lunes, 1 de junio de 2015

DE NOCHE, SIN PARADAS











...Que es mi vida torpe bajel,
y es el mundo encrespado mar,
líbrame del naufragio cruel,
que llegue a puerto sin zozobrar...
... y conforme cantaba el estribillo de la canción en uno de los ensayos del coro del orfanato para la fiesta de san José que se hallaba próxima en el inicio de la primavera de mil novecientos sesenta y dos, al igual que la marcha de mi hermano mayor --Antonio-- a Barcelona, apenas podía contener las lágrimas al identificar en la letra mi inminente desamparo, perdido en un mar desconocido, y sin ninguna luz de referencia.
Recuerdo a la salida del ensayo derrumbarme con la espalda contra la fachada del pabellón hasta quedar sentado en el suelo y llorar amargamente con un desconsuelo que nunca había sentido, sin importarme el mundo que me rodeaba, desahogando mi tristeza infinita. Sabía inexorablemente que a partir de aquel momento me quedaba completamente sólo












Miraba con emoción, casi con respeto, el billete de mil pesetas. Era la primera vez que tenía uno entre las manos. Le pasó por encima las yemas de los dedos de una de ellas por ver si desteñía la tinta verde del dibujo. Tenía el brillo de un billete nuevo y no se resistió a palparlo; tampoco a olerlo antes de introducirlo en el mismo sobre de donde lo extrajo, y que le habían enviado desde el lugar cuyo nombre evocó aquel sitio, al noreste del país, a donde habían emigrado los desheredados, que eran buena parte de los chicos mayores que había conocido.

En cuanto recibió la carta inmediatamente identificó en la solapa la caligrafía de su hermano. Los mismos renglones torcidos y la misma letra angulosa desligada en la leyenda de las postales enviadas a las que habían adherido el billete con pegote de chicle mascado, entre ambas. Leyó con sorpresa la invitación en una de ellas, la que relumbraba en el anverso un espectáculo nocturno de agua y luz. Hacía diez años que se habían separado. Aún recordaba el día en que su hermano mayor se despidió en el patio del centro benéfico que acogió a ambos, dónde él aún seguía interno. Solo le dijo que se iba a un sitio muy lejos a buscar trabajo, desde donde en los primeros tiempos escribió algunas cartas que después se espaciaron hasta casi desaparecer.

Ahora en la invitación escrita en el reverso de la postal en la que la fuente monumental lucía colorista con ese brillo fotográfico de las tarjetas postales, no hablaba sólo en su nombre. Lo hacía también en el de su esposa. Le decía que hacía un año se habían casado y que ambos deseaban les visitara en los días de la Navidad que ya estaba próxima. Y a renglón seguido justificaba en los gastos del viaje el envío del dinero. Después leyó la dirección de la vivienda en el remite del sobre, y se preguntó:¿Dónde estará esto?

Sacó de nuevo el billete del sobre y se le iluminó la cara pensando en la cantidad de cosas que, a bote pronto, deseara comprarse con las mil pesetas, quedando ensimismado para, seguidamente, guardarlo definitivamente en el sobre, que después apretaba su mano derecha metida en el bolsillo del pantalón. Quería notar que estaban ahí mientras recorría las calles céntricas de su ciudad. De manera intermitente se paraba a escudriñar a través de los cristales de los escaparates de los numerosos comercios que atravesaba y que ya relucían con los adornos propios de las fiestas que se avecinaban. Lo hacía con la autosuficiencia del que tiene un caudal en el bolsillo, dispuesto a satisfacer los pequeños deseos eternamente aplazados.

Y si fuera así y no contestara a la invitación. ¿Qué cargo de conciencia iba a adquirir sobre alguien que no se había preocupado por él en tanto tiempo? En principio ninguno --pensó--, y parándose en un kiosco de prensa compró unos fascículos de historia del arte que había deseado adquirirlos desde que hacía unas semanas se publicitaban en el expositor; sintiendo enormemente desprenderse del reluciente billete verde.

Luego, conforme seguía transitando las calles ya iluminadas con luces de colores, sintió que anhelaba ver a su hermano. Deseaba saber de esos diez años transcurridos sin apenas noticias. Años seguramente muy difíciles en los que fue saltando de trabajo en trabajo y de ciudad en ciudad, a propósito de los distintos remites de aquellas primeras cartas. Imposible saber cúal sería la siguiente residencia; de ahí la dificultad de poder contactar con su hermano. Él desafortunadamente seguía en el mismo sitio, en la misma dirección que aquél conocía: el centro de beneficencia que les acogió en el sur, donde habían nacido. Se ilusionó queriendo conocer a su mujer, al tiempo que presumía que la pequeña compra no habría mermado la posibilidad de reunirse con su consanguíneo.

Nunca había viajado, y además ¡tan lejos!. ¿Cómo voy a llegar hasta allí?, se preguntaba. Ni siquiera pensó en el recurso del tren; ¡estaba tan desacostumbrado! De repente se acordó que era la misma ciudad de la que, en ocasiones, había oído preguntar por un autobús en la barra del popular bar que, en la entrada a la capital cerca del río, se orillaba con la parada de los tranvías; y fue esta allí. Dentro del local se dirigió a uno de los camareros al que conocía de vista por las innumerables ocasiones en que se había cobijado en su interior a la espera de coger el tranvía que le llevara al internado. Le preguntó si le podía dar razón del autobús que viajaba hasta la ciudad que reseñara la carta, sin que éste al principio levantara la cabeza mientras levaba algunos vasos en el fregadero de la barra. Después le escrutó ambos costados con la preocupación de quién quiere asegurarse que nadie más ha escuchado la pregunta.

Se le quedó mirando unos segundos y le hizo un leve giro de cabeza señalizándole con el gesto un extremo de la barra, el de la atención de los camareros, al que acudieron los dos: ¿Cuántos viajeros son?, le preguntó colocándose unas pequeñas lentes que destacaban brillantes sobre la sonrosada cara, al tiempo que de debajo del mostrador sacaba un talonario de billetes de viaje: Sólo uno, le contestó. Después rellenó el espacio en blanco del papel con el nombre y primer apellido y el importe del viaje: trescientas cincuenta pesetas. Escribió la fecha de salida elegida de entre los días que los autobuses hacían la ruta hasta aquel lugar, al tiempo que le informaba: El viaje es de noche, sin paradas. Le anotó la hora en la que había que acudir, indicándole a través de las cristaleras del establecimiento los aledaños del bar: un largo bulevar donde aparcaría el autocar; advirtiéndole que debiera estar a aquella hora, al tiempo que le entregaba el recibo del billete, previo el abono del importe que el camarero guardó en una caja de debajo, también, del mostrador con la copia de lo escrito.

La oscuridad mostraba sin ambages el intenso frío de la noche en el vaho de las respiraciones de los congregados. En la ancha acera, esparcidos hasta el seto de boj que marcaba el inicio del parque urbano, se observaban con fingida indiferencia y natural curiosidad los futuros pasajeros. Separado del grupo, entre el matorral del jardín, del mismo color de la noche, un soldado apuraba con ansia un cigarrillo. Casi de inmediato la luz de la cerilla que encendió en el siguiente pitillo le iluminó la cara: un rostro joven que mostraba visible hartazgo; el que produce a esa edad la contenida resignación a una infinita reclusión, y de una manera más clara a la obligada abstinencia de todo tipo incluida la de la nicotina por falta de dinero, de la que ahora se resarcía compulsivamente en su turno de permiso. Los granos, como puntos en el destello rojo de las largas caladas, se esparcían por su cara descubriendo su enclaustrado deseo sexual, mostrando visibles las huellas de la incesante actividad de sus hormonas en hervor, las que en el cuartel le habían intentado enfriar con el bromuro en el café de sus desayunos.

Presionó con la pesada bota la colilla que había arrojado a la tierra y se unió al grupo en la espera del autobús. Su llegada no pasó desapercibida en las escrutadoras miradas de los demás. Ahora a la luz de la farola que iluminaba aquella zona de la calle se mostraba con esa imagen reconocida por los otros: eterna estampa de militar de reemplazo, visiblemente marcada por el paño verde oliva de su uniforme anclado en otra época, y que había paseado, a su pesar, durante todo el día por la ciudad, haciendo tiempo desde la tarde en los mismos jardines donde apuró los últimos cigarrillos sentado en un banco semiescondido entre la maleza vegetal, atento al paso de las chicas mozas a las que lanzaba una batería de soeces piropos cuarteleros, acompañados del grosero gesto de tocarse abajo, en la entrepierna.

Esperaba de pie, calentándose ambas manos metidas en los bolsillos del pantalón que se recogía en las recias y largas botas negras que le hacían aún más alto, encogiéndose nerviosamente con los signos incipientes de una suave tiritera. No esperó a que esta fuera a más y se descargó el petate gris-verdoso de lona que portaba al hombro. Primero extrajo la conocida gorra con visera rígida para poder acceder al tres cuartos del color de las otras prendas, el que, una vez puesto, le cubría casi todo el cuerpo. Introdujo de nuevo la gorra en la bolsa militar y se la colgó otra vez al hombro. Apenas abultaba el único contenido: ¡A ver si viene de una puñetera vez ese autobús, que nos vamos a congelar de frío!, protestaba en alto, mirando a lo lejos, hacia los ventanales del bar que traslucían encendidos con esa luz macilenta de las bombillas incandescentes.

En la extrañeza de la solitaria actitud de reclamación, que sonaba tosca en la normalidad de las apocadas conversaciones de los demás, el niño del que sólo se le veían los ojos, se le quedó observando. A ratos la madre solícita le recomponía los pertrechos. Le desabrochaba el abrigo para volvérselo a abrochar; le rehacía la colocación del pasamontañas de lana y le ajustaba sobre la infinidad de ajustes anteriores el gorrito de lana de colores, calándoselo hasta las cejas, y la bufanda. Tenía esa edad en la que la desbordada imaginación hace fascinante las luchas, las batallas y los soldados de los que poseía en plástico una nutrida colección que regalaban con los botes del cacao. ¿Tienes pistola?, le preguntó aflojándose la bufanda y el pasamontañas a la altura de la boca, mostrando en su chavalería mucho desparpajo. El soldado que ya estaba en otra guerra, mirando con cierta lascivia el escote, que desafiaba al frío, de la chica a la que no acompañaba nadie, ni siquiera se apercibió de lo que dijo la madre: ¡Nenito, no molestes!, al tiempo que le recomponía las prendas aflojadas.

La chica sin compañía que ya se había apercibido del interés del soldado por indagar en el inicio de la hendidura que separaba sus generosos pechos a punto de hacer estallar los botones del abrigo de paño rojo entallado al cuerpo, y del que salían, como patas de elefante, unos anchísimos pantalones de campana de verde muy claro que le hacían aún más baja, contestaba con una descarada sonrisa a las concupiscentes miradas del soldado. Él se la devolvió desbordada del deseo, el mismo que en su mente la había desnudado ya con la vista. Se acercó a ella empezando a intimar en la macabra broma sobre el posible contenido de la aparatosa maleta que apoyaba en el suelo junto a ella: ¿No llevarás el cadáver de tu novio? Ella rió fuertemente, aclarando su libre condición: No tengo novio, ¡ni quiero! Declaración que fue suficiente para el inicio del asalto: ¿Cómo una chica tan bonita como tú, no tiene novio?, aquí estoy yo por si te sirvo. Ella se le quedó mirando de reojo con picardía, ninguneándolo: No, no me sirves; no eres mi tipo. El primer asalto era de manual de zafio galanteo.

El acogido de beneficencia muy cerca de los dos escuchaba sin intentar siquiera mirarles. Se sentía agredido en su eterna timidez. Violentamente desubicado en las preliminares del escarceo de la libido, escondía en la oscuridad de la noche la acusada turbación de sus pensamientos . Se sentía como un extraterrestre en el mundo de la carne; la del pecado capital. Su aislamiento del mundo era el resultado del prolongado internamiento carente de afectos. El mismo aislamiento que buscaba en el goce de sus desahogos manuales.

Atento sin dejar de escuchar el pavoneo de aquel gallo de corral vestido de uniforme, que empezaba ya a enseñar el espolón, por si le fuera de aprendizaje, miraba disimuladamente, haciéndose el despistado, hacia el lado contrario; apenas apercibido de las protestas del hombre ya mayor por las continuas atenciones de su mujer, casi de la misma edad, para que luciera impecable, como un príncipe. Ella recién peinada de peluquería mostraba en el ralo del cabello los estragos del tinte claro que durante años habían disfrazado sus canas. De vez en cuando se palpaba con la mano la forzada esponjosidad del pelo, retocándose los rizos donde acababa éste. Había valido la pena la voluntaria tortura aguantando el calor en la cabeza durante un montón de minutos, bajo el aparatoso secador de la peluquería del barrio. Necesitaba excusar en el pequeño sacrificio su aspecto radiante, su momentánea felicidad. Era la justificación para sentirse segura en las miradas de los demás.

Lo había hecho durante toda su vida. Aquello que le transmitieron desde pequeñita. Una vida dedicada por entero a los hijos y al marido de la que aún mostraba su incapacidad de liberarse: a la insistencia de ella por pasarle la mano suavemente por las hombreras del oscuro abrigo para sacudirle algunos cabellos canos desprendidos, él le reconvenía con que le dejara tranquilo, pendiente más del número de bultos que le rodeaban que de la mujer. Ella le sonrió y se arrebujó a la espera del autobús embutida en su abrigo de piel sintética, con la alegría desbordada en la expresión de su cara porque iba al encuentro de su hijo y sus nietos. Al poco rato enfrentaba el lateral, sin ninguna leyenda, del alargado vehículo.

Al fin había llegado. Se abrió la puerta por donde descendió un hombre de mediana edad. Por todo saludo se quejó del frío. Mostraba mucha prisa dirigiéndose hacia el bar que seguía encendido. Después de utilizar los aseos y recoger el listado de pasajeros que le entregó el camarero de la cara sonrosada no esperó ni un segundo a hincarle el primer bocado al bocadillo de atún que le tenían preparado, como de costumbre. Hablaba con el empleado a borbotones, con la boca llena, a la vez que por sus comisuras discurría el aceite de la conserva. Acabado el bocadillo y apurada la caña de cerveza se despidió de rigor: Ahora vendrá el compañero; hoy me ayuda un novato en esto.

Entró en el autobús limpiándose los restos del aceite en manos y boca con un pañuelo que después guardó en el bolsillo del mono-pantalón azul, de donde se sacó el listado, e hizo el recuento de pasajeros que ya ocupaban sus asientos al tiempo que les indicaba la oportunidad de aquel momento para hacer sus necesidades a aquellos que lo precisaran, advirtiéndoles que no pararía durante el camino, salvo para repostar. Alguno bajó aprovechando que también iba hacia el bar el ayudante del conductor. Cuando se reintegró el marido quejoso que había ido al aseo presionado de urgencia en la micción por el ensanchamiento de la próstata se paró en el obstáculo del pasillo. Entre él y su señora se interponía la pierna extendida del soldado que se había despatarrado en el asiento que ocupaba junto al acogido de beneficencia.

A la matadora mirada del marido, el soldado retiró la pierna sin excusarse, devolviéndole el reto en el gesto de asco de su boca, bajo la atención de la mirada de la chica que ocupaba el asiento contiguo de fila, al otro lado del pasillo. La otra pierna extendida arrinconaba al acogido hacia la ventanilla. Por si aquello no fuera lo suficientemente coactivo para su patológica timidez dejándose invadir en su terreno, éste sufría además en la invasión a su reducido espacio las continuas sacudidas del asiento de delante. El niño se revolvía continuamente en el asiento de la ventanilla protestando a la madre para que le desprendiera de los pertrechos que no le dejaban moverse, utilizando como apoyo el sillón que enfrentaba y como palanca sus pequeñas piernas, con el consiguiente enfado de la madre que le reconvenía a cada sacudida, hasta que llegado el autobús casi el límite de la provincia dejó de moverse. Se había dormido empaquetado en la ropa sobre el regazo de la madre. Hacía tanto frío en el interior como afuera.

Para entonces la complicidad de la chica y el soldado contra el marido, se hacía ostensible en las escandalosas risas de ella, mirando hacia atrás con las continuas confidencias del militar, acercando los dos sus cabezas a mitad del pasillo. Lo hacía sin contemplaciones de que aquél pudiera despertar del sueño que le había sorprendido con la cara mirando al techo del vehículo y la boca abierta por donde resoplaba ruidosamente. La mujer dormía también, silenciosa, con el recato de la cabeza agachada hacia delante, mostrando en el plano corto el intenso trabajo de la laca barata. Con esta postura mantenía incólume tan ardua tarea. Quería estar rutilante en el encuentro con la familia.

El soldado se removió en su asiento. En la incomodidad de mantener la misma postura recogió las piernas, se alzó, y para desentumecerlas anduvo el pasillo hacia la cabina del conductor, comprobando que casi todos dormían, hasta encontrar lo que estaba buscando: alguien que le pudiera dar un cigarrillo. Volvió a su asiento con el pitillo encendido prendido en los labios y se sentó al tiempo que lanzaba una bocanada de humo hacia la cara del acogido que le perturbó intentando no mostrarlo. Con el rostro envuelto en el humo de tabaco, que le produjo intermitente parpadeo en los ojos por el picor, continuó, ignorando la provocación, con la mirada sobre la imagen de uno de los fascículos de historia del arte que los había incluido en el equipaje del viaje:El embarque para Citerea, de Watteau, que ocupaba ambas páginas del fascículo, y que visualizaba a la tenue luz de ambiente del interior del autocar intentando leer la leyenda que aludía a la reproducción del cuadro. El soldado se asomó a aquello que le sonaba a estampitas; miró atónito al acogido; hizo un gesto de absoluta extrañeza y se pasó al asiento de la chica empujándola hacia la ventanilla, cuando el autobús empezó a rodar con algunas sacudidas como si cogiera pequeños hoyos en la calzada.

Hemos tomado una carretera secundaria, le decía el soldado a la chica, añadiendo: Por si no lo sabes, te diré que este es un autobús pirata, vamos que no tiene licencia, por eso viajamos dando rodeos, de noche y de un tirón para no ser descubiertos por la guardia civil. Ella dilató sobremanera los ojos y estiró ostensible la boca sin abrirla al escenificar un notorio gesto de extrañeza. Ni pajolera idea de lo que le estaba diciendo: ¿La guardia civil?... ¿qué tiene que ver la guardia civil...? Ni siquiera le dejó terminar la pregunta: ¡Bah!, ¡déjalo! Se lo dijo casi en susurro expeliendo a la cara de la chica la última calada del cigarrillo, pegando su cuerpo al de ella asiéndola con el brazo por la cintura, inmerso en las premuras del fuego que le quemaba por dentro. Era aquel un buen momento para el primer escarceo exploratorio, ahora que casi todos dormían. Apagó el cigarrillo distraídamente en el cenicero del respaldo del asiento delantero ya que sus sentidos estaban en otras brasas que no deseaba apagar; al contrario : avivar. Ella simulaba resistirse sin mucho empeño.

Sin querer descubrir su morbo el acogido miraba de soslayo el pavoneo de la pareja que iba a más conforme el autobús devoraba kilómetros, mientras comparaba ambas escenas: la real en la que el soldado aliviaba el deseo demorándose en los labios de la chica, literalmente ya volcado sobre la boca de ella, y la de la imagen del fascículo. El amor romántico de la composición del pintor francés de las diversas fases de la seducción: El amor tira de la falda de la joven que escucha las palabras del amante; después, la muchacha cede ya sus manos; más tarde caminan, él con decisión, ella todavía indecisa volviendo el rostro hacia el pasado; finalmente se embarcan, alegres, hacia la isla encantada de los placeres: Citerea ; contrastaba años luz con aquel burdo amor exprés. Pese a su sensibilidad hacia el arte, en su adolescente despertar le trastornaba más este último comportamiento casi animal que el platónico de la imagen. Deseaba cambiarse por el soldado y en esos pensamientos se aceleraba su respiración, sintiendo el vigor de su corriente sanguínea por debajo de la ropa, el que fue decayendo en la medida del deslumbramiento en sus ojos de los destellos intermitentes de luz azul. Provenían de dos motos que en el arcén circulaban paralelas al autobús hasta adelantarle. En segundos notó en el cuerpo la frenada del vehículo.

Es la guardia civil, déjame hablar a mí, le dijo el conductor a su novato ayudante, bajándose por su puerta, a la par que algunos pasajeros despertaban en la interrupción del apacible arrullo por el monótono ronroneo de las ruedas sobre el asfalto durante el movimiento del vehículo, sobresaltados: ¡Qué pasa!... ¡qué pasa!, decían levantándose de sus asientos y mirando por las ventanillas. El desconcierto en el brusco despertar, sin capacidad aún de consciencia en la inmediatez del sueño, se extendió entre los pasajeros. Este fue mayor cuando al autocar entró uno de los agentes recomendando tranquilidad: ¡Por favor!, permanezcan sentados, al tiempo que iniciaba el recuento de viajeros.

Al fondo el militar recompuso su desabrochada guerrera, se ajustó el ancho cinturón de cuero negro con la hebilla dorada del arma del cuerpo al que servía, se abrochó los botones superiores de la bragueta, se limpió la boca del carmín de la chica y se sentó en su asiento, al lado del acogido. Mientras el guardia recorría con tranquilidad el pasillo, mirando a uno y otro lado en el cálculo del aforo del vehículo acompañado del conductor ayudante, aún le dio tiempo de, trasteando con la mano en lo profundo de su petate que había rescatado de debajo del asiento delantero, sacar su carnet militar y una arrugada hoja del certificado de su permiso firmada por el capitán de su compañía, que guardó en el bolsillo del pantalón. Suspiró aliviado ya que era propenso a no encontrar los papeles cuando los necesitaba, o simplemente los perdía. Lo que pudo ocurrir cuando en la parada sacó el tres cuartos de la bolsa militar. Miró a la chica, atareada también en recomponer la figura, mientras él se cubría la cabeza con la gorra que extrajo asimismo del petate. Le sonrió de uniforme completo y ella le dijo que estaba muy guapo.

El agente miró al niño que dormía apaciblemente. Lanzó una agradable sonrisa a la madre haciéndole un gesto de que no lo despertara y prosiguió su tarea en el instante en el que el soldado se levantó con las manos extendidas a los lados en posición de firmes para a renglón seguido hacerle el saludo militar. Por los galones había comprobado que el guardia civil tenía el empleo de sargento. Éste le pidió su documentación militar al tiempo que le invitaba a sentarse. La miró detenidamente; le hizo algunas preguntas sobre su destino de armas, a las que el soldado contestó puntual, sin titubeos, y se la devolvió. Escrutó a los últimos pasajeros y dio por finalizado el recuento, saliendo por la puerta de la parte de atrás del vehículo, a la vez que se despedía: ¡Buen viaje! Después fue a reunirse con su compañero, ultimando la tarea con el conductor. Ambos se despidieron con el autobús en marcha desde el arcén haciendo el preceptivo saludo llevando la mano derecha a la cabeza.

Mi primera sanción en el tiempo que llevo conduciendo estos autobuses, ¿no serás gafe?, bromeaba el conductor con su ayudante el que quedó sorprendido de la sanción por la inmovilización temporal del vehículo y de la desmesurada cuantía de la multa que figuraban en el papel de la denuncia que habían firmado, junto con los agentes. Durante los siguientes kilómetros aquel incidente fue el tema de conversación del conductor y su ayudante y de buena parte de los pasajeros ahora ya despabilados. Los que no habían despertado como el marido que seguía resoplando con menos fuerza, acabaron por desperezar su somnolencia en el continuo y escandaloso lloro del niño cuando de improviso abrió los ojos, intentando arrancarse el pasamontañas. Tenía muchas ganas de orinar. Ante la escandalera del crío la madre y algunos pasajeros reconvinieron al conductor para que parara el autobús. La reiterada negativa a éste a detenerse, habilitó entre el pasaje una solución de emergencia: alguien prestó una botella vacía donde el niño pudo evacuar su orina. Después la lanzaron por la ventanilla. No tardó mucho tiempo el acogido en empezar a comprobar las sacudidas del asiento de delante, en el que los movimientos nerviosos de la criatura retaban la recia estructura del sillón, continuamente mirando hacia atrás, sacando la cabeza por encima del respaldo, para luego desaparecer agachándose a continuación. Ahora el niño reía a sus anchas, al haberle liberado la madre de las lanas que le apretaban la cara.

En una de aquellas desapariciones en la que se irguió sobre el asiento se quedó observando, como lo hiciera en la parada, al soldado. Interés del niño que le advirtió al militar la chica, con la que había vuelto en una fusión de verdes: el oliva del uniforme con el manzana del pantalón y de la blusa de la chica asediada en su primer botón que apretaba el inicio del canalillo, por los largos y habilidosos dedos de él. Se le quedaron mirando, como provocándole: ¿Tienes pistola?, le soltó otra vez de golpe y porrazo el niño: Sí, y así de grande, le contestó el soldado, marcando con los dedos índices de ambas manos una generosa medida, y riéndose con sarcasmo: ¡Enséñamela!, le rogó ilusionado el crío: Está guardada y no se puede enseñar... ¡ea!, le dijo sonriendo la chica a fin de cortar la intención sarcástica del lenguaje hacia una criatura: ¡No molestes!, le dijo la madre tirando del niño hasta el asiento. Por las ventanillas se percibía ya una atenuada oscuridad. Empezaba a clarear.

El marido quejoso que desde atrás venía observando lo que le parecía una desvergonzada actitud en el tocamiento de los dos jóvenes, se quejaba a la mujer: ¡Vaya juventud!..., ¡habría que hacer algo!..., ¡y delante de un niño!..., luego dicen que si los ejemplos...; enfadándole más la reacción de ésta: ¡Déjalos, son jóvenes!, acuérdate cuando tú..., no le dejó terminar en el argumento de que lo hacían a escondidas: Éramos más decentes..., ¡esto es una inmoralidad!..., ¡adónde vamos a parar!..., ¡míralos sorbiéndose las babas! En realidad en ese momento, aunque con las caras muy juntas, sólo hablaban entre ellos en tono bajo. Ella le contaba el motivo de su marcha hasta aquella tierra de promisión. Iba a reunirse con una amiga que le había encontrado un empleo de operaria en una empresa textil. Él se cagaba en los muertos de quién le hubiera mandado a hacer la mili al sur, tan lejos de su casa, a la que ahora volvía por Navidad.

Las primeras luces del día esbozaban un paisaje algo lechoso, empañado de una neblina clara que presagiaba un día frío pero soleado. La helada noche había dejado su huella de espumilla blanca sobre los hierbajos resecos cerca del arcén. En la medida en que la tenue luz empezaba a mostrar ya algunos detalles en el terreno, el acogido, después de acomodar por infinita vez la forzada postura a la que le obligaba el asiento, sin moverse, fijó la vista en el paisaje a través de la ventanilla. Había sido aquella una noche densa, extraña, con sorpresa, vencido por el sueño sólo a ratos, y en duermevela otros atento mirando de reojo el asiento contiguo al otro lado del pasillo, pendiente de lo que acontecía, o visionando a la tenue luz del autocar imágenes de los cuadros que se publicaban en los fascículos de arte que ojeaba, deteniéndose con atención en los desnudos: El baño turco, de Ingres...

Ahora, conforme se acercaba a su destino pensando en su hermano, recobraba los tics que marcaban el día a día de su existencia; los miedos que siempre le surgían en su eterna timidez ante cualquier situación nueva, sobre todo aquella que le había llevado muy lejos de su normalidad, de su cotidianidad, a la que, aún siendo difícil y penosa, se había acostumbrado. Situarse en los entornos desconocidos le producía desasosiego. Si además no le esperaba nadie, todavía más. No entendía aquella situación de desasistimiento en su llegada por parte de su hermano, aunque no lo juzgaba. La comunicación instantánea era casi imposible por las circunstancias y carencias de sus vidas: ninguno de los dos tenía acceso a un teléfono. De los telegramas sólo habían oído hablar. El único medio con el que se había comunicado esporádicamente con su hermano mayor era mediante carta, la que no dio tiempo a enviarle en la inmediatez del viaje. Se presentaría en su casa sin haberle avisado.

El páramo dio paso al paisaje colonizado, empezando a aparecer las primeras edificaciones: naves industriales agrupadas en su uniformidad de materiales y colores. Las chimeneas de tubo metálico expelían densas humaredas de color blanco, expandiéndose por el aire. Al interior del vehículo, por las rendijas, se colaba un extraño y fuerte olor que les acompañó el resto del viaje. Inmediatamente después empezaron a surgir del terreno los bloques de viviendas --todos iguales en su prefabricación-- de los primeros barrios dormitorio que les recibían con profusión de banderolas: las ropas tendidas de ventana a ventana. Estaban llegando a la ciudad en la medida que crecía la desazón del acogido.

De improviso alguien nombró la localidad a donde él iba. La mencionó la madre del niño, aludiendo a ella como su destino, varias veces en su conversación con los pasajeros de delante aprovechando que el niño se entretenía alentando sobre el cristal de la ventanilla, haciendo después, con el dedo sobre el vaho, dibujos en garabatos. Empezó la lucha en la cabeza del acogido conforme en las ventanillas se retrataban los señoriales edificios que perfilaban la gran avenida, y que revelaban la importancia de aquella urbe. Fue al rodear el monumento de la enorme plaza urbana abierta cuando reconoció, desposeyendo en la luz del día su parafernalia de luces de colores, la fuente de la postal. Instantes después el autobús se detenía cerca de la plaza de toros que, raramente, aparecía constreñida entre edificios. Conforme descendían los pasajeros se fueron arremolinando en la puerta del bar que ocupaba los bajos de uno de ellos, enfrente de la curvada fachada que mostraba, aún destacando en el entorno la laboriosa filigrana en clave neomudéjar del ladrillo, cierta pátina de abandono. En su coso ya no se celebraban corridas de toros.

Dentro del bar el conductor hablaba por teléfono al tiempo que ojeaba los papeles de la carpetilla abierta encima del mostrador. Desde su posición podía observar a través de las cristaleras del establecimiento como su ayudante novato recogía los equipajes de la bodega del autobús, entregándoselos a los pasajeros. Se sorprendió de la cantidad de bultos que le reclamaba el marido quejoso. Salió, le dijo algo a su compañero y se dispuso a ayudarle. Todos se encontraron muy próximos en unos pocos metros de la acera.

El acogido se turbó de repente. No se había atrevido a decirle nada a la madre en el autobús. Tampoco cuando descendieron de este: ¡Ahora o nunca!, se dijo sin que se le fuera el rojo de la cara. A su lado el marido rodeado de equipaje la emprendía a reproches contra el hijo por no haberse presentado a recogerlos todavía, aunque la destinataria de los improperios era la mujer, que le calmaba sin perder la compostura: ¡Ya verás como viene en un momento! Algunos habían empezado ya a marchar. El solado y la chica, ahora visionados de espaldas por el acogido, se dirigían al inicio de la calle por donde había entrado el autobús. Les observó caminar juntos hacia algún destino que sólo sabían ellos: él con el petate al hombro para liberar ambas manos, una asía la maleta y la otra la cintura de la chica. Desde atrás contemplando la imagen de ambos marchando se podía apreciar la doble desproporción: la de las alturas, que le obligaba a él a bajar bastante el hombro del brazo que rodeaba el cuerpo de la chica, apretándola al suyo propio, y la más clara de las intenciones, sobre todo de él: el amor del soldado iba a durar el tiempo que tardara en acostarse con ella.

Visiblemente acalorado se acercó a la madre que se había entretenido en forrar otra vez al niño con los ropajes del viaje, a lo que éste se resistía: Sabría usted indicarme como llegar a esta dirección, le dijo suplicante mostrándole el remite de la carta. Al leer el nombre de la localidad escrita en el papel la madre no pudo reprimir un gesto de espontánea sorpresa y de agrado a la vez: Yo también voy allí..., no está muy lejos de aquí..., si quiere acompañarme, voy a coger un taxi. Se lo dijo convencida, queriendo ayudarle al percibir la atribulada expresión de desorientación en la cara del acogido, la que comenzaba lentamente a adquirir su color natural. Durante el viaje en el taxi permaneció como clavado en el asiento de delante, sin proferir ninguna palabra o interjección que delatara su presencia en el coche. Atrás oía revolverse al niño y las amables regañinas de la madre que a cada momento intentaba calmar su impaciencia: ¡Mira nenito, ya estamos muy cerca! Pasado un buen rato al enfilar el inicio de una calle en suave pendiente, especie de antigua rambla ahora urbanizada, la madre le pidió al taxista que les dejara allí. El acogido bajó el primero del taxi y esperó a que lo hicieran la madre y el niño. Después cuando marchó el coche intentó abonarle alguna cantidad a la madre, que ésta rechazó en la satisfacción de poder ayudar a alguien que parecía tan desvalido al que aún asistió en un último momento: La calle de la carta me suena, debe de estar por aquí cerca. Al despedirse el acogido dándole las gracias se apercibió de lo joven que era.

Intuyó que la dirección buscada estaba calle abajo y se precipitó con su bolsa de viaje por su pendiente hasta llegar a una zona ajardinada en el centro del ancho bulevar que partía en dos el tráfico de vehículos. Sentados en un banco dos hombres mayores intentaban captar algo de calor que irradiaba el sol, muy oblicuo en aquellas horas de la mañana. Esta vez no le costó esfuerzo preguntarles por la dirección de la carta: Ha tenido suerte, esta es la calle que busca..., ve usted al fondo el puente del tren..., pues pasándolo está este número..., verá que al lado del portal hay una barbería.

El ruido del trepidar del tren sobre las vías cuando pasó por debajo del puente atenuó el de su propio corazón golpeándole atropelladamente en el pecho, pensando en el inminente encuentro después de diez años de silencios.


FranciscoMolinaGómez
(Relato del viaje hacia un esperanzado encuentro --en el que las ilusionantes expectativas superaban con creces la realidad de lo que después fue--, presentado al XV Certamen de Narrativa Corta "Villa de Torrecampo")

















viernes, 1 de mayo de 2015

EL TRANVÍA DE LAS 7,30











En mil novecientos setenta y dos el futuro ya viajaba en automóvil, que era el paradigma de la modernidad, sin el trepidar de la dura armazón sobre nuestros cuerpos; más silencioso, sin el ruido de las pesadas ruedas metálicas contra los raíles rechinando en nuestros oídos; más rápido, percibiendo el paisaje a la escala de la velocidad y comprimiendo el tiempo en fugaz momento. Nos vendieron el progreso y lo adquirimos a cualquier precio. Todos lo deseábamos. El arcaico tranvía que nos había estado llevando a estudiar desde Armilla a Granada tenía los días contados. Ya desde comienzos de los setenta olía a abandono, a inminente ruina.
A partir de entonces se sustituyeron por modernos autobuses que cubrían las mismas rutas en menos tiempo; en un tiempo distinto que nos cambió la percepción del espacio, del paisaje de la campiña: Desapareció el vaho de las alamedas, confundido el horizonte en una masa informe sin color; se evaporaron las huellas impresas sobre el rocío de los sinuosos caminos que festoneaban las huertas, borrando la visión de aquel mundo de la labranza; se desvaneció el murmullo del viento en los maizales, cerca de las paradas; se dispersaron las miradas a los ojos en asientos enfrentados...; voló el pasado sin futuro.













Como siempre se levantó cuando aún la última negrura de la noche ensombrecía la madrugada, unos minutos antes que él. Procuró, como de costumbre, no pisar la tabla suelta que había en el pasillo que iba al aseo y que daba a los dormitorios de los chicos que aún dormían. Con los ruidos de la vida cotidiana, de día, apenas se percibía el crujido de la madera; el que en el silencio de la noche o en aquellas horas tan intempestivas sonaba como si se rompiera el suelo. Se lavó la cara enjuagándose con agua fría, como lo había hecho desde pequeña, para despejar los últimos desvelos del sueño y enfrentó su imagen, como todos los días, en el desgastado espejo que iluminaba una tenue lamparita. Comprobó, una vez más, que la borrosa imagen despintaba las marcadas líneas de la vida que ésta había empezado a dibujar en su cara, sin que aquello le preocupara; apenas se demoró unos segundos en palparse aquellos surcos y, seguidamente, se arregló el pelo peinándolo hacia atrás recogido con algunas horquillas. Ya con la frente despejada se echó a los hombros una toquilla de lana que colgaba detrás de la puerta del aseo y se dirigió a la cocina a preparar el desayuno y la fiambrera con la comida --la manduca-- que se llevaría él al trabajo ese día.

A Gámez --todos le llamaban por el primer apellido-- nunca le despertaba la luz del día. Siempre se ponía en pie al olor del café. El aroma a torrefacto era como un reclamo a sus sentidos, los que aún no había desperezado: un señuelo --decía él-- que diariamente le tendía su mujer para que se levantara, de tal suerte que aquella madrugada --que se resistía a mostrarse-- también se fue en pijama directamente desde el dormitorio hasta la cocina como zombi por el pasillo sin mirar al suelo, pendiente del olorcito, distrayéndose sólo en la maldición --que ya era habitual-- que profirió cuando pisó la madera-trampa y que de nuevo en el silencio sonó más fuerte que el propio crujido de la tabla. Del dormitorio del chico se oyó una lejana e ininteligible protesta. A la chica nunca se le oía en estas lides. Siempre dormía profundamente: ¿Quieres no hacer ruido!..., ¡vas a despertar a los chicos!, le sermoneaba su mujer al tiempo que le servía el café que era por lo único que suspiraba el conductor de tranvías en aquellos instantes, sin hacer caso a las reconvenciones de aquella; al contrario volviendo a la carga:¡Maldita tabla!... algún día habrá que arreglarla; sorbiendo a reglón seguido el néctar oscuro que le devolvía al mundo sin apercibirse, en la evasión del deleite por la cafeína, de lo que le decía su mujer: Eso llevas diciendo... dios sabe desde cuándo.

Bajó las escaleras hasta el portal de la casa sin desperezar del todo el sueño, abrochándose los botones dorados de la chaqueta de grueso paño azul marino, de su uniforme de invierno que apretó hasta el cuello protegiéndolo del frío de la mañana. Ya en la calle cubrió su cabeza con la gorra del mismo color en la que prendía encima de la visera su número de identificación escrito en chapa dorada. Se distinguía de los otros tranviarios en un personal detalle: gustaba llevar la gorra hacia el lado derecho, como cayéndose. Era su toque particular, y el motivo de chufla de sus compañeros durante los primeros cafés en el bar que enfrentaba las naves de las cocheras de los tranvías, hacia cuyo encuentro iba andando pues no distaba mucho de su domicilio. Pero quién realmente centraba la chanza en aquellas matinales reuniones, antes de incorporarse cada uno a sus respectivos coches, era su compañero de fatigas que ejercía de cobrador en el mismo vehículo de la línea sur-oeste de tranvías interurbanos que Gámez conducía: un hombre alto; muy delgado; de mediana edad; con cabeza pequeña, tan pequeña que la gorra le bailaba en ella, y con aquella inconfundible cara que de tan familiar a los compañeros ya no les extrañaba su extrema fealdad: de perfil la afilada nariz aguileña en contraposición a su rehundida barbilla le asemejaba a un pájaro carpintero, apodo con el que le había bautizado la tropa estudiantil que subía al tranvía.

Las bromas hacia él tenía los mismos protagonistas: aquella irredenta troupe de vivarachos estudiantes que intentaban con sus gansadas --alguna sobrepasada, cuando en cierta ocasión alguien desenganchó el trole del cableado eléctrico parando el tranvía-- ponerle a prueba constantemente, sabiendo éstos el alto nivel de cabreo que adquiría con cada una de ellas: Esos gabardinas te lo están poniendo difícil, ¡eh!, ¡jajaja!..., estos no se van a conformar con haber lanzado una bomba fétida en el tranvía el otro día..., ahora hay desatada una auténtica guerra entre los chicos estudiantes; le advertía Gámez a su compañero, al tiempo que remataba echándole la mano amigablemente por encima de su hombro: Jenaro, vas a tener que emplearte a fondo... o tendrás que vértelas con el inspector, le decía mientras sonreía socarronamente, dirigiendo la mirada a los demás compañeros, que ahora degustaban los cafés no agradeciendo lo suficiente que aquel hombre que abría para ellos el bar tempranísimo les atendiera aunque fuera medio dormido; al contrario: ¡A ver si espabilas que estás adormilado!, le espetaban exigiendo sus servicios en la inmediatez.

Esa misma mañana, muy temprano, cuatro inocentes criaturas padecían, al transitarlo, los rigores del camino que unía el orfanato con la carretera general hasta la parada del tranvía. Atravesar a pie aquel páramo en invierno no era una heroicidad, era más bien una tortura. Pero no tenían de momento otra alternativa distinta al transporte del tranvía para llegar diariamente a la academia de estudios en la capital. Aquella mañana de invierno, después de caminar un buen trecho, ninguno de los cuatro sentía ya los pies al apoyarlos sobre la fría escarcha que esmaltaba el camino con una lámina transparente. Entumecimiento que iba en aumento conforme avanzaban hacia el objetivo: la caseta de la parada del tranvía que aparecía al final menos oscura que de costumbre, al diluirse su silueta en un fondo gris nublado, confundiendo cielo y edificios en una amalgama plomiza. Pero no solo eran los pies. De manera palpable, con exagerada tiritera, el frío viento de la cercana sierra se había apoderado, además, de todo el ser alcanzando con su punzada hiriente hasta el último rincón de sus cuerpos. Los cuatro se arrebujaron en sus recientes gabardinas de color cuero que les cubría hasta los pies, por donde sobresalían unas gruesas botas panter del mismo color.

Desde lejos uno de los hombres de la cuadrilla de obreros de la construcción que fumaban en relajada camaradería cerca de la estación a la espera del tranvía, observando como la mancha ocre --por el acusado efecto del color cálido de las gabardinas sobre el fondo gris-- se les aproximaba exclamó: ¡Jóder!, ya están aquí los gabardinas; exclamación que en tono preventivo advertía precaución ante el inminente peligro: ¡Mamá!, ¿quiénes son los gabardinas?, le preguntaba la niña repeinada con trenzas, vestida de domingo para una visita médica en la capital: Aquellos del fondo, tú no te apartes de mí, le contestaba la madre arreglándose el pañuelo que le cubría el cuello, fijándose en los capachos con los palaustres de los obreros. La mayoría de los usuarios del tranvía se habían refugiado del frío en el interior de la pequeña estación. Aquel era el único transporte asequible para la clase trabajadora y estudiantes, de ahí que la pequeña caseta se saturaba de éstos viajeros en aquellas primeras horas del día.

Los cristales de las ventanas cubiertos de vaho les impedía la visión de la calle desde el interior. Dentro del recinto la temperatura era tan fría como afuera. Se movían continuamente, frotándose las manos sin parar, como estrategia para obtener calor y así equilibrar la temperatura normal de sus cuerpos; congestión que ya mostraban también los cuatro con un involuntario castañetear de dientes. Tenían que estar en forma; no en vano aquel era el día elegido. Ya fuera de la estación se repartieron el material y convinieron el código de la operación: ¡Será en la jardinera!, decisión que adoptaron al visualizar en la lejanía la silueta amarilla del vehículo eléctrico que venía de las Gabias, al que habían enganchado un vagón que al poco rato se detuvo paralelo al edificio de la parada; puntual: a las siete y media de la mañana. Y empezó el trasvase de chicos estudiantes del coche principal que conducía Gámez al vagón-jardinera huyendo del cobrador --el cara pájaro carpintero-- a fin de evitar pagar billete, aprovechando la detención del tranvía.

Los cuatro gabardinas. De abajo-arriba: Agustín, Antonio, Miguel, y el autor del blog

Los cuatro jóvenes subieron al vagón, al que accedieron también la mayoría de los que esperaban, al tiempo que antes de comenzar a circular lo hizo, por sorpresa, el Pájaro (simplificación del apodo por el grupo de chicos estudiantes). Expectantes observaron con la desilusión de tener que pagar billete, el dificultoso, pero seguro, avance del hombre uniformado en su reconocible repiqueteo: ¡Billetes!... ¡billetes!... ¡billetes, por favor!... ¡billetes!..., con el que amenazaba a la pandilla de estudiantes esparcidos por el coche, desde su privilegiada atalaya, moviendo la cabeza de un lado a otro, señalándoles con la afilada y larga nariz --con el mismo gesto repetitivo con el que repiquetea en la madera un pájaro carpintero-- a fin de que se dieran por aludidos; pues haciéndose los suecos miraban para lugar contrario a su ubicación, como si el asunto no fuera con ellos. El olor a naftalina que desprendía el viejo uniforme les anunciaba su inmediata proximidad y casi a bocajarro disparaba la fatídica pregunta: ¡Eh, tú!, ¿tienes billete?...; y ante tamaña facilidad de escudriñar cualquier rincón no había posibilidad de escapatoria. Los estudiantes decían que lo habían escogido expresamente por su físico para aquellas matinales batallas. Para creerlo había que verlo: no avanzaba a pie, su extrema delgadez le permitía desplazarse por deslizamiento entre los exiguos huecos de los cuerpos del abarrotado vehículo.

Abigarrada materia humana que favoreció los demoledores efectos de la nueva operación --la definitiva-- diseñada meticulosamente por aquellas cuatro almas cándidas para ponerla en práctica aquel día, y que tenía que ver con la guerra que había abierto, entre la tropa de estudiantes, el primer ataque de maloliente gas de los gabardinas, días atrás. Para entonces, coger el tranvía cada mañana era un reto a la capacidad de aguante del sentido del olfato en los humanos. Habían desatado su particular guerra química a la que rápidamente se apuntaron otros grupos de estudiantes en una traviesa competición por lanzar la bomba fétida más potente. Los cuatro venían apostando que dicho título quedaría en sus vitrinas, y no defraudaron sus expectativas aquella mañana: los efectos de las cuatro ampollas con líquido de olor nauseabundo --que se vendían como artículos de broma-- que arrojaron en distintos puntos del abarrotado vagón sin motor, el que por la holgura del enganche con el coche principal andaba a tirones, fueron devastadores: al latigazo de las sacudidas se sumó un repugnante olor que se condensó en el ambiente impregnando espacio, asientos y vestimentas; en una apocalíptica escena de ahogados pasajeros en busca de una ventana para respirar aire puro. Los obreros que intentaban proteger las fiambreras de mimbre con las chaquetas, a fin de que el apestoso olor no impregnara la manduca; los estudiantes que se cubrían la cara con los libros; la madre que protegía contra su cuerpo la cara de la niña... los demás pasajeros..., todos urgían aire fresco...; ellos --los autores-- también, en el fragor de las voces acusadoras.

¡Han sido los gabardinas!... ¡han sido los gabardinas!..., se escuchaba en todo el coche, mientras el Pájaro sobreponiéndose al inmundo olor intentaba tomar el mando de la situación: ¡Cuidado gabardinas!, os voy a denunciar..., ¡ojo!, que os denuncio..., ¡os denuncio de verdad, eh!... gritaba en aquel caos, notando aquellos en la repetitiva amenaza su singular repiqueteo. Advertencias contra las que los cuatro esgrimían, al igual que los demás, sus aparatosos gestos de asco, víctimas también, al fin y al cabo, de los estragos del mal olor; escondiendo en los aspavientos de la necesidad de aire puro, su culpabilidad; yéndose los cuatro a guarecerse en la cabina de conducción a la que accedieron precipitadamente en la siguiente parada, al encuentro de su amigo Gámez: ¿Qué habéis hecho esta vez?, les preguntó curioso el conductor, sorprendido por el revuelo que ya había pasado del vagón al vehículo principal: ¡¡¡Hemos lanzado la fétida-atómica en la jardinera!!!..., ¡¡¡ha sido el Apocalipsis!!!, le contestaron descojonados todos a la vez; a cuya eufórica aseveración Gámez lanzó una sonora carcajada: ¡Anda!, que estará bueno Jenaro...

Cuando ya se había diluido el mal olor y el tranvía había pasado las últimas huertas, y se internaba por la cerrada curva hasta el puente viejo en su ingreso en la capital, el Pájaro asomó su cabeza en la cabina a contarle la incidencia a su compañero; encontrándose de sopetón con los sospechosos: ¡Hala!, si están aquí los culpables... : ¡Cuidado gabardinas!, os estoy vigilando...,¡ojo! que os vigilo..., os vigilo de cerca ¡eh!, les decía mirando a su compañero conductor, buscando vanamente su complicidad pues éste obviando los acontecimientos, no dio lugar a que el compañero le contara lo que ya sabía: ¡Deja tranquilo a los chavales!, son chicos cojonudos y más buenos que los tuyos, le espetaba Gámez, mientras en presencia del cobrador, provocando a su capacidad de aguante, les invitaba a coger los mandos de aquel artefacto por turnos, colocándoles su gorra de tranviario ladeada como la exhibía siempre él; y no era la primera vez que lo hacía: ¡Coño Gámez!, como dejas que el gabardina conduzca el tranvía... cómo venga el inspector se te van a caer los palos del sombrajo, el Pájaro se dirigía a su compañero realmente alarmado: El inspector..., el inspector..., si conducen mejor que yo, son más listos que el hambre..., vais a ser grandes hombres de provecho, en cambio este se jubilara de cobrador; se dirigía a los cuatro muchachos con su cara bonachona y de amplia sonrisa, a la par que el cara pájaro carpintero, exasperado, abandonaba el compartimento, totalmente desarmadas sus amenazas.

Ya en la parada final de la línea sur de tranvías en la ciudad, cerca del río, los cuatro se bajaron del vehículo en la despedida de siempre de su amigo Gámez: ¡Adiós!, que seáis buenos, a la que contestaron como habitualmente hacían: ¡¡Hasta mañana!!..., a la misma hora --la del clarear del día--, poniendo entonces pies en polvorosa hacia la academia de bachiller, sin hacer caso de las amenazas que a voces, en su conocido repiqueteo, les dirigía desde el pescante de la cabina de conducción, una vez más, el cara pájaro carpintero:¡Cuidado gabardinas!, ¡os estoy vigilando!...,¡ojo! ¡que os vigilo!..., ¡os vigilo de cerca!,¡eh!; conspirando ya en la siguiente batalla para la que emplearían aquella otra arma de devastación colectiva: los temibles polvos pica-pica, los que una vez esparcidos en el interior del tranvía nadie estaría a salvo de dejar de estornudar durante unos eternos minutos. Arma que ya había sido probada con éxito letal en las pituitarias de los alumnos del aula de la academia, donde cursaban cuarto de bachiller.

En la última parada la vida continuaba como siempre: plana como las vías del tranvía, rectilínea como si nunca sucediera nada que no fueran las travesuras de la canallería juvenil; sin sobresaltos que no estuvieran prohibidos y controlados. Con aquella impuesta normalidad los pasajeros se dispersaron por la ciudad, unos al tajo de la obra, otros a las palestras de los encerados..., a sus asuntos..., a sus negocios..., a sus ocupaciones...., la madre con la chiquilla de trenzas al médico especialista del seguro de enfermedad...; y el conductor a proseguir con su tarea en una prolongada jornada laboral más desde que hacía muchos años ingresara en la Compañía de Tranvías Eléctricos.

Al final del día Gámez subió las escaleras del bloque de pisos, hacia su vivienda, cansado pero contento por hacer aquello que le gustaba, por la posibilidad de intimar con mucha gente para la que siempre tenía un gesto agradable y una palabra amistosa, en especial con aquellos cuatro muchachos a los que había cogido cariño, y de cuya última hazaña --ahora arrellanado en el sofá del salón de estar-- le contaba con pelos y señales a su mujer, que le miraba con cierto gesto de desaprobación, mientras él se reía escandalosamente: ¡Anda!, ríete, que parece que no tengas sentido del humor, le decía mientras proseguía con la guasa: Tenías que ver la cara de Jenaro...; risa que al final le contagiaba, alegrándose ambos de ellos, de sus hijos, de su vida..., de su estable presente aunque ya habían oído que aquel trabajo, que era la pasión de él, tenía los días contados. Gámez era consciente, aunque evitaba hablarlo con su mujer, que su mundo se estaba acabando y, seguramente, en unos pocos años le destinarían a algún oscuro almacén de la empresa de autobuses que se quedaría con la concesionaria de la línea de tranvías, lejos de su cabina de mando abierta al aire, al campo, al paisaje natural; lejos de los paisanos de los pueblos a los que saludaba diariamente; lejos de las amenas conversaciones con aquel grupo de inquietos estudiantes...; aquella actividad de conductor de tranvías estaba en extinción.

Mientras tanto ella seguirá levantándose muy temprano a hacerle el café, por el que suspirará de nuevo Gámez pisando la tabla suelta otra vez y maldiciendo aquel contratiempo, prometiendo, de nuevo, arreglar el desajuste de la madera del que ya desconocía su origen en el tiempo... para después saludar un nuevo día..., y vuelta a las cosas cotidianas en un viaje con retorno: el mismo de sus familiares, de sus amigos, de sus compañeros, de sus vecinos, de los cuatro chicos, de sus conocidos, de los otros... todas ellas gentes varadas en el tiempo de una dictadura; personas resignadas, de costumbres cíclicas como lo era el tiempo estacional con las lluvias que regaban los campos en la primavera y el sol que doraba el trigo en el verano; los meses del año con sus santos de cada día y sus refraneros; los días de la semana con sus domingos de ropa limpia y preceptiva misa...; exponentes de una existencia lineal que transitaba con la misma parsimonia y lentitud del tranvía.





FranciscoMolinaGómez
(Desde que conocimos a Gámez optamos al viaje de pie en la plataforma de conducción haciéndole compañía en animada tertulia --ignorando el imperativo cartel que presidía en alto la cabina: "Prohibido hablar con el conductor"--, en vez de la descansada ruta en el asiento de listones de madera del interior del vehículo. Era una persona cultivada lo que le añadía más encanto a su simpatía y buen humor. Hablamos de muchas cosas: de la física práctica que hacía que aquel artefacto rodara; de la vida, de la nuestra, de la suya, de sus hijos que estaban acabando sus carreras universitarias para que: "Fueran alguien el día de mañana"...; hablamos de las expectativas positivas del presente y de la esperanza de un futuro más libre y más justo, nunca del pasado sombrío; de literatura, del último libro que estaba leyendo y que nos refería exaltando las virtudes de su protagonista: un can llamado "Centella", título también del libro, el que acabado de leer me regaló.
Lo leí y releí hasta encontrar esos valores importantes para nuestro amigo: la amistad, el cariño y la lealtad... al sentir de un perro. Lo extravié, al igual que extraviamos sin querer muchas cosas..., a las gentes, a nuestro amigo Gámez. Un día desapareció de nuestras vidas sin apercibirnos, sin darnos cuenta y ya nunca supimos de él. Pero las personas, los lugares y los objetos no desaparecen del todo mientras queden los recuerdos en la memoria --aún cuando sólo subsistan las huellas--, y poder plasmarlos en una simple hoja manuscrita.
Nunca olvidaré aquellos tiempos de viajes a ninguna parte y a todas, a la vez; tiempos de repasos de lecciones entre el vaivén de los destartalados artefactos amarillos que a duras penas podían ya con su armazón...; tiempos de sonrisas de bienvenida saludando con la gorra ladeada...; tiempos de esperanza de un futuro mejor que el presente...; gracias amigo Gámez por la complicidad de tu bonhomía)














miércoles, 15 de abril de 2015

EL PASADO SIEMPRE ESTÁ AHÍ










Talamanca de Jarama. Madrid. Once de marzo de dos mil quince. De izquierda a derecha: Zafra chico, Quiqui, Zafra grande, y el autor del blog.

Tal vez hablaran por mí cuando ya no estaba aquellos que heredaron mis costumbres...
... y transitaron los pasillos de mi misma aula;
y leyeron en las páginas de mi mismo libro;
y se sentaron en los bancos de mi misma mesa;
y saborearon los gustos de mi misma comida;
y se envolvieron con las sábanas de mi misma cama;
y se cambiaron en los sábados con mi misma ropa;
y pisaron las huellas de mi mismo rastro;
y escalaron las tapias de mi mismo patio;
y gritaron en las filas mi santo y seña...
... y cuando éstos se fueron otros hablaron por ellos;
y después otros... y otros, hasta donde llegó la memoria.
Y ahora de vuelta algunos, ya cansado
redescubro en ellos mis propias cicatrices.
Tal vez el pasado no sea tiempo muerto, sino algo que siempre está ahí.











Conforme me lo iba relatando me arrebataban en el recuerdo los mismos sentimientos desatados por alcanzar la altura de la torre; con la misma alocada carrera que reconocía nítida aún en el tiempo transcurrido; escaleras arriba, ajeno a los demás y al mundo conocido; con un sólo propósito, y con el corazón desbocado al final en la pausa del último escalón.

Era el de él, al igual que en la evocación era el mío, un viaje prohibido allende los límites, en los preliminares de la existencia; del despertar a la ingénita sorpresa de lo vivo y a la continua curiosidad por el conocimiento de las cosas que te rodean. Un inocente impulso por descubrir la otra realidad que era la proyección natural e inmediata de nosotros mismos ante lo nuevo, lo inesperado; la proyectación hacia afuera del sentimiento interior que había resistido los envites de lo irracional.

Cincuenta y tres años después, en la tertulia sentados ante una mesa de un conocido restaurante frente al palacio real de Madrid --donde mi mujer Teresa y yo nos encontramos con Quiqui, un antiguo compañero de orfanato, y su mujer Laura--, y mezclados con el olor y sabor de los finos guisos y del buen vino, fuimos desgranando aquellos sentimientos que ahora eran remembranzas de una memoria común, que advertíamos muy lejana y plagada de lagunas. Nebulosa del recuerdo donde hay momentos, gestos, emociones... estremecimientos... que no se olvidan; que al recordarlos incluso los sentimos de nuevo: como aquel ansia por llegar cuanto antes al enlosado de la torre, a la altura que era el techo del orfanato donde nadie subía.

Y su ansiedad que iba creciendo conforme ascendía en busca del gorrión que desde el patio del orfanato había seguido en su torpe caminar observando, después de remontar el vuelo hasta el tejado próximo, como se colaba por entre las arcadas de la torre; era también la mía al encuentro de la paloma que, mucho tiempo después, se aposentó en aquel refugio libre, abierto a los vientos. Y en su ilusionante viaje a las alturas, Quiqui pedía a los señores de los cielos que el pájaro estuviera allí y que no hubiera volado, para así poder remediar su propia soledad de avecilla perdida en la iniquidad del mundo conocido: al poder sentir su propio estremecimiento, su propia fragilidad en el acomodo del ave al desear cobijarla en el hueco de su mano recogida; a satisfacer su ausencia de caricias en la impresión de extrema suavidad del plumaje del pájaro al querer arrullarlo pasándole la otra mano por su templado cuerpo, percibiendo los ritmos de su existencia. Sólo pedía un fervoroso deseo a los moradores de las alturas: poder coger aquel solitario gorrión.

Pero los dioses casi nunca satisfacen los deseos de los mortales y en el espantar natural del ave por el inesperado encuentro, éste voló hasta el tejado contiguo donde se posó por debajo de los arcos de ladrillo, desde uno de los cuales, tras observarle un rato Quiqui le imitó en su impulso de libertad, saltando tras el pájaro por el hueco hasta la peligrosa y empinada cubierta de teja de la que definitivamente remontó el vuelo el gorrión perdiéndose en los aires cálidos y densos del orfanato; ante la estupefacta y desilusionante mirada del que quería ser su benefactor.

Ahora en la decepción del deseo perdido se preguntaba cómo había llegado hasta allí en el mismo instante que desde abajo le descubrían otros niños: ¡Un niño en el tejado!... ¡se va a caer!... ¡se va a caer!...; gritos que advirtieron a la monja que se unió al grupo de internos, la que aún en la distancia proyectaba nítido el reproche impreso en su cara del severo castigo, cuando lo urgente hubiera sido lo contrario para evitar el pánico en el ánimo del chico que se había encaramado allá en lo alto, con riesgo a caer. Ahora con el pavor apoderándose por momentos de Quiqui, que en su espanto por la posible caída temblaba de miedo en cada resbalón que remediaba asiéndose in extremis a las tejas hasta llegar como pudo hasta el poyo del arco, se sintió más desamparado que aquel gorrión: no tenía las alas de éste para poder volar de allí y evitar el penoso castigo que le esperaba, a cuyo encuentro se resistía llorando en un rincón de la torre.

Armilla. Granada. En la esquina de los alargados volúmenes de los pabellones del orfanato, eclosiona la torre como si surgiera de la presión del encuentro de las edificaciones, alzándose en altura y abierta a los vientos

Pobre Quiqui, los segundos de tiempo se le hicieron eternos, atrapado entre dos miedos: el de la posible caída al vacío al quedar paralizado por el pánico, atenazado ante la ira que reflejaba la mirada que le escrutaba desde abajo, y el pavor al encuentro del violento castigo como respuesta para aplacarla en el alterado ánimo de la monja, inmediatamente después. La misma ira en los golpes de la vara india o en las bofetadas que también yo sentí en mis propias carnes en cierta ocasión que conté ya en los postres:

Tenía diéciseis años y en aquellos días mi existencia atravesaba por uno de esos agudos procesos de desubicación tanto territorial como mental: ese momento vital que sistemáticamente se repite en todos los adolescentes de cualquier época; aquello de no estar seguro de si entras o si sales, si vienes o si vas, si te quedas o si huyes..., bueno esto último de huir si lo tenía claro y me conjuré en evadirme --en el más amplio sentido de la palabra-- de las aburridas mañanas y de las tediosas tardes encerrado en el pabellón de menores, refugiándome con absoluta complacencia en las divertidas clases de música del insigne maestro don Eduardo, alias "Cigarrón" --experto musical del sonido de cuerda que vivía en Armilla y que había recibido el encargo de la Diputación de Granada de formar una rondalla en el orfanato--, y que tenían lugar a la caída del sol, después de la cena, en una alargada estancia del pabellón de mayores. Por supuesto estas escapadas hacia el otro pabellón no contaban con el conocimiento, ni, por tanto, la aprobación de la correspondiente monja de guardia. Al abandono del cubil, añadía el aún más "infame" acto de indisciplina: el abandono del servicio del cuidado de los niños menores, para cuya custodia --que era responsabilidad de la monja-- ya no tenía ni edad, ni ánimo. Aquel día estaba de guardia en el pabellón la iracunda navarrica: sor Blanca.

Me dio dos avisos para que regresara al pabellón de menores, a los que no hice caso; ¿pero el tercer aviso?..., ¡ay el tercero!... venía borrascoso: Que de parte de sor Blanca, que te espera afuera en el patio --compadeciéndose el chaval del recado, con su sincera mirada, de la tormenta que se me avecinaba.

Nunca olvidaré aquella estampa de un ser que parecía humano aunque todo él era de ira reflejada en el acaloramiento de su rostro, hasta adquirir ese tono rojo-fuego próximo a la combustión. Ira que descargó con inusitada cólera sobre mi cara --muy próximo los dos--, abofeteándome con fuerza con las dos manos a la vez, mientras avanzaba hacia el pabellón; yo caminando hacia atrás. Guantazos que me producían zumbidos de oídos y que duraron un trayecto, el que consideré suficiente para expiar mi culpa. Súbitamente y sin darle opción a que descargara las siguientes dos obleas en estéreo sobre mis ya enrojecidos pómulos, le agarré con tal fuerza sus manos que, a buen seguro, le dejé en sus muñecas las marcas de mis dedos; mientras la monja se revolvía con furia. Entendió el mensaje que mi varonil fuerza le enviaba para que aquel episodio de violencia no degenerara a mayores y cesó en la agresión, amenazándome con no sé qué retahíla de castigos a los que no hice caso. Imagino que más tarde se confesaría de aquel pecado capital --ira--, en el que, por cierto, caía con frecuencia. A mí jamás me pidió disculpas; a decir verdad tampoco las esperaba...

Después en la tertulia de sobremesá de cafés, tes y preceptivos chupitos de la casa, y en las interminables conversaciones por la tarde paseando por el Madrid de los austrias, cerramos el círculo de los años de plomo como terapia para seguir creyendo en la raza humana; y hablamos de lo que vino después levantándonos cada vez que caíamos al suelo sin darle tregua al desaliento; del tiempo nuevo, de la esperanza, del humanismo, del arte como sabia respuesta a toda aquella iniquidad.

Fue aquel un día gratamente reparador, donde con el relato de los recuerdos afloraron mis sentimientos hasta los poros de la piel, percibiendo esa extraña discontinuidad que se siente en la yema de los dedos cuando se palpan las cicatrices del cuerpo ya cerradas hace mucho tiempo: una rara y tersa suavidad que mantiene unida, como adhesivo, la epidermis, aunque en esas zonas haya perdido su identidad de piel.

Que aquellas cicatrices seguían siendo huellas, vestigios, rastros, pistas, trazas..., perfectamente cerradas, pero que se mostraban nítidas en sus marcas es lo que aseveré de nuevo casi un mes y medio después, cuando los cuatro nos dirigimos hacia Talamanca de Jarama, un pueblo de Madrid, al encuentro, esta vez, de dos compañeros de orfanato: los hermanos Zafra.

Enrique, el hermano mayor, ya nos esperaba en un restaurante de la localidad cuando llegamos. Hacía un día esplendoroso de sol primaveral. La intensa luz, pasado el mediodía, se reflejaba brillante en los matices de colores verdes y ocres del jardín ubicado en la misma entrada, en uno de cuyos rincones, al amparo de estratégicas sombrillas, y alrededor de una alargada mesa sentamos la euforia del encuentro y el apetito lógico a esas horas. A continuación el entusiasmo de las salutaciones dio paso, más relajados, a la retahíla de anécdotas, historietas, fábulas y leyendas que desde la infancia habíamos acumulado en nuestra mente a lo largo de los años; ahora recuperadas para ocasión tan especial. Los recuerdos fueron ocupando densamente el tiempo siguiente, sin perder por ello, en la complacencia del momento culinario, la vez en dar oportuna cuenta de la tierna carne hecha a la piedra caliente, regada con un afamado vino. Y empezó el primer asalto de las batallitas antes que el caldo riojano hiciera mella en la memoria. La de Enrique aún clarividente a pesar de un suceso grave de salud.

Contaba un episodio de cita secreta con una chica interna --a la que sorpresivamente mencionaba con nombre y apellidos-- para verse a escondidas, y lo que encartara después --eran muy jóvenes--, en uno de los lugares remotos del orfanato: la leñera. Al hilo del relato la recordaba con claridad, ubicada al final del volumen edificatorio que era lavadero del orfanato, muy próxima al pabellón de niñas y plagada de recovecos que formaban las grandes pilas de troncos de olivo con destino a los enormes fogones de la cocina, como el sitio ideal y casi el único para este tipo de "peligrosos" encuentros. Eran varias las menciones conocidas de citas amorosas que habían tenido lugar allí. Para aquellos chicos mayores, posiblemente primara más la irresistible llamada de las hormonas en ebullición, que la posible expulsión del centro. Quizás fuera esa mezcla de testosterona y adrenalina, a la vez, tan explosiva la que hacía más deseable el inimaginable e ilusionante momento del encuentro.

Podía imaginar, conforme lo relataba, la ansiedad y el miedo, acelerándose por igual en el cuerpo de Enrique Zafra, mientras penetraba en aquel laberinto de retorcidos leños; su acomodo en algunos de aquellos recodos de madera a resguardo de delatoras miradas; pendiente de algún ruido que revelara la presencia de la chica con la que había quedado de la única forma posible en aquel severo contexto: a través de notas escritas entregadas por improvisados confidentes. Algo oyó en el hueco de acceso al fondo, como el sonido de algunos pasos, percibiendo seguramente en ellos la proximidad de lo prohibido, la tentación en forma de pecado, de la que irremisiblemente se iba a dejar arrastrar... pero la silueta que acompañaba aquellos pasos y que se hizo visible cuando se le acercó era todo lo contrario a la seducción: era el señor Cristóbal, uno de los guardianes del pabellón. La nota con referencia del lugar y hora le había sido sustraída a Enrique por algún compinche del empleado y entregada a éste. La chica que habiendo llegado más tarde vio la escena, salió precipitadamente del lugar a fin de ponerse a salvo, con tan mala fortuna que fue sorprendida saliendo de tan sospechoso lugar; acción delatada que castigaron después rapándole el pelo.

Con la sorpresa de ver ante sí a quién ni imaginar esperaba, Enrique experimentó ese sentimiento de rabia de saberse descubierto, y el temor a la posible expulsión que desde aquel momento, y como permanente incertidumbre, se instaló en su cuerpo, la que quiso apaciguar inmediatamente, implorando al empleado cierta conmiseración: Si no das cuenta a don José Capilla --el director del orfanato-- te prometo que no vuelvo por aquí. El guardián no cumplió su palabra y dio conocimiento de la grave infracción al director, el que milagrosamente le indultó --lo contaba y me costaba creerlo--- dándole una nueva oportunidad. Posiblemente aquel día se aliaron todos los dioses a su favor: sabíamos que aquellos sucesos siempre se habían saldado con la expulsión.

Y ahí quedó de momento la cosa; sólo de momento porque desde entonces al guardián hospiciano le faltó tiempo para provocarle continuamente --datos que eran corroborados ahora por su hermano menor Paco que se había incorporado el grupo en los postres y los cafés-- hasta llevarle en una ocasión a la saturación del prudente raciocinio, perdiendo el control de éste en la rabia de la pelea en la que uno de aquellos días ambos se enzarzaron y que había provocado el señor Cristóbal. Al final del envite de fuerzas Enrique encima del empleado al que tenía inmovilizado sobre su cama, le amenazaba con el puño en alto: ¡Te mato, cabrón!, sin que el asunto llegara a mayores al ser auxiliado el guardián por sus secuaces nombrados entre los internos, que le inmovilizaron. A la semana de los sucesos se marchaba, expulsado del orfanato por el director: una persona que nos gobernó en el miedo, a la manera dictatorial de las ideas que nunca abandonó: la Diputación era un nido de falangistas.

Armilla. Granada. Casa del administrador-director durante los tiempos en los que lo hubo; a la entrada al orfanato

Salvando la distancia en el tiempo reconocí cierta simetría en el episodio de Enrique con la continuidad que años después aún persistía en los celadores de extremar la vigilancia para descubrir las posibles secretas relaciones de los chicos con las chicas internas. Aquella obsesión por conseguir "las pruebas del delito": las referidas notitas, la viví personalmente cuando intimé relación con Loli, una de las chicas mayores del pabellón de niñas. Nota que estuvo a punto de caer en las garras del señor Cristóbal y que el hilo de lo que narraba Enrique conté en la reunión:

De aquel estado de euforia del primer amor hice partícipe sólo al único interno que podía ayudarme: Paco de la Hoz. Busqué su posible connivencia de moderno Celestino de recaderos de mensajes escritos, aprovechando su condición laboral de pinche en la cocina del orfanato, a la que acudía diariamente Loli en su tarea de recoger las viandas para la comunidad de monjas. De esa manera inicié una relación a través de cortas notas escritas, de manera improvisada en cualquier trozo de papel; confiadas al secreto y la lealtad de aquel compañero interno para su entrega disimuladamente a la destinataria, así como a su discreción de las miradas ajenas en la recogida de la contestación; la que esperaba ansiosamente por las noches cuando Paco de la Hoz se recogía en el pabellón, después de una jornada de trabajo.

No demoraba ni un segundo en desplegar el trozo de papel, y cada doblez que deshacía me parecía una eternidad que escondía el ansiado secreto del corto mensaje, deleitándome una y otra vez en su lectura hasta aprenderla de memoria, de la que participaba al leal mensajero, antes de destruirla para no dejar rastro, en una extraña relación de amigo y confidente. Todo era muy idílico. Después contestaba sin demora, lo más rápido posible. No nos apercibimos de que con el tiempo aquella diaria rutina había relajado nuestras precauciones y obviado el cerco con el que el señor Cristóbal estrechaba sus sospechas conspirativas de algo que no sabía exactamente de que se trataba, pero de las que quería saber en aquella ocasión al sorprendernos en la entrega del mensaje: ¡Eh!, vosotros dos, ¿qué os traéis entre manos?... y cuyo contenido quedó para él sólo en el aire de su pregunta pues la nota desapareció en el interior de la boca. Después tomé nuevas cautelas: querían saberlo todo...

Si bien de aquel relato hice sobremanera mío el momento de la expulsión. Me imagino el instante de éxtasis del que embriagado por la soberbia del poder, dictaba sentencia condenatoria, sin posible apelación al amparo por parte de nadie, hacia un indefenso chico; el mismo gesto de prepotencia, de arbitrariedad, de cinismo y de maldad que percibí del nuevo administrador, otro personaje paradigma también del Régimen, y del que dejé constancia casi al final de la reunión, cuando ya habíamos tomado varios cafés y la luz del día se iba apagando:

Fue en la estrecha habitación de estudio donde el nuevo administrador-director se quitó la careta y me mostró su rostro falangista del que ya habíamos tenido noticias. Estudiaba en soledad aquel día de principios de primavera y la callada noche era mi aliada en la tenaz lucha con el grueso temario de opositor. El nuevo director don José Luis Rodríguez, insensible al valor de aquel oportuno silencio en la oscuridad de la noche, aprovechó aquellas sombras para su ilusoria misión de salvapatrias. Gran gesta que comenzó aperturando violentamente la puerta del pequeño cuarto, con sonora patada y ronco portazo que me sobresaltó. Mostraba gran excitación, eufórico descubridor de ilegal zulo, que iba en aumento conforme registraba cajones y demás compartimentos de cada una de las mesas de estudio que torpemente se agrupaban debido a la falta de espacio, buscando algo que ni él sabía bien, y que le seguía provocando aquel estado de exaltación, mientras iba desechando libros, posters, libretas, y otros papeles farfullando algo de un contubernio comunista. Por lo visto creyó haber encontrado, al fin, la buscada guarida marxista-leninista del orfanato.

Había que estar loco para confundir los homologados libros de texto con los otros prohibidos (ni siquiera un ejemplar de alguna edición clandestina: nuestra falta de liquidez era crónica), de ahí su decepción que iba en aumento conforme descartaba los posibles instrumentos del delito (ni un mísero pasquín que confirmara sus sospechas), sin apreciar mi rostro de estupefacción ante lo que estaba observando. Se marchó sin excusarse y farfullando de nuevo lo de la confabulación proletaria. Menos mal, pensé, que algún tiempo atrás sor Dolores la gorda nos arrancó, destruyéndolo, el conocido póster del Che Guevara que uno de nosotros había prendido en una de las paredes del cuarto de estudio. Entonces comprobé in situ de que calaña eran esas gentes que nos habían administrado y tutorizado. Adopté desde entonces hacia él cierta resistencia pasiva a fin de poder sobrevivir con dignidad.

Tres meses después aquel personajillo, don José Luis "Falangista" me expulsaba del orfanato por "mala conducta"; apreciación perversa por su parte de un episodio de desobediencia por no querer doblar la cerviz más veces, y que esgrimió como excusa para echarme de allí. Afuera no me esperaba nadie.

Hoy más que nunca compruebo que aquel complicado pasado ha estado siempre ahí: son esas huellas que han impreso mis vivencias en el discurrir de un tiempo difícil; las cicatrices que persisten y que, aunque las maquille, siempre salen y se muestran; y que ahora, para desechar el miedo a que se puedan abrir alguna vez, me he propuesto definitivamente reconocerlas, palparlas, aceptarlas y mostrarlas, como parte de mi existencia; de mi mismo.

Escribe William Faulkner: "El pasado no es pasado, porque nunca muere".



FranciscoMolinaGómez
(Quién nos iba a decir entonces que con el paso del tiempo nos veríamos en lugar tan alejado de allí, en la placidez de una grata conversación con fondo de paisaje de valle fluvial y extraño silencio de los pueblos que se despueblan... y se nos hizo de noche hablando del pasado que ese día fue presente)


miércoles, 1 de abril de 2015

PERDONA A TU PUEBLO SEÑOR










1971. Armilla. Granada. Salón de actos del orfanato: Santa Cena. Escena estática sin diálogos; sólo comentarios en voz del narrador, de cuyo montaje y dirección se ocupó el propio Jesús --un rubio barbudo que apareció por el orfanato y que en la imagen hacía de Cristo--, al que miro extasiado junto a él, con las manos juntas, muy en situación de aquellos días, en una foto de plano corto en donde a mi lado identifico a Sabiote como otro apóstol. 

Llegaban de fuera, en grupos, en los días de marcas de ceniza en la frente, con sus sotanas ceñidas en apretada faja a la cintura, sus breviarios de ejercicios espirituales, sus aseados rostros parecidos, sus gestos imitados de las manos, sus mismas poses de predicadores de púlpito, acusándonos de la nueva infamia --la particular de cada uno de nosotros, aún niños, temerosos, apretujados hombro con hombro en los bancos de madera del salón del pabellón del orfanato--, de la culpa del sacrificio que en breve tiempo, al igual que todos los años por estas fechas, se iba a reeditar: nuestros pecados habían propiciado un nuevo martirio de la cruz...; después se marchaban dejando en nuestras conciencias sus miedos, sus dudas, sus culpas... y las cruentas imágenes de una muerte muy violenta. Al poco tiempo todo enmudecía: los juegos, las risas... hasta el propio silencio, sólo roto por los cánticos lastimeros --"Perdona a tu pueblo Señor..."-- que se alzaban suplicantes en el aire de los patios cuando en ordenada formación los transitábamos en el vía crucis viviente...; y el ambiente adquiría durante unos días un perenne color gris ceniza como el de las marcas de la frente...











Y cada año, durante bastante tiempo, vivíamos todos los internos del orfanato aquel primer recogimiento como antesala de una ciudad entera, después, en duelo oficial con manifestaciones religiosas por abigarradas calles de Granada de creyentes, viviendo con respeto el discurrir de los pasos procesionales levitando por encima de sus cabezas a ritmo de redobles de tambores; flanqueadas las figuras a los lados por toda una legión de acorazados romanos y de tétricos penitentes con sus caperuzas de rememorables reos inquisitoriales. Aunque éramos jóvenes, muy jóvenes, aquella repentina introversión por unos días a la pena, al dolor, a la angustia, al quebranto y a la muerte, que durante los primeros años nos produjera gran tribulación; después, sobrepasada con creces la línea de la adolescencia, las intensas y oficiales jornadas de pasión apenas causaban mella en nuestro ánimo (formaban ya parte del paisaje de nuestras vidas); al contrario aprovechábamos las mini vacaciones para sentir el lado más lúdico que sólo los del sur sabemos estrujar de tan santa semana, incluso en aquella época de obligado recogimiento religioso, algo más relajado con el inicio de la nueva década, cambiando las procesiones en favor del séptimo arte.

Aunque desterrada en parte la antigua censura que, durante años, había reprimido el ocio profano como salvaguarda de la espiritualidad de aquellos días, cuando las pantallas de los cines y de los televisores se prodigaban en imágenes religiosas, y las ondas hertzianas se trasvestían de la estridencia del pop a la armoniosa música clásica sacra, en exclusividad; presente aún la mano opresora, era inaudito que en plena semana santa, en mil novecientos sesenta y ocho, se programara película tan atrevida para la época: "Helga" --envuelta en un propagado rumor de morbo sexual--, aún cuando se proyectara en una sala selectiva de las llamadas de arte y ensayo. Algo se relajaba.

No sólo el lúdico; incluso su lado más hilarante, por supuesto sin intención irreverente, afloraba espontáneamente de aquellas manifestaciones populares de fervor religioso. Las procesiones de la imaginería con escenas de la pasión de Cristo que se prodigaban por doquier aquellos días --desde el domingo de Ramos al de Resurrección--, eran fuentes de situaciones rallando el esperpento.

Así, por las mismas fechas ya fuera del orfanato, cuatro años después, con veintiún años, y a fin de ingresar algunas pesetillas en mis depauperados bolsillos de opositor, en los que por falta de ingresos habían anidado las arañas (alguna de especie desconocida) cierta persona que por su "proximidad" familiar y a fin de salvaguardar su supuesta inteligencia del asombro del lector mencionar no quiero, me propuso un trabajillo para el lunes Santo: formar parte, con él, del grupo de porteadores de uno de los pasos que se exhibirían en procesión aquellos días: Tú no te preocupes de nada. Yo tengo mucha mano con los cofrades Mayores. Verás tú como conseguimos el mejor santo. ¡Déjalo de mi cuenta!, me dijo el familiar "próximo". Y yo confié.

Para tan señalado día, antesala de la pasión, me citó a media tarde en la puerta de la iglesia de santo Domingo, por el Realejo en Granada, a la que accedí subiendo la empinada calle de san Matías y pidiendo, a la vez, a todos los santos no tener que bajarla cargado con alguno de ellos. En la explanada a la que volcaba la iglesia su fachada principal de peraltado y estrecho atrio de tres arcos, junto a la estatua de fray Luis de Granada --como improvisado patio de cuartel-- formaba la heterogénea y escuálida tropa de futuros porteadores, algunos pidiendo a gritos un lavado nivel tres (intensivo), con secado y abrillantado incluido. Entramos en la iglesia y ¿al fondo?..., no me lo podía creer..., casi me da un pasmo al enseñarme el paso contratado.

- Tú eres tonto. ¿Pero esto que és? --le espeté con gran cabreo observando la enorme pieza religiosa, dudando que pudiera traspasar siquiera, por sus grandes dimensiones, la puerta principal de la iglesia.
- La Última Cena --me dijo a secas.
- La-Úl-ti-ma-Ce-na... la-Úl-ti-ma-Ce-na... --le repetía con gesto de burla-- ¿Tú no sabías que en la última cena eran un montón?... ¿pero tú nos has visto cuántos son? --le reconvenía alzando la voz acto seguido, y sin creerme todavía lo que estaba viendo.
- Sí ya sé..., son unos cuantos.
- ¿Unos cuantos?..., pero si están todos.
- Es que es la Última Cena completa.
- Y tan completa..., ¡si no falta ni Judas!... No sé como vamos a salir con vida de ésta.
- Para nosotros mejor. Me han dicho que pagan trescientas pesetas por imagen y como son muchos... pues más ganancia para el bolsillo --le miré de reojo para que no adivinara mi perverso pensamiento sobre su inteligencia... o lo más parecido que tuviera.

Desencajar el paso de las jambas de la puerta principal, donde en un primer intento de sacarlo a la calle había quedado empotrado, supuso una compleja maniobra desde dentro, desde nuestra acción de costaleros anónimos, requiriendo, asimismo una extraordinaria fuerza y una perfecta coordinación con las órdenes que, desde afuera, nos daba el cofrade Mayor. He mencionado la acción en condicional porque en realidad allí había más farsa que fuerza; muchas caras constreñidas, como de esfuerzo, pero sólo cuatro en realidad arrimábamos el hombro: Lado derecho subir un poco y lado izquierdo bajar lentamente...; apreciación nunca mejor referida que en el cumplimiento de las órdenes que nos dejaron con el costal clavado en el omóplato y en sufrida posición de semicuclillas unos y cuclillas otros: ¡¡Ahí!!, ¡¡bien!!, ¡¡mantenerlo!!...; así como en un mar de resoplidos: ¡¡¡Uuufffff!!, ¡¡¡uuufffff!!...; instante en el que percibimos todo el peso inclinado de jesús y los doce apóstoles cayendo a plomo sobre los hombros y espaldas de algunos: Ahora adelante... ¡¡¡todos a una!!!... ¡¡¡no me bajéis los del lado derecho, mantener la postura!!!; entonces se oyó un crujido al desencajarse la enorme pieza de la vieja madera de la puerta principal y todo el paso vibró, y también nuestros espinazos; bueno sólo algunos... entre otros el mío, no sé si también el del familiar "proximo".


Creía que había superado el gran escollo de lo que presentía una dura jornada cuando en la oscuridad de galeras, después de un corto recorrido, percibimos un cambio brusco de pendiente de la calle --sin posibilidad de vuelta atrás, embocábamos el descenso de la empinada calle de san Matías por la que había subido antes-- que nos empujaba irremediablemente hacia abajo, comprendiendo entonces que sólo un milagro nos salvaría del desastre de que todo aquel enorme peso nos arrastrara hasta el final de la calle, con imprevisible resultado. Pero no fue un milagro sino una flexible varilla repiqueteándonos los tobillos a la par del gesto nervioso de la mano en la firmeza de las órdenes imperativas --a voces-- del inflexible capataz --cofrade Mayor--, ordenándonos que aguantáramos el paso, vueltos en la posición original, intentando caminar hacia arriba en sentido contrario de la pendiente, lo que nos permitía descender de espaldas, muy lentamente, haciendo un ímprobo esfuerzo que nos dejó agostados. No a todos... sólo a algunos... los que menos nos quejábamos.

Mermadas fuerzas que estaban al límite cuando agradecimos la parada en la plaza del Carmen, enfrente del ayuntamiento: ¡Uuufff!, ¡por fín!..-, así como la tregua que nos anunciaba el jefe de galeras --cofrade Mayor-- avisándonos que teníamos diez minutos de descanso antes de reanudar la marcha. Me relajé complacido ahora en pisar terreno llano, creyendo que estaba a buen seguro al haber salvado dos difíciles pruebas de fuego... infeliz de mí... desconocía la naturaleza de la siguiente prueba y su peligrosidad: en la enrarecida atmósfera de aquel oscuro ámbito sin ventilar, a la luz de algunas velas y linternas se organizó un improvisado campamento con todos sus intendencias que esparció por el reducido espacio toda una amalgama de los más extraños y desagradables olores: el fuerte olor a sardinas y otras conservas enlatadas se mezcló con el agrio de los orines calientes y con algún otro sospechosamente escatológico --alguno disimuladamente defecó en el suelo--; a todo ello había que añadir el permanentemente invisible, pero constatable, rancio olor a humanidad: una auténtica bomba fétida, más letal que aquellas que de estudiantes lanzábamos en el interior del tranvía de Armilla, y que me obligó a sacar la cabeza del paso, ajeno al murmullo del gentío y al redoblar de tambores de la legión de falsos romanos que ya, pasado el tiempo de pausa, se aproximaban con la procesión, a la que nos incorporamos a la voz del cofrade Mayor: ¡Vamos!...¡¡arriba!!... ¡¡¡acompasando todos la marcha!!!..., con mejor disposición que las otras veces, pues estaba claro que algunos deseábamos alejarnos de allí cuanto antes, aunque sabíamos que no nos desprenderíamos del persistente olor a añeja humanidad que nos perseguía desde el principio.

Reanudada la procesión, la ostensible presencia de desechos y desperdicios --marcando el territorio de los sufridos porteadores-- no fue obstáculo para que la ordenada formación de la travestida guardia pretoriana con sus cascos y corazas brillantes, y sus afiladas lanzas, desfilaran solemnemente, al ritmo grave de los tambores, sin quitar la vista de frente y sin perder la formación, aún cuando varios de ellos llevaran pegados a las suelas de sus sandalias restos de una reciente y reluciente mierda, aún caliente.

Al cabo de varias horas que se me antojaron eternas, después de todo tipo de avatares y de situaciones esperpénticas, con las últimas fuerzas conseguimos realizar con éxito la complicada maniobra de ingresar el paso por la puerta principal... y descansamos: ¡¡¡A cobrar!!!; y allí, a la sacristía fue todo ufano el familiar "próximo" a cobrar una fortuna, pues aunque no estaba muy ducho en matemáticas, no se le escapaban las multiplicaciones cortas: Doce apóstoles más Jesús hacen trece, por trescientas pesetas... es un montón de dinero...; y si durante el trayecto el cofrade Mayor había tenido alguna duda de sus fuerzas, ahora en la reclamación no tenía ninguna duda de su incapacidad de comprensión --lo de la inteligencia lo descartó-- abonándole los emolumentos pactados al tiempo que también le finiquitaba verbalmente: Trescientas pesetas por imagen y no por cada uno de los personajes... como sois dos costaleros... ¡toma las seiscientas, y vas listo!

No me compadecí en su lamento; exhausto ni siquiera le pedí mi exigua paga que se había guardado y me largué, al tiempo que farfullaba: Perdona a tu pueblo señor..., ¡a todos menos a éste!


FranciscoMolinaGómez















domingo, 15 de marzo de 2015

¡MUDO!...¡¡MUDOO!!...¡¡¡MUDOOO!!!











Aquel caluroso día de julio de mil novecientos sesenta y siete una ola de tantas otras infinitas, salpicó de espuma salada el medio cuerpo estirado de Miguel "el mudo" --izquierda de la foto-- sin ni siquiera inmutarse; después el fotógrafo aprovechó el instante del repliegue del agua para inmortalizarme junto a él, clavando las manos en la arena seca, deseando arraigar en aquel lugar. De fondo los niños, el chambao, las barcas, las primeras casas en el monte... el mundo.








¡Eh!, ¡mudo!...¡¡mudoo!!...¡¡¡mudooo!!!..., le gritamos llamándolo como si nos pudiera oír; él absorto, de pie, mirando con cierta lascivia --que traslucía su concupiscente mirada en el agrado de la esbozada sonrisa-- hacia el vértice inferior de los triángulos de tela --bikinis-- que lucían minimalistas en los esplendorosos cuerpos rubios de las extranjeras, paseando su apetito de sol por la playa muy cerca de donde estábamos; sin quitar ni un segundo la vista de la exigua ropa que tapaba, por muy poco, su natural deseo que ahora le rondaba por la mente desbordando sus instintos más primarios que ya empezaban a mostrarse abajo, dentro del bañador...; premuras que le abortamos bruscamente, sin avisar, porque no había sonido previo que avisara al mudo Miguel --que también era sordo-- la inminencia de los acontecimientos; cuando notando el dolor en el golpe seco de la piedrecita detrás de la oreja se olvidó bruscamente del ensueño y encorajinado, con los ojos abiertos como platos, profiriendo sus característicos e ininteligibles gruñidos, buscaba entre aquella multitud de cuerpos jóvenes echados o sentados en la arena de la playa al experto tirador.

Todos nos hicimos los suecos. Nadie se reía. El estado de ofuscación agrandaba su mole humana, agigantándola, mientras bramaba por entre los nimios vacíos que nos separaban, casi pisándonos con aquellos pies de elefante. Entonces era mejor no interferirse en su camino; ni mirarle siquiera, no fuese que se mosqueara. Al final al no conseguir su propósito en la indiferencia de todos, se revolvió como toro bravo entre las tablas rugiendo de forma grave las amenazas de "corte de cuello" --lenguaje manual que se le entendió a la perfección-- a todo el colectivo de chicos. Después ya apaciguado me buscó para preguntarme en su lenguaje si yo sabía... tocándose con aspavientos la oreja... encogiéndome de hombros y negando con la cabeza..., para a renglón seguido y acordándose de la feliz fantasía de la que repentinamente le habíamos bajado, recuperar el apetito de la carne --que dirían las monjas-- en los gestos que me dirigía: mordiéndose el labio inferior con los ojos en blanco, mientras movía repetidamente en vaivén ambas brazos a la altura del ombligo.

Le entendí perfectamente no sólo los gestos sino, también, aquella avidez " de mujer"; las que sin dudarlo estarían dispuestas a pasar con él una divertida velada --en su papel de bufón imitando histriónicos personajes-- pero no una noche íntima. Miguel el mudo vivía atrapado entre dos silencios: el de su mudez-sordera y el de su propia soledad afectiva. Sobre todo esta última se le notaba sobremanera en la mirada, en ocasiones. Yo diferenciaba entre las más profundas afectivas y las más lujuriosas urgentes, como la que seguía luciendo en el rostro ese mismo día a la subida desde la playa a la colonia marítima para el almuerzo. Le acompañé hasta el cuarto que ocupaba en el descanso del primer patio, despidiéndome rápidamente en su apremio al desahogo manual del obsesivo deseo carnal.

Miguel el mudo, niño de la casa --expósito por más señas--, en plena madurez seguía vinculado de alguna forma aún al orfanato. La misma institución que lo tuteló --la Diputación de Granada-- le había dado un empleo de mozo para carga, descarga y reparto de mercancías que transportaba la furgoneta para los distintos establecimientos de beneficencia que regía la institución en toda la provincia. Era el perfecto acompañante para Eustaquio --el conductor--: discreto en su silencio interior, sólo centrado en el trabajo, fuerte y musculoso; cumplía a la perfección con sus cometidos. Había convenido con el conductor un corto pero eficaz lenguaje gestual a cualquier orden que éste le insinuara. Aún a pesar de su discapacidad sensorial mostraba mucha inteligencia: era como si leyera en la mente del otro su intención... no sé...; aparte era muy divertido: haciéndonos reír con sus monsergas y mimos cuando los estudiantes --chicas y chicos-- nos encontrábamos con él en la furgoneta, la que nos llevaba todas las mañanas, a unos a la escuela de Hostelería de Armilla, y a otros a las academias e institutos de bachiller de Granada.

De los viajes anteriores a aquella época, cuando mi hermano Antonio iba en la furgoneta hasta el Virgen de las Nieves --instituto de formación profesional en Granada-- habían entablado entre ambos cierta relación que siguió hasta que mi hermano emigró a Barcelona. Ahora cuando nos encontrábamos en el orfanato, o en cuanto pasaba por su lado en la furgoneta me preguntaba por mi hermano Antonio con su particular lenguaje de raras interjecciones --¡pah!, ¡pah!, ¡pah!...-- y mímicas: un leve encogimiento de hombros señalando con el brazo allá lejos --Barcelona--, seguido del gesto de mostrar unidos los dedos índices de sus manos --hermano--, con final en la imitación de estar aserrando: como si todo el brazo derecho , con la mano extendida, fuese una sierra --trabajo--...; ¡qué gratificante poder comunicarme con él! Yo le asentía que estaba bien: con un gesto de cabeza afirmativo, y que trabajaba mucho: haciendo muy rápido y repetidamente el movimiento de vaivén de mi mano derecha convertida en oportuna sierra, y que ganaba mucho dinero: en la seña de deslizar el dedo pulgar sobre el índice repetidamente...; después se reía escandalosamente. Creo que necesitaba comunicarse, en este caso ahora conmigo el hermano pequeño.

Cuando llegaba la temporada de verano, Miguel el mudo se incorporaba a la colonia veraniega como chico para todo: lo mismo cortaba leña para la cocina haciendo casi astillas los duros troncos de olivo, apilados en la leñera, con aquella poderosa fuerza que le imprimía al hacha al tiempo que la descargaba en repetitivo bufido al liberar la tensión muscular; que blanqueaba de cal todas las paredes al inicio de la temporada, previo a su ocupación. Si bien el cometido principal, el que justificaba la razón de su presencia allí era el de ser nuestro particular ángel de la guarda durante el baño en el mar: el que vigilaba nuestro natural atrevimiento de escapar mar adentro, que pudiera ponernos en alguna arriesgada situación de ahogamiento, aunque en la orilla, en su afán de juego y de gastarnos bromas, fuera él mismo el que se prodigaba en hacernos ahogadillas de las que nos sacaba con todas sus fuerzas in extremis, casi sin respiración, mientras se reía en su jerga. Así la continuada presencia durante los veranos fue providencial en cierta ocasión.

No recuerdo bien el año. Sí me viene a la memoria que la mañana había amanecido con el mar un poco encrespado, no lo suficiente para que las monjas nos prohibieran el baño, autorizándolo aunque nos pedían especial prevención, por supuesto sin alejarnos de la orilla. Y en esas estábamos jugando con las olas, encaramándonos en su cresta y luego dejándonos arrastrar por ellas cuando con gran ruido se precipitaban sobre la arena, lanzándonos algunos metros más allá de la orilla, al tiempo que nos partíamos de risa aunque hubiéramos tragado una generosa ración de agua salada. Pero mientras nosotros nos divertíamos, él no bajaba la guardia: aquellos días eran muy bien conocidos por Miguel el mudo; en cualquier momento aquellas olas medianas podían mutar a otras más grandes y embravecidas; por ello vigilaba con especial atención, intentando abarcar con la vista a todo el colectivo de bañistas: que no se le escapara ningún movimiento extraño. De repente empezó a correr en el agua que le cubría hasta las rodillas profiriendo extraños y muy ruidosos alaridos hacia un extremo del grupo de muchachos --haciendo aspavientos con las manos alertando a todos, monjas incluidas-- en donde se había apercibido que uno de nosotros, de improviso, en vez de ser expulsado por la ola a la arena, era absorbido hacia dentro del mar en el reflujo del agua, en donde aparecía y desaparecía la cabeza del chico, al que identificamos su aterrorizada cara: ¡Es el Fideo!, ¡es el Fideo!..., chico extremadamente delgado, que movía desesperadamente los brazos intentando mantenerse a flote y no hundirse en la vorágine de esa gran ola que durante toda aquella mañana había presentido el mudo Miguel, y que lo zarandeaba por su escaso peso en su peor presagio: el de empujarle al fondo con su fuerza desatada.

Sin dudarlo Miguel el mudo se zambulló en el vórtice de la peligrosa ola sin perder de vista al Fideo, y sorteando la primera embestida ambos desaparecieron en el agua de la vista de todos. Instantes después la misma ola que en segundos había adquirido una magnitud desmesurada --hasta entonces la más alta que habíamos conocido--, y bramando como el rugido de un gigante los expulsó a los dos a la playa, a la que despavoridos habíamos huido todos, y en donde durante unos segundos aún permaneció Miguel el mudo abrazando fuertemente al Fideo sin soltarle. Después una vez de pie y aupándole de atrás del bañador, dejándolo colgado en el aire como un animalillo indefenso, lo arrojó con enojo a la arena --tosiendo éste compulsivamente, soltando el agua que había tragado-- al tiempo que muy enfadado le profirió una monumental bronca en todo tipo de roncos sonidos inimaginables, mientras todos observábamos la escena. Reprimenda que no inmutó el semblante de el Fideo, el que seguía en estado de shock cuando se lo llevaron las monjas... y a renglón seguido se suspendió el baño aquella mañana. Con el paso del tiempo aquel episodio que pudo acabar en tragedia era ya un clásico en el repertorio de Miguel el mudo que siempre lo contaba a su manera, señalándole al interlocutor, de entre los niños, al Fideo, el que aquel día volvió a nacer

1958? Almuñécar. Granada. Miguel el mudo que exhibe su perpetuo histrionismo en el gesto divertido del abanico, era consciente de su otro protagonismo más serio: el de ser ángel de la guarda en los baños de mar de los niños pequeñitos

Miguel el mudo era un espíritu libre. Aunque incurso en el colectivo de niños de la casa: Jesús Péh-Péh, Manolico el baboso... y otros, ahora ya adultos, a los que unía alguna discapacidad física o mental no quería acabar como éstos, finalmente recluidos ante el desamparo en los hospitales de San Lázaro o el de la Virgen --éste último al que en Granada llamaban la casa de los locos--, y en su cara siempre mostraba el pánico al ingreso sobre todo en este lugar, cuando a su manera lo contaba. Habíamos oído hablar de este sitio, el que reconocíamos identificándolo desde la furgoneta camino a la academia en innumerables ocasiones: ¡Mirar!, la casa de los locos: el hospital de la Virgen, en el número catorce, atrincherado detrás de altas tapias de ladrillo, obedecía a la tipología de establecimientos públicos benéficos de principios del siglo pasado, con claro parecido al orfanato aunque los pabellones estaban unidos a la edificación central, en parcela más reducida, sin la dispersión de aquél. Una navidad, la de mil novecientos sesenta y nueve, y disfrazado de paje de rey mago --los reyes magos eran tres diputados provinciales-- me adentré sin haberlo pedido ni deseado en aquellos espacios; una experiencia impactante, de la que escribí después:

Recorrimos en comitiva regia el largo corredor donde, ahora, las ricas, vistosas y rígidas ropas reales de los tres diputados cortaban el aire desangelado, en una escena extrañamente festiva, que no distrajo la atención --pese a la ruidosa fanfarria de la entrada-- de los internos de la sala de hombres: dispersos, absorbidos cada uno en sus insondables universos interiores, sin entender aquella fiesta, ni los regalos que intentábamos entregarles. La escena era desoladora: aquellos humanos nos mostraban con una crudeza que espantaba su deriva mental... sus extraños gestos... unos inmovilizados como queriendo taladrarnos con su fija mirada... otros dando vueltas continuamente en los rincones de la amplia sala; estancia que olía a deposición y orines... uno más cercano gritando violentamente...". No me extraña que Miguel el mudo no quisiera estar dentro de las tapias de aquel tenebroso lugar. Su vitalidad y alegría desbordada era todo lo contrario a las actitudes maníacas de aquellos internos; aunque él tenía también sus propios tics: los de imitar continuamente, con cierto giro de caricatura, todo tipo de personajes; algunos de gestos extremadamente caballerosos con las mujeres, los que repetía todos los días en la furgoneta con las chicas estudiantes del orfanato, cuando las recibía y al despedirse de ellas. La mañana de aquel día, repitió las de despedida como siempre... y luego ¿desapareció?

Como los demás días Miguel el mudo nos saludó efusivamente con sus extrañas y ruidosas interjecciones --las que profería para llamar la atención abriendo extensiblemente la boca en su particular lenguaje acompañando de gestos con las manos-- en cuanto nos divisó. Mostraba la misma alegría de siempre al vernos llegar a la furgoneta, donde como cualquier otra mañana esperaba nuestra llegada y la de las chicas. Regocijo que durante el viaje transformaba en continuas bufonadas, intentando arrancarnos nuestras más aparatosas risas --chicos-- y otras más comedidas sonrisas del personal femenino, al que trataba con ademanes del más educado caballero, improvisando personajes in mente. Ademanes caballerescos --aquellas eran sus damas-- que llegaban al virtuosismo cuando apostado afuera del vehículo, después de aperturar su pesada puerta metálica, les saludaba de aquella exagerada guisa, despidiéndolas y deseándolas un buen día. Las primeras que agredecían tan especial tratamiento eran las chicas que se bajaban en la escuela de Hostelería, cuya entrada se alineaba con la carretera de Armilla.

Pero aquel día al poco rato de bajarse en la entrada a la escuela de Hostelería con la furgoneta aparcada en el arcén de la carretera ya no se le oía... ni se le veía...; desapareció misteriosamente: ¿Dónde está el mudo?...: ¡No puede ser! Repasemos los momentos anteriores a la abducción --dijimos-- visionados a través de las ventanillas: como todos los días abrió la pesada puerta metálica corredera del vehículo y se situó en la parte de afuera para dar paso a las chicas que se bajaban allí. Hizo una aparatosa reverencia, como si las que se fueran a bajar fuesen reinas: inclinó el cuerpo saludando, mientras agachaba la cabeza con un aparatoso gesto de quitarse un solemne sombrero. Dió algunos pasos reverentes hacia atrás... y desapareció súbitamente. Las chicas que esperaban verle apostado al exterior de la puerta, al no descubrirle se quedaron atónitas, intentando buscarlo alrededor del vehículo, y más tarde mirando a lo lejos por entre los trigales de los huertos...; era extraño no divisarlo en su recio aspecto...; entonces, ¿dónde está el mudo?...:¡Ah!, ¡qué jodido!, nos estará gastando alguna broma...: Se habrá escondido el muy ladino...:¿Pero dónde?

Los minutos pasaban y Miguel el mudo seguía sin dar señales de vida: A ver si aparece, no teníamos toda la mañana para jugar al escondite; además Eustaquio se estaba mosqueando: ¡Dónde cojones se habrá metido éste?, exclamaba impaciente: No sabemos; pero si hace un segundo estaba ahí mismo, al lado de la acequia...: ¿La acequia?...¡¡toma ya!!, seguro que al dar los pasos atrás se ha caído dentro. Ya antes de llegar hasta ella oímos un prolongado aullido lastimero, aunque muy débil que provenía del interior de la profunda zanja de riego, en el tramo encauzado de recia fábrica en donde había quedado encajado, después de golpearse contra el duro fondo, su corpulento cuerpo, el que a duras penas sacamos de allí; y aunque el golpe tuvo que ser muy fuerte, apenas se quejaba, esbozando una leve sonrisa desdibujada de dolor cuando le mirábamos, sentado en el asiento de la furgoneta, rumbo a Granada a que le reconocieran en el hospital de san Juan de Dios, cerca de la academia donde estudiábamos los chicos. ¡Ay, Miguel!, nos desjastes preocupados todo el día. Al final algunas magulladuras y poco más; tenías la fortaleza de un toro. !Qué susto nos distes!, creíamos que te habíamos perdido...; te necesitábamos.

Pasado el tiempo caíste en otra zanja más oscura y profunda... pero ya no estábamos.



FranciscoMolinaGómez
(... después cuándo muy joven me echaron de allí, yo creí que se me había complicado sobremanera la vida, sin saber nada de la tuya... me quejaba de su dureza, sin pensar siquiera en tí... sin tener noticias tuyas durante mucho tiempo... hasta que en algún papel leí que nos habías dejado para siempre... que aquel grueso fardo que portabas a la espalda era demasiado pesado para proseguir: entre tus "dos silencios", y para olvidarlos, se había colado de rondón el "alcohol" y ya no pudiste superar aquella complicada encrucijada sin perder la libertad, y esta finalmente se cobró su servidumbre... lo tuyo sí fue complicación...¡hasta siempre Miguel!; gracias por todo...: ¡Ah!, mi hermano sigue muy bien, ahora ya está jubilado)