jueves, 1 de octubre de 2015

POR SIEMPRE ISIDORIANO (I)


Academia Isidoriana, Granada. Segundo de Bachilllerato. Curso 1964/65.
En un día luminoso y destemplado, con el sol de la mañana acariciando tímidamente la terraza de la academia, el curso de Segundo-A pasamos a la posteridad. La composición que parte de un centro reconocible (Cortacero Martín, Galindo, Hinojosa, González Navarro...) y luego se desborda hasta el tejado no es casual; en la ubicación de cada uno hay un mundo de interrogantes..., y los cuatro "pelados" del orfanato (Molina, Rivas y Castro --izquierda-- y Lozano --derecha--), diluyéndonos en los bordes.





... y mientras, nosotros, en nuestro haber anotamos la esencia de ser isidoriano; una forma especial de sentir: sabíamos de nuestras perpetuas penurias, de la ruina que habitábamos, de la falta de medios, de la injusta ausencia de premios, de la pertinaz sequía de trofeos..., pero también éramos conscientes de nuestra envidiada originalidad; ser isidoriano había adquirido impronta, y ahora la generación colorista la habíamos mejorado: siempre nos impostamos dentro del orden establecido para subvertirlo de las única forma posible: derrochando imaginación por raudales...
(Del libro del autor del blog: "Curso´63, del bachiller en los tiempos del pop")











Nunca agradeceré lo suficiente la oportunidad que se me ofreció de abandonar muy de mañana diariamente el orfanato --te llevo en el recuerdo sor Aurora; tu cadenciosa voz canaria; tus relajados gestos amables tan inusuales en una monja superiora...-- para ir a estudiar al viejo caserón de la Academia Isidoriana en Granada. Nunca gratificaré bastante las deseadas escapadas al alba --aunque fueran en libertad vigilada-- al encuentro de mis compañeros de estudios durante seis años seguidos. Años fundamentales --los de la pubertad y el inicio de la adolescencia-- para salvar en parte los restos del naufragio de la infancia; algo se pudo paliar. Me consideraba enormemente favorecido por el hecho de compartir inquietudes, sentimientos, emociones y espacio vital con otros chicos de mi edad que vivían en un mundo distinto al mío --¡¡y tan distinto!!--, allende las tapias del orfanato, y que me aportaron con su "normalidad", su compañerismo y su amistad cierta estabilidad emocional. Confieso que de no haberles conocido y tratado hoy sería otra persona, ciertamente con más carencias.

Qué gratificante es vernos de nuevo todos juntos, como si el tiempo se hubiese congelado. Es difícil poner voz viva a sonrisas, preocupaciones, ilusiones y esperanzas... a esas caras, sin los testimonios de los ahora sesentones protagonistas. Este regalo a la memoria que ahora contemplo con asombro: ¡Qué jóvenes éramos!, y con ansiosa curiosidad: ¿Qué habrá sido de todos ellos?, me permite poner rostro a un momento del pasado, a un instante capturado para la nostalgia: estado anímico que se agudiza con el paso de los años y que se cursa con poderosa fuerza aperturando la compuerta que encierra el caudal de recuerdos contenidos en mentes saturadas de vivencias y ya algo cansadas. Ahora todo es ya parte de nuestra memoria, de la memoria colectiva de un grupo de chicos nacidos al final de la posguerra, y a los que se les dio la oportunidad de poder soñar con un futuro mejor que su presente... es la evocación de un peculiar lugar...¡ah!, el lugar; y de todos aquellos personajes que fueron parte del paisaje isidoriano... ¡¡y qué paisanaje!!

Aún rememoro de mi primer día de academia la extraña sensación de sentir que bruscamente estaba habitando otro mundo, muy distinto del acostumbrado: más libre, más colorista, más alegre... y aunque me sentía de alguna forma "avis rara" me alegraba enormemente de estar allí. Todo era raro, insólito... distinto, como el tiempo tan corto de aquella primera clase: Se había cumplido una hora de su inicio cuando sonó alto e insistente con fuerte chirrido metálico un timbre que por la llamada pude localizar en el pasillo, cerca de la puerta del aula. Persistente ruido que me sorprendió, sin saber que significaba aquella señal, y al que se sumó en decibelios crecientes las ganas de salir al patio, manifestadas en un escandaloso griterío, de los que iban a ser mis compañeros de bachiller, y a los que envidiaba, en aquel primer día, su aparente relajación y el dominio del territorio frente a nuestra --conmigo compartirían libertad vigilada a partir de aquel día, tres chicos más del orfanato: Castro, Rivas, y Lozano-- timidez que ahondaba la incertidumbre; sin saber que hacer en cada momento. En principio los del orfanato nos dejamos llevar por la seguridad que mostraba el resto, sin titubeos, y les seguimos en su salida del aula, si bien con un pequeño detalle diferencial: mientras ellos habían dejado carteras y útiles de escritura en sus mesas, nosotros salimos con nuestras recién compradas carteras --el mismo modelo y color, al igual que nuestra vestimenta--, fuertemente asidas, creyendo que las clases habían terminado, o quizás, salvando nuestra desconfianza a abandonar las pulcras libretas y los novedosos bolígrafos al albur de cualquiera de aquellos desconocidos.

Al igual que algunos, los cuatro buscamos la salida, ahora en un itinerario inverso al de llegada que aquel primer día era más emocional que físico, con la secuencia en tiempo real: agradecer ver luz natural en un patio que empezaba a llenarse de alumnos, alegrándonos de dejar atrás nuestra escondida aula, en la planta baja al fondo a la izquierda de lo que parecía era un edificio; sobrecogernos nuevamente por el efecto embudo y la semioscuridad del tramo-túnel siguiente que conectaba los dos patios; sorprendernos por segunda vez, la visión de un patio noble con seis columnas dóricas en torno a un corredor, fuente clásica de piedra con cabeza de animal, y escalera imperial doméstica; y desear transitar el zaguán de entrada que daba al portalón, que facilitaba la salida a la calle Arriola. Pero esto último no era posible. Allí había un implacable guardián --don José el portero-- del que conocimos aquel día la salvaguarda, por encima de cualquier consideración, de su autoridad en la portería. Apoyado en el bastón junto a la puerta, la imagen de su persona que percibimos en la improvisada presentación era de competencia en antigüedad con el viejo caserón, suscitando en su apreciación, respecto de éste, las lógicas dudas sobre quién fue antes; cuestión difícil de dilucidar. Edad avanzada, la del portero, que no era óbice para contener el ataque de una marabunta de alumnos que se había aposentado en las inmediaciones de la portería. Nosotros nos mantuvimos algo alejados, en prevención.

Ante las embestidas que iniciaron los congregados, dirigidas en tromba a la puerta de salida, en un ordenado y repetitivo avance y retroceso acompañando la cadencia en ascendente del grito: ¡Ah!... ¡¡aah!!... ¡¡¡aaah!!!... ¡¡¡aaaah!!!..., con un objetivo claro: forzar la puerta para dar con los huesos en la calle, el portero después de los preceptivos avisos, y ya con la cara violácea a punto de congestión, enarboló en alto su vara de mando o bastón de madera noble y dura para asestar, a continuación, un golpe mortal, en un recorrido previo de ciento ochenta grados, al centro de aquella zona conflictiva; y, por efecto bolera, derribar el máximo de estudiantes rebeldes. Afortunadamente no dio a nadie. Se percibía claramente que aquella tropa le había tomado la medida al contundente elemento disuasorio, pues se apartaron a tiempo con una maniobra ya ensayada, aunque sin conseguir su propósito de salir afuera. En la satisfacción de imponer su autoridad el guardián de la puerta plenamente complacido se ajustó la ostentosa cadena de reloj de antepasados que guardaba en uno de los bolsillos del chaleco de un traje de calle, de textura y color indefinidos; se recolocó el cigarrillo que llevaba pegado --un Celtas corto-- en un descolgado grueso labio inferior del mismo color de la cara: entre azulado y rojo, como señal de normalidad al ver que bastantes alumnos se batían en retirada; unos hacia sus aulas, otros al patio siguiente, y unos pocos --mayores-- hacia los dominios de un abuelete que regentaba un puesto de frutos secos, caramelos... y cigarrillos que vendía sueltos, estratégicamente ubicado en ese mismo patio noble de la academia.

(Los estrategas se forman en la guerra de la que el abuelete, supusimos, llevaba ya muchas batallas libradas pues, como comprobamos más tarde, no había tropa, en activo o licenciada, que no hubiera visitado alguna vez su baluarte. Por eso frente al acoso de piratas y bucaneros con aspecto de estudiantes, había desplegado toda una suerte de medidas defensivas propias de un general como pudimos apreciar sobre el terreno: el tesoro que los agregados en derredor ansiaban asaltar se asentaba sobre una base de piedra de un viejo pozo clausurado, con lo que el ataque por los bajos estaba descartado; los flancos laterales también constituían puntos invulnerables: eran las paredes de la esquina del patio; y, para colmo, en los momentos en que arreciaba la lucha cuerpo a cuerpo, coincidiendo con los descansos entre clases --según comprobamos después-- era auxiliado por la caballería: su hija que ya peinaba canas, de tez oscura y estatura bajita pero rápida y sagaz como si hubiera hecho un master en el Bronx).

Aquella mañana estaba sólo cuando se le acercó el grupo de chicos mayores --por su edad serían de sexto curso-- haciéndole una envolvente para alejarlo del puesto, mientras uno de ellos escondido en una de las columnas próxima a la cesta donde tenía el tabaco, se apropiaba de varios cigarrillos que después los interfectos, con gran descojono, volatilizaron clandestinamente, a caladas alternadas, en unos destartalados aseos de un patinejo interior que se comunicaba por un pasadizo con el patio noble --por donde les vimos escapar, aunque entonces desconocíamos su destino--, aspirando --supusimos cuando descubrimos el lugar-- placenteramente junto con el humo del pitillo, otros olores tanto o más intensos que, como gases condensados, permanecían estables en aquella atmósfera: el fuerte tufillo a mierda, orín y agua fuerte que desprendían las letrinas.

Los cuatro observamos los acontecimientos con estupefacción en la inmediatez de nuestro primer día: el insólito suceso del cuestionamiento de la autoridad --del que indisimuladamente nos congratulábamos--, pues no teníamos antecedentes en nuestra memoria, y el de la canallería estudiantil hacia el indefenso abuelete; y huimos de las posibles complicaciones queriendo guarecernos, en el convencimiento ahora de que la jornada lectiva no había finalizado, en el otro patio que incomprensiblemente en el descanso entre clases había alcanzado su aforo máximo: no cabía un alfiler; patio donde aún resonaban los ecos: ¡Borregos!, ¡borregos!..., gritos de bienvenida con los que los otros cursos nos saludaron en la formación de las filas para entrar a las aulas; epíteto despectivo hacia los de nuevo ingreso, instituido por el alumnado isidoriano durante años.

Ahora ambos patios estaban llenos de gente y poco tardó en atascarse el estrecho túnel que los comunicaba justo cuando intentábamos trasladarnos nosotros. Antes de que aquel espacio noble reventara por colapso y en previsión de que el recreo degenerara en sajurda estudiantil, las fuerzas del orden --secretario, hijos del director...-- se movilizaron dirigidas por el jefe de estudios --don Rafael--, empujándonos hacia el innoble patio a través del angosto túnel, siendo peor el remedio que la enfermedad ya que éste quedó atascado por exceso de materia humana, y por tanto inmovilizado el flujo de estudiantes hacia el objetivo señalado. Hubo que emplear todo el personal disponible --subalternos-- para, apostándose al inicio y al final del tramo túnel realizar una brillante maniobra: cortar la afluencia en la retaguardia y desatascar la vanguardia, dejando operativo semejante punto estratégico que permaneció controlado y vigilado hasta que se produjo el trasvase de toda la masa estudiantil (en el fondo, era simplemente un problema de dinámica de fluidos). Así fue como conocimos al que fue nuestro jefe de estudios aquellos seis años, el que detrás de la inequívoca imagen de gañán --de cara curtida y ademanes broncos--, escondía un eficaz negociador, atemperando nuestra bulla de cambios que desde aquel primer día fue presionando cada vez más en aulas y patios, y moldeando su inicial resistencia del principio, entre una relajada disciplina y el "dejar hacer", en especial cuando fuimos alumnos de los últimos cursos de bachiller. Al fin pudimos salir al otro patio.

(Lo que con el tiempo más me asombraba de aquel receptáculo era su elasticidad: cómo se dilataba a medida que iba saturándose de sucesivas oleadas de adolescentes, ávidos de libertad, de amistad, y, sobre todo, de complicidad en los juegos que espontáneamente surgían cuando pisábamos el enlosado; y cómo se contraía a su dimensión real cuando, por condicionantes de tiempo académico, nos obligaban a replegarnos a las aulas. Aquella versatilidad posibilitaba que, aún con el aforo completo, se pudieran jugar varios partidos de futbito a la vez, aprovechando las distancias entre los lados y las dos diagonales del rectángulo, sin que se interfirieran entre sí jugadores y pelotas; conviviendo con un sin fin de actividades más, en una especie de macroconcierto de juegos cargados de diversión y decibelios. Al final rendidos por la actividad física era obligado visitar el vulgar bebedero --encimera de obra con pequeños surtidores de agua, habilitada en un rincón-- para reponer líquidos, y si la suerte acompañaba, para renovar fuerzas, disfrutar de una plaza en uno de los dos bancos de fría y dura piedra que constituían el único mobiliario urbano del patio; no sin antes haber machacado, por acoso aunque sin derribo, el único tronco de arbusto que, adosado a una de las tapias, ejercía como poste de portería de futbito, y al que solo le brotaban algunas ramas verdes durante las vacaciones.

Espacio polivalente, comodín de actividades lúdicas y de orden, a las que se añadiría, con forrceps, las deportivas escolares, para cuya practica el director --don Luis Molina Gómez-- en su mensaje de bienvenida el primer día, reunidos todos los cursos en el patio, prometió la modernización de sus instalaciones. Si alguna vez anidó en nuestra mente sombra de duda sobre la idoneidad de las instalaciones deportivas de la academia --un mal pensamiento es inevitable alguna vez--, ésta quedó disipada para siempre al discurrir del curso. Una mañana a primera hora un alumno madrugador descubrió una novedad. En una de las tapias del patio innoble pendía un objeto extraño a primera vista incalificable: a un tablero de madera le habían clavado un aro metálico y todo ello lo habían colgado en la pared. Al punto y avisados por aquél se congregaron varios alumnos de primero alrededor del objeto: ¡Qué curioso!, encima del circulo metálico y perpendicularmente hay pintado un cuadrado, abrió el debate el descubridor...: ¿Cuadrado?... ¿perpendicular?... ¿círculo?..., ya sé , esto va a ser la demostración de un teorema geométrico... pero ¿cuál de ellos?... vete tú a saber, le contestó otro para el que la clave estaba en las conocidas formas...: ¡Seréis gilipollas!... eso es un tablero de baloncesto, apostilló un tercero más avezado, y aquí acabó la reflexión sobre la abstracta escultura.
El prócer --director-- cumplió lo prometido; gesto que no se le reconoció lo suficiente. No podíamos pedir más, so pena de rayar en la avaricia; teníamos todo en aquel polideportivo al aire libre: un arbusto incombustible al acoso como portería de futbito y ahora, con la red puesta, la más moderna canasta de baloncesto: Sí, ya sé que hemos colocado sólo una --dijo con socarronería el director--, obviamente es la del equipo contrario; no necesitamos más.

En realidad no necesitábamos más, sólo una pequeña pelota para encestar o para colocar dentro del espacio del muro que marcaba el seco arbusto, y que hacía de portería. Un día jugábamos en el patio uno de esos partidillos de demostración de nuestras adquiridas habilidades con la pelotita de dura goma "gorila" --la que regalaban con los populares zapatos "gorila"-- cuando un pata floja confundiendo el ventanal de un aula con la portería le hizo a aquél un clamoroso gol, con intento de penetración del objeto esférico a través del vidrio, sin conseguirlo pero logrando que este cayera del fijo de la ventana fracturándose en diminutos trozos al golpear contra el suelo, con estruendoso ruido de cristales rotos. Por aquel tiempo andaba el hijo mayor del director, profesor de Latín --don Luis Molina Galdeano-- intentando atrapar al francotirador o francotiradores empeñados en acabar con la cristalería de la academia. La vivienda del director volcaba sus ventanas a aquel patio, así que al escandaloso sonido del desperfecto, como reclamo, acudió su hijo mayor lo más rápido que pudo, pero como sucedía siempre: una solitaria pelota entre fragmentos de cristal en un patio vacío delataba el instrumento del delito, pero no al autor... éramos muy escurridizos. Nunca atrapó a nadie, pero en su obsesiva tarea, eso sí, llegó a juntar la mayor y mejor colección de pelotas de futbito de variados materiales, tamaños y colores, esperando ser retiradas por sus dueños. Nunca las reclamaron.

No todo eran actividades deportivas, también las lúdicas ocuparon buena parte de los momentos vividos en aquel patio; una vez incluso con sorpresa: De improviso un: ¡Eh!, seco y rotundo, sonaba en alguna parte del patio como aldabonazo de salida a una peligrosa diversión. Empezaba el juego del ¡eh! Muy agrupados, en una fase inicial, los improvisados jugadores mostraban sus caras más sonrientes, como tarjetas de aceptación del riesgo, al mismo tiempo que una bola de papel (prensada manualmente para la ocasión), previamente lanzada al aire en el centro de gravedad del grupo, se erigía como punto de atención de todas las miradas. ¡Eh!, respondía otro del grupo, impulsando con la palma de la mano, de nuevo, la bola hacia arriba, evitando la caída de ésta al suelo y lanzando el objeto conflictivo a la zona de un tercer participante, que la devolvía con otro ¡eh! Y así muchos ¡eh!, ¡eh!, ¡eh!..., de otros tantos participantes, en un continuo ciclo arriba-abajo de la bola durante una segunda fase del juego donde se mascaba la emoción del peligro. ¡Eh!..., ¡eh!..., ¡eh!... con el grupo más abierto y disperso, la fase final aparecía dominada por la tensión del posible fallo que ya se adivinaba en el más torpe cuya zona era bombardeada constantemente con unos ¡eh! más espaciados que los del principio, y tanto iba la bola al torpe que al final le daba en el cuerpo sin poder alzarla cayéndose al suelo. Inmediatamente, como resortes, los cazadores se lanzaban sin piedad al cobro de la pieza de caza --el torpe--, la que literalmente molían a golpes, bajo una montaña de manos que, golpeando donde podían, exigían su parte del botín.

Sucedía a veces que la víctima era uno que pasaba por allí, y así en cierta ocasión, cuando desatada la euforia de los manotazos sobre el cuerpo inocente --erróneamente ubicado-- al que ajeno al juego le había dado la bola sin que la impulsara hacia arriba, alguien que le reconoció y que estaba contemplando pasivamente el espectáculo, exclamó a viva voz, casi alegrándose: ¡Qué de hostias le están dando al hijo del director! La noticia recorrió como reguero de pólvora todo el patio, causando el cese de toda actividad lúdica a favor de la atención expectante a la zona donde se estaba cometiendo el atropello y cuyos autores al grito de: ¡Maricón el último!, dejaron al interfecto en el suelo del innoble patio que en unos segundos quedó vacío, sin que ningún estudiante samaritano auxiliara al chaval del jefe. Así fue como conocimos a Antonio, el hijo menor del director, cuando una peligrosa diversión interfirió en el trayecto a su vivienda familiar, la que ubicaba, atravesando el patio, al final de la empinada escalera.

Subir un día la empinada e interminable escalera nos pareció --a los cuatro del orfanato-- una escalada en toda regla. Queríamos llegar hasta el palomar ubicado en la terraza que remataba en altura el edificio que acogía nuestra aula en sus entrañas. Terraza que se asomaba al patio mismo. Desde abajo, visualizábamos el escandalosos revoloteo de las palomas en su vuelo para alcanzar los tejados más próximos, sobrevolando el innoble patio a donde lanzaban sus nerviosos arrullos y algún que otro mensaje escatológico. La incursión territorial resultó ser más arriesgada de lo que habíamos planeado, ya que durante la misma hubo que atravesar sigilosamente parcelas privadas (acceso a la vivienda del director) y zonas nunca exploradas (aulas con indicios de cierto abandono); inconvenientes que superamos jadeando más que respirando, y con el corazón en vilo que se nos paró de golpe cuando, sin darnos cuenta, nos topamos con la puerta de salida a la terraza. La abrimos. Lo que pasó después fue como el click de una toma fotográfica: abrir el diafragma, captar la imagen, cerrarse el objetivo y quedar registrada de por vida aquella escena, fue sólo un segundo de tiempo. Nunca olvidaremos la figura a contraluz --áurea luminosa incluida por efecto del sol detrás-- de un viejo dirigiéndose a nosotros, brazos en alto y lanzando un pavoroso bramido que, por su gravedad e intensidad, parecía salido de lo más profundo de sus vísceras.

Por supuesto nuestra retirada se llevó a cabo al grito de: ¡Sálvese el que pueda!, al tiempo que enfilamos escaleras abajo la salida sin apercibirnos, por la urgencia del momento, de lo peligrosa de aquella pendiente, la que fuimos salvando de dos en dos peldaños, estando alguno de nosotros a punto de rodar por los escalones si no es por el auxilio del pasamanos fijo en la pared, al que nos asimos fuertemente y así poder alcanzar el suelo del patio. Una vez puestos a salvo en territorio amigo, y aún con el grito inhumano resonando en nuestros oídos, los cuatro convinimos en que aquél individuo era posiblemente un loco, al que no quisimos volver a ver. Al cabo del tiempo vinimos en conocimiento de que al que considerábamos enajenado mental era familia del director, su hermano mayor, aunque sin mando en plaza; secretos de familia).

Éramos los únicos de aquella turba que permanecíamos estáticos en el recreo del patio el primer día, después del episodio del atascamiento: perfectamente uniformados --pantalón corto de franela gris oscuro, camisa de "tergal" blanca, calcetines de algodón del mismo color, y zapatos "gorila"--, cartera en mano, y posicionándonos en formación paralela al muro, resguardando la espaldas en éste; hombro con hombro y mirada al frente observando, atónitos, todo un espectáculo verbenero de juegos, gritos, voces, empujones..., mientras nosotros seguíamos impasibles: la cartera pegada a la mano formando un solo todo, esperando no sabíamos qué, ante el descojono y cachondeo general de nuestros incipientes compañeros que nos miraban con estupor, como si fuésemos bichos raros. En un lance del impulsivo juego, nos empujó casi con derribo uno de los chicos que venía lanzado habiendo perdido el equilibrio, el que por toda disculpa sólo nos preguntó con asombro, mientras se agarraba a nosotros para no caerse: ¿Sois hermanos?..., no supimos que contestar, permaneciendo dubitativos sin darle respuesta mientras rehacíamos la compostura y el chico se marchaba rápidamente.

De vuelta al aula, había que ser muy valiente o "tenerlos bien puestos" para introducirse de nuevo al fondo a la izquierda y permanecer impasible, durante otra hora, bajo aquella ruina. Ente que desde el principio, pudimos comprobar, se había instalado en aquel solar, hiriendo de muerte al viejo caserón. Algo de preocupación --creo-- nos debió causar aquella situación. Pero la inicial preocupación era infundada, aunque entendible pues aún no conocíamos la eficacia profesional de Paco el carpintero --insigne "ingeniero" de mantenimiento de la academia--, del que tuvimos las primeras señales de su existencia --desde nuestros asientos-- en los golpes que se oían en el aula vecina, ante la protesta del profesor que se presentaba a segunda hora de la mañana: ¡Qué escándalo!... ¡¡siempre igual!! Dedujimos que no había opción: o las continuas molestias por las incesantes reparaciones o el colapso del edificio. Desde aquel día y ante nuestra canallesca insistencia de derribo de cualquier elemento constructivo en pared, techo o suelo, comprobamos con cierta desilusión que Paco el carpintero no conocía el desaliento, así tras cualquier oportuna reparación desafiaba a la joven concurrencia --espectadores de su apurada técnica- retándonos con penetrante mirada que en pocas palabras venía a decir: Aunque os joda, por mis cojones ¡que aguanta! ¡¡Qué temple profesional!!

(Todas las variables de la ecuación: ubicación, antigüedad, abandono..., nos fueron indicando un único resultado en el tiempo: la autodemolición del edificio en un acto supremo de suicidio inmobiliario; sin embargo la realidad de aquellos primeros días nos confirmaba que allí había una incógnita mal despejada: el edificio pese a todo y a todos se mantenía en pie. Allí había realmente un misterio que entendimos con el paso del tiempo cuando conocimos realmente al principal valedor del viejo caserón --a Paco el carpintero: mediana estatura, pelo ensortijado con abundantes canas, ojos saltones y mandíbula inferior desencajada en permanente sonrisa que dejaba ver la huida de numerosas piezas dentarias, pese a lo cual retenían, milagrosamente, un eterno palillo de dientes-- y sus infinitos remiendos; los que habían logrado un milagro constructivo: tablero a tablero, clavo a clavo, martillazo a martillazo..., en una eterna sucesión de arreglos, ¡había empanelado toda la academia, producto de una dilatada vida profesional próxima a la jubilación. Y hete aquí la maravilla: había conseguido implantar en el edificio, como hábil cirujano, una segunda piel que fuertemente adosada a la estructura muraria original la reforzaba de tal manera que hacía imposible su derrumbe).

Por si fuera poco el asombro que había originado en nuestros nuevos compañeros el que vistiéramos las mismas ropas e ir a todas partes juntos sin ser hermanos, un suceso posterior contribuyó a aumentar el suspense que, muy a pesar nuestro, se percibía en el ambiente de aquel primer día hacia los cuatro. Para rematar nuestra jornada matinal de clases en la Academia Isidoriana, y a su término para llevarnos a almorzar, fue a recogernos al viejo edificio una rubia platino despampanante que además de joven y guapa exhalaba clase y elegancia por todos los poros de su cuerpo, originando, como era de prever, gran revuelo entre aquella tropa de legionarios en busca de carnaza que obsequiaron a nuestra benefactora con toda suerte de improperios --al cual más obsceno--; de cuyo trance logramos salir con vida, pues a pesar de la tensión del momento pudimos alcanzar la calle, no sin antes comprobar la cara de incredulidad y envidia de nuestros compañeros. La consecuencia de todo aquello fue que Claudina, nombre de la rubia platino comisionada por las monjas, nos juró y perjuró que jamás pondría de nuevo los pies en la academia --era sólo de chicos--. Pero... ¿qué nos importaba ya su negativa a seguir recogiéndonos en la academia?..., a la luz del éxito y el interés que nuestra bienhechora había causado en el ánimo desatado de las hormonas de nuestros compañeros, para los que por la tarde, cuando nos reintegramos a las clases, empezamos a ser visibles: ¡Jóder!, qué buena está la rubia que os ha venido a recoger... ¿va a venir mañana?



Hoja de apto en mi ingreso en la Academia Isidoriana de Granada, extraída del "Libro de Calificación Escolar"; aquél de tapa azules con escudo nacional y título en letras doradas, que aún conservo, y el que ahora al escrutar sus tapas --algo degradadas-- y sus páginas me suscita cierto asombro, a la vez que me congratula, que haya sobrevivido al extravío de traslados y mudanzas.




FranciscoMolinaGómez --"Molina"--
             (continuará)

martes, 1 de septiembre de 2015

Y SE ARMÓ LA TANGANA











La instantánea fotográfica que ahora observo minuciosamente no es de muy buena calidad. El contraste de matices en las caras del grupo de once --equipo de fútbol del orfanato--, algo borrosas, no impide apreciar en los gestos el estado anímico de ilusionado nerviosismo, que derivaría en alborozada alegría de los que, al finalizar el encuentro deportivo contra un equipo de fuera, serían escogidos para jugar al fútbol en la liga juvenil de Granada.
En formación convencional previa a un partido de fútbol, tal cual se mostraban entonces los equipos profesionales, así posamos aquel día para la foto en el campo de fútbol del pabellón de mayores, compitiendo entre nosotros a fin de ser elegidos, y rivalizando desde el minuto cero.
Instantes después, ante la atenta mirada del ojeador del equipo de fútbol del Arenas de Armilla, Rafael Machado --Falico--, celador de noche del orfanato y antigua gloria del primer equipo de los años cincuenta, intentábamos mostrar a aquel descubridor de talentos futbolísticos, nuestras cualidades balompedísticas en un partido sin más trascendencia que la de desplegar ante tan ilustre emisario, nuestro más vistoso virtuosismo con el balón.
Conforme se desarrollaba el encuentro, y de reojo, observábamos cómo Falico se movía en la banda del campo visualizando las jugadas más interesantes; posiblemente analizando nuestras cualidades técnicas y nuestros fallos, los que iba anotando en secreta libretita, descartando jugadores hasta quedar sólo tres nombres --en realidad tres números pues nos identificaba por el guarismo que portábamos a la espalda-- a los que desde aquel día se les ofertaba la gloria futbolística que tantas veces habíamos soñado --de las categorías juveniles se podía pasar al filial y de éste al primer equipo de la ciudad--, y entre los que me encontraba yo (tercero desde la izquierda, agachado), compartiendo aquella nueva aventura con otros dos internos: Paquito Espinosa (primero desde la izquierda, agachado), y Valenzuela mayor (tercero desde la izquierda, de pie). El trío quedó reducido a dúo, al no haber alcanzado por aquellas fechas Paquito Espinosa la edad reglamentaria de los dieciséis años para participar en competiciones juveniles oficiales















Al final del verano del sesenta y ocho, Valenzuela mayor y yo nos incorporamos al equipo juvenil del mítico Arenas de Armilla. Nos agregamos con el campeonato ya iniciado y con los primeros traspiés consolidados. En nuestra ausencia --apurando los últimos días de veraneo en la colonia marítima de Almuñécar-- nuestros compañeros de equipo habían perdido los partidos iniciales.

La alegría del principio de la nueva situación --jugar en un equipo federado--, dio paso a la perplejidad cuando, en nuestro primer encuentro con el equipo del Gabia, se nos mostró la cruda realidad: la pobreza de infraestructura y de intendencia del equipo: no teníamos campo propio y por tanto no percibimos durante el campeonato el arraigo de territorio, ni el calor de la hinchada local --era complicado seguirnos en nuestro peregrinaje por aquellos campos perdidos de la mano de dios--. Los partidos de casa los jugábamos de prestado en el campo de fútbol del Churriana: equipo local de Churriana de la Vega, localidad próxima a Armilla.

Si en algún momento soñamos con una equipación deportiva, acorde con el nuevo fichaje; esa ilusión se desvaneció en la primera convocatoria: no teníamos utillero. Para colmo de despropósitos ni Valenzuela ni yo conocíamos a nuestro entrenador, el que nos fue presentado en aquel punto de encuentro --previo al partido-- que remansaba un arroyo bordeado de chopos y álamos, cerca del campo de fútbol del equipo del Gabia. Los demás componentes del equipo --a los que también conocimos en aquel momento-- traían ya de casa en sus bolsas de deportes la camiseta rojiblanca a rayas verticales y el pantalón negro y los escarpines rojiblancos que les había proporcionado el club. Las botas eran por cuenta de cada uno. Por supuesto aquel lujo no estaba al alcance de ninguno de nosotros dos.

Otra vez y como no podía ser de otra manera, como constante en mi vida, la eterna escasez de medios hacía acto de presencia. En la inicial alegre camaradería de aquel grupo que empezamos a forjar un extraño equipo de fútbol contrastaban las risas de las primeras bromas con la seriedad del míster, la que seguramente había heredado de su padre Falico. Lo mismo que aquella otra actitud fría y poco amistosa de no llamarnos por el nombre, sino por el número de camiseta asignado: Tú jugarás de interior derecha. Serás el número ocho..., y desde el primer día me bautizó con aquel número... ocho por aquí... ocho por allá. Ahora resultaba que me llamaba ocho. Yo en contrapartida, y ya desde el principio, renuncié también a llamarle por su nombre: ¡Eh!, entrenador, no tengo botas, le reclamé en aquel mi primer partido: Pues que alguien te las deje, ¡venga! que ya vamos a salir al terreno de juego. Y salí con unas zapatillas de deporte prestadas, lo que no mermó mis ganas de competir y... ¡¡ganamos!!...; y aún hoy conservo aquella actitud, aquel talante positivo: una exacerbada resistencia a la adversidad en la superación hacia el triunfo.

El éxito frente al conjunto del Gabia fue la primera efusión de alegría desbordada del equipo, abrazándonos y felicitándonos en el modesto vestuario, confabulándonos ya en el siguiente triunfo. Desde aquel momento hasta que acabó la liga forjamos un palmarés redondo: de domingo a domingo, y partido tras partido, fuimos encadenando una victoria tras otra --ni siquiera nos valía el empate--. Ganamos todos los encuentros. Valenzuela mayor consolidó su posición de defensa derecho, siendo una baluarte inexpugnable en la zaga, formando pareja-muralla con Antoñito Machado --al único que el entrenador llamaba por su nombre al ser su primo--. Yo también obtuve el beneplácito del míster en las posiciones de ataque, consolidando una delantera cuya fama goleadora trascendió los cercanos ámbitos locales hasta propagarse a los pueblos más remotos a cuyos equipos nos teníamos que enfrentar. El nuevo once titular, ahora completado, se intitulaba invencible. Empezaba la leyenda.

Lo que desconocían nuestros adversarios es que aquella leyenda de temible conjunto se cimentaba, ciertamente, en la nada; en el vacío; en una conjunción de equipo más imaginaria que real. Durante los días de la semana cada uno nos dedicábamos a nuestras actividades cotidianas --estudio o trabajo--, sin posibilidad de vernos --ni siquiera la tarde-noche-- al final de cada jornada diaria, al no poder convocarnos el míster para los lógicos entrenamientos por la obviedad de carecer de cancha propia, ni de ajena que ocupar. Aquello impedía --en ausencia del necesario juego del balón-- lo que más ansiábamos: la diversión como razón fundamental de la reunión de aquel grupo de chicos jóvenes, y por ende, la posibilidad de creación de jugadas; la sutileza en el afinamiento de los pases; la imprescindible complicidad en los gestos; el deseado conocimiento personal de cada uno, con el consiguiente trato particular...; el principio de la amistad..., todo aquello que nos hubiera favorecido en la intención de ir formando una unidad reconocible en el terreno de juego y fuera de él. Pero tal adversas circunstancias, por extraño que parezca, no constituyó ningún hándicap para el equipo.

Era asombrosa la complicidad en el juego que derrochábamos en los partidos del domingo: ¡cómo si nos conociéramos de toda la vida!...; ¿quizás intuición en los lances del esférico con una clara visión de las jugadas del compañero que hacía innecesarios los entrenamientos?...; no sé...; lo cierto es que aquello funcionaba, pese a los imponderables, sin que supiéramos a ciencia cierta por qué. Bueno había una explicación a medias. La verdad es que la concatenación de triunfos se podía esclarecer, en parte, en las extraordinarias jugadas con resultado de gol de nuestro fichaje-estrella. Aquella arma secreta tenía nombre de pueblo: Purchil, un delantero centro al que sus características físicas --alto y fuerte-- no le iban a la zaga de sus cualidades técnicas y de oportunidad: estar en el lugar y el momento oportuno ganando la acción a los defensas, materializando los pases en goles; toda una maravilla.

La ficha de federado sólo nos daba derecho al pago de los viajes y alguna que otra invitación en el bar Calleja para la celebración de los triunfos. Aquel capítulo de gasto corriente se lo imputaba el club. Nosotros poníamos el resto, que era prácticamente casi todo: la desbordada ilusión, el derroche de energía, las ganas de jugar, la obstinación en ganar...; en definitiva todo a pesar de la nula remuneración y de dejarnos materialmente la piel en aquellos improvisados terrenos de juego, de los que algunos eran auténticos pedregales.

En estos tiempos se ha perdido algo de aquel espíritu de divertimento identificado con un fútbol que a falta de medios nació en las placetas, las calles y los patios, después en los solares urbanos abandonados y en los descampados para, al final, mostrarlo en los campos de categorías inferiores, arropados por un público de casa, familiar, entusiasta, fiel, exaltado a veces...; no en vano los que jugaban eran hijos, familiares o conocidos de toda la vida de las gentes de los pueblos, a los que jaleaban hasta derivar en ocasiones en la sinrazón, en lo visceral, en la irracionalidad de que lo propio siempre posee la razón; entonces se desbordaba la pasión degenerando en conflicto violento, como el que viví aquel día:

Enfrente de la estación de tranvías de Armilla, el bar Calleja --nuestro cuartel general-- nos iba acogiendo aquella mañana fría de domingo con ese ambiente característico de bar de pueblo, lleno de parroquianos --nuestra más fiel hinchada-- que nos felicitaban efusivamente por los últimos resultados, animándonos: ¡Viva el Arenas juvenil!...: ¡Somos los mejores!...: Hoy seguro que le ganamos a los del Alhendín en su casa...: ¡A por ellos!..., con palmaditas en el hombro, que agradecíamos, mientras apuraban los primeros quintos y tercios de cerveza Alhambra, apoyados en la alargada barra del bar que presidía un frente de pared de color ocre por el continuo depósito en su revoco del persistente humo de la fritura. Color que también aparecía como lustre permanente en los enseres a los que además había impregnado de su olor... ¿el olor?..., cómo olvidar ese olor indefinible mezcla de tabaco, alcohol, fritanga y humanidad. El pesado tufo se diluía en el ruido: un permanente rumor de conversaciones solapadas en decibelios crecientes y que impedía una conversación en tono normal. Al griterío de las conversaciones se unía la estridencia del sonido de la música de los discos de una sinfonola a la que asaltaban sin descanso los modern-rural --los mismos que un par de años después insistían con la misma canción: ¡Oh!, ¡oh!, ¡oh! Cándida, no malgastes tus besos...--. Ese era el ambiente del domingo de partido a la mañana en el bar Calleja con el aforo completo; el que recuerdo en la concentración previa a los partidos.

El entrenador ocupaba siempre una de las mesas en un lateral del recinto. En cuanto nos avistaba, conforme íbamos llegando, nos daba las últimas instrucciones: ¡Eh vosotros! --Diego, interior izquierda y yo nos aproximamos hasta su mesa para oír las recomendaciones--- quiero que al igual que el último partido os apliquéis en bombear balones al área para que el nueve pueda rematarlos a gol..., a todo esto... ¿dónde está el nueve?, nos preguntaba: Creo que en la barra, desde mi posición le veía en animada charla: Decidle que nada de alcohol antes del partido y que venga a verme.

¡Inaudito!, también nuestro fichaje estrella era sólo un número para el míster. Aquello tenía sólo dos explicaciones: era un perfecto estúpido o aquella actitud de rechazo a cualquier signo de familiaridad hacia sus jugadores era una estrategia en la difícil misión de un entrenador que siempre debe mantener la imparcialidad. Antes que pudiera llegar hasta Purchil, alguien desde la puerta avisó, gritando cierta bulla: ¡El tranvía ya está aquí!... ¡vamos que se va! El viaje era de corto trayecto pues se trataba del pueblo vecino en dirección a la costa.

El tranvía de color azul paró --con característico sonido agudo de chirriar de ruedas metálicas sobre los raíles-- frente a la caseta-estación de Alhendín. Todas estas construcciones respondían a un mismo patrón: pequeño habitáculo cuadrangular rematado por cubierta a dos aguas. En uno de los lados, el del interior, ésta se prolongaba con menor pendiente hacia las vías, formando un ligero porche. El corto viaje apenas nos permitió cambiar impresiones sobre el rival que nos esperaba y las facultades de que disponíamos para vencerle. Un tibio sol de invierno penetraba por las ventanillas del vehículo eléctrico, tras las cuales escudriñé el entorno intentando descubrir alguna pista que me indicara el campo de fútbol. Ni el mínimo indicio sobre algún descampado con tapias en las inmediaciones del pueblo.

Para mi sorpresa y la de mis compañeros de equipo, lo que buscábamos se hallaba en sentido contrario al de la civilización. Por indicación del entrenador, que conocía bien el camino, atravesamos las vías internándonos en los campos de labranza y de cultivos de frutales. El claro de un olivar --al que se le había arrancado una parte importante de sus ejemplares de olivo-- toscamente allanado era incomprensiblemente la cancha ansiada. Sobre la tierra oscura y de forma burda aparecía dibujado a la cal algo parecido a un campo de fútbol, al que sólo identificamos por la presencia de ambas porterías: ¡Jóder!, qué campo, exclamó alguien del equipo...: ¿Pero donde se suponen que están los vestuarios?, preguntó confuso otro.

¿Y los límites físicos del terreno de juego?... ¡¡era el propio olivar!!, y el improvisado vestuario un hermoso olivo de grueso y retorcido tronco alrededor del cual nos congregamos a la espera de que arribaran los integrantes del equipo del Alhendín. Ciertamente habíamos madrugado, pero, aún así, no éramos los primeros ocupantes de aquel rústico espacio: ¿Os habéis dado cuenta de aquel menda?, advirtió Antoñito Machado sobre el único espectador que ya se había acomodado.

Con la sorpresa inicial no habíamos reparado hasta ese momento en el espécimen humano. El aborigen que lucía en serrano cuerpo toda la parafernalia de las prendas rurales de día de domingo: camisa clara sin cuello que cubría con traje de pana marrón oscuro y chaleco del mismo color, rematado por un sombrero de paja --estilo castroja--, se había aposentado sobre enorme piedra en primera línea de banda. En el suelo junto a él se podía observar un aparatoso cayado de madera dura con mango en curva. En aquel preciso momento que le descubrimos mostraba cierta destreza con el acero: ¡Menuda navaja tiene ése!, yo no me acerco a esa banda, dijo uno de los extremos del equipo del que recuerdo la cara pero no el nombre.

Solazándose al tibio sol e ignorándonos olímpicamente, aquel sujeto se afanaba, con gran aprovechamiento, en hacer desaparecer en su estómago media hogaza de pan casero con su correspondiente generoso trozo de buen tocino, los que cortaba a rebanadas con la enorme alfaca, y todo ello aderezado por el vino de una bota que prendía en bandolera y el que, de tiempo en tiempo, lo embuchaba con buen tino, coincidiendo con un bufido ininteligible: ¡¡¡Iiiiiáááááhhh!!! La escena no dejaba de inquietarnos.

Aquello fue premonitorio del ambiente hostil con el que nos recibieron, ya en el terreno del juego, la hinchada local que, circunvalando el borde del olivar, fueron ocupando la línea continua del campo; tan cerca que la invadían conforme llegaban. Hinchada que bramó toda entera a la vez, como el rugido de un animal salvaje, cuando su equipo salió al campo.

Se apreciaba en el aire cierta actitud amenazante ya de inicio, así que por deseo expreso del árbitro el partido no dio comienzo hasta que no hicieron acto de presencia los dos números de la Benemérita. Algo se cocía en el ambiente de que aquel colegiado no era grato en ese campo; y lo contrario: que aquellos parroquianos no eran gratos al árbitro. Se le notaba muy nervioso abrochándose un grueso y extraño cinturón.

Pero no fue solo la actitud previolenta de los espectadores invadiendo continuamente la línea del terreno de juego y molestando a los compañeros del equipo que jugaban por las bandas --sobre todo el del cayado que aprovechaba la confusión para utilizarlo como gancho entre las piernas de nuestros jugadores, y así derribarlos--, sino un gol tempranero que le endosamos al equipo del Alhendín al poco de iniciar el encuentro, el que nos puso sobreaviso de la tormenta que se avecinaba, que ya se cernía sobre los familiares más cercanos del colegiado: ¡Árbitro hijo puta!, no ha sido gol, ha sido fuera de juego...: ¡Árbitro!, me cago en todos tus muertos...

Los ánimos acabaron de caldearse cuando, ya en el segundo tiempo de juego, con un tiro raso marqué el segundo gol que entró entre el poste de la portería y laq pierna extendida del portero del Alhendín que no pudo evitar que el balón se colara hasta el fondo de la red. La misma impotencia de la pareja de guardias civiles que no pudieron evitar la repentina avalancha de espectadores --espoleados por las perversas consignas del menda del cayado--, que invadieron el terreno de juego con una sola intención: derribar y apalear al árbitro, el que habiendo validado el tanto, señalaba en ese momento con la mano el centro del campo.

No le dio tiempo a desabrocharse el ancho cinturón con grapado de monedas metálicas a modo de defensa --ahora comprendía aquella extraña prenda-- que ceñía a la cintura, pues toda la marabunta se le echó literalmente encima, organizándose una tangana de empujones, puñetazos, golpes, caídas al suelo... un cayado que subía y bajaba... dos tricornios al aire... la camiseta y los calzones negros exhibidos como trofeos... el cinturón de las monedas enarbolado en alto... el colegiado escapando semidesnudo...; todo ello en una espiral de graves insultos hacia su persona; y el que finalmente pudo ser conducido a un lugar seguro por los guardias civiles.

Nosotros a fin de no ser expoliados por aquella afición-cafre, y con el partido ganado, recogimos a toda prisa nuestras ropas amontonadas al pie del tronco del viejo olivo y nos escabullimos con lo puesto corriendo sin parar --y sin mirar hacia atrás-- entre los olivares hasta llegar a la estación de tranvías donde rápidamente nos cambiamos la vestimenta antes de tomar el tranvía para Armilla sin poder olvidar lo ocurrido: ¡¡Jóder!!, la que ha montado el tío del cayado...: Le ha atizado de lo lindo... Luego mostramos nuestra efusividad, ya relajados, dentro del vehículo: ¡¡¡Hemos ganado otro partido!!!

En el bar Calleja nos esperaba nuestra hinchada para celebrarlo. Bueno no sólo el resultado sino que hubiésemos retornado sanos y salvos pues ya sabían lo ocurrido: ¡¡¡Campeones!!!, ¡¡¡campeones!!!...



FranciscoMolinaGómez
(Compartí con aquellos compañeros de equipo un campeonato cuyo título se nos quedó a un sólo punto --¡qué pena!-- pese a la brillantez que mostramos; además de amistad y juego, recorriendo la geografía rural de mi ciudad en los días de domingo, hasta entonces, más ilusionantes de mi vida: la alegría del siguiente superaba con creces la del anterior, aunque a veces sufriéramos acontecimientos tan deplorables, que eran la excepción. Lo usual era la deportividad en la confrontación del juego. Nombres y caras que ya se han desdibujado en la memoria, pero que continúan siendo una emoción que siempre irá conmigo)

















domingo, 2 de agosto de 2015

AL LUGAR DONDE HAS SIDO FELIZ...











'Ah! la antigua colonia marítima de Almuñécar. Fiel a la cita, aún cuando hubo transcurrido mucho tiempo, siempre regresé hasta que un día ya no estaba: había desaparecido. No hice caso de la advertencia del cantautor: "Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver...", y retorné. Ahora sólo me quedaba el recuerdo del sitio; de lo vivido; de lo sentido, y de lo perdido. Sentimientos que percibía a flor de piel habitando, durante el verano de mil novecientos noventa y tres, junto a mi mujer Teresa y mis hijas Elena y Miriam, uno de aquellos apartahoteles --desde cuya terraza éstas dos se asoman en la fotografía-- que habían construido en el solar de la colonia marítima, sobre los derribos de mis --nuestras-- vivencias felices. Era un sentimiento extraño: de apropiación del sitio por toda aquella gente que, percibida con cierta rareza, se alojaban en el lugar que no les pertenecía, compartiendo conmigo el mismo espacio, el mismo aire que nos había sido exclusivo..., me cruzaba con ellos en los patios, en la piscina, en el comedor del restaurante y los observaba como advenedizos..., fueron muy pocos días y no pude acostumbrarme..., no, no podía ser que aquello ya no fuera mío, que no fuera nuestro..., no concebía que, incluso antes de clausurarse el orfanato, hubieran desterrado de allí a los internos que aún había en el centro en sus últimos años.
Diez años antes --mil novecientos ochenta y tres--, en el reencuentro que supuso mi desvinculación emocional con lo que había sido un edén en el pasado, percibí claramente cómo se había difuminado en el tiempo la poética de un espacio vivido con intensidad; y cada vez en el mes de julio del verano de aquel año me costaba más reconocer en los cambios sufridos la veracidad de sus gentes; sus edificios; sus costumbres...; su paisaje. Los secretos y misterios de aquella tierra empezaban a quedar definitivamente enterrados bajo una gruesa capa de "progreso".
Con mi bloc de dibujo y los lápices de colores salí al encuentro de los vestigios en los que aún se podía reconocer el paraíso perdido: sus antiguos ritmos, sus pautas, sus silencios...













Verano de mil novecientos ochenta y tres o el empeño en volver


¡Porqué me empeñaba en retornar, aún a sabiendas de que allí me --nos-- habían desalojado bruscamente? Fueron estrechando nuestro territorio, hasta hacerlo desaparecer. Por no haber ya no existían ni la trazas, ni los bordes, ni los límites de lo que fuera nuestro mundo relacionado con aquella antigua edificación --antes nadando en un mar de huertos de caña de azúcar y chirimoyos-- que ahora cercaban un sin fin de edificaciones que la ahogaban en la desproporción de sus alturas; enfrentada entonces a una solitaria playa --ahora borrada por la saturación de bañistas-- plagada, a intervalos, de viejas barcas de pesca, varadas durante el día en la insolación de la arena, recostando sus cansadas panzas de madera hacia un lado: el de la vejez de tantos años de saturada humedad con cada embestida de mar; vejez disimulada en el alquitrán que tapaba sus arrugas, las del paso del tiempo, negadas éstas en la colorista pintura y el infinito retoque de sus leyendas, las que aún aludían a la lozanía de otra época --¡cuántos años atrás!--; el de la juvenud del abuelo o del tatarabuelo: "Encarnita", "Río Verde"..., envueltas en aquellos olores: a engrudo, óxido, y salitre mezclado con el penetrante y agrio olor a pescado descompuesto que desde los poros de la superficie al interior de la madera habían dejado para siempre los alientos de las capturas agonizando en las redes apiladas en lo profundo de la quilla --¡¡¡hoy ha habido suerte!!!--, después de la ardua faena durante toda la noche.


Y restos de aquél reseco hedor aún se podía oler en la madera del torno de palanca abandonado enfrente de la colonia marítima --la que ya no habitaban los internos del orfanato-- con el que me había topado aquella mañana de julio de mil novecientos ochenta y tres. Había dejado muy temprano --mi mujer Teresa y mi hija Elena aún dormían-- el hotel donde, una vez más, me hospedaba en el pueblo de Almuñécar --hotel Carmen-- en la necesidad de retomar las sensaciones de los gozosos despertares en el mismo sitio, en la misma playa, con la misma arena, y en el mismo mar.

Al acercarme al viejo torno, después del largo paseo descalzo por la playa, no contuve el deseo de pasarle mi mano por su lomo curvo de pesada estructura de madera que le anclaba al suelo arenoso, comprobando su áspera superficie escamada de infinitas capas de pintura, mientras observaba un fondo de desolación de barcas supervivientes de la otra historia del lugar cuando eran los referentes primarios de la playa, los primitivos objetos que en la memoria colectiva siempre habían estado allí --ahora a punto de desaparecer--. Más abajo, cerca de la orilla, dos de aquellos últimos pescadores se afanaban en desenredar de las redes apiladas en el interior de una vetusta barca la exigua pesca obtenida, la que intentaba defender de la voracidad de alguna que otra gaviota posada en la arena, un pequeño can oscuro con desafinados y no muy ruidosos ladridos, pero que sonaba, al igual que el chirrido de las aves, limpios en el profundo silencio de la mañana que bañaba una luz fría, como líquida; la misma en la que había envuelto tantas veces mi letargo mañanero, y no pude reprimirme en mi deseo de pintar aquella experiencia antes que mi consciencia la borrara definitivamente. En el coche aparcado muy cerca de la colonia marítima llevaba un bloc de dibujo y lápices de colores.

Y mientras lo dibujaba pensaba en la prolongada vida útil de aquel torno de palanca para la conservación de las barcas, las que había sacado innumerables veces del mar, ganando cada centímetro de su rescate a la playa en la expectación callada de los marengos --pescadores-- con el oído puesto en el casi imperceptible sonido de la fuerza de tensión que se adivinaba en cada una de las fibras del tensado cable que unía la barca --cogida en la argolla de la pieza de acero que reforzaba la quilla-- al ancho vástago central del torno que iba girando, enrollando la gruesa cuerda alrededor de él, al mismo ritmo del rechinar de la madera de los alargados palos --ensartados en los agujeros del vástago, para hacer la palanca-- alrededor del que empujaban en la evocación esforzados marengos, callados, concentrados en la complicada faena de la extracción de la barca; haciendo que deslizara sobre los rollizos de madera dispuestos debajo de la barca para que la tensión por el rozamiento no rompiera el cable, facilitando así su rescate a la arena. Era una escena que tenía grabada en la mente cuando algunas tardes transitando por la improvisada bahía del peñón del Santo, donde se agrupaban el mayor número de barcas, nos parábamos para seguir con expectación cualquiera de aquellas difíciles maniobras. Recuerdo a los marengos de piel morena, delgados pero fuertes, trabajando en equipo varias generaciones, con ásperas y grises ropas: pantalones arremangados y casi todos calados de boína negra..., y eterno pitillo en la boca. En ocasiones les ayudaban chicos como de nuestra edad.

Acabé de encajar el dibujo de aquel ingenioso artefacto, apercibido de la ingratitud en el abandono de las cosas cuando ya no nos sirven; ninguneado por todos --ni un sencillo museo local-- al quedar expuesto a la climatología: la acción del sol, la lluvia y la humedad de la brisa marina trabajando conjuntamente harán, con el paso del tiempo, mella en la madera hasta hacerlo desaparecer...; ¿Y qué?..., ¡qué más da!... si ya no cumple función alguna...; aún así yo quiero inmortalizarlo en el último lugar al que le habían trasladado, arrumbado como trasto que estorba. Reflexiones que me hacía mientras iba ajustando las formas de las barcas --detrás-- que por los degradados complementos que las cubrían tenían, quizás, el mismo destino que su vecino el torno. Desprotegidas en la sinrazón de los intereses espurios que inundó de despropósitos la zona, y que no contempló en ningún momento el resguardo de aquel patrimonio, ofreciéndoles una zona alternativa en donde pervivieran en el uso de las antiguas costumbres, como cultura a defender de aquel sitio --¿que se puede esperar de la avaricia de los especuladores y gobernantes en alianza con la zafiedad de las gentes?--, transmitiéndola a los nuevos moradores, como pude constatar el pasado verano visitando la bahía de Cadaqués en Girona: una exquisitez en la conservación de la cultura y costumbres del lugar.

¡Cómo lograr captar esa luz que no tiene color, percibida sólo en las tenues sombras de los objetos más próximos y en la esbozada silueta del acantilado del fondo?; retaban mis sentidos a mi escasa formación de pintor autodidacta, a cuya dificultad hube que sumar la atmósfera de quietud, de descanso, de placidez de una mar en calma..., del hondo silencio en la espera del siguiente suave sonido de la ola --semejante arrullo pero tan distinto del anterior-- que como un reloj va marcando el ritmo, en una interminable y modulada sinfonía, con la que la mañana iba despertando el día en cada golpear del agua en la arena y su reflujo...; y ese tiempo que no se mide y que sólo se vive es el que recreo en el papel--que separa los elementos del mundo físico de la percepción de las emociones por mis sentidos--, creyendo estar sólo hasta que me distrae un desconocido que pasando por allí se ha detenido a observar el dibujo...; uno más de aquellos. El día ha cogido tono y hacia la playa empiezan a bajar los primeros bañistas apresurados con las sombrillas plegadas, al hombro; forzando la marcha en la ruindad de su sordidez: coger el mejor sitio de la arena aunque de momento no la habiten, replegándose después a sus apartamentos --una vez clavada la sombrilla en el suelo arenoso-- a disfrutar con tranquilidad y parsimonia del desayuno. No hay prisa; el roal está reservado y ya nadie puede ponerse allí. Y era así porqué todos hacían lo mismo en un pacto tácito. ¡En qué mezquindad habían transmutado los nuevos temporales moradores que invadieron el lugar! Y en pocos minutos la parte baja de la playa quedó impresa de redondeles en geométricos dibujos y colores chillones que ocultaban la orilla sin gente.

Guardo el bloc y los colores en el coche y me doy una tregua temporal en la aceptación de esa nueva realidad, y sentado en el murete que separa el paseo marítimo de la playa dirijo la mirada hacia la explanada de tierra: espacio residual de lo que había sido nuestro campo de juego con el balón, para observar, ahora, a unos chavales que corretean detrás de una pelota, sin poder evitar que fluyera a mi memoria los interminables partidos de fútbol
--que finalizábamos al mediodía casi a punto de la extenuación con el sol cayéndonos de plano sobre nuestras cabezas, y el corazón golpeándonos atropelladamente en el pecho, como queriendo salirse de él-- con los que retábamos a los hijos de los pescadores, entablando con los jóvenes nativos una gran amistad que se hizo más próxima a partir del verano de mil novecientos sesenta y seis. Tenía catorce años y habíamos llegado recién a la colonia marítima...; todavía recordaba la primera mañana del reencuentro, después de un año sin vernos, sorprendidos de lo que habían crecido; la misma impresión que observaban en nosotros, mientras ayudaban a sus padres a sacar el copo --las capturas de la pesca-- a la arena de la playa.

Aún se podía ver alguna extracción de copo en la playa de la bahía del peñón del santo, donde aquellas últimas mamparras atracaban a resguardo en la profundidad de los tres peñones. Los tímidos rayos del sol naciente apenas bañan la superficie del agua que sobrevuelan gaviotas en la estela de las redes

Con la mente saturada de aquellos recuerdos abandoné la playa san Cristóbal conduciendo mi coche hacia el hotel en busca de mis seres queridos que ya, a buen seguro, me estarían echando de menos, y al pasar junto a la verja de la colonia no pude reprimir cierta melancolía por la pérdida de aquellos días: los de las amistades jóvenes, adolescentes..., esas que son generosas, desinteresadas...; y conforme iba dejando atrás los oxidados barrotes recordaba cómo algunas madrugadas nuestros amigos marengos se acercaban a través de ellos con rebosantes calderos de frescos higos, brevas, higos chumbos, chirimoyas..., para compartir con nosotros los sabores silvestres del trópico; entablando relajadas y amigables conversaciones en las que nosotros les contábamos nuestras cosas y ellos se explayaban en lo que era su magisterio: nos hablaban del mar, de las calas, de los vientos..., intentando que pudiéramos descifrar las claves de los misterios de aquella venturada reunión de elementos naturales que se habían conjurado en aquel sitio, haciéndolo único e inigualable. De aquellas suertes escribí, con cierto sentimiento de pesadumbre, su final cuando acabó aquel verano del sesenta y seis.

¿Qué fue de ellos? Supimos que habían desertado de todo lo conocido hasta entonces. Nuestros amigos marengos, conscientes de la oportunidad que se les brindaba de dejar las penosas faenas de la pesca a favor de los nuevos empleos que demandaba la industria del turismo --por la que había apostado inequívocamente Almuñécar-- renegaron del oficio de sus antepasados, de las duras noches de duermevela, del penetrante frío, de las peligrosas lluvias, de las terribles tormentas, de la traicionara mar embravecida, de las interminables jornadas tapando con engrudo de alquitrán los agujeros de las viejas barcas y reparando las desgastadas redes desparramadas por la playa..., de la mala suerte cíclica que habían padecido sus padres y abuelos...; de la escasez y la miseria.

Últimas barcas con todos sus aparejos de pesca --eran curiosas las enormes lámparas de gas, cuya luz tintineando en la oscuridad de la noche atraían a los peces--, preparadas para la faena en la bahía del peñón del santo, donde habían quedado confinadas, como reducto de una antigua forma de vida

Los años siguientes, casi no los reconocimos cuando de blanco y con pajarita negra, se afanaban en servir comidas a toda una legión de extranjeros; aprendiendo, entretanto, el difícil arte de mantener en suspensión bandejas con utensilios y viandas, y que con el tiempo manejaron hábilmente como consumados equilibristas. Los jóvenes marengos se reconvirtieron en hosteleros, iniciándose, por tanto, el declive de una forma de vida muy importante hasta entonces para los moradores de aquellas míticas tierras. Después se difuminaron sin dejar apenas huella entre toda aquella marabunta.

Poco a poco la actividad económica de la pesca se fue diluyendo hasta desaparecer. Bueno no del todo; siempre hubo quién se resistió, a pesar de la dureza, a aquella forma de vida --no sabían hacer otra cosa--, sobre todo los de más edad, que se recluyeron en sus territorios --el barrio de san Miguel, junto al castillo: intrincado laberinto de estrechas calles y placetas; de casas bajas, encaladas, de materiales pobres que eran paradigmas en piedra y barro de la vida sencilla de sus moradores, y en cuyo exiguo espacio sobrevivían hasta tres generaciones-- a la espera del final, y hasta donde subíamos los últimos años de la colonia. Ahora me empeñaba en volver aquel mes de julio de mil novecientos ochenta y tres.

¡Hoy paseo hasta el castillo! Una tarde de aquel verano del retorno, junto con mi mujer Teresa y mi hija Elena, me adentré en la parte vieja del pueblo --el más antiguo barrio: san Miguel que remataba en histórica fortaleza-- con el propósito de subir hasta el castillo. Lo empinado de las calles hacían de la escalada una misión imposible para las piernecitas de nuestra hija que sólo tenía algo más de cuatro años, lo que nos hizo desistir del ímprobo esfuerzo, siendo suficiente el recorrido hasta la parte media del casco viejo, para reencontrarme, de nuevo, después de mucho tiempo, con aquellas recónditas, solitarias y estrechas callecitas inmaculadamente blancas, donde pareciera se hubiese detenido el tiempo de la modernidad que empujaba con fuerza abajo; y conforme descendía hacia la plaza del Carmen, en el centro del pueblo, me conjuré en subir cualquier otro día con mi bloc y los lápices de colores. Lo que hice una tarde, aprovechando que mi mujer y mi hija dormían la siesta en el hotel.

Ahora me apetecía atrapar esa otra luz del mediterráneo: la reluciente de fuego etéreo que ahora, a la tarde, proyectaba el sol sobre las blancas paredes de la calle sin salida en la que se habían fijado mis sentidos, y que intentaba captar en el papel, contrastando brillantes en contraposición con las sobras de infinitos tonos de colores matizando detalles de puertas, ventanas y balcones de las fachadas contrarias, por donde los edificios proyectaban sus sombras hacia el suelo y a cuyo resguardo, al fondo, convive en armonía lo nuevo y lo viejo: el niño y la abuela; la inocencia y la sabiduría; lo que empieza y lo que se está acabando...; como siempre fue.



Y en aquellas reflexiones de lo que cambia, más que lo que acaba, mientras iba perfilando el dibujo recordaba la última vez que en grupo de compañeros de orfanato subimos hasta aquellos lares, y que, bien recordaba, ya había escrito:

"Uno de aquellos días, a la vuelta ya de anochecida, descendiendo hasta el paseo del Altillo, a donde inevitablemente conducían todos los caminos de Almuñécar, tuvimos la certeza de que aquella sería la última vez que juntos y en animado grupo de amigos, subiríamos hasta el castillo. Se percibía cierta nostalgia en el ambiente pues crecíamos rápido --apenas pudimos ser niños, y la adolescencia volaba a una prematura madurez-- y pronto nos separaríamos para siempre. Presentíamos que era el último día de una época y que ya nada volvería a ser igual. Después nos lanzamos pendiente abajo, empujándonos, riéndonos, sintiendo por instantes esa tristeza indefinible por algo bueno que se acaba; inmediatamente desechada, contentos de comprobar, al final del recorrido, que la vida continuaba allí, en el conocido paseo, entre luces de colores con el neón luciendo intermitente en la noche, confiriendo a aquel lugar de irreal atmósfera, de esa magia próxima a la sicodelia pop, publicitando todo tipo de locales de descanso y diversión, y que enfatizaba la modernidad en forma de ocio, del que disfrutamos en la medida que nos permitían nuestros escasos recursos económicos aquel final del verano de mil novecientos sesenta y nueve.
Verano en el que voluntariamente también nosotros renunciamos, a favor de la modernidad, del pasado inmediato, aunque ello conllevara el olvido de los vientos, de las calas, de la pesca y de la amistad; en definitiva de lo que pudo haber sido y no fue. No nos importó, es más equivocadamente lo deseamos. Era evidente que nos alejábamos a pasos agigantados de aquel mundo a pesar de la sensación de que cada vez estábamos más solos en el incierto pero apasionante viaje al futuro..."

En el verano de mil novecientos ochenta y tres, ahora de vuelta de la falsa modernidad que como todos también había abrazado, sólo pude mostrar a los seres que más quería, un mundo que ya no me conmovía.

En primer término la colonia marítima a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta del pasado siglo



FranciscoMolinaGómez
(... aún así seguí retornando: Sabía que en el maremagno de cambios que se estaban produciendo en el lugar, aquel trozo de Mediterráneo sería en definitiva lo único inmutable; la luz de faro; el impulso por el que siempre regresaría, aunque ya no reconociera el territorio, aquél del que apenas capté algo más de lo que sólo veían mis ojos a pesar del empeño que pusisteis en mostrarnos su esencia, amigos marengos: Gracias Osemari, Piliqui, Colá, Patuli, Aguáo, Osemanué..., os llevaré siempre en el recuerdo)



















miércoles, 1 de julio de 2015

EN LOS TIEMPOS (III) DEL FINAL DEL ÁGORA: ELEMENTOS



















Elementos de Composición


Aquellos inicios de curso comenzaban siempre con las mismas pacientes e interminables filas en el hall de entrada de la escuela para formalizar la matrícula; había que rellenar unos complicados formularios llenos de códigos: unos para datos y otros para asignaturas. No me puedo acordar si ya se podía elegir cátedra para las asignaturas gráficas --creo que no--, ni que extraña formula empleaban para distribuir el alumnado en aquellas materias que más nos preocupaban aprobar, así que a mí me enviaron a Elementos de Composición con los jesuses: Jesús Bernejo y Jesús Perucho que pertenecían a la cátedra de Juan Daniel Fullaondo, el que después de un periplo ausente había regresado a la escuela como adjunto de Sáenz de Oíza, a vuelta de su primera etapa como profesor cuando todavía era director de la revista Nueva Forma --el catecismo para las nuevas generaciones de jóvenes estudiantes de arquitectura de mediados de los sesenta y años setenta-- y que ahora era catedrático de la unidad; de hecho recuerdo que un día hicimos con él una clase conjunta reuniéndonos los cuatro niveles de proyectos --desde tercero hasta sexto-- ya que en la asignatura de proyectos regía lo que denominaban talleres verticales: se organizaban clases conjuntas con todos los niveles -- quiero recordar que Elementos y Nivel I estaban juntos--, corrigiendo todos en un trasvase directo de conocimientos; un sistema de estudio que posibilitaba observar todo el itinerario de proyectos, desde la más tierna infancia hasta la madurez en la misma unidad docente, aunque después no pudiéramos seguir en ella. Los profesores aconsejaban cambiar cada curso por aquello de la diversidad en el aprendizaje de la arquitectura.

Y hete aquí que me volví loco para saber exactamente quienes eran mis profesores y donde se ubicaba mi aula, hasta que la descubrí parapetada entre el laberinto de mamparas al fondo de una de las amplias aulas del pabellón viejo --aquel novedoso invento de los talleres verticales llevó aparejado la descuartización en espacios menores de estas enormes clases--; empanelados los paneles prefabricados de separación con profusión de dibujos y fotos de obras de Le Corbusier, Mies Van der Rohe, Frank Lloyd Wright, Alvar Aalto, Louis I. Khan... y otros maestros del movimiento moderno: Ellos son la luz de faro que os guiarán en la oscura y peligrosa tormenta de vuestro aprendizaje de la arquitectura..., algo así nos repetían constantemente, elevando a la categoría de sublimes aquellos nombres cuando ni siquiera sabíamos bien qué era todo aquello del Movimiento Moderno, y, a su vez, denostando los nuevos vientos que soplaban con la maldita palabra que sólo se pronunciaba en los cenáculos alejados de las aulas de proyectos: posmodernismo...; aquello se complicaba.

El culpable de todo aquel revuelo era un tal Aldo Rossi y su libro de cabecera: La arquitectura de la ciudad --directa embestida contra el discurso moderno-- que era ya parte de la bibliografía recomendada más leída por el alumnado. La constatación del fracaso de la ciudad moderna propuesta por las vanguardias, basada en esquemas que no sólo daban la espalda, sino que arrasaban con todo lo anterior en el tiempo, ahora a favor en el nuevo discurso de una búsqueda arquitectónica y urbana conectando con las formas tradicionales y recuperando algunos elementos figurativos esenciales mínimos, sólo era reseñada tímidamente en las clases de Estética y Composición. Menos mal que alguien nos hablaba de Aldo Rossi, Mario Botta, Richard Venturi, Peter Eisenman... del cubo como punto de partida con giros, transposiciones..., realizado no a lo largo del tiempo, sino a través de una solución de diseño que tenía que ver con las transformaciones generativas de lo que se denominaba: estructura formal.

Me empapaba de aquellas lecciones agradeciendo el cambio de profesor de la asignatura --dos cursos con Guillermo Cabezas fueron insufribles--, un tal De Gracia, un hombre que se preparaba concienzudamente las clases; ordenado, dinámico --daba paseos por el pasillo mientras explicaba y dictaba apuntes-- que evitó que me durmiera al estimular mi interés y mi atención además de no bajar persianas ni apagar la luz...; una gratificante experiencia de maestro que enseña. Pero sólo eran visiones teóricas de reflexiones del momento sin la seguridad de que este nuevo discurso sobreviviera en el tiempo...; al contrario del anterior que había pervivido durante casi cuatro décadas y dejado innumerables ejemplos --bastantes obras maestras--. Sea por esto o porque lo novedoso nos parecía ininteligible, o porque nos influyeran poderosamente --bastaban razones solo de aprobar la asignatura-- aquellos profesores parapetados en los maestros modernos y en toda aquella documentación de sus obras que exponían como irreductibles focos de resistencia. El caso es que nos seguimos formando en los postulados del Movimiento Moderno: lo ya experimentado frente a la incertidumbre de lo novedoso.

Durante todo el curso trabajamos en una nueva propuesta de escuela de arquitectura que sustituyera a las edificaciones actuales. El primer ejercicio consistía en diseñar unas viviendas para estudiantes de posgrado en el propio recinto educativo. ¡Qué satisfacción personal!, por fin íbamos a comenzar a proyectar..., a aprender a controlar el barro sin que se escurriera por entre los dedos...; demasiada pretensión: se nos escurría constantemente. Lógico todos esperábamos que nos dieran el manual de la arquitectura paso a paso, para inmediatamente, sin más preámbulos, resolver con éxito aquella peliaguda cuestión del hecho arquitectónico: ir por atajos, sin esperar el largo y esforzado camino --como obligado itinerario de cualquier educando-- que nos iría mostrando las claves y los códigos de aquel arte. Además en aquel inicio teníamos la misma impresión de siempre: había que demostrar... ¿pero qué?... aquella asignatura era nueva y apenas había dado tiempo de explicar la teoría en la que sustentar una justificada propuesta.

Estudio de composición por el autor del blog del primer ejercicio: Vivienda para estudiante de posgrado en la escuela de arquitectura

Al menos algo intentó Bermejo --el tal Perucho parecía que asistía de oyente-- cuando nos introdujo en la práctica proyectual de Le Corbusier, en su teoría de que el universo estaba sometido a un orden numérico --principio pitagórico--; orden inmóvil al que se remitía el maestro en el esfuerzo por establecer un vínculo entre naturaleza y nuevo orden formal, utilizando la razón y no la fe, desarrollando unas series numéricas que tenían su fundamento en las medidas del cuerpo humano --Modulor-- y de las que tuvimos harto conocimiento, hasta saturarnos de aquellas infinitas sucesiones de números. En aquellos momentos Bermejo hacía hincapié en las que relacionaban ciertas medidas con las actividades cotidianas del hombre y la del propio espacio que habita, para unos días después lanzarnos al vacío de la experimentación, pues sería muy atrevido, decir creación.

Hubo uno que no debió entender nada, como casi el resto --siempre hay excepciones-- y que, además, le tocó mostrar primero su "despropósito" y, por tanto, inaugurar ser el blanco de un descomunal enfado de aquel profesor que sólo hasta aquel momento había mostrado buenas maneras: Esto es un despropósito; aquí hay falta de atención; falta de trabajo... esta vivienda es de folleto de inmobiliaria... con su sofá... su que sé yo... repase lo dicho en clase y empiece a trabajar en serio..., al que sólo le faltó romper el papel, mientras inquiría sentado con su mirada la opinión a un Perucho que, de pie a su lado, descargaba toda la batería de descalificaciones posibles hacia el ejercicio; así; por las buenas; sin aportar ninguna premisa donde apoyar las justificaciones de éstas.

Inmediatamente me hice mi propia ruta para sobrevivir en aquellas peligrosas tormentas de las correcciones: nunca presentar el primero, y si pudiera ser de los últimos mejor, así me permitiría escudriñar lo que hacían los otros; no calcar la planta de una vivienda de folleto de inmobiliaria o cosa similar; y evitar en mi presentación del ejercicio la presencia del tal Perucho. Era corrosivo.

Esto último no lo pude evitar ya que en el momento que desplegaba el papel de croquis delante de las narices de Bermejo, llegaba Perucho el que interrumpiendo el silencio reflexivo de Bermejo sobre el dibujo, sin esperar siquiera mi turno de exposición de los planteamientos del ejercicio, empezó a descargar la matraca de improperios que no dejó seguir Bermejo: ¡No!, espera, hay en la expresión del dibujo como un lenguaje distinto... no te recuerda esas láminas en color de los dibujos de los libros de anatomía humana... este enorme pilar central seccionado, como masa muscular, del que a modo de nervios, venas... sobresalen armaduras, tubos y conductos... es muy sugerente... Hubo muchos peros a aquel primer ejercicio de proyectación, aunque para mí aquel inicial favorable comentario constituyó el poder subir y afianzar el primer peldaño de la larga escalera que me llevaría a descubrir aquello que perseguía.

A pesar de esta buena impresión inicial, lo cierto es que seguía --seguíamos-- bastante perdido en las raras lecciones de Bermejo que era el único que hablaba. Y lo hacía con ese aire serio de viejo y docto profesor que pareciera monótono y aburrido, pero , al contrario, destilaba un soterrado humor con una fina ironía; muy sutil, de formado intelectual. Charlas teóricas un poco caóticas que podían ir de los detalles más sublimes al referir el pensamiento del maestro Louis I. Kahn --"El orden es intangible, es un nivel de la conciencia creadora que se va elevando cada vez más, y cuanto más alto se eleve, tanto mejor resultará la composición..."-- a las cuestiones más insustanciales: ¿A que no saben ustedes porqué en el París decimonónico las puertas de los aseos públicos masculinos no llegaban al suelo?... silencio expectante: Para vigilar con el recuento de piernas que no se metieran dos hombres a la vez a hacer determinadas "cosas" que ustedes pueden imaginar... a lo que alguien le espetó desarmando el invento: Pero, ¿y si los dos eran cojos?... más silencio expectante: Bueno, alguna ventaja tenían que sacarle a su cojera.

Pasaba de una magistral clase sobre la génesis del edificio "Copelec" en la ciudad chilena de Chillán que realizó a principios de los años sesenta en colaboración con dos arquitectos nativos --Juan Borchers e Isidro Suárez-- como paradigma de la primera arquitectura moderna en aquel país, a los detalles más escatológicos: ¿Nunca se han sorprendido de la cantidad de tiempo, desde la salida de sol hasta su puesta, que las indígenas bolivianas, pertrechadas con todas esas faldas de recia tela de colores desbordadas hasta el suelo, permanecen acuclilladas, sin moverse ni para siquiera hacer sus necesidades, en sus puestos de los mercadillos de la capital?... inicial asombro y perplejidad de todos...: De verdad, ¿no se han sorprendido nunca?... continuidad del silencio sepulcral...: ¿Y ustedes quieren ser arquitectos?, pues deberán ser más observadores y sorprenderse de muchas cosas... por último una expectante curiosidad del colectivo por que nos descubriera la solución al enigma: La respuesta es obvia; están sentadas, sin ropa interior, directamente encima del orinal en el que evacuan en el día los orines y excrementos, impidiendo el sin fin de capas de faldas que las rodean que el mal olor trascienda al exterior; sabia respuesta indígena a la necesidad de estar allí horas y horas para subsistir de la venta ambulante de sus productos; deben ustedes esforzarse en pensar más..., recriminación esta última que quedó diluida en el descojono general de risas. Y así una tras otra, para al final después de casi tres horas hablando de lo divino y de lo humano, soltarnos aquello: De cualquier forma no me hagan ustedes puñetero caso; sigan pensando como quieran.

Todo quedaba en familia; vamos en la misma cátedra pues las noticias que nos llegaban de las clases del propio Juan Daniel Fullaondo era un totum revolutum que pasaban, también, del análisis más profundo de épocas históricas, de exhaustivas historiografías de autores..., al humor más agudo e irónico; bueno no todo era igual, pero parecido.

Estudio de composición por el autor del blog del tercer ejercicio: Taller de proyectos en la escuela de arquitectura

Y cuando estaba más perdido en la siguiente propuesta a enfrentar en la que se nos pedía ya, sin más preámbulos toda la organización general de la nueva escuela de arquitectura, y que por desmesurada para nuestra exigua formación de proyectistas, nos parecía descabellada: ¿cómo íbamos a ser capaces de controlar las proporciones, los números suficientes para encajar el complejo programa de una escuela de arquitectura? Digo que cuando estaba más perdido tuvimos de forma providencial una clase conjunta de todos los niveles de proyectos con Juan Daniel Fullaondo. No me lo podía creer: el aula a rebosar era una fiesta, cuya palpable atención --que era parte admiración, expectación, interés, curiosidad y sorpresa-- de los alumnos recaía en el lugar donde aquel hombre de mediana estatura, algo regordete, risueño, con expresión de cara amable, la que remataba con avanzada alopecia, parecía disfrutar, con aquel revuelo, aún más que los alumnos.

La clase consistió en que visualizáramos una película de ese cine experimental que sólo se proyecta en las aulas universitarias. Proyección que, al parecer, debiera incitarnos a reflexionar sobre no sé que asunto... que, seguramente, era importante para nuestra formación como arquitectos porque había alumnos --los más aventajados o los más atrevidos-- que con mucha familiaridad y confianza, y de forma intermitente entablaban debates, entre serios y jocosos, con el agrado y la venia de Fullaondo; siempre dispuesto a aceptar la sesuda reflexión, la boutade, o la picardía, sobre todo de las chicas a las que atendía con especial y pícara deferencia. De una de ellas se contaba que una vez en plena explicación del ejercicio alzó una mano a fin de despejar una duda al tiempo que se dirigía al profesor cambiándole una letra del apellido por aquello de que sonara algo bizarro: ¡Por favor, señor Follaondo..., señor Follaondo!, le inquiría repetidamente la chica con el brazo en alto, el que quedó paralizado en las alturas ante la rápida aclaración fonética del catedrático: Con "u", señorita, con "u"... Fú...Fúllaondo... Todavía le recuerdo bajando las amplias escaleras rodeado sobre todo del género femenino, abrazando la cintura por detrás de las más próximas; despacio, relajado, sonriente, complacido, mirando a unas y otros, sin perder ese aire paternal a la vez que erudito de filósofo antiguo que está feliz y encantado de rodearse de discípulos, en animada conversación que después proseguían en el bar de la escuela.

Al término de la proyección y en el espacio de tiempo más corto lectivo, apenas unos minutos, recibí una clase magistral que me ha servido toda mi vida profesional: Aquellos que no hayan entendido todo este montaje, que supongo son mayoría, sólo una sugerencia: ¡Copien a los maestros!, no tengan prurito en hacerlo... quién mejor que ellos que nos han legado sus obras... trabajen con sus plantas y alzados... busquen en los diseños sus propias interpretaciones de las ideas que los generaron... ¡calquen!, ¡fusilen sus dibujos sin miedo!... verán como el complicado puzzle del principio de los ejercicios se irá resolviendo en la medida que trabajen los esquemas copiados.

Le hice caso y fusilé sin piedad para mi ejercicio de la nueva escuela de arquitectura las plantas de algunas de las obras maestras de aquellos arquitectos que referí al principio --poseo una popular colección de monografías de ellos--, sobre todo las de Louis Khan que era un autor que había tratado profusamente los edificios institucionales, entre los que descollaban bastantes centros culturales y de enseñanza. Distribuidas en la lámina --de forma aleatoria aunque con cierta intención según el programa de necesidades dado como enorme collage-- descubrí con satisfacción que empezaba a diluir ese pánico de hallarme perdido frente al papel en blanco, lo que sucedía cada vez que me enfrentaba a él en el tablero de dibujo.

Empecé a dibujar sobre el papel de croquis que puse encima y al instante de lo invisible surgió lo tangible: líneas, bordes, recintos, espacios, volúmenes, formas..., parecía increíble: en poco tiempo había proyectado con cierto orden de medidas y proporciones toda una pequeña ciudad... y aunque aquel collage era lo más disparatado que la mente de una arquitecto-urbanista hubiera concebido yo sentí haber dado un paso de gigante ya que al pasar de la nada al todo en tan corto período de tiempo atisbé los inicios de la creación: al principio todo era oscuridad; después fue la luz.

Estudio de composición por el autor del blog del séptimo ejercicio: Biblioteca en la escuela de arquitectura

Ahora procedía ir poniendo orden poco a poco en aquel desbordado caos. Ir desmenuzando cada una de las partes sin olvidar la estructura del esquema general de la escuela: el taller de proyectos con cierto aire posmoderno; la biblioteca muy organicista; el aula magna que indagaba en la teoría constructivista... y por último, como ejercicio final, vuelta al esquema --ahora definitivo-- de la organización de la escuela: sobre el mismo papel de croquis apliqué acuarela, lápiz, tinta sepia... un pastiche en el que en una de las esquinas del solar, en la parte alta del jardín, proyecté una reproducción del Partenón ateniense como primera lección para los neófitos que ingresaban cada año en la carrera.

Y todo aquello me llevó mucho tiempo del día y de parte de sus noche. Horas que pasaba en vela dibujando con la única compañía de la música y los relajantes sonidos de profundas respiraciones al fondo de las habitaciones de mis seres queridos que dormían apaciblemente. Una sensación de agobio y de paz, a la vez

Estudio de composición por el autor del blog del noveno ejercicio: Organización definitiva de la escuela de arquitectura

En la confianza que ya tenía de que iría aprobando curso a curso las asignaturas gráficas, relajé aquella primera obsesión de mirar periódicamente las listas últimas de calificaciones del curso. Tuvo que ser una compañera de estudios la que me dio la noticia. ¡Has aprobado!, aunque la buena nueva, además del aprobado, era, en realidad,que sentía de manera palpable que ya empezaba a controlar parte del barro que antes se me escurriera todo entre los dedos.


FranciscoMolinaGómez
(continuará)

lunes, 1 de junio de 2015

DE NOCHE, SIN PARADAS











...Que es mi vida torpe bajel,
y es el mundo encrespado mar,
líbrame del naufragio cruel,
que llegue a puerto sin zozobrar...
... y conforme cantaba el estribillo de la canción en uno de los ensayos del coro del orfanato para la fiesta de san José que se hallaba próxima en el inicio de la primavera de mil novecientos sesenta y dos, al igual que la marcha de mi hermano mayor --Antonio-- a Barcelona, apenas podía contener las lágrimas al identificar en la letra mi inminente desamparo, perdido en un mar desconocido, y sin ninguna luz de referencia.
Recuerdo a la salida del ensayo derrumbarme con la espalda contra la fachada del pabellón hasta quedar sentado en el suelo y llorar amargamente con un desconsuelo que nunca había sentido, sin importarme el mundo que me rodeaba, desahogando mi tristeza infinita. Sabía inexorablemente que a partir de aquel momento me quedaba completamente sólo












Miraba con emoción, casi con respeto, el billete de mil pesetas. Era la primera vez que tenía uno entre las manos. Le pasó por encima las yemas de los dedos de una de ellas por ver si desteñía la tinta verde del dibujo. Tenía el brillo de un billete nuevo y no se resistió a palparlo; tampoco a olerlo antes de introducirlo en el mismo sobre de donde lo extrajo, y que le habían enviado desde el lugar cuyo nombre evocó aquel sitio, al noreste del país, a donde habían emigrado los desheredados, que eran buena parte de los chicos mayores que había conocido.

En cuanto recibió la carta inmediatamente identificó en la solapa la caligrafía de su hermano. Los mismos renglones torcidos y la misma letra angulosa desligada en la leyenda de las postales enviadas a las que habían adherido el billete con pegote de chicle mascado, entre ambas. Leyó con sorpresa la invitación en una de ellas, la que relumbraba en el anverso un espectáculo nocturno de agua y luz. Hacía diez años que se habían separado. Aún recordaba el día en que su hermano mayor se despidió en el patio del centro benéfico que acogió a ambos, dónde él aún seguía interno. Solo le dijo que se iba a un sitio muy lejos a buscar trabajo, desde donde en los primeros tiempos escribió algunas cartas que después se espaciaron hasta casi desaparecer.

Ahora en la invitación escrita en el reverso de la postal en la que la fuente monumental lucía colorista con ese brillo fotográfico de las tarjetas postales, no hablaba sólo en su nombre. Lo hacía también en el de su esposa. Le decía que hacía un año se habían casado y que ambos deseaban les visitara en los días de la Navidad que ya estaba próxima. Y a renglón seguido justificaba en los gastos del viaje el envío del dinero. Después leyó la dirección de la vivienda en el remite del sobre, y se preguntó:¿Dónde estará esto?

Sacó de nuevo el billete del sobre y se le iluminó la cara pensando en la cantidad de cosas que, a bote pronto, deseara comprarse con las mil pesetas, quedando ensimismado para, seguidamente, guardarlo definitivamente en el sobre, que después apretaba su mano derecha metida en el bolsillo del pantalón. Quería notar que estaban ahí mientras recorría las calles céntricas de su ciudad. De manera intermitente se paraba a escudriñar a través de los cristales de los escaparates de los numerosos comercios que atravesaba y que ya relucían con los adornos propios de las fiestas que se avecinaban. Lo hacía con la autosuficiencia del que tiene un caudal en el bolsillo, dispuesto a satisfacer los pequeños deseos eternamente aplazados.

Y si fuera así y no contestara a la invitación. ¿Qué cargo de conciencia iba a adquirir sobre alguien que no se había preocupado por él en tanto tiempo? En principio ninguno --pensó--, y parándose en un kiosco de prensa compró unos fascículos de historia del arte que había deseado adquirirlos desde que hacía unas semanas se publicitaban en el expositor; sintiendo enormemente desprenderse del reluciente billete verde.

Luego, conforme seguía transitando las calles ya iluminadas con luces de colores, sintió que anhelaba ver a su hermano. Deseaba saber de esos diez años transcurridos sin apenas noticias. Años seguramente muy difíciles en los que fue saltando de trabajo en trabajo y de ciudad en ciudad, a propósito de los distintos remites de aquellas primeras cartas. Imposible saber cúal sería la siguiente residencia; de ahí la dificultad de poder contactar con su hermano. Él desafortunadamente seguía en el mismo sitio, en la misma dirección que aquél conocía: el centro de beneficencia que les acogió en el sur, donde habían nacido. Se ilusionó queriendo conocer a su mujer, al tiempo que presumía que la pequeña compra no habría mermado la posibilidad de reunirse con su consanguíneo.

Nunca había viajado, y además ¡tan lejos!. ¿Cómo voy a llegar hasta allí?, se preguntaba. Ni siquiera pensó en el recurso del tren; ¡estaba tan desacostumbrado! De repente se acordó que era la misma ciudad de la que, en ocasiones, había oído preguntar por un autobús en la barra del popular bar que, en la entrada a la capital cerca del río, se orillaba con la parada de los tranvías; y fue esta allí. Dentro del local se dirigió a uno de los camareros al que conocía de vista por las innumerables ocasiones en que se había cobijado en su interior a la espera de coger el tranvía que le llevara al internado. Le preguntó si le podía dar razón del autobús que viajaba hasta la ciudad que reseñara la carta, sin que éste al principio levantara la cabeza mientras levaba algunos vasos en el fregadero de la barra. Después le escrutó ambos costados con la preocupación de quién quiere asegurarse que nadie más ha escuchado la pregunta.

Se le quedó mirando unos segundos y le hizo un leve giro de cabeza señalizándole con el gesto un extremo de la barra, el de la atención de los camareros, al que acudieron los dos: ¿Cuántos viajeros son?, le preguntó colocándose unas pequeñas lentes que destacaban brillantes sobre la sonrosada cara, al tiempo que de debajo del mostrador sacaba un talonario de billetes de viaje: Sólo uno, le contestó. Después rellenó el espacio en blanco del papel con el nombre y primer apellido y el importe del viaje: trescientas cincuenta pesetas. Escribió la fecha de salida elegida de entre los días que los autobuses hacían la ruta hasta aquel lugar, al tiempo que le informaba: El viaje es de noche, sin paradas. Le anotó la hora en la que había que acudir, indicándole a través de las cristaleras del establecimiento los aledaños del bar: un largo bulevar donde aparcaría el autocar; advirtiéndole que debiera estar a aquella hora, al tiempo que le entregaba el recibo del billete, previo el abono del importe que el camarero guardó en una caja de debajo, también, del mostrador con la copia de lo escrito.

La oscuridad mostraba sin ambages el intenso frío de la noche en el vaho de las respiraciones de los congregados. En la ancha acera, esparcidos hasta el seto de boj que marcaba el inicio del parque urbano, se observaban con fingida indiferencia y natural curiosidad los futuros pasajeros. Separado del grupo, entre el matorral del jardín, del mismo color de la noche, un soldado apuraba con ansia un cigarrillo. Casi de inmediato la luz de la cerilla que encendió en el siguiente pitillo le iluminó la cara: un rostro joven que mostraba visible hartazgo; el que produce a esa edad la contenida resignación a una infinita reclusión, y de una manera más clara a la obligada abstinencia de todo tipo incluida la de la nicotina por falta de dinero, de la que ahora se resarcía compulsivamente en su turno de permiso. Los granos, como puntos en el destello rojo de las largas caladas, se esparcían por su cara descubriendo su enclaustrado deseo sexual, mostrando visibles las huellas de la incesante actividad de sus hormonas en hervor, las que en el cuartel le habían intentado enfriar con el bromuro en el café de sus desayunos.

Presionó con la pesada bota la colilla que había arrojado a la tierra y se unió al grupo en la espera del autobús. Su llegada no pasó desapercibida en las escrutadoras miradas de los demás. Ahora a la luz de la farola que iluminaba aquella zona de la calle se mostraba con esa imagen reconocida por los otros: eterna estampa de militar de reemplazo, visiblemente marcada por el paño verde oliva de su uniforme anclado en otra época, y que había paseado, a su pesar, durante todo el día por la ciudad, haciendo tiempo desde la tarde en los mismos jardines donde apuró los últimos cigarrillos sentado en un banco semiescondido entre la maleza vegetal, atento al paso de las chicas mozas a las que lanzaba una batería de soeces piropos cuarteleros, acompañados del grosero gesto de tocarse abajo, en la entrepierna.

Esperaba de pie, calentándose ambas manos metidas en los bolsillos del pantalón que se recogía en las recias y largas botas negras que le hacían aún más alto, encogiéndose nerviosamente con los signos incipientes de una suave tiritera. No esperó a que esta fuera a más y se descargó el petate gris-verdoso de lona que portaba al hombro. Primero extrajo la conocida gorra con visera rígida para poder acceder al tres cuartos del color de las otras prendas, el que, una vez puesto, le cubría casi todo el cuerpo. Introdujo de nuevo la gorra en la bolsa militar y se la colgó otra vez al hombro. Apenas abultaba el único contenido: ¡A ver si viene de una puñetera vez ese autobús, que nos vamos a congelar de frío!, protestaba en alto, mirando a lo lejos, hacia los ventanales del bar que traslucían encendidos con esa luz macilenta de las bombillas incandescentes.

En la extrañeza de la solitaria actitud de reclamación, que sonaba tosca en la normalidad de las apocadas conversaciones de los demás, el niño del que sólo se le veían los ojos, se le quedó observando. A ratos la madre solícita le recomponía los pertrechos. Le desabrochaba el abrigo para volvérselo a abrochar; le rehacía la colocación del pasamontañas de lana y le ajustaba sobre la infinidad de ajustes anteriores el gorrito de lana de colores, calándoselo hasta las cejas, y la bufanda. Tenía esa edad en la que la desbordada imaginación hace fascinante las luchas, las batallas y los soldados de los que poseía en plástico una nutrida colección que regalaban con los botes del cacao. ¿Tienes pistola?, le preguntó aflojándose la bufanda y el pasamontañas a la altura de la boca, mostrando en su chavalería mucho desparpajo. El soldado que ya estaba en otra guerra, mirando con cierta lascivia el escote, que desafiaba al frío, de la chica a la que no acompañaba nadie, ni siquiera se apercibió de lo que dijo la madre: ¡Nenito, no molestes!, al tiempo que le recomponía las prendas aflojadas.

La chica sin compañía que ya se había apercibido del interés del soldado por indagar en el inicio de la hendidura que separaba sus generosos pechos a punto de hacer estallar los botones del abrigo de paño rojo entallado al cuerpo, y del que salían, como patas de elefante, unos anchísimos pantalones de campana de verde muy claro que le hacían aún más baja, contestaba con una descarada sonrisa a las concupiscentes miradas del soldado. Él se la devolvió desbordada del deseo, el mismo que en su mente la había desnudado ya con la vista. Se acercó a ella empezando a intimar en la macabra broma sobre el posible contenido de la aparatosa maleta que apoyaba en el suelo junto a ella: ¿No llevarás el cadáver de tu novio? Ella rió fuertemente, aclarando su libre condición: No tengo novio, ¡ni quiero! Declaración que fue suficiente para el inicio del asalto: ¿Cómo una chica tan bonita como tú, no tiene novio?, aquí estoy yo por si te sirvo. Ella se le quedó mirando de reojo con picardía, ninguneándolo: No, no me sirves; no eres mi tipo. El primer asalto era de manual de zafio galanteo.

El acogido de beneficencia muy cerca de los dos escuchaba sin intentar siquiera mirarles. Se sentía agredido en su eterna timidez. Violentamente desubicado en las preliminares del escarceo de la libido, escondía en la oscuridad de la noche la acusada turbación de sus pensamientos . Se sentía como un extraterrestre en el mundo de la carne; la del pecado capital. Su aislamiento del mundo era el resultado del prolongado internamiento carente de afectos. El mismo aislamiento que buscaba en el goce de sus desahogos manuales.

Atento sin dejar de escuchar el pavoneo de aquel gallo de corral vestido de uniforme, que empezaba ya a enseñar el espolón, por si le fuera de aprendizaje, miraba disimuladamente, haciéndose el despistado, hacia el lado contrario; apenas apercibido de las protestas del hombre ya mayor por las continuas atenciones de su mujer, casi de la misma edad, para que luciera impecable, como un príncipe. Ella recién peinada de peluquería mostraba en el ralo del cabello los estragos del tinte claro que durante años habían disfrazado sus canas. De vez en cuando se palpaba con la mano la forzada esponjosidad del pelo, retocándose los rizos donde acababa éste. Había valido la pena la voluntaria tortura aguantando el calor en la cabeza durante un montón de minutos, bajo el aparatoso secador de la peluquería del barrio. Necesitaba excusar en el pequeño sacrificio su aspecto radiante, su momentánea felicidad. Era la justificación para sentirse segura en las miradas de los demás.

Lo había hecho durante toda su vida. Aquello que le transmitieron desde pequeñita. Una vida dedicada por entero a los hijos y al marido de la que aún mostraba su incapacidad de liberarse: a la insistencia de ella por pasarle la mano suavemente por las hombreras del oscuro abrigo para sacudirle algunos cabellos canos desprendidos, él le reconvenía con que le dejara tranquilo, pendiente más del número de bultos que le rodeaban que de la mujer. Ella le sonrió y se arrebujó a la espera del autobús embutida en su abrigo de piel sintética, con la alegría desbordada en la expresión de su cara porque iba al encuentro de su hijo y sus nietos. Al poco rato enfrentaba el lateral, sin ninguna leyenda, del alargado vehículo.

Al fin había llegado. Se abrió la puerta por donde descendió un hombre de mediana edad. Por todo saludo se quejó del frío. Mostraba mucha prisa dirigiéndose hacia el bar que seguía encendido. Después de utilizar los aseos y recoger el listado de pasajeros que le entregó el camarero de la cara sonrosada no esperó ni un segundo a hincarle el primer bocado al bocadillo de atún que le tenían preparado, como de costumbre. Hablaba con el empleado a borbotones, con la boca llena, a la vez que por sus comisuras discurría el aceite de la conserva. Acabado el bocadillo y apurada la caña de cerveza se despidió de rigor: Ahora vendrá el compañero; hoy me ayuda un novato en esto.

Entró en el autobús limpiándose los restos del aceite en manos y boca con un pañuelo que después guardó en el bolsillo del mono-pantalón azul, de donde se sacó el listado, e hizo el recuento de pasajeros que ya ocupaban sus asientos al tiempo que les indicaba la oportunidad de aquel momento para hacer sus necesidades a aquellos que lo precisaran, advirtiéndoles que no pararía durante el camino, salvo para repostar. Alguno bajó aprovechando que también iba hacia el bar el ayudante del conductor. Cuando se reintegró el marido quejoso que había ido al aseo presionado de urgencia en la micción por el ensanchamiento de la próstata se paró en el obstáculo del pasillo. Entre él y su señora se interponía la pierna extendida del soldado que se había despatarrado en el asiento que ocupaba junto al acogido de beneficencia.

A la matadora mirada del marido, el soldado retiró la pierna sin excusarse, devolviéndole el reto en el gesto de asco de su boca, bajo la atención de la mirada de la chica que ocupaba el asiento contiguo de fila, al otro lado del pasillo. La otra pierna extendida arrinconaba al acogido hacia la ventanilla. Por si aquello no fuera lo suficientemente coactivo para su patológica timidez dejándose invadir en su terreno, éste sufría además en la invasión a su reducido espacio las continuas sacudidas del asiento de delante. El niño se revolvía continuamente en el asiento de la ventanilla protestando a la madre para que le desprendiera de los pertrechos que no le dejaban moverse, utilizando como apoyo el sillón que enfrentaba y como palanca sus pequeñas piernas, con el consiguiente enfado de la madre que le reconvenía a cada sacudida, hasta que llegado el autobús casi el límite de la provincia dejó de moverse. Se había dormido empaquetado en la ropa sobre el regazo de la madre. Hacía tanto frío en el interior como afuera.

Para entonces la complicidad de la chica y el soldado contra el marido, se hacía ostensible en las escandalosas risas de ella, mirando hacia atrás con las continuas confidencias del militar, acercando los dos sus cabezas a mitad del pasillo. Lo hacía sin contemplaciones de que aquél pudiera despertar del sueño que le había sorprendido con la cara mirando al techo del vehículo y la boca abierta por donde resoplaba ruidosamente. La mujer dormía también, silenciosa, con el recato de la cabeza agachada hacia delante, mostrando en el plano corto el intenso trabajo de la laca barata. Con esta postura mantenía incólume tan ardua tarea. Quería estar rutilante en el encuentro con la familia.

El soldado se removió en su asiento. En la incomodidad de mantener la misma postura recogió las piernas, se alzó, y para desentumecerlas anduvo el pasillo hacia la cabina del conductor, comprobando que casi todos dormían, hasta encontrar lo que estaba buscando: alguien que le pudiera dar un cigarrillo. Volvió a su asiento con el pitillo encendido prendido en los labios y se sentó al tiempo que lanzaba una bocanada de humo hacia la cara del acogido que le perturbó intentando no mostrarlo. Con el rostro envuelto en el humo de tabaco, que le produjo intermitente parpadeo en los ojos por el picor, continuó, ignorando la provocación, con la mirada sobre la imagen de uno de los fascículos de historia del arte que los había incluido en el equipaje del viaje:El embarque para Citerea, de Watteau, que ocupaba ambas páginas del fascículo, y que visualizaba a la tenue luz de ambiente del interior del autocar intentando leer la leyenda que aludía a la reproducción del cuadro. El soldado se asomó a aquello que le sonaba a estampitas; miró atónito al acogido; hizo un gesto de absoluta extrañeza y se pasó al asiento de la chica empujándola hacia la ventanilla, cuando el autobús empezó a rodar con algunas sacudidas como si cogiera pequeños hoyos en la calzada.

Hemos tomado una carretera secundaria, le decía el soldado a la chica, añadiendo: Por si no lo sabes, te diré que este es un autobús pirata, vamos que no tiene licencia, por eso viajamos dando rodeos, de noche y de un tirón para no ser descubiertos por la guardia civil. Ella dilató sobremanera los ojos y estiró ostensible la boca sin abrirla al escenificar un notorio gesto de extrañeza. Ni pajolera idea de lo que le estaba diciendo: ¿La guardia civil?... ¿qué tiene que ver la guardia civil...? Ni siquiera le dejó terminar la pregunta: ¡Bah!, ¡déjalo! Se lo dijo casi en susurro expeliendo a la cara de la chica la última calada del cigarrillo, pegando su cuerpo al de ella asiéndola con el brazo por la cintura, inmerso en las premuras del fuego que le quemaba por dentro. Era aquel un buen momento para el primer escarceo exploratorio, ahora que casi todos dormían. Apagó el cigarrillo distraídamente en el cenicero del respaldo del asiento delantero ya que sus sentidos estaban en otras brasas que no deseaba apagar; al contrario : avivar. Ella simulaba resistirse sin mucho empeño.

Sin querer descubrir su morbo el acogido miraba de soslayo el pavoneo de la pareja que iba a más conforme el autobús devoraba kilómetros, mientras comparaba ambas escenas: la real en la que el soldado aliviaba el deseo demorándose en los labios de la chica, literalmente ya volcado sobre la boca de ella, y la de la imagen del fascículo. El amor romántico de la composición del pintor francés de las diversas fases de la seducción: El amor tira de la falda de la joven que escucha las palabras del amante; después, la muchacha cede ya sus manos; más tarde caminan, él con decisión, ella todavía indecisa volviendo el rostro hacia el pasado; finalmente se embarcan, alegres, hacia la isla encantada de los placeres: Citerea ; contrastaba años luz con aquel burdo amor exprés. Pese a su sensibilidad hacia el arte, en su adolescente despertar le trastornaba más este último comportamiento casi animal que el platónico de la imagen. Deseaba cambiarse por el soldado y en esos pensamientos se aceleraba su respiración, sintiendo el vigor de su corriente sanguínea por debajo de la ropa, el que fue decayendo en la medida del deslumbramiento en sus ojos de los destellos intermitentes de luz azul. Provenían de dos motos que en el arcén circulaban paralelas al autobús hasta adelantarle. En segundos notó en el cuerpo la frenada del vehículo.

Es la guardia civil, déjame hablar a mí, le dijo el conductor a su novato ayudante, bajándose por su puerta, a la par que algunos pasajeros despertaban en la interrupción del apacible arrullo por el monótono ronroneo de las ruedas sobre el asfalto durante el movimiento del vehículo, sobresaltados: ¡Qué pasa!... ¡qué pasa!, decían levantándose de sus asientos y mirando por las ventanillas. El desconcierto en el brusco despertar, sin capacidad aún de consciencia en la inmediatez del sueño, se extendió entre los pasajeros. Este fue mayor cuando al autocar entró uno de los agentes recomendando tranquilidad: ¡Por favor!, permanezcan sentados, al tiempo que iniciaba el recuento de viajeros.

Al fondo el militar recompuso su desabrochada guerrera, se ajustó el ancho cinturón de cuero negro con la hebilla dorada del arma del cuerpo al que servía, se abrochó los botones superiores de la bragueta, se limpió la boca del carmín de la chica y se sentó en su asiento, al lado del acogido. Mientras el guardia recorría con tranquilidad el pasillo, mirando a uno y otro lado en el cálculo del aforo del vehículo acompañado del conductor ayudante, aún le dio tiempo de, trasteando con la mano en lo profundo de su petate que había rescatado de debajo del asiento delantero, sacar su carnet militar y una arrugada hoja del certificado de su permiso firmada por el capitán de su compañía, que guardó en el bolsillo del pantalón. Suspiró aliviado ya que era propenso a no encontrar los papeles cuando los necesitaba, o simplemente los perdía. Lo que pudo ocurrir cuando en la parada sacó el tres cuartos de la bolsa militar. Miró a la chica, atareada también en recomponer la figura, mientras él se cubría la cabeza con la gorra que extrajo asimismo del petate. Le sonrió de uniforme completo y ella le dijo que estaba muy guapo.

El agente miró al niño que dormía apaciblemente. Lanzó una agradable sonrisa a la madre haciéndole un gesto de que no lo despertara y prosiguió su tarea en el instante en el que el soldado se levantó con las manos extendidas a los lados en posición de firmes para a renglón seguido hacerle el saludo militar. Por los galones había comprobado que el guardia civil tenía el empleo de sargento. Éste le pidió su documentación militar al tiempo que le invitaba a sentarse. La miró detenidamente; le hizo algunas preguntas sobre su destino de armas, a las que el soldado contestó puntual, sin titubeos, y se la devolvió. Escrutó a los últimos pasajeros y dio por finalizado el recuento, saliendo por la puerta de la parte de atrás del vehículo, a la vez que se despedía: ¡Buen viaje! Después fue a reunirse con su compañero, ultimando la tarea con el conductor. Ambos se despidieron con el autobús en marcha desde el arcén haciendo el preceptivo saludo llevando la mano derecha a la cabeza.

Mi primera sanción en el tiempo que llevo conduciendo estos autobuses, ¿no serás gafe?, bromeaba el conductor con su ayudante el que quedó sorprendido de la sanción por la inmovilización temporal del vehículo y de la desmesurada cuantía de la multa que figuraban en el papel de la denuncia que habían firmado, junto con los agentes. Durante los siguientes kilómetros aquel incidente fue el tema de conversación del conductor y su ayudante y de buena parte de los pasajeros ahora ya despabilados. Los que no habían despertado como el marido que seguía resoplando con menos fuerza, acabaron por desperezar su somnolencia en el continuo y escandaloso lloro del niño cuando de improviso abrió los ojos, intentando arrancarse el pasamontañas. Tenía muchas ganas de orinar. Ante la escandalera del crío la madre y algunos pasajeros reconvinieron al conductor para que parara el autobús. La reiterada negativa a éste a detenerse, habilitó entre el pasaje una solución de emergencia: alguien prestó una botella vacía donde el niño pudo evacuar su orina. Después la lanzaron por la ventanilla. No tardó mucho tiempo el acogido en empezar a comprobar las sacudidas del asiento de delante, en el que los movimientos nerviosos de la criatura retaban la recia estructura del sillón, continuamente mirando hacia atrás, sacando la cabeza por encima del respaldo, para luego desaparecer agachándose a continuación. Ahora el niño reía a sus anchas, al haberle liberado la madre de las lanas que le apretaban la cara.

En una de aquellas desapariciones en la que se irguió sobre el asiento se quedó observando, como lo hiciera en la parada, al soldado. Interés del niño que le advirtió al militar la chica, con la que había vuelto en una fusión de verdes: el oliva del uniforme con el manzana del pantalón y de la blusa de la chica asediada en su primer botón que apretaba el inicio del canalillo, por los largos y habilidosos dedos de él. Se le quedaron mirando, como provocándole: ¿Tienes pistola?, le soltó otra vez de golpe y porrazo el niño: Sí, y así de grande, le contestó el soldado, marcando con los dedos índices de ambas manos una generosa medida, y riéndose con sarcasmo: ¡Enséñamela!, le rogó ilusionado el crío: Está guardada y no se puede enseñar... ¡ea!, le dijo sonriendo la chica a fin de cortar la intención sarcástica del lenguaje hacia una criatura: ¡No molestes!, le dijo la madre tirando del niño hasta el asiento. Por las ventanillas se percibía ya una atenuada oscuridad. Empezaba a clarear.

El marido quejoso que desde atrás venía observando lo que le parecía una desvergonzada actitud en el tocamiento de los dos jóvenes, se quejaba a la mujer: ¡Vaya juventud!..., ¡habría que hacer algo!..., ¡y delante de un niño!..., luego dicen que si los ejemplos...; enfadándole más la reacción de ésta: ¡Déjalos, son jóvenes!, acuérdate cuando tú..., no le dejó terminar en el argumento de que lo hacían a escondidas: Éramos más decentes..., ¡esto es una inmoralidad!..., ¡adónde vamos a parar!..., ¡míralos sorbiéndose las babas! En realidad en ese momento, aunque con las caras muy juntas, sólo hablaban entre ellos en tono bajo. Ella le contaba el motivo de su marcha hasta aquella tierra de promisión. Iba a reunirse con una amiga que le había encontrado un empleo de operaria en una empresa textil. Él se cagaba en los muertos de quién le hubiera mandado a hacer la mili al sur, tan lejos de su casa, a la que ahora volvía por Navidad.

Las primeras luces del día esbozaban un paisaje algo lechoso, empañado de una neblina clara que presagiaba un día frío pero soleado. La helada noche había dejado su huella de espumilla blanca sobre los hierbajos resecos cerca del arcén. En la medida en que la tenue luz empezaba a mostrar ya algunos detalles en el terreno, el acogido, después de acomodar por infinita vez la forzada postura a la que le obligaba el asiento, sin moverse, fijó la vista en el paisaje a través de la ventanilla. Había sido aquella una noche densa, extraña, con sorpresa, vencido por el sueño sólo a ratos, y en duermevela otros atento mirando de reojo el asiento contiguo al otro lado del pasillo, pendiente de lo que acontecía, o visionando a la tenue luz del autocar imágenes de los cuadros que se publicaban en los fascículos de arte que ojeaba, deteniéndose con atención en los desnudos: El baño turco, de Ingres...

Ahora, conforme se acercaba a su destino pensando en su hermano, recobraba los tics que marcaban el día a día de su existencia; los miedos que siempre le surgían en su eterna timidez ante cualquier situación nueva, sobre todo aquella que le había llevado muy lejos de su normalidad, de su cotidianidad, a la que, aún siendo difícil y penosa, se había acostumbrado. Situarse en los entornos desconocidos le producía desasosiego. Si además no le esperaba nadie, todavía más. No entendía aquella situación de desasistimiento en su llegada por parte de su hermano, aunque no lo juzgaba. La comunicación instantánea era casi imposible por las circunstancias y carencias de sus vidas: ninguno de los dos tenía acceso a un teléfono. De los telegramas sólo habían oído hablar. El único medio con el que se había comunicado esporádicamente con su hermano mayor era mediante carta, la que no dio tiempo a enviarle en la inmediatez del viaje. Se presentaría en su casa sin haberle avisado.

El páramo dio paso al paisaje colonizado, empezando a aparecer las primeras edificaciones: naves industriales agrupadas en su uniformidad de materiales y colores. Las chimeneas de tubo metálico expelían densas humaredas de color blanco, expandiéndose por el aire. Al interior del vehículo, por las rendijas, se colaba un extraño y fuerte olor que les acompañó el resto del viaje. Inmediatamente después empezaron a surgir del terreno los bloques de viviendas --todos iguales en su prefabricación-- de los primeros barrios dormitorio que les recibían con profusión de banderolas: las ropas tendidas de ventana a ventana. Estaban llegando a la ciudad en la medida que crecía la desazón del acogido.

De improviso alguien nombró la localidad a donde él iba. La mencionó la madre del niño, aludiendo a ella como su destino, varias veces en su conversación con los pasajeros de delante aprovechando que el niño se entretenía alentando sobre el cristal de la ventanilla, haciendo después, con el dedo sobre el vaho, dibujos en garabatos. Empezó la lucha en la cabeza del acogido conforme en las ventanillas se retrataban los señoriales edificios que perfilaban la gran avenida, y que revelaban la importancia de aquella urbe. Fue al rodear el monumento de la enorme plaza urbana abierta cuando reconoció, desposeyendo en la luz del día su parafernalia de luces de colores, la fuente de la postal. Instantes después el autobús se detenía cerca de la plaza de toros que, raramente, aparecía constreñida entre edificios. Conforme descendían los pasajeros se fueron arremolinando en la puerta del bar que ocupaba los bajos de uno de ellos, enfrente de la curvada fachada que mostraba, aún destacando en el entorno la laboriosa filigrana en clave neomudéjar del ladrillo, cierta pátina de abandono. En su coso ya no se celebraban corridas de toros.

Dentro del bar el conductor hablaba por teléfono al tiempo que ojeaba los papeles de la carpetilla abierta encima del mostrador. Desde su posición podía observar a través de las cristaleras del establecimiento como su ayudante novato recogía los equipajes de la bodega del autobús, entregándoselos a los pasajeros. Se sorprendió de la cantidad de bultos que le reclamaba el marido quejoso. Salió, le dijo algo a su compañero y se dispuso a ayudarle. Todos se encontraron muy próximos en unos pocos metros de la acera.

El acogido se turbó de repente. No se había atrevido a decirle nada a la madre en el autobús. Tampoco cuando descendieron de este: ¡Ahora o nunca!, se dijo sin que se le fuera el rojo de la cara. A su lado el marido rodeado de equipaje la emprendía a reproches contra el hijo por no haberse presentado a recogerlos todavía, aunque la destinataria de los improperios era la mujer, que le calmaba sin perder la compostura: ¡Ya verás como viene en un momento! Algunos habían empezado ya a marchar. El solado y la chica, ahora visionados de espaldas por el acogido, se dirigían al inicio de la calle por donde había entrado el autobús. Les observó caminar juntos hacia algún destino que sólo sabían ellos: él con el petate al hombro para liberar ambas manos, una asía la maleta y la otra la cintura de la chica. Desde atrás contemplando la imagen de ambos marchando se podía apreciar la doble desproporción: la de las alturas, que le obligaba a él a bajar bastante el hombro del brazo que rodeaba el cuerpo de la chica, apretándola al suyo propio, y la más clara de las intenciones, sobre todo de él: el amor del soldado iba a durar el tiempo que tardara en acostarse con ella.

Visiblemente acalorado se acercó a la madre que se había entretenido en forrar otra vez al niño con los ropajes del viaje, a lo que éste se resistía: Sabría usted indicarme como llegar a esta dirección, le dijo suplicante mostrándole el remite de la carta. Al leer el nombre de la localidad escrita en el papel la madre no pudo reprimir un gesto de espontánea sorpresa y de agrado a la vez: Yo también voy allí..., no está muy lejos de aquí..., si quiere acompañarme, voy a coger un taxi. Se lo dijo convencida, queriendo ayudarle al percibir la atribulada expresión de desorientación en la cara del acogido, la que comenzaba lentamente a adquirir su color natural. Durante el viaje en el taxi permaneció como clavado en el asiento de delante, sin proferir ninguna palabra o interjección que delatara su presencia en el coche. Atrás oía revolverse al niño y las amables regañinas de la madre que a cada momento intentaba calmar su impaciencia: ¡Mira nenito, ya estamos muy cerca! Pasado un buen rato al enfilar el inicio de una calle en suave pendiente, especie de antigua rambla ahora urbanizada, la madre le pidió al taxista que les dejara allí. El acogido bajó el primero del taxi y esperó a que lo hicieran la madre y el niño. Después cuando marchó el coche intentó abonarle alguna cantidad a la madre, que ésta rechazó en la satisfacción de poder ayudar a alguien que parecía tan desvalido al que aún asistió en un último momento: La calle de la carta me suena, debe de estar por aquí cerca. Al despedirse el acogido dándole las gracias se apercibió de lo joven que era.

Intuyó que la dirección buscada estaba calle abajo y se precipitó con su bolsa de viaje por su pendiente hasta llegar a una zona ajardinada en el centro del ancho bulevar que partía en dos el tráfico de vehículos. Sentados en un banco dos hombres mayores intentaban captar algo de calor que irradiaba el sol, muy oblicuo en aquellas horas de la mañana. Esta vez no le costó esfuerzo preguntarles por la dirección de la carta: Ha tenido suerte, esta es la calle que busca..., ve usted al fondo el puente del tren..., pues pasándolo está este número..., verá que al lado del portal hay una barbería.

El ruido del trepidar del tren sobre las vías cuando pasó por debajo del puente atenuó el de su propio corazón golpeándole atropelladamente en el pecho, pensando en el inminente encuentro después de diez años de silencios.


FranciscoMolinaGómez
(Relato del viaje hacia un esperanzado encuentro --en el que las ilusionantes expectativas superaban con creces la realidad de lo que después fue--, presentado al XV Certamen de Narrativa Corta "Villa de Torrecampo")