jueves, 1 de mayo de 2014

SOLO UN VIAJERO MAS

















De repente me apercibí que me hallaba perdido en no sé que sitio; en un raro lugar donde las gentes se cruzaban evitándose la mirada, como zombies, sin hablarse, caminando deprisa, sólo pendientes de ojear el reloj; todos con los mismos gestos; las mismas prisas, apurando el paso...; bulla de multitud transitando precipitadamente los largos túneles de deslumbrantes halógenos que iluminaban aquella apretujada masa de personas con actitudes graves, que no sonreían, que no gesticulaban, mirando sólo al frente mientras se transportaban en inacabables cintas mecánicas hasta abocar, al final arremolinados y agrupados como manchas sobre el suelo, frente a las pantallas digitales con las informaciones cambiando en los marcadores a una velocidad vertiginosa, mareante... después se precipitaban atropelladamente y a toda carrera hacia los puntos indicados: las salidas parapetadas tras un laberinto de carteles de avisos con flechas indicadoras en todas direcciones... y por fin, alcanzadas las puertas de salida: ¡horror! ningún rastro de ser humano... sólo máquinas que daban órdenes: "Introduzca su tarjeta de crédito... teclee su número personal... recoja su ticket... deposite su maleta en la cinta transportadora... diríjase al módulo T.4, nivel 2, puerta B.1...": entonces comprendí que había quedado irremisiblemente atrapado en un no-lugar.

Me quedé contemplando a aquellas gentes y advertí que el no-lugar no era sólo un espacio físico.












Ahora Matías visionaba la ciudad, que aún dormía a horas tan tempranas, en una ráfaga de imágenes difíciles de codificar en su mente y que se proyectaban rápidas a la escala de la velocidad tras los cristales de las ventanillas del coche que conducía Luis --su hijo mayor--, que ahora le transportaba al aeropuerto de la ciudad. Los modernos edificios que orillaban la gran avenida urbana y que se sucedían como inmensa vitrina de exposición de materiales --hormigón, aluminio, acero, vidrio...-- dispuestos de forma artificiosa en extrañas composiciones, a su entender ininteligibles, se constituían en inmenso cauce --como río caudaloso-- que a esas horas ya cubría, hasta saturarse, de un intenso tráfico de vehículos de motor. A intervalos, sin solución de continuidad, la amalgama de los fríos artefactos como gigantes desdibujados en la neblina gris de aquella mañana de otoño, daban paso, expiando su afrenta, a algún olvidado parque de recreo de los que sólo son visibles a los ojos de los visitantes, y que revelaba en el ánimo de Matías esa desolación que muestra la naturaleza cuando muda de piel, agravada en ese momento por la bruma de aquellas primeras horas del día.

Durante el trayecto, en ocasiones, padre e hijo se observaban en un reto de silencios que ninguno se atrevía a romper. Hacía ya muchos años que Luis se había trasladado de su pueblo natal a la capital del país en busca de "otras oportunidades", de las que ahora disfrutaba como director general de ventas de una conocida empresa que se publicitaba líder en la televisión, y que al cabo del tiempo le había impreso en el carácter, a su pesar, de cierta pátina de deshumanización en sus relaciones personales y familiares y, en consecuencia, de una prolongada incomunicación con su progenitor. La distancia hizo el resto. En este instante de sus vidas las miradas sustituían a las palabras y las reflexiones calladas ocupaban el espacio de los silencios. Para Matías el cercano momento del reencuentro con la vieja casa de piedra; con los objetos y ambientes que hasta hacía poco tiempo había compartido con su mujer; el del momento de la ansiada primera visita al cementerio después del óbito de María hacía tan sólo un mes, le perturbaba en sus pensamientos, a la vez que le reconfortaba. Después del funeral a la memoria de la madre en la antigua iglesia mudéjar del pueblo --recinto sacro tan íntimamente ligado a las vidas de los padres y de sus tres hijos, los que habían acudido a tiempo a la llamada del padre para despedirse de la madre aún en vida-- el cónclave de hermanos, ante la situación de desánimo de Matías, acordaron la conveniencia en un primer momento de que Luis, el más acomodado económicamente de ellos, acogiera en su casa,y durante una temporada, al desamparado padre, ya que cada uno residía muy lejos del otro en ciudades distintas.

¡Cómo iba a ser posible vivir sin María de la que nunca se había separado?, cavilaba ahora Matías sin obtener respuesta en uno de esos silencios, súbitamente roto por su hijo, justo cuando tomaba el desvío hacia el aeropuerto por la recién inaugurada carretera de circunvalación --sólo unos días antes lo habían dado por televisión: el ministro del ramo se fotografiaba sonriente, entre bellas azafatas, cortando la cinta inaugural--.
- Papá, recuerda que cuando aterrice tu avión te estará esperando en el parking del aeropuerto con su taxi Isidro el de la Celsa, el que te llevará hasta la Casa --acepción familiar, ésta última, del hogar común donde, hasta no hacía mucho tiempo, habían convivido juntas hasta tres generaciones-- y no olvides llamarme cuando llegues --el padre asintió con la cabeza-- ¡Ah!, el pago del viaje hasta el pueblo ya lo he arreglado con Isidro, tú no tienes que preocuparte de nada.
- ¡Vale!

Arrellanado en el asiento de piel; extra de serie que solo unos días antes le glosara su hijo de aquel último modelo de coche de gama alta adquirido recientemente y no asequible económicamente --según vanagloria del retoño mayor-- para el común de los mortales, Matías se abandonó a su cavilaciones, a sus preocupaciones, inmerso en un viaje por intrincada red de carreteras, profusamente señalizadas por doquier con enormes carteles sobre cuyo fondo oscuro destacaban en claro leyendas y anagramas en un lenguaje abstracto que no lograba descifrar pero que, a buen seguro --pensaba-- eran la clave para poder salir de aquel enmarañado laberinto que, como enorme jeroglífico de asfalto, ocupaba el espacio natural negando el paisaje, recreando en su lugar un artificio que no reconocía, que rechazaba, y en el que se sintió momentáneamente perdido; soledad que alivió cuando divisó en la lejanía el edificio del aeropuerto, el que en la neblina de la mañana no desplegaba todo el esplendor de su silueta postmoderna de acero y cristal.

Entraron a un resplandeciente y amplio vestíbulo intensamente iluminado, con acabados en materiales de última generación: titanios, aluminios, aceros pulidos... que brillaban metálicos al reflejo de los potentes focos de luz. Unas enormes estructuras metálicas vistas cubrían en gran altura el vasto espacio, el que en su desmesurada proporción hacía empequeñecer, aún más de lo que ya se sentía, a Matías impresionado por tal exceso, casi asustado; y de las que colgaban --como artefactos agresivos, temiendo Matías que se les pudiera caer encima-- conductos de gran diámetro que climatizaban el ambiente y otras estructuras auxiliares a las que se habían fijado, suspendido de ellas, todo un universo tecnológico de información; los códigos de funcionamiento de aquel complejo y moderno aeropuerto: carteles, pantallas digitales, anuncios, megafonía, cámaras de vigilancia, publicidad comercial... se desplegaban por doquier ocupando ese espacio medio desde el que el gran ordenador central se dirigía --como gran hermano-- a la aglomeración de personas, reconduciéndolas, encauzándolas ... desde la sombra... sin ser visto... sólo una impostada voz de megafonía: "Señoras y señores pasajeros les recomendamos no pierdan de vista en ningún momento sus equipajes y efectos personales"... "Señoras y señores pasajeros consulten periódicamente las pantallas digitales para estar puntualmente informados de sus vuelos"... "Señoras y señores pasajeros permanezcan muy atentos a los mensajes por megafonía"... "Salida del vuelo Iberio 424 con destino a Zaragoza; pasajeros diríjanse a la terminal auxiliar T.4-A. Tengan preparadas sus tarjetas de embarque y sus documentos de identidad".

- Papá, esa es la tuya, ¡venga! --Matías se dejaba llevar por su hijo, que casi lo arrastraba, y por otro misterioso pasajero de la misma edad que Luis con el que éste se había encontrado y saludado en el vestíbulo, encadenando desde entonces ambos, en la espera y una tras otra, aburridas charlas de empresa que por su prioridad y efusividad parecían vitales para Luis, sobre esos asuntos de negocios con muchos números, cifras, datos de marketing, estadísticas, gráficos, esquemas, inventarios, albaranes...--auxiliándose el hijo para ello de la última novedad tecnológica de comunicación que para uso personal la había proporcionado la propia empresa-- y no se cuántas martingalas más que a Matías casi le producían dolor de cabeza.
- Tenemos que ser aún más competitivos --le reconvenía Luis al pasajero misterioso, que sólo se había dirigido a Matías para saludarle en la presentación y que no era otro que un subordinado de su hijo, el que deseando que alguien acompañara a su padre durante el viaje --Luis no podía pues estaba "desbordado de trabajo"-- había justificado en el interés de la empresa la urgente visita del empleado a la capital maña, aprovechando entonces para mandar un mensaje envenenado al delegado-jefe de aquella oficina provincial.
- Dile a Carlos que los de arriba están muy descontentos por el descenso de ventas en la zona y que... lo siento; peligra su cabeza... ¡Ah! y a José Roig el de la sucursal de Delicias que espabila o me veré en la tesitura de no renovarle el contrato --amonestaciones que Matías oía sin quererlo, sólo por la circunstancia de estar allí, invisible a los ojos de los otros que no le prestaban la mínima atención; sin entender aquella extraña situación: la inútil pérdida de tiempo. Qué mejor ocasión antes de que partiera de viaje para construir puentes y estrechar lazos entre ambos aprovechando aquel corto tiempo de convivencia... oportunidad para hablar entre ellos de esos días, de sus nietos, de cómo el padre pensaba reorientar su vida, de los recuerdos de la madre y ¿?porqué no? de cuando era pequeño...; ocasión definitivamente perdida cuando sonó el teléfono móvil de Luis.
- Papá; es mi jefe; te tengo que dejar --encomendándole a continuación al subordinado, al que se dirigió como superior jerárquico en la empresa, evitando familiaridades--: ¡Eh!, Escobedo te hago responsable... cuídamelo hasta que esté metido en el taxi --mientras se despedía del padre.

Y allí empezó el vértigo: la fila interminable de personas para pasar por el control de seguridad, unas literalmente pegadas a otras pero sin hablarse entre ellas, atareadas en hablar a gritos por los teléfonos móviles; uno de ellos sin discreción alguna --como si estuviera sólo-- y sin excusar la molestia de la clavazón del rígido maletín negro sobre el costado de Matías, al que, además,impedía proferir ni un mínimo paso la maleta rodante desplegada en el suelo del acompañante de aquél, mientras el subordinado de su hijo, obviándolo, no cesaba también de hablar por su teléfono móvil, imitando como un clon al resto de personas, vestidas de la misma forma, que se movían con los mismos gestos, que gesticulaban con las mismas posturas al hablar por el pequeño artefacto, con el mismo tono alto en la voz, como si necesitaran imperiosamente que los demás escucharan sus historietas.

La odisea prosiguió en el largo recorrido por prolongados pasillos y desangelados vestíbulos a donde se llegaba en un inacabable itinerario de sucesión de cintas y escaleras mecánicas con la sensación en el ánimo de Matías de estar inmerso en el interior de una programada máquina que les teledirigía a través de aquel universo de carteles, encajonados por el vidrio, en esa imagen higt tech de espacios acristalados que permitían ver la amplitud de los ámbitos aunque les impedía moverse a su antojo; como una trampa mortal de la que no lograba salir ahora una pareja algo mayor de edad que habiéndose equivocado de ruta daban vueltas y vueltas alrededor del mismo sitio y que al paso de Matías y su acompañante golpeaban el cristal desde el otro lado pidiendo auxilio con las caras angustiadas por la encerrona; recurriendo Matías al subordinado de su hijo.
- Indíqueles a esos señores la salida, aunque sólo sea por señas... parecen que han quedado atrapados --obteniendo una evasiva por toda respuesta de éste.
- ¡No hay tiempo!, vamos a perder el tren lanzadera --alejándose rápidamente del lugar y obligando a forzar la marcha a Matías que de manera intermitente volvía la cabeza hacia aquellas caras desencajadas... y que, ahora, al cabo de la carrera por el largo y último pasillo no concebía --una vez en el interior de la máquina rodante-- como un tren sin conductor le podía llevar hasta su puerta de embarque... demasiadas cosas para procesar en su mente en las primeras horas de una mañana.

Ya en el asiento del avión Matías aparcó los forzados razonamientos y cerró los ojos, los que prácticamente no abrió hasta que avistó el pueblo en la lejanía desde el taxi de Isidro. Entonces encontró sentido a las cosas... desde el asiento del vehículo se regocijaba en el sosiego del reconocimiento de aquellos caminos a la entrada del pueblo donde le dijo a Isidro que le dejara para ir caminando hasta su casa; disfrutando en el paisaje abierto con la familiaridad de sus campos, alegrándose de la comparación que su mente hacía en una rápida reflexión: ¡Qué diferentes a aquellos otros!

La mañana ya había clareado dejando ver nítida la silueta de los serrallos rocosos al fondo en el horizonte, el que ahora abarcaba Matías expandiendo su mirada al extenso panorama, sorprendiéndole como si lo viera por primera vez y alegrándose enormemente de estar allí. Se bajó al borde de la carretera por el camino de tierra que le recondujo hasta las remansadas pozas de agua del río y por un instante se oyó a sí mismo en el eco de las voces cuando de niño iba allí con los otros chicos a bañarse en verano; emocionándose por aquellos registros en la mente que eran huellas de su niñez. Se paró un rato, como no lo había hecho desde hacía mucho tiempo, a contemplar la belleza atemporal de los muros de piedra que configuraban los sinuosos caminos de los huertos que ahora transitaba muy despacio, descubriendo a la luz de los incipientes rayos de sol --sorprendido como si aquella visión fuera nueva para él-- los matices distintos de color de las hojas que ya empezaban a caerse de las ramas de los árboles de la huerta de José y se acordó --no exento de cierta melancolía-- que ya quedaban muy pocos de los de su quinta, con los que había crecido y jugado en las calles y placetas del pueblo: ¡Cuántas vivencias y que corto el espacio donde se almacenan!... o es que tal vez exista otro sitio desconocido donde la memoria aparca aquellas vivencias que, por razones que ignoramos, decide que olvidemos... ¡cuál es el orden de prioridad y qué razones rigen en la mente para fijar los recuerdos?... es un misterio.

En estas cavilaciones andaba Matías cuando... ¡Ah!... no los veía pero los oía; sintiendo con inusitado placer --como reciente, olvidando el goce de tantos años-- el trino de los pájaros, cuyos nidos empezaban ya a abandonar en el principio de los fríos, mientras atravesaba el bosque de altos y espesos pinares muy cerca del pueblo... su pueblo... con el que se reconciliaría de por vida tras su forzada huída: ¡Ya no lo abandonaría más! Al salir del bosque reconoció el camino que tantas veces transitara con María en busca de plantas aromáticas... y saturó su olfato, una vez más, del olor de las flores del espliego y la lavanda...; y por fin: su casa. Matías pasó por delante de su viejo portón de madera --donde Isidro había dejado su maleta-- sin detenerse, atravesando la calle principal que bordeaban viejas casas de piedra y tapial... entre el saludo de sus paisanos con sus inevitables preguntas: ¿Qué tal Luisito?... ¿cuántos nietos tienes ya?... a los que amablemente fue contestando con esa familiaridad que da el conocerse de toda la vida... y los que rieron escandalosamente en la respuesta cuándo le preguntaron por la capital: Sinceramente me ha parecido una casa de locos.

A la salida del pueblo siguió por la vereda que cruzaba la finca de Indalecio sorprendiéndole esta vez --de tantas otras que la había transitado casi sin fijarse-- el muro de piedra medio derruido que marcaba el límite del predio. Se paró a observar aquellas piedras que habían perdido su color ocre original bajo una pátina de grisáceos colores con la que el tiempo y la climatología las había impreso, adivinando en su color más claro la orientación al sol de la piedra y en el verde parduzco del musgo la disposición de su frente en zonas de umbría... era extraordinario --pensaba Matías-- como aquel elemento inanimado hablaba del tiempo... Pasó por delante de la casa de Indalecio y se encaminó hacia el cementerio.


Iba feliz encontrándose seguro en la custodia de la legión de alargados cipreses, como inhiestos centinelas, que les llevaba a las puertas de la nueva morada de su esposa con la que tuvo una larga conversación. Le habló de Luis; de aquel lugar en donde vivía su hijo y que parecía un manicomio; de sus nietos... y de la conversación que le hubiera gustado tener con su hijo. Después hablaron de ellos... de ese nuevo tiempo tras la forzada separación donde Matías a la vez que preguntaba se contestaba a sí mismo como si lo hiciera María... hablaba como si lo hubieran hecho el día de antes.
- Bueno mujer, estoy muy cansado... mañana que ya estaré más descansado vendré un ratico más a seguir charlando.

Y se marchó a su casa de siempre canturreando por lo bajo una de aquellas canciones de siempre; pisando seguro la misma tierra de siempre; sintiendo una gran confianza en sí mismo en correspondencia con la de aquel familiar paisaje.


FranciscoMolinaGómez
(Escrito en marzo de 2009 para presentarlo a II Concurso de Relato Breve. Sin noticias del jurado ni de sus capacidades literarias desistí presentarlo. Ahora con un jurado más amplio y, seguramente, más equitativo en calidad y cantidad --todos los lectores-- sí he deseado publicarlo. Gracias)



























martes, 15 de abril de 2014

TRAZAS DEL TIEMPO EN BLANCO Y NEGRO I










Lo que fuera de todo punto sorprendente es que aceptáramos sin rechistar, como veraz, que el mundo de colores que visualizábamos a nuestro alrededor no era tal; en el mejor de los casos sólo una ensoñación, sólo un artificio para engaño del ojo humano: el verdadero color del mundo que nos rodeaba no era de sorprendentes azules cielo, ni asombrosos verde bosque... ¡el universo era realmente en blanco y negro!... y en esa singular cromaticidad, en esa verdad irrefutable que se mostraba en el revelado del papel fotográfico, algunos hemos profesado la realidad de aquel tiempo






Escarbando en la caja de cartón donde guardo celosamente las pocas trazas en blanco y negro que poseo de mi existencia he hallado una antigua foto que me hace viajar a través de esa poética del tiempo a la que me he referido en alguna ocasión: Un tiempo en el presente de las fotografías donde no existe pasado ni futuro y que duerme el olvido en algún cajón de cualquier mueble hasta que es rescatado para el recuerdo (...) donde ya no importa la cronología de los sucesos, reducida a un solo instante: el de la escena congelada para siempre en el intervalo diferencial de la cuarta dimensión; los instantes precisos de unas vidas que prodigiosamente han quedado atrapados en la imagen impresa en el papel (...) y que espolea mi memoria en su ignición por reparar los vacíos existenciales de seres que han habitado mi misma encrucijada espacio-tiempo, pero que se han ido difuminando hasta desdibujarse completamente; adquiriendo en la memoria la visión de manchas imprecisas, huellas borrosas sobre las que se grabaron nuevas encrucijadas, nuevas emociones, nuevos sentimientos... para reencontrarme otra vez con las mismas caras que eran, al igual que la mía, reflejo de almas hendidas en el infortunio de las ausencias... un paisaje humano de miradas perdidas ahora hacia el objetivo de una cámara fotográfica: "Atentos chicos --¡click!--; ya está".

Ahí estamos todos con los enormes bañadores de tela negra, cerca del mar, junto al chambao... viajeros en el tiempo, ocupando toda la imagen, negando el espacio físico del que sólo importa el suelo arenoso que pisamos y que nos ancla al mundo real de un verano de nuestra infancia... seguramente un día más de verano como otro cualquiera, nada especial; pero alguien tomó una fotografía que ahora me trae un mundo de recuerdos... de voces y risas mezcladas con el ruido de las olas y el chapotear del agua... en el que revivo los exiguos días de aquel pequeño paraíso para niños sin besos; un fugaz edén de cielo muy azul y arena dorada, sintiendo como si ahora estuviera allí el olor a salitre y el sabor del mar... y estamos todos... y todo vuelve a suceder de nuevo... aunque la evocación de la efímera felicidad se haya ausentado en el gesto serio de la rígida pose, como si no estuviéramos disfrutando, como si no pudiéramos manifestar la alegría de unos días de sol y playa, como si esos pocos días que nos regalaban fueran inmerecidos, como si tuviéramos que pedir constantemente perdón por nuestra condición de huérfanos; debiendo estar eternamente agradecidos a la caridad que se nos daba, que era sólo eso: compasión.

Y en la negación del fondo de la imagen, como un lugar irreal, percibo más nítido el auténtico paisaje: filas de materia humana; razón --o sinrazón-- de un destino que nos unió en la suerte --sin que la hubiéramos pedido-- de un rígido orfanato, y que fue tejiendo extraños vínculos entre nosotros que se fueron inevitablemente creando al tener que compartir el mismo aislado lugar, los mismos patios cerrados, los mismos alargados dormitorios, la misma severa escuela, la misma comida, los mismos juegos... las mismas letrinas... las mismas tapias... la misma exagerada disciplina y los mismos castigos; empeñadas aquellas gentes que nos tutelaban en que sólo fuésemos competidores en la ardua tarea de la supervivencia, impidiendo que entre nosotros anidara la intimidad de los afectos y la amistad, aunque nos resistiéramos en muchas ocasiones... la misma alegría de escapar unos cuantos días al paraíso... la misma esperanza de marchar un día para siempre de aquel opresivo lugar. Sin otro horizonte que me distraiga, ahora viajo hacia el interior de aquellas miradas --de mi mirada--, y constato en mi memoria un trasfondo de tristeza en ellas porque el sueño fuera siempre tan efímero y la "normalidad" tan larga, casi eterna... aquella penosa normalidad que nos había ido marcando cada segundo de nuestras tempranas existencias... y que hacía todo interminable: los pabellones, los pasillos, las filas, los dormitorios, la oscuridad, la culpabilidad, los confesionarios, los propósitos de enmienda, las sotanas y los hábitos, las misas, el frío, la soledad... los domingos sin visita... el tiempo.

En ese viaje hacia dentro, ahora ya no oigo aquellas voces y risas mezcladas con el ruido de las olas y el del chapoteo del agua. Ahora escucho casi perdido el eco de otras voces infantiles que diariamente marcaban, con su repetitiva cadencia, el ritmo de todas las primeras horas, de todas las mañanas de un tiempo en blanco y negro: "¡Dos por uno, dos! / ¡dos por dos, cuatro! / ¡dos por tres, seis! / ¡dos por cuatro, ocho! / ¡dos por cinco, diez!"... mientras un ensordecedor ruido de motor de avioneta-caza militar, sobrevolando diariamente el orfanato, se expandía hacia la escuela haciendo vibrar los cristales de las ventanas, lo que nos obligaba a forzar las gargantas... "¡¡dos por seis, doce!! / ¡¡dos por siete, catorce!! / ¡¡dos por ocho, dieciséis!! / ¡¡dos por nueve, dieciocho!!"... y en la uniformidad de las voces nos sentíamos seres ínfimos, anónimos, autómatas, sin rostro en las horas matinales de todos los dias grises; sólo cuando gritábamos por encima del ronco sonido del pájaro de acero bullía cierta grandeza..."¡¡dos por diez!!... ¡¡¡¡veinte!!!!"... y así hasta el diez... después cuando se acababa la lírica de la tabla de multiplicar comenzaba el tiempo de la sinrazón de la "letra con sangre entra" y su singular protagonista: una flexible vara india cuyos nódulos se clavaban punzantes, con singular chasquido en carne tierna, en las manos extendidas a la vergüenza de no saberse la lección.

Ahora oigo aún, como latigazos en las sienes, cada golpe seco de la vara que marcaba en la palma de la mano una lacerante marca... aún percibo el gesto y la mueca de intenso dolor contenido en apagados lamentos que hacía aflorar dos espesas y continuas lágrimas recorriendo silenciosas las mejillas; suplicantes en la indefensión de algo de caridad, aunque sin obtener compasión del inalterable rostro del ser infame que sin vacilar descargaba con mucha furia la vara, dejando impresos amoratados cardenales en unas manos doloridas que, de vuelta al pupitre, las abrazábamos fuertemente debajo de las axilas ya que el calor corporal aliviaba algo aquella insufrible quemazón... y ya sentados con la mirada disipada en la silente conmoción que sucedía al castigo, en el momento en el que la avioneta cruzaba de nuevo el patio, agradecíamos en el intenso zumbido de hélice que se aposentaba en aquel ámbito, el que desviáramos unos segundos hacia la calle la cuita del sufrimiento infligido por uno de aquellos seres que se intitulaban: hijas de la caridad.

Todavía insiste en mis oídos aquel silbido en el aire de la vara que no atendía a la razón de que una cruel afrenta nunca abriría el camino del conocimiento, al igual que tampoco lo haría las infames orejas de burro prendidas en la frente de los castigados en un rincón mirando a la pared; burla que invertebraba al resto de niños que en la mofa le cantaban a los "tontos" --jaleados por la monja--, señalándoles con el dedo "Borriquito como tú / que no sabes ni la ú / la cartilla se me fue"...; pero nunca hubo orejas de burro, por muy grandes que fueran, que obraran el milagro de la aplicación en la sabiduría, todo lo contrario: aquella otra infamia --la de la vejación y humillación-- no conseguía el propósito de enmienda perseguido, ya que creyéndonos predestinados de por vida al ángulo donde quebraba la pared lo buscábamos afanosamente como amparo a nuestras desdichas... en la insistencia siempre de los seres con hábito... y aquellos sonidos cotidianos que se repetían una y otra vez, sin solución final en nuestras vidas, se fueron haciendo tan habituales que llegamos a admitirlos como algo natural, consustancial con nuestra existencia; parasitándose en nuestro ánimo --al transcurrir del tiempo sin referentes afectivos y aislados del mundo-- un sentimiento de culpabilidad, de asentimiento de ser merecedores del castigo por no sabernos la lección, por el borrón de tinta en el cuaderno, por la pizarra rota, por copiar el problema...; justificando en nuestro fuero interno aquellos golpes como expiación a las culpas, las de muchos días, las de toda una vida de infantes hasta que creciéramos.

Entretanto otro sonido, el de una pequeña campana anunciando el final de las clases y con ello el fin momentáneo del oprobio... nos daba una tregua al mediodía. Era la señal para la entrada en fila de dos al comedor en donde, durante la comida, no debiéramos proferir el más leve ruido --un silencio sepulcral-- de tal suerte que fueran perceptibles los otros sonidos: los de las cucharas al rasgar el fondo de los platos de aluminio, los del gaznate al deglutir la comida, los del agua al escanciarla en los vasos, los que hacía la monja con el trajinar de la paila en el reparto de las viandas... los del zumbido de las moscas revoloteando alrededor de las mesas... pero ¡ay!... a la salida del comedor los guardianes de las monjas --fuera de la vista de éstas-- nos ajustaban las cuentas porque el silencio en las filas no había sido el esperado, o el silencio en el comedor no era el deseado, o porque les venía en gana, con un cruel castigo en el sótano del pabellón a la hora del recreo por la tarde, y lo que debía ser el único momento ocioso se convertía en una tortura:"¡¡Todos de rodillas con los brazos en cruz!!, ¡¡vamos!!, ¡¡ya!!"... la que se prolongaba en el tiempo hasta el inicio del decaimiento muscular... y en ese titánico esfuerzo, al intentar competir con la gravedad, agudizábamos los sentidos y las miradas se nos nublaban en torbellino de paredes blancas dándonos vueltas en la cabeza, a punto del desmayo; y en ese punto escuchábamos el cansancio, la saliva se tornaba amarga; enrojecíamos, y desfallecidos dejábamos caer los brazos que ya no enderezaban ni miedos, ni amenazas, ni incluso los golpes de la vara india en la indefensa mano, pues el dolor de la quemazón por el impacto en la carne se difuminaba en el agotamiento general de huesos y músculos, espoleados por el sufrimiento... y agotados nos recostábamos entre el duro suelo y las paredes el resto de la tarde, hasta que comenzaban de nuevo las clases.

Al llegar la noche... el sombrío rezo retumbaba, por efecto de la acústica, entre los gruesos muros del sótano: "Yo he de morir, más no sé cuándo / yo he de morir, más no sé cómo / yo he de morir, más no sé dónde / lo único que sé es que si muero en pecado mortal me condenaré para siempre"... y el desasosiego se apoderaba del espíritu y comenzaban a aparecer ya los miedos de la noche --la fría y oscura noche--, antes aún de que nos arrebujáramos dentro de las heladas sábanas; antes aún de que transitáramos la infinita sucesión de camas; antes aún de que con la misma formación del rezo subiéramos a los dormitorios; antes aún de que las sombras de la noche cayeran sorpresivamente sobre el día... Después se apagaban las luces y al poco rato sólo se oía un mar de resuellos de respiraciones. Había que evitar pensar; era mejor abandonarse al sueño. En las horas de la oscuridad, en los tiempos de la intolerancia, con los desvelos del sueño, a algunos, se nos ahogaban las ilusiones por vivir; las ausencias se hacían más evidentes, sudábamos, sentíamos el corazón golpear contra el pecho y padecíamos profundamente el dolor del desconsuelo. En las horas de la oscuridad era conveniente dormir y no despertar hasta que apuntara la luz de un nuevo día; una nueva fecha en el calendario. Y una a una las íbamos tachando, deseando fervorosamente que llegara aquel día en el que, después de once meses de asfixiante sinvivir en los pabellones --más de trescientos treinta días de ansiosa espera--, se nos iluminaba la cara de felicidad montados en los autobuses que nos trasladarían por la vieja carretera de la costa hasta aquel pueblo de mar con clima tropical: un lugar mágico lleno de secretos y misterios por descubrir.

Y allí estamos con los torsos desnudos absorbiendo por la dorada piel los beneficiosos efectos de los rayos de sol que nos aliviarían de los fríos cuando el invierno --con poca ropa de abrigo-- nos pusiera prolongado asedio. Y ahí seguimos todos con la expresión uniformada en más de treinta caras como si fuera una sola, con la misma incredulidad, las mismas dudas, las mismas desconfianzas, los mismos recelos, las mismas suspicacias, las mismas aprehensiones; la misma incertidumbre, la misma vacilación, la misma perplejidad, la misma indecisión, la misma inseguridad, el mismo titubeo; el mismo miedo, la misma turbación; la misma docilidad, la misma mansedumbre, la misma nobleza; el mismo conformismo, el mismo aguante, la misma entereza... donde reconozco a casi todos desde un Pepito "Gordo" echado en la arena sólo en su mitad hasta mi apostura marcial con los brazos atrás de pie en el otro extremo: "Pocholo", "Calelillo", "Cebolla", Juan Antonio, "Bicho", Espinosa, "Esqueleto", "Cañí", Paqué, Cortés, "Habichuela", "Jesús Panaero", Manolo Gómez, "Pepino", Alejandro, "Colillas", Bartolo, Daza, ¿?, ¿?, "Enterao", "Antonio Decuenta", Agustín, ¿?, Joseico, Nicolás, Mingorance, Felipe, Fornieles, "Churriana", "Quiqui", Melgares, "Cateto" y yo, de pie en un gesto --manos atrás-- de obligada sumisión que prodigamos. Somos sólo eso: los de la foto de un día que no recuerdo, de un verano que no recuerdo, en un lugar que si recuerdo porque me dio la oportunidad de conocer muy de niño lo más cercano a la felicidad, aunque siempre fuera tan efímera.

Y seguimos siendo sólo eso: los de la imagen en negativo, los del revelado en blanco y negro, quedando ya por siempre inmortalizados en la espiral de un tiempo en el que la prioridad era sobrevivir y en el que colocado siempre en sus márgenes, ahora me desdibujo entre la abrumadora nostalgia y la deseada melancolía: ¿Qué habrá sido de todos ellos?... los que se fueron marchando, al igual que yo, sin que nos dieran siquiera oportunidad a despedirnos... un adiós desde la distancia... desde el recuerdo, ahora, de que en aquel lugar el destino fue tejiendo extraños vínculos entre nosotros con final cierto en la despedida sin que hubiera ocasión para el hermanamiento, ni tan siquiera una verdadera amistad... y en esa pesadumbre reescribo aquellos adioses: Y muchos años después de marcharnos, todavía seguíamos untando las cicatrices con yodo para sanear las heridas, aún perceptibles. Así fue como finalmente quedamos algunos de ese lado de las tapias. Así quedé yo. Sin edad ni tiempo ya para entender el mundo de los afectos, se nos fueron definitivamente. Equivocamos las direcciones y recibimos devueltas las cartas sin acuse de recibo. Después nos lanzaron al vacío partiendo hacia un viaje desconocido. Entre los gruesos muros quedaron las pruebas de nuestra existencia: las confesiones, los inútiles llantos, las risas...; hasta la inocencia (...) De muchos ni nos despedimos, ¡¡Hasta siempre!! (...) Ahora están muy lejos, en ese remoto lugar donde habita el olvido. Otros, los menos, nos citamos, nos llamamos sin darnos cuenta de que era inútil (...) Viajamos solos, guardando en la maleta la única herencia: no queríamos olvidar los primeros apegos; no estábamos dispuestos a perderlos. Durante las escalas embarcamos a nuevas rutas que nos obligaron a reinterpretar los mapas; marcamos nuevos territorios; trazamos nuevos caminos (nunca en línea recta); y acogimos nuevos conocidos que se nos incorporaron poco a poco.
Al final hubo que elegir. Los que llegaron a nuestras vidas rotas, cuando todo era negro; nos reinventaron. Eran ellos a quienes siempre buscamos sin darnos cuenta. Y los advenedizos nos regalaron sus afectos; nos enseñaron a querer, sin haber sido queridos antes; a amar, sin haber sido amados antes; a darlo todo, sin haber recibido nada antes; y descubrimos que hay fechas señaladas en el calendario, y comprobamos que los regalos no llevaban contrapartida...; y los antiguos conocidos fueron extraños, y los extraños conocidos parte de nosotros mismos: la mitad que nos faltaba.


A esa generación de la foto, a ese grupo de seres de paso con la mochila "a medias" (a medio vestir, a medio sonreír, a medio comer, a medio calentar... a medio existir): Ojalá que con el discurrir del tiempo hayáis completado, como yo, la otra mitad.


FranciscoMolinaGómez --"Emilio"--


martes, 1 de abril de 2014

AQUELLOS INSÓLITOS AÑOS










Con mi amigo Toni Viñuales el pasado veinticinco de noviembre del primer año del blog. El tiempo, que nos ha impreso en los rostros su inevitable pátina blanca, es testigo de una prolongada y duradera amistad. Gracias Toni


Fueron tiempos vibrantes, oscilantes, conmovedores, arrebatadores; trepidantes, temblorosos, estremecedores, intranquilos, despavoridos, sobrecogidos; palpitantes, interesantes, emocionantes, vehementes, penetrantes; movidos, borrosos, confusos, velados, nebulosos; dinámicos... de afán de aprender... de ambición por comernos el mundo... de avidez de libertad... de construir puntos de encuentro... de conseguir difíciles consensos...; fueron los agitados tiempos de la Transición Política...; tiempos jóvenes... irrepetibles... de amistad de bancada de escuela técnica, compartida con Moncho, Chema y Toni.








Han tenido que pasar más de treinta y cinco años para inmortalizar en instantánea fotográfica esa recíproca pero intermitente relación de amistad --podemos pasar de llamarnos por teléfono frecuentemente a períodos de silencio sin "rallarnos", como dicen los jóvenes-- que desde los días de la universidad en Barcelona mantengo con mi querido amigo Toni Viñuales.

Aprovechando una reciente visita a la ciudad condal quedamos citados, junto con mi mujer Teresa, para conversar unas horas --las que me parecieron sólo minutos-- en la placidez de un humeante y estimulante café en un bar del paseo de Gracia que aquella mañana a horas tempranas ya bullía de gente, y en el que acomodé, sentados cara a cara, un reciente adquirido sosiego frente a su eterno cansancio; agotamiento que Toni ya arrastra desde aquellos días cuando, tras una intensa jornada de trabajo, se incorporaba al aula a últimas horas de la tarde en donde, sentados en la primera fila de bancas, le esperábamos tres viejos mosqueteros --algo más mayores que el resto de la clase--: Moncho, Chema y yo; casi siempre justo en el momento en el que el profesor de cálculo matemático pedía un voluntario: Vamos a ver un voluntario; tú mismo... señalándonos con el dedo a alguno de los tres por aquello de la proximidad, los que aunque no entendíamos el concepto de voluntario-forzoso subíamos a la palestra a aguantar, la mayoría de las veces, los improperios de aquel espécimen para el que el resto de alumnos no eran visibles.

No era el caso de Toni que como nosotros tres también era visible, pero lo era más su agobio que mostraba arrojando --más que depositando-- en el asiento vacío de al lado la bolsa en bandolera donde guardaba libros y apuntes; tanto que el mosca cojonera de el Serna --creo se llamaba el profesor-- no se atrevía a señalarle, temiendo que se le desvaneciera en el trayecto de la banca a la pizarra. Llegada las últimas horas del día, y no creo equivocarme, Toni no estaba para tocaduras de escroto; ya era bastante esfuerzo ejercer de oyente en aquella y sucesivas clases.

Mi situación podía ser, en principio, similar aunque con una pequeña diferencia: trabajando durante toda la noche después tenía la mañana para reponerme... excepto aquellas mañanas en las que el profesor de dibujo --un tal Anguera-- nos citaba en distintos puntos de la ciudad para croquizar algún detalle constructivo de determinado edificio conocido; entonces sucedía lo previsible: mientras los demás se peleaban intentando hallar las proporciones del objeto en la medida del lápiz colocado al final de la mano extendida que se interponía en la visual entre el ojo y el edificio, para después dibujar en el papel los detalles a mano alzada, yo descabezaba sentado un improvisado sueñecito, lo que me obligaba a realizar el croquis antes que los demás, dibujando casi a sentimiento --con la visión que tenía de pintor-- pero, no obstante, con aceptables resultados; los que no entendía el profesor: Ya veo que ha terminado el dibujo aunque está dormido, me decía el primer día con cierto asombro intentando descubrir la "trampa" ante la visión de la lámina: Bueno es que trabajo de sereno y ya se sabe..., le dije; ocurrencia que zanjaba la pereza que da el explicar a alguien tu vida medio dormido: ¡Ah!, pero todavía existen..., se asombraba de que no hubiera desaparecido oficio tan peregrino, mientras mi mermada consciencia no era ajena al interés que mostraba sin quitar ojo a la cartulina: ¡Yá!, lo del dibujo..., bueno es que soy muy rápido dibujando; aseveración de una supuesta virtud que provocó que en las sesiones de dibujo y desde aquel primer día intentara buscarme con su inquisitiva mirada, de la que intentaba huir camuflándome entre el grupo de postulantes a arquitectos técnicos --curso primero--, a fin de congraciar mi mente con mi cuerpo que se rendía de sueño..., hasta donde podía... o hasta donde me dejaban: Usted siempre dormido... ¡eh!... ¡ah, sí!, que trabaja de sereno... ¿pero todavía existen?... ya veo que ha terminado la lámina... no por más rápido quiere decir que esté bien...

Y entre clases Toni y yo quedábamos en el bar de la escuela a intercambiar apuntes y conocimientos, mientras dábamos cuenta con algo de gazuza de unos "diferenciales de queso": bocadillos de lámina de queso tan fina que puesta al trasluz se transparentaba, y es que su propietaria habiendo adquirido algunos conocimientos de cálculo diferencial por efecto ósmosis al oír hablar de ello continuamente --su bar era el "aula" más visitada y masificada de la escuela--, los aplicaba al negocio. Lugar de encuentro donde siempre se hallaba al compañero perdido: Toma los apuntes de física, estamos dando mecánica vectorial..., y Toni agradecía las explicaciones de la lección dada en clase y a la que por motivos laborales no había podido acudir. Actitud que se invertía cuando yo lo necesitaba.

Muchas veces fue Moncho el que hizo de profesor particular. Le envidiaba sus conocimientos de álgebra y cálculo matemático, y me empeñé en ser su aventajado alumno ya en el primer parcial de ambas asignaturas. Era el mes de febrero de mil novecientos setenta y ocho y quedamos en que pernoctara en su casa, un pequeño apartamento en Castelldefels donde vivía de alquiler con su pareja Maise, una chica moderna, liberada de mente, algo más joven que él y con la que tenía una hija que residía en Cantabria con los abuelos. Yo había pedido noche libre aquel día: Sabes que esta noche nos vamos de vinos con gente de clase a la Barceloneta... vienen la Susi y otras chicas... y el profesor de dibujo, no el Anguera, ese otro que está por Susi: el Meca... y el de materiales de construcción... ese que se descojona a carcajas cada vez que explica lo del penetrómetro... está salido... no sé cómo acabará esto... ni a que hora llegaremos a casa... bueno después tenemos toda la mañana para preparar el examen... , le decía a Moncho poniendo a su disposición mi coche Renault-12, todo un lujo de estudiante, y que aquella noche, a la salida de clase, se llenó de compañeros de tal manera que no tenía visión por el espejo retrovisor y en la tarea de intentar que apartaran sus cabezas de la visual del vial me despisté nada más salir, tomando la calzada contraria de lo que se dio cuenta el Maño --ejemplar rural, cuasi básico pero empeñado en hacer todas las futuras casas de su pueblo-- que en aquella ocasión tuvo varios instantes de raciocinio: ¡Oye!, ¡has cogido el carril contrario!...¡no ves que los que suben tienen todos la luz blanca!...¡métete!...¡métete!...¡te has equivocado!, gritaba el Maño ante mi parsimonia que aún ante la visible evidencia, todavía aún me daba una oportunidad: ¡Bueno!... ¡bueno!, a lo mejor los que se han equivocado sean todos esos que suben, reflexión que duró unos segundos, los que empleé para, en una arriesgada maniobra, volver a mi carril cuando las luces que subían me deslumbraban; mientras, aunque asustado, le quitaba hierro al asunto en el convencimiento de que había dispuesto de cierto margen de seguridad. Aseveración que produjo algo más que desasosiego en la tropa --posiblemente acojono-- y que les duró unos minutos, silenciando la algarabía del principio, escudriñando todas las siguientes maniobras del conductor en la posible sospecha de que el que estaba al volante no estuviera cuerdo, ya que pasado el incidente no cesaba de reírme con una risa nerviosa, la que contagié a Moncho: Paco, tienes más peligro que un mono con pistola...¡já!, ¡já!, ¡já!...

Ir de vinos por las tascas de la Barceloneta en amigable camaradería con compañeros de clase, lazándole puyas a los dos profesores aprovechando su bajada de guardia que sólo atendía al género femenino, es de los recuerdos más gratos que conservo. Aquello se iba animando poco a poco con cada vaso de aquel vino a granel que el cantinero escanciaba en los cubiletes de cristal con rapidez inusitada: antes de que vaciáramos por el gaznate la ronda, ya nos servía la siguiente; y así ronda a ronda ya casi ni reconocíamos a los jóvenes profesores que quedaban descartados en los continuos brindis: ¡Por nosotros!... ¡por todos nosotros, menos estos dos!, de tal suerte que viendo éstos la deriva a que nos conducía llenar el estómago sólo de líquido, y para paliar, o más bien aliviar, de alguna forma los desbastadores efectos en su dignidad de conquistadores ante las chicas, que le infligían nuestras continuas cargas de profundidad en las líneas de flotación de su autoestima, se les ocurrió invitarnos a unos curiosos bocadillos --los famosos "coreanos"-- que uno de ellos ya había probado en uno de aquellos bares, a donde nos fuimos raudos. Para algunos, o más bien algunas, fue peor el remedio que la enfermedad. A la primera que le atacó aquella extraña pasta rojiza extremadamente picante que habían extendido en el pan fue a Susi. La chica llevándose las manos a los oídos no cesaba de chillar como si la estuvieran matando; gritos de dolor a los que se unió, seguidamente, los de otra chica, con el consiguiente revuelo de toda la tropa --sobre todo de los profesores--, y el que aprovechamos Moncho y yo para escabullirnos pues se hacía muy tarde y había que madrugar para preparar el examen de álgebra a celebrar la tarde del día siguiente; bueno, del mismo día dada la hora de la madrugada en la que estábamos ya: ¡Jóder!... ya es carnaval, se alegraba Moncho mientras íbamos a recoger mi coche aparcado en las inmediaciones de los bares.

De vuelta conduciendo mi Renault-12 no sé que me pasaba pues no lo reconocía, ni me reconocía yo al volante: era como si hubiera perdido el control de aquel artefacto, el que más que rodar parecía que flotaba yendo a toda velocidad por la autovía de Castelldefels sin encontrar el freno en los semáforos que lucían de todos los colores --los que fue atravesando sin detenerse mientras éstos se abrían y cerraban ante nuestras atónitas miradas-- en tanto yo no era capaz de adivinar aquel jeroglífico de pedales excepto el del acelerador que se me había pegado incomprensiblemente al pie sin poder despegarlo hasta justo antes de llegar a la zona de su apartamento, la que estuvimos recorriendo un buen rato, dando vueltas y vueltas porque al parecer en medio Castelldefels-playa Moncho había alquilado un apartamento distinto: en cada bloque de viviendas que parábamos para mirar, Moncho reconocía su apartamento: Es ahí..., seguro y ya iban unos cuantos hasta, no sé cómo, dar con el verdadero: No hagamos ruido... vayamos a despertad a Maise... y entonces la liamos..., tú duerme aquí... ¡buenas noches! Despertar de una cogorza y ponerse inmediatamente a estudiar es un ejercicio que consume mucha energía pero llamaba el cumplimiento del deber, aunque con la estimable ayuda de varios densos cafés que inevitablemente nos fueron despertando. Cuando estaba arrancando el coche para irnos al examen de álgebra a la escuela, observé que Moncho bajaba por la escalera exterior del edificio con la cara pintada de todos los colores imaginables:¡Pero como vas a ir así al examen!, le prevenía sin éxito de la gente de orden que vigilaba en los exámenes: ¡Jóder!, un poco de alegría; estamos en ¡¡carnaval!!, mientras me golpeaba el hombro con aquella manaza en corpachón con hechuras y gestos de jugador de rugby, deporte de su Cantabria natal por el que suspiraba continuamente. Un nobilísimo cántabro.

Era además de excelente persona muy generoso, ayudándome en lo que pudo en el examen de tal suerte que obtuve notable alto, la nota máxima de toda la clase --siendo felicitado al día siguiente por el profesor, un joven recién licenciado que daba las clases dando saltos de la tarima al pasillo y al que yo llamaba "señor K", por aquello de que siempre empezaba las clases con la misma frase que parecía una contraseña: Sea E un K espacio vectorial; al contrario de él que tuvo la mala fortuna de verse envuelto en un gran lío, en una extraña trama de confusión: entregó el examen en el límite del tiempo, cuando siempre inevitablemente se forma la tangana: alumnos intentando rascar algunos segundos al reloj y profesores nerviosos exigiendo la entrega de los papeles escritos, cruzándose unos y otros por los pasillos entre las bancas, aglomerándose en la mesa de entrega ante profesores que chillan y amenazan con marcharse... un auténtico caos y alboroto en el que se vio inmerso Moncho con tan mala fortuna de que en su entrega coincidiera con el catedrático de la materia --un tal De Juan--, el hombre más odiado de toda la escuela; el que apercibiéndose de sus pinturas de carnaval, creyéndose que venía de la calle, se negó a recibir su examen acusándolo de que aprovechando el bullicio pretendía entregar un ejercicio que suponía no lo había hecho él sino que se lo habían dado hecho; no atendiendo a los repetidos testimonios de los que justamente terciábamos a su favor; consecuencia de lo cual suspendió injustamente. Aquel espécimen nos confirmó aquel día su mala fama: el más denostado de todos los profesores. Una tremenda injusticia... pero no había libro de reclamaciones. Ello exacerbó, aún más, su espíritu reivindicativo, liderando las asambleas de alumnos en el contenciosos de las continuadas huelgas de los profesores no numerarios, y el de la reforma educativa de la universidad... eran tiempos de profundos cambios y los ánimos estaban muy caldeados . Aún conservo aquella imagen barbuda de viejo lobo de mar en un cuerpo recio, embutido en su eterna y antigua zamarra de piel; figura que apreciaba encima de la tarima arengando a los compañeros, intentando dirigir los debates con una voz recia y firme, pero amable. Siempre te recordaré, querido amigo Moncho, aunque no hayamos mantenido relación posterior desde que mudaste tu domicilio de Castelldefels a otro pueblo de Barcelona y luego a tu Cantabria natal.

Algunos reivindicaban otras cosas, y a su manera. Era el caso de Chema. Exhibía una blanca sonrisa entre acusados labios carmesí de una seductora y pálida cara que era la viva imagen del protagonista de la ópera rock: "Jesucristo Superstar", el moderno dios humano de cabellos largos, barba rubia, y arrebatada mirada azul, casi mística. Un ser salido de aquellas estampas religiosas que conocimos de pequeños. Él estaba inmerso en la batalla anarco-ideológica, pero de forma prudente, sin extremismos, sin imponer sus razonamientos como inmutables; sin dogmas: ¡Paco!, vamos ahí al lado, al cuartel del Bruc... se está celebrando un consejo de guerra contra los actores de Els Joglars; era el seis de marzo de mil novecientos setenta y ocho y hasta los aledaños de la escuela, ubicada enfrente del cuartel, se descolgaban las fuerzas de policía a caballo, iniciándose algunas cargas contra manifestantes en los alrededores del establecimiento militar. El caso del juicio a la compañía de actores Els Joglars por injurias al ejército, con su creador, director y principal actor Albert Boadella en rebeldía, había suscitado mucho interés en la opinión pública y curiosidad en el lugar: familiares de los actores enjuiciados, periodistas de varios países, actores, actrices, directores, productores, escritores, y curiosos en general nos concentramos en el lugar... hacia donde nos habíamos dirigido --yo en mi innegociable rol de espectador que he mantenido toda mi vida-- con mucha prevención. Sus continuos compromisos le robaban a Chema mucho del tiempo lectivo que le pertenecía: Paco, hay que ir a llevar un comunicado a "Mundo Obrero", y he pensado que tú que tienes coche...; y a sus oficinas de redacción del periódico que no recuerdo donde estaban le llevé. El valor de la amistad por encima de todo. Era la Transición... donde todos arrimamos el hombro en una sola dirección: la tan ansiada reconciliación, que después "idiotas contemporáneos" la han intentado dinamitar... ¡¡¡con lo que costó!!! La generosidad, entonces, de la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles ahora frente a la mediocridad de formación y pensamiento con la vuelta a los "demonios" de este país, la lucrativa "profesionalización" de la política y la generalizada corrupción económica, de poder... que vino después, ha hecho de aquel tiempo una época de gigantes.
(Veintitrés de marzo de dos mil catorce: el recuerdo de su principal artífice --Adolfo Suárez-- planea con dolor sobre mi memoria. Este mismo día, mientras el moderno Ulises que nos condujo a la Ítaca democrática ascendía al Olimpo, el sempiterno odio revanchista --primogénito de las dictaduras--, que en su trayectoria hacia la libertad tanto combatió; emergió, una vez más, de las tenebrosas profundidades para expandirse como un infierno por toda la ciudad. Sobre el epitafio de su tumba: "La Concordia fue posible", sobrevuelan y sobrevolarán durante mucho tiempo aún los ruidos de fondo de una guerra... una guerra... una guerra... ¿hasta cuándo? Paradojas del devenir histórico de cuyas trágicas experiencias nunca acabamos de aprender en este ¿venturoso? país. En ocasiones quisiera despertar en un lugar muy lejos de aquí...)

Aquel primer curso de universidad, forma ya parte de uno de los hitos importantes que han jalonado el escarpado terreno hacia el sueño anhelado, allanado gracias a la calidad humana de los amigos que hallé en sus aulas. Al comenzar el segundo año de carrera técnica, la arbitraria imposición de parte del alumnado en connivencia con algunos profesores del idioma catalán en las aulas --desgraciadamente utilizaban los mismos procedimientos en la ausencia de libertad que decían combatir-- en una época en la que no se había normalizado aún su uso, ni previsto alternativas a la población estudiantil castellano-parlante que sufrimos un continuado agravio comparativo en nuestro derecho a la enseñanza en desventaja siempre respecto al nativo, hizo que nos desperdigáramos en aulas distintas en los años siguientes, aunque aquello no fue óbice para seguir siendo amigos. Siendo justo tengo que reconocer que no todos fueron tan intransigentes. Agradezco a una gran mayoría de alumnos y sobre todo a algunos profesores que entendieron que la normalización lingüística era un proceso, con leyes consensuadas, y no una exigencia inmediata en la que podía quedar atrapada mucha gente. De cualquier forma aquello no supuso ninguna ruptura; me adapté ¡qué remedio!, y ahora, al cabo de tanto tiempo, son tantos y tan buenos recuerdos que vivo un continuo cortejo con esa tierra, deseando que me seduzca cada vez más. Me gusta Barcelona en donde, aparte de haber nacido dos de mis hijos y de tener más familia allegada, mi mujer Teresa y yo tenemos buenos amigos.

Uno de ellos cuya relación de amistad he mantenido a lo largo de todo este tiempo era con el que tomaba café y el pulso, aquella mañana, a la compleja actualidad catalana. Conforme dejábamos atrás aquellos insólitos años nos hemos ido viendo de manera intermitente; sabiendo de su mujer Angélica y de su hijo Toni, un joven empresario que trabajando duro se está haciendo a sí mismo, luchando a contracorriente contra los elementos que intentan arrastrarle, si la situación de crisis económica no cambia, al punto de partida --generación que al igual que la de mis hijos ha quedado apresada, paradójicamente en el mayor tiempo de libertad y prosperidad de este país, entre la perversa y corrupta "casta política" y la tan abyecta "banca"; ambas aliadas--; y ellos han ido conociendo cada suceso importante de nuestra vida, a la vez que nosotros los de la suya; hemos tenido oportunidad de brindar por nuestros hijos, por los sueños conseguidos..., quedando pendientes todavía muchos brindis por la nueva etapa que se nos abre, próximos a la jubilación: la de espectador del mundo en mi caso y la de profesor temporal y conferenciante de Toni en la misma escuela donde ejerció de alumno "cansado".


Escuela universitaria de arquitectura técnica, en avenida Gregorio Marañón de Barcelona

Escuela que no descarto visitarla alguna vez y así remover los recuerdos de los espacios que habitamos y acogieron nuestras inquietudes e ilusiones, y los de sus "personajes" que han quedado grabados en mi memoria: la bibliotecaria; una señora algo mayor siempre con gesto grave --creo que ya nació con él-- y mirada inquisitiva, o más bien matadora, escrutándonos por encima de las pequeñas lentes cuando nos recriminaba exigiéndonos silencio en la sala de lectura, habilitada por algunos como ruidoso punto de encuentro más que estancia de estudio; Pedrito, un joven-gay --le importaba un bledo los prejuicios ajenos sobre su opción sexual-- muy amable y que nos atendía presto y con mucha simpatía... comprensible, pues la "pela es la pela" y Pedrito, además de cordial, era más listo que el hambre: tenía la concesionaria del negocio de las publicaciones; la mujer que regía el bar, la que con el tiempo fue ampliando los bocadillos-diferenciales, y así al queso le sucedieron todo tipo de fiambres: jamón, chorizo, salchichón... todos cortados con el mínimo espesor en el límite entre la materia y la nada; el grupo de conserjes a cuya información era necesario acudir para estar al tanto de las novedades y chismorreos de la escuela; los chicos y las chicas, fauna diversa que coincidimos en aquel "zoológico": algunas en solitario como la sofisticada Susi, o aquella otra muy deshinibida aunque se enfadaba mucho por el apelativo "Chocho eléctrico", otras iban en pareja como María Margarita&María Romualda, dos santas vírgenes no muy agraciadas físicamente que parecían salidas de un convento y que siempre iban juntas y abrazadas; y los otros profesores: el Puigrós, el César, el "Tigre", el aburridísimo profesor de materiales de construcción de segundo, el "Algarrobo", profesor de dibujo de segundo, el Durbán, un coronel del cuerpo de ingenieros del ejército, el que me daba una clase de estructuras de tercero aquella tarde del veintitrés de febrero de mil novecientos ochenta y uno. Clase que quedó extrañamente interrumpida: casi a la mitad de la lección se acercó un conserje hasta su mesa para hablarle algo al oído en voz muy baja, y al instante salió disparado del aula sin mediar palabra en la explicación de aquella urgente huida, dejándonos con la incertidumbre en la curiosidad de tan rara actitud, hasta que alguien que entró precipitadamente al aula nos dio la noticia: ¡¡Han asaltado el Congreso de los Diputados!!

El afortunado desenlace de aquel grave acontecimiento es de todos conocido, aunque hubo un momento crítico de aquella noche en el que pensé con preocupación que tanto esfuerzo e imaginación se iban al garete por mor de los sempiternos "salvadores de la patria", de cuyas sonadas y alzamientos veníamos padeciendo siglo y medio, y de los que no nos deshacíamos ni con agua caliente, parapetados en las instituciones civiles y sobre todo en el ejército. Después la aparición del rey en la pequeña pantalla de casa nos trajo el sosiego y la confianza en el futuro en libertad. Aquello fué el cruce del Rubicón de la Transición Política; se había superado la prueba más difícil; atrás empezaban a quedar ya los años de plomo.

¡Como pasan veloces las horas cuando estás feliz, disfrutando de la compañía de un buen amigo! En esos momentos no somos conscientes del paso del tiempo: Bueno, seguimos hablando por teléfono, le dije mientras nos abrazábamos. Después de despedirle en la esquina del paseo de Gracia con la calle Aragón, nos descolgamos mi mujer y yo hasta la plaza de la Universidad --disponíamos del resto de la mañana y de las primeras horas de la tarde antes de la salida del tren para Madrid--; y en la quietud de la paz y el relajo, sentados en una mesa del bar Estudiantil frente a unas frías cervezas, visualizaba desde mi sitio el edificio antiguo de la universidad y el entorno de las calles Pelayo y Vergara, lugares que eran centros de gravedad, entonces, de las revueltas políticas de la época en su flujo hacia las Ramblas, donde todos los días a las siete de la tarde ardía Canaletas, contrastando en la distancia ambos tiempos; alegrándome enormemente de lo conseguido: hoy son prósperos sitios de comercios y hostelería por donde transitan en paz otras gentes más libres y ¡cómo no! muchos "guiris".


Ahora estos territorios están en "otras batallas". Sea cual fuere el desenlace de ellas yo seguiré yendo y queriendo a esa tierra y a sus gentes... mayoría de personas libres que creo ya han escrito su futuro: una sociedad plural, sin veleidades con el pensamiento único, venga del nacionalismo que venga. No hay que tener miedo al voto en democracia siempre que no haya manipulación ni engaño.

Y como lo importante son las personas --como ya escribí al inicio del blog--; mis saludos, mirando aquella tierra para hermanos, cuñados y sobrinos... y ¡cómo no! a los amigos que aún quedan: Toni, Angélica, Maribel, Pepi, Miguel..., bueno y a todos en general.


PacoMolinaGómez --el cuarto mosquetero--
(Dedicado a los tres mosqueteros de la primera bancada: Moncho, Chema y Toni)

sábado, 15 de marzo de 2014

DE CUANDO LOS ÁRBOLES TENÍAN NOMBRE...















Hubo un tiempo de célebres Bandos municipales, recitados con la parsimonia de la alocución solemne, plagados de fina ironía que sólo el intelecto del "viejo profesor" --Enrique Tierno Galván-- sabía imprimirle: "(...) Por lo cual aprovechando la ocasión de acercarse, como al cabo diremos, el día que llamamos del árbol, solícitamente esta Alcaldía invita a convecinos y transeúntes a que al común bien ayuden, pues pueden hacerlo, sin mayor esfuerzo, aplicándose con grandes ánimos a que la ciudad y la naturaleza sean amigas y no enemigas, próximas y no ajenas. Común idea, que algunos desconocen y muchos no practican, con perniciosas consecuencias, para el bienestar de todos cuanto en esta Capital y Villa moran (...) Por último, por cabo y fin de este Bando, se convoca a los vecinos de este honrado Concejo para que celebren la Fiesta del Árbol, por lo que se suplica concurran a plantar los que el Ayuntamiento regale o los que de su propia voluntad los vecinos obsequien, con participación de todos, en especial de los niños, que aquí dicen chavales, con el propósito de que colaboren en bien de su ciudad y aprendan a querer y velar por la tan cruelmente perseguida naturaleza".

Después, entre 1989 y 1991 otro célebre alcalde de Madrid --Agustín Rodríguez Sahagún-- les puso nombre.












Remigia se preguntaba el motivo del insistente y perturbador ruido de motor de camioneta que desde el interior de su salón intuía localizado frente al portal de su vivienda, debajo mismo del balcón por donde a menudo oteaba la actividad de los transeúntes de la calle, en cuya sosegada visión distraía los tediosos días de su otoño existencial. La mañana clareaba destemplada, casi fría, por lo que se resistía a asomarse al desapacible exterior. Como persistiera aquel ronroneo, ahora mezclado con otros sonidos mecánicos acompasando a voces graves de personas, le pudo más la curiosidad que desde hacía tiempo había desarrollado de manera exacerbada sobre los acontecimientos que sucedían a su alrededor --no mas allá de su calle--, que el frío. Curiosidad que satisfizo enfundada en una rigurosa bata de guatex, de las que se vendían a granel en el bazar chino de la calle de al lado; entreabriendo su fisgoneo hacia la acera de su casa a la par que una de las hojas acristaladas del balcón. Debajo de su balcón en el piso tercero, le distrajo la actividad de una cuadrilla de dos operarios, con mono azul de faena, que se afanaban, con auxilio de una gruilla sobre la camioneta, en conseguir la verticalidad de la acacia, ya crecida --de mediano tamaño-- que acaban de plantar en el alcorque vacío --llevaba sin árbol un montón de años-- de la acera, mientras un tercer hombre, también con mono azul de faena, auxiliado de palustre y argamasa colocaba en el borde de piedra artificial una pequeña placa de cerámica blanca con una inscripción que Remigia no distinguía bien desde su altura. Aunque persistía su curiosidad; al primer escalofrío --señal de que su cuerpo empezaba a destemplarse-- cerró rápidamente la puerta balconera agradeciendo la templanza del interior de la habitación en donde refugió, una vez más, la prolongada soledad de una temprana viudez.

A los pocos días cuando bajó a la calle, fijándose con detenimiento en el brillante azulejo, comprobó, perpleja, que en éste habían pintado, con aquella adornada caligrafía que identificara en los cuadernillos de su infancia, un nombre completo con una fecha debajo sin entender el significado de aquel mensaje, sin comprender aquella contraseña al pie mismo del árbol plantado, creyéndola como una extravagancia más del ayuntamiento, del que identificó su escudo en la misma pintura que la leyenda. Conforme bajaba la calle iba con la misma sorpresa comprobando que el de su portal no era el único árbol plantado recientemente con la extraña placa al pie del mismo. Identificó en el desnudo tronco de las nuevas acacias los mismos árboles que siempre --formando ya parte de la memoria de su paisaje más íntimo--, por primavera, pintaban de verde las aceras de su calle..., ¿pero lo de la placa cerámica?..., ¿qué querrá decir?... Al volver con la exigua compra de víveres, comentó el descubrimiento con un vecino con el que se cruzó en el portal y el que le sacó de dudas sobre aquel misterio en la intención del alcalde de la ciudad de dedicar a cada niño que naciera un nuevo árbol plantado en sus calles. Volvió sobre sus pasos y se fijó en el nombre y fecha de nacimiento: Alex Velasco Rosales / 17-1-91 y evocó en su mente difusos recuerdos de su infancia que tenía ya casi olvidados.

Alex nació en vísperas del gran acontecimiento que proyectaría el país hacia todos los confines del mundo, en plena ebullición de la gran fiesta de una Exposición Universal para la que los gobernantes no repararon en gastos: la ocasión justificaba tirar la casa por la ventana en la época en la que les habían hecho creer a todos los ciudadanos, y los padres de Alex no eran menos, su condición de nuevos ricos; en aquella época de desarrollo en la que se percibía en el ambiente cotidiano la realidad de la prosperidad; en los días en que se palpaba el aumento de riqueza que se estaba generando como consecuencia de un despegue cierto --el que todos creían ilimitado-- hacia un crecimiento económico jamás conocido en el país y en consecuencia también en la ciudad que le vio nacer. Conforme iba creciendo no sólo se lo oía decir habitualmente a sus padres, sino que egoístamente se había contagiado de aquel estado de euforia, y en su bienestar de niño tuvo todos los deseos a su alcance. Deseos que se prodigaron en la seguridad de un buen remunerado trabajo de sus padres, liberales como la profesión cualificada que ejercían; los que a la par que veían crecer a su hijo --sin tiempo casi a asistir a su desarrollo por las desbordadas tareas profesionales-- anhelaban para su único retoño el mejor de los futuros, el que acordaron pasaba por su estancia en la universidad. Alex era un estudiante de los que iban aprobando sin brillantez pero con la eficacia de ir superando siempre todos los cursos. La misma eficacia que empleó para obtener su título de biólogo. Justo cuando acababa la carrera sus padres se divorciaron y Alex vivió con tristeza el barullo de la ruptura y la huida del padre del domicilio familiar... y en el barullo de la separación de personas y bienes descubrió una caja perdida con fotos, papeles, recuerdos... y una carta cerrada con membrete oficial del ayuntamiento de su ciudad... la abrió y comprobó una cuidada redacción, como impersonal, en la que el alcalde, abajo firmante, le daba a sus padres la doble enhorabuena: la del nacimiento de su hijo y la del árbol que llevaría su mismo nombre, con indicación en la misiva de la calle en la que se plantaría. Se aludía al final de los escasos renglones al envío de un regalo: un bonsai de madroño como cortesía del propio alcalde. En veintidós años nadie, hasta entonces, había abierto la carta.

Durante todo este tiempo Remigia había ido intentando recomponer con gran dificultad episodios de su no muy afortunada infancia: un complicado puzzle del que, en la nebulosa de su memoria, había extraviado muchas piezas; y cuya recomposición espoleaba en su ánimo la visión de la placa con el nombre, cada vez que pasaba junto a ella... sería allá por finales de los años veinte... ¡qué distintos de los de ahora!, ¡cuánta pobreza!... y al recordar aquellos días le sobrevino los mismos escalofríos que le brotaban entonces cada invierno cuando la humedad de los muros de aquel sótano donde vivía con sus padres se le incrustaba en sus delicadas carnes... y recordó nítida la imagen del viejo edificio en un barrio pobre que era borde de la ciudad, en el límite en altura donde ésta empezaba a deslizar el terreno --en suave pendiente-- hacia el río en cuyas aguas su madre lavaba la ropa --ejercía de lavandera-- que su padre iba recogiendo en atillos muy pesados que se echaba a las espaldas, por distintos puntos de la ciudad. Remigia se había criado corriendo y saltando de muy pequeña por aquella pradera, jugando a esconderse por entre la blancura de las ropas tendidas al sol, sin atender las reprimendas de sus padres que temían las manchara con sus manitas impresas del ocre de la tierra y del verde de la hierba y el matorral por donde restregaba su pequeño cuerpo, el que al final de la jornada, medio desnudo, lavaban los padres en las aguas del río antes de la vuelta a casa... qué divertido recoger la ropa una vez seca, la que después la madre planchaba en maratonianas sesiones calentando en la cocina de carbón las pesadas planchas de hierro... y todos los recuerdos de aquella pradera venían a cuento de la placa colocada al pie del árbol que enfrentaba su portal, el de su vivienda en el centro; el hogar en el que convivió durante pocos años con su marido antes de quedarse viuda... viuda y sin hijos, ¡qué solitario porvenir! se lamentaba Remigia en la vorágine de las afligidas remembranzas... pero de súbito, acordándose del nombre escrito en el azulejo que se había aprendido de memoria --sin querer olvidarlo-- se le iluminaba la cara; y en la necesidad de proyectar su frustrada maternidad, alegrándose enormemente, adoptó a aquel desconocido --aunque sólo fuera en el deseo del pensamiento-- como el hijo que nunca tuvo.

Después de quedar gratamente sorprendido por la lectura de la carta. Alex se propuso cuando dispusiera de tiempo localizar la placa con su nombre y su árbol en caso de que hubiera arraigado y no se hubieran secado sus raíces. Pero su corta adolescencia, complicada con la separación de sus padres, hizo que aquel asunto no fuera prioritario; atareado o, más bien, preocupado en encontrar trabajo de su especialidad en un país ahora insolvente que había devenido, de improviso, de la supuesta ilimitada riqueza a la pobreza real del endeudamiento familiar deambulaba con sus "méritos" escritos en la cara de una sola cuartilla por infinidad de empresas, entregando en todas ellas y en un simple folio sus sueños e ilusiones forjados en años de esfuerzo intelectual; para oír siempre la misma letanía: "Ya le llamaremos". En aquella eterna espera Alex encontró el amor: la chica que le ayudó a distraer el tiempo de incertidumbre en el que no adivinaba el momento en que abandonaría el domicilio familiar y así aliviar las estrecheces económicas que desde la separación enfrentaba su madre. Fue en aquellos primeros días en que ambos se estaban conociendo cuando Alex escarbando en la caja, queriendo enseñarle a su novia fotos de su padre, encontró de nuevo la carta... y Ana, su novia, tres años menor que él quedó alucinada por la historia y le propuso, sin más dilación, localizar en el ordenador portátil --en la aplicación del callejero de la ciudad-- la calle que nombraba la carta:"¡Jóder!, no está muy lejos de aquí".



Tampoco aquellos otros días de espera, deseando que alguna vez cualquier chico se detuviera un rato para observar la placa y el árbol, fueron buenos para Remigia, comprobando con estupor y enfado como con el paso del tiempo y el del calzado de los transeúntes sobre la placa se iba borrando el nombre y la fecha, los que para no olvidarlos --a menudo se quejaba de su mala memoria-- los había anotado en un papel que guardaba visible en un cajón del mueble del salón... y mientras la leyenda iba poco a poco difuminándose en el blanco mate del azulejo, con el consiguiente continuo disgusto de Remigia, ésta, al contrario, iba recuperando de algún recóndito lugar de su memoria los recuerdos de aquel acontecimiento de su infancia que en su evocación le provocaba alegría... gratos recuerdos de días vestida de colegial junto con sus compañeras, maestras y muchos niños más de otros colegios municipales y del hospicio... días de excursión a la pradera... tendría ocho o nueve años... sería por mediados de primavera o principios del verano, porque recordaba un tiempo muy apacible, el que hizo aquellos dos o tres días --no recordaba bien-- muy agradables... una gran fiesta: la fiesta del árbol en la que en la jornada del primer día, tras la breve alocución del alcalde, se le entregó a cada niño un ejemplar pequeño de pino que fueron plantando --mientras cantaban aquella canción... ¿cómo era?... ¡ah, sí!: "A plantar, a plantar arbolitos, pronto el fruto dará cada cual...ná,ná,ná??-- con ayuda de jardineros municipales, esperando cada niño impaciente su turno en el que el retoño de pino enraizara con vigor en la tierra, momento en el que se colocaba al ejemplar vegetal una etiqueta con un número; la misma etiqueta con el mismo número que se entregaba al niño, el que identificaría con el paso del tiempo el árbol más lustroso y a su mejor cuidador, cara a recibir el premio en metálico que para tal fin había instituido en el tiempo el ayuntamiento... y recordó las continuas visitas a su árbol en compañía de sus padres... y entonces, al recordarles, se le nublaba el ánimo y la mirada se hacía húmeda en las lágrimas por la temprana pérdida de ambos: uno no superó la guerra; la otra tampoco la posguerra, y Remigia se vio forzada a marcharse de su ciudad y cuando volvió, ya casada, el frente que limitaba las últimas casas con la pradera era un extenso y denso pinar... y ya no reconoció su árbol... y ahora quería recordar que ya viviendo en su actual casa había visto en alguna ocasión aquella etiqueta guardada junto con otros recuerdos... ¿pero dónde?... ¡ah!, quizás en la antigua caja de lata de galletas con el dibujo de la tapa descolorido... ¡seguro que ahí!... y se fue emocionando conforme extraía del fondo sepia de papeles y fotos los objetos que habían tocado sus padres: el viejo reloj de pulsera; el abanico de nácar que aún lucía un floreado dibujo; el rosario de cuentas de palo, muy desgastadas por el uso; la estampita recordatorio de su primera comunión; la cartilla escolar... y entre sus páginas ¡qué emoción!: la etiqueta de recia cartulina con el número noventa y uno --el mismo del año de nacimiento de Alex-- impreso en grande con tinta azul algo descolorida... y le rebrotaron las lágrimas, esas que son hijas de sentimientos encontrados: cuando la pena y el desconsuelo se mezclan con la alegría y la esperanza... la apretó entre sus manos y después la depositó en el cajón del mueble del salón junto al papel con el nombre y la fecha.

Alex y Ana tomaron la calle desde su cota más baja hacia arriba, escudriñando a uno y otro lado cada uno de los árboles, decayendo la alegría inicial de la búsqueda en el desánimo al ir comprobando que en los escasos árboles con placa ésta aparecía sin nombre y con el dibujo que la rodeaba semigastado --el roce del calzado y la mala calidad de la pintura habían trabajado al unísono-- mientras iban fotografiando, con la aplicación de la cámara del teléfono móvil, cada una de ellas con su árbol: "Bueno, al menos sabremos que uno de éstos era mi árbol", decía Alex cuando ya quedaba poco tramo de calle por indagar.

A Remigia le dio un vuelco el corazón cuando oyó aquella conversación de adolescentes, como de una pareja de jóvenes, referirse al árbol de su portal, el que estaba plantado justo debajo de su balcón por donde, abierto de par en par aquel día de verano, se habían colado muy nítidas sus voces: "¡Jóder!, esta placa también está borrada como las otras, y creo que es la última", le decía Ana a su novio, mientras éste tomaba la pertinente foto, al tiempo que Remigia salía apresuradamente al balcón en la ansiedad de ponerle cara a Alex.
-¡Oiga joven!, usted seguro que es Alex --desde abajo el chico sorprendido, abrazando por el hombro a su novia y mirando hacia aquella persona que incomprensiblemente sabía su nombre, sólo pudo balbucear un tímido sí sin final-- ¿y?...
-Le he estado esperando durante mucho tiempo..., bueno usted señorita ¿es por casualidad su novia? Me imagino que sí... es muy guapa y hacen muy buena pareja --la chica solo afirmó con la cabeza.
-Encantada de conoceros... ¡anda!, ¿porqué no suben a mi casa?... les contaré una bonita historia... vivo en el tercero bé... esperen que le abro la puerta del portal... recuerden tercero bé --pasados los primeros momentos de sorpresa Alex y Ana tuvieron a la vez el mismo presentimiento: aquella señora mayor le iba a dar razón de su árbol.

Aquella fue la primera visita de muchas tantas en las que Alex puso alivio a la colección de soledades de Remigia. Tenían un lazo en común: la acacia que en aquella época de estación había desplegado su esplendor de pequeñas hojas que se proyectaban en agradable sombra en la acera, y cuyo recio tronco, desde aquella primera visita, lucía ahora una inscripción grabada con mimo en la corteza: "Alex-1991".

En mi afán por comprobar que este relato pudo ser real, he querido ser testigo presencial --dejando constancia testimonial en las fotos obtenidas a pie de calle-- de que hubo un tiempo no muy lejano en que los árboles tenían nombre de personas.



Nombre de la acacia plantada en el alcorque de la calle Serrano Jover, 2 de Madrid




Nombre de la acacia plantada en el parterre del paseo de Moret, 7 de Madrid


FranciscoMolinaGómez
17-5-52



















sábado, 1 de marzo de 2014

A PROPÓSITO DE ARQUITECTURA. III: DE LO MODERNO









En obras: vivienda unifamiliar adosada en Arjonilla --Jaén--. Vista general de planos y volúmenes que sugieren la tensión en diagonal de las aperturas de las dos esquinas: los ojos del edificio

Lo primero que solicité antes de trazar cualquier línea de diseño del proyecto fue un abundante reportaje de fotos de los edificios del entorno de la parcela, los que visualice como trampantojos en profusión de arcos, órdenes extrañamente imaginados, balaustradas... ¿eran fachadas de edificios o decorados?; una auténtica locura.
No creyéndome aquella sinrazón, viajé al lugar a indagar tamaño despropósito, entrevistándome con la persona que más datos tenía sobre aquella esquizofrenia --era en la mayoría de los casos el autor material de su ejecución--, el que reconociendo el exceso lo justificaba en el implantación en el tiempo de una tendencia hacia la desbordada figuración en la construcción local. Su impulsor,según me contaba mi entrevistado, era un arquitecto de la escuela sevillana del ladrillo trabajado y la artística azulejería, que se había establecido en la localidad hacia principios de los años cuarenta del pasado siglo. Pedí que me mostrara algunos de los edificios que había realizado en el pueblo este arquitecto. Una vez vistos entendí aún menos el proceso: eran edificios de fachadas de ladrillo visto --con ajustado trabajo en alusión a órdenes y mesurados detalles de azulejería--, de composición sobria y bien proporcionada, muy en la tendencia de esa conocida escuela andaluza de principios de siglo. Tenían, incomprensiblemente, un buen modelo.
Nunca un inicio de proyecto reunía tantas razones --a la vista-- que justificaban sobradamente su discurso proyectivo: aquellos postulados del Movimiento Moderno que aprendiéramos en las escuelas de arquitectura.

Pero si lo visualizado era un evidente despropósito, tanto o más lo era la futura propietaria de la vivienda proyectada; un ejemplo de zafiedad rancia y de "morder la mano que la daba de comer". Acaso sea el perro menos estúpido que el ser humano.













De lo moderno


El teléfono avisa la llamada, perturbando las primeras horas de la noche del domingo. Al otro lado del hilo telefónico la voz de una "propietaria" eufórica habla de las obras de su futura casa en una hilarante conversación que va de la cenefa del cuarto de baño a la preocupación por el yogurt que ha rechazado su niña pequeña. Se le nota muy preocupada y no es para menos: al arquitecto se le ha olvidado la reja de la ventana del futuro dormitorio de la menor y el peligroso vacío se apodera de su ánimo. Pero tiene suerte, ante el despiste mil ojos avizores --sus paisanos-- se lo recordarán cada fin de semana cuando se traslade a su pueblo a ver la obra. Los mismos que en su día le recomendaron abrir la esquina superior a favor de balcones procesionales, y los que ahora, casi al final de los trabajos, revolotean alrededor del "extraño artefacto" con hechuras de vivienda, en interminables romerías folclórico-regionales que elogian la "cosa", aunque no la entiendan, con admirativas frases para solaz de la "propietaria" de la que se dice: ¡tiene diseñador particular! y, claro, eso da mucho caché. Sin ir más lejos el último verano se paseó con él por la calle principal del pueblo en un baño de autocomplacencia entre sus compatriotas; impostura que aguantó estoicamente el artista; y todo ¡¡¡gratis!!!
- ¡Niña!, ¡cómo está quedando la casa!, todos están alucinados... ¡oye!, ponme con tu marido --sólo la voz del arquitecto podrá calmar su ansiedad, generada durante la intensiva jornada de fin de semana último, recorriendo repetidamente los itinerarios de la futura vivienda; percibiendo los espacios y pudiendo palpar las innovadoras texturas; no acaba de creerse que aquello tan elogiado por entendidos y profanos pueda ser su casa. Todo un sueño. ¡Qué suerte! disfrutar del artefacto en su etapa de acabados. Privilegio sólo reservado a los propietarios. Abstenerse autores de la obra.

El arquitecto, su diseñador particular le atenderá gratuitamente una vez más, poniendo tranquilidad a pesadillas de caídas desde peligrosas alturas, asegurándole de por vida la integridad física de su pequeña, aunque para ello tenga que introducir modificaciones en la fachada a fin de evitar el efecto cárcel. Es muy simple, sólo bastarán unos días de intensivo trabajo. Unas cuantas horas gratis de ordenador, papel y tintas. Es que todo es de diseño: la última novedad, la del buzón de correos se hizo en tiempo récord (¿buzón de autor?... niña que nivel). Ante tamaña decisión el experto aconsejará a la atribulada "propietaria" que si tiene a bien le envíe alguna fotografía reciente de las fachadas de la vivienda a fin de resolver de forma satisfactoria tan acuciante problema; aunque otra vez, y como ha venido sucediendo desde hace un año sus peticiones caerán en saco roto. En las últimas fotos entregadas la criatura hacía visible sólo su esqueleto. De esto hace ya mucho tiempo. Ahora dicen que le ha salido piel. Es ya un adulto caprichoso, todo lo quiere de marca. Ahondando en ese aspecto, una vez más, se quejará la "propietaria" culpando al arquitecto.
- Oye hay que ver los materiales que está eligiendo tu marido, primera calidad; todo ¡¡caríííísimo!! --¡qué intención llevará?; hay que recelar de cualquiera y más de un arquitecto, a lo mejor tiene aviesa intención y se guarda para sí una retorcida idea, una premeditada estrategia: la elección de tan nobles piedras y maderas está relacionada con su futura solución habitacional: con empleo de argucias y antes de acabar la obra éste se instalará definitivamente en la vivienda negándose a abandonarla y disfrutando de por vida de los excelentes acabados, aunque no esté de acuerdo con los otros materiales, decididos por su paisano, el aparejador-jefe de obra-contratista-gestor...


Y es que éstos no acaban de entender la idea, no terminan de captar la esencia del proyecto y no saben como saldar tan complicada cuestión que en realidad tiene una sencilla solución: la confianza en el altruista arquitecto (¡un arquitecto altruista?, ¡éstos impresentables van a acabar con la profesión!). De esta forma éste penara su culpa de no haber sabido transmitir el minimalismo formal de toda la obra creativa, sufriendo eternamente en sus carnes los efectos alucinatorios de abigarradas cenefas de colores, conteniendo sucesión de azulejos con acabados en desconchados y que ambientan barrocos decorados, fundados sobre solados con marcadas llagas (lo que llamaban los antiguos "horror vacui" --horror al vacío--). No lo pueden negar, les ha brotado a todos su adormecida vena "hortera", la misma de sus paisanos; esa locura colectiva... atormentado muestrario con el que el paisanaje acostumbra castigar los ojos de los sorprendidos visitantes del pueblo. ¡Por favor... un poco de cordura!, solicitará el arquitecto, aunque sólo sea en su aspecto más formal, el que a duras penas intentará salvaguardar por lo menos hasta la visita del siguiente fin de semana.

En obras: terraza-solario que es mirador a la escala del paisaje: desde esta altura se divisan los campos de olivares --más cercanos-- y la serranía al fondo.
En estas visitas unilaterales de los propietarios nada de lo proyectado estará a salvo: los muros vistos de hormigón pueden acabar siendo vulgares fábricas de ladrillo, trasmutándose la textura tersa y lisa de los primeros por otra rugosa e indefinible. Ni aún los espacios trabajosamente estudiados en interminables sesiones de dibujo estarán a buen recaudo. No importa destruir el unitario espacio enfatizado por el único foco de luz: ¡porqué no se va a poder dividir en infinitos cuartos oscuros?, ¿quién se lo puede impedir? Además una vez ejecutados funcionará la justificación de hechos consumados.

En obras: ventana en esquina que es mirador a la escala de la calle: testigo por siempre de su antítesis, la que mira de frente con vocación de coexistir con ella

Luego solicitarán una reunión para enmendar entuertos, pero no en el estudio del arquitecto donde hubiera que guardar las formas y maneras. No, la quieren en visita familiar con cuidadora de niña pequeña incluida, pastas y café. En estas reuniones informales se acabará hablando de todo menos de la obra. ¡Ah! y no se le ocurra al arquitecto recriminar tal o cual modificación que no haya autorizado, aunque siempre esté a favor del acuerdo entre las partes; ya que una ofendida "propietaria" en actitud impertinente contestará aquello tan repetido: "Pues a mi me gusta así, para eso soy la propietaria", y sacando su lado más zafio amenazará con adoptar una actitud cuanto menos distante con su benefactor. En ambiente tan familiar el arquitecto aguantará, una vez más de tantas, tan impresentable compostura y sólo rogará por enésima vez se le permita visionar el reportaje fotográfico de la obra (criatura que empieza a serle ya una desconocida) para diagnosticar si en su crecimiento existe alguna anomalía que hubiera que corregir, pero esta vez tampoco ha habido suerte: la niña pequeña de los propietarios, que es un "diablillo", les ha velado el carrete fotográfico por enésima vez; ¡qué casualidad!, ¡pobres padres!, ¡llevan así un año!

Y una vez más, ante la desidia hacia el arquitecto por parte de éstos, y como ha venido sucediendo en otras ocasiones, éste abonara de su peculio particular un nuevo viaje a las tierras del sur, atravesando interminable paisaje de mar de olivos hasta localizar, de nuevo, en aquella marejada verde de troncos retorcidos, el gran decorado urbano, trampantojos de despropósitos individuales sin solución final, en donde de rondón se ha colado un intruso con vocación de coexistir con sus vecinos y que es reconocido rápidamente por su creador. Lo que no saben éstos es que de golpe y porrazo se les ha colocado de frente su antítesis con la que no tendrán más remedio que dialogar. La modernidad apunta en el paisaje. Ya es imparable y el tiempo será su mejor aliado. Pero de momento hay que seguir justificando tamaño atrevimiento que tiene soliviantado a todo un pueblo, incluso al alma mater de su ejecución, su paisano aparejador-jefe de obra- contratista-gestor... el que reconociendo frente al arquitecto las bondades del proyecto, más tarde y en ausencia de éste las dejará aparcadas a favor de elucubraciones formales de sus paisanos de cuyas extrañas casas viene lucrándose desde hace mucho tiempo.


En obras: gran vacío --como patio interior-- que favorece la ventilación forzada y que hace que la propia construcción sea la protagonista de su autorregulación climática

Después les comentará que el mérito no es del arquitecto y que no entiende sus diferencia con los propietarios, sobre todo con ella.
- ¡A la propietaria ni reñirle! --todo lo contrario homenajearla por su valentía, por asumir el peligroso reto frente a la incomprensión de sus compatriotas y futuros vecinos: el riesgo de la modernidad que le quiere imponer el arquitecto-- ¡Quién dijo que el proyecto no estaba bien pagado!, ¡vamos hóóómbre!, ¡cuán ingrato es éste! Bueno, me consta que el arquitecto sólo pretendía realizar una obra total de creación perfectamente definida, acotada hasta en sus detalles más ínfimos tras arduas horas de trabajo sin remunerar. Sólo pretendía no comerciar con el arte. El mundo al revés, corren nuevos tiempos; ahora resulta que el valor es de quién recibe la cosa, no de quién la regala y es que, en el fondo, en esta extraña época de este atribulado mundo actual nadie se cree que "alguien regale algo" sin obtener nada a cambio, sólo amor al arte. Inmediatamente pasas a ser "sospechoso de regalar". Irremediablemente se ha abocado a una situación de intereses encontrados conflictividad entre las partes que el arquitecto dejará aparcada en ese momento a favor de inmortalizar, en instantáneas fotográficas la luz natural que de forma controlada ha anidado en todos los espacios, enfatizando su concavidad en ese juego de vacíos interiores en perfecta sincronización con la convexidad de los volúmenes exteriores de fachadas. La idea inicial se está materializando en parte aunque las diferentes texturas no sean todas las previstas y hayan disfrazado parte de ésta: jamás se podrá percibir toda la intención artística en perjuicio no sólo de sus futuros moradores, sino también sobre todo de las expectativas que la obra había generado. Afortunadamente el arquitecto ha capturado en el papel fotográfico la esencia, los espacios vírgenes esculpidos por la luz...; ya no le interesa la imagen final aviesamente desvirtuada.

Y después nueva reunión en el salón de la casa del arquitecto para enmendar nuevos entuertos y solicitar por parte de éste, como siempre, el ansiado último reportaje fotográfico. Días después una llamada personal del arquitecto a la "propietaria" ahondaba en ese aspecto...; sin éxito. Semanas más tarde la desilusión campeaba en el ánimo del creador.
- ¡Niña, ponme con tu marido, hay muchas cosas que hablar de la casa.
- ¡Hola!, soy el arquitecto. Pongo en tu conocimiento que tu casa me importa un "cojón", y personalmente no te aguanto.
- Entonces no tenemos nada que hablar.
- ¡Nada!

Al final la obligada reflexión: ¿Me habré equivocado de proyecto? No, seguro que no. Con toda seguridad me he equivocado de personas.

En obras: sobre el límpido azul cielo del sur se recortan las formas minimalistas de una arquitectura que extrae su belleza del discurso funcional, apoyado en medios constructivos racionales (firmitas, utilitas y venustas --Vitrubio--)

FranciscoMolinaGómez
--- a r q u i t e c t o ---