miércoles, 15 de octubre de 2014

CINCUENTENARIO DE CARTÓN-PIEDRA











Ahora, más de veinte años después, sumidos en una profunda crisis de valores éticos --donde unos pocos con su codicia han empobrecido a muchos-- y estéticos --donde se aplaude a rabiar la zafiedad del mediocre y el necio buenismo de los estúpidos contemporáneos--, con la capacidad de análisis que da distanciarse de los acontecimientos y de las perversas ideologías excluyentes, compruebo con estupor que lo peor que padecemos ahora en este país --profunda y prolongada crisis económica-- tuvo su paradigma contrario en una fabulosa fiesta para la que no reparamos en gastos, aunque para sufragarla tuviéramos que inventar una nueva moneda --el vellón-- y estar muchos años después pagando aquellos dispendios, sin apercibirnos entonces --o sin querer apercibirnos-- que el delirio del pobre sale muy caro.
Fiesta a la que estábamos todos invitados; eso sí, siempre que estuviéramos dispuestos a dejarnos en la ciudad bética --Sevilla-- y en su recinto sagrado por aquellos días --Isla de la Cartuja-- el jornal de un mes y parte del siguiente; pagando doblemente la fiesta.
Sumergidos en aquella histeria colectiva de nuevos ricos, no queriendo dejar pasar la oportunidad histórica de asistir a evento tan importante: Exposición Universal en el año del Cincuentenario del Descubrimiento de América --¡casi ná! nos dispusimos Teresa y yo a viajar aquel octubre de mil novecientos noventa y dos hacia la región del sur, que ya era virreinato del "clan de los sevillanos" --o "clan de la tortilla"-- en un novedoso tren de alta velocidad --AVE-- cuya primera línea: Madrid-Sevilla se había inaugurado para el gran acontecimiento.











El colectivo de viajeros excursionistas del Ministerio éramos fácilmente reconocibles en cuánto nos concentramos en la puerta de embarque del tren de alta velocidad en la estación de Atocha de Madrid, y que aquella tarde nos llevaría hasta Sevilla. Y no es que nos hubieran marcado con una cruz; es que dicha señal la llevan invisiblemente grabada en la frente algunos empleados de lo público, hablando a voz en grito de que están en tal Área del Ministerio, en el que ejercen la jefatura de cual Sección, para que la gente lo escuche alto, para que se enteren que es un privilegiado trabajador fijo --eficiente, por supuesto--; ocupación profesional a la que ahora daba una "merecida" pausa --el descanso del guerrero-- aquél espécimen de funcionario-excursionista, ya en la cincuentena, de mediana estatura y complexión fuerte, mostrándose nervioso sin dejar de resoplar en la fila de espera del embarque al tren, con ese bufido de los cabestros antes del salir a la plaza. Actitud que mantuvo durante el viaje --rá-ca, rá-ca, rá-ca-- muy cerca de los asientos que ocupábamos mi mujer Teresa y yo.



En su verborrea contó a todos los que ocupábamos el coche --su garganta-altavoz no daba otra opción--, y con todo lujo de detalle, la singularidad del futuro alojamiento durante unos días de aquel colectivo de agraciados: unos pequeños bungalows de madera que el Ministerio había construído temporalmente cerca del Guadalquivir y que alguien del Negociado de su Sección ya le había relatado de un anterior viaje-excursión a la Expo: ¡Jájájá!... nos vamos al campamento, como en la mili... ¡¡Tararí!!, ¡quinto levanta tira de la manta que viene el capitán con un peazo pan!... cuando yo hice la mili...blá, blá, blá... Demasiado tarde, eran los últimos días de la Exposición y no íbamos a renunciar a ella con tan asequible alojamiento por no aguantar las desabridas gracietas, los desafinados canturreos y las insufribles experiencias vitales de aquel "cabestro" con el que de forma intermitente nos íbamos a cruzar aquellos días.

La extraña visión, ya de noche cuando llegamos al lugar, de un montón de cajas de madera numeradas --unas contiguas a otras, formando calles-- flotando en un mar de grava blanca, nos produjo cierta hilaridad a Teresa y a mí: ¡Dios santo!, ¡qué es esto!... ¡Jájájá! Dejamos el equipaje en el bungalow asignado, nos aseamos y salimos escopeteados hacia lo que ya suponíamos sería una ciudad mágica; y en verdad no nos defraudó: ¡Jóder!, esto es otro mundo, ¡es un sueño!... ¡qué pasada!; todos los calificativos que proferíamos se quedaban cortos ante la visión de lo que se nos mostraba: un espectáculo de otra galaxia, plagado de extraños edificios tecnológicos de tensados cables y arriesgadas estructuras desafiando las leyes del equilibrio por entre los que se prodigaban todo tipo de artefactos de la historia de los viajes de la era moderna y contemporánea, y que resaltaban fantasmales a la luz de los potentes focos sobre el negro puro de la noche sevillana; negrura de fondo a la que ponía calor, como en un país de ilusión, las luces de todos los colores imaginables que refulgían desde los edificios, desde las amplias avenidas donde, aún de noche, los árboles lucían verdes... fantasías que se reflejaban en las alegres y felices caras de los visitantes... muchas gentes... gentes de todos los sitios del mundo.



Al borde del lago, donde nos sirvieron una deliciosa y muy cara cena, brindamos por aquella oportunidad tan extraordinaria; contemplando durante la extensa velada nocturna todo aquel novedoso firmamento de luces estáticas o las otras en movimiento dejando un reguero brillante: la del tren monorrail que levitaba sobre nuestras cabezas y las de la barcaza que surcaba el lago artificial a cuya rutilante cubierta viajaban también algunos visitantes; descubriendo, a ratos, las siluetas de los edificios que se reflejaban, con seductores brillos, en las aguas de la otra orilla, destacando muy brillante el Pabellón de España; y todo ello mientras degustábamos las ricas viandas que atentos camareros iban colocando en la mesa, a la que se asomaba, indiscreto desde su prolongada altura, uno de aquellos artefactos viajeros de la era electrónica: la impresionante maqueta a gran tamaño del cohete espacial Apolo XI... todo era irreal... todo era fiesta... todo era alegría..., pero aquel mundo ilusorio, como todo lo mundano, tenía hora de cierre: a las tres de la madrugada se fueron apagando los focos, la música fue callando y un telón oscuro se cernió sobre el recinto ferial; eran los últimos días de feria y la fiesta se tomaba una pausa más, la que aprovechamos nosotros para ir a descansar en nuestra reciente casita de madera.

Posando delante del Pabellón de España la misma noche de nuestra llegada

Coger un taxi con todos los visitantes saliendo a la vez constituyó una epopeya en forma de interminable cola de gente en la que esperamos más de una hora hasta que, por turno, agradecimos las chirigotas sevillanas que salían de la boca del conductor sin dejar de sonreír de oreja a oreja; amabilidad que más tarde entendimos llevaba el impuesto de la propina forzosa, al sorprendernos la actitud remolona del taxista a devolvernos el sobrante del pago de la carrera desde el recinto al poblado de bungalows --le habíamos entregado cinco mil pesetas--; el que seguía con las mismas chirigotas y la misma sonrisa sin soltar la guita: ¡Eh, jefe!, dénos la vuelta que tenemos mucho sueño...: ¡Ah, perdón!... Aquello nos previno de que al hilo de todo aquel montaje, se habían agregado toda una patulea de nativos que ofrecían servicios en busca de los pardillos visitantes: ¡Oye!, no te parece que el taxista ha tardado mucho en recorrer este distancia --le señalaba a Teresa en un mapa el recorrido marcado que era manifiestamente más corto que la distancia que habíamos recorrido con el taxi--: sin lugar a dudas habían dado el disparo de salida del "tocomocho" a los visitantes.

Por si esto no fue bastante mal rollo, al entrar en el bungalow de recepción a recoger nuestra llave no nos podíamos creer la escena: el "cabestro" cerca de las cinco de la mañana --aparentemente muy fresco, sin signos de cansancio ni de sueño-- le contaba una milongaza de no sé que historia al sufrido recepcionista de noche, agregándose a nuestra inquietud de prevención ante los nativos, cuando entre nosotros, mientras el conserje buscaba nuestra llave, hablábamos aún de la extraña actitud del taxista: Hay que tener mucho cuidado con toda esta gente; son todos iguales; a mi también me ha pasado esta noche cuando mi parienta se ha empeñado en que la llevara a la Expo, ya sabe usted como son las mujeres... blá, blá, blá..., y en su interminable cháchara nos escabullimos estratégicamente, dejando abandonado y a su suerte al recepcionista que sujetando la cabeza con ambas manos, apoyados los brazos en el mostrador y con cara de hastío, hacía esfuerzos inhumanos por permanecer despierto... blá, blá, blá...; hay trabajos temporales que no están lo suficientemente bien remunerados.

El día siguiente fue el de máximo aforo de todos los días de la Expo y uno de los más calurosos. Ya por la mañana, atravesando a pie el puente nuevo --puente del Cristo de la Expiración-- que comunicaba el barrio de Triana con el recinto ferial, pudimos apreciar el intenso flujo de personas con el mismo destino, al que transitábamos protegiéndonos del sol bajo las lonas de las estructuras tesas que cubrían las zonas peatonales del mismo puente. Al entrar en la artificial ciudad, aquello era distinto: con la intensa luz del día el mundo ilusorio de la noche había perdido su magia, aunque habíamos ganado en perspectiva visual, comprobando la gran extensión de aquel parque temático en donde no sabíamos por donde empezar. Bueno, en principio por un buen desayuno en uno de los numerosos restaurantes que se prodigaban repartidos estratégicamente en improvisadas zonas de encuentro y descanso, y cuando estábamos a punto de acceder al bar un cierto revuelo de personas y coches oficiales cerca llamó nuestra atención: ¡Ánda!, no es aquella la reina Sofía... : ¡Pues sí!

Aquella suerte de que te abrieran preferentemente el paso en cualquier pabellón de los señalados como más interesantes, y que formaban frente en los paseos, avenidas y calles temporales, no era privilegio para el común de los mortales y por ende para nosotros. ¿Cómo evitar las interminables colas que ya, a primera hora de la mañana, perfilaban en largas hileras de personas las entradas a aquellos pabellones que mejor representaban el espíritu de los grandes viajes --Pabellón de la Navegación-- o esos otros que, aludiendo al futuro, presentaban los más recientes adelantos tecnológicos --el de Canadá que exhibía en su sala de proyecciones para quinientos espectadores el novedoso sistema de cina imax...y otros--, asistencias muy solicitadas que habían conformado, en los últimos días, dos tipos de visitantes que eran mayoría: los sufridos de a pie y los "enchufados" que entraban por la puerta de atrás, asistidos por sus padrinos con un puesto de dirección relevante dentro del pabellón, y un subtipo, menos numeroso pero muy efectivo, que tenía que ver con el sorprendente aumento en el alquiler de sillas de ruedas en Sevilla y alrededores --según decían--, y en la picaresca nacional: algunos visitantes haciéndose pasar por discapacitados con inmovilidad, tenían entrada preferente en cualquier pabellón; y ¡cómo no!, también el acompañante; sobre todo éste que entraba al vestíbulo atravesando la interminable fila y, mientras empujaba la silla, mirándote de soslayo con impostada sonrisa que insinuaba cierta guasa.

Ya no había tiempo: había que aguzar el ingenio para evitar perder las horas de aquel día detrás de las mismas personas, oyéndoles las mismas fútiles conversaciones, pendientes de que nadie se te colara: ¡¡¡Ehh, tú, a la cola!!!, un desastre para el principal día de fiesta programado durante algún tiempo. Después del desayuno y recordando a un conocido que era jefe de seguridad en el Pabellón de España contacté telefónicamente con él desde el mismo recinto: Tú ponte a la cola de las once y queda muy atento; te haré una señal cuando pase junto a tu lado... :Bueno, somos dos, mi mujer también... : ¡Vale! Cuando a la hora señalada nos incorporamos al final de la gente que ya esperaba, aquello no era una fila inteligible sino un barullo de personas, intentando todas colarse para ser los privilegiados seres en ocupar una de las butacas de la novedosa sala de cine que presentaba como exclusiva aquel pabellón.

Y no fue para menos ya que una vez colados por el conocido y después de muchos empujones y algunos suaves codazos conseguimos dos de aquellos asientos --extrañamente inclinados hacia la gran pantalla que cubría la superficie del espacio cupulado--, éstos, con el inicio de la proyección sobre la gran pantalla curva, empezaron a moverse --no sin cierto inicial repullo-- hacia un lado y su contrario, hacia adelante y hacia atrás..., como si la butaca intentara expulsarnos de su mullida piel, al mismo ritmo del trote de los animales que tiraban de una calesa andaluza en la que éramos paseantes protagonistas; invisibles en la enorme pantalla: sólo visualizábamos las cabezas de los caballos que tiraban de ella... ¡íbamos montados en una carroza virtual!... una experiencia única pero desequilibrante, a la que se añadieron otras en las que el desayuno intentaba salir del estómago al girar el asiento hasta ponernos boca arriba mirando al interior de la cúpula para apreciar el cosmos en el fascinante documental de un firmamento estrellado... y así hasta el final de tal suerte que cuando salimos de la sala percibimos cierta desorientación, posiblemente debida al mareo por la falta de costumbre de que te muevan todo el rato tu butaca en el cine; el mismo aturdimiento, creo, que padecían a la salida los demás espectadores; desconcierto que aprovechaban los vigilantes para empujarnos hacia la calle, sin posibilidad de ver los otros espacios del pabellón. En la puerta continuaban las mismas cruentas batallas por entrar.

¿Y ahora qué?, ya no teníamos más conocidos que nos pudieran franquear de una manera rápida la entrada a algunos de los pabellones que ya habíamos señalado con una flecha en la guía que recogimos a la entrada del recinto, y a fin de que no nos sucediera lo mismo --lo de hacer cola me refiero-- a la hora de almozar en uno de aquellos restaurantes, decidimos temprano adelantarnos a toda la turba visitante. Vano deseo, las mesas que no constaban reservadas, ahora ocupadas, estaban apalabradas hasta bien entrada la tarde... un desatino que al empuje del apetito que, debido a toda aquella movida, se había instalado con vocación de permanecer en nuestros estómagos, intentamos solucionar de manera urgente acudiendo a algún coche-chiringuito de perritos calientes que abundaban... no hubo ninguno libre... en todos se arremolinaba la gente, desesperada por conseguir tan codiciado manjar; así que elegido uno hubo que hacer grandes esfuerzos de avance y derribo del más próximo hasta que cerca de una hora después, y algo deshidratados, poder llegar hasta el elevado mostrador donde comprobamos que aquella interminable fila de personas, con la cara pegada a la formica blanca del lateral del coche, querían lo mismo que nosotros, esgrimiendo todos el mismo gesto de súplica en la lástima que mostrábamos también nosotros en la anhelante petición.

- ¡Por favor!... ¡por favor!... ¡por favor!... ¡¡dos perritos calientes y dos botellines de agua!!; conmiseración de gestos que no apreciara el "loco del gorrito blanco" que nos dominaba en altura, el que al contrario con gran desprecio sólo daba voces: ¡No tengo agua ni refrescos, s´hánacabao!... ¿Kéchu o motasa?... : ¡Da lo mismo, lo que tengas!, le suplicamos apremiándole. Salimos como pudimos --protegiendo ambos, sendos tesoros-- dirigiéndonos a continuación a cualquiera de las máquinas expendedoras de bebidas que se prodigaban por el recinto: ¡Inaudito!, todas a las que acudimos desesperadamente sedientos habían agotado las bebidas. Tuvimos que ir marcando en el plano, conforme las íbamos localizando, las fuentes de agua potable que se repartían por el ferial a fin de saciar la sed el resto del día.

La tarde la dedicamos a visitar los pabellones a los que nadie acudía: estábamos casi sólos; un auténtico placer sino fuera por el irrelevante interés de los objetos que exponían, que nada tenían que ver con las grandes epopeyas viajeras de la humanidad; así que durante aquellas horas nos dedicamos a visualizar las cosas más raras que se nos ofrecían a la vista: una extraña escultura erótica de madera en el Pabellón de Jordania --creo--, la maqueta completa de la Meca en el de Arabia Saudí... la estatua de no sé qué dios en el de Singapur... unos extraños capiteles en el de Malasia... una jaima de Emiratos Árabes...; cualquier habitáculo con poca gente servía, incluso el de cervezas "Heineken"... todo muy cuestionable para lo que consideraba gran acontecimiento que justificaba aquella fiesta y el esfuerzo personal y económico de la visita.



Llegada la noche, reventados de tanto andar de un sitio para otro, con los pies descalzos y a remojo para aliviarlos en uno de los estanques que recogía el agua de una de las numerosas fuentes --íbamos de fuente en fuente para intentar calmar aquel insufrible calor--; ésta ya no nos pareció tan mégica por lo que nos fuimos pronto a ver si nos daban de cenar en algún sitio y después recogernos a tiempo para descansar de la intensa y ajetreada jornada. Bueno no todo fueron contratiempos: al recogernos más temprano que el día anterior evitamos encontrarnos con el "cabestro" al ir a recoger la llave del bungalow; la que nos dió un conserje aparentemente cansado, y el que cruzó los dedos cuando le mencionamos la ausencia del que ya temía más que a una vara verde: ¿Hóóómbre?, no está aquí el jefe del Ministerio... : ¡Ánde, calle, calle!, que me va a volver loco... no sé si es humano: nunca duerme, nunca se cansa...¡nunca calla!



Loquito lo tenía ya cuando muy temprano --nos habíamos levantado nada más clarear para aprovechar el día-- le contaba al paciente "Job" que habitaba detrás del mostrador sus andanzas del día anterior: Cuando llegamos la parienta y yo a la Expo ¡ahúúú que colas de gente en todos los sitios!... pues mi menda entró en todo lo que me dio la gana... ¡hómbre!, tengo muchos contactos por mi cargo de responsabilidad en el Ministerio... ¿con quién crees que estás hablando?... no tienes ni pajolera idea... vamos con decirte... blá, blá, blá..., al que interrumpimos con el beneplácito y agradecimiento del conserje al que hicimos una observación al tiempo que le entregábamos la llave: Al ir a ducharnos hemos comprobado que el grifo del agua caliente no funciona bien... :¡Ah, vale!, lo comunicaré... , no dió tiempo a decirnos a quién ya que inmediatamente le interrumpió el "cabestro": Bueno, los grifos de mi bungalow no funciona ninguno bien, ayer al ir... blá, blá, blá...; y con cierta piedad, aunque con la inevitabilidad de dejarle sólo ante el peligro nos despedimos del conserje, el que, en la explicación de la reparación de la grifería, se esforzaba en retenernos aunque fuera algún rato más.

A la vista de lo vivido el día anterior, aquel dia acordamos visitar Sevilla, ¡qué delicia!: mientras todos estaban en la Expo nosostros desayunamos relajados en el intimista y tranquilo ambiente de una recóndita placeta del popular barrio de Triana, entre naranjos; visitamos los alrededores de la Real Maestranza: los tipicos bares con la añeja decoración de azulejería artística, percibiendo el olor a bodega antigua, el de los finos, el de las tapas...; descansamos en la ribera del Guadalquivir saludando a su guardiana más antigua: la Torre del Oro que coqueta todavía a su edad se miraba insistentemente en el espejo de las aguas del caudaloso río, en el que al frescor de una de las orillas almorzamos sin mesas reservadas, sin empujones, sin atropellos, relajadamente felices... para dar paso al programa --ya bien saciado el apetito y descansados después de una apacible siesta-- del resto de la tarde: quemar los últimos cartuchos en la Expo, evitando de nuevo las colas de personas, obviando el interior de los edificios y disfrutando de los exteriores: las excursiones en el tren monorraíl o en la barcaza del lago; posando delante de la estatua o de la barca vikinga... y por la noche, sentados en la misma ribera del artificial lago, éramos uno más de los sorprendidos espectadores en el agrado y disfrute de la colorista proyección de imágenes sobre el invisible chorro de agua descompuesto en infinitas y finísimas gotas que brotaban de la lámina de agua, con el extraordinario efecto visual --al compás sonoro de la música-- de surgir del vacío de la noche, festivamente animado y en grande, el logotipo de la Expo --aquel pájaro raro: Curro-- y todo tipo de sugerentes imágenes en proyecciones de películas ligadas al acontecimiento; y como colofón a la fiesta: la renovada fascinación de siempre, vibrando con la emoción de la pólvora de los fuegos artificiales que explosionaban en lo alto de la oscuridad en cascada de brillantes fuegos rojos, verdes, blancos... y la traca final: todo el arco iris iluminando de fiesta el cielo de la noche sevillana. Una excelente despedida.






A la mañana del día siguiente, mientras esperábamos con los equipajes a punto el autobús que nos trasladaría hasta la estación de Santa Justa, en el centro de la capital sevillana, no nos sorprendió el jaleo de las voces del "cabestro": ¡¡Tararí, tararí!!... ¡se nos acabó el campamento!... ¡nos licencian!... ¡nos vamos para casa!... ¡¡¡¡tararí, nos vamos para Madrid!!!, y que profería en medio de la expedición, despidiéndose a voz en grito con la mirada dirigida hacia el campamento de bungalows de madera, que ahora esperaban a la última remesa de funcionarios. Del viaje de vuelta, muy cerca de él en el tren AVE, mejor no hablar; la misma garganta-altavoz de siempre sobrepasada de decibelios y de estupideces, hiriéndonos los oídos: ¡A ver todo el trabajo que me voy a encontrar ahora en el Ministerio!... cuando llegue seguro que me encuentro todo mangas por hombro... es que estos subordinados son unos mantas... en cuanto falto, la lían... rá-ca, rá-ca, rá-ca...

Pocos días después: el final de la Fiesta. Cuando se retiraron los fastos y se acabaron los fuegos artificiales que durante muchos días habían dibujado de colores la noche, y la luz del día mostró la cruda realidad de país, afloró en el lugar, sustituyendo a aquel mundo ilusorio, toda una ciudad de cartón-piedra.





FranciscoMolinaGómez
(De todo aquello hubo ratos muy buenos, pero lo mejor sucedió después: no hemos vuelto a cruzarnos con el "cabestro")

miércoles, 1 de octubre de 2014

UN AÑO DESPUÉS...

... sigo deseando que no me prendas etiquetas por lo que no sabes de mí... si acaso por lo que ya sabes... y si a pesar de lo contado... si a pesar de haberte invitado en un viaje por parte de mi vida, insistes, ¡hazlo!... de tu juicio siempre sacaré algo positivo.


"Por favor señor... un poco más"; apenas perceptibles las palabras, se podía oír la súplica en esa mirada que traslucía un halo de tristeza infinita... infinitud que era mezcla de sentimientos y que pude captar al óleo en un lienzo para una exposición allá por los tiempos en los que yo también expresaba mis emociones más con los ojos que con los labios. Ahora ya hablo abiertamente de miedo, súplica, soledad, abandono, resignación sin que se me abran las heridas... ahora hablo sobretodo de esperanza








Quizás aquejado de retraimiento pienses que es redundante y pretencioso escribir siempre sobre uno mismo, sobre las vivencias almacenadas en los desvanes de la vida, sobre los posos que se han depositado en los fondos del ser... y entiendo tu indignación: ¡Todos llevamos penas en el corazón, y no las vamos contando por ahí, y en todo momento!... ¡todos hemos sufrido abandonos, soledades, miedos!...: ¡Qué me interesa a mí tu vida, si yo también...! Conozco esa rabia, ese grito de desesperación de que nadie nunca supiera de tus ocultos sentimientos; de que una gruesa capa de tiempo fuera tapando poco a poco las confesiones de una existencia que quisiéramos contar; de sentir la imposibilidad de no poder abrir la compuerta de las emociones porque el mecanismo de apertura se estuviera oxidando; de turbarnos con sólo pensar en desnudar el ser, de dejarlo en carnes vivas en la imtemperie a la visión de los demás; conozco esa incertidumbre pues ha sido mi compañera de viaje siempre desde que reprimieron mi inocencia y me robaron el horizonte, incluso después de encontrar la mitad que me faltaba: nos han hecho tanto daño que nos habíamos fabricado una coraza con la que nos hemos revestido y la hemos apretado hasta casi cortarnos la respiración sin que lo notaran los demás, sintiendo "verguenza" de que los más cercanos se apercibieran de nuestras carencias afectivas; conozco esa continua sensación de frustración ante la indiferencia de los demás a "tus" escozores; en multitud de ocasiones me he sentido como tú: desahuciado, incomprendido, con la impotencia de no poder expresar lo que realmente sentía por dentro, de no poder lanzar hacia fuera todo el desasosiego acumulado durante tanto tiempo; conozco muy bien como es el ser herido muy tierno en el desamor.

Ahora a un año de haber aperturado el candado que apretaba mi coraza, de poder respirar sin que se opriman los costados, de poder tomar aire a raudales por donde se ha colado el bálsamo de las confesiones que curan heridas... ahora a un año de que haya empezado a fluir el magma de los sentimientos reprimidos, me he sentido inmensamente aliviado, como el que hundiéndose en la tierra por el peso de las vivencias guardadas a cuestas ha empezado a soltar lastre para ir más ligero y poder seguir caminando... ahora al cabo de un año he tirado la llave del candado de la coraza --que guardaba por prevención-- al fondo de la alcantarilla para no recuperarla, para no utilizarla más; tú también debieras desprenderte de la tuya.

Y te embargará la duda como a mí: ¿A quien diántres le importa lo que yo...? antes de decidirte tímidamente a comenzar a contar tu vida... y una vez hayas puesto negro sobre blanco te azorará la incomprensión de aquellos que juzgan sin querer saber que, a corazón abierto, cualquier historia es un tesoro que se nos regala... los mismos que te dirán que la crónica es confusa y farragosa, esos que son incapaces de percibir que en estos casos prima la lectura de la mente antes que la de la mano, los que no entienden que a menudo es difícil que vayan en sintonía los pensamientos con la pluma que los escribe... y si ésta se extiende en el relato otros te dirán que es demasiado largo, que le aburre tanta leyenda, acostumbrados a leer no más allá de los cuatro párrafos en abreviaturas de sus "tuits" encajados en un número limitado de caracteres sin que pueda pasarse de ellos, y a fuerza de comprimirlos han estrechado las sílabas, las palabras, las frases... los deseos que han quedado aprisionados como jeroglíficos, camuflados en signos que se repiten, y en esa infinita sucesión de símbolos se pierden las confesiones, las confidencias, los desahogos, los alivios... y a falta de frases que expresen sentimientos sustituyen las palabras por signos codificados que repiten y repiten --cuántos más significantes se pongan más énfasis, al parecer, en el significado-- sin que se entienda bien la verdadera intención... es tán fácil y cómodo como inútil: basta con mantener apretado un tiempo el mismo click del teclado... los mismos que, al contrario, si son capaces de leer de un tirón las zafias peripecias --escritas en un libro en clave de memorias-- de un televisivo seudo-tertuliano de delirantes intimidades propias y, sobre todo, de las ajenas. Es la servidumbre del tiempo que vivimos... la misma que juega a nuestro favor ofreciéndonos ese infinito canal de comunicación --Internet-- que se ramifica por todo el orbe; te sorprendería si te contara desde qué sitios lejanos del mundo escrutan los sentimientos que escribo entre renglones. Pero todo esto no debiera perturbarte.

Tampoco debieras atender a cantos de sirenas que abogan por las modas, lo temporal, lo efímero, lo oportunista... tachando la narración de antigua, de sensiblera, de poco mordaz. En este tiempo ácido en el que lo que vende no es sólo ser canalla, sino el más canalla de todos hasta rayar la descalificación y si ésta llega al insulto, más cuota de popularidad entre la caterva de un público de redil que jalean con fuerza al más villano; basta con asomarse a algunos de esa infinidad de foros virtuales para darse uno cuenta de la iniquidad. No debe afectarte que en este tiempo de latrocinio extendido tu honradez y tu solvencia como persona basada en el esfuerzo y en el trabajo sea "avis rara", una antigualla que como poco no entienden y desprecian... no importa: "Ladran, luego cabalgamos"... tú a lo tuyo: a aliviar el alma que es un ejercicio muy recomendable... para aquellos destilaremos esa fina ironía que ya descubrimos leyendo a los clásicos; nosotros compartiremos con otros: memoria, imágenes, sueños, recuerdos, emociones y sentimientos, experiencias que no tienen tiempo.

Y se extrañarán de que no quieras publicidad, que no te importe el dinero, que no sea una prioridad ir batiendo records de cifras de lectores... de que aprecies sólo el sentimiento aunque sea el de un lector... y así mientras haya una sola persona que se emocione leyéndote continuarás ilusionado escribiendo en tu blog.

¡Ah!, y si por caso aún dudas de abrirme tu pecho, te diré que hoy, al cabo de un año de iniciar el blog, sigo sintiendo el mismo vértigo del principio a la exposición pública de los sentimientos.

A esos especiales seres heridos muy tiernos en el desamor que no se atreven a desnudar el alma, pero que en su fuero interno lo están deseando: ¡¡Aliviaos!!


FranciscoMolinaGómez




sábado, 13 de septiembre de 2014

LA CASA DEL ARTISTA











Fue sobre todo a partir de haber leído el libro de Amanda Lear --"El Dalí de Amanda"-- cuando sentí una necesidad imperiosa de viajar hasta la casa del artista. La que fuera acompañante, amante, musa, icono... del genial pintor cuenta su extraña y fascinante relación con Dalí --sobre todo una fidelísima amistad-- y me acerca de una manera familiar --coetáneo en época y mismo mar-- a Port Lligart, a su bahía repleta de barcas de pesca con pescadores de ropas grises y eterno pitillo en la boca sacado el "copo", y sus mujeres destacando de negro en el brillo intenso de la solana reparando las redes sentadas en la arena; seres de existencias lineales, varados, como las barcas, en un tiempo del que habían perdido todos los trenes. Tiempo al que ahora difícilmente intentaban subirse, sin entender las costumbres liberales de aquellas gentes del norte --turistas-- que les invadían en la España de principios del desarrollismo --años sesenta-- que pretendía dejar atrás los últimos años de rígida autarquía: eran gentes de otra galaxia, distintos, de colores, estrafalarios, tan extraños como el vecino que habitaba en las antiguas barracas de pescadores --ahora remozadas-- y del que decían: no estaba muy cuerdo, y a quién iba a visitar por primera vez aquella excedida joven.
La "ambigua" Amanda Lear nos introduce hasta las entrañas de la casa del pintor con el que convive las experiencias más insólitas surgidas de la extraordinaria personalidad de Dalí; las que se reflejaban en aquellos sorprendentes espacios.
Siempre he entendido que el creador necesita experimentar, en principio, con sus espacios más próximos. Proyectar su genialidad sin prejucios ni servidumbres en su propio territorio, con libertad de creación, en íntima unión, sin prestar mucha atención al resto del mundo... Es, de alguna manera, lo que también me ha sucedido a mí.










Me había hecho un guión de lo relatado en el libro, entresacando de sus páginas los párrafos que aludían a la llegada y estancia de Amanda --durante varios años, desde mil novecientos sesenta y seis hasta final de la década de los setenta-- en la casa encalada que se encaramaba en las rocas pizarrosas de la bahía de Port Lligart, antes de emprender viaje con Teresa e íntimos de la familia --Salva, Rosi y Sergi-- por tierras de la costa Brava hasta arribar a Cadaqués. Como testigo uno de esos días claros con cielo azul intenso de verano mediterráneo --agosto de dos mil catorce-- que tanto nos gusta a Teresa y a mí.

"... yo hablé en castellano y me las arreglé para llegar por mis propios medios hasta Cadaqués. Era preciso subir por una carretera serpenteante a través de la montaña, las curvas me mareaban y los viajeros catalanes me miraban sin ninguna amabilidad. Recorrer aquellos kilómetros requirió una hora. En Cadaqués me informaron de que Dalí no vivía allí sino en la bahía de Port Lligart..."

Camino a Cadaqués nos sorprendió idéntica carretera estrecha, pegada a la topografía del terreno y que serpenteaba toda la montaña, de la que se hablara en el libro. Más de cuarenta y cinco años después circulábamos por la misma vía que la autora del relato con la única diferencia de la mayor cantidad y potencia mecánica de los vehículos que la transitaban, a los que nos unimos en un amago de lenta procesión. Aunque habíamos salido muy temprano desde Calafell en Tarragona, con cada quiebro y requiebro interminables de la carretera comprobábamos, con estupor, como la posibilidad de llegar a la cita concertada para visitar la casa de Dalí se alejaba poco a poco. Constituímos rápidamente "gabinete de crisis" centralizando nuestra atención en el GPS del teléfono móvil de mi sobrino Sergi, el que procesando los datos de la velocidad media del vehículo y la distancia que restaba para llegar nos daba, aún, un rayo de esperanza de acudir a tiempo, aunque éste fuera muy ajustado.

"... empezamos a escalar todos juntos el pedregoso sendero que salía del pueblo, pero no me esperaba en absoluto el espectáculo que podía percibirse desde la cumbre de la colina, frente al pequeño cementerio blanco que dominaba la bahía. Detrás nuestro estaba Cadaqués, con sus apretadas casas unas con otras, dominadas por el campanario, y a nuestros pies la más pequeña ensenada del mundo: Port Lligart..."

Cuando ya bajando la pendiente de hormigón ruleteado, enfrente, visualizamos en la distancia la casa del artista igual como la describía Amanda --protegida por altas paredes encaladas, totalmente blanca, y coronada por grandes huevos también de color blanco-- el tiempo corría peligrosamente en nuestra contra, apenas nos quedaban unos minutos... los suficientes para llegar con un poco de adelanto ante su puerta de tal suerte que para evitar en la visita algún contratiempo de incontinencia nos dispusimos, en el tiempo que restaba, a evacuar aguas menores en unos aseos públicos anexos a la casa, no sin pagar un cierto precio --¡¡estábamos en Cataluña!!--, y cuando ufanos por el par de minutos que nos sobraba aún nos presentamos en el control de visitas:¡¡¡chasco!!!, había que haber estado allí media hora antes al tratarse de visitas con aforo limitado y que debieran estar preparadas de antemano, así que entró el grupo siguiente, quedando nosotros relegados a cubrir de manera individual la inasistencia de cualquier visitante; informándosenos que era muy difícil que entráramos todo el grupo juntos; ni tan siquiera nos garantizaban que pudiéramos visitar la casa aquel día: ¡Jóder!, y para esto tanto madrugar y tanto correr..., debimos pensar más de uno. Bueno ¡qué remedio!, a esperar mientras tomábamos algunas instantáneas fotográficas.

"...empezamos a bajar saltando escalón tras escalón la escalera cortada en las rocas. La escalera llevaba hasta el hotel "Port Lligart"... A unos pasos de distancia había una hilera de casitas de pescadores, unas barracas decrépitas, pero encantadoras, con un banco de piedra delante de todas ellas... pasamos por delante de un grupo de mujeres que sentadas en el suelo reparaban las redes; las mujeres se echaron a reír al vernos. No había ninguna duda de que sus comentarios aludían a nuestra curiosa forma de vestir..."

Ante la contrariedad de tener que marchar del lugar sin conseguir el objetivo por el que habíamos viajado a aquel sitio se nos quedó a todos "cara de haba" y entretuvimos el tiempo --hasta que la Providencia proveyera en el programa de visitantes un hueco por falta de asistencia de algún grupo familiar concertado-- a ratos, una vez tomadas las fotos de rigor, sentados en los bancos corridos de asientos de negra pizarra que rememoraban los que ya hubo allí en su día, y en ocasiones paseando por aquella única calle que configuraba la hilera de casitas enfrentadas a la de Dalí; las antiguas barracas de pescadores que ahora presentaban un buen aspecto... recordaba aquel otro pueblo de mar de mi infancia, en el sur, y las destartaladas barracas de los pescadores --los marengos-- cerca del mar, por encima de la suave ladera de arena de la orilla donde se prodigaban varadas sobre traviesas de desgastada madera y volcadas levemente hacia un lado: las barcas de pesca con los alargados remos y las artes para sacar el sustento del mar --de "la mar"--... recordaba por ésta época a los mismos seres, con las vestimentas grises y negras, las mismas manos agrietadas por la dureza del trabajo, con sus caras morenas pobladas, algunas de ellas, de infinitas arrugas... los más mayores que en el atardecer, al socaire de la brisa marina --sentados en sillas de enea a las puertas de las barracas, con el tronco doblado, abatido por el relente de tantas noches en las barcas-- asistían impotentes al peor de sus naufragios: el de su mundo a punto de desaparecer con la llegada de los mismos invasores del norte, aquellos de vestimentas alegres, vistosas y muy atrevidas, entre las que destacaban los "impúdicos" bañadores de ellos y los no menos "deshonestos" bikinis de ellas... eran como clones de aquellos otros de Port Lligart, en el mismo mar y en la misma España que intentaba salir de la miseria...; y cuando estaba en estos recuerdos, la buena noticia: ¡Hay un hueco para todo el grupo, dentro de diez minutos! Todavía a punto de entrar surgió otro contratiempo, nos habían dado pases de entrada para cuatro y éramos cinco; error que rápidamente solucionó en taquilla Salva, y ya por fin, junto con tres visitantes más, íbamos a cumplir el deseo guardado durante algún tiempo. Era emocionante estar a un paso de dejar volar la imaginación.

"... algunos escalones bordeados de laureles rosas llevaban hasta la puerta de Dalí, donde llamamos... la habitación, de reducido tamaño, que servía de entrada, estaba pintada de blanco... A la izquierda de la entrada se veía una hilera de habitaciones de forma irregular unidas entre sí por algunos escalones y frente a nosotros se encontraba una escalera recubierta de cuerda trenzada... Dalí nos esperaba en el patio..."

Ya enfrente de la puerta de la vivienda, a la que se accedía subiendo por unos escalones de pizarra de color oscuro adosados al lado lateral de la casa que daba a la bahía, y mientras abrían la puerta me regocijé contemplando la lámina de agua inmóvil en la que flotaban, estáticas, algunas barcas sobre la mar serena, agradeciendo la suave sombra de unas adelfas de flores rosas que hacían de filtro solar; posiblemente los "laureles rosas" de los que hablaba la autora del libro, confundiendo peligrosamente ambas plantas... Entramos y: ¡Qué crueldad! profirió Sergí --vegano y defensor de los animales-- al observar el gran oso disecado, cubierto de collares y otros abalorios --con el mismo detalle, que se menciona en el libro, de servir de lámpara aguantada en una de sus patas levantadas--. Junto al animal disecado y de manera menos impactante nos daba la bienvenida un curioso sofá en forma de labios de mujer, un armario antiguo que cubría su parte superior de un espeso ramillete de flores secas amarillas --que recogía y secaba la propia Gala-- y un paragüero repleto de los más curiosos bastones de todo tipo de materiales; inseparables de Dalí.

"... y llegamos al patio. Las paredes blanquedas con cal estaban bordeadas con algunos arbustos que crecían sobre un suelo enlosado con pizarra gris. Un banco de piedra también recubierto de pizarra serpenteaba a lo largo de la pared. Dalí estaba sentado en un sillón de madera rústica, con Gala a su lado, en un sillón idéntico... en la casa reinaba una atmósfera deliciosa. El crepúsculo que se aproximaba daba una agradable sensación de frescor a aquel patio totalmente blanco; el aire no agitaba en absoluto las ramas. Una golondrina pasó por encima de nuestras cabezas..."
En el patio de la casa de Port Lligart


El patio que brillaba hasta cegar los ojos --con ese efecto perturbador que se padece al salir bruscamente de la penumbra de una habitación a un exterior muy soleado--, deslumbrados por el resplandor luminoso de la luz solar del mediodía mediterráneo reflejándose en las superficies encaladas de las paredes, me recordaba, junto con los detalles de los suelos y bancos rústicos de piedra, y la flora autóctona del lugar repartida por el suelo --olivos, cipreses, plantas aromáticas...-- a algunos patios de las casas del sur; por un momento me acercaba a la hospitalidad que rezuman estos ambientes, y pude imaginar el gesto de bienvenida con el que un Dalí, muy moreno, relajado y con una flor de jazmín en la oreja, se dirigió a Amanda y al grupo que le acompañaba. Ésta se fijó en su camisa tejana azul cielo, manchada de pintura al igual que su pantalón de lona, y que en los pies calzaba unas alpargatas. A Amanda le besó en la frente y a sus acompañantes les saludó con un ligero apretón de manos, al tiempo que decía: ¿Conocen ustedes a Gala? Fue aquel el primer día de una extraña e intermitente relación entre la autora del libro y la idolatrada Gala. Imagino el frescor del patio en aquellas horas anteriores al crepúsculo, bañado por la brisa que ascendiera de la bahía y que, seguramente, contribuiría a hacer más apacible la conversación con aquellos dos seres excepcionales... agradecía que lo limitado del aforo me permitiera la menor perturbación y la tranquilidad suficiente --aunque los guías apremiaran algo el tiempo de visita-- para escudriñar los detalles de los muros de lajas de pizarra totalmente encalados: las hierbas aromáticas que crecían entre jardineras blancas y orsas de barro; la sugestiva visión desde abajo del huevo gigante coronando el muro, o mi decidida intención de comprobar si de aquel huevo resguardado en una hornacina de la misma piedra del muro podría producirse in situ el "Nacimiento del hombre nuevo"... para empaparme de todo aquel universo de fantasía y, a la vez, de una practicidad envidiable: ¡Quién no ha soñado con un patio así o con una terraza con vistas al mar?... no entiendo que la gente sólo se limite a mirar y echar fotografías compulsivamente... aquello no se creó para ser visitado por turistas... sino para ser vivido... y en todo caso para volver la mirada atrás y soñar que uno pudo estar ahí.

"... me explicó a que debían todas las escaleras que había en la casa:
- Cuando llegué aquí con Gala, por vez primera, no teníamos ningún duro. Le compramos su barraca a una notable mujer que se llamaba Lidia "La ben plantada", o sea: la de hermosa planta. Vivíamos en esas dos pequeñas habitaciones --y me señaló el vestíbulo con el oso disecado y el comedor adyacente-- Dormíamos aquí y lo encontrábamos todo maravilloso. En cuanto tuvimos un poco de dinero Gala le compró la barraca vecina a un pescador, y más tarde otra, y de este modo eso se convirtió, poco a poco, en toda esta serie de habitaciones..."


La casa era un prodigio de sorpresas, ni proyectada apropósito hubiese resultado tan espectacular: Gala y Dalí / Dalí y Gala jugando al gato y al ratón, cada uno habitando sus reinos particulares y convergiendo en el tiempo en las zonas vivideras comunes: el patio, la terraza, el comedor de invierno, el de verano... Aquel sugestivo embrollo de espacios no era producto de la mente de ningún arquitecto, sino de la decidida intención de ambos de apostar por lo preexistente, por la huella que durante años ya estaba impresa en aquellas rocas y así, al ir comprando barraca tras barraca que se ubicaban contiguas pero a distintos niveles del terreno, el azar creó aquel encantador laberinto de escaleras --arriba y abajo--- y pasillos por los que transitábamos ahora, sin saber cual sería la siguiente sorpresa... qué misterios escondería la siguiente habitación.

"... el descubrimiento del taller de Dalí fue una revelación. Estaba protegido por una hermosa y antigua puerta española y era preciso bajar unos escalones antes de llegar a aquel estudio abarrotado, lugar mágico en el que Dalí me recibió en ropa de trabajo, gafas y con una paleta en la mano... El taller en sí estaba muy bien iluminado por unas cristaleras situadas a lo largo de las dos paredes que daban a la bahía de Port Lligart..."

Estaba en el centro de gravedad de la casa y del universo daliniano observando los objetos y útiles de dibujo y pintura de su morador que ya, por entonces, había alcanzado el Olimpo de los dioses: el divino Dalí --como el mismo de intitulaba--; y aquel lugar donde creaba sus obras se convirtió por unos segundos en el objetivo de mi atención y el culpable de una íntima emoción que se manifestaba con un escalofrío que me recorriera por el cuerpo al estar contemplando los últimos cuadros --en esbozo-- que pintara en la casa; los que la tristeza hizo que dejara sin acabar al recluirse en el castillo de Púbol a la muerte de Gala. Diría que en aquel espacio se presentía a Dalí sentado ante el cuadro queriendo ahora acabarlo y como testigos mudos --o no-- toda aquella parafernalia de objetos que le acompañaran en su hacer creativo: la copia en yeso de "Hermes" de Praxíteles --escultor de la Grecia clásica que veneraba-- al que la máscara de esgrima en la cara, el gorro a lo David Crocket encima de la cabeza y una corta capa cayéndole desde el hombro derecho no desdibujaba la conocida "curva praxiteliana" de la figura; aquella en la que con una ligera flexión de la pierna izquierda y delicada torsión de las caderas, Praxíteles le diera vida y movimiento, aparte de a Hermes, al propio mármol... la maqueta de una molécula gigante que, desafiando el equilibrio por lo exiguo del poste de madera que la sustentaba, dominaba un rincón de una parte elevada a la izquierda del taller; curioso objeto que aludía a la física nuclear por la que tanto se interesó Dalí, propugnándose un nuevo místico capaz de combinar las experiencias del arte moderno con los últimos descubrimientos de la física y con la gran tradición clásico-religiosa... y muchos otros objetos como el sillón forrado de tela blanca donde también pude presentir a Gala leyéndole a Dalí mientras pintaba; se lo pedía continuamente.

"... al salir del taller se pasaba por un saloncito cuyo ventanal enmarcaba el mar como si fuera un cuadro y desde allí a un estrecho pasillo que conducía al otro lado del patio...

Aquel lado era una terraza-mirador a la que se salía acompañando un lienzo ciego de muro blanco, que le resguardaba en parte, en el que una pequeña abertura alargada y acristalada abriéndose al paisaje de la bahía, figuraba como pintura de una marina. Los huecos --tanto de habitaciones, como aquel del muro que daban al mar-- enmarcando escenas marineras de Port Lligart me recordaban la génesis de la casa racionalista de Curzio Malaparte construida en uno de los más bellos parajes del mundo: en un costado sobre un acantilado del Mediterráneo, al este de la isla de Capri, en Italia. Rodeada del mar por todas partes, el mismo escritor la concibió con espesos muros en los que al interior unas estratégicas aberturas --ventanas-- componían una sucesión de vistas distintas del paisaje marítimo que en su variedad provocaban, diariamente, la curiosidad visual de su morador, sin ese hartazgo del que dominando òpticamente aquella inmensidad de agua, al final, se muestra insensible a apreciar las infinitas variaciones del inabarcable horizonte curvo, aunque sin renunciar al lugar ya que cuando sentía necesidad de impregnarse de la infinitud del mar subía por la monumental escalera exterior --como pirámide invertida--, en el lateral de uno de los lados menores de la casa, que le avocaba directamente a la terraza que era toda un mirador desde el que dominaba el acantilado, casi abarcándolo con los brazos... algo parecido, aunque a menor escala, sucedía aquí.

"... estaba exultante: Gala había llamado desde Barcelona para decirle que le amaba más que nunca y también se había enterado por ésta que Reynold Morse, que ya tenía una fabulosa colección de cuadros suyos, quería comprar "El torero alucinógeno"... aquella tarde Dalí me hizo entrar en la habitación redonda de Gala... Estaba pintada de color claro y era como una especie de cúpula pues la paredes se unían al techo formando una esfera continua..."

Si el centro de gravedad de la vivienda residía en el taller de dalí, el corazón de la misma era esta sala esférica y rotunda, donde en el eco de nuestras voces que reververaban en la bóveda al hablar se percibía el latido de todos los que la habitaron... quizás esas resonancias no eran nuestras sino todavía las de los antiguos moradores, posiblemente las de Gala y sus amigos y amantes... e imaginé la conversación de Dalí en aquella sala oval, siendo testigo Amanda --en ausencia de Gala en Barcelona-- con Guillaume Hanoteau; la dificultad de éste al tener que entrevistar para el "París Match", su periódico, a un personaje tan singular e imprevisible como Dalí... sentados en el asiento continuo --pegado a la pared-- tapizado en color amarillo oro y en el que destacaban, en profusión, cojines de todos los dibujos y colores... imaginaba las miradas de reojo del reportero --en las pautas de las estrambóticas respuestas-- a la singular chimenea que interrumpía simetrícamente el asiento corrido, y a aquel batiburrillo de objetos de Gala --ese singular espacio era su castillo, antes de ocupar el de Púbol-- colocados en las repisas de los huecos practicados en sus gruesos muros, como hornacinas... y al igual que entonces separando a ambos contertulios, daba el tono cálido al suelo de barro: una hermosa alfombra que ahora yo pisaba.

"... mientras él hacía la siesta me instalé en la biblioteca. Las cortinas blancas, los muebles oscuros comprados en Olot por Gala, las flores amarillas secas en lo alto de un armario, todo ello convertía la habitación en un lugar propicio para la meditación. Busqué entre las hileras de libros muy bien forrados... seguía lloviendo... a través de la ventana veía las barcas moverse al antojo de las olas. La bahía de Port Lligart estaba gris y las pizarras brillaban con todo su esplendor... después de la siesta Dalí se reunió conmigo en la biblioteca..."

De no ser por la perturbadora presencia --sentimiento más acusado en Sergi-- de los gansos disecados sobre la estantería de libros, aquel espacio en torno a la chimenea invitaban al recogimiento y a la paz interior, estados de ánimo que buscaría el genio en las pausas de su frenética actividad de pintor --con la delirante vida social que llevaba, viajando y residiendo por temporadas en París y Nueva York, me pregunto como pudo hacer tan dilatada producción artística--, ansiando esos ratos de soledad buscada frente al libro y en compañía de Gala, de cuya mano en la decoración del intimista espacio daban fe los detalles de los muebles antiguos y el de las flores secas amarillas --sus predilectas: la siempreviva, flores que aún cortadas nunca se marchitan-- encima del armario de madera laboriosamente trabajado... lo único lamentable eran aquellos falsos libros que sustituían a los originales.

"... Gala había marchado a Grecia... y por tercer verano consecutivo me instalé en el hotel de Port Lligart, en la misma habitación. Pero Gala había dado órdenes y algunos días más tarde me hicieron instalar en su habitación, en la suya personal que ella llamaba "la barraca", gran estancia con dos habitaciones con chimenea y sala de baño de la planta baja de la casa. La entrada era independiente y daba al ciprés erigido dentro de la barca varada..."

Era como estar dentro de uno de los cuadros de dalí... conforme me aproximaba a aquellos dos elementos de la mitología daliniana, apreciaba en la inserción del ciprés en la barca la visión surrealista que ya tenía en mente... la misma visión de su cuadro "Presentimiento" en el que se le aparece su prima Carolineta junto al ciprés en la barca varada en la playa de Rosas. Ambos mitos que aparecen por separado infinidad de veces en las pinturas de todas sus épocas --siempre estuvieron en su subsconciente--, ahora íntimamente unidos --y aunque afuera del contexto espacial-fantasmal del paisaje daliniano--, me invitaban más que a pintarlo, a vivirlo... una experiencia inigualable.

"... fue durante ese invierno cuando a Dalí se le ocurrió lo de la piscina... sería de forma fálica: alargada con dos estanques redondos al final, los testículos..."

Casi una irreverencia: tomar esta fotografía de la piscina de día cuando, en realidad, se había concebido para fotografiarla de noche. Aunque con alguna dificultad de transposición del ambiente a la semioscuridad, por lo brillante del día, pude imaginar toda aquella tropa de personas y personajes, de los que no faltaba siempre un grupo de hippies --según cuenta Amanda--, a los que invitaba Dalí, parasitados en las noches de sus fiestas de verano, refrescándose en la zona alargada que insinuaba el pene con esa irrealidad que provocaría la luz de los focos subacuáticos iluminando sus cuerpos flotando en el líquido elemento, bajo los arcos de agua que a lo largo del vaso arrojaban, a ambos lados, una sucesión de surtidores con forma de cisne... una fantasía a la que sumaría el resultado espectral de la fuente luminosa, como transparente, de los leones --reproducción a pequeña escala de la existente en la Alhambra-- y que presidía un eje transversal por el que aquella vertía su agua a la zona alargada, cuyos extremos --que insinuaban la forma del glande y los testículos-- remataban con sendos templetes con figuración clásica como zonas de estancia y descanso desde donde se observaban a los bañistas; especie de chill-out con asientos y cojines orientales... efecto visual que daba al ambiente el aspecto de una noche de cuento oriental donde Dalí --epicentro del cosmos-- disfrutaba de sus amigos, de sus fiestas y de su particular universo pop, un sinfín de elementos kitsch: desde la mascota globosa de la marca de neumáticos "Michelín", pasando por los botellines-toreros de licor en miniatura, el sofá fucsia en forma de labios de mujer, los logotipos de la marca de neumáticos "Pirelli"..., hasta una cabina normalizada de teléfono de la época... todo el barroquismo de exposición y de exhibición en la fiesta, en especial los cuerpos casi desnudos dentro de la forma fálica enfatizaba la sensualidad de aquel espacio de estancia y recreo... no en vano el erotismo y el sexo, a veces incluso rayando en "lo bizarro", formaron parte muy importante de la vida y de la obra de Dalí.


"... aquel año iba Gala a viajar al sur de España... después de la comida nos fuimos con el viejo cadillac hacia La Bisbal. El pueblecito de Púbol era tan pequeño que resultaba muy difícil de localizar... el castillo que nos enseñaron era una gran mansión de piedras antiguas con un jardín abandonado. La entrada era hermosa, unos escalones conducían a una escalinata rematada con un relieve gótico y un escudo que representaba burdamente un pájaro. Toda una parte se había hundido, sólo quedaba una pared descalabrada a través de la cual se veían los restos de los suelos y las tapicerías:
- Me pregunto si esto le gustará a Gala. Se lo tendré que enseñar..."

En el jardín alto del castillo de Púbol


No podíamos perder la oportunidad de conocer el castillo donde Dalí se recluyó a la muerte de Gala, con su amada embalsamada y exhumada --con sus animales-- en los sótanos para no separarse ni un momento de ella, cuando ya el genio mostraba signos visibles de decadencia física y psíquica; así que después de una alegre y relajada comida en la apacible terraza de un restaurante de Cadaqués, los cinco superando de nuevo, de vuelta, las mismas mareantes curvas de la ida, ahora en dirección ascendente, pusimos rumbo a Púbol... pero al igual que relatara Amanda en su dificultad de localizar esta pequeña localidad nosotros no lo tuvimos mejor ya que:¡Horror!, Sergi se había dormido en una profunda siesta y con él su GPS: ¡Qué no cunda el pánico!, rápidamente desde los asientos de atrás del vehículo, Rosi y yo nos constituimos, desplegando en nuestro regazo un plano de carreteras de la zona, en segundo "gabinete de crisis"... del que sólo hubo que disculpar un error: visitamos sin tenerlo programado unas caballerizas de un pueblo cercano... al fin Púbol: un pequeño pueblo que parecía desierto y que nos mostró rápidamente sus antiquísimas piedras en un apretado núcleo antiguo de viviendas que remataban en lo más alto de la calle con la iglesia a la que se adosaba un viejo castillo que Dalí había regalado a Gala, al que, según cuenta Amanda en su libro, aquél sólo arribaba cuando era invitada por ésta, previa misiva de petición del pintor, en unos encuentros con todo el protocolo de los antiguos señores de estas tierras... espacios que rehabilitaron con gran parafernalia regia, y que supuso el "reino" particular de Gala en donde se encerraba por temporadas largas con sus amigos y amantes; espacios que fueron testigos de sus últimos años... hubo un momento y una especial testigo de esos años:

"...algunos días más tarde me dieron la noticia de la muerte de Gala. Había fallecido en Port Lligart y la habían trasladado a Púbol donde había sido embalsamada en un ataúd de cristal. Dalí no quería enterrarla... se hizo la vista gorda... un año después de la muerte de Gala, Dalí seguía encerrado en el castillo de Púbol sin querer recibir visitas... después de que le dieran mi recado Dalí quería recibirme un minuto, pero en total oscuridad. No debía verle, ni hablar de ello en los periódicos... Hubo un largo silencio antes de que yo dijera, esforzándome en hablar suavemente para no asustarle:
- Hola pequeño Dalí. He venido desde Barcelona sólo un minuto para saludarle para que vea que no me olvido de usted... -su voz ronca debilitada me sorprendió:
- El cabello, se ha cortado usted otra vez el cabello.
...
- Dalí le he querido tanto, tanto si usted supiera --el me respondió con un murmullo:
- Yo también.
Cogió mi mano y la apretó tan fuerte que casi me hizo daño. Y noté que había algo en su mano que intentaba deslizar en la mía. Apreté los dedos sobre aquel objeto y él me dijo:
- Ahora váyase... ¡adiós!... ¡qué Dios la guarde!..."


Amanda Lear había inaugurado su primera exposición de pintura y era ya una popular cantante "sound" de éxito internacional. Se había trasladado a Púbol desde Barcelona, adonde había viajado aprovechando una actuación para televisión española en Madrid, a fin de mostrar a su amigo su sincera lealtad. Ya no volvió a verle más. Algo más de un año después de esta visita de Amanda, el pintor provocó un incendio ¿accidental? con graves secuelas para su persona; lo que determinó una mudanza a la torre Galatea del teatro-museo de Figueres en Girona donde se recluyó hasta su muerte en mil novecientos ochenta y nueve.

A los veinticinco años de la muerte de Dalí nosotros tampoco quisimos olvidarnos del genio; el que ya había alcanzado la inmortalidad por la que tanto suspirara... presintiendo aquel día su presencia por todas partes... yo diría, incluso, que jugando con nosotros... no sé si fue real o producto de mi imaginación pero a la salida del castillo pude ver a Dalí que nos observaba a través de los cristales de una ventana, enfrente, de un piso superior que daba al patio de entrada... y cuando salimos al jardín sentí su insistente mirada sobre nuestros cogotes... pero no sólo yo, pues mientras caminábamos hacia el portón de salida, otro de nosotros dijo haberle visto de pie detrás de la misma ventana...?

Teresa, Salvador y Sergi atentos a la cámara, mientras Rosi ajena a las poses fotográficas  se afana en intentar descubrir los secretos del patio


FranciscoMolinaGómez



























viernes, 15 de agosto de 2014

ROSAS POR CARAMELOS











Obra: sin título/ Técnica mixta: lápiz grafito, de colores, ceras, rotulador...sobre cartulina/ Tendencia: expresionista/ Autor: Francisco Molina Gómez (firmado Francisco Emilio Molina Gómez)/ Fecha: octubre 1970  


Es indefectible: las "obras" sobreviven a las épocas y a las personas, y en el mundo de la creación --del arte-- esta persistencia por durar es muy deseable.
Habían transcurrido más de veinte años desde que, retomando los modelos naturales, plasmé con técnica mixta y sobre cartulina un grupo de rosas abriéndose a la vida --desplegando sus pétalos en un espectáculo de intención expresionista-- hasta que en mil novecientos noventa y tres, sin esperarlo y por sorpresa, recuperé el cuadro de forma casual.
Desde una de las paredes del salón de juegos del pabellón de menores del orfanato --lugar cerrado en el que intenté sobrevivir desde los cuatro a los veinte años de edad-- donde la naturaleza de flores enmarcada quedó expuesta para disfrute de los internos, ésta fue testigo del paso de la infancia a la pubertad de las últimas generaciones de niños acogidos que vivieron la encrucijada del tiempo histórico --al que una inmensa mayoría de internos no llegamos a tiempo--: el de las transformaciones de un centro de beneficencia desde la sumisión, al principio, en la rigidez de la caridad de una dictadura, a las bondades, después, de los derechos en una democracia. ¡Qué suerte!
Ninguno de los que no vivimos aquel mejor tiempo hubiéramos creído, entonces, que el opresivo lugar cerraría sus puertas, para bien de los niños asistidos, algún día de mil novecientos noventa y uno. Hizo la Providencia que uno de aquellos días previos al cierre en el que se inventariaban muebles y enseres de lo que habían sido los objetos cotidianos de nuestra existencia, estuviera de visita por el centro un interno de mi generación, el que reconociendo la firma del cuadro solicitó de los últimos regidores su devolución para entregarlo al autor, salvando a la obra de un incierto futuro en algún almacén o vertedero. Gracias Jesús y Loli.
Fue muy gratificante reencontrarme con la pintura; recordar los días --aunque fueran difíciles-- de su creación, de los que evoco una infinita soledad, a la que vino a auxiliarme alguien --sor Teresita-- que siempre había confiado en mis aptitudes artísticas y en mi pasión por el dibujo y la pintura. Y en aquella ocasión --1970-- también fue providencial: "Me gustaría que me pintaras un cuadro para el salón de juegos de los niños pequeños: un grupo de rosas".









Aquel cuadro de flores no fue la única ocasión que sor Teresita había hecho de mecenas para conseguir, de mis facultades artísticas con el lápiz, otras láminas de colores cuando ya, a su llegada al orfanato --comenzado a estudiar el bachillerato-- me antecedía cimentada fama de las tizas de colores. ¿Cuál fue el origen? y ¿cómo se explica que alguien abandonado a su suerte, sin maestros, sin medios, sin nada ni nadie donde apoyarse, hubiera llegado a dominar de manera aceptable el mundo de las formas y los colores? Aún hoy, pasada la sesentena, sigo pensando que en el origen del proceso hubo sobre todo una necesidad vital: ilimitada fascinación por ese universo que me indujo a dibujar de cualquier modelo y de una manera compulsiva en cuantos soportes tenía a mi alcance, a cuya práctica y evolución nunca reconocí obstáculos, aún en época de escasez, ya que a falta de papel bueno era el terreno del patio del orfanato. Bastaba un corto palo para hacer brotar de la tierra un mundo de desbordada imaginación. Nunca obra tan temprana tuvo mejor espectador: el cielo. De esta manera y descubiertas ya mis inexplicables cualidades para el arte fui nombrado por mis tutoras con hábito --hijas de la caridad-- dibujante oficial en el encerado de la escuela aunque no levantara dos palmos del suelo y para ello tuviera que utilizar una pequeña tarima. De los dibujos en la pizarra gigante pasé a los decorados del salón de actos, y de estos a mi etapa religiosa.

Eran los años sesenta del pasado siglo y para entonces ya había llegado al orfanato desde su Tenerife natal: sor Teresita. Joven monja, formada ya en el magisterio; tez morena como si en su cara se hubiera traído todo el sol de las islas Canarias; ojos vivaces que aprehendieron en corto período de tiempo la realidad de aquel lugar, y una empecinada actitud de querer cambiar algunas de las infames costumbres que aún regían en el centro: abominaba del hábito de los golpes y los palos todavía presentes, entonces, en nuestra crianza y educación. ¡Incauta!, no nos conocía bien aún, pues habituados a estas penosas prácticas no entendimos el mensaje y abusando de su bondad --concibiéndola como debilidad-- la hicimos blanco de nuestra rabia contra el colectivo que representaba... a pesar de todo siguió insistiendo en tratarnos como personas... y hoy aquellos que nos reíamos cuando --en el deje guanche-- nos llamaba "muyayos" en vez de muchachos la queremos aún más y la recordamos todavía. ¡Cuánta paciencia y generosidad, en un ambiente tan desfavorable!

En aquellos años sesenta triunfaba el minimalismo en las formas y en el fondo: los mensajes subliminales apoyándose en los símbolos y los sencillos dibujos que navegaban entre la figuración naturalista y la desestructuración cubista. Adelantada de la nueva iglesia --la del Concilio Vaticano Segundo-- sor Teresita se había apercibido que ésta había adoptado la moderna estética de las formas simples, incluso para su semiótica con acusada intención evangélica. Lo más "in" eran los mensajes directos a través de los objetos cotidianos, de los iconos... en un lenguaje pop.

Con estas premisas me requería de manera intermitente --algunos sábados de los años de mi bachiller poniendo a mi disposición su mesa desbordada por todo tipo de materiales: cartulinas, colores al lápiz, al pastel, a las ceras... y un puñado de caramelos-- en el aula del pabellón de menores donde daba sus clases, y partiendo de algunas ideas, visionando grabados y estampas, concebíamos la composición de las láminas --de gran tamaño-- anunciantes de los tiempos del Evangelio en una continuada producción --a lo largo de esos años-- de carteles religiosos. Colocados en el pasillo de la entrada a la iglesia del orfanato producían el efecto deseado: una indudable empatía entre la institución católica y los feligreses que acudía a la misa de domingo. Fueron muy elogiados. Aquella relación mecenas-artista tuvo su final cuando, enviado al pabellón de mayores por mayoría de edad, corté el cordón umbilical que me ligó hasta entonces a las monjas. Allí me esperaban otros guardianes, éstos masculinos, más severos, alguno violento al que me enfrenté abiertamente; gente nulamente preparada para la crianza y educación de chicos adolescentes.

Era el principio de la década de los setenta, del que he escrito: "Mil novecientos setenta y uno fue el inicio de un nuevo tiempo; de confusión, de desagrupación, de soledad, de desubicación, de insistir obsesivamente en la idea de supervivencia. Los muros oprimían mi esperanzada adolescencia con redomada fuerza, y las tapias cercenaban, a diario, mis primeros vuelos libertarios; ¿hay conciencia del alma en un cuerpo con ataduras? Entonces mi vida era todavía una herida abierta que me llenaba el ser de cicatrices y de las que llevaba, indefectiblemente, sus marcas: las de la temprana orfandad, las del hambre de ración, la de la angustiosa soledad de la noche, del día, del mes, del año, de los cumpleños, de la amistad...; de la ausencia. Castigaron sin descanso mi natural disconformidad de tardoadolescente --tuvimos que madurar muy pronto-- de aquel tiempo; ni siquiera apunto rebeldía, en todo caso lo era sólo por omisión. No soportaba especialmente en aquellos momentos los personajillos que dirigían mi existencia desde la tiranía; los que ejercían su poder desde la ignorancia consentida, y los que nos mandaban instalados en la estupidez y la disciplina exagerada, e hice oídos sordos a las órdenes que querían regir mi vida sin mi permiso, a sabiendas que esta actitud es la que más irrita al tirano, sin apercibirme que el ser abyecto ejecuta sus actos con premeditada intimidación del colectivo y, así, degradando mi condición de recién graduado en bachiller superior, se escarmentaba a los demás internos...".

El nuevo encargo, después de algunos años, era el bálsamo que necesitaba en aquel momento. Retomar la relación con mi mecenas era un deseo que venía subyaciendo en mi mente todo aquel tiempo: "Bueno, vale, yo te pinto el cuadro con las rosas a cambio de muchos caramelos... ¡de frutas!"... creo que era octubre de mil novecientos setenta y allí estaban, en la misma mesa de siempre repleta de todos los materiales de dibujo --incluso novedosos rotuladores de colores--: un buen puñado de caramelos de frutas variadas... no sé de donde los sacaba pero allí estaban: de piña, naranja, limón, plátano... yo retrasaba el progreso del cuadro --sólo lo indispensable para que no se marchitara el modelo natural-- para así me fuera proveyendo de más caramelos, y sor Teresita disfrutaba con mi deleite por la golosina; gula de dulce que tuviera algo que ver con el antiguo relato del centro antes de que ella llegara, y que me escuchaba con mucha atención en una de aquellas sesiones de pintura "... y sor Delfina --superiora de finales de los años cincuenta-- subida a lo alto de la escalinata de acceso al pabellón de la comunidad de monjas, como regalo por su onomástica, lanzaba al aire los caramelos que cogía de un caldero metálico, dirigidos hacia el lugar, abajo,donde nos arremolinábamos pendientes de la caída de la golosina, y en el afán por atrapar alguno de los caramelos nos desollábamos en la tierra, y una vez en el suelo peleábamos entre nosotros como jabatos para coger uno de los dulces antes que los otros... y si no habías sido de los afortunados, con las rozaduras y rasponazos, no perdías la esperanza de ser uno de los agraciados al año siguiente...": "¡Cuánta carencia y resignación!", apuntaba mi mentora al final del recuerdo: "Ahora entiendo esta necesidad...".

En las sesiones de pintura, entre exclamaciones de agrado del cuadro por su parte:¡Está quedando muy bien!, nos explayábamos conversando --ella sobre todo escuchando atentamente, en una predispuesta actitud de comprensión-- de mis inquietudes; las del presente de un chico de dieciocho años atrapado en un tiempo y en un lugar que ahora ella bien conocía, y las del incierto y esperanzado futuro; y ella, en confidencia, me confesaba de sus dificultades de progreso de las nuevas ideas en una comunidad de monjas conservadoras, tradicionales y envejecidas sobre todo de mente... el todavía alargado brazo: nacional-católico: "Te acuerdas el escándalo de aquella lámina; creo que fue la última", me decía esbozando una franca sonrisa, mientras yo me aplicaba en aquella explosión de pétalos de rosas.

Y es que no todas aquellas láminas religiosas fueron elogiadas. Hubo una... De aquel esperpéntico episodio escribí después: "Como artista en continua evolución estaba pasando por una de aquellas crisis de identidad respecto a mi obra gráfica. En duda constante, me pareció que aquellos dibujos, aunque muy apreciados, carecían de la nueva visión del arte. Haciendo balance de todo lo dibujado pensé, entonces, que la relatividad de mi particular mundo sólo debería quedar enfatizada por el observador. Urgían nuevos planteamientos --como le expuse a sor Teresita--a aquella excesiva rigidez. Nuevas panorámicas. En estas divagaciones estaba cuando la monja canaria me encargó para un viernes santo el cartel de un cristo yacente en la cruz. Vino en auxilio de mi convulsa creatividad la imagen del Cristo de Dalí que había visto en la reproducción de una lámina: la fuerza que dimanaba de la deformada figura por efecto de la visión a vista de pájaro, era impresionante. Contemplando ambos la reproducción, se me ocurrió la idea, siguiendo el mismo planteamiento de visualización, de buscar alguna forzada perspectiva como lo había hecho el genial pintor pero en vez de situar al observador en el cosmos lo situaría en la tierra, debajo mismo de la cruz.

Aunque el reto era grande, puse manos a la obra, o a la cruz --como se prefiera--. Aquel forzado punto de vista obtenía una deformada figura de pies grandes y marcaba en la entrepierna un abultado paquete en la única prenda que vestía. Una vez expuesta la imagen, no sin ciertas reticencias, el exceso de volumen en el paño, por efecto de la perspectiva, pasó de abultado a sospechoso y no tardó mucho en ser catalogado de obscenidad con el consiguiente escándalo entre la comunidad de monjas, las que retiraron, inmediatamente, tamaño cartel blasfemo, habida cuenta de lo prolongado --en principio-- de su exposición: toda una semana santa. El "nuevo misterio" de la cruz, no entendido en capítulo de monjas mayores acabó con mi peligrosa incursión en la libertad creativa y, por ende, con los carteles religiosos, pese al apoyo incondicional de sor Teresita; lo que me retrotrajo a una etapa más mundana y con menos riesgo: los dibujos a plumilla de la Alhambra"...:¡Y qué bonitos eran aquellos dibujos a tinta china!, apostillaba la monja, después de recordarle mi condena por la reverenda madre --la Guerra-Bravo-- al más oscuro ostracismo... luego nos reímos con abierta complicidad.

Ahora que he recuperado el cuadro y aquellos difíciles días, compruebo que las escenas de ese tiempo en la película de mi vida aparecen aún atormentadas... una guerra abierta con el más infame y violento de aquellos empleados-celadores... la injusta expulsión del centro por mi pertinaz desobediencia hacia el administrador-director de pensamientos totalitarios, que escondía tras aquel rostro de grotesco labios bajo nariz de boxeador su condición de abyecto falangista... la conjura de los necios en mi expulsión... de la que he dejado constancia escrita: "Poco después y con la tristeza del silencio cómplice, sin oficio ni beneficio, me marché una tarde de aquel inicio del verano --1972--, por la puerta de atrás, con lo puesto y mis escasas pertenencias (alguna ropa y mis libros de opositor) acomodadas en lo que era el diminutivo de una maleta; la que colmataban, no dejando ni un resquicio de espacio. Llegué con nada. Me fui con muy poco. ¿Dónde estaba mi ángel de la guarda? Posiblemente hizo alguna gestión pero aquel sátrapa no le escuchó. Del cura sólo obtuve evasivas. De las monjas el silencio más amargo. No hubo momento para la despedida: ¡¡Adiós compañeros!!

Traspasé para siempre las pesadas verjas sin mirar hacia atrás y me encaminé, en la más absoluta soledad, hacia la incertidumbre que resultó ser un agujero negro que me arrastró a una profunda crisis nerviosa
... sentía impotente la fuerza que me arrastraba al filo de la sima. Seguía sin encontrar nada donde agarrarme; nadie donde apoyarme. Detrás todo seguía latente, como si no hubiera acabado aún. Delante el panorama era aún peor, todo estaba oscuro y no podía ver nada. Cerré los ojos en lo inevitable y entonces percibí la cálida mano de ella, asiendo fuertemente la mía.
de la que empecé a salir cuando, a mediados de la década -1976-- conocí a Teresa, mi mujer. Gracias cariño. Todavía le sigo imponiendo a mi memoria una difícil tarea: velar la película de esos años, en una acción de amnesia voluntaria. Casi lo consigue."

Recobrado lo mejor de aquel tiempo se lo he prometido a mi mujer Teresa. A ella, que siempre se queja que nunca visito "Interflora": los regalos de ramilletes de flores se marchitan con el tiempo; éste no se marchitará nunca... disfrútalo, pero tú bien sabes con qué condición.

El cuadro que sobrevivió a la estancia en el centro, de su mecenas --al poco tiempo de colgar el cuadro, modestamente enmarcado y protegida la cartulina por fino cristal, en la pared del pabellón del orfanato, sor Teresita marchó de allí--, y de su autor --al año de la marcha de sor Teresita me expulsaron del centro--; y al que no había puesto título, bien pudo intitularse: "Rosas por caramelos".

Aquel puñado de caramelos de frutas es la contraprestación mayor que he obtenido por una de mis obras. Nunca comercié con el arte; siempre lo regalé.

Con sor Teresita en 1971, poco antes de que se marchara del orfanato


FranciscoMolinaGómez --"Emilio"--
(A la monja guanche: deseo en el recuerdo no olvidarte nunca. Gracias por llevar a nuestra dificultosa existencia un poco de aire fresco)