles convivía un ecléctico batallón ya no solo en desbandada sino materialmente en pie de guerra. Según conocimiento: los más altos y de más edad ejercían ilícitamente el control de todas las actividades diarias, las que habían retorcido a su favor e interés personal: al parecer trapicheaban comida, ropa, colchones, recambios de bicicletas, maderas que sustraían del taller de carpintería y cojinetes del taller de mecánica para montar patinetes que luego vendían fuera: La vaina de este lugar es que a estos mayores, pasados de años, les sobra demasiado tiempo para pensar; le decía a su María de los Desamparados, que en deshonor a su nombre jamás amparaba a nadie: Vuelven del servicio militar sin oficio ni beneficio parapetándose como levantiscos entre los gruesos y protectores muros del pabellón chapoteando en toda suerte de asuntos turbios, de cambalaches: se encierran a comer aparte abundantes alimentos que afanan de las despensas; se juegan a las cartas los pocos cuartos con los que despluman los ahorros de los más pequeños; fuman como carreteros incluso en los dormitorios, y trafican con el tabaco de picadura restante que venden al mejor postor; cobran peajes por todo...; vamos una anarquía que voy a someter y aplastar mañana mismo María de mi entretelas, le conminaba esperando su asentimiento: Que así sea, amén. 
La oscuridad de aquel diciembre se había salido de madre de tal manera que la escasa luz de los faros del coche trabajaban a destajo para reconocer el camino que nunca transitaba a pie. Ninguno de los internos del pabellón lo había visto en público desde la inauguración del célebre salón de actos hasta esa noche en filas para recogerse ya a los dormitorios, de sorpresa, comprobando según le convenía cierto desorden de la formación que navegaba en la ineptitud disciplinaria por la blandura en la custodia de los padres religiosos que la regentaban, con murmullos que acababan en ruido grave según se iba en aumento de estatura y edad. Se encaramó al descansillo de la escalera, estrenando púlpito mientras los hermanos religiosos pedían silencio repetidamente, y cuando solo se oía el resuello de las respiraciones les lanzó desde la improvisada atalaya su aviesa y larga mirada de que nadie hable, nadie se mueva, de que nadie respire hasta oír sus nombres en la infame lista que leyó a viva voz sin mirarles a la cara: Todos estos tienen una semana antes de la Navidad para recoger sus pertenencias y marcharse del centro: ¡a la puta calle a comerse el turrón!; abandonando rápidamente el recinto sin inmutarse, sin tiempo a explicaciones, dejando gravitando sobre las filas aún en formación lo que más les dolía a los veinte nombrados: su indiferencia al sufrimiento, más incluso que la incertidumbre de futuro por muy penosa que esta fuera; doliéndose en la indignación reprimida en el silencio, en su resignación de parias de hospicio sin defensa ni apelación. Y no fue la única expulsión masiva, hubo otra el invierno siguiente, también antes de la Navidad, también de noche pero esta vez un potente haz de luz le abría el camino que seguía sin recorrer a pie pues el utilitario había mutado a berlina grande muy en boga en la oligarquía del régimen: faros grandes, alerones grandes..., todo grande como su poder omnímodo como instrumento de arbitrariedad con el que expulsó al resto de la disidencia: Todo en orden, se decía a sí mismo, de vuelta a la casa. 
Y en ese momento se regocijó en su obra, en su jugada maestra: acabar con la imaginaria revuelta, con el tiempo de templanza de los religiosos Hermanos Obreros de María, celadores hasta entonces del pabellón de chicos mayores por encargo de los diputados del palacio de Bibataubin en acuerdo con el arzobispado de la ciudad como ensayo de labor religiosa de la novedosa orden aun por oficializar, y los relevó por militar chusquero en retiro, don Antonio Carmona: recio, bigotito a imitación del caudillo del país, ojos azules saltones que agrandaban cristales como culo de vaso de unas lentes para gran miopía, la que desaparecía súbitamente ante la presencia de cualquier fémina en el edificio: empleadas, familiares de visita..., a las que asaltaba sin pudor mientras su mujer discreta, recatada, católica-apostólica-romana, criaba en un patio trasero del pabellón gallinas de fértil producción de huevos con los que engatusaba como regalos a aquellas. Macho bragado esgrimía claramente sus distintivos como enseña de su encomienda: dos recias correas, una apretaba como cinto sus pantalones adelantados hacia arriba en cintura insinuando en bulto los atributos de debajo del ombligo, y otra más ancha que, a modo de aviso, colgaba en su hombro izquierdo, lista para ser usada, a la que llamaba garlopa porque devastaba eficazmente la piel al igual que aquella lo hacía con la madera, en un cruel trabajo fino. 
Pero para el prócer de la patria chica aquello no era suficiente, y no solo cambió al guardián sino que también acabó con el tiempo anterior descosiendo los recuerdos de la historia del centro: Voy a parar el reloj de esta barbarie cruda e incierta y lo pondré en hora de la civilización disciplinaria, del tiempo del renacimiento de la nueva patria; y así terminó con el ocio en la poca alegría que los internos disfrutaban al año: Por cada día festivo, trescientos sesenta y cuatro días de trabajo, hay que levantar esta unidad de destino en lo universal, se regodeaba en sus arengas patrioteras con las que liquidó las fiestas locales y por ende la banda de música que ya prestigiaba fama en la institución y pueblos de los alrededores; se acabaron las serenatas y los pasacalles en las madrugadas festivas; acabó con los juegos matinales de las fiesta grandes: cucañas, carreras de sacos, carrera de bicicletas con premios a las cintas ensartadas; acabó con los globos de papel en colores elevándose arriba con final en fuegos artificiales quemando el cielo en altura y los deseos de libertad de los internos..., pero lo más importante para él fue  acabar con los mercenarios bárbaros: Se acabó la vaina del tiempo para pensar; desde ahora un mismo pensamiento, el mío ¡carajo! 
Con la inauguración del salón de actos acabadas las obras de ampliación; cercado el recinto con altas tapias, blindado al exterior de vistas inquisitivas; reducido drásticamente el censo de asilados limitando edad de permanencia, acotando estaturas, edades, rebeldías y conflictividades hasta lograr una masa de materia humana a su medida, temerosa y sometida a base de amenazas con expulsiones y otros castigos, se centró en su tarea mesiánica: en su caudillaje con borbotones de ideas propias a las que sumó la apropiación de las ajenas si venía el caso. No le dolían prendas. Cambió de lugar en las escuelas, a la pared del fondo de las clases para que los niños a primera hora de la mañana contemplaran al ir a sus pupitres, el retrato del prócer de la patria grande, su referente: frente despejada, ojos vivaces desafiantes en la mirada que galopaban en un uniforme militar de alta graduación, condecoración en el pecho, y fajín de general con alargados borlones que le colgaban alargados en la cadera: Es para cuando se vaya la luz, contaban algunos chicos confundiéndolos en la imagen sepia con velas de cera. Reguló el espacio para las clases y los tiempos de recreo en proporción a las horas lectivas; luchó denodadamente, según propagó sin ambages, con los diputados del palacio de Bibataubin para la creación de aulas de preescolar, con novedosos métodos de enseñanza. Autorizó que chicos y chicas que repetían sus nombres adelantados en el cuadro de honor de los finales de curso cursaran sus estudios de bachillerato en centro oficiales de enseñanza de la capital, siempre que fueran merecedores de beca de estudios que el padre de la patria grande había instituido: Si no obtienen beca escolar, ¡a talleres o costura!; si bien no fue él el impulsor de todos estos cambios sino sor Aurora Carnicero, madre superiora, y alma de esta educación integral, demostrando que a pesar de las carencias afectivas, las capacidades intelectuales de los internos eran las de cualquier otro niño de su edad, si bien algo distraídas: Si una vaca blanca da leche blanca, ¿qué leche da una vaca negra?, era uno de sus test de inteligencia favoritos: Pues negra, cómo va a ser. Después corregía el perverso automatismo; y se lo agradecieron eternamente. Duró muy poco, lo poco que en aquel lugar y en aquella época podía durar la bondad, la sensatez, la emotividad, la sensibilidad hacia el prójimo más desvalido, la confianza en los demás, la lucha en reclamar derechos y no caridad; duró poco su singularidad: era la única persona que en los despachos diarios con el gran conductor se atrevía a rebatirle el fondo y las formas de gobierno: su nulo acercamiento a los chavales, su desconocimiento del día a día de sus actividades, de sus inquietudes, de sus problemas; duró poco pero antes tuvo tiempo de arrancar al mentor muchas mejoras. Atrás quedó la mortalidad infantil: ¡Gracias a Dios hermanas! les decía : Bueno, y también a la medicina madre superiora; atrás quedó la inmovilidad de los niños encerrados en los pabellones en favor de largos y soleados paseos por las arboledas del recinto que habían visto incrementadas su repoblación de especies: moreras, acacias, eucaliptos...; atrás quedó la falta de ejercicio físico, priorizándose la disposición de terreno para instalaciones deportivas: campos de fútbol para chicos y canchas de baloncesto para chicas: Vamos a inscribir al equipo de fútbol en competiciones federadas, anunció la reverenda en nombre del mentor. Y ya no pudo dar más de sí; y su destierro por díscola fue muy lejano en su tierra canaria para que no hubiera intención de volver, todo en favor de otra madre superiora de primer apellido combativo y de segundo fuerte: sor Fernanda Guerra Bravo, paradigma del régimen que se había establecido ya sin discusión alguna en la patria mayor del que era una mala copia la patria menor.

 

  Habían pasado ya las celebraciones de los veinticinco años de paz, con los carteles del gran conductor-guía como piel empapelando fachadas, rincones y esquinas de cualquier edificio de todas las ciudades del país, vestido de civil, proponiendo al pueblo su apoyo futuro de otros veinticinco años, esta vez de prosperidad; habían pasado los días del referéndum convocado por la oligarquía del régimen para seguir con el control firme y duradero; había pasado el Concilio Vaticano II con el cambio de toca en las monjas a gorro más simple sin alas y acortando hábitos; habían pasado el rubicón de los años difíciles, con carencias de todo tipo; se felicitaron los chicos; se felicitó el mentor en propia persona por todo lo conseguido en la patria mayor y por ende en sus dominios compartiendo euforia junto con su mujer: ¡Ay mi María de los Desamparados!, esto despega como un avión, le decía mientras parecía levitar él mismo del suelo; estaba en su apogeo, en su cenit de poder. Cada pieza suelta del otrora rompecabezas había ahora encajado en su sitio: Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su sitio, era la letanía de orden en la clase de sor Juana Marimón, la monja maestra de más edad; y si no encajaba, él se encargaba de que lo hiciera aunque fuera con fórceps, dictando sentencias arbitrarias como doctrina infalible. Abandonó la cautela del principio en favor de actitudes de déspota ilustrado: era experto en leyes, de ahí la enorme cantidad de edictos, circulares, protocolos, órdenes y otras legalidades con las que adornó su gestión de gobierno en ésta y la siguiente etapa. Ésta última su etapa cumbre, la más dura donde sus normas carecieron de cortapisas; se ejecutaban y punto. Normalizó todo: la ropa, aunque insuficiente por deficiente frente al frío de sierra de invierno, a fin de uniformar la tropa hasta ahora en desbandada, una muda completa semanal: La que mudarán cada sábado a la tarde en los días de baño colectivo sin agua caliente, aunque haga mucho frío y nieve: El agua fría forja el cuerpo, dejó dicho; impuso el mismo corte de pelo casi al rape, tipo niño hospiciano: Así matamos dos pájaros de un tiro, saneamos cabezas de piojos y liendres e igualamos en el anonimato y en el agravio colectivo a estas huestes. Se consignó no tener límites en los escarmientos cuando se quebrantaba su disciplina, la que él había arbitrado; su obediencia, la que él quería; las reglas que él había dispuesto, por ello no le tembló el pulso de retirar de las competiciones federadas al equipo de fútbol que ya tenía un trofeo que exhibía con orgullo en el salón de descanso, en una decisión injusta pues nadie del grupo de jugadores había intervenido en el incidente:¡¡¡Escándalo público!!!, le espetaban los diputados con su presidente al frente, llamado a capítulo de cuentas al palacio de Bibataubin: Una aberración que nos lleva otra vez al abismo de los tiempos de antes del apocalipsis; una inmoralidad que no podemos permitir, ni tolerar, solicitamos del señor presidente su destitución, le exigían sus más acérrimos enemigos entre los conspiradores. De su cese le salvó la balanza a su favor entre lo que fue el centro y lo que era ahora, a reflexión del presidente: Pero nunca más, le sentenció. El asunto se circunscribía a un inocente baño de algunos de los componentes del equipo de fútbol visitante en la liga federada: sudorosos después de un partido contra los internos en pleno verano, y ya camino de salida del orfanato  tropezaron con aquella maravilla: una fuente estanque de dimensiones suficientes para refrescarse; no lo pensaron dos veces y en cuestión de segundos chapoteaban desnudos con las potras al aire en aquel providencial charco entre risas y celebraciones muy ruidosas. Inocente baño pero por desconocimiento no en el sitio más adecuado: se bañaban enfrente de los aposentos de la comunidad de monjas que tenían visión panorámica a la fuente-estanque la patera: ¡Hermanas no miren por los balcones!, es el demonio, les pedía la madre superiora a la comunidad; pero la curiosidad es más fuerte aún en las prohibiciones y alucinaron con espectáculo tan inusual; trece balcones, trece huecos donde se coló de rondón la tentación, el tercer pecado capital: la carne; las que después seguramente en confesión reconocieron excederse sólo un poco de tiempo en la curiosa sorpresa, aunque en shock por la mundana escena antes de reaccionar, justo a tiempo de observar la estampida de cuerpos jóvenes y atléticos desnudos tal cual sus madres les habían traído al mundo, con las ropas y calzados en la mano escapando de la persecución del portero Pepe Bolas, poniéndose a salvo aprovechando el lento cierre de la aparatosa y pesada reja doble de hierro: su desmesurada envergadura precisaba media jornada de trabajo intensivo para su cierre. Nunca más los vieron por aquellos lugares: Quedan prohibidas de por vida las competiciones para el equipo de fútbol e incautados hasta nueva orden los trofeos, balones, redes y vestimentas deportivas, sin opción a réplica: A mi no me ponen la cara roja otra vez; no voy a poner en riesgo mis méritos porque éstos se hayan juntado con gente depravada; con muy malas compañías, mi María de los Desamparados, que voy a cortar de raíz, le confesaba a su señora: Que así sea mi rey. 
Para reparar el agravio y redimir el lugar del oprobio les anunció a las monjas su intención más inmediata: En el centro de la patera vamos a alzar un grupo escultórico de un santo ángel de la guarda, custodiando dos niños pequeños, chico y chica, ¿qué os parece?; muy bien contestaron todas a coro, sin apercibirse de las espurias y verdaderas intenciones de él. No tenía en mente reparar el trauma vivido por las hermanas sino aprovechar la coyuntura para materializar una idea que le venía rondando la cabeza desde hacía mucho tiempo: Otra vez voy a matar dos pájaros de un solo tiro, María de mi entretelas voy a colocar una mole escultórica a tamaño natural que ocupe la mayor parte del estanque haciendo inviable el baño, le confesaba a su señora: Y..., dejó el interrogante en el aire por unos segundos iluminándosele la cara..., y que sea muy visible desde lejos a cualquier visitante a fin de lavar la imagen que arrastra esta institución desde tiempos inmemoriales, y por ende mi gestión; ¿te imaginas un gran ángel representando a la Institución, amparando cariñosamente a todos los internos, simbolizados por las figuras de los dos niños en edad infantil?..., ¡edad infantil!..., ¡hogar!..., sí, eso es, voy a cambiar definitivamente el nombre del centro, desde ahora será Hogar Infantil del Niño Jesús..., ¿te das cuenta querida? la visión del ángel será la nueva tarjeta de presentación para cualquier visita. Acto seguido propuso a la comisión de diputados sus proyectos y se habilitó presupuesto para la escultura, a la vez que se encargó al taller de imprenta el cambio de nombre en los impresos oficiales, previa autorización de ambos por la presidencia de diputados. Todo en vano pues las gentes lo seguían refiriendo como de costumbre: hospicio, orfelinato, orfanato..., los internos por vergüenza propia: el colegio. 
¿Era querencia al recuerdo tan inusual; demostración de superar la tentación; o quizás simplemente sentirse protegidas ahora por la presencia del ángel custodio?; lo cierto es que el entorno de la patera se constituyó en solaz para los descansos de las monjas al que acudían con sillas los veranos ya caída la tarde, para sentarse a la fresca y disfrutar, después de una intensa jornada de trabajo, de relajadas conversaciones que presidía la reverenda madre superiora, la de los apellidos bravíos; y no solo recreo de las hijas de la caridad, sino el lugar con el entorno de estatuaria y jardines erigido con premeditación interesada para homenajear al presidente de los diputados en las conmemoraciones que asistía, dando éste al final de los actos festivos el beneplácito muy complacido a las marchas en formación con música militar, a la perfecta coordinación en las tablas de gimnasia de los chicos, y a los populares bailes del grupo de coro y danzas de las chicas, felicitando personalmente al mentor de todo aquello: Una celebración muy patriótica, lo tendré en cuenta. Por segunda vez conocida el mentor levitó levemente del suelo, o esa fue su sensación a las palabras de su jefe; mientras su cara era todo un poema de autocomplacencia en la sumisa alabanza: Es lo que merece su excelencia. Esa noche realizó en sueños un viaje astral sobrevolando el recinto de cuya obra se vanagloriaba: Todo bajo control, una máquina por sí sola, sin interferencias de fuera. Fiel a su doctrina y en su afán por estrechar el cerco de los internos limitó las visitas de sus familiares, restringiéndolas de cuatro domingos al mes a sólo una: el primer domingo de cada mes: No me gustó nunca tanta gente merodeando por los pabellones; ni la profusión de alimentos sin control que traen; ¡¡¡alarma de intoxicación!!!; y lo que fue una medida provisional se convirtió en una dolorosa, inhumana y duradera norma: En caso de reincidencia se suspenderá durante meses la única visita, y es que no pueden estar con otras compañías, mi María de los Desamparados; hay que dejarlos al albur de su suerte; y se arrogó la facultad de poder acortar los tiempos de felicidad de los chicos y alargar los contratiempos de los familiares; de domeñar los sentimientos de la prole a su cuidado y de los que no estaban bajo su jurisdicción; le daba igual; desfilando los familiares, compungidos cada primer domingo de mes a la salida de la única visita, su dolor doliente de treinta días de vísperas por delante; toda una vida de espera: Ahora van acoplándose todas las piezas con gran satisfacción. Somos los reyes de aquí mi María reina de los Desamparados. Así es. Amén.

 

  El año que anunciaron el eclipse total a él le pilló todo a contrapié: su homólogo el dictador de la patria grande, ya mayor, había sufrido un accidente de caza que casi le lleva un brazo, ahora en cabestrillo; el enfermero y practicante del Centro, de avanzada edad, casi fallece de asfixia por ataque de su propio hijo, carne de cañón de psiquiátrico, con el que convivía en el botiquín; una avioneta-caza de la base aérea militar próxima al orfanato se había estrellado contra los grandes ejemplares de eucaliptos con los que había repoblado la zona oeste de las tapias para que con su penetrante olor característico anulara el insoportable hedor de las infraviviendas sin saneamiento del barrio de Corea con las que limitaba; sor María Teresa la monja responsable de la costura había fallecido de repente; el suegro del mentor había tenido un accidente cuando viajaba en autobús; un niño del pabellón de menores sufrió quemaduras graves al caerse a una enorme paila de comida ardiente...; mientras tanto en el palacio de Bibataubin le habían crecido los enemigos y adversarios que constantemente le movían la silla donde se sentaba y asentaba su poder, pidiendo su relevo; y, para colmo, en sus dominios se paró el tiempo y se oscurecieron sus mandamientos. A la hora en que súbitamente el día se volvió noche algunos internos estaban en el patio pese a su prohibición, ignorando o desafiando lo peligroso de contemplar fijamente aquél fenómeno. Bruscamente todo se oscureció, se callaron de golpe los pájaros en un silencio sepulcral que avivaba el ladrido lejano y continuo de los perros, enloquecidos; se levantó extraña brisa que cruzaba de un lado a otro todo el complejo de beneficencia, el que reavivó los miedos amordazados durante tanto tiempo que les nubló la razón en la consigna:¡¡¡A por los cristales!!!, y en los segundos que duró la sublimación de estrella los vidrios de las ventanas del comedor que daban al patio, que eran todas, sufrieron roturas a golpe de pedradas. Esa misma hora el mentor la vivió recluido con su familia en la casa sin querer salir al jardín, temeroso: Malos augurios mi María de los Desamparados, seguro que hordas bárbaras vuelven a merodear en la frontera del País, y siento ya las sombras de las revueltas llegar hasta aquí, pero defenderé estos confines a capa y espada. Volvió la luz, volvió la cordura a la prole de pega, y en él su legendaria mirada larga y desconfiada, más notoria que nunca, que barruntaba tormenta sobrevolando la formación de todos en el patio: ¡Castigos colectivos hasta que se delaten los cabecillas de la rebelión! Convocó con urgencia en su casa a superiora, encargados celadores, maestros de talleres, y guardianes hospicianos para estudiar los correctivos a aplicar: cuándo, cómo, dónde, con qué intensidad..., sin conclusión final pues a mitad de la tarea le llegó la noticia: Catorce niños se han escapado saltando las tapias; ahora eran los gestos de su cara los que mostraban señales de eclipse: se apagó su rictus hierático, se nubló su equilibrio: desorientado no articulaba palabra frente a la comisión de castigos; al fin reaccionó enviando al portero Pepe Bolas al lugar de los hechos con credenciales del propio prócer, y telefoneó seguidamente a las autoridades de seguridad para conocimiento y reintegro de los fugados. Los localizaron vagando por la ciudad; hubo expulsiones inmediatas; algún reingreso por responsabilidad menor, pero el grueso del grupo de escapados ni siquiera pasaron por el pabellón siendo inmediatamente conducidos a un reformatorio para niños malos ubicado en la parte alta de la ciudad donde sufrieron en propias carnes el recorte de sus alas libertarias apenas estrenadas: No hace falta seguir indagando, seguro que los cabecillas del asunto de los cristales están ahora en el grupo de los ingresados en el correccional. Alguno volvió tiempo después más delgado, más dócil, más manso, con la mirada perdida y los sentimientos y recuerdos confusos: Estos van a saber como terminan los que levantan la mano contra su benefactor, decía restaurando un orden momentáneo pues ya las patrias estaban perdidas en el enigma del eclipse. 
Desde entonces sus noches en vela con despertares entre sudores eran como premoniciones de que el final estaba cerca: la patria grande se consumía en su propia inmovilidad; el mismo gran guía, antes invicto, confesaba sentir moverse la tierra bajo sus pies; ahora casi sin movilidad, como esfinge, sorprendía su tono aflautado y bajo en los cada vez más cortos discursos, mientras el resto del tiempo permanecía desaparecido, no había noticias salvo cuándo lo exhibían en el balcón presidencial del palacio real ante la muchedumbre congregada para urgencias de la patria agredida: Todo obedece a un contubernio judeo-masónico...; se refería a la confabulación de las hordas rojas contra el país: ¿Ay mi María de los Desamparados, esto se termina!, y yo sin acabar mi obra. De urgencias para congraciarse con la historia y su futuro destino más inmediato que ya presentía allende las tapias dictó las últimas mejoras apuntándolas en su haber: en el recinto concluyó su el encauzamiento de las aguas de lluvia y mejora floral de los jardines de la patera; en los pabellones ordenó cambiar los alargados bancos de madera del comedor, inestables al vuelco, por sillas de acero y asiento y respaldo de railite, al igual que las anticuadas mesas de pesado mármol , que le iban a la zaga a los bancos en su longitud, por mesas individuales más ligeras, de cuatro, con bajo para guardaplatos y en las que ahora se servían menús más variados en moderna vajilla de cristal irrompible duralex en sustitución de los platos hondos de aluminio tipo rancho; sustituyó las viejas camas de hierro por otras más ligeras y modernas de tubo de aluminio, las que cubriría con colchones de muelles en reemplazo de los ruidosos e insanos colchones de farfolla de maíz; mejoró la ropa de muda y la de salir de paseo; mandó instalar en los baños grandes termos para producción de agua caliente, la que obviamente solo aprovechaba el primer turno de baño; materializó su revolucionaria idea de intercomunicación entre pabellones mediante la instalación de telefonillos-interfonos: sobre una repisa pequeña colocada en una zona de paso obligado de los internos mandó emplazar extraños artefactos, especie de consola con botones de colores para emisor y receptor de voz, con muy mala audición y peor recepción, voz inaudible, entrecortada: ¿Quién llama?, no se te oye, repita, ¿qué quiere?, llama más tarde... Fuente permanente de confusiones y malentendidos por indescifrables mensajes, el extraño artefacto pasó a dormir el sueño de los justos ante la continuada indiferencia de los que pasaban por allí; desahuciado, abandonado a su suerte técnica, de vez en cuando daba señales de vida con su zumbido intermitente: Por favor estoy aquí, alguien que me haga caso: Ahora no, estamos viendo Viaje al fondo del mar en la televisión; ¡ah! la televisión, aquella novedad si que fue una gran mejora: dotar los pabellones con un aparato de televisión, definitivamente fue la modernidad: la ventana al mundo aunque con marco muy constreñido tenía absorbidos a los chicos; y es más se lanzó sin ambages en su última propuesta a fin de salvar su pellejo y su gestión: formar un grupo musical rondalla de bandurrias, laúdes, guitarras y pandereta, estilo tuna, no tanto por una supuesta sensibilidad musical sino más como pasaporte para quemar sus últimos cartuchos entre los diputados y presidente del palacio de Bibataubin entre los que su idea hecha realidad tuvo muy buena acogida pues amenizaba en dicho palacio las fiestas y celebraciones de éstos: El pueblo contra el invasor, que música más popular y más racial, le felicitaba el presidente. Todo para las fiestas de los prebostes, en cambio para los días festivos del centro no había actuación de la rondalla en serenatas y pasacalles. Quería dejar todo atado para su futura leyenda aunque algo se le resistió, hubo una china en su zapato que nunca pudo quitarse, que nunca supo resolver: pospuso indefinidamente el asunto de la escalera-trampa de la cocina general por donde se evacuaban las viandas de los internos en enormes pailas calientes casi tan altas como ellos; escalones interminables; rampa que se perdía en altura; lugar de formación y alto rendimiento para equilibristas, funambulistas, y acróbatas sin red: Baja tú el pie con cuidado...: Vale ahora bajo yo, agarra fuerte..., así con paciencia, cautela, sobreesfuerzo humano y pericia lograban pisar tierra firme después de cubrir los más de tres metros de tirada larga y continua de pendiente a la intemperie; tan al raso que el invierno les jugaba malas pasadas a los porteadores, helando los escalones por la persistente umbría que resguardaba su orientación: resbalar uno de los chicos, desestabilizar el peso del contenido agitado y caliente, perder el equilibrio, rodar ambos porteadores dando tumbos escaleras abajo acompañando al enorme recipiente que les iba salpicando con su hirviente contenido y producirles quemaduras, lesiones  además de las contusiones en huesos y músculos, eran verbos que se conjugaban en un mismo tiempo en un desgraciado suceso .Fue su asignatura pendiente aunque la solución era fácil para cualquier interno y que él no llegaba a percibir por su falta de conocimiento tanto de los pabellones como del propio recinto que nunca visitaba: evacuar la comida por la pequeña puerta trasera de un solo tramo de escalera interior, en un lateral de las cocinas por donde se accedía a las despensas. 
Tenía la sensación de estar consumiendo las últimas migajas del alborozo del inicio: Mi María de los Desamparados, ¿te acuerdas cuando llegamos?, todo estaba por hacer y ahora todo se están desmoronando pero no nos toca rendirnos, hay que luchar para que todo siga como hasta ahora, aludiendo en su inicial pesimismo al mensaje del conductor del país, que enfermo presentía ya sus últimos días: Todo está atado y bien atado, dejó escrito. Luego le desataron los nudos. El año antes de su sustitución hizo su última contribución a la causa: una excursión de chicos y chicas; ¡que me estás contando, todos revueltos, no me lo puedo creer!, representantes todos de su magna obra: monjas, educadores, cantores, estudiantes, pinches, cocineras, seminaristas, maestros..., madre superiora al mando; a los lugares de exaltación de la Patria histórica. Desde la tierra de los palacios nazaríes a la capital de la patria grande en el centro del país a visitar los sitios de nostálgico legado imperial: el magno e increíble edificio  monasterio-escolanía- palacio real en el monte de Abantos, octava maravilla del mundo, génesis en clave de números invisibles de enigmática simbología a imitación del templo de Salomón del que creía descender el rey que lo erigió, y por la gracia de Dios ahora el gran conductor de la patria nueva, el que muy cerca de allí en un valle había levantado en la roca, asistido de la misma megalomanía de los grandes dictadores, una gigantesca cruz como homenaje y expiación de todos los muertos del gran apocalipsis que arrasó durante años vidas, campos, ciudades y paisajes que hubo que recomponer como el de la última visita al sur de la capital: los fabulosos jardines reales de especies arbóreas importadas de todos los rincones de la tierra donde antaño el país había sido Imperio sin que en él se pusiera el sol por su vastedad, para disfrutar a la par que el relato histórico de los mágicos paisajes de fronda verde, de las fuentes con inacabables juegos de agua, y de la estatuaria antigua de ninfas y dioses que salpicaban el curso del gran río navegable con embarcadero para engalanadas falúas de paseos de monarcas absolutos con salvas reales de honores, los mismos fastos que ahora prodigaban al prócer de la patria con mayúsculas entrando bajo palio en las celebraciones conmemorando victorias de batallas contra el mal que aquejó al país del que había salvado de los bárbaros esteparios. Y de un copioso rio en el centro del país a otro aún más caudaloso al noreste de la patria a visitar su popular basílica en la misma orilla en la ribera por donde discurría el camino jacobeo que según la leyenda recorrió el propio Santiago apóstol, en el mismo lugar donde, contaban, se le apareció la Virgen María sobre un pilar; ahora en los nuevos tiempos patrona de la patria nueva y grande y de otras patrias allende las fronteras en otro continente que fue de antiguo imperio, con encomienda divina de labor evangelizadora de erigir un templo: ahora al cabo de algunos siglos gran Basílica de la Virgen del Pilar, de cuyo manto tenía el caudillo de todo en su despacho un trozo junto con el brazo incorrupto de santa Teresa, como reliquias con las que consultaba los designios para la buena marcha de la nación. Habían llegado al lugar en vísperas de la fiesta grande: la fiesta nacional. 
Al día siguiente en la explanada todos juntos en el homenaje a la Virgen en una mañana templada pero muy clara, la reverenda madre superiora sor Fernanda Guerra iba de corrillo en corrillo mostrando cierto brillo en la cara, feliz, con una sonrisa distinta a la medio congelada que ya conocían los chicos; ¿qué raro? algo místico apreciaron  algunos en sus gestos; en semitrance dijeron otros. Ella no pudo esperar y ya en la ofrenda entró definitivamente en trance. ¿Qué extraño placer no mundano le invadía? Lo que emanaba de su expresión de cara era puro misticismo pues ya en la lonja de la basílica miraba a propios y extraños como sobrevolando por encima de la muchedumbre que se había congregado en el lugar para ofrendar, en horas tan tempranas, ingente cantidad de flores a su patrona, la que ya no se veía en aquel mar de pétalos de colores; ausente sin reconocer a su postiza prole, y sin que éstos la reconocieran en su inusitada actitud: no ponía reparos a que se hubieran mezclado chicos y chicas, ¡inaudito!, ajena al chivatazo al oído: Madre ayer algunos chicos subieron de noche al dormitorio de las chicas, le susurraba sor Isabel guardiana por propia voluntad de la virtud virginal de aquellas; no le dijo nada solo le sonreía dulcemente, retando a sor Isabel con esa nueva mirada hacia el cielo imaginando en visión que muy pronto estaría postrada frente a la Virgen del Pilar. Y así parece ser que fue pues unos segundos más tarde, según testigos presenciales, levitó en cuerpo y alma; y ya no esta allí, había desaparecido:¡¡Milagro!!, ¡¡Milagro!!, ¡¡Milagro!!…, repetía una hermana, suplicando a las alturas alguna señal: De su cabeza salían rayos de luz, decía ésta: Estaba subida sobre un pilar, aseveraba otra. Apareció poco después lejos de allí mezclada entre una masa enfervorecida: ¡¡¡Viva la Pilarica!!!, ¡¡¡Viva la mañica!!!
A la vuelta fue felicitada por el propio don José Capilla enterado del acontecimiento: Es usted una santa, haría bien el santo Padre en canonizarla. Se congratulaba la reverenda; se congratulaba el mentor por ser él el principio de aquel milagro; se congratulaban los internos por el cambio radical de la superiora, ahora más amable, más simpática, más reconciliadora, menos bravía. Se hicieron todo tipo de comentarios y cábalas, aunque nadie osaba poner en duda la espiritualidad del suceso, so pena de caer en herejía doméstica, aunque cualquiera con dos dedos de frente que estuvo presente en el masivo y apretujado acto religioso descartaría la causa sobrenatural de la desaparición en favor de la física práctica: si te empujan con fuerza una turba de gente en histeria colectiva sin que tengas un punto de sujeción, te desplazan irremisiblemente a otro sitio y pierdes de vista lo que antes de la marejada tenías cerca. Si además el desplazamiento forzoso es consecuencia de la inevitable presión de una muchedumbre de pañoleta y faja en movimiento constante, enloquecida, el destino final al que te pueden arrastrar es imprevisible. Demasiado tarde para reflexiones; el acontecimiento formaba ya parte de las leyendas con misterio de un lugar y una época en un tiempo que se estaba acabando. 

 

  Se marchó el sustitutivo de padre-patrón-tutor-mentor y qué se yo qué más; se marchó la madre superiora a algún destino de meditación; se fueron marchando todos los que habían padecido el viejo Régimen; llegaron otros que afortunadamente vivieron en libertad, con derechos y no de caridad hasta el cierre definitivo por obsolescencia del centro benéfico y aunque se derribaron algunas tapias interiores las demás aún persisten guardando todavía los pabellones, algunos en claro estado de abandono, y la casa que fue del poder cuyas paredes guardan aún secretos que allí quedaron cuando el mentor se fue precipitadamente junto con su familia. ¿Qué secretos escondía el mentor en realidad en la casa desalojada? Además de sus soledades escondía las pruebas de la ignominia del poder real y su corrupción sistemática en años: ¡¡Uuuf, salvadas en tiempo de descuento!!; y estupefacto éste  se preguntaba en ese tiempo de prórroga el porqué de aquel relevo casi sin avisar; con prisa; no entendía nada:  De qué carajo había ido aquella vaina durante tan largo periodo de gobierno, después de lo peleado, de lo luchado, de todo lo trabajado, casi una vida dedicada a estos palurdos desagradecidos; y qué decir de los que me nombraron para tamaña tarea, el presidente y sus lacayos ¡malnacidos!; ay mi María de los Desamparados, mi alma, que nos echan de aquí, ¡cuánta ingratitud!, yo que he puesto orden en la anarquía que reinaba en este solar que era un erial para convertirlo en un vergel; mi patria de autor; mi patria por derecho. La casa ya vacía aún producía recelos: había sido el símbolo del poder injusto y arbitrario donde se repartieron parabienes inmerecidos y se dictaron sentencias injustas. Aún se percibía gravitando sobre ella una extraña vibración, los restos de lo que fue un inquietante y turbulento movimiento centrípeto: contaban los que por curiosidad se acercaban al día siguiente de la marcha del mentor a ojear, no sin cierta aprehensión, sentir el mismo mareo como el que sufrían cuando eran llamados a corrección o a expulsión, la misma vorágine que siempre sobrevoló con vórtice de fuerzas en espiral como vertiginosas aguas en gran desagüe con sentido y dirección hacia el centro de la gobernanza: la habitación que según él era gloria pero también dolor por el peso de la púrpura del poder, autocomplaciéndose y a la vez autocompadeciéndose el mentor en su victimismo de padre sufriente: ¡Cuántos sacrificios!, ¡cuánto trabajo sin descanso!, ¡Cuánta energía derrochada! en este difícil deber de procurar bienestar a estos gañanes!, fueron sus últimas confesiones a su mujer antes de la marcha. Durante unos días ojos curiosos violentaron a conciencia los huecos de las ventanas, hasta ahora inviolables, para escrutar ávidamente el interior de la guarida, removiendo con las agudas miradas el tiempo estancado de su oscuro y misterioso interior; y todo el complejo de parias despertó durante algunos días de su letargo de años: no hacía falta trepar por los árboles para asaltar la casa, bastaba con empujar la puerta para oír por vez primera el sonido chirriante de las bisagras en su giro de apertura: Estamos dentro, decían, donde se decidía todo de nuestras vidas, nuestros destinos, nuestro vestido, nuestra comida, nuestra respiración, nuestro pensamiento; donde destrozaron nuestros cuentos, nuestra existencia; y vieron las oficinas aquellos días sin actividad; y vieron los ficheros de sus vidas; y vieron sus cédulas de admisión y de identidad real, las fichas con sus datos que escrutaron con interés; y traspasaron la marca prohibida, y subieron por la escalera de la casa ahora desnuda de su alfombra de opereta de los tiempos grandes; y vieron desde la ventana del último suspiro, la del último aliento aún caliente de los desalojados, un paisaje desangelado; y de entre los árboles desnudos de hojas marchitas descubrieron , no muy lejos, un ángel de piedra abandonado en su reducto de agua congelada, un ángel de la guarda tan huérfano como los niños de piedra que custodiaba, como ellos; y comprendieron entonces el vil engaño: nunca hubo un ángel de la guarda; y escalofríos como punzones clavados recorrieron sus cuerpos; y en la precipitada huida, a la salida de la casa, se toparon con el santa sanctorum del poder absoluto, el lugar primigenio de sus afanes, de sus desvelos, de sus clemencias, de sus miedos y también de sus desdichas; el lugar de la autoridad inapelable y devastadora; y sobre la mesa del poder,  ahora vacía de papeles, vieron aposento voluminoso de capas sedimentadas en larguísima sucesión de vilezas e injustas justificaciones  que tapaban castigos hasta aquél día de invierno de liberación en el que el mentor, sólo y avejentado, se dio prisa por recoger las pertenencias y enseres de una casa de la que se había apropiado. Las nefastas consecuencias de la otra apropiación: la de personas, voluntades, y sentimientos quedó para siempre en los sueños recurrentes que como pesadillas sufrieron los encerrados durante buena parte del resto de sus vidas; y la nostalgia del poder absoluto, sin arrepentimiento de sus crueles consecuencias le sobrevino, en la conciencia al mentor cada uno de los inviernos que le restaban en los aniversarios de su destitución: era su soledad perpetua, sin remisión.

 

FranciscoMolinaGómez 
(Y al déspota ilustrado le sucedió otro: iletrado, bruto, necio, radical guerracivilista, conspirador de Bibataubin con ínfulas también de virrey. En su visión mesiánica de cambio hizo tabla rasa con su antecesor y su obra: en un claro ejercicio de marcar época y reinado ordenó talar la mayoría de los ejemplares vegetales del recinto que eran muchos; moreras y acacias fueron carne de cañón del hacha y de la sierra dejando casi desnudo el complejo de beneficencia para mejor visión y control de pabellones y atalayas, decía. No contento con tamaña barbaridad y para aliviar cierto patológico pánico a que otros le movieran el suelo bajos sus pies, como lo había hecho él, hizo desaparecer la tierra bajo capas de asfalto en patios, caminos, senderos, cuadrantes...;  suprimió los juegos de agua de la patera y enterró su estanque disfrazándolo de algunas especies vegetales raras; finalmente materializó un sueño que había padecido durante sus empeños conspiratorios contra el anterior dictador criollo: Para virrey caribeño él, proclamaba y en remembranza de esos remotos países del antiguo Imperio se hizo traer las especies de pájaros más exóticas: papagayos, cacatúas, loros..., las que confinó en enormes pajareras metálicas que se hizo construir en el taller de mecánica, a las que alimentaba de propia mano y entre las que destacaba por su verborrea, un deslenguado loro que había acostumbrado a repetir su frase favorita: ¡A la puta calle, ¡a la puta calle!..., la misma frase que en cierta ocasión me gritó al oído, no el ave, sino él; era su voz llena de ira al no acatar una orden que me pareció injusta: habíamos agachado la cerviz demasiadas veces, ¡ya estaba bien! Me fui solo por la puerta de atrás con lo puesto, una muda de ropa y algunos libros. Afuera me esperaba una crisis nerviosa de la que tardé en salir muchos años después. Luego me rehíce de mis cenizas y volé)


 


 

                               

 

                

 

 

          

          
 



 

















viernes, 1 de noviembre de 2024

EL VÉRTIGO DE VOLVER

 


Contempla solo unos segundos la imagen paradisíaca de la postal, mira el reverso que menciona el lugar, después una leyenda de puño y letra del afortunado contará los parabienes del disfrute a algún familiar o amigo que la recibirá seguramente con alborozo, y que leerá en apenas dos segundos; vuelta a la imagen un segundo más de visual contemplación, consumando el acto de envidia buena del destinatario de la misiva para acabar guardada en alguna caja junto con otras de otros lugares, las que probablemente no volverán a ser desempolvadas, o para peor destino que acaben en algún vertedero. Se ha consumido una imagen que no reporta más interés, actitud muy en boga en el metaverso. Pero no importa, hay miles de ella en los exhibidores de las tiendas de recuerdos que aseguran su supervivencia.

En esta ocasión para encabezamiento de esta entrada al blog he huido intencionadamente de esas imágenes comercialmente edulcoradas y tan explícitas de su intencionado reclamo turístico, algo sin alma que nos impide leer más allá de un cielo intensamente azul reflejado en un mar acotado donde se recortan, como exotismo del sitio, algunas palmeras y otras plantas tropicales. ¿Dónde queda el espíritu del lugar? Ya escribí alguna vez que, como creían los antiguos civilizadores, todo paraje tiene su genius locci, genio que lo habita y lo protege preservando por siempre su esencia, la misma que guía al poeta que con las palabras precisas, y solo con éstas, nos hace aflorar todo un caudal de sentimientos ocultos.

En mi modestia tan alejada de la excelencia del poeta, anduve empeñado en captar alguna vez una representación que no fuera una alegoría de algo diferente, sino su quintaesencia, su fundamento, aunque este fuera, a sentir de otros algo abstracto –menos es más--, unos símbolos que introdujeran valores y conceptos por sugerencia y asociación subliminal de signos, y así producir emociones. Cuando hallé el paraje en unos de mis reencuentros a la Arcadia de mi niñez, y tras unos segundos de ensimismamiento solo tuve que encuadrar y disparar el click de mi cámara fotográfica. ¡Esto es! Casi una vida de cambios y aquí está aún toda la idealización de lo que muchos años atrás me sugería el paraíso: una muralla ciclópea que se encarama defensiva sobre la ladera de la montaña hasta encumbrar un castillo que fue asentamiento de varias civilizaciones, descubridores afortunados de la bondad del lugar y en cuyo desnivel se aposentaron los hábitat de los nuevos colonizadores, los modernos: sobre la construcción vernácula del arco las arquitecturas cúbicas aterrazadas, de un mellado estilo corbusier, conviven en un perfecto diálogo con la construcción popular en torno al castillo. Los planos inclinados de las escaleras pegados a la roca evocan las empinadas y estrechas calles del sitio; paredes rectas, encaladas, donde enseñorea el trópico su suave clima de humedad y de vientos favorables que acicalan el cabello de las palmeras, como estandartes permanentes del sitio –el sur cálido del mediterráneo-- y donde la gaviota, flotando sobre las térmicas, despliega sus poderosas alas en grácil vuelo circular que anuncia el mar próximo, no el limitado de las postales sino ese otro que de niño me ayudó a entender un poco el misterio de lo eterno. Mar a veces dócil y otras bravo... Mar para el disfrute del baño y para el difícil y peligroso oficio de pescador... Mar juntura de mezcla de nativos de tez tostada y curtida por el clima y gentes tan distintas de otros lugares, algunos muy lejanos con lenguas insólitas... Mar que me arrullaba de noche y el mismo que en la tempestad bamboleaba la frágil mamparra de madera hasta el naufragio... Mar de vida y a veces de muerte... En fin mar, mar, mar... ¡Venid lectores, he conocido lugar!




Vigilia en víspera

Vuelvo a vivir el tránsito de la primavera al estío. Una primavera ya madura, un estío en sazón; y lo vivo con el patente temor de su mortalidad. He visto aparecer su gloria en lo alto de la sierra, enfrente, por encima de tapias degradadas de color; ahora, en esta transformación, desnuda de su inmaculado fulgor, de su resplandor de invierno. En su desnudez la montaña, un gran macizo de piedra, dibuja claramente una figura soñadamente de animal yacente. El paisaje se desenfunda y se viste de nuevos ropajes, de nuevas voces: en las alturas de las ramas verdes de moreras que me rodean en mi encierro habitan millares de pájaros, haciéndose ensordecedores. Bulle el ciclo de la vida por doquier y se pregona a viva voz. Estamos otra vez aquí. Instantes de gloria que podían ser de cualquier estación, cualquier sitio, cualquier día; pero no, son exclusivamente de esta transición. Pero aquí y ahora se añade algo: al esplendor original y gratuito se junta otro logrado por el empeño de vivir; el empeño de descubrir cierto estado del alma, de aflorar de lo más recóndito del ser, aunque sólo sea un atisbo de felicidad. El mundo es pequeño desde aquí; hay prisa por caminar hacia donde el agua es infinita y verdea en variados y celebrados tonos verdes la fértil vega, plagada de exuberantes hortalizas y ricos frutos tropicales. En las vigilias de mi marcha observo de noche las estrellas, las fijas, las que siempre están ahí. Son puntos de referencia. Meditación para un viaje que está por venir pronto, dentro de muy poco. Esas cuantas estrellas conocidas se fijarán después en el destino anhelado como ideas ciertas, hitos en el oscuro y vasto espacio nocturno. Las justas, no necesitamos más para la curiosidad, la fantasía, y el secreto deseo por cumplir cuando en un límpido cielo oscuro se trasmuten en estrellas fugaces.

Traspongo el tiempo y el espacio. El visitante es ahora un hombre, al igual que yo, de aquel mundo de niños de antaño. Alguien de mis mismas experiencias vitales. Ha sido viajero que con vaguedad sigue tejiendo ciertas hipótesis misteriosas en un anecdotario inacabable. Ha vencido la edad joven y las fantasías le siguen acompañando con nostalgia recopiladora. En este mundo tan vasto no ha aprendido a estar, no ha aprendido a conocerse; quizás a seguir soñando despierto permanentemente. Rememoramos una larga conversación en soledad de ambos, una noche de víspera, desahuciados, los dos, por otros seres del mismo pequeño mundo, de los que a distancia apenas percibíamos sus animadas charlas en grupo, ya que en parte eran anuladas por los agudos chirridos de los grillos, lejanos, monótonos, alargados y a los que curiosamente replicaban las cigarras aserrando la noche calurosa de verano en víspera; sonidos, todos ellos, a los que ponía contrapunto el quebrado croar de las ranas en las albercas. A la luz de la luna llena el concierto se recrudece: cuanto más brilla la charca, más se multiplican, más se muestran, más se hacen visibles los huevos eclosionados hasta saturar todo el agua, haciendo ruidoso coro en el silencio de la noche iniciática. Con banda sonora tan singular de fondo, indiferentes a las cuitas de esos otros seres mezquinos, nos dispusimos a soñar a rápidos sorbos, cual ingenuos, el futuro aún muy lejano, mezclando lo que estaba por llegar con lo pasado: los olores, las texturas, los sonidos... En nuestra cabeza resonaba ahora el acorde del mar, su agradable y relajante cadencia como susurro de cuna en la duermevela del infante, segundos antes del sueño que sigue al repetitivo parpadeo que inevitablemente lo anuncia. Sueño que se adentra en el terreno de las últimas confidencias, como antaño en las vísperas. Todo parece completo cuando se va a abandonar el pequeño mundo. Creemos firmemente que la esperanza de algo extraordinario, novedoso, se va a imponer sobre la infelicidad como bálsamo que nos cure de la normalidad de esta reclusión; esa normalidad obligada: larga, eterna, tediosa, aburrida..., asfixiante. Después, ¿cuánto después?, acaso tiene medida el sueño... el pequeño mundo crece: su horizonte irreversiblemente se ensancha, el olor del paisaje se hace cósmico, la visión es atemporal: tierra, árboles, cielo y más cielo que de improviso en la lejanía se hace inmensidad de agua que salta, se encrespa, se enreda..., se dilata y se dilata hasta el infinito. Cielo y mar, interminables reflejos del uno en el otro condenados eternamente a contemplarse, a retarse, a extasiarse... Nuestra mente se ha abierto al paisaje del viaje mágico que nos reconforta tanto. Creemos soñar. No soñamos; realmente lo vivimos, lo tocamos. De golpe el sonido y el movimiento han cesado, incluso el del mar.

Largas noches de confidencias, ¿largas o cortas?, no sé. Esta de hoy se nos ha ido en un soplo; lapsus de tiempo tan distinto de las otroras noches de vigilia en la víspera: animadamente muy lentas. Clareaba cuando desfallecemos rendidos de agotamiento por la energía gastada en los recuerdos; por las conversaciones entrecruzadas, disparatadas, divertidas, añoradas. El último sorbo de aliento rememora el mismo cansancio que muchos años atrás nos derivaba, irremisiblemente, al sueño en la madrugada del viaje ansiado, después de toda una noche en vela. Pauta necesaria para el delirio en la ebriedad por venir de instantes continuos de felicidad hasta casi la saciedad, aunque aquella fuera solo temporal. ¿Es corto un mes de dicha frente a los otros once de desazón? Suficiente para seguir sobreviviendo, para comenzar a contar el tiempo nuevo. Despertar en la alegría incontenible. Asombroso amanecer donde se crea de nuevo la tierra conformada por esa luz iniciante detrás del animal yacente; esa luz imprecisa pero ya brillante de colores que provoca por sí misma y que refleja individualizada en cada objeto, en cada cosa; que nos maravilla: un prodigio. Conocíamos el color de este amanecer: el de la promesa del mar. Milagro imprevisible que cada año revivíamos. Este compañero para quién el mundo fue tan pequeño, tan dominable, tan frío y tan cansado; estaba ahora sobrecogido en el universo real, y he recordado y reconocido, al hilo de sus palabras, cuán sobrante e interminable era la parte más pequeña del mundo que nos acogía y me he reconfortado en su compañía y en nuestro despertar juntos. Me congratula la madrugada del nuevo día; presiento –presentimos-- una gran jornada, sin duda. Juntos respiramos profundamente: un oloroso hálito fresco que aspiramos con disfrutada intensidad y que nos espabila en la modorra del despertar venía de lo hondo del espacio impregnando todo el ámbito. Después en un lapsus de tiempo sin determinar comprobamos que seguimos vivos a punto de emprender vuelo como gaviotas.


Vértigo de volver

El acto a celebrar con alegría y jolgorio es un traslado. Es un viaje gustoso en el que el tiempo se ve nutrido por la transición del espacio. Cambio de mundo. Rotura de costumbres por el gusto auroral de la novedad, presentida por ya vivida de antemano, aunque abierta a todas las sorpresas. Atrás, muy atrás vamos a dejar un insustancial horizonte encorsetado entre tapias que nos comprimen hasta hacernos invisibles; un límite que nos asfixia; necesitamos volar, para seguir respirando. Con recién estrenadas risas nos despedimos: adiós pequeño mundo, no te echaremos de menos. Al fin lanzarse de nuevo al camino. Traspongo la edad y el momento: mi visitante, aquí y ahora, compañero de viaje en la liturgia del reencuentro quiere comprobarse si todavía es posible repetir lo que su fuero interno de recuerdos amontonados, con pronunciada y desbordada nostalgia, le dice obstinadamente que es irrepetible. No se quiere dar por vencido; yo tampoco. Iniciamos el viaje con cierto temor de que tanta ilusión se rompa, de que nada sea ya igual que antes; quizás tuviera razón el cantautor de estos tiempos inciertos en su advertencia poética: al mundo donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Volvemos. Pero ahí afuera hay otro horizonte, deconstruído, decolorado..., todavía un puzzle de paisajes que ya no nos subyuga como cuando éramos infantes. Viene a nuestra memoria una estela de cautivas imágenes de entonces durante el viaje anhelado: el principio es un llano interminable donde se apilan en montones los haces de trigo que relucen al sol naciente de la mañana. Durante la travesía se han avivado los olores: el aire huele a tierra removida y a siembra recién cortada. También los colores: las gavillas relucen doradas en la luz ya brillante hacia el mediodía, esperando su transformación en las eras a cielo abierto con el bullicio de campesinos y caballerías. La parva reseca extendida en ruedo deslumbra como el mismo sol. Acémilas cansadas, abrasadas, resignadas con el giro mil veces repetido trotan arrastrando la tabla de cortante pedernal. Un brazo tostado y robusto hace chascar el látigo sobre los lomos sudados de las mulas que contraen sus músculos. En otra parva más adelantada de faena, largas horquillas de madera, como tenedores gigantes, hacen volar la paja, dejando el trigo mondo y amontonado. La tierra y los hombres del verano son ya bendito pan para el resto del tiempo.

¿Es prudente seguir rememorando? Como magia que todavía sorprendía inocencia de niño, el estrenado horizonte ha mutado a montañas más avistadas, más definidas en cumbres y hondonadas; es el valle frutícola que sucede al páramo de labor. Un vergel de frutales muestra esplendoroso el milagro: las pasadas flores de primavera son ahora sabor y alimento en su transformación: naranjas, manzanas, peras, ciruelas... son ambrosía en mercados de la capital. Iniciamos la subida para después hacer más sublime el descenso. El camino antes abierto al aire de la llanura, plano, recto, libre, sin ataduras, de visión panorámica, se hace ahora sinuoso, íntimo, pegado a la montaña en perfecto maridaje. La rica variedad topográfica recrea la unidad de un mundo completo que se nos niega en nuestro internamiento. El todo y las partes. Todo es grande porque hay mucho pequeño que lo conforma. El paisaje crece como un fractal. Los lados de la tortuosa carretera que abraza la montaña nos da la bienvenida con sus mejores galas y se acicalan para la ocasión con delicados perfumes que nos regalan con generosidad; retama de flores silvestres y plantas aromáticas esparcen sus delicadas fragancias --huele a esencia de romero, de tomillo, de lavanda, de salvia...--, salpicadas entre matojos de flores siempre viva. Cuando atravesamos el pequeño puente de piedra en la parte más estrecha del río visualizamos largas masas arbóreas que se yerguen altas con cierta nobleza en el paisaje de ribera, son las alamedas que en las márgenes del río enseñorean su presencia como ejército protector de la vida que bulle a su sombra; también benefactoras de esa otra vida que pasa sin detenerse junto a ellas, la nuestra; calmante para el ánimo en la alegría exaltada que relaja rumor de fondo, alto y claro, murmullos de viento al vibrar por entre sus hojas y que nos permite una pausa para discernir, con razón de niño conforme íbamos creciendo, lo que permanece y lo que se ausenta, las piedras del lecho y el agua que discurre sobre él, como nosotros discurrimos en el tiempo sobre la carretera contemplando ya relajados ese otro inabarcable sendero: el que fluye en el cauce bajo un sol de plata. Todo es nuevo, variado, animado, interesante... Siento inmensamente ese gusto de posesión: de poseer y ser poseído por la naturaleza; siento apetito de aprender, apetito de vivir y disfrutar.

¿Y mi compañero de infancia?, montados los dos en asientos contiguos del anticuado vehículo que nos acoge yo sigo intentando aprehender todo lo que mi memoria pudiera después recordar del mundo que nos negarán otra vez las tapias, al regreso. En él creo percibir otro inusitado interés: con la cara vuelta casi pegada al cristal de la ventanilla iba hablando solo y en voz baja. Estamos llegando al ecuador del viaje, a punto de atravesar su pueblo, de retrotraerse a sus primeras luces, a sus primeros balbuceos, a sus iniciales apegos, al punto de inflexión de sus desdichas que se llevaron parte de él a un lugar desconocido. Yo lo sé y callo. Silencio de los dos que se resguarda en la bóveda verde de plátanos de sombra que soportan viejos y anchos troncos con desnudez de blancura metálica y que amortiguan el calor de una tierra que arde en las horas verticales del mediodía, regalo de frescura para cuerpos sudorosos justo cuando el vehículo atraviesa lentamente la única calle visible de casas bajas y encaladas, refrigerando también su piel metálica ardiente, su obsoleta mecánica que abandona por fin el prolongado y ronco sonido de su asfixia en las pronunciadas cuestas del camino. Todo un regalo necesario, que se repetía en todas las travesías de los pueblos, como nódulos del camino, inmutables, familiares hitos importantes a recordar en un itinerario que ya nos pertenecía. De improviso se vuelve hacia mi con la cara iluminada: ha visto en alguien semiescondido en uno de los árboles a él mismo, a su primera infancia, a sus primeros juegos; hay conciliación en el relato, en la resignación; hay en definitiva, en ambos, ganas de vivir y disfrutar.

Pero ahora, en esta última aventura hacia la memoria común que certifique la existencia todavía de la otrora tierra de promisión, para pasar por el pueblo de mi acompañante hemos tenido que abandonar la moderna autovía de la costa y desviarnos por la estrecha y adoquinada carretera antigua, donde ahora nadie le saluda, no hay nadie escondido detrás del árbol para verle pasar en una travesía solitaria, poco transitada, a la que le han despojado de su palio verde; se nota extraño en su propia tierra; lleva mucho tiempo fuera como otros tantos de sus paisanos: ¿Dónde están los mozos, madre? / que no los oigo cantar / ya no acuden a la fiesta / ni a la plaza del lugar / ¿Dónde están los mozos, madre? / que no los oigo reír / marcharon a otros lugares / que están muy lejos de aquí... canción que tarareamos y que nos embarga el ánimo en la certeza de que ya nadie conocido nos espera en algún sitio, se marcharon sin edad para el desarraigo, madurando a destiempo; desertores del valle en busca de la aventura de subsistir en la ciudad anónima; extramuros de ella, ya no queda gente en los bancales de la ladera; ahora la fruta crece espontánea y cae madura sobre la tierra reseca. Hace tiempo escribí sobre mi propio extrañamiento acordándome de los demás: (…) Sin edad ni tiempo ya para entender el mundo de los afectos, se nos fueron definitivamente. Equivocamos las direcciones y recibimos devueltas las cartas sin acuse de recibo. Después nos lanzaron al vacío partiendo hacia un viaje desconocido. Entre gruesos muros quedaron las pruebas de nuestra existencia: las confesiones, los inútiles llantos, las risas...; hasta la inocencia (…) De muchos ni nos despedimos, ¡¡Hasta siempre!! (…) Ahora están muy lejos, en ese remoto lugar donde habita el olvido. Otros, los menos, nos citamos, nos llamamos sin darnos cuenta de que era inútil (…) Viajamos solos, guardando en la maleta la única herencia: no queríamos olvidar los primeros apegos; no estábamos dispuestos a perderlos. Durante las escalas embarcamos a nuevas rutas que nos obligaron a reinterpretar los mapas; marcamos nuevos territorios; trazamos nuevos caminos, aunque nunca en línea recta (…) Me pregunto ¿Adónde me han llevado las encrucijadas de esos caminos; y sobre todo, ante la eterna incertidumbre: adónde les llevó a ellos ?

No sé si era del todo prudente en nuestro particular trayecto, seguir evocando la niñez; pero acordamos necesario acercarnos en los recuerdos a una parte inevitable ligada a nuestra existencia: la del viaje mágico pendiente: Seguíamos en la fascinación, prendados del paisaje cuando llegamos a la cima más alta del recorrido; exhaustos en la euforia desgastada a viva voz de canciones repetidas, una y otra vez, sin parar; en el entusiasmo derrochado en bromas, abrazos y felicitaciones; al final algo amodorrados por el madrugar en la mañana y el calor que oprime el aire en este inicio ya avanzado de la tarde. Más de las doce y no hemos oído la campana anunciando el angelus; ni la llamada a recoger las viandas: pan, postre y pailas; ni el ruido de la última avioneta sobrevolando los patios; ni el bullicio de los gorriones parapetados en las moreras que se prodigaban por doquier...; solo el bisbiseo del viento resbalando por las paredes del autobús. Descendemos. La visión del entorno se hace más rápida en la bajada El anticuado vehículo con berlina se ha liberado de su peso, de su ronroneo en las cuestas, de su falta de aliento; ahora trepida en la bulla de la propia inercia de la caída con algo más de velocidad aprovechando la topografía a su favor. ¡Ahora sí!, ya nos llega algo de viento fresco con olor a salitre, un olor familiar que nos reanima, nos despierta próximos a alcanzar la vega en una interminable recta, flanqueada por cultivos de maizales, plataneras, chirimoyos, y cañas de azúcar, agradeciendo el frescor de una extraña brisa: espesa, empalagosa; mezcla de melaza, trópico, y mar, que se intensifica al pasar muy cerca de la Azucarera de la costa. Estamos en las puertas de la gloria.

Queda un último tirón en cuesta. El repecho es una suave colina que se alza como privilegiado mirador de un prodigio que se nos ofrece insinuante a pequeños sorbos; a cuentagotas; como magia que prepara una gran sorpresa, envolviendo el misterio en secuencias discontinuas, pautadas por los resquicios de la espesa vegetación verde de pinos y eucaliptos por entre los que se cuelan pequeños puntos de un intenso azul penetrante; secuencias de una película en la que el móvil somos nosotros. ¡¡¡Por fin el mar!!! ¡Qué fuerza la del mar!; siento repeluzno ante lo infinito cuando dejando atrás la masa arbórea éste se muestra en toda su dimensión, desnudo su poder, sin interferencias. Sentimos ya revuelo en el estómago en el goce de llegar; estamos muy cerca, tan cerca que podemos devolver el abrazo de la más alta y esbelta palmera, vieja conocida, que en el primer patio de la Colonia agita sus brazos al viento hacia nosotros; devolvemos nerviosos el saludo desde la ventanilla del vehículo a punto de agotamiento. ¡Hola mundo grande!, ¡cuánto te hemos extrañado! Todo es distinto. De improviso hemos mutado a nuevos árboles, a nuevos pájaros, a nuevas flores, a nuevos aires en los que son idénticos frescura y ardor, a nuevos rumores de noche. ¡¡Es el lugar!!; gracias genio por protegerlo en nuestra ausencia.

Rápidamente nos congraciamos con el sitio, a pesar del extrañamiento tanto tiempo. No podemos esperar; sentimos ambos un impulso irrefrenable de aventura, de abarcar el paraje; de subir, al día siguiente, al cerro que resguardaba la espalda de la edificación para contemplar quedamente el paraíso. Desde abajo aquella cúspide que encumbra un mirador parece altísima. Ascendemos. En la ladera de tierra arenosa y seca, los almendros nos acompañan en la pendiente, ellos erguidos, nosotros torpes equilibristas; apenas dan sombra pues parece que hayan recogido aún más la hoja breve para mostrar el fruto: neto, duro, y brillante. En lo alto, resguardados en chambao, entre chumberas y ágaves, la visión es todo un poema, una experiencia vital. Abajo, en nuestra casa ahora –Colonia Marítima-- corren niños en los patios como manchas de frescura instantánea. Parecen lejanos pero conservan su tamaño, ¡cómo se agranda todo lo que es humano en un mundo de tan minuciosa brevedad! Enfrente, en la arena, otros cuerpos más perezosos se muestran libres distendidos, recién llegados a la brisa. Un recio viento que llega del sur, toma las olas cuando vienen a romperse en la playa. Es un viento que al moverse pesa sobre la piel; un viento que afloja los nervios y deja caer agradecida soñolencia. Desde el horizonte hasta la orilla rige escala de azules, de los más oscuros al fondo hasta el blanco luminoso cerca, como el del sol que en el cielo estalla derramándose por todo lo que vemos. El mundo grande solo puede emerger aquí en este rincón; un mundo exclusivamente para nosotros, sin vecinos; perdidos por fortuna en el corazón de la extensa vega verde, que nos abraza y nos mima de día; de noche el mar arrulla los sueños. Nos gustaría quedarnos de por vida en el mismo lugar que descubriera el poeta: todo lo que hacen los bosques, los ríos o el aire cabe entre estos muros que creen cerrar la estancia; acudid caballeros que atravesáis los mares, solo tengo un techo de cielo, encontraréis lugar. Más tarde nos fueron desalojando poco a poco, difuminándose el sitio hasta desaparecer. Constatar la ausencia de todo al final de nuestro viaje adulto nos produjo cierto abandono, una segunda orfandad. Ya no hay nostalgia, solo melancolía.


¿Púrpura y zafiro?

De los envidiados, tiempo atrás, días de arena dorada y mar azul –días de púrpura y zafiro-- solo restan vestigios de lo que fue mi cielo, tres hitos, tres coordenadas como vértices de un triángulo que poco a poco se desdibuja; es cuestión de tiempo: una montaña decreciente como daga en punta clavándose en el mar; un trozo de vega testimonial, arrinconada por la zafiedad, y la codicia; y tres peñones desiguales que desde la orilla emergen del agua salada, apareciendo y desapareciendo a cierta distancia entre ellos, como rocas entrando de puntillas para no molestar dejando ventanas abiertas al infinito turquesa. Tres esquinas que abrazan el último trozo de mar que me emociona, al fundirse cielo y agua en luminoso hechizo: resplandeciente declinar del sol hacia la curvada línea del horizonte. Catarsis de luz con fulgores de fuegos violáceos y anaranjados en el final del día que subyuga el espíritu, anunciando un nuevo crepúsculo de esperanza por venir. Hace muchos años --¿cuántos?, quizás el tiempo sea indefinido allá donde habita el olvido-- que mi antiguo visitante, compañero de viaje y de fatigas en forzada reclusión no me visita, no me acompaña, no baja a nuestra playa, tal vez yo haya equivocado los recuerdos e hiciéramos solo el viaje de la infancia y no el de la madurez a pesar de haberle llamado, a veces insistentemente, quizás fuera éste viaje último solo alucinaciones de mi mente, una ilusión por cumplir. De cualquier forma puede ser que ambos tengamos las mismas sensaciones en la distancia: que no nos reconozcamos en el mundo real por habérsenos cambiado repetidamente la lontananza, antes opresora; después muy lejana y misteriosa; y ahora al alcance de la mano, abarcable, extraña; lo mismo que el mar y la playa. Seguramente tampoco reconozcamos la noche estrellada desaparecida en la excesiva luminosidad que borra el profundo fondo oscuro de brillantes estrellas fugaces. Acaso hayamos entendido, por fin, la advertencia poética del cantautor, recluyéndonos en nuestros propios laberintos, en los libretos memorizados de nuestras historias, mezcla de recuerdos confundidos con remembranzas actuales: anécdotas vividas junto a las más extrañas ficciones, con el fin de no perder la memoria, de no desprendernos en vida de los escasos momentos felices que nos regalaban. Los lugares cambian, pasan. Seguro que como él, me he obsesionado en acopiar entre mis manos los recuerdos que inevitablemente se me desparraman por entre los dedos; pero persisto: estoy aquí para desentrañar este momento. Ahora solo me queda el presente: un trozo de mar, un suelo arenoso, y la mitad de mi mismo –Teresa-- compañera de viaje de los últimos tiempos, compartiendo mochila a medias –... y los antiguos conocidos fueron extraños, y los extraños conocidos parte de nosotros mismos: la mitad que nos faltaba...-- : Me deleito junto a ella, en el arrebato que sucede a la sublimación de estrella como si no hubiera un mañana.

Pero obviando el espectáculo de luz, ahí enfrente hay ahora un mar que me resulta casi extraño, donde pululan otros seres y otros artefactos que ya no tienen la prestancia de sus antiguas moradoras –las barcas de pesca--; el equilibrio de su rítmico bamboleo en la trabajosa tarea de pescadores al sacar el copo a la playa, al que sobrevuelan multitud de hambrientas gaviotas; la dignidad atrapadas en sus redes como sustento de gente sufrida, humilde, y sabia. Confieso que últimamente, incluso el mar empieza a serme un desconocido, algo que aparece en el sueño recurrente del desencanto: Tiempo más tarde --¿corre el tiempo o se para, o quizás ni lo uno ni lo otro...?-- vendré a mi lugar y no lo reconoceré, vendré a mi mar y no lo veré, dudaré con disgusto del ensalmo eterno y de su ensueño para un instante después bajar a la playa de mi memoria que lo pondrá de nuevo aquí y me lanzaré de cabeza al rompeolas, zambulliéndome en el fondo de mis recuerdos; pero ¡qué raro!, el mar no está en calma; hoy se me muestra alborotado, muy alborotado. Con la temprana en la playa hemos oído los primeros estruendos. El mar golpea con fuerza sobre la arena donde se clava levantando un fortín que embalsa de burbujeo níveo. ¿De donde surge esta espuma?; se me antoja que no del coraje de la superficie sino de la pérfida bravura del fondo. Me aventuro en el borde siendo atrapado por una de esas muelas bravías en fauces gigante que me engulle y me vomita varios metros afuera envuelto en delicada maraña de seda blanca con la que cubre mi fragilidad; metamorfosis de ola que el viento me arrebata de inmediato y la evapora, dejándome indefenso, sin pudor frente a la desnudez. Hoy el aire viene del propio mar, de sus confines: todo un mundo recreado y que recrea, ¿qué hay más allá del embeleso? hay pena y gloria, hay plástica: ciclos creativos de juegos de agua que sube y baja, que se contrae y se dilata sin final; todo en un mismo acto, en un mismo rito, en un mismo color, ¿qué color?, si acaso tuviera color lo indefinido, y si así fuera ¿de que color será este arrojo de mar? Ante tal fuerza empequeñezco y me transformo en ausencia, en grano de arena mojada en la que han hundido atropelladamente mi frágil cuerpo, mis pies, mis manos..., mi inconsciencia. El agua está fría, muy fría. Mi miedo y mi fracaso también. Urge arrastrarse, huir de la amenaza que barrunta este levante que encabrita olas con ronco y seco rumor de certero golpe definitivo. Corro menos deprisa de lo que tarda la ola desde su último impulso hasta su destino, mucho más despacio de lo que deseo... Me despierto, ¡qué alivio!

Tal vez ni el cantautor, ni mi compañero ni yo tengamos las razones que oprimen el pecho y descargan ríos de melancolía en el vértigo de volver. Quizás, casi con toda seguridad, estemos equivocados evocando la imagen de un lugar que ya no existe. ¿Es contraproducente reproducirla sin límite?. En cierta ocasión, a propósito de mi despedida emocional de aquel pequeño mundo, a fin de curar las cicatrices aún visibles de viejas heridas, dejé negro sobre blanco en el encabecimiento de una carta abierta a quién quisiera leerla: Porqué escribir sobre un lugar ¿es eso importante? Un lugar puede ser solo un recuerdo borroso en la memoria; ¿pero en qué memoria?, quizás en la del alma si ésta acaso la tuviera. ¿Porqué evocamos su realidad con imágenes que se pierden en el mundo de los sueños? Quizás habría que comenzar escribiendo sobre el universo que encierran esas palabras: memoria, imágenes, sueños; pero ¿dónde queda el testimonio de los sentidos? Porqué no escribir acerca de un lugar atemporal del que solo quedan las emociones y los sentimientos, experiencias que no tienen tiempo. Porqué no comenzar simplemente describiendo un lugar desde lo vivido, desde lo sentido..., desde el corazón. Confieso que durante todos mis días he llevado un lugar preeminente en mi corazón. Ahora, después de haber ahondado en la vorágine de persistir en reconocer lo irreconocible; de apostar por repetir momentos, que se fueron, que se esfumaron para nunca volver; de querer desentrañar de qué están hechos los instantes, muchas veces fugaces, de felicidad, he comprendido que el vértigo que me recorría todo el cuerpo, haciéndolo vibrar, no estaba ligado a un lugar concreto que no reconozco, ni me reconoce; éste vértigo está enraizado en las entrañas; proviene de otro sitio más profundo: del interior de uno mismo, de los sentimientos que generaron unos días irrepetibles llenos de emociones cercanas a la dicha cuando más la necesitábamos. Hoy he hecho el viaje definitivo: he recorrido el camino inverso hacia el fondo de mis sentimientos, descubriendo lo hondo de la felicidad de un niño, que aún siento y sentiré de por vida, aunque aquella fuera solo un regalo temporal. No hay felicidad pequeña cuando ha hecho tanto bien a un ser...; a muchos seres en edad muy tierna. Hoy, en las reflexiones, sin más pretensión, de los renglones de este escrito, al fin he curado mi vértigo de volver.


FranciscoMolinaGómez