viernes, 1 de julio de 2016

CUANDO LA MANO COJA LA LLAVE













Para mi sesenta cumpleaños mis hijos me regalaron un añorado viaje a los recuerdos mágicos de la infancia: las excursiones de niño al conjunto palaciego de la Alhambra de Granada. Pero las expectativas que me hiciera de esta última visita a la Alhambra, ilusionantes en el inicio cuando ya en la explanada exterior se formaron las interminables colas por orden de horario de entrada de visitantes, fueron decayendo en la medida en que la multitud no me dejaba ver de una manera sosegada el monumento, una vez dentro. Me faltaba espacio... aire. Al inicio de la visita, a mi entrada al salón de Embajadores la saturación de visitantes me impedía moverme con libertad en lo que fuera una ansiada  vivencia renovada de un espacio que viví sublime en otro tiempo, cuando las distancias no tenían obstáculos y todo el ámbito se abría a mis asombrados ojos, aunque fueran solos los de un niño; y mientras mi mujer descansaba en uno de los pocos asientos habilitados en el sitio, yo intentaba obtener algunas perspectivas visuales que me confirmaran la veracidad de mi apreciación de antaño de que estaba en aquel lugar misterioso de luz avivada por las vidrieras de colores descubierto antaño a la viva imaginación infantil; haciendo, a la par, ahora notables esfuerzos de abstracción del considerable ruido de fondo de los visitantes para, en la evocación del otro tiempo --el histórico--, captar otras voces, oír otras palabras, otras frases, otros protocolos: los de la solemnidad de los actos de poder que allí se habían representado, en el centro de gravedad de gobierno de todo un reino, y aunque alzando la vista en un gesto involuntario, automático, a la percepción de la luz cenital que entraba por pequeños ventanales en altura, y que recreaba una atmósfera de recogimiento.  entendí que aquello era una forzada experiencia.

Conforme transcurría la mañana el flujo de visitantes se hacía más intenso y su corriente, como la de un río, nos empujaba a mi mujer y a mí, inevitablemente, hacia la salida pasando de soslayo por un patio de los Leones en obras, cercados sus pórticos impidiendo el acercamiento a unos leones recién restaurados --ahora estaban reponiendo una imitación en mármol blanco de las losas en su solado original--; comprobando una vez más que por estos lares las obras ineludiblemente siempre se eternizan. Todo un despropósito para mi programada visita en la necesidad imperiosa que tenía de una nueva oportunidad para descifrar en vivo lo que iba buscando: la evocación del edén prometido por el Profeta, donde el asombro no era tanto ahora, por la dificultad  de lo que me impedía la  visión, sino todavía por lo que aquel espacio abierto me había sugerido de muy niño. Me negaron de nuevo el ensueño.

Avanzada la abarrotada mañana necesitaba imperiosamente de un momento de reflexión, de unos minutos de sosiego que ambos pudimos disfrutar observando el viejo barrio del Albaicín desde el peinador de la Reina, aprovechando que el flujo de visitantes perdía fuerza, al tiempo que remansaba cerca de la salida, en el patio de la Lindaraja: un jardín de recreación romántica sin ninguna vinculación con el patio original, pero, aún así, de indudable belleza  que invitaba al recogimiento en la paz interior. Después pasamos un torno metálico que imposibilitaba la vuelta atrás; y marchamos en éxodo de visitantes --desperdigados en la amplia llanura del recinto amurallado-- bajo un implacable sol, para visitar los jardines del Generalife: retiro de estío de los reyes nazaríes, y de cuyas trazas originales queda poco, pero de una intensidad de follaje y variedad de itinerarios que agradecimos caminando por senderos entre parterres y paseos arbolados, en secuencias intermitentes de sonidos cristalinos de acequias de agua que marcaban la dirección de la marcha, ahora sin las premuras de la marabunta que, como por encantamiento, se habían diluido en el aire del vasto e inigualable paisaje de huertas con fondo de sierra.

Al mediodía, fuera ya del recinto monumental, la caminata por el bosque al resguardo de la vieja muralla, nos llevó hasta un pequeño y delicioso hotelito-restaurante donde aplacamos un apetito voraz que rematamos en animada charla en la terraza degustando una olorosa infusión de hierbas. Después de descabezar el corto sueño que, inevitablemente en el sur, dicta el sopor de la canícula, marchamos tranquilos de vuelta a los jardines en busca de penumbra, pues la radiación solar apretaba muy fuerte, donde relajarnos y en mi caso evocar aquellas primeras excursiones en las que el grupo de niños visitábamos el monumento, patrimonio de la humanidad, casi en exclusiva; sintiéndonos moradores, hijos de la Alhambra en la inocencia de niño, convencidos de las leyendas que nos contaban de aquel paraíso; de los encantamientos de reyes y princesas que después trasladábamos con una imaginación desbordada a nuestros propios juegos en el patio del orfanato, fabulando cuentos, hechizos... y  ficciones con sus guerras, guerreros, batallas, castillos y torres de un conjunto palaciego con incierto trágico final según una de estas leyendas.








El autobús ascendía por el paseo central, en la agradecida penumbra de bosque de altos ejemplares de castaños de indias que lo orillaban, y nos dejaba en la amplia explanada de la torre de la Justicia, una de las numerosas puertas que rodean el recinto de la Alhambra de Granada, la más común de acceso al conjunto palaciego. Arremolinados al pie de la torre con el asombro y la curiosidad de niños, a los que por unas horas les perdonaban su eterno encierro, intentábamos abarcar por un día y con los cinco sentidos el mundo. Recuerdo que siempre escuchábamos la misma historia como protocolo previo a nuestro ingreso en la Alhambra: la leyenda que de los signos escritos en sus muros nos contaba la monja guía, y que relacionaba la mano esculpida en la clave del arco de entrada, con la llave cincelada en otra clave de piedra, la del dintel del portal, a través de un mágico encantamiento: Para salvar de la ruina a la fortaleza roja, el rey moro había vendido su alma al diablo, pero tal encantamiento no durará siempre... ¡habrá un momento!...; y en la provocada pausa del relato --con el prolongado suspense de los ojos muy abiertos de la monja-- nos mirábamos de reojo, con ese temor del candor de la inocencia, mirándonos unos a otros en el silencio expectante del grupo de niños ya cohibidos, sólo roto por la templada voz de nuestra cronista, sor Virtudes, que a continuación refería el final de la magia todavía conjurada en aquella torre:... este hechizo perdurará hasta que la mano del arco exterior se alargue hacia abajo y coja la llave; en cuyo instante todo el edificio se desplomará.

El trágico final de la predicción resonaba repetidamente en mi cabeza mientras atravesaba con aprensión el singular espacio de la puerta. El mismo recorrido en zig-zag era ya extraño, como raros eran los sonidos de los ecos que reverberaban trémulos en el silencio expectante de sus bóvedas. Sólo se oía el ruido que hacían nuestras pisadas y el murmullo del recelo que exhalaban las respiraciones, aligerando el paso, intentando traspasar sus arcos y bóvedas cuanto antes, sin olvidar el final de la leyenda --quién me podía asegurar que aquel no fuera el momento en que mano y llave se juntaran--. Temor agravado por la desorientación espacial que experimentaba en el interior de la torre, pues al contrario de las puertas conocidas en ésta el tránsito no es directo sino que se concibe como un itinerario defensivo --en ese-- a través de varios ámbitos que se comunicaban entre sí y que aparecían como esculpidos en la piedra; alargando en nuestro inquieto ánimo el recorrido,  respirando ese aire denso y pesado, con olor a humedad atrapada en la piedra a lo largo del tiempo.

Aire denso y humedad penetrante que acentuaba la pesadez de la masa que gravitaba sobre nuestras cabezas, oprimiéndonos con el peso de la historia o con el posible derrumbe vaticinado de la leyenda; en los temores que se iban alejando conforme nos aproximábamos a la luz vaporosa del final del túnel donde nos recibía abierta, ancha y diversa la plaza de los Aljibes, punto de encuentro y de acceso a todos los baluartes y palacios nazaríes: ¡Al fin al aire libre!, a salvo de cualquier contingencia de encantos y hechizos de la fortaleza, tan influenciables en nuestras tiernas mentes, y que, ya en la amplia explanada alta, eran una explosión de imaginación en los juegos, correteando entre los jardines en busca de tesoros escondidos; arremolinándolos en la oxidada verja de hierro que cerraba un oscuro pasadizo, cerca de la misma torre, fabulando mazmorras en su interior de las que profesábamos que aún quedaban prisioneros cristianos a los que poder salvar; creyéndonos, en el juego de subir a la torre de la Vela, uno más de aquellos guerreros castellanos, visionándonos con amplios ropajes y capas al viento, conquistar lo más alto de aquel punto estratégico en el que clavar la bandera de los reyes cristianos.

Aventuras de leyendas y cuentos de ciudades encantadas que aparcábamos por momentos a la hora de reponer fuerzas a la sombra de la arboleda del jardín junto al palacio de Carlos Quinto. Me veo sentado, junto con los otros niños, en el poyete del muro que contenía el cuidado jardín enfrentado al edificio cristiano. Lo de cristiano nos lo había remarcado nuestra guía sor Virtudes, la que aprovechaba los primeros minutos antes de que empezáramos a dar cuenta de la comida llevada para la excursión, para encasquetarnos la más exagerada glosa de tan ilustre personaje histórico: Estamos ante el palacio de Carlos Quinto, obra del renacimiento que enseñorea su perfecta geometría: cuadrado y círculo, símbolos visibles del poder real y tarjeta de presentación del nuevo rey: el emperador cristiano que se intitula descendiente de los césares romanos y restaurador del Sacro Imperio Romano Germánico..., y de las Indias, Islas Y Tierras Firmes de la mar Oceana...; disertación a la que prestábamos poca atención ya que el hambre azuzaba, más pendientes nuestros cuerpos de los vacíos estómagos que del intelecto; lo que hacía abstraernos del regio personaje con tan nobles linajes y del encanto de las trazas de la palaciega morada que nunca habitó, mirando a las bolsas de pic-nic que guardaban la sobria comida, hasta que pudimos abordarlas una vez la monja se hubo quedado sin argumentario histórico. Rememoro aquellos días especiales.

Percibo claro en el recuerdo el ambiente festivo de una jornada especial, ilusionante; de alegría desbordada en inocentes risas de chaveas afortunados, contentos; acentuando en las miradas el brillo de las joviales caras que competían con el lustre de la ropa festiva que vestíamos ufanos: niños limpios, repeinados como en día de domingo, con sus camisas blancas, pantalones cortos y zapatos nuevos, en una estampa familiar de numerosa prole coronando el murete de piedra --sentados muy juntos-- con la enorme servilleta cubriéndonos el pecho para no mancharnos; y las monjas de tocas aladas --con delantales y manguitos blancos destacando inmaculados sobre el fondo oscuro de sus hábitos-- afanadas en repartir las viandas frías en bolsas de recio papel que se habían impregnado del olor a pan, a tortilla de patatas, a fiambres y a naranja; y que, a continuación, degustamos con fruición, con satisfacción, con ansiedad, deseosos de terminar el frugal almuerzo que nos permitía, después, vagar libremente por el recinto hasta la explanada baja, mientras hacíamos tiempo para visitar a la tarde los palacios nazaríes.

En el centro de la explanada baja todavía existe el kiosco que resguarda la boca del pozo de los aljibes del agua más limpia y fresquita que jamás habíamos probado y que atesora el subsuelo de la planicie --una plaza en esa época del año en constante ebullición-- sobre la que transitábamos los visitantes para refrescarnos, en un bullicio que es ahora un grato recuerdo de excursión de primavera.
- Vamos a pedir agua a la casita del pozo. ¡Os venís!
- ¡Vamos! 
Y allí nos dirigíamos, después de comer atravesando al final de la pendiente que salvaba ambas explanadas la puerta del Vino, que daba a la plaza terrera que separaba las toscas fortificaciones militares de los exquisitos palacios.
- Señor, me da un vaso de agua, ¡por favor! 
Pretendiendo hacernos oír entre aquella marabunta de visitantes que habían tomado todos los flancos del kiosco.

Y ahora estábamos varios de nosotros intentando tragar sin pausa --casi sin respirar-- el primero de los tres enormes vasos del agua más fría que hasta entonces habíamos bebido, y cuya gesta nos daba opción al ansiado premio --una "Mirinda" de naranja-- publicitado en el cartel-reclamo colgado en alto al interior del kiosco. Como aquello era misión difícil, salvo aceptada disposición a irritar nuestro joven sistema digestivo por exceso de agua gélida, algunos quisimos hacer trampa, vertiendo el cristalino líquido del segundo vaso en la jardinera que se ubicaba al pie del mostrador, para hacerlo después también con el tercero, sin llegar a conseguir nuestro tramposo objetivo pues cada vez que lo intentábamos éramos descubiertos por el promotor del premio: el kiosquero que mostraba muchas tablas en su oficio; al contrario que nosotros que sólo derrochábamos inocencia y carencia de recompensas.

Al fin a media tarde vivíamos ya inmersos en la fantasía constructiva del edificio (el cuarto Dorado, el patio de la Alberca con la torre de Comares, los Baños...) y el ensueño de los cuentos orientales que se relataban de sus estancias, cuando ocupando los cuatro rincones muy separados de una de las salas más bellas del patio de los Leones --la que mostraba un infinito cielo de mocárabes-- escuchábamos nítidamente --por la afinada reverberación del eco en el techo-- los secretos que expresábamos en voz baja --de cara al ángulo de la unión de sus paredes-- y que misteriosamente podían ser escuchados por los otros en un imparable juego por saber los deseos de los demás; pasando de los ensueños a las más trágicas leyendas, como la que era compendio de todas las leyendas negras de aquella regia fortaleza: la terrible tragedia que ocurrió en otras de las salas del patio, próxima a la sala de los Secretos, y en la que nos habíamos congregado alrededor de la monja guía, para observar las losas de mármol blanco teñidas de un color ocre, que sor Virtudes, con narración en clave de traiciones e intrigas palaciegas --señalándolas-- aludía a la huella de sangre impresa de por vida en la piedra por la decapitación en el lugar de la larga familia de notable linaje de los Abencerrajes, al atreverse a disputar el poder a la dinastía reinante.

Aquello avivaba nuestra visión de los juegos de batallas y guerras que, después, trasladábamos desbordados de imaginación en las llamadas a rebato entre moros y cristianos que escenificábamos en el patio del orfanato, deseando ser sus reyes y príncipes sobre el resto de los compañeros; deseo que sólo conseguíamos cuando nos elegían como primeros actores de las comedias en las que por magia del disfraz y de la representación teatral podíamos pasar en un soplo de simple interno a todo un príncipe encantado. Aquel influenciable estado de sugestión , sugirió a nuestras dúctiles mentes el origen de extrañas leyendas: una de ellas es la que se había propagado por todo el orfanato sobre sor maría Begoña --la monja más querida y llorada cuando se marchó del centro benéfico-- sobre su escondida personalidad real: se decía que era una antigua princesa cautiva cristiana que había sido liberada poco antes de hacerse religiosa. No reparábamos que hacía casi cinco siglos que ya no existía el reino musulmán de Granada. Un detalle nimio, sin importancia para tan desbordada imaginación que entrelazaba sin problemas de edad el pasado con el presente. A veces nos quedábamos mirándola a ver si descubríamos alguna posible huella de su cautiverio.

Ya de muy pequeños algunos destacábamos en el arte dramático. A la izquierda en un acto de comedia, declamo mi desdicha de Príncipe Encantado a quién me da la réplica, un niño lugareño perdido en el bosque plagado de luciérnagas que se esconden entre las flores
  
A últimas horas de la tarde enfilábamos la salida por la misma puerta que, a la entrada, nos produjera ese desasosiego en el infausto final de la fortaleza escrito en la leyenda, agravado ahora con las cacofonías que al parecer sólo oía sor Virtudes, intentando que imaginariamente las percibiéramos nosotros, como si hubiesen quedado adheridas a la textura de las piedras, como adormecidas resonancias de antiguos moradores y sus caballerías; imaginando, en la intención misteriosa de las palabras de la monja guía, arrogantes estampas de altivos guerreros moros, ataviados con toda la parafernalia de guerra, saliendo de la fortaleza para la batalla contra los invasores cristianos, cabalgando aderezados corceles de pura raza, que atravesaban la puerta al ritmo lento y pausado del ruido de los cascos contra el suelo, resonando metálicos al igual que el golpeo en el combate de sus alfanjes. Batallas que por supuesto, para satisfacción de la propia cronista, ganaban siempre las huestes cristianas.

Las mismas huestes que una vez conquistada la ciudad la habían llenado de cruces. Una de ellas, la colocada al final de la pronunciada rampa terrosa de descenso desde la puerta de la Justicia hasta la puerta de las Granadas para alcanzar ya la urbe, era un hito de la infancia en la bajada de la Alhambra hacia la ciudad por plaza Nueva, dónde montábamos en el autobús de vuelta:
- ¡A ver quién llega antes a la cruz!
- ¡Allá voy!...¡¡¡Aaaaaahhhhhhh...!!!
Y me viene a la memoria aquellos ecos lejanos de infancia, algarabía de chiquillos, descolgándonos a grito suelto desde la altura de la rampa con los brazos en cruz para así mantener mejor el equilibrio, en loca carrera, con el trepidar de pasos resonando sin control sobre la tierra; cada vez más fuertes; cada vez más rápidos; cada vez más cerca hasta la brusca frenada, y así poder leer la leyenda grabada en la base de piedra de la cruz: "Esta + mando hazer Leandro de Palencia artillero del Alhambra en reverencia del que fue nro. Redenptor. Acabose año del Señor de 1599".

A media tarde, en mi última visita, el sol se proyectaba a plomo hacia nuestras cabezas intentando atravesar la espesura verde de los árboles bajo los que nos protegíamos mi mujer y yo, en el interior del recinto regio. A última hora de ésta, cuando se atenuó la solana, lo dejamos por su puerta más celebrada --la de la Justicia--; tan celebrada que mi mujer comprobando en propias carnes el frescor natural que resguardaba tan recias paredes, al atravesarla, se negó rotundamente a abandonar vientre tan benefactor, para refrescarse durante un tiempo; el que aproveché para robarle su belleza de colores que refulgían brillantes en aquel momento inigualable de luz que se desparramaba --generosa-- sobre la torre, acentuando la penumbra que en el retranqueo marcaban las puertas. Un trozo de papel y unos pocos lápices de ceras que siempre llevo conmigo era suficiente. 

Sobre un leve esbozo de dibujo en trazos rápidos y decididos de colores aplicados directamente sobre el papel iba captando los instantes en los que la luz modela los matices de un objeto dotándoles de vida propia; y mientras los captaba vino a mi mente la leyenda que de los signos escritos en sus muros nos contaban en aquellas excursiones de nuestra infancia, y que relacionaba la mano esculpida en la clave del arco de entrada con la llave cincelada en el dintel del portal, a través de un mágico y fatal encantamiento que podía acabar con el derrumbe del edificio, lo que mis conocimientos de construcción constataban improbable después de comprobar la sobredimensionada estructura de muros y bóvedas de la puerta al atravesarla... pero ¡ojo! en esto de los encantamientos nunca se sabe... ¿y si acaso era aquel el momento en el que la mano se moviera hacia la llave con Teresa dentro de las entrañas de la torre y yo sin tiempo a reaccionar? 

Terminé rápidamente el dibujo y la extraje con prisas de la inseguridad del encantamiento; y en la salvaguarda del camino de tierra arbolado, nos encaminamos ladera abajo hasta llegar a plaza Nueva donde descubrimos el misterio de la desaparición de la ingente tropa de foráneos que durante la mañana habían visitado la Alhambra: todas sus numerosas terrazas estaban plagadas de "guiris" que en insistente clamor --con indisimulada euforia en las exclamaciones-- daban cumplida cuenta de la mitad de la producción de cerveza de la región.

De momento he aplazado a un tiempo más favorable cualquier otra visita a los recuerdos mágicos de la infancia.


FranciscoMolinaGómez 



miércoles, 1 de junio de 2016

OTRA MIRADA: ASIMILACIÓN Y CONTEMPORANEIDAD















En la visita turística a Brujas --en la Bélgica flamenca-- me sorprendió, a la vista de lo que allí estaba sucediendo, que los guías turísticos no se apartaran de su ruta; de sus repetidos y consabidos comentarios sobre la historia del sitio, aprendida a base de repetir lo mismo un día y otro; de su numantina resistencia al mal tiempo, clavados en el suelo protegidos con paraguas al aire libre, aunque al respetable nos cayeran chuzos de punta, hablando sin parar, señalando aquí y allá, sin tiempo a asimilar tanta información o desinformación porque del importante acontecimiento: nada de nada; posiblemente me había equivocado de excursión; y entonces viví aquella jornada desdoblándome en dos: el turista convencional que no quiere quedar descolgado de las personas que le acompañan, y el otro al que siempre le habían sobrepasado los acontecimientos; ese ser que, como comprobaba en aquel momento, continuaba desubicado en los eternos puntos de encuentro, como era ahora aquel; el que siempre había llegado tarde a las salidas y casi nunca a las llegadas, y que la realidad le mostraba una vez más que seguía siendo frecuente usuario de lentos trenes cuyos viajes a ninguna parte siempre le habían enseñado a ser sólo un espectador del tiempo, pero con una diferencia ahora: al menos podía percibir la existencia de esas nuevas realidades, las que descubrían aquellas otras miradas.







Habíamos programado el viaje casi con medio año de antelación. Era la primera vez que salía al extranjero --como antes siempre se decía-- y estaba expectante. Sabía, por lo que pude leer, que era aquel un territorio siempre disputado entre valones y flamencos; influencias de arraigados e históricos países que habían dejado su impronta en parte distinta de la población según se ubicara ésta al norte --habla neerlandesa--, o al sur --habla francesa--, en un país --Bélgica-- de muy reciente formación --siglo XIX-- que ya nació dividido en dos, por no hablar de otra minoría de habla germana. Pero ¡hete aquí la maravilla!, resulta que entre unos y otros, casi en su centro, existe Bruselas, tierra de todos y de nadie a la vez; crisol de culturas, actuando como adhesivo, como pegamento de toda la nación. Y allí me dirigí --junto con mi mujer y otros dos familiares-- en mi primera salida del territorio nacional. ¿Cómo era posible que a la edad de sesenta y tres años no hubiera viajado fuera de España? Tiene una explicación pero no viene al caso.

La capital de Europa nos recibió con cielo cubierto de un tono color ceniza, apagado, sin brillo, amenazante: Señoras y señores dentro de unos minutos aterrizaremos en el aeropuerto internacional Brussels National; llovizna débilmente y la temperatura es de quince grados, se oyó decir a la comandante de la aeronave de Iberia en la que viajábamos, mientras intentaba gobernar el avión entre las corrientes de aire durante el descenso: Es el tiempo usual de Bruselas aunque estemos en Agosto, le oí decir a uno de los pasajeros próximo a mi asiento. Y con la incómoda sensación de fuerte balanceo de alas buscando el equilibrio, enfilando ya la pista de aterrizaje, la aeronave tomó tierra entre los aplausos del pasaje.

El mismo color de cielo, aunque algo más luminoso gravitaba sobre nuestras cabezas, intentando no influyera negativamente sobre mi estado de ánimo, en Brujas --al noroeste del país en dirección hacia la costa del mar del Norte--, siguiendo a la guía turística española, de visita con mi gente y otros compatriotas en aquella ciudad el cuarto día de estancia en el país: Si vais a Bélgica no dejéis de ver Brujas, nos habían recomendado amigos y conocidos, aunque eran más vehementes las fotografías en la propaganda de los folletos de publicidad de la agencia de viajes, o en los de la información de sitios de interés por parte del hotel donde nos hospedamos en el centro de la capital, y en definitiva el de otros agentes que se prodigaron a nuestra información; sin que ahora ya pudiéramos sustraernos a la contratación de una excursión hasta lo que el librito editado sobre aquellos lugares que me había regalado mi hija Miriam denominaba, hablando de Brujas, ciudad medieval muy bien conservada, con calles sinuosas, canales pintorescos, y bellos edificios...; y de cuya historia, cultura, y gastronomía me había empapado los días anteriores a mi partida.

Creía que sería una visita más a una ciudad vieja donde sólo hablaran las piedras carcomidas por la humedad de los canales, pero para mi sorpresa no era una ciudad muerta sino viva; pude comprobar en un primer contacto que de la asimilación se había pasado a la contemporaneidad: toda la ciudad antigua era ahora una oportunidad de desafío y reflexión sobre el futuro y el potencial de estas ciudades --como era el caso-- que han conservado sus trazas y sus edificios como si se hubiesen congelado en el tiempo; sobre su urbanización ahora en el siglo veintiuno; su ciudadanía, lo que supone vivir y convivir en tan especial lugar; su economía; su energía; el espacio y su singular sonido..., esos valores que nos deben seguir concitando en estos tiempos. La ciudad entera se hallaba sumergida en un acontecimiento a todas luces muy importante para entenderla, para comprender desde la sensibilidad del colonizador que todos llevamos dentro y de la mano y obra de artistas y pensadores contemporáneos refutados que todavía se siguen preguntando: ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?... siguiendo la tradición desde los comienzos de la cultura humana --Antigüedad clásica-- en la que filósofos, poetas, artistas, científicos y políticos, hasta nuestros días han teorizado sobre la organización y la planificación de las ciudades y sus comunidades; un sugestivo evento:" La Triennale Brugge 2015" (Trienal de Arte Contemporáneo y Arquitectura de Brujas 2015), que nos desafiaba:
"Aventúrese a recorrer las calles y los
canales, deje que fluya su imaginación y
descubra la ciudad de Brujas como nunca
antes la había experimentado".


Fue en el patio ajardinado del Beaterio de Brujas, en el inicio de la visita turística ante la extraña visión de aquellas casitas de madera colgadas en los altos árboles que poblaban el centro del recogido ámbito cercado por las casas bajas que eran las viviendas de sus moradoras --mujeres que ante la incertidumbre de la vuelta de sus maridos de las Cruzadas, según relataba la guía turística, se recluían en comunidad para ayudarse mutuamente--, cuando empecé a intuir que allí estaba sucediendo algo; aquella visión futurista podía ser una oportunidad del salto de una ciudad protegida como Brujas a megaciudad, como rezaba en el cartel: "¿Qué ocurriría si los más de cinco millones de personas que visitan la ciudad se quedaran a vivir allí" Aquel escenario ficticio planteaba numerosas oportunidades y desafíos: "¿Puede soportar una pequeña ciudad la dinámica de una ciudad con millones de habitantes?"; en fín: "¿Puede una ciudad humanizada aportar algo a una nueva urbanidad?". Este último era el punto de partida de los artistas internacionales invitados, a lo largo de ese año 2015, a participar en el programa del evento, de sus nuevas obras que se exponían en un recorrido artístico por el centro de Brujas --según pude comprobar-- con las que querían mostrar el concepto de ciudad --en visiones, sueños e imágenes reales-- como un ser vivo, en crecimiento y evolución.


Cabañas instaladas por el artista Tadashi Kawamata en el Beaterio. La instalación había sido construida en colaboración con la escuela de Artes de brujas


Los alumnos de Arquitectura y Diseño locales habían diseñado cabañas en los árboles. Sus maquetas expuestas en la iglesia del Beaterio iban en consonancia con la propuesta del artista Tadashi Kawamata. La participación de la comunidad local suponía una parte importante de la obra e intención del artista


Como algunos nos quedáramos mirando con sorpresa y curiosidad los refugios que chapoteaban de color ocre en el intenso follaje verde de los grandes ejemplares de árboles que les servían de soporte, intermedió la guía turística forzada por nuestro asombro: No piensen ustedes que esas casitas de madera eran los escondrijos donde las mujeres de la comunidad se retiraban a meditar o donde escondían a sus amantes. No, la explicación de ese montajes es... y contó de pasada, sin profundizar, estimando que no fuera de nuestro interés lo que yo ya intuía como gran acontecimiento para aquel lugar.

Mensajes que de forma subliminal, sin advertirlo entonces, ya habían formado parte de mi vida. Entonces descubrí que todo aquello había estado siempre ahí, oculto: ¿Quién no ha soñado con hacerse un refugio, aunque fuera temporal, en un buen ejemplar de algún árbol?, o simplemente acomodarse por un tiempo, o quizás para siempre en unas acomodadas horcaduras de ramas de ese mismo ejemplar o parecido donde arraigar sin peligro de caer al vacío; yo sí... y así cierta noche de insomnio infantil, cuando el desánimo de niño encerrado me hacía aflorar lágrimas de libertad, escapé con la imaginación  --único bien que no me podían quitar-- como deseado viaje astral fluyendo desde mi cama --una entre cien del alargado dormitorio del orfanato-- sin encontrar obstáculos, traspasando mi ectoplasma en su recorrido la sólida carpintería del balcón, hacia el patio sobrevolándolo a vista de pájaro, siguiendo la cuadratura de las tapias que lo cercaban, en un viaje de reconocimiento: los pequeños huertos adosados a ellas, el pilarito del que manaba agua constantemente, las letrinas, los jardines... hasta posarme en la parte más alta de un enorme ejemplar de morera que llegado el buen tiempo siempre lucía esplendoroso de hojas en el jardín del cuadrante de atrás, las que me servirían de camuflaje de lo que quería fuera, libre de los muros de los pabellones, a partir de aquel momento: mi refugio desde el que observar escondido los acontecimientos de mi vida que antes vivía desprotegido a ras de suelo, estando ahora a salvaguarda en la altura de mi privilegiada atalaya, deseando que allí transcurriera lo que quedaba de mi infancia, después la pubertad seguida de la adolescencia hasta dios sabe cuándo; emboscado en la altura, sin abandonar nunca esa distancia necesaria que me permitiría estar dentro y fuera de las cosas al mismo tiempo; lo que me llevó a vivir sólo de noche cuando mi flujo existencial y con él mi imaginación , se escapaba hacia hacia el gran árbol, al que llegado el otoño no se le caían ya las hojas, y que durante todo el año permanecía preñado de dulces moras blancas con las que me alimentaba. Visiones que duraron algún tiempo hasta que, seguramente, me bajaron violentamente de allí a tenor de lo que viví después.


Desde aquel momento perdí bastante interés en los redundantes comentarios sobre el anecdotario turístico de estilos de iglesias, edificios civiles, y sobre la vida de los personajes históricos vinculados a aquel territorio desde siglos atrás, en favor del rastro del evento contemporáneo quedando varias veces descolgado del grupo de atentos visitantes que solo miraban hacia donde le señalaban y solo oían lo que sus oídos querían escuchar: Estamos viendo la parte exterior del ábside de la iglesia de Nuestra Señora, gran iglesia medieval de estilo gótico que data principalmente del siglo trece al quince. Al fondo se eleva su torre que con sus ciento veintidós metros de altura es la estructura más alta de la ciudad y la segunda torre de ladrillo más alta del mundo...; luego la guía se enredó sobre la cantidad ingente de ladrillos empleados hasta coronar la torre con una aguja de más de cincuenta metros también de ladrillo ... y no sé cuántas cosas más hasta acabar retando al grupo de visitantes --ajenos al evento cultural que se mostraba a su alrededor-- sobre la edad de un puentecito que unía en aquel lugar las dos orillas de un tramo estrecho de un canal: ¿Qué antigüedad creéis que tiene este puente? Se dijeron varias épocas, todas antiguas, entre divagaciones del grupo, ante la constatación de sus acabados en piedra similar a otros puentes existentes en el entorno: Pues no ha acertado ninguno de ustedes; es de reciente construcción ya que como ciudad patrimonio de la humanidad... Oía de lejos toda aquella disertación --sin entender porqué se tiene que falsear la época presente-- pues me había quedado retrasado ante otro de los hitos del itinerario artístico que se exponía en la trasera de esta iglesia: una maqueta lineal a lo largo de algunos metros con una rara ciudad moldeada con arcilla blanca...; ¡qué extraño!..., bueno no tanto pues según la reseña de la información era aquella una reflexión sobre la ciudad en movimiento.

Por poco que aquella guía se hubiese informado del evento hubiera venido en conocimiento que meses atrás y durante algún tiempo los residentes de los distintos barrios habían trabajado en estrategias de su entorno; la ciudad como proyecto, como estrategia --cada una de las mesas representaba un lugar visitado por la caravana cultural dirigida por el artista Jonas Vansteenkisten---; la ciudad moldeable entre los dedos de sus habitantes --la arcilla simbolizaba la moldeabilidad de la ciudad, en cuánto los transeúntes podían darle forma con el agua que recibían--. En las mesas y durante bastantes días se dieron conversaciones, se expresaron deseos y se fomentaron debates, además de moldear las formas con el barro. Lo que estaba observando era el resultado de un proyecto artístico comunitario para pensar sobre la ciudad y su pasado, presente y futuro.




La gran maqueta urbana, resultante de la unión de las maquetas parciales de cada barrio era una instalación que indagaba en la ciudad desde la perspectiva de sus habitantes


Aquel ejercicio expuesto, a mucha menor escala en el espacio y en el tiempo, no era muy distinto del de la propia ciudad de Brujas, moldeada por manos anónimas a lo largo de los siglos. Y viendo que de la arcilla esparcida, como masa informe, había surgido lo tangible: bordes, recintos, espacios, volúmenes y formas; atisbaba en ella indicios de creación: En el principio todo era oscuridad; después fue la luz. Así en poco tiempo había allí proyectada con cierto orden urbano de medidas y proporciones toda una pequeña ciudad. Aquello me recordaba mi propia obsesión.

Obsesión que, una vez apeado del árbol y ya en tierra de por vida, me persiguió durante muchos años; una persistente fijación que adquiriera de pequeñito cuando fabulaba construcciones amasando barro en aquel patio cerrado al mundo, del que por instantes no tenía otra consciencia que no fuera la realidad de la propia argamasa blanda de color ocre oscuro que, al apretarla, se me escurría por entre los dedos; fascinado por poder domeñar la mezcla, no comprendiendo porqué me castigaban cuando el exceso de barro se adhería de forma pertinaz en aquellas pobres ropas de niño huérfano; porqué reprendían aquellos impulsos irreprimibles. Quizás fueran merecidos por mi torpeza con el barro, por los oscuros churretes que ensuciando la camisa y el pantalón escurrían por la pierna sin que apenas me apercibiera, atareado en conseguir la forma deseada..., impaciente porque pasara la noche, en duermevela, para comprobar al día siguiente si se había materializado o no lo que mi mente fabulara..., comprobando a renglón seguido, visiblemente frustrado, la insatisfacción del que persigue algo que no entiende muy bien que es; absorto sólo en su creatividad; sin maestros; sin referentes; sólo la compulsión de seguir intentando moldear los visiones; los sueños; de perseguir una idea obsesiva: la de obtener la esencia de aquel barro.

Lo que más agradecí una vez inmerso sin remisión --de aquí para allá-- en la vorágine continuada de secuencias rápidas, sin apenas poder de asimilación, de los ambientes urbanos novedosos, así como de la excesiva acumulación de cifras, datos, fechas, personajes históricos... y qué sé yo cuántas cosas más de interés del lugar, en las que me habían sumergido, irremisiblemente desde que bajé del autobús, las explicaciones de la guía; las que, por lo que demostraba de pertinente y tenaz aquella, creía que no iban a acabar nunca, fue la prolongada pausa --varias horas-- por la que me --nos-- liberó al final de la visita, sobrepasado el mediodía, para deambular a nuestro libre albedrío por aquellos sugerentes lares, para disfrutar de las sorpresas del descubrimiento por uno mismo de las plazas, de las calles, del ambiente..., y sobre todo reponer fuerzas en un restaurante que orillaba una placeta donde varios pintores exponían sus obras al público transeúnte.

Y en el calor humano de la prolongada sobremesa se nos pasó el tiempo de un plumazo, tanto que ya llegábamos tarde al punto de cita para coger el autobús de vuelta a Bruselas: ¡Vamos, que no cogemos el autobús! Contratiempo que no impidió pararme en la plaza Markt cuando transitábamos rápido al encuentro de los demás excursionistas. Mientras mis acompañantes seguían andando, preocupados por llegar a tiempo al punto de encuentro que nos habían señalado, yo me desvié de mi rumbo, con peligro de quedar descolgado, dirigiéndome al centro de la plaza en donde había descubierto uno más de los hitos del evento: una estructura octogonal con acabado al exterior en cristal de espejo. Artefacto en principio difícil de visualizar de lejos ya que quedaba ópticamente camuflado en aquel ámbito, al reflejar sus múltiples y distintas caras faceteadas de espejos la propia imagen de las fachadas y el cielo de la plaza, con ese efecto liviano que muestran lo que se ha dado en llamar modernamente: arquitecturas invisibles, negando lo masivo del objeto implantado, y que hubiera importunado la vista y el flujo de la plaza. Además era una construcción que incentivara la provocación en la curiosidad y la indiscreción: desde su interior se podía observar el trasiego de los transeúntes sin ser descubiertos por éstos. Un regalo a una experimentación urbana singular: la de los espacios que se pueden habitar dentro de un objeto que parece querer negar su propia existencia; algo muy sutil: aparentar que no se está; y la que disfruté por corto tiempo pues la cita con mis acompañantes apremiaba. ¡Qué rabia!



Plaza Markt. Los transeúntes nos acercamos, inspeccionamos curiosos, y rodeamos asombrados el artefacto artístico. La curiosidad nos lleva a indagar de forma inconsciente sobre los límites del objeto que parecen difuminarse en el escenario urbano --¿dónde comienza y dónde termina la pieza artística?-- creando en nuestras retinas una incertidumbre entre la realidad y la ficción

Ese fue el siguiente paso. Intentar domeñar el barro para hacernos invisibles. Nuestro propósito cuando varios compañeros del orfanato conseguimos hacer una choza adosada a las tapias del patio --toda ella recubierta de barro-- donde camuflarnos escapando del castigo irracional a que siempre nos avocaba aquella disciplina exagerada, injusta y desproporcionada. Apretujados unos contra otros la tarde gris, chispeante de lluvia, en la que la inauguramos, seguramente nos andaban buscando. En el interior del rudo y angosto espacio podíamos observar sin ser vistos. Con el miedo a ser descubiertos sentíamos como propios el latido de los otros y confundíamos como nuestras las respiraciones de los compañeros, con un resoplar fuerte que se imponía sobre los escasos sonidos de fondo del interior del pabellón donde los internos habían formado en castigo, y de los que sobresalía intermitentemente los gritos amenazantes de la monja --sor Isaura-- a la que habíamos despojado de la "i" mayúscula de su nombre, y ahora era sor Saúra, con acento en la "u".
Aguzamos el oído... revuelos de algo... jaleos. Luego vimos saltar al Enterao por una ventana del piso primero, cayendo de pie, como un felino, al patio; escapando después a esconderse en los jardines del cuadrante de atrás. Hasta aquí todo normal si no fuera por la siguiente e inmediata secuencia que visualizaron nuestros asombrados ojos, sin creer lo que estaban viendo: con los hábitos abriéndose en el aire, cual efecto paracaídas, sor Isaura aterrizó sana y salva en el suelo del patio procedente de la misma ventana desde la que se arrojó el Enterao. Se quedó mirando a lo lejos en un breve tiempo --que a nosotros se nos hizo eterno-- aquella protuberancia de barro de la tapia, intentando en su inconsciente fotográfico del lugar procesar tal extrañeza a pesar de la llovizna; luego dio media vuelta y entró en el sótano por la pequeña puerta que daba al patio en busca del Enterao: ¡¡¡Uuuuffff, menos mal!!!, suspiramos todos aliviados. Pocos días después demolieron sin contemplación aquella posibilidad de escapar momentáneamente del oprobio, anulando la posibilidad de mimetizarnos por unos instantes con el terreno para no ser descubiertos. No recuerdo como acabó todo aquello para nosotros, los escondidos, pero me lo puedo imaginar. A toro pasado, después de tantos años, constato ahora que también yo he pasado de la asimilación del pasado a la contemporaneidad de un futuro en libertad. 

Arrecié el paso, en primer tiempo de inicio de carrera, a fin de encontrarme con mis acompañantes, los que se habían alejado bastante; preguntando, como pude, a unos y otros viandantes que me indicaran en un plano básico de situación que les mostraba, la orientación de la denominada popularmente como plaza de las Bicicletas; lugar que se nos había señalado por la guía como punto de encuentro. Cuando hube alcanzado a Teresa, algo rezagada de los otros, muy cerca ya de la plaza buscada, al tiempo no pude dejar de interesarme por una sugestiva composición de madera y vidrio --ensamblaje de viejas ventanas en una clara apuesta de arte povera-- configurando al exterior una sugerente forma de arquitectura que partiendo de una ancha base se estilizaba conforme se alzaba apuntando al cielo, y que parecía dialogar con la arquitectura gótica que le servía de fondo --la catedral de san Salvador-- en referencia a la desmaterialización de la masa en favor de la luz que en el edificio antiguo inundaba el espacio interior de la iglesia a través de las amplias vidrieras y en el artefacto, visitable por dentro, colándose por entre los cristales. La interrelación de ambos en su proximidad me pareció una acertada sintaxis de relación entre los nuevos retos y el testimonio del pasado. Por fin llegamos al punto indicado, a tiempo de marchar a Bruselas. Entonces supe el porqué del nombre de la plaza. Este lo había tomado por las gentes del lugar de una extraña escultura de ciclistas, junto a otras, en el interior de una enorme fuente que las bañaban raramente, con diversos juegos de agua, en una apuesta artística inclasificable.


Frente a la fachada de la catedral de san Salvador, se expone la obra del artista chino Song Dong. Esta escultura --hecha con ventanas de viviendas chinas demolidas que evocan a la vez historias y recuerdos del pasado, del presente y del futuro de la ciudad-- expresa, según la reseña artística, la tensión  entre el irrefrenable crecimiento de la megalópolis y el tratamiento de legado de la naturaleza.


Brujas como laboratorio urbano, una ciudad que ha respetado el legado de su pasado, pero que apuesta en su reflexión por lo contemporáneo: adaptar aquel patrimonio a las nuevas vivencias y necesidades de sus habitantes; las del siglo veintiuno.

Bruselas, la Grand Place. En el centro el autor del blog y Teresa; en los extremos Quiqui y Laura. A estos últimos daros las gracias por la exquisita atención que nos dispensasteis en Bruselas; tu ciudad --Quiqui-- de acogimiento desde temprana edad 



FranciscoMolinaGómez
(En tan poco tiempo solo pude descubrir la punta del iceberg de aquel evento cultural urbano, a la luz de lo que después, espoleado por la curiosidad y la información, hube visualizado en Internet. De toda aquella vasta documentación que literalmente devoré, me llamó poderosamente la atención, por compartir su reflexión como arquitecto especialista en urbanismo, la obra del artista Romy Achituv que recreaba sobre las aguas de uno de los canales  una tormenta artificial de agua como metáfora del bullicio que antaño --Edad Media-- imperara en estas vías húmedas de comunicación para la riqueza y el desarrollo entonces de Brujas, en contraposición a lo que hoy se han convertido: "Hoy los canales --arguye el artista-- son testigos silenciosos de aquel período de prosperidad económica y artística. En la actualidad transportan solamente una oleada interminable de turistas que se comen con los ojos el patrimonio cultural de la ciudad. A menudo parecen fascinados por el aspecto atemporal y congelado de Brujas. Pero encerrándose en su imagen histórica, la ciudad entorpece su desarrollo y su transformación natural". Sabia vuelta a la vieja constatación arqueológica de la superposición histórica de las civilizaciones) 



  







   


domingo, 1 de mayo de 2016

CUADRANDO EL CÍRCULO











1993. Más de veinte años después de haber tomado cada uno rumbos distintos, sin apenas tiempo para despedirnos en el orfanato, los cuatro nos volvimos a encontrar en Yegen, un pueblo de la Alpujarra granadina; entonces sentí cierta desilusión pues mis temores, de los que siempre había huído, se confirmaron: del grupo --de arriba abajo y de izquierda a derecha: Miguel, al autor del blog, Antonio y Agustín-- que fuimos pioneros en abrir pasos y allanar caminos a otros estudiantes huérfanos en un lugar cerrado y un tiempo complicado, con gran desgaste personal y alto precio, sólo había quedado la huella, los surcos donde germinaron nuevas generaciones de estudiantes y poco más. Las pistas denotaban aquel día que aún persistían los mismos prejuicios, los mismos complejos y las mismas carencias en las poses que aquel agosto de mil novecientos noventa y tres cerraban, en papel impreso, con la composición de aquella imagen, el círculo de un tiempo, al que intentamos, al menos por última vez, probar su cuadratura.
Después de un día de convivencia pude comprobar que del grupo, ahora, sólo permanecía la memoria.







La cuadratura del círculo, o el misterio de la lata


Posiblemente aquello de reunirnos de nuevo los cuatro respondiera a la tan cacareada crisis existencial que de repente nos asusta, apercibiéndonos con estupor cargados de sobrepeso y de sobre-años al entrar en la cuarentena; un jalón importante en la existencia de la gente, al que se llega casi inconscientemente, preocupadas las personas en alcanzar antes de que sea demasiado tarde los sueños ya fabulados en la adolescencia, y que les distraen durante bastantes años, envueltos en su propia y acelerada vorágine, de vivir ese otro tiempo --el filosófico-- de nuestro paso por la faz de la tierra. Una necesidad perentoria, quizás, de reflexionar ante aquella primera encrucijada con la que nos topamos de golpe, sin que nos hubieran avisado de antemano. Una obligada parada para, descargando en el suelo la pesada mochila-bagaje en la que todos llevamos a cuestas nuestro ser --y ya aligerados algo de peso--, sentarnos a la vera del camino para observar tranquilamente, volviendo la vista hacia atrás, lo recorrido. Una coyuntura para reencontrarte con las personas que te han acompañado en parte de ese recorrido. Una ocasión deseada para estar juntos de nuevo los cuatro después de casi veinte años de ausencia. La razón de darnos una nueva oportunidad.

La oportunidad de un reencuentro buscado se nos ofreció en el verano de mil novecientos noventa y tres, cuando Antonio, Miguel, y yo nos confabulamos en tomar la antigua carretera de las Alpujarras granadinas hacia Yegen --pueblo de la Alpujarra alta--, del que ya teníamos noticias que Agustín era toda una institución. Nos íbamos a encontrar en un soleado día de agosto, treinta años después de haber comenzado juntos los estudios de bachillerato. El lento viaje, por lo pronunciado y sinuoso del terreno con trazado ajustado a la topografía de la montaña, transcurría sin novedad. Habíamos partido muy temprano desde Almuñécar, donde habíamos coincidido los tres aquel verano. Un largo viaje que nos previno el aprovisionarnos de energía, con un buen desayuno, en un punto conocido del itinerario: el restaurante Nilo, en el Azud de Vélez, donde tras animada conversación con su dueño, un amante de la cultura y civilización egipcia, nos mostró muy orgulloso su más preciado secreto guardado a voces: dos ilegales crías de cocodrilo del Nilo que, ya algo crecidas, apenas lograba contener en un exiguo acuario. Daba pánico observarlos retorcidos en tan reducido espacio.

Reanudada la marcha a través de las interminables y mareantes curvas, enfilando un tramo de descenso a la salida de una de ellas el coche que nos antecedía, con Miguel como conductor, se detuvo en el único punto de desahogo de la estrecha carretera: una explanada desde la que se contemplaba un resplandeciente pueblecito con sus casas blancas en desbordante descenso por la colina donde se asentaba; en donde también detuve mi vehículo, ocupado además por Teresa mi mujer y mis dos hijas: Elena y Miriam.
- ¿Qué pasa?
- Que no se puede viajar con niños, ¡joder! --contestó Miguel, descojonándose, señalando a un demacrado Antonio que, apartándose del grupo que completaba David, el hijo menor de Miguel, devolvió a tan sublime paisaje todo el desayuno que su estómago no pudo digerir por efecto de los vaivenes del viaje.

Como me quedara extasiado contemplando tan fascinante arquitectura y antes de que me diera tiempo a hablar, adivinando la preguntaba que rondaba por mi mente, Miguel satisfizo mi curiosidad.
- Es Torvizcón, donde estuvo de párroco Pedro el Cura; y mi primer destino de profesor.
El resto del tiempo de parada lo repartimos en esperar a que nuestro compañero se recuperara y, ante la escena que se nos ofrecía, al tiempo de la contemplación de semejante saber construir popular: hasta la espectacular rambla que recogía el cauce del río; a sus bordes, marcados por hileras de chopos, se desparramaban, con un pregnante estilo corbusier, las cúbicas casas. Después vinieron las obligadas  sesiones fotográficas con fondo tan atractivo.

Desde Torvizcón, con Antonio ya recuperado de los vómitos del desayuno, y tras la pausa necesaria para que su cuerpo se reconociera en su cara que ya empezaba a difuminar la palidez del mareo en favor de otros colores rosados más naturales, continuamos rumbo a Yegen. Aquel pueblo donde residía Agustín, destino de nuestro viaje, quedaba lejos --en el límite de la provincia de Almería-- y alto, en un recorrido con las mismas curvas cerradas y de peor firme que el encontrado hasta el momento, poniendo a prueba los amortiguadores de los dos vehículos, con los aceleradores pisados a fondo a fin de poder salvar las cotas de las empinadas pendientes.

El viaje se hizo interminable pero al fín avistamos la entrada al pueblo...; y ¡no podía creerlo!: aquello parecía un interminable carrusel de recorrido ondulado: arriba-abajo. Pusimos los cinco sentidos a fin de no quedar empotrados con los vehículos en las estrechas calles con sus casas como paredes del más opresivo embudo, y su calzada simulando la más vertical y empinada montaña rusa conforme ascendíamos al centro del pueblo. Luego, aunque con fórceps, logramos aparcar cerca del objetivo ante las miradas atónitas de los paisanos que no perdían detalle. Nada más salir de los coches presentimos, en las atentas miradas de los naturales del lugar, los efectos visuales de una completa radiografía de nuestros cuerpos. Era la inercia atávica de curiosidad de los nativos por los forasteros; sobre todo de ellas.

¡No era posible!; o más bien sí, por fin otra vez juntos. Después de veinte años de diásporas personales --alguna al continente americano, caso de Miguel-- era difícil reconocernos, por los rasgos fisícos de adultos que no podíamos negar --y que se prestaron al chiste y la ironía--, comparados con los del adolescente que habíamos inmortalizado por última vez en la fotografía que para este viaje en el recuerdo he extraído de un viejo álbum, y que observo con emoción contenida.

     
1971. Veintidós años antes posamos en cascada obligada por los escalones de la puerta trasera del pabellón de niñas, junto a sor Juana y sor Josefa la Chica. De arriba-abajo: Miguel, el autor del blog, Agustín y Antonio. Observo en esos gestos adolescentes retazos aún de las caras del niño que habíamos sido, y del que nos hicieron renunciar muy pronto: apenas fuimos infantes y la adolescencia volaba; y escudriño en las miradas trazas de esperanza de grupo, aunque estas denotaran ya caminos distintos y hasta opuestos.

Entre las rústicas paredes de la vivienda aneja a la iglesia que Agustín en su condición de sacristán, entre otras actividades laborales declaradas, ocupaba junto con su mujer Loli y su hija Jessica, se desbordó el entusiasmo al principio en las salutaciones; y después, más relajados, en la inevitable retahíla de anécdotas, historietas, fábulas y leyendas que del grupo habíamos acumulado en nuestra mente a lo largo de los años, ahora recuperadas en el recuerdo para la ocasión y momento tan especial, y que ocuparon densamente los minutos siguientes; las que después de un par de horas de batallitas, empezaron a desvanecerse merced a la desorientación que en la memoria empezó a causarnos el vino que elaboraba el mismo Agustín; cosecha propia según nos dijo, y que nos servía con generosas tapas de pringue alpujarreña.

Fuera por la euforia del reencuentro o por la del vino de la tierra, y rememorando ese punto cabroncete de entonces, los tres le pedimos a Agustín con reiterada solicitud, como encargado del toque de las campanas de la iglesia, que nos guiara hasta el campanario, pues fruto de la recién rememorada canallería estudiantil nos había invadido una perentoria y irrefrenable necesidad de difundir los sonidos del bronce por todo el ámbito rural, hasta la última casa, hasta la última calle, y hasta el último huerto; pero no los del toque de algún oficio religioso (misa, difuntos...) sino los de rebato por quema del monte; por voraz incendio que causara alarma y que pusiera en prevención a la población --fin último perseguido con la gansada-- que acudiría al pie de la torre; desorientada, estupefacta y atemorizada mientras nosotros persistiríamos en nuestra actitud bromista doblando con inusitada energía y alboroto las campanas de la iglesia. Al final --pensábamos-- descubierta la falsa alarma, paisanos y advenedizos nos reiríamos como esos inocentes que le gastan bromas con cámaras ocultas. Más bien, pienso ahora, nos hubieran corrido.

Queríamos que el reencuentro fuera sonado. Que se recordara toda la vida en el pueblo. Agustín tuvo que emplearse a fondo, argumentando su propia ruina y las consecuencias colaterales que nos podían afectar, incluso con la intervención de la guardia civil, para que desistiéramos de nuestra pesada broma, aunque curiosamente era él, en ese momento, el más disperso de pensamiento por los efectos de su propio vino, al que continuamente elogiaba por su intenso color rojo y su espeso cuerpo (el alto grado de alcohol) que poseía caldo tan especialmente cultivado por sus manos.

En aquel estado de gracia fue cuando Agustín nos desveló otra de las infinitas actividades a que dedicaba vida tan prolífica, un todo terreno de dedicación al interés colectivo que no solo avisaba, con los redobles precisos de campana, de cualquier fuego en el monte sino que también advertía de posibles inundaciones en el valle: Algo esto último realmente complejo e importante, según deduje de sus explicaciones sobre el manejo del sistema de medición de lluvia que tenía a su cargo, aunque lo contara de un aplastante laconismo: Meto el testigo graduado en el agua de lluvia que ha caído en la lata; hago la lectura de la señal hasta donde se moja, y ya sé los litros por metro cuadrado que han caído durante el chaparrón. Ahora bien esta benigna apreciación personal no era compartida por Antonio; el que, valiéndose de tan tecnológica materia, inició una terrible ofensiva encaminada a descifrar el método científico empleado por no quedar éste correctamente expuesto en la consecución de los resultados, al omitir Agustín los datos precisos sobre dos cuestiones fundamentales: las dimensiones de la lata (cuestión de forma) y las de la gradación del testigo (cuestión de medida). Y empezó el vía crucis.
- ¿Pero la lata cómo es, cuadrada o redonda?
- ¡Jodér!..., ¡pues como es una lata!...¿cómo va a ser?..., pues redonda --contestó Agustín con prevención, poniéndose a la defensiva ya que conocía los efectos demoledores de las preguntas que sobre dudas metodológicas hacia Antonio, inquiriendo hasta el último detalle, hasta el último pormenor del asunto. Un auténtico calvario que no mostraba en su cara con la aceptación de la respuesta.
- ¡Ah!

A Antonio quizás le importara menos hallar los fundamentos científicos del funcionamiento del pluviómetro que el de haber encontrado algo sin fundamento para discutir repetidamente sobre ello y así evitar hablar de él mismo. La tangente por la que salirse cada vez que la curva de la conversación tocaba su vida --la de los años posteriores al orfanato--; adquiriendo la escapada velocidad de vértigo cuando el punto de contacto rozaba su parcela privada; su intimidad. Mientras nosotros tres experimentamos una confianza inusitada, descubriendo los sentimientos de amistad que habían permanecido agarrotados durante tanto tiempo, mostrando sin ambages las experiencias vividas, incluso las amorosas, a nuestra salida del centro, él seguía guardando sus secretos bajo dos llaves, la de la timidez y la de la indiferencia; esta última preocupante.

En aquella ocasión, y a pesar de la común euforia del vinillo del terruño, sólo pudimos arrancarle que había realizado estudios de ciencias empresariales y que estaba trabajando en una caja de ahorros de Granada. Después nada, ya que no ha habido ocasiones, a pesar de haberlas propuesto nosotros por separado. Persistimos en un error que hay que corregir: no se puede obligar a nadie a juntarse con la gente que no desea y menos para hablar de un tiempo que rechaza. Pues nada: ¡Ojalá! que te vaya bonito.

Los primeros recuerdos, la más sorprendentes anécdotas, las más increíbles leyendas, y las más extrañas ficciones habían sido febrilmente desempolvadas, atropelladamente contadas, ilusionadamente rememoradas; de tal manera que cuando al mediodía en la terraza de aquel bar de Mecina Bombarón --población cercana a Yegen-- nos sirvieron la generosa fuente por cuyos filos desbordaba un guiso de choto al ajillo que quitaba el sentío, y nos dispusimos a hincarle el diente no nos apercibimos que estábamos repitiendo las mismas cosas;  que estábamos narrando otra vez los mismos momentos, ahora adornados con algún detalle súbitamente recordado; proceso al que se había llegado por los primeros efectos de la rotundez alcohólica de la sangría alpujarreña pedida (verdadero cóctel molotov: mezcla de refrescos, vinos y licores de todo tipo) o por el agotamiento del filón de las vivencias recordadas. Creo que por esto último, aunque lo primero ya pesaba bastante en el ánimo.

Sin querer habíamos consumido los relatos pormenorizados de casi todas las guerras compartidas, y entonces sucedió lo previsible: como pan caído del cielo, Agustín y yo desplegamos sobre aquel campo de batalla, cuyo triunfo más sonado era el de no perder de vista los cada vez menos abundantes trozos de carne con sus correspondientes patatas fritas, las inevitables batallitas de la otra guerra: la del servicio militar --la mili-- que libramos juntos; ante la pesadez de Antonio que volvía a las andadas.
- Pero vamos a ver..., la lata redonda de qué tamaño es ¿grande o pequeño? --le preguntaba Antonio a Agustín, simulando con ambas manos varios diámetros de círculos.
- Mira éste..., ya está otra vez con sus coñas y sus tonterías..., ni grande ni pequeño..., normal ¡cóño! --contestaba un Agustín que no veía claramente las intenciones de aquél, pero que intuía la ración de recochineo que escondían, aunque con la simplicidad de la aceptación de la respuesta Antonio siguiera sin mostrarlo.
- ¡Ah!

Así se libraba de contar sus peripecias en las milicias universitarias, días que para él, seguramente, fueron simplemente tiempo perdido, autoexcluyéndose de sus charlotadas; caso contrario de Miguel que no tenía nada que referir al haber sido exceptuado de la vida militar; momento que aprovechó para contar a Antonio, con pelos y señales, su epopeya colombiana, mientras nosotros dos escenificábamos verbalmente el instante justo de la coincidencia de ambos en un cuartel militar de Ceuta, el punto en el que las curvas sinusoidales de nuestra existencia, que continuamente de acercaban y alejaban intermitentemente, se cruzaron de nuevo aquel mes de octubre de mil novecientos setenta y cinco. Cuando algún tiempo después escribí sobre el recuerdo de aquel instante, no primó ni el tiempo --clara mañana de otoño africano--, ni el lugar --estrechamiento de paso de un patio al otro del cuartel, donde se ubicaba la oficina de correos--, sino una característica que, para mi sorpresa, no le había cambiado, y que había sido una constante en los años de orfanato, siempre rodeado de otros niños a los que contaba fabulosas historias: "Incluso cuando cumpliendo el servicio militar coincidí con Agustín en un acuartelamiento de la ciudad de Ceuta, le identifiqué entre aquella marabunta de soldados por un reducido pero notorio y familiar apéndice que mostraba: tres o cuatro soldados le seguían embobados a todas partes". Luego nos agregamos como oyentes a la disertación de Miguel por tierras sudamericanas; la que en aquel momento escuchábamos atentos todos.

Cuando terminó y se hizo el silencio, en la prolongada e incómoda pausa de éste, y habiéndonos contado entre nosotros, a excepción de Antonio, media vida --la que no conocían los demás-- nos quedamos mirando quedamente a éste, inquiriéndole con la mirada; esperando de él alguna primicia, una revelación de su secreta existencia, cuando aquél defraudando nuestras expectativas, volvió a la carga del pluviómetro-fantasma (algo evanescente, ya que al parecer carecía de medidas), investigando esta vez sobre el elemento graduado, pues la anterior cuestión, la de determinar el tamaño exacto de la lata --obsesiva tarea-- era misión imposible a partir de los datos genéricos de Agustín, sin particularizar las medidas del instrumento.
- Vamos a ver... el testigo que introduces en la lata redonda y de tamaño normal, con el que mides los litros por metro cuadrado caídos durante la lluvia, ¿tiene graduación con escala decimal?, o por el contrario las marcas son aleatorias --le preguntó Antonio a un Agustín que ya intuía cierto insistente tocamiento de escroto.
- ¡Y yo que sé!, pero qué cojones de escala ni de escalo..., y el tío este..., pues no está erre que erre con el mismo temita..., que si la lata..., que si el testigo..., pues el que venía con el equipo de medición ¡cóño! --le contestó airadamente Agustín.
- ¡Ah! --la misma lacónica respuesta de aceptación de siempre, por parte de Antonio, a la difusa explicación, le daba ocasión y seriedad a la pauta de reflexión metodológica ante un nuevo ataque cuando lo propiciara el momento y la ocasión.

La conversación a la vista de la fallida deriva volvió a tomar los mismos derroteros de antes: la vida en el cuartel de Infantería de Regulares número Uno de Ceuta, en la repetida evocación. Batallitas de las que Agustín y yo nos explayáramos aquel día, no perdiendo la ocasión para ello --oportunidades no hay muchas a lo largo de la vida--, esperando que, oyéndonos de tan buena disposición a contar nuestra vida, Antonio se animara y nos desvelara algún suceso de la suya, aunque fuera nimio; ni por esas. Sólo le interesaba un tema: la jodida lata-pluviómetro, y exponer cuanto antes su último dilema, al que llegó como único atajo para poder resolver de un plumazo el misterio de la lata, sin tener que recurrir a las ya planteadas y no aclaradas cuestiones fundamentales: las razones de la medida y de la forma de tan polémico instrumento científico; asuntos que empezaban a trascender la propia ciencia filosófica: tal vez no había una respuesta racional y todo aquello conectaba con el plano paranormal: ¿cabría la posibilidad de que la lata no tuviera naturaleza tangible y fuera sólo una entelequia; o simplemente un concepto?

- Vamos a ver, ¿entiendo bien que la lata está normalizada en cuanto a forma y medida?, y si es así ¿están estos elementos de normalización relacionados con los parámetros escalares del resto del equipo tabulados por ensayos reales?, o sirve cualquier lata de conservas, por ejemplo una de melocotones en almíbar --le preguntaba Antonio, muy serio, disimulando en el rictus contenido los signos evidentes de la sólida sangría, a un Agustín que los mostraba sin ningún rubor; bueno sólo el involuntario con el que había mutado el color de su cara a sonrosado, la que encendió aún más en su airada respuesta, desbarrando.
- Pero qué dice este tío de una lata de melocotones..., pero a mi que coño me importa si la lata es de melocotones o de membrillos..., pero qué cojones de lata ni de lato..., ¡que no tengo ninguna lata!, a ver si te enteras..., ¡que la lata no es mía!...
- ¡Ah!..., ¡po fín!, acabáramos --sentenció breve Antonio, dando por resuelta aquella duda metodológica  que le estuvo rondando, poniendo a prueba su privilegiada mente científica, todo aquel día; cuando dimos por terminada la prolongada sobremesa en el momento que la suave luz del atardecer bañaba de oro los rústicos tejados planos de las casas que se divisaban desde la altura de la terraza del bar. Nos asomamos al pretil de la carretera a contemplar aquella construcción escalonada, fruto del ingenio popular.

Una casa parecida a aquellas de muros de piedra, vigas de rollizos de madera y tejados de lajas de pizarra recubiertos de llauna, se nos mostró con detalle por el matrimonio --Loli y Agustín-- al poco de llegar a Yegen, a media mañana, como orgulloso patrimonio que un día heredaría Loli de sus padres. Recorrimos minuciosamente todas las estancias. En la visita a la casa, Agustín nos retuvo un buen rato en una amplia habitación que estaba habilitada como lagar, y en la que destacaba una ingeniosa pieza de madera --la que rodearon sorprendidos nuestros hijos-- para el prensado de las uvas, con la que la familia de Loli venía produciendo desde siempre --según contaba Agustín-- algunas botellas de vino para consumo familiar; en cuyo asunto, el de la experimentación para la obtención de nuevos caldos de la tierra, andaba en aquellos días muy atareado nuestro compañero. Buen caldo del que me prometió varias garrafas (sigo esperando..., no desespero) y de cuyas primeras muestras nos dio a probar: ¡¡¡Dioooosss, cuántos grados tiene esto!!!...; y allí entre prueba y prueba empezó nuestra progresiva confusión de toda una festiva jornada: al principio queriendo tocar las campanas; después mezclando los recuerdos entre exclamaciones de dicha: ¡Jodér!, ¡cómo está este guiso de choto!; más tarde repitiendo las mismas anécdotas en el tiempo del descubrimiento de los licores de la sangría: ¡Cómo pega el aguardiente y el ron de caña!; y ahora, ya a la noche, de nuevo en Yegen, alrededor de la improvisada barbacoa en la casa del sacristán, en confusión total por los últimos posos del vino de la tierra, fusionábamos las medias verdades con las medias ficciones, mientras rebañábamos con pan casero las huellas aceitosas de la pringue alpujarreña, exprimiendo los últimos deseos antes de que se aposentara el incómodo silencio que queda cuando nos hemos vaciado, cuando ya no hay nada más que decir; definitivamente: ¡Adiós!, o con suerte: ¡Hasta la próxima!; aunque en el ambiente sobrevolara un pesimista convencimiento de que no habría otra ocasión.

Y llegado el inevitable momento de la despedida, la generosidad de nuestros anfitriones se desbordó en regalos: camisetas para los críos y platos de cerámica para los mayores...; aunque realmente el auténtico regalo fue haber viajado los cuatro por el túnel del tiempo, en una última apuesta para convencernos, a nosotros mismos, de que aquello que con tanto entusiasmo habíamos recordado efectivamente pasó; con la esperanza de que cada uno hubiera sido importante para los otros, aunque en realidad desconociéramos exactamente en que había devenido aquel reencuentro: posiblemente el último viaje para hablar de nosotros entre nosotros, aunque Antonio hubo preferido perderse en disquisiciones fútiles, creyendo, seguramente, que habría otros trenes que propiciarían otros viajes. Lo siento pues temo mucho que el último haya pasado ya. La vida es una gran estación a la que muy a menudo llegamos tarde.

Recuerdo en aquel encuentro a cada uno absorto en sus divagaciones personales. Estaba claro que nos unía menos cosas y nos separaban muchas más. Quizás el lugar, la gente que nos rigió, nuestras propias circunstancias..., no coadyuvaron entonces a la cohesión afectiva  del grupo. Ahora que ya había desaparecido la referencia del sitio y de las personas que nos gobernaron me he apercibido que el problema radica esencialmente en nosotros. Nos cuesta soltar lastre..., abrirnos..., desnudar el alma... Aún persistimos.

¿Acaso se puede hablar de reencuentro donde, quizás, nunca hubo encuentro?...; pero ¡tanto ha quedado! que, ahora, atareado en ordenar el desbarajuste en que he convertido el cajón de los recuerdos, reconozco que he guardado en mi corazón la última foto de todos juntos:  la de cuatro antiguos compañeros, donde, aunque más reciente, ya mora desde hace tiempo los otros: The Four Gabardines.


FranciscoMolinaGómez       
      

   











sábado, 2 de abril de 2016

EN LOS TIEMPOS (IV) DEL FINAL DEL ÁGORA: NIVEL I



















Proyectos Nivel I


Pasaron cuatro años hasta que volví de nuevo a la escuela. En la disyuntiva de elección lo tenía claro: prioridad de asistencia a tus seres queridos antes que el cumplimiento de los sueños. No fue fácil retomar aquella dinámica de estudio y trabajo de la que, ahora, me había desacostumbrado: me encontraba cuatro años más cansado; y es que la edad no perdona. Además aquellos cuatro años en blanco supusieron para mí un mundo de cambios: los compañeros que habían empezado conmigo, cursaban los últimos cursos, e incluso, alguno, el proyecto final de carrera, habiendo quedado desconectados de ellos en el tiempo y en el espacio, así que me volví más avis rara pululando durante todo el curso por aquí y allá --sería una constante hasta terminar la escuela--; totalmente desubicado de los grupos y equipos que como un modismo se prodigaron por todo el recinto: en las aulas, en el bar, en los pasillos, en los vestíbulos: el de la entrada fue el más frecuentado y el de más ebullición; era punto de encuentro, de paso, de estancia, de exposiciones; lugar de debates donde se intercambiaban ideas, modas, estilos...; cruce de ejes de obligado paso a los pabellones de aulas y a las amplísimas escaleras que comunicaban con los otros vestíbulos y el salón de actos, que posibilitaba que de improviso te pudieras cruzar con una celebridad de fuera invitada por la escuela: Alvaro Siza, Mario Botta, Richard Meier, César Pelli, Jean Nouvelle, Féliz Candela... La escuela de arquitectura de Madrid estaba viviendo los tiempos de gloria --con reconocimiento internacional-- a los que le había llevado una cultura distinta e innovadora de transmitir conocimientos de una generación de docentes arquitectos --Sáenz de Oíza, Carbajal, Ruíz Cabrero, Moneo, Fernández Alba, Campo Baeza, Ignacio Vicens, Vázquez de Castro...-- que se constituyeron en los años setenta del pasado siglo en punto de inflexión de apertura del centro y de sus enseñanzas al mundo contemporáneo, avanzando hacia este objetivo durante la década de los ochenta y que ahora, en la mitad de los años noventa había llegado a su madurez cuando algunos de ellos ya no estaban. Se asistió a todos los foros mundiales que se pudo; se ganaron concursos de ideas en convocatorias nacionales e internacionales; los estudiantes empezaron a salir a estudiar a Europa con las becas Erasmus, y en las aulas ya no fue extraño ver bastantes estudiantes extranjeros que deseaban cursar la carrera en Madrid, y en donde las chicas habían superado en número de alumnos a los chicos. Todo estuvo a rebosar por efecto inmediato de las generaciones nacidas del baby boom: las aulas, la biblioteca, los talleres de proyectos, los pasillos, los vestíbulos..., el que más el de la entrada: un auténtico Ágora de la antigüedad.

Como se podía elegir cátedra de Proyectos, las más solicitadas quedaban completas por poco que te descuidaras en hacer la matrícula. Eran tiempos, todavía, de largas filas de espera con la documentación en la mano deseando llegar a la puerta del despacho de administración; ansiando verle la cara a cualquier miembro del personal administrativo --que sólo se hacían visibles y deseables para nosotros aquellos días de matriculación; el resto del curso no existían prácticamente-- para que te atendiera después de una desesperante y tediosa espera en la cola; y cuando me llegó el turno punteé en Proyectos Nivel I: unidad de Valentín Berriochoa, elegida al azar entre lo que quedaba vacante aún. Desconocía quién era el tal Berriochoa, ni que se cocía en sus clases. Llevaba desconectado de la escuela mucho tiempo y carecía de referencias. Me aventuré. El curso de Nivel I lo tutelaba como profesor Fernando Rodríguez Torres, al que en el primer contacto con el grupo ya le capté una impenitente cuidada imagen física, y pulcras maneras con actitud de ambigua cercana-lejanía. Correcto, hasta en algún momento afable cuando explicaba, era muy exigente, rayano la descortesía, cuando corregía, y si no que se pregunten a aquella chica --creo que era Carmen la murciana-- cuando en cierta ocasión casi le pateó la maqueta tras descalificarla de horterada de oficina inmobiliaria.


Propuesta de proyecto por el autor del blog del último ejercicio del curso: Edificio de actividades culturales y centro de estudios en Berlín: Plano de emplazamiento
En una amplia aula del piso tercero convivíamos, por zonas, todos los niveles --desde el uno al tres--, trabajando en el mismo tema: Se trataba de recuperar para la ciudad de Almería una antiguo cargadero de mineral --ahora en estado de abandono-- para centro cultural y de ocio. Como antigua instalación industrial para carga de mineral de hierro en los barcos, todavía persistía la red viaria que la conectaba con la estación del ferrocarril en el centro de la ciudad: una poderosa imagen que ya estaba en el inconsciente colectivo de sus habitantes. Se trataba pues de valorar lo preexistente, de poner en valía y uso, en vez de eliminar, un hito que ya formaba parte de la imagen de la ciudad. Algo muy postmoderno. Hubo largas sesiones teóricas conjuntas del catedrático y de los profesores de todos los niveles, visionado de diapositivas, exposición de cartografía, consideraciones históricas... Todo muy sesudo si no fuera por la boutade de uno de aquellos profesores en su comparación: "En realidad se parece a un espermatozoide gigante con su cabeza y su sinuosa cola". No sé si tal profesor --Cánovas-- que tutelaba Nivel II insinuaba con aquello algún camino de reflexión del ejercicio, o definitivamente fue un mal chiste que solo algunos --los de su grupo-- celebraron. ¿Y aquél espécimen era el que constantemente se erigía como referente de una generación crítica con lo anterior?...; no sé. Se propuso un viaje a Almería donde contemplaríamos de carca el artefacto. Yo me fui el día de antes en mi coche.

El punto de encuentro fue el Colegio de Arquitectos de la ciudad, donde se nos ofrecieron por profesionales del colegio unas charlas vinculadas con todo aquello del cargadero: su historia, su relación con el pasado industrial de la ciudad...; para al mediodía trasladarnos todos a un bar del paseo marítimo donde el propio colegio nos invitó a un copioso tentempié. Después tarde libre de aproximación al lugar del ejercicio, cada uno a su bola, aunque coincidiendo en determinado momento con los profesores. Libretita al canto, dibujos y anotaciones: trama urbana del entorno, puntos interesantes de visionado del elemento para toma de fotografías, recorrido de parte de las vías, conexión en altura de las arcadas de piedra con la estructura metálica de soporte viario, y de éste con el cargadero que levitaba sobre mi cabeza, visionado desde la arena del inmenso contenedor de acero y otros materiales hasta su entrada en el agua, su relación con el borde del mar, percepción de texturas: la meticulosidad del roblonado, el ocre del óxido...; y vuelta a Madrid a última hora de la tarde.

Para la realización del ejercicio se organizaron subgrupos de tres alumnos. Me integré con un chico y una chica. Esto último --lo de la chica-- no hubiera sido relevante mencionarlo si no fuera porque el que me conociera su novio --un redomado chico-pijo que cursaba Nivel II en la misma unidad y por tanto en la misma aula-- fue crucial para deshacer un entuerto que me perjudicaba en el final del curso, lo que le agradecí enormemente. Pero aquello que estaba por llegar no cambió mucho mi percepción del principio de persona banal y poco discreta: en ocasiones solía presentarse en el aula en shorts deportivos y camiseta con preceptivo escudo de no sé qué club privado de golf. Hasta ahí bueno, sino fuera porque colgado en bandolera llevaba, también, el macuto con el mismo escudo, repleto de los distintos palos de golf; de tal suerte que, ante tamaña exhibición de fortuna, inmediatamente le rebautizamos con sus propios signos: el de los palos de golf; aunque la cosa no acababa ahí pues la misma tarde que la chica --una tal Consuelo creo-- me lo presentó me estuvo describiendo con pelos y señales la riqueza de la isla que era propiedad de su padre en donde había de todo, incluso un puerto con yate y su propio campo de golf. Pero aún había más pues, aparte de todo aquello, su padre tenía, como el que posee cualquier otra cosa, nada más ni nada menos que arquitecto particular de cabecera, el que en una ocasión esgrimió como aval en su contestación a las críticas de corrección de su ejercicio por el tal Cánovas: "Pues el arquitecto particular de mi padre dice que está bien, que es correcto, y sabe más que tú...", le dijo con cierta insolencia, a lo que el profesor le respondió: " Pues que te apruebe tu arquitecto", señalándole en la lista con un arterisco desde aquel día: "A ver, tú que tienes un arquitecto particular..."
Propuesta de proyecto por el autor del blog del último ejercicio del curso: Edificio de actividades culturales y centro de estudios en Berlín: Plano de acceso
Cuando acabamos aquel primer ejercicio que consistía en una nueva propuesta urbana al entorno del cargadero se llamó a corrección conjunta y pública de todos los niveles. ¡Horror!..., tenía cierta cierto pavor a hablar en público; a defender ante un colectivo un ejercicio que no sabía muy bien --la idea fue del compañero-- ni cómo se había generado, ni su desarrollo posterior. Había la posibilidad de que eligieran nuestro ejercicio y nos llamaran los primeros a exponerlo. Y así fue, pero yo ya no me hallaba en el aula --me lo contó después cabreado el chico que tuvo que defenderlo en solitario--, pues antes de la defensa público, y aprovechando el revuelo del agrupamiento, salí despavorido del aula hasta algún lugar a buen recaudo. A Consuelo tampoco la encontraron. Los siguientes ejercicios los trabajamos a título personal y así no tuve que soportar las peroratas del chico de los palos de golf.

No fui ajeno a la burbuja de las tendencias de moda en la arquitectura, como si del vestir se tratara, que se expandió esos años en la profesión hasta recalar en la escuela y, como casi el común de mis compañeros, empecé a consumir ávidamente todo tipo de revistas del género con fotos espectaculares y a todo color de los últimos edificios surgidos en las mentes más dispares de consagrados arquitectos --de casa y de fuera-- del momento, sublimados en un papel couché de delirantes y arriesgadas propuestas que los nuevos gurús ofertaban ya construidas gracias a los montajes virtuales --¿con la informática habíamos topado!--, permitiéndonos ver sus entrañas en un recorrido a través del tiempo: ¡¡¡fantástico!!! Lo más inaudito es que los que mostraban más influencia amanerada era buena parte del profesorado: en su actividad privada como diseñadores exponían, sin ambages, el excedido formalismo que reprimían sin piedad cuando, como neófitos influenciables, nosotros pecábamos de lo mismo. Incomprensible, pero ya se sabe: Donde manda patrón... Fiel a la cita mensual con la revista Arquitectura Viva, la devoraba intentando hallar entre sus páginas la solución a mis desvelos del momento, abandonando un poco lo de copiar a los maestros modernos que ahora eran los ángeles caídos de la nueva religión: el postmodernismo con todo aquello de la deconstrucción, el postestructuralismo...; cultos que abrazamos incondicionalmente, bebiendo a raudales de las nuevas doctrinas que ahora venían impresas y a todo color; y aunque nos saturamos de aquellas imágenes en realidad estábamos más perdidos que una vaca en la M.30 (vía de circunvalación del centro de  Madrid): hubo que leer a Paolo Portoghesi --Después de la arquitectura moderna-- y a Robert Venturi --Complejidad y contradicción en arquitectura-- para al final seguir sin entender casi nada: sólo que aquello de la arquitectura postmoderna era la que necesariamente tenía que venir después de la moderna...: ¿Y?, me preguntaba a continuación.

Anduve vagando en aquella sinrazón, como voluntario cautivo en el pensamiento de las nuevas deidades que me llevarían al Olimpo postmoderno, durante los dos ejercicios siguientes pese al intento desesperado del profesor --el que para exorcizarnos de los falsos profetas reivindicaba el discurso atemporal de Alejandro de la Sota; su maestro-- de que nos apartáramos de las lecturas peligrosas. Demasiado tarde, pues tenía ya una extensa colección de revistas de arquitectura, cuyas hojas manoseaba mañana, tarde y noche, cogiendo ideas de unas y otras; las más llamativas y peregrinas y las que visionaba más espectaculares...; y casi de forma inconsciente resolví para el asunto del cargadero un complejo contenedor cultural donde no faltaba de nada: sala de exposiciones, biblioteca, talleres de todo tipo, auditorio..., en un extraño ejercicio que pretendía tener su justificación en cierto --envidiable entonces-- caos dibujado en el papel que hacía inviable, y por ende invisible, la unidad de la propuesta; eso sí perfectamente construida, por algo era arquitecto técnico.

Recuerdo que en la corrección me antecedió la personificación crónica del pánico al desafío, materializado en la prolongada actitud de nerviosismo e incertidumbre durante la exposición del ejercicio, y que ya mostrara aquel alumno en los instantes previos a descargar --aliviándose del excesivo peso-- la voluminosa carpeta de exagerado espesor de tapas de cartón muy duro, ante las narices del profesor, al que igualábamos en expectación por saber que ideas guardaba aquel monumental cartapacio, con el grupo de alumnos alrededor de su mesa: "Con tamaña presentación querrás decirnos muchas cosas... empiece a mostrarlas...¡vamos!", le instó Fernando ante la duda del joven alumno, quién tímidamente dejó al descubierto la primera tapa de cartón... y... ¡qué carajo era aquello!... Repartidos de forma aleatoria y pegados sobre el cartón aparecían pequeños trozos de madera, metal y plástico unidos por hilos, cuerdas, alambres...; extraña composición que justificó en no sé qué disparatadas milongas que nos dejaban de piedra; al igual que al profesor, aunque éste no mostraba gesto alguno de aprobación o reprobación...; y después otra... y otra, hasta diez cartones con aquellos extraños montajes que eran más de lo mismo, hasta que llegó el último: "¿Yyyy?"..., la ironía de Fernando expectante en el silencio que siguió a continuación contrastaba con su perenne seriedad, esperando la aclaración de aquel alumno: "Es que me estoy aproximando poco a poco al ejercicio"; ¡inaudito!, lo oíamos pero no lo creíamos e inmediatamente todos miramos al profesor, comprobando su impasible cara de cuya boca salió, por fin, el único comentario: "Pues dese prisa, sino no llega ni al primer trimestre", para después apostillarle: "Para llegar a esa reflexión no hacía falta todo este engendro de sandeces y tonterías, basta con que se ponga a trabajar, y rápido que no llega". 
Propuesta de proyecto por el autor del blog del último ejercicio del curso: Edificio para actividades culturales y centro de estudios en Berlín: Plano de nivel superior
Si al compañero le había pasado por cuchillo porque no llegaba, conmigo lo hizo, inmisericorde, porque me pasé: "¿Y este formalismo?... : "No sé, quería dar una imagen"...: "Ya, de revista"...: "Bueno"...: "Además usted no sólo no nos sabe hablar de los pasos dados para la solución del ejercicio, sino que presenta una propuesta ¡totalmente acabada!, incluso detallando la composición de los morteros y hormigones... un despropósito total... cuando aparque las elucubraciones formales y tenga algo interesante que mostrar entonces le atenderá... además ¿este grafismo infame?... tiene que mejorar su dibujo a tinta". Aquello me dejó fastidiado unos días, los que empleé para recapacitar sobre lo que reiteradamente me inquirió con aquella pregunta: ¿Dónde está la arquitectura del proyecto?, sin que, todavía después, tuviera una mínima contestación salvo la reflexión de que por aquél camino no iba bien: no solo  había pasado dela nada al todo de una sola tacada, sino que además me había permitido todo tipo de transgresiones sin la bondad del control de medidas y proporciones, como en los ejercicios del curso anterior. Tenía que desandar lo mal andado, ahora con nuevos planteamientos que me apuntara el profesor: "Es el discurso del método el que va determinando los aspectos formales, y éstos los materiales". Rectifiqué a tiempo en un proyecto de Viviendas Colectivas en el centro de Berlín, donde, además, me superé en el trazado a tinta con el rotring; pero sobre todo rectifiqué con el diseño del último ejercicio: Edificio de actividades culturales y centro de estudios en Berlín, en donde volví desesperadamente mi mirada, una vez más, hacia Louis I. Khan, ya que la arquitectura de sus edificios, sin renunciar a las fuentes modernas, anunciaban aspectos nuevos que evocaban ejemplos del pasado, lo que lograba mediante la síntesis formal y el orden; dos cosas de las que había perdido el norte y que intentaba recuperar estudiando exhaustivamente su proyecto de una escuela de administración en una localidad de la India: el encaje de medidas y proporciones en el solar era perfecto, y su programa de necesidades muy parecido: anfiteatro, aulas, biblioteca, sala de exposiciones, cafetería...; las que fuí encajando en muchas horas de intensivas jornadas de trabajo, de noches en vela, de tablero de dibujo siempre caliente... hasta que lo acabé, justo a tiempo de poder entregar todos los proyectos del curso cuando éste ya se acababa irremisiblemente. Para la recogida de carpetas con todas las propuestas  se nos citó a todos los alumnos una tarde en el despacho de cátedra que estaba en la planta primera del pabellón viejo. Deposité la enorme carpeta  entre pilas de ellas que cubrían ya varias estanterías, ante la atenta mirada de Fernando, anotando éste con bolígrafo rojo la fecha de entrega. Todos los trámites estaban cumplidos; ahora a esperar.

Miraba con ansiedad a través del cristal del tablón de notas --fijo en la pared junto a la puerta de la cátedra-- el listado con las calificaciones finales clavado en el corcho; lo repasaba una y otra vez sin dar crédito a lo que leía junto a mi nombre: No presentado. ´Seguidamente pasé por tres fases de estado de ánimo: atontamiento por la inesperada sorpresa, una desbocada ira interior por lo injusto de la anotación, y una difícil negociada calma con mi genio antes de llamar por teléfono a Fernando, el que después de un tira y afloja... que si no has entregado la carpeta... que apuntaste la fecha con bolígrafo rojo... finalmente me citó en la puerta de la cátedra el mismo día que tenían que hacerse públicas las actas de notas finales. Allí acudí una hora antes de la cita, pero no estaba sólo. Aunque aquel alumno se había dejado una barba rala, era él: le delataba el mismo pánico de cuando abrió aquella descomunal carpeta de desatinos en su eterno deambular hacia la nada o la luz, si acaso esta última la hubiera encontrado. El caso es que estaba más nervioso que yo, con cierto perceptible temblor al hablar: "Es que me han citado aquí..., ¿a ti también te han perdido tu carpeta?, me lo preguntaba con alivio, quizás, de haber encontrado un compañero de infortunio: "No creo; la mía tiene que estar ahí dentro". Efectivamente allí estaba, y la del compañero también, cuando Fernando, que se había retrasado en la cita aumentando con ello aún más nuestra ansiedad, nos pidió que buscáramos las nuestras entre aquel caos de carpetas: "Ves como si la había entregado", le aseveré entregándosela.



Prpuesta de proyecto por el autor del blog del último ejercicio del curso: Edificio de actividades culturales y centro de estudios en Berlín: Plano de alzados este y oeste

Nos citó de nuevo en el mismo sitio en el plazo de una hora, tiempo que precisaría para corregidnos los ejercicios. Tengo que decir que prácticamente en los sesenta minutos, que se hicieron eternos, no dejé ni un momento de mirar el reloj. Llegué antes que el compañero cuando Fernando salía de la cátedra: "¡Enhorabuena!", me dijo; y colocó seguidamente el listado definitivo en el tablón de notas, metiéndose en el despacho, de nuevo. En estado de euforia contenida me abalancé al tablón, deslizando con nerviosismo la vista en la relación de nombres hacia el mío: Suspenso..., ¡¡¡no puede ser!!!..., si me ha felicitado..., a lo mejor es que se ha equivocado. Cruel batacazo que contrastaba con la alegría del compañero que chillaba detrás de mí: ¡¡¡Aprobado!!!, ¡¡¡aprobado!!!..., con la expresión transfigurada cual nirvana que se hubiese instalado en su cara..., sin llegar a creérselo: "Me voy a mi casa, tengo que decírselo a mis padres ya... ¡¡¡bieeeeennnn!!!

Como nunca me ha gustado mendigar ni medrar por plantas nobles ni despachos de jefes y profesores, me quise convencer que el gesto de felicitación había sido un error de Fernando al dirigirse hacia mí en vez de al compañero; así que cavilando como sería un examen final de aquella asignatura, me fui a mi casa bastante decepcionado, dándome vueltas en la cabeza una y otra vez aquella palabra: ¡Enhorabuena!..., arrepintiéndome, a ratos, de no haber entrado en el despacho de cátedra a aclarar con el profesor lo de su congratulación hacia mí...; decididamente se habría equivocado. En esas divagaciones estuve el resto de la tarde cuando, al final de ella, recibí una llamada a casa del chico de los palos de golf: "¡Paco, has aprobado!, y a renglón seguido me contó su providencial intervención: casualmente estaba dentro del despacho --en unas revisiones finales-- cuando oyó como el catedrático dictaba el acta con las notas finales de ambos --Francisco Molina Gómez: Aprobado; Fulano de tal: Suspenso-- a Fernando, el que se equivocó al escribirlo en la pantalla del ordenador. El chico de los palos de golf, comprobando el error en la lista impresa cuando salió de las correcciones lo comunicó inmediatamente a Berriochoa y Fernando, los que ipso facto rectificaron el listado del acta final. Él mismo se quedó esperando, comprobando la rectificación en el nuevo papel, y me llamó seguidamente por teléfono. Le dí las gracias, al tiempo que le prometí le invitaría al mejor whisky que eligiera cuando yo, al día siguiente, comprobara la buena noticia.

No fue preciso esta comprobación ya que por la noche me llamó a casa el propio Fernando, excusándose del error  de atribuirle el aprobado al otro alumno, y a mí el suspenso de él, garantizándome que se había subsanado: "¿Entonces el otro chico?", le pregunté ya que sentía curiosidad por saber si en plena celebración --seguramente brindando con sus padres por el aprobado-- le hubieran dado el mazazo: "Eso es..., que de momento lo hemos dejado en blanco hasta tomar una decisión cuando publiquemos las actas definitivas mañana". Me daba la impresión de que más que contarme aquello, me preguntaba algo, de lo que de manera subliminal yo contestaba: "Tú no te puedes imaginar la cara de satisfacción y de alegría de ese chico cuando se ha visto aprobado en la lista..., ahora lo estará celebrando con sus familiares, pues salió escopeteado para su casa...; sería una gran putada...; en fin tú verás". Al día siguiente cuando miré de nuevo el listado comprobé de forma fehaciente mi aprobado. No había ningún nombre en blanco. ¿Le habrían aprobado o suspendido?..., no lo pude saber pues desconocía su nombre.



Propuesta de proyecto por el autor del blog del último ejercicio del curso: Edificio de actividades culturales y centro de estudios en Berlín: Plano de alzados norte y sur

Algo más de una década después coincidí con Fernando, pero ahora habían cambiado las tornas: yo como arquitecto de la Administración tenía que supervisar, gestionar y controlar la construcción de un edificio para cuya proyectación y realización le habíamos contratado. De subordinado pasaba a jefe, de ahí su pregunta del primer día que nos vimos en mi lugar de trabajo, reconociéndonos ambos en aquellos días de la escuela: "¡Ah, sí!, me acuerdo de tu cara; tú fuiste alumno mío; por cierto ¿te traté bien?", lo dijo esperando ansioso una respuesta positiva: "Bueno no me lo pusiste fácil para aprobar", le contesté, y luego le conté lo de la pérdida de la carpeta y lo del error de la lista..., y mientras le relataba lo del chico, él recordó que después de hablar conmigo, de contarle de aquella forma tan descriptiva como se puede hacer hundir en la ciénaga más profunda al ser que por error se le ha elevado a una nube, y a pesar de los otros considerandos de que alguien que no diera el nivel no se merecía el parabién del aprobado; lo aprobó. Me alegré que lo hiciera, más por los padres que por el propio compañero.

El obligado contacto profesional avocó a una muy buena relación personal con mi antiguo profesor, aunque en cierta ocasión le bronqueé, con razón y, a la vez, con gran satisfacción por mi parte, resarciéndome de cualquiera de aquellas infernales correcciones: "A mi no me des voces"...: "Te doy las voces que quiero"..., sin que la cosa llegara a más. En las visitas de obra hablamos mucho: de cualquier tema de actualidad; de ética profesional; de arquitectura de la que que se mostraba apasionado, no sólo de la dibujada sino de la construida, controlando personalmente todos los detalles: nos entregó el mejor edificio que haya recibido como representante de la Administración --¡¡chapeau!!--; de la etapa de la escuela de la que le recalqué, en contraposición a la severa seriedad que actuaba como un dique en nuestra empatía hacia él, su acertada pedagogía de intentar reconducir aquellos despropósitos mediante algunos comentarios muy inteligibles y pocos y claros esquemas --que él mismo nos dibujaba sobre la lámina a corregir--, y que, lejos de las modas y modismos, hablaban de lo que de intemporal tenían los elementos de estudio del método para conformar la materia; para amasar aquel barro que cada vez procuraba controlar mejor: se trataba de ir descubriendo la medida justa en la que debían mezclarse aquellos dos elementos que siempre habían estado ahí: tierra y agua. En eso seguiría aplicándome.


FranciscoMolinaGómez
(continuará)