viernes, 15 de agosto de 2014

ROSAS POR CARAMELOS











Obra: sin título/ Técnica mixta: lápiz grafito, de colores, ceras, rotulador...sobre cartulina/ Tendencia: expresionista/ Autor: Francisco Molina Gómez (firmado Francisco Emilio Molina Gómez)/ Fecha: octubre 1970  


Es indefectible: las "obras" sobreviven a las épocas y a las personas, y en el mundo de la creación --del arte-- esta persistencia por durar es muy deseable.
Habían transcurrido más de veinte años desde que, retomando los modelos naturales, plasmé con técnica mixta y sobre cartulina un grupo de rosas abriéndose a la vida --desplegando sus pétalos en un espectáculo de intención expresionista-- hasta que en mil novecientos noventa y tres, sin esperarlo y por sorpresa, recuperé el cuadro de forma casual.
Desde una de las paredes del salón de juegos del pabellón de menores del orfanato --lugar cerrado en el que intenté sobrevivir desde los cuatro a los veinte años de edad-- donde la naturaleza de flores enmarcada quedó expuesta para disfrute de los internos, ésta fue testigo del paso de la infancia a la pubertad de las últimas generaciones de niños acogidos que vivieron la encrucijada del tiempo histórico --al que una inmensa mayoría de internos no llegamos a tiempo--: el de las transformaciones de un centro de beneficencia desde la sumisión, al principio, en la rigidez de la caridad de una dictadura, a las bondades, después, de los derechos en una democracia. ¡Qué suerte!
Ninguno de los que no vivimos aquel mejor tiempo hubiéramos creído, entonces, que el opresivo lugar cerraría sus puertas, para bien de los niños asistidos, algún día de mil novecientos noventa y uno. Hizo la Providencia que uno de aquellos días previos al cierre en el que se inventariaban muebles y enseres de lo que habían sido los objetos cotidianos de nuestra existencia, estuviera de visita por el centro un interno de mi generación, el que reconociendo la firma del cuadro solicitó de los últimos regidores su devolución para entregarlo al autor, salvando a la obra de un incierto futuro en algún almacén o vertedero. Gracias Jesús y Loli.
Fue muy gratificante reencontrarme con la pintura; recordar los días --aunque fueran difíciles-- de su creación, de los que evoco una infinita soledad, a la que vino a auxiliarme alguien --sor Teresita-- que siempre había confiado en mis aptitudes artísticas y en mi pasión por el dibujo y la pintura. Y en aquella ocasión --1970-- también fue providencial: "Me gustaría que me pintaras un cuadro para el salón de juegos de los niños pequeños: un grupo de rosas".









Aquel cuadro de flores no fue la única ocasión que sor Teresita había hecho de mecenas para conseguir, de mis facultades artísticas con el lápiz, otras láminas de colores cuando ya, a su llegada al orfanato --comenzado a estudiar el bachillerato-- me antecedía cimentada fama de las tizas de colores. ¿Cuál fue el origen? y ¿cómo se explica que alguien abandonado a su suerte, sin maestros, sin medios, sin nada ni nadie donde apoyarse, hubiera llegado a dominar de manera aceptable el mundo de las formas y los colores? Aún hoy, pasada la sesentena, sigo pensando que en el origen del proceso hubo sobre todo una necesidad vital: ilimitada fascinación por ese universo que me indujo a dibujar de cualquier modelo y de una manera compulsiva en cuantos soportes tenía a mi alcance, a cuya práctica y evolución nunca reconocí obstáculos, aún en época de escasez, ya que a falta de papel bueno era el terreno del patio del orfanato. Bastaba un corto palo para hacer brotar de la tierra un mundo de desbordada imaginación. Nunca obra tan temprana tuvo mejor espectador: el cielo. De esta manera y descubiertas ya mis inexplicables cualidades para el arte fui nombrado por mis tutoras con hábito --hijas de la caridad-- dibujante oficial en el encerado de la escuela aunque no levantara dos palmos del suelo y para ello tuviera que utilizar una pequeña tarima. De los dibujos en la pizarra gigante pasé a los decorados del salón de actos, y de estos a mi etapa religiosa.

Eran los años sesenta del pasado siglo y para entonces ya había llegado al orfanato desde su Tenerife natal: sor Teresita. Joven monja, formada ya en el magisterio; tez morena como si en su cara se hubiera traído todo el sol de las islas Canarias; ojos vivaces que aprehendieron en corto período de tiempo la realidad de aquel lugar, y una empecinada actitud de querer cambiar algunas de las infames costumbres que aún regían en el centro: abominaba del hábito de los golpes y los palos todavía presentes, entonces, en nuestra crianza y educación. ¡Incauta!, no nos conocía bien aún, pues habituados a estas penosas prácticas no entendimos el mensaje y abusando de su bondad --concibiéndola como debilidad-- la hicimos blanco de nuestra rabia contra el colectivo que representaba... a pesar de todo siguió insistiendo en tratarnos como personas... y hoy aquellos que nos reíamos cuando --en el deje guanche-- nos llamaba "muyayos" en vez de muchachos la queremos aún más y la recordamos todavía. ¡Cuánta paciencia y generosidad, en un ambiente tan desfavorable!

En aquellos años sesenta triunfaba el minimalismo en las formas y en el fondo: los mensajes subliminales apoyándose en los símbolos y los sencillos dibujos que navegaban entre la figuración naturalista y la desestructuración cubista. Adelantada de la nueva iglesia --la del Concilio Vaticano Segundo-- sor Teresita se había apercibido que ésta había adoptado la moderna estética de las formas simples, incluso para su semiótica con acusada intención evangélica. Lo más "in" eran los mensajes directos a través de los objetos cotidianos, de los iconos... en un lenguaje pop.

Con estas premisas me requería de manera intermitente --algunos sábados de los años de mi bachiller poniendo a mi disposición su mesa desbordada por todo tipo de materiales: cartulinas, colores al lápiz, al pastel, a las ceras... y un puñado de caramelos-- en el aula del pabellón de menores donde daba sus clases, y partiendo de algunas ideas, visionando grabados y estampas, concebíamos la composición de las láminas --de gran tamaño-- anunciantes de los tiempos del Evangelio en una continuada producción --a lo largo de esos años-- de carteles religiosos. Colocados en el pasillo de la entrada a la iglesia del orfanato producían el efecto deseado: una indudable empatía entre la institución católica y los feligreses que acudía a la misa de domingo. Fueron muy elogiados. Aquella relación mecenas-artista tuvo su final cuando, enviado al pabellón de mayores por mayoría de edad, corté el cordón umbilical que me ligó hasta entonces a las monjas. Allí me esperaban otros guardianes, éstos masculinos, más severos, alguno violento al que me enfrenté abiertamente; gente nulamente preparada para la crianza y educación de chicos adolescentes.

Era el principio de la década de los setenta, del que he escrito: "Mil novecientos setenta y uno fue el inicio de un nuevo tiempo; de confusión, de desagrupación, de soledad, de desubicación, de insistir obsesivamente en la idea de supervivencia. Los muros oprimían mi esperanzada adolescencia con redomada fuerza, y las tapias cercenaban, a diario, mis primeros vuelos libertarios; ¿hay conciencia del alma en un cuerpo con ataduras? Entonces mi vida era todavía una herida abierta que me llenaba el ser de cicatrices y de las que llevaba, indefectiblemente, sus marcas: las de la temprana orfandad, las del hambre de ración, la de la angustiosa soledad de la noche, del día, del mes, del año, de los cumpleños, de la amistad...; de la ausencia. Castigaron sin descanso mi natural disconformidad de tardoadolescente --tuvimos que madurar muy pronto-- de aquel tiempo; ni siquiera apunto rebeldía, en todo caso lo era sólo por omisión. No soportaba especialmente en aquellos momentos los personajillos que dirigían mi existencia desde la tiranía; los que ejercían su poder desde la ignorancia consentida, y los que nos mandaban instalados en la estupidez y la disciplina exagerada, e hice oídos sordos a las órdenes que querían regir mi vida sin mi permiso, a sabiendas que esta actitud es la que más irrita al tirano, sin apercibirme que el ser abyecto ejecuta sus actos con premeditada intimidación del colectivo y, así, degradando mi condición de recién graduado en bachiller superior, se escarmentaba a los demás internos...".

El nuevo encargo, después de algunos años, era el bálsamo que necesitaba en aquel momento. Retomar la relación con mi mecenas era un deseo que venía subyaciendo en mi mente todo aquel tiempo: "Bueno, vale, yo te pinto el cuadro con las rosas a cambio de muchos caramelos... ¡de frutas!"... creo que era octubre de mil novecientos setenta y allí estaban, en la misma mesa de siempre repleta de todos los materiales de dibujo --incluso novedosos rotuladores de colores--: un buen puñado de caramelos de frutas variadas... no sé de donde los sacaba pero allí estaban: de piña, naranja, limón, plátano... yo retrasaba el progreso del cuadro --sólo lo indispensable para que no se marchitara el modelo natural-- para así me fuera proveyendo de más caramelos, y sor Teresita disfrutaba con mi deleite por la golosina; gula de dulce que tuviera algo que ver con el antiguo relato del centro antes de que ella llegara, y que me escuchaba con mucha atención en una de aquellas sesiones de pintura "... y sor Delfina --superiora de finales de los años cincuenta-- subida a lo alto de la escalinata de acceso al pabellón de la comunidad de monjas, como regalo por su onomástica, lanzaba al aire los caramelos que cogía de un caldero metálico, dirigidos hacia el lugar, abajo,donde nos arremolinábamos pendientes de la caída de la golosina, y en el afán por atrapar alguno de los caramelos nos desollábamos en la tierra, y una vez en el suelo peleábamos entre nosotros como jabatos para coger uno de los dulces antes que los otros... y si no habías sido de los afortunados, con las rozaduras y rasponazos, no perdías la esperanza de ser uno de los agraciados al año siguiente...": "¡Cuánta carencia y resignación!", apuntaba mi mentora al final del recuerdo: "Ahora entiendo esta necesidad...".

En las sesiones de pintura, entre exclamaciones de agrado del cuadro por su parte:¡Está quedando muy bien!, nos explayábamos conversando --ella sobre todo escuchando atentamente, en una predispuesta actitud de comprensión-- de mis inquietudes; las del presente de un chico de dieciocho años atrapado en un tiempo y en un lugar que ahora ella bien conocía, y las del incierto y esperanzado futuro; y ella, en confidencia, me confesaba de sus dificultades de progreso de las nuevas ideas en una comunidad de monjas conservadoras, tradicionales y envejecidas sobre todo de mente... el todavía alargado brazo: nacional-católico: "Te acuerdas el escándalo de aquella lámina; creo que fue la última", me decía esbozando una franca sonrisa, mientras yo me aplicaba en aquella explosión de pétalos de rosas.

Y es que no todas aquellas láminas religiosas fueron elogiadas. Hubo una... De aquel esperpéntico episodio escribí después: "Como artista en continua evolución estaba pasando por una de aquellas crisis de identidad respecto a mi obra gráfica. En duda constante, me pareció que aquellos dibujos, aunque muy apreciados, carecían de la nueva visión del arte. Haciendo balance de todo lo dibujado pensé, entonces, que la relatividad de mi particular mundo sólo debería quedar enfatizada por el observador. Urgían nuevos planteamientos --como le expuse a sor Teresita--a aquella excesiva rigidez. Nuevas panorámicas. En estas divagaciones estaba cuando la monja canaria me encargó para un viernes santo el cartel de un cristo yacente en la cruz. Vino en auxilio de mi convulsa creatividad la imagen del Cristo de Dalí que había visto en la reproducción de una lámina: la fuerza que dimanaba de la deformada figura por efecto de la visión a vista de pájaro, era impresionante. Contemplando ambos la reproducción, se me ocurrió la idea, siguiendo el mismo planteamiento de visualización, de buscar alguna forzada perspectiva como lo había hecho el genial pintor pero en vez de situar al observador en el cosmos lo situaría en la tierra, debajo mismo de la cruz.

Aunque el reto era grande, puse manos a la obra, o a la cruz --como se prefiera--. Aquel forzado punto de vista obtenía una deformada figura de pies grandes y marcaba en la entrepierna un abultado paquete en la única prenda que vestía. Una vez expuesta la imagen, no sin ciertas reticencias, el exceso de volumen en el paño, por efecto de la perspectiva, pasó de abultado a sospechoso y no tardó mucho en ser catalogado de obscenidad con el consiguiente escándalo entre la comunidad de monjas, las que retiraron, inmediatamente, tamaño cartel blasfemo, habida cuenta de lo prolongado --en principio-- de su exposición: toda una semana santa. El "nuevo misterio" de la cruz, no entendido en capítulo de monjas mayores acabó con mi peligrosa incursión en la libertad creativa y, por ende, con los carteles religiosos, pese al apoyo incondicional de sor Teresita; lo que me retrotrajo a una etapa más mundana y con menos riesgo: los dibujos a plumilla de la Alhambra"...:¡Y qué bonitos eran aquellos dibujos a tinta china!, apostillaba la monja, después de recordarle mi condena por la reverenda madre --la Guerra-Bravo-- al más oscuro ostracismo... luego nos reímos con abierta complicidad.

Ahora que he recuperado el cuadro y aquellos difíciles días, compruebo que las escenas de ese tiempo en la película de mi vida aparecen aún atormentadas... una guerra abierta con el más infame y violento de aquellos empleados-celadores... la injusta expulsión del centro por mi pertinaz desobediencia hacia el administrador-director de pensamientos totalitarios, que escondía tras aquel rostro de grotesco labios bajo nariz de boxeador su condición de abyecto falangista... la conjura de los necios en mi expulsión... de la que he dejado constancia escrita: "Poco después y con la tristeza del silencio cómplice, sin oficio ni beneficio, me marché una tarde de aquel inicio del verano --1972--, por la puerta de atrás, con lo puesto y mis escasas pertenencias (alguna ropa y mis libros de opositor) acomodadas en lo que era el diminutivo de una maleta; la que colmataban, no dejando ni un resquicio de espacio. Llegué con nada. Me fui con muy poco. ¿Dónde estaba mi ángel de la guarda? Posiblemente hizo alguna gestión pero aquel sátrapa no le escuchó. Del cura sólo obtuve evasivas. De las monjas el silencio más amargo. No hubo momento para la despedida: ¡¡Adiós compañeros!!

Traspasé para siempre las pesadas verjas sin mirar hacia atrás y me encaminé, en la más absoluta soledad, hacia la incertidumbre que resultó ser un agujero negro que me arrastró a una profunda crisis nerviosa
... sentía impotente la fuerza que me arrastraba al filo de la sima. Seguía sin encontrar nada donde agarrarme; nadie donde apoyarme. Detrás todo seguía latente, como si no hubiera acabado aún. Delante el panorama era aún peor, todo estaba oscuro y no podía ver nada. Cerré los ojos en lo inevitable y entonces percibí la cálida mano de ella, asiendo fuertemente la mía.
de la que empecé a salir cuando, a mediados de la década -1976-- conocí a Teresa, mi mujer. Gracias cariño. Todavía le sigo imponiendo a mi memoria una difícil tarea: velar la película de esos años, en una acción de amnesia voluntaria. Casi lo consigue."

Recobrado lo mejor de aquel tiempo se lo he prometido a mi mujer Teresa. A ella, que siempre se queja que nunca visito "Interflora": los regalos de ramilletes de flores se marchitan con el tiempo; éste no se marchitará nunca... disfrútalo, pero tú bien sabes con qué condición.

El cuadro que sobrevivió a la estancia en el centro, de su mecenas --al poco tiempo de colgar el cuadro, modestamente enmarcado y protegida la cartulina por fino cristal, en la pared del pabellón del orfanato, sor Teresita marchó de allí--, y de su autor --al año de la marcha de sor Teresita me expulsaron del centro--; y al que no había puesto título, bien pudo intitularse: "Rosas por caramelos".

Aquel puñado de caramelos de frutas es la contraprestación mayor que he obtenido por una de mis obras. Nunca comercié con el arte; siempre lo regalé.

Con sor Teresita en 1971, poco antes de que se marchara del orfanato


FranciscoMolinaGómez --"Emilio"--
(A la monja guanche: deseo en el recuerdo no olvidarte nunca. Gracias por llevar a nuestra dificultosa existencia un poco de aire fresco)














jueves, 31 de julio de 2014

EPÍLOGO DE UNA LOCURA COLECTIVA










1979. "Personajes a la salida de un concierto de rock" del pintor Guillermo Pérez Villalta


Breve crónica en clave antiépica de una relación amor-desamor... del Madrid que se amaba y que se odiaba a la vez: un tira y afloja entre la inercia del pasado y su ruptura hacia un futuro que urgía ya, sin más esperas...; el tiempo de una ciudad viva desde la que se podía subir hasta lo más alto: "De Madrid al cielo", o morir en el intento de habitarla: "Madrid me mata"...; una ciudad a veces inhóspita donde deseo fervorosamente seguir viviendo








Era el mes de febrero de mil novecientos ochenta y cinco y nadie nos esperaba en una ciudad que empezaba a dejar atrás la reinventada modernidad; sus años más disparatados consecuencia de la explosión libertaria de la calle que se produjo, inevitable, al final de la dictadura: una larga travesía --treinta y seis años-- por el desierto de la iniquidad que había dejado en el país y en particular en la "Villa" un paisaje desolado y yermo, infecundo durante mucho tiempo, mostrando aún visibles, después de tantos años, las secuelas de la prolongada falta de libertad y la continua represión de las manifestaciones humanas más íntimas: la diversidad de opinión; la libertad sexual, la de creación artística...

Estábamos llegando a Madrid cuando la llamada Movida Madrileña era ya historia reciente; en esos momentos en los que las actitudes de rebeldía inicial y pasotismo (filosofía nihilista castiza) de sus jóvenes creadores y participantes se habían adocenado y eran absorbidas ya, aprovechando la coyuntura,por la cultura oficial, entrando las nuevas creaciones a formar parte de los circuitos convencionales del consumo, aunque aún persistían núcleos de resistencia localizados en el Rastro, en los baretos de Malasaña y otros puntos que proclamaban todavía una "ciudad libertaria y libertina", una "anarco ciudad", sin la connotación ideológica pues aquella "revolución" fue todo menos política. Crearon su propia cultura --o, más bien, contracultura-- al margen de los grupos políticos ya organizados y estructurados, poniendo su mirada en los movimientos sociales del entorno --sobre todo los de Gran Bretaña, Holanda, Alemania...--, con mayor énfasis en la creación artística, en particular en la música del momento --punk, new wave, heavy metal...--, adoptando enseguida la importada estética --actitud de rebeldía-- con la que los jóvenes se identificaban entre ellos, y, a la vez, les distinguían de las otras tribus urbanas en un magma muy diverso de formas de vestir, de peinarse, de mostrarse con la piel tatuada y taladrada por piercings... ligadas a las eclécticas tendencias musicales que se habían originado a partir del rock y del pop, poniendo distancia con las generaciones mayores; esgrimiendo ante sus narices cierta irreverencia hacia lo que consideraban una oscura época de la que querían alejarse a pasos agigantados; al fin y al cabo, y sin que nada ni nadie pudiera evitarlo, se estaba dando el salto a la posmodernidad en un país que ni siquiera había llegado a tiempo a la modernidad, y Madrid estaba en el lugar y sus gentes en el momento adecuado para liderar aquella "revolución".



1984. Portada del número uno de la revista "Madrid me mata", ligada a la Movida Madrileña, dirigida y diseñada por Oscar Mariné

Era de noche y llovía cuando ingresé en la capital. Como una indefensa presa, sin apenas advertirlo por el desconocimiento del territorio, había quedado atrapado dando interminables vueltas --sin destino y sin final-- en la M.30, una carretera de circunvalación cerrada en sí misma que me llevaba al punto de inicio una y otra vez, sin solución final..., y hacia el parque zoológico cuando tomé desesperadamente una de las salidas. Aunque en el coche viajaban --aún muy pequeñas-- mis hijas Elena y Miriam, no era intención --de mi mujer Teresa y mía-- la de visitar los animales en cautividad a aquellas intempestivas horas de la noche; así que dando media vuelta con el vehículo atestado de ropas, enseres y algún mueble --mi aparatoso tablero de dibujo remataba el equipaje atado a la baca del Renault.9--, y después de toda una epopeya, parando y preguntando a los pocos mortales con los que nos encontrábamos, dimos por fin con la dirección hacia Villaverde Bajo, en el distrito sur, donde los padres de Teresa habían adquirido, década y media atrás, una vivienda que fue nuestra casa durante cuatro prolongados años; tiempo que se nos hizo algo largo habida cuenta del cambio brusco de residencia: habíamos dejado una tranquila y relajada vida en un pueblo de la costa de Barcelona --Castelldefels-- donde disfrutábamos de la bondad del clima y de los continuos baños de mar. Pero aquel sentimiento duró poco tiempo porque enseguida, pasados los primeros momentos, Madrid nos atrapó como apresa a todo forastero que llega a estas tierras que no son de nadie y de todos a la vez.

Diariamente tomaba el autobús y después el metro para dirigirme a mi trabajo --sentía pánico a circular con mi coche por Madrid-- en el centro de la ciudad. Una ciudad que aún se sacudía, con fuertes y rápidos manotazos, su vieja pátina gris, la que empezaba a quedar tapada por el colorismo de su gente más joven --todo un muestrario de vivos colores tintados en las más diversas y extravagantes crestas capilares se paseaban por las calles ante la expectación de unos y el rechazo de otros-- vistiendo el mods, el rockers y el glam más actual. Una ciudad abierta en la superficie: muy caótica, atestada de tráfico de vehículos con persistente fondo de ruido sobre el que destacaban, intermitentes, las estridentes sirenas de las ambulancias blancas y de los coches de policía; y, a la vez, una ciudad subterránea en la que el metropolitano --Metro-- era el principal y genuino transporte de la mayoría de sus habitantes; los que habitualmente nos preguntábamos quién era ese tal "Muelle" que aprovechando la noche, y, posiblemente, el descuido de los empleados del metro, había propagado de manera inusitada su firma-grafitti: su apodo o nombre de guerra rubricado por una espiral en forma de muelle y que acababa en punta de flecha aparecía repetido en grandes dimensiones, impreso en pintura spray, sobre los carteles de propaganda de las estaciones del suburbano. También algunas paredes de la ciudad amanecían con las pintadas del enemigo público número uno de los empleados municipales de limpieza, y que, hasta aquel momento, era un personaje enigmático, invisible, escurridizo... anónimo, aunque todo Madrid conocía el grafitti.


1987. Apresada en la red de plástico que evita la caída de cascotes a la calle, aún, a día de hoy, subsiste la firma-grafitti de "Muelle" en la pared exterior, degradada por la humedad, del edificio de viviendas en calle Montera número treinta y dos de Madrid. Posiblemente el único grafitti al exterior de "Muelle" que ha pervivido con el tiempo. Es curioso como junto a su firma aparecía un copyright, ya que Juan Carlos Argüello --nombre que se escondía tras la firma-- lo había registrado

Perplejos transeúntes por el repetitivo gesto caligráfico entre los que me encontraba, intentando entender las razones de su autor: ¿¡Quién carajo es ese tal Muelle!?...y: ¿¡Qué diántres quiere decir con todo esto!?... con aquella necesidad de dejar su marca personal, su filigrana particular aprovechando los elementos urbanos... quizás intentaba salir del anonimato de habitante de suburbio de una ciudad en plana catarsis cultural... o era una llamada de atención de que allende el centro existían gentes, como él, que reclamaban su protagonismo en aquel momento histórico... tal vez era sólo un adelantado de esas gentes que se hacían visibles en los barrios y calles del casco antiguo con actitudes singulares --provocadoras-- abanderando una cultura cercana a los últimos movimientos sociales de fuera de nuestra fronteras --adaptada a lo autóctono-- ligados a la cultura underground: música, ilustración, cómic, pintura, fotografía, cine, poesía... y a su transmisión: garajes, locales, y baretos se erigieron en las factorías donde se producía lo nuevo, la música trasgresora, y los muy transitados y muy visibles elementos urbanos: paredes, muros... incluso vagones de trenes, eran los soportes elegidos para los mensajes-grafittis, dando un "corte de mangas" al viejo, caro e inaccesible sistema convencional de publicitarse para darse a conocer cuando aún no existían las redes sociales... tal vez fuera ese el proceso en el que se había embarcado "Muelle", provocando con sus firmas, pintadas por toda la ciudad, la posibilidad de decir que existía a miles de miradas a la vez; hecho insólito que, ante la imposibilidad de ponerle cara al autor, agrandaba su leyenda de trasgresor de la convivencia al uso hasta que en una ocasión fue sorprendido para regocijo de algunos: ¡¡¡Hemos cogido a "Muelle"!!!, ¡¡¡hemos cogido a "Muelle"!!!, ¡¡¡hemos cogido a "Muelle"!!!...


1991. Personajes de la película "Tacones Lejanos", dirigida por Pedro Almodóvar: un universo de mujeres

Aquel espíritu festivo y trasgresor se trasladó, durante al menos un decenio, a todos los ámbitos de la ciudad, y, cómo no, a los académicos. Cuando en el mismo año que llegué a la capital me matriculé de arquitectura en la universidad politécnica de Madrid, era ya patente la disconformidad del joven alumnado con el rígido y adocenado sistema de enseñanza que había pervivido intacto mucho tiempo. Aprovechamos el tono popular del momento --la carrera había dejado de ser elitista para abrirse a todas las capas sociales-- y el acento libertario que introdujo su recién nombrado director Ricardo Aroca --aún conservo su estampa de viejo motero de cabellera y largas barbas blancas llegando a la escuela en su moto Harvey Davidson--, para reactualizar el antiguo código de convivencia entre profesores y alumnos, y de ambos con la dirección de la escuela...; para comunicarnos, entre los alumnos, de una manera más humana... mensajes en una botella sobre nuestras incertidumbres, nuestras inquietudes... que iban de la crítica constructiva a, incluso, la llamada de amor desesperada de la chica al compañero que habitaba la inopia de sus amorosos reclamos, publicada de puño y letra en uno de aquellos innovadores e inolvidables tablones de anuncios (9-12-98 CO 153): " Unas palabras de lo íntimo (¿Quién no quiere oír de amor?)/ He hablado contigo a menudo, en ciertas ocasiones tus ojos y mis ojos bailan y se espían.../ Hola/ Escribo aquí para ser oída y no ser vista, para hacerme oír anónimamente, pero siempre siendo yo/ Llevaba tiempo pensando como dirigirme a quién quiera leerlo, y decirle lo que hay dentro de mi/ No podéis imaginaros como estoy de frustrada; siento en mí una rabia enorme, enorme, enorme (...) ¿Porqué es tan difícil?/ Hay golpes inevitables, que además te sirven para espabilar un poquillo y adaptar los esquemas al mundo de hoy. Pero mi infinita tristeza vuelve cuando veo que no hay salida a estas ilusiones (...) cada vez que me encuentro con tus ojos y, una vez más entre un millón de veces, sigues siendo alguien extraño/ Estoy infinitamente harta de besarte sin palabras, ni siquiera gestos, y tener que seguir dentro de mi papel de desconocida por siempre/ No puedo más/ He perdido la paciencia. Son ya casi cuatro años de una ilusión que crece inevitablemente, quiera yo o no quiera/ Pensé que podía olvidarte pero cuando te vuelvo a ver mi corazón salta, ahora con rabia, y sé que tú también me acaricias sin palabras/ ¿Porqué no se pueden hablar las cosas claras y ser directo, hasta rozar la rudeza?/ No puedo más de esas miradas que lo dicen todo pero que nunca se descubren. No puedo más de querer conocerte y que tú, y que yo, sigamos dentro de ese río por el que nos sabemos dirigidos a alguna parte y del que no nos atrevemos a salir por un momento (...) Supongo que te queda ya poco de estar en este lugar, porque después de cuatro años, siendo tu mayor, supongo que estás a puntito de empezar tu propia carrera. Supongo que me queda poco ya de encontrarme con tus ojos o tu figura; ¿qué se perdería por probar a conocernos?; ¿que se podría ganar? No creo que sea tan grave/ Estoy harta, hartísima, de que la vida se me vaya entre los dedos de las manos mientras intento mantenerme en mis sueños de colores (...) ¿Porqué no me hablas?, descúbrete, hazme ese favor/ No quiero conformarme con esperar, puedo llegar a viejita y seguir viviendo cuentos preciosos de hadas; siempre cuentos/ Tampoco quiero que en una curva repentina la vida me presente un plan que, por real y por no ser tan malo, acabe por adoptar para los días que me queden/ Te escribo en un lugar del camino entre una curva y otra.../ ¿Porqué matar las ilusiones a fuerza de costumbres y caretas?/ Esto es demasiado irreal para mí.../ Mi sueño sería descubrir contigo todo eso que tenemos por delante. Sería descubrir contigo la forma de vivir viviendo también las ilusiones. Sería descubrir contigo la forma de hablarnos y escucharnos, más allá de las fronteras en las que crecimos/ Un beso (uno más) a Jaime, al amigo de Teresa, a mi compañera de proyectos, al chico de mi clase... pero sobre todo al amigo de Teresa.



1998. Tablón de anuncios donde se publicó la llamada de amor desesperada. ¿Contestó alguien al mensaje de la botella?, ¿fue receptivo aquel dardo de sinceridad amorosa, de la que firmaba como expediente:28.706, directamente al corazón del amigo de Teresa? Por favor si alguno de los que me lee era el destinatario me haría mucha ilusión que se mostrara en algún comentario

En una de aquellas imposturas: el grupo experimental de proyectos --grupo t-- me instalé yo, más por desahuciado del sistema que por disidente del mismo. Tuve noticias del grupo por mi compañero de estudios entonces y hoy amigo y colega Miguel Sevilla, el que me invitó a una de aquellas extrañas reuniones en el sótano de la escuela donde los discrepantes del resto del alumnado reflexionaban sobre la arquitectura en sí y su relación con las más recientes tendencias artísticas y filosóficas... proponiendo en sus conclusiones desvincularse del método de enseñanza hasta entonces vigente en las aulas donde sólo se valoraban los proyectos de los alumnos como productos acabados y definitivos: "Queremos investigar en el método, en el proceso, en la colaboración abierta entre disciplinas, en el trabajo en grupo". No me resistí a su ingreso pero más por necesidad --por mi edad me costaba ser admitido en los grupos convencionales donde la proyección de los profesores primaba en los alumnos jóvenes-- que por entender todo aquel barullo e hice mi bautismo de fuego en el debate sobre la experiencia en la ficción de una distopía urbana futurista; coloquio que siguió a la visualización de la película "Metrópolis" de Fritz Lang. Qué mejor comienzo que la introducción en la interrelación de dos lenguajes artísticos --la arquitectura y el cine-- en una misma obra. Aquello prometía: fueron dos años intensos e intensivos que desgraciadamente no tuvieron continuidad. La falta de apoyo material y humano hizo que aquel grupo que abanderaba una "rebelión" entre el alumnado: célula aparte que se había parasitado en la estructura y organización de la escuela simplemente por motivos de supervivencia, se fuera apagando poco a poco, diluyéndose como azucarillo en agua hasta ser reabsorbido por el propio sistema --como casi siempre sucede-- dando por finalizada aquella experiencia autónoma.


1996/98. Audotorio "Alfredo Kraus" en Majadahonda, Madrid: lo que queda después de la tormenta. Frente al postulado moderno de la primera mitad del siglo veinte, un nuevo lenguaje arquitectónico --discurso posmoderno de la deconstrucción-- apuntaba ya en el paisaje de Madrid a finales de la década de los noventa

Para entonces eran ya días de cambio en la escuela; de huida a ninguna parte del amigo; de vestíbulos vacíos; de sustitución de director; de vuelta al redil; de fútiles exposiciones de proyectos con novedoso grafismo y dudoso premio a la deslumbrante y seductora imagen virtual, pero estéril a falta de discurso; de robos descarados del intelecto guardado en las carpetas; del latrocinio de los libros y revistas de la biblioteca, algunos cercenados en sus páginas para obtener a toda costa una imagen de arquitectura de moda, temporal y pasajera... Días de cambio en el país; de camarillas azules y rojas; de especuladores y adoradores del becerro de oro; de paniaguados seudoartistas; de esa clase --beautiful people-- con intereses espurios; de gigantes de barro en forma de casta política; de antiguos postulantes en las elitistas escuelas de negocios a feroces desvalijadores de las carteras ajenas; de los borreguiles: "politicamente correctos"... Días de cambio en Madrid... de viajes sin destino y retorno como eterna candidata; de sempiterna errante en busca de modelo; de perenne sufridora del intenso y continuo tráfico de coches que le ha impreso su inexplicable carácter urbano, aunque ahora las ruidosas ambulancias ya no fueran blancas... días difíciles que supusieron el caldo de cultivo donde se reprodujeron los felones --abundaron en mi lugar de trabajo--, medrando siempre en las inmediaciones de los despachos del poder, a cuyos titulares mostraban el más infecto servilismo, mientras se apoyaban descaradamente en el trabajo de los demás para el propio enriquecimiento personal, a los que se añadieron después los "idiotas contemporáneos", pendientes del asalto al poder; los que desgraciadamente sufrimos.

Lo que ahora se vivía en la escuela y en mi trabajo era una metáfora de la vida del país, y así cuando entramos en el nuevo milenio, Madrid era ya su capital domesticada, con cierto cansancio de muchas de sus gentes, el que aprovecharon otras que representaban la antítesis al espíritu renovador y libertario que había inundado la ciudad al final de la dictadura. En sus calles, plazas y avenidas ya no cantaban los poetas urbanos, ahora lo hacían los antipoetas; esos otros que habían trastocado las letras de sus canciones después de ponerle cerco a sus estrofas declarándolas "non gratas". Nos vendieron a un precio muy alto la falsa lírica y muchos incomprensiblemente la compraron. Otros, los menos, se recluyeron en la melancolía de los ghettos y reductos del viejo Madrid, donde todavía hoy se escucha el eco de las leyendas que recitara el curtido cantautor: "Allá donde se cruzan los caminos/ donde el mar no se puede concebir/ donde regresa siempre el fugitivo/ pongamos que hablo de Madrid/ Donde el deseo viaja en ascensores/ un agujero queda para mí/ que me dejó la vida en sus rincones/ pongamos que hablo de Madrid/ Las niñas ya no quieren ser princesas/ y a los niños les da por perseguir/ el mar dentro de un vaso de ginebra/ pongamos que hablo de Madrid/ Los pájaros visitan al psiquiatra/ las estrellas se olvidan de salir/ la muerte pasa en ambulancias blancas/ pongamos que hablo de Madrid/ El sol es una estufa de butano/ la vida un metro a punto de partir/ hay una jeringuilla en el lavabo/ pongamos que hablo de Madrid/ Cuando la muerte venga a visitarme/ que me lleven al sur donde nací/ aquí no queda sitio para nadie/ pongamos que hablo de Madrid... ¿Qué ser, que no haya enfermado de insensibilidad, puede permanecer impasible a la poética de estos versos?: ¡Qué pena los que no vivieron entonces Madrid! y que condena ahora... Madrid... relegada encrucijada en el vórtice de caminos que circunvalan sin destino los juglares... Madrid... vigilante ojo de Gran Hermano... Madrid... estelas de deseos en el vacío de la Red... Madrid... predio de zafias princesas del pueblo, y de mar de delirios de alcohol en urgencias de hospital... Madrid... de desocupados sicóticos oyendo sirenas de muerte bajo oscura bruma... Madrid... de fríos túneles de desheredados envueltos en cajas de cartón... Madrid... de invisibles marginados, olvidados en los descampados jugando a la vida con la "dama blanca"... Madrid ... Madrid... Madrid...

Se ha abierto un tiempo incierto... Madrid... a lo mejor me suba al cielo o, tal vez, me mate... no me importa... siempre que algún día, al doblar la esquina de una calle solitaria, me sorprenda una mirada cansada y una voz rota en la última estrofa: "Cuando la muerte venga a visitarme/ no me despiertes, déjame dormir/ aquí he vivido, aquí quiero quedarme/ pongamos que hablo de Madrid".


FranciscoMolinaGómez
(¿Para cuando otra locura colectiva?... no sé... ¿acaso se puede repetir lo irrepetible?)

martes, 1 de julio de 2014

A PROPÓSITO DE ARQUITECTURA. IV: LA BÓVEDA PLANA













Continuamente se está aprendiendo. La avidez de saber del ser humano es tan desmesurada que éste no se da tregua en la adquisición de conocimientos; la misma generosa actitud que debiera mostrar --una vez adquiridos-- en enseñarlos a cuantos alcance su magisterio... y como cada vez lo tenemos más fácil --ventaja propiciada por otros semejantes, forjadores de nuevos logros tecnológicos en el mundo de la información y de la comunicación, que con su legado técnico nos permiten acceder en el instante al inconmensurable acervo intelectual que es patrimonio de la humanidad--, cada vez con más razones debemos de ser conscientes de la justa transmisión de ese saber, que en ventaja hemos recibido; sin precios, sin contraprestaciones; regalándolo. Es lo que modestamente me guía con las entradas del blog.
Siempre he estado eternamente agradecido a los buenos maestros, aunque no hayamos coincidido en el tiempo. Uno de ellos es el arquitecto del Renacimiento español, Juan de Herrera.










Grandes maestros: En busca de la bóveda plana


Aquel año, como algunas otras veces, elegimos --mi mujer Teresa y yo-- como lugar de retiro y descanso por nuestro aniversario de boda la cercana e imperial ciudad de San Lorenzo el Real de El Escorial. En anteriores ocasiones sólo nos apetecía disfrutar de las instalaciones y servicios del hotel; días sólo para el descanso, obviando el grandioso monumento del Monasterio y otros edificios y lugares históricos. Nuestro reloj vital, entonces, necesitaba una pausa por unos días para volverlo a poner a punto a fin de que marcara puntualmente, sin retrasos, las siguientes horas de nuestra existencia en común: un gran proyecto de vida juntos que ya había alcanzado la madurez; la de aquella última visita: treinta y tres años juntos, y esta vez sí nos apetecía esa tan pospuesta visita cultural al magno edificio.

Hacía un mes que había sido intervenido quirúrgicamente, y durante la no muy larga convalecencia entretuve la tediosa ociosidad en ojear cierta documentación que desde hacía bastante tiempo poseía del citado Real Monasterio de El Escorial. La leía con ese menor interés de las cosas que ya conoces hasta recalar en una marginal anotación, casi una anécdota perdida en la magnífica retórica con la que el autor se explayaba y recreaba hablando del patio de los Reyes y de la Basílica: "El Sotacoro es la parte baja del Coro, de ahí su nombre, y cuenta con una bóveda tan amplia que da la sensación de ser plana..." Intenté buscar alguna imagen que me ilustrara tamaño nuevo concepto, sin éxito y ahí quedó --en la extrañeza de lo que uno ignora o de lo que crees que otros ignoran-- aquel dato; guardado ahora en la mente como algo extravagante que conviniera reseñar el autor; o simplemente, quizás, un desliz de éste.

La tarde de nuestra llegada la entretuvimos paseando por los alrededores del Monasterio: las fundaciones de los jardines reales, los edificios de sillares de granito (antiguos palacetes donde vivían los nobles que acompañaban a los reyes y otros edificios más modestos donde residía el personal que auxiliaban en su día al complejo palaciego)hasta recalar en la magnífica lonja que da prestancia, valorándola aún más, a la entrada principal del Monasterio en cuya portada Juan de Herrera dispuso en su planta baja de un orden gigante toscano que se despliega en anchura por la fachada; orden que se repite en altura a la entrada de la Basílica, frente al cual me hallo en la fotografía (no sé porqué esa especial querencia de fotografiarme, siempre que tengo ocasión, junto a los órdenes gigantes, quizás para dar una medida visual del mismo). Lo que pasó aquella tarde y al día siguiente fue la continuación de una anterior visita --cuando aún era adolescente, cuarenta años antes-- en la que aún pesaba en mi ánimo cierta pesadumbre. Ahora al contrario había cumplido el sueño: me había convertido en mi propio guía del monumento.

Lejos de las anécdotas cortesanas de los reyes y reinas que habitaron la zona de palacio --resaltados por la experta guía al grupo de visitantes entre los que nos hallábamos mi mujer Teresa y yo-- lo que buscaba en las piedras de tan egregio edificio era aproximarme a su génesis, difícil empeño por el entrelazamiento de conceptos y funciones que encierra; y a su misteriosa simbología a través de los mensajes que insinúa de forma velada, en clave de números invisibles, como lo era la repetición de ciertos guarismos y las de las formas geométricas que mostraba: profusión de cuadrados y, sobre todo, rectángulos áureos en la organización de su planta y en la composición de las fachadas; una de ellas, la principal, la pude estudiar visualmente la tarde anterior a la visita, sentado largo tiempo junto a mi mujer --quedamente-- en uno de los bancos de piedra que se ubican en la Lonja, enfrente de la puerta principal, descubriendo mentalmente en la formación de las siete figuras áureas toda la modulación del edificio; quedando por descubrir, al día siguiente en la visita, la materialización de esos números mediante la técnica constructiva, que me revelaría incluso algunas singularidades inadvertidas al ojo profano.

Lonja abierta del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Lugar ideal desde el que contemplar su fachada principal, la que se adivina inscrita en "siete" rectángulos áureos

El hallazgo de una de ellas tuvo un curioso origen: No nos resultó fácil dar con el pequeño hotelito, antigua vivienda unifamiliar en pleno corazón de San Lorenzo del Escorial. Celebrábamos nuestro trigésimo tercer aniversario de boda, como he apuntado, y queríamos un lugar tranquilo para tan feliz acontecimiento: El recatado y coqueto edificio tenía el encanto de esas villas que se hacía construir la burguesía de principios del siglo pasado en los centos urbanos de estos singulares lugares de descanso. Una sólida casa de piedra con grandes sillares regulares de granito en la que destacaba, señalizando la esquina que daba a dos calles, un mirador circular de hierro y vidrio rematado en cupulilla piramidal que sobrevolaba un recóndito jardín con cierto regusto romántico. El hotelito tenía muy pocas habitaciones, por lo que el exiguo grupo de hospedados recibíamos una agradable atención de sus regidores, muy lejos de la impersonal de esos otros hoteles que se publicitan con varias estrellas; especialmente de sus propietarios: ella desbordándose en amabilidad en los desayunos de bollería casera, mermeladas y compotas que preparaba personalmente y él disfrutando con la información que nos daba de todo lo referente al entorno natural y de los monumentos de la localidad. Éste se ofreció a contarnos y darnos altruistamente todas las explicaciones sobre los conocimientos que había adquirido en su interés por el lugar a lo largo de años --según nos relató--, incluyendo las del senderismo por los parajes entorno al monumento, hasta el altozano desde el que el rey Felipe II seguía la evolución de la marcha de las obras; un lugar pintoresco de la sierra --pinar de Abantos-- bastante alejado del hotelito y cuya excursión desistí en mi condición de convaleciente de la reciente operación quirúrgica. Como apreciara mi interés por visitar el Monasterio la conversación derivó hacia el monumento del que mostraba bastantes conocimientos constructivos en los que pude estar de acuerdo hasta llegar a la "bóveda plana" --según la enunciaba el dueño del hotelito-- que cubre el Sotacoro de la Iglesia, cuya planeidad defendía a ultranza, frente a mi argumento, como experto, de que la generatriz de una bóveda es siempre un arco.

Recordé entonces la reseña escondida en el texto del libreto sobre el Monasterio que había estado leyendo algunos días antes, interesándome sobremanera en ese instante aquel asunto de la "bóveda plana", a la vista de que era una rareza del edificio, no oculta, conocida de otras gentes --como lo era aquel hombre-- interesadas por los detalles raros de construcción del magnífico complejo (colegio, monasterio y palacio real) y que abundan en tan pródiga fábrica de piedra; experiencia por mi parte de un providencial descubrimiento: Al día siguiente en la visita, mirando descaradamente hacia el techo del Sotacoro, a la entrada de la Iglesia --en tal intensidad que provocaba la curiosidad de todos los visitantes que miraban hacia arriba sin saber a qué-- yo buscaba la curvatura, aunque fuera levísima. Cuanto más miraba menos lo entendía: estaba tranquilamente debajo de una estructura que se suponía trabajaba como una bóveda curva y sin embargo visualmente era una enorme losa plana que no adivinaba como se mantenía en equilibrio; ¡que gran hallazgo! Buscando en la detenida observación alguna respuesta, convine en un rápido análisis --el que permite el tiempo de una visita turística-- que la solución estaba, seguramente, en el singular despiece de la piedra de granito y su disposición (ocho hiladas concéntricas alrededor de la clave, que desplazaban todo el peso del coro a los arcos laterales y a través de éstos a los cuatro anchos pilares de piedra)y en la gran resistencia del granito, trabajando todo el conjunto como una bóveda ligerísimamente curva --casi plana--... pero si aquello con el tiempo había devenido en una superficie perfectamente llana por cualquier circunstancia --descenso de la zona de la clave al entrar en carga en su día la estructura; bien por vibraciones de la sobrecarga de uso del coro, o tal vez...--, ¿había alguna señal que lo certificara?... ¡fantástico!, aquella circunstancia posible estaba reseñada en las ligeras fisuras de las juntas de la primera hilada de piedra concéntrica que rodeaba a la clave.





Bóveda plana del sotacoro en la entrada a la Iglesia-Basílica del Monasterio de San Lorenzo de El escorial. Un prodigio técnico de la estereotomía de la piedra debido al mismo Juan de Herrera

Después de aquella extraordinaria experiencia debida al ingenio de Juan de Herrera me he interesado en el estudio del comportamiento mecánico de las llamadas bóvedas planas; toda una invención.

¡Gracias Maestro!

FranciscoMolinaGómez

lunes, 16 de junio de 2014

EL LADO OCULTO DE LA ILUSIÓN











Montando el ferial en el paseo del Violón --Fiesta del Corpus Christi en Granada--; fotografía de 1963 publicada en el blog de mi paisano Manuel Espadafor Caba

Cuando la cruda realidad adolescente desvaneció mi frágil ilusión de niño no fue un acontecimiento inmediato, ni algo espontáneo que había sucedido de un día para otro, sino el resultado de un proceso continuado de desencanto desde una abreviada infancia que insistentemente nos negaron --con muy temprana pérdida de la inocencia-- hasta una indeterminada adolescencia, que también tercamente nos robaron, para al final descubrir aquella amarga sensación que durante mucho tiempo ya campaba en mi ánimo firmemente instalada: la desilusión de que para "nosotros" no se había fabricado el mundo de los cuentos.
Las pocas ocasiones, de pequeñitos, de descubrir el universo real de la ilusión: los columpios, el dulce de algodón, la música de fiesta, el circo... tenían que ver con nuestra salida del orfanato una vez al año al ferial del paseo del Violón, para la Fiesta del Corpus Christi en Granada, a donde nos llevaban las monjas. Y una vez al año, por fin: ¡¡éramos niños!!
Pero mi niñez fue efímera, y ahora con diecisiete años, pasada la pubertad e iniciada la adolescencia --terminado el bachillerato y comenzado mi primer año de carrera técnica-- me empeñé en querer saber como era la cara oscura de aquellas ilusiones de niño. Aquel junio de mil novecientos setenta me fui a descubrir la parte de atrás de la Fiesta, a deambular completamente sólo por sus entresijos... añorando la compañía de mi primer amor --Loli--...; ¡qué pena que hubiéramos cortado tan pronto la relación!











¡Ya están los feriantes para el Corpus! Con las clases acabadas, sólo pendientes los exámenes finales, varias mañanas me acerqué hasta el paseo del Violón donde empezaba a surgir como cada año por estas fechas, constreñida entre las vías del tranvía y el río: la Feria --ansiado mundo de ilusión de nuestra infancia--; mini-ciudad que en aquel momento de fundación era un caos de tubos metálicos, planchas de acero y cables esparcidos por el suelo... al que intentaban poner orden afanados operarios de mono azul.

Entre el repiqueteo de martillos y órdenes imperativas a voces, los musculados trabajadores con sus torsos morenos descubiertos para aliviar el calor, sudando al mismo ritmo de los sonidos metálicos, iban ensamblando las piezas con la celeridad con la que se arma automáticamente un mecano --mecanismos que habían montado y desmontado infinidad de veces--, organizando estructuras que en los siguientes días de visita fueron decorando de espejos y acabados cromados y de plásticos rígidos con leyendas de grandes letras de colores, conformando todo aquello un enorme trampantojo de falsaria ilusión, burdamente comercial que no me suscitara, en aquellos tiempos adolescentes, la emoción de antaño, y que poco antes de la fiesta grande cubrieron con amplias lonas, conformando al interior de las atracciones auténticas saunas cuyos calurosos efectos comprobamos después, cuando en los momentos álgidos de diversión --durante la semana de festejos--, el fuerte sol de aquel inaugural verano se ensañó, radiando de calor en derrochadora generosidad, con la extensa llanura de tela y plástico.

Me antojaba escudriñar por las trastiendas del mundo de atrás de la parafernalia feriante, plagado de familias nómadas que mostraban con sus ropas limpias tendidas al sol en improvisados tendederos cerca de las caravanas, su precario arraigo temporal del territorio. Comprobaba como allí, al igual que en cualquier barrio de la ciudad, las madres, a través de las ventanillas del vehículo-vivienda, gritaban su atención, a fin de que no se alejaran del lugar, a juguetones retoños semidesnudos que corrían y deambulaban entre los cachivaches, chirimbolos y artefactos de todo tipo. Se percibía palpable la incomodidad de la vida provisional: viajar constantemente de un lado a otro, de una feria a otra, no se mostraba tan idílico como creíamos de pequeños; y recordaba aquellas caras en anteriores ferias: las mismas que cuando la Fiesta esté en su culmen se emplearán en jornada completa alternándose como taquilleras de los carruseles y columpios, y mostrarán sin apenas disimularlo: el eterno cansancio en la venta de las fichas, la apatía de una escala más en su eterno vagar y la indiferencia hacia un lugar no necesariamente mejor que el anterior. Algunas serán las auténticas protagonistas de la diversión. La que observo ahora con atención es una de ellas... en el ensayo de su atareado pluriempleo me produce --en estas vísperas de apertura que no quiero perderme-- la impresión de cierto patetismo cuando compruebo que la bruja a la que, en arriesgada maniobra para mantener el equilibrio de pie en el vagón en movimiento, arrebaté en una ocasión y todavía pequeño la cruenta escoba, no es más que una mujer agotada, vestida descuidadamente con un mandilón y un pañuelo negro, ocultando su cansancio tras el burdo disfraz que no asusta ni a un niño de jardín de infancia, mientras golpea repetidamente con desdén y aburrimiento los asientos vacíos de los vagones del trenecito que se ha puesto en marcha conforme aparecen por la boca del artificial túnel... en alto preside la entrada de la atracción un enorme cartel: "El Tren de la Bruja".

Me recreo en aquel tranquilo deambular, alejado de los empujones que en pocos días se prodigarán allí cuando gentes de toda la comarca abarroten el recinto, y muy cerca del amenazante cartel con la malvada del cuento, capta mi curiosidad una frenética actividad. Con la carpa del circo montada ocupando todo el solar del fondo de la feria, se realizan a toda prisa los trabajos de cercado del recinto, cuya provisionalidad me permite ser uno más de los privilegiados espectadores que nos hemos congregado cerca de los malolientes coches-jaulas de los animales: tigres y leones no muestran más euforia que el resto de las gentes de aquel mundo nómada. Aprecio en ellos, además de su impostada vejez, la misma sensación de agotamiento de un infinito encierro. Aquella periferia ruda se convertirá, días después, en el mayor espectáculo del mundo..., el único espectáculo que aún prorrogara el asombro de la niñez aunque ya no estábamos invitados a su fiesta.

Cerca de la enorme carpa del circo y muy apartado de los tiovivos para los más pequeños se ha aposentado, como viene siendo costumbre estos últimos años, un tinglado luminoso con gran reclamo de cartel de letras delineadas con bombillas incandescentes que escribirán en colores y en la oscuridad de la noche la atracción más esperada para los mayores: "Teatro Chino de Manolita Chen", en el que decían que se exhibían chicas medio desnudas en un espectáculo de varietés y chistes verdes --algunas decían guarros--, al que se podía tener acceso sólo si eras mayor de edad (hoy este espectáculo sería risible para cualquier adolescente). Nosotros no teníamos ni la edad ni los medios... y con las hormonas subidas de tono sí un indisimulado interés: quizás el morbo de contemplar en vivo las sensuales siluetas curvas de los agraciados cuerpos de las jóvenes coristas con las mallas color carne pegaditas al cuerpo, cuyas fotos publicitarias pude observar en aquel momento pendientes de colocar en la entrada, alejadas de los transeúntes, con la imagen trucada --mucho más joven-- de la protagonista, una antigua vedette de variedades que ahora dejaba ver, embutida en aparatosa bata de brillantes dibujos y cerca de su carromato, el patetismo de su sobredosis de edad y de maquillaje, y posiblemente cierta apatía en su cara, el cansancio de tener que animar cada tarde-noche a toda esa caterva de reprimidos hombres que con cada contorneo sensual de su cuerpo la jalearían desde su reprimida libido como jauría hambrienta.

La única atracción de las que habían asentado sus reales en el recinto ferial que aún me produjera un cierto interés para disfrutarla, era la pista de los coches de choque --la más grande-- que aquel día de prueba --un par de días antes del encendido de la feria-- probaba sus potentes altavoces con la misma hortera canción: Un Rayo de Sol, que repetían por megafonía una y otra vez. El abierto habitáculo vibraba todo él y la música excedida de decibelios reverberaba en mi cuerpo, mientras tatuados feriantes, en actiud bravucona y subidos de pie agarrados a la barra trasera, probaban los coches que dejaban un reguero de chispas eléctricas en la malla de alambre del techo. Me imaginaba conduciendo ininterrumpidamente..., sumergido en aquella diversión toda una jornada festiva.

Sabía que aquel sitio ahora solitario, bulliría después de gente compitiendo por hacerse con alguno de aquellos coches locos. También sabía que dentro de unos días aquella atracción sería el punto de encuentro de los jóvenes y la oportunidad de pavonearse con la chica de acompañante en el coche; en ser el más escurridizo de la pista o el más desalmado experto kamikaze lazándose sorpresivamente contra los pardillos: inexpertos conductores que en vez de avanzar con el artilugio mecánico sólo daban vueltas sobre sí mismo o marchando continuamente para atrás. Pero sobre todo sabía que unos y otros acabarían dejándose, además de algún que otro diente, un buen dinero. No me hacía ilusiones: mi depauperado bolsillo bostezaba de aburrimiento. Era siempre un espectador... pero si encontrara dinero en el suelo...

No sé porqué a veces suceden cosas que deseas, supongo que sólo es fruto de la casualidad, o, como en aquel caso, de estar mirando constantemente al suelo mientras caminaba por la ciudad. Lo cierto es que una de aquellas tardes de la semana grande me descolgué desde le escuela técnica andando por el camino de Ronda hasta el ferial. Pasado el puente del río Genil me dio un vuelco el corazón al observar algo perdido en la tierra. Quedé paralizado intentando creerme que el rostro del grabado --Falla-- del papel que había en el suelo era lo que había ansiado encontrarme aquellos días. Me agaché rápidamente y allí estaba reconocible entre el polvo del descampado un auténtico billete de cien pesetas que inmediatamente pasó a ocupar un lugar en el eterno vacío de mi bolsillo. Lo reservé para el último día de Feria --domingo-- en el que nos permitirían estar hasta bien entrada la noche.

En Feria, de noche, todo el paseo del Violón cambiaba a otro cosmos. Aquella noche de domingo me hubiese gustado estar con Loli y perdernos entre la gente en aquel trozo acotado de ciudad que brillaba en la oscuridad, rutilado por multitud de focos de luces de colores deslumbrando cerca... y pasear muy juntos entre besos de algodón dulce, a pesar de la estridencia de la música y el ulular de las sirenas de los carruseles golpeándonos los oídos... y disfrutar del premio apostado a la suerte en la voz metálica y chillona del vendedor de la tómbola que --como todos-- diría que estaba de liquidación, regalándolo todo... y coronarnos reyes de la pista: evitando a los pardillos y embistiendo sin piedad a los listillos en los coches de choque... y después saborear un refrescante espumoso en Támesis, cerca de la Virgen... y como colofón unos pases por las casetas de baile instaladas en los jardines del Salón, uno de cuyos bancos sería testigo de las confidencias amorosas, con el fondo deslumbrante y los sonidos apagados en la distancia de la feria...; pero ni tenía ya a Loli, ni aquellas cien pesetas dieron para tanto, sólo unos cuantos viajes durante los que golpearon a mi coche sin descanso... también sin acompañante...; después a deambular de un lado a otro, en zig-zag evitando a toda la marabunta...; y en el bullicio de aquella locura seguía, el último día de la Feria, más sólo que nunca.

Ya se han ido los feriantes y ha enmudecido la ribera del río. Pasé a propósito por el lugar cuando ya solo quedaban los rastros de la huella humana: los desechos de la fiesta y la presencia de alguna que otra familia rezagada. Ante tan fulgurante desalojo había sentido siempre --desde pequeñito-- una cierta poética de vacío en mi ánimo.

A partir de aquel día no la sentí ya.






Dando vueltas y vueltas... en un viaje sin destino ni fin quedaron nuestras exiguas ilusiones de niño. Algún día, ahora ya de vuelta al niño que fui, me subiré al tiovivo en marcha y las recuperaré


FranciscoMolinaGómez

domingo, 1 de junio de 2014

CONFESIONES AUSENTES II











Ahora escucho lejanas en mi memoria las voces infantiles acompasando la música de armonio que vibra al fondo de la iglesia, invitándonos a caminar hasta Él, y vibro todo en el recuerdo de aquel día en el orfanato... y la canción se repite... y la melodía me vuelve a la mente una y otra vez:
"Vamos niños al Sagrario
que Jesús llorando está
pero viendo tantos niños
muy contento se pondrá.
No llores, Jesús no llores
que nos vas a hacer llorar
pues los niños de esta Casa
te queremos consolar
..."








Amados padres:

Adivino la alegría que habréis sentido al ver la foto: ¡Qué guapo, si parece un angelito!, habrás exclamado madre; mientras tú padre, parco en palabras y gestos, habrás sonreído brillándote la mirada y deseando acariciarme el pelo --como recuerdo hacías cuando ibas a vernos al orfanato--; hablabas con los ojos y las manos, ¡maravilloso lenguaje!; pero que te voy a decir madre que tú no sepas de la bondad personificada.

No sé que confesaros de aquel día... estoy algo perdido... sólo adivino en mi cabeza preguntas sin respuesta... ¿empañaría mis inquietudes de niño huérfano la alegría de la fiesta, tanto tiempo esperada, viendo a mis amiguitos regocijándose en el cariño de sus padres o madres ayudándoles a vestir el traje de primera Comunión?... ¿cuales serían los pensamientos que rondarían por mi cabecita, la de un niño pequeño pero al que se suponía había llegado al uso de razón?... ; y, a la vez, entreveo las vuestras ansiosas en la distancia y que vagan en la longitud de onda que tenemos abierta desde hace poco tiempo: ¿Me acordaría de vosotros?... ¿os echaría de menos viendo a los otros padres?

Obviamente, y a mi pesar, no puedo responder a esas preguntas... ¿se puede echar de menos a alguien que desde los tres años intuyes --más que sabes-- que no existe?; ¿se puede recordar a alguien que empieza a ser un "desconocido" y de quien no le había hablado apenas nadie?... ¿qué puede pensar una criaturita de siete años recién cumplidos, acostumbrada ya al anonimato de niño de nadie, y a quién a pesar de que erigían por un día en protagonista de las miradas y atenciones de los demás, sabía ahora --más que intuía-- que sus padres no estaban entre los demás, ni nunca iban a estar?... pudiera ser que mi instinto de supervivencia, que ya me había acostumbrado a vuestra ausencia, votara a favor del olvido en la fiesta, mostrando todo aquello --las carencias afectivas en propias carnes y la suerte en las ajenas-- como algo natural... mi ser aún estaba lejos de descubrir la fuerza de la razón del corazón... de sentir esa eterna ligazón de la que os hablé.

Puedo recordar, madre, una habitación a la entrada al pabellón del orfanato, llena de gente, sin espacio apenas para movernos. Puedo rememorar, padre, todavía a horas tempranas el bullicio en la alegría de los padres que sonreían prendados de la estampa candorosa del hijo con el traje de marinero o el de galones dorados, mostrando entre las manos de guantes blancos el librito con tapas de nácar, y calzando impolutos zapatos comprados para la ocasión. Os puedo evocar, incluso, la escena vistiéndome sólo, sin ayuda de nadie, la otra ropa --en ausencia de cualquier traje--; la del orfanato, sencilla pero de un blanco inmaculado que debiera hacerme tan especial como los otros... aunque en mi amor propio no fuera así... Puedo seguir esforzándome en recordar alguna imagen más de aquella mañana... pero ¿los pensamientos?... sinceramente lo único que os puedo contar es que siempre deseé con desesperación los besos y caricias que habíais dejado ya en mí subconsciente; y que a pesar de todo, creo, no se habían ido: algo de vosotros sentí por dentro, seguro, aquel día.

No quiero que la tristeza que pudiera desprenderse de las confesiones cortocircuite la línea de comunicación que nos une, sino que, al contrario, a través de ella fluya la alegría de habernos reencontrado, y, por tanto, podamos reinventar la historia; revivir juntos aquel momento; suponer que estabais allí conmigo aquella mañana de mayo o junio... ¿quién nos lo impide?... la imaginación es muy poderosa e ilimitada en el sueño... imaginaros e imaginarme ya en la iglesia... en el inicio de una largo pasillo central con dos hileras blancas de niños con las manos muy juntas en actitud orante... imitándonos en los gestos... mirándonos serios... yo nervioso en la falta de costumbre... algo torpe en la novedad de mis primeros minutos de gloria en el orfanato... atento a las indicaciones de la monja a la vez que pendiente del lugar donde os hubieran ubicado, para inmediatamente con gesto grave pero emocionado, presintiendo que no dejabais de mirarme ni un segundo, comenzar a transitar el alargado pasillo... volver la cabeza y sonreír al veros muy cerca en los bancos para familiares, cruzando las miradas y los afectos, intentando no despistarme en la fila que se movería a los sones de las agudas y afinadas voces del coro elevando, con la música y letra de aquella conocida canción, el tono ritual del emotivo acto de acercamiento hasta aquel Ser especial del que durante mucho tiempo nos habían hablado, a cuyo encuentro íbamos para liberarle de su prisión y compartir con Él momentos alegres; sintiéndonos, también, seres especiales. Yo el más especial al teneros aquel día.

"...
Vamos niños al Sagrario
que Jesús llorando está,
pero viendo tantos niños
muy contento se pondrá.
Estrellitas de los cielos
bajad todas a adorar
a Jesús Sacramentado
que está oculto en el altar
..."


Y con los sentimientos desbordados a mi paso por vuestro lado escudriñaríais con la mirada, entre los huecos de la gente de delante, para verme tan limpio, tan blanco, tan seriecito llegar a la cabecera de la iglesia hasta mi reclinatorio recubierto de níveo paño, atónito todo el tiempo por trato tan distinguido ocupando un lugar preferente frente al altar que luciría blanco de azucenas, fulgurante cono refulgíamos nosotros, y donde nos recibiría el sacerdote en nombre de Jesús; momentos para los que imagino seríais uno más en la emoción colectiva, desbordada por las lágrimas de la apagada exclamación: ¡Parece un hombrecito!, y que, seguramente, proferirían también los otros padres, gente sencilla y sufriente como vosotros, con el sentimiento contenido de tanto amor guardado a punto de estallar, como el vuestro... y ya en mi lugar miraría de reojo hacia vuestro banco buscando la complicidad en los lagrimosos ojos, intentando no perder la compostura para no despistarme en la ceremonia que ensayara infinidad de veces, ahora en el final de la canción de bienvenida, cuyas estrofas últimas me darían cierta pausa para relajar mi ansiedad de ánimo, para acomodar la actitud de niño responsable: rígidamente sentado, con el gesto muy serio y las manos juntas asiendo el rosario y el pequeño librito que alguien os hubiera prestado, mirando atentamente al sacerdote que viniera allende las tapias del orfanato.

Vamos niños al Sagrario
que Jesús llorando está,
pero viendo tantos niños
muy contento se pondrá.
Florecitas de los valles
venid todas a exhalar
vuestros más puros aromas
al que es todo claridad.
Vamos niños al Sagrario
que Jesús llorando está,
pero viendo tantos niños
muy contento se pondrá.
Pajaritos de los bosques,
venid todos a cantar
a ver si con vuestros trinos
le podemos consolar."


Después el sacerdote nos observaría --al igual que haríais los padres-- atentamente durante los segundos de profundo recogimiento que sucederían al silencio del coro... para luego reclamarnos, con su mirada penetrante, imperiosa atención... muy atento yo... muy atentos vosotros dos... muy atentos todos... ni un rumor... ni un murmullo... sólo la voz recia del celebrante expendiéndose por la nave hasta los altos techos de la iglesia, dirigiéndose sólo a nosotros, los postulantes en Jesús --simplemente unos niños--, algo azorados por el honor que se nos brindaba de recibir en breves momentos el cuerpo de Cristo por primera vez, cohibidos por la responsabilidad y con el miedo escénico dibujado en nuestras caras, sin entender del todo aquella ceremonia para la que vosotros seríais un continuo suspiro y de la que sólo adivinaría que yo era parte importante... protagonista del amor de Jesús al que me vincularía especialmente aquel día entre parábolas el sacerdote --"Dejar que los niños se acerquen a Mí"-- desde el alto púlpito durante el largo y exaltado sermón que escucharíais con satisfacción y con la emoción desbordada por tamaña visión: Jesús abrazando a vuestro pequeñín... ¡¡¡Ooohhh!!!... aunque yo, al contrario, algo defraudado porque aquel Ser maravilloso no se hubiera materializado ya, esperaría ansioso tan sublime momento... ¿cómo será?... ¿se abriría de repente el sagrario ...?... y con la imaginación sobrepasada por la proximidad del instante de encontrarme con Él, me reconfortaría en la idea de que seguramente ya estaba allí conmigo, pero invisible --me lo habían repetido muchas veces durante el largo período de catequesis-- aunque mi mente insistiría esperando algún suceso extraordinario.

Muy nervioso me acercaría a comulgar, en el orden de fila ya ensayado, presintiendo ahora más intensamente vuestra atenta mirada sin quereros perder en la distancia ningún detalle: de rodillas en el prolongado reclinatorio, concentrado en recibir la comunión... momento emotivo que sería como el de la foto: flanqueado entre dos ángeles, manteniendo el gesto de apertura de la boca después del ¡Amén! que sucedería a la retahíla en latín que pronunciaría el sacerdote en voz baja para inmediatamente dilucidar con éxito la ingestión de la oblea redonda que se quedaría adherida al paladar, empujándole con la lengua hasta percibir por primera vez su sabor característico y su fina textura en la deglución. Ahora se suponía Jesús había entrado en mi cuerpo... y aunque yo de principio no notara ningún cambio extraordinario; vosotros seguro que sí: ¡Qué bonico está!, exclamarás madre, buscando la complicidad en la mirada de padre, refiriéndote a mi apostura de pie con el traje blanco que me hubierais llevado, sencillo pero tan digno como los de los demás, para en un corto desplazamiento y en extraordinario recogimiento --con candor de niño-- volver a mi sitio.

Entonces ya con apetito por lo prolongado del acto, de rodillas en el reclinatorio a la espera de que los otros niños comulgaran, me regocijaría ahora en el delicioso desayuno que compartiría con ellos, mis amigos en Jesús --los demás afortunados postulantes-- , y que sabía me esperaba en una amplia sala de arriba del pabellón junto a la iglesia al acabar la ceremonia religiosa; relamiéndome los labios en la espera de que aquel gesto, recién tomado el cuerpo de Cristo, no fuera pecado; y ya me veía sentado en la alargada mesa engalanada de manteles y servilletas blancas como nuestras ropas, siendo atendidos todos los niños por vosotros, los padres, y por las monjas que con mandil y manguitos sobre el hábito nos servirían un delicioso chocolate a la taza y tiernos bollos que apaciguarían la obligada abstinencia que habríamos observado aquella prolongada mañana para recibir límpidos a Jesús... ; y ya relajados hablaríamos de la equivocación en la fila, de la caída al suelo del librito, del tropezón con el de delante, de los galones dorados del traje, de la fiesta en nuestro honor después del desayuno, de la salida el resto del día del orfanato, de los regalos en casa de familiares...; conversaciones alegres con cierto desenfado pero sin excesivo escándalo en la alegría contenida, según correspondía --como nos dirían las monjas-- a niños que habían llegado al uso de razón y habían recibido el cuerpo de Cristo; muy atentos para no mancharnos de chocolate las ropas blancas y así mantenernos inmaculados todo el día para alegría de Jesús... ; mientras comulgaría ya el último niño que me devolvería de mi ensoñación, de nuevo, a mi reclinatorio donde durante unos prolongados minutos observaría un recogido silencio... el mismo del sacerdote... el mismo que el vuestro... el mismo de todos... en aquel hecho transcendental que acababa de acontecernos.

Y desde aquel lugar privilegiado esperaría con ansiedad el final de la ceremonia. Absorto en mis pensamientos volaría hasta vosotros para sentarme en medio de los dos, muy juntos, sintiendo ya vuestros cuerpos apretados al mío... sintiendo el roce de mi traje con el de las ropas de domingo que habríais reservado para tan importante ocasión... sin dejar de percibir el agradable olor de colonia fresca... sin dejar de observarnos a los ojos... sin dejar de cruzar las miradas y las sonrisas... y orgulloso de vosotros, exultante de felicidad, me imaginaría fuera de la iglesia disfrutando de los besos en la alegría de que os iba a tener para mí todo un día: el día de mi Primera Comunión.


FranciscoMolinaGómez
(Años después sería yo, como integrante del coro, el que cantara la misma canción a otros emocionados niños vestidos de blanco: "Vamos niños al Sagrario que Jesús llorando está...")



















jueves, 15 de mayo de 2014

UN CUADRO ESPECIAL PARA UNA EXPOSICIÓN EXTRAORDINARIA











La composición inicial del cuadro tenía un cierto aire picassiano, más acusado aún en la simplicidad de las figuras en donde al movimiento de los dos personajes de la derecha del cuadro se contrapone la actitud hierática de la figura de la izquierda, muy próxima a los objetos artísticos del arte africano, por los que suspiraba el propio Picasso.










Aunque a veces me importune el "guardarlo casi todo" por aquello de acabar padeciendo el conocido síndrome de Diógenes y que la cantidad de papel acumulado me impida entrar en mi propia casa, es gratificante con el tiempo descubrir, por efecto de esa peligrosa actitud, esos tesoros que son retazos irremplazables de momentos vividos; testimonios de toda una vida que se valoran con el paso del tiempo; incunables insustituibles que arman los recuerdos de nuestra existencia. Escarbar en las grandes carpetas olvidadas durante algún tiempo sin saber de antemano lo que me voy a encontrar es un placer el que nunca renuncio, y así rememorar de manera intermitente y con cierta melancolía el tiempo grafiado en los documentos hallados, con más acusado sentimiento si éstos recuerdan las vivencias de tus hijos, como los encontrados en aquella carpeta.

Un día abrí una carpeta que se amontonaba junto a otras en mi estudio, reconociendo en sus rígidas tapas azules el enorme cartapacio con el que mi hija Elena --con doce años-- acudía a las clases de dibujo y pintura de Telma --conocida pintora y vecina de la zona donde resido-- y en su interior, revolviendo las láminas de pintura, descubrí con satisfacción en algunas de ellas composiciones y colores muy sugerentes, y ¡sorpresa! la carpeta guardaba también las planchas originales de cuero repujado con los dibujos de las láminas impresos por la gubia en el vaciado del cuero; todo un descubrimiento para futuras impresiones.Las guardé de nuevo como se guarda un tesoro, junto a sus ilustraciones: algunas parecían inacabadas y ofrecían un gran potencial para posteriores composiciones; otras aparecían listas para su exhibición inmediata.

Una de las primeras en especial me llamó la atención: tres figuras con instrumentos musicales delineadas en dibujo de caligrafía a través simplemente de suaves líneas del mismo color de témpera azul ejercían su acción sobre un campo inacabado, pareciendo levitar en un sugerente fondo luminoso con textura en amarillo brillante en ausencia de planos opacos de color, de tal forma me entusiasmó que la dejé aparte para, con licencia de la autora, valorar, en actuación en la propia pintura, estas figuras que parecían muy apagadas, sin contraste con los fondos de la cartulina.

Ocasión que se presentó cuando mi hija Miriam requirió mi colaboración para una exposición de pintura de varios artistas a favor de Pili --su amiga que ya empieza, con ayuda de fisioterapeutas, a erguir su cuerpo-- a celebrar durante las fiestas de Navidad de dos mil trece, en la Casa de la Cultura de Majadahonda en Madrid. Aunque al principio pensé en cualquiera de mis numerosas obras figurativas que conservo, luego pensé: Qué mejor ocasión y que más acertado tema: el de la música, una de las pasiones de Pili (Historia de una superación publicada en el blog el 21.1.2014: "Las paralelas no siempre se cruzan en el infinito").


Lo primero era dar título a la temática ya impresa: "3múSIcos", rebuscando en éste el mismo asunto de la conocida obra picassiana --"Los Tres Músicos"--, aunque no tuviera, ni por asomo, siquiera la intención de su reinterpretación; sólo la finalidad simplemente de , apuntalándome en un lenguaje artístico conocido, indagar en un discurso en el que apoyar la obra creativa sin el cual ésta, cuando uno no es un artista consagrado, queda algo vana. Es una práctica constante en mi vida: cuando estoy algo o muy perdido indago en los grandes maestros, en los genios. Es un muy recomendable ejercicio.

Con esas premisas recuperé el tercer color primario que faltaba para, mediante un plano continuo de color rojo, poner en tierra a los personajes; plano girado hasta verlo de frente, como lo hacían los pintores cubistas, mostrándolo al espectador en su verdadera magnitud, en donde se han grafiado los detalles del propio suelo aprovechando el dibujo del repujado de las mismas planchas de cuero, con lo que las figuras recobraban definitivamente su insinuada autonomía en el espacio: la distancia de cada una respecto de las demás. Después, respetando el lenguaje caligráfico de los personajes y actuando sólo en los espacios en blanco valoré, a continuación, con los colores primarios los tres instrumentos musicales, contrastando el color de cada uno con el fondo en donde se ubicaban. Faltaba por último ambientar ese espacio luminoso de un sol radiante por donde se expandía la melodía salida de las entrañas de los instrumentos musicales, entendiendo que su tratamiento no debiera ser con dibujos ni planos de color sino estructuras caligráficas ya impresas simulando las barras de las notas musicales y las líneas de los pentagramas; y que mejor procedimiento que el que utilizaban los primeros cubistas --cubismo sintético--: el collage con hojas de periódico: la música partiendo de los instrumentos embelesa el oído al que envuelve esparciéndose en el aire a un lado y otro del cuadro. Para más detalle utilicé una hoja de un diario de tirada nacional con noticias del año mil novecientos sesenta y ocho; año en que estudiando historia del arte en sexto curso de bachiller descubrí a Picasso: toda una intención.


Composición definitiva del cuadro

Sólo a los efectos prácticos de poder hacer efectiva la venta del cuadro para tan noble fin, quedando validado por artista pintor, convine con mi hija el firmarlo en solitario aunque a mi firma he añadido un código (EM&FM19912013) que indica las iniciales de la autora de la génesis y las del autor de la conclusión de la obra, así como los años de su iniciación y el de su finalización. A cada cual lo suyo; a cada uno el momento creativo que le pertenece. Sólo quedaba la presentación de la pintura cara al público; fase de elección de enmarcado que, como artista total, considero importante. Entendí que su elección debía tener relación con la obra a exponer: para el marco y fondo elegí un futurista color metálico que valoraba aún más los colores, resaltando por contraste neutro el énfasis sólo en la pintura. Una sutil raya en el fondo gris plata, que recorre el lado corto de la derecha del enmarcado, sirve de línea de apoyo para la leyenda de la obra: título y código de autores. La obra quedaba lista para su exhibición y posible venta: ¡Ojalá sirva para ayudar a Pili!, deseé cuando la entregué.

Varios momentos de la inauguración de la exposición a donde habíamos acudido muchos autores de las obras; algunos pintores --Alberto Corazón, Martín Ballesteros, Carlos Morago...-- y escultores --Salvador Fernández, Encarnación Hernández...-- de reconocida trayectoria artística. En la última instantánea fotográfica mi hija Miriam junto a Pili; inseparables

A la inauguración de la exposición acudió Pili acompañada por sus padres y familiares, no siendo preciso animarla ya que se percibía en su cara la alegría de estar arropada por los suyos y por un montón de amigos que la querían, y que sabía no iban a cejar hasta conseguir que aquella sonrisa suya fuera una constante en su vida. El mes anterior --noviembre-- en Barcelona había retomado la rehabilitación que comenzara en Madrid a fin de familiarizarse con las primeras prótesis de las piernas; proceso duro pero al que fue adaptándose poco a poco aquellos días que estuvo convaleciente en la ciudad condal con buen resultado final de tal suerte que en un momento de la velada de la inauguración Pili se levantó de la silla de ruedas y empezó a caminar cogiendo en brazos, incluso, a su sobrina y ahijada; fueron unos instantes intensos de gran emoción para nosotros y para Pili, a la que aplaudimos y seguiremos aplaudiendo por su lucha constante y su férrea voluntad sin opción al desaliento: "Hay que tirar para adelante", dice ella misma.

Con mis amigos y colegas Alejandro --arriba-- y Fernando --abajo--; apasionados de la arquitectura y del arte en general, con sus hijitos posando frente al cuadro expuesto. Gracias por vuestra inmediata respuesta a la convocatoria de tan emotivo acto

Una vez más el arte al rescate de las personas. Otra vez la generosidad del mundo de la creación ayudando a paliar las trágicas circunstancias de la vida de la gente. Ojalá logremos vender todas las obras y conseguir que Pili haga una vida lo más normal posible. Debemos conseguirlo. Aprovecho este post en el blog para publicitar la página web donde se pueden adquirir las obras que debido al corto tiempo de la exposición --escasamente dos semanas-- no fue posible su venta, quedando permanentemente abierta una página virtual para entre todos hacer posible los sueños más inmediatos de Pili: www.todosconpilar.es (Exposición virtual).

Gracias.

Los artistas del cuadro. Con mi hija Elena allá por los tiempos de la creatividad, cuando se inició la composición de la obra. Cualquier experiencia sirve... todo es bagaje que vamos acumulando... mejorando...; gracias por ser una hija excepcional



FranciscoMolinaGómez