jueves, 1 de septiembre de 2016

A PROPÓSITO DE ARQUITECTURA. V: LA UTOPÍA MODERNA











1.968: Escuela de Maestría Industrial de Granada (hoy Instituto Politécnico Hermenegildo Lanz). Fotografía publicada por la Fundación DOCOMOMO IBÉRICO


La primera vez que había visualizado una imagen de la moderna ciudad de Brasilia fue en mi libro de historia del arte cuando cursaba sexto de bachillerato en el viejo caserón de la Academia Isidoriana de Granada, allá por mil novecientos sesenta y ocho. Y fue un descubrimiento a la modernidad que me conquistó para siempre, aunque con el tiempo hube necesariamente que matizar tal subyugación. Una sorprendente primicia, al carecer entonces en mi vida formativa de pocas oportunidades de poder consultar otros libros que no fueran los de texto obligatorio que se me facilitaban. Si algo abundaba en mi vida eran las carencias de todo tipo. Pero siendo así no era preocupante pues teníamos el transcurrir del cronos a nuestro favor. Entonces el mundo se nos iba abriendo poco a poco al conocimiento con los nuevos libros cuyas imágenes devorábamos con los ojos compulsivamente al inicio de cada uno de los cursos, intentando aprehender en poco tiempo todo aquel nuevo saber, teniendo todo un año para rumiarlo; un tiempo distinto al de ahora, en el que las cosas de la existencia llegaban paso a paso, en su debido momento, asimilando fácilmente los datos fundamentales, como los acotados escasamente en una página, junto a las fotografías impresas de arquitecturas novedosas de hormigón, acero y vidrio, enunciando en unos pocos renglones los postulados de las nuevas ciudades de las que aquella era la primera experiencia total construida: una ciudad virgen, contemporánea, la utopía moderna, el modelo de lo que los urbanistas del movimiento moderno venían enunciando décadas atrás... una ciudad y una arquitectura nueva... pero ¡¡qué lejos quedaba Brasil!!
Lo que ni imaginar podía es que acabado brillantemente aquel último curso de bachillerato y su reválida, iba a habitar en mi primer año de carrera técnica uno de aquellos edificios sorprendentemente nuevos --escuela de Maestría Industrial-- que eran excepción en una ciudad --Granada-- que como he reseñado en alguna ocasión era todavía: indefinible en lo moderno. Le costaba romper sus ataduras antiguas, y cuando lo hubo hecho fue para adoptar un urbanismo atroz, de especulación, de edificios imitativos y de espacios mínimos coincidiendo con una gran demanda de viviendas en plena etapa de desarrollismo. Excepción como la de la escuela de Maestría Industrial lo era también el edificio de los Sindicatos que conocía y que ya había suscitado mi interés por su potente impronta moderna, ubicado en plena avenida de Calvo Sotelo --ahora de la Constitución--, y que sumergido en aquel ambiente urbano anodino de la nueva edificación, era un soplo de aire fresco. Pero al igual que sucedió en Brasilia, salvando las distancias, eran edificios que empezaban y acababan en ellos mismos, con difícil vinculación con el entorno en la formación de ciudad, por lo menos de aquella histórica que habíamos conocido desde la Antigüedad. Con el tiempo supe que ambos edificios los había proyectado, casi a la par en el tiempo, el mismo arquitecto: Carlos Pfeifer, un rupturista del expresionismo historicista de posguerra, comprometido firmemente con el lenguaje de la modernidad. Una inolvidable y agradecida experiencia espacial que ahondó, aún más, mi fascinación por la arquitectura, y de la que escribí cuando aún no conocía su autor ni su obra, en un ejercicio de intuición, sólo de emociones a flor de piel, pues todavía no entendía mucho de todo aquello. Una vivencia tan emocional como física que necesitaba como el respirar en un tiempo en el que arrastraba cierta saturación de la represión del raciocinio; expectante, abierto a cualquier situación nueva que me diera un leve respiro, un pequeño alivio a la permanente ignominia que vivía y que habitaba en aquel orfanato.   







Aquello de la utopía moderna


Habían transcurrido casi cuarenta años desde el final de los años sesenta, cuando en un viaje a mi ciudad natal sentí la curiosidad de comprobar con mis propios sentidos cómo había sobrevivido el moderno edificio que me acogió en mi primer año de carrera técnica, en la vorágine del urbanismo expansivo de las últimas tres décadas del siglo pasado en la ciudad de Granada; la que había dado el salto por encima del entonces borde --camino de Ronda-- entre la ciudad y el campo, expandiéndose con perceptible caos, sin una visión urbanística de conexión de ambas partes de la metrópolis, en la vega hasta la reciente carretera de circunvalación; y cómo no, la imperiosa necesidad de volver a experimentar la transición de espacios que antaño --cuando era un inquieto profano-- percibiera; para cerciorarme, ahora con los conocimientos de arquitectura, que aquella vivencia intuitiva era acertada: que detrás de todo aquello había un gran artífice y que, pese a mis desconocimientos entonces de la materia, era ya una persona sensible a la creatividad del espacio que habitaba.

Mi curiosidad iba pareja por experimentar transitando a pie, cómo el entonces límite de la ciudad --camino de Ronda o Redonda--, antaño abierto al campo por uno de sus lados en una perspectiva paisajista que se perdía en las alamedas, secaderos de tabaco, y huertas, y que marcaba una carretera plagada de viejos ejemplares de plátanos, bajo cuya bóveda verde discurría el flujo de vehículos que circunvalaban el centro con destino a su periferia y a los pueblos cercanos, era ahora una calle urbana, encajonada entre pantallas altas de edificios de viviendas que traslucían al exterior el pobre espíritu espacial de su interior, y que la hacía más estrecha. En rápida visualización que hacía conforme la recorría andando, junto con mi mujer Teresa, comprobaba cierta fútil y aburrida uniformidad en la concepción de vacíos y llenos de sus fachadas. Sentía casi la misma curiosidad de aquel primer día de curso recorriéndola nervioso  subido entonces al autobús urbano pues el edificio que buscaba se ubicaba en ascenso hacia el final del camino de Ronda, próximo al estadio de la Juventud (antiguo Frente de Juventudes), hasta donde llegamos caminando y ya algo cansados de la caminata Teresa y yo, teniendo como referencia las antiguas instalaciones deportivas que avistamos en avanzado estado de abandono. Orientado por éstas, pues no reconocía el entorno, fue al girar en una de aquellas calles próximas al estadio cuando descubrí al fondo, semiescondido por la nueva edificación, el edificio buscado.

De repente brotó en mi la misma excitación de aquel primer día de la nueva etapa, en la satisfacción de poder transportarme a aquellos momentos iniciales de indisimulada alegría por lo que suponía de emancipación en un futuro el iniciar una carrera técnica --arquitectura técnica--, y la de la agradable sorpresa de la edificación hacia la que me encaminaba y que destacaba enfrente en el fondo de la vega; la que me acogería durante aquel primer curso. Pero no iba solo aquel día. Muchos chicos --y algunas pocas chicas-- nos dirigíamos hacia el mismo objetivo, casi todos impecablemente trajeados. Recuerdo que estrenaba para la ocasión un traje de suave y discreto tono de color oro viejo, como premio a un brillante final de los estudios de bachillerato, y que me supuso un serio enfrentamiento con la madre superiora --sor Fernanda Guerra Bravo-- al rechazar yo el paño y el color --gris-- que había elegido ella para mí. No estaba dispuesto, en la medida en que lo pudiera evitar, a que otros u otras, por importantes que fueran, me impusieran el color que debía regir mi vida en etapa tan especial: la universitaria. Aquello supuso en mi perenne pobreza de vestimenta un privilegio del que nunca habían disfrutado los internos.

Y rememoré aquellos minutos de gloria atravesando el umbral de la edificación: ¡¡Y qué umbral!! Pasamos en segundos del vacío agreste al regazo del edificio sin traspasar puerta alguna; una grata experiencia espacial que ya me previno a tan temprana edad --diecisiete años-- de lo extraordinario de aquel novedoso edificio. El umbral, como porche de entrada, era un vestíbulo cubierto y abierto a la calle y a un gran patio interior, marcando ambas aberturas un primer eje de penetración. A primera vista se percibía como un hueco tallado a propósito en el volumen del edificio que provocaba atravesarlo. Ese ámbito que intermediaba entre el inmenso espacio de la vega: infinito, abierto al viento y a la lluvia en el invierno y al implacable sol sureño en el verano, y el reconocible de estancia construida, de proporciones acordes a su función educativa, controlada por las manos de hábil arquitecto --presumí nada más alcanzarlo-- era lugar de llegada, de protección, de salutación, de conversación, de información académica que se publicitaba en los tablones de anuncios colgados en una de sus paredes, la que mediaba con el salón de actos, que aquel primer día de presentación aperturaba sus puertas para la celebración de la preceptiva misa y a renglón seguido el acto de bienvenida. Constataba con ello dos apreciaciones inmediatas: la confirmación de la imposibilidad, por imponderables externos a nuestra existencia, de poder desvincular la religión de la formación reglada --incluso en etapa tan trascendente en nuestras vidas--, y lo excepcional de aquel espacio de representación, que como volumen exento se configuraba al exterior rematando acertadamente uno de los laterales de la edificación, en un claro esquema funcionalista.

La sorpresiva ubicación de la puerta de acceso al edificio de las aulas era uno de los logros de la arquitectura del complejo educativo --lo percibí en el recuerdo mucho tiempo después cuando me formaba en el arte que en los albores de la civilización romana teorizara Vitrubio--, y aunque en aquel momento de mi primer día de clases presentía sólo la originalidad de su establecimiento, después  en la evocación convine que era producto de la sensibilidad de su autor, el que huyendo de la brusquedad del ingreso directo desde la calle que siempre habíamos experimentado al entrar o salir de cualquier edificio conocido hasta entonces, había concebido el tránsito hasta las aulas, talleres y laboratorios como un itinerario visual: secuencias, en visión seriada, de las sorpresivas perspectivas visuales que mostraban cada uno de los elementos de la compleja trama de la escuela: los porches se prolongaban en los pórticos que circunvalaban los patios que, a su vez, recogían los edificios. Una experiencia ritual en el sentido de la marcha, enfatizada por las distintas gradaciones de luz y sombra durante el recorrido que marcaban los espacios construidos: pasábamos gradualmente de la intensa luz del exterior a la reconfortante semipenumbra del vestíbulo cubierto, y de éste a la penumbra del pasillo porticado como de claustro moderno de patio interior, y que nos avocaba directamente a la puerta acristalada de la entrada; aunque lo más fácil aquel primer día de inicio de clases --algo insensible entonces a la vivencia de un proceso pausado de tránsito de matices de luz-- era seguir la estela del resto de los compañeros en su afán por llegar al aula. Así lo hice.

 Las aulas volcaban al sur con una fachada en estructura porticada de hormigón --la croquizamos hasta la saciedad-- recubierta, en sus vanos, por grandes superficies acristaladas, rehundidas del plano exterior para una mejor protección solar dada la orientación: a modo de celosía que liberaba espacios de transición abalconados con vistas, entonces, a la extensa vega, cuyos confines se perdían --hasta bien entrada la primavera-- en la espesa neblina del fondo donde surgían a primeras horas de la mañana --desdibujadas, como flotando entre la desnuda vegetación-- algunas granjas y vaquerías que en invierno y a determinadas horas desaparecían totalmente por efecto de la fría bruma exterior. Pero aquellas bajas temperaturas no nos afectaban: ¡¡¡teníamos calefacción!!! Por vez primera experimentaba la agradable sensación de un edificio calefactado, mientras en el exterior heladas temperaturas le ponían cerco.

El novedoso edificio y el agradable ambiente de la escuela me marcó favorablemente tanto que al final del primer trimestre era ya actor principal de una dicotomía: habitaba, con perplejidad, en la contradicción de dos mundos distintos y próximos a la vez; dos realidades desiguales que se sucedían, una a la otra, intentando, ambas, acoplarse en la inmediatez de un tiempo de difícil ajuste: Ir, marchar...; volver, retornar..., sin conseguirlo: el orfanato y la escuela ¡¡¡eran tan diferentes!!! Ahora más que nunca deseaba cada mañana salir de aquel círculo que constantemente se nos cerraba atrapándome en un ambiente gris, anodino, invariable... de altas tapias que aprisionaban voluntades... de gruesos muros... antiguo y convencional... estereotómico... de orfanato..., donde convivía con la sinrazón de aquellos celadores, vigilándonos pegados a piel, más cerca que nunca mostrándonos sus incapacidades, para llegar cuanto antes al círculo que se abría en un espacio nuevo, luminoso, amable, cambiante... de superficies acristaladas liberando las vistas y haciendo más amplio el horizonte... de paredes ligeras... novedoso y moderno... tectónico... de escuela técnica. Aunque a la tarde cuando volvía al orfanato era denostado por seres ignaros, cada mañana era tratado con respeto por personas doctas, y esto era un bálsamo para mi existencia en aquel tiempo.

Identifiqué en una de las esquinas de la edificación dispuesta en forma de u la amplia aula de dibujo y recordé que en el inicio de la primavera cambiaban sus clases. Con la llegada del buen tiempo abandonábamos temporalmente los tableros de dibujo (mesas de madera regulables que, con cierto orden, cubrían todo el espacio de la alargada y bien iluminada aula; la más grande), y nos repartíamos por toda la escuela croquizando a mano alzada los detalles constructivos que conformaban la materia de aquella muestra tardía de estilo internacional. Hasta aquel momento la habíamos habitado sin reparar con pormenor en sus acabados; en sus texturas. Ahora con su estudio y representación descubríamos, con sorpresa, los recursos materiales de los que se valió su autor --discurso arquitectónico vanguardista-- para modelar volúmenes y esculpir huecos, que configuraran finalmente espacios tan celebrados. A lo alto, los prismas mostraban su masa recubierta de pequeñas escamas de gresite  --material muy en boga en la construcción en aquellos años-- en pequeños mosaicos acabados en punta inversa de diamante. Bajorrelieve que se nos manifestó sólo entonces, y que confería a sus lados un determinado efecto caja, acentuada con característico brillo al reflejo del sol.

En los vacíos de los accesos los extensos lienzos de ladrillo visto --la modernidad no era óbice, en la intención del arquitecto, para el empleo de materiales tradicionales-- del exterior se doblaban, como un plano continuo, penetrando al interior y confiriendo a las paredes texturas en tonos rojizos, como murales de arcilla. Analizamos toda la construcción, midiendo y dibujando todos los detalles, los de su estructura: en el vacío de la planta de calle sorprendían los pilares de perfiles metálicos normalizados, desnudos y limpios, mostrando ese principio de veracidad constructiva de la arquitectura moderna; y los de su piel: en las fachadas la claridad constructiva la imponía el uso del hormigón armado visto, acabado en su color natural; así como de cualquier otro elemento arquitectónico: escaleras, pórtico, patios... y entre uno y otro croquis: un improvisado partidillo de futbito en alguno de los patios pues abundaban las instalaciones deportivas; ¡¡incluso teníamos una piscina!!

Entonces rememoré con cierta melancolía a mis compañeros de carrera: Obdulio de cara tan ancha como el cuerpo donde destacaban unos muy gruesos labios y unas enormes gafas: sólo tenía un tema de conversación que siempre versaba sobre las tías buenas --chorbas, decía-- y una obsesión sexual que idealizaba en la actriz y cantante la Polaca, el que todos los fines de semana mudaba las amplias y luminosas aulas por la estrechez y semioscuridad de la discoteca Chivas; Gracián un sevillano trasvasado de arquitectura superior y que se convirtió, por sus conocimientos obvios de las materias lectivas, en el asombro y envidia del resto de la clase, pues no había asignatura que se le resistiera, ¡lo entendía todo!;  aquel otro con cara de empollón, gruesas gafas de montura de pasta negra y blazer cruzado azul oscuro, el que siempre acababa las conversaciones con frase tan determinante: ¡Y un cojón de pato!;  los hermanos Góngora, de familia pudiente --habitaban en un carmen del albaicín con vistas a la Alhambra--, y que parecían siameses junto a su inseparable calculadora electrónica tan ancha como la suela de un zapato, y que utilizaban con ventaja para los cálculos de funciones matemáticas y trigonométricas, mientras los demás manejábamos las tablas de logaritmos y la popular y manual regla de cálculo;  uno con cuenta bancaria de papá abierta a todos gastos de ropas de boutique, bagatelas y gasolina para su Seat-850-coupé: ¡¡¡llegaba todos los días en coche propio!!!; un mulato de muy bien vestir y porte y que siempre exhibía la última y cara novedad en instrumentos de dibujo de importación alemana: los limpios y novedosos punteros rotring, mientras los demás sólo podíamos utilizar los complicados graphos;  otro que en algunos descanso entreclases siempre dibujaba lo mismo en el encerado: una gran hormiga con sus innumerables pares de patas y sus largas antenas, luciendo cinturón con dos grandes pistolones a los lados, todo en clave de comic y que intitulaba debajo: hormigón armado; una joven pareja que se postulaban fervientes seguidores del pop anglosajón, altos rubios, cabello largo sobre los hombros, él con sombrero de piel, ella con una cinta de colores en la frente, luciendo como distintivo --ambos-- chalecos de cuero de color crudo con tiras en los hombros al estilo de los cantantes americanos de country, a los que en ocasiones imitaban acompañándose de una guitarra en un rincón del patio...; a Antonio que me acompañaba todas las madrugadas en el tranvía desde Armilla hasta el Fielato en el inicio del camino de Ronda, donde aún pervivía la antigua caseta de arbitrios convertida en improvisada barraca-bar y punto de encuentro del mañanero proletariado obrero con el anís de garrafón junto a las parada del autobús, al que los dos montábamos para llegar hasta la escuela.

Recordé aquella estrechez del atestado autobús urbano; sus acusados vaivenes clavando, por efecto de las sacudidas, el cartabón de madera allí donde su puntiagudo ángulo, el de treinta grados, apuntara;  el incómodo paralex, en interminable regla que casi nos sobrepasaba en altura, en obligada vertical para no molestar a los demás pasajeros;  el penetrante olor a cazalla que emanaba de las cuadrillas de albañiles que se subían al autobús con más carga que el propio vehículo (la de los obreros también era solida: puro orujo), observándonos a Antonio y a mí con inusitada sorna de futuros subordinados; cómo olvidar la diaria caminata desde la última parada del autobús, al final del camino de Ronda, hasta la improvisada escuela de arquitectos técnicos --estábamos de ocupas en el edificio de Maestría Industrial--, atravesando las viviendas unifamiliares de la policía armada, en amanecidas pletóricas de niños que saliendo en infinito número de esas casas se desparramaban por la única calle a la redonda;  el divertido desbarajuste compartiendo edificio y bar con los alumnos de maestría industrial;  las mañanas de croquis a mano alzada dibujando detalles constructivos de aquella viva muestra tardía del movimiento moderno; la extraña rigidez del brazo derecho cuando en invierno intentábamos dibujar en los tableros de dibujo instalados en aquella nave aislada del resto de la edificación y que llamaban la Nevera;  o los partidillos de futbito en el patio central contra los hermanos Plata de los Ogíjares y el Gabia contra nosotros dos y un tal Diego de Armilla.

Atrás han quedado las clases con vistas a la vega, donde aquellos primeros profesores --don José, el Piqueras, el Curro...-- nos remitían a la bibliografía de experimentados autores en la materia: los Izquierdo Asensi, Schindler-Bassegoda, Orús Asso..., con sus tratados de Geometría descriptiva, Construcción de Edificios, Materiales de Construcción...; libros que afortunadamente aún conservo en un privilegiado lugar de mi biblioteca y que ojeo de pascuas a ramos intentando descifrar el motivo de mi traspié entonces. Atrás quedó el salón de actos con la imponente estampa de la iglesia de Rochamps de Le Corbusier proyectada en la pantalla e impresa de por vida en mi memoria, y su aula magna que no figuraba en los directorios pero que siempre estaba llena  y a la que llamaban cafetería-bar regentada por el conserje y su familia: a su barra se habían abonado algunos a perpetuidad. Lo raro era verlos en clase. Ilegal casino, improvisado foro de debates, término a donde confluían todos los itinerarios, ágora del ladrillo, del metal y  de la electrónica, espacio de utilidad pública donde siempre se encontraba al alumno perdido. Y el Bella Bellinda de Gianni Morandi o el Himno de la Alegría de Miguel Ríos sonando fuerte por encima de aquel bullicio de fondo: Escucha hermano la canción de la alegría / el canto alegre del que espera un nuevo día / ¡ven!, canta, sueña cantando / vive soñando el nuevo sol / en que los hombres volverán a ser hermanos... Todo fue extraordinario: la innovación y bondades de la edificación, la sensación de libertad, la emoción de sentirme importante cada mañana, la pasión en el aprendizaje del arte de construir compaginando estudio y trato con chicos de tu edad venidos de varias partes del país con el mismo objetivo: forjarnos un futuro profesional en aquello que nos gustaba: la construcción de edificios... en definitiva: mi particular utopía moderna que me obligaron a abandonar.

Muy atrás quedó el excelente edificio y el ambiente liberal de aquella luminosa mañana de octubre del primer día. En las otras que le siguieron durante todo un curso, fui percibiendo con júbilo no exento de cierta incertidumbre que a partir de aquellos días no sería la misma persona; sentía como mi adolescencia forzaba dar paso a una prematura madurez. Un sentimiento mezcla de vanidad y responsabilidad, inmerso en el ambiente de gente con la que me identificaba, experimentando cierta autonomía que me desvinculaba por momentos de mis circunstancias personales, de tanto sobrepeso durante los años vividos hasta entonces. Y aunque no de una forma inmediata, pues aquel fascinante intento de vuelo sin motor que precisó después de un aterrizaje forzoso al durar sólo un año --por no haber superado el curso completo, el regidor del orfanato no me permitió seguir con los estudios--, la aventura arquitectónica y humana valió la pena, a la vista del feliz desenlace muchos años después.

Siete años después aprobé brillantemente el mismo curso en la universidad de Barcelona. ¿Qué había cambiado?, ¡todo! Todo, al haberme liberado de aquella ignominia. Ahora yo era dueño de mi vida y de mi futuro. Ahora gozaba de libertad y de independencia económica. Ahora no tenía que entrar y salir subrepticiamente. Ahora no tenía que implorar para adquirir una simple plumilla de dibujo, o una lámina de papel... o unos apuntes.... Ahora disponía de toda la bibliografía necesaria. Ahora dibujaba en un tablero profesional de dibujo, en un espacio adecuado, amplio, sin interferencias. Ahora había desterrado la perenne vigilancia de celadores, guardianes y otros sucedáneos de educadores. Ahora nadie me decía que ropa debía ponerme. Ahora ya no estaba atrapado en la idea obsesiva de la supervivencia. Ahora había desbloqueado la mente. Ahora había desbloqueado completamente el sentimiento que ya comenzara a liberar aquel inolvidable curso en tan singular espacio, y que fue siempre un revulsivo a futuro.

Qué suerte cruzarme con el hacer de tan buen artífice. Gracias don Carlos Pfeifer.


FranciscoMolinaGómez
--arquitecto superior:    Madrid 2000--
--arquitecto técnico: Barcelona 1984--

           





lunes, 1 de agosto de 2016

AL MISMO PUNTO DE RETORNO










 
 
Es la fusión de los cuerpos a las rocas la que modula la composición de la fotografía del grupo de internos del orfanato en la abrupta playa de China Gorda en Almuñécar, allá por el verano de mil novecientos cincuenta y siete; con cierto ritual adaptado a la topografía de la piedra y que muestra inequívocamente el centro de atención: en lo más alto, de blanco inmaculado que irradia todo el cuerpo en la imagen, la pose seria de sor Gloria --dominante en su gesto distante al objetivo de la cámara-- contrasta con la necesidad de los niños --arropándola-- de aprovechar cualquier momento especial para sonreír, para agradecer aquellos días distintos; sin que la contextura esconda cierta teatralidad: la desbordada alegría del chico que parece surgir sonriente de la roca --en la parte inferior de la foto--, como queriendo dar una sorpresa; o el de reclamo afectivo del niño --Paquito Moreno-- apartado del grupo, a la derecha de la foto; o el de pose hierática, como ausente, de su contrario a la izquierda; o el que va a su bola particular, situándose por encima de todos, incluso de la monja; la que flanquean dos empleadas cuidadoras que habían sido niñas de la Casa : Esperanzita a la izquierda de la monja y Teresa a la derecha. En el centro del grupo identifico a Pepe el del lunar por su característica seña oscura en el centro de la frente. Siento cierta decepción al no identificar al resto; era comprensible: yo era más pequeño y ha pasado mucho mucho tiempo desde la toma de la fotografía; tenía cinco años y era mi primer verano en la colonia marítima de Almuñécar.
 
 
 
 
 
 
 
 
Habíamos adquirido cierta propensión al equilibrio en cualquier ocasión y situación, incluso cuando trepábamos por el roquedal en la playa de China Gorda en Almuñécar. Los pies descalzos nos advertían mejor de los peligros, a la vez que se adherían a la piedra, adaptándose a las irregularidades de la angulosa superficie de la roca y así no resbalar. Aquella simbiosis de los cuerpos acoplándose a las rocas era extraordinariamente asombrosa, como si formasen parte de la materia del paisaje pizarroso, el que desbordaba desde el acantilado hasta el mar clavándole una daga que acababa en aventajado peñón --el Veintiuno, que no se visiona en la fotografía pues era la prolongación al mar de la roca del fondo-- y que era un hito en aquel paraje solitario que sólo habitaban algún que otro pescador, intentando capturar con caña de pesca a los peces desde la altura de la roca; el propietario de la única casa --la del francés-- que se encaramaba en la zona media de la roca; un pobre que se resguardaba en una oquedad de la piedra, a la entrada de la playa; o nosotros cuando la invadíamos exultantes de aventuras en los primeros veranos, ajenos al peligro, esparciéndonos por todo el roquedal en busca de cangrejos o cualquier ser menor que se moviera por entre sus grietas; profundas hendiduras donde se escondían empotrando su caparazón contra las paredes de la raja.
 
Presentíamos su presencia apostándonos con prevención en los pasadizos que el mar había abierto entra las rocas, por donde escapaban hasta nuestros oídos los ruidos de las olas, ya amortiguadas, en su final de recorrido, arremolinadas contra las piedras: cada hoyo sonaba de una manera distinta según la abertura; sonidos que identificábamos en las tareas de pesca de los crustáceos o cuando nos empeñábamos en reventar con la punta de un largo palo aquellos extraños frutos rojos, como tomates, que se adherían fuertemente a las rocas en las rendijas bañadas por el mar, procurando que su liberada sustancia no nos salpicara a los ojos; evitando pisar aquellas rocas que la humedad continua del agua había cubierto de una capa vegetal de algas, a fin de no resbalar; saltando de roca en roca hasta llegar incluso al brazo de mar que más allá del peñón del Veintiuno nos impedía continuar; obligándonos a regresar. Un lugar de aventura y de lección de supervivencia manteniendo el equilibrio sobre las intermitencias naturales de un accidentado suelo que transitábamos como nativos, y que satisfizo nuestro tiempo de ocio de los veranos de la infancia; aunque después en los que siguieron hacia la mitad de la década de los años sesenta --coincidiendo con nuestra adolescencia--, no sé porqué dejó de interesarnos; nos olvidamos del paraje que había sido solaz de nuestra  adquiridas y demostradas habilidades en pos de la aventura. Hasta que un día, bastante tiempo después...
 
En el verano de mil novecientos sesenta y ocho, tenía dieciséis años y junto con tres compañeros más --Antonio, Miguel y Agustín-- en nuestra condición de niños mayores del pabellón en el orfanato, auxiliábamos a las monjas en sus tareas de asistencia a los niños pequeños, tanto en el Centro como durante el verano en la colonia marítima. En esta última continua y agobiante tarea teníamos, como mayores, pendiente muchas cosas. Entre otras el revelarnos contra la zafiedad, la estupidez, y la disciplina exagerada que nos reprimía nuestro natural lado aventurero aquel mes de julio: el de descubridores de nuevos parajes que presumíamos gozosos en las imágenes que nos glosaran nuestros amigos marengos un par de años atrás. Y fue precisamente ese mes de aquel año cuando comandamos nuestro momento de ir más allá, de escapar. Nuestro instante de rebelión.
 
En la playa san Cristóbal aquella mañana de verano el viento soplaba con fuerza hacia la orilla: hacía viento de poniente. Ante la imposibilidad de bañarnos y desoyendo las llamadas al orden impuesto de quedarnos quietos en la playa vigilando a los menores, y obviando aquel manipulado raciocinio, los cuatro --sin dar aviso-- nos alejamos voluntariamente aquella mañana, en dirección al canto de sirenas que provenía de la Punta de la Mona, promontorio de roca y vegetación que prolongándose en el mar cercaba nuestro mundo al oeste, señalando el final de le tierra en aquel lugar. El principal instigador de la fuga fue el joven cura que oficiaba los servicios religiosos aquel verano en la colonia marítima; quizás aburrido de la mojigatería de las monjas, o tal vez, harto de su ñoñez. Los otros conspiradores: nosotros cuatro, ávido exploradores del más allá.
 
La escapada empezó siendo un paseo por la playa entre divagaciones existencialistas (de nuestra existencia se entiende). Posiblemente al llegar a China Gorda no habíamos desatado aún el nudo gordiano de la conversación por lo que proseguimos con nuestro debate; abandonando, casi sin advertirlo, la arena e internándonos en los pasadizos ya conocidos de entre las rocas cerca del peñón del Veintiuno, en uno de cuyos enormes pedruscos, ante la imposibilidad de seguir caminando debido al conocido brazo de mar que nos separaba de las rocas más próximas, hicimos un alto para el reposo, para la reflexión; y, porqué no, para el retorno. En aquel momento habíamos llegado al mismo punto en todo: tanto la conversación como aquel camino no tenían aparentemente salidas. Se aconsejaba volver. Pero en ocasiones afortunadamente coincides con la persona providencial: ¿Qué nos impide seguir?, nos preguntó don José Ávila, el cura...: Un brazo de mar entre peligrosas rocas, contestó uno de nosotros...: Rodeémoslo subiendo por la montaña, nos invitaba nuestro temporal párroco, invitándonos de la forma más natural.
 
Éramos conscientes de la transgresión de la marca. Jamás anteriormente habíamos ido tan lejos. Iniciamos la ascensión entre pendientes casi verticales aferrando el cuerpo a las piedras, sin despegarlo hasta alcanzar el altozano que apareció cubierto de almendros preñados de frutos que, ya secos, se nos ofrecían con el tesoro de su interior. Sentados en la tierra, bajo la exigua sombra de los árboles, nos dispusimos a partir con dos piedras la dura cáscara de las almendras, no sólo de las caídas al suelo, sino también de otras cogidas del árbol. Después comimos con fruición su delicioso fruto a fin de recuperar las energías gastadas durante la subida: Padre esto que estamos haciendo es pecado, le desafiamos a propósito al cura para observar su reacción...: Tal vez, pero... ¡y lo buenas que están!... después os confieso... os arrepentís y os absuelvo, a las palabras del cura todos reímos.
 
En lo alto la visión era sublime. Hasta ahora el sitio que pisábamos eran los parajes vírgenes de roca descohesionada en tierra que nos parecían inalcanzables, inescrutables desde abajo cuando los observábamos desde la colonia, y que cubría la montaña en su zona media, donde la lejanía nos había impreso una acostumbrada silueta, indesligable del lugar: una pequeña caseta rodeada de almendros, en cuyas inmediaciones y en algunas ocasiones habíamos visto moverse algo, quizás una persona...¿cómo se podrá mover en la pendiente del terreno? Y ahora lo hacíamos nosotros, visionando en sentido contrario al que acostumbrábamos. Desde la altura que siempre deseamos conquistar se nos mostraban crudamente los cambios que se habían producido en lo que había sido aquella primera línea de playa, la que antaño alineaba la colonia marítima con los interminables huertos de cañas de azúcar en la extensa vega que llegaba hasta el pueblo acompasada por el camino terroso por el que íbamos de paseo al pueblo escoltados por los altos cañaverales, el que de noche, al regreso, se convertía en un lugar peligroso, inundado de amenazantes peligros.
 
Con la luz del día aquellos cañaverales nos parecían amables, pero no tanto con la anochecida, cuando a oscuras retornábamos del paseo en el pueblo a la colonia. Entonces sus alargadas hojas mecidas por la brisa marina eran como prolongados brazos de oscuros y malvados seres: mantequeros, tíos del saco y otros que habitaban en nuestra temerosa y sobrepasada imaginación de niños, que quisieran atraparnos. El temor espoleaba nuestro miedo al creer que éstos nos acechaban tras las cañaveras y que en cualquier momento se abalanzarían contra nosotros, aprovechando la oscuridad de la noche y nuestra desvalida edad; obligándonos a llegar apresuradamente, corriendo, dándonos casi con los talones en el culo, hasta la solitaria colonia. Episodios que contábamos, ahora entre risas, al hilo de los profundos cambios que se habían producido en el sitio, y que escuchaba atentamente el cura. Ahora aquel camino de vuelta hasta la colonia marítima, al contrario que entonces, quedaba marcado en la noche por las luces de las farolas del nuevo paseo marítimo y las que emanaban del interior de los edificios de apartamentos que como setas habían crecido a lo largo de la antigua alineación de la huerta. Fue el inicio de la invasión de la vega.
 
Era aquella altura también privilegiado mirador desde el que se observaba imponente el mar --ampliada la visión hasta Salobreña--, con extensa y variada gama de colores: azules, verdes y lapislázulis que impregnaban el liquido lienzo como enorme paleta de pintor. ¡Qué sorpresa!, ahora casi tocaba la Punta de la Mona; en cambio el mar, conforme habíamos ido subiendo se había hecho más inmenso y más eterno: en la ascensión había amplificado su raya del horizonte. Oteamos, abajo, una pequeña cala con su playa, e iniciamos el descenso.
 
Proseguimos la bajada entre estrechos y pendientes senderos; y allí estaba, tal como nos lo habían descrito nuestros amigos pescadores: el Cotobro, una pequeña cala de ensueño con algunas barcas de pesca en la arena. Por supuesto nos quedamos allí. Conocer el resto de los confines de aquel paraje quedó para otro momento. Estábamos solos en la suite del edén. Sabíamos por nuestros amigos marengos que el poniente era el viento ideal para aquella parte de la costa, por lo que no nos sorprendió la mar serena que alcanzaba la orilla sin apenas moverse; en voz baja su cadencioso sonido, pero audible gracias al silencio que se había instalado en aquel sitio, resguardado por el terreno, como valor primordial que hacía intemporal el espacio. De la sorpresa pasamos al baño. Bueno al principio éramos remisos: Padre, no hemos hecho la digestión de las almendras; no nos podemos bañar, le dijimos ...: El que quiera bañarse que haga lo que yo, convino el sacerdote y lanzándose al mar le seguimos, disfrutando de agua tan cristalina que nos permitía ver el rocoso fondo.
 
Después, tendidos en las chinas de la playa le dimos una oportunidad a las últimas reflexiones sobre los cambios en la adolescencia, conversaciones que habían comenzado con el inicio de la marcha en la playa algunas horas antes, aprovechando ahora las buenas vibraciones del lugar y el buen rollo que flotaba en el ambiente entre el cura, de mentalidad joven, y nosotros, interesándose por nuestros problemas más inmediatos: la falta de libertad, encorsetada en una exagerada y represora disciplina; ya que los más transcendentes en la urgencia --la apertura a la sexualidad-- quedaron en nuestro pudor más íntimo, incapaces de exponerlo en público: Es que no nos dejan ni entrar en una discoteca, nos quejamos en colectivo...: Pensad, que aún sois muy jóvenes, argumentaba en una postura neutral el cura...:¿Pero si ya tenemos dieciséis años!; y así llevamos dos años. Le contábamos nuestra experiencia tiempo atrás con cierta expresión de frustración, intentando llevarnos al cura a nuestro terreno: Aquellas primeras sensaciones, asomándonos con curiosidad e indisimulado morbo a los prohibidos y prohibitivos locales; y recordábamos que efectivamente dos años atrás --mil novecientos sesenta y seis-- ya habíamos abjurado del niño que llevábamos dentro, el que aquel verano no se reconocía en nuestro obstinado interés por escudriñar frecuentemente los nuevos locales de ocio instalados en los bajos del paseo del Altillo, y que en la noche refulgían publicitando con luces de neón: bares, restaurantes, discotecas..., donde se concentraba toda la modernidad que venía allende nuestras fronteras.
 
Los cambios se habían acentuado con la llegada de los extranjeros: Bohemios franceses, beatnik alemanes y belgas, holandeses con estética hippie, y yé-yés  nacionales se divertían, a la caída de la tarde y durante la noche, en la semioscuridad de las discotecas que irradiaban una artificial atmósfera por efecto de los focos de luz ultravioleta. Entre los parpadeantes destellos, los reciclados marengos, prófugos ahora de la mar, servían los cócteles de alcohol en largos vasos con mucho hielo a los incansables danzantes que bebían y bailaban sin parar moviendo caóticamente los brazos, a punto de salirse de sus articulaciones, con todo el cuerpo vibrando con los ritmos pop-rockeros al son de la música en el límite de decibelios permitido, y que sonaba en la penumbra de la sala, escenificando junto con las luces de colores y el olor a incienso y "otros" más fuertes y extraños, todo el artificio de la sicodelia pop, y que recibíamos como extraña bocanada de aliento de gigante cuando nos asomábamos a su entrada que se abría al oscuro interior como boca de Averno.
 
La prohibición de acercarnos a aquellos novedosos antros de perdición era razón suficiente para insistir en la atrevida ronda y observar desde fuera lo que se suponía que eran las sucursales del infierno; pero aquellas debían de ser muy singulares a juzgar por la actitud de gozo de sus demonios. Y continuando con el relato, recordamos que fue al pasar frente a la entrada abierta de la discoteca la Guitarra, cuando comprobamos en que consistían aquellos yerros: la música del órgano electrónico acompañado de suaves sonidos de percusión sacralizaba el inicio del acto ritual del baile juntos, embelesados, muy pegados los cuerpos, moviéndose lentamente, casi imperceptibles en los giros, en una cadencia de ritmo que imprimía la joven y solitaria voz en inglés del cantante, marcaban el tiempo que regía el preciso instante fusionando materia y emociones en un prolongado intercambio de deseo sexual, que se materializaba en un rincón semioscuro donde una joven pareja se besaban ávidamente, negando el mundo exterior...
 
Acaso no os deis cuenta de los peligros del consumo de drogas y del contagio de males en esos sitios... ¡debéis tener mucho cuidado!... por eso a vuestra edad no os dejan, objetaba en su papel de buen pastor el cura, sin mencionar a que males se refería; quizás los derivados de ese amor libre que se preconizaba muy cerca de allí, en el mitificado Torremolinos, a fin de evitar hablar de aquello que lo situaría en una posición incómoda frente a los cuatro, teniendo en cuenta que lo efímero y temporal del trato no era suficiente tiempo para instar esa especial confianza en temas personales, de los que, por cierto, ni siquiera hablábamos entre nosotros.
 
Y en amigable conversación se nos pasó el tiempo en un vuelapluma sin apercibirnos de la rapidez del paso de ésta. Llegados aquí apremiaba el retorno. Se nos había hecho muy tarde y nos estarían buscando: Tenemos que marchar ya, ¡venga!, nos instaba el sacerdote...: ¡La que se va a liar!, le dijimos casi suplicándole con los gestos y miradas su oportuna y convincente mediación con las monjas.
 
Conservo muy agradable recuerdo de aquella improvisada excursión. A la vuelta y aún cuando esgrimimos el aval del cura, ni que decir tiene que nuestro regreso a la colonia marítima, a hora tan intempestiva, fue continuación de la marejada que imperaba en la playa. Rayos y centellas cruzaron nuestros oídos en una monumental bronca que acabó en irracional castigo: dejarnos sin comer. Mereció la pena la sensación de libertad a cambio de la saciedad del pan; por lo menos en aquella ocasión.
 
Había tardado once años, pero al final trasgredí la marca; no sólo la física del mismo punto de obligado retorno en el que se tomó la fotografía de sor Gloria con los niños, sino la otra: la del aburrimiento, la de la estupidez, la de la disciplina exagerada, y la de la saturación de irraciocinio. Hoy me complazco en aquella trasgresión, en la rebeldía con la escapada sin rumbo predeterminado  hacia donde me llevaran mis pies, y en la continua y perentoria necesidad, aunque fuera momentánea, de desprenderme del corsé que oprimía mi ánimo: asfixia por la que aquellos días del relato transitaba mi existencia.
 
 
FranciscoMolinaGómez
(Visité el Cotobro muchos años después con Teresa, mi mujer. No, no tuvimos que hacer ningún curso de escalada; llegamos cómodamente en coche. No me lo podía creer: habían urbanizado el cielo a fuerza de barrenar la roca, destrozando no sólo aquel singular paisaje, sino la propia montaña; ¡inaudito! De vuelta a la noche, al pasar cerca de la antigua casa del Francés, ésta se publicitaba con luz de neón como solitario pub, donde hicimos un alto a tomar unas copas ya que siempre me había apetecido subir hasta allí y conocer la casa. Desde la terraza donde ya refrescaba --sentados los dos alrededor de la luz de un grueso velón de sobremesa que iluminaba tenuemente las dos copas de cubalibres pedidas con mucho hielo-- se apreciaba el paseo marítimo como una sucesión de altas pantallas punteadas de luces, que impedían la visión inmemorial del pueblo con el castillo encaramado en la roca: definitivamente los árboles no dejaban ver el bosque. Dentro de los artefactos luminosos toda una legión de apartamenteros proseguían con su "normalizada" vida, cuando todo aquel territorio virgen había devenido ya en un monumental despropósito urbanístico.
A mi mujer y a mí nos interesó otros brillos: el reflejo de color plata de la luna en el mar, jugando a deslizarse entre las olas)   
 
          
 
  
 
         
 
 
 
 
 
 
 
 
  


viernes, 1 de julio de 2016

CUANDO LA MANO COJA LA LLAVE













Para mi sesenta cumpleaños mis hijos me regalaron un añorado viaje a los recuerdos mágicos de la infancia: las excursiones de niño al conjunto palaciego de la Alhambra de Granada. Pero las expectativas que me hiciera de esta última visita a la Alhambra, ilusionantes en el inicio cuando ya en la explanada exterior se formaron las interminables colas por orden de horario de entrada de visitantes, fueron decayendo en la medida en que la multitud no me dejaba ver de una manera sosegada el monumento, una vez dentro. Me faltaba espacio... aire. Al inicio de la visita, a mi entrada al salón de Embajadores la saturación de visitantes me impedía moverme con libertad en lo que fuera una ansiada  vivencia renovada de un espacio que viví sublime en otro tiempo, cuando las distancias no tenían obstáculos y todo el ámbito se abría a mis asombrados ojos, aunque fueran solos los de un niño; y mientras mi mujer descansaba en uno de los pocos asientos habilitados en el sitio, yo intentaba obtener algunas perspectivas visuales que me confirmaran la veracidad de mi apreciación de antaño de que estaba en aquel lugar misterioso de luz avivada por las vidrieras de colores descubierto antaño a la viva imaginación infantil; haciendo, a la par, ahora notables esfuerzos de abstracción del considerable ruido de fondo de los visitantes para, en la evocación del otro tiempo --el histórico--, captar otras voces, oír otras palabras, otras frases, otros protocolos: los de la solemnidad de los actos de poder que allí se habían representado, en el centro de gravedad de gobierno de todo un reino, y aunque alzando la vista en un gesto involuntario, automático, a la percepción de la luz cenital que entraba por pequeños ventanales en altura, y que recreaba una atmósfera de recogimiento.  entendí que aquello era una forzada experiencia.

Conforme transcurría la mañana el flujo de visitantes se hacía más intenso y su corriente, como la de un río, nos empujaba a mi mujer y a mí, inevitablemente, hacia la salida pasando de soslayo por un patio de los Leones en obras, cercados sus pórticos impidiendo el acercamiento a unos leones recién restaurados --ahora estaban reponiendo una imitación en mármol blanco de las losas en su solado original--; comprobando una vez más que por estos lares las obras ineludiblemente siempre se eternizan. Todo un despropósito para mi programada visita en la necesidad imperiosa que tenía de una nueva oportunidad para descifrar en vivo lo que iba buscando: la evocación del edén prometido por el Profeta, donde el asombro no era tanto ahora, por la dificultad  de lo que me impedía la  visión, sino todavía por lo que aquel espacio abierto me había sugerido de muy niño. Me negaron de nuevo el ensueño.

Avanzada la abarrotada mañana necesitaba imperiosamente de un momento de reflexión, de unos minutos de sosiego que ambos pudimos disfrutar observando el viejo barrio del Albaicín desde el peinador de la Reina, aprovechando que el flujo de visitantes perdía fuerza, al tiempo que remansaba cerca de la salida, en el patio de la Lindaraja: un jardín de recreación romántica sin ninguna vinculación con el patio original, pero, aún así, de indudable belleza  que invitaba al recogimiento en la paz interior. Después pasamos un torno metálico que imposibilitaba la vuelta atrás; y marchamos en éxodo de visitantes --desperdigados en la amplia llanura del recinto amurallado-- bajo un implacable sol, para visitar los jardines del Generalife: retiro de estío de los reyes nazaríes, y de cuyas trazas originales queda poco, pero de una intensidad de follaje y variedad de itinerarios que agradecimos caminando por senderos entre parterres y paseos arbolados, en secuencias intermitentes de sonidos cristalinos de acequias de agua que marcaban la dirección de la marcha, ahora sin las premuras de la marabunta que, como por encantamiento, se habían diluido en el aire del vasto e inigualable paisaje de huertas con fondo de sierra.

Al mediodía, fuera ya del recinto monumental, la caminata por el bosque al resguardo de la vieja muralla, nos llevó hasta un pequeño y delicioso hotelito-restaurante donde aplacamos un apetito voraz que rematamos en animada charla en la terraza degustando una olorosa infusión de hierbas. Después de descabezar el corto sueño que, inevitablemente en el sur, dicta el sopor de la canícula, marchamos tranquilos de vuelta a los jardines en busca de penumbra, pues la radiación solar apretaba muy fuerte, donde relajarnos y en mi caso evocar aquellas primeras excursiones en las que el grupo de niños visitábamos el monumento, patrimonio de la humanidad, casi en exclusiva; sintiéndonos moradores, hijos de la Alhambra en la inocencia de niño, convencidos de las leyendas que nos contaban de aquel paraíso; de los encantamientos de reyes y princesas que después trasladábamos con una imaginación desbordada a nuestros propios juegos en el patio del orfanato, fabulando cuentos, hechizos... y  ficciones con sus guerras, guerreros, batallas, castillos y torres de un conjunto palaciego con incierto trágico final según una de estas leyendas.








El autobús ascendía por el paseo central, en la agradecida penumbra de bosque de altos ejemplares de castaños de indias que lo orillaban, y nos dejaba en la amplia explanada de la torre de la Justicia, una de las numerosas puertas que rodean el recinto de la Alhambra de Granada, la más común de acceso al conjunto palaciego. Arremolinados al pie de la torre con el asombro y la curiosidad de niños, a los que por unas horas les perdonaban su eterno encierro, intentábamos abarcar por un día y con los cinco sentidos el mundo. Recuerdo que siempre escuchábamos la misma historia como protocolo previo a nuestro ingreso en la Alhambra: la leyenda que de los signos escritos en sus muros nos contaba la monja guía, y que relacionaba la mano esculpida en la clave del arco de entrada, con la llave cincelada en otra clave de piedra, la del dintel del portal, a través de un mágico encantamiento: Para salvar de la ruina a la fortaleza roja, el rey moro había vendido su alma al diablo, pero tal encantamiento no durará siempre... ¡habrá un momento!...; y en la provocada pausa del relato --con el prolongado suspense de los ojos muy abiertos de la monja-- nos mirábamos de reojo, con ese temor del candor de la inocencia, mirándonos unos a otros en el silencio expectante del grupo de niños ya cohibidos, sólo roto por la templada voz de nuestra cronista, sor Virtudes, que a continuación refería el final de la magia todavía conjurada en aquella torre:... este hechizo perdurará hasta que la mano del arco exterior se alargue hacia abajo y coja la llave; en cuyo instante todo el edificio se desplomará.

El trágico final de la predicción resonaba repetidamente en mi cabeza mientras atravesaba con aprensión el singular espacio de la puerta. El mismo recorrido en zig-zag era ya extraño, como raros eran los sonidos de los ecos que reverberaban trémulos en el silencio expectante de sus bóvedas. Sólo se oía el ruido que hacían nuestras pisadas y el murmullo del recelo que exhalaban las respiraciones, aligerando el paso, intentando traspasar sus arcos y bóvedas cuanto antes, sin olvidar el final de la leyenda --quién me podía asegurar que aquel no fuera el momento en que mano y llave se juntaran--. Temor agravado por la desorientación espacial que experimentaba en el interior de la torre, pues al contrario de las puertas conocidas en ésta el tránsito no es directo sino que se concibe como un itinerario defensivo --en ese-- a través de varios ámbitos que se comunicaban entre sí y que aparecían como esculpidos en la piedra; alargando en nuestro inquieto ánimo el recorrido,  respirando ese aire denso y pesado, con olor a humedad atrapada en la piedra a lo largo del tiempo.

Aire denso y humedad penetrante que acentuaba la pesadez de la masa que gravitaba sobre nuestras cabezas, oprimiéndonos con el peso de la historia o con el posible derrumbe vaticinado de la leyenda; en los temores que se iban alejando conforme nos aproximábamos a la luz vaporosa del final del túnel donde nos recibía abierta, ancha y diversa la plaza de los Aljibes, punto de encuentro y de acceso a todos los baluartes y palacios nazaríes: ¡Al fin al aire libre!, a salvo de cualquier contingencia de encantos y hechizos de la fortaleza, tan influenciables en nuestras tiernas mentes, y que, ya en la amplia explanada alta, eran una explosión de imaginación en los juegos, correteando entre los jardines en busca de tesoros escondidos; arremolinándolos en la oxidada verja de hierro que cerraba un oscuro pasadizo, cerca de la misma torre, fabulando mazmorras en su interior de las que profesábamos que aún quedaban prisioneros cristianos a los que poder salvar; creyéndonos, en el juego de subir a la torre de la Vela, uno más de aquellos guerreros castellanos, visionándonos con amplios ropajes y capas al viento, conquistar lo más alto de aquel punto estratégico en el que clavar la bandera de los reyes cristianos.

Aventuras de leyendas y cuentos de ciudades encantadas que aparcábamos por momentos a la hora de reponer fuerzas a la sombra de la arboleda del jardín junto al palacio de Carlos Quinto. Me veo sentado, junto con los otros niños, en el poyete del muro que contenía el cuidado jardín enfrentado al edificio cristiano. Lo de cristiano nos lo había remarcado nuestra guía sor Virtudes, la que aprovechaba los primeros minutos antes de que empezáramos a dar cuenta de la comida llevada para la excursión, para encasquetarnos la más exagerada glosa de tan ilustre personaje histórico: Estamos ante el palacio de Carlos Quinto, obra del renacimiento que enseñorea su perfecta geometría: cuadrado y círculo, símbolos visibles del poder real y tarjeta de presentación del nuevo rey: el emperador cristiano que se intitula descendiente de los césares romanos y restaurador del Sacro Imperio Romano Germánico..., y de las Indias, Islas Y Tierras Firmes de la mar Oceana...; disertación a la que prestábamos poca atención ya que el hambre azuzaba, más pendientes nuestros cuerpos de los vacíos estómagos que del intelecto; lo que hacía abstraernos del regio personaje con tan nobles linajes y del encanto de las trazas de la palaciega morada que nunca habitó, mirando a las bolsas de pic-nic que guardaban la sobria comida, hasta que pudimos abordarlas una vez la monja se hubo quedado sin argumentario histórico. Rememoro aquellos días especiales.

Percibo claro en el recuerdo el ambiente festivo de una jornada especial, ilusionante; de alegría desbordada en inocentes risas de chaveas afortunados, contentos; acentuando en las miradas el brillo de las joviales caras que competían con el lustre de la ropa festiva que vestíamos ufanos: niños limpios, repeinados como en día de domingo, con sus camisas blancas, pantalones cortos y zapatos nuevos, en una estampa familiar de numerosa prole coronando el murete de piedra --sentados muy juntos-- con la enorme servilleta cubriéndonos el pecho para no mancharnos; y las monjas de tocas aladas --con delantales y manguitos blancos destacando inmaculados sobre el fondo oscuro de sus hábitos-- afanadas en repartir las viandas frías en bolsas de recio papel que se habían impregnado del olor a pan, a tortilla de patatas, a fiambres y a naranja; y que, a continuación, degustamos con fruición, con satisfacción, con ansiedad, deseosos de terminar el frugal almuerzo que nos permitía, después, vagar libremente por el recinto hasta la explanada baja, mientras hacíamos tiempo para visitar a la tarde los palacios nazaríes.

En el centro de la explanada baja todavía existe el kiosco que resguarda la boca del pozo de los aljibes del agua más limpia y fresquita que jamás habíamos probado y que atesora el subsuelo de la planicie --una plaza en esa época del año en constante ebullición-- sobre la que transitábamos los visitantes para refrescarnos, en un bullicio que es ahora un grato recuerdo de excursión de primavera.
- Vamos a pedir agua a la casita del pozo. ¡Os venís!
- ¡Vamos! 
Y allí nos dirigíamos, después de comer atravesando al final de la pendiente que salvaba ambas explanadas la puerta del Vino, que daba a la plaza terrera que separaba las toscas fortificaciones militares de los exquisitos palacios.
- Señor, me da un vaso de agua, ¡por favor! 
Pretendiendo hacernos oír entre aquella marabunta de visitantes que habían tomado todos los flancos del kiosco.

Y ahora estábamos varios de nosotros intentando tragar sin pausa --casi sin respirar-- el primero de los tres enormes vasos del agua más fría que hasta entonces habíamos bebido, y cuya gesta nos daba opción al ansiado premio --una "Mirinda" de naranja-- publicitado en el cartel-reclamo colgado en alto al interior del kiosco. Como aquello era misión difícil, salvo aceptada disposición a irritar nuestro joven sistema digestivo por exceso de agua gélida, algunos quisimos hacer trampa, vertiendo el cristalino líquido del segundo vaso en la jardinera que se ubicaba al pie del mostrador, para hacerlo después también con el tercero, sin llegar a conseguir nuestro tramposo objetivo pues cada vez que lo intentábamos éramos descubiertos por el promotor del premio: el kiosquero que mostraba muchas tablas en su oficio; al contrario que nosotros que sólo derrochábamos inocencia y carencia de recompensas.

Al fin a media tarde vivíamos ya inmersos en la fantasía constructiva del edificio (el cuarto Dorado, el patio de la Alberca con la torre de Comares, los Baños...) y el ensueño de los cuentos orientales que se relataban de sus estancias, cuando ocupando los cuatro rincones muy separados de una de las salas más bellas del patio de los Leones --la que mostraba un infinito cielo de mocárabes-- escuchábamos nítidamente --por la afinada reverberación del eco en el techo-- los secretos que expresábamos en voz baja --de cara al ángulo de la unión de sus paredes-- y que misteriosamente podían ser escuchados por los otros en un imparable juego por saber los deseos de los demás; pasando de los ensueños a las más trágicas leyendas, como la que era compendio de todas las leyendas negras de aquella regia fortaleza: la terrible tragedia que ocurrió en otras de las salas del patio, próxima a la sala de los Secretos, y en la que nos habíamos congregado alrededor de la monja guía, para observar las losas de mármol blanco teñidas de un color ocre, que sor Virtudes, con narración en clave de traiciones e intrigas palaciegas --señalándolas-- aludía a la huella de sangre impresa de por vida en la piedra por la decapitación en el lugar de la larga familia de notable linaje de los Abencerrajes, al atreverse a disputar el poder a la dinastía reinante.

Aquello avivaba nuestra visión de los juegos de batallas y guerras que, después, trasladábamos desbordados de imaginación en las llamadas a rebato entre moros y cristianos que escenificábamos en el patio del orfanato, deseando ser sus reyes y príncipes sobre el resto de los compañeros; deseo que sólo conseguíamos cuando nos elegían como primeros actores de las comedias en las que por magia del disfraz y de la representación teatral podíamos pasar en un soplo de simple interno a todo un príncipe encantado. Aquel influenciable estado de sugestión , sugirió a nuestras dúctiles mentes el origen de extrañas leyendas: una de ellas es la que se había propagado por todo el orfanato sobre sor maría Begoña --la monja más querida y llorada cuando se marchó del centro benéfico-- sobre su escondida personalidad real: se decía que era una antigua princesa cautiva cristiana que había sido liberada poco antes de hacerse religiosa. No reparábamos que hacía casi cinco siglos que ya no existía el reino musulmán de Granada. Un detalle nimio, sin importancia para tan desbordada imaginación que entrelazaba sin problemas de edad el pasado con el presente. A veces nos quedábamos mirándola a ver si descubríamos alguna posible huella de su cautiverio.

Ya de muy pequeños algunos destacábamos en el arte dramático. A la izquierda en un acto de comedia, declamo mi desdicha de Príncipe Encantado a quién me da la réplica, un niño lugareño perdido en el bosque plagado de luciérnagas que se esconden entre las flores
  
A últimas horas de la tarde enfilábamos la salida por la misma puerta que, a la entrada, nos produjera ese desasosiego en el infausto final de la fortaleza escrito en la leyenda, agravado ahora con las cacofonías que al parecer sólo oía sor Virtudes, intentando que imaginariamente las percibiéramos nosotros, como si hubiesen quedado adheridas a la textura de las piedras, como adormecidas resonancias de antiguos moradores y sus caballerías; imaginando, en la intención misteriosa de las palabras de la monja guía, arrogantes estampas de altivos guerreros moros, ataviados con toda la parafernalia de guerra, saliendo de la fortaleza para la batalla contra los invasores cristianos, cabalgando aderezados corceles de pura raza, que atravesaban la puerta al ritmo lento y pausado del ruido de los cascos contra el suelo, resonando metálicos al igual que el golpeo en el combate de sus alfanjes. Batallas que por supuesto, para satisfacción de la propia cronista, ganaban siempre las huestes cristianas.

Las mismas huestes que una vez conquistada la ciudad la habían llenado de cruces. Una de ellas, la colocada al final de la pronunciada rampa terrosa de descenso desde la puerta de la Justicia hasta la puerta de las Granadas para alcanzar ya la urbe, era un hito de la infancia en la bajada de la Alhambra hacia la ciudad por plaza Nueva, dónde montábamos en el autobús de vuelta:
- ¡A ver quién llega antes a la cruz!
- ¡Allá voy!...¡¡¡Aaaaaahhhhhhh...!!!
Y me viene a la memoria aquellos ecos lejanos de infancia, algarabía de chiquillos, descolgándonos a grito suelto desde la altura de la rampa con los brazos en cruz para así mantener mejor el equilibrio, en loca carrera, con el trepidar de pasos resonando sin control sobre la tierra; cada vez más fuertes; cada vez más rápidos; cada vez más cerca hasta la brusca frenada, y así poder leer la leyenda grabada en la base de piedra de la cruz: "Esta + mando hazer Leandro de Palencia artillero del Alhambra en reverencia del que fue nro. Redenptor. Acabose año del Señor de 1599".

A media tarde, en mi última visita, el sol se proyectaba a plomo hacia nuestras cabezas intentando atravesar la espesura verde de los árboles bajo los que nos protegíamos mi mujer y yo, en el interior del recinto regio. A última hora de ésta, cuando se atenuó la solana, lo dejamos por su puerta más celebrada --la de la Justicia--; tan celebrada que mi mujer comprobando en propias carnes el frescor natural que resguardaba tan recias paredes, al atravesarla, se negó rotundamente a abandonar vientre tan benefactor, para refrescarse durante un tiempo; el que aproveché para robarle su belleza de colores que refulgían brillantes en aquel momento inigualable de luz que se desparramaba --generosa-- sobre la torre, acentuando la penumbra que en el retranqueo marcaban las puertas. Un trozo de papel y unos pocos lápices de ceras que siempre llevo conmigo era suficiente. 

Sobre un leve esbozo de dibujo en trazos rápidos y decididos de colores aplicados directamente sobre el papel iba captando los instantes en los que la luz modela los matices de un objeto dotándoles de vida propia; y mientras los captaba vino a mi mente la leyenda que de los signos escritos en sus muros nos contaban en aquellas excursiones de nuestra infancia, y que relacionaba la mano esculpida en la clave del arco de entrada con la llave cincelada en el dintel del portal, a través de un mágico y fatal encantamiento que podía acabar con el derrumbe del edificio, lo que mis conocimientos de construcción constataban improbable después de comprobar la sobredimensionada estructura de muros y bóvedas de la puerta al atravesarla... pero ¡ojo! en esto de los encantamientos nunca se sabe... ¿y si acaso era aquel el momento en el que la mano se moviera hacia la llave con Teresa dentro de las entrañas de la torre y yo sin tiempo a reaccionar? 

Terminé rápidamente el dibujo y la extraje con prisas de la inseguridad del encantamiento; y en la salvaguarda del camino de tierra arbolado, nos encaminamos ladera abajo hasta llegar a plaza Nueva donde descubrimos el misterio de la desaparición de la ingente tropa de foráneos que durante la mañana habían visitado la Alhambra: todas sus numerosas terrazas estaban plagadas de "guiris" que en insistente clamor --con indisimulada euforia en las exclamaciones-- daban cumplida cuenta de la mitad de la producción de cerveza de la región.

De momento he aplazado a un tiempo más favorable cualquier otra visita a los recuerdos mágicos de la infancia.


FranciscoMolinaGómez 



miércoles, 1 de junio de 2016

OTRA MIRADA: ASIMILACIÓN Y CONTEMPORANEIDAD















En la visita turística a Brujas --en la Bélgica flamenca-- me sorprendió, a la vista de lo que allí estaba sucediendo, que los guías turísticos no se apartaran de su ruta; de sus repetidos y consabidos comentarios sobre la historia del sitio, aprendida a base de repetir lo mismo un día y otro; de su numantina resistencia al mal tiempo, clavados en el suelo protegidos con paraguas al aire libre, aunque al respetable nos cayeran chuzos de punta, hablando sin parar, señalando aquí y allá, sin tiempo a asimilar tanta información o desinformación porque del importante acontecimiento: nada de nada; posiblemente me había equivocado de excursión; y entonces viví aquella jornada desdoblándome en dos: el turista convencional que no quiere quedar descolgado de las personas que le acompañan, y el otro al que siempre le habían sobrepasado los acontecimientos; ese ser que, como comprobaba en aquel momento, continuaba desubicado en los eternos puntos de encuentro, como era ahora aquel; el que siempre había llegado tarde a las salidas y casi nunca a las llegadas, y que la realidad le mostraba una vez más que seguía siendo frecuente usuario de lentos trenes cuyos viajes a ninguna parte siempre le habían enseñado a ser sólo un espectador del tiempo, pero con una diferencia ahora: al menos podía percibir la existencia de esas nuevas realidades, las que descubrían aquellas otras miradas.







Habíamos programado el viaje casi con medio año de antelación. Era la primera vez que salía al extranjero --como antes siempre se decía-- y estaba expectante. Sabía, por lo que pude leer, que era aquel un territorio siempre disputado entre valones y flamencos; influencias de arraigados e históricos países que habían dejado su impronta en parte distinta de la población según se ubicara ésta al norte --habla neerlandesa--, o al sur --habla francesa--, en un país --Bélgica-- de muy reciente formación --siglo XIX-- que ya nació dividido en dos, por no hablar de otra minoría de habla germana. Pero ¡hete aquí la maravilla!, resulta que entre unos y otros, casi en su centro, existe Bruselas, tierra de todos y de nadie a la vez; crisol de culturas, actuando como adhesivo, como pegamento de toda la nación. Y allí me dirigí --junto con mi mujer y otros dos familiares-- en mi primera salida del territorio nacional. ¿Cómo era posible que a la edad de sesenta y tres años no hubiera viajado fuera de España? Tiene una explicación pero no viene al caso.

La capital de Europa nos recibió con cielo cubierto de un tono color ceniza, apagado, sin brillo, amenazante: Señoras y señores dentro de unos minutos aterrizaremos en el aeropuerto internacional Brussels National; llovizna débilmente y la temperatura es de quince grados, se oyó decir a la comandante de la aeronave de Iberia en la que viajábamos, mientras intentaba gobernar el avión entre las corrientes de aire durante el descenso: Es el tiempo usual de Bruselas aunque estemos en Agosto, le oí decir a uno de los pasajeros próximo a mi asiento. Y con la incómoda sensación de fuerte balanceo de alas buscando el equilibrio, enfilando ya la pista de aterrizaje, la aeronave tomó tierra entre los aplausos del pasaje.

El mismo color de cielo, aunque algo más luminoso gravitaba sobre nuestras cabezas, intentando no influyera negativamente sobre mi estado de ánimo, en Brujas --al noroeste del país en dirección hacia la costa del mar del Norte--, siguiendo a la guía turística española, de visita con mi gente y otros compatriotas en aquella ciudad el cuarto día de estancia en el país: Si vais a Bélgica no dejéis de ver Brujas, nos habían recomendado amigos y conocidos, aunque eran más vehementes las fotografías en la propaganda de los folletos de publicidad de la agencia de viajes, o en los de la información de sitios de interés por parte del hotel donde nos hospedamos en el centro de la capital, y en definitiva el de otros agentes que se prodigaron a nuestra información; sin que ahora ya pudiéramos sustraernos a la contratación de una excursión hasta lo que el librito editado sobre aquellos lugares que me había regalado mi hija Miriam denominaba, hablando de Brujas, ciudad medieval muy bien conservada, con calles sinuosas, canales pintorescos, y bellos edificios...; y de cuya historia, cultura, y gastronomía me había empapado los días anteriores a mi partida.

Creía que sería una visita más a una ciudad vieja donde sólo hablaran las piedras carcomidas por la humedad de los canales, pero para mi sorpresa no era una ciudad muerta sino viva; pude comprobar en un primer contacto que de la asimilación se había pasado a la contemporaneidad: toda la ciudad antigua era ahora una oportunidad de desafío y reflexión sobre el futuro y el potencial de estas ciudades --como era el caso-- que han conservado sus trazas y sus edificios como si se hubiesen congelado en el tiempo; sobre su urbanización ahora en el siglo veintiuno; su ciudadanía, lo que supone vivir y convivir en tan especial lugar; su economía; su energía; el espacio y su singular sonido..., esos valores que nos deben seguir concitando en estos tiempos. La ciudad entera se hallaba sumergida en un acontecimiento a todas luces muy importante para entenderla, para comprender desde la sensibilidad del colonizador que todos llevamos dentro y de la mano y obra de artistas y pensadores contemporáneos refutados que todavía se siguen preguntando: ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?... siguiendo la tradición desde los comienzos de la cultura humana --Antigüedad clásica-- en la que filósofos, poetas, artistas, científicos y políticos, hasta nuestros días han teorizado sobre la organización y la planificación de las ciudades y sus comunidades; un sugestivo evento:" La Triennale Brugge 2015" (Trienal de Arte Contemporáneo y Arquitectura de Brujas 2015), que nos desafiaba:
"Aventúrese a recorrer las calles y los
canales, deje que fluya su imaginación y
descubra la ciudad de Brujas como nunca
antes la había experimentado".


Fue en el patio ajardinado del Beaterio de Brujas, en el inicio de la visita turística ante la extraña visión de aquellas casitas de madera colgadas en los altos árboles que poblaban el centro del recogido ámbito cercado por las casas bajas que eran las viviendas de sus moradoras --mujeres que ante la incertidumbre de la vuelta de sus maridos de las Cruzadas, según relataba la guía turística, se recluían en comunidad para ayudarse mutuamente--, cuando empecé a intuir que allí estaba sucediendo algo; aquella visión futurista podía ser una oportunidad del salto de una ciudad protegida como Brujas a megaciudad, como rezaba en el cartel: "¿Qué ocurriría si los más de cinco millones de personas que visitan la ciudad se quedaran a vivir allí" Aquel escenario ficticio planteaba numerosas oportunidades y desafíos: "¿Puede soportar una pequeña ciudad la dinámica de una ciudad con millones de habitantes?"; en fín: "¿Puede una ciudad humanizada aportar algo a una nueva urbanidad?". Este último era el punto de partida de los artistas internacionales invitados, a lo largo de ese año 2015, a participar en el programa del evento, de sus nuevas obras que se exponían en un recorrido artístico por el centro de Brujas --según pude comprobar-- con las que querían mostrar el concepto de ciudad --en visiones, sueños e imágenes reales-- como un ser vivo, en crecimiento y evolución.


Cabañas instaladas por el artista Tadashi Kawamata en el Beaterio. La instalación había sido construida en colaboración con la escuela de Artes de brujas


Los alumnos de Arquitectura y Diseño locales habían diseñado cabañas en los árboles. Sus maquetas expuestas en la iglesia del Beaterio iban en consonancia con la propuesta del artista Tadashi Kawamata. La participación de la comunidad local suponía una parte importante de la obra e intención del artista


Como algunos nos quedáramos mirando con sorpresa y curiosidad los refugios que chapoteaban de color ocre en el intenso follaje verde de los grandes ejemplares de árboles que les servían de soporte, intermedió la guía turística forzada por nuestro asombro: No piensen ustedes que esas casitas de madera eran los escondrijos donde las mujeres de la comunidad se retiraban a meditar o donde escondían a sus amantes. No, la explicación de ese montajes es... y contó de pasada, sin profundizar, estimando que no fuera de nuestro interés lo que yo ya intuía como gran acontecimiento para aquel lugar.

Mensajes que de forma subliminal, sin advertirlo entonces, ya habían formado parte de mi vida. Entonces descubrí que todo aquello había estado siempre ahí, oculto: ¿Quién no ha soñado con hacerse un refugio, aunque fuera temporal, en un buen ejemplar de algún árbol?, o simplemente acomodarse por un tiempo, o quizás para siempre en unas acomodadas horcaduras de ramas de ese mismo ejemplar o parecido donde arraigar sin peligro de caer al vacío; yo sí... y así cierta noche de insomnio infantil, cuando el desánimo de niño encerrado me hacía aflorar lágrimas de libertad, escapé con la imaginación  --único bien que no me podían quitar-- como deseado viaje astral fluyendo desde mi cama --una entre cien del alargado dormitorio del orfanato-- sin encontrar obstáculos, traspasando mi ectoplasma en su recorrido la sólida carpintería del balcón, hacia el patio sobrevolándolo a vista de pájaro, siguiendo la cuadratura de las tapias que lo cercaban, en un viaje de reconocimiento: los pequeños huertos adosados a ellas, el pilarito del que manaba agua constantemente, las letrinas, los jardines... hasta posarme en la parte más alta de un enorme ejemplar de morera que llegado el buen tiempo siempre lucía esplendoroso de hojas en el jardín del cuadrante de atrás, las que me servirían de camuflaje de lo que quería fuera, libre de los muros de los pabellones, a partir de aquel momento: mi refugio desde el que observar escondido los acontecimientos de mi vida que antes vivía desprotegido a ras de suelo, estando ahora a salvaguarda en la altura de mi privilegiada atalaya, deseando que allí transcurriera lo que quedaba de mi infancia, después la pubertad seguida de la adolescencia hasta dios sabe cuándo; emboscado en la altura, sin abandonar nunca esa distancia necesaria que me permitiría estar dentro y fuera de las cosas al mismo tiempo; lo que me llevó a vivir sólo de noche cuando mi flujo existencial y con él mi imaginación , se escapaba hacia hacia el gran árbol, al que llegado el otoño no se le caían ya las hojas, y que durante todo el año permanecía preñado de dulces moras blancas con las que me alimentaba. Visiones que duraron algún tiempo hasta que, seguramente, me bajaron violentamente de allí a tenor de lo que viví después.


Desde aquel momento perdí bastante interés en los redundantes comentarios sobre el anecdotario turístico de estilos de iglesias, edificios civiles, y sobre la vida de los personajes históricos vinculados a aquel territorio desde siglos atrás, en favor del rastro del evento contemporáneo quedando varias veces descolgado del grupo de atentos visitantes que solo miraban hacia donde le señalaban y solo oían lo que sus oídos querían escuchar: Estamos viendo la parte exterior del ábside de la iglesia de Nuestra Señora, gran iglesia medieval de estilo gótico que data principalmente del siglo trece al quince. Al fondo se eleva su torre que con sus ciento veintidós metros de altura es la estructura más alta de la ciudad y la segunda torre de ladrillo más alta del mundo...; luego la guía se enredó sobre la cantidad ingente de ladrillos empleados hasta coronar la torre con una aguja de más de cincuenta metros también de ladrillo ... y no sé cuántas cosas más hasta acabar retando al grupo de visitantes --ajenos al evento cultural que se mostraba a su alrededor-- sobre la edad de un puentecito que unía en aquel lugar las dos orillas de un tramo estrecho de un canal: ¿Qué antigüedad creéis que tiene este puente? Se dijeron varias épocas, todas antiguas, entre divagaciones del grupo, ante la constatación de sus acabados en piedra similar a otros puentes existentes en el entorno: Pues no ha acertado ninguno de ustedes; es de reciente construcción ya que como ciudad patrimonio de la humanidad... Oía de lejos toda aquella disertación --sin entender porqué se tiene que falsear la época presente-- pues me había quedado retrasado ante otro de los hitos del itinerario artístico que se exponía en la trasera de esta iglesia: una maqueta lineal a lo largo de algunos metros con una rara ciudad moldeada con arcilla blanca...; ¡qué extraño!..., bueno no tanto pues según la reseña de la información era aquella una reflexión sobre la ciudad en movimiento.

Por poco que aquella guía se hubiese informado del evento hubiera venido en conocimiento que meses atrás y durante algún tiempo los residentes de los distintos barrios habían trabajado en estrategias de su entorno; la ciudad como proyecto, como estrategia --cada una de las mesas representaba un lugar visitado por la caravana cultural dirigida por el artista Jonas Vansteenkisten---; la ciudad moldeable entre los dedos de sus habitantes --la arcilla simbolizaba la moldeabilidad de la ciudad, en cuánto los transeúntes podían darle forma con el agua que recibían--. En las mesas y durante bastantes días se dieron conversaciones, se expresaron deseos y se fomentaron debates, además de moldear las formas con el barro. Lo que estaba observando era el resultado de un proyecto artístico comunitario para pensar sobre la ciudad y su pasado, presente y futuro.




La gran maqueta urbana, resultante de la unión de las maquetas parciales de cada barrio era una instalación que indagaba en la ciudad desde la perspectiva de sus habitantes


Aquel ejercicio expuesto, a mucha menor escala en el espacio y en el tiempo, no era muy distinto del de la propia ciudad de Brujas, moldeada por manos anónimas a lo largo de los siglos. Y viendo que de la arcilla esparcida, como masa informe, había surgido lo tangible: bordes, recintos, espacios, volúmenes y formas; atisbaba en ella indicios de creación: En el principio todo era oscuridad; después fue la luz. Así en poco tiempo había allí proyectada con cierto orden urbano de medidas y proporciones toda una pequeña ciudad. Aquello me recordaba mi propia obsesión.

Obsesión que, una vez apeado del árbol y ya en tierra de por vida, me persiguió durante muchos años; una persistente fijación que adquiriera de pequeñito cuando fabulaba construcciones amasando barro en aquel patio cerrado al mundo, del que por instantes no tenía otra consciencia que no fuera la realidad de la propia argamasa blanda de color ocre oscuro que, al apretarla, se me escurría por entre los dedos; fascinado por poder domeñar la mezcla, no comprendiendo porqué me castigaban cuando el exceso de barro se adhería de forma pertinaz en aquellas pobres ropas de niño huérfano; porqué reprendían aquellos impulsos irreprimibles. Quizás fueran merecidos por mi torpeza con el barro, por los oscuros churretes que ensuciando la camisa y el pantalón escurrían por la pierna sin que apenas me apercibiera, atareado en conseguir la forma deseada..., impaciente porque pasara la noche, en duermevela, para comprobar al día siguiente si se había materializado o no lo que mi mente fabulara..., comprobando a renglón seguido, visiblemente frustrado, la insatisfacción del que persigue algo que no entiende muy bien que es; absorto sólo en su creatividad; sin maestros; sin referentes; sólo la compulsión de seguir intentando moldear los visiones; los sueños; de perseguir una idea obsesiva: la de obtener la esencia de aquel barro.

Lo que más agradecí una vez inmerso sin remisión --de aquí para allá-- en la vorágine continuada de secuencias rápidas, sin apenas poder de asimilación, de los ambientes urbanos novedosos, así como de la excesiva acumulación de cifras, datos, fechas, personajes históricos... y qué sé yo cuántas cosas más de interés del lugar, en las que me habían sumergido, irremisiblemente desde que bajé del autobús, las explicaciones de la guía; las que, por lo que demostraba de pertinente y tenaz aquella, creía que no iban a acabar nunca, fue la prolongada pausa --varias horas-- por la que me --nos-- liberó al final de la visita, sobrepasado el mediodía, para deambular a nuestro libre albedrío por aquellos sugerentes lares, para disfrutar de las sorpresas del descubrimiento por uno mismo de las plazas, de las calles, del ambiente..., y sobre todo reponer fuerzas en un restaurante que orillaba una placeta donde varios pintores exponían sus obras al público transeúnte.

Y en el calor humano de la prolongada sobremesa se nos pasó el tiempo de un plumazo, tanto que ya llegábamos tarde al punto de cita para coger el autobús de vuelta a Bruselas: ¡Vamos, que no cogemos el autobús! Contratiempo que no impidió pararme en la plaza Markt cuando transitábamos rápido al encuentro de los demás excursionistas. Mientras mis acompañantes seguían andando, preocupados por llegar a tiempo al punto de encuentro que nos habían señalado, yo me desvié de mi rumbo, con peligro de quedar descolgado, dirigiéndome al centro de la plaza en donde había descubierto uno más de los hitos del evento: una estructura octogonal con acabado al exterior en cristal de espejo. Artefacto en principio difícil de visualizar de lejos ya que quedaba ópticamente camuflado en aquel ámbito, al reflejar sus múltiples y distintas caras faceteadas de espejos la propia imagen de las fachadas y el cielo de la plaza, con ese efecto liviano que muestran lo que se ha dado en llamar modernamente: arquitecturas invisibles, negando lo masivo del objeto implantado, y que hubiera importunado la vista y el flujo de la plaza. Además era una construcción que incentivara la provocación en la curiosidad y la indiscreción: desde su interior se podía observar el trasiego de los transeúntes sin ser descubiertos por éstos. Un regalo a una experimentación urbana singular: la de los espacios que se pueden habitar dentro de un objeto que parece querer negar su propia existencia; algo muy sutil: aparentar que no se está; y la que disfruté por corto tiempo pues la cita con mis acompañantes apremiaba. ¡Qué rabia!



Plaza Markt. Los transeúntes nos acercamos, inspeccionamos curiosos, y rodeamos asombrados el artefacto artístico. La curiosidad nos lleva a indagar de forma inconsciente sobre los límites del objeto que parecen difuminarse en el escenario urbano --¿dónde comienza y dónde termina la pieza artística?-- creando en nuestras retinas una incertidumbre entre la realidad y la ficción

Ese fue el siguiente paso. Intentar domeñar el barro para hacernos invisibles. Nuestro propósito cuando varios compañeros del orfanato conseguimos hacer una choza adosada a las tapias del patio --toda ella recubierta de barro-- donde camuflarnos escapando del castigo irracional a que siempre nos avocaba aquella disciplina exagerada, injusta y desproporcionada. Apretujados unos contra otros la tarde gris, chispeante de lluvia, en la que la inauguramos, seguramente nos andaban buscando. En el interior del rudo y angosto espacio podíamos observar sin ser vistos. Con el miedo a ser descubiertos sentíamos como propios el latido de los otros y confundíamos como nuestras las respiraciones de los compañeros, con un resoplar fuerte que se imponía sobre los escasos sonidos de fondo del interior del pabellón donde los internos habían formado en castigo, y de los que sobresalía intermitentemente los gritos amenazantes de la monja --sor Isaura-- a la que habíamos despojado de la "i" mayúscula de su nombre, y ahora era sor Saúra, con acento en la "u".
Aguzamos el oído... revuelos de algo... jaleos. Luego vimos saltar al Enterao por una ventana del piso primero, cayendo de pie, como un felino, al patio; escapando después a esconderse en los jardines del cuadrante de atrás. Hasta aquí todo normal si no fuera por la siguiente e inmediata secuencia que visualizaron nuestros asombrados ojos, sin creer lo que estaban viendo: con los hábitos abriéndose en el aire, cual efecto paracaídas, sor Isaura aterrizó sana y salva en el suelo del patio procedente de la misma ventana desde la que se arrojó el Enterao. Se quedó mirando a lo lejos en un breve tiempo --que a nosotros se nos hizo eterno-- aquella protuberancia de barro de la tapia, intentando en su inconsciente fotográfico del lugar procesar tal extrañeza a pesar de la llovizna; luego dio media vuelta y entró en el sótano por la pequeña puerta que daba al patio en busca del Enterao: ¡¡¡Uuuuffff, menos mal!!!, suspiramos todos aliviados. Pocos días después demolieron sin contemplación aquella posibilidad de escapar momentáneamente del oprobio, anulando la posibilidad de mimetizarnos por unos instantes con el terreno para no ser descubiertos. No recuerdo como acabó todo aquello para nosotros, los escondidos, pero me lo puedo imaginar. A toro pasado, después de tantos años, constato ahora que también yo he pasado de la asimilación del pasado a la contemporaneidad de un futuro en libertad. 

Arrecié el paso, en primer tiempo de inicio de carrera, a fin de encontrarme con mis acompañantes, los que se habían alejado bastante; preguntando, como pude, a unos y otros viandantes que me indicaran en un plano básico de situación que les mostraba, la orientación de la denominada popularmente como plaza de las Bicicletas; lugar que se nos había señalado por la guía como punto de encuentro. Cuando hube alcanzado a Teresa, algo rezagada de los otros, muy cerca ya de la plaza buscada, al tiempo no pude dejar de interesarme por una sugestiva composición de madera y vidrio --ensamblaje de viejas ventanas en una clara apuesta de arte povera-- configurando al exterior una sugerente forma de arquitectura que partiendo de una ancha base se estilizaba conforme se alzaba apuntando al cielo, y que parecía dialogar con la arquitectura gótica que le servía de fondo --la catedral de san Salvador-- en referencia a la desmaterialización de la masa en favor de la luz que en el edificio antiguo inundaba el espacio interior de la iglesia a través de las amplias vidrieras y en el artefacto, visitable por dentro, colándose por entre los cristales. La interrelación de ambos en su proximidad me pareció una acertada sintaxis de relación entre los nuevos retos y el testimonio del pasado. Por fin llegamos al punto indicado, a tiempo de marchar a Bruselas. Entonces supe el porqué del nombre de la plaza. Este lo había tomado por las gentes del lugar de una extraña escultura de ciclistas, junto a otras, en el interior de una enorme fuente que las bañaban raramente, con diversos juegos de agua, en una apuesta artística inclasificable.


Frente a la fachada de la catedral de san Salvador, se expone la obra del artista chino Song Dong. Esta escultura --hecha con ventanas de viviendas chinas demolidas que evocan a la vez historias y recuerdos del pasado, del presente y del futuro de la ciudad-- expresa, según la reseña artística, la tensión  entre el irrefrenable crecimiento de la megalópolis y el tratamiento de legado de la naturaleza.


Brujas como laboratorio urbano, una ciudad que ha respetado el legado de su pasado, pero que apuesta en su reflexión por lo contemporáneo: adaptar aquel patrimonio a las nuevas vivencias y necesidades de sus habitantes; las del siglo veintiuno.

Bruselas, la Grand Place. En el centro el autor del blog y Teresa; en los extremos Quiqui y Laura. A estos últimos daros las gracias por la exquisita atención que nos dispensasteis en Bruselas; tu ciudad --Quiqui-- de acogimiento desde temprana edad 



FranciscoMolinaGómez
(En tan poco tiempo solo pude descubrir la punta del iceberg de aquel evento cultural urbano, a la luz de lo que después, espoleado por la curiosidad y la información, hube visualizado en Internet. De toda aquella vasta documentación que literalmente devoré, me llamó poderosamente la atención, por compartir su reflexión como arquitecto especialista en urbanismo, la obra del artista Romy Achituv que recreaba sobre las aguas de uno de los canales  una tormenta artificial de agua como metáfora del bullicio que antaño --Edad Media-- imperara en estas vías húmedas de comunicación para la riqueza y el desarrollo entonces de Brujas, en contraposición a lo que hoy se han convertido: "Hoy los canales --arguye el artista-- son testigos silenciosos de aquel período de prosperidad económica y artística. En la actualidad transportan solamente una oleada interminable de turistas que se comen con los ojos el patrimonio cultural de la ciudad. A menudo parecen fascinados por el aspecto atemporal y congelado de Brujas. Pero encerrándose en su imagen histórica, la ciudad entorpece su desarrollo y su transformación natural". Sabia vuelta a la vieja constatación arqueológica de la superposición histórica de las civilizaciones)