lunes, 16 de junio de 2014

EL LADO OCULTO DE LA ILUSIÓN











Montando el ferial en el paseo del Violón --Fiesta del Corpus Christi en Granada--; fotografía de 1963 publicada en el blog de mi paisano Manuel Espadafor Caba

Cuando la cruda realidad adolescente desvaneció mi frágil ilusión de niño no fue un acontecimiento inmediato, ni algo espontáneo que había sucedido de un día para otro, sino el resultado de un proceso continuado de desencanto desde una abreviada infancia que insistentemente nos negaron --con muy temprana pérdida de la inocencia-- hasta una indeterminada adolescencia, que también tercamente nos robaron, para al final descubrir aquella amarga sensación que durante mucho tiempo ya campaba en mi ánimo firmemente instalada: la desilusión de que para "nosotros" no se había fabricado el mundo de los cuentos.
Las pocas ocasiones, de pequeñitos, de descubrir el universo real de la ilusión: los columpios, el dulce de algodón, la música de fiesta, el circo... tenían que ver con nuestra salida del orfanato una vez al año al ferial del paseo del Violón, para la Fiesta del Corpus Christi en Granada, a donde nos llevaban las monjas. Y una vez al año, por fin: ¡¡éramos niños!!
Pero mi niñez fue efímera, y ahora con diecisiete años, pasada la pubertad e iniciada la adolescencia --terminado el bachillerato y comenzado mi primer año de carrera técnica-- me empeñé en querer saber como era la cara oscura de aquellas ilusiones de niño. Aquel junio de mil novecientos setenta me fui a descubrir la parte de atrás de la Fiesta, a deambular completamente sólo por sus entresijos... añorando la compañía de mi primer amor --Loli--...; ¡qué pena que hubiéramos cortado tan pronto la relación!











¡Ya están los feriantes para el Corpus! Con las clases acabadas, sólo pendientes los exámenes finales, varias mañanas me acerqué hasta el paseo del Violón donde empezaba a surgir como cada año por estas fechas, constreñida entre las vías del tranvía y el río: la Feria --ansiado mundo de ilusión de nuestra infancia--; mini-ciudad que en aquel momento de fundación era un caos de tubos metálicos, planchas de acero y cables esparcidos por el suelo... al que intentaban poner orden afanados operarios de mono azul.

Entre el repiqueteo de martillos y órdenes imperativas a voces, los musculados trabajadores con sus torsos morenos descubiertos para aliviar el calor, sudando al mismo ritmo de los sonidos metálicos, iban ensamblando las piezas con la celeridad con la que se arma automáticamente un mecano --mecanismos que habían montado y desmontado infinidad de veces--, organizando estructuras que en los siguientes días de visita fueron decorando de espejos y acabados cromados y de plásticos rígidos con leyendas de grandes letras de colores, conformando todo aquello un enorme trampantojo de falsaria ilusión, burdamente comercial que no me suscitara, en aquellos tiempos adolescentes, la emoción de antaño, y que poco antes de la fiesta grande cubrieron con amplias lonas, conformando al interior de las atracciones auténticas saunas cuyos calurosos efectos comprobamos después, cuando en los momentos álgidos de diversión --durante la semana de festejos--, el fuerte sol de aquel inaugural verano se ensañó, radiando de calor en derrochadora generosidad, con la extensa llanura de tela y plástico.

Me antojaba escudriñar por las trastiendas del mundo de atrás de la parafernalia feriante, plagado de familias nómadas que mostraban con sus ropas limpias tendidas al sol en improvisados tendederos cerca de las caravanas, su precario arraigo temporal del territorio. Comprobaba como allí, al igual que en cualquier barrio de la ciudad, las madres, a través de las ventanillas del vehículo-vivienda, gritaban su atención, a fin de que no se alejaran del lugar, a juguetones retoños semidesnudos que corrían y deambulaban entre los cachivaches, chirimbolos y artefactos de todo tipo. Se percibía palpable la incomodidad de la vida provisional: viajar constantemente de un lado a otro, de una feria a otra, no se mostraba tan idílico como creíamos de pequeños; y recordaba aquellas caras en anteriores ferias: las mismas que cuando la Fiesta esté en su culmen se emplearán en jornada completa alternándose como taquilleras de los carruseles y columpios, y mostrarán sin apenas disimularlo: el eterno cansancio en la venta de las fichas, la apatía de una escala más en su eterno vagar y la indiferencia hacia un lugar no necesariamente mejor que el anterior. Algunas serán las auténticas protagonistas de la diversión. La que observo ahora con atención es una de ellas... en el ensayo de su atareado pluriempleo me produce --en estas vísperas de apertura que no quiero perderme-- la impresión de cierto patetismo cuando compruebo que la bruja a la que, en arriesgada maniobra para mantener el equilibrio de pie en el vagón en movimiento, arrebaté en una ocasión y todavía pequeño la cruenta escoba, no es más que una mujer agotada, vestida descuidadamente con un mandilón y un pañuelo negro, ocultando su cansancio tras el burdo disfraz que no asusta ni a un niño de jardín de infancia, mientras golpea repetidamente con desdén y aburrimiento los asientos vacíos de los vagones del trenecito que se ha puesto en marcha conforme aparecen por la boca del artificial túnel... en alto preside la entrada de la atracción un enorme cartel: "El Tren de la Bruja".

Me recreo en aquel tranquilo deambular, alejado de los empujones que en pocos días se prodigarán allí cuando gentes de toda la comarca abarroten el recinto, y muy cerca del amenazante cartel con la malvada del cuento, capta mi curiosidad una frenética actividad. Con la carpa del circo montada ocupando todo el solar del fondo de la feria, se realizan a toda prisa los trabajos de cercado del recinto, cuya provisionalidad me permite ser uno más de los privilegiados espectadores que nos hemos congregado cerca de los malolientes coches-jaulas de los animales: tigres y leones no muestran más euforia que el resto de las gentes de aquel mundo nómada. Aprecio en ellos, además de su impostada vejez, la misma sensación de agotamiento de un infinito encierro. Aquella periferia ruda se convertirá, días después, en el mayor espectáculo del mundo..., el único espectáculo que aún prorrogara el asombro de la niñez aunque ya no estábamos invitados a su fiesta.

Cerca de la enorme carpa del circo y muy apartado de los tiovivos para los más pequeños se ha aposentado, como viene siendo costumbre estos últimos años, un tinglado luminoso con gran reclamo de cartel de letras delineadas con bombillas incandescentes que escribirán en colores y en la oscuridad de la noche la atracción más esperada para los mayores: "Teatro Chino de Manolita Chen", en el que decían que se exhibían chicas medio desnudas en un espectáculo de varietés y chistes verdes --algunas decían guarros--, al que se podía tener acceso sólo si eras mayor de edad (hoy este espectáculo sería risible para cualquier adolescente). Nosotros no teníamos ni la edad ni los medios... y con las hormonas subidas de tono sí un indisimulado interés: quizás el morbo de contemplar en vivo las sensuales siluetas curvas de los agraciados cuerpos de las jóvenes coristas con las mallas color carne pegaditas al cuerpo, cuyas fotos publicitarias pude observar en aquel momento pendientes de colocar en la entrada, alejadas de los transeúntes, con la imagen trucada --mucho más joven-- de la protagonista, una antigua vedette de variedades que ahora dejaba ver, embutida en aparatosa bata de brillantes dibujos y cerca de su carromato, el patetismo de su sobredosis de edad y de maquillaje, y posiblemente cierta apatía en su cara, el cansancio de tener que animar cada tarde-noche a toda esa caterva de reprimidos hombres que con cada contorneo sensual de su cuerpo la jalearían desde su reprimida libido como jauría hambrienta.

La única atracción de las que habían asentado sus reales en el recinto ferial que aún me produjera un cierto interés para disfrutarla, era la pista de los coches de choque --la más grande-- que aquel día de prueba --un par de días antes del encendido de la feria-- probaba sus potentes altavoces con la misma hortera canción: Un Rayo de Sol, que repetían por megafonía una y otra vez. El abierto habitáculo vibraba todo él y la música excedida de decibelios reverberaba en mi cuerpo, mientras tatuados feriantes, en actiud bravucona y subidos de pie agarrados a la barra trasera, probaban los coches que dejaban un reguero de chispas eléctricas en la malla de alambre del techo. Me imaginaba conduciendo ininterrumpidamente..., sumergido en aquella diversión toda una jornada festiva.

Sabía que aquel sitio ahora solitario, bulliría después de gente compitiendo por hacerse con alguno de aquellos coches locos. También sabía que dentro de unos días aquella atracción sería el punto de encuentro de los jóvenes y la oportunidad de pavonearse con la chica de acompañante en el coche; en ser el más escurridizo de la pista o el más desalmado experto kamikaze lazándose sorpresivamente contra los pardillos: inexpertos conductores que en vez de avanzar con el artilugio mecánico sólo daban vueltas sobre sí mismo o marchando continuamente para atrás. Pero sobre todo sabía que unos y otros acabarían dejándose, además de algún que otro diente, un buen dinero. No me hacía ilusiones: mi depauperado bolsillo bostezaba de aburrimiento. Era siempre un espectador... pero si encontrara dinero en el suelo...

No sé porqué a veces suceden cosas que deseas, supongo que sólo es fruto de la casualidad, o, como en aquel caso, de estar mirando constantemente al suelo mientras caminaba por la ciudad. Lo cierto es que una de aquellas tardes de la semana grande me descolgué desde le escuela técnica andando por el camino de Ronda hasta el ferial. Pasado el puente del río Genil me dio un vuelco el corazón al observar algo perdido en la tierra. Quedé paralizado intentando creerme que el rostro del grabado --Falla-- del papel que había en el suelo era lo que había ansiado encontrarme aquellos días. Me agaché rápidamente y allí estaba reconocible entre el polvo del descampado un auténtico billete de cien pesetas que inmediatamente pasó a ocupar un lugar en el eterno vacío de mi bolsillo. Lo reservé para el último día de Feria --domingo-- en el que nos permitirían estar hasta bien entrada la noche.

En Feria, de noche, todo el paseo del Violón cambiaba a otro cosmos. Aquella noche de domingo me hubiese gustado estar con Loli y perdernos entre la gente en aquel trozo acotado de ciudad que brillaba en la oscuridad, rutilado por multitud de focos de luces de colores deslumbrando cerca... y pasear muy juntos entre besos de algodón dulce, a pesar de la estridencia de la música y el ulular de las sirenas de los carruseles golpeándonos los oídos... y disfrutar del premio apostado a la suerte en la voz metálica y chillona del vendedor de la tómbola que --como todos-- diría que estaba de liquidación, regalándolo todo... y coronarnos reyes de la pista: evitando a los pardillos y embistiendo sin piedad a los listillos en los coches de choque... y después saborear un refrescante espumoso en Támesis, cerca de la Virgen... y como colofón unos pases por las casetas de baile instaladas en los jardines del Salón, uno de cuyos bancos sería testigo de las confidencias amorosas, con el fondo deslumbrante y los sonidos apagados en la distancia de la feria...; pero ni tenía ya a Loli, ni aquellas cien pesetas dieron para tanto, sólo unos cuantos viajes durante los que golpearon a mi coche sin descanso... también sin acompañante...; después a deambular de un lado a otro, en zig-zag evitando a toda la marabunta...; y en el bullicio de aquella locura seguía, el último día de la Feria, más sólo que nunca.

Ya se han ido los feriantes y ha enmudecido la ribera del río. Pasé a propósito por el lugar cuando ya solo quedaban los rastros de la huella humana: los desechos de la fiesta y la presencia de alguna que otra familia rezagada. Ante tan fulgurante desalojo había sentido siempre --desde pequeñito-- una cierta poética de vacío en mi ánimo.

A partir de aquel día no la sentí ya.






Dando vueltas y vueltas... en un viaje sin destino ni fin quedaron nuestras exiguas ilusiones de niño. Algún día, ahora ya de vuelta al niño que fui, me subiré al tiovivo en marcha y las recuperaré


FranciscoMolinaGómez

domingo, 1 de junio de 2014

CONFESIONES AUSENTES II











Ahora escucho lejanas en mi memoria las voces infantiles acompasando la música de armonio que vibra al fondo de la iglesia, invitándonos a caminar hasta Él, y vibro todo en el recuerdo de aquel día en el orfanato... y la canción se repite... y la melodía me vuelve a la mente una y otra vez:
"Vamos niños al Sagrario
que Jesús llorando está
pero viendo tantos niños
muy contento se pondrá.
No llores, Jesús no llores
que nos vas a hacer llorar
pues los niños de esta Casa
te queremos consolar
..."








Amados padres:

Adivino la alegría que habréis sentido al ver la foto: ¡Qué guapo, si parece un angelito!, habrás exclamado madre; mientras tú padre, parco en palabras y gestos, habrás sonreído brillándote la mirada y deseando acariciarme el pelo --como recuerdo hacías cuando ibas a vernos al orfanato--; hablabas con los ojos y las manos, ¡maravilloso lenguaje!; pero que te voy a decir madre que tú no sepas de la bondad personificada.

No sé que confesaros de aquel día... estoy algo perdido... sólo adivino en mi cabeza preguntas sin respuesta... ¿empañaría mis inquietudes de niño huérfano la alegría de la fiesta, tanto tiempo esperada, viendo a mis amiguitos regocijándose en el cariño de sus padres o madres ayudándoles a vestir el traje de primera Comunión?... ¿cuales serían los pensamientos que rondarían por mi cabecita, la de un niño pequeño pero al que se suponía había llegado al uso de razón?... ; y, a la vez, entreveo las vuestras ansiosas en la distancia y que vagan en la longitud de onda que tenemos abierta desde hace poco tiempo: ¿Me acordaría de vosotros?... ¿os echaría de menos viendo a los otros padres?

Obviamente, y a mi pesar, no puedo responder a esas preguntas... ¿se puede echar de menos a alguien que desde los tres años intuyes --más que sabes-- que no existe?; ¿se puede recordar a alguien que empieza a ser un "desconocido" y de quien no le había hablado apenas nadie?... ¿qué puede pensar una criaturita de siete años recién cumplidos, acostumbrada ya al anonimato de niño de nadie, y a quién a pesar de que erigían por un día en protagonista de las miradas y atenciones de los demás, sabía ahora --más que intuía-- que sus padres no estaban entre los demás, ni nunca iban a estar?... pudiera ser que mi instinto de supervivencia, que ya me había acostumbrado a vuestra ausencia, votara a favor del olvido en la fiesta, mostrando todo aquello --las carencias afectivas en propias carnes y la suerte en las ajenas-- como algo natural... mi ser aún estaba lejos de descubrir la fuerza de la razón del corazón... de sentir esa eterna ligazón de la que os hablé.

Puedo recordar, madre, una habitación a la entrada al pabellón del orfanato, llena de gente, sin espacio apenas para movernos. Puedo rememorar, padre, todavía a horas tempranas el bullicio en la alegría de los padres que sonreían prendados de la estampa candorosa del hijo con el traje de marinero o el de galones dorados, mostrando entre las manos de guantes blancos el librito con tapas de nácar, y calzando impolutos zapatos comprados para la ocasión. Os puedo evocar, incluso, la escena vistiéndome sólo, sin ayuda de nadie, la otra ropa --en ausencia de cualquier traje--; la del orfanato, sencilla pero de un blanco inmaculado que debiera hacerme tan especial como los otros... aunque en mi amor propio no fuera así... Puedo seguir esforzándome en recordar alguna imagen más de aquella mañana... pero ¿los pensamientos?... sinceramente lo único que os puedo contar es que siempre deseé con desesperación los besos y caricias que habíais dejado ya en mí subconsciente; y que a pesar de todo, creo, no se habían ido: algo de vosotros sentí por dentro, seguro, aquel día.

No quiero que la tristeza que pudiera desprenderse de las confesiones cortocircuite la línea de comunicación que nos une, sino que, al contrario, a través de ella fluya la alegría de habernos reencontrado, y, por tanto, podamos reinventar la historia; revivir juntos aquel momento; suponer que estabais allí conmigo aquella mañana de mayo o junio... ¿quién nos lo impide?... la imaginación es muy poderosa e ilimitada en el sueño... imaginaros e imaginarme ya en la iglesia... en el inicio de una largo pasillo central con dos hileras blancas de niños con las manos muy juntas en actitud orante... imitándonos en los gestos... mirándonos serios... yo nervioso en la falta de costumbre... algo torpe en la novedad de mis primeros minutos de gloria en el orfanato... atento a las indicaciones de la monja a la vez que pendiente del lugar donde os hubieran ubicado, para inmediatamente con gesto grave pero emocionado, presintiendo que no dejabais de mirarme ni un segundo, comenzar a transitar el alargado pasillo... volver la cabeza y sonreír al veros muy cerca en los bancos para familiares, cruzando las miradas y los afectos, intentando no despistarme en la fila que se movería a los sones de las agudas y afinadas voces del coro elevando, con la música y letra de aquella conocida canción, el tono ritual del emotivo acto de acercamiento hasta aquel Ser especial del que durante mucho tiempo nos habían hablado, a cuyo encuentro íbamos para liberarle de su prisión y compartir con Él momentos alegres; sintiéndonos, también, seres especiales. Yo el más especial al teneros aquel día.

"...
Vamos niños al Sagrario
que Jesús llorando está,
pero viendo tantos niños
muy contento se pondrá.
Estrellitas de los cielos
bajad todas a adorar
a Jesús Sacramentado
que está oculto en el altar
..."


Y con los sentimientos desbordados a mi paso por vuestro lado escudriñaríais con la mirada, entre los huecos de la gente de delante, para verme tan limpio, tan blanco, tan seriecito llegar a la cabecera de la iglesia hasta mi reclinatorio recubierto de níveo paño, atónito todo el tiempo por trato tan distinguido ocupando un lugar preferente frente al altar que luciría blanco de azucenas, fulgurante cono refulgíamos nosotros, y donde nos recibiría el sacerdote en nombre de Jesús; momentos para los que imagino seríais uno más en la emoción colectiva, desbordada por las lágrimas de la apagada exclamación: ¡Parece un hombrecito!, y que, seguramente, proferirían también los otros padres, gente sencilla y sufriente como vosotros, con el sentimiento contenido de tanto amor guardado a punto de estallar, como el vuestro... y ya en mi lugar miraría de reojo hacia vuestro banco buscando la complicidad en los lagrimosos ojos, intentando no perder la compostura para no despistarme en la ceremonia que ensayara infinidad de veces, ahora en el final de la canción de bienvenida, cuyas estrofas últimas me darían cierta pausa para relajar mi ansiedad de ánimo, para acomodar la actitud de niño responsable: rígidamente sentado, con el gesto muy serio y las manos juntas asiendo el rosario y el pequeño librito que alguien os hubiera prestado, mirando atentamente al sacerdote que viniera allende las tapias del orfanato.

Vamos niños al Sagrario
que Jesús llorando está,
pero viendo tantos niños
muy contento se pondrá.
Florecitas de los valles
venid todas a exhalar
vuestros más puros aromas
al que es todo claridad.
Vamos niños al Sagrario
que Jesús llorando está,
pero viendo tantos niños
muy contento se pondrá.
Pajaritos de los bosques,
venid todos a cantar
a ver si con vuestros trinos
le podemos consolar."


Después el sacerdote nos observaría --al igual que haríais los padres-- atentamente durante los segundos de profundo recogimiento que sucederían al silencio del coro... para luego reclamarnos, con su mirada penetrante, imperiosa atención... muy atento yo... muy atentos vosotros dos... muy atentos todos... ni un rumor... ni un murmullo... sólo la voz recia del celebrante expendiéndose por la nave hasta los altos techos de la iglesia, dirigiéndose sólo a nosotros, los postulantes en Jesús --simplemente unos niños--, algo azorados por el honor que se nos brindaba de recibir en breves momentos el cuerpo de Cristo por primera vez, cohibidos por la responsabilidad y con el miedo escénico dibujado en nuestras caras, sin entender del todo aquella ceremonia para la que vosotros seríais un continuo suspiro y de la que sólo adivinaría que yo era parte importante... protagonista del amor de Jesús al que me vincularía especialmente aquel día entre parábolas el sacerdote --"Dejar que los niños se acerquen a Mí"-- desde el alto púlpito durante el largo y exaltado sermón que escucharíais con satisfacción y con la emoción desbordada por tamaña visión: Jesús abrazando a vuestro pequeñín... ¡¡¡Ooohhh!!!... aunque yo, al contrario, algo defraudado porque aquel Ser maravilloso no se hubiera materializado ya, esperaría ansioso tan sublime momento... ¿cómo será?... ¿se abriría de repente el sagrario ...?... y con la imaginación sobrepasada por la proximidad del instante de encontrarme con Él, me reconfortaría en la idea de que seguramente ya estaba allí conmigo, pero invisible --me lo habían repetido muchas veces durante el largo período de catequesis-- aunque mi mente insistiría esperando algún suceso extraordinario.

Muy nervioso me acercaría a comulgar, en el orden de fila ya ensayado, presintiendo ahora más intensamente vuestra atenta mirada sin quereros perder en la distancia ningún detalle: de rodillas en el prolongado reclinatorio, concentrado en recibir la comunión... momento emotivo que sería como el de la foto: flanqueado entre dos ángeles, manteniendo el gesto de apertura de la boca después del ¡Amén! que sucedería a la retahíla en latín que pronunciaría el sacerdote en voz baja para inmediatamente dilucidar con éxito la ingestión de la oblea redonda que se quedaría adherida al paladar, empujándole con la lengua hasta percibir por primera vez su sabor característico y su fina textura en la deglución. Ahora se suponía Jesús había entrado en mi cuerpo... y aunque yo de principio no notara ningún cambio extraordinario; vosotros seguro que sí: ¡Qué bonico está!, exclamarás madre, buscando la complicidad en la mirada de padre, refiriéndote a mi apostura de pie con el traje blanco que me hubierais llevado, sencillo pero tan digno como los de los demás, para en un corto desplazamiento y en extraordinario recogimiento --con candor de niño-- volver a mi sitio.

Entonces ya con apetito por lo prolongado del acto, de rodillas en el reclinatorio a la espera de que los otros niños comulgaran, me regocijaría ahora en el delicioso desayuno que compartiría con ellos, mis amigos en Jesús --los demás afortunados postulantes-- , y que sabía me esperaba en una amplia sala de arriba del pabellón junto a la iglesia al acabar la ceremonia religiosa; relamiéndome los labios en la espera de que aquel gesto, recién tomado el cuerpo de Cristo, no fuera pecado; y ya me veía sentado en la alargada mesa engalanada de manteles y servilletas blancas como nuestras ropas, siendo atendidos todos los niños por vosotros, los padres, y por las monjas que con mandil y manguitos sobre el hábito nos servirían un delicioso chocolate a la taza y tiernos bollos que apaciguarían la obligada abstinencia que habríamos observado aquella prolongada mañana para recibir límpidos a Jesús... ; y ya relajados hablaríamos de la equivocación en la fila, de la caída al suelo del librito, del tropezón con el de delante, de los galones dorados del traje, de la fiesta en nuestro honor después del desayuno, de la salida el resto del día del orfanato, de los regalos en casa de familiares...; conversaciones alegres con cierto desenfado pero sin excesivo escándalo en la alegría contenida, según correspondía --como nos dirían las monjas-- a niños que habían llegado al uso de razón y habían recibido el cuerpo de Cristo; muy atentos para no mancharnos de chocolate las ropas blancas y así mantenernos inmaculados todo el día para alegría de Jesús... ; mientras comulgaría ya el último niño que me devolvería de mi ensoñación, de nuevo, a mi reclinatorio donde durante unos prolongados minutos observaría un recogido silencio... el mismo del sacerdote... el mismo que el vuestro... el mismo de todos... en aquel hecho transcendental que acababa de acontecernos.

Y desde aquel lugar privilegiado esperaría con ansiedad el final de la ceremonia. Absorto en mis pensamientos volaría hasta vosotros para sentarme en medio de los dos, muy juntos, sintiendo ya vuestros cuerpos apretados al mío... sintiendo el roce de mi traje con el de las ropas de domingo que habríais reservado para tan importante ocasión... sin dejar de percibir el agradable olor de colonia fresca... sin dejar de observarnos a los ojos... sin dejar de cruzar las miradas y las sonrisas... y orgulloso de vosotros, exultante de felicidad, me imaginaría fuera de la iglesia disfrutando de los besos en la alegría de que os iba a tener para mí todo un día: el día de mi Primera Comunión.


FranciscoMolinaGómez
(Años después sería yo, como integrante del coro, el que cantara la misma canción a otros emocionados niños vestidos de blanco: "Vamos niños al Sagrario que Jesús llorando está...")



















jueves, 15 de mayo de 2014

UN CUADRO ESPECIAL PARA UNA EXPOSICIÓN EXTRAORDINARIA











La composición inicial del cuadro tenía un cierto aire picassiano, más acusado aún en la simplicidad de las figuras en donde al movimiento de los dos personajes de la derecha del cuadro se contrapone la actitud hierática de la figura de la izquierda, muy próxima a los objetos artísticos del arte africano, por los que suspiraba el propio Picasso.










Aunque a veces me importune el "guardarlo casi todo" por aquello de acabar padeciendo el conocido síndrome de Diógenes y que la cantidad de papel acumulado me impida entrar en mi propia casa, es gratificante con el tiempo descubrir, por efecto de esa peligrosa actitud, esos tesoros que son retazos irremplazables de momentos vividos; testimonios de toda una vida que se valoran con el paso del tiempo; incunables insustituibles que arman los recuerdos de nuestra existencia. Escarbar en las grandes carpetas olvidadas durante algún tiempo sin saber de antemano lo que me voy a encontrar es un placer el que nunca renuncio, y así rememorar de manera intermitente y con cierta melancolía el tiempo grafiado en los documentos hallados, con más acusado sentimiento si éstos recuerdan las vivencias de tus hijos, como los encontrados en aquella carpeta.

Un día abrí una carpeta que se amontonaba junto a otras en mi estudio, reconociendo en sus rígidas tapas azules el enorme cartapacio con el que mi hija Elena --con doce años-- acudía a las clases de dibujo y pintura de Telma --conocida pintora y vecina de la zona donde resido-- y en su interior, revolviendo las láminas de pintura, descubrí con satisfacción en algunas de ellas composiciones y colores muy sugerentes, y ¡sorpresa! la carpeta guardaba también las planchas originales de cuero repujado con los dibujos de las láminas impresos por la gubia en el vaciado del cuero; todo un descubrimiento para futuras impresiones.Las guardé de nuevo como se guarda un tesoro, junto a sus ilustraciones: algunas parecían inacabadas y ofrecían un gran potencial para posteriores composiciones; otras aparecían listas para su exhibición inmediata.

Una de las primeras en especial me llamó la atención: tres figuras con instrumentos musicales delineadas en dibujo de caligrafía a través simplemente de suaves líneas del mismo color de témpera azul ejercían su acción sobre un campo inacabado, pareciendo levitar en un sugerente fondo luminoso con textura en amarillo brillante en ausencia de planos opacos de color, de tal forma me entusiasmó que la dejé aparte para, con licencia de la autora, valorar, en actuación en la propia pintura, estas figuras que parecían muy apagadas, sin contraste con los fondos de la cartulina.

Ocasión que se presentó cuando mi hija Miriam requirió mi colaboración para una exposición de pintura de varios artistas a favor de Pili --su amiga que ya empieza, con ayuda de fisioterapeutas, a erguir su cuerpo-- a celebrar durante las fiestas de Navidad de dos mil trece, en la Casa de la Cultura de Majadahonda en Madrid. Aunque al principio pensé en cualquiera de mis numerosas obras figurativas que conservo, luego pensé: Qué mejor ocasión y que más acertado tema: el de la música, una de las pasiones de Pili (Historia de una superación publicada en el blog el 21.1.2014: "Las paralelas no siempre se cruzan en el infinito").


Lo primero era dar título a la temática ya impresa: "3múSIcos", rebuscando en éste el mismo asunto de la conocida obra picassiana --"Los Tres Músicos"--, aunque no tuviera, ni por asomo, siquiera la intención de su reinterpretación; sólo la finalidad simplemente de , apuntalándome en un lenguaje artístico conocido, indagar en un discurso en el que apoyar la obra creativa sin el cual ésta, cuando uno no es un artista consagrado, queda algo vana. Es una práctica constante en mi vida: cuando estoy algo o muy perdido indago en los grandes maestros, en los genios. Es un muy recomendable ejercicio.

Con esas premisas recuperé el tercer color primario que faltaba para, mediante un plano continuo de color rojo, poner en tierra a los personajes; plano girado hasta verlo de frente, como lo hacían los pintores cubistas, mostrándolo al espectador en su verdadera magnitud, en donde se han grafiado los detalles del propio suelo aprovechando el dibujo del repujado de las mismas planchas de cuero, con lo que las figuras recobraban definitivamente su insinuada autonomía en el espacio: la distancia de cada una respecto de las demás. Después, respetando el lenguaje caligráfico de los personajes y actuando sólo en los espacios en blanco valoré, a continuación, con los colores primarios los tres instrumentos musicales, contrastando el color de cada uno con el fondo en donde se ubicaban. Faltaba por último ambientar ese espacio luminoso de un sol radiante por donde se expandía la melodía salida de las entrañas de los instrumentos musicales, entendiendo que su tratamiento no debiera ser con dibujos ni planos de color sino estructuras caligráficas ya impresas simulando las barras de las notas musicales y las líneas de los pentagramas; y que mejor procedimiento que el que utilizaban los primeros cubistas --cubismo sintético--: el collage con hojas de periódico: la música partiendo de los instrumentos embelesa el oído al que envuelve esparciéndose en el aire a un lado y otro del cuadro. Para más detalle utilicé una hoja de un diario de tirada nacional con noticias del año mil novecientos sesenta y ocho; año en que estudiando historia del arte en sexto curso de bachiller descubrí a Picasso: toda una intención.


Composición definitiva del cuadro

Sólo a los efectos prácticos de poder hacer efectiva la venta del cuadro para tan noble fin, quedando validado por artista pintor, convine con mi hija el firmarlo en solitario aunque a mi firma he añadido un código (EM&FM19912013) que indica las iniciales de la autora de la génesis y las del autor de la conclusión de la obra, así como los años de su iniciación y el de su finalización. A cada cual lo suyo; a cada uno el momento creativo que le pertenece. Sólo quedaba la presentación de la pintura cara al público; fase de elección de enmarcado que, como artista total, considero importante. Entendí que su elección debía tener relación con la obra a exponer: para el marco y fondo elegí un futurista color metálico que valoraba aún más los colores, resaltando por contraste neutro el énfasis sólo en la pintura. Una sutil raya en el fondo gris plata, que recorre el lado corto de la derecha del enmarcado, sirve de línea de apoyo para la leyenda de la obra: título y código de autores. La obra quedaba lista para su exhibición y posible venta: ¡Ojalá sirva para ayudar a Pili!, deseé cuando la entregué.

Varios momentos de la inauguración de la exposición a donde habíamos acudido muchos autores de las obras; algunos pintores --Alberto Corazón, Martín Ballesteros, Carlos Morago...-- y escultores --Salvador Fernández, Encarnación Hernández...-- de reconocida trayectoria artística. En la última instantánea fotográfica mi hija Miriam junto a Pili; inseparables

A la inauguración de la exposición acudió Pili acompañada por sus padres y familiares, no siendo preciso animarla ya que se percibía en su cara la alegría de estar arropada por los suyos y por un montón de amigos que la querían, y que sabía no iban a cejar hasta conseguir que aquella sonrisa suya fuera una constante en su vida. El mes anterior --noviembre-- en Barcelona había retomado la rehabilitación que comenzara en Madrid a fin de familiarizarse con las primeras prótesis de las piernas; proceso duro pero al que fue adaptándose poco a poco aquellos días que estuvo convaleciente en la ciudad condal con buen resultado final de tal suerte que en un momento de la velada de la inauguración Pili se levantó de la silla de ruedas y empezó a caminar cogiendo en brazos, incluso, a su sobrina y ahijada; fueron unos instantes intensos de gran emoción para nosotros y para Pili, a la que aplaudimos y seguiremos aplaudiendo por su lucha constante y su férrea voluntad sin opción al desaliento: "Hay que tirar para adelante", dice ella misma.

Con mis amigos y colegas Alejandro --arriba-- y Fernando --abajo--; apasionados de la arquitectura y del arte en general, con sus hijitos posando frente al cuadro expuesto. Gracias por vuestra inmediata respuesta a la convocatoria de tan emotivo acto

Una vez más el arte al rescate de las personas. Otra vez la generosidad del mundo de la creación ayudando a paliar las trágicas circunstancias de la vida de la gente. Ojalá logremos vender todas las obras y conseguir que Pili haga una vida lo más normal posible. Debemos conseguirlo. Aprovecho este post en el blog para publicitar la página web donde se pueden adquirir las obras que debido al corto tiempo de la exposición --escasamente dos semanas-- no fue posible su venta, quedando permanentemente abierta una página virtual para entre todos hacer posible los sueños más inmediatos de Pili: www.todosconpilar.es (Exposición virtual).

Gracias.

Los artistas del cuadro. Con mi hija Elena allá por los tiempos de la creatividad, cuando se inició la composición de la obra. Cualquier experiencia sirve... todo es bagaje que vamos acumulando... mejorando...; gracias por ser una hija excepcional



FranciscoMolinaGómez







jueves, 1 de mayo de 2014

SOLO UN VIAJERO MAS

















De repente me apercibí que me hallaba perdido en no sé que sitio; en un raro lugar donde las gentes se cruzaban evitándose la mirada, como zombies, sin hablarse, caminando deprisa, sólo pendientes de ojear el reloj; todos con los mismos gestos; las mismas prisas, apurando el paso...; bulla de multitud transitando precipitadamente los largos túneles de deslumbrantes halógenos que iluminaban aquella apretujada masa de personas con actitudes graves, que no sonreían, que no gesticulaban, mirando sólo al frente mientras se transportaban en inacabables cintas mecánicas hasta abocar, al final arremolinados y agrupados como manchas sobre el suelo, frente a las pantallas digitales con las informaciones cambiando en los marcadores a una velocidad vertiginosa, mareante... después se precipitaban atropelladamente y a toda carrera hacia los puntos indicados: las salidas parapetadas tras un laberinto de carteles de avisos con flechas indicadoras en todas direcciones... y por fin, alcanzadas las puertas de salida: ¡horror! ningún rastro de ser humano... sólo máquinas que daban órdenes: "Introduzca su tarjeta de crédito... teclee su número personal... recoja su ticket... deposite su maleta en la cinta transportadora... diríjase al módulo T.4, nivel 2, puerta B.1...": entonces comprendí que había quedado irremisiblemente atrapado en un no-lugar.

Me quedé contemplando a aquellas gentes y advertí que el no-lugar no era sólo un espacio físico.












Ahora Matías visionaba la ciudad, que aún dormía a horas tan tempranas, en una ráfaga de imágenes difíciles de codificar en su mente y que se proyectaban rápidas a la escala de la velocidad tras los cristales de las ventanillas del coche que conducía Luis --su hijo mayor--, que ahora le transportaba al aeropuerto de la ciudad. Los modernos edificios que orillaban la gran avenida urbana y que se sucedían como inmensa vitrina de exposición de materiales --hormigón, aluminio, acero, vidrio...-- dispuestos de forma artificiosa en extrañas composiciones, a su entender ininteligibles, se constituían en inmenso cauce --como río caudaloso-- que a esas horas ya cubría, hasta saturarse, de un intenso tráfico de vehículos de motor. A intervalos, sin solución de continuidad, la amalgama de los fríos artefactos como gigantes desdibujados en la neblina gris de aquella mañana de otoño, daban paso, expiando su afrenta, a algún olvidado parque de recreo de los que sólo son visibles a los ojos de los visitantes, y que revelaba en el ánimo de Matías esa desolación que muestra la naturaleza cuando muda de piel, agravada en ese momento por la bruma de aquellas primeras horas del día.

Durante el trayecto, en ocasiones, padre e hijo se observaban en un reto de silencios que ninguno se atrevía a romper. Hacía ya muchos años que Luis se había trasladado de su pueblo natal a la capital del país en busca de "otras oportunidades", de las que ahora disfrutaba como director general de ventas de una conocida empresa que se publicitaba líder en la televisión, y que al cabo del tiempo le había impreso en el carácter, a su pesar, de cierta pátina de deshumanización en sus relaciones personales y familiares y, en consecuencia, de una prolongada incomunicación con su progenitor. La distancia hizo el resto. En este instante de sus vidas las miradas sustituían a las palabras y las reflexiones calladas ocupaban el espacio de los silencios. Para Matías el cercano momento del reencuentro con la vieja casa de piedra; con los objetos y ambientes que hasta hacía poco tiempo había compartido con su mujer; el del momento de la ansiada primera visita al cementerio después del óbito de María hacía tan sólo un mes, le perturbaba en sus pensamientos, a la vez que le reconfortaba. Después del funeral a la memoria de la madre en la antigua iglesia mudéjar del pueblo --recinto sacro tan íntimamente ligado a las vidas de los padres y de sus tres hijos, los que habían acudido a tiempo a la llamada del padre para despedirse de la madre aún en vida-- el cónclave de hermanos, ante la situación de desánimo de Matías, acordaron la conveniencia en un primer momento de que Luis, el más acomodado económicamente de ellos, acogiera en su casa,y durante una temporada, al desamparado padre, ya que cada uno residía muy lejos del otro en ciudades distintas.

¡Cómo iba a ser posible vivir sin María de la que nunca se había separado?, cavilaba ahora Matías sin obtener respuesta en uno de esos silencios, súbitamente roto por su hijo, justo cuando tomaba el desvío hacia el aeropuerto por la recién inaugurada carretera de circunvalación --sólo unos días antes lo habían dado por televisión: el ministro del ramo se fotografiaba sonriente, entre bellas azafatas, cortando la cinta inaugural--.
- Papá, recuerda que cuando aterrice tu avión te estará esperando en el parking del aeropuerto con su taxi Isidro el de la Celsa, el que te llevará hasta la Casa --acepción familiar, ésta última, del hogar común donde, hasta no hacía mucho tiempo, habían convivido juntas hasta tres generaciones-- y no olvides llamarme cuando llegues --el padre asintió con la cabeza-- ¡Ah!, el pago del viaje hasta el pueblo ya lo he arreglado con Isidro, tú no tienes que preocuparte de nada.
- ¡Vale!

Arrellanado en el asiento de piel; extra de serie que solo unos días antes le glosara su hijo de aquel último modelo de coche de gama alta adquirido recientemente y no asequible económicamente --según vanagloria del retoño mayor-- para el común de los mortales, Matías se abandonó a su cavilaciones, a sus preocupaciones, inmerso en un viaje por intrincada red de carreteras, profusamente señalizadas por doquier con enormes carteles sobre cuyo fondo oscuro destacaban en claro leyendas y anagramas en un lenguaje abstracto que no lograba descifrar pero que, a buen seguro --pensaba-- eran la clave para poder salir de aquel enmarañado laberinto que, como enorme jeroglífico de asfalto, ocupaba el espacio natural negando el paisaje, recreando en su lugar un artificio que no reconocía, que rechazaba, y en el que se sintió momentáneamente perdido; soledad que alivió cuando divisó en la lejanía el edificio del aeropuerto, el que en la neblina de la mañana no desplegaba todo el esplendor de su silueta postmoderna de acero y cristal.

Entraron a un resplandeciente y amplio vestíbulo intensamente iluminado, con acabados en materiales de última generación: titanios, aluminios, aceros pulidos... que brillaban metálicos al reflejo de los potentes focos de luz. Unas enormes estructuras metálicas vistas cubrían en gran altura el vasto espacio, el que en su desmesurada proporción hacía empequeñecer, aún más de lo que ya se sentía, a Matías impresionado por tal exceso, casi asustado; y de las que colgaban --como artefactos agresivos, temiendo Matías que se les pudiera caer encima-- conductos de gran diámetro que climatizaban el ambiente y otras estructuras auxiliares a las que se habían fijado, suspendido de ellas, todo un universo tecnológico de información; los códigos de funcionamiento de aquel complejo y moderno aeropuerto: carteles, pantallas digitales, anuncios, megafonía, cámaras de vigilancia, publicidad comercial... se desplegaban por doquier ocupando ese espacio medio desde el que el gran ordenador central se dirigía --como gran hermano-- a la aglomeración de personas, reconduciéndolas, encauzándolas ... desde la sombra... sin ser visto... sólo una impostada voz de megafonía: "Señoras y señores pasajeros les recomendamos no pierdan de vista en ningún momento sus equipajes y efectos personales"... "Señoras y señores pasajeros consulten periódicamente las pantallas digitales para estar puntualmente informados de sus vuelos"... "Señoras y señores pasajeros permanezcan muy atentos a los mensajes por megafonía"... "Salida del vuelo Iberio 424 con destino a Zaragoza; pasajeros diríjanse a la terminal auxiliar T.4-A. Tengan preparadas sus tarjetas de embarque y sus documentos de identidad".

- Papá, esa es la tuya, ¡venga! --Matías se dejaba llevar por su hijo, que casi lo arrastraba, y por otro misterioso pasajero de la misma edad que Luis con el que éste se había encontrado y saludado en el vestíbulo, encadenando desde entonces ambos, en la espera y una tras otra, aburridas charlas de empresa que por su prioridad y efusividad parecían vitales para Luis, sobre esos asuntos de negocios con muchos números, cifras, datos de marketing, estadísticas, gráficos, esquemas, inventarios, albaranes...--auxiliándose el hijo para ello de la última novedad tecnológica de comunicación que para uso personal la había proporcionado la propia empresa-- y no se cuántas martingalas más que a Matías casi le producían dolor de cabeza.
- Tenemos que ser aún más competitivos --le reconvenía Luis al pasajero misterioso, que sólo se había dirigido a Matías para saludarle en la presentación y que no era otro que un subordinado de su hijo, el que deseando que alguien acompañara a su padre durante el viaje --Luis no podía pues estaba "desbordado de trabajo"-- había justificado en el interés de la empresa la urgente visita del empleado a la capital maña, aprovechando entonces para mandar un mensaje envenenado al delegado-jefe de aquella oficina provincial.
- Dile a Carlos que los de arriba están muy descontentos por el descenso de ventas en la zona y que... lo siento; peligra su cabeza... ¡Ah! y a José Roig el de la sucursal de Delicias que espabila o me veré en la tesitura de no renovarle el contrato --amonestaciones que Matías oía sin quererlo, sólo por la circunstancia de estar allí, invisible a los ojos de los otros que no le prestaban la mínima atención; sin entender aquella extraña situación: la inútil pérdida de tiempo. Qué mejor ocasión antes de que partiera de viaje para construir puentes y estrechar lazos entre ambos aprovechando aquel corto tiempo de convivencia... oportunidad para hablar entre ellos de esos días, de sus nietos, de cómo el padre pensaba reorientar su vida, de los recuerdos de la madre y ¿?porqué no? de cuando era pequeño...; ocasión definitivamente perdida cuando sonó el teléfono móvil de Luis.
- Papá; es mi jefe; te tengo que dejar --encomendándole a continuación al subordinado, al que se dirigió como superior jerárquico en la empresa, evitando familiaridades--: ¡Eh!, Escobedo te hago responsable... cuídamelo hasta que esté metido en el taxi --mientras se despedía del padre.

Y allí empezó el vértigo: la fila interminable de personas para pasar por el control de seguridad, unas literalmente pegadas a otras pero sin hablarse entre ellas, atareadas en hablar a gritos por los teléfonos móviles; uno de ellos sin discreción alguna --como si estuviera sólo-- y sin excusar la molestia de la clavazón del rígido maletín negro sobre el costado de Matías, al que, además,impedía proferir ni un mínimo paso la maleta rodante desplegada en el suelo del acompañante de aquél, mientras el subordinado de su hijo, obviándolo, no cesaba también de hablar por su teléfono móvil, imitando como un clon al resto de personas, vestidas de la misma forma, que se movían con los mismos gestos, que gesticulaban con las mismas posturas al hablar por el pequeño artefacto, con el mismo tono alto en la voz, como si necesitaran imperiosamente que los demás escucharan sus historietas.

La odisea prosiguió en el largo recorrido por prolongados pasillos y desangelados vestíbulos a donde se llegaba en un inacabable itinerario de sucesión de cintas y escaleras mecánicas con la sensación en el ánimo de Matías de estar inmerso en el interior de una programada máquina que les teledirigía a través de aquel universo de carteles, encajonados por el vidrio, en esa imagen higt tech de espacios acristalados que permitían ver la amplitud de los ámbitos aunque les impedía moverse a su antojo; como una trampa mortal de la que no lograba salir ahora una pareja algo mayor de edad que habiéndose equivocado de ruta daban vueltas y vueltas alrededor del mismo sitio y que al paso de Matías y su acompañante golpeaban el cristal desde el otro lado pidiendo auxilio con las caras angustiadas por la encerrona; recurriendo Matías al subordinado de su hijo.
- Indíqueles a esos señores la salida, aunque sólo sea por señas... parecen que han quedado atrapados --obteniendo una evasiva por toda respuesta de éste.
- ¡No hay tiempo!, vamos a perder el tren lanzadera --alejándose rápidamente del lugar y obligando a forzar la marcha a Matías que de manera intermitente volvía la cabeza hacia aquellas caras desencajadas... y que, ahora, al cabo de la carrera por el largo y último pasillo no concebía --una vez en el interior de la máquina rodante-- como un tren sin conductor le podía llevar hasta su puerta de embarque... demasiadas cosas para procesar en su mente en las primeras horas de una mañana.

Ya en el asiento del avión Matías aparcó los forzados razonamientos y cerró los ojos, los que prácticamente no abrió hasta que avistó el pueblo en la lejanía desde el taxi de Isidro. Entonces encontró sentido a las cosas... desde el asiento del vehículo se regocijaba en el sosiego del reconocimiento de aquellos caminos a la entrada del pueblo donde le dijo a Isidro que le dejara para ir caminando hasta su casa; disfrutando en el paisaje abierto con la familiaridad de sus campos, alegrándose de la comparación que su mente hacía en una rápida reflexión: ¡Qué diferentes a aquellos otros!

La mañana ya había clareado dejando ver nítida la silueta de los serrallos rocosos al fondo en el horizonte, el que ahora abarcaba Matías expandiendo su mirada al extenso panorama, sorprendiéndole como si lo viera por primera vez y alegrándose enormemente de estar allí. Se bajó al borde de la carretera por el camino de tierra que le recondujo hasta las remansadas pozas de agua del río y por un instante se oyó a sí mismo en el eco de las voces cuando de niño iba allí con los otros chicos a bañarse en verano; emocionándose por aquellos registros en la mente que eran huellas de su niñez. Se paró un rato, como no lo había hecho desde hacía mucho tiempo, a contemplar la belleza atemporal de los muros de piedra que configuraban los sinuosos caminos de los huertos que ahora transitaba muy despacio, descubriendo a la luz de los incipientes rayos de sol --sorprendido como si aquella visión fuera nueva para él-- los matices distintos de color de las hojas que ya empezaban a caerse de las ramas de los árboles de la huerta de José y se acordó --no exento de cierta melancolía-- que ya quedaban muy pocos de los de su quinta, con los que había crecido y jugado en las calles y placetas del pueblo: ¡Cuántas vivencias y que corto el espacio donde se almacenan!... o es que tal vez exista otro sitio desconocido donde la memoria aparca aquellas vivencias que, por razones que ignoramos, decide que olvidemos... ¡cuál es el orden de prioridad y qué razones rigen en la mente para fijar los recuerdos?... es un misterio.

En estas cavilaciones andaba Matías cuando... ¡Ah!... no los veía pero los oía; sintiendo con inusitado placer --como reciente, olvidando el goce de tantos años-- el trino de los pájaros, cuyos nidos empezaban ya a abandonar en el principio de los fríos, mientras atravesaba el bosque de altos y espesos pinares muy cerca del pueblo... su pueblo... con el que se reconciliaría de por vida tras su forzada huída: ¡Ya no lo abandonaría más! Al salir del bosque reconoció el camino que tantas veces transitara con María en busca de plantas aromáticas... y saturó su olfato, una vez más, del olor de las flores del espliego y la lavanda...; y por fin: su casa. Matías pasó por delante de su viejo portón de madera --donde Isidro había dejado su maleta-- sin detenerse, atravesando la calle principal que bordeaban viejas casas de piedra y tapial... entre el saludo de sus paisanos con sus inevitables preguntas: ¿Qué tal Luisito?... ¿cuántos nietos tienes ya?... a los que amablemente fue contestando con esa familiaridad que da el conocerse de toda la vida... y los que rieron escandalosamente en la respuesta cuándo le preguntaron por la capital: Sinceramente me ha parecido una casa de locos.

A la salida del pueblo siguió por la vereda que cruzaba la finca de Indalecio sorprendiéndole esta vez --de tantas otras que la había transitado casi sin fijarse-- el muro de piedra medio derruido que marcaba el límite del predio. Se paró a observar aquellas piedras que habían perdido su color ocre original bajo una pátina de grisáceos colores con la que el tiempo y la climatología las había impreso, adivinando en su color más claro la orientación al sol de la piedra y en el verde parduzco del musgo la disposición de su frente en zonas de umbría... era extraordinario --pensaba Matías-- como aquel elemento inanimado hablaba del tiempo... Pasó por delante de la casa de Indalecio y se encaminó hacia el cementerio.


Iba feliz encontrándose seguro en la custodia de la legión de alargados cipreses, como inhiestos centinelas, que les llevaba a las puertas de la nueva morada de su esposa con la que tuvo una larga conversación. Le habló de Luis; de aquel lugar en donde vivía su hijo y que parecía un manicomio; de sus nietos... y de la conversación que le hubiera gustado tener con su hijo. Después hablaron de ellos... de ese nuevo tiempo tras la forzada separación donde Matías a la vez que preguntaba se contestaba a sí mismo como si lo hiciera María... hablaba como si lo hubieran hecho el día de antes.
- Bueno mujer, estoy muy cansado... mañana que ya estaré más descansado vendré un ratico más a seguir charlando.

Y se marchó a su casa de siempre canturreando por lo bajo una de aquellas canciones de siempre; pisando seguro la misma tierra de siempre; sintiendo una gran confianza en sí mismo en correspondencia con la de aquel familiar paisaje.


FranciscoMolinaGómez
(Escrito en marzo de 2009 para presentarlo a II Concurso de Relato Breve. Sin noticias del jurado ni de sus capacidades literarias desistí presentarlo. Ahora con un jurado más amplio y, seguramente, más equitativo en calidad y cantidad --todos los lectores-- sí he deseado publicarlo. Gracias)



























martes, 15 de abril de 2014

TRAZAS DEL TIEMPO EN BLANCO Y NEGRO I










Lo que fuera de todo punto sorprendente es que aceptáramos sin rechistar, como veraz, que el mundo de colores que visualizábamos a nuestro alrededor no era tal; en el mejor de los casos sólo una ensoñación, sólo un artificio para engaño del ojo humano: el verdadero color del mundo que nos rodeaba no era de sorprendentes azules cielo, ni asombrosos verde bosque... ¡el universo era realmente en blanco y negro!... y en esa singular cromaticidad, en esa verdad irrefutable que se mostraba en el revelado del papel fotográfico, algunos hemos profesado la realidad de aquel tiempo






Escarbando en la caja de cartón donde guardo celosamente las pocas trazas en blanco y negro que poseo de mi existencia he hallado una antigua foto que me hace viajar a través de esa poética del tiempo a la que me he referido en alguna ocasión: Un tiempo en el presente de las fotografías donde no existe pasado ni futuro y que duerme el olvido en algún cajón de cualquier mueble hasta que es rescatado para el recuerdo (...) donde ya no importa la cronología de los sucesos, reducida a un solo instante: el de la escena congelada para siempre en el intervalo diferencial de la cuarta dimensión; los instantes precisos de unas vidas que prodigiosamente han quedado atrapados en la imagen impresa en el papel (...) y que espolea mi memoria en su ignición por reparar los vacíos existenciales de seres que han habitado mi misma encrucijada espacio-tiempo, pero que se han ido difuminando hasta desdibujarse completamente; adquiriendo en la memoria la visión de manchas imprecisas, huellas borrosas sobre las que se grabaron nuevas encrucijadas, nuevas emociones, nuevos sentimientos... para reencontrarme otra vez con las mismas caras que eran, al igual que la mía, reflejo de almas hendidas en el infortunio de las ausencias... un paisaje humano de miradas perdidas ahora hacia el objetivo de una cámara fotográfica: "Atentos chicos --¡click!--; ya está".

Ahí estamos todos con los enormes bañadores de tela negra, cerca del mar, junto al chambao... viajeros en el tiempo, ocupando toda la imagen, negando el espacio físico del que sólo importa el suelo arenoso que pisamos y que nos ancla al mundo real de un verano de nuestra infancia... seguramente un día más de verano como otro cualquiera, nada especial; pero alguien tomó una fotografía que ahora me trae un mundo de recuerdos... de voces y risas mezcladas con el ruido de las olas y el chapotear del agua... en el que revivo los exiguos días de aquel pequeño paraíso para niños sin besos; un fugaz edén de cielo muy azul y arena dorada, sintiendo como si ahora estuviera allí el olor a salitre y el sabor del mar... y estamos todos... y todo vuelve a suceder de nuevo... aunque la evocación de la efímera felicidad se haya ausentado en el gesto serio de la rígida pose, como si no estuviéramos disfrutando, como si no pudiéramos manifestar la alegría de unos días de sol y playa, como si esos pocos días que nos regalaban fueran inmerecidos, como si tuviéramos que pedir constantemente perdón por nuestra condición de huérfanos; debiendo estar eternamente agradecidos a la caridad que se nos daba, que era sólo eso: compasión.

Y en la negación del fondo de la imagen, como un lugar irreal, percibo más nítido el auténtico paisaje: filas de materia humana; razón --o sinrazón-- de un destino que nos unió en la suerte --sin que la hubiéramos pedido-- de un rígido orfanato, y que fue tejiendo extraños vínculos entre nosotros que se fueron inevitablemente creando al tener que compartir el mismo aislado lugar, los mismos patios cerrados, los mismos alargados dormitorios, la misma severa escuela, la misma comida, los mismos juegos... las mismas letrinas... las mismas tapias... la misma exagerada disciplina y los mismos castigos; empeñadas aquellas gentes que nos tutelaban en que sólo fuésemos competidores en la ardua tarea de la supervivencia, impidiendo que entre nosotros anidara la intimidad de los afectos y la amistad, aunque nos resistiéramos en muchas ocasiones... la misma alegría de escapar unos cuantos días al paraíso... la misma esperanza de marchar un día para siempre de aquel opresivo lugar. Sin otro horizonte que me distraiga, ahora viajo hacia el interior de aquellas miradas --de mi mirada--, y constato en mi memoria un trasfondo de tristeza en ellas porque el sueño fuera siempre tan efímero y la "normalidad" tan larga, casi eterna... aquella penosa normalidad que nos había ido marcando cada segundo de nuestras tempranas existencias... y que hacía todo interminable: los pabellones, los pasillos, las filas, los dormitorios, la oscuridad, la culpabilidad, los confesionarios, los propósitos de enmienda, las sotanas y los hábitos, las misas, el frío, la soledad... los domingos sin visita... el tiempo.

En ese viaje hacia dentro, ahora ya no oigo aquellas voces y risas mezcladas con el ruido de las olas y el del chapoteo del agua. Ahora escucho casi perdido el eco de otras voces infantiles que diariamente marcaban, con su repetitiva cadencia, el ritmo de todas las primeras horas, de todas las mañanas de un tiempo en blanco y negro: "¡Dos por uno, dos! / ¡dos por dos, cuatro! / ¡dos por tres, seis! / ¡dos por cuatro, ocho! / ¡dos por cinco, diez!"... mientras un ensordecedor ruido de motor de avioneta-caza militar, sobrevolando diariamente el orfanato, se expandía hacia la escuela haciendo vibrar los cristales de las ventanas, lo que nos obligaba a forzar las gargantas... "¡¡dos por seis, doce!! / ¡¡dos por siete, catorce!! / ¡¡dos por ocho, dieciséis!! / ¡¡dos por nueve, dieciocho!!"... y en la uniformidad de las voces nos sentíamos seres ínfimos, anónimos, autómatas, sin rostro en las horas matinales de todos los dias grises; sólo cuando gritábamos por encima del ronco sonido del pájaro de acero bullía cierta grandeza..."¡¡dos por diez!!... ¡¡¡¡veinte!!!!"... y así hasta el diez... después cuando se acababa la lírica de la tabla de multiplicar comenzaba el tiempo de la sinrazón de la "letra con sangre entra" y su singular protagonista: una flexible vara india cuyos nódulos se clavaban punzantes, con singular chasquido en carne tierna, en las manos extendidas a la vergüenza de no saberse la lección.

Ahora oigo aún, como latigazos en las sienes, cada golpe seco de la vara que marcaba en la palma de la mano una lacerante marca... aún percibo el gesto y la mueca de intenso dolor contenido en apagados lamentos que hacía aflorar dos espesas y continuas lágrimas recorriendo silenciosas las mejillas; suplicantes en la indefensión de algo de caridad, aunque sin obtener compasión del inalterable rostro del ser infame que sin vacilar descargaba con mucha furia la vara, dejando impresos amoratados cardenales en unas manos doloridas que, de vuelta al pupitre, las abrazábamos fuertemente debajo de las axilas ya que el calor corporal aliviaba algo aquella insufrible quemazón... y ya sentados con la mirada disipada en la silente conmoción que sucedía al castigo, en el momento en el que la avioneta cruzaba de nuevo el patio, agradecíamos en el intenso zumbido de hélice que se aposentaba en aquel ámbito, el que desviáramos unos segundos hacia la calle la cuita del sufrimiento infligido por uno de aquellos seres que se intitulaban: hijas de la caridad.

Todavía insiste en mis oídos aquel silbido en el aire de la vara que no atendía a la razón de que una cruel afrenta nunca abriría el camino del conocimiento, al igual que tampoco lo haría las infames orejas de burro prendidas en la frente de los castigados en un rincón mirando a la pared; burla que invertebraba al resto de niños que en la mofa le cantaban a los "tontos" --jaleados por la monja--, señalándoles con el dedo "Borriquito como tú / que no sabes ni la ú / la cartilla se me fue"...; pero nunca hubo orejas de burro, por muy grandes que fueran, que obraran el milagro de la aplicación en la sabiduría, todo lo contrario: aquella otra infamia --la de la vejación y humillación-- no conseguía el propósito de enmienda perseguido, ya que creyéndonos predestinados de por vida al ángulo donde quebraba la pared lo buscábamos afanosamente como amparo a nuestras desdichas... en la insistencia siempre de los seres con hábito... y aquellos sonidos cotidianos que se repetían una y otra vez, sin solución final en nuestras vidas, se fueron haciendo tan habituales que llegamos a admitirlos como algo natural, consustancial con nuestra existencia; parasitándose en nuestro ánimo --al transcurrir del tiempo sin referentes afectivos y aislados del mundo-- un sentimiento de culpabilidad, de asentimiento de ser merecedores del castigo por no sabernos la lección, por el borrón de tinta en el cuaderno, por la pizarra rota, por copiar el problema...; justificando en nuestro fuero interno aquellos golpes como expiación a las culpas, las de muchos días, las de toda una vida de infantes hasta que creciéramos.

Entretanto otro sonido, el de una pequeña campana anunciando el final de las clases y con ello el fin momentáneo del oprobio... nos daba una tregua al mediodía. Era la señal para la entrada en fila de dos al comedor en donde, durante la comida, no debiéramos proferir el más leve ruido --un silencio sepulcral-- de tal suerte que fueran perceptibles los otros sonidos: los de las cucharas al rasgar el fondo de los platos de aluminio, los del gaznate al deglutir la comida, los del agua al escanciarla en los vasos, los que hacía la monja con el trajinar de la paila en el reparto de las viandas... los del zumbido de las moscas revoloteando alrededor de las mesas... pero ¡ay!... a la salida del comedor los guardianes de las monjas --fuera de la vista de éstas-- nos ajustaban las cuentas porque el silencio en las filas no había sido el esperado, o el silencio en el comedor no era el deseado, o porque les venía en gana, con un cruel castigo en el sótano del pabellón a la hora del recreo por la tarde, y lo que debía ser el único momento ocioso se convertía en una tortura:"¡¡Todos de rodillas con los brazos en cruz!!, ¡¡vamos!!, ¡¡ya!!"... la que se prolongaba en el tiempo hasta el inicio del decaimiento muscular... y en ese titánico esfuerzo, al intentar competir con la gravedad, agudizábamos los sentidos y las miradas se nos nublaban en torbellino de paredes blancas dándonos vueltas en la cabeza, a punto del desmayo; y en ese punto escuchábamos el cansancio, la saliva se tornaba amarga; enrojecíamos, y desfallecidos dejábamos caer los brazos que ya no enderezaban ni miedos, ni amenazas, ni incluso los golpes de la vara india en la indefensa mano, pues el dolor de la quemazón por el impacto en la carne se difuminaba en el agotamiento general de huesos y músculos, espoleados por el sufrimiento... y agotados nos recostábamos entre el duro suelo y las paredes el resto de la tarde, hasta que comenzaban de nuevo las clases.

Al llegar la noche... el sombrío rezo retumbaba, por efecto de la acústica, entre los gruesos muros del sótano: "Yo he de morir, más no sé cuándo / yo he de morir, más no sé cómo / yo he de morir, más no sé dónde / lo único que sé es que si muero en pecado mortal me condenaré para siempre"... y el desasosiego se apoderaba del espíritu y comenzaban a aparecer ya los miedos de la noche --la fría y oscura noche--, antes aún de que nos arrebujáramos dentro de las heladas sábanas; antes aún de que transitáramos la infinita sucesión de camas; antes aún de que con la misma formación del rezo subiéramos a los dormitorios; antes aún de que las sombras de la noche cayeran sorpresivamente sobre el día... Después se apagaban las luces y al poco rato sólo se oía un mar de resuellos de respiraciones. Había que evitar pensar; era mejor abandonarse al sueño. En las horas de la oscuridad, en los tiempos de la intolerancia, con los desvelos del sueño, a algunos, se nos ahogaban las ilusiones por vivir; las ausencias se hacían más evidentes, sudábamos, sentíamos el corazón golpear contra el pecho y padecíamos profundamente el dolor del desconsuelo. En las horas de la oscuridad era conveniente dormir y no despertar hasta que apuntara la luz de un nuevo día; una nueva fecha en el calendario. Y una a una las íbamos tachando, deseando fervorosamente que llegara aquel día en el que, después de once meses de asfixiante sinvivir en los pabellones --más de trescientos treinta días de ansiosa espera--, se nos iluminaba la cara de felicidad montados en los autobuses que nos trasladarían por la vieja carretera de la costa hasta aquel pueblo de mar con clima tropical: un lugar mágico lleno de secretos y misterios por descubrir.

Y allí estamos con los torsos desnudos absorbiendo por la dorada piel los beneficiosos efectos de los rayos de sol que nos aliviarían de los fríos cuando el invierno --con poca ropa de abrigo-- nos pusiera prolongado asedio. Y ahí seguimos todos con la expresión uniformada en más de treinta caras como si fuera una sola, con la misma incredulidad, las mismas dudas, las mismas desconfianzas, los mismos recelos, las mismas suspicacias, las mismas aprehensiones; la misma incertidumbre, la misma vacilación, la misma perplejidad, la misma indecisión, la misma inseguridad, el mismo titubeo; el mismo miedo, la misma turbación; la misma docilidad, la misma mansedumbre, la misma nobleza; el mismo conformismo, el mismo aguante, la misma entereza... donde reconozco a casi todos desde un Pepito "Gordo" echado en la arena sólo en su mitad hasta mi apostura marcial con los brazos atrás de pie en el otro extremo: "Pocholo", "Calelillo", "Cebolla", Juan Antonio, "Bicho", Espinosa, "Esqueleto", "Cañí", Paqué, Cortés, "Habichuela", "Jesús Panaero", Manolo Gómez, "Pepino", Alejandro, "Colillas", Bartolo, Daza, ¿?, ¿?, "Enterao", "Antonio Decuenta", Agustín, ¿?, Joseico, Nicolás, Mingorance, Felipe, Fornieles, "Churriana", "Quiqui", Melgares, "Cateto" y yo, de pie en un gesto --manos atrás-- de obligada sumisión que prodigamos. Somos sólo eso: los de la foto de un día que no recuerdo, de un verano que no recuerdo, en un lugar que si recuerdo porque me dio la oportunidad de conocer muy de niño lo más cercano a la felicidad, aunque siempre fuera tan efímera.

Y seguimos siendo sólo eso: los de la imagen en negativo, los del revelado en blanco y negro, quedando ya por siempre inmortalizados en la espiral de un tiempo en el que la prioridad era sobrevivir y en el que colocado siempre en sus márgenes, ahora me desdibujo entre la abrumadora nostalgia y la deseada melancolía: ¿Qué habrá sido de todos ellos?... los que se fueron marchando, al igual que yo, sin que nos dieran siquiera oportunidad a despedirnos... un adiós desde la distancia... desde el recuerdo, ahora, de que en aquel lugar el destino fue tejiendo extraños vínculos entre nosotros con final cierto en la despedida sin que hubiera ocasión para el hermanamiento, ni tan siquiera una verdadera amistad... y en esa pesadumbre reescribo aquellos adioses: Y muchos años después de marcharnos, todavía seguíamos untando las cicatrices con yodo para sanear las heridas, aún perceptibles. Así fue como finalmente quedamos algunos de ese lado de las tapias. Así quedé yo. Sin edad ni tiempo ya para entender el mundo de los afectos, se nos fueron definitivamente. Equivocamos las direcciones y recibimos devueltas las cartas sin acuse de recibo. Después nos lanzaron al vacío partiendo hacia un viaje desconocido. Entre los gruesos muros quedaron las pruebas de nuestra existencia: las confesiones, los inútiles llantos, las risas...; hasta la inocencia (...) De muchos ni nos despedimos, ¡¡Hasta siempre!! (...) Ahora están muy lejos, en ese remoto lugar donde habita el olvido. Otros, los menos, nos citamos, nos llamamos sin darnos cuenta de que era inútil (...) Viajamos solos, guardando en la maleta la única herencia: no queríamos olvidar los primeros apegos; no estábamos dispuestos a perderlos. Durante las escalas embarcamos a nuevas rutas que nos obligaron a reinterpretar los mapas; marcamos nuevos territorios; trazamos nuevos caminos (nunca en línea recta); y acogimos nuevos conocidos que se nos incorporaron poco a poco.
Al final hubo que elegir. Los que llegaron a nuestras vidas rotas, cuando todo era negro; nos reinventaron. Eran ellos a quienes siempre buscamos sin darnos cuenta. Y los advenedizos nos regalaron sus afectos; nos enseñaron a querer, sin haber sido queridos antes; a amar, sin haber sido amados antes; a darlo todo, sin haber recibido nada antes; y descubrimos que hay fechas señaladas en el calendario, y comprobamos que los regalos no llevaban contrapartida...; y los antiguos conocidos fueron extraños, y los extraños conocidos parte de nosotros mismos: la mitad que nos faltaba.


A esa generación de la foto, a ese grupo de seres de paso con la mochila "a medias" (a medio vestir, a medio sonreír, a medio comer, a medio calentar... a medio existir): Ojalá que con el discurrir del tiempo hayáis completado, como yo, la otra mitad.


FranciscoMolinaGómez --"Emilio"--


martes, 1 de abril de 2014

AQUELLOS INSÓLITOS AÑOS










Con mi amigo Toni Viñuales el pasado veinticinco de noviembre del primer año del blog. El tiempo, que nos ha impreso en los rostros su inevitable pátina blanca, es testigo de una prolongada y duradera amistad. Gracias Toni


Fueron tiempos vibrantes, oscilantes, conmovedores, arrebatadores; trepidantes, temblorosos, estremecedores, intranquilos, despavoridos, sobrecogidos; palpitantes, interesantes, emocionantes, vehementes, penetrantes; movidos, borrosos, confusos, velados, nebulosos; dinámicos... de afán de aprender... de ambición por comernos el mundo... de avidez de libertad... de construir puntos de encuentro... de conseguir difíciles consensos...; fueron los agitados tiempos de la Transición Política...; tiempos jóvenes... irrepetibles... de amistad de bancada de escuela técnica, compartida con Moncho, Chema y Toni.








Han tenido que pasar más de treinta y cinco años para inmortalizar en instantánea fotográfica esa recíproca pero intermitente relación de amistad --podemos pasar de llamarnos por teléfono frecuentemente a períodos de silencio sin "rallarnos", como dicen los jóvenes-- que desde los días de la universidad en Barcelona mantengo con mi querido amigo Toni Viñuales.

Aprovechando una reciente visita a la ciudad condal quedamos citados, junto con mi mujer Teresa, para conversar unas horas --las que me parecieron sólo minutos-- en la placidez de un humeante y estimulante café en un bar del paseo de Gracia que aquella mañana a horas tempranas ya bullía de gente, y en el que acomodé, sentados cara a cara, un reciente adquirido sosiego frente a su eterno cansancio; agotamiento que Toni ya arrastra desde aquellos días cuando, tras una intensa jornada de trabajo, se incorporaba al aula a últimas horas de la tarde en donde, sentados en la primera fila de bancas, le esperábamos tres viejos mosqueteros --algo más mayores que el resto de la clase--: Moncho, Chema y yo; casi siempre justo en el momento en el que el profesor de cálculo matemático pedía un voluntario: Vamos a ver un voluntario; tú mismo... señalándonos con el dedo a alguno de los tres por aquello de la proximidad, los que aunque no entendíamos el concepto de voluntario-forzoso subíamos a la palestra a aguantar, la mayoría de las veces, los improperios de aquel espécimen para el que el resto de alumnos no eran visibles.

No era el caso de Toni que como nosotros tres también era visible, pero lo era más su agobio que mostraba arrojando --más que depositando-- en el asiento vacío de al lado la bolsa en bandolera donde guardaba libros y apuntes; tanto que el mosca cojonera de el Serna --creo se llamaba el profesor-- no se atrevía a señalarle, temiendo que se le desvaneciera en el trayecto de la banca a la pizarra. Llegada las últimas horas del día, y no creo equivocarme, Toni no estaba para tocaduras de escroto; ya era bastante esfuerzo ejercer de oyente en aquella y sucesivas clases.

Mi situación podía ser, en principio, similar aunque con una pequeña diferencia: trabajando durante toda la noche después tenía la mañana para reponerme... excepto aquellas mañanas en las que el profesor de dibujo --un tal Anguera-- nos citaba en distintos puntos de la ciudad para croquizar algún detalle constructivo de determinado edificio conocido; entonces sucedía lo previsible: mientras los demás se peleaban intentando hallar las proporciones del objeto en la medida del lápiz colocado al final de la mano extendida que se interponía en la visual entre el ojo y el edificio, para después dibujar en el papel los detalles a mano alzada, yo descabezaba sentado un improvisado sueñecito, lo que me obligaba a realizar el croquis antes que los demás, dibujando casi a sentimiento --con la visión que tenía de pintor-- pero, no obstante, con aceptables resultados; los que no entendía el profesor: Ya veo que ha terminado el dibujo aunque está dormido, me decía el primer día con cierto asombro intentando descubrir la "trampa" ante la visión de la lámina: Bueno es que trabajo de sereno y ya se sabe..., le dije; ocurrencia que zanjaba la pereza que da el explicar a alguien tu vida medio dormido: ¡Ah!, pero todavía existen..., se asombraba de que no hubiera desaparecido oficio tan peregrino, mientras mi mermada consciencia no era ajena al interés que mostraba sin quitar ojo a la cartulina: ¡Yá!, lo del dibujo..., bueno es que soy muy rápido dibujando; aseveración de una supuesta virtud que provocó que en las sesiones de dibujo y desde aquel primer día intentara buscarme con su inquisitiva mirada, de la que intentaba huir camuflándome entre el grupo de postulantes a arquitectos técnicos --curso primero--, a fin de congraciar mi mente con mi cuerpo que se rendía de sueño..., hasta donde podía... o hasta donde me dejaban: Usted siempre dormido... ¡eh!... ¡ah, sí!, que trabaja de sereno... ¿pero todavía existen?... ya veo que ha terminado la lámina... no por más rápido quiere decir que esté bien...

Y entre clases Toni y yo quedábamos en el bar de la escuela a intercambiar apuntes y conocimientos, mientras dábamos cuenta con algo de gazuza de unos "diferenciales de queso": bocadillos de lámina de queso tan fina que puesta al trasluz se transparentaba, y es que su propietaria habiendo adquirido algunos conocimientos de cálculo diferencial por efecto ósmosis al oír hablar de ello continuamente --su bar era el "aula" más visitada y masificada de la escuela--, los aplicaba al negocio. Lugar de encuentro donde siempre se hallaba al compañero perdido: Toma los apuntes de física, estamos dando mecánica vectorial..., y Toni agradecía las explicaciones de la lección dada en clase y a la que por motivos laborales no había podido acudir. Actitud que se invertía cuando yo lo necesitaba.

Muchas veces fue Moncho el que hizo de profesor particular. Le envidiaba sus conocimientos de álgebra y cálculo matemático, y me empeñé en ser su aventajado alumno ya en el primer parcial de ambas asignaturas. Era el mes de febrero de mil novecientos setenta y ocho y quedamos en que pernoctara en su casa, un pequeño apartamento en Castelldefels donde vivía de alquiler con su pareja Maise, una chica moderna, liberada de mente, algo más joven que él y con la que tenía una hija que residía en Cantabria con los abuelos. Yo había pedido noche libre aquel día: Sabes que esta noche nos vamos de vinos con gente de clase a la Barceloneta... vienen la Susi y otras chicas... y el profesor de dibujo, no el Anguera, ese otro que está por Susi: el Meca... y el de materiales de construcción... ese que se descojona a carcajas cada vez que explica lo del penetrómetro... está salido... no sé cómo acabará esto... ni a que hora llegaremos a casa... bueno después tenemos toda la mañana para preparar el examen... , le decía a Moncho poniendo a su disposición mi coche Renault-12, todo un lujo de estudiante, y que aquella noche, a la salida de clase, se llenó de compañeros de tal manera que no tenía visión por el espejo retrovisor y en la tarea de intentar que apartaran sus cabezas de la visual del vial me despisté nada más salir, tomando la calzada contraria de lo que se dio cuenta el Maño --ejemplar rural, cuasi básico pero empeñado en hacer todas las futuras casas de su pueblo-- que en aquella ocasión tuvo varios instantes de raciocinio: ¡Oye!, ¡has cogido el carril contrario!...¡no ves que los que suben tienen todos la luz blanca!...¡métete!...¡métete!...¡te has equivocado!, gritaba el Maño ante mi parsimonia que aún ante la visible evidencia, todavía aún me daba una oportunidad: ¡Bueno!... ¡bueno!, a lo mejor los que se han equivocado sean todos esos que suben, reflexión que duró unos segundos, los que empleé para, en una arriesgada maniobra, volver a mi carril cuando las luces que subían me deslumbraban; mientras, aunque asustado, le quitaba hierro al asunto en el convencimiento de que había dispuesto de cierto margen de seguridad. Aseveración que produjo algo más que desasosiego en la tropa --posiblemente acojono-- y que les duró unos minutos, silenciando la algarabía del principio, escudriñando todas las siguientes maniobras del conductor en la posible sospecha de que el que estaba al volante no estuviera cuerdo, ya que pasado el incidente no cesaba de reírme con una risa nerviosa, la que contagié a Moncho: Paco, tienes más peligro que un mono con pistola...¡já!, ¡já!, ¡já!...

Ir de vinos por las tascas de la Barceloneta en amigable camaradería con compañeros de clase, lazándole puyas a los dos profesores aprovechando su bajada de guardia que sólo atendía al género femenino, es de los recuerdos más gratos que conservo. Aquello se iba animando poco a poco con cada vaso de aquel vino a granel que el cantinero escanciaba en los cubiletes de cristal con rapidez inusitada: antes de que vaciáramos por el gaznate la ronda, ya nos servía la siguiente; y así ronda a ronda ya casi ni reconocíamos a los jóvenes profesores que quedaban descartados en los continuos brindis: ¡Por nosotros!... ¡por todos nosotros, menos estos dos!, de tal suerte que viendo éstos la deriva a que nos conducía llenar el estómago sólo de líquido, y para paliar, o más bien aliviar, de alguna forma los desbastadores efectos en su dignidad de conquistadores ante las chicas, que le infligían nuestras continuas cargas de profundidad en las líneas de flotación de su autoestima, se les ocurrió invitarnos a unos curiosos bocadillos --los famosos "coreanos"-- que uno de ellos ya había probado en uno de aquellos bares, a donde nos fuimos raudos. Para algunos, o más bien algunas, fue peor el remedio que la enfermedad. A la primera que le atacó aquella extraña pasta rojiza extremadamente picante que habían extendido en el pan fue a Susi. La chica llevándose las manos a los oídos no cesaba de chillar como si la estuvieran matando; gritos de dolor a los que se unió, seguidamente, los de otra chica, con el consiguiente revuelo de toda la tropa --sobre todo de los profesores--, y el que aprovechamos Moncho y yo para escabullirnos pues se hacía muy tarde y había que madrugar para preparar el examen de álgebra a celebrar la tarde del día siguiente; bueno, del mismo día dada la hora de la madrugada en la que estábamos ya: ¡Jóder!... ya es carnaval, se alegraba Moncho mientras íbamos a recoger mi coche aparcado en las inmediaciones de los bares.

De vuelta conduciendo mi Renault-12 no sé que me pasaba pues no lo reconocía, ni me reconocía yo al volante: era como si hubiera perdido el control de aquel artefacto, el que más que rodar parecía que flotaba yendo a toda velocidad por la autovía de Castelldefels sin encontrar el freno en los semáforos que lucían de todos los colores --los que fue atravesando sin detenerse mientras éstos se abrían y cerraban ante nuestras atónitas miradas-- en tanto yo no era capaz de adivinar aquel jeroglífico de pedales excepto el del acelerador que se me había pegado incomprensiblemente al pie sin poder despegarlo hasta justo antes de llegar a la zona de su apartamento, la que estuvimos recorriendo un buen rato, dando vueltas y vueltas porque al parecer en medio Castelldefels-playa Moncho había alquilado un apartamento distinto: en cada bloque de viviendas que parábamos para mirar, Moncho reconocía su apartamento: Es ahí..., seguro y ya iban unos cuantos hasta, no sé cómo, dar con el verdadero: No hagamos ruido... vayamos a despertad a Maise... y entonces la liamos..., tú duerme aquí... ¡buenas noches! Despertar de una cogorza y ponerse inmediatamente a estudiar es un ejercicio que consume mucha energía pero llamaba el cumplimiento del deber, aunque con la estimable ayuda de varios densos cafés que inevitablemente nos fueron despertando. Cuando estaba arrancando el coche para irnos al examen de álgebra a la escuela, observé que Moncho bajaba por la escalera exterior del edificio con la cara pintada de todos los colores imaginables:¡Pero como vas a ir así al examen!, le prevenía sin éxito de la gente de orden que vigilaba en los exámenes: ¡Jóder!, un poco de alegría; estamos en ¡¡carnaval!!, mientras me golpeaba el hombro con aquella manaza en corpachón con hechuras y gestos de jugador de rugby, deporte de su Cantabria natal por el que suspiraba continuamente. Un nobilísimo cántabro.

Era además de excelente persona muy generoso, ayudándome en lo que pudo en el examen de tal suerte que obtuve notable alto, la nota máxima de toda la clase --siendo felicitado al día siguiente por el profesor, un joven recién licenciado que daba las clases dando saltos de la tarima al pasillo y al que yo llamaba "señor K", por aquello de que siempre empezaba las clases con la misma frase que parecía una contraseña: Sea E un K espacio vectorial; al contrario de él que tuvo la mala fortuna de verse envuelto en un gran lío, en una extraña trama de confusión: entregó el examen en el límite del tiempo, cuando siempre inevitablemente se forma la tangana: alumnos intentando rascar algunos segundos al reloj y profesores nerviosos exigiendo la entrega de los papeles escritos, cruzándose unos y otros por los pasillos entre las bancas, aglomerándose en la mesa de entrega ante profesores que chillan y amenazan con marcharse... un auténtico caos y alboroto en el que se vio inmerso Moncho con tan mala fortuna de que en su entrega coincidiera con el catedrático de la materia --un tal De Juan--, el hombre más odiado de toda la escuela; el que apercibiéndose de sus pinturas de carnaval, creyéndose que venía de la calle, se negó a recibir su examen acusándolo de que aprovechando el bullicio pretendía entregar un ejercicio que suponía no lo había hecho él sino que se lo habían dado hecho; no atendiendo a los repetidos testimonios de los que justamente terciábamos a su favor; consecuencia de lo cual suspendió injustamente. Aquel espécimen nos confirmó aquel día su mala fama: el más denostado de todos los profesores. Una tremenda injusticia... pero no había libro de reclamaciones. Ello exacerbó, aún más, su espíritu reivindicativo, liderando las asambleas de alumnos en el contenciosos de las continuadas huelgas de los profesores no numerarios, y el de la reforma educativa de la universidad... eran tiempos de profundos cambios y los ánimos estaban muy caldeados . Aún conservo aquella imagen barbuda de viejo lobo de mar en un cuerpo recio, embutido en su eterna y antigua zamarra de piel; figura que apreciaba encima de la tarima arengando a los compañeros, intentando dirigir los debates con una voz recia y firme, pero amable. Siempre te recordaré, querido amigo Moncho, aunque no hayamos mantenido relación posterior desde que mudaste tu domicilio de Castelldefels a otro pueblo de Barcelona y luego a tu Cantabria natal.

Algunos reivindicaban otras cosas, y a su manera. Era el caso de Chema. Exhibía una blanca sonrisa entre acusados labios carmesí de una seductora y pálida cara que era la viva imagen del protagonista de la ópera rock: "Jesucristo Superstar", el moderno dios humano de cabellos largos, barba rubia, y arrebatada mirada azul, casi mística. Un ser salido de aquellas estampas religiosas que conocimos de pequeños. Él estaba inmerso en la batalla anarco-ideológica, pero de forma prudente, sin extremismos, sin imponer sus razonamientos como inmutables; sin dogmas: ¡Paco!, vamos ahí al lado, al cuartel del Bruc... se está celebrando un consejo de guerra contra los actores de Els Joglars; era el seis de marzo de mil novecientos setenta y ocho y hasta los aledaños de la escuela, ubicada enfrente del cuartel, se descolgaban las fuerzas de policía a caballo, iniciándose algunas cargas contra manifestantes en los alrededores del establecimiento militar. El caso del juicio a la compañía de actores Els Joglars por injurias al ejército, con su creador, director y principal actor Albert Boadella en rebeldía, había suscitado mucho interés en la opinión pública y curiosidad en el lugar: familiares de los actores enjuiciados, periodistas de varios países, actores, actrices, directores, productores, escritores, y curiosos en general nos concentramos en el lugar... hacia donde nos habíamos dirigido --yo en mi innegociable rol de espectador que he mantenido toda mi vida-- con mucha prevención. Sus continuos compromisos le robaban a Chema mucho del tiempo lectivo que le pertenecía: Paco, hay que ir a llevar un comunicado a "Mundo Obrero", y he pensado que tú que tienes coche...; y a sus oficinas de redacción del periódico que no recuerdo donde estaban le llevé. El valor de la amistad por encima de todo. Era la Transición... donde todos arrimamos el hombro en una sola dirección: la tan ansiada reconciliación, que después "idiotas contemporáneos" la han intentado dinamitar... ¡¡¡con lo que costó!!! La generosidad, entonces, de la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles ahora frente a la mediocridad de formación y pensamiento con la vuelta a los "demonios" de este país, la lucrativa "profesionalización" de la política y la generalizada corrupción económica, de poder... que vino después, ha hecho de aquel tiempo una época de gigantes.
(Veintitrés de marzo de dos mil catorce: el recuerdo de su principal artífice --Adolfo Suárez-- planea con dolor sobre mi memoria. Este mismo día, mientras el moderno Ulises que nos condujo a la Ítaca democrática ascendía al Olimpo, el sempiterno odio revanchista --primogénito de las dictaduras--, que en su trayectoria hacia la libertad tanto combatió; emergió, una vez más, de las tenebrosas profundidades para expandirse como un infierno por toda la ciudad. Sobre el epitafio de su tumba: "La Concordia fue posible", sobrevuelan y sobrevolarán durante mucho tiempo aún los ruidos de fondo de una guerra... una guerra... una guerra... ¿hasta cuándo? Paradojas del devenir histórico de cuyas trágicas experiencias nunca acabamos de aprender en este ¿venturoso? país. En ocasiones quisiera despertar en un lugar muy lejos de aquí...)

Aquel primer curso de universidad, forma ya parte de uno de los hitos importantes que han jalonado el escarpado terreno hacia el sueño anhelado, allanado gracias a la calidad humana de los amigos que hallé en sus aulas. Al comenzar el segundo año de carrera técnica, la arbitraria imposición de parte del alumnado en connivencia con algunos profesores del idioma catalán en las aulas --desgraciadamente utilizaban los mismos procedimientos en la ausencia de libertad que decían combatir-- en una época en la que no se había normalizado aún su uso, ni previsto alternativas a la población estudiantil castellano-parlante que sufrimos un continuado agravio comparativo en nuestro derecho a la enseñanza en desventaja siempre respecto al nativo, hizo que nos desperdigáramos en aulas distintas en los años siguientes, aunque aquello no fue óbice para seguir siendo amigos. Siendo justo tengo que reconocer que no todos fueron tan intransigentes. Agradezco a una gran mayoría de alumnos y sobre todo a algunos profesores que entendieron que la normalización lingüística era un proceso, con leyes consensuadas, y no una exigencia inmediata en la que podía quedar atrapada mucha gente. De cualquier forma aquello no supuso ninguna ruptura; me adapté ¡qué remedio!, y ahora, al cabo de tanto tiempo, son tantos y tan buenos recuerdos que vivo un continuo cortejo con esa tierra, deseando que me seduzca cada vez más. Me gusta Barcelona en donde, aparte de haber nacido dos de mis hijos y de tener más familia allegada, mi mujer Teresa y yo tenemos buenos amigos.

Uno de ellos cuya relación de amistad he mantenido a lo largo de todo este tiempo era con el que tomaba café y el pulso, aquella mañana, a la compleja actualidad catalana. Conforme dejábamos atrás aquellos insólitos años nos hemos ido viendo de manera intermitente; sabiendo de su mujer Angélica y de su hijo Toni, un joven empresario que trabajando duro se está haciendo a sí mismo, luchando a contracorriente contra los elementos que intentan arrastrarle, si la situación de crisis económica no cambia, al punto de partida --generación que al igual que la de mis hijos ha quedado apresada, paradójicamente en el mayor tiempo de libertad y prosperidad de este país, entre la perversa y corrupta "casta política" y la tan abyecta "banca"; ambas aliadas--; y ellos han ido conociendo cada suceso importante de nuestra vida, a la vez que nosotros los de la suya; hemos tenido oportunidad de brindar por nuestros hijos, por los sueños conseguidos..., quedando pendientes todavía muchos brindis por la nueva etapa que se nos abre, próximos a la jubilación: la de espectador del mundo en mi caso y la de profesor temporal y conferenciante de Toni en la misma escuela donde ejerció de alumno "cansado".


Escuela universitaria de arquitectura técnica, en avenida Gregorio Marañón de Barcelona

Escuela que no descarto visitarla alguna vez y así remover los recuerdos de los espacios que habitamos y acogieron nuestras inquietudes e ilusiones, y los de sus "personajes" que han quedado grabados en mi memoria: la bibliotecaria; una señora algo mayor siempre con gesto grave --creo que ya nació con él-- y mirada inquisitiva, o más bien matadora, escrutándonos por encima de las pequeñas lentes cuando nos recriminaba exigiéndonos silencio en la sala de lectura, habilitada por algunos como ruidoso punto de encuentro más que estancia de estudio; Pedrito, un joven-gay --le importaba un bledo los prejuicios ajenos sobre su opción sexual-- muy amable y que nos atendía presto y con mucha simpatía... comprensible, pues la "pela es la pela" y Pedrito, además de cordial, era más listo que el hambre: tenía la concesionaria del negocio de las publicaciones; la mujer que regía el bar, la que con el tiempo fue ampliando los bocadillos-diferenciales, y así al queso le sucedieron todo tipo de fiambres: jamón, chorizo, salchichón... todos cortados con el mínimo espesor en el límite entre la materia y la nada; el grupo de conserjes a cuya información era necesario acudir para estar al tanto de las novedades y chismorreos de la escuela; los chicos y las chicas, fauna diversa que coincidimos en aquel "zoológico": algunas en solitario como la sofisticada Susi, o aquella otra muy deshinibida aunque se enfadaba mucho por el apelativo "Chocho eléctrico", otras iban en pareja como María Margarita&María Romualda, dos santas vírgenes no muy agraciadas físicamente que parecían salidas de un convento y que siempre iban juntas y abrazadas; y los otros profesores: el Puigrós, el César, el "Tigre", el aburridísimo profesor de materiales de construcción de segundo, el "Algarrobo", profesor de dibujo de segundo, el Durbán, un coronel del cuerpo de ingenieros del ejército, el que me daba una clase de estructuras de tercero aquella tarde del veintitrés de febrero de mil novecientos ochenta y uno. Clase que quedó extrañamente interrumpida: casi a la mitad de la lección se acercó un conserje hasta su mesa para hablarle algo al oído en voz muy baja, y al instante salió disparado del aula sin mediar palabra en la explicación de aquella urgente huida, dejándonos con la incertidumbre en la curiosidad de tan rara actitud, hasta que alguien que entró precipitadamente al aula nos dio la noticia: ¡¡Han asaltado el Congreso de los Diputados!!

El afortunado desenlace de aquel grave acontecimiento es de todos conocido, aunque hubo un momento crítico de aquella noche en el que pensé con preocupación que tanto esfuerzo e imaginación se iban al garete por mor de los sempiternos "salvadores de la patria", de cuyas sonadas y alzamientos veníamos padeciendo siglo y medio, y de los que no nos deshacíamos ni con agua caliente, parapetados en las instituciones civiles y sobre todo en el ejército. Después la aparición del rey en la pequeña pantalla de casa nos trajo el sosiego y la confianza en el futuro en libertad. Aquello fué el cruce del Rubicón de la Transición Política; se había superado la prueba más difícil; atrás empezaban a quedar ya los años de plomo.

¡Como pasan veloces las horas cuando estás feliz, disfrutando de la compañía de un buen amigo! En esos momentos no somos conscientes del paso del tiempo: Bueno, seguimos hablando por teléfono, le dije mientras nos abrazábamos. Después de despedirle en la esquina del paseo de Gracia con la calle Aragón, nos descolgamos mi mujer y yo hasta la plaza de la Universidad --disponíamos del resto de la mañana y de las primeras horas de la tarde antes de la salida del tren para Madrid--; y en la quietud de la paz y el relajo, sentados en una mesa del bar Estudiantil frente a unas frías cervezas, visualizaba desde mi sitio el edificio antiguo de la universidad y el entorno de las calles Pelayo y Vergara, lugares que eran centros de gravedad, entonces, de las revueltas políticas de la época en su flujo hacia las Ramblas, donde todos los días a las siete de la tarde ardía Canaletas, contrastando en la distancia ambos tiempos; alegrándome enormemente de lo conseguido: hoy son prósperos sitios de comercios y hostelería por donde transitan en paz otras gentes más libres y ¡cómo no! muchos "guiris".


Ahora estos territorios están en "otras batallas". Sea cual fuere el desenlace de ellas yo seguiré yendo y queriendo a esa tierra y a sus gentes... mayoría de personas libres que creo ya han escrito su futuro: una sociedad plural, sin veleidades con el pensamiento único, venga del nacionalismo que venga. No hay que tener miedo al voto en democracia siempre que no haya manipulación ni engaño.

Y como lo importante son las personas --como ya escribí al inicio del blog--; mis saludos, mirando aquella tierra para hermanos, cuñados y sobrinos... y ¡cómo no! a los amigos que aún quedan: Toni, Angélica, Maribel, Pepi, Miguel..., bueno y a todos en general.


PacoMolinaGómez --el cuarto mosquetero--
(Dedicado a los tres mosqueteros de la primera bancada: Moncho, Chema y Toni)