jueves, 6 de abril de 2017

DE LA MILI (III): SALIDAS DE PASEO










Así luzco en mi primer intento de salida de paseo, perfectamente pelado y uniformado a excepción de un detalle: me dieron una camisa de traje de paseo sin trabillas en los hombros. Tuve que agenciarme un par de ellas para, en un segundo intento, conseguir mi primer pase de salida del campamento









El casco antiguo de Cádiz --la Tacita de Plata--, bullía animado de gente aquella mañana de julio de mi primer domingo militar de paseo que ahora, en temporada alta de vacaciones de verano, habían colonizado residentes y advenedizos; llenando aquel ámbito de reconocibles y agradables sonidos --que había empezado a olvidar-- y de colorido: calles, aceras, tabernas, cafés, restaurantes...; los mismos que a la tarde colmatarían terrazas, paseos, cines, discotecas... divirtiéndose como sólo saben hacerlo los del sur: sin esperar a mañana; puede ser demasiado tarde; como si al día siguiente se acabara el mundo. Y en verdad que se acababa. Esa era la sensación real que me atenazaba conforme iba gastando las horas en libertad y se acercaba el momento de regresar a tiempo al toque de retreta . Sentimiento agravado al final de aquel día por la impresión, aunque solo fuera mía, de que todo el mundo me había estado observando con conmiseración durante la excursión festiva en mi condición de uniformado, de recluido al que habían perdonado la vida por un día.

En el reflejo, cual espejo, de las lunas de cristal de las tiendecitas que se prodigaban por las estrechas calles --al tiempo que escrutaba el interior de sus escaparates, repletos de objetos-- descubrí aquel día al extraño en el que me habían convertido; del que hasta aquel momento no era consciente: vestido de quinto con ese eterna estampa que siempre había observado durante mi adolescencia en los militares de reemplazo paseándose por Granada, con un uniforme cuyo diseño había quedado anclado en épocas muy atrás. Sus reconocibles gestos de unos rostros, por lo general, de contenida resignación a la reclusión, a la obediencia ciega, a la abstinencia de todo tipo. La imagen de continuo deambular el enclaustrado deseo sexual por los solitarios jardines, como escondiéndose, atentos al disparo del piropo soez-cuartelero al paso de cualquier chica que se cruzaba. La misma viñeta exhibiendo por toda la ciudad --entonces un mar de dibujos y colores en las vestimentas-- unas ropas que remarcaban reclusión y aburrimiento. Me observaba extrañado en el reflejo del cristal creyendo que aquella imagen era la de otra persona. Me costó reconocerme fuera del ambiente del campamento durante aquellas primeras salidas que agotaron los fines de semana del mes de julio.

Cansado de que me uniformaran en los internamientos forzosos, como si fuera un número y no una persona, y llegado este momento de mi vida no estaba dispuesto a exhibirme más veces vestido de pistolo por la ciudad en los siguientes domingos pendientes de disfrutar de mi ocio en libertad. Vino en auxilio de tan venerable propósito el conocimiento de la existencia de una casita --a mitad de camino entre san Fernando y Cádiz capital-- donde por un módico precio cambiaba mi vestimenta: del apagado traje caqui a los vaqueros y camisas de colores.

El negocio lo regentaba una señora que por la edad podía ser la madre de cualquiera de los reclutas que la visitábamos: de estatura baja; siempre risueña; muy amable y simpática; con ese deje en el habla, mezcla de la conocida zalamería y chirigota de las gentes de Cádiz; exhibía en sus comentarios y ademanes, además de la gracia gaditana, la seguridad de que aquello si no era legal, según las ordenanzas militares, al menos su práctica era costumbre tolerada y ya afianzada en el tiempo de existencia del propio campamento; dándonos a entender que aquel medio de vida era de dominio público, y, por toda lógica, de la propia policía militar. Seguramente los sabuesos de cascos, polainas, y guantes blancos --distintivos con los que se identificaban los policías militares-- participaran económicamente de lo que era más que un medio de vida: un gran negocio.

Un negocio más de los que proliferaban en los entornos de los campamentos y cuarteles, con una clientela segura que se iba relevando con cada uno de los reemplazos de llamamiento a filas, y que a buen seguro generaban unos buenos ingresos, según inicial impresión de aquella actividad, a la vista de la aglomeración de reclutas que observé en mi primer día de trasgresor de las normas militares, ya en agosto, apelotonados en la entrada de la reconocible casita aislada en el paisaje que me habían indicado. Ni en los días libres estábamos a salvo de las colas que había que hacer siempre para cualquier cosa en el campamento.

El abono del servicio te daba derecho a guardar la ropa militar en una taquilla personal de la que conservabas la chapa numerada durante tu ausencia, a fin de que al recogerla no hubiera equívocos o posibles desapariciones de ésta. Posibilidad impensable y no deseable por sus funestas consecuencias. Era preferible que te robaran la cartera al uniforme. No viví ninguna de estas situaciones: la mercancía guardada estaba perfectamente vigilada, pues de lo contrario hubiera sido nefasto para el negocio. El peligro residía en otra situación adversa distinta, de la que no fui advertido al principio y de la que vine en conocimiento más tarde.

Me vestí con la ropa de paisano que guardaba en el petate, con la lógica prisa de desprenderme cuanto antes del uniforme, y la satisfacción de reconocerme en el instante retroactivo de mi ingreso en el centro de instrucción; ansioso por salir afuera con mi nueva indumentaria; pues cerca de allí --en corto viaje en autobús-- me esperaba un día de relajo reposando sobre la arena fina y dorada de  la playa de la Victoria, pegada literalmente al caso viejo de Cádiz, y que descubrí aquel domingo de agosto, mezclado entre la gente solazándose al sol, para despintar a los policías militares que intermitentemente hacían rondas de vigilancia; y así no descubrir mi condición de ilegal civil.

Cada domingo de agosto y principios de septiembre cumplí el mismo deseado ritual: un transformismo más mental que físico en la solitaria casita de blancos encalados a las afueras de san Fernando. Era en las primeras horas de esos días un hervidero de reclutas que entraban y salían, sin solución de continuidad. Lo que se repetía a última hora de la tarde cuando nos recogíamos para llegar a tiempo al campamento. Pero un día el momento del retorno fue el elegido por la policía militar para hacer una redada; y esa fecha no era casual como después comprobé.

Sucedió el domingo anterior a la jura de bandera. Regresaba de la playa confiado en la suerte de que cada vez estaba más próximo el final de los días de instrucción militar --aunque cualquier arresto siempre pendía sobre nuestras cabezas-- y que en un corto plazo de tiempo estaría fuera de allí. Lo estaba deseando. Retornaba tranquilo, como de costumbre, andando desde la parada en la que me dejó el autobús procedente de Cádiz; atravesando --a la par que otros colegas del campamento-- el descampado donde ya visualizaba al fondo la casita que se distinguía blanca azulada en sus encalados por el reflejo del sol ya poniente que caía casi apagándose hacia la línea del horizonte. Todo me resultaba familiar, aunque desde lejos se percibía algo extraño: raramente no se observaba movimiento alguno de reclutas ni de otras personas en la inmediaciones de la casa salvo el de una persona joven que corría hacia nosotros, y que al acercarse lo pude reconocer: era uno de los hijos de la señora. Nos gritaba haciendo aspavientos con las manos mientras se acercaba a nosotros, jadeando, casi sin aliento, advirtiéndonos de algo: ¡Atrás!, ¡atrás!... ¡cuidado no os acerquéis a la casa!... ¡hay redada! Lo que hicimos escondiéndonos en los matorrales del descampado hasta el momento de ver marchar el jeep militar gris con el rótulo en grandes letras blancas: PM, y que visualizamos a rebosar de reclutas vestidos de paisano, cogidos in fraganti; siendo conducidos por la policía militar con destino hacia dependencias policiales.

Apostada la policía en el lugar, en la fachada opuesta a la de acceso a la casa, donde se habían emboscado, fueron sorprendiendo a los que iban llegando hasta que el vehículo militar estuvo lleno y acabó la operación jaula. Objetivo logrado. Posiblemente fuera aquel el cupo de arrestados por infringir las ordenanzas militares de uniformidad correspondiente al reemplazo de reclutas del llamamiento del mes de julio de mil novecientos setenta y cinco.

Me salvé como vulgarmente se dice : por los pelos, de un seguro arresto o de algo peor: la repetición del período de instrucción con el consiguiente aplazamiento de tres meses de la jura de bandera que ponía fin a aquellos días, y que ya estaba muy próxima.



FranciscoMolinaGómez
(continuará)    
     
  








miércoles, 1 de marzo de 2017

UNA DISCULPA PENDIENTE











Septiembre 1965. Grupo de internos del orfanato cuyo centro cohesionamos los cuatro estudiantes pioneros: Agustín, primero por la izquierda de pie, abrazando a un niño pequeño; Miguel, cuarto por la izquierda de pie, como apoyándose en la cabeza de otro chico; Antonio, en el centro acuclillado al lado del chico de la carpeta; el autor del blog, junto a éste último a la derecha, sentado en el suelo, a punto de desaparecer. De otra parte y segundo por la derecha de pie, casi escondido, un tal Segura, apodado Cebolla menor. Cinco protagonista para una historia. 

En bachiller adscrito al grupo de Ciencias estudié química, aunque no la deseada, sino aquella de la teoría sin prácticas, sin probetas, sin matraces, sin tubos de ensayo que envejecían en los polvorientos estantes del viejo laboratorio de la academia; cerrado a perpetuidad desde hacía mucho tiempo atrás a mi ingreso en el centro, como lo atestiguaba aquel espeso velo de polvo depositado en los utensilios de cristal, cubriéndolos de un color pardo. De eso se quejaba, y con razón, nuestro docto profesor de química don Miguel para el que aquel recinto, ahora abandonado a su suerte, había tenido sus días de gloria. Días que se podían adivinar fácilmente observando la cantidad de extraños artilugios que dormían el ocaso científico del anterior bachiller, entre la incuria del paso del tiempo. Incuria que únicamente transcendió al exterior envuelta en una nube de polvo ocre con fuerte olor a fertilizante, cuando, en una ocasión, la pelota proveniente del patio innoble aterrizó, como meteorito, entre la infinidad de tarros de cristal con los compuestos químicos ordenados en la mesa de ensayos ubicada en mitad de la estancia, después de fracturar el vidrio de la débil puerta cristalera, con visible agujero...








El guardapolvo


La verdad es que nuestra venia más sonriente en los comienzos de clase durante el curso de cuarto del bachillerato en la Academia Isidoriana de Granada se la reservábamos a nuestro profesor de Física y Química, don Miguel Montes: de mediana estatura, delgado, impecablemente vestido a lo dandy, lucía debajo del recortado bigotito una afable sonrisa, la que exhibía cordial como contestación a nuestro saludo matinal. Nuestra joven intuición detectó, enseguida de conocerle, las buenas vibraciones que hacia nosotros desprendía su persona. Estábamos tan necesitados de comprensión en aquel serio contexto, que lo hicimos --sin su permiso-- nuestro aliado.

Comenzada la clase de física, un silencio sepulcral dominaba el ambiente como telón de fondo de las explicaciones del profesor. Nos encantaba escucharle y comprobar como, a menudo, la árida lección del día derivaba, hábilmente dirigida por nosotros, hacia una amena charla sobre temas científicos de actualidad, sobre todo los que tenían relación con la astrofísica y todo aquel novedoso mundo de cohetes y astronautas... hasta el segundo trimestre: el del otro gran capítulo del libro de texto que trataba de las lecciones de química, que, curiosamente, no recogían en ninguna de las páginas del libro de texto nuestro doctorado en bombas fétidas y polvos pica-pica, pero que activó, como espoleta, veleidades ahora por el mundo científico de los ensayos químicos... y sucedió aquello... bueno no fue intencionado... todo se precipitó, y...

Espoleados por la misteriosa ciencia de la química en la que nos había introducido magistralmente nuestro profesor; y como de viejos alquimistas se tratara, interesados en lograr sustancias desconocidas hasta entonces, decidimos los cuatro iniciales estudiantes del orfanato --Agustín, Miguel, Antonio, y yo-- dedicarnos por un tiempo a la práctica de aquella rama científica que, mediante provocadas reacciones, trasmutaba las propiedades físicas de los elementos naturales puestos en contacto; convirtiéndolos en otras sustancias distintas, nuevas, quizás peligrosas --ahí radicaba el suspense de aquella aventura-- y que tanto nos intrigaba. Lo primero era definir el tipo de ensayo, los componentes que iban a intervenir en las reacciones, y establecer con bases científicas el elemento nuevo resultante.

Hablamos de varios ácidos que quedaron descartados por laxos en favor del temible ácido sulfúrico --queríamos sobre todo emoción--  al que añadiríamos en un primer experimento un trozo de cobre. Hechos los pertinentes estudios y establecidas las posibles reacciones, quedaba por descubrir la sustancia resultante; es decir poner manos a la obra, o mejor dicho al experimento. Para ello era imprescindible proveernos del conveniente material haciendo un ingente esfuerzo económico entre los cuatro. Tarea que se le encomendó a Agustín que siempre había mostrado un gran interés por esas movidas; incluso tenía ya relacionadas todas las sustancias legales que podíamos adquirir según la especialidad de las distintas droguerías que las expendían en la ciudad. También había que conseguir algún que otro tubo de ensayo de cristal, como los que existían en el viejo laboratorio de la academia. Aquello no era problema para Agustín, el que ya tenía también localizado material tan delicado. Todo lo necesario lo adquirió en la droguería Santaella de la calle san Jerónimo --próxima a la academia, y de abigarrada infinidad de comercios--. Como encimera de improvisado laboratorio habilitamos para tal fin, y al azar, una de las bancas de la clase donde estudiaban los internos en el orfanato. Nos confabulamos con la noche para realizar el ensayo, por aquello del anonimato que da la nocturnidad.

Cuando el resto de estudiantes se acostaron, y sin más testigos que los cuatro, nos dispusimos a manipular el peligroso líquido que guardábamos en seguro tarro. Con gran cuidado deslizamos algunas gotas de ácido sulfúrico dentro del alargado tubo de ensayo cubriendo rápidamente su fondo semiesférico. A continuación introdujimos un trozo de cobre de cable eléctrico y ¡hete aquí! contemplando nuestra primera experiencia química, asombrándonos del brillante efecto de cambio de color de las distintas fases de la reacción del material tratado, pasando del incoloro del ácido al azul y después al verde del óxido de cobalto; desprendiendo en el calor de la reacción extraños gases que evitamos respirar. 

Nos felicitamos por el éxito de la experiencia, guardando aquel tóxico en tarro de cristal con su leyenda: sulfato de cobre; como primera de una serie de pócimas que pretendíamos obtener en una continuada labor de la práctica química, en nuestro particular y secreto laboratorio. El morbo radicaba en el carácter letal de la sustancia lograda. Habíamos obtenido un tóxico semejante al que en plena posguerra casi acaba con todo un regimiento militar en Granada, según nos refirió en cierta ocasión nuestro profesor don Miguel, advirtiéndonos ya en el relato de sus estragos: la intoxicación masiva que cursó con vómitos y diarreas toda la tropa  a la que se sirvió una ensalada en recipiente de cobre aderezada con gran cantidad de vinagre que reaccionó con el metal produciendo el peligroso cardenillo que, en mayor o menor medida, ingirieron los soldados: La escasez en aquellos duros tiempos, iba unida con frecuencia a la ignorancia; sentenció don Miguel Montes.

A los pocos días pensamos en nuestro segundo experimento como algo espectacular, un hecho que nos sorprendiera; o mejor, un acontecimiento que nos desbordara casi sin posibilidad de reaccionar. Y no faltó razón para dejarnos sin habla. Queríamos experimentar en propias carnes el asombro de los antiguos alquimistas ante algún descubrimiento inesperado en su búsqueda de la piedra filosofal. Para ello había que huir de los ensayos controlados, de las fórmulas consabidas, de los elementos conocidos a favor de los inexplorados: aquellos que no aparecían referenciados en los documentos, como era aquella pasta gris que los domingos por la tarde y a la acción del calor, inundaba la iglesia de un humo agradablemente oloroso.

Uno de aquellos días del Señor, cuando los internos asistíamos por la tarde a los oficios religiosos --triduo dominical--, mientras los muros de las frías y alargadas naves de la iglesia reverberaban con los cánticos en latín: Pange, lingua, gloriosi / Corporis mysterium / Sanguinisque pretiosis..., uno de los cuatro, no recuerdo ahora quién, se deslizó hasta la sacristía a fin de coger prestada para nuestro siguiente experimento una de aquellas pastillas de incienso...: Nobis datus / nobis natus / ex intacta Virgine / et in mundo conversatus...: ¿Dónde estarán guardadas las dichosas pastillas?...: Verbum caro, panen verum / Verbo carnem éfficit: / fitque sanguis Christi merum...: ¡Ah!, aquí están, cogeré varias, ahora que nadie me ve. No era difícil dar con el lugar donde se guardaban: un armario que conocíamos bien por nuestra dilatada experiencia como monaguillos cuando éramos pequeños. El mismo sitio donde se guardaba el dulce vino de misa y al que mostramos siempre cierta querencia. Una vez en nuestro poder la exótica sustancia de reminiscencias bíblicas, convinimos mezclarla con el ácido sulfúrico sobrante, en una segunda jornada de prácticas de química, cuyo día, lugar, y hora no publicitamos entre los demás estudiantes. Como en la anterior experiencia nos resguardamos de curiosos y mirones aprovechando las sombras de la noche.

La expectación y el nerviosismo eran patentes en nuestro ánimo cuando, al fin solos, pudimos disponer el material sobre la encimera del mismo pupitre en la que se fraguó nuestra anterior experiencia química, y que había constituido todo un logro. No había motivo para cambiar de banca. Contemplé durante unos segundos, examinando sus dimensiones y grosor, el tubo de ensayo que me había dado Agustín, pues aquella vez me tocaba sostenerlo durante todo el experimento. Agarré decididamente el tubo de cristal inclinándolo para que otro de mis compañeros introdujera más fácilmente el ácido sulfúrico que rápidamente se alojó en su parte más profunda, cubriendo un par de dedos por encima del redondeado fondo.

Estabilizado el ácido procedimos a continuación a mezclarlo con el fragmento de incienso proveniente del troceado de la pastilla que habíamos sustraído de la sacristía, y que celosamente habíamos guardado para aquel momento. Entrar en contacto ambos elementos y comenzar una extraña reacción burbujeante de acelerada ascensión hacia la boca del tubo de ensayo, fue sólo unos segundos; el tiempo suficiente para deshacerme del cilindro de cristal con la desconocida sustancia que amenazaba quemarme la mano, envolviendo rápidamente el tubo de ensayo con un  guardapolvo  --que cogí del respaldo de la banca-- ; el que lo mantuvo en posición vertical sobre el asiento del pupitre --donde perentoriamente lo dejé por razones obvias--  merced a la amalgama del tejido que le circundaba; justo en el momento en que la espumante sustancia desbordaba la embocadura del vidrio, desparramando sobre la fina tela de rayas azules la viscosa pasta gris que rápidamente se iba extendiendo quemándola, conforme la invadía, avanzando hacia el total de la prenda con un cerco de color negro y aspecto chamuscado, ante nuestras sorprendidas miradas que reflejaban terror.

En aquellos instantes desconocíamos si una vez quemada la bata, la sustancia se cebaría con la medara del asiento, y ¡quién sabe! si con el resto de bancas; y de éstas a la combustión del aula sólo un suspiro; después se extendería al resto del pabellón; y, posiblemente, más tarde a todo el orfanato... Para nuestra tranquilidad aquello fue decreciendo hasta detenerse cuando se consumió toda la extraña sustancia de nombre y formulación desconocida, pero de consecuencias devastadoras. Del guardapolvo solo quedó un minúsculo e irreconocible resto calcinado. Lo que apremiaba de inmediato era tranquilizarnos y pensar cómo hacer desaparecer, sin dejar rastro ni huellas, el instrumento auxiliar del delito; es decir lo que quedaba de lo que  poco antes era un guardapolvo. En aquel momento comprobé con preocupación como me escocía una pequeña quemadura en la muñeca de mi mano izquierda. Con todo el barullo no sentí la gota de la reacción que me había salpicado, dejándome una casi imperceptible marca que aún conservo.

Al día siguiente lejos del orfanato nos deshicimos de aquel resto calcinado, a la vez que nos conjuramos en no contar el incidente, ni el posible paradero de aquella prueba comprometedora; con final, posiblemente, en seguro vertedero. Semejante precaución no era baladí, pues sin quererlo, ni pretenderlo, habíamos condenado a su propietario o, mejor dicho, su depositario --un interno apellidado Segura y apodado Cebolla menor; por más señas hermano pequeño del Cebolla mayor--  a la peor de las penas: la cadena perpetua. Mil veces que se le interrogó  sobre la desaparición de la prenda, mil veces exteriorizó su perplejidad, y mil veces no le creyeron. Aunque repetidamente esgrimió su desconocimiento por lo que se le preguntaba, se le castigó sin postre y sin recreo hasta que apareciera el guardapolvo. Obviamente nunca apareció. ¿A ver quién era el valiente que se confesaba culpable del suceso en aquel rígido contexto, con la espada de Damocles siempre gravitando peligrosamente sobre nuestras cabezas?

Aquella imaginaria visión del orfanato ardiendo por los cuatro costados, con los dedos acusadores señalándonos como los culpables, hizo que desistiéramos de los misterios de la química por descubrir... bueno en realidad aquel temprano abandono tuvo que ver más con la necesidad de evitar acabar con todos los guardapolvos de los chicos... o tal vez lo más seguro es que nuestras ya crónicas carencias económicas nos impidieran seguir con los experimentos. La verdad es que lo dejamos pero sin contarle al afectado el episodio de la volatilización de su guardapolvo y el destino final de sus restos en alguna papelera pública de la ciudad. Claro que durante este tiempo nosotros veíamos a la víctima expiatoria de un acontecimiento que nos desbordó; nos cruzábamos con él sabedores de los castigos que perduraban en el tiempo y que por nuestra culpa le habían infligido; nos compadecíamos, eso sí, pero ni mú de la prenda quemada... sabíamos que con el paso del tiempo los castigos se diluirían hasta desaparecer, como así sucedió alegrándonos por ello, proveyéndosele de un nuevo guardapolvo a estrenar. 

Señor Segura, cualquiera que sea el lugar donde te encuentres, si al leer este episodio nos tildas de canallas, ten a buen seguro que lo entiendo. También entenderé que te acuerdes, y no de forma amistosa, de todos nuestros familiares. Lo que no entendería es que no aceptaras en mi nombre y, estoy seguro, también en el de mis compañeros nuestras disculpas. Nunca es tarde para disculparse. Gracias de antemano.


FranciscoMolinaGómez 
          




miércoles, 1 de febrero de 2017

DE LA MILI (II): LOS PRIMEROS DÍAS










Tardes de descanso, después de las clases teóricas compartiendo con los recién conocidos compañeros las primeras impresiones de todo aquello que nos era tan nuevo, tan raro; intentando asimilarlo con un buen trago de cerveza y alguna tapa enlatada de conserva en uno de los reservados que se prodigaban en el bosque de eucaliptos y pinos, dejando que el día se fuera apagando entre amigables conversaciones hasta la hora de la cena. De izquierda a derecha: el autor del blog, un catalán del que no recuerdo el nombre, y Juan el T´ópolla




En la formación del primer día frente a la compañía, aún cuando la vaga luz de la amanecida difuminaba las edificaciones del entorno, me congratulé por la suerte de lo que veía enfrente y a mi alrededor: me habían destinado a uno de los edificios de nueva construcción: recio, con cerramiento de ladrillo visto y cubierta plana, que contrastaba visiblemente con las antiguas naves-barracones de delgados muros, degradados revocos de un color claro turbio y cubierta a dos aguas de placas de fibrocemento, que recogían mayoritariamente la población del resto de compañías. Además el moderno edificio asignado proyectaba visualmente los huecos de las ventanas sobre un agradecido bosque de eucaliptos que bordeaban la marisma gaditana en cuyas aguas --como si de un espejo se tratara-- se miraba el sol a la caída de la tarde, dibujando un ocaso de intensos colores desde el amarillo chillón al violeta e incendiando de misteriosa luz el horizonte del otro lado --el de la libertad-- del que nos separaba una alambrada de puntiagudas púas de acero que quedaban perfectamente delineadas en la claridad del fondo.

Aquél hábitat de vegetación y agua lo agradecimos sobremanera más adelante: en las deseadas jornadas de descanso que regía en todo el campamento --a media tarde-- después de las clases de teórica, disfrutando gran número de reclutas de una cerveza y un sabroso bocadillo de los que vendían en la cantina, contemplando maravillados las puestas de sol, sentados en grupos diseminadas a la sombra de los eucaliptos que esparcían por todo el ámbito ese olor terapéutico característico, agradeciendo la brisa que provenía de los humedales. A veces el generoso viento nos regalaba, aparte del frescor, inoportunos intrusos: unos molestos mosquitos, como aviones. Era el único espectáculo que se nos ofrecía en aquel espacio cerrado.

Durante unos días vagamos de paisano por todo el recinto, esperando a los rezagados de otros sitios del territorio nacional, cuya demora nos concedía un pequeño respiro que algunos avispados veteranos aprovechaban para hacer caja. Distribuidos en varios puntos del campamento se publicitaban como expertos peluqueros dispuestos a salvarnos del arresto en la primera revista de tropa, si accedíamos a su virtuoso corte de pelo. Dicho virtuosismo llevaba aparejado un artístico resultado: un extraño dibujo en puzle de líneas que se entrecruzaban distribuido por todo el cráneo, que ahora hubiera hecho las delicias de los modernos. Lo más sorprendente era que esos dibujos a base de trasquilones de la cabellera, reducida ahora a su mínima presencia, lo realizaban en un tiempo récord y con sólo una modesta maquinilla manual como único instrumento. La única pega, aparte del intrusismo profesional, era que aquellos antiquísimos artefactos, heredados de otros veteranos ya licenciados, fallaban más que las carabinas de tiro de las casetas de feria. Se auxiliaban para su labor de un paño que hacía tiempo no había visto el detergente y una vieja silla. Cuando me tocó mí y me vi aquella ignominia grabada en mi cráneo, eché de menos al viejo y gruñón barbero del orfanato que en el pelado a rape conseguía un corte parejo en toda la mollera, aunque nos atizara continuamente con la propia maquinilla en la cocorota, cada vez que movíamos la cabeza.

Muchos a la vista del artístico resultado acabaron afeitándose la testa. Una obra de arte en uno de ellos que era de mi compañía, y que en la formación provocó tal admiración del compañero que le antecedía, el que girándose para contemplar de frente aquella magnífica protuberancia lisa que asemejaba las formas redondeadas de un glande, con tal parecido que no pudo reprimirse, le espetó en alta voz, para que el resto nos apercibiéramos, glosando en andaluz y en tres palabras tal maravilla: ¡¡¡H´ío éreh t´ópolla!!!, y así entre las risas de los demás quedó irremediablemente bautizado. A partir de entonces era el T´ópolla, por más señas granadino de nacimiento --como el que le rebautizó-- pero residente en Barcelona. Fue uno de los reclutas con el que mantuve bastante confianza, quizás compadecido hacia él por cierto aire de desvalimiento que mostraba, hasta tal punto que fui su confidente de una extravagante experiencia íntima: una noche en su litera, no pudiendo aguantar más la abstinencia sexual, sintió la perentoria necesidad de masturbarse, eyaculando en el interior de un sobre de carta: Para no manchar --me dijo--; el que después cerró con una nota dentro y lo envío por correo a la casa de su novia en Barcelona. Para muchos el prolongado encierro empezaba a ser preocupante.

La incesante actividad de las hormonas en ebullición de tanto cuerpo joven era motivo de preocupación de los mandos militares. Otra de las leyendas de la mili: ¿quién no había oído hablar del famoso bromuro que le echaban en el café que ingeríamos en el desayuno, para que se nos bajara la libido durante todo el día? No sabíamos si era cierto. El que si tenía información al respecto era el cocinero: un civil con una obesidad mórbida que debía rondar los doscientos kilos brutos que retaban, todos los días, el aguante de su pequeño coche en las entradas y salidas del campamento.

Desde el primer día hubo mucha curiosidad por saber como se resolvía aquella desproporción de escalas: el enorme cocinero conducía un pequeño utilitario: un Seat-600. Si era todo un espectáculo verlo salir del vehículo cuando llegaba al campamento; el retorno a su casa era apoteósico, intentando acoplarse a las formas rígidas del interior del auto: asombroso milagro de acoplamiento. Tal suceso conseguía congregar alrededor del coche gran número de tropa que al final aplaudíamos al "Seíllas" que a duras penas --con el chasis rozando el suelo por efecto del enorme peso de su dueño-- conseguía rodar por aquellos caminos terrosos hasta la salida del campamento.

Un día, alguien, quizás preocupado por los desconocidos efectos del brebaje que el "perverso" cocinero añadía al café --decían que producía impotencia crónica-- o, tal vez, cansado del exceso de condimentos artificiales para disfrazar el sabor de la bazofia que nos daba, aprovechando el exceso de confianza del gordo restaurador que no cerraba con llave el Seat-600, le manipuló el asiento del conductor desplazándolo hacia delante, momentos antes del final de la jornada laboral de éste.

Paco --creo se llamaba el cocinero-- que no entendía porqué su cuerpo era rechazado al intentar penetrar en el vehículo, hizo un esfuerzo supremo de presión de todo el magma de su organismo contra los obstáculos del exiguo espacio que le impedían acomodarse en el asiento como de costumbre, distribuyendo dicho magma de carne adiposa por todos los huecos disponibles, consiguiendo entrar aunque a costa de quedar irreversiblemente bloqueado entre el asiento y el volante, sin posibilidad de movimiento alguno; y, por tanto, de poder desencajarse de aquella trampa mortal. Empezó a hacer aspavientos con los brazos, únicas partes del cuerpo que podía mover, y a dar voces pidiendo ayuda. Después transcurrieron momentos de descojono e incertidumbre en el que los ahogos del cocinero, previos a un colapso respiratorio, se mezclaron con la euforia en los gritos de victoria de los reclutas: ¡¡El cocinero ha quedado atrapado!!, ¡¡El cocinero ha quedado atrapado!!... Tras complicadas maniobras pudo ser extraído del vehículo. Nunca supe si realmente allí hubo una conspiración de parte de reclutas para confinar a perpetuidad en su coche a nuestro cocinero, y así poder deshacerse de él y, por ende, del bromuro y del repelente guisote. Supongo que su vejado amor propio, una vez liberado,  juró vengarse de toda la tropa, sin distinción de la canalla, pues las comidas pasaron de incomestibles a vomitivas, aunque no había que esmerarse mucho para empeorar el bodrio que nos había estado endilgando durante todo este tiempo.

Poco tiempo tardó en aflorar el tórrido submundo de la "chusquería"; una más de las leyendas de la mili . En lo que a mí afectó: un brigada chusquero. Eran estos mandos intermedios --suboficiales-- provenientes de los infinitos enganches desde que ingresaran en el ejército por el escalón más bajo, los más temidos por la tropa, a la que trataban humillantemente para desahogar la frustración de su procedencia y la escasa y tardía promoción dentro del escalón militar --el que tenían limitado--, y a cuyos puestos más altos permitidos llegaban casi a la edad de la jubilación; sentimientos adversos que ya pude observar en su cara de perro, muy próxima a la mía, en la revista de tropa previa a la primera salida de fin de semana.

Presentarse correctamente en formación de firmes: rígidos como un palo, con la mirada al frente y el pecho alto manteniendo la inspiración de aire, casi sin respirar; convenientemente pelado, y debidamente uniformado de paseo, sin presentar ninguna incorrección en el vestir, era la prueba a superar para poder salir fuera del campamento. Me miraba con el desdén acumulado de las infinitas revistas de tropa a lo largo de su carrera profesional, escudriñándome de arriba a abajo, de adelante a atrás, de izquierda a derecha... a lo que siguió una sonrisa de sabueso al haberme descubierto una falta en la uniformidad: ´¿¿¿Dónde están las trabillas de su camisa!!!, me espetaba con desdén mientras me asía fuertemente el hombro con su mano derecha a la que le faltaba dos dedos (según referían algunos veteranos se volatilizaron en un accidente con una granada de mano) para apartarme de la formación, al tiempo que me defendía: Perdón mi brigada, no las tengo puestas porque no me las han dado con el uniforme. Creí hallar en la verdadera respuesta la justificación de una situación que no dependía de mi voluntad; ¡incauto de mí!, estaba en la mili y yo era el único culpable de todo lo que me pasara: ¡¡¡Pues si no las tienes, las pintas!!!; y dicho aquello me arrastró fuera de la formación a la monotonía del encierro del fin de semana.

La siguiente vez que noté muy de cerca su agrio aliento, mezcla de tabaco y alcohol, lucía en mí camisa de paseo unas trabillas impecables, con un lustre y color que no desmerecían el del estrenado uniforme. Posiblemente fueran las originales de la camisa, sustraídas antes del reparto de la ropa por el propio cabo furriel (encargado de la intendencia de la compañía, y por tanto de la vestimenta) que luego me vendió haciéndome un gran favor, según me dijo. 

En la garita de control mostré mi identificación militar y un segundo después --¡¡¡libre!!!-- saturaba mis pulmones de ese aire que en la mañana de mi primer domingo de paseo provenía de las marismas, percibiendo la humedad que hasta allí traía el viento --mientras me alejaba de las tapias del campamento-- empujándome con su fuerza invisible fuera del descampado hasta el deseado territorio liberado de la chusca uniformidad y de la inaguantable disciplina militar: un viaje en autobús hasta Cádiz, ciudad.


FranciscoMolinaGómez
(continuará) 
  

lunes, 2 de enero de 2017

Y AHORA, ¿DÓNDE QUEDAMOS?











Punto D: un punto de encuentro. En cierta ocasión, siendo estudiante de arquitectura, me examinaron con un extraño ejercicio: representar un punto de encuentro. Solicité datos concretos del lugar. Me dijeron que no eran necesarios. Alivié mi perplejidad en la inmediata constatación de que había equivocado el día de convocatoria de examen y la unidad docente. Ahí quedó el asunto hasta hace muy poco tiempo cuando he entendido que lo que me pedían no era un lugar concreto, sino una emoción, un querer llegar cuanto antes, un abrazo, un apretón de manos, un estamos de nuevo juntos...; pero ¿cómo se dibuja eso? Insólito ejercicio de abstracción el pretender representar en el papel sentimientos.













Hace unos meses murió un amigo. No tengo ninguna fotografía con la que ilustrar nuestra relación que no sea el punto físico donde quedábamos: el punto D. Es curioso que después de casi tres décadas de amistad no necesitáramos hacernos ninguna foto juntos. El último día que nos vimos, tras una ausencia más dilatada de lo normal, convenientemente acicalado y arreglado como siempre había lucido --espécimen de gentleman en la versión de gentilhombre por donaire y amable trato-- esgrimía en su generosidad hacia mí, y en la corta distancia de la amistad, su mejor sonrisa a fin de despistarme de su mal que ya le carcomía por dentro; el culpable de que el impecable traje le bailara, ahora, en el cuerpo que había empezado a encoger y a mostrar en su cara una sospechosa palidez. Unos días antes de su huida hacia no sé dónde, volviendo en tren de una de mis visitas de obra en el sur del país, le noté cierta euforia en su llamada, emplazándome en vernos en breve. Después de aquella llamada ya no hubo otras. Ni más conversaciones. Ni puntos de encuentro.

De vuelta de tan luctuoso acontecimiento, y de otros próximos de intenso calado en los últimos meses, y en la reflexión de que los seres queridos, y en este caso los buenos amigos, no nos abandonan del todo, he llegado al convencimiento de que la mayoría de las veces no se necesita un punto físico para encontrarse o reencontrarse. Ni siquiera hubiera sido necesario constatar donde se ubicaba aquel sitio. No es importante. Pudo haber sido cualquier otro. Qué más da ahora, a no ser el de avivar ese sentimiento de añoranza en las ganas de vernos, de darnos un abrazo, un buen apretón de manos; sonrientes --él mostrando su dentadura de dientes grandes-- cada vez que lo transito. Todavía lo sigo sintiendo acompañarme en mi solitario paseo ahora, bajo la copa de las viejas acacias; compartiendo en el recuerdo, al igual que entonces, distendida conversación ante una taza de buen café, o una fría cerveza, o un vino de crianza en alguna de las terrazas que se prodigan en el paseo del punto D; la que aprovechaba para darle salida a su adictiva necesidad de mezclar palabras de todos los colores con el torrefacto sólo oscuro, o la rubia espumosa, o el rojo brillante del rioja; y el siempre evanescente y grisáceo humo del cigarrillo, al que recurría en su adición a la nicotina al poco de apagar el anterior.

Digo que de vuelta de tan luctuoso acontecimiento he trasladado el punto de encuentro definitivamente a un lugar importante en la memoria. Un sitio seguramente donde aliviar la extrañeza insalvable de quién se ha dado de baja forzosamente en la amistad. Le han obligado a marchar sin su consentimiento; digo más: en contra de sus deseos de seguir viviendo; de saludar cada día el amanecer, entendiendo tal acontecimiento como una nueva oportunidad de prolongarse en los demás. Era su mejor patrimonio: ser importante para los otros. Lo hacía tan fácil que no podía evitar que le envidiara por ello; mi asignatura pendiente: después de tantos años vividos, de tantas situaciones sobrellevadas, de tanta gente conocida mi destino ha ido tejiendo vínculos que tan pronto ha desbaratado para volver a tejer otros nuevos, también con final cierto en la despedida; en una laboriosa y continuada actividad sin dar tiempo a que, en la mayoría de las veces, se haya consolidado una verdadera amistad; aunque a veces el nudo es tan potente que no se puede deshacer y entonces ocurre el milagro: un extraño que has conocido en un lugar remoto al que has llegado como otra escala más de tu ruta existencial se convierte en parte de ti mismo. Eran tiempos difíciles para la verdadera amistad: la no interesada.

Al final solo pervive lo auténtico: la honradez con uno mismo y con los demás próximos, la bonhomía que es atributo singular, la simetría buscada de querer y sentirte querido... y en ambos se daba; pero antes hubo que pasar las pruebas de los que buscaban la amistad amañada y esquivar las trampas de los especuladores, los aduladores, los felones, los serviles, los charlatanes, los encantadores de serpientes, los vendedores de humo..., los tontos contemporáneos; infinidad de canalla a la que supimos combatir, y de la que hacíamos la más exquisita sátira en nuestras dilatadas conversaciones que tuvieron su inicio, creo recordar, en una agradable comida en las Cuevas del Conde Duque, un antiguo restaurante muy cerca del palacio del mismo nombre en Madrid, hace ya la friolera de treinta años.

Nos han obligado a renunciar de la "más imprecisa de las verdades", como alguien ha definido la amistad. Aquella que sólo existe trabajándola día a día, pero que en nuestro caso no era necesario. Sabíamos ambos que aunque promediaran intermitentes silencios en la relación, siempre estábamos ahí; bastaba con pulsar la tecla de llamada en el teléfono: Oye José Luis, tengo un problema...: ¿Es que estás enfermo, o acaso alguien de tu familia?...No, no. Todos estamos bien...: Pues entonces tranquilo, no es nada importante. En su lapidaria aseveración obtuve la prueba más contundente de su verdadera amistad que anteponía su interés sincero por mi salud y la de los míos a cualquier otro contratiempo de la vida. Lo demás era secundario. ¿Cuánta razón! Ante tal contestación minimicé rápidamente el problema; ya no era tal. Aún así sólo lo pude resolver con su ayuda. Era un regalo sin contrapartida, como siempre había ocurrido entre nosotros cuando uno u otro lo hubo necesitado; aún así me empeñé en regalarle una pintura a la acuarela del Templo de Debod que se eleva en un promontorio ajardinado muy cerca del punto D; gesto de amistad que era más que el deleite de un paisaje, un perpetuo abrazo; un estar al lado sin necesidad de estar físicamente juntos.

En el amor a los tuyos y en la amistad uno cree sobre todo en las cosas que no ocurren; bueno en todo caso: que sólo les ocurre a los demás. Vamos transitando en la vida, quemando etapas, oyendo esas noticias que le suceden a los otros hasta que, incrédulos y sacudidos internamente, algún próximo rompe esa engañosa suerte de creernos algo inmortales... y entonces piensas en las cosas que quedaron por hacer, en las conversaciones que han quedado pendientes, en los elocuentes silencios que seguían a éstas... en la foto juntos pospuesta indefinidamente; pero inmediatamente, como un bálsamo ante el vacío que se instala dentro, la mente rebobina como una película todos los momentos compartidos que si lo fueron: una crónica fabulosa que aunque no se haya escrito todos los días, si se siente como tal... y entonces recuerdas... cuando con treinta años más joven tenía el mismo eterno porte de gentleman, perfectamente trajeado y encorbatado, siempre de colores discretos que no deslucían, al contrario avivaban, unos zapatos brillantes como si estrenara todos los días; estética que contrastaba con la más informal, escorada a la bohemia artística, de la mía. Un buen contraste que proseguía en el trato cuando simulando seriedad me congratulaba en su desatada risa a mis bromas e ironías sobre cualquier tema de actualidad y de interés para ambos... luego, sin poder aguantar más le acompañaba en la aparatosa risa...; y que perduró en el tiempo cuando, ante mis resquemores por abandonar sin conocimiento de mi jefe el trabajo, me convencía, algunas veces, para escaparnos por la ciudad, haciendo de taxista con su coche: a desayunar, tomar el aperitivo, almorzar... cada vez en un sitio distinto con empeño en descubrirme todos esos rincones encantadores de la ciudad, que él bien conocía... y era: la sorpresa, el reírnos a carcajada suelta, el conversar un rato... la justificación de aquellas huidas juntos. Creo recordar que una vez estuvimos a punto de montarnos una mañana en el teleférico con estación de salida en el propio paseo del punto D y destino en la Casa Campo --extenso pulmón verde de Madrid-- para desayunar y conversar a casi tres kilómetros de mi lugar de trabajo. Y es que aquél era el tiempo que teníamos para nosotros; el fin de semana era de la familia; así lo entendimos siempre. Era curioso como desde un primer momento delimitamos ambos territorios, aunque no nos hubiera importado mezclarlos, pero al igual que la foto juntos siempre lo aplazamos.

Amigo José Luis después de haberte dado involuntariamente de baja de aquellas escapadas, no he vuelto a hablar con los conocidos a los que frecuentábamos. Te acuerdas de María... sí, la del Subterráneo... ha cerrado el bar y ahora publicita el traspaso del local. Es como si todo empezara a venirse abajo, como si los acontecimientos se empeñaran en constatar el final de una época. Otros siguen abiertos: Cuenllas, Entrevinos... La Montaña con sus eternos regidores: Valentín, Lorenzo... les veo tras el cristal atareados cuando paso al lado; como cada día, como si no hubiera sucedido nada --bastante tiene cada cual con sus problemas--, como si el mundo funcionara al margen de los sucesos trágicos de los otros, con la inercia de la continuidad de las cosas. Indolencia del todo sigue y nada se para en la necesidad de la supervivencia, de la conservación de la especie, coadyuvando a superar condiciones adversas. Indiferencia injusta de lo que me rodea ante mi congoja que no me da ni un segundo de tregua, al contrario se hace presente y dolorosamente  ruidosa... y al final en mi evocador paseo por los recuerdos diluyo mi agujero negro en el eco de los pasos sobre el enlosado, en las propias vibraciones del martillo compresor rompiendo la acera, en el intenso y agudo ulular de las sirenas de las ambulancias que pasan cerca... en el murmullo de fondo del ruido ronco del tráfico de coches; mientras camino apesadumbrado por el paseo del punto D.

Ahora, al transcurrir de los meses, sé que no tendré más remedio que gestionar un nuevo tiempo de amistad. Un tiempo del que al principio me costará habituarme, negando a mí mismo haber finalizado el anterior por aquello de que no quiero descontarme un amigo, mientras subsistiré perennemente en la incertidumbre de la pregunta: y ahora, ¿dónde quedamos?


FranciscoMolinaGómez
(Tiempo largo de amistad que hemos aprovechado, amigo José Luis. Pueda parecer que este tiempo haya transcurrido muy rápido percibiendo cierta insatisfacción de la vida; craso error de percepción: el tiempo transcurre siempre igual. Es nuestra torpeza la que lo pierde en asuntos fútiles en vez de amortizarlo en lo importante: Venturosa amistad para todos en el año nuevo: 2017... y en el siguiente... y en el otro...)





jueves, 1 de diciembre de 2016

EL CARBONERO QUE AMABA LA PINTURA










El Balcón de los Pintores: pintoresco rincón del Albaicín --Granada-- en el que un viejo balcón se encarama por encima del paisaje como si lo sobrevolara, y desde el que se domina toda la Alhambra (obra del pintor paisajista Tomás Martín Rebollo)


No sé porqué anidó siempre en mí, durante mi estancia en el orfanato, determinada querencia a interesarme por las personas al margen de lo estereotipado allí como normal; de mostrar cierta comprensión por los desahuciados dijéramos por alguna discapacidad física, a los que ya de entrada se les negaba la "normalidad" de integración en el grupo afín de edad, de crianza; vagando de aquí para allá; desconectados de la progresión educativa del resto de chicos. Dejando, por imposición, de ser sujetos de integración en el sistema establecido en aquel lugar como: corriente, estándar, uniforme, reglamentario..., en unos tiempos difíciles para los "diferentes".
Se les perdonaba ciertas extravagancias en la posterior condena, con el transcurrir del tiempo, de que su diferencia nos les haría hombres que se valieran por sí mismos el día de mañana; por lo que irremisiblemente serían siempre dependientes de la beneficencia, o de la caridad, o más bien de la compasión. Posiblemente aquella querencia mía obedeciera también a algunos de estos dos últimos sentimientos; no sé. Lo que si recuerdo es que surgía en mí cierto interés por relacionarme con ellos; quizás tuviera yo también en mi soledad interior un punto de extravagancia, espoleado, sin apenas apercibirme de mi carencia, por la ausencia afectiva reprimida, que me igualaba y que irremediablemente me acercaba a ellos; esgrimiendo su defensa ante los demás sin que me reconozca un quijote ni nada que se le parezca: primero miraba por mí cuando se trataba de guardarme las espaldas o el territorio conquistado en un lugar en el que si te dejabas avasallar eras "niño muerto".
Al principio siempre me aproximé a ellos, lo reconozco, con cierta prevención. Después fue la persona la que me fue conquistando, reflejándome en ellos como imagen en un espejo, de la que me gustaba lo que veía: eran excesivamente afectivos, y a sensu contrario solicitaban la misma o más afectividad de los que le rodeábamos. Ya he escrito sobre algunos: el Mudo, Rafael de las muletas...
No tengo ni que decir que, por el contrario, siempre había rechazado a los que mandaban, administraban, supervisaban, controlaban...; los taimados administradores, celadores y guardianes a los que denostaba, y de los que guardo un velado recuerdo que le he impuesto a mi memoria: personajes más que personas de vidas poco interesantes, anodinas, aburridas..., que no me han aportado algo válido en la vida. Todo lo contrario de lo que sí han hecho esas otras personas a las que sí me arrimaba en la oferta de una riqueza de matices que por desgracia sólo he sabido visualizar mejor en los recuerdos, al cabo del tiempo. La misma actitud de rechazo que he mantenido luego a lo largo de mi vida respecto de los que ahora  llaman "personas tóxicas". 
Después, al cabo de los años, reflexionando sobre todo aquello he descubierto que había en ellos cierta lúcida filosofía de vida --envidiable grandeza de saber sobrevivir en la adversidad de un contexto totalmente desfavorable; así como extremada y delicada dedicación a aquello que se le destinaba, poniendo toda la atención, todo el celo-- que les diferenciaba con ventaja de otros; e incluso en alguno de ellos percibí cierta sabiduría que los hacía aún más interesantes; incluso el añadido de un haber creativo como el caso del carbonero-pintor, desahuciado de la vida por pobre, persona ajena al ambiente del orfanato y al que conocí casualmente.








Ahora, a la vejez, a vuelta de todos los peligrosos recodos sobrevividos --pobreza, enfermedad, soledad...-- sólo le atenazaba un miedo: el de quedar desubicado definitivamente en el final del tiempo; el de no ser él mismo sino uno más en el anonimato, imitando a toda aquella caterva de gente cansada, de mirada anodina perdida en sus inaplazables asuntos, o hacia el televisor en lo alto de la repisa de un rincón del bar, mientras esperaban la llegada del tranvía para retornar a sus casas; mirándose de reojo; sin intercambiar ningún juicio, como mucho el relativo al frío o al calor; ninguna palabra, sólo interjecciones; ningún gesto que no fuera el cansancio de toda una jornada laboral; como si a los lados y detrás no hubiera nadie. Delante un deseo común: la necesidad de escapar a través de lo que parecía ser una única ventana al mundo, aunque fuera en negro más que en blanco. Una huida ficticia: ¿a qué mundo? Algunos --bastantes-- con las cabezas levantadas; casi sin parpadear. Aquello de ver la televisión era un buen ejercicio para no pensar, para abandonarse a las imágenes, comentarios y canciones, y así despreocuparse durante muchos minutos de los problemas acumulados durante el día; una prórroga en el hastío de la rutina diaria de una dictadura, dejándose llevar todos por la acariciante voz del locutor Raúl Matas en el largo magazín televisivo de la tarde-noche, dando paso a la no menos cálida, aunque más fresca y nueva de la cantautora Cecilia: "Mi querida España / esta España viva / esta España muerta...", sonando distinta después de la censura: "Mi querida España / esta España mía / esta España nuestra / De tu santa siesta / ahora te despiertan / versos de poetas / ¿Dónde están tus ojos / ¿dónde están tus manos? / ¿dónde tu cabeza?...".

Quería seguir existiendo, aún cuando ya portaba una pesada carga, he hizo nido: ubicó para siempre sus largas jornadas de mísero retiro de una vida sólo y muy pobre en el solitario rincón, debajo mismo del televisor mirando de frente, por contra, a toda aquella gente que en grupo homogéneo imitaban las mismas miradas vacías en alto, y para los que, seguramente, siempre había sido invisible. Ahora era él el que les descubría a ellos, auténticos invisibles, escrutando desde su posición contraria sus reprimidas emociones, sus prolongados silencios, sobre los que sólo se oía el murmullo al otro lado del bar con el trajinar de los camareros, y, sobrevolando por encima de su cabeza, la melódica voz de Cecilia en la imposición de la censura: "Mi querida España / esta España mía / esta España nuestra..."; de lo que en realidad quería decir: "Mi querida España / esta España en dudas / esta España cierta / De las alas quietas / de las vendas negras / sobre carne abierta / ¿Quién pasó tu hambre? / ¿quién bebió tu sangre? / cuando estaba seca..."; y en las miradas desviadas aunque fueran sólo unos segundos, por contraposición, empezó a ser visible para los otros.

Y para mí también que, a la misma hora, me unía con devoción al grupo de televidentes en los días de cambio; de final de etapa; del inicio de recientes proyectos cara a una rápida salida profesional: al principio de la década de los setenta me inicié en el oficio de opositor a la administración pública. Ahora al final del día, después de clase, transitaba por la ciudad en solitario sin más compañía que mis desgastados libros, hasta alcanzar la parada de tranvías frente al bar Humilladero, cerca del río Genil, a la entrada a Granada por su viejo puente de piedra. A esas horas también, después de una jornada de clases como aprendiz de pintor, Miguel Puentes un compañero de internado --fuimos varios los que, ante la devoción de Miguel Puentes por la creación pictórica, apostamos ante don Ángel, su maestro de estudios, por su ingreso en la Escuela de Arte y Oficios de Granada, a donde, concedida ya tal gracia, acudía por las tardes a clases de dibujo y pintura, y a cuyo término, a la noche, coincidíamos en el bar-- apurábamos en el entretenimiento de la televisión los últimos instantes del día en semilibertad vigilada, esperando la llegada del tranvía que nos retornaría al orfanato en Armilla, en un ir de viaje que en muchas ocasiones deseé, por entonces, que no acabara.

Su andar pausado, metálico, me reconfortaba, me hacía soñar en otro lugar más libre; en otro tiempo más amable; en un ilusionante futuro que se resistía en llegar; con sólo el consuelo, ahora, de un imaginario inédito recorrido sin fin; confundiendo tiempo y espacio en una misma cosa; conjugando el tiempo presente consciente de mis traumas y mis miedos --posiblemente los mismos que los de mi compañero de viaje--; sintiéndolos ambos. Me perturbaba el final del trayecto, el despertar del sueño en los alargados pabellones donde nos esperaban aquellos celadores y una cena muy fría. Había llegado al convencimiento de sentirme más acompañado en la soledad buscada que en la convivencia con mucha gente impuesta. Durante mucho tiempo deseé quedar varado en mitad de la vega, absorto en mis pensamientos; desvanecerme en mis numerosas cuitas. Otras veces suspiré perderme en un viaje hasta los confines del camino de hierro que nunca había visitado, y que siempre había imaginado como algo muy lejano; lo suficiente para olvidar los límites que cercaban mi existencia, reconfortándome durante el corto viaje en tales pensamientos. Sólo deseos que de principio empezaban a esfumarse en la realidad de aquel bar.

En los recesos del largo magazín recuerdo a un Miguel Puentes ilusionado, hablando sin parar de aquel esperanzado momento de su vida... feliz, mostrándome lo que hacía cada día. Tan enfrascados estábamos en las reflexiones artísticas que al principio no nos apercibíamos que desde hacía tiempo éramos observados por un extraño sujeto: un hombre ya algo mayor, extremadamente delgado hasta la consumación en sus continuas toses. Al cabo de un tiempo ya sentíamos como día a día nos miraba atentamente desde su refugio urbano: debajo del televisor que en alto dominaba el espacio del bar; solitario rincón desde el que veía pasar los hechos intrascendentes de la gente corriente; gente como él; como los camareros de mandiles blancos con lamparones; como los obreros de fiambrera de mimbre y tabaco negro; como los jóvenes estudiantes, desertores de la labranza y del campo...; como nosotros dos; y en el que refugiaba su vida pobre, trabajada hasta los últimos días. Sitio hecho lugar ya de muchas largas y tediosas tardes-noches de soledad ante un eterno café, ya frío... muy frío, demorando los sorbos en el tiempo; en un tiempo del que ya no se espera nada para uno mismo, simplemente poder reconocerte en la condición humana; poder observar y regocijarte con tus congéneres, y con suerte poder hablar con algunos de ellos.

Una noche se excusó de la intromisión en nuestra conversación, presentándose como el carbonero-pintor, e invitándonos  a ambos a un café que gustosamente aceptamos. A partir de aquel día, y durante casi seis meses, inauguramos a diario una tertulia a tres de la exposición de los trabajos de aquel alumno obsesionado con ser pintor, de mi experiencia como artista autodidacta, y de la vivencia que --confesaba su práctica desde muy joven-- había sido realmente la devoción de aquel carbonero: pintor de cuadros; ajenos los tres, desde entonces,  a la voz de Raúl Matas, el locutor del magazín de la tarde que se prolongaba hasta bien entrada la temprana noche de otoño-invierno; cara amable en el descrédito --aunque entonces no nos apercibiéramos-- de una televisión única, amañada; al fin y al cabo cómplice de la tergiversación de la letra de la canción da la cantautora: "Mi querida España / esta España mía / esta España nuestra...", que escondía la otra: "Mi querida España / esta España blanca / esta España negra / Pueblo de palabra / y de piel amarga / Dulce tu promesa / quiero ser tu tierra / quiero ser tu hierba / cuando yo me muera...". 

Ajeno tal vez, nuestro contertuliano, a la voz del locutor, sin embargo no lo era a la trágica semblanza de país, escondida por la censura en la otra letra. Esa había sido, y seguía siendo, en la congoja de su relato: su particular encrucijada espacial y temporal. Como muchos otros vivió el horror de la sinrazón de un país, y las penurias a las que avocó aquel espanto, y quedó atrapado sin poder alzar el vuelo, con las "alas quietas" atenazadas por el miedo y la pobreza que le predestinó desde muy joven --según nos fue contando-- al penoso y esforzado acarreo y reparto de carbón por numerosas viviendas de la ciudad, echándose a sus espaldas los pesados sacos del negro combustible, por cuyo penoso trabajo sólo pudo malvivir, prolongándose su miseria toda una vida, incluso cuando, pasados muchos años, se hizo cargo de la carbonería (cuando ya el gas butano le había ganado la partida al carbón), cuyo rédito más logrado fueron las "vendas negras" como alquitrán que se le fueron adhiriendo, con el tiempo trajinando entre el carbón, en los pulmones, oprimiéndolos, y que ahora le obstruían los bronquios haciéndole insufrible la respiración; mal crónico del que sólo se defendía tosiendo compulsiva e intermitentemente, aliviándolo en la compañía buscada y deseada de dos "pobres diablos", delante de unos cafés que no se acababan nunca, intentando descifrar con los vidriosos ojos rojizos --"¿Dónde están tus ojos?"-- por efecto de su exposición continuada al polvillo negro, aquellos posos que dibujaban formas oscuras en el fondo de la taza; ensimismado unos segundos en la interpretación de alguna premonición que sólo el presentía.

Era en su "carne abierta" la respuesta: "¿Quién pasó tu hambre?, ¿quién bebió tu sangre?, cuando estabas seca"... y nos mostró sus manos acartonadas y callosas --"¿Dónde están tus manos?"-- en las que prodigaban las durezas colonizando toda la piel, lo que no impedía que a la vez fueran estilizadas y sensibles cuando con un pincel imaginario en una de ellas pintaba de colores el aire, en un ejercicio de maestro, entusiasmado con el ficticio pincel saturado de pintura ante un supuesto lienzo blanco desentrañando sombras, descubriéndonos la excelencia de los más nimios matices, refiriéndonos --con su hablar pausados por las toses-- la odisea de la progresión del cuadro como un viaje fascinante de la vida --aquella de la que solo le salvó el arte; su religión-- a lomos del magisterio inmensurable de la naturaleza que le descubrió --y por ende nos transmitió a los dos-- la mística del acto creativo al querer atrapar el tiempo eterno de aquella; así como que en su trance ocurrían "cosas", pues como apostillaba sobre el final de sus obras: entre dos colores caben infinitos colores; entre dos instantes devienen infinitos instantes; y entre dos sucesos se suceden infinitos sucesos. Creo que al final venía a decir que entre sus dos "yo" había infinitos vacíos. ¡Entonces?... semejante pasión, semejante entusiasmo; aquella efusión, aquel calor; ese ímpetu, esa fogosidad --"¿Dónde tu cabeza?-- desmentían que los hados de su existencia, que anduvieron escasos de serle propicios en los afectos y en la riqueza, le fueran desfavorables al procurarle esos únicos y privilegiados momentos en que el ser humano trasciende la sustancia: de animal racional a creador. En definitiva era en su exaltación y apasionamiento que mostraba pese a su enfermedad de los más sutiles detalles, en las infinitas mezclas de colores, con los que nos sorprendió un día hablando con entusiasmo de un paraje singular en el Albaicín que había pintado hacía ya bastante tiempo: el Balcón de los Pintores, inmensamente rico. 

Y en la necesidad de contar aquella experiencia estética se humedecía intermitentemente los labios, como si el fuego de su interior los resecara... y se explayaba... y ahora hago legado de su relato: Subió al Albaicín a pintarlo durante todo un verano, comprobando de cerca el color que la luz variable a lo largo del día reflejaba distinto en aquellas añejas paredes; desgastadas por el tiempo y la humedad; degradados encalados que dejaban ver, a trozos, sus entrañas color ocre de los viejos ladrillos; conforme ascendía con sus bártulos de pintar arrastrando su melancolía, como catarsis de un nuevo ser que renaciera de sus miserias cada día, por el irregular y empinado empedrado del que sobresalían algunos poyetes para el descanso, la reflexión y el apunte a carboncillo del mundo que le rodeaba, visiblemente pasado de ruina pero milagrosamente en pie --creo que aludía a aquella obstinación de las casas aferrándose al terreno, al mismo desespero que experimentó siempre por sujetarse a la vida, a sobrevivir pese a lo vivido; a pesar de su melancolía--; prosiguiendo más tarde su ruta hasta llegar cada mañana al lugar donde la magia de un balcón no sólo impregnaba el paisaje sino también le envolvía su ánimo, siempre el mismo: casi sin respirar, maravillado sin atreverse a articular palabra, buscando la luz más favorable en la que aquella atalaya enseñoreara su realeza sobre el sitio. Después al cabo de varios días, una vez tuvo encajado el dibujo, esparció en la paleta un muestrario suficiente desde colores fríos a cálidos, que ordenó como degradado de acontecimientos que se producirían inevitablemente en la tela blanca, inmaculada, rompiendo ese primer temor atávico al vacío; y en un difícil ejercicio de extrapolación por descifrar sus códigos y sus claves, empezó por el fondo donde el cielo y el paisaje de tierra se difuminan en suaves colores planos... después los medios, donde empieza a trabajar la luz moldeando la materia... y por último los más cercanos de los detalles; siendo cada pincelada distinta de las otras; cada instante de recreación único; cada suceso irrepetible. Siempre estimé que en la revelación de sus secretos halló posiblemente el ungüento que curaba su herida y que generosamente nos lo regalaba.

Otra vez ocurrió: la misma prevención de siempre... las mismas dudas. Y es que nosotros no éramos nosotros: nos habían moldeado al antojo de otros y ya éramos irremisiblemente seres con muchas carencias y complejos: retraídos, esquivos, tímidos...; frágiles, creyéndonos a merced de cualquier filibustero...; con muchos miedos que inevitablemente se acentuaron un día en la rareza de aquellas circunstancias.

La tarde-noche --último día de clases antes de las vacaciones de Semana Santa-- en la que Miguel Puentes no se presentó a la cita diaria, viví una extraña situación coincidiendo con la invitación del carbonero-pintor de mostrarme su obra pictórica que guardaba en la carbonería que, según nos había dicho, no distaba mucho del bar. Cruzamos algunas estrechas calles transversales a la Carrera de la Virgen hasta detenernos en un portón antiguo de madera, algo desvencijado, que cerraba un bajo con apenas algunos huecos al exterior, inservibles a aquellas horas de la noche: el local, una antigua carbonería, no tenía luz eléctrica. Yo iba delante cauteloso, mirando el suelo muy negro de un largo pasillo, que liberaban a los lados dos montones apilados de negro carbón, tanteando los pasos a la luz de una potente linterna que desde atrás me iluminaba, y que portaba mi anfitrión, al que sólo se le oía su pertinaz tos. Me sentía acojonado por situación tan oscura y extraña, y, a la vez, arrepentido de haber aceptado su ofrecimiento, fabulando en mi pánico un inesperado ataque por las espaldas e imaginando ya la escondida reseña necrológica en el apartadillo de algún  periódico... y que duró hasta que unos instantes después el foco de la linterna  iluminó el lienzo que se apoyaba en pedestal de obra, acentuando aquella altura en la envolvente de la oscuridad  que un Balcón pareciera levitar  realmente de entre la edificación; momentos en los que suspiré para adentro, y me relajé algo  oyendo las explicaciones de su autor en la complacencia de la pintura... aunque no prestando atención del todo: apremiándole seguidamente a marchar de allí argumentando la urgencia de  no perder el tranvía. No me entretuvo más y me acompañó amablemente, pisando ambos el potente chorro de luz de la linterna sobre el ennegrecido suelo, hasta la puerta; despidiéndonos en el momento que lancé un profundo suspiro. Él permaneció en el vano abierto viéndome marchar, como demorando introducirse dentro, insistiendo en su despedida con gestos de la mano hasta que lo perdí de vista. Ya no lo vi más.

A la vuelta de las cortas vacaciones de Semana Santa no le encontramos en su perpetuo rincón --¡qué extraño!--.  Esperé los días siguientes, deseando verle aparecer para poder excusarme de mis prisas del último día, ansiando quedar con él, en el advenimiento del buen tiempo y con luz natural, para que me mostrara toda su obra creativa que guardaba en difíciles condiciones en la carbonería. Ver el rincón vacío me produjo cierta desazón que se fue convirtiendo en desconcierto en la persistente desaparición de los días sucesivos... ¿qué habrá pasado?, nos preguntábamos Miguel Puentes y yo... sin obtener respuesta cierta. Entonces me acordé de aquella última noche..., tal vez presintiendo su final próximo, quería compartir con alguien de confianza su más lograda experiencia plástica: la plasmación al óleo de un antiguo balcón que se asomaba al paisaje en difícil equilibrio sobre viejos muros encalados, y que era punto obligado para contemplación y trascripción al lienzo o al papel grueso de cualquier artista local que se preciara de la época, aunque no fueran aquellas las mejores condiciones para su disfrute...; no sé.

Ya no se presentó más a las citas, y en mi mente ha quedado grabado un rostro de ojos hundidos en la profundidad de sus órbitas, los que proyectaban en la vidriosa mirada un permanente poso de esperanza ; y el sonido de una voz ligeramente agrietada, velada por el carraspeo constante de algún mal pulmonar, por donde, seguramente, se le escapaba la vida; una vida que ciertamente sólo había redimido el arte... al que se aferraba... o más bien --en pasado-- se aferró hasta su final en el mismo lugar del que jamás había salido --"Quiero ser tu tierra, quiero ser tu yerba, cuando yo me muera"--. Nunca lo supe ciertamente.

Entonces en su prolongada ausencia, los dos "pobres diablos" acusamos, aún más, nuestra ya crónica soledad.




FranciscoMolinaGómez
(Estoy en deuda con toda esa gente... que me enseñó a ser fuerte en la adversidad... que me transmitió esa filosofía de subsistencia que practico: en el río de la vida no hay que nadar contra corriente, es imprudente y te puedes ahogar; por el contrario hay que dejarse llevar por ella, acompañando su fluir hasta alcanzar algún remanso en sus márgenes. Gracias por todo carbonero-pintor, y disculpas por aquel momento de desconfianza pues nosotros no éramos nosotros...)
      




miércoles, 2 de noviembre de 2016

DE LA MILI (I): LA LLEGADA










Vista aérea de los edificios-pabellones del campamento militar de Campo Soto en San Fernando, provincia de Cádiz. Ha sido emocionante poder ubicarme de nuevo en formación frente al edificio de cubierta plana: Doce Compañía --de los tres el más próximo al bosque de eucaliptos que se orillaba con la marisma gaditana--. Un lujo a la vista de los degradados barracones de otras Compañías


En la tibia mañana del otoño de mil novecientos setenta y cuatro --domingo--, deambulaba por la zona de Legazpi en Madrid, sin más intención que la de ir descubriendo esta metrópolis a la que había llegado un mes antes, justo cuando se estremeció con el último atentado terrorista en la calle Correo --explosión que oí al hallarme muy cerca del lugar--, y que empezaba a mostrar, en el latir normal de sus habitantes, cierta preocupación por el incierto futuro de un Régimen que apuntaba el declive y una crisis económica que empezaba a minar los años del desarrollismo; imaginando que de golpe y porrazo me iba a topar con Agustín, un antiguo compañero de orfanato que andaba por allí; y aunque aquel suceso suponía una probabilidad remotísima seguía persistiendo en mi premonición, observando con atención la gente transeúnte, cuando en la acera de enfrente me pareció descubrirle, al principio dudando: Parece Agustín; y después, confirmando el reconocimiento crucé rápidamente la calle a fin de no perderle de vista. Efectivamente era él. Nos saludamos efusivamente, y yo le referí sorprendido hecho tan casual.
Irremediablemente estábamos destinados a encontrarnos cíclicamente cada cierto tiempo. Para no dejar al azar los próximos encuentros le di la dirección de la pensión donde me hospedaba, a donde tres meses después acudió a despedirse para incorporarse al servicio militar.
Bajamos a la calle e inmediatamente el intenso frío de enero nos invadió hasta adherirse en los abrigos y pertrechos que nos protegían de los rigores de la noche, durante el trayecto hasta alcanzar el suburbano en la glorieta de Bilbao, en uno de cuyos frentes ocupado por el café Comercial --de gran solera hasta hace poco tiempo en Madrid-- aún nos permitimos el lujo de hacer una parada para tomar un delicioso torrefacto, sentados amigablemente en uno de los antiguos veladores de mármol, servidos por añejos camareros de pajarita negra y delantal blanco; a pesar de horas tan intempestivas, donde en la conversación, entre otras cosas, me refirió su destino: Me ha tocado el campamento de Campo Soto; mañana marchó para allá.
Se nos hacía muy tarde y le acompañé hasta el Metropolitano en cuya boca del túnel le despedí: ¡Suerte en la mili! 
El denso vaho de vapor blanco se mantuvo en cada respiración de mi aliento de vuelta a la pensión. La segunda  mitad de la década de los setenta se había iniciado con un duro invierno y yo estaba sólo, desubicado, perdido en una inmensa ciudad a la que apenas había comenzado a conocer, pero que ya me fascinaba.
Poco tiempo después emprendí el mismo viaje, con el mismo destino, acordándome de él.  










Seis meses más tarde del encuentro, otra sensación de desubicación: la de una nueva etapa, en una ciudad conocida y con fondo de un estupendo día de principios de verano, me embargaba recorriendo en irreconocible pelotón, todavía vestidos de paisano pero ya regidos por las ordenanzas militares, de las que algunos artículos --los que nos afectaban directamente-- nos había leído en el patio del Ayuntamiento de Granada, y en alta voz, un joven teniente del ejército de tierra, que de riguroso uniforme, con todos sus aditamentos de guerra, comandaba ahora el conato de formación: jóvenes de la capital y de los pueblos de la provincia de distinta formación y procedencia social apurando los últimos momentos en semilibertad, contándonos --sin haber sido presentados-- chascarrillos que habíamos oído sobre la mili; oteando entre la heterogénea masa humana por si reconocíamos alguna cara conocida, deseando que así fuera; escondiendo en las bromas improvisadas los primeros miedos de la nueva situación: la incertidumbre del futuro más inmediato que se nos reflejaba en la cara, y que nos descubrían con sus irónicas sonrisas algunos transeúntes con los que nos cruzamos, petates al hombro, en el itinerario por el centro urbano desde la plaza del Carmen hasta la estación de trenes de Renfe en la avenida de Calvo Sotelo (hoy de la Constitución).
 
Después de una larga espera llegó nuestro tren del que bajaron varios policías militares. Fuimos ocupando los vagones que se habían habilitado al efecto para nuestro traslado hasta el Centro de Instrucción de reclutas número Dieciséis en Campo Soto --nuestros destinos se cruzaban de nuevo, querido Agustín--, previo listado de los nombres con los que aún nos reconocíamos; antes de ser un número, perteneciente a una compañía, encuadrada en un batallón; a cuya llamada del mando militar respondíamos torpemente, intentando vanamente que se oyera grave el ¡¡presente!!, y saliendo de la formación para incorporarnos a los vagones que eran diferentes del resto del convoy: aparatosos armatostes metálicos de un gris verdoso oscuro.
 
A partir de entonces todos nuestros actos estuvieron presididos por la misma formalidad, el siempre repetido e insoportable rito de alinearse con los demás antes de comenzar cualquier actividad durante los dieciséis meses que duró el servicio militar; sentimientos que algunos estaban próximos a experimentar por primera vez. Otros nos habíamos doctorado en esta materia en los internados --¡¡¡A cubrirse... firmes!!!--, en donde ya desde muy pequeños nos impusieron cierta disciplina parecida; ¿verdad amigo Agustín?
 
La prueba del nueve de que habíamos perdido nuestra condición de civil; de negársenos la suerte de ser tratados como ciudadanos normales, a los que se les suponían unos derechos cuando viajaban, era evidente con la constatación de que los vehículos tenían más aforo que el permitido. Saturación de materia humana que ocupábamos --la mitad de pie y la otra mitad sentados-- aquellos vagones de tercera. Era una señal más de la dureza de la vida que nos esperaba; aún cuando, no queriendo ser consciente de ello, persistíamos en nuestras ruidosas conversaciones y exageradas risas en los corrillos de los chistosos; momentos álgidos de decibelios que intentaba apaciguar el teniente --se había quedado en el mismo vagón en el que viajaba yo-- que mostraba una jerarquizada distancia hacia nosotros sin querer empatizar con la futura tropa; revelando, en sus gestos de hartazgo, cierta ansiedad por acabar sin novedad, y cuanto antes, su misión de trasladar sana y salva aquella masa humana de la que era responsable hasta el final marcado en su ruta.
 
Pero aquel día fue muy largo pues transcurrió lento, lentísimo como la marcha del tren, que discurría por la línea férrea del interior de la región, dejando atrás las primeras estaciones de Loja y Antequera, en una mañana aún soportable pero que ya apuntaba un día caluroso, con destino hacia tierras sevillanas --aún lejanas-- en donde desviaríamos hasta San Fernando en Cádiz. Desde el asiento que en suerte me había correspondido --ajeno al ruidoso ambiente-- con el fondo del paisaje de la sierra antequerana, me complacía en reconfortantes pensamientos: el haber llegado a aquel crítico momento con los deberes hechos --a muchos les supuso una brusca ruptura, dejando temporalmente en el tintero objetivos de vida--: tenía un trabajo que retomaría a mi vuelta de la mili, y una novia que me estaba esperando en Salobreña (localidad de la costa granadina) en el todavía lejano permiso de la jura de bandera.
 
Absorto durante horas en aquel estado de ensoñación de venturado futuro, como si el niño y el adolescente --más bien prematuro adulto-- que llevaba dentro despertaran aliviados de una pesadilla; alegrándose ambos de que el pasado hubiera sido un mal sueño que se diluía en el vasto espacio del campo abierto, sin ser consciente del paso de las horas, ni del abrupto cambio del paisaje, pues seguí abandonándome al monótono traqueteo de las ruedas metálicas sobre las vías; perdida la mirada, ahora, en el desolador horizonte que se prodigaba de reseca retama en la que había mutado el verde panorama de las últimas estribaciones de la sierra malagueña.
 
El agudo chirriar del frenado de las ruedas, me hizo volver a la realidad menos halagüeña. El tren se había detenido. A los vaivenes acompañados de ruidos metálicos --como de golpes en el desenganche del vagón--, siguió una extraña quietud, y a ésta un profundo silencio sobre el que destacó la voz del teniente advirtiendo de que nadie bajara del tren. No dijo nada más, dejándonos en la incertidumbre de lo que debiera acontecer a partir de entonces, permaneciendo parados a merced de la hostilidad del lugar y de la climatología.
 
Las condiciones adversas del éxodo forzoso eran todo un despropósito propio de aquella dictadura militar que, si bien en los estertores de su final --o quizás por eso--, aún mantenía intacta, sin que los cambios fueran claramente perceptibles, todos los ritos, ceremonias, costumbres, y rutinas --prácticas siempre plagadas de abusos de autoridad-- que el mundo castrense había acumulado a lo largo de muchas generaciones de mozos, que desde el final de la guerra hasta aquellos días habían sido llamados a filas; y eran ahora obligado referente para los que nos incorporábamos en ese momento; en el ecuador de la década de los setenta. Eran las leyendas de la mili: ¿quién no había oído hablar de los traslados de reclutas hacinados como si fuese ganado?
 
La odisea de aquel viaje tuvo su punto culminante más disparatado en el preciso instante, apartados los vagones en un apeadero del camino de hierro que discurría por la seca estepa sevillana --con los rayos de sol asolando de calor un terreno que era ya una continua flama-- con los vagones desenganchados, dejándonos varados a nuestra suerte y desguarnecidos del inclemente astro que brillaba con un fuego, jamás visto, que hizo de las chapas de los coches detenidos auténticas planchas solares, reverberando el insoportable calor hacia el interior durante varias horas, las más implacables de aquel día de julio: las del mediodía y siguientes, con la radiación solar cayendo plomiza sobre el desierto páramo. Ello no fue óbice para que al poco tiempo, y por el lado en el que los vehículos proyectaban su ardiente sombra, aparecieran --como surgidos de la nada-- toda una legión de proveedores de víveres y bebidas; perfectamente organizados, dispuestos a vendernos todas las existencias, en dura pugna entre nosotros por acaparar el máximo de comestibles y de líquidos refrescantes, sobre todo agua, la que no sólo ingeríamos sino, también, derramamos sobre nuestras férvidas cabezas, escurriendo sobre los torsos desnudos (últimas voluntades de condenados que nos concedió el teniente en un rasgo de humanidad), aliviando el insoportable calor. Gracia que no pudo aplicarse a sí mismo, pues embutido en el rígido uniforme --con la gorra de plato en la mano como único desahogo-- era una fábrica de producir sudor que le brotaba por la frente y le rezumaba por el cuello. 
 
Empezaba a declinar la tarde cuando nos engancharon de nuevo a la máquina, agradeciendo el golpe de aire --menos caliente-- que entraba en el vagón debido a la marcha. No recuerdo la llegada a la estación de San Fernando, ni el medio de transporte (autobús, camiones militares, o marchando a pie) que nos llevó hasta la garita de control y la puerta de entrada del centro de instrucción; único hueco que rompía la continuidad de la alta tapia que, a intervalos, pintaba de un blanco sucio en los puntos en los que los focos de luz la iluminaban en la noche. Estábamos en el límite de otro mundo, y que nos cambiaría la vida por un tiempo, próximos a ingresar. Otra vez, amigo Agustín --pensé--, repetíamos la historia.

No sé si tú, querido compañero, sentiste lo mismo que yo al franquear las puertas del mismo recinto a donde nos llevaron a los dos, pues en cuanto puse el pie en el campamento descubrí en aquel nuevo internamiento algo de similitud con el lejano día que me ingresaron en el orfanato; si bien aquí la conciencia de la reclusión era una reflexión matizada por las experiencias vividas, y el adulto en que me había convertido. Palpé en mi ánimo de novato el miedo y la resignación que había visto, durante muchos años, en las caras de los nuevos huérfanos que ingresaban en los pabellones, sometidos a las contingencias adversas de las bromas y escarnios de los internos más antiguos; como los que nos zaherían ahora los soldados veteranos destinados en el campamento desde que franqueamos la barrera de entrada: ¡¡Bichos!!..., sois la última mierda de este campamento..., ¡¡billejos!!!, os queda más mili que al palo de la bandera...

Inmediatamente sin esperar al día, bajo la luz amarillenta de los focos que iluminaba la escena en la noche, nos asignaron compañía. Rápidamente formé con la mía: la Doce..., y empezaron los primeros gritos hacia el grupo, las primeras órdenes a voces, los primeros empujones, las primeras descalificaciones colectivas e individuales: ¡¡A cubrirse!!..., ¡¡firmes!!..., todos a la vez ¡coño!..., es que estáis apollardados, ¡o que os pasa!..., tú, ¡tontoelculo! a ver si te enteras..., tú ¡pedazo manteca!, si tú el gordo, o espabilas o te vas a quedar aquí toda la vida. Más tarde, sin perder el orden de la formación por compañías, ingerimos la primera incomestible cena en el amplio comedor en donde rápidamente nos impregnamos del olor a rancho cuartelero del que sólo nos sacudimos cuando tres meses después abandonamos el establecimiento militar. Y algo después la misma visión de antaño en la primera noche en la compañía, otra vez la reconocible secuencia de literas-camas, ocupando el alargado dormitorio; unas muy juntas a las otras, sin intimidad --el pudor, el recato y la vergüenza era, según los que ahora regían nuestra vida, mojigatería de maricones, y había que aparcarlos fuera del campamento--, dejándonos caer literalmente sobre el colchón, aún sin sábanas; extenuados pero en duermevela pendientes de las novatadas de los veteranos, rindiendo al cansancio un sueño sobresaltado muy de madrugada con el primer toque de diana.

Aún cuando me costaba aceptar que me habían encerrado allí en contra de mi voluntad, no por ello dejé de congraciarme desde el primer momento --¡qué remedio!-- con aquel entorno, con su ambiente militar, y con aquellos nuevos compañeros de viaje, que sin haberlo pedido --al igual que me sucediera en el orfanato--, se cruzaban ahora por mi vida.


FranciscoMolinaGómez
(continuará)