domingo, 1 de mayo de 2016

CUADRANDO EL CÍRCULO











1993. Más de veinte años después de haber tomado cada uno rumbos distintos, sin apenas tiempo para despedirnos en el orfanato, los cuatro nos volvimos a encontrar en Yegen, un pueblo de la Alpujarra granadina; entonces sentí cierta desilusión pues mis temores, de los que siempre había huído, se confirmaron: del grupo --de arriba abajo y de izquierda a derecha: Miguel, al autor del blog, Antonio y Agustín-- que fuimos pioneros en abrir pasos y allanar caminos a otros estudiantes huérfanos en un lugar cerrado y un tiempo complicado, con gran desgaste personal y alto precio, sólo había quedado la huella, los surcos donde germinaron nuevas generaciones de estudiantes y poco más. Las pistas denotaban aquel día que aún persistían los mismos prejuicios, los mismos complejos y las mismas carencias en las poses que aquel agosto de mil novecientos noventa y tres cerraban, en papel impreso, con la composición de aquella imagen, el círculo de un tiempo, al que intentamos, al menos por última vez, probar su cuadratura.
Después de un día de convivencia pude comprobar que del grupo, ahora, sólo permanecía la memoria.







La cuadratura del círculo, o el misterio de la lata


Posiblemente aquello de reunirnos de nuevo los cuatro respondiera a la tan cacareada crisis existencial que de repente nos asusta, apercibiéndonos con estupor cargados de sobrepeso y de sobre-años al entrar en la cuarentena; un jalón importante en la existencia de la gente, al que se llega casi inconscientemente, preocupadas las personas en alcanzar antes de que sea demasiado tarde los sueños ya fabulados en la adolescencia, y que les distraen durante bastantes años, envueltos en su propia y acelerada vorágine, de vivir ese otro tiempo --el filosófico-- de nuestro paso por la faz de la tierra. Una necesidad perentoria, quizás, de reflexionar ante aquella primera encrucijada con la que nos topamos de golpe, sin que nos hubieran avisado de antemano. Una obligada parada para, descargando en el suelo la pesada mochila-bagaje en la que todos llevamos a cuestas nuestro ser --y ya aligerados algo de peso--, sentarnos a la vera del camino para observar tranquilamente, volviendo la vista hacia atrás, lo recorrido. Una coyuntura para reencontrarte con las personas que te han acompañado en parte de ese recorrido. Una ocasión deseada para estar juntos de nuevo los cuatro después de casi veinte años de ausencia. La razón de darnos una nueva oportunidad.

La oportunidad de un reencuentro buscado se nos ofreció en el verano de mil novecientos noventa y tres, cuando Antonio, Miguel, y yo nos confabulamos en tomar la antigua carretera de las Alpujarras granadinas hacia Yegen --pueblo de la Alpujarra alta--, del que ya teníamos noticias que Agustín era toda una institución. Nos íbamos a encontrar en un soleado día de agosto, treinta años después de haber comenzado juntos los estudios de bachillerato. El lento viaje, por lo pronunciado y sinuoso del terreno con trazado ajustado a la topografía de la montaña, transcurría sin novedad. Habíamos partido muy temprano desde Almuñécar, donde habíamos coincidido los tres aquel verano. Un largo viaje que nos previno el aprovisionarnos de energía, con un buen desayuno, en un punto conocido del itinerario: el restaurante Nilo, en el Azud de Vélez, donde tras animada conversación con su dueño, un amante de la cultura y civilización egipcia, nos mostró muy orgulloso su más preciado secreto guardado a voces: dos ilegales crías de cocodrilo del Nilo que, ya algo crecidas, apenas lograba contener en un exiguo acuario. Daba pánico observarlos retorcidos en tan reducido espacio.

Reanudada la marcha a través de las interminables y mareantes curvas, enfilando un tramo de descenso a la salida de una de ellas el coche que nos antecedía, con Miguel como conductor, se detuvo en el único punto de desahogo de la estrecha carretera: una explanada desde la que se contemplaba un resplandeciente pueblecito con sus casas blancas en desbordante descenso por la colina donde se asentaba; en donde también detuve mi vehículo, ocupado además por Teresa mi mujer y mis dos hijas: Elena y Miriam.
- ¿Qué pasa?
- Que no se puede viajar con niños, ¡joder! --contestó Miguel, descojonándose, señalando a un demacrado Antonio que, apartándose del grupo que completaba David, el hijo menor de Miguel, devolvió a tan sublime paisaje todo el desayuno que su estómago no pudo digerir por efecto de los vaivenes del viaje.

Como me quedara extasiado contemplando tan fascinante arquitectura y antes de que me diera tiempo a hablar, adivinando la preguntaba que rondaba por mi mente, Miguel satisfizo mi curiosidad.
- Es Torvizcón, donde estuvo de párroco Pedro el Cura; y mi primer destino de profesor.
El resto del tiempo de parada lo repartimos en esperar a que nuestro compañero se recuperara y, ante la escena que se nos ofrecía, al tiempo de la contemplación de semejante saber construir popular: hasta la espectacular rambla que recogía el cauce del río; a sus bordes, marcados por hileras de chopos, se desparramaban, con un pregnante estilo corbusier, las cúbicas casas. Después vinieron las obligadas  sesiones fotográficas con fondo tan atractivo.

Desde Torvizcón, con Antonio ya recuperado de los vómitos del desayuno, y tras la pausa necesaria para que su cuerpo se reconociera en su cara que ya empezaba a difuminar la palidez del mareo en favor de otros colores rosados más naturales, continuamos rumbo a Yegen. Aquel pueblo donde residía Agustín, destino de nuestro viaje, quedaba lejos --en el límite de la provincia de Almería-- y alto, en un recorrido con las mismas curvas cerradas y de peor firme que el encontrado hasta el momento, poniendo a prueba los amortiguadores de los dos vehículos, con los aceleradores pisados a fondo a fin de poder salvar las cotas de las empinadas pendientes.

El viaje se hizo interminable pero al fín avistamos la entrada al pueblo...; y ¡no podía creerlo!: aquello parecía un interminable carrusel de recorrido ondulado: arriba-abajo. Pusimos los cinco sentidos a fin de no quedar empotrados con los vehículos en las estrechas calles con sus casas como paredes del más opresivo embudo, y su calzada simulando la más vertical y empinada montaña rusa conforme ascendíamos al centro del pueblo. Luego, aunque con fórceps, logramos aparcar cerca del objetivo ante las miradas atónitas de los paisanos que no perdían detalle. Nada más salir de los coches presentimos, en las atentas miradas de los naturales del lugar, los efectos visuales de una completa radiografía de nuestros cuerpos. Era la inercia atávica de curiosidad de los nativos por los forasteros; sobre todo de ellas.

¡No era posible!; o más bien sí, por fin otra vez juntos. Después de veinte años de diásporas personales --alguna al continente americano, caso de Miguel-- era difícil reconocernos, por los rasgos fisícos de adultos que no podíamos negar --y que se prestaron al chiste y la ironía--, comparados con los del adolescente que habíamos inmortalizado por última vez en la fotografía que para este viaje en el recuerdo he extraído de un viejo álbum, y que observo con emoción contenida.

     
1971. Veintidós años antes posamos en cascada obligada por los escalones de la puerta trasera del pabellón de niñas, junto a sor Juana y sor Josefa la Chica. De arriba-abajo: Miguel, el autor del blog, Agustín y Antonio. Observo en esos gestos adolescentes retazos aún de las caras del niño que habíamos sido, y del que nos hicieron renunciar muy pronto: apenas fuimos infantes y la adolescencia volaba; y escudriño en las miradas trazas de esperanza de grupo, aunque estas denotaran ya caminos distintos y hasta opuestos.

Entre las rústicas paredes de la vivienda aneja a la iglesia que Agustín en su condición de sacristán, entre otras actividades laborales declaradas, ocupaba junto con su mujer Loli y su hija Jessica, se desbordó el entusiasmo al principio en las salutaciones; y después, más relajados, en la inevitable retahíla de anécdotas, historietas, fábulas y leyendas que del grupo habíamos acumulado en nuestra mente a lo largo de los años, ahora recuperadas en el recuerdo para la ocasión y momento tan especial, y que ocuparon densamente los minutos siguientes; las que después de un par de horas de batallitas, empezaron a desvanecerse merced a la desorientación que en la memoria empezó a causarnos el vino que elaboraba el mismo Agustín; cosecha propia según nos dijo, y que nos servía con generosas tapas de pringue alpujarreña.

Fuera por la euforia del reencuentro o por la del vino de la tierra, y rememorando ese punto cabroncete de entonces, los tres le pedimos a Agustín con reiterada solicitud, como encargado del toque de las campanas de la iglesia, que nos guiara hasta el campanario, pues fruto de la recién rememorada canallería estudiantil nos había invadido una perentoria y irrefrenable necesidad de difundir los sonidos del bronce por todo el ámbito rural, hasta la última casa, hasta la última calle, y hasta el último huerto; pero no los del toque de algún oficio religioso (misa, difuntos...) sino los de rebato por quema del monte; por voraz incendio que causara alarma y que pusiera en prevención a la población --fin último perseguido con la gansada-- que acudiría al pie de la torre; desorientada, estupefacta y atemorizada mientras nosotros persistiríamos en nuestra actitud bromista doblando con inusitada energía y alboroto las campanas de la iglesia. Al final --pensábamos-- descubierta la falsa alarma, paisanos y advenedizos nos reiríamos como esos inocentes que le gastan bromas con cámaras ocultas. Más bien, pienso ahora, nos hubieran corrido.

Queríamos que el reencuentro fuera sonado. Que se recordara toda la vida en el pueblo. Agustín tuvo que emplearse a fondo, argumentando su propia ruina y las consecuencias colaterales que nos podían afectar, incluso con la intervención de la guardia civil, para que desistiéramos de nuestra pesada broma, aunque curiosamente era él, en ese momento, el más disperso de pensamiento por los efectos de su propio vino, al que continuamente elogiaba por su intenso color rojo y su espeso cuerpo (el alto grado de alcohol) que poseía caldo tan especialmente cultivado por sus manos.

En aquel estado de gracia fue cuando Agustín nos desveló otra de las infinitas actividades a que dedicaba vida tan prolífica, un todo terreno de dedicación al interés colectivo que no solo avisaba, con los redobles precisos de campana, de cualquier fuego en el monte sino que también advertía de posibles inundaciones en el valle: Algo esto último realmente complejo e importante, según deduje de sus explicaciones sobre el manejo del sistema de medición de lluvia que tenía a su cargo, aunque lo contara de un aplastante laconismo: Meto el testigo graduado en el agua de lluvia que ha caído en la lata; hago la lectura de la señal hasta donde se moja, y ya sé los litros por metro cuadrado que han caído durante el chaparrón. Ahora bien esta benigna apreciación personal no era compartida por Antonio; el que, valiéndose de tan tecnológica materia, inició una terrible ofensiva encaminada a descifrar el método científico empleado por no quedar éste correctamente expuesto en la consecución de los resultados, al omitir Agustín los datos precisos sobre dos cuestiones fundamentales: las dimensiones de la lata (cuestión de forma) y las de la gradación del testigo (cuestión de medida). Y empezó el vía crucis.
- ¿Pero la lata cómo es, cuadrada o redonda?
- ¡Jodér!..., ¡pues como es una lata!...¿cómo va a ser?..., pues redonda --contestó Agustín con prevención, poniéndose a la defensiva ya que conocía los efectos demoledores de las preguntas que sobre dudas metodológicas hacia Antonio, inquiriendo hasta el último detalle, hasta el último pormenor del asunto. Un auténtico calvario que no mostraba en su cara con la aceptación de la respuesta.
- ¡Ah!

A Antonio quizás le importara menos hallar los fundamentos científicos del funcionamiento del pluviómetro que el de haber encontrado algo sin fundamento para discutir repetidamente sobre ello y así evitar hablar de él mismo. La tangente por la que salirse cada vez que la curva de la conversación tocaba su vida --la de los años posteriores al orfanato--; adquiriendo la escapada velocidad de vértigo cuando el punto de contacto rozaba su parcela privada; su intimidad. Mientras nosotros tres experimentamos una confianza inusitada, descubriendo los sentimientos de amistad que habían permanecido agarrotados durante tanto tiempo, mostrando sin ambages las experiencias vividas, incluso las amorosas, a nuestra salida del centro, él seguía guardando sus secretos bajo dos llaves, la de la timidez y la de la indiferencia; esta última preocupante.

En aquella ocasión, y a pesar de la común euforia del vinillo del terruño, sólo pudimos arrancarle que había realizado estudios de ciencias empresariales y que estaba trabajando en una caja de ahorros de Granada. Después nada, ya que no ha habido ocasiones, a pesar de haberlas propuesto nosotros por separado. Persistimos en un error que hay que corregir: no se puede obligar a nadie a juntarse con la gente que no desea y menos para hablar de un tiempo que rechaza. Pues nada: ¡Ojalá! que te vaya bonito.

Los primeros recuerdos, la más sorprendentes anécdotas, las más increíbles leyendas, y las más extrañas ficciones habían sido febrilmente desempolvadas, atropelladamente contadas, ilusionadamente rememoradas; de tal manera que cuando al mediodía en la terraza de aquel bar de Mecina Bombarón --población cercana a Yegen-- nos sirvieron la generosa fuente por cuyos filos desbordaba un guiso de choto al ajillo que quitaba el sentío, y nos dispusimos a hincarle el diente no nos apercibimos que estábamos repitiendo las mismas cosas;  que estábamos narrando otra vez los mismos momentos, ahora adornados con algún detalle súbitamente recordado; proceso al que se había llegado por los primeros efectos de la rotundez alcohólica de la sangría alpujarreña pedida (verdadero cóctel molotov: mezcla de refrescos, vinos y licores de todo tipo) o por el agotamiento del filón de las vivencias recordadas. Creo que por esto último, aunque lo primero ya pesaba bastante en el ánimo.

Sin querer habíamos consumido los relatos pormenorizados de casi todas las guerras compartidas, y entonces sucedió lo previsible: como pan caído del cielo, Agustín y yo desplegamos sobre aquel campo de batalla, cuyo triunfo más sonado era el de no perder de vista los cada vez menos abundantes trozos de carne con sus correspondientes patatas fritas, las inevitables batallitas de la otra guerra: la del servicio militar --la mili-- que libramos juntos; ante la pesadez de Antonio que volvía a las andadas.
- Pero vamos a ver..., la lata redonda de qué tamaño es ¿grande o pequeño? --le preguntaba Antonio a Agustín, simulando con ambas manos varios diámetros de círculos.
- Mira éste..., ya está otra vez con sus coñas y sus tonterías..., ni grande ni pequeño..., normal ¡cóño! --contestaba un Agustín que no veía claramente las intenciones de aquél, pero que intuía la ración de recochineo que escondían, aunque con la simplicidad de la aceptación de la respuesta Antonio siguiera sin mostrarlo.
- ¡Ah!

Así se libraba de contar sus peripecias en las milicias universitarias, días que para él, seguramente, fueron simplemente tiempo perdido, autoexcluyéndose de sus charlotadas; caso contrario de Miguel que no tenía nada que referir al haber sido exceptuado de la vida militar; momento que aprovechó para contar a Antonio, con pelos y señales, su epopeya colombiana, mientras nosotros dos escenificábamos verbalmente el instante justo de la coincidencia de ambos en un cuartel militar de Ceuta, el punto en el que las curvas sinusoidales de nuestra existencia, que continuamente de acercaban y alejaban intermitentemente, se cruzaron de nuevo aquel mes de octubre de mil novecientos setenta y cinco. Cuando algún tiempo después escribí sobre el recuerdo de aquel instante, no primó ni el tiempo --clara mañana de otoño africano--, ni el lugar --estrechamiento de paso de un patio al otro del cuartel, donde se ubicaba la oficina de correos--, sino una característica que, para mi sorpresa, no le había cambiado, y que había sido una constante en los años de orfanato, siempre rodeado de otros niños a los que contaba fabulosas historias: "Incluso cuando cumpliendo el servicio militar coincidí con Agustín en un acuartelamiento de la ciudad de Ceuta, le identifiqué entre aquella marabunta de soldados por un reducido pero notorio y familiar apéndice que mostraba: tres o cuatro soldados le seguían embobados a todas partes". Luego nos agregamos como oyentes a la disertación de Miguel por tierras sudamericanas; la que en aquel momento escuchábamos atentos todos.

Cuando terminó y se hizo el silencio, en la prolongada e incómoda pausa de éste, y habiéndonos contado entre nosotros, a excepción de Antonio, media vida --la que no conocían los demás-- nos quedamos mirando quedamente a éste, inquiriéndole con la mirada; esperando de él alguna primicia, una revelación de su secreta existencia, cuando aquél defraudando nuestras expectativas, volvió a la carga del pluviómetro-fantasma (algo evanescente, ya que al parecer carecía de medidas), investigando esta vez sobre el elemento graduado, pues la anterior cuestión, la de determinar el tamaño exacto de la lata --obsesiva tarea-- era misión imposible a partir de los datos genéricos de Agustín, sin particularizar las medidas del instrumento.
- Vamos a ver... el testigo que introduces en la lata redonda y de tamaño normal, con el que mides los litros por metro cuadrado caídos durante la lluvia, ¿tiene graduación con escala decimal?, o por el contrario las marcas son aleatorias --le preguntó Antonio a un Agustín que ya intuía cierto insistente tocamiento de escroto.
- ¡Y yo que sé!, pero qué cojones de escala ni de escalo..., y el tío este..., pues no está erre que erre con el mismo temita..., que si la lata..., que si el testigo..., pues el que venía con el equipo de medición ¡cóño! --le contestó airadamente Agustín.
- ¡Ah! --la misma lacónica respuesta de aceptación de siempre, por parte de Antonio, a la difusa explicación, le daba ocasión y seriedad a la pauta de reflexión metodológica ante un nuevo ataque cuando lo propiciara el momento y la ocasión.

La conversación a la vista de la fallida deriva volvió a tomar los mismos derroteros de antes: la vida en el cuartel de Infantería de Regulares número Uno de Ceuta, en la repetida evocación. Batallitas de las que Agustín y yo nos explayáramos aquel día, no perdiendo la ocasión para ello --oportunidades no hay muchas a lo largo de la vida--, esperando que, oyéndonos de tan buena disposición a contar nuestra vida, Antonio se animara y nos desvelara algún suceso de la suya, aunque fuera nimio; ni por esas. Sólo le interesaba un tema: la jodida lata-pluviómetro, y exponer cuanto antes su último dilema, al que llegó como único atajo para poder resolver de un plumazo el misterio de la lata, sin tener que recurrir a las ya planteadas y no aclaradas cuestiones fundamentales: las razones de la medida y de la forma de tan polémico instrumento científico; asuntos que empezaban a trascender la propia ciencia filosófica: tal vez no había una respuesta racional y todo aquello conectaba con el plano paranormal: ¿cabría la posibilidad de que la lata no tuviera naturaleza tangible y fuera sólo una entelequia; o simplemente un concepto?

- Vamos a ver, ¿entiendo bien que la lata está normalizada en cuanto a forma y medida?, y si es así ¿están estos elementos de normalización relacionados con los parámetros escalares del resto del equipo tabulados por ensayos reales?, o sirve cualquier lata de conservas, por ejemplo una de melocotones en almíbar --le preguntaba Antonio, muy serio, disimulando en el rictus contenido los signos evidentes de la sólida sangría, a un Agustín que los mostraba sin ningún rubor; bueno sólo el involuntario con el que había mutado el color de su cara a sonrosado, la que encendió aún más en su airada respuesta, desbarrando.
- Pero qué dice este tío de una lata de melocotones..., pero a mi que coño me importa si la lata es de melocotones o de membrillos..., pero qué cojones de lata ni de lato..., ¡que no tengo ninguna lata!, a ver si te enteras..., ¡que la lata no es mía!...
- ¡Ah!..., ¡po fín!, acabáramos --sentenció breve Antonio, dando por resuelta aquella duda metodológica  que le estuvo rondando, poniendo a prueba su privilegiada mente científica, todo aquel día; cuando dimos por terminada la prolongada sobremesa en el momento que la suave luz del atardecer bañaba de oro los rústicos tejados planos de las casas que se divisaban desde la altura de la terraza del bar. Nos asomamos al pretil de la carretera a contemplar aquella construcción escalonada, fruto del ingenio popular.

Una casa parecida a aquellas de muros de piedra, vigas de rollizos de madera y tejados de lajas de pizarra recubiertos de llauna, se nos mostró con detalle por el matrimonio --Loli y Agustín-- al poco de llegar a Yegen, a media mañana, como orgulloso patrimonio que un día heredaría Loli de sus padres. Recorrimos minuciosamente todas las estancias. En la visita a la casa, Agustín nos retuvo un buen rato en una amplia habitación que estaba habilitada como lagar, y en la que destacaba una ingeniosa pieza de madera --la que rodearon sorprendidos nuestros hijos-- para el prensado de las uvas, con la que la familia de Loli venía produciendo desde siempre --según contaba Agustín-- algunas botellas de vino para consumo familiar; en cuyo asunto, el de la experimentación para la obtención de nuevos caldos de la tierra, andaba en aquellos días muy atareado nuestro compañero. Buen caldo del que me prometió varias garrafas (sigo esperando..., no desespero) y de cuyas primeras muestras nos dio a probar: ¡¡¡Dioooosss, cuántos grados tiene esto!!!...; y allí entre prueba y prueba empezó nuestra progresiva confusión de toda una festiva jornada: al principio queriendo tocar las campanas; después mezclando los recuerdos entre exclamaciones de dicha: ¡Jodér!, ¡cómo está este guiso de choto!; más tarde repitiendo las mismas anécdotas en el tiempo del descubrimiento de los licores de la sangría: ¡Cómo pega el aguardiente y el ron de caña!; y ahora, ya a la noche, de nuevo en Yegen, alrededor de la improvisada barbacoa en la casa del sacristán, en confusión total por los últimos posos del vino de la tierra, fusionábamos las medias verdades con las medias ficciones, mientras rebañábamos con pan casero las huellas aceitosas de la pringue alpujarreña, exprimiendo los últimos deseos antes de que se aposentara el incómodo silencio que queda cuando nos hemos vaciado, cuando ya no hay nada más que decir; definitivamente: ¡Adiós!, o con suerte: ¡Hasta la próxima!; aunque en el ambiente sobrevolara un pesimista convencimiento de que no habría otra ocasión.

Y llegado el inevitable momento de la despedida, la generosidad de nuestros anfitriones se desbordó en regalos: camisetas para los críos y platos de cerámica para los mayores...; aunque realmente el auténtico regalo fue haber viajado los cuatro por el túnel del tiempo, en una última apuesta para convencernos, a nosotros mismos, de que aquello que con tanto entusiasmo habíamos recordado efectivamente pasó; con la esperanza de que cada uno hubiera sido importante para los otros, aunque en realidad desconociéramos exactamente en que había devenido aquel reencuentro: posiblemente el último viaje para hablar de nosotros entre nosotros, aunque Antonio hubo preferido perderse en disquisiciones fútiles, creyendo, seguramente, que habría otros trenes que propiciarían otros viajes. Lo siento pues temo mucho que el último haya pasado ya. La vida es una gran estación a la que muy a menudo llegamos tarde.

Recuerdo en aquel encuentro a cada uno absorto en sus divagaciones personales. Estaba claro que nos unía menos cosas y nos separaban muchas más. Quizás el lugar, la gente que nos rigió, nuestras propias circunstancias..., no coadyuvaron entonces a la cohesión afectiva  del grupo. Ahora que ya había desaparecido la referencia del sitio y de las personas que nos gobernaron me he apercibido que el problema radica esencialmente en nosotros. Nos cuesta soltar lastre..., abrirnos..., desnudar el alma... Aún persistimos.

¿Acaso se puede hablar de reencuentro donde, quizás, nunca hubo encuentro?...; pero ¡tanto ha quedado! que, ahora, atareado en ordenar el desbarajuste en que he convertido el cajón de los recuerdos, reconozco que he guardado en mi corazón la última foto de todos juntos:  la de cuatro antiguos compañeros, donde, aunque más reciente, ya mora desde hace tiempo los otros: The Four Gabardines.


FranciscoMolinaGómez       
      

   











sábado, 2 de abril de 2016

EN LOS TIEMPOS (IV) DEL FINAL DEL ÁGORA: NIVEL I



















Proyectos Nivel I


Pasaron cuatro años hasta que volví de nuevo a la escuela. En la disyuntiva de elección lo tenía claro: prioridad de asistencia a tus seres queridos antes que el cumplimiento de los sueños. No fue fácil retomar aquella dinámica de estudio y trabajo de la que, ahora, me había desacostumbrado: me encontraba cuatro años más cansado; y es que la edad no perdona. Además aquellos cuatro años en blanco supusieron para mí un mundo de cambios: los compañeros que habían empezado conmigo, cursaban los últimos cursos, e incluso, alguno, el proyecto final de carrera, habiendo quedado desconectados de ellos en el tiempo y en el espacio, así que me volví más avis rara pululando durante todo el curso por aquí y allá --sería una constante hasta terminar la escuela--; totalmente desubicado de los grupos y equipos que como un modismo se prodigaron por todo el recinto: en las aulas, en el bar, en los pasillos, en los vestíbulos: el de la entrada fue el más frecuentado y el de más ebullición; era punto de encuentro, de paso, de estancia, de exposiciones; lugar de debates donde se intercambiaban ideas, modas, estilos...; cruce de ejes de obligado paso a los pabellones de aulas y a las amplísimas escaleras que comunicaban con los otros vestíbulos y el salón de actos, que posibilitaba que de improviso te pudieras cruzar con una celebridad de fuera invitada por la escuela: Alvaro Siza, Mario Botta, Richard Meier, César Pelli, Jean Nouvelle, Féliz Candela... La escuela de arquitectura de Madrid estaba viviendo los tiempos de gloria --con reconocimiento internacional-- a los que le había llevado una cultura distinta e innovadora de transmitir conocimientos de una generación de docentes arquitectos --Sáenz de Oíza, Carbajal, Ruíz Cabrero, Moneo, Fernández Alba, Campo Baeza, Ignacio Vicens, Vázquez de Castro...-- que se constituyeron en los años setenta del pasado siglo en punto de inflexión de apertura del centro y de sus enseñanzas al mundo contemporáneo, avanzando hacia este objetivo durante la década de los ochenta y que ahora, en la mitad de los años noventa había llegado a su madurez cuando algunos de ellos ya no estaban. Se asistió a todos los foros mundiales que se pudo; se ganaron concursos de ideas en convocatorias nacionales e internacionales; los estudiantes empezaron a salir a estudiar a Europa con las becas Erasmus, y en las aulas ya no fue extraño ver bastantes estudiantes extranjeros que deseaban cursar la carrera en Madrid, y en donde las chicas habían superado en número de alumnos a los chicos. Todo estuvo a rebosar por efecto inmediato de las generaciones nacidas del baby boom: las aulas, la biblioteca, los talleres de proyectos, los pasillos, los vestíbulos..., el que más el de la entrada: un auténtico Ágora de la antigüedad.

Como se podía elegir cátedra de Proyectos, las más solicitadas quedaban completas por poco que te descuidaras en hacer la matrícula. Eran tiempos, todavía, de largas filas de espera con la documentación en la mano deseando llegar a la puerta del despacho de administración; ansiando verle la cara a cualquier miembro del personal administrativo --que sólo se hacían visibles y deseables para nosotros aquellos días de matriculación; el resto del curso no existían prácticamente-- para que te atendiera después de una desesperante y tediosa espera en la cola; y cuando me llegó el turno punteé en Proyectos Nivel I: unidad de Valentín Berriochoa, elegida al azar entre lo que quedaba vacante aún. Desconocía quién era el tal Berriochoa, ni que se cocía en sus clases. Llevaba desconectado de la escuela mucho tiempo y carecía de referencias. Me aventuré. El curso de Nivel I lo tutelaba como profesor Fernando Rodríguez Torres, al que en el primer contacto con el grupo ya le capté una impenitente cuidada imagen física, y pulcras maneras con actitud de ambigua cercana-lejanía. Correcto, hasta en algún momento afable cuando explicaba, era muy exigente, rayano la descortesía, cuando corregía, y si no que se pregunten a aquella chica --creo que era Carmen la murciana-- cuando en cierta ocasión casi le pateó la maqueta tras descalificarla de horterada de oficina inmobiliaria.


Propuesta de proyecto por el autor del blog del último ejercicio del curso: Edificio de actividades culturales y centro de estudios en Berlín: Plano de emplazamiento
En una amplia aula del piso tercero convivíamos, por zonas, todos los niveles --desde el uno al tres--, trabajando en el mismo tema: Se trataba de recuperar para la ciudad de Almería una antiguo cargadero de mineral --ahora en estado de abandono-- para centro cultural y de ocio. Como antigua instalación industrial para carga de mineral de hierro en los barcos, todavía persistía la red viaria que la conectaba con la estación del ferrocarril en el centro de la ciudad: una poderosa imagen que ya estaba en el inconsciente colectivo de sus habitantes. Se trataba pues de valorar lo preexistente, de poner en valía y uso, en vez de eliminar, un hito que ya formaba parte de la imagen de la ciudad. Algo muy postmoderno. Hubo largas sesiones teóricas conjuntas del catedrático y de los profesores de todos los niveles, visionado de diapositivas, exposición de cartografía, consideraciones históricas... Todo muy sesudo si no fuera por la boutade de uno de aquellos profesores en su comparación: "En realidad se parece a un espermatozoide gigante con su cabeza y su sinuosa cola". No sé si tal profesor --Cánovas-- que tutelaba Nivel II insinuaba con aquello algún camino de reflexión del ejercicio, o definitivamente fue un mal chiste que solo algunos --los de su grupo-- celebraron. ¿Y aquél espécimen era el que constantemente se erigía como referente de una generación crítica con lo anterior?...; no sé. Se propuso un viaje a Almería donde contemplaríamos de carca el artefacto. Yo me fui el día de antes en mi coche.

El punto de encuentro fue el Colegio de Arquitectos de la ciudad, donde se nos ofrecieron por profesionales del colegio unas charlas vinculadas con todo aquello del cargadero: su historia, su relación con el pasado industrial de la ciudad...; para al mediodía trasladarnos todos a un bar del paseo marítimo donde el propio colegio nos invitó a un copioso tentempié. Después tarde libre de aproximación al lugar del ejercicio, cada uno a su bola, aunque coincidiendo en determinado momento con los profesores. Libretita al canto, dibujos y anotaciones: trama urbana del entorno, puntos interesantes de visionado del elemento para toma de fotografías, recorrido de parte de las vías, conexión en altura de las arcadas de piedra con la estructura metálica de soporte viario, y de éste con el cargadero que levitaba sobre mi cabeza, visionado desde la arena del inmenso contenedor de acero y otros materiales hasta su entrada en el agua, su relación con el borde del mar, percepción de texturas: la meticulosidad del roblonado, el ocre del óxido...; y vuelta a Madrid a última hora de la tarde.

Para la realización del ejercicio se organizaron subgrupos de tres alumnos. Me integré con un chico y una chica. Esto último --lo de la chica-- no hubiera sido relevante mencionarlo si no fuera porque el que me conociera su novio --un redomado chico-pijo que cursaba Nivel II en la misma unidad y por tanto en la misma aula-- fue crucial para deshacer un entuerto que me perjudicaba en el final del curso, lo que le agradecí enormemente. Pero aquello que estaba por llegar no cambió mucho mi percepción del principio de persona banal y poco discreta: en ocasiones solía presentarse en el aula en shorts deportivos y camiseta con preceptivo escudo de no sé qué club privado de golf. Hasta ahí bueno, sino fuera porque colgado en bandolera llevaba, también, el macuto con el mismo escudo, repleto de los distintos palos de golf; de tal suerte que, ante tamaña exhibición de fortuna, inmediatamente le rebautizamos con sus propios signos: el de los palos de golf; aunque la cosa no acababa ahí pues la misma tarde que la chica --una tal Consuelo creo-- me lo presentó me estuvo describiendo con pelos y señales la riqueza de la isla que era propiedad de su padre en donde había de todo, incluso un puerto con yate y su propio campo de golf. Pero aún había más pues, aparte de todo aquello, su padre tenía, como el que posee cualquier otra cosa, nada más ni nada menos que arquitecto particular de cabecera, el que en una ocasión esgrimió como aval en su contestación a las críticas de corrección de su ejercicio por el tal Cánovas: "Pues el arquitecto particular de mi padre dice que está bien, que es correcto, y sabe más que tú...", le dijo con cierta insolencia, a lo que el profesor le respondió: " Pues que te apruebe tu arquitecto", señalándole en la lista con un arterisco desde aquel día: "A ver, tú que tienes un arquitecto particular..."
Propuesta de proyecto por el autor del blog del último ejercicio del curso: Edificio de actividades culturales y centro de estudios en Berlín: Plano de acceso
Cuando acabamos aquel primer ejercicio que consistía en una nueva propuesta urbana al entorno del cargadero se llamó a corrección conjunta y pública de todos los niveles. ¡Horror!..., tenía cierta cierto pavor a hablar en público; a defender ante un colectivo un ejercicio que no sabía muy bien --la idea fue del compañero-- ni cómo se había generado, ni su desarrollo posterior. Había la posibilidad de que eligieran nuestro ejercicio y nos llamaran los primeros a exponerlo. Y así fue, pero yo ya no me hallaba en el aula --me lo contó después cabreado el chico que tuvo que defenderlo en solitario--, pues antes de la defensa público, y aprovechando el revuelo del agrupamiento, salí despavorido del aula hasta algún lugar a buen recaudo. A Consuelo tampoco la encontraron. Los siguientes ejercicios los trabajamos a título personal y así no tuve que soportar las peroratas del chico de los palos de golf.

No fui ajeno a la burbuja de las tendencias de moda en la arquitectura, como si del vestir se tratara, que se expandió esos años en la profesión hasta recalar en la escuela y, como casi el común de mis compañeros, empecé a consumir ávidamente todo tipo de revistas del género con fotos espectaculares y a todo color de los últimos edificios surgidos en las mentes más dispares de consagrados arquitectos --de casa y de fuera-- del momento, sublimados en un papel couché de delirantes y arriesgadas propuestas que los nuevos gurús ofertaban ya construidas gracias a los montajes virtuales --¿con la informática habíamos topado!--, permitiéndonos ver sus entrañas en un recorrido a través del tiempo: ¡¡¡fantástico!!! Lo más inaudito es que los que mostraban más influencia amanerada era buena parte del profesorado: en su actividad privada como diseñadores exponían, sin ambages, el excedido formalismo que reprimían sin piedad cuando, como neófitos influenciables, nosotros pecábamos de lo mismo. Incomprensible, pero ya se sabe: Donde manda patrón... Fiel a la cita mensual con la revista Arquitectura Viva, la devoraba intentando hallar entre sus páginas la solución a mis desvelos del momento, abandonando un poco lo de copiar a los maestros modernos que ahora eran los ángeles caídos de la nueva religión: el postmodernismo con todo aquello de la deconstrucción, el postestructuralismo...; cultos que abrazamos incondicionalmente, bebiendo a raudales de las nuevas doctrinas que ahora venían impresas y a todo color; y aunque nos saturamos de aquellas imágenes en realidad estábamos más perdidos que una vaca en la M.30 (vía de circunvalación del centro de  Madrid): hubo que leer a Paolo Portoghesi --Después de la arquitectura moderna-- y a Robert Venturi --Complejidad y contradicción en arquitectura-- para al final seguir sin entender casi nada: sólo que aquello de la arquitectura postmoderna era la que necesariamente tenía que venir después de la moderna...: ¿Y?, me preguntaba a continuación.

Anduve vagando en aquella sinrazón, como voluntario cautivo en el pensamiento de las nuevas deidades que me llevarían al Olimpo postmoderno, durante los dos ejercicios siguientes pese al intento desesperado del profesor --el que para exorcizarnos de los falsos profetas reivindicaba el discurso atemporal de Alejandro de la Sota; su maestro-- de que nos apartáramos de las lecturas peligrosas. Demasiado tarde, pues tenía ya una extensa colección de revistas de arquitectura, cuyas hojas manoseaba mañana, tarde y noche, cogiendo ideas de unas y otras; las más llamativas y peregrinas y las que visionaba más espectaculares...; y casi de forma inconsciente resolví para el asunto del cargadero un complejo contenedor cultural donde no faltaba de nada: sala de exposiciones, biblioteca, talleres de todo tipo, auditorio..., en un extraño ejercicio que pretendía tener su justificación en cierto --envidiable entonces-- caos dibujado en el papel que hacía inviable, y por ende invisible, la unidad de la propuesta; eso sí perfectamente construida, por algo era arquitecto técnico.

Recuerdo que en la corrección me antecedió la personificación crónica del pánico al desafío, materializado en la prolongada actitud de nerviosismo e incertidumbre durante la exposición del ejercicio, y que ya mostrara aquel alumno en los instantes previos a descargar --aliviándose del excesivo peso-- la voluminosa carpeta de exagerado espesor de tapas de cartón muy duro, ante las narices del profesor, al que igualábamos en expectación por saber que ideas guardaba aquel monumental cartapacio, con el grupo de alumnos alrededor de su mesa: "Con tamaña presentación querrás decirnos muchas cosas... empiece a mostrarlas...¡vamos!", le instó Fernando ante la duda del joven alumno, quién tímidamente dejó al descubierto la primera tapa de cartón... y... ¡qué carajo era aquello!... Repartidos de forma aleatoria y pegados sobre el cartón aparecían pequeños trozos de madera, metal y plástico unidos por hilos, cuerdas, alambres...; extraña composición que justificó en no sé qué disparatadas milongas que nos dejaban de piedra; al igual que al profesor, aunque éste no mostraba gesto alguno de aprobación o reprobación...; y después otra... y otra, hasta diez cartones con aquellos extraños montajes que eran más de lo mismo, hasta que llegó el último: "¿Yyyy?"..., la ironía de Fernando expectante en el silencio que siguió a continuación contrastaba con su perenne seriedad, esperando la aclaración de aquel alumno: "Es que me estoy aproximando poco a poco al ejercicio"; ¡inaudito!, lo oíamos pero no lo creíamos e inmediatamente todos miramos al profesor, comprobando su impasible cara de cuya boca salió, por fin, el único comentario: "Pues dese prisa, sino no llega ni al primer trimestre", para después apostillarle: "Para llegar a esa reflexión no hacía falta todo este engendro de sandeces y tonterías, basta con que se ponga a trabajar, y rápido que no llega". 
Propuesta de proyecto por el autor del blog del último ejercicio del curso: Edificio para actividades culturales y centro de estudios en Berlín: Plano de nivel superior
Si al compañero le había pasado por cuchillo porque no llegaba, conmigo lo hizo, inmisericorde, porque me pasé: "¿Y este formalismo?... : "No sé, quería dar una imagen"...: "Ya, de revista"...: "Bueno"...: "Además usted no sólo no nos sabe hablar de los pasos dados para la solución del ejercicio, sino que presenta una propuesta ¡totalmente acabada!, incluso detallando la composición de los morteros y hormigones... un despropósito total... cuando aparque las elucubraciones formales y tenga algo interesante que mostrar entonces le atenderá... además ¿este grafismo infame?... tiene que mejorar su dibujo a tinta". Aquello me dejó fastidiado unos días, los que empleé para recapacitar sobre lo que reiteradamente me inquirió con aquella pregunta: ¿Dónde está la arquitectura del proyecto?, sin que, todavía después, tuviera una mínima contestación salvo la reflexión de que por aquél camino no iba bien: no solo  había pasado dela nada al todo de una sola tacada, sino que además me había permitido todo tipo de transgresiones sin la bondad del control de medidas y proporciones, como en los ejercicios del curso anterior. Tenía que desandar lo mal andado, ahora con nuevos planteamientos que me apuntara el profesor: "Es el discurso del método el que va determinando los aspectos formales, y éstos los materiales". Rectifiqué a tiempo en un proyecto de Viviendas Colectivas en el centro de Berlín, donde, además, me superé en el trazado a tinta con el rotring; pero sobre todo rectifiqué con el diseño del último ejercicio: Edificio de actividades culturales y centro de estudios en Berlín, en donde volví desesperadamente mi mirada, una vez más, hacia Louis I. Khan, ya que la arquitectura de sus edificios, sin renunciar a las fuentes modernas, anunciaban aspectos nuevos que evocaban ejemplos del pasado, lo que lograba mediante la síntesis formal y el orden; dos cosas de las que había perdido el norte y que intentaba recuperar estudiando exhaustivamente su proyecto de una escuela de administración en una localidad de la India: el encaje de medidas y proporciones en el solar era perfecto, y su programa de necesidades muy parecido: anfiteatro, aulas, biblioteca, sala de exposiciones, cafetería...; las que fuí encajando en muchas horas de intensivas jornadas de trabajo, de noches en vela, de tablero de dibujo siempre caliente... hasta que lo acabé, justo a tiempo de poder entregar todos los proyectos del curso cuando éste ya se acababa irremisiblemente. Para la recogida de carpetas con todas las propuestas  se nos citó a todos los alumnos una tarde en el despacho de cátedra que estaba en la planta primera del pabellón viejo. Deposité la enorme carpeta  entre pilas de ellas que cubrían ya varias estanterías, ante la atenta mirada de Fernando, anotando éste con bolígrafo rojo la fecha de entrega. Todos los trámites estaban cumplidos; ahora a esperar.

Miraba con ansiedad a través del cristal del tablón de notas --fijo en la pared junto a la puerta de la cátedra-- el listado con las calificaciones finales clavado en el corcho; lo repasaba una y otra vez sin dar crédito a lo que leía junto a mi nombre: No presentado. ´Seguidamente pasé por tres fases de estado de ánimo: atontamiento por la inesperada sorpresa, una desbocada ira interior por lo injusto de la anotación, y una difícil negociada calma con mi genio antes de llamar por teléfono a Fernando, el que después de un tira y afloja... que si no has entregado la carpeta... que apuntaste la fecha con bolígrafo rojo... finalmente me citó en la puerta de la cátedra el mismo día que tenían que hacerse públicas las actas de notas finales. Allí acudí una hora antes de la cita, pero no estaba sólo. Aunque aquel alumno se había dejado una barba rala, era él: le delataba el mismo pánico de cuando abrió aquella descomunal carpeta de desatinos en su eterno deambular hacia la nada o la luz, si acaso esta última la hubiera encontrado. El caso es que estaba más nervioso que yo, con cierto perceptible temblor al hablar: "Es que me han citado aquí..., ¿a ti también te han perdido tu carpeta?, me lo preguntaba con alivio, quizás, de haber encontrado un compañero de infortunio: "No creo; la mía tiene que estar ahí dentro". Efectivamente allí estaba, y la del compañero también, cuando Fernando, que se había retrasado en la cita aumentando con ello aún más nuestra ansiedad, nos pidió que buscáramos las nuestras entre aquel caos de carpetas: "Ves como si la había entregado", le aseveré entregándosela.



Prpuesta de proyecto por el autor del blog del último ejercicio del curso: Edificio de actividades culturales y centro de estudios en Berlín: Plano de alzados este y oeste

Nos citó de nuevo en el mismo sitio en el plazo de una hora, tiempo que precisaría para corregidnos los ejercicios. Tengo que decir que prácticamente en los sesenta minutos, que se hicieron eternos, no dejé ni un momento de mirar el reloj. Llegué antes que el compañero cuando Fernando salía de la cátedra: "¡Enhorabuena!", me dijo; y colocó seguidamente el listado definitivo en el tablón de notas, metiéndose en el despacho, de nuevo. En estado de euforia contenida me abalancé al tablón, deslizando con nerviosismo la vista en la relación de nombres hacia el mío: Suspenso..., ¡¡¡no puede ser!!!..., si me ha felicitado..., a lo mejor es que se ha equivocado. Cruel batacazo que contrastaba con la alegría del compañero que chillaba detrás de mí: ¡¡¡Aprobado!!!, ¡¡¡aprobado!!!..., con la expresión transfigurada cual nirvana que se hubiese instalado en su cara..., sin llegar a creérselo: "Me voy a mi casa, tengo que decírselo a mis padres ya... ¡¡¡bieeeeennnn!!!

Como nunca me ha gustado mendigar ni medrar por plantas nobles ni despachos de jefes y profesores, me quise convencer que el gesto de felicitación había sido un error de Fernando al dirigirse hacia mí en vez de al compañero; así que cavilando como sería un examen final de aquella asignatura, me fui a mi casa bastante decepcionado, dándome vueltas en la cabeza una y otra vez aquella palabra: ¡Enhorabuena!..., arrepintiéndome, a ratos, de no haber entrado en el despacho de cátedra a aclarar con el profesor lo de su congratulación hacia mí...; decididamente se habría equivocado. En esas divagaciones estuve el resto de la tarde cuando, al final de ella, recibí una llamada a casa del chico de los palos de golf: "¡Paco, has aprobado!, y a renglón seguido me contó su providencial intervención: casualmente estaba dentro del despacho --en unas revisiones finales-- cuando oyó como el catedrático dictaba el acta con las notas finales de ambos --Francisco Molina Gómez: Aprobado; Fulano de tal: Suspenso-- a Fernando, el que se equivocó al escribirlo en la pantalla del ordenador. El chico de los palos de golf, comprobando el error en la lista impresa cuando salió de las correcciones lo comunicó inmediatamente a Berriochoa y Fernando, los que ipso facto rectificaron el listado del acta final. Él mismo se quedó esperando, comprobando la rectificación en el nuevo papel, y me llamó seguidamente por teléfono. Le dí las gracias, al tiempo que le prometí le invitaría al mejor whisky que eligiera cuando yo, al día siguiente, comprobara la buena noticia.

No fue preciso esta comprobación ya que por la noche me llamó a casa el propio Fernando, excusándose del error  de atribuirle el aprobado al otro alumno, y a mí el suspenso de él, garantizándome que se había subsanado: "¿Entonces el otro chico?", le pregunté ya que sentía curiosidad por saber si en plena celebración --seguramente brindando con sus padres por el aprobado-- le hubieran dado el mazazo: "Eso es..., que de momento lo hemos dejado en blanco hasta tomar una decisión cuando publiquemos las actas definitivas mañana". Me daba la impresión de que más que contarme aquello, me preguntaba algo, de lo que de manera subliminal yo contestaba: "Tú no te puedes imaginar la cara de satisfacción y de alegría de ese chico cuando se ha visto aprobado en la lista..., ahora lo estará celebrando con sus familiares, pues salió escopeteado para su casa...; sería una gran putada...; en fin tú verás". Al día siguiente cuando miré de nuevo el listado comprobé de forma fehaciente mi aprobado. No había ningún nombre en blanco. ¿Le habrían aprobado o suspendido?..., no lo pude saber pues desconocía su nombre.



Propuesta de proyecto por el autor del blog del último ejercicio del curso: Edificio de actividades culturales y centro de estudios en Berlín: Plano de alzados norte y sur

Algo más de una década después coincidí con Fernando, pero ahora habían cambiado las tornas: yo como arquitecto de la Administración tenía que supervisar, gestionar y controlar la construcción de un edificio para cuya proyectación y realización le habíamos contratado. De subordinado pasaba a jefe, de ahí su pregunta del primer día que nos vimos en mi lugar de trabajo, reconociéndonos ambos en aquellos días de la escuela: "¡Ah, sí!, me acuerdo de tu cara; tú fuiste alumno mío; por cierto ¿te traté bien?", lo dijo esperando ansioso una respuesta positiva: "Bueno no me lo pusiste fácil para aprobar", le contesté, y luego le conté lo de la pérdida de la carpeta y lo del error de la lista..., y mientras le relataba lo del chico, él recordó que después de hablar conmigo, de contarle de aquella forma tan descriptiva como se puede hacer hundir en la ciénaga más profunda al ser que por error se le ha elevado a una nube, y a pesar de los otros considerandos de que alguien que no diera el nivel no se merecía el parabién del aprobado; lo aprobó. Me alegré que lo hiciera, más por los padres que por el propio compañero.

El obligado contacto profesional avocó a una muy buena relación personal con mi antiguo profesor, aunque en cierta ocasión le bronqueé, con razón y, a la vez, con gran satisfacción por mi parte, resarciéndome de cualquiera de aquellas infernales correcciones: "A mi no me des voces"...: "Te doy las voces que quiero"..., sin que la cosa llegara a más. En las visitas de obra hablamos mucho: de cualquier tema de actualidad; de ética profesional; de arquitectura de la que que se mostraba apasionado, no sólo de la dibujada sino de la construida, controlando personalmente todos los detalles: nos entregó el mejor edificio que haya recibido como representante de la Administración --¡¡chapeau!!--; de la etapa de la escuela de la que le recalqué, en contraposición a la severa seriedad que actuaba como un dique en nuestra empatía hacia él, su acertada pedagogía de intentar reconducir aquellos despropósitos mediante algunos comentarios muy inteligibles y pocos y claros esquemas --que él mismo nos dibujaba sobre la lámina a corregir--, y que, lejos de las modas y modismos, hablaban de lo que de intemporal tenían los elementos de estudio del método para conformar la materia; para amasar aquel barro que cada vez procuraba controlar mejor: se trataba de ir descubriendo la medida justa en la que debían mezclarse aquellos dos elementos que siempre habían estado ahí: tierra y agua. En eso seguiría aplicándome.


FranciscoMolinaGómez
(continuará)

martes, 1 de marzo de 2016

¡EH!, ¡DADME LAS MULETAS!...











Apretó la goma que enmarcaba el cristal de las gafas de bucear sobre su cara, la que casi cubría; y se fue arrastrando hasta la orilla, avanzando cada centímetro en el esfuerzo de sus poderosos brazos que, clavadas sus manos en la arena, tiraban con fuerza de todo su cuerpo extendido en la misma --como pez varado en la playa-- buscando el mar. Y cuando alcanzó el agua que empezó a cubrirle sintió, una vez más de tantas otras, la ansiada sensación de poder moverse libremente; que sus extremidades inferiores se liberaban de su inútil flacidez, y eran, ahora, ágiles aletas. Y se fue alejando en la continua visión de las profundidades marinas bajo una estela que dejaba en la superficie del agua el tubo de plástico que ajustado a su boca sobresalía de ésta. Y se retiraba más... y más...  y ya casi no se le veía, cuando definitivamente desapareció toda señal que advirtiera su presencia en el mar. Desde lejos entendimos que se había sumergido. No era de extrañar que tardara en emerger más de lo normal que cualquier mortal; en él no era preocupante: tenía una enorme capacidad pulmonar. Aún así, quedamos aliviados cuando en la lejanía le vimos emerger con la pieza de la pesca ensartada en lo alto del pincho de acero con el que se había zambullido en el agua salada: un pulpo mediano.
Instantes después alguien dejó constancia de aquella captura en una foto: Rafael, a la izquierda apoyado en la barca y yo sentado a su lado, escoltamos al pulpo capturado con el pincho clavado en la arena. 









Rafael de las Muletas, apodado el Chango por mi hermano --maldita la gracia-- por su parecido de cara, sobre todo su oscuro agitanado color, con el verdadero Chango, un personaje minusválido de Armilla --pueblo de Granada que acogía el orfanato donde le conocí-- exhibía un torso con grandes pectorales que se prolongaban en poderosos bíceps de sus brazos; fortaleza que habían adquirido en su afán de servir de eficaz palanca para "caminar" aunque tuvieran que auxiliarse de aquellos dos remos de madera --muletas-- que ya se habían pegado a su cuerpo, formando parte del propio brazo --apéndice del mismo--, como de su nombre.

No podía ser más desventurado: a su condición de niño de nadie --no había conocido otro hogar que el orfanato-- añadía las secuelas que en su cuerpo había dejado una cruel enfermedad infantil que durante un tiempo cercó su cuna y que por poco le cuesta la existencia, dejándole imposibilitado de las extremidades inferiores. Yo lo había conocido ya con las muletas, así que para mí éstas eran inseparables de la imagen que desde pequeñito --cuando aún no entendía porqué aquél chico mayor llevaba piernas de palo-- tenía de él; así como --ya algo más crecido-- de su eterno afán de imitador de cantante de rancheras mejicanas a las que se arrancaba no sin acompañarlas con ciertos "gallitos" que soltaba en exceso, de los que no sabíamos si eran disonancias en su imposibilidad de llegar a las notas agudas, o impostados grititos, como falsetes, propios de estos corridos, los que a ratos acompañaba con la música de una armónica con los agujeros muy desgastados, la que aprendió a tocar, mucho tiempo atrás, para ocupar el tiempo y así combatir el tedio de largas convalecencias de hospital, de las que mostraba sus huellas en unas largas cicatrices en ambas piernas.

Conocí una de aquellas desangeladas salas del hospital de san Juan de Dios, establecimiento sanitario de beneficencia, dependiente de la Diputación de Granada; la misma institución oficial que nos tutelaba a los niños del orfanato. Se ubicaba muy cerca de la academia donde algunos internos estudiábamos el bachillerato. Era un antiguo edificio histórico, de proporcionadas trazas en torno a dos espléndidos patios con artísticas fuentes en el centro, y cuyas enormes cocinas apaciguaron diariamente, durante los cursos del bachiller, el desmesurado apetito juvenil que se nos parasitaba en el estómago, y que seguía a las clases de la mañana. Algunas tardes al salir de clase y en el largo tiempo de espera hasta que en su puerta nos viniera a recoger la furgoneta para nuestro traslado hasta el orfanato, en compañía de otros tres compañeros más, subía las ampulosas escaleras de piedra hasta una enorme sala de enfermos en la planta primera, a ayudar en sus tareas diarias a sor Encarnación, la que nos recibía con efusividad y agradecimiento. 

Era un habitáculo muy alargado y de techos altos que iluminaba y ventilaba por ventanas que daban a un corredor --volcado alrededor del primer patio-- de arcos rebajados sobre columnas de piedra, y que era, al mismo tiempo, distribuidor y terraza solario para soleamiento de los enfermos, a fin de combatir la inmovilidad de la cama y el intenso frío que rezumaban las gruesas paredes de la sala. Aquel espacio estaba colmatado de camas, en las que cada enfermo había trazado, en líneas próximas imaginarias, su feudo particular --algunas convalecencias se prolongaban durante años-- en donde se desarrollaban sus acontecimientos diarios; los más íntimos, en los que apenas acontecía nada: alguna que otra visita, y sobre todo una eterna sucesión del tiempo de dolencia ---un día, y otro, y otro...-- en la esperanza sólo de vencer al fin a la enfermedad; esa que en los pobres se prolonga siempre más que en el resto de la gente, rodeados de los pocos objetos que formaban su reducido mundo, tan exiguo en algunos casos como el de una simple armónica para unos oyentes con grandes deseos de olvidar sus pesares --el olor del miedo a la enfermedad camuflado en el tufo del desinfectante y los medicamentos--, escuchando los sones de conocidas canciones que salían de aquel pequeño instrumento al deslizarlo por entre sus labios Rafael de las Muletas, cuando estuvo ingresado allí. Entonces era ya eterno perdedor, como los personajes de las rancheras y corridos mejicanos por los que se arrancaba después de la música: " De piedra ha de ser la cama / de piedra la cabecera / la mujer que a mí me quiera / me ha de querer de a de veras / ¡ay, ¡ay!, corazón porqué no amas... "; agradeciendo el improvisado aplauso al final.

Su adelantada madurez traslucía un semblante que había quedado anclado en el tiempo de la apostura del cine en blanco y negro: mirada profunda con insinuada sonrisa sólo de labios en un semblante intensamente moreno que remataba con generosa mata de pelo rizado que peinaba hacia atrás. Forastero en su propia piel de toro que no le reconocía como uno de los suyos, anduvo siempre cautivo entre muros --errante en la caridad de centros benéficos y hospitales-- sin embargo mostraba una alegría que contagiaba y una abnegación ejemplar. Sin beneficio --aunque de oficio zapatero--, sin propiedades, ni familia... sólo nos tenía a nosotros, los únicos que le escuchábamos en aquellos momentos de su complicada vida.


  
En su marcha del centro por mayoría de edad había recalado en la caridad de otro hospital --el de san Lázaro que tutelaba, asimismo, la diputación --el lugar donde en los años de miseria de posguerra trataban a los niños tiñosos--, aunque siempre que podía iba a visitarnos al orfanato, y sobre todo esperaba pacientemente durante todo el año el poder vernos en el verano en la colonia marítima de Almuñécar; única felicidad que aún le prodigaba la institución benéfica, aunque por edad ya no le correspondiera. Nosotros, los mayores ahora al final de la década de los sesenta, estábamos deseosos de verle para disfrutando de su compañía poder gastarle, hasta la saciedad, la misma broma en los días de disfrute de mar y playa, en donde después de las prolongadas inmersiones marinas Rafael se estiraba al sol adormilado con las muletas a los lados. Al poco tiempo ya no las tenía próximas; se las habíamos quitado y escondido: ¡Eh!, ¡dadme las muletas!... u os tiro esta piedra, amenazaba visiblemente enfadado: ¡Jajaja!... y mientras nos reíamos a pleno pulmón se arrastraba por la arena para cogernos por los pies y derribarnos --era rapidísimo reptando-- sin conseguir alcanzarnos; entonces nos arrojaba con toda su fuerza puñados de arena: ¡Eh Chango!, a que no me pillas, ¡jajaja!; se cabreaba mucho con el apodo. Por las tardes, después de la apacible siesta, cuando el sol empezaba a declinar se embadurnaba de desodorante las axilas a fin de liberar del indeseado sudor al almohadillado de las muletas, las que colocaba bien ajustadas a los lados, y ya estaba listo para cualquier aventura: lo mismo subía por el monte de detrás de la colonia hasta la cabaña en lo alto, desde donde se visionaba toda la edificación del paseo marítimo y el horizonte del mar sobrepasada la punta de la Mona, que parecía más cercana; como llegar hasta una cruz en la cumbre del peñón del Santo, al final del paseo san Cristóbal, con no menos privilegiado paisaje: un ensueño.

Aquel verano, el de la larga inmersión para capturar el pulpo, fue el último que le dejaron venir con nosotros, cuando dos taimados personajes rectores del orfanato : el director-administrador, don José capilla, y la reverenda madre superiora, sor Fernanda Guerra, a partir de entonces le declararon persona non grata; de peligrosa influencia en nuestro desarrollo adolescente --perversiones fabuladas en mentes retorcidas-- por su diferencia de edad, al ser mayor que nosotros. ¿Qué creían que nos contabas, o nos enseñabas? Convendrás conmigo, amigo Rafael, que ellos si que eran peligrosos para nuestro equilibrio físico y metal. Los mismos que, recuerdas, se quisieron erigir en protagonistas en aquella última jornada lúdica en la colonia ese mismo año en que nos visitó el propio presidente de la diputación. Jornada festiva que recogió la final de la competición entre equipos del orfanato, en una imitación del entonces popular concurso --Cesta y Puntos-- de conocimientos promovido por televisión española entre colegios de toda España, celebrada ante el propio presidente de la institución que nos tutelaba; que la presidió. Como recordarás al final la victoria fue nuestra: del equipo que capitaneaba, y tuya, que nos animabas constantemente cara al triunfo; en definitiva un premio de todos los niños frente a los taimados personajes. 

Tras las felicitaciones de rigor entre los componentes de ambos equipos finalistas, me cupo el honor de vivir, como capitán de la tercera Escuadra, el instante de gloria más deseado para un interno durante aquellos años, cuando de la mano del presidente de la Diputación de Granada recogí el ansiado galardón como recompensa a un reñido campeonato que se había iniciado entre numerosos equipos en los primeros días de la colonia. No lo podía creer; al tiempo que el presidente, como protocolo previo a la entrega del trofeo, me felicitaba efusivamente, con un sincero apretón de manos; me aplaudían, posiblemente de forma obligada, los rectores del orfanato, pese a que mi persona --nunca supe porqué-- no era del agrado de ambos.

Aquello me satisfizo enormemente por lo que suponía, aquel forzado gesto, de cambio de actor principal en un acto de reconocimiento oficial, que tanto prodigaron en el salón de actos del orfanato, y en los que éstos siempre se erigían como protagonistas. Mi consciente no podía negar que estaba ante uno de esos instantes en los que la inexorabilidad del transcurso del tiempo nos coloca a todos en nuestro sitio. Uno de esos acontecimientos importantes en la vida.

A lo largo de nuestra existencia hay momentos que uno agradece inmensamente por lo que supone de reconfortante el reconocimiento del esfuerzo personal. Detrás de aquel modesto premio (una vasija de cerámica popular de la zona), se escondían muchas historias de superación --la suya, la mía, y la de centenares de internos-- con una misma voluntad: la de sobrevivir diariamente pese a las adversidades, la de superarnos constantemente levantándonos cuantas veces fuera necesario cada vez que caíamos a tierra en aquella carrera de obstáculos que era nuestra existencia y en cuya desafortunada salida nos había colocado el ¿destino? Desde aquel día los internos del orfanato fuimos mejor valorados en el arcaico concepto que de nosotros tenían aquellos diputados provinciales, como reconoció en su discurso --alabando nuestro elevado nivel cultural-- su presidente. Definitivamente fue aquel un punto de inflexión: poco después se incorporaron a los estudios de bachiller varios grupos de chicos y chicas internos, los más numerosos hasta aquel momento. 

No, no hay fotos del evento, a pesar de posar todo el equipo con el trofeo, durante varios minutos, ya que al propietario de la cámara fotográfica, al ínclito Rafael de las Muletas, se le había olvidado ponerle el necesario carrete con la película para la impresión de las fotografías. O al menos, eso es lo que nos dijiste, amigo Rafael; posiblemente para excusar la ineficacia de aquella pieza de museo. El artilugio era reconocible como tal por el desgastado fuelle de piel que desplegaba hacia delante. Su antigüedad: desconocida. De cualquier forma, y a falta de documento grafico, mi mente recupera aquellos momentos de euforia y desbordada alegría del equipo ganador en la puerta del comedor, en el primer patio de la colonia: unos agachados y otros de pie; todos con nuestras mejores ropas de salir de verano, sobre fondo de arbustos de almeces y palmeras del pequeño jardín, mostrando la vasija cerámica como un tesoro y mirando con nuestra mejor sonrisa al objetivo de tu cámara fotográfica --o lo que fuera--: ¡Atentos todos!, nos advertiste... --¡¡click--...: ¡Ya está! Pues no, no estaba. La que liaste con el dichoso carrete fotográfico que nunca apareció.

Después ya no te vi hasta tres años más tarde --mil novecientos setenta y uno-- cuando entraste por la esquina abierta del pabellón de mayores que nos acogía ahora, triunfalmente motorizado, montando tu Vespa de tres ruedas adaptada a tu minusvalía; revelando en la felicidad de tu cara cierta épica de una nueva vida en la emancipación por fin de la benéfica institución. Todo un progreso que había que mostrarlo, y ¿dónde mejor? Era curiosa aquella necesidad --más que costumbre-- de todos de retornar al mismo sitio donde habíamos sido infelices... intentando demostrar ¿el qué?; cuestión muy recurrente en muchos de mis sueños; pendiente, seguramente, de psicoanálisis. Aquellas fotos con el artefacto de tres ruedas que nos hicimos son los últimos momentos juntos. ¿Dónde estás ahora?

¡Dónde están también ahora?... ¿dónde han quedado tus cantos más dolientes?: " Voy a contarles un corrido muy mentado / lo que ha pasado allá en la hacienda de la flor / la triste historia de un ranchero enamorado / que fue borracho,  parrandero y jugador...", en los que en cada guiño de la letra se escapaban entre tus dientes los suspiros de tu anodina historia que hubiera querido parecerse a la del protagonista del corrido... " Juan lo llamaban y lo apodaban charrasqueado / era valiente y arriesgado en el amor / a las mujeres más bonitas se llevaba / de aquellos campos no quedaba ni una flor / Un día domingo que se andaba emborrachando / a la cantina le corrieron a avisar: / Cuídate Juan que ya por ahí te andan buscando / son muchos hombres, no te vayan a matar...", y en cada requiebro de la música un lamento de desarraigo de tu propia vida... " No tuvo tiempo de montar en su caballo / pistola en mano se le echaron a montón: / Estoy borracho les gritaba y soy buen gallo / cuando una bala atravesó su corazón...", y en cada quejido de tu desafinada voz un gemido de dolor... " Ya las campanas del santuario están doblando / todos los fieles se dirigen a rezar / y por el cerro los rancheros van bajando / a un hombre muerto que lo llevan a enterrar..." ¿Adónde habrán ido?... ecos de un tiempo que habiendo trascendido los muros de tus encierros hoy vagan expandiéndose sin final por los espacios siderales por donde viaja eternamente también el pasado.

Sólo te sentías libre cantando aquellas canciones --copla, rancheras...-- que nosotros percibíamos solamente como trasfondo de nuestra cercana infancia y cuyos sonidos asociados a la escasez afectiva y a las carencias materiales intentamos con la adolescencia disipar en la vorágine de la música pop --The Beatles--; la de nuestro tiempo. Habíamos cambiado los registros musicales pero el fondo era el mismo; y tú lo sabías bien.

Rafael, espero que continúes "cantando bonito"; yo lo sigo haciendo.



FranciscoMolinaGómez
(... después leí en algún sitio que te dedicaste a buscar a tu madre y algo encontraste, y que tu espíritu de superación hizo que abandonaras el proteccionismo: andando los años te emancipaste y te casaste...; y aquella reseña escrita termina diciendo: "Hoy es el día que nada sabemos de él, ni por donde caminará su cuerpo, o si le hará sombra". En cualquier lugar donde estés: Gracias por los momentos compartidos. En cambio a los taimados personajes ¿quién los recuerda ahora?)        
    
         
      

lunes, 1 de febrero de 2016

EL HECHO DESACOSTUMBRADO...












... la tarde apuntaba mágica; y entonces ocurrió: el sol se fue deconstruyendo
en aguas  del Mediterráneo






Me deleito en el hecho desacostumbrado de observar declinar el sol hacia la perfilada línea del horizonte, sentado en la parte de atrás del chiringuito --Boto´s-- donde no llegan los sucesos del paseo marítimo y sí los del mar y las atenciones de los que nos sirven --a mi mujer y a mí-- unos densos cafés en anchos vasos de cristal con mucho hielo, como primer rito de lo que deseo sea una larga, reflexiva y relajada sobremesa desde el último lugar que todavía queda de mi exilio exterior, para observar el único acontecimiento que aún me emociona de este sitio.

De todo aquello, envidiando tiempo atrás días de púrpura y zafiros, sólo queda ya un trozo de mar y un suelo arenoso en el que me hundo levemente con mis recuerdos y vivencias, y que me soporta, algo inestable, una vulgar silla de plástico, al lado de otras que se prodigan alrededor de las, también estandarizadas, mesas ocupadas por visitantes que, obviando los entoldados, exponen al sol sus cuerpos aliviados de ropa a pesar de haber traspasado ya el solsticio de invierno. Para su fortuna acaban de dar con los vestigios de lo que fue un paraíso, que espurios intereses han ido reduciendo hasta confinarlo en tres coordenadas, de entre las que ésta es el centro, y que, inmutables de momento, sigo identificando en un triángulo mágico; sitio al que intermitentemente vuelvo escapando de la gran ciudad, y de donde siempre me resisto a partir.

Por entre las volutas de humo de un generoso puro habano se entrelazan frases inusuales, palabras de júbilo, de gozo de sitio, prolongando la delectación en los sorbos del café y los licores mientras me es inevitable conjeturar sobre el otro lado de la levemente curvada línea de fondo donde se conjura aire y agua, justo en la raya en que el mar desaparece de golpe, insinuando, a la concepción de mi mundo bidimensional, derramarse en caída libre hacia un abismo invisible detrás. Misteriosa encrucijada que ilumina, en lo alto suspenso en el aire, un sol algo brillante como fuego atenuado que se ha conjurado también con una calidez y resplandor inusual en este tiempo estacional que ha hecho que me desprenda del jerséis verde esperanza quedándome en mangas de camisa, al igual que Teresa.



En las pausas de la conversación contemplo el mundo enfrente arrebolado de encantamientos que la variación de la luz va provocando en mi ánimo; el que se refleja con brillo de cristal en los ventanales, con el sol casi de frente al que ofrendo mi cara protegidos los ojos con gafas oscuras; casi un desafío para no perder ni un solo segundo de aquel rito sublime que no por repetido deja de ser extraordinario. De fondo impresiona el silencio en un lugar habitualmente ruidoso por la saturación de bañistas; ahora casi vacío; lo que coadyuva a que se hagan presentes los sonidos atávicos del lugar: el del reflujo del agua que se mezcla con el garlido de las gaviotas posadas en formación donde las olas baten la arena de la orilla, y que hacen muy apacibles aquellos momentos.

En su acusada oblicuidad el sol ronda el horizonte en una trayectoria ligeramente curvada, casi horizontal, como si se estuviera poniendo con la misma inclinación de la que surgió, apremiándome a vivir con complacencia aquellas cortas horas de luz con mitigada intensidad, que sin embargo es suficiente para que sienta el pálpito de su fuerza generadora de vida, como deidad de luz que ahora se refleja en el agua, descomponiéndose en infinitos puntos brillantes durante su fluir hacia las últimas horas de la tarde, conforme esta transcurre... plácida... ; quizás invitándome a ir hacia ella. Pero no he sido yo.

Hacia la playa se descuelgan cuatro cuerpos jóvenes, desprendiéndose de parte de las ropas en su descenso hasta la orilla donde se sientan haciendo un corro. Son dos chicos y dos chicas. Gesticulan con las manos al hablar, y aunque no se les oye se adivina en la distancia la complicidad de conversaciones seguramente intimistas; se ríen, bromean entre ellos...; es palpable que se divierten, muy próximos, con los torsos desnudos sin que muestren signos de destemplanza pues a pesar de ser invierno no hace frío, el ambiente es templado escorándose levemente a cálido. Sobre sus cabezas luce salivilla de oro con las que el sol les corona. Bastaría sólo aquella escena para alcanzar la poética de aquel instante, de aquel momento en que sus perfiladas siluetas de cuerpos muy jóvenes destacan oscuras, a contraluz casi sin detalle, en el intenso brillo sobre el agua elevándolas a la categoría de seres mágicos, irreales.



Pero quieren más, necesitan probarse, ir más allá, transgredir su marca... es la constante de lo joven, y desprendiéndose del resto de la vestimenta, hasta quedarse en ropa interior, retan la destemplanza fría del agua que el sol no puede atemperar --demasiada masa frente a sol tan declinado-- para ir en su busca, tocarlo... sumergirse en él. En esta hora de ensueño, de sortilegio, cuatro jóvenes se bañan, cual efebos y ninfas, en un mar de polvo de estrella, divirtiéndose inmersos en la fantasía que el astro recrea en el agua, jugando con ella, retándole a crear, en su eterno movimiento, infinitas composiciones brillantes. Esas variaciones del agua, al subir y bajar, se asemejan a las caras faceteadas de un cristal tallado en el que incide poderosamente la luz, y de las que ahora irradia, tintineando en la tarde que se acaba, caleidoscopio de diminutas estrellas.

Salen de la orilla y entran en el mar repetidamente; a veces se sumergen en él; pero el agua ahora no es solo agua, que es nigromancia, es ensalmo... es sobre todo alquimia. El agua bañada en oro es para el recreo de los dioses, y aquellos cuatro chicos lo son ahora. O al menos eso creen. Cuando eres joven te sientes dios, con su misma capacidad de crear, de perdurar en el tiempo, de ordenar el mundo... de poder beberlo a sorbos sin atragantarte. En los recesos del baño, sentados de nuevo en la arena, los cuatro quieren abarcar el mundo que les parece un pañuelo; a su edad ya les apremia el impulso de viajar rápido, más allá de la curvada línea de fondo, antes de que queden atrapados, como lo quedaron sus padres, en las responsabilidades de un proyecto de vida en pareja, de unos hijos, de un trabajo que les encadenará, durante bastante tiempo, al banco, como remero en galeras... queda mucho tiempo por delante... queda todo el tiempo del mundo. Hablan de lo que quieren en el futuro, sin que sepan encajar exactamente ese tiempo existencial. No de lo que el futuro les depare pues creen manejar los hilos de los acontecimientos que están por venir... profesan poseer la energía necesaria para ello, la que creen ilimitada, incluso para retarse en cruzar el mar a nado hasta alcanzar la orilla, enfrente, de otro continente.

Uno de los jóvenes, un chico, que se ha sumergido hace un rato en el mar, sale a la orilla hacia el grupo, con las manos en cuenco lleno de agua, y quizás algún resto de polvo de estrella, que rocía con complacencia sobre la cabeza de una de las chicas que permanece sentada. No me extraña que aquel gesto fuera un rito de iniciación, de invitación a la fiesta de la inmersión, pues ambos se sumergen seguidamente en el mar. Les siguen los demás. Dentro del liquido elemento se sienten ingrávidos en la levedad de sus cuerpos que se deslizan entrelazados en el agua que no es sólo agua, es un medio vital que a fuerza de envolverse en él encuentran primigenio, cálido, y que invita al juego, a la fantasía, a la imaginación, a la seducción, a la figuración, a la plástica de anhelados cuerpos esplendorosos, sensuales... deslizándose por entre las doradas y suaves olas, disfrutando de la proximidad y del roce.



Entonces recordé un verano en el mismo lugar y en la misma playa. Tendría diecisiete años. Tiempos convulsos para mí en los que el mar había perdido ese halo filosófico de referente de la eternidad que había sentido desde pequeñito. A esa edad el mar ya no era sino un fin en sí mismo; algo muy local, un medio donde zambullirme para conseguir la felicidad más inmediata, que no era otra que la de nadar entre los cuerpos de las jovencísimas extranjeras, flotando en el agua próximo a ellas, comprobando muy de cerca sus provocativas formas, la sensualidad de sus caderas y de sus piernas, deslizándose como sirenas por entre las olas... Ahora son ellos; ¡cómo les envido!; envidio sus quimeras, su idealismo, su imaginación, su fantasía, su ofuscación, su confusión, su seducción, su ceguedad...

La tarde va cerrándose con un sol atenuado, acentuando su luz sobre un fondo cada vez más gris que llega lo más oblicua hasta la misma orilla adonde han salido de nuevo los cuatro, quedando sentados en línea de formación mirando al mar como las gaviotas. Mientras el sol no se apague continuará el juego. Ahora retan las fuerzas de sus brazos lanzando piedras sobre la superficie del agua --impregnada desde el horizonte hasta la playa de una vasta lámina de oro en la que se han fusionado los infinitos puntos brillantes-- lo más lejos posible. Insisten en su esfuerzo muscular, jactándose cada vez que baten sus marcas. Y este juego remueve mis recuerdos de aquel sitio, en el que rememoro siendo apenas un niño hacer botar afinadamente, y hasta muy lejos, las piedras sobre la superficie del agua del mar, como si estas profirieran agigantados saltos, al principio más largos hasta ir decayendo, menos espaciados y más cortos, para al final hundirse, desprovistas de toda fuerza, en el mar. Los guijarros que recogíamos de la propia playa debían de ser muy planos, y lanzarse con mucha fuerza en una trayectoria lo más tangente posible a la superficie liquida, a poder ser con el mar casi en calma, como lo estaba ahora; así me habían enseñado mis amigos nativos del lugar, los que nos retaban. Y ahora aquellos jóvenes estaban allí, jugando a lo mismo: ese impulso inconsciente e irreprimible de lanzar piedras al mar... pero aquellas piedras ya no serán sólo piedras grises, mates, sin brillo... ahora cuando el mar las devuelva a la orilla tendrán un extraño brillo dorado inexplicable... ¡Ah!, aquellos juegos... Ahora hace años que apenas juego. A decir verdad hace mucho tiempo que no juego a nada... Si me atreviera a bajar les retaría en el lanzamiento.



Si me atreviera a bajar..., si pudiera atrasar el tiempo y fuera posible meterme en la piel del joven que fui olvidándome de lo vivido después... recuperaría la visión de la utopía; la ilusión de sueños por conquistar; el deslumbramiento por descubrir la simplicidad, dentro de la complejidad, del mundo que habito; la alucinación por poder inventar cualquier cosa; el delirio de estar inmerso en un fascinante viaje sin fin...; pero si pudiera recuperar la juventud y bajara a la playa, también sentiría de nuevo los escalofríos en el agua del principio, ahora que he conseguido que cuerpo y agua se equilibren; me impregnaría otra vez del ansia de querer llegar rápido a los sueños, ahora que después de mucho esfuerzo he comprobado las dificultades en su logro; calaría en mí el tedio de un tiempo que transcurriría muy lento y que me incitaría peligrosamente a vivir rápido, ahora que he hallado alguna tranquilidad de ánimo que me proporciona paz y sosiego; mostraría cierta jactancia del que cree saber todo, ahora que he conseguido la prudencia y discreción del que sigue formándose perennemente...; y sobre todo perdería la sabiduría acumulada en los aciertos y errores de los acontecimientos vividos durante bastantes años..., la perspectiva de los sucesos, cuando nos alejamos de ellos en el tiempo, que no me avisaría que lo que tenía ante mí, trampantojo prodigioso de luz, era simplemente la ilusión óptica de la reflexión de la luz sobre ingente masa de agua que no modifica sus propiedades naturales a otras mágicas... un espejismo... una trampa de baño de dioses que no lo son, ni de piedras filosofales devueltas a la orilla...; ¿Para qué bajar?...; no debiéramos ser niños eternos ni adolescentes tardíos... Dejar, soltar, desprenderse, despedirse..., son tiempos que se deben conjugar en presente y hacerse pasado en los recuerdos.

Recuerdos de mis veranos adolescentes en aquel sitio que ahora son paisajes emocionales en la mente; que rememoro... de cine de verano del que sólo han quedado los susurros de amor al oído en la apasionada noche mágica premonitoria de la tragedia de Verona y el dolor al despertar con el canto de la alondra; revividos en el recuerdo adolescente de besos furtivos de ligues de verano; escondidos, amparados entre la vegetación de buganvillas y galanes de noche que tapizaban el muro del cine; pared que, al discurrir del tiempo, ha crecido; y quizás ahora algunos de aquellos espectadores, tímidos emuladores de los amantes --Romeo y Julieta-- más universales, protagonistas ahora de su propia historia de amor pero con final feliz, seguramente la habiten, como pareja, en uno de esos pequeños apartamentos que se alzan en el solar del cine, donde al amanecer no les despertará la alondra, sino el agudo y ruidoso chirrido de las gaviotas...; y de hotel mítico evocado por ese brillo recurrente: la misma luz de luna que la noche de un verano de finales de los sesenta, iluminaba con guiños de polvo estelar el traje de lentejuelas ceñido al cuerpo de la huésped misteriosa de la que todos hablaban; actriz, americana, esplendorosa, esquiva, dejándose ver aquella noche en los fulgores de luna sobre el fondo oscuro de la acristalada galería abalconada a la que se asomaba, vigilada por unos ojos negros e indiscretos de alguien --según la leyenda local-- que desde el roquedal en el mar, enfrente, la observaba escondido con devota veneración joven y lascivo deseo de anónimo nativo que, desnudo, desahogó entre suspiros tendido en la roca bañada con luz de plata..., la misma luna que le ha contemplado pasear infinidad de veces cerca del roquedal, mirando al frente, imaginando verla de nuevo en la terraza circular que ya no existe; ahora un vulgar y anodino edificio de apartamentos ocupa el lugar donde, años atrás, enseñoreara su curvada silueta el mítico hotel...; y se borraron los nombres sugerentes: Bikini, Sexi..., y se volatizó el sueño..., y el sitio fue invadido por intereses espurios y la zafiedad...; un mundo que no me conmueve, del que ahora solo me complazco en el hecho desacostumbrado de observar declinar el sol hacia la perfilada línea del horizonte.



Los jóvenes suben de la orilla, algo destemplados, cuando se empieza a fundir todo aquel resto de polvo cósmico --aire, agua, tierra y fuego-- en la raya del fondo. Les veo subir frente a mi sitio desde donde ahora contemplo deslumbrado el final de tan celebrado espectáculo: el sol, como ardiente bola de fuego, explosiona en un último estertor, comenzando a ser engullido por el abismo invisible de detrás, a donde desciende apagándose suavemente, desapareciendo con agónicos resplandores en una prodigiosa recreación de su final: incendióse entonces el cielo sobre el precipicio con fulgores de fuegos violáceos y anaranjados, y el mundo se paró por momentos ante tal sublimación de estrella en su apoteosis última como si no hubiese un mañana, para luego difuminarse --corto hechizo de luces de colores-- en las postreras sombras de la tarde que se extinguía por instantes y que llevaban al ánimo la agonía de lo que expira..., y se apaga, transfiriendo éstas una vez más la incertidumbre ancestral de esa hora del crepúsculo que anuncia ya la oscuridad de la noche.

Última luz que aprovechamos mi mujer y yo para despedirle y marchar del lugar, a nuestro pesar.



FranciscoMolinaGómez