domingo, 8 de octubre de 2017

A LOS QUE HERÍA EL POP










En el salón de estar de mi casa The Beatles --clásicos del siglo XX-- acompañan a los clásicos de todos los tiempos, los grandes maestros de la música: Beethoven, Mozart, Bach, Schuman, Brahms, Mendelson, Wagner, Chopin, Tchaikovsky... Mi particular homenaje a los chicos de Liverpool


































Desde la azotea el operador encendió su cámara, se asomó al borde, y empezó a grabar. Abajo, en la neblina, la calle bullía en los ecos apagados de su actividad cotidiana y en los más ostensibles del tráfico rodado y de los viandantes que la transitaban; sonidos habituales que marcaban la pausa cotidiana de aquella mañana --como otra cualquiera de un día laborable--, cuando súbitamente todo el ámbito se agitó en la vibración fuerte y al unísono de las cuerdas metálicas; sobrevolando con sonidos pop-rock sobre el gélido murmullo de aquel día gris de enero londinense y después el cielo, todo, bramó al ritmo de guitarras eléctricas y redobles de percusión… luego sus inconfundibles voces se esparcieron por la tranquila calle de los sastres --Saville Row-- y la vida se relentizó… ¡¡¡eran ellos!!!: John, Paul, George y Ringo… pero ¿donde?... se pregunta la atractiva joven de abrigo rojo, contenida en su marcha y en su sorpresa, mirando hacia arriba… a la que parece contestar en su desconcierto un caballero, algo menos joven, de aspecto más informal, señalando con el dedo de la mano extendida hacia el terrado del número tres --sede de Apple Records--…: ¡Es allí!, ¡es allí!...
En las tomas se aprecia mucho revuelo en la calle: la gente se arremolina parada en la acera, agrupadas en corrillos donde algunos apuntan hacia la terraza del edificio, intentando todos descifrar la reconocible música que les llega ahogada por el intermitente ruido de los claxons de los coches que circulan ajenos a la curiosidad de los transeúntes…
El operador enfoca su equipo a las fachadas de los edificios próximos y va recorriendo las innumerables ventanas, cerradas al frío, tras cuyos cristales se van dibujando imprecisas las figuras de los costureros y costureras; que fisgonean extrañados --haciendo una pausa en su actividad con el paño inglés--, el ambiente de la calle, no ajenos a lo que sucede, también, en la cubierta del edificio, enfrente…
Ahora el afortunado notario gráfico capta en planos generales el final acordado por los cuatro, el broche a lo beatle, a su particular manera --en una idea original compartida de un improvisado concierto en directo en sitio tan singular-- de la experiencia más trepidante de cuatro jóvenes de Liverpool que se agruparon para hacer música de su tiempo, por eso no les arredra el frío viento, que, en la altura del tejado, les entumece los músculos y agita sus melenas, herederas de los ya lejanos cabellos con flequillo…
Al realizador le va interesando, también, los planos cortos… es en estas tomas, muy cerca, en forzada postura --a veces casi desde el suelo--, donde los dioses muestran su lado humano y el atrevido ojo inmortaliza el gesto (el bamboleo de Paul, la postura encorvada de George, el cabeceo de Ringo y el desgarro en la voz de John); gestos que son más evidentes en los pequeños detalles; los que capta subliminalmente la cámara con Paul McCarneyt en el ensayo previo del Get Back, en el lapsus en la letra del Dont Let Me Down de John Lenon, en el extraño mutismo de George Harrison durante todo el concierto que rompe en I´ve a Got A Feling, y en el falso comienzo de Ringo en Dig A Pony… guiños que dan pistas de la frescura de aquel instante, que a su vez no deja se ser su canto de cisne… saben que aquello es el final, y no se resisten… solo se divierten…
Las escenas del rodaje se desplazan hacia las azoteas de los edificios vecinos, con imágenes insólitas de entusiastas espectadores que saltan de un terrado a otro… en la más sorprendente un hierático caballero inglés fumando en pipa, con perceptible flema y con toda la parafernalia británica, bombín, paraguas y abrigo, sube lentamente por una escaleras de patés que salva el desnivel de dos cubiertas, hasta aproximarse a otras personas que ya aplauden --algunas subidas a los muretes de las chimeneas-- agradeciendo aquel regalo… ahora podrán decir que ellos estuvieron allí…
¡Sorpresa!, la cámara enfoca a la pequeña puerta de acceso a la azotea, donde inesperadamente han aparecido dos policías, con sus uniformes azul marino, sus peraltados cascos con aparatoso escudo-emblema plateado y sus imperturbables gestos de seriedad de bobys, pidiendo el final del concierto, por denuncia de uno de los laneros: “Esto es una vergüenza absoluta, exijo el fin de este maldito ruido”… y en Inglaterra la ley, ya se sabe…
Y así, tras cuarenta y dos minutos de manifiesto pop, John Lennon --entre risas de los asistentes, excepto los policías-- ponía el epílogo, no sin ironía: “Me gustaría decir gracias en nombre del grupo y espero que hayamos superado la audición”… aunque fuera Ringo Starr el que quedó algo decepcionado de aquel imprevisible final; lo contó algún tiempo después: “Si me decepcionó la policía con algo fue el que no nos arrestaran. Hubiera sido genial terminar el concierto de la azotea con un titular: Beatles acaban concierto en la cárcel”… eran los Beatles… genio y figura…

(Del libro: Curso´63, del Bachiller en los tiempos del pop, del autor del blog)













Fue aquel año de segundo de bachiller, en mil novecientos sesenta y cuatro, cuando Agustín –compañero de orfanato y de estudios-- y yo, nos iniciamos en la búsqueda de los nuevos sonidos que provenían de allende nuestras fronteras, concretamente de la “pérfida albión”, y que alcanzarían su esplendor y ocaso en apenas ocho años –1962/1969-- con el grupo músico vocal The Beatles. La beatelmanía empezaba tímidamente a ser una realidad en España, pese a la animadversión hacia aquella música de la adoctrinada prensa del Movimiento y de la partidista televisión de la dictadura. Aquél grupo ya tenía un fervoroso fans entre los compañeros de curso. Se ubicaba en la primera fila de bancas, al fondo de la clase junto a la única ventana. García Marín era un caso agudo de pasión, rayando en la histeria, por el sonido de los chicos de Liverpool: The Beatles, cuarteto vocal instrumental que se publicitaba con estética Shadows y detalle denominación de origen: abundante cabellera en casco, rematada por flequillo hacia la frente, cubriéndola. Peinado que Marín intentaba imitar descaradamente y a cuya moda se opuso fervientemente nuestro peluquero del orfanato, como si en ello le fuera la vida. El momento beatle era su instante glorioso del día. Repentinamente, poseído por una invisible energía corporal, asociada a rítmicos movimientos de cabeza --como tics nerviosos--, y acompañando al gesto de rasgar unas cuerdas de guitarra --por supuesto eléctrica--, se desgañitaba gritando más que cantando el pegadizo estribillo:¡¡Silaiú yé-yé-yé!!, ¡¡silaiú yé-yé-yé!!, ¡¡silaiú yé-yé-yé!!.., versión libre de la famosa canción de The Beatle: She Loves You. Y así todos los días, de lunes a viernes.

En la búsqueda de la modernidad, Agustín y yo no permanecimos ajenos, por la proximidad con el abducido García Marín, a la vorágine del sonido beat, referencias que seguían proviniendo del otro lado de las bancas, junto a la ventana, donde el chavea del Zaidin-City --García Marín--, había sustituido los ritmos del She Loves You, del curso anterior, por los no menos movidos del Love me Do o los electrificantes del ¡A Hard Day´s Night!, sublimados por la beatelmanía del momento.

El intento de Agustín de imitar al fans de los chicos de Liverpool, se quedaba corto, no sólo en los gestos, sino en la apariencia (los dos lucíamos un esplendoroso casi rapado de cabellera) y sobre todo en la voz (la tenía poco educada para el canto). Mi caso era distinto en cuanto a la voz, ya que la templaza de mis cuerdas vocales fue parte de mi formación como cantor, aunque fuera hasta el hartazgo, en su vertiente de canciones religiosas. Así, en interminables sesiones de ensayos, las celestiales interpretaciones con música de armonio y letra rara –latín--, fueron conformando mi voz y las de los demás niños del coro; la que , por entonces, sonaba nítida en los tiempos de silencios de la misa.

Sentirnos ambos fascinados por los nuevos sonidos y comprobar su inaccesibilidad por lo raído de nuestros bolsillos, eran acontecimientos que transitaban cogidos de la mano: ni una mísera radio que llevarse al oído. Pero todo no estaba perdido. Lo supimos cuando alguien de nuestro entorno de bancas, visiblemente emocionado, nos contaba la experiencia: ¡Macho, que canción el Blaquiblá; es acojonante!. Y además los que la tocan, son españoles...: Sí, la cantan los Bravos, dijo otro que escuchaba...: Me hubiera quedado toda la mañana ahí; pegado a la máquina de discos del bar Zeluán. Ya lo teníamos: bar Zeluán y máquina de discos. Ahora solo faltaba reunir el dinero --dos pesetas con cincuenta céntimos--, que nos daba derecho a la audición y aprovechar un descanso entre clases. Lozano y yo conseguimos reunir en poco tiempo tamaño capital.

Al fondo de la calle de san Juan de Dios de Granada, el Zeluán lucía su pedigrí de bar de copas del barrio, lugar de encuentro de vecinos, a los que la instalación del llamativo y raro aparato musical --una moderna sinfonola--, constituía toda una afrenta por parte de su dueño hacia su varonil clientela, ya que aquel artefacto --cajón con urna de cristal y botones luminosos--, acosado permanentemente por jóvenes, profería tal cantidad de ruido que hacía imposible sus tertulias de muy alto interés, que por lo extenso de las materias a tratar, habían reducido a dos temas solamente: el fútbol y los toros. La verdad es que comentar las jugadas del partido del domingo con semejante coreografía de fondo: la máquina a toda pastilla, con los jóvenes melenudos alrededor retorciéndose entre alaridos y chillidos, era de todo punto intolerable; de ahí las protestas de la clientela hacia el propietario: ¡Que juventud!...: ¡Yo los cogía y los pelaba a rape...¡a todos!...: Esto de la moda yé-yé; no lo entiendo...: Toda la culpa la tiene éste --señalando al cantinero-- que ha puesto aquí esta máquina. ¡Llévatela por ahí!, joder.

Nuestro corte de pelo casi al cero, hizo que en principio pasáramos inadvertidos entre aquella tropa de irredentos devotos del vino peleón de bodegas Espinosa, Espadafor y otras; los que, cual nave enemiga, tenían tomada al abordaje la larga barra repleta de vasos de vino con sus correspondientes tapas y la que cumplía dos misiones claramente reconocibles: como barrera para separar al bodeguero de los parroquianos pesados y la de punto de apoyo cuando éstos, visiblemente inestables, intentaban pasar de la alegría al cante: fase aguda que se cursa con desorientación y cambio del color natural de la cara a rojizo.

Localizar la máquina fue tan fácil como buscar un árbol de navidad encendido en plena oscuridad; ponerla en marcha, tarea de bobos, pero lo que no encontrábamos a pesar de leer y releer varias veces la lista de discos, era el dichoso Blaquiblá. Probamos con lo más parecido, que casualmente también era de Los Bravos, aunque estaba en inglés, algo así como: Black Is Black, y aquello fue la repolla. Quedamos tan subyugados que apenas oímos la protesta de uno de los tertulianos: Ya estamos otra vez con la misma cancioncita. ¡Metérosla por los cojones!

La insuperable introducción de guitarra baja, teclados y batería, sobre los que destacaba el punteo eléctrico de la guitarra solista en un ritmo endiablado de sonidos amplificados por la electrónica y lo que siguió después con la voz metálica de su cantante, nos envolvió de tal manera y con tal fuerza que nos hizo levitar. Repetimos otro día, y otro, y otro…, sin cansarnos nunca. Era el eslabón; aquello que andábamos buscando. Por fin entendíamos el proceso, aunque siempre nos fallaron los recursos. A partir de entonces nada fue igual; la clientela de toda la vida del bar Zeluán, fue desistiendo de su local habitual de manera individualizada y progresiva: según el aguante de cada uno al número de repeticiones del Black Is Black. Desierta la plaza, fue punto de encuentro de jóvenes yeyés.

No pasó mucho tiempo –cuatro años--, cuando sorpresivamente -por inusual en la época--, fue nuestro joven profesor de historia del arte el que consagró definitivamente la música de nuestro tiempo cuando a dos años vista de la disolución de The Beatles y con la beatelmanía aposentada en el panorama musical mundial, refirió cierta influencia en la conjunción de sus voces con algunas composiciones de la música clásica. ¿Una exageración quizás? La enunciación de tal reconocimiento no era lo más importante pues el pop había entrado ya a formar parte de la historia de la música. Lo trascendental e inaudito era que tal aseveración provenía de una persona que representaba a un respetado estamento: el profesorado. Hasta entonces aquel sonido procedente del country y del rhythm & blues americanos a través del rock and roll con el que se identificó una generación nueva; distinta; la nuestra, fue catalogado de subversivo por una sociedad de mayores, con dirigentes anclados en el pasado y que no dudaron en aplicar la temible censura a fin de lograr la tranquilidad institucional académica y el mantenimiento de las buenas costumbres amenazadas por agentes melenudos portando peligrosas armas: sus guitarras eléctricas y sus canciones.

Así es como pensaban la inmensa mayoría del claustro de profesores, mientras entre el alumnado progresaba su adscripción a grupos musico-vocales, a imitación de los chicos de Liverpool. El pop con sus sencillas letras y mensajes directos, que hablaban de amistad, de amor y de paz, nos estimulaba a soñar con un mundo diferente, mejor, aunque fuera solo de una manera subliminal, sin que casi nos apercibiéramos. En todo el país bullía la fiebre de los conjuntos musicales: de un pop a la española, descafeinado, siendo Granada uno de los lugares donde proliferaron estos grupos.

Recuerdo que durante el curso de tercero de bachiller hacía furor una canción de The Beatles, el tema central de su película ¡Help!; single cuya portada con unos Beatles con indumentaria negra y mostrando un extraño lenguaje gestual de movimiento de brazos sobre fondo claro, presidía el escaparate de la tienda de discos que se ubicaba en la calle Zacatín --junto a la plaza Bib-Rambla--, a donde, a falta de referentes, peregrinábamos para estar al día de los últimos lanzamientos musicales. Por primera vez una composición de los Beatles no era patrimonio del chavea del Zaidin-City, sino de todo un colectivo que cantábamos al unísono aprovechando cualquier descanso entre clases. El pop nos había conquistado y no había vuelta atrás. Cualquier momento era bueno para contagiarnos de la frescura musical de los nuevos ritmos y de sus letras: ¡Help!, amigos míos / ¡Help!, venid a mí / ¡Help!, yo ya no puedo más / ¡Heeeeeeeeelp!... De repente y utilizando como instrumento de percusión la cajonera de la banca, inundábamos el aula de sonidos y voces con el claro mensaje, los que traspasando la entreabierta puerta se perdían hacia el patio noble: Cuando era pequeño solía decir / nunca os pediré / sacadme de aquí… Entre redobles de la cajonera y forzando nuestras cambiantes --por adolescentes--, voces con progresivo calentamiento de las cuerdas vocales, chillábamos más que cantar. Ahora toda la clase era una auténtica fiesta, donde los secos golpes en la madera marcaban los rítmicos movimientos del cuerpo en especial de la cabeza intentando desmelenar los ya notables flequillos de algunos. Desde el patio otras voces contagiadas por la euforia del momento nos acompañaban en el estribillo: Por favor te pido ayúdame / necesito un amigo de verdad / Por favor repito auxíliame / y venid ¡a mí!, ¡a mí!, ¡a mí!...

Pero hubo un momento inoportuno y un profesor que siempre vigilaba. A las tres de la tarde, una hora antes que el resto de la academia, don Francisco Puertas profesor de Matemáticas del curso de cuarto intentaba diariamente congraciar el universo del álgebra con el interés de sus alumnos. Aquella enorme cabeza calva con recortado bigotito en la cara observando el patio por el cristal de la puerta del aula, enfrentada a la nuestra a través del noble espacio abierto, nos atemorizaba. Le antecedía cierta fama de mala leche. A cada instante y detrás del vidrio escudriñaba el patio cual imagen fotográfica impresa en el cristal, en una obsesiva tarea de guardián. Bastaba su amenazante mirada para que lo abandonáramos, convirtiéndose éste y durante una hora solo en un lugar de tránsito. No se nos hubiera ocurrido, ni siquiera imaginado, emitir cualquier ruido que pudiera importunar tan temprana clase con tan respetable profesor.

Tanto llegamos a acostumbrarnos a la coactiva visión que, inconscientemente, acabamos ignorándola. Así un día de forma casual y sin apenas apercibirnos que el hombre de gran cabeza impartía sus clases con la puerta abierta, alguien que tarareaba el famoso ¡Help! nos contagió al resto de alumnos --grupo de catetos entre los que nos encontrábamos Agustín y yo-- que en aquel momento ocupábamos el aula, pasando de los redobles de cajonera al grito de ¡socorro! más famoso de la historia en apenas unos segundos, y que por lo visto trascendió hasta la vecina clase: ¡Help!, amigos míos / ¡Help! venid a mí / ¡Help!, yo ya no puedo más / ¡Heeeeeeeeelp!...

De repente todos callamos ante la aparición de la siniestra silueta del cabeza buque, que se dibujaba ostentosamente en el trasluz de la puerta del aula, con cara de pocos amigos. Su vidriosa mirada nos anunciaba cierta inminente tempestad, acojonándonos: Yo os voy a dar socorro. Ir pasando de uno en uno, nos ordenó el cabreado profesor, sin entrever por sus palabras la violenta sorpresa que nos deparaba. Subido en la tarima y dibujando mentalmente una diana en nuestros respetables traseros fue haciendo plenos con su pié derecho como si chutara un balón hacia la portería, con cada uno de nosotros. Hubo quién ágilmente evitó el puntapié, pero no el golpe en la cabeza que recibió por detrás al arquear el cuerpo. De esta manera pudimos comprobar que de tres a cuatro de la tarde las patadas en el culo duelen un montón. Una vez en el otro patio y con los glúteos calientes nos preocupaba nuestro futuro: sabíamos que el ágil pateador sería nuestro profesor de matemáticas el año siguiente. Esperábamos y deseábamos que no se hubiera quedado con nuestros caretos y que aquel incidente no empañara nuestra relación con nuestro futuro enseñante del curso de cuarto.

Siempre mantuvimos un escrupuloso o, mejor dicho, un atemorizado respeto hacía aquella joya del Jurásico..., quizás le privamos conscientemente de una…, siquiera…, eventual proximidad; pero era tan difícil imaginar que alguna vez hubiera sido también joven como nosotros y…, por si acaso como prevención, ya que a corta distancia podíamos ser vulnerables a que nos siguiera pateando el culo.

A lo largo de mi adolescencia y después en mi madurez –de otra forma-- identifiqué y reconocí aquel gesto violento en numerosas ocasiones y situaciones: esa retorcida idea de hacer daño de la manera más despectiva, más humillante y siempre practicado, hasta el delirio, por las mismas personas; malas copias de aprendices de dictadores a los que, era evidente: no les gustaba los frescos soplos de libertad que llegaban con el inicio de la década, ni la ropa informal; abominaban de los libres pensantes, de los nuevos métodos de enseñanza, de las nuevas canciones, de los Beatles, de la ruidosa amistad en los patios a las tres de la tarde, de la amistad simplemente, de los gritos de ¡socorro! en inglés y en español, de los jóvenes con flequillo largo, de los jóvenes sin flequillo, de los jóvenes en general, del pop…Los cabeza buque se prodigaban por doquier, en cualquier esquina de nuestra existencia, al amparo de una juventud que aguantábamos, sin quejarnos de las injusticias, sin reclamar reparaciones; censurados hasta en nuestros pensamientos.

En este orden de cosas, ¿dónde se ubicaban los padres? Desgraciadamente aquel Sistema les colocó en la encrucijada. Aunque sufridores en algunas ocasiones, la ambivalencia en la que le situaron los acontecimientos de la década, les marcó también su lado contrario, el represor. Hay que decir que no solo los profesores estaban disconformes con el leve soplo de aire fresco que empezábamos a respirar, también los queridos padres libraban con los hijos sus particulares batallas, producto del cambio de pensamiento y de costumbres que se estaba operando en estos, ante el desconcierto y el miedo de los progenitores que comprobaban, con estupor, como en muy poco tiempo se desmoronaban años de represiva educación: la suya; ¡pobres!, no habían conocido otra. Se les rompieron los esquemas sin saber que estaba pasando. No en vano la década de los sesenta fue la del conflicto generacional. Se abrió una brecha ideológica que acabaría con la asunción por parte de los jóvenes de una nueva escala de valores contra una sociedad que entendían caduca y sin imaginación. Muchos padres lo entendieron, otros perdieron el tiempo en continuas luchas contra contubernios judeos-masónicos que se les habían colado en forma de pelos largos, minifaldas y guitarras eléctricas, hasta el propio vestíbulo de sus casas.

Pero, pese al empeño inquisidor que pusieron unos y otros, que fue mucho, aquello era imparable y ni don Francisco Puertas, ni toda una legión de pateadores de culos nos harían callar. Teníamos como aliado el pop y sus nuevas canciones. Si el ¡Help! había sonado fuerte en el patio, el nuevo himno adolescente de los Beatles, Yellow Submarine rugiendo en nuestras gargantas hicieron vibrar, por reverberación de los alaridos, hasta las viguetas de madera del techo del aula. Aún recuerdo la portada del single: un animado submarino de formas redondeadas sumergido en un iluso mar de colores.

El pop con sus coloraciones brillantes nos saturaron de optimismo y casi sin proponérnoslo contagiamos nuestra alegría a los que nos rodeaban. Así y a pesar de todo lo narrado, años después, cursando sexto de bachiller, creímos apreciar un esbozo de amable sonrisa en la boca de don Francisco Puertas, entonces nuestro profesor de Física; sólo sonrisa que ya era mucho viniendo de tan polémico personaje. Era suficiente. ¿Magia del pop?... o tal vez ilusión colectiva de querer cambiar el mundo a través del arte, de la música, de las flores, de los ilusos colores, de las canciones de amor, de las guitarras eléctricas, del pop, del rock. Por primera vez las gentes de todas partes oían la misma música, cantaban las mismas canciones y se vestían de la misma forma; si aquello no era revolución que viniera Dios y lo viera.





FranciscoMolinaGómez
(Lo descubrí más tarde. “En el Camino” (libro de cabecera de la generación beat), de Jack Kerouac, entre sus páginas, he hallado los antecedentes de aquel espíritu de la época que cambió la manera de ver el mundo de los jóvenes: su pertinaz inconformismo, su escaso apego a los bienes materiales, su vocación de desarraigo de los lugares conocidos y de la comodidad de la familia proclamando un mundo libre donde vagabundeaban por eternas carreteras hacia destinos improvisados y desconocidos; sobreviviendo con trabajos temporales, cambiando siempre de sitio repitiendo el mismo gesto en la cuneta (el del dedo pulgar extendido) para poder viajar sin apenas recursos económicos. Después una nueva experiencia en cualquier remoto lugar y el enaltecimiento de la amistad del nuevo compañero de viaje. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta la locura beat ya había contagiado a toda una generación cuyo exponente diferencial, poco tiempo después, fue el movimiento hippie que muchos jóvenes abrazaron, y que alcanzó su fulgor y ocaso en mil novecientos sesenta y siete durante los días del Verano del Amor. Catarsis colectiva…. )























miércoles, 9 de agosto de 2017

DE LA MILI (IV): LA INSTRUCCIÓN










Equipado y preparado para la instrucción







Poco tiempo tardamos en fotografiarnos todos juntos. Y ahí estamos todos, la Doce Compañía en pleno, más de doscientas almas en cascada, ocupando el espacio escalonado de la tribuna para las paradas militares y los actos de jura de bandera; con la pose uniformada como las ropas de faena que todos vestiamos, de tela áspera de color tierra; el mismo pantalón con bolsillos bajos a los lados; la misma camisa con solapas abiertas; las mismas botas pesadas; el mismo correaje negro, dispuesto a modo de tirantes, atravesando las trabillas de los hombros y sujetos al cinturón de hebilla dorada; el mismo gorro alargado cubriendo las cabezas rapadas…; y ahí seguimos todos con la expresión uniformada en más de doscientas caras como si fuera una sola,…, donde reconozco… no sé… ¡ah, sí!: el T´ópolla, el L´óa (era de Loja), el Valenciá, el Conguito, el Extremeño…, y yo, como siempre, en uno de los bordes, sin querer significarme dentro del montón --actitud de supervivencia: una leyenda más: ¿a quién no le habían recomendado hacerse invisible entre el colectivo, como pasaporte de una mili más llevadera?--

Todos arropando a esa otra tropa, la que nos mandaba: un barrigudo teniente de complemento que en ausencia del capitán de la Compañía --éste nunca se presentó-- regía temporalmente nuestras vidas y que por las tardes --después de la siesta--, nos instruía en los secretos del funcionamiento de los mecanismos de las armas --llegamos a desmontar y montar el fusil casi con los ojos cerrados y en un plazo breve de tiempo--, y en las enseñanzas del catecismo militar, condensado en un librito que comenzaba con aquella cuestión que Pichardo, un labriego analfabeto, de facciones rudas --reclutado del lugar más remoto de la Andalucía occidental--, y el que al desatino de sus raros apellidos --Pichardo Bizcocho-- agregaba un extenso muestrario de toscas maneras de comportamiento, nunca lograba responder: A ver un voluntario; tú mismo Pichardo ponte de pie y responde: ¿cuáles son los elementos del combate?...”, le preguntaba el teniente repitiendo el mismo protocolo en todos los inicios de las clases teóricas y el que tras el acostumbrado minuto de silencio que se mascaba tensado como un arco entre los hombros encogidos y la mirada suplicante del recluta, le increpaba a voces lo de siempre: ¡¡¡Son tres: el hombre, el armamento y el terreno!!!... ¡¡¡y las letrinas que ahora mismo vas a ir a limpiar!!!... ¡¡¡cabeza de chorlito!!!...”; y avergonzado, resonando de fondo algunas risas que escondían en los que las proferían la misma inseguridad y el mismo miedo a la burla pública escenificada, Pichardo Bizcocho marchaba con los bártulos de limpieza hasta el pequeño barracón en un extremo del campamento, al que se identificaba antes de llegar por el hedor insoportable que se escapaba por sus huecos y que emanaba de los agujeros repletos de heces de las tazas turcas instaladas en unas cabinas sin puertas; abiertas al escarnio de la nula privacidad en su uso, intentando mantener el equilibrio en el aire con los pantalones bajados en patética postura de acuclillados cuerpos en un ejercicio gimnástico de doble esfuerzo: el de presión sobre el esfínter anal y el de evitar con el peso del cuerpo hacia delante el desplazamiento del centro de gravedad, y así no caer de culo hacia atrás.

Experiencia que largamente vivimos --recuerdas Agustín-- en nuestra infancia de orfanato cuando nos agachábamos con la misma turbadora postura en aquellas infames y malolientes letrinas de patio de recreo adosadas a la tapia. Junto al barracón de letrinas se hallaba el de las duchas, al que nos llevaban sólo un día a la semana, atravesando el descampado en bolas; por toda vestimenta sólo el calzado y una toalla. El agua escaseaba, así que había que circular rápido, sin pararse, mientras los chorros de agua se proyectaban por todos lados... arriba... abajo... a derecha...a izquierda... en diagonal... como si atravesáramos un túnel de lavado

En la foto colectiva que sigo observando, a la izquierda del teniente barrigudo; un sargento joven de cara angulosa, exageradamente pulcro en su uniformidad de faena y excesivamente rígido en los ademanes --como si se hubiese formado en la escuela militar prusiana de principios del siglo pasado--, mira a la cámara con un autocomplaciente gesto de dominio sobre el personal del que está acostumbrado a que cumplan inmediatamente --y sin rechistar-- sus órdenes.

Proveniente de la exigente escuela de suboficiales de el Talar de Gerona, desde el primer día de instrucción se conjuró en hacer de aquel numeroso grupo de mostrencos civiles la tropa más envidiada de todo el campamento, aunque para ello nos hiciera tragar el polvo que levantábamos en cada golpe de las pesadas botas sobre la tierra, marcando el paso con el fusil al hombro en el campo de armas, en maratonianas jornadas de instrucción, bajo un ardiente sol abrasador y una desagradable sensación de picazón por todo el cuerpo, producto del roce de la rígida tela del uniforme nuevo con la piel sudorosa.

Todas las mañanas después del desayuno, los instructores auxiliares --cabos primeros, cabos y soldados, de tropa de reemplazo destinados en la compañía-- nos ordenaban formar frente al edificio, en cuatro filas por estaturas, de menor a mayor --según el puesto ya asignado en la primera formación--, dirigiéndonos, para ello, todo tipo de amenazas; metiéndonos bulla, golpeando las puertas metálicas de las taquillas del dormitorio que sonaban a cañonazos: ¡Bichos!, a los tres últimos en formar les meto un puro que se van a cagar….; empujándonos mientras terminábamos de colocarnos los correajes y recogíamos los cetmes --fusiles de asalto a los que en aquel tiempo ya no se les proveía de bayoneta y al que, en el argot militar, referíamos como chopo--. Si los suboficiales chusqueros eran los más temidos por la tropa, éstos instructores, surgidos de la misma tropa, eran los más despreciables por su arrogancia…; me recordaban aquellos guardas del orfanato. En su actitud con los superiores sobrepasaban la obligada disciplina militar con ciertas señas del más soez servilismo:  A sus órdenes mi sargento, sin novedad en la formación.

Desde ese momento éramos la materia a moldear por el severo instructor militar de facciones angulosas y gestos duros: Con el fusil al hombro derecho, firmes, media vuelta a la derecha ¡ar!, de frente ¡ar!...; y entonces sonaba en la recia voz del emulador de oficial prusiano la cacareada letanía: ¡Un!, ¡os!, ¡er!, ¡aro!..., de la que nos saciaríamos hasta llegar a ignorarla cuando, con el tiempo, ya marcábamos el paso de forma automática, como si tuviéramos un chip programado en el cerebro, sin atender a aquellas imperativas y raras interjecciones: ¡Un!, ¡os!, ¡er!, ¡aro!; ¡un!, ¡os!, ¡er!, ¡aro!; ¡un!, ¡os!, ¡er!, ¡aro!..., pero cumpliéndolas a rajatabla. Éramos para el inflexible sargento en aquellos primeros días de instrucción carne sufridora de todo tipo de improperios y escarnios en aras a salvar su reputación de domador de reclutas: Venga mariposones que estáis agilipollados… Vamos, más brío que parecéis maricones… Con fuerza: ¡tiene que retumbar el suelo!, y yo no lo oigo…; sufriendo todo tipo de zarandeos y empellones en especial los que perdían el paso al iniciar la marcha con el pie derecho, en vez del izquierdo; los que giraban en sentido contrario al de la orden; los que marchaban encorvados, sin la marcialidad requerida; los que no mantenían la distancia reglamentaria con el compañero de delante; los que no asían correctamente el fusil; los que no movían el brazo izquierdo en sincronía con los pasos; los que se salían de sus filas, rompiendo la formación; los que se aturullaban sin atinar a rectificar el paso cambiado; y no solo en la instrucción, aquella violencia se prolongaba también a los torpes en la pista americana de ejercicios; a los azorados tiradores que se giraban a preguntar al instructor con el fusil en la mano en los ejercicios de tiro; a los que no lanzaban lejos las bombas de mano, sobrecogidos por el pánico…

Después cuando aquello empezó a parecerse a una disciplinada y hasta vistosa formación militar el sargento puso en práctica la segunda fase del plan para conseguir su ansiado objetivo: la de las arengas emotivas: ¡Vamos¡ todos a la par, que ya somos los mejores…; y nos veníamos arriba, imbuidos de una gallardía que hasta ahora no habíamos experimentado, mezcla de autocomplaciente satisfacción y de euforia de competición con las otras compañías, extrañados de haber dejado atrás, tan prontamente, la insufrible penosidad del calor, de los insultos, de los empujones, del irritante escozor del roce del uniforme, del miedo al arresto; ahora todos rectos con la mirada alta, marchando al unísono y marcando el paso con un único golpe de sonido sobre la árida tierra: ¡¿Cuál es la compañía más rápida?!... ¡¡la doce!!... ¡¿Cuál es la compañía más temida?!.. ¡¡la doce!!... ¡¿ Cómo nos llaman?!... ¡¡¡la turbo!!!...” y con la satisfacción de reconocernos en un mismo grupo al que ya se le había inoculado por efecto del prolongado internamiento y del adoctrinamiento militar cierto patriotismo que iba creciendo conforme nos acercábamos a la fecha de la jura de bandera.

Con el recluta veterano --abanderado de la unidad-- encabezando la formación portando el banderín, nos recogíamos marchando hacia la compañía, cantando con voz recia y acordes nuestra canción; aquella entresacada de la música de una película del primer cinemascope nacional de principios de los sesenta, cuya letra glosaba las peripecias amorosas de un soldado y una chica cañón del calibre ciento ochenta y tres –Margarita--, y que acababa: “… / Doce compañía / tercer batallón / si preguntas en San Fernando / te dirán que es la mejor”.



FranciscoMolinaGómez
(continuará)











miércoles, 5 de julio de 2017

CASTIGO EJEMPLAR










Verano de 1969. Un año antes de los acontecimientos, el autor del blog --tercero por la izquierda-- poso distendido con mis tres compañeros estudiantes: Agustín --segundo por la izquierda--, Miguel --cuarto por la derecha--, y Antonio --tercero por la derecha--, en la colonia marítima de Almuñécar  (Granada)  junto al avieso y retorcido guardián del orfanato: señor Cristóbal --primero por la derecha--, un taimado y marrullero personaje, que en sus orígenes fue también niño hospiciano; el culpable de los sucesos que me provocaron aquel castigo ejemplar. 



Fueron aquellos últimos años, antes de mi expulsión del orfanato, un tiempo en el que castigaron sin descanso mi natural disconformidad de tardoadolescente; ni siquiera apunto rebeldía, en todo caso lo era sólo por omisión. No soportaba especialmente en aquellos momentos los personajillos que dirigían mi existencia desde la tiranía; los que ejercían su poder desde la ignorancia consentida, y los que nos mandaban instalados en la estupidez, e hice oídos sordos a las órdenes que querían regir mi vida sin mi consentimiento, a sabiendas de que esta actitud es la que más irrita al tirano. Pero no me apercibí de que el ser abyecto ejecuta sus actos con premeditada intimidación del colectivo y, así, degradando mi condición de recién graduado en bachiller superior, se escarmentaba por parte de guardianes y director del centro a los demás internos.
A juzgar por las actitudes represivas --generalizadas hacia mi persona-- de los que me gobernaban, debí de ser un elemento muy peligroso; alguien a quién había que dar un buen escarmiento. Todavía no entiendo porqué. Lo cierto era que yo no me reconocía --ni aún me reconozco-- en esas equivocadas apreciaciones: ni era un rebelde, ni nunca lo pretendí. Era de los cuatro estudiantes el que, ante mi absoluto abandono, estaba en situación más desfavorable en caso de expulsión. También es verdad que tampoco gasté ni una caloría de energía en blindarme con mis guardianes: abominaba --y todavía lo hago-- del repugnante y baboso servilismo. No lo soporto. 

  






 La ignominiosa información –más bien desinformación-- al director del orfanato –don José Capilla-- de una malintencionada actitud de supuesta chulería por mi parte, según el avieso inquisidor señor Cristóbal, no tuvo opción a la defensa, ni apelación a la compasión de imparcial juez, a pesar de apellidarse  de primero Capilla. Aunque de todo aquel episodio hubiera algo de razón en una cosa: siempre procuraba ir a mi bola, vamos lo que se conoce como hacer la guerra aparte, no fue aquél caso.

El que procurara hacer, en la medida que pudiera, la guerra aparte tenía que ver más con la idea obsesiva de sobrevivir con dignidad que con mi proclamado desapego hacia mis guardianes. Ni siquiera la resistencia pasiva, que reconozco voluntaria contra alguno en especial, el apodado el Rana, tuvo razón de ser en aquel suceso, que derivó en un castigo ejemplar; y, así, para no perder la costumbre sufrí en propias carnes  --todavía no adivino porqué siempre llevaba todas las papeletas en aquellas suertes-- uno de los acontecimientos más injustos y denigrantes de mi tardoadolescencia en un rápido e improvisado juicio, apenas unos segundos, en la escalinata de acceso al salón de actos, en el patio junto al camión donde en aquel momento algunos compañeros –Antonio, Miguel y otros estudiantes-- cargaban los bultos con destino a la colonia marítima, que luego precisaríamos para tareas de adecentamiento necesarias a realizar aquel día en el recinto veraniego, previas a la inauguración de la temporada de verano de aquel año. Acabado el curso escolar y a fin de que no cayéramos en la holganza, nos habían preparado a los estudiantes un pormenorizado listado de labores de mantenimiento en la colonia marítima de Almuñécar. Trabajos de peonaje a cuya convocatoria --advertida el día anterior sin más detalles-- había llegado algo retrasado en la ya frenética actividad de mis compañeros cuando apenas clareaba --nos habían levantado muy temprano-- aquel día de vacaciones de principios de verano de mil novecientos setenta...; momento fugaz  que tengo grabado en la memoria, al igual que aquellos gestos --unos hostiles y otros en interrogante-- de los intervinientes...; las partes de aquel injusto acto.               

Todavía me subleva la marrullera intención que descubrí nada más llegar al lugar de la convocatoria en la mirada del señor Cristóbal --el fiscal acusador-- que barruntaba tormenta; la que desató a continuación sobre mí, el director-administrador. ¿Qué le había contado?; no lo supe –aunque algo oí después--, pero puedo adivinar, casi sin equivocarme, el perverso énfasis, aprovechando mi despiste, en su respuesta a la extrañeza de don José Capilla de que no estuviera allí: ¡A pesar de que le he avisado, no ha querido venir!... ¡éste tío nunca hace caso; siempre hace  lo que le sale de los cojones!

Siempre constaté que el más tortuoso –a veces también perverso-- vigilante que nos podían endosar a los internos, era un guardián hospiciano. Chico de la casa, aún de mayor no había resuelto su conflicto interno de niño expósito del orfanato, al que se vinculó patológicamente y con el que todavía no había cortado el cordón umbilical afectivo: teníamos permanentemente el enemigo dentro. Desde hacía un tiempo venía recelando de él, por parecerme persona taimada. En aquel momento disimulaba la autoría de su infamia, pidiendo más bulla en las faenas de la carga del camión.  

Ahora los que me escrutaban de cerca, sin compasión, eran unos ojos pequeños y vivos que acentuaban el rictus de seriedad permanente que él --don José Capilla-- siempre forzaba; atento a su mentón entrante que profería a   su boca  una   expresión   característica    --consecuencia   de  unos  labios delgados-- que dominaba a todas sus facciones: bastaba verla para adivinar lo que me iba a decir;  nada bueno.  

Referir que mudábamos el color del semblante nada más ver al administrador, es quedarse corto, si además te miraba con cara de perro, era para echarse a temblar.  No me preguntó nada una vez delante de él --si podía evitarlo jamás se rebajaba a hablar con nosotros--, adivinando en  la adustez de su singular gesto su poca amistosa intención: la agria bronca que de repente, sin muchos aspavientos --era extremadamente inexpresivo sin despojarse nunca de la formalidad de la que creía estar investido-- me sobrevino con retahílas de falsas suposiciones, descalificaciones, y otras lindezas con las que me obsequió casi de sopetón, sin entender muy bien sus motivos, cuya gravedad no justificaba el pequeño retraso --no intencional--, que, entre los insultos, intenté esclarecer: Me estaba aseando; nadie me había dicho...; cortando mis explicaciones con cajas destempladas,  forzando un tenso silencio en el que sólo se percibían los golpes de los materiales al caer sobre el suelo de  la caja del camión y las órdenes del guardián hospiciano. Eran los sonidos del miedo instalados en el cuerpo de mis compañeros, porqué yo el mío ya me lo notaba y aquel juez severo e inflexible dictó inmediata sentencia; como siempre una ejemplar para que los demás tomaran nota.

Del silencio y la ausencia de complicidad de mis compañeros  --¿cómo a nadie se le ocurrió avisarme de mi despiste?, si se puede llamar despiste a hacer lo que cotidianamente hacía nada más levantarme: asearme-- no me extrañé… también de su falta de compañerismo. Entendía perfectamente que nadie de ellos  me defendiera. Éramos esclavos del miedo y, seguramente, yo hubiera hecho lo mismo. Antonio y Miguel me miraban con el alivio de no estar en mi pellejo y alguno de los otros con el disimulado agrado  de que el pellejo fuera el mío, los había ¡muy lacayos!

Así había sido siempre. Navegábamos en el mismo barco, pero cada uno con el salvavidas puesto; y ¿el que no tuviera?... ¡ah!... como en el Titanic: ¡Sálvese el que pueda!... ¿y los músicos?... ¡no!; ¡los músicos, seguid tocando!...; pero treinta y dos años después: ¡oh!, ¡sorpresa!... la carta con la invitación para el reencuentro de antiguos internos adjuntaba un recorte de prensa local con una extraña  sinopsis de quienes fuimos, en cuya exaltada hermandad no me reconocía; tampoco el lugar ni la época:  “Sus compañeros son su únicos hermanos” / “El amor lo recibían de las monjas y de sus compañeros” / “Lo poco que tenían lo compartían entre todos” / “Cuando alguien se marchaban, todos iban a la portería a despedirle”…; ¿qué “privilegiado” acogido en el orfanato había informado al periódico?; ¿creería realmente sus afirmaciones?…; desde entonces vivo en una duda: ¿puede ser que yo nunca hubiera estado en aquel orfanato y ahora esté recordando mi infancia y adolescencia, evocando un lugar que no me corresponde?

Y se me condenó durante un día al entonces más vilipendiado y despreciado de los oficios: recoger la basura del orfanato, mientras el resto de lo que en su día fue un grupo y otros estudiantes, como improvisado público de aquel juicio se marcharon todos, por un día, a Almuñécar junto con el administrador y el avieso empleado. Tengo que reconocer que se me proporcionó un estupendo carro de mano para tan vilipendiada misión y que, además del uso propio del que pretendían mis castigadores, yo empleé, a ratos, como soporte elevado para sentarme a descansar  frente  a  la  patera –estanque de agua--,  escondido  entre  el  follaje de los jardines de la entrada al orfanato. Pena de degradación que se prolongó  durante las horas de una jornada laboral. 

Suspiré aliviado cuando comprobé que el celador de guardia aquella mañana no era el Rana, pero tampoco me alegré mucho cuando vi aparecer por la esquina del pabellón al señor López. Tan nefasta era en nuestras vidas  la perversidad de aquél, como la vileza de éste. Incorporado a las tareas de vigilancia, ya algo mayor, mostraba en una eterna expresión de cansancio su hartazgo de tener que aguantarnos, como lo había hecho con la “bellaca” clientela en sus  muchos años de dependiente de tienda, sin que durante ese tiempo fuese capaz de desprenderse del servilismo, producto del miedo al jefe. El administrador me había dejado con un leal custodio.

Yo le esperaba ya con el carrito. Caminó hacia mí, como siempre, escorado a un lado pues tenía cierta dificultad al andar y me dejó muy claro que no iba a jugarse su plaza de vigilante por hacerme un favor: Me ha dicho don José Capilla que te vigile de cerca…, y como comprenderás, no quiero problemas…, así que conforme vas llenando el carro y antes de llevarlo al vertedero te pasas por aquí que yo lo vea; ¡y que te vean todos!… Estaba claro que aquel era un castigo para herirme en la humillación…, pero nos habían herido tanto que ya estábamos vacunados.

Salvo la zona de jardines con abundante broza y hojas secas, el resto del recinto presentaba un estado de limpieza aceptable, habida cuenta de que en aquel lugar, apartado de los circuitos del vacuo consumo --todo servía--, nada se tiraba, así que decidí hacer una somera limpieza de los jardines del destete, llenando el carro de retama seca como primera muestra a presentar  --carrito en mano ante la mirada atónita de los internos que no entendían el voluntario ejercicio-- a mi eficaz guardián, dándome el visto bueno, con la pertinente anotación en un papel, a aquella primera vez y después a la segunda --no sé porqué establecí un lapso de una hora entre muestras--;  pero no a la tercera: Ésta es la misma basura... ¡a mi no me engañas!...; razón que le negué aunque la llevara; efectivamente era la misma del primer carro: ¡No ves que es basura vegeta!, y como bien sabes todas las plantas se parecen!; y que no coló: seguro que la anotó con algún arterisco: ¡No, no!... quiero ver basura variada;  y hete aquí que me tuve que aplicar en la sinrazón de la razón: para proveerme de la basura deseada iba a la escombrera vertedero de residuos  que había donde estaban los eucaliptos, en la zona del lavadero, donde cargaba una muestra diversa de lo que se depositaba allí: papel, cartón, latas,   ascuas apagadas de carbón… que presentaba al agrado del señor López, para después volver absurdamente a depositarlas en su lugar de procedencia, en donde las iba apartando por lotes para no repetirla.

Y entre muestra y muestra un merecido descanso sentado en el carrito aparcado en los jardines de la Patera; reflexionando, quizás, en mi buena suerte de que el castigo no hubiera sido más excesivo… o poniendo en duda el convencimiento de que alguna vez,  tarde o temprano, se acabarían aquellas continuas ignominias… o prometiendo a mi mancillada justicia, más que a mi herido ego, repararla cuando lo narrara alguna vez…, no sé…; y entre reflexión y reflexión, iba superando los controles, hasta llegar a  la última prueba   superada  en  presencia  del  relevo:  a  la  tarde  se  hacía  cargo del gobierno del pabellón el señor Manuel, más conocido entre nosotros como Manolillo. Ahora si que suspiré desahogadamente.  

No creo que el señor Manuel se enterara mucho de aquella historia que me vinculaba al carrito de mano y que le contaba el señor López, y mucho menos de la advertencia de que se aplicara con severidad hacia mi persona como mandato del jefe supremo… no, no creo; era tal la confusión que el alcohol --del que su dependencia era patológica-- le provocaba en la mente, que más que vigilarnos  a nosotros, teníamos que hacer lo contrario: vigilarle a él.  Además de esta nefasta adición, añadía a su mermada autoridad el complejo de inferioridad en sus carencias intelectuales que mostraba cuando trataba con nosotros: los estudiantes.

Último en incorporarse a aquel ¡¡¡especializado!!! plantel de cuidadores de adolescentes; ya en la cincuentena, algo marginado por el resto de celadores, necesitaba constantemente hablar con alguien, confesarse al oído de quién quisiéramos escucharle, aunque en esa distancia corta nos tirara para atrás el fuerte olor de la resaca de alcohol de todo tipo que profería su boca. Nos producía cierto desconcierto aquel insinuado desvalimiento, sobre todo viniendo de un vigilante, y que en nuestra necesidad de desahogar tanta afrenta del colectivo al que representaba, derivaba en comedido recochineo hacia él… intentando no herirle; siempre con imaginación.

No teníamos especiales cuitas entre nosotros dos, así que sin más protocolos, considerándome más un compañero de fatigas que un subordinado en aquel momento, se sentó conmigo al borde delantero del carro --donde la rueda-- para no volcarlo y empezó a largar todo aquello que la razón trastocada por la química del alcohol barato no controla, mientras fumaba un cigarrillo detrás de otro, sin parar. El tabaco negro hizo aún más explosivo el olor de la voz. Me habló mucho de su padre, un antiguo empleado administrativo del centro,  ya jubilado, que medió para su incorporación a la plantilla de celadores del orfanato; un tal Pablo Rodríguez de oscuro pasado por su militancia falangista en episodios cruentos en Granada durante la guerra civil. De pequeños lo distinguíamos perfectamente en la lejanía algunas mañanas, cerca de la oficina del centro, por su complexión fuerte y su elevada estatura no usual en la época: ¡Mira!, aquél es Pablo, ¡el falangista!, dicen que durante la guerra…?  Alguien fuera de aquel recinto y que conocía la historia me contó alguna vez que era muy conocida en Granada su estampa de implacable vengador de larga barba, mientras paseaba  exhibiendo su crueldad montado a caballo, por las calles de la ciudad. ¿Cuáles eran aquellos callados temores?... desconozco la historia… Y de aquellos servicios, estas recompensas laborales.

La diputación de Granada –nuestra mentora-- era un nido de falangistas. Y ahora el hijo del más temido, me revelaba su cara más vulnerable: la defensa de lo indefendible, justificando a su padre negando las oscuras leyendas… al igual que negaba torpemente la suya: pude descubrir en las negras sombras de la mirada de unos brillantes ojos pequeños la severa disciplina del padre autoritario y dictador, el culpable de su desvarío hacia el pozo del alcohol al que se estaba llevando consigo --no para olvidarlas sino para borrarlas definitivamente-- su desgraciada infancia, su reprimida adolescencia, y hasta el vacío de adulto que sentía;  y al final en su deriva sólo pedía un poco de atención, aunque fuera la de un desahuciado  del  Sistema,  al  que  se  le  había  confiado  en custodia; la que relajó sin entender muy bien las razones de por qué otros de los suyos se empeñaban en que limpiara todo aquello…, me consideraba buena gente. 

En confusa razón, todavía, y antes que su atrevimiento quedara paralizado por el bajón de la euforia que antecede al sopor después del exceso, y, seguramente, para agradecer mi paciencia y el tiempo que le había dedicado, fue anotando por anticipado en el papel que le entregara el señor López todos los controles de la tarde, con sus horarios correspondientes, que le fui dictando. Sonrió --su perfecta dentadura postiza destacaba sobremanera sobre la oscura tez-- con la complicidad del niño  trasgresor y después se quedó un rato en silencio, insondable, mirando de perfil hacia el infinito --el que quedó perfectamente indicado en la dirección que apuntaba su notable nariz aguileña--, del que le hice volver, correspondiendo a su franqueza con una sorprendente revelación por mi parte: No te lo podrás creer señor Manuel, pero después de todo un día al lado de este carrito de mano he acabado cogiéndole afecto; ¡vamos!, que lo siento como si fuera algo mío; franqueza que le sorprendía ya en las brumas silenciosas de la modorra que prosiguió a su febril verborrea, y de la que le desperté momentáneamente  con mi segunda coña marinera: Me gustaría tenerlo toda la vida, ¿no habría alguna forma de que me lo pueda quedar?, provocándole un último segundo de cordura: ¡Ni se te ocurra!, ¡entrégalo!, ya se hace tarde, antes de recogerse en la pequeña habitación de descanso para celadores, a dormir la mona, mientras los internos asistían  a las  clases de verano.

Ni que decir tiene que inmediatamente dejé el dichoso carrito de mano  y demás útiles de limpieza en el lugar donde los cogí. El último chirriar de su rueda antes de pararse me recordó el gemido lastimero de un animal: ¿me habría tomado cariño, de verdad, aquel artefacto y no quería que le abandonara?  Libre de condena, me perdí en mis divagaciones el resto de la tarde.

Cuando a la noche me reintegré con mis compañeros a su vuelta de Almuñécar, ni me preguntaron, ni yo les conté.



FranciscoMolinaGómez               

sábado, 10 de junio de 2017

DESDE LA HONESTIDAD













2000. Gerencia de Infraestructuras para la Administración Pública. Los pioneros de esa Gerencia en una de las primeras celebraciones. En aquellos primeros tiempos éramos como una familia. El primero por la derecha el autor del blog; como siempre diluyéndome en los bordes, casi desapareciendo de la foto, mientras otros ocupan el centro, el lugar importante. Me contaron de pequeño haciendo alusión a una parábola evangélica (Lucas 14:10): Cuando seas invitado a una fiesta, ve y siéntate en el último lugar; para que cuando venga el que te invitó, diga: "Amigo, sube más arriba".


Diecisiete años después, recién jubilado, he constatado con sorpresa que sigo en la misma prudente situación, a pesar de hacer méritos suficientes para que me invitaran a subir de posición
. Este último asunto ha sido la clave de mi discurso de despedida. Ese discurso llevaba como título: Desde la honestidad, y como subtitulo: Se ha de ser siempre honesto con los que te rodean, pero por encima de todo se ha de serlo con uno mismo.









(Discurso de despedida leído en el transcurso del ágape con el que invité a todos mis compañeros)


Comienzo esta breve disertación de despedida con los dos primeros versos de un poema: ¿Quién hablará de nosotros / cuando nos hayamos ido?

¡Hay que ver!, cómo son de necesarios en la vida los poetas, eh! Al menos en la mía. Allí donde los filósofos sólo dejan el desasosiego en la incertidumbre de sus preguntas sin respuesta, el poeta lo alivia escudriñando el alma.

Qué derroche de sentimientos y emociones con tan pocas palabras. ¿Quién hablará de nosotros / cuando nos hayamos ido? Capacidad envidiable de extraer la esencia del lenguaje. Con estas dos frases quedaría completo mi discurso y no haría falta hablar más. Sólo despedirme. Pero no tengo --no tenemos-- la sensibilidad del poeta, sólo me apropio --nos apropiamos-- de su genialidad. Él seguramente alude a una huida más trascendente, yo lo hago más torpemente a algo más local, más de andar por casa.

Quién hablará de nosotros, evoca ya el mundo del pasado, que es lo que somos en el presente, lo que es nuestra vida ahora; nada más ni nada menos que el bagaje de recuerdos de todo lo vivido hasta el momento... en eso estoy ahora... esa película que en estos últimos días he empezado a rebobinar.

Cuando nos hayamos ido,
refiere los ciclos de la vida; algo que nos es tan familiar: las etapas que vamos quemando con el paso del tiempo. ¡Ay, el paso del tiempo!; Eso tan difícil de saber que es. Recuerdo que en la infancia de orfanato, cuando mi imaginación empleaba la mayor parte de ese tiempo en fabular los sueños por conquistar, el mismo transcurría muy lento; después en la adolescencia seguía igual, impregnado ahora de cierta desazón por acortar plazos de espera; por ir rápido. Pero los seres humanos somos de naturaleza inconformista y no tardé en la madurez, una vez de lleno en la turbulencia de la rueda de la vida, con muchas cargas ya: las familiares de pareja con hijos, las profesionales, y las de formación personal e intelectual pendientes, aplazadas por circunstancias adversas de la vida; en sentir la aceleración de ese tiempo, hasta llegar, en plena madurez, a su vorágine: Tengo la sensación de que el tiempo ha pasado muy rápido, me confesaba recientemente un conocido, acabado de prejubilar.

Más que una confesión, era como una queja, apreciando en su perceptible lamento cierta insatisfacción de la vida. Y no era para menos: este conocido había equivocado las prioridades en su existencia. Había apostado por el ascenso rápido tanto en su vida particular como en la empresa, medrando y trepando en ésta, aunque fuera a costa del nulo interés por las personas que le rodeaban. Ahora, en la ausencia de amigos, tenía la sensación de haber perdido el tiempo. Sólo acerté a decirle que el tiempo no es ni más lento cuando somos jóvenes, ni más rápido después --éste transcurre siempre igual--, y que es nuestras torpeza el que lo pierde en asuntos fútiles en vez de amortizarlo en lo importante.

Estos tipos se prodigan en todos los tiempos y lugares; en la vida personal y en la laboral. En esta última los he conocido y padecido durante toda mi actividad profesional, y como no también en esta Gerencia. Suelen actuar en solitario o conformando grupo. La secuencia ha sido siempre la misma: tres, cuatro o cinco... qué sé yo cuántos... se apoderan de cualquier Organismo, lo parasitan, pisan a los demás para que no le hagan sombra mientras ellos se promocionan y se reparten recompensas. Crean sus propias reglas de juego. Es curioso, cuando de trata de promocionar ellos la selección debe ser por vía interna, al contrario de cuando se trata de promocionar a los demás en cuyos supuestos son más sabios y están mejor preparados la gente de fuera.

Son fácilmente reconocibles, o al menos a mí me lo parece por las señas que esgrimen.: En su relación con los subordinados muestran cierta prepotencia, rayana la mala educación; no apuestan por la resolución de los asuntos, están más en descubrir el error en la gestión de los otros para así --creen-- ganar puntos a futuro; consumen la mayor parte de su jornada laboral, rodeados de relaciones escalafonales, noticias de decesos, chismes y otras martingalas, para confeccionar un planing de sucesivos y graduales ascensos en el tiempo, incluso estudian su camino crítico con medidas de rectificación si viniera el caso; suelen ser iletrados en formación reglada universitaria, aunque lo ocultan empapelando la pared del despacho de infinitud de certificados de irrelevantes cursillos de todo tipo que, en su día a día profesional, tienen el mismo valor que si los hubiese firmado un niño de jardín de infancia; son muy cortos en el elogio si acaso alguna vez lo hicieren, y desmesuradamente largos y punzantes en la crítica... pero sobre todo, lo que es más lamentable, es que allí donde van no hacen amigos, o en el peor de los casos lo contrario.

No les profeso ninguna animadversión, al contrario cierto sentimiento de conmiseración. Ellos que creen perdonarnos la vida de forma habitual, no se dan cuenta que es nuestra nobleza, la de eternos remeros --los que en realidad hacen mover el barco-- la que si lo hace generosamente hacia ellos. En el fondo son sólo pobres diablos que cuando les llega su hora, cuando les quitan el "juguete" con el que se han regodeado tanto tiempo, se dan cuenta de que su balance existencial es muy pobre, y de que van a recoger poco porque han sembrado poco; incluso los conocidos les retiran sus afectos, como le ha ocurrido al conocido prejubilado. ¡Qué pena!, se les ha pasado el tiempo y ya no hay vuelta atrás. No lo han amortizado en lo impostante como he dicho anteriormente.

Yo os confieso que si lo he aprovechado. Mis balances: Familiar con una mujer e hijos extraordinarios; el de crecimiento personal consiguiendo aunque con mucho esfuerzo, trabajo y tesón los sueños fabulados de pequeño; y de relaciones humanas allí donde estuviere; han sido plenamente satisfactorios, aunque en el otro balance: el laboral dijéramos "institucional" no me haya sentido valorado. En el derecho --.recalco lo de derecho-- a la promoción estoy al igual, después de tanto tiempo, que en el inicio. Es como si todo este tiempo hubiese volado en círculo, seguramente alguién ha estado saboteando mi piloto automático. Es sorprendentemente paradójico: cuanto más crecía en lo personal y en capacidad de trabajo, más me han congelado en lo laboral; incomprensible. Pero esto último tiene poca importancia pues como he subrayado a través de estos párrafos lo importante, lo digo sinceramente, es el factor humano. De ahí que he pretendido que la convocatoria de mi despedida sea ésta: simplemente una reunión de amigos y compañeros; en definitiva sólo de personas. Cuán grato es comprobar vuestra asistencia a mi llamamiento; sentirme arropado, y por tanto querido... afectividad sincera que noto en vosotros... esas cosas no se pueden disimular. Se han creado lazo difíciles de desanudar a lo largo de estos diecisiete años en la Gerencia, en cuyos momentos iniciales me impliqué, siendo para mí desde el primer día hasta hoy un proyecto nuevo ilusionante. Aún ahora en estos instantes de despedida así lo siento.

Es por ello que me voy contento, tranquilo, relajado, feliz... feliz de haber llegado hasta aquí, que no es poco... feliz por haber crecido personalmente hasta donde quise llegar siempre... por haber conocido a muchas personas de las que he ido aprendiendo cosas, y con bastante de las cuales aún mantengo comunicación..., por ser un privilegiado de poder trabajar en lo que realmente me ha gustado...



Mayo 2017. Mesas preparadas para el ágape de despedida. A las pocas horas quedó sólo el mantel. Por cierto para que destaquen sobremanera los alimentos, os aconsejo en vuestras invitaciones poner mantel negro. Es de gran efectividad, aunque lo importante es invitar con productos de calidad, y ser generosos.


Y ahora estamos en la fiesta de mi convocatoria de despedida; es la hora de los reconocimientos, de las felicitaciones, de los brindis... ¡porqué no!, también de los cánticos..., en definitiva de los buenos deseos para una nueva etapa, presumiblemente más tranquila. Pero queridos amigos y compañeros todos sabemos que las fiestas no son eternas: cuando se apaguen las luces de esta sala, se agoten los brindis, cuando acallen los cánticos... percibiré ciertamente esa soledad que nos embarga a los seres humanos en los momentos de cambio trascendentes, y surgirá pegado a mí, como siempre me ha sucedido en estos casos mi otro yo, el que es menos sentimental y más práctico...; de hecho ya lo estoy oyendo: Oye majete, déjate de discursitos, coge el regalo, despídete y marcha a casa; pero me resito... aunque presiente ya el final querré prorrogar las últimas horas concediéndome algo de tiempo para hacer la transición: es complicado cortar de golpe y porrazo el cordón umbilical que me une a cuarenta y cinco años de frenética actividad...; y consciente de que este ciclo se agota me tomaré aún el poco tiempo que reste.

Degustaré tranquilamente un café en algún bar próximo. Después subiré al despacho por última vez para sentarme en la silla de siempre y quedar observando el patio que ha sido un referente durante estos años de altos decibelios de colegiales, y que a esas horas de la tarde, y al término de la jornada escolar, empezará a llenarse de niños y jóvenes para salir del colegio con destino a sus casas. Para ellos un punto y seguido; para mí un punto y aparte. De mi ensimismamiento me despertará esa voz metálica, que he oído tantas veces, amplificada por un altavoz, del cuidador que llama a embarque de rutas: Primer aviso, ruta uno... aún queda tiempo; sé que hará hasta tres llamadas de ruta, con tres avisos en cada una... hasta el último: ¡Mucha atención!, tercer y último aviso para ruta tres; y a esa tercera llamada --nunca debiéramos excedernos del tercer toque, suele ser peligroso-- me daré por aludido. Entonces mi vida se parará unos segundos, los suficientes para hacer un fugaz visionado, como a cámara rápida, de las secuencias de la película de una parte de mi vida que ya ha sido grabada con destino, seguramente, a algún almacén o recoveco de la memoria. Me levantaré de la silla que habrá empezado a serme extraña, y me retiraré definitivamente a casa con vuestro regalo; momento en el que me apercibiré de un  grato descubrimiento: que aquél no es el regalo..., que el auténtico regalo es haberos conocido y tratado, y que ya forméis parte de mi vida, aunque a partir de mañana lo sea en clave de recuerdos.

Por ello esto no es una despedida, sino un "hasta siempre".

Mayo 2017. Regalo de despedida: caja de pinturas al óleo. Siempre quise tener una caja de pinturas como ésta. Retomar la pintura al óleo después de muchos años va a ser una nueva aventura. Gracias amigos y compañeros




FranciscoMolinaGómez
(Pocos días después de mi despedida volví a mi lugar de trabajo a firmar algunos documentos referentes a mi jubilación. Fui recibido cariñosamente por mis compañeros solicitándome algunos una copia del discurso a raíz de la mella que el mismo había producido en cierto elemento de los que dibujé en mi discurso, y que aún pervive allí. Les dije que no era necesario, que hicieran el suyo propio, y que no desperdiciaran  los únicos cinco minutos que te dan para que seas honesto con los demás, pero sobre todo con uno mismo, porque de no hacerlo así al día siguiente ya no podrán lamentarse de no haber dicho aquello que siempre quisieron decir y nunca  le dejaron)





   

    

viernes, 5 de mayo de 2017

LA PASMA NO DUERME (I): KAMIKAZE











En ocasiones nos sobrepasan los acontecimientos, y cuando queremos darnos cuenta ya es tarde, para entonces estamos en caída libre hacia el abismo











Kamikaze. Con aquel apelativo le bautizaron sus compañeros en su primera actuación como policía novato. ¡Y tan novato!, recién llegado al cuerpo de la policía y a aquel destino, directamente del pueblo. Pasó bruscamente del seguro silencio de la oscuridad rural al peligroso murmullo de la noche de la gran ciudad.

Sensación que aunque percibiendo hosca, ceñuda y amenazadora no le amilanó; al contrario le provocaba cierto atrevimiento, rayano la temeridad, en la necesidad de percibir la adrenalina bullendo dentro de su joven cuerpo enfrentando situaciones extremas, con las que se sentía atraído, y a las que voluntariamente se expuso ya desde muy pequeño, en continuo tormento para la madre. Le fascinaba aquel despertar intenso de los sentidos frente al peligro.

Aún recordaba su primer contacto con ese deseado mundo, al que se dirigía convencido:  plagado en su imaginación de asuntos peligrosos, en lucha  constante contra los malos de la sociedad a los que pensaba, ya desde aquel primer momento, no darles cuartel hasta verlos entre rejas, y con el que había soñado mucho tiempo atrás. Aún tenía reciente la sorpresa en su encuentro con los desvencijados locales de la comisaría de policía, en el entresuelo de un viejo edificio del barrio más antiguo de aquella ciudad marítima, en donde a la noche le esperaban: ¡Qué es esto!, exclamó alarmado por el estado de degradación de las dependencias policiales.

Se identificó con su reciente y pulida placa insignia al guardia de la entrada. Éste le redirigió hasta el despacho del comisario de noche, al que al principio apenas pudo ver bien, envuelta la cara en una viciada mezcla de aire contaminado con humo de tabaco de un extraño olor dulzón. En la pausa de la adición durante la conversación de presentación de ambos, el humo empezó a desvanecerse entre volutas que ascendían al ennegrecido y alto techo, dejando al descubierto unas curtidas facciones de profundos surcos en la cara del comisario, que, como huellas delatoras, le habían marcado cada uno de aquellos espantosos casos que difícilmente había tenido que digerir en la profundidad de sus vísceras y en lo más intrincado de su mente hasta hacerse insensible al espanto. Secuencias continuas de una vida de actividad profesional, próxima a la jubilación, en contacto con la perversión de las conductas a las que conduce la miseria humana.

Ahora una pátina endurecida de insensibilidad cubría su expresión, la que mostraba sólo hastío y cansancio: Ya están aquí tus compañeros, le dijo con cierta bulla don Ricardo, su superior ahora, identificando en la escucha de algún ruido acostumbrado la llegada de estos. Recogió con desatada ansia la pipa de fumar que había dejado encima de su mesa mientras hablaban; prendió de nuevo el tabaco, ceremoniosamente prensado,  con una larga cerilla; y sin dejar de observar aquella insolente cara joven enfrente que retaba su degradada y acartonada piel, se acercó la cachimba a la boca con acusado gesto de melancolía: la del recuerdo mucho tiempo atrás, cuando ingresó en el cuerpo con la misma juventud que su interlocutor, y, seguramente, con las mismas ganas de pelear contra la canalla, que le mostraba el joven policía.

Expelió al ya cargado ambiente de la rancia habitación otra andanada de denso humo de tabaco oloroso a través de la bocacha de madera oscura, que como una chimenea no cesaba ahora en su función de la quema de tabaco haciendo de nuevo casi invisible su cara, cuando, tras un golpe seco de señal en la puerta, entró el inspector jefe del grupo de noche. Aprovechó entonces el comisario para presentarle al nuevo: Gerardo --era el único que no le llamaba por el apodo del Tuerto-- te he agregado un nuevo miembro al grupo, le decía con su característica voz grave y algo ronca, mientras le inquiría su nombre al pueblerino: ¿Me has dicho que te llamas?..., para después edulcorar los oídos de su subordinado más inmediato: Te dejo con el mejor maestro; despidiéndose de él en el relevo de la responsabilidad del servicio: Estoy en el sitio de siempre; ese disimulado lugar del que el Tuerto sabía no había que molestarle a no ser por algún asunto grave muy urgente.

Hola, bienvenido!, llámame Tuerto, se presentaba el jefe del grupo al mando ahora de la brigadilla de noctámbulos, a cuyos otros integrantes que entraban con cierto alboroto en ese momento conoció el nuevo en sus señas más irrelevantes, e inmediatamente exaltadas con cierto recochineo por el Tuerto: Este es Sevillano, como ves guaperas, alto y un experto en chorbas, en especial mulatas; este otro es Amancio, un seductor de arrabal, vamos la encarnación de Carlos Gardel; aquí Luis que, aunque tiene un aspecto de cura confesor ¡que te cagas!, es un neto follador, a lo mejor por eso; este es Jesús, el más normal de todos pero tiene un puto defecto: nos suelo desvalijar la cartera a todos en las timbas. A cada una de las presentaciones sus compañeros le hicieron sus acostumbradas contrarréplicas, también en clave de humor, que siempre acababan con el Tuerto haciendo aquella desagradable mueca del ojo derecho girándolo dentro de la cuenca, haciendo desaparecer la pupila hasta dejarlo en blanco; a la vez que le daban la bienvenida al nuevo compañero con un apretón de manos. 

Soy Salvador, dijo el nuevo presentándose después de relajar el gesto de repelús en su cara al ver voltear el ojo de su ahora jefe: ¡Encantado de conoceros! Después hablaron entre los veteranos si esperaban a Mora, el otro policía del servicio de noche que faltaba y que hacía la guerra aparte, o iban en su busca. No le revelaron al nuevo de momento el secreto de aquel último compañero: era una especie de policía bujarrón, y salieron del viejo edificio a salvar de las fuerzas del mal a los habitantes de aquella parte vieja de la ciudad.

Por el inicio de la rambla arbolada, calle abajo hacia el puerto iban los cinco veteranos hablando amigablemente entre ellos, distendidos aunque ojo avizor, aleccionando en su primera clase práctica al novato que, arropado por éstos, no hablaba; sólo escuchaba intentando captar rápidamente de entre aquella marabunta de gente que transitaba el popular bulevar, las actitudes escamadas y los gestos sospechosos que estos le advertían, a fin de que aprendiera a discernir los comportamientos del hampa desde el primer día.

Abandonaron la amplia calle en el límite bajo del distrito que quedaba señalizado por la ecléctica fachada del gran teatro de la ciudad que relucía de luces hacia la rambla, engalanada con sus viejos ropajes historicistas de arcos, pilastras y columnillas de antigua gloria de liceo de ópera; la que enseñoreaba todavía; y se introdujeron en el intrincado laberinto de tortuosas calles, algunas tan estrechas que se podía hablar desde los balcones de las casas enfrentadas. Al nuevo la noche le pareció aún más sórdida en aquellos ambientes semioscuros después de dejar el ancho bulevar, y no tardó en comprobarlo cuando de improviso oyó un grito ronco: ¡Agua va!,  que le sobresaltó, seguido de inmediato por un ruido secó detrás, como de lanzamiento de algún liquido desde arriba: Ya nos han mordido, dijo el Tuerto, sin darle mayor importancia. Ahora toda la calle sabía que por allí andaba la pasma de ronda, y seguramente habían contado uno más que de costumbre.

El silencio de las solitarias calles recorridas por el grupo; contrastaba, ahora, con la movida actividad de tránsito de personas en el cruce de las dos calles más conocidas y nombradas de aquella parte del distrito: la zona que tenía más densidad de viviendas antiguas, entre cuyas paredes no habitaban ya cuerpos de personas sino su seña más visible: la miseria fisiológica que había anidado profundamente en ellos. Eran los excluidos: habitantes inexistentes para los del otro lado de la popular plaza, que en el límite de la parte alta de la demarcación policial, era destino obligado de visitantes que se fotografiaban envueltos en los plumones, como manchas blancuzcas y grises, de innumerables palomas urbanas encaramadas hasta sus brazos en cruz, con las manos abiertas ofreciéndoles semillas de grano que se vendían en pequeños tenderetes. Borde que, en profundo contraste, indicaba el inicio de uno de los distritos más señoriales de la ciudad.

Encrucijada de las dos calles que era punto de encuentro de putas, chaperos, peras, chulos, bujarrones, camellos..., y visitantes varios apremiados por sus malandanzas, adiciones orgánicas, desahogos de bragueta, y otras urgencias innombrables para la cursilería del otro lado de la plaza.

El bar de camareras de una de las esquinas del cruce, lucía con tenues y macilentas luces de colores, como acostumbraba al paso de la brigadilla de noche por su puerta de cristal, desde la que el Tuerto y los otros cuatro veteranos reconocieron, entre algunos clientes dispersos la figura de Mora, su compañero, en el rincón habitual. Al fondo de la barra, en el encuentro con la pared, Mora con la misma apostura que daba en la imagen cinematográfica un joven Robert Mitchum --a quién se parecía bastante-- en su papel de detective barato de bajos fondos de suburbio, y con la misma sonrisa impostada de aquél en el dominio de la situación y el mismo mechón de pelo del galán del cine americano cayéndole por la frente, en ese momento le hacía una confidencia al oído de la chica que destacaba sobremanera --inclinada hacia él desde dentro del mostrador-- por su altura: una chorba diez venezolana de una leonina melena cobriza que estrujaba contra su cabeza, con las caras muy juntas.

Ella le miraba embelesada con unos grandes ojos claros de gata, proyectando su sumisión en el parpadeo ostensible e irreprimible de unas largas pestañas negras, ante la insistente mirada fija de ojos saltones del policía; su protector. Sin querer romper la tensión del momento íntimo con la chica, Mora solo giró levemente la cabeza hacia la entrada en donde ya había escuchado los familiares saludos de sus compañeros.

Amancio carraspeó aclarándose la garganta como de costumbre cada vez que se arrancaba con voz grave por Gardel: Barrio plateado por la luna / rumores de milonga / es toda tu fortuna /... Primeros sones que eran suficiente reclamo de la camarera más joven: una pebeta argentina que enseguida se le acercó arreglándole melosamente el pañuelo que cubría su cuello, y sobándole por los hombros le saludó retando su temple imitador de seductor porteño, en la proximidad susurrante de su fuerte aliento de tabaco y alcohol con reminiscencias azufradas: ¿Cómo estás vos querido?, acompañándole de inmediato, aunque desafinaba, en el estribillo del tango: Barrio / barrio / que tenés el alma inquieta / de un gorrión sentimental / ..., al tiempo que abrazados se dejaron arrastrar de mutua intención hacia el mostrador.

Al instante desde el interior de la barra se les acercó la venezolana de melena cobriza, marcando territorio. Saludó a él con zalamería, mientras miraba con displicencia de mastrenza a la joven camarera en la voluntad de que atendiera al resto de la clientela: ¡Vamos!, que tienes a todos estos caballeros muy apagados; quiero que sirvas copas sin parar. Al momento se acopló a ellos Sevillano con la camarera mulata, a la que la jefa caraqueña despachó con la misma indolencia y rapidez de antes; intimando conversación con los inspectores de policía.

De forma disimulada, para despiste de los clientes a los que servía sólo licor de garrafón, extrajo de debajo del mostrador un botellón de suave y añejo whisky de malta, sirviéndolo a ambos en vasos largos con mucho hielo, bajo la mirada de complicidad y beneplácito de su protector, al que ahora se habían unido el Tuerto, Luis, Jesús y, algo retrasado, el nuevo que fue inmediatamente presentado a su compañero. Sin bajarse de la banqueta en la que permanecía sentado, Mora le prodigó a Salvador una escrutadora mirada de arriba-abajo en un gesto de escéptica aprobación, algo así como perdonándole la vida, muy propio de pedante veterano hacia novato, dándole la bienvenida seguidamente con un fuerte apretón de manos que casi le hizo daño. Salvador no entendía lo que percibió visible del recién compañero: un verso suelto que campaba a sus anchas por el intrincado mundo criminal, en cuya difusa y peligrosa frontera, posiblemente, se estuviera manteniendo, siempre al borde del abismo.

No era sólo el dominio de la situación en el local, del que parecía fuera el dueño del cotarro, sino su aparente seguridad y conocimiento al hablar del submundo de la noche, del que formaba parte el ambiente cutre de aquel espacio al que Mora se mostraba perfectamente acoplado, y que, aunque sin figurar en los documentos, parecía regentarlo. Lugar de paso de policías, confidentes, macarras, mamporreros... y cualquier espécimen consustancial con aquella parte marginada de la ciudad en la que ahora Salvador estaba inmerso, recién llegado del pueblo, con sus oscuros personajes y sus complicados y peligrosos entresijos donde cualquiera se jugaba la cartera, y lo que era peor: la propia vida; submundo que --adivinaban bien-- afloraba sobre todo en aquellas intempestivas horas, cuando el resto de los habitantes de la urbe dormían: Sabemos algo del que mató a la vieja, le preguntó el Tuerto por lo bajo a Mora.

En una calle muy próxima a la comisaría, unos días antes de la incorporación de Salvador, los primeros bomberos que habían aperturado violentamente la puerta, les costó llegar hasta el cadáver de la anciana descubierto en una de las habitaciones, flotando sobre toda la basura inimaginable que se pudiera haber acumulado durante muchos años en una vivienda, y que ya había llegado hasta la puerta de entrada. Repugnancia por el mal olor y los pequeños insectos que pululaban por entre las inmundicias orgánicas, que tuvieron que vencer los cuatro inspectores del servicio de noche al mando del Tuerto, cuando los esforzados bomberos dieron paso a los investigadores de lo que parecía un crimen pues la anciana presentaba una hendidura en el cuello, en el que se alojaba, visiblemente apretado, un grueso cable eléctrico que, posiblemente, le produjo la asfixia por la señas amoratadas de su cara.

Cuando se preguntó a los vecinos, todos confirmaron las continuas denuncias por el mal olor, que, según decían, nunca fueron atendidas por los funcionarios municipales, sin aportar ningún otro dato relevante del trágico suceso, a excepción de la vecina del mismo rellano que ya en los últimos días había observado como la anciana abría la puerta con asiduidad a un chico joven, alto y rubio; señas que había observado a través de la mirilla de su puerta a la que pegaba literalmente el ojo con cada sonido de la llamada del timbre de la vecina mayor, extrañada de las visitas en la desconfianza de la solitaria vieja que nunca abría la puerta a nadie.

- Ha habido un individuo con las señas que dio la vecina pululando la noche del crimen, y hasta altas horas de la madrugada, por varios puti-clubs del barrio, en los que arrasó con la existencias de alcohol; vamos que bebió como un cosaco; le reveló Mora a sus compañeros. A él se lo había dicho su pibón venezolana, y a ésta varias de sus colegas: camareras de alterne de los bares de copas a los que visitó el mismo joven rubio, y a las que había prevenido del interés de su protector.

La Maña, desaforada aragonesa que inaugurara, muchos años atrás, el Gran Manhattan --club de alterne ahora venido a menos, al igual que su cuerpo-- en el límite con el vecino distrito policial en dirección al puerto --al que llamaban barrio chino--; le dio más detalles: Cuando entró en el bar... ¡ay maña! lo bebido que iba... empezó a desbarrar... ¡maña!... de algo de una vieja... no sé... no se le entendía muy bien porque hablaba así como farfullando y en raro, como si fuera extranjero...; ¡ay maña!, tu no sabes lo pesado que se puso con lo de la vieja; y como ya estaba muy borracho le obligamos a que pagara y le despachamos a la calle rápidamente, por donde se perdió... si tú hubieras visto ¡maña!... dando bandazos, cayéndose y levantándose del suelo como podía. Al ir a pagar sacó un pasaporte, creo que alemán... me lo dijo la Molinete que lo reconoció porque ella estuvo en Alemania de joven... además tenía ¡no sabes maña!... un montón de dinero. Informaciones éstas últimas que se guardó Mora para sí, por si en un futuro inmediato tuviera que jugar aquella baza que se escondía bajo la manga para beneficio propio: Si sabes algo más, ya sabes estamos peinando la rambla..., seguro que ha salido ya toda la mierda; le previno el Tuerto a Mora.

La pista del posible criminal, aunque fuera a medias avivó la fantasía de Salvador; el que inquirió con mucho interés sobre las señas del individuo que hablaban. Ya se imaginaba descubriendo su escondrijo --pensando que seguramente no andaba muy lejos de allí-- para apresarlo personalmente; cuando todos, despidiéndose de Mora y sus chicas, enfilaron de entre las dos calles la que les llevaba otra vez al bulevar arbolado de recios y viejos plátanos que formaban una bóveda verde-grisácea; fondo vegetal que iluminaban artísticas farolas de época, mostrando en el resplandor de sus lámparas los detalles modernistas elaborados primorosamente en el hierro fundido.

A la luz de una de ellas y desde la posición en que se hallaban, aún lejos del paseo, atisbaron al fondo la familiar aglomeración de personas: incautos transeúntes que como víctimas expiatorias del vil engaño del juego del trile, se estarían dejando, en su natural codicia de la fortuna fácil, un buen dinero; embaucados por los trileros. Era una artimaña para estafar a los viandantes y no un juego de azar, que en somera explicación captó rápidamente de urgencia el nuevo, al que enviaron en avanzadilla, ya que no era conocido aún por el mundo del hampa. El se sintió eufórico, muy contento, protagonista importante deseando entrar en acción.

¿Dónde está la bolita?... ¿en este cubilete?, no... ¿estará en este otro?, pues tampoco... ¿y en el tercero?, ¡sí señor, la bolita está aquí!, esperando que ustedes acierten y ganen la apuesta: Va  quinientas pesetas y ganan el doble por descubrir donde está la bolita... es muy fácil ganar dinero... venga apuesten y no se arrepentirán. El individuo de edad indefinida, moreno de tez, con abundante melena acaracolada de la que le caían rizos negros por la frente, publicitaba su iniquidad disfrazada de juego, mirando a un lado y otro del numeroso público congregado entre los que se hallaba en primera fila Salvador, muy atento en su proximidad al trilero, que, ahora, ante el brioso envite a la suerte de un jugador que surgió espontáneamente del grupo iba levantando rápidamente los cubiletes de plástico, intercambiándolos de posición, moviendo también la bola hasta el final; al principio con movimientos lentos antes de hacerlo con la rapidez de un ilusionista, sobre una enorme caja de cartón que le servía de mesa. Primero descubrió el de un extremo, luego el del otro para acabar levantando el que el jugador le había señalado; el del centro: ¡Sí señor, aquí está la bolita!, mil pesetas para el caballero; que no era otro que su gancho cómplice para incitar al juego a los indecisos.

Salvador que obviamente desconocía la mecánica de la troupe de fulleros que auxiliaban al principal, apenas se apercibió de la jugada del gancho, fijando sólo una misión en su mente: que aquella cara, la del trilero, no se olvidara nunca. Comprobó su color moreno, como sucio a la luz de la farola, que no ocultaba en las facciones unos acusados pliegues gestuales en el entrecejo, y otros dos que le recorrían a ambos lados del rostro, desde la nariz a la boca; pliegues que se agudizaban cuando intentaba camelar a los congregados con una impostada sonrisa de dientes de oro, que no le iba a la zaga en quilates con los de la colección de cadenas que lucía ostentosamente en la pechera abierta al hueco de la camisa, destacando el brillo del oro en el moreno de la velluda piel, en una palpable exhibición macarra.

Uno de los curiosos que se hallaba muy próximo a la caja de cartón se animó rápidamente incitado por la suerte del anterior jugador, del que, por supuesto, desconocía su condición. Esgrimió en alto el billete de quinientas pesetas que en menos de un suspiro le arrebató el individuo de pelo rizado; puso a continuación los cinco sentidos en el rápido movimiento de los cubiletes, y en esas estaba el jugador cuando oyó por detrás unos gritos antes de que alguien le empujara, sorprendiéndose de como el trilero se guardaba rápidamente su dinero en el bolsillo al tiempo que recogía con urgencia los bártulos del juego, prestándose éste último a la huida en el revuelo que el apostador no entendía, y que se había formado a continuación.

¡Agua!, ¡agua!, ¡agua!..., los gritos del vistero avisando a su compinches al ver acercarse corriendo al Tuerto y compañía, a los que hacía tiempo la panda de estafadores tenían mordidos, provocó ese instante de pánico entre los viandantes congregados, entre empujones y urgencias del trilero y sus compinches en la escapada, sin entender aquellos todavía qué sucedía; confundiéndoles aún más los gritos de fondo: ¡Alto, alto, policía!, de los componentes de la brigadilla de noche que centraron su atención en la persecución a aquel que Salvador les indicó como el actor principal. Salvador más cerca de él, salió como un resorte tras el trilero, intentando no perder de vista la espalda de la camisa que destacaba, como faro de colorines, en la semioscuridad de la calle a la que daba el lateral del gran teatro, por donde pretendía escapar.

No tuvo tiempo de apreciar la extravagancia en los detalles de los dibujos y colores de la prenda que cubría el cuerpo del trilero, ya que instintivamente, sin pensarlo dos veces, despegó del suelo y después de un increíble vuelo al que se lanzó en velocidad de carrera, le derribó como si le hubiera atacado un obús por la espalda; cayendo ambos, rodando éstos desde la acera al vial de la calzada, donde quedaron desparramados los cubiletes y la bola. Inmediatamente Salvador notó con cierto dolor el cabezazo hacia atrás del que ahora pretendía inmovilizar en el suelo rodeándolo con sus manos  --aprovechando los instantes de desconcierto en la sorpresa del perseguido-- como si fueran tenazas, al tiempo que percibió un repelente y penetrante olor a sudor y perfume barato, en el momento en el que acudían deprisa los otros policías: ¡Joder!... ¡¡¡como un kamikaze!!!, le gritaron sorprendidos sus compañeros, felicitándole ante la mirada de acojono del trilero que aún no entendía la operación derribo.

Desde aquel momento a Salvador ya no le llamaron por su nombre. Ahora era kamikaze, el joven policía que despegaba temerariamente del suelo para apresar a los delincuentes.


FranciscoMolinaGómez
(continuará)