viernes, 9 de marzo de 2018

AL OTRO LADO DE LA TAPIA












2009.
En uno de los últimos viajes a Granada, visité en las Gabias, a mi sobrina Yolanda, para felicitarle por su reciente maternidad. Al intentar salir de aquella maraña de carreteras y calles desconocidas en la que, para mí, se han convertido las localidades de Armilla y las de su entorno, fui a dar con el coche --claramente desorientado— hasta una escombrera que se alineaba a lo largo de: ¡Jóder!, esta tapia me recuerda?...; ¡¡¡es la parte de atrás!!!...; quedé estupefacto, quieto; de tal punto anonadado que no acertaba a creerme lo que estaba viendo; impensable que se hubiera cumplido aquel anhelo de niño aunque fuera casual; como cuando descubres por vez primera, aunque ya muy tarde, algo que habías deseado siempre experimentar: ver el mundo de atrás, escuchar sus latidos, palpar su libertad con la que soñara cuando estaba encerrado irremisiblemente, entre cuatro paredes, al otro flanco del muro; el lado del que me había ido hacía ya la friolera de casi cuarenta años. Ahora devenía no tanto en un anhelo que se había diluido con el tiempo, sino más en cuanto inesperada y turbadora sorpresa.











Toda una vida imaginando que había detrás de aquel patio donde domaron nuestras naturales ansias de libertad, y ahora casualmente había llegado allí: ¡Dios mío!, ¿donde están los árboles frutales y la casa de campo?… ¿qué queda del paisaje de campiña que se insinuaba desde las ventanas del piso de los dormitorios del orfanato?…: ¡Ah!, sí, ahí está la caseta de ladrillo del transformador eléctrico...; es lo único que queda de entonces...; ¡qué desilusión!

Me acerqué a tocar la tapia, y me pareció más baja, vulnerable…; después me alejé un poco para captar la sinuosa línea de muro --que se perdía a la vista en ambos fondos-- de color indefinido: pardo, sucio, con algunas pintadas de pésimo gusto, escondiendo su abandono entre los coches que, a su amparo, estaban aparcados a lo largo del camino de grava que lo acompañaba, enmascarando los desperfectos en la semisombra que proyectaban los rayos de un sol que a aquellas horas de la tarde ya caía al oeste.

Enfrente, cerca de la escombrera y algo alejado de la alargada tapia, visualizaba las siluetas de varias naves industriales que entorpecían la vista libre en la continuidad de la panorámica de la campiña; si no negando el horizonte, si dificultando la perspectiva de lo que había sido entonces un campo abierto al desconocido mundo de las cosas y de la gente, con la ciudad de fondo eclosionando en la colina: se pasaba bruscamente de una rutina de construcciones normalizadas, sin apenas sensibilidad en el paisaje, a lo sublime de la montaña –aquella cuyas cumbres se travestían de un continuo manto blanco en invierno--, sobresaliendo por encima de los tejados metálicos, en la lejanía.

Estos campos, a la vista de lo observado, se habían convertido ahora en espacios urbanos residuales, nada atractivos, indefinidos: como parte de territorio que se niega, que se ignora, al que se le da la espalda, y que se usa, lejos de la ciudad, como vertedero de los desechos que va produciendo la actividad humana, modificando el paisaje sin más alternativa que la de ir acumulando escombros sobre escombros, ajenas al valor del trabajo de generaciones que se habían sucedido en el cultivo de aquellos terrenos agrícolas para la producción de alimentos en unos tiempos –final de posguerra-- de supervivencia, de carestía de los sustentos más básico para la vida.

Un paraje degradado y, a aquellas horas, muy solitario. Ni un alma, a pesar del establecimiento en su entorno de edificios industriales. Estábamos solos Teresa –mi mujer-- y yo... bueno algo más nos hacía compañía: se había colado de rondón un pasado recurrente que durante largos lapsos de tiempo había quedado velado en mi memoria, aunque nunca olvidado. Un pasado lejano que revivía ahora en mi mente. La que posiblemente, y debido al tiempo transcurrido, estuviera ya mezclando recuerdos reales con otros que no lo eran tanto, como si hubieran sido. Todo formando parte ahora de lo vivido.

Detrás del interminable lienzo pardo y sucio, unos viejos pabellones, que apenas alzaban vuelo por encima de él, me parecieron más prisioneros que nunca. Ni un resquicio a la libertad pues habían instalado en el remate del muro una alambrada metálica. Rebobiné los acontecimientos del otro lado que no veía… intentando localizar en el muro inacabable a cuya visión contribuía --a la mitad del mismo, donde me hallaba-- la extraña curvatura convexa que hacía invisibles los finales de ambos extremos, el punto donde se perpetró la fuga más masiva de la que tuvimos conocimiento en la historia del centro: Fue por aquí..., si fue aquí, donde se juntan las dos tapias –me decía en voz baja--, ésta y la que limitaba el patio de menores, al sur.

No fue difícil dar con el lugar exacto, pues, ahora, en esa parte de la tapia se iniciaba una alambrada oxidada que recorría toda ella en la zona que fue el patio que yo conocí: ¿Entonces, los que vinieron después...?; desconozco la historia…; yo me había ido muy lejos de allí hacía ya mucho tiempo y ahora, sin proponerlo, ni pretenderlo había tropezado con el reverso del lugar de mi infancia y preadolescencia, el que inmediatamente comenzó a perturbarme el ánimo, y que lo hizo desde el mismo instante que siguió al casual descubrimiento, sin poderlo evitar, acelerando un proceso de difícil y complicado ejercicio mental de trasposición de emociones en el tiempo; de imaginar sentimientos que pudieron ser desoladores a una tierna edad en la que te sientes atrapado... en la que te duele que te hayan escondido el horizonte; que te hayan aprisionado la esperanza.

La esperanza es lo último que se pierde, debieron pensar de forma inconsciente los catorce chicos...; o no...; posiblemente primara más, en la emoción de aquellos días preparatorios, la aventura y el gozo de poder alcanzar un sueño: el sentirse libres aunque fuera por una vez y por sólo algunos momentos --quizás días--, que el miedo al futuro: sus actos anteriores y posteriores a la fuga nunca denotaron, en ninguno de ellos, cualquier indicio de pérdida de la esperanza. Era un lujo que no se podían –no nos podíamos-- permitir en contexto tan adverso. Se trataba sólo, seguramente, de dejar volar ésta, ¿a ver qué pasaba?

Lo raro es que los planes –que se dilataban algo en el tiempo-- de la escapada, y que conocíamos, si no todos, casi todos los internos del pabellón de menores, no hubieran llegado ya al oído de las monjas, pues éstas no daban señales de alarma. En un colectivo numeroso –cerca de doscientos niños-- y tan dispar con edades entre cuatro y trece años, era casi un milagro que alguien no hubiera delatado ya el intento de fuga masiva. Esto último --que se difundiera entre mucha gente con el consiguiente peligro de trascender más allá de los internos-- extrañaba aún más la falta de noticias en su contra. Sorprendía sobremanera la ignorancia de los preparativos en monjas y empleadas.

Era curioso que durante los muchos días de planificación de la huida, ninguna de las empleadas, encargadas de la limpieza de todo el pabellón, hubiera dado con el escondrijo, dentro del recinto, donde aquellos catorce chicos escondían una maleta de madera. Aquella no era una maleta cualquiera donde alguno de nosotros hubiera guardado sus escasos efectos personales, era el sancta sanctorum donde se atesoraba todo lo relativo a aquella planificada correría. Era la prueba material de que iba en serio, de que había una clara intención por parte de los confabulados de llegar hasta el final. Algo que les convencía de que estaban perfectamente organizados --lo que les daba tranquilidad--, y que todo iba a resultar tal cual lo habían planeado, percibiendo en el ánimo de algunos de ellos –los encargados del abastecimiento-- cierta actitud de envalentonamiento que intentaban transmitirnos al resto, o por lo menos eso me pareció a mí cuando, en unión de otros compañeros, nos abrieron la maleta para que depositáramos en ella el puñado de castañas que nos habíamos reservado de la ración que nos correspondiere en el postre de la comida.

En el mes de noviembre aquel alimento era muy recurrente en esa época del otoño. Puñados a puñados, de tantos otros chicos, el tosco contenedor de tablas pintado de negro se había ido llenando de las socorridas castañas; ahora éstas colmataban casi el contenedor. Tenían ya suficientes para abastecerse los primeros momentos de la huida. No nos importó desprendernos de alimento tan codiciado que solíamos asar en el patio, extrayéndole a aquel fruto su mejor sabor, sino al contrario muy contentos de poder ayudar. Estábamos con ellos, aunque aliviados de que fueran otros los protagonistas y no nosotros, expectantes en la temeridad pero a salvo, como el que observa el toro en el ruedo protegido detrás de la barrera.

Había tanto entusiasmo que anulaba la certeza en el raciocinio de los catorce de que aquello acabaría muy mal. Por ello; por la valentía que mostraban obviando las funestas consecuencias que se derivaría de falta tan grave; por lo que suponía de peligrosa la transgresión de esa odiosa marca que nos mantenía a raya, y contra la que nos dábamos de bruces cada vez que pretendimos saber que había tras sus ciegos encalados...; por todo ello y por muchas cosas más, tenían todo nuestro respeto y admiración, y, tal vez, también, aunque no lo mostráramos, nuestra disimulada compasión por que el final, más que incierto, sería aciago con penosos correctivos.

En el momento en el que entregábamos nuestras castañas, uno de aquellos responsable de la intendencia mostró ese envalentonamiento que hasta el momento de la entrega sólo lo había dejado intuir, y que yo percibía en sus gestos de héroe o tal vez bandido, no sé –recordando aquello ahora, no podría afirmar a cual de ellos pudieran referir--, esgrimiendo un revólver de juguete que extrajo de encima de las castañas, con el que simulaba apuntar contra todos aquellos que quisieran impedir la escapada: Esto es por si nos sale alguien al paso allí fuera, para asustarle, nos dijo colocándose un pañuelo negro anudado al cuello que le tapaba la boca. Sobresaliendo de las castañas, semiescondidos entre el alimento, había algunos objetos: papeles con algo escrito, cuerdas, linternas, un par de pasamontañas y algunos pañuelos más del mismo color del que tenía puesto, hasta un tarro de betún negro, creo recordar, con el que, presumí, hubieran pintado la carcasa de las linternas y el revólver de pega, a la vista de lo mostrado. Posiblemente también para embadurnarse sus caras el día decisivo. Todo debía de ser oscuro para confundirse con las sombras de la noche. Ellos también. Sabíamos de aquella intención por boca de sus protagonistas.

A estas alturas de tentativa de escapada habrían pactado ya las horas más idóneas para la fuga, aprovechando, quizás, la ausencia de luz a la caída de la tarde, cuando la noche empezara a hacer su aparición. Tal vez aquella tuviera ya sus días contados. ¿Sería inminente? Cómo íbamos a saberlo si hacía tiempo que los no ungidos en la aventura habíamos pasado a ser meros mortales espectadores. Ellos estaban ya en el olimpo de los valerosos, aunque en realidad puedo imaginar ahora que aquel exceso de agallas ocultaba, como un escudo, todo lo contrario: dudas, vacilaciones, temores, desasosiegos, miedos... ; pero habían llegado demasiado lejos; ya no había vuelta atrás; así lo entendieron todos, pues sabían que cualquier debilidad de alguno de ellos podría arrastrar al resto y dar al traste con la heroicidad máxima que se pudiera dar en aquel lugar, y, por consiguiente, con el posterior reconocimiento de su coraje por parte de todos los demás chicos.

Como he podido comprobar después: la hazaña trascendió a sus protagonistas. Es normal que le épica del acontecimiento se instalara en el tiempo como un hito importante en la vida de los internos y, más tarde, en la historia del centro como leyenda que contar a los que vinieron después, en detrimento de los actores. Que nos acordemos más de algunos detalles que de sus caras y nombres o apodos era cuestión de tiempo. No me cabe la menor duda de que los confabulados fueron niños mayores del pabellón --chicos entre doce y trece años-- y que de entre sus cabecillas, posiblemente, destacara un mayor de los considerados rebelde y conflictivo por monjas y celadores: quizás un tal Pitracos. Sinceramente no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que ni yo, ni ninguno de los de mi generación --–por entonces el grupo de medianos, niños de entre siete y ocho años-- estuvimos metidos en el ajo. Con aquella edad no se nos hubiera pasado por la cabeza tamaño atrevimiento. Es más, el único de nosotros –los medianos-- que tiempo antes de la huida masiva había saltado la tapia, no lo fue con intención de fugarse.

Seguía perturbado por el casual descubrimiento de la parte de atrás, intentando averiguar el sitio exacto de los acontecimientos que rondaban por mi mente: el lugar por donde el compañero de mi edad saltó: Seguro que fue por aquí, seguía hablando en voz baja. La zona del salto la localicé donde, ahora, alguien había blanqueado parte de la tapia para hacer las pintadas, pues coincidía en la mitad del recorrido de la tapia por el recinto del patio, sitio por donde salió el balón. Cuando animamos a José Olmos, alias Colillas, a que saltara la tapia en busca del balón –un bien muy preciado y escaso en nuestros juegos de patio ¡como para perderlo!-- que habíamos volteado por encima del muro, no se lo pensó mucho. Era de entre los chicos de mi edad el más atrevido y temerario, no en vano –según nos relataba él a menudo-- antes de su ingreso en el orfanato había sido un chico de la calle, con ciertas hechuras de pillo de las que se vanigloriaba, dedicado a vagabundear, y a recoger por el enlosado de la ciudad las colillas que arrojaban al suelo los fumadores, y con cuya venta de la picadura, una vez desleída en cualquier envoltorio, obtenía pequeñas ganancias; incluso algunas pesetas. De ahí su mote.

El júbilo se dibujaba en su rostro de pícaro cuando lo aupamos a los hombros de uno de los mayores, encaramándose, seguidamente, como felino hasta el remate que ensanchaba el final de la tapia, acabado en suave curva. Al principio mostró cierta prevención, agachado, en cuclillas intentando asentar los pies en el remate en busca de equilibrio. A renglón seguido se alzó, abrió los brazos como si quisiera abarcar con el gesto todo lo que estaba viendo, o, quizás, intentando volar imaginándose cualquier ave; giró la cabeza hacia nosotros con una aparatosa sonrisa, y dio un brinco que sumó a su peso más altura, aumentando la aceleración de la gravedad en la inercia de su caída. Después el ruido de un fuerte porrazo y un alarido de dolor. Su ausencia nos dejó expectantes –más que preocupados-- durante bastantes horas. Al final de la tarde lo reintegraron al pabellón con la pierna derecha escayolada y la misma sonrisa que nos había regalado en la altura.

Acabada la tarde de aquel día de final de noviembre, terminadas las clases, las monjas, como era habitual, se retiraron hacia sus territorios de la comunidad para sus rezos y descanso hasta el día siguiente, quedando en el pabellón sólo la monja de guardia. A los chicos nos recluyeron, como siempre, en una amplia sala de estudio, sobrealzada del terreno por encima de un cuerpo de sótano, y con cinco grandes ventanales, por los que se visualizaba privilegiadamente toda la parte del patio que daba al sur, especialmente el rincón donde se juntaban dos tapias, sitio singular de su establecimiento por lo que suponía de cierto resguardo en ámbito exterior tan impersonal.

Llevábamos poco tiempo intentando congraciarnos con el estudio cuando de improviso alguien que estaba asomado comenzó a gritar nervioso: ¡Eh!..., ¡¡ya se van!!..., ¡¡¡se van a escapar!!!..., ¡¡¡se van a escapar!!!..., observando como un numeroso grupo de niños, saliendo por la puerta del sótano, se dirigían al encuentro de la unión de las dos tapias e inmediatamente –olvidándonos de las lecciones-- los cristales de los ventanales quedaron impresos con las asombradas caras de todos nosotros, entre los que se suscitó todo tipo de comentarios, algunos muy pesimistas: Estos se la van a cargar cuando los cojan.

Desde las ventanas les vimos correr en bandada, hablando entre ellos dándose prisa dirigiéndose al rincón del patio, agrupados como una mancha negra desplazándose en diagonal. Vestían cazadora de paño negra –la misma que los demás internos usábamos como única prenda de abrigo cuando salíamos del pabellón-- pues el tiempo cursaba muy destemplado como correspondía a aquella estación del año, con cierto frío, aunque para ventaja de ellos no llovía. Una de los chicos portaba la conocida maleta. Como todos los días la monja de guardia se demoraba un tiempo en su habitación del pabellón, cambiándose del hábito normal al de faena para servir la cena, mientras nosotros, suponía, nos aplicábamos en la enciclopedia Álvarez. Circunstancia ésta de la demora, quizás, con la que habían contado los que ahora, arremolinados en el encuentro de las tapias, comenzaban la fuga.

Entre todos alzaron al primero, el que se encaramó en el remate sin ponerse de pie, girándose, dejándose descolgar hacia el otro lado –de algo había servido la experiencia de el Colillas--: ¡¡Uno!!, gritamos todos al unísono; después: ¡¡dos!!..., ¡¡tres!!..., ¡¡cuatro!!... así hasta: ¡¡siete!! (momentos antes el que estaba encaramado en lo alto asió la maleta con una cuerda y la descolgó suavemente hacia sus compañeros al lado contrario); más tarde: ¡¡ocho!!..., ¡¡nueve!!..., hasta ¡¡trece!!; el catorce, como último, trepó por los agujeros que había abiertos, como improvisados escalones verticales, a ambos lados del encuentro de ambas tapias, auxiliado en su ascensión por la tensada cuerda que se había anudado a la cintura y de la que tiraban desde el otro lado, hasta que le vimos desaparecer. Contamos ¡¡catorce!!.

Catorce almas habían volado a la incierta aventura en un mundo del que desconocían casi todo pero por el que ahora podían marchar libremente, o eso, al menos, creían ellos. Oímos pasos en el pasillo que fácilmente identificamos como el de la monja e inmediatamente todos volvimos a nuestros sitios y a nuestros libros en la sala de estudio: ¿Qué es tanto cuchicheo?, preguntó la monja un tanto mosqueada ante el nerviosismo que percibía a aquella hora de estudio, en la que se suponía debía reinar el silencio. Nadie contestó, ni siquiera alzamos los ojos de la página abierta de la enciclopedia. Sobre todo no queríamos delatarnos con cualquier gesto improcedente.

No fue hasta la hora de la cena que no se advirtió de la ausencia de los fugados. En principio nadie había visto nada. Después casi todos lo habían visto: además de que ya no tenía sentido seguir negando la evidencia, la monja de guardia fue muy persuasiva en su amenaza de castigarnos a todos. En el recuento no sólo anotó el número total de escapados –¡¡¡nada menos que catorce!!!--, sino, también nombres y apellidos, edades, vestimentas, objetos que portaban, intenciones, posibles lugares a donde pensaban ir... inquiriendo información de unos y otros niños. Hubo mucho revuelo, comunicándose inmediatamente la fuga masiva al director-administrador: don José Capilla, el que envió al portero a que recogiera toda aquella información.

Para darse más empaque, seriedad, y oficialidad al acto, Pepe el Bolas se presentó con su traje de gala, incluida gorra de plato --de azul marino oscuro con entorchados y botones dorados en las mangas-- que le bailaba en cuerpo bajo y muy delgado. ¡Cómo disfrutaba!, aunque con el disfraz pareciera más un comediante que un comisionado del administrador en asunto tan importante. Le gustaba, sobremanera, todas aquellas movidas; creyéndose pieza decisiva, como responsable de la portería, en la restitución de la normalidad a la transgresión de los límites del complejo que habían sido quebrantados por unos chicos amotinados, a los que habría que localizar y después castigar severamente.

Para eso él estaba allí hablando con la monja. Pero todo era pose, sabía muy bien que él no sería ni juez, ni verdugo. De espíritu dicharachero y bromista, escorado a la jarana, ejercía más de bufón que de guardián. De ahí que nunca le tomáramos en serio. De quién más debían de preocuparse los fugados era de don José Capilla, artífice y promotor de que el orfanato pareciera más una penitenciaría que un centro de beneficencia para niños huérfanos, blindando en altura, al ordenar en su día la construcción de todas aquellas altas tapias, no sólo al exterior sino los propios pabellones entre ellos. Aquello supuso para su reputación un grave revés, por lo que presumimos que las penas serían severas. Con todos los datos cotejados con las cédulas de identificación que existían en el centro, el propio administrador dio aviso a la Guardia Civil.

Y ahora yo intentaba recomponer aquel preciso instante; probando ponerme en la piel de los fugados, en sus mentes, en lo que pudieron percibir sus sentidos cuando se vieron libres al otro lado en el que yo casualmente me hallaba... pero nada era igual ahora... todo aquello había cambiado: la ausencia de los árboles y cultivos, la presencia de las escombreras y las naves industriales, y todos aquellos coches allí aparcados... No sé. Sin duda lo primero que percibieron con todo su ser en alerta, es que de repente se les había ensanchado el horizonte, aunque su grandeza apareciera algo mermada, velada: con la luz natural apagándose en la visión de un paisaje rural, que se expandía indefinidamente, perdiéndose a lo lejos en la bruma borrosa de las últimas horas de una tarde de otoño, a mucha distancia, donde de improviso emergía, imponente, la sierra: muy alta, libre, con sus picos señalando un cielo que ya comenzaba a oscurecer.

Imagino que pasados los primeros instantes de euforia; y con la noche amenazando con sus sombras, de inseguridad los ánimos y de frío punzante el cuerpo que ya empezaría a destemplarse; comenzó, seguramente, el tiempo de los miedos; esos miedos que habían estado ocultos hasta aquel momento crucial: el tiempo de las dudas con las que, inmediatamente, se dieron de bruces: ¿Y ahora qué? Una pregunta me rondó la cabeza, de espalda a la tapia, mirando el entorno... :¡Pero a quién diablos pudiera importar ahora todo aquello? Tal vez a alguien al que, aún después de mucho tiempo, un descubrimiento casual le hubiera perturbado, le hubiera hecho aflorar viejas cicatrices de heridas que todavía no habían cerrado; lo triste –pensé-- es que no se cerrarán nunca.

La realidad de lo que ocurrió inmediatamente después quedó en la nebulosa de mentes agotadas, violentadas en su fuero interno por los sentimientos de culpabilidad, de merecedores de la pena, martilleando sus cabezas constantemente todas las horas que siguieron a la fuga, en unos cuerpos que volvieron –o les obligaron a retornar-- muy cansados. Los siguientes días fue un goteo de expectación por saber a quién habían cogido y trasladado de nuevo al orfanato. Éstos, que les habían sorprendido deambulando por la ciudad sin rumbo ni intención fija, intentando sobrevivir, coincidían con los que no tenían familia conocida. Esa circunstancia adversa hizo que fueran readmitidos, si bien con continuados castigos y en permanente vigilancia por un guardián hospiciano.

Otros fueron presentados en el centro al día siguiente, y sucesivos, acompañados por familiares que los habían acogido en sus pobres casas, los que entre acallados lamentos, entrecortados y susurrantes: Mi chico no es tan malo... ¡por favor!, seguro que él no tenía intención... ¡por caridad!, habrá sido arrastrado por otros... ¡tenga piedad hermana! somos muy pobres y no podemos tenerlo con nosotros..., aguantaban con estoica resignación la bronca de la monja del pabellón que aparte de estigmatizar al niño en su propia cara: Es un chico muy rebelde, no puede estar aquí... que se lo hubiese pensado antes..., le atendía y entregaba los exiguos efectos personales. Habían sido expulsados, sin más contemplaciones.

Hubo un reducido grupo de niños que ni siquiera pasaron por el pabellón. Fueron inmediatamente conducidos a san Miguel el Alto, un reformatorio para niños malos que se ubicaba en la parte alta del Albaicín, donde pulieron sus ángulos más agudos y recortaron sus jóvenes alas, las que sólo estrenaron aquellos días. Alguno volvió mucho tiempo después, más delgado, más dócil, más manso, con la mirada perdida y los sentimientos y los recuerdos confusos, cabalgando entre el vértigo de la cordura y el delirio febril de la locura; negando, como terapia de choque, la penosidad más reciente: su propia salvación pasaba por que creyéramos sus relatos: contó fabulosas historias, en aquellos días, de lucha contra guardianes, carceleros... y otros personajes siniestros del fabulario infantil que habitaban otros muros y otros patios, allende la tapia; un reino de alucinaciones al que le había llevado la crudeza de los castigos disciplinarios; doblada la cerviz, pero, aún así, de todo punto irreductible en su fe de esperanza en el futuro; … si bien esta es otra historia.

Llegado el último momento aún persistía en hablar en voz baja: No deseo estar más tiempo aquí... Entonces afloró de golpe todo el sentimiento en la despedida: la última mirada al reverso de la tapia antes de subirme al coche para marcharme definitivamente de allí, devino en quietud rara, inexplicable: como si el silencio de aquel solitario y marginal descampado; la luz ya débil de un sol buscando su total declinación tras las torres y tejados; y el espacio que se abría entre el ahora y el niño que fui --como vacío interpuesto--; se tensaran a la vez en contenida emoción.


FranciscoMolinaGómez










































jueves, 1 de febrero de 2018

EL FINAL DEL CAMINO DE HIERRO










Puente de Dúrcal, o puente de lata --acepción con la que se le conoce y que aludía al sonido que emitía el tranvía cuando lo atravesaba--, sobre el río Ízbor en Dúrcal, Valle de Lecrín, Granada. En la actualidad, desaparecido el tranvía en mil novecientos setenta y uno, al viejo puente metálico --convertido ahora en paseo para los sentidos-- le ha salido un vecino rival en forma de viaducto de hormigón que eclipsa aquella magnificencia y prestancia de hito de hierro que unía las dos márgenes del río, sobrevolando el paisaje en continuo diálogo con él sin interferirse entre sí, a más de cincuenta metros de altura, y al que habíamos erigido imponente ojos asombrados de niños




A partir del año mil novecientos sesenta y cinco fui asiduo pasajero de un vetusto tranvía que me transportaba todos los días a la academia donde cursaba los estudios de bachillerato. Ese viaje diario mediaba entre la salida de los pabellones del orfanato en Armilla para asistir a la academia en Granada ciudad; y la vuelta --¡ay la vuelta!--; de vuelta no quería llegar nunca a tan indeseado destino, anhelaba con toda mi alma quedarme de por vida en aquel recogido espacio en un extraño viaje con el paisaje sucediéndose a sí mismo, sin cansarme nunca aunque se repitieran las mismas secuencias una y otra vez.
Destartalado reducto que sigue estando muy presente en los posos de mis recuerdos y que, ahora, inevitablemente aflora a la superficie de esta página en la convicción de que era aquel un espacio singular, único, distinto; un oasis de libertad en movimiento atravesando un desierto, una diligencia cruzando los desolados y peligrosos páramos de las reservas indias como en una secuencia de película del oeste americano; desguarnecido territorio comanche con sensación de emboscada que ya duraba trece años, y que se prolongaría siete más entre un mundo amable, cercano, con sus noches de neón, sus tiendas y escaparates iluminados, llenos de objetos deseables y aquel otro mundo cerrado, lleno de carencias, del que me inquietó siempre sus sonidos de miedos antiguos diluidos entre las brumas del tiempo y el oscurantismo de los sucesos callados, rebotando como flechas rotas en la carcasa amarilla como seguro parapeto; guareciéndome en el interior del tranvía en una huida hacia un futuro en colores que me pertenecía y que deseaba sin vuelta al pasado gris más remoto.
A la vuelta, en ocasiones; imaginaba una travesía que fuera adquiriendo velocidad conforme aquella caja alargada con ruedas rodaba por las vías como rampas de lanzamiento que le impulsara a algún lugar que careciera de identidad conocida, donde fuera esperado y deseado; en un ir de viaje que en muchas ocasiones codicié que no acabara. Su andar pausado, metálico, me reconfortaba, me hacía soñar. Hubiera estado así toda la vida en un recorrido sin fin, confundiendo tiempo y espacio en una misma cosa; sintiendo la aceleración vertiginosa de los postes eléctricos acercándose peligrosamente hacia mí con rítmicos zumbidos para después alejarse a velocidad de vértigo, confundido el paisaje y el aire en un flujo de energía donde el vórtice de fuerzas me impulsaran hacia un futuro más grato que el de aquellos días.
Otras veces ansiaba que no se produjera retorno alguno, que el viaje no tuviera estación anunciada, y que el destino no encontrara lugar ni siquiera el más remoto; anhelaba que el tiempo se detuviera y que yo quedara varado en mitad de la vega, absorto en mis pensamientos: elucubraciones de anhelos reprimidos para viaje tan corto.
Y entre ambas visiones, habitaba el presente como tiempo que conjugaba sin apenas ser consciente de mis traumas, de mis miedos; pero sintiéndolos. Me perturbaba el final del trayecto, el despertar del sueño en los viejos pabellones donde me esperaba una cena muy fría y alguna presencia indeseada rayando la obsesión de la que salí como pude.
Consciente, sin embargo, de aquella resignada realidad, suspiraba por que un día cualquiera, el tranvía no parara en la estación de Armilla y continuara rodando en un viaje hasta los imaginados confines del camino de hierro: la capital del valle de Lecrín: Dúrcal. Eran tiempos de escasez y nunca me pude permitir viaje tan largo.
Pero hubo una ocasión iniciada la década de los setenta.














No era un territorio



No sé porqué me eligió si no era de su confianza. Yo diría, incluso, que ni de su agrado. Hacía poco que la reverenda madre superiora del orfanato, sor Fernanda, la de los bravíos apellidos –Guerra Bravo--, y yo habíamos discutido por el reparto de las prendas de vestir –de cuya misión era dueña y señora--, por adjudicarme, como siempre, las que no eran de mi agrado, sin opción a elección alguna que otros si tenían. Creo que me había incluido en una especie de lista negra por nuestras acostumbradas discusiones. No obstante fui comisionado por ella para hacer llegar importante mensaje personal, con contestación urgente, al cura párroco de Dúrcal. Tan insigne embajador, perdón por la inmodestia, no podía prescindir del preceptivo séquito, así que pedí que se me agregara en el viaje un interno nativo de Dúrcal, un estudiante de otra generación posterior para que hiciera de cicerone: Manuel Puerta. Algunos pocos años más joven que yo, era un buen compañero, huérfano de padre, con el que compartía el día a día en horario distintos a los demás internos: habitación de estudio, dormitorio..., un chaval amable, dialogante, respetuoso...; en fin un buen compañero.

En aquella nublada y fría mañana de primavera, una fresca brisa nos animaba a ambos a aligerar el paso campo a través con las primeras casas bajas y la pequeña granja avícola, alineando el camino que marcaban también enormes eucaliptos hasta el acceso a la base aérea en la carretera general. Siguiendo las tapias del cuartel de aviación, caminando en peligroso arcén llegamos a la parada del tranvía --curiosa edificación en forma de pagoda--, destacando en el abierto entorno por su color gris oscuro. Una amplia sala de espera hacía de vestíbulo de dos pequeñas dependencias. En la menor, el jefe de estación, de perfil, confirmaba al interlocutor del otro lado del telefonillo manual: ¡Vía libre!... para el tranvía que saliendo desde el Humilladero en Granada capital arribaba hasta aquel punto de encuentro –donde se bifurcaban las vías-- hacia Dúrcal, en perfecta sintonía con otro que llegaba desde las Gabias; acercándose lentamente hacia nosotros con desacompasado y rítmico vaivén, haciendo valer su hegemónica y exclusiva posesión de las vías de acero, donde arrastró, como nunca, sus pesadas ruedas metálicas en la frenada, en un chirriar como de descuidada maquinaria con falta de engrase o, tal vez, simplemente obsolencia.

El ambiente plomizo hacía de los aledaños de la estación de Armilla una mancha gris con matices que enfatizaba las dos pinceladas de color varadas en vías diferentes: el amarillo del tranvía de Las Gabias y el azul del tranvía de Dúrcal a cuyo desahogado interior accedimos ocupando, sin problemas, dos de los asientos con visión del paisaje en el sentido de la marcha. Seguramente por su cotidianidad de muchos viajes anteriores a su pueblo, mi compañero no compartía conmigo, en aquel momento, ese sentimiento primario de viajero, de nómada que todos llevamos dentro. Iniciaba la travesía tan deseada que me llevaría a los confines del camino de acero, mecido por el vaivén del tranvía con su andar monótono de regular cadencia, abandonándome a su arrullo metálico que acompasaba en un suave y repetitivo balanceo.

Relajado el cuerpo, saturaban mis sentidos el paisaje rural que se extendía desde Alhendín a Otura, y cuya agradable visión compartía con mi compañero de viaje. A los campos de cultivo de cereales le sucedían las huertas con sus bancales de piedra conteniendo rica variedad de árboles frutales en plena floración, pintando de blanco y violeta el campo gris. Al llegar al Padul el paisaje se ensanchaba desmesuradamente acogiendo a todo el pasaje en su gran socavón: una inmensa y oscura depresión de terreno carbonífero. Nos adentrábamos en los prolegómenos del valle de Lecrín con un cambio del paisaje, principalmente de su topografía –más escarpada-- en la que destacaba, casi inabarcable a la vista, el profundo y abrupto valle del río Ízbor --o río Dúrcal--, con toda suerte de vegetación de ribera y que me permitió vivir en primera persona toda una experiencia de levitación real.

La continua ascensión desde el Padul, haciendo escala en la estación de la pedanía de Marchena, solo se hizo perceptible cuando con sonido de lata, el tranvía abandonó la tierra para despegar en el aire suspendido sobre el artificio de acero: el puente de Dúrcal, una sorprendente obra de ingeniería, cuya ligereza y simplicidad no apagaba su hito tecnológico integrándose en perfecta armonía con el paisaje natural que le circundaba, el que afortunadamente pude captar, con toda su intensidad a vista de pájaro, desde aquel adelantado viaducto de hierro. Era el preludio de la llegada a la estación de Dúrcal: una pequeña construcción rectangular rematada por cubiertas a cuatro aguas. En uno de los lados, el del interior a las vías, la cubierta se prolongaba con menor pendiente formando un ligero porche, en dirección, a corta distancia, hacia un grueso murete de obra que hacía de tope de las vías, con el final de las mismas. Descubría, por fin, el límite de los raíles de acero. Fin del viaje, hora y cuarto más tarde de su inicio.

La siguiente secuencia en mi memoria no me ubica en la iglesia de Dúrcal, ni en su sacristía cumpliendo el recado de sor Fernanda –ni siquiera me acuerdo de que trataba mensaje tan importante--, sino en la ajetreada cocina de la casa del pueblo de mi compañero y cicerone, donde después de efusivos saludos y presentaciones, una legión de familiares entraban y salían de la casa con afectuosos saludos de bienvenida. Entre fogones su madre, a la que ya conocía de visitar a su hijo en el orfanato, se afanaba preparando toda suerte de manjares con los que pretendían agasajarnos --sabedores de nuestra visita--, bajo la dirección de la abuela de mi compañero, que no perdía puntá ya que alternaba simultáneamente su actividad de chef con la de narradora de historias --la de su familia, la de los ratas (mote con el que se la conocía en el pueblo)--; y en el entreacto de las batallitas narradas, aderezaba y daba los últimos toques a las viandas que poco después adornaban una abundante mesa donde me senté como si habitualmente así lo hiciera. La hospitalidad y amabilidad hacia mi persona fue casi avasalladora.

No hace falta que diga que cuarenta ojos vigilaban para que no dejara ni un resto de aquel menú de vigilia de Semana Santa: potaje y buñuelos de bacalao, sardinas amoragadas, tortilla de collejas y variedad de postres; buñuelos de viento, torrijas y roscos edulcorados con miel de caña de producción local. En fin un festín. Di cumplida cuenta, hasta saciarme, de aquellos preparados caseros en una voluntaria aceptación de pecador. Ciertamente allí hubo mucha gula por mi parte. No sólo sacié el hambre que ya me despertara en la cocina aquellos olores tan agradablemente intensos, sino otro de los apetitos más insaciables, del que estaba más necesitado: el de la afectividad, en un cálido ambiente de sobremesa hogareña en la que los mismos ojos que nos vigilaban nos erigieron en principales actores de la velada.

Era entrañable percibir en el cruce de miradas, amables, sonrientes, solícitas... la intensidad de los gestos que el tiempo y los sucesos de la vida habían imprimido, hasta en las facciones, a tres generaciones que ahora departían afablemente juntas: miradas tan iguales y distintas a la vez, que más que observar hablaban por sí solas --sobre todo en los silencios-- de esos vínculos indisolubles que une el amor, el cariño, el arraigo a la familia, el ser uno mismo y, a la vez, parte de otro, aunque alguna de ellas como la de la abuela mostrara ya ese color mate de la veladura que produce el cansancio de los años. También sus oídos permanecían atentos a cualquier solicitud de deseo que hiciéramos, a cualquier comentario; muy interesados en escuchar los trascendentes, para ellos, e intrascendentes, para nosotros, acontecimientos del orfanato, prolongando momentos tan agradables, deseosos todos de que no acabaran, cuando ya el ambiente se había saturado de olor a leña que crepitaba en el fuego de chimenea, y que caldeaba el ambiente, mientras en la calle bajaba la temperatura conforme avanzaba la tarde.

Pero aquí no acabó la cosa, ya que para rematar la intensa velada gastronómica, y como culminación de sobremesa tan amena, para la merienda, la abuela nos colocó, casi sin advertirlo, ante nuestro supersaturado sentido del gusto, su postre sorpresa, su especialidad: arroz con leche de la abuela, de cuya ración que nos correspondiere no había que dejar sin comer ningún grano de arroz si uno quería abandonar la casa más tarde. Vamos que si no te comías todo no te dejaban marchar. Pude comprobar que en aquella familia había cosas de las que se descartaba a priori su negociación, y una de ellas era el plato de arroz con leche que preparaba la abuela de Manuel Puerta. Pero aquel plato no era un recipiente cualquiera; si su diámetro era exagerado, su profundidad no le desmerecía. Aflojé mis compuertas para no reventar y buscarle sitio a aquella delicia de dioses. A duras penas la pude reubicar en algún lugar desconocido de mi cuerpo.

Al final habíamos cumplido como auténticos ratas, dejando en el plato sólo el brillo de la loza. Fue entonces cuando la abuela siempre solícita nos hizo su último regalo. En previsión de que nos hubiéramos quedado con hambre y para el viaje de regreso, antes de que anocheciera, nos preparó unos paquetes con hornazos: unos panes con un huevo duro en su interior muy típico de aquel lugar y de aquellas fechas, apremiándonos en aquel instante a que nos comiéramos uno antes de despedirnos. En ese momento estuve casi a punto de pedir por favor a mi amigo que encerrara a su abuela en una habitación y la atara a un mueble, para así poder marchar a tiempo, antes de que mi cuerpo pudiera resentirse y me abandonara al no reconocerme.

Nos escabullimos como pudimos si bien la abuela nos siguió hasta el vestibulo de la entrada farfullando a los demás: Deberían de comerse alguno antes de coger el tranvía..., deberían de comerse alguno... al tiempo que ya en la puerta de la casa nos despedimos. Enfilamos rápido la calle abajo hacia la estación con cierta prevención por mi parte, mirando intermitentemente y de soslayo hacia un lado y otro del itinerario, intentando acelerar el paso para llegar cuanto antes al tranvía, pues en esos instantes de confusión de los sentidos por exceso de comida, sobrevolaron sobre mi castigada mente, y sin poderlo evitar, temerosos y extraños sucesos: imaginaba que en cada esquina de las calles que atravesábamos nos abordaban, sorprendiéndonos, una legión de abuelas, como sombras, embozadas hasta la cara con la misma toquilla negra de lana que la de la abuela de mi compañero, de las que entresacaban, donde escondían, infinidad de hornazos, aún calientes, que nos obligaban a comer hasta saciarnos, sin que cesaran en su obsesivo deseo de que comiéramos uno más, y otro., y otro... hasta aumentar tanto de volumen que temí nos impidiera llegar por nuestros propios pies a la estación de tranvías. Cuando al poco rato regresé a la realidad, no dejaba de esbozar con alivio una insinuada sonrisa que pasó desapercibida a la atención de mi compañero. Habíamos alcanzado por fin, y sin ninguna sorpresa ni novedad, el pequeño edificio de la estación.

Ya de regreso en el tranvía divisando de nuevo el puente y a punto de entrar en trance de una segunda levitación en aquel día, mirando a mi compañero esbocé una larga sonrisa que esta vez no le pasó desapercibida y por la que se interesó.
- De que te ríes --me preguntó.
- ¡Joder!. No me lo puedo creer. El final de este camino que tantas veces he deseado conocer, no es un territorio….. --hice una pausa que provocó en él su curiosidad de mi respuesta, inquiriéndome a continuación.
- ¿Entonces que es?
- ¡Joder!, lo has visto con tus propios ojos, es ¡¡¡un descomunal y abundante plato de arroz con leche hasta el borde, para reventar!!! ¡Cómo cojones lo iba siquiera a imaginar?

Los dos reímos a carcajadas en el instante en que aquel artefacto empezó a sonar como una lata. Estábamos de nuevo suspendidos en el aire. Abajo, brillando en la neblina, el río dibujaba un sinuoso sendero de plata.



FranciscoMolinaGómez.
(No puedo negar que en mi difícil adolescencia hubo algunas ráfagas de felicidad, y uno de esos destellos de bienestar lo viví intensamente aquel día, en un sentimiento ambivalente con una cierta sana envidia hacia mi compañero: la alegría porque aquellas buenas gentes me hicieran sentir por un día un hijo más de la familia, y el lamento de que aquello acabara tan rápido y no se pudiera repetir. Al final del camino de hierro hubo algo más que un abundante plato de arroz con leche: la experiencia vital que soñara en aquellos viajes en tranvía a ninguna parte: la de sentirse deseado en la llegada para convivir por unas horas en un auténtico hogar con gente que desbordaban cariño y afectividad por todos los poros de su piel. Toda mi gratitud en la dedicatoria de esta entrada a Manuel Puerta y su cariñosa familia, allí donde estén ahora... Mil gracias)







martes, 2 de enero de 2018

LOS DESHEREDADOS DE AHÍ ABAJO












"¿Saben lo que me hacía feliz en el tiempo de clase con sor Gloria? Pues que cada mañana volaban sobre el Orfelinato los avioncitos llamados vulgarmente “cazas”, con base en el campo de Armilla, a unos quinientos o mil metros del colegio (...) Su ruido estruendoso detenía por un momento la actividad escolar para llenarnos de algo que venía de los aires. Aunque el constante pasar y volar sobre nosotros nos desbordaba la imaginación hasta creer que quien pilotaba el avioncito dichoso era yo u otro de los compañeros, huyendo del presente tal vez angustioso de la escuela, para transportarnos a otro mundo...; y creo que es el único ruido que menos me desagrada: el de los aviones (...) Un día vimos estrellarse un “caza” pequeño cerca del lavadero quedando enramado entre los altos eucaliptos que rodeaban el colegio... ignoro si hubo muertos.”
( Extraído del libro: En aquel tiempo –1950/1963--, y en este lugar --el de la foto--..., del acogido en el orfanato de Armilla en Granada: Manuel Jiménez Estévez)










El ruido del motor reverberaba en el ámbito aséptico de la escuela. Desde el aire los pilotos de la avioneta-caza de la guerra civil –que atravesaba con ronco sonido el recinto del orfanato— observaban sin mucho interés, como una imagen más de la rutinaria ruta en los ejercicios de adiestramiento aéreo, los tejados en sucesión de alargados pabellones entre patios, cercado todo por continuas tapias, en una decidida disposición como de establecimiento militar; que no les era ajena.

Descuidadamente, como acto involuntario, miraban hacia abajo descubriendo algunos puntos negros que se movían de manera desordenada entre los edificios, acordándose de sus hijos, tan diferentes de aquellos huérfanos que ahora salían en bandada por la pequeña puerta de uno de los pabellones, colmatando de manera caótica el patio anejo. Se autocomplacían en su suerte: la de oficiales de aviación; un trabajo profesional, bien remunerado --y mejor considerado socialmente en un país sujeto a una dictadura militar-- que les permitía una vida holgada y una familia estupenda, en un hogar digno con unos hijos más libres; no como los desafortunados de ahí abajo que correteaban atrapados entre los muros de cal, vigilados por la monja que desde el aire se distinguía perfectamente por las alas blancas de la toca que lucía en la cabeza, exculpando --como mandos de personas también-- al sacrificio de su vocación religiosa, la abnegada y ardua labor de vigilancia, sin reparar en la diferencia de tropa: Anda que la tarea de las pobres hermanas, para controlar a tanto niño…, ellos se les ve de acá para allá…, no paran; mientras, saliendo de aquel ámbito traspasadas las tapias, atravesaban el barrio de Corea para girar cerca del campo del cuartel de aviación de los Llanos; una vuelta más, en el sobrevuelo constante durante la mañana, del continuo aprendizaje para el manejo de aquella pieza de museo con sonido bronco de motor de mecánica antigua.

En el patio de juegos, tumbados de espaldas sobre el pedregoso terreno, Alifa, Pepito Gordo, Soto y otros huérfanos, codo con codo y apercibidos de la amenaza por alto de sus cabezas, formando cuadrilla antiaérea –emulando a Johnny Comando, Gorila, Bolita y demás soldados americanos en viñeta de tebeo de Hazañas Bélicas— les alcanzaban de pleno al avión con la imaginaria munición que disparaban los alargados palos de madera --como ametralladoras antiaéreas--, con los que apuntaban insistentemente al viejo caza durante su peligroso recorrido: “Rá tá tá tá… rá tá tá tá… rá tá tá tá...”, sobrevolando sobre sus extendidos cuerpos, en inminente ataque a sus posiciones defensivas; descargando el aparato, por toda respuesta a la rúbrica de un imaginario espeso reguero de humo negro que le habían inferido –y que todos imaginaban se proyectaba por la panza de la avioneta militar--, un ensordecedor ruido de motor de vieja avioneta de guerra, tan escandaloso por unos instantes, que les zahería los oídos, los que aliviaron cuando el estridente sonido se fue diluyendo en la distancia del vasto espacio azul de la mañana, en la medida que el biplano de único motor de hélice se alejaba: ¡Huye!, ¡hurra!, ¡hurra!..., le hemos dado, pasando ahora por encima de las chabolas que había por detrás de las tapias, plagadas de chaveas sucios y semidesnudos –los “coreanos” cómo les llamaban-- que deambulaban libremente por la única calle terrosa, por entre el saneamiento descubierto de las aguas fecales: Esos no son huérfanos, pero viven más miserablemente, apuntaba el joven teniente al tiempo que la avioneta dejando atrás las infraviviendas y la pequeña caseta de la parada del tranvía, se perdía por la espaciosa llanura que se extendía a los pies de la ciudad, la que se visualizaba desde el aparato abigarrada, eclosionando en magnífica fortaleza en su colina más alta.

Para los niños desheredados de ambos lados de las tapias aquel familiar ruido formaba ya parte de la banda sonora de sus vidas. Se había impreso en sus cerebros de tal suerte que no concebían el tiempo de su corta existencia sin las pautas diarias del zumbido lejano que, al principio, se iba acrecentando conforme se acercaba a ellos hasta hacerse ensordecedor al cruzar la aeronave encima mismo de sus cabezas para, luego, ir amortiguándose a medida que se alejaba hasta convertirse en un susurro en la lejanía, pero sin dejar de apagarse del todo. Sabían que seguiría allí toda la mañana sobrevolándoles.

El registro sonoro de aquel ruido, quedó presente de por vida en los recuerdos de infancia de Alifa, Pepito Gordo, Soto y del resto de compañeros de orfanato, de un lado, y de los niños gitanos, en especial del gitano Medrano y de su madre, del otro. Ruido que entraba impertinente, sin poderse evitar, por las ventanas de la escuela y las puertas abiertas de las chabolas...; superponiéndose a la baraúnda de todos los días de los chiquillos, aunque en realidad sin conseguir anular sus gritos en las alegrías, sus agudas voces en los cánticos, sus particulares ecos en los juegos, sus quejidos en los llantos, sus singulares resonancias de sus complicadas vidas… sus miedos... el del gitano Medrano contagiado por el de su madre cada vez que la avioneta le sobrevolaba, no en vano ésta había perdido una pierna durante un bombardeo en la guerra civil.

Los dos pilotos ajenos a la congoja de todos aquellos desheredados --oculta a la vista tras los gruesos muros de ladrillo y las enlatadas cubiertas--, se paseaban en alto ufanos participando del aparente buen funcionamiento de la máquina, y también de la institución pública de beneficencia allá abajo, paradigma del orden que imperaba en el país a cuya defensa contribuían entrenándose en el aire todas las mañanas: Ahora están todos en clase; que gran labor de las hermanas, haciendo hombres de provecho, para gloria de esta nación... al contrario de aquellos otros, como salvajes sin escolarizar... holgazaneando en la calle, alabando aquella escuela rígida y disciplinaria pero con sus hijos a salvo de la sinrazón de la letra con sangre entra, del temor en la mirada con las manos extendidas, del dolor del chasquido en la carne, del moratón en la piel, del sentimiento de culpabilidad, del grito enmudecido por el dolor y de la lágrima contenida.

En el exitoso ataque, Alifa, Pepito Gordo, y Soto convinieron con gran alegría que aquel día, por fin, el antiguo caza de guerra que siempre les amenazaba, herido por la metralla, caería irremediablemente cerca del lavadero donde los altos eucaliptos, sobre el barrio de Corea en el cierre norte del Orfanato, allende las tapias que articulaban, con su prolongado trazado de muro blanco la única calle, sin nombre, que desmañadamente alineaba una agrupación de infraviviendas habitadas por gente muy pobre sobreviviendo inmersas en la miseria al amparo de la muralla encalada. Eran en su mayoría de raza desconocida, no gitanos como se decía sino, posiblemente, coreanos cómo los del último comic de hazañas bélicas que habían leído, --pensaban los tres huérfanos durante aquella batida--, al tiempo que una tropa de chaveas sucios, de sospechosos y escamados ojos rasgados que les seguían, correteando su semidesnudez envuelta en desagradable olor al que, inevitablemente, sus tiernas pituitarias se habían acostumbrado, ahora les retaban en la pelea cuando los internos la atravesaron en formación de fila de dos, comandada por la monja de toca alada, en uno de aquellos infantiles paseos dominicales, que en realidad encubría una dificultosa misión secreta –peligrosa incursión en territorio enemigo- que se les había encomendado a los tres, agrupados en comando de combate y cuya acción desconocían el resto de huérfanos e incluso la generala de gorro raro: liberar a sus compañeros del peligro amarillo, aunque aquellos enemigos tuvieran la piel oscura.

Ellos sólo recibían órdenes del mayor Mortimer; órdenes en clave que hallaban en las leyendas de los cómics con escenas de guerra en Indochina, que les incitaba a la lucha. Y a buen seguro que se hubiesen enzarzado en la pelea de no ser por la súbita “aparición”, cuando enfrentaron la rústica fachada con sólo dos huecos: una destartalada ventana cuyos ciegos postigos cerraban los misterios del interior a cal y canto, y una descuadrada puerta por donde salió, comenzando a avanzar hacia ellos, arrastrando torpemente la única pierna visible --pues la otra sólo era un muñón-- amenazando con las muletas, como arietes, defender su territorio y a los chaveas gitanos de la calle que comandados por su hijo Medrano le seguían detrás: ¡Cuidado!, ya está otra vez la bruja..., advirtieron los tres a fin de evitar que les hiciesen prisioneros, en actitud beligerante, girados hacia ellos, protegiendo el final de la formación de la fila de dos.

Una vuelta más. Después de tantas jornadas de vuelo, los pilotos habían impreso en sus mentes el recorrido: la base aérea; los llanos que era terreno militar, en donde, desperdigadas –como pequeñitas cajitas— visualizaban las viviendas unifamiliares de algunos mandos del acuartelamiento: Pasa por encima de la casa del coronel --le indicaba el capitán instructor al joven teniente-- y después gira antes del comienzo de los terrenos escarpados, donde acaban las huertas; franqueando tranquilos en la confianza de la técnica y de su pericia los campos de frutales bañados por el templado sol mañanero, y en cuestión de minutos estaban otra vez sobrevolando el patio, ahora casi vacío, en vuelo tan bajo que el artefacto volador proyectaba nítidamente sobre la tierra su alargada sombra con hechuras de enorme insecto, tan bajo que el estruendo habitual sonó como trueno muy cercano que hizo vibrar de forma ostensible los cristales de las clases con gran sobresalto de los internos escolares... después un insólito ruido fuerte y seco... y a renglón seguido el silencio más absoluto.

Un extraño silencio muy prolongado cubrió todo aquel ámbito. ¡Qué raro!... se miraban estupefactos los pocos chicos mayores que habitaban el patio a esas horas; sobresaltados, sin esconder cierta inquietud en sus miradas por la extrañeza de señal tan estruendosa, que presentían que algo muy pesado había impactado contra los árboles cerca de allí... quizás fuera la avioneta que unos segundos antes les sobrevolaba tan bajo... sólo lo presumían. Muy cerca el gitano Medrano enfrente de su casa, de pie, rígido por el susto, paralizado de cuerpo entero, casi sin respirar mientras su corazón le latía aceleradamente observaba estupefacto la mole de acero que colgaba de las ramas de los árboles, por entre las que se colaba un humo gris que salía del aparato, ocultando en parte la espesura de las hojas de los eucaliptos.

Nunca supo cuanto tiempo permaneció inmovilizado por el terror observando ¿aquello? Para cuando quiso darse cuenta de que estaba vivo ya era consciente del apretado abrazo que le unía a su madre, la que permanecía temblando, como ausente, erguida en el ámbito semioscuro del interior de la vivienda, sólo mantenida en pie gracias al auxilio de unas adelantadas muletas que parecían pegadas a su cuerpo como alas de madera abatidas; dos miembros extraños que le brotaban de las axilas a las que las unían unas desgastadas y mugrientas almohadillas de tela, y a las que también se aferraban, como tenazas, las manos de su hijo... ambos rezando... ambos esperando una señal... no sabían muy bien qué... quizás el desplome del enorme artefacto sobre la frágil casa... al final, al cabo de un corto tiempo que les pareció eterno, sólo el punzante sonido de las sirenas de emergencia.

En el rezo de noche en formación de filas en el sótano del orfanato la monja hacía repaso --como todas las noches-- de las faltas en que hubieran incurrido los internos durante el día, ahondando en aquellas graves a las que llamaban pecados, avisando de sus terribles consecuencias si éstos les sorprendían en un renuncio de la vida, como pudo pasar a los pilotos que se habían estrellado cerca del lavadero, pensaban algunos chicos durante el rezo, sin saber si habían sobrevivido al accidente. En caso de haber muerto, a saber si estaban o no en gracia de Dios..., pero de haber sobrevivido que duda cabe que se les habían dado una nueva oportunidad... no siempre sucede así con tiempo para ponerte a bien con Dios... cavilaban los muchachos siguiendo el hilo del sermón de la monja, mientras todos a coro entonaban el rezo... ese mismo rezo que a menudo les acababa infligiendo en sus ánimos el desasosiego, la inquietud, el temor que siempre se apoderaba de ellos a esas oscuras horas cuando se iban a dormir: Yo he de morir más no sé cuándo / yo he de morir más no sé cómo / yo he de morir más no sé dónde / lo único que sé es que si muero en pecado mortal me condenaré para siempre. Una vez en la cama Alifa, Pepe Gordo, Soto y otros entraron en pánico por si no despertaban, a sabiendas de que sus conciencias no estaban limpias. No pudieron conciliar el sueño, pues habían deseado de "pensamiento e intención" el derribo de la avioneta y ahora ya no había tiempo para confesarse, revolviéndose en la cama de un lado a otro hasta bien entrada la madrugada. 

El gitano Medrano tuvo pesadillas arrebujado en el camastro contra el cuerpo de su madre que continuaba con un leve temblor. Cuando despertaron, todos se alegraron enormemente de la oportunidad que les concedía la luz del día.

Ese mismo día los desheredados de ahí abajo oyeron de nuevo, a primeras horas de la mañana, el acostumbrado ruido en el aire que provenía de otro caza que les sobrevolaba, como era habitual. La vida proseguía, pese a todo.




FranciscoMolinaGómez
(Ahora mientras escribo compruebo que lo que ha registrado la banda sonora de mi vida  no son simplemente sonidos, sino que, asociados a ellos, hay un universo de sensaciones: de fantasías en pos de lo posible, aunque en realidad no lo fuera; de desbordada imaginación idealizando los sueños; de deseos optimistas avezando en la doliente vigilia, un porvenir mejor; de viajes fuera de la realidad, en continuas alucinaciones, al reino del ensueño... todo ello sobrevolando todavía los recuerdos; pues como ya dijo el poeta: "Es en el plano del ensueño, y no en el plano de los hechos, donde la infancia sigue en nosotros viva y poéticamente útil") 









domingo, 10 de diciembre de 2017

EL DÍA DE LA LOTERÍA DE NAVIDAD












En aquellas navidades de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, los hogares que esos días eran el centro de las reuniones familiares adquirían un cierto encanto (como baluartes de la tradición) y sus moradores abrían las puertas de par en par a familiares, amigos y vecinos a los que era costumbre invitar a degustar alguno de aquellos auténticos dulces de mantecado al que había que ayudar a bajar hasta el estómago con una copita de un anís tan fuerte que cortaba el hipo, y a admirar la destreza de los anfitriones en montar el popular belén, práctica muy extendida en la población, como la de apostar a la “suerte” el día de la lotería.










En el orfanato el día de la lotería de navidad era uno de esos días para la esperanza o el desconsuelo... quizás aquella navidad algún familiar se acordara de mí. En el salón del pabellón la televisión se ha encendido a primeras horas de la mañana con motivo de la retransmisión del sorteo de la lotería. Nuestro ánimo --el de todos los acogidos-- está más atento a otros acontecimientos: sobre la monótona y repetitiva letanía de los niños de San Ildefonso se alza intermitente la voz de la llamada a otra suerte más importante: alguien corea de viva voz el nombre del afortunado que pasará la navidad en su casa: Arréglate que te está esperando tu madre en la portería. A medida que transcurre la mañana se ha ido llamando a los chicos conforme llegaban sus familiares. Siempre éramos los mismos los que preguntábamos:¿Te vas? Y los de siempre contestaban aquello que algunos hubiéramos querido decir, aunque fuera solo en aquella ocasión: Sí, han venido a sacarme.

El día de la lotería de navidad era uno de esos días de ansiosa espera, de expectación a ser llamado en cualquier momento, de ilusión de oír tu nombre por encima del jaleo que en el salón se ha formado ya a media mañana. Luego, conforme transcurría ésta, la necesidad de seguir acostumbrándose, aunque costara mucho, a no figurar en tan venturosa lista; de desear intensamente la alegría de los que se marchaban.

El día de la lotería de navidad... ¡qué envidia! … ¿porqué no nos tocaba en suerte alguno de aquellos hogares?, aunque fuera una sola vez; suspirábamos, año tras año, los pocos que quedábamos en el orfanato por Navidad. Nos apretujábamos, rellenando el vacío de los que se iban de vacaciones a casa de sus familias, acercándonos más que de costumbre en las distancias: de la fila, del asiento del comedor, del banco en el salón, de la cama en el dormitorio; nos mirábamos ya muy de cerca y nos reconocíamos en los mismos sentimientos de abandono y de desamparo; en los mismos gestos de desconsuelo dibujados en las caras, las mismas de siempre, las de toda una vida.

Soledad que suplíamos en la improvisada proximidad entre nosotros –los más desabrigados entre los desabrigados— casi tocando piel con piel para darnos calor en un sentimiento de amistad nuevo, distinto al del resto del año que sólo duraría aquellos días; hermanados, estrechando lazos en la desventura que para algunos duraba ya mucho tiempo; parapetados en nuestro infortunio de niños sin besos, anhelando la suerte de “los otros”, los mismos de siempre que ansiosos en las tardes de los primeros domingos de cada mes esperaban sin vacilación la visita de sus familiares.

Cuán triste era observar –mes tras mes y año tras año-- aquella alegría de la fiesta a la que no estabas invitado, desde la lejanía, desde un lugar escondido, para no tener que sufrir aquella humillación; ni siquiera estabas en el grupo de los dudosos: éramos directamente en el inconsciente colectivo de “los otros”: aquellos que no tenían besos por olvido de sus familiares, y habían, aún peor, aquellos que, además, éstas carencias las sufrían con el estigma de ser niños de nadie; nunca habían conocido familia alguna. Aquel pesar se agudizaba cuando llegaban las fiestas de Navidad. Hasta los veinte años no perdí la esperanza, deseando que llegara el día de la lotería. ¿Quién sabe ...?

 El día de la lotería de navidad... remediábamos como podíamos el eterno olvido --realidad a la que ya estábamos habituados en el acontecer de cada segundo de nuestras tempranas existencias--, y nos afanábamos aquellos días en arrebatarle al frío, aposentado a perpetuidad entre los gruesos y fríos muros, algo de calor de hogar, decorando con murales de felicitaciones navideñas las paredes y con farolillos de colores las lámparas de los pocos espacios que quedaban abiertos del pabellón.         

Del más del centenar y medio de niños internos apenas quedábamos una veintena. Los que ahora nos reconocíamos en las mismas carencias afectivas como grupo familiar. Esto, unido al relajo en la disciplina de la vigilancia de los celadores --aflorando su desconocida cara más humana; si acaso alguno la tuvieron-- hacía que brotara y fluyera en el ambiente, si no el auténtico espíritu de las Fiestas, si un sucedáneo aceptable que hacía más llevaderos esos días; conformándonos con la suerte de ser los protagonistas en aquel placebo hogar. 

Nos conformábamos con muy poco --¡qué remedio!--, intentando disfrutar de las escasas diversiones que nos ofrecían, entre las que descollaba la posibilidad de ver mucho cine en la televisión, donde se prodigaban entonces las proyecciones americanas más clásicas del cine en blanco y negro en un especial de Navidad. En la cerrazón del espacio cerrado la televisión era nuestra única ventana al exterior, aunque aquel día de la lotería le prestáramos más atención a otras cosas.

El día día de la lotería de navidad... me afanaba en la artística tarea de montar el belén. En la televisión que ocupa en alto una repisa de madera en una esquina del salón, y al final de la mañana, gentes de todo tipo y lugares celebran muy excitados ser los afortunados portadores de los billetes de algunos de los premios importantes del sorteo. Los enseñan eufóricos de alegría a las cámaras, muy cerca de la cara del locutor, el que evitando que el festivo ambiente haga mella en su seria expresión de reportero, dice con voz de profesional de los medios lo que era una frase que se repetía todos los años: La suerte ha estado muy repartida entre la gente necesitada.

Mientras, voy dando forma a una topografía inventada que va surgiendo en mi mente, por momentos, de las tierras de Belén. Imagino altas montañas con el efecto rugoso de los troncos de olivo que recogíamos de la leñera de la cocina; profundos barrancos donde, en realidad, debieran ser extensas llanuras de desérticas arenas; un río que aflora hondo y caudaloso en tan accidentado terreno, cruzando muy visible en diagonal el paisaje fantaseado... en fin todo incongruente en la representación de aquellos territorios... así era por tradición. Todo era anacrónico: la húmeda naturaleza del tapizado verde del césped que arrancábamos de la tierra en los alrededores del lavadero, y que generosamente extendíamos por todo el nacimiento; las viviendas de corte occidental para una zona de oriente; el molino de viento; las escenas de las figuras... pero el resultado --esperado todo el año-- era de una intensa emoción. Así lo habíamos vivido siempre desde que éramos muy niños.




Escenas de Belén; del aurtor del blog


Al final del día de la lotería de navidad... mi gran premio no era económico sino emotivo, con el disfrute de la colocación de las figuras --santos-- con las que el paisaje artificial iba cobrando vida; mostrando en el reducido espacio con fondo de estrellas en un cielo de tela, la escenificación del nacimiento de Cristo... no faltaba nadie... estaban todos los personajes en una escena de acción general extrañamente quieta; inmovilizada durante esos días en los que sólo cambiaba la ubicación de los reyes magos que los íbamos acercando al portal de Belén conforme iban transcurriendo los días de vacaciones, a fin de que llegaran a tiempo, antes de que acabaran éstos, para ofrecer sus presentes al Niño Dios, coincidiendo con el mágico día de Reyes, y siempre guiados por la estrella polar que ya lucía brillante encima del portal. ¡Ah!, no se me olvidada colocar una pequeña bandeja a fin de que los visitantes externos al orfanato dejaran la voluntad con la que poder adquirir nuevas figuras. Apenas se recogía para ir reponiendo las que se rompían.  

El día día de la lotería de navidad... sólo me tenía a mí.



FranciscoMolinaGómez
(En esta Navidad´2017/18: Paz y ventura para todos, en especial a los que, a su pesar y a temprana edad durante muchos años, se acostumbraron a no figurar en la gozosa lista de los afortunados a disfrutar la Fiesta de la Navidad)