miércoles, 1 de abril de 2015

PERDONA A TU PUEBLO SEÑOR










1971. Armilla. Granada. Salón de actos del orfanato: Santa Cena. Escena estática sin diálogos; sólo comentarios en voz del narrador, de cuyo montaje y dirección se ocupó el propio Jesús --un rubio barbudo que apareció por el orfanato y que en la imagen hacía de Cristo--, al que miro extasiado junto a él, con las manos juntas, muy en situación de aquellos días, en una foto de plano corto en donde a mi lado identifico a Sabiote como otro apóstol. 

Llegaban de fuera, en grupos, en los días de marcas de ceniza en la frente, con sus sotanas ceñidas en apretada faja a la cintura, sus breviarios de ejercicios espirituales, sus aseados rostros parecidos, sus gestos imitados de las manos, sus mismas poses de predicadores de púlpito, acusándonos de la nueva infamia --la particular de cada uno de nosotros, aún niños, temerosos, apretujados hombro con hombro en los bancos de madera del salón del pabellón del orfanato--, de la culpa del sacrificio que en breve tiempo, al igual que todos los años por estas fechas, se iba a reeditar: nuestros pecados habían propiciado un nuevo martirio de la cruz...; después se marchaban dejando en nuestras conciencias sus miedos, sus dudas, sus culpas... y las cruentas imágenes de una muerte muy violenta. Al poco tiempo todo enmudecía: los juegos, las risas... hasta el propio silencio, sólo roto por los cánticos lastimeros --"Perdona a tu pueblo Señor..."-- que se alzaban suplicantes en el aire de los patios cuando en ordenada formación los transitábamos en el vía crucis viviente...; y el ambiente adquiría durante unos días un perenne color gris ceniza como el de las marcas de la frente...











Y cada año, durante bastante tiempo, vivíamos todos los internos del orfanato aquel primer recogimiento como antesala de una ciudad entera, después, en duelo oficial con manifestaciones religiosas por abigarradas calles de Granada de creyentes, viviendo con respeto el discurrir de los pasos procesionales levitando por encima de sus cabezas a ritmo de redobles de tambores; flanqueadas las figuras a los lados por toda una legión de acorazados romanos y de tétricos penitentes con sus caperuzas de rememorables reos inquisitoriales. Aunque éramos jóvenes, muy jóvenes, aquella repentina introversión por unos días a la pena, al dolor, a la angustia, al quebranto y a la muerte, que durante los primeros años nos produjera gran tribulación; después, sobrepasada con creces la línea de la adolescencia, las intensas y oficiales jornadas de pasión apenas causaban mella en nuestro ánimo (formaban ya parte del paisaje de nuestras vidas); al contrario aprovechábamos las mini vacaciones para sentir el lado más lúdico que sólo los del sur sabemos estrujar de tan santa semana, incluso en aquella época de obligado recogimiento religioso, algo más relajado con el inicio de la nueva década, cambiando las procesiones en favor del séptimo arte.

Aunque desterrada en parte la antigua censura que, durante años, había reprimido el ocio profano como salvaguarda de la espiritualidad de aquellos días, cuando las pantallas de los cines y de los televisores se prodigaban en imágenes religiosas, y las ondas hertzianas se trasvestían de la estridencia del pop a la armoniosa música clásica sacra, en exclusividad; presente aún la mano opresora, era inaudito que en plena semana santa, en mil novecientos sesenta y ocho, se programara película tan atrevida para la época: "Helga" --envuelta en un propagado rumor de morbo sexual--, aún cuando se proyectara en una sala selectiva de las llamadas de arte y ensayo. Algo se relajaba.

No sólo el lúdico; incluso su lado más hilarante, por supuesto sin intención irreverente, afloraba espontáneamente de aquellas manifestaciones populares de fervor religioso. Las procesiones de la imaginería con escenas de la pasión de Cristo que se prodigaban por doquier aquellos días --desde el domingo de Ramos al de Resurrección--, eran fuentes de situaciones rallando el esperpento.

Así, por las mismas fechas ya fuera del orfanato, cuatro años después, con veintiún años, y a fin de ingresar algunas pesetillas en mis depauperados bolsillos de opositor, en los que por falta de ingresos habían anidado las arañas (alguna de especie desconocida) cierta persona que por su "proximidad" familiar y a fin de salvaguardar su supuesta inteligencia del asombro del lector mencionar no quiero, me propuso un trabajillo para el lunes Santo: formar parte, con él, del grupo de porteadores de uno de los pasos que se exhibirían en procesión aquellos días: Tú no te preocupes de nada. Yo tengo mucha mano con los cofrades Mayores. Verás tú como conseguimos el mejor santo. ¡Déjalo de mi cuenta!, me dijo el familiar "próximo". Y yo confié.

Para tan señalado día, antesala de la pasión, me citó a media tarde en la puerta de la iglesia de santo Domingo, por el Realejo en Granada, a la que accedí subiendo la empinada calle de san Matías y pidiendo, a la vez, a todos los santos no tener que bajarla cargado con alguno de ellos. En la explanada a la que volcaba la iglesia su fachada principal de peraltado y estrecho atrio de tres arcos, junto a la estatua de fray Luis de Granada --como improvisado patio de cuartel-- formaba la heterogénea y escuálida tropa de futuros porteadores, algunos pidiendo a gritos un lavado nivel tres (intensivo), con secado y abrillantado incluido. Entramos en la iglesia y ¿al fondo?..., no me lo podía creer..., casi me da un pasmo al enseñarme el paso contratado.

- Tú eres tonto. ¿Pero esto que és? --le espeté con gran cabreo observando la enorme pieza religiosa, dudando que pudiera traspasar siquiera, por sus grandes dimensiones, la puerta principal de la iglesia.
- La Última Cena --me dijo a secas.
- La-Úl-ti-ma-Ce-na... la-Úl-ti-ma-Ce-na... --le repetía con gesto de burla-- ¿Tú no sabías que en la última cena eran un montón?... ¿pero tú nos has visto cuántos son? --le reconvenía alzando la voz acto seguido, y sin creerme todavía lo que estaba viendo.
- Sí ya sé..., son unos cuantos.
- ¿Unos cuantos?..., pero si están todos.
- Es que es la Última Cena completa.
- Y tan completa..., ¡si no falta ni Judas!... No sé como vamos a salir con vida de ésta.
- Para nosotros mejor. Me han dicho que pagan trescientas pesetas por imagen y como son muchos... pues más ganancia para el bolsillo --le miré de reojo para que no adivinara mi perverso pensamiento sobre su inteligencia... o lo más parecido que tuviera.

Desencajar el paso de las jambas de la puerta principal, donde en un primer intento de sacarlo a la calle había quedado empotrado, supuso una compleja maniobra desde dentro, desde nuestra acción de costaleros anónimos, requiriendo, asimismo una extraordinaria fuerza y una perfecta coordinación con las órdenes que, desde afuera, nos daba el cofrade Mayor. He mencionado la acción en condicional porque en realidad allí había más farsa que fuerza; muchas caras constreñidas, como de esfuerzo, pero sólo cuatro en realidad arrimábamos el hombro: Lado derecho subir un poco y lado izquierdo bajar lentamente...; apreciación nunca mejor referida que en el cumplimiento de las órdenes que nos dejaron con el costal clavado en el omóplato y en sufrida posición de semicuclillas unos y cuclillas otros: ¡¡Ahí!!, ¡¡bien!!, ¡¡mantenerlo!!...; así como en un mar de resoplidos: ¡¡¡Uuufffff!!, ¡¡¡uuufffff!!...; instante en el que percibimos todo el peso inclinado de jesús y los doce apóstoles cayendo a plomo sobre los hombros y espaldas de algunos: Ahora adelante... ¡¡¡todos a una!!!... ¡¡¡no me bajéis los del lado derecho, mantener la postura!!!; entonces se oyó un crujido al desencajarse la enorme pieza de la vieja madera de la puerta principal y todo el paso vibró, y también nuestros espinazos; bueno sólo algunos... entre otros el mío, no sé si también el del familiar "proximo".


Creía que había superado el gran escollo de lo que presentía una dura jornada cuando en la oscuridad de galeras, después de un corto recorrido, percibimos un cambio brusco de pendiente de la calle --sin posibilidad de vuelta atrás, embocábamos el descenso de la empinada calle de san Matías por la que había subido antes-- que nos empujaba irremediablemente hacia abajo, comprendiendo entonces que sólo un milagro nos salvaría del desastre de que todo aquel enorme peso nos arrastrara hasta el final de la calle, con imprevisible resultado. Pero no fue un milagro sino una flexible varilla repiqueteándonos los tobillos a la par del gesto nervioso de la mano en la firmeza de las órdenes imperativas --a voces-- del inflexible capataz --cofrade Mayor--, ordenándonos que aguantáramos el paso, vueltos en la posición original, intentando caminar hacia arriba en sentido contrario de la pendiente, lo que nos permitía descender de espaldas, muy lentamente, haciendo un ímprobo esfuerzo que nos dejó agostados. No a todos... sólo a algunos... los que menos nos quejábamos.

Mermadas fuerzas que estaban al límite cuando agradecimos la parada en la plaza del Carmen, enfrente del ayuntamiento: ¡Uuufff!, ¡por fín!..-, así como la tregua que nos anunciaba el jefe de galeras --cofrade Mayor-- avisándonos que teníamos diez minutos de descanso antes de reanudar la marcha. Me relajé complacido ahora en pisar terreno llano, creyendo que estaba a buen seguro al haber salvado dos difíciles pruebas de fuego... infeliz de mí... desconocía la naturaleza de la siguiente prueba y su peligrosidad: en la enrarecida atmósfera de aquel oscuro ámbito sin ventilar, a la luz de algunas velas y linternas se organizó un improvisado campamento con todos sus intendencias que esparció por el reducido espacio toda una amalgama de los más extraños y desagradables olores: el fuerte olor a sardinas y otras conservas enlatadas se mezcló con el agrio de los orines calientes y con algún otro sospechosamente escatológico --alguno disimuladamente defecó en el suelo--; a todo ello había que añadir el permanentemente invisible, pero constatable, rancio olor a humanidad: una auténtica bomba fétida, más letal que aquellas que de estudiantes lanzábamos en el interior del tranvía de Armilla, y que me obligó a sacar la cabeza del paso, ajeno al murmullo del gentío y al redoblar de tambores de la legión de falsos romanos que ya, pasado el tiempo de pausa, se aproximaban con la procesión, a la que nos incorporamos a la voz del cofrade Mayor: ¡Vamos!...¡¡arriba!!... ¡¡¡acompasando todos la marcha!!!..., con mejor disposición que las otras veces, pues estaba claro que algunos deseábamos alejarnos de allí cuanto antes, aunque sabíamos que no nos desprenderíamos del persistente olor a añeja humanidad que nos perseguía desde el principio.

Reanudada la procesión, la ostensible presencia de desechos y desperdicios --marcando el territorio de los sufridos porteadores-- no fue obstáculo para que la ordenada formación de la travestida guardia pretoriana con sus cascos y corazas brillantes, y sus afiladas lanzas, desfilaran solemnemente, al ritmo grave de los tambores, sin quitar la vista de frente y sin perder la formación, aún cuando varios de ellos llevaran pegados a las suelas de sus sandalias restos de una reciente y reluciente mierda, aún caliente.

Al cabo de varias horas que se me antojaron eternas, después de todo tipo de avatares y de situaciones esperpénticas, con las últimas fuerzas conseguimos realizar con éxito la complicada maniobra de ingresar el paso por la puerta principal... y descansamos: ¡¡¡A cobrar!!!; y allí, a la sacristía fue todo ufano el familiar "próximo" a cobrar una fortuna, pues aunque no estaba muy ducho en matemáticas, no se le escapaban las multiplicaciones cortas: Doce apóstoles más Jesús hacen trece, por trescientas pesetas... es un montón de dinero...; y si durante el trayecto el cofrade Mayor había tenido alguna duda de sus fuerzas, ahora en la reclamación no tenía ninguna duda de su incapacidad de comprensión --lo de la inteligencia lo descartó-- abonándole los emolumentos pactados al tiempo que también le finiquitaba verbalmente: Trescientas pesetas por imagen y no por cada uno de los personajes... como sois dos costaleros... ¡toma las seiscientas, y vas listo!

No me compadecí en su lamento; exhausto ni siquiera le pedí mi exigua paga que se había guardado y me largué, al tiempo que farfullaba: Perdona a tu pueblo señor..., ¡a todos menos a éste!


FranciscoMolinaGómez















domingo, 15 de marzo de 2015

¡MUDO!...¡¡MUDOO!!...¡¡¡MUDOOO!!!











Aquel caluroso día de julio de mil novecientos sesenta y siete una ola de tantas otras infinitas, salpicó de espuma salada el medio cuerpo estirado de Miguel "el mudo" --izquierda de la foto-- sin ni siquiera inmutarse; después el fotógrafo aprovechó el instante del repliegue del agua para inmortalizarme junto a él, clavando las manos en la arena seca, deseando arraigar en aquel lugar. De fondo los niños, el chambao, las barcas, las primeras casas en el monte... el mundo.








¡Eh!, ¡mudo!...¡¡mudoo!!...¡¡¡mudooo!!!..., le gritamos llamándolo como si nos pudiera oír; él absorto, de pie, mirando con cierta lascivia --que traslucía su concupiscente mirada en el agrado de la esbozada sonrisa-- hacia el vértice inferior de los triángulos de tela --bikinis-- que lucían minimalistas en los esplendorosos cuerpos rubios de las extranjeras, paseando su apetito de sol por la playa muy cerca de donde estábamos; sin quitar ni un segundo la vista de la exigua ropa que tapaba, por muy poco, su natural deseo que ahora le rondaba por la mente desbordando sus instintos más primarios que ya empezaban a mostrarse abajo, dentro del bañador...; premuras que le abortamos bruscamente, sin avisar, porque no había sonido previo que avisara al mudo Miguel --que también era sordo-- la inminencia de los acontecimientos; cuando notando el dolor en el golpe seco de la piedrecita detrás de la oreja se olvidó bruscamente del ensueño y encorajinado, con los ojos abiertos como platos, profiriendo sus característicos e ininteligibles gruñidos, buscaba entre aquella multitud de cuerpos jóvenes echados o sentados en la arena de la playa al experto tirador.

Todos nos hicimos los suecos. Nadie se reía. El estado de ofuscación agrandaba su mole humana, agigantándola, mientras bramaba por entre los nimios vacíos que nos separaban, casi pisándonos con aquellos pies de elefante. Entonces era mejor no interferirse en su camino; ni mirarle siquiera, no fuese que se mosqueara. Al final al no conseguir su propósito en la indiferencia de todos, se revolvió como toro bravo entre las tablas rugiendo de forma grave las amenazas de "corte de cuello" --lenguaje manual que se le entendió a la perfección-- a todo el colectivo de chicos. Después ya apaciguado me buscó para preguntarme en su lenguaje si yo sabía... tocándose con aspavientos la oreja... encogiéndome de hombros y negando con la cabeza..., para a renglón seguido y acordándose de la feliz fantasía de la que repentinamente le habíamos bajado, recuperar el apetito de la carne --que dirían las monjas-- en los gestos que me dirigía: mordiéndose el labio inferior con los ojos en blanco, mientras movía repetidamente en vaivén ambas brazos a la altura del ombligo.

Le entendí perfectamente no sólo los gestos sino, también, aquella avidez " de mujer"; las que sin dudarlo estarían dispuestas a pasar con él una divertida velada --en su papel de bufón imitando histriónicos personajes-- pero no una noche íntima. Miguel el mudo vivía atrapado entre dos silencios: el de su mudez-sordera y el de su propia soledad afectiva. Sobre todo esta última se le notaba sobremanera en la mirada, en ocasiones. Yo diferenciaba entre las más profundas afectivas y las más lujuriosas urgentes, como la que seguía luciendo en el rostro ese mismo día a la subida desde la playa a la colonia marítima para el almuerzo. Le acompañé hasta el cuarto que ocupaba en el descanso del primer patio, despidiéndome rápidamente en su apremio al desahogo manual del obsesivo deseo carnal.

Miguel el mudo, niño de la casa --expósito por más señas--, en plena madurez seguía vinculado de alguna forma aún al orfanato. La misma institución que lo tuteló --la Diputación de Granada-- le había dado un empleo de mozo para carga, descarga y reparto de mercancías que transportaba la furgoneta para los distintos establecimientos de beneficencia que regía la institución en toda la provincia. Era el perfecto acompañante para Eustaquio --el conductor--: discreto en su silencio interior, sólo centrado en el trabajo, fuerte y musculoso; cumplía a la perfección con sus cometidos. Había convenido con el conductor un corto pero eficaz lenguaje gestual a cualquier orden que éste le insinuara. Aún a pesar de su discapacidad sensorial mostraba mucha inteligencia: era como si leyera en la mente del otro su intención... no sé...; aparte era muy divertido: haciéndonos reír con sus monsergas y mimos cuando los estudiantes --chicas y chicos-- nos encontrábamos con él en la furgoneta, la que nos llevaba todas las mañanas, a unos a la escuela de Hostelería de Armilla, y a otros a las academias e institutos de bachiller de Granada.

De los viajes anteriores a aquella época, cuando mi hermano Antonio iba en la furgoneta hasta el Virgen de las Nieves --instituto de formación profesional en Granada-- habían entablado entre ambos cierta relación que siguió hasta que mi hermano emigró a Barcelona. Ahora cuando nos encontrábamos en el orfanato, o en cuanto pasaba por su lado en la furgoneta me preguntaba por mi hermano Antonio con su particular lenguaje de raras interjecciones --¡pah!, ¡pah!, ¡pah!...-- y mímicas: un leve encogimiento de hombros señalando con el brazo allá lejos --Barcelona--, seguido del gesto de mostrar unidos los dedos índices de sus manos --hermano--, con final en la imitación de estar aserrando: como si todo el brazo derecho , con la mano extendida, fuese una sierra --trabajo--...; ¡qué gratificante poder comunicarme con él! Yo le asentía que estaba bien: con un gesto de cabeza afirmativo, y que trabajaba mucho: haciendo muy rápido y repetidamente el movimiento de vaivén de mi mano derecha convertida en oportuna sierra, y que ganaba mucho dinero: en la seña de deslizar el dedo pulgar sobre el índice repetidamente...; después se reía escandalosamente. Creo que necesitaba comunicarse, en este caso ahora conmigo el hermano pequeño.

Cuando llegaba la temporada de verano, Miguel el mudo se incorporaba a la colonia veraniega como chico para todo: lo mismo cortaba leña para la cocina haciendo casi astillas los duros troncos de olivo, apilados en la leñera, con aquella poderosa fuerza que le imprimía al hacha al tiempo que la descargaba en repetitivo bufido al liberar la tensión muscular; que blanqueaba de cal todas las paredes al inicio de la temporada, previo a su ocupación. Si bien el cometido principal, el que justificaba la razón de su presencia allí era el de ser nuestro particular ángel de la guarda durante el baño en el mar: el que vigilaba nuestro natural atrevimiento de escapar mar adentro, que pudiera ponernos en alguna arriesgada situación de ahogamiento, aunque en la orilla, en su afán de juego y de gastarnos bromas, fuera él mismo el que se prodigaba en hacernos ahogadillas de las que nos sacaba con todas sus fuerzas in extremis, casi sin respiración, mientras se reía en su jerga. Así la continuada presencia durante los veranos fue providencial en cierta ocasión.

No recuerdo bien el año. Sí me viene a la memoria que la mañana había amanecido con el mar un poco encrespado, no lo suficiente para que las monjas nos prohibieran el baño, autorizándolo aunque nos pedían especial prevención, por supuesto sin alejarnos de la orilla. Y en esas estábamos jugando con las olas, encaramándonos en su cresta y luego dejándonos arrastrar por ellas cuando con gran ruido se precipitaban sobre la arena, lanzándonos algunos metros más allá de la orilla, al tiempo que nos partíamos de risa aunque hubiéramos tragado una generosa ración de agua salada. Pero mientras nosotros nos divertíamos, él no bajaba la guardia: aquellos días eran muy bien conocidos por Miguel el mudo; en cualquier momento aquellas olas medianas podían mutar a otras más grandes y embravecidas; por ello vigilaba con especial atención, intentando abarcar con la vista a todo el colectivo de bañistas: que no se le escapara ningún movimiento extraño. De repente empezó a correr en el agua que le cubría hasta las rodillas profiriendo extraños y muy ruidosos alaridos hacia un extremo del grupo de muchachos --haciendo aspavientos con las manos alertando a todos, monjas incluidas-- en donde se había apercibido que uno de nosotros, de improviso, en vez de ser expulsado por la ola a la arena, era absorbido hacia dentro del mar en el reflujo del agua, en donde aparecía y desaparecía la cabeza del chico, al que identificamos su aterrorizada cara: ¡Es el Fideo!, ¡es el Fideo!..., chico extremadamente delgado, que movía desesperadamente los brazos intentando mantenerse a flote y no hundirse en la vorágine de esa gran ola que durante toda aquella mañana había presentido el mudo Miguel, y que lo zarandeaba por su escaso peso en su peor presagio: el de empujarle al fondo con su fuerza desatada.

Sin dudarlo Miguel el mudo se zambulló en el vórtice de la peligrosa ola sin perder de vista al Fideo, y sorteando la primera embestida ambos desaparecieron en el agua de la vista de todos. Instantes después la misma ola que en segundos había adquirido una magnitud desmesurada --hasta entonces la más alta que habíamos conocido--, y bramando como el rugido de un gigante los expulsó a los dos a la playa, a la que despavoridos habíamos huido todos, y en donde durante unos segundos aún permaneció Miguel el mudo abrazando fuertemente al Fideo sin soltarle. Después una vez de pie y aupándole de atrás del bañador, dejándolo colgado en el aire como un animalillo indefenso, lo arrojó con enojo a la arena --tosiendo éste compulsivamente, soltando el agua que había tragado-- al tiempo que muy enfadado le profirió una monumental bronca en todo tipo de roncos sonidos inimaginables, mientras todos observábamos la escena. Reprimenda que no inmutó el semblante de el Fideo, el que seguía en estado de shock cuando se lo llevaron las monjas... y a renglón seguido se suspendió el baño aquella mañana. Con el paso del tiempo aquel episodio que pudo acabar en tragedia era ya un clásico en el repertorio de Miguel el mudo que siempre lo contaba a su manera, señalándole al interlocutor, de entre los niños, al Fideo, el que aquel día volvió a nacer

1958? Almuñécar. Granada. Miguel el mudo que exhibe su perpetuo histrionismo en el gesto divertido del abanico, era consciente de su otro protagonismo más serio: el de ser ángel de la guarda en los baños de mar de los niños pequeñitos

Miguel el mudo era un espíritu libre. Aunque incurso en el colectivo de niños de la casa: Jesús Péh-Péh, Manolico el baboso... y otros, ahora ya adultos, a los que unía alguna discapacidad física o mental no quería acabar como éstos, finalmente recluidos ante el desamparo en los hospitales de San Lázaro o el de la Virgen --éste último al que en Granada llamaban la casa de los locos--, y en su cara siempre mostraba el pánico al ingreso sobre todo en este lugar, cuando a su manera lo contaba. Habíamos oído hablar de este sitio, el que reconocíamos identificándolo desde la furgoneta camino a la academia en innumerables ocasiones: ¡Mirar!, la casa de los locos: el hospital de la Virgen, en el número catorce, atrincherado detrás de altas tapias de ladrillo, obedecía a la tipología de establecimientos públicos benéficos de principios del siglo pasado, con claro parecido al orfanato aunque los pabellones estaban unidos a la edificación central, en parcela más reducida, sin la dispersión de aquél. Una navidad, la de mil novecientos sesenta y nueve, y disfrazado de paje de rey mago --los reyes magos eran tres diputados provinciales-- me adentré sin haberlo pedido ni deseado en aquellos espacios; una experiencia impactante, de la que escribí después:

Recorrimos en comitiva regia el largo corredor donde, ahora, las ricas, vistosas y rígidas ropas reales de los tres diputados cortaban el aire desangelado, en una escena extrañamente festiva, que no distrajo la atención --pese a la ruidosa fanfarria de la entrada-- de los internos de la sala de hombres: dispersos, absorbidos cada uno en sus insondables universos interiores, sin entender aquella fiesta, ni los regalos que intentábamos entregarles. La escena era desoladora: aquellos humanos nos mostraban con una crudeza que espantaba su deriva mental... sus extraños gestos... unos inmovilizados como queriendo taladrarnos con su fija mirada... otros dando vueltas continuamente en los rincones de la amplia sala; estancia que olía a deposición y orines... uno más cercano gritando violentamente...". No me extraña que Miguel el mudo no quisiera estar dentro de las tapias de aquel tenebroso lugar. Su vitalidad y alegría desbordada era todo lo contrario a las actitudes maníacas de aquellos internos; aunque él tenía también sus propios tics: los de imitar continuamente, con cierto giro de caricatura, todo tipo de personajes; algunos de gestos extremadamente caballerosos con las mujeres, los que repetía todos los días en la furgoneta con las chicas estudiantes del orfanato, cuando las recibía y al despedirse de ellas. La mañana de aquel día, repitió las de despedida como siempre... y luego ¿desapareció?

Como los demás días Miguel el mudo nos saludó efusivamente con sus extrañas y ruidosas interjecciones --las que profería para llamar la atención abriendo extensiblemente la boca en su particular lenguaje acompañando de gestos con las manos-- en cuanto nos divisó. Mostraba la misma alegría de siempre al vernos llegar a la furgoneta, donde como cualquier otra mañana esperaba nuestra llegada y la de las chicas. Regocijo que durante el viaje transformaba en continuas bufonadas, intentando arrancarnos nuestras más aparatosas risas --chicos-- y otras más comedidas sonrisas del personal femenino, al que trataba con ademanes del más educado caballero, improvisando personajes in mente. Ademanes caballerescos --aquellas eran sus damas-- que llegaban al virtuosismo cuando apostado afuera del vehículo, después de aperturar su pesada puerta metálica, les saludaba de aquella exagerada guisa, despidiéndolas y deseándolas un buen día. Las primeras que agredecían tan especial tratamiento eran las chicas que se bajaban en la escuela de Hostelería, cuya entrada se alineaba con la carretera de Armilla.

Pero aquel día al poco rato de bajarse en la entrada a la escuela de Hostelería con la furgoneta aparcada en el arcén de la carretera ya no se le oía... ni se le veía...; desapareció misteriosamente: ¿Dónde está el mudo?...: ¡No puede ser! Repasemos los momentos anteriores a la abducción --dijimos-- visionados a través de las ventanillas: como todos los días abrió la pesada puerta metálica corredera del vehículo y se situó en la parte de afuera para dar paso a las chicas que se bajaban allí. Hizo una aparatosa reverencia, como si las que se fueran a bajar fuesen reinas: inclinó el cuerpo saludando, mientras agachaba la cabeza con un aparatoso gesto de quitarse un solemne sombrero. Dió algunos pasos reverentes hacia atrás... y desapareció súbitamente. Las chicas que esperaban verle apostado al exterior de la puerta, al no descubrirle se quedaron atónitas, intentando buscarlo alrededor del vehículo, y más tarde mirando a lo lejos por entre los trigales de los huertos...; era extraño no divisarlo en su recio aspecto...; entonces, ¿dónde está el mudo?...:¡Ah!, ¡qué jodido!, nos estará gastando alguna broma...: Se habrá escondido el muy ladino...:¿Pero dónde?

Los minutos pasaban y Miguel el mudo seguía sin dar señales de vida: A ver si aparece, no teníamos toda la mañana para jugar al escondite; además Eustaquio se estaba mosqueando: ¡Dónde cojones se habrá metido éste?, exclamaba impaciente: No sabemos; pero si hace un segundo estaba ahí mismo, al lado de la acequia...: ¿La acequia?...¡¡toma ya!!, seguro que al dar los pasos atrás se ha caído dentro. Ya antes de llegar hasta ella oímos un prolongado aullido lastimero, aunque muy débil que provenía del interior de la profunda zanja de riego, en el tramo encauzado de recia fábrica en donde había quedado encajado, después de golpearse contra el duro fondo, su corpulento cuerpo, el que a duras penas sacamos de allí; y aunque el golpe tuvo que ser muy fuerte, apenas se quejaba, esbozando una leve sonrisa desdibujada de dolor cuando le mirábamos, sentado en el asiento de la furgoneta, rumbo a Granada a que le reconocieran en el hospital de san Juan de Dios, cerca de la academia donde estudiábamos los chicos. ¡Ay, Miguel!, nos desjastes preocupados todo el día. Al final algunas magulladuras y poco más; tenías la fortaleza de un toro. !Qué susto nos distes!, creíamos que te habíamos perdido...; te necesitábamos.

Pasado el tiempo caíste en otra zanja más oscura y profunda... pero ya no estábamos.



FranciscoMolinaGómez
(... después cuándo muy joven me echaron de allí, yo creí que se me había complicado sobremanera la vida, sin saber nada de la tuya... me quejaba de su dureza, sin pensar siquiera en tí... sin tener noticias tuyas durante mucho tiempo... hasta que en algún papel leí que nos habías dejado para siempre... que aquel grueso fardo que portabas a la espalda era demasiado pesado para proseguir: entre tus "dos silencios", y para olvidarlos, se había colado de rondón el "alcohol" y ya no pudiste superar aquella complicada encrucijada sin perder la libertad, y esta finalmente se cobró su servidumbre... lo tuyo sí fue complicación...¡hasta siempre Miguel!; gracias por todo...: ¡Ah!, mi hermano sigue muy bien, ahora ya está jubilado)










lunes, 2 de marzo de 2015

EN LOS TIEMPOS (II) DEL FINAL DEL ÁGORA: FORMAS II
















Análisis de Formas II


Había pasado un año y ahora no sentía aquella inicial prevención del curso anterior. No era nuevo en la escuela y eso me daba cierta seguridad, a la vez que una familiaridad con aquella casa, la que empezaba a considerar como algo a lo que deseara estar vinculado el tiempo necesario para congraciarme de una vez por todas conmigo; mientras iba descendiendo nervioso --al incorporarme con las clases ya comenzadas--, otra vez, hacia las entrañas del edificio buscando mi aula de Análisis de Formas --las de segundo curso--. Conocía el edificio nuevo, los pabellones del viejo, sus recovecos, sus patios... pero ¿el aula-museo en el sótano?... ¿no será la del curso pasado? No, no era allí; bajé un nivel más que desconocía existiera, luego unos escalones que daban casi directamente a una puerta; la abrí y entonces creí descubrir no un aula de dibujo, sino, probablemente, el lugar secreto de la escuela donde los que regían el centro habían escondido --guarida sin luz natural--, a aquellos alumnos que ya muy temprano habían adquirido variados grados de esquizofrenias: era como la sala de estar de un manicomio en el que cada loco --o grupo de locos-- iba a su tema: se acercaban a las láminas de colores sobre caballetes con extraños movimientos: de cuello, de brazos, de caderas, hasta de piernas; saltaban, giraban, se agachaban hasta casi el suelo; se retrepaban hasta retar el equilibrio hacia atrás; rezongaban... todos los gestos inimaginables, para a continuación, con un solo golpe de muñeca, dejar un simple e ininteligible rastro de pintura del que quedaban embobados al alejarse para visionarlo en la pequeña distancia. Todo muy raro... mientras el que parecía el profeta de todo aquello --alto, delgado, con barba canosa y abstraída mirada de cristo del Greco--, en el centro de la amplísima sala, pronunciaba en alto leyendas de curiosas citas, que parecían reflexiones filosóficas arengando al espíritu creativo, en una particular visión de la realidad de las cosas, a toda aquella patulea de abducidos, los que de manera intermitente, para no interrumpirle en sus largas peroratas, acercándose al gran maestro le mostraban las enormes láminas pintadas de una indescifrable amalgama de manchas abstractas en líneas y masas de colores: ¿Qué le parece señor Seguí?, le preguntaba uno que llevaba varios minutos revoloteando a su alrededor, esperando su oportunidad: ¡No!, ¡no!, ¡no!... , tienes que penetrar en él..., tienes que captar su espíritu..., vuelve a intentarlo, le contestaba. Ni puñetera idea de lo que hablaban, y lo peor era que aquel que suponía iba a ser mi profesor era el que más dudas me suscitaba.

Asustado por creer que había dado con uno de aquellos lugares raros de los que con cierto recelo contaban de la escuela, y preocupado por encontrar un rastro de normalidad que pudiera apaciguar mi creciente preocupación de que el "sueño" quedara atrapado en aquella notoria sinrazón, busqué con la mirada otros sitios, y me dirigí hacia un rincón donde un hombre de mediana estatura y poblada barba, del que por la edad que mostraba presumí era otro profesor, congregaba con su verborrea a un grupo de jóvenes alumnos: Si sabéis mirar..., si sabéis llegar hasta el fondo..., lograréis captar su impronta; ¡horror!, hablaba parecido al otro y además me resultó familiar: era calcado a uno de los conocidos gemelos que siempre acompañaban con sus guitarras a la cantante María Dolores Pradera en las actuaciones televisivas: ¡Dios mío, el gemelo de la Pradera!..., ¿qué carajo hace aquí?..., y además de profe. Creí que había entrado en una alucinación, quizás producto de algún brebaje que me hubieran puesto en el café que momentos antes había tomado en el bar de la escuela, y acongojado abandoné el lugar, corriendo escaleras arriba tan rápido como pude: No puede ser que esto sea real, que esa sea mi aula de dibujo de este año; la mente --pensé-- me está jugando una mala pasada; tengo que relajarme y reflexionar.

No tardé mucho en alegrarme al quedar enterado que por error me había colado en el aula del grupo de Análisis de Formas que no me correspondía: ¡¡Uuuufff, menos mal!!; suspiros que estaban más justificados cuando, inquiriendo ahora por curiosidad en la personalidad del tal Javier Seguí, me enteré de una leyenda que era ya un hito en la escuela: un día liberó de sus jaulas a unas cuántas gallinas que había hecho llevar hasta el aula; éstas se desperdigaron por el suelo, posándose en lo alto de los caballetes o en las cabezas y brazos de las estatuas de yeso que se prodigaban en la sala, al tiempo que Seguí apremiaba a dibujarlas: No dibujéis su forma exterior..., ¡id más allá!..., ¡captar su espíritu!...; ¡¡¡Acojonante!!!: ¿dibujar el alma de una gallina?; no daba crédito a aquello que me estaban contando y agradecí enormemente que mi encuentro con aquél raro espécimen de profesor fuera sólo casual; pero no sería la única vez aquel curso. Ahora entendía aquel guirigay, aunque no explicara lo del hermano gemelo, asunto que de momento dejé aparcado. Luego vine en conocimiento de que efectivamente era la persona que yo creía; el que además de arquitecto y profesor, era músico.

En los días sucesivos agradecí muchas cosas: que estuviera en el grupo de Helena Iglesias --con una visión diametralmente opuesta a la de la otra cátedra de entender el estudio del análisis de las formas; sin aquellas derivas mentales, éste se adaptaba mejor al preciosismo en el dibujo que yo ya poseía--; que mi profesor --Roberto Osuna-- además de joven no revelara en sus gestos actitudes mesiánicas, sino alguien cercano que me daba cierta tranquilidad; que las clases se dieran en un aula con amplias mesas de dibujo y mucha luz natural; que además los no muy numerosos compañeros de clase pareciesen normales, y que ya con el primer tema diéramos, ¡por fin!, el anhelado gran salto del barroco a la modernidad: Con la documentación proporcionada de la casa Wolf de Mies Van der Rohe, en la actualidad demolida, deberán reconstruirla mediante un dibujo de perspectiva. Bueno, aquello parecía otra cosa; pero cuando me puse manos al dibujo no parecía tan simple: siendo su fachada de ladrillo había que dibujar todos ellos, o adoptar algún procedimiento que diera esa sensación; y no sólo eso: también las barandillas, los marcos de las ventanas, los vidrios...; ¡¡¡estábamos con Helena Iglesias!!!

Estudié concienzudamente aquella casa, y otras de Mies que encontré en la bibliografía recomendada por el profesor, e hice con técnica seca de lápiz de color, para aquel primer ejercicio, una vista axonométrica desde el acceso de la parcela a través de unas prolongadas escaleras --el terreno era escarpado-- hasta la puerta de entrada de la vivienda; la que mostraba toda la volumetría primitiva de la casa. ¡Ah!, qué cómo resolví lo de los ladrillos de las fachadas: ¡fácil!, presionando con un buril afilado quedaban rehundidas en la cartulina las líneas de llagas del aparejo del ladrillo, por lo que al pasar el color no quedaban afectadas por este, con un resultado bastante aceptable con el real. Pero lo importante, al margen del dibujo y de los trucos que nos íbamos transmitiendo entre nosotros, era que había algo en aquella obra que empezó ya a transmitirme emociones desconocidas; algo que sin saber exactamente que era, me indicaba que transitaba la senda correcta; algo que ya intuía descubriría más adelante cuando empezara a controlar la materia de la que surgen las cosas, como el pegote de barro de mi infancia, sin que escurriera por mis manos ni mi cuerpo.

¿Pero que era aquello que buscaba?, y ¿cuándo se me revelaría?... poco sabía ciertamente... tiempo al tiempo. Había que seguir estudiando minuciosamente aquella casa y las otras del autor, las que empezaban a mostrarme ya en su concepción la grandeza de la arquitectura, en este caso a través del pensamiento creativo de Mies van der Rohe: "Menos es más"; axioma sagrado que todos respetaban y veneraban, hasta que en una conferencia en el salón de actos de la escuela, Fernando Higueras --el niño terrible de los arquitectos modernos españoles-- lo tiró por los suelos: Lo de Mies Van der Rohe es una chorrada, dijo y a continuación espetó: Menos es menos y más es más; dejándonos desorientados, desprotegidos, huérfanos... mirando hacia los profesores presentes en la sala en busca de amparo: No le deis importancia, es una excentricidad más de un arquitecto polémico. Sí, pero porqué decía aquello. A lo mejor era el único que, ante tanta reverencia, se atrevía a decir que el rey "estaba desnudo". Aquella provocación llevaba un mensaje que sólo sabía el propio Higueras: quizás liberarse de una puñetera vez del mito, desmitificándole..., posiblemente lo que nos anunciaba era la necesidad inevitable de la caída de los dioses para que pudieran surgir nuevos discursos... No sé ciertamente pero con el paso del tiempo he podido atar cabos.

Ejercicio de dibujo del autor del blog: reconstrucción de la casa Wolf de Mies Van der Rohe con técnica libre: líneas del dibujo con lápiz fino de grafito y lápices de colores --noviembre 1986--


Después de montar el artefacto lo explosionamos en el siguiente ejercicio, quedando a la vista la génesis de su proyectación: las operaciones de adición, sustracción y maclado de volúmenes y las otras generadas a partir de los elementos bidimensionales --planos--: suelo, techo, y entre ellos el aire, como matrices del universo miesiano: esencia última de la materia generadora de las formas, y del que nos hablarían largo y tendido en los siguientes años. Luego nos dedicamos a manipular todos aquellos conceptos, haciendo infinitas transformaciones formales de la casa: estirando, comprimiendo, agregando..., moldeando la masa como si fuera plastilina; o trasmutando los materiales originales por otros, dando lugar a visiones distintas; ejercicios que duraron hasta la mitad del segundo trimestre. Para el resto de las clases lectivas del curso y coincidiendo con el final del invierno, era costumbre en la cátedra de Helena Iglesias trabajar in situ sobre algún monumento histórico de Madrid. El resultado eran láminas realistas, espectaculares, pintadas en distintas técnicas de color, de las que algunas se publicaban después en un libro --"Dibujando Madrid"-- para satisfacción de sus autores; libro que se iba actualizando cada curso con los nuevos dibujos y que se vendían en librerías. Aún poseo un ejemplar.

Aquella baza propagandística era una de las armas que en la soterrada guerra entre ambas cátedras le daba ventaja a Iglesias sobre Seguí. Las batallas trascendían las juntas de escuela, las de cátedras, las de los despachos hasta llegar como un rum rum a las aulas. Oíamos hablar pero no nos enterábamos de casi nada; por lo menos yo --iba a lo mío-- pues ya tenía bastante con poder sobrevivir en aquella vorágine, intentando congraciar mi vida familiar y laboral con los trabajos de la escuela. Así que obviando los ruidos de fondo, concentrado en superar la asignatura, el día señalado para el comienzo de los últimos ejercicios me dirigí al lugar de la cita en el que había quedado con los demás compañeros y el profesor del grupo: el edificio del Ayuntamiento en la plaza de la Villa. Un empleado que ya estaba sobreaviso nos franqueó la entrada, y subimos hasta el patio de Cristales: un amplio salón --antiguo patio-- cubierto con una esplendorosa cristalera-lucernario con vidrios de dibujos que proyectaban luces de colores al centro de la estancia donde regía una gran mesa y en donde Roberto pidió que nos agrupáramos: Hay que estudiar una sección longitudinal por el centro del patio. Después se dibujarán todos los elementos arquitectónicos y decorativos que queden en la visual. Técnica libre.

Ejercicio de dibujo del autor del blog : Ayuntamiento de Madrid: representación de vista interior mediante sección por el patio de cristales con técnica libre: líneas del dibujo con lápiz fino de grafito y lápices de colores --abril 1987--

De aquellos días midiendo y fotografiando con detalle todo lo que quedaba a la vista en el corte --datos que luego reflejamos en los croquis preliminares al dibujo-- son las únicas fotos que poseo con compañeros de carrera. Aún quedaban muy lejos los días de los teléfonos móviles con dispositivos de cámara fotográfica con los que hoy se fotografía compulsivamente --para luego publicitarlos en las redes sociales-- cada segundo de existencia; sus momentos vitales: "A punto de comer mi mejor paella"...: "Después de soltar mi descomunal cagada"...???; es la fuerza de la imagen instantánea que se consume en el momento mismo de publicarla, sin prestarle casi atención, esperando ya la siguiente. Estas que ahora vuelvo a ver, por únicas, poseen ya la pátina del poso de la melancolía, y rememoro aquellos días, con la posibilidad de fabularlos, sin más imágenes que las impresas en mi memoria: Sería principios de primavera a juzgar por nuestras ropas, y allí estábamos en la mesa del salón-patio el grupo de cuatro que habíamos trabajado juntos compartiendo croquis y fotos el último día de toma de datos. Al que más recuerdo es al del jerséis rojo porque me lo fui encontrando intermitentemente durante aquellos años. ¡Anda!, el del saco blanco es el rubio de Valladolid que se empeñaba en dibujar con el aerógrafo, aunque con dudosos resultados. ¿Y éste del jerséis gris?, ¡ah!, sí, lo recuerdo siempre agobiado por el resultado de sus láminas: parecían infantiles; agobio al que le dio término cuando abandonó aquellos estudios.


Pero aquel abandono estaba todavía por llegar cuando con los dibujos de croquis y las fotos en poder de cada uno nos despedíamos: Ahora a dibujar todo el día...: Bueno algunos --dije-- más allá del día. En el silencio de la noche la voz rota de Sabina sonaba en la radio aún más ronca en la disección de su propio desamor. "Extraño como un pato en el Manzanares/ torpe como un suicida sin vocación/.../ oscuro como un túnel sin tren expreso/.../ febril como la carta de amor de un preso/ Así estoy yo sin ti..."; mientras yo, ensimismado en el papel, hacía mi propia disección de la pared --análisis parietal le llamaban-- intentando descubrir en la masa esculpida de órdenes clásicos del muro, los distintos planos, las sucesivas capas de materia que se superponían unas con otras, como entretelones de un escenario, cada una con sus propias leyes de formación, pero contribuyendo en su conjunto a la espléndida escenografía final: la parte igual al todo: base, cuerpo y remate... ¡¡¡diantre!!!, ¡vaya hallazgo!; ahora entendía mejor la sensación de movimiento de la fachada de Borromini --la de la fotocopia del curso anterior-- en aquella sucesión armónica de llenos y vacíos que también estaban allí... ¡jóder!, ¡claro!, esto era... sonreí... y me vi más cerca de entender todo aquello que buscaba.

Pero el camino del entendimiento estaba lleno de obstáculos. Por diferencias entre Helena Iglesias y representantes del Ayuntamiento ya no nos dejaban trabajar en el interior del edificio, pero lo peor era que la señora Iglesias, para afrentar la conducta de falta de colaboración de la institución municipal, se negó a que la imagen del Ayuntamiento figurara en el libro: ¡Adiós láminas publicadas! Ahora sólo nos permitían trabajar en el exterior, en su fachada. Quiero recordar el poyete de una especie de armatoste de piedra, como fuente... o algo así... que había en el centro de la plaza, que utilizábamos tanto de soporte para dibujar como de improvisado asiento... pero no estoy muy seguro. Estábamos a mediados de primavera y ya quedaba poco tiempo para acabar el curso... y otra vez aquella férrea voluntad venciendo la pesadez del sueño, midiendo mentalmente el tiempo de la noche que eterno al principio, luego se embalaba hacia el día a partir de determinada hora... la misma en la que en la emisora musical Sabina seguía arrastrando sus desdichas amorosas: "Perdido como un quinto en día de permiso/ como un santo sin paraíso/ como el ojo del maniquí.../ Así estoy yo, así estoy yo sin ti..." y en la que yo, al igual que el cantautor, tampoco encontraba solución a mis desvelos: aunque logré captar a lápiz la complejidad de la fachada, su doble cuerpo abalconado, las torres con sus remates de chapiteles, las cubiertas de pizarra abuahardilladas, y la exuberante decoración de sus portadas... no pude darle color. Nunca había sentido tanta impotencia pues aunque había cogido vacaciones en mi trabajo, y dibujaba día y noche, no llegué a tiempo de entregar completa aquella última lámina. Me convocaron para examen final. Miré en el tablón la hoja de la convocatoria y anoté fecha, hora y aula de examen.

No sabía que el día del examen aparecía ya reseñado en la ley de Murphy sobre la termodinámica: "Todo empeora a elevadas presiones", hasta que lo comparé con lo que estaba sucediendo: Me levanté con el tiempo justo para ir al examen; a mitad de camino, sin posibilidad de retorno, tuve que hacer un alto en una librería del centro a comprar los bártulos de dibujo que, por las prisas, me había olvidado en casa --ahora tenía doble escuadra, doble cartabón, doble compás...; doble de todo--; en mi aproximación a la ciudad universitaria comprobé atónito que los demás conductores se habían puesto de acuerdo para que yo no avanzara: tenía la impresión de que apenas movían el coche; cuando al final visualicé con esperanza el edificio de la escuela: mi gozo en un pozo, en cien metros a la redonda no encontré aparcamiento; y cuando sudando por haber bajado el récord de carrera de los cien metros no lisos me incorporé al aula anotada en mi libreta: ¡Horror!, el examen había comenzado y no me querían dejar entrar. Para no empeorar el panorama si le contaba con pelos y señales al profesor, que en la puerta se interponía entre mi persona y el aula, aquella increíble odisea, resumiéndola apelé a su compasión, el que no muy convencido me dejo pasar. Pero la cosa no había terminado ya que en cuanto visualicé la figura al fondo en la tarima: ¡Mi madre!, ¡si es el loco de la gallina! Alarmado me hice una rápida pregunta mental: ¿Qué más contratiempos le pueden pasar a una persona una mañana de examen?, la que a la vista de lo sucedido me constesté yo mismo: ¡¡Infinitos!! Creí que nos habían juntado a los dos grupos el mismo día de la prueba, de ahí que no me pareciera extraño estar viendo al célebre Seguí que, ante la pregunta de algunos alumnos, borraba la palabra "dibujad" en la leyenda escrita en la pizarra, y que ahora quedaba: Captar el "hálito" de un punto de encuentro.

Miré a mi alrededor y ni rastro de mi profesor ni de mis compañeros; tampoco hallé rastro de otros bártulos de dibujo parecidos a los míos que no fuera la cartulina, y empecé a sentir cierto indisimulado temor: Esto es muy raro..., aquellas sesudas reflexiones... aquellos gestos y movimientos del cuerpo me eran familiares, además nadie se quejaba de que no hubieran dado referentes físicos del posible punto de encuentro: Un punto de encuentro ¿pero dónde?, sólo le hice tímidamente esa observación cuando me acerqué a él pidiéndole árnica. De repente trasmutó su abstraída mirada de cristo de Greco hacia una infinita extrañeza de ojos muy abiertos clavándolos en los míos, como si estuviera viendo un alienígena: ¿Cooomooo?..., ¿acaso es usted de esta escuela?, me preguntó con acusados gestos de la cara que habían pasado de la extrañeza a la incredulidad; dándome cuenta entonces del error: Sí, y además afortunadamente de otro grupo. Recogí mis cosas y me marché lo más rápido que pude: ¡Adiós!, ¡hasta nunca!

Pocos días después, ¡qué alivio!: reconocía mi aula, mis compañeros, mi profesor: Con los datos de planta y alzados de una edificación agro-pecuaria del centro de Europa, reconstruirla con una vista cónica. Recuerdo que lo más complicado era conseguir la perspectiva de aquella maldita cubierta con muchos faldones de pendientes que se interseccionaban a distintos grados, y que por fin, al cabo de mucho rato, pude encajar; dejándome tiempo suficiente todavía para tratar en color una parte del ejercicio. No lo tengo tan claro que lo consiguiera el rubio de Valladolid, el que ubicado en la última banca, mantenía una pelea a muerte con el aerógrafo. Sudaba recortando las plantillas, dudaba a la hora de elegir los botes de pintura y hacía un ruido infernal, por el aire comprimido del aparato, con cada aplicación de ésta sobre la cartulina; un auténtico desespero. A la semana supe que había aprobado: Dos de dos. Entonces empecé a convencerme de que las asignaturas llamadas gráficas --las cruciales de la carrera-- las iría aprobando siempre por curso.


FranciscoMolinaGómez
(continuará)























domingo, 15 de febrero de 2015

LO IMPERFECTO DE LA BELLEZA











Transcribo el correo electrónico de 16.05.2011/ 13:12 h: "Aquí os mando para que tengáis un gran recuerdo de sor Gloria Aguirre Andaluces --en realidad Landaluce--, la gran Maestra, recordémosle siempre. Como siempre vuestro amigo José Antonio".
Gracias José Antonio por la foto, aunque la reseña es como poco, por lo vivido, de dudoso título. Junto a una pléyade de buenos maestros que he conocido, fue la primera de la otra serie: la de los malos maestros: Nunca, nunca, nunca... las crueles afrentas abrieron, ni abrirán, el camino del conocimiento; al contrario...











Ha si-do so-lo u-na mi-ji-ca..., balbuceaba el "Mijicas" --mirando temeroso a sor Gloria--- más con el parpadeo de los ojos que con la boca; guiños que en sus intermitencias imploraban algo de compasión a la monja que muy de mañana, con sonoras palmadas, había despertado a los internos del orfanato en la salutación de siempre: ¡Arriba el Niño Jesús!...: ¡Y por siempre en nuestros corazones!; la que de urgencia, como si en ello le fuera la vida, se había acercado a su cama --al igual que lo haría con las otras de los "meones"-- apartando con enojo las ropas que la cubrían, al tiempo que éste le seguía suplicando con gemidor balbuceo: Ha si-do so-lo u-na mi-ji-ca..., rehuyendo a sor Gloria en la progresiva irritación de su agraciada cara: Además de mojar la cama, ¡eres un mentiroso!...¡una mijica, una mijica!..., ¡recoge las sábanas manchadas y a la ducha de agua fría...; ¡vosotros también!

El Mijicas coleccionaba adscripciones a grupos siempre denostados, desde que nació; si acaso alguna vez lo hizo porque no había indicios, datos, ni documentos de que aquello hubiera sucedido en algún lugar; tampoco se conocía el momento exacto, tan sólo que brotó de manera espontánea una mañana muy temprano envuelto entre trapos que sólo liberaban su cabecita, abandonado en las tapias junto a la portería del orfanato, sitio del que fue rescatado por el portero --Pepe el Bolas-- que le oyó gemir cuando hacía la primera ronda mañanera. De sus padres ni rastro. El Mijicas pasó, desde aquel instante, a ser niño expósito, y, para más señas, también niño cunero. Desde entonces aquella mijica de carne comenzó una ardua lucha contra el infortunio. Su poco peso y sus escasas defensas eran una rémora que negaban la viabilidad de aquel conato de existencia que había surgido milagrosamente junto a las tapias. Desde el primer momento su cuna fue sitiada por un ejército cruel: el de las enfermedades infantiles, activándose en el niño cunero un eficaz sistema inmunitario contra el implacable asedio, del que pudo zafarse a duras penas. Pasó de la Cuna al Destete y después, con cuatro años, al pabellón donde estaba sor Gloria.

Sor Gloria era en su beldad el contraste de facciones perfectas y armoniosas con respecto de las caras de las otras monjas: un rostro de fino cutis blanco que acentuaba un lunar negro en la mejilla, y que se prolongaba terso en el mismo color del gorro de la toca --aquella de largas alas- y en el que destacaba luminoso el intenso azul de sus ojos, abriéndolos mucho con la mirada fija en cualquier niño cuando le recriminaba por algún hecho a su opinión reprobable, desafiándole con aquellos ojos dilatados, quietos, intensamente abiertos... hasta que el niño aturdido, los rehuía y bajaba la cabeza; después volvía a su estado natural en el tiempo que dictaba el castigo. Aún así con su dureza de intención, era como si su belleza le redimiera a la vista de los infantiles ojos: tenía la hermosura femenina tan deseable para una madre... y ahora se suponía que ella lo era para el Mijicas y los demás niños. De la persistencia de la lozanía de su cara se contaban muchas cosas entre los internos, las que con el tiempo habían adquirido carácter de leyendas: Qué si se daba pomada en la cara...: Qué si se pellizcaba suavemente los carrillos para tenerlos sonrosados...: Qué si se ponía colorete en las mejillas... Cara angelical que por las mañanas no le pareciera tanto a Mijicas.

En el pabellón de menores, las desdichas del Mijicas comenzaban muy de mañana, cuando despertaba con la misma sensación mojada de siempre, con los calzoncillos, la camiseta y las sábanas empapadas en orines, y aunque minimizara el hecho --Ha sido una mijica, repetía siempre--, la verdad es que no era una mijica, era una formidable meada que discurría en el sueño, caliente y apacible entre sus piernas recogidas contra su cuerpo en actitud fetal, plegadas hasta confundirse con su pecho; amparándose en la elasticidad de sus carnes, hecho un ovillo --en ese otro rincón de su existencia--, para sentir más dulcemente en su piel el calor de la micción nocturna, y de la que le despertaba sobresaltado, poco después, el frío de los orines; la humedad fría de las sábanas que percibía gélidas por efecto del hule que cubría su colchón. Y no era el único: varios chicos amanecían empapados en orines hasta el cuello.

Se culpaban de aquella denostada condición sin preguntarse siquiera las razones. No eran conscientes de sus carencias --siempre las mismas-- que en sus subsconcientes admitían y justificaban, quizás, en el pánico a despertar a media noche para no sentir miedo a las extrañas y alargadas sombras proyectadas en la pared, y que se movían a la par que el parpadeo de la llama de la lamparita de aceite, acechada por la oscuridad, y que en alto dominaba el alargado dormitorio; tal vez en la dificultad de avanzar un solo paso en el implacable asedio con el que aquel insufrible frío cercaba las camas, impidiéndoles llegar hasta los aseos; o, porqué no, en la existencia de alguna patología orgánica que les relajara sus esfínteres durante el sueño, en la necesidad de evacuar la tóxica orina. Pudiendo ser cualquiera de ellas las razones, ¿dónde quedaban las otras?, las relacionadas con el mundo de los afectos, con las ausencias de estos.

El Mijicas no percibía de una forma cierta las carencias afectivas. Estas actuaban de manera inconsciente, y cada noche al acostarse repetía los mismos gestos, los mismos ritos, las mismas posturas; las que su ser evocaba de otros tiempos, cuando aún no había nacido; en los que sentía, al amparo de aquel refugio primigenio --el seno materno-- un inmenso sosiego, una extraordinaria paz; sentimientos de agrado que percibía cuando escondido entre las ropas de la cama, su cuerpo se enroscaba hasta hacerse esférico, rotundo, globular --y así exponer la menor superficie de éste al frío hule--, sintiendo el pálpito de su corazón en todas sus carnes y cómo la sangre caliente iba templando su ánimo, olvidándose de sus desdichas hasta quedar profundamente dormido..., creyendo flotar en el líquido intrauterino, extasiándose en su calor --unos segundos de intensa felicidad-- cuando involuntariamente evacuaba los orines. Y así todas las noches, durante mucho tiempo, con el aliento cortado cuando despertaba.

¡Venga rápido, todos a la ducha!..., les increpaba sor Gloria. No había piedad para los meones, y desfilaban con las banderolas mojadas de color orín, como blasón de vergüenza, asidas en las manos entre los demás chicos --que le señalaban-- hacia las duchas de agua fría, muy fría, muy de mañana, muy temprano, tan temprano que aún la temperatura de sus cuerpos no había alcanzado la de sus existencias, y bajo el gélido chorro de agua, el Mijicas desnudo, destemplado, miraba al resto de chicos que se lavaban al tiempo que éstos le contemplaban; suplicando conmiseración, con el pelo mojado y el agua escurriendo por la suave y tersa piel ante la atenta mirada de sor Gloria:¡No salgáis aún todavía!, ¡debajo de la ducha hasta que os lo diga!, ¡a ver si el agua fría os quita esa fea costumbre!... sintiendo en la clavazón punzante del frío limpiar su yerro; buscando entre las miradas escrutadoras y acusadoras un gesto de perdón: ¡Venga!, salir ya fuera, el que se orine mañana doble sesión de ducha fría..., hasta encontrar las manos que le ofrecían una toalla seca en donde envolvía la tiritera y el insistente castañetear de dientes que persistía hasta que la temperatura de su cuerpo alcanzaba la de su ser, el que mantenía en vilo con el exiguo tazón de leche con miga de pan del desayuno, después de la obligada misa y antes de las clases.

Del grupo de los atrasados de la escuela del orfanato, el Mijicas ya arrastraba tan desafortunado título desde los tiempos en que sor Clara --la primera educadora con apenas cuatro años-- le ubicara definitivamente en uno de los rincones de la escuela, mirando a la pared, con unas prominentes orejas de burro en la frente y al que la burla constante le había invertebrado del resto de chicos que en la mofa le cantaban: Borriquito como tú / que no sabes ni la ú..., y en el progresivo aumento del tamaño de las orejas de burro, y de la repetición de la eterna letanía, perennemente aparcado en el rincón, Mijicas perdió la letra u y ya no la coreaba con los otros niños, y sor Clara le castigaba a la salida de las clases encerrado en el aula, repitiendo una y otra vez las vocales a las que falta siempre una: a, e, i, o..., a, e, i, o..., y empezó a hablar sin la u..., evitando aquellas palabras que la contuviera: muro, cuerpo, humedad, hule, ducha, burla, burro... hasta que la reencontró justo a tiempo de pasar a la otra clase, la de sor Gloría: Uuuuffff, menos mal!...: ¡Ave María Purísima!..., ¡Sin pecado concebida!

Había momentos que sor Gloria, desprendiéndose de su dureza en su mesiánica misión de salvaparias, mostraba su lado humanista: el de la creación artística. En esta afición o necesidad de mostrar sus habilidades artísticas se transformaba; era otra distinta: hablaba amigablemente con los niños mayores --los cuidadores--, mientras sus manos iban confeccionando artísticas flores de tela de colores: las rosas con sus pétalos abriéndose; los claveles rojos apretujados en el verde cáliz; y las amapolas con sus estambres negros...; flores que destinaba para adornar y embellecer la iglesia. También decoraba la clase con sus destrezas en el dibujo y la pintura: como las láminas de peces al pastel que Mijicas contemplaba clavado en la pared, al lado del mapa de España. Dibujaba en la pizarra grande --encerado-- primorosos dibujos, sombreados con tizas de colores, en donde escribía leyendas y rótulos de caligrafías muy elaboradas que después copiaban los niños en los cuadernos. Y es que parecía querer traslucir la belleza en aquellas actividades cotidianas. ¿Quería inculcarles el arte a los niños, o era simplemente un ejercicio de lucimiento personal?

En la escuela de sor Gloria cuando se acababa la lírica de la tabla de multiplicar, comenzaba el tiempo de la sinrazón de la letra con sangre entra, y tomaba protagonismo la flexible vara india. En el segundo grado de la enciclopedia Álvarez las lecciones eran incomprensibles y algunos niños mayores seguían sin saber que un triángulo equilátero era el que tenía todos sus lados y ángulos iguales; que el Mulhacén era el pico montañoso más alto de la cordillera Penibética; y que los Mandamientos eran diez y se resumían en dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Los mismos que en ese momento no eran prójimos de su maestra sor Gloria, que los iba apartando en un pelotón de torpes, a fin de recibir los correctivos varazos en las manos, y de los que siempre era carne de cañón un tal Pitraco. Cada golpe seco marcaba en la palma de la mano del Pitraco una lacerante marca, y en su gesto una mueca de intenso dolor contenido --le había tocado a él; a continuación podía tocar a cualquiera de los otros de la bancada--, sin obtener compasión del inalterable rostro de sor Gloria que sin vacilar descargaba con mucha furia la vara, dejando impresos amoratados cardenales en unas manos doloridas que, de vuelta al pupitre, mostraba a sus compañeros:

¡Toma!, ponte ajo en las manos; verás como te duele menos, le decía el Milindres a fin de aliviarle el escozor de los golpes, y a Pitracos en su dolor le brotaba hacia el compañero una esbozada sonrisa de complicidad y agradecimiento, que era muy seductora; la que le daba cierto brillo a su cara de niño malo, y que desmentía la leyenda de diablo con la que las monjas le habían rebautizado, pues le marcaba en el gesto una expresión angelical que no le favorecía en su adquirida notoriedad de duro, al hacerle vulnerable a perder su otra identidad, la del inconformismo que llevaba muy adentro y que afloraba en multitud de ocasiones, como la última en la que, para escapar del castigo, apretando con fuerza la vara india en el momento en que la descargaba en su mano sor Gloria se la arrebató escapando con ella hasta el patio; arrojándola lejos, detrás de la tapia. Vano remedio: otra vara, después, quedó marcada en rojo en sus jóvenes y blancas nalgas; donde más se hunde; donde más duele.

Los escolares mayores esperaban con ansiedad el receso del castigo en el cambio de tercio: al mediodía el toque de campana anunciando el Ángelus se expandía por todo el recinto, irradiando notas de bronce para la oración: El ángel del Señor anunció a la Virgen María...: Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo. Y el rezo les daba una tregua a los chicos mayores; pausa que el Pitracos aprovechó para soplarse las palmas de las manos a fin de calmar la intensa quemazón que no le aliviaba siquiera el ungüento de ajo, y los otros para desechar momentáneamente de sus mentes aquel temible silbido --que habían percibido con la desazón del inminente golpe, tantas veces-- que hacía la vara en el aire antes de dibujarse en la carne.

Silbido que, como un zumbido constante que atormentara los oídos, pendía todos los días como espada sobre el corro de niños --alrededor de sor Gloria-- que daban la lección del primer grado a la monja, la que ahora iba apartando a aquellos de los menores que no sabían que dioses había uno sólo y no tres; que España limitaba al norte con el mar Cantábrico y los montes Pirineos que la separaban de Francia; y que Viriato fue un pastor lusitano que luchó contra los malos tratos de los romanos...; los que también desconocían que un cuerpo era todo aquello que ocupaba un lugar en el espacio; aunque ahora ellos estuvieran ocupando el espacio del castigo infame; era igual estaban allí, a la vista de todos, expuestos a los demás niños para escarmiento más que para escarnio; para que sintieran el mismo miedo de los castigados; la penosa incertidumbre de que fueran ellos los que seguidamente ocuparan aquel lugar; nadie estaba a salvo cuando a los sonoros crujidos le sucedían apagados lamentos --dos solitarias y espesas lágrimas por más muestras de dolor--; suplicando con las miradas de niños indefensos algo de caridad al descargar la vara. No había compasión pues el golpe sonaba siempre igual: como chasquido en carne tierna; y el intenso dolor de las manos buscaba consuelo al apretarlas Mijicas contra su cuerpo, ya de vuelta al refugio del pupitre: Duele mucho..., cuando sea grande voy a venir aquí y le voy a dar en sus manos con la misma vara, para que sepa lo que duele, en donde rumiaba su desdicha, de la que era asombroso que cupiera más en su corta vida.

Aquel justo deseo se desvaneció tiempo después en la alegría de la marcha de sor Gloria del orfanato; a la que despidieron las otras hermanas a la puerta de la comunidad de monjas, en la misma explanada donde en sus jardines --los del estanque de la patera-- seguían creciendo las dos profusas matas de bambú, que le habían proporcionado, sin agotarse, aquella peligrosa arma; a las que los niños miraban con temor incluso cuando, proyectándose en el tiempo, sobrevivieron a su perverso uso...; y en la reflexión de aquella huida y del tiempo transcurrido: Qué alma, que no hubiere enfermado de insensibilidad, de ira o de soberbia, podía permanecer impasible ante la impactante imagen de la tristeza infinita en los ojos vidriosos de un niño, con la congoja desbordada en dos lagrimones que se van deslizando, lentamente callados, por las angulosas mejillas hasta la comisura de una boca cerrada, contenida de rabia, de impotencia, de resignación impresa en apretados labios por los que discurren las gotas ya saturadas, mezclándose con la saliva y probando su salado sabor; sorbiendo para adentro su dolor, el que se transformará otra vez en lágrima para aflorar silenciosa cualquier otro día... ¿qué pasaba entonces por la mente de un niño?... ¿qué pasaba en aquellos momentos por las mentes del Pitraco, Milindres, Mijicas...?...; y quién no era capaz entonces de conmoverse.

Nunca la "belleza" fue tan imperfecta.



FranciscoMolinaGómez --"Emilio"--
(Sufrí como todos con reprimida conmoción y mucho dolor la "gratuita" violencia... y hoy --ahora-- quiero creer que aquella agraciada mujer escarbando en lo más profundo de sus convicciones religiosas y en obligada reflexión desde su exilio forzoso que le llevó a la otra punta del país --el norte--; lograra por fin, en el tiempo de la confesión, conmoverse)














domingo, 1 de febrero de 2015

EN LOS TIEMPOS (I) DEL FINAL DEL ÁGORA: FORMAS I












"El último de esos días amaneció esplendoroso. Después de desayunar en la aparatosa habitación donde destacaba una anticuada cocina económica --prueba viva de la antigüedad de la casa--, al despedirnos de la anciana y cerrar la puerta dejamos atrás el rancio olor a vivienda antigua que persistía en el olfato, el que empezó a diluirse nada más salir a la calle de una ciudad abierta, acogedora, de la que nos sabíamos casi todos forasteros, con similar climatología a la de nuestra ciudad --Granada--, y que mostraba a primeras horas de la mañana un limpio y claro día primaveral de domingo soleado que sugería por otras visitas anteriores, como costumbre para los visitantes de provincias, una expedición al parque del Retiro. Pero no fue así. Cambiamos, a petición mía, el bullicio de los conocidos y populares jardines por la paz y el silencio de la ciudad universitaria; desierta aquella mañana; extensa al oeste de la ciudad en el distrito de Moncloa, caminando tranquilamente por los largos y anchos paseos arbolados que arropaban grandes parcelas ajardinadas en las que destacaban, muy visibles, alargados volúmenes de edificios racionalistas.
Llegar hasta la puerta de uno ellos, la escuela superior de arquitectura, era el deseo solicitado a mi anfitrión. Subimos la escalinata y escudriñamos el solitario vestíbulo a través de las cristaleras de las puertas cerradas. Mi emoción que trascendía la aséptica fachada de piedra, de formas limpias en ausencia de cualquier superflua decoración que distrajera la sobria portada de pilastras jónicas, conllevaba en mi imaginación una esperanza futura de conjeturarme en su interior como alumno algún día. Lo que sucedió, para mi regocijo, algo más de una década después..."
( Del libro: "Curso´63, del bachiller en los tiempos del pop", del autor de este blog)













Análisis de Formas I



En mil novecientos setenta y tres debía viajar desde Granada a Madrid para presentarme a unas oposiciones estatales. Emprendí viaje con un compañero y amigo de la infancia --Agustín-- con el que había coincidido en Granada; éste de visita a a punto de retornar a la capital del país. Ya en Madrid me invitó a pernoctar los días del examen en la casa de una solitaria anciana a la que hacía compañía a cambio de cobijo, asistiéndose ambos. Días en los que me hizo de cicerone, acompañándome incluso hasta la misma puerta donde en el frontispicio que sostenían unas pilastras jónicas aparecía, cincelada en la piedra y con pomposas letras romanas, la leyenda del lugar donde habitaba el sueño fervorosamente deseado. Tuvo que notar mi emoción cuando, agarrado a los barrotes de la puerta cristalera y pegando la cara al vidrio, quise traspasarla con la mirada... Cuando en mil novecientos ochenta y cinco, me reencontré con la misma portada, era como si entre aquella soleada mañana de domingo y el momento de intensa emoción al atravesar por primera vez la puerta cerrada entonces a los sueños, hubiera transcurrido una eternidad.

Aquel primer día, al tiempo que tomaba posición frente al caballete, suspiré con alivio: aún estaba a tiempo de remediar la obsesión que me había perseguido durante muchos años: demasiados; tantos que no la ubicaba en origen; posiblemente la adquiriera de pequeñito cuando fabulaba construcciones amasando barro en aquel patio cerrado al mundo, del que no tenía otra consciencia que no fuera la realidad de la argamasa blanda de un ocre oscuro que al apretarla se me escurría por entre los dedos, fascinado por poder domeñar la mezcla: la tierra y el agua, dos elementos indomables por separado, ahora juntos obedecían a lo que mi mente ordenaba a las manos; brotando en mí, al tiempo que intentaba modelar el oscuro pegote suave y húmedo, la satisfacción de la primera conciencia de estar jugando a "petit dieu de rien", al que las monjas castigaban sin piedad cuando el exceso de barro se adhería de forma pertinaz en aquellas pobres ropas de niño huérfano... no comprendía porqué se castigaban aquellos impulsos irreprimibles... quizás fueran merecidos por mi torpeza con el barro... por los oscuros churretes que ensuciando la camisa y el pantalón escurrían por la pierna, sin que apenas me apercibiera, atareado en conseguir la forma deseada... tengo que esforzarme... y ahora, al cabo de tanto tiempo intentando, estaba allí, de pie ante el alto caballete esperando al profesor de Análisis de Formas, en el aula de modelos (copias en yeso de órdenes y estatuaria clásica) que se desperdigaban por la amplia sala, y cuyas hieráticas poses enfatizaban en relieve los brillos y las sombras que les producía la proyección de la artificial luz de los focos, en un ambiente de semipenumbra favorecido por la escasa luz natural que apenas dejaban pasar, por entre ventanucos, los gruesos muros del sótano de la escuela de arquitectura; observando a los que a mi alrededor se erguían frente también a otros viejos caballetes de madera como el mío, casi tapados por éstos, afanados en fijar el papel cartulina sobre el tablero. Aquellos advenedizos a arrebatar el fuego de los dioses --pensé-- seguro que habían penado menos en vida que yo para llegar hasta allí; eran más jóvenes y más altos... de entre ellos habría aspirantes a ser uno más del obligado eslabón de la elitista saga familiar de arquitectos, con todo a su favor menos la vocación, o por lo menos ésta dudosa.

El profesor se demoraba y apenas hablábamos por primera vez entre nosotros, mirándonos con cierta desconfianza, y a ratos observando el modelo enfrente --tímidamente asomadas las cabezas por entre los caballetes a los que uniformaba la misma suciedad de restos secos de pintura y tinta-- no ocultábamos cierta preocupación, aunque algunos --posiblemente los de la saga familiar-- que iban de sobrados, se acercaban hasta aquella amalgama de objetos del modelo con desparpajo y cierto aire de suficiencia, mostrando maneras de alumnos de taller privado de dibujo: reclinando la cabeza hacia atrás y entrecerrando uno de los ojos, pretendían demostrar que ellos ya sabían hallar las proporciones de éste, en la medida del lapicero al carboncillo colocado al final de la mano extendida que se interponía en la visual entre el ojo abierto y los objetos apilados al fondo, en los que destacaba un busto de cabeza de época arcaica griega.Impostada concentración en las poses reflexivas, acercándose mucho al modelo para después alejarse hacia el tablero; gestos que intentaban, quizás, ahondar la incertidumbre de principiantes del resto: ¡Bah!, simple postureo --dije mentalmente--; aseveración que confirmé cuando aquellos que tanto iban y venían, después se asomaban, disimuladamente asombrados, a mi encaje del modelo en la lámina. No había que dejarse guiar por las primeras apariencias entre nosotros. Se me mostraban irrelevantes; incluso la primera del profesor hacia mí, el que colocado muy cerca me observó un rato --debiendo sorprenderle más mi edad que lo que dibujaba-- hasta que algo azorado porque le adivinara el pensamiento de su mirada, la desvió con aire docto, hacia el papel cartulina, sin pestañear, con la mirada fija escrutando el esbozo del dibujo, y sin que trascendiera en su expectante silencio la señal de algún sentimiento que me diera una pista, al rato sólo dijo: Autodidacta, ¡eh!

Después, conforme avanzaba el curso y se multiplicaron aquellas sesiones de dibujo de encajado de modelo, lo escrutaba, a intervalos, mientras merodeaba por los otros tableros. Me di cuenta de que con todos sólo observaba casi la misma cara de circunstancias del principio. El nivel general, a pesar del tiempo de aprendizaje transcurrido, le debió parecer muy flojo; casi decepcionante, comparado, probablemente, con el que le exigieron en su día hacía ya bastantes años para su ingreso: sólo el que llegaba a dominar la mancha (sombras de tinta china diluida en agua sobre el dibujo) se salvaba de la quema; el resto tenía que abandonar aquellas inquietudes. Posiblemente pensara, a la vista de los resultados y del relajamiento en la exigencia del dibujo de modelo clásico, que aquellos tiempos eran, sin lugar a dudas, el inicio del final del Ágora: Muchos de ustedes, de no producirse un milagro, suspenderán irremisiblemente, nos decía a menudo. Nos mirábamos algunos con la duda grabada en la expresión de la cara por descifrar a quienes se refería; sorprendidos a la vez de las insinuadas sonrisas de otros --tal vez los de la saga familiar-- parapetados en el apellido conocido entre el profesorado de escuela y en el ambientillo profesional, como salvoconducto para salir airoso de la primera prueba importante de la carrera. Aún no tenía ni pajolera idea del favoritismo de la élite --muchos de ellos profesores de la escuela-- que venía medrando, unos desde instancias políticas y otros desde las propias aulas, en las calificaciones de los alumnos, beneficiando a los del apellido que hablaba antes... claro que esto producía cierta indisimulada tensión entre los diversos clanes de profesores llegando a luchas soterradas entre ellos. Alguno lo ha contado después.

Conforme se avanzaba en los ejercicios, el encaje de modelos se iba complicando: hasta aquel momento habíamos intentado ordenar en proporciones, mediante líneas rectas, elementos de arquitectura y figuras con poses estáticas. Ahora se trataba de descubrir la línea curva imaginaria --números invisibles que estaban allí, sin percibirlos aún-- generadora del espectacular movimiento de la copia en yeso, a tamaño natural, del Discóbolo de Mirón, que nos retaba enfrente. Lo observaba atentamente. Cada vez que levantaba la vista del papel, ahí estaban los números que hacían posible aquella fabulosa sensación de movimiento del cuerpo del atleta. Durante las clases mostraba cierta ansiedad por descifrar los secretos que guardaba, ya que las sesiones con aquel modelo se estaban acabando. Un día, no sé porqué, en una de ellas se me mostró, perfectamente visible, la línea de máxima tensión, paradigma del movimiento petrificado de la escultura. Mentalmente fui descubriendo la espiral cerrada que envolvía la acción. Partiendo de la sección áurea de la mitad del cuerpo y en una continua sucesión de curvas tangentes, con razón en el número fí y límite en el infinito, quedó al descubierto aquel instante único: todo el cuerpo agachado hacia delante --concentrando la máxima tensión muscular, y en vigorosa torsión-- traslucía el impulso final. Aquella revelación la pude aseverar en la inmediatez del dibujo cuando sobre la cartulina quedó trazada, exactamente, la espiral buscada.

Con el sentimiento de proximidad que da el reconocerse, al igual que hacían los demás, como una víctima expiatoria más del mismo sátrapa --¿porqué esa tendencia joven a demonizar a los maestros?-- que enjuiciaba con mucha dureza los trabajos, y el de la confianza de ir viéndonos en las aulas; a ratos, obviando las prevenciones iniciales en la sublimación del magisterio de nuestro profesor, conveníamos entre todos la deficiente enseñanza que nos prestaba en el análisis de las formas, pues al cabo de muchas clases teníamos sólo una impresión: allí nos habían congregado más para demostrar que para aprender... ¿pero demostrar qué?... quizás lo que hubiéramos aprendido en las academias privadas de dibujo, con ventaja de los pijos del lápiz, o lo que habíamos aprendido y practicado por cuenta propia... en todo caso para qué queríamos un maestro que se dedicaba simplemente a puntuar. Al final admitida aquella realidad, sólo esperaba que lo hiciera basando sus juicios en criterios objetivos más que en los subjetivos: en sus gustos, como lo eran ciertas enrevesadas arquitecturas como la impresa en la fotocopia que un día nos repartió.

En el segundo trimestre habíamos cambiado de ejercicios. Ahora se trataba de demostrar no sólo nuestra familiaridad de proporción a mano alzada con los órdenes y estilos clásicos, sino también nuestra virtuosidad como dibujantes en técnica libre, para lo que no se le ocurrió otra imagen que la rebuscada portada de la iglesia de Sant Carlo alle Quattro Fontane --"San Carlino"-- en Roma, obra del ínclito Borromini del que aún no habíamos oído hablar en las clases de historia del arte, pues el profesor --un tal Casado-- se había parapetado en las iniciales lecciones del mundo clásico, explayándose en las génesis de las arquitecturas de Grecia y Roma. En el itinerario histórico, estábamos aún muy lejos del barroco y ahora, sin opción a reclamación alguna, teníamos que plasmar sobre el papel, y sin que nadie nos lo hubiera explicado, el espíritu intrincado de aquella época que a duras penas intentábamos leer en la compleja fachada de la imagen de la fotocopia: profusión de curvas y contracurvas que mostraban efectistas volúmenes de salientes y recovecos, y que le daban a la piedra en movimiento cierto vértigo y una ingrávida sensación... algo ininteligible y realmente complicado para alumnos de primero de aquella novedosa asignatura. Nuestra visión entonces de éste estilo no fue más allá de aquellas primeras impresiones de la reproducción. Lo complicado venía después al tener que dibujarlas. Además la gran cantidad de ornamento lo enredaba aún más. Así que me dediqué el primer día al estudio de las medidas de aquella manifiesta transgresión que no seguía ni en las proporciones, ni en su organización, el módulo de los antiguos del que ya sí teníamos noticia; concentrado en el papel de la copia colocada encima del tablero de la mesa de dibujo, sin haber trazado todavía ninguna línea en la cartulina, abstraído, cuando se me apareció de repente en la visual del rabillo del ojo, muy cerca, aquel perfil conocido y reconocido por su estatura media, más bien baja, y cara de circunstancias en la que destacaba un recio bigote que me hablaba:
- Al parecer no se lleva usted bien con el barroco --me dijo con cierta sonrisa socarrona el profesor, señalando la cartulina en blanco.
- ¿Barroco?, esto no es barroco --le contesté mirando inquisitivamente la fotocopia.
- Entonces, ¿qué diantres es? --preguntó él un poco sorprendido.
- Esto es... ¡mala leche! --gracieta con exclamación final que le hizo trasmutar su gesto incial a sonrisa abierta.

Ejercicio de dibujo del autor del blog de representación de la portada de la iglesia de Sant Carlo alle Quattro Fontane, en Roma; ejecutado con técnica libre: lápiz de color y tinta sepia con plumilla 

Todo aludía a lo antiguo, a enseñanza decimonónica... el alargado brazo de Chueca Goitia --entonces ya desvinculado de la escuela-- y su clan en defensa de aquel anacrónico academicismo era todavía patente en la enseñanza y formación de los futuros jóvenes arquitectos. En sus clases de historia de la arquitectura y del urbanismo jamás se extendía más allá del barroco, por lo que en cierta ocasión --se contaba en la escuela-- un grupo de alumnos, revelándose contra su empecinada postura de no hablar de la arquitectura moderna, le espetaron su actitud en su falta de conocimientos más allá de la etapa histórica con la que terminaba el curso, a lo que contestó con la seguridad y parsimonia de vieja gloria del centro: El que no desee estar en mi clase, le invito a que se marche. ¿Dónde estaban los maestros que nos introdujeran en el discurso de lo actual? Había alguien suficientemente capacitado pedagógicamente, que nos llevara de la mano, obviando las etapas clásicas ya consagradas y consabidas de la historia, a través de los primeros movimientos modernos hasta acabar en lo que en aquel momento de denominaba: postmodernismo. Pues sí, había una asignatura --Estética y Composición-- que pretendía este objetivo, intentando cubrir aquella carencia inexplicable; pero, desgraciadamente, su profesor --Guillermo Cabezas-- aburría hasta a las ovejas --lo siento por Guillermo, porque era muy buena gente--; lo que unido a mi eterno sueño atrasado --trabajando, obligado a viajar por todo el país y con cargas familiares, le quitaba horas al sueño para estudiar e iba como zombie por la vida-- era como una bomba de relojería de sueño. Me explico: las clases se habían programado a primera hora de la tarde --la peor para la obligada cabezada--, para la que se echaban persianas y se apagaban las luces del aula, dejando sólo las de ambiente, ya que el profesor utilizaba para sus explicaciones un proyector de diapositivas. Entonces sucedía lo inevitable: de inmediato mis párpados caían como telones sobre el ojo... yo intentaba entreabirlos con los dedos, resistiéndome, pero era inevitable... me despertaba con el barullo del final de la clase cuando alzaban persianas y encendían las luces: ¿De qué ha hablado hoy?, le preguntaba a mi compañero de banca un día: De la Bahuhaus, pero es igual no me he enterado de nada.

¿Entonces?... bueno que no cunda el pánico, afortunadamente para tamaño dislate había alternativas: la escuela vivía un momento álgido de inquietudes culturales que había contagiado la propia calle --eran los años de la postmovida madrileña-- y las exposiciones y debates sobre lo contemporáneo llenaban vestíbulos y pasillos del centro. Moneo se acababa de ir como decano a la universidad americana de Harvard, y Sáenz de Oíza, en su etapa ya de profesor emérito --referente de una generación de profesores arquitectos que habían hecho el tránsito desde una escuela adocenada en las viejas enseñanzas, a los postulados del Movimiento Moderno-- no sólo llenaba el salón de actos, sino que la demanda de oyentes alumnos había obligado a la dirección a habilitar una pantalla gigante donde seguir sus conferencias. La oferta de exposiciones de arte, tanto en museos como en galerías que se prodigaban por Madrid, era casi ilimitada: al mismo tiempo que la sala de la arquería de los Nuevos Ministerios recogía en sus dos niveles una extraordinaria exposición sobre el Constructivismo; un pabellón del Retiro presentaba al Le Corbusier más utópico y más vanguardista en su intención de arrasar París y llenar la ciudad de rascacielos. Adquirí el libro que se publicó con ocasión del evento, el que leí con interés, yo diría casi con devoción: ¿cómo aquel tipo, con aspecto de antihéroe, había puesto patas arribas los fundamentos del arte de la arquitectura y del urbanismo que durante siglos se habían considerado intocables; casi sagrados? Fue mi primer contacto serio con el maestro. Pero si al final fallaba todo esto, siempre teníamos a mano el tocho de Leonardo Benévolo: "Historia de la arquitectura Moderna", aparatoso libro de difícil manejo por sus excesivas dimensiones y su notable peso, y que nos recomendaban comprar el primer año.

Por fin la luz natural. Con la llegada de la primavera salimos de las catacumbas de la escuela para expandirnos por todo Madrid con nuestros blocs de papel grueso y los lápices y pinturas. Durante aquel tercer trimestre, próximo el final del curso, se nos exigiría más que los anteriores, ya que nos iban a valorar por las aptitudes artísticas que se suponía habíamos adquirido en el transcurso de los dos trimestres anteriores, a los cuales complementaba la última tanda de ejercicios: habíamos aprendido a encajar y proporcionar figuras a lápiz carboncillo; después habíamos dibujado el modelo con todo lujo de detalles, aplicando cierto virtuosismo en el dibujado; ahora había que demostrar las enseñanzas recibidas aplicándolas en el natural. Algunos palidecieron ante su escaso dominio del dibujo, los que se ahogaban en su propia impotencia, por falta de tiempo ya, de no haberse quejado bastante por la deficiente enseñanza del profesor... pudo ser así... pero reconociendo que llevaban parte de razón no a todos nos pasó lo mismo, pues aunque en realidad no hubo método de enseñanza, y las explicaciones escaseaban a favor de la práctica, y tal vez por esto último, tengo que admitir que aquellas clases pulieron bastante mi maleamiento que aún arrastraba en el dibujo a sentimiento, producto de mi aprendizaje personal; logrando ahora, como nuevo descubrimiento, poder acercarme de forma reflexiva al modelo: El próximo día sesión de calle: dibujaréis con técnica libre una vista del ámbito de la fachada de la Biblioteca Nacional con todos sus elementos urbanos; a la enunciación del ejercicio por el profesor alguien, alzando la voz, preguntó: Las farolas también, a lo que el profesor apostilló: ¡¡También!!, ¡¡¡todo!!! Calqué la orden al pie de la letra y así en la panorámica tomada en mi lámina, y en primer plano, aparece una tradicional farola fernandina con todo lujo de detalles.

En aquellas sesiones de clases al aire libre, en alegre camaradería, se mascaba la tensión del principio del final del primer paso de la aventura. Hacíamos bromas entre nosotros, ya con más confianza, mientras nos curioseábamos los dibujos e inquiríamos a continuación sobre las técnicas empleadas por cada uno... sin orillar el lado humano, indagando en los demás sobre sus vidas, sus inquietudes como futuros arquitectos, su visión del largo camino que aún nos quedaba por recorrer: Eso, suponiendo que aprobemos esta asignatura, porque yo lo veo francamente mal; no consigo hacerme con todo esto; creo que voy a abandonar... mira que mierda de dibujo... en cambio a ti siempre te sale bien, me lo decía con esa desilusión rayana en la frustración de alguien que no es capaz de conseguir entender las claves de algo que le apasiona: Tienes que ver su lado pictórico, le insistía siempre, sin saber si le ayudaba o le perjudicaba: Es que hasta tus árboles parecen reales. Aquel alumno muy joven, tímido, poco ejercitado en el dibujo y que admirara cada una de mis láminas, dejó los estudios de arquitectura antes de acabar el curso. A él le siguió alguno más.

¡Los últimos días de curso!, ¡quién no ha vivido alguna vez la experiencia del barullo del final de un curso lectivo?: noches sin dormir... impotencia por falta de tiempo... carreras por los pasillos... entrega de trabajos in extremis... ¡¡¡pues en la escuela de arquitectura de Madrid más!!!..., y la incertidumbre de no saber cuándo van a poner la listas con las calificaciones finales en el tablón de anuncios... después las visitas periódicas al tablero de corcho acristalado con resultado infructuoso... y por fin un día el nerviosismo que te recorre el cuerpo mientras deslizas rápidamente la vista por entre la relación de apellidos y nombres hasta que lees el aprobado junto al tuyo... entonces tus piernas se relajan abandonando el inicial temblor y la euforia se contagia por todo el cuerpo porque el "sueño" ya no es tal sino algo posible: efectivamente aún estaba a tiempo de remediar la obsesión que me había perseguido durante toda la vida.

A todo esto, ¿cómo se llamaba el profesor?... ¡Huuummm, que estraño!, no lo recuerdo..., ¿cómo se puede olvidar el nombre de un maestro?..., acaso es que no fue tal.


FranciscoMolinaGómez
(continuará)