viernes, 11 de octubre de 2019

FORMA Y FUNCIÓN (A PROPÓSITO DE ARQUITECTURA. VI)












En ocasiones los artistas gráficos se devanan los sesos intentando conseguir la forma ideal de algo que se proponen diseñar para una utilidad concreta, un reto a su capacidad creativa que difícilmente logran, cuando el asunto es más fácil pues los modelos de los que aprender los tenemos ante nuestros ojos: basta observar con paciencia y con todos los sentidos lo que de forma pródiga nos oferta la naturaleza: un nido sin ir más lejos.




De adolescente, entre los dieciséis y diecisiete años de edad un joven y erudito profesor de filosofía, sin dar tiempo apenas a presentarse y a que le hiciera una radiografía sobre su persona, me sumergió ya desde muy temprano en el discernimiento metafísico de las “cosas y sus causas” –en particular las causas primeras--, como el “saber” que constituía fundamentalmente el conocimiento filosófico.
Después pasé períodos de mi vida dilucidando la razón primaria --el embrión-- de conceptos que difícilmente se darían sin la concurrencia de otros, sin que sepamos bien quién es el complementario de quién, cual se erige en inicial y ordena su suplemento, pues el primero no se podría explicar racionalmente sin el concurso con el segundo, o con un tercero, o un cuarto... sin excluirse entre ellos.
Más tarde, durante un largo tiempo de una etapa de mi vida, la de interminables sesiones de tablero de dibujo robándole horas al día, al ocio, y al sueño me obsesionó una de esas cuestiones que oportunamente se me ofertó a la reflexión como axioma para resolver los problemas prácticos que como obstáculos se interponían en mi camino cuando trataba de aprender a amasar el barro, a configurar la materia, a definir la volumetría y la forma cada vez que me enfrentaba al novedoso y complicado, para mí entonces, estudio de la proyectación arquitectónica, por lo que implicaba de incertidumbre aquella disyuntiva que ya a principio del siglo veinte polemizaran los llamados funcionalistas frente a los otros denominados formalistas y que permaneció vigente durante buena parte del mismo, el tiempo de mi formación como arquitecto: ¿Es la forma la que sigue a la función, o es la función la que sigue a la forma?, ya que --pensaba-- tal vez en realidad no exista claramente una jerarquía de dependencia de rango pues ambas podían ser cuestiones iniciales y complementarias indistintamente, adaptando en mi caso la preferencia de una sobre la otra según la conveniencia del discurso en cada uno de mis ejercicios de proyecto de diseño. Aquello nunca me quedó claro, quedando guardado en la carpeta de dudas que mi cerebro archivó celosamente, dispuesto a abrirla en cualquier momento. Siempre hay una ocasión cuando te empeñas en ser un empedernido observador de lo que te rodea.





La forma sigue a la función, ¿o es al contrario?



Aquel invierno particularmente lluvioso iba perdiendo fuerza en la medida en que los días comenzaban tímidamente a alargarse y la luz de la mañana le iba restando, poco a poco, protagonismo a la bruma gris y húmeda con la que había despertado durante muchos días de los meses anteriores, los que permanecí parapetado entre las confortables paredes de mi casa, a la que habían puesto cerco con inclemencia y ánimo de asalto; tanto lluvia como viento, e incluso nieve, pero sobre todo un hiriente frío que amenazaba suspenso en la húmeda y espesa neblina que dejaba gravitando en el ambiente, ocupando todo el espacio exterior, las intermitentes treguas que la lluvia daba después de cada chaparrón; intentando penetrar en la vivienda, colarse por entre las rendijas de los grandes ventanales, obligándome a permanecer encerrado al calor de la calefacción –soy muy friolero y suelo destemplarme fácilmente-- a resguardo del gélido aliento exterior, con su veladura persistiendo parasitada en los cristales del salón por su orientación norte que da al jardín; predio al que mis sentidos habían abandonado ya a finales de otoño, cuando éste empezaba a adquirir una visión decadente y deformada de la exuberante imagen con la que se mostrara en los tiempos de las estaciones verdes, especialmente bien entrada la primavera. En aquellas adversas circunstancias no me interesaba lo que ocurría más allá de los vidrios empañados.

Y la borrosa bruma se fue retirando, cada día más desdibujada, empujada por una poderosa luz que comenzó a perfilar de nuevo las siluetas de las cosas: la protección de ladrillo visto de la terraza; la bignonia con las nuevas hojas sobresaliendo por encima de la pérgola de madera; los sauces llorones al fondo con sus primeras lagrimillas de amarillo verdoso colgando, apuntando sus lloros al césped que lucía un aterciopelado verde rutilante... una explosión de vida que me impulsó a aperturar casi inconscientemente la puerta de la terraza que da al jardín poniendo felizmente fin a mi enclaustramiento de tantos meses; y de golpe los sentidos se me avivaron, rememorando sensaciones ya conocidas pero ahora más intensas: el olor fresco, dulce y suave de la fértil tierra aún húmeda de la que brotaban los renovados árboles como caleidoscopio de verdes con matices en todas sus gamas: desde el verde limón de los sauces al verde esmeralda de los chopos, hasta el más oscuro casi azulado de la arizónica, y a los que sobrevolaban las primeras bandadas de pájaros en particular de uno de plumaje negro carbón y pico de un vivo color amarillo naranja –el mirlo común, creo-- que ha colonizado toda mi urbanización y la de los alrededores, pues ha estableciendo su hábitat, al parecer, en toda la zona noroeste de Madrid, anunciando su renovada presencia –si acaso alguna vez se hubiera ido-- con un singular sonido aflautado, melodioso y grave que cambia, en algunos momentos, a una cadencia rítmica inconfundible a mis oídos por disonante: sriiiiii, pouk-pouk-pouk, sriiiii...

Una nueva etapa. El renacimiento de la naturaleza: la primavera. Todo comenzaba a mi alrededor otra vez después de que plantas e instalaciones del jardín hubieran sobrevivido a los elementos naturales, resistiendo sus agresivos efectos: el arriate de adelfas mostraba ufano, de nuevo, su porte erecto de gran arbusto, uniendo en sus extremos la pérgola de madera con la zona de representación estatuaria donde luce blanca caliza una Venus de Milo, reproducción doméstica de la encontrada en la isla egea de Melos, enterrada, mutilada de brazos... a cuya extraña visión me he acostumbrado, no así un familiar próximo cuando la vio por primera vez en la visita al jardín, dirigiéndose a mi mujer: Oye Niña, acaso es que había mucha diferencia de precio con otra igual, pero con brazos... sin comentarios. La diosa del amor y la belleza mira eterna, impasible sin inmutarse la fuente que rige poderosa en el centro del jardín, y que es estanque, pilar y surtidor, a la vez, en los juegos simultáneos de agua. Todo familiar, todo reconocible, salvo: ¡Eh!, esto que es... parece un... sí es, no hay duda... qué perfección...

Apoyado sobre uno de los soportes de la pérgola, arrimado al sardinel de ladrillo visto de protección de la terraza y al amparo del follaje de la bignonia había descubierto con sorpresa por lo accesible a la vista un nido de pájaros vacío recién construido. Círculo perfecto, como si se hubiese trazado con una plantilla, para un habitáculo de paredes y suelo de pajitas entrelazadas y rigidizadas con barro, formando una concavidad ideal para la futura nidada. Pero donde estaba la pareja de eficientes constructores. Quizás habían abandonado el nido cuando se apercibieron de mi presencia, y ya advertidos pensé que no volverían por aquellos lares. Estuve tentado de trasladarlo a otro sitio del jardín de más privacidad a resguardo de miradas directas que pudieran entorpecer el milagro de la vida. Pero quién era yo para cambiar el devenir de los acontecimientos que otros seres habían decidido: eligiendo aquel lugar habían conseguido que su futuro cubil se asentara sobre base firme y segura, además de obtener fácilmente del jardín todos los materiales que necesitaban.

Ni siquiera me atreví a levantarlo, acaso solo tocarlo para apreciar su perfección de trazado y su curiosa textura. Viendo aquella forma eficiente --redonda para conseguir el máximo de hábitat para los futuros polluelos con el mínimo de materiales, sin rincones donde pudiera quedar marginada cualquiera de las crías, aprovechando la rigidez del círculo para las paredes que crecían al exterior en espesura de paja, palitos y broza, aglutinados por el barro, haciendo un contenedor indeformable y compacto-- rememoré el discurso que mi mente había archivado en su día y que mi memoria traía a colación ahora: ¡Ay carajo! pues va a ser que lo primero es indefectiblemente la forma, dándole inicialmente la razón a los formalistas: concebir primero el ingenio para la función deseada; en el símil sería como el guante que espera su mano antes de que esta aparezca; ¿pero la mano se adaptaría a la perfección al guante?; sería suficiente la dimensión para el número de crías, se encontrarían seguras, recogidas y protegidas en aquel reducido espacio desde su nacimiento hasta su madurez cuando ya pudieran volar y valerse por ellas mismas... No quise engañarme con aquellas primeras apreciaciones y seguí esperando acontecimientos con impaciencia. Lo dejé allí, en el mismo lugar, expectante, por lo que decidí interferir lo menos posible en el desarrollo de la futura anidada, si es que esta se llegaba a producir. Al principio cumplí con aquella intención, pero más tarde mi curiosidad... era imposible no estar todos los días pendiente de novedades. Y vaya que las hubo y no una:cuatro.

 
No sé que era más fuerte si mi sorpresa de aquella mañana cuando irreprimiblemente me asomé al nido o la emoción de privilegiado espectador. Tan cerca que los podía tocar. Qué maravilla. Allí estaban, agrupados en el fondo del nido: cuatro huevos de color verdoso azulado con moteados en ocre habían aparecido de la nada como por arte de magia de un día para otro. Embriones de vida en potencia, envasados en duras cáscaras ovoides que les protegían del exterior, acoplándose al fondo semiesférico del suelo del nido para un mejor reparto del calor en la incubación. Perfección de forma. No tardé en comprobar su lisura pasándole suavemente la yema de los dedos por uno de ellos; extrañándome aquel absoluto abandono, aquella desasistencia de alguno de los progenitores en la tarea del empollamiento. Quizás éstos se habían apartado del nido percatados de mi salida a la terraza y seguramente me estuvieran observado a corta distancia parapetados en la maleza del jardín. Posiblemente lo habían hecho ya la vez que descubrí el nido. Ahora sabían que no les haría el menor daño. Creo que desde entonces se estableció entre la pareja y yo una relación de forzosa convivencia, aunque no de confianza pues siempre me negaron su presencia.

No tenía ni idea de cual sería el tiempo necesario de incubación para que las crías eclosionaran de su cascarón por lo que le impuse a mi curiosidad un tiempo prudencial de tregua a fin de que la experiencia de la vida llegara a buen puerto. Me abstuve de salir a la terraza durante ese tiempo, aunque vigilaba escondido en el salón tras los estores de las ventanas, momentos en los que observaba ansioso el proceso de incubación, con un progenitor encima de los huevos con medio cuerpo ocupando todo el nido, sin inmutarse, quieto como extasiado sin apenas moverse para cambiar de postura. De cuando en cuando se acercaba la pareja de un negro tizón con una lombriz o insecto en su pico naranja: No hay duda se trata de una anidada de mirlo común, los que después excretarán irrespetuosamente en cualquier sitio del jardín: cerca, muretes, terraza, mobiliario, plantas... con esas enormes cagadas que no hay manera de limpiarlas... y si no al tiempo; espetaba por lo bajo mientras observaba. Escatológico futuro asunto que quedó olvidado ante la tierna visión de lo que contemplaba bastantes días después. Quién no se enternece ante la pollada recién nacida: tan pequeños, tan desvalidos, tan desnudos con apenas restos de fino plumón, acurrucados unos contra otros dándose calor, ocupando ya seguramente su sitio que empezarían a defender con sus garras y picos, aún muy tiernos, de los empellones de sus hermanos durante su crianza, haciendo prevalecer su presencia frente a los otros en las reclamaciones de la comida, en la atención de los padres, en la colonización de su espacio... en la supervivencia en fin para no ser el más indefenso en la nueva experiencia que acababan de estrenar. La competencia comenzó desde el primer día: uno de ellos estaba literalmente enterrado en los cuerpos calientes y desnudos de los demás, mientras otro aparecía expuesto en toda su vulnerabilidad al ambiente...



Al arrullo de la fina broza, adormilados como los bebés recién nacidos, con los enormes ojos cerrados a cal y canto, sin visión, en un sopor de sueño en el que sólo la agitada respiración mostraba indicios de que estaban vivos, estrenaban hermanados los primeros días de su existencia. Viéndolos así de tranquilos y confiados reposando en la cama de paja parecía que la esperada mano se había introducido con satisfacción en el guante. El celebrado contenedor cumplía a la perfección su función, ¿pero sería así siempre? pues aquí al contrario que en el símil la pollada iría creciendo mientras el nido se mantendría invariable. Habría alguna relación de forma instintiva entre el número de crías –cuatro-- con la capacidad del nido, al igual que en el guante la dimensión de cada dedo –todos distintos-- con su envolvente. Si fuera así, si el ave concibió la forma en virtud de códigos ya inscritos en su instinto animal según la pollada a criar –cavilaba--, aquella primera premisa de la forma como causa primera de la función que apreciara al principio se invertiría, pues el guante se había confeccionado teniendo en cuenta el tamaño de la mano, y entonces tendría que darle la razón a los funcionalistas. Qué lío: Estoy más confuso que tiempos atrás. Tendré que seguir observando la evolución de esta fascinante aventura de la vida en la que he puesto todas las expectativas de biólogo aficionado y de paso dar alguna luz a la disyuntiva que me interesó durante el tiempo de estudiante... bueno y ahora. Es fascinante.

¿Dónde está la clave de esta última reflexión?, me preguntaba: Quizás en algún dato que el devenir de los acontecimientos me mostrará seguramente. Seguí como al principio: expectante, observando día a día la evolución de la vida, cómo esta aprovechaba su oportunidad en cualquier resquicio que se le ofreciera; cada vez más sorprendido del instinto de supervivencia de los guacharros –así llamaba de pequeño a las crías de pájaro-- con los picos abiertos como enormes embudos naranjas, sin cansarse, sin cerrarlos, como reclamos, tanteando a ciegas en el aire el pico de sus progenitores con la ansiada carnaza de lombrices, gusanos e insectos; peleando por el alimento, compitiendo desaforadamente entre ellos, cada uno reclamando su atención con agudos sonidos guturales: Quién no llora no mama, dice el refrán popular… y era cierto pues había uno que siquiera protestaba, el que menos peleaba, al que alimentaban cuando ya se saciaban los demás. Se le notaba por días un visible déficit de crecimiento. Era ya, y sería para siempre, el más indefenso, hacia el que mostraba cierto sentimiento de lástima y ternura, y al que rescaté en cierta ocasión de la tierra del jardín adonde había caído desde el nido.



Sucedió pasadas un par de semanas, cuando el cuerpo de las crías empezaba a aparecer cubierto de un plumón negro y el tiempo del jardín había hecho brotar en profusión flores blancas en las adelfas y anaranjadas en la bignonia, éstas ya tan abiertas en sus pétalos acampanados ofertando ser polinizadas como las bocas de las aves reclamando su ración de sustento; a juego ambas en el color como si cuatro de aquellas flores hubiesen caído casualmente al nido. Transcurría el tiempo que seguía marcando una ya desaforada curiosidad. Una mañana de tantas: ¡Anda!, falta uno... y eso... dónde está... es imposible... si todavía no pueden volar, e inmediatamente tuve una corazonada. Bajé al jardín y me apresuré hacia la zona de debajo de la pérgola. Lo identifiqué enseguida. Su cuerpo encogido, su retraso en el crecimiento de las alas, su resignada postura sin protestar... era él, el más vulnerable, el paria del nido. Ni siquiera en el suelo desposeído de su zona de confort profería ningún sonido que denotara petición de socorro o auxilio. Cuando lo ahuequé en la palma de la mano noté en mi piel una sensación extraña de suavidad y calor a la vez. Le pasé la otra mano acariciándole el dorso comprobando el plumaje de las incipientes alas que le crecía más recio que el resto del cuerpo, a cuyas muestras de afectividad no reaccionó. No se inmutó lo más mínimo, permaneciendo callado y sumiso: Quizás se haya caído accidentalmente del nido o expulsado de éste por sus compañeros más fuertes ante una situación de overbooking en el confortable hogar. Si así fuera, si al final se demostrara que la concepción de la forma del nido no era suficiente para satisfacer las necesidades de las crías en su evolución hacia su estado adulto, mi desconcierto sería mayúsculo pues aquello me indicaría que la mano no entraría en la forma del guante al estrecharse éste en el acoplamiento de los dedos impidiendo su correcto funcionamiento, haciendo inviable el planteamiento de la disyuntiva que tiempo atrás me ocupara, iba cavilando mientras subía de nuevo a la terraza. No fue así pues cuando lo reintegré del nuevo al nido había espacio suficiente para todos. Lo coloqué en el sitio al contrario del que ocupaba el que parecía el más grande, el más adelantado, quizás el más astuto y tramposo, o tal vez el mejor superviviente, que mostraba un lustroso aspecto casi de adulto, sin que ninguna de las otras crías se asustaran de mi presencia, ni les intimidara el roce de mi mano sobre sus cuerpos. Estaba claro que, al contrario de sus progenitores, habían aceptado mi presencia; o es lo que creí en aquel momento cuando aún no tenían desarrollado el sentido de la vista apreciando sólo sombras y manchas... después descubrí que siempre había sido un intruso.

El dato que ansiaba conocer para resolver de una vez la disyuntiva llegó desgraciadamente envuelto en un caos, en un dislate, en una disparatada confusión tanto para la familia de pájaros que entraron en estado de pánico y estrés con trágicas consecuencias, como, especialmente, para mí que lo había provocado sin intención, sobrepasándome los acontecimientos de lo que supuso el final brusco de aquella experiencia natural: una espantada al grito de ¡sálvese el que pueda!, incluso para mí. Habría pasado ya casi un mes desde que nacieran las crías cuando en una de aquellas rondas en el nido, que mi curiosidad le seguía imponiendo a mi voluntad, me apercibí de que una de ellas, la más fornida, ejemplar casi adulto luciendo ya un desarrollado plumaje, estaba fuera del nido y posada tranquilamente debajo de éste en uno de los travesaños de madera de la pérgola. Situación que mi mente procesó rápidamente como anómala, y creyéndome otra vez en el salvador providencial de aquella prole que para ello --pensaba-- me habían aceptado, ni corto ni perezoso, no pensándomelo dos veces, la cogí confiado de su docilidad para depositarlo a continuación en el nido abarcándole por detrás con la mano todo el cuerpo del ave, la que ante mi sorpresa empezó inmediatamente, como un resorte, a agitarse entre mis dedos, percibiendo con estupefación a través de la mano la angustia del animal al sentirse atrapado así como su continuo forcejeo en los intentos desesperados de zafarse de la “zarpa” que le oprimía, emitiendo agudos chirridos que alborotaron al resto de sus hermanos organizándose un guirigay, una baraúnda de gorjeos como gritos; un ruidoso jaleo con aspavientos de los componentes del nido como si les atacara un depredador que puso en alerta a los progenitores que, saliendo rápidamente de alguna parte del jardín, donde estaban parapetados vigilantes, agravaron aquel inicial desorden con una serie de chillidos precipitados, ruidosos y amenazantes, aleteando sin parar delante de mi cara, desafiantes en defensa de sus crías, produciéndome tal estupor que lo solté antes de que me diera tiempo a reintegrarlo en el nido, saliendo disparado en el aire como si de repente frente al peligro se le hubiera activado su instinto de volar. Momento culmen de la espantada abandonando todos precipitadamente el nido, cada uno como pudo, en una huida a medio andar y medio volar torpe por el jardín siguiendo a los adultos hacia la amplia zona ajardinada comunitaria parapetados en la escapada entre la maleza de las adelfas y la arizónica del vecino, con gran alboroto y ruido de aleteos, desvaneciéndose todo aquel alboroto por encima de la cabeza de la Venus de Milo como efímero sueño de diosa. Después siguió un extraño silencio. Parecía que el mundo se hubiera detenido; el tiempo de unos segundos que me parecieron eternos. Miré el nido vacío y aún no entendía lo que había sucedido, ni el porqué.

Bajé al jardín intentando reconstruir el camino de la huida por si hubiese quedado atrapado alguno entre el follaje y entonces hice el penoso descubrimiento: en el estanque de la fuente, cabeza abajo y con las alas abiertas a ambos lado yacía ahogada la cría que tiempo atrás rescatara del suelo; una vez más la supervivencia se rompía por el eslabón más débil; el pánico aumentado por su desvalimiento le había impedido entender la ruta de salvación que los padres habían marcado para todos ellos, tomando el itinerario equivocado. Impresionado y algo trastornado, sintiéndome culpable del trágico final la rescaté del agua y la deposité bien escondida entre la espesura de una planta tapizante de flores aromáticas que regía en el centro del jardín comunitario como última morada, en desagravio a mi torpeza. Me sentí afectado un par de días, momentos de reflexión sobre todo lo que había sucedido: sobre los precipitados finales de recorrido cuando siquiera acabas de comenzar a caminar; sobre la vida y las actitudes en la supervivencia muchas veces condicionadas ya al enfrentarnos a ella: ¿porqué sucede a menudo que si eres discreto, si no haces ruido, ni no armas jaleo, si no montas pelea... desgraciadamente no prosperas?; sobre el miedo a quedar atrapado en las garras que aprietan voluntades y que te impiden ser libre, volar; sobre las encrucijadas con itinerarios equivocados; sobre mi profesor de filosofía cuando era adolescente; sobre las innumerables dudas que me dejó; sobre la metafísica; sobre las causas de las cosas; sobre la causa formal: Forma est quo ens est id quod est, vel tale quale est (Forma es aquello por lo que una cosa es lo que es o tal como es); sobre los errores que cometemos sin quererlo en el transcurso de nuestra existencia, como el haber interferido todos aquellos días en los designios de la naturaleza creyéndome ingenuamente capacitado para intervenir, modificar, desviar... el curso de los acontecimientos naturales, de sus sabias leyes. Qué legitimidad me asistía en el hecho de haber impedido bruscamente el discurrir natural y propio en la evolución de la crianza del polluelo ya casi adulto que habiendo abandonado voluntariamente el nido, estaba preparado, seguramente, para iniciarse de manera progresiva y durante algunos días en la extraordinaria experiencia del vuelo que le llevaría a su plenitud como adulto y al que le seguirían los demás conforme iba quedando menos espacio en el nido --sabia decisión formal de la naturaleza--, emancipándose de sus progenitores, los mismos que ya les habían transmitido en sus genes cómo deberían construir su futuro nido en razón de la prole a criar confluyendo forma y función al mismo tiempo: forma primaria, círculo, integración, totalidad, incubación, percepción, calor, confort, compañía, infinito, comodidad, desarrollo, vida, símbolo cósmico, libertad, volar... en definitiva una forma ideal para un complejo programa de vida... lo que hubiera sucedido de no haber concurrido allí una variable no esperada: mi obstinada presencia. 




FranciscoMolinaGómez
(Mi único consuelo a aquel dislate fue el de rescatar de la carpeta de dudas de mi cerebro la tan traída disyuntiva, bueno más bien darla de baja pues de aquella experiencia llegué a la conclusión de que las dos causas formales –mano y guante-- cohabitaban en el mismo acto y al mismo tiempo, sin la prevalencia de una sobre la otra. Debate arquitectónico en claro retroceso en los últimos tiempos, donde han aparecido contenedores universales polivalentes que acogen cualquier programa de edificación, y a la inversa. Nada nuevo en el cambio de pensamiento propio de los ciclos históricos)



 
 











sábado, 12 de mayo de 2018

DE LA MILI (V): JURA DE BANDERA










La compañía completa --justo en el borde a la derecha el autor del blog--  posamos encaramados en la tribuna del campo de instrucciñon donde tres meses después de nuestro ingreso en el campamento militar, escenificaríamos el trascendental acto de la jura de bandera 



Durante mi estancia en el campamento militar de Camposoto, el mismo lugar por el que tú, unos meses antes, habías pasado, me estuve acordando de ti, querido Agustín –amigo y compañero de orfanato--. Posiblemente tuvimos las mismas experiencias: la llegada entre improperios, aquellos extraños primeros días, la penosa instrucción, los socorridos descansos en camaradería con los compañeros reclutas contemplando las marismas..., pero no sé si el día de la jura de bandera, padeciste, al igual que yo, ese sentimiento de soledad, olvidado por todos, que siempre nos había perseguido.











El día de la jura de bandera desfilamos todas las compañías juntas, con uniforme de paseo y guantes blancos, en el campo de armas en donde vibraba la música en los altavoces distribuidos por el perímetro del recinto, y vibraban vistosos y coloridos de domingo de finales de septiembre: familiares, novias y amigos dándonos vivas y saludándonos desde la tribuna y los alrededores del campo; y vibramos también nosotros, con un grito unánime, al paso por la tribuna desde donde erguido como un poste saludaba la autoridad militar: ¡Atenta compañía!, saludo…, mientras el aire se impregnaba de emotividad con los sones de las marchas militares a flor de piel, erizándonos el vello, sacándonos por primera vez el soldado escondido del que nos imbuyeron desde muy pequeños en un país que era un inmenso cuartel --rememoración de los desfiles y exhibiciones artísticas de tablas de gimnasia, ensayadas hasta el hastío en nuestra pubertad del orfanato, como recordarás amigo Agustín--- y para el que debíamos un servicio de armas.


Incomprensiblemente nos habíamos contagiado de una irracional histeria colectivo-patriótica. Nada se podía hacer contra aquella ofensiva de himnos, de cánticos con proclamas hasta la saciedad del honor, de la patria, del valor –todo ello sublimado por la trascendencia de más de dos mil voces de hombres, perfectamente sincronizadas como las notas de los instrumentos de una orquesta musical--; del sacrificio hasta la muerte en el homenaje a los caídos, ---rompiendo graves la emoción--, ahora las voces calladas en un silencio sepulcral, en simultaneidad con los movimientos de las marchas lentas de los que rendían honores, y los tiempos de la música que nos cortó el aliento: el toque de oración. En aquel instante aún no era consciente del compromiso de sacrificio de todo aquel rito. Se nos pasaba inadvertido --en cualquier caso actitud comprensible pues el haber llegado hasta aquel momento vital no era un acto de libre decisión-- que allí se pudiera estar escenificando nuestro propio funeral.

Después de momento tan reflexivo y entre redobles de tambores y sonar de los instrumentos de viento de la banda de música desfilamos para besar la bandera nacional después del juramento de fidelidad y vuelta a la formación para entonar el himno de infantería (nuestro himno de arma de tierra), casi al final del acto con la sensibilidad aflorando a todos los poros de la piel y arrebolados por el mensaje de su letra que ya sabíamos de memoria: “ Ardor guerrero / vibra en nuestras voces / y de amor patrio henchido el corazón / entonemos el himno sacrosanto / del deber, de la patria y del honor / ¡honooooooor!,….”, aprendida por mor de la continuada repetición en los días anteriores a la jura de bandera, sin detenerme en su lectura hasta aquel momento en el que me di cuenta real de la trascendencia del acto extraordinario del que, tanto yo como mis compañeros de armas, habíamos sido los protagonistas; entonces aquel arrebato inicial de euforia patriótica, en mi caso, fue decayendo abrumado por la incierta futura penosidad conforme desgranaba las letras de las estrofas del himno apercibiendo, ahora, en su mensaje el supremo adeudo que habíamos firmado con la patria en el instante del beso a la bandera, y del que al parecer eran ajenos mis compañeros más próximos, pues apreciando el ¿fervor? con el que cantaban: “… y por verte temida y honrada / contentos tus hijos irán a la muerte / Si al caer en lucha fiera / ver flotar victoriosa la bandera / ante esa visión postrera / orgullosos morirán / Y la patria / a quién su vida le entregó / en la frente dolorida / le devuelve agradecida / el beso que recibió…”, no percibía que se dieran cuenta de la realidad: que estaban –estábamos-- ofreciendo la vida en aras de salvar a la nación de cualquier enemigo, y además teníamos que hacerlo no sólo desinteresadamente sino con orgullo, superando el dolor en un gesto de épica gloriosa y muriendo dulcemente, sin proferir siquiera un leve ¡ay!, en el regazo consolador y el venturado beso de esa otra madre: la patria.

Ya no había escapatoria alguna, ¿pero quienes ¡diantre! --me preguntaba-- habían escrito y puesto música a esto de banderas que flotan mientras la estás palmando? Hay que joderse, con un par de tiros en el vientre --me decía para mí-- ni ves bandera alguna flotando, ni nadie viene a darte besitos en la frente dolorida. Con las manos taponando la sangrante herida no está uno para exaltaciones místicas, ¡pardiez!..., y así, terminada la canción aún continué con mis reflexiones sobre la gravedad de aquel compromiso para con mi país, hasta que en el ¡rompan filas! del final del acto, tras la felicitación del general de turno al haber alcanzado todos el grado de soldado, desperté de mi preocupante ensoñamiento por el rugido, acompañado de gorras al viento, de un grito ensordecedor de liberación: ¡¡¡Aire!!! A lo hecho, pecho, me dije. Con las vivencias de la mili, al igual que con el orfanato o con mi ciudad sigo manteniendo una extraña actitud contradictoria de amor-odio.

Inmediatamente el campo donde minutos antes se había escenificado el orden más escrupuloso, era ahora un caos de efusividad de soldados y familiares reencontrándose por primera vez después de tres meses; un repertorio infinito de sonrisas dando la enhorabuena y de otras recibiendo los parabienes; una retahíla interminable de presentaciones a los compañeros: de aquellos padres que orgullosos saludaban desde la tribuna; de sus novias de las que, seguramente, habían compartido alguna confidencia; de los amigos del barrio de los que conocían parte de sus aventuras; una inmensa fiesta desbordada de risas, de abrazos, de besos de cariño, de besos de amor…; era, en definitiva, aquel desorden, la felicidad de contar en día tan señalado con la gente querida y de la que todos participábamos…; o casi todos, pues aquellos agridulces momentos, negándoseme la posibilidad de la felicitación de un amigo, del abrazo de la escasa familia o del beso de mi novia --nadie acudió--, me retrotrajeron a la misma soledad de todos los momentos importantes que en mi vida hasta entonces habían sido.

En el comedor donde la inmensa mayoría de compañeros soldados, disfrutaban en animadas conversaciones con sus familias del menú especial de fiesta, el T´ópolla, también sólo, y yo nos consolábamos excusando la ausencia de nuestras novias a algún imponderable de último momento que les había impedido viajar y deseando ya, al término de la comida, partir al reencuentro con ellas en un viaje con preceptiva compañía: la del enorme muñeco que le llevábamos de regalo y que adquirimos en la cantina donde en la zona que era bazar estaban expuestos vistiendo el uniforme completo de soldado y luciendo la banda distintiva con la leyenda del campamento: Cir 16 Campo Soto. Nos quedamos a un paso de la tecnología pues, al parecer según nos dijeron, la siguiente remesa incorporaba en el muñeco un dispositivo de audición que al accionarlo se oía, como si el monigote cantara, el himno del CIR; aunque mejor así pues no me imaginaba a Amelia escuchando una y otra vez el tema central, aquello de: “Cir Dieciséis / donde se une España entera / en santo beso / que se posa en la bandera…”, vamos, como que no.

No éramos los únicos marginados de la fiesta­­, había otros soldados --no muchos-- desperdigados entre las mesas del amplio comedor, con los que nos cruzábamos las esquivas miradas que me retrotraían --salvando las distancias del tiempo y del lugar-- a la de los huérfanos dando cuenta, sin entusiasmo por la fiesta, del menú de nochebuena en el desangelado y frío comedor del orfanato mientras la inmensa mayoría de internos se habían ido con sus familias de vacaciones de navidad; tristes instantes, amigo Agustín, que también tú recordarás y que sufrimos personalmente todos los inviernos de nuestra infancia y parte de nuestra adolescencia.

La historia, en mi caso, se repetía; no sé en el tuyo en aquel mismo lugar.



FranciscoMolinaGómez
(continuará)


lunes, 2 de abril de 2018

LA ABUELA QUE VIAJÓ MÁS ALLÁ DE LA LUNA












Verano de 1969:
Fue aquél un verano expectante, lleno de acontecimientos. Vivía complacido en el gozo de imborrables momentos de éxito por la superación de los estudios de bachillerato que, pensaba, me iba a cambiar favorablemente el futuro, cuando el mes de julio de ese mismo verano fui unos más de los millones de telespectadores que asistimos atónitos con las imágenes del final del viaje más extraordinario que ser humano alguno hubiera hecho a lo largo de la historia de la humanidad. Con su narración lenta retando con la mirada y el gesto grave en una cara ligeramente girada a la cámara que retransmite, el joven corresponsal de televisión española ha ido desgranando día a día el discurrir de la epopeya que había comenzado en Cabo Cañaveral, en los Estados Unidos, a las diez horas y treinta y dos minutos del día dieciséis de julio, con el lanzamiento de la nave espacial Apolo Once en dirección a la órbita de nuestro satélite y con la misión de posar en su suelo el módulo lunar Eagle con los astronautas norteamericanos Armstrong y Aldrin a bordo, los que tras cinco días de vuelo y multitud de vicisitudes, a las veinte horas y diecisiete minutos del día veinte de julio mandan a la central de seguimiento un mensaje tranquilizador: ”Houston… aquí la base de la Tranquilidad, el Águila ha alunizado”, mientras un tercer astronauta –Michael Collins-- orbita con el módulo de mando alrededor de la luna. Con la voz impostada, podando el idioma, y la expresión pausada ralentizando el relato, sin la grandilocuencia de otros locutores, el nuevo corresponsal nos ha ido relatando con cada retransmisión y durante estos días todos los detalles de la travesía, esos que por parecer menores no dejan de ser importantes.
Ahora enfrentaba el instante más emocionante esperado por millones de telespectadores; su reto más importante como periodista: contar en tiempo real al país aquel hito de la humanidad que iba a suceder en breves momentos. ¿Quién hubiera imaginado que el chaval con boina y gabardina que algunos años atrás había llegado a Madrid desde su Huelva natal a buscarse la vida, estaría ahora, en el día decisivo, con un micrófono en Houston, aventurándonos lo que podía sentir un hombre al alunizar por primera vez?: ”Buenas... noches... España... para... televisión... española... les habla.... Jesús Hermida… Estamos... a... la espera… hoy... ya... veintiuno... de... julio... de... mil ...novecientos.... sesenta... y nueve…”
Hablaba cada palabra como forzando una conversación entrecortada por intermitentes pautas, dando la impresión de que cada cosa que iba a contar venía envuelta en misterio, dilatando las frases entre silencios, cuando inesperadamente exclamó sin sobresaltarse: “Son... las dos horas... y cincuenta... y seis minutos... y.... me... comunican... que... ya... tenemos... señal”…, en el instante en que en la pantalla del televisor; que regía en alto en el rincón del salón del pabellón de mayores del orfanato y de la que estábamos pendientes algunos pocos internos, dispensados de no estar durmiendo a horas tan intempestivas, venciendo el sueño a una plácida noche de verano; vimos aparecer una imagen rara y desenfocada.
Era una escena cabeza abajo, cegadora por el contraste; después señales de reajustes y movimientos en la imagen; una enorme nube negra que acabó concretándose en la forma de un ser extraño que descendía por la escala de lo que parecía una máquina; confusión de objetos; vaga e informe visión del ser extraño con una tremenda giba en la espalda; oímos una difusa y entrecortada señal de comunicaciones con conversaciones en inglés sobre un sonido de fondo ensordecedor, y de repente otra vez el ser extraño ahora erguido sobre una superficie brillante: “La emoción... que... se... ha... vivido... en ...esta... sala... de seguimiento... ha sido... indescriptible… todo... el auditorio... ha ...prorrumpido... en... aplausos... cuando... Neil Armstrong... ha... puesto... su... pie izquierdo... sobre... el polvo lunar... al tiempo... que... pronunciaba... para... la historia: Este... es... un... pequeño... paso... para... un hombre ..., pero... una... zancada gigantesca... para... la humanidad”.
Continuaba relatando el comunicador español, con la misma expresión de sucesivas pausas en repetitivos silencios entre palabras y frases el instante vivido, el del primer paso de un hombre en la luna, que, ciertamente nunca vimos, pues las imágenes seguían siendo maravillosamente abstractas, como las de esas ecografías en las que hay que ir adivinando las formas, y que desciframos en la pantalla del televisor como las de una futurista estructura con largas patas metálicas que destacaban sobre un fondo gris algo brillante, un paisaje desértico conformado con lo que parecían ser dunas de arenas y el que identificamos como la superficie de la luna. Al poco rato eran dos los seres extraños, enfundados en trajes hinchables que remataban con aparatoso casco y que se movían a saltos, como jugando, cerca del artefacto en unas imágenes aún muy borrosas: ¡Jóder!, eran ellos: ¡los astronautas!... ¿entonces?... ¡¡¡era verdad que habíamos llegado a la luna!!!














Ahora cada noche mirábamos al astro esperando algo extraordinario, tal vez algún cambio en nuestras vidas, no sé; lo cierto era que una semana después del alunizaje --sábado-- la vida proseguía igual en el orfanato, y, como no, en la rutina de los ensayos del grupo de cantores del coro. Bueno no del todo igual. La noche apacible y quieta tenía un brillo de luna como nunca lo habíamos percibido, una luminosidad explosiva que diluía cualquier atisbo de sombra --sentimiento de saturación de luz explicado, quizás, por la insistencia en observar ahora el disco brillante con más interés--, cuando para ir al ensayo abandonamos el pabellón de mayores en dirección a la iglesia.

Al llegar a la escalinata de piedra de acceso al templo por la puerta de la comunidad de monjas, la intensa luz pintaba de un blanco pulido las dos caras que nos recibían en lo alto de la gradería: sor Josefa la Chica, encargada del coro, nos esperaba en el descanso de la pronunciada escalera, mirando con descaro al satélite aprovechando la altura de aquella atalaya; maravillada, proclamando ininterrumpidas alabanzas hacia el creador de aquel fenómeno que nos iluminaba como si fuera de día: Pues grande sólo es Dios; y al que ahora, habían llegado los hombres, a los que refería, quizás, en la letra de la canción de misa que canturreaba. 

Dándonos el tono cogimos los primeros compases, sin música, sentados en los escalones: Cuando contemplo el cielo / obra de tus dedos / la luna y las estrellas que has creado / ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? / el ser humano, para darle poder..., y a cuyos sones no dejaba de reír aquella otra cara de cera, plagada de surcos --como ríos de luna-- de la abuela Rafaela que sentaba su vejez de muchos años como madre de crianza de niños cuneros, ajena a tan importante acontecimiento, a la vera de la misma puerta en una silla baja de anea, disfrutando oír cantar a sus niños.

Para la abuela Rafaela las noches de verano era su momento de conexión con el mundo exterior. Su único mundo conocido. Toda una vida entre las cuatro paredes del pabellón de la Casa Cuna donde se criaban los bebés y niños pequeñitos del orfanato. A ellos se dedicó en cuerpo y alma desde sus inicios, muy joven, como ama de cría; sin dar tregua al cansancio, al sueño, al agotamiento de noches en vela en lucha contra la enfermedad, la fiebre, el malestar infantil..., aliviando, en lo posible, con su cariño y delicado trato -- A la nanita nana / nanita ¡ea! / mi niño tiene sueño / bendito sea...--, las terribles consecuencias de las virulentas infecciones víricas de fácil contagio en colectivo tan frágil y desprotegido, expuestos continuamente a los estragos de enfermedades como la poliomielitis, viruela, tuberculosis..., en una época con un índice notable de mortalidad infantil que se prolongó hasta los últimos años de posguerra, donde ya se dispuso de los socorridos antibióticos y de las benditas vacunas. 

Aquellos, a los que había velado sus sueños sin cansarse; a los que en la desazón de sus sollozos había apretado contra su cuerpo para darles tranquilidad y seguridad; a los que en infinidad de ocasiones había calmado sus llantos arrancándoles una sonrisa; a esos otros a los que a su pesar no logró borrar su tristeza, o a los que no consiguió que con su compañía se sintieran menos solos..., y que tan injustamente se fueron para siempre o sufrieron graves secuelas como las de no poder caminar de por vida, apenaron para siempre el corazón de la abuela Rafaela.

Pero siempre se sobrepuso. Había tanta necesidad de afecto en materia tan delicada que esta grave carencia no le daba ocasión a que en su corazón anidara la pena; sino, al contrario, aflorara la esperanza de sacar adelante la crianza de sus niños, aunque siempre al final de la crianza otra vez el desgarro cuando sus tesoros pasaban de la Casa Cuna al pabellón del Destete, sin que tampoco se diera oportunidad a la tristeza pues otros bracitos le esperaban reclamando su atención. Todos eran sus hijos, queriendo abrazarlos a la vez, sufriendo por no poder atenderlos en la inmediatez de sus reclamos. Eran tantos. Los reconocía en sus gimoteos, en sus gemidos, en sus lloriqueos... y como no en sus risas. 

No había renunciado a tener hijos, sino al contrario quiso tener más que nadie, por hornadas, sin dar ocasión al desaliento, contribuyendo a proyectos de vida conformando materia tan delicada: la humana. No extrañó los suyos propios pues nos consideró siempre como si en realidad hubiéramos salido de sus entrañas. Era tanto su cariño que, al parecer, había dado sus apellidos a varios bebes sin padres reconocidos. Su calidad humana hizo que los regidores del centro, comprobada la importancia de su labor en la mejora de la salud afectiva de los chiquillos, la hicieran empleada fija de la Casa Cuna, y referente del trato amable y paciente para las otras amas de cría, cuidando del orden entre ellas. Nunca se marchó. Muchos años de dura pero congratulante siembra que había dado su cosecha: el cariño y reconocimiento de sus niños cuando se hacían algo más mayores.

Ahora con más de ochenta años se resguardaba durante el día dentro del edificio, de la cegadora luz del sol sureño, protegiendo así sus delicados ojos, rojos, muy irritados por tantas horas de vigilia robadas al sueño; esperando que llegara la noche para, con su andar lento y torpe al que le había sometido la mala circulación sanguínea de las piernas, después de toda una vida sin tregua al descanso; arrastrar una silla de anea tan pequeña como su encogido cuerpo y salir a tientas, agradecida y sonriente, a la puerta del pabellón a disfrutar de una refrescante y apacible noche en el ecuador del verano. Allí se quedaba quieta, expectante, como una mancha negra sobre el fondo ocre de ladrillo de la fachada, con sus lentes oscuras para que ningún atisbo de luz le hiriera los delicados y velados ojos, agudizando los únicos sentidos que habían resistido algo las enfermedades y el paso del tiempo.

Le gustaba arraigarse en el sitio, marcar mentalmente los límites de lo que siempre había sido su hogar, y para ello se servía de los reconocibles sonidos de esas noches de estío: de fondo el impresionante y profundo silencio que gravitaba en el ambiente envolviéndola, desde el que podía oír nitidamente el chirriar de los grillos entre los matojos, y a lo lejos en las albercas el croar de las ranas; también, y más cerca, el susurro que la brisa nocturna producía, conforme avanzaba la noche, al agitar suavemente las hojas de las moreras esparcidas por todo el recinto, llevándole a su ánimo paz y tranquilidad; también sosiego al mezclarse el susurro del aire con el continuo murmullo del fluir del agua de los surtidores del estanque que presidía los jardines de la entrada, enfrente; de vez en cuando el silencio era inoportunamente roto por un ruido de afuera de su mundo: el del motor de una moto, amortiguado su repiqueteo mecánico por la lejanía de la carretera en dirección a la costa, y que se iba diluyendo en la medida en que se alejaba en la distancia, imaginando, quizás, un fugitivo huyendo apresuradamente de sus fantasmas, como ahora ella de los suyos... o ¿quién sabe? quizás todo lo contrario: atrayéndolos con sus recuerdos.

Pero el sonido que más le gustaba escuchar era el saludo de sus niños cuando casualmente nos encontrábamos con ella; y en esta oportunidad los cantores del coro teníamos más probabilidad de hacerlo que los demás niños cuando, renunciando a regañadientes del recreo de la noche, los sábados nos requerían para los ensayos de la misa del domingo. Aprovechando los minutos previos al ensayo nos arremolinábamos sentados o agachados alrededor de ella: ¡Hola! abuela Rafaela..., y enseguida nos echaba los brazos sin parar de sonreír, regalándonos cariño a raudales, complaciéndonos en los elogios que nadie nos decía. Quizás la necesitáramos nosotros más a ella, que al contrario. Necesitábamos como el respirar sentirnos queridos por alguien al que identificábamos como ese familiar próximo al que se quiere. Todos la adoptamos como si realmente fuera nuestra abuela, incluso los que --como fue mi caso-- no tuvimos que pasar por el pabellón de la Casa Cuna. Era igual. Era nuestra abuela.

Y a la par para ella todos éramos sus hijos cuneros; los que aquella noche en corro cercando la silla baja le hablábamos sin parar, queriendo que nos oyera a todos a la vez; aunque ahora, con evidente pérdida de audición en ambos oídos, le costaba escucharnos: ¡Abuela!, ¡¡¡hemos llegado a la luna!!!” , le dijo uno de nosotros levantando la voz, a lo que respondió: ¡Ah, sí!, sí, a ti te tuve en la cuna…, percibiéndonos como sombras en la poca visión que ya poseía, tocándonos la cara para asegurarse de nuestra presencia con esas manos agarrotadas por la artrosis, ya torpes: Y a ti también te tuve…, y a ti…; las mismas que aún en la enfermedad pretendía que todavía nos fueran útiles, ofreciéndose en algunas labores menores en la cocina, como la de pelar patatas. Bueno, más que pelar patatas, la abuela Rafaela hacía dodecaedros --¡qué gracia!--, vamos que con la piel se quedaba la mayor parte de la carne del tubérculo; ante la exasperación de sor Dolores la Mayor, encargada de las comidas, que le amenazaba con desterrarla definitivamente de los dominios de sus fogones, a lo que ella respondía con una aparatosa risa de dentadura postiza: Mañana será otro día.

Día tras día, aquellos que duró el acontecimiento que cambiaría el curso de los viajes espaciales, como si no hubiese otra noticia en el orbe, se rigieron por las informaciones que nos llegaban del otro lado del Atlántico, en los Estados Unidos de Norteamérica, desde donde técnicos y científicos americanos, tras los primeros momentos de euforia y celebración, seguían segundo a segundo la evolución de los movimientos de los dos astronautas en sus misiones de reconocimiento del territorio; con imágenes, a ratos, recorriendo la superficie lunar; como, en otros instantes de la retransmisión, recogiendo rocas y minerales que, después, al final de la corta misión --apenas dos horas-- traerían consigo a la tierra. Desde allí se emitía a todas las televisiones del mundo: Buenos... días... España... desde... esta... Base... de... Seguimiento..., en... Houston..., Texas... les habla... Jesús Hermida...

Ahora las imágenes emitidas, que ilustraban la pantalla del televisor, eran de mejor resolución que el primer día, pues se apreciaban mejor los detalles del paisaje lunar en el entorno del módulo, y de la vestimenta de sus exploradores que les había permitido salir sin riesgo de él: los del instrumental de control en los aparatosos trajes hinchables; los de la voluminosa mochila con los tubos para el oxigeno; o los del casco cuyo cristal hacía de espejo de otras imágenes que no se veían: las del compañero que le grababa junto al módulo lunar y la bandera muy pequeñita, al fondo, quieta, hincada sobre una superficie brillante en donde habían quedado perfectamente impresas las huellas del calzado de los astronautas al caminar a saltos, dificultados los pasos por la débil gravedad del satélite. 

Lo que más impresionaba es que el horizonte era una línea que parecía cercana, y detrás sorprendía un abismo de intensa negrura por el que, daba la impresión, podían precipitarse en cualquier momento; oscuridad que aún acentuaba más nuestro viejo aparato de televisión en blanco y negro: Siguiendo... el plan ...previsto... por... la NASA... el módulo... lunar... Eagle... ha... alunizado... al... sur... del... mar... de... la Tranquilidad... que... es... la zona... que... observan... en... las imágenes... de... sus... pantallas..., continuaba su crónica el corresponsal de televisión española con su peculiar y enigmática narración de los hechos de aquella gesta.

La epopeya retransmitida absorbía nuestra atención en las horas de los telediarios que nos dispensaba de la siesta y del principio del sueño de la noche, desconectando mentalmente, por unas horas, de nuestra normalizada cotidianidad. Ver la llegada del hombre a la luna que estaba tan lejos era un prodigio inimaginable unos años atrás; además el asombro de la cercanía en la visualización, como si aquello estuviera sucediendo en el patio del orfanato, a un tiro de piedra, nos hacia alucinar..., ¡no acabábamos de creerlo! 

Casi podíamos tocar aquella resplandeciente superficie de la luna, que Jesús Hermida ahora nos ilustraba repetidamente con sus nombres científicos. Supimos entonces que había una cara oculta que era más montañosa y escarpada, motivo por el que los ingenieros directores del proyecto habían descartado para el alunizaje, en favor de la otra cara, la que siempre se observa del astro, por abundar en su superficie extensas zonas llanas, a las que dieron nombres de mares: el de la Serenidad, el de las Lluvias...; aunque a nosotros el que mas nos interesaba ahora era el de la Tranquilidad. 

Con el cielo estrellado, mirando fijamente hacia el astro, seguíamos frustrados en la imposibilidad de localizarlo en la enorme distancia: Allí hay ahora mismo dos personas; qué fuerte. Por toda respuesta: un disco brillante salpicado de manchas que acababa de perder su virginidad:  la aureola romántica que cantaran los poetas --"Por eso luna / ¡luna dormida! / vas protestando / seca de brisas..."--, o la otra mágica de las canciones infantiles –"Quisiera ser tan alto / como la luna / ¡ay!, ¡ay! / como la luna / como la lunaaaaaa..."--; en donde, aparentemente, nada se movía, y cuya luminosidad desaparecía al llegar el día: Mañana será otro día, le había dicho otra vez la abuela Rafaela a sor Dolores la mayor en cuanto percibió que ésta le torcía el gesto.

Y al día le sucedía la noche. Una más como aquella en la que, ajena por completo a proeza tan importante para la humanidad, había salido a sentarse a la puerta, a tomar el fresco, serena, con su cuidado moño plateado, su tez pálida, su figura pequeñita, encorvada; con unos ojos rojizos muy abiertos, curiosamente sin sus lentes oscuras como otras veces, buscándonos acertadamente con los brazos, como si en el resplandor de la extraña luz, que no hubiera conocido hasta entonces, pudiera captar nuestras siluetas. No era una noche más. ¿Qué extraño placer no mundano, le invadía? Lo que emanaba de su expresión de cara era puro misticismo pues ya en la explanada nos miraba como sobrevolando por encima de todo su mundo que le anclaba a la silla. A partir de entonces la buscaba y la deseaba.

Aún pervivía en la necesidad del trance que, desde aquella noche, le seguía provocando un inmenso estado de bienestar, cuando al poco tiempo ya se le hizo del todo imposible caminar; ni siquiera un andar lento y torpe. Fue cuando la ingresaron en una residencia de ancianos que se ubicaba muy cerca del orfanato; circunstancia de proximidad que propició --para alegría de la abuela Rafaela-- que, aunque fuera en ocasiones muy esporádicas, pudiéramos verla, cuando los chicos componentes del coro íbamos a cantar los tiempos de la misa en la festividad de la Milagrosa, patrona de la residencia de ancianos: ¡Hola!, abuela..., y ella como tantas otras veces nos echaba los brazos felicitándonos ahora por alegrarle con nuestras canciones: Gracias, habéis cantado como los ángeles..., y su rutinaria soledad de final de una vida, de la que acusaba ya el cansancio, y que ahora transcurría postrada en una silla de ruedas. 

Una grave gangrena –causa que motivó la amputación de ambas piernas-- remató tantas vigilias sin descanso y tantas noches en vela. Aún así su ánimo siguió alegre, agradecida a todos los que la cuidaban…, serena como si ya estuviera levitando hacia aquel halo de luz que le obsesionaba. No tardó mucho en ir definitivamente en busca de aquella luminosidad que le llamaba, quizás como fondo de túnel en el que al final reconociera las caras de los inocentes que se fueron; como angelitos.

Esa misma luz que la noche del encuentro con sus niños --cuando ya el módulo de mando Columbia con los tres astronautas a bordo había amerizado en el océano Pacífico de vuelta a la Tierra-- se reflejara refulgente en su cara, adquiriendo ésta una suave y arrugada palidez, en actitud alegre, regalándonos cariño con generosidad, profundamente feliz, infundiéndonos a todos los que la rodeábamos, en momentos tan trascendentes para la historia de la humanidad, más confianza que esos grandes exploradores del espacio que tras algunos días de cuarentena serían ensalzados como héroes en todo el mundo. Al contrario que ella: allí, sin fanfarria, modesta, pidiendo perdón por tanta dicha; antihéroe por antonomasia sin embargo había llegado más lejos: había viajado al fondo de nuestros corazones, descubriendo lo hondo de la materia humana: su fundamento. Los otros, viajeros de enormes distancias a velocidades astronómicas --moradores ya del Olimpo Moderno-- sólo habían llegado a la superficie de otra materia menos importante por inerte, que no latía; ni un atisbo de vida: sólo una magnífica desolación.


FranciscoMolinaGómez
(La abuela Rafaela pertenece ya a ese innumerable grupo de héroes anónimos, cuyas hazañas no refieren los libros, ni son portada de los periódicos, ni abren las informaciones de las televisiones del mundo... ni siquiera una mera mención en la memoria colectiva –sirva esta entrada en el blog para ello--; como si no existiesen o no hubiesen existido. A ese batallón humano en las sombras, antihéroes por naturaleza: Perdón por tanta desmemoria)























viernes, 9 de marzo de 2018

AL OTRO LADO DE LA TAPIA












2009.
En uno de los últimos viajes a Granada, visité en las Gabias, a mi sobrina Yolanda, para felicitarle por su reciente maternidad. Al intentar salir de aquella maraña de carreteras y calles desconocidas en la que, para mí, se han convertido las localidades de Armilla y las de su entorno, fui a dar con el coche --claramente desorientado— hasta una escombrera que se alineaba a lo largo de: ¡Jóder!, esta tapia me recuerda?...; ¡¡¡es la parte de atrás!!!...; quedé estupefacto, quieto; de tal punto anonadado que no acertaba a creerme lo que estaba viendo; impensable que se hubiera cumplido aquel anhelo de niño aunque fuera casual; como cuando descubres por vez primera, aunque ya muy tarde, algo que habías deseado siempre experimentar: ver el mundo de atrás, escuchar sus latidos, palpar su libertad con la que soñara cuando estaba encerrado irremisiblemente, entre cuatro paredes, al otro flanco del muro; el lado del que me había ido hacía ya la friolera de casi cuarenta años. Ahora devenía no tanto en un anhelo que se había diluido con el tiempo, sino más en cuanto inesperada y turbadora sorpresa.











Toda una vida imaginando que había detrás de aquel patio donde domaron nuestras naturales ansias de libertad, y ahora casualmente había llegado allí: ¡Dios mío!, ¿donde están los árboles frutales y la casa de campo?… ¿qué queda del paisaje de campiña que se insinuaba desde las ventanas del piso de los dormitorios del orfanato?…: ¡Ah!, sí, ahí está la caseta de ladrillo del transformador eléctrico...; es lo único que queda de entonces...; ¡qué desilusión!

Me acerqué a tocar la tapia, y me pareció más baja, vulnerable…; después me alejé un poco para captar la sinuosa línea de muro --que se perdía a la vista en ambos fondos-- de color indefinido: pardo, sucio, con algunas pintadas de pésimo gusto, escondiendo su abandono entre los coches que, a su amparo, estaban aparcados a lo largo del camino de grava que lo acompañaba, enmascarando los desperfectos en la semisombra que proyectaban los rayos de un sol que a aquellas horas de la tarde ya caía al oeste.

Enfrente, cerca de la escombrera y algo alejado de la alargada tapia, visualizaba las siluetas de varias naves industriales que entorpecían la vista libre en la continuidad de la panorámica de la campiña; si no negando el horizonte, si dificultando la perspectiva de lo que había sido entonces un campo abierto al desconocido mundo de las cosas y de la gente, con la ciudad de fondo eclosionando en la colina: se pasaba bruscamente de una rutina de construcciones normalizadas, sin apenas sensibilidad en el paisaje, a lo sublime de la montaña –aquella cuyas cumbres se travestían de un continuo manto blanco en invierno--, sobresaliendo por encima de los tejados metálicos, en la lejanía.

Estos campos, a la vista de lo observado, se habían convertido ahora en espacios urbanos residuales, nada atractivos, indefinidos: como parte de territorio que se niega, que se ignora, al que se le da la espalda, y que se usa, lejos de la ciudad, como vertedero de los desechos que va produciendo la actividad humana, modificando el paisaje sin más alternativa que la de ir acumulando escombros sobre escombros, ajenas al valor del trabajo de generaciones que se habían sucedido en el cultivo de aquellos terrenos agrícolas para la producción de alimentos en unos tiempos –final de posguerra-- de supervivencia, de carestía de los sustentos más básico para la vida.

Un paraje degradado y, a aquellas horas, muy solitario. Ni un alma, a pesar del establecimiento en su entorno de edificios industriales. Estábamos solos Teresa –mi mujer-- y yo... bueno algo más nos hacía compañía: se había colado de rondón un pasado recurrente que durante largos lapsos de tiempo había quedado velado en mi memoria, aunque nunca olvidado. Un pasado lejano que revivía ahora en mi mente. La que posiblemente, y debido al tiempo transcurrido, estuviera ya mezclando recuerdos reales con otros que no lo eran tanto, como si hubieran sido. Todo formando parte ahora de lo vivido.

Detrás del interminable lienzo pardo y sucio, unos viejos pabellones, que apenas alzaban vuelo por encima de él, me parecieron más prisioneros que nunca. Ni un resquicio a la libertad pues habían instalado en el remate del muro una alambrada metálica. Rebobiné los acontecimientos del otro lado que no veía… intentando localizar en el muro inacabable a cuya visión contribuía --a la mitad del mismo, donde me hallaba-- la extraña curvatura convexa que hacía invisibles los finales de ambos extremos, el punto donde se perpetró la fuga más masiva de la que tuvimos conocimiento en la historia del centro: Fue por aquí..., si fue aquí, donde se juntan las dos tapias –me decía en voz baja--, ésta y la que limitaba el patio de menores, al sur.

No fue difícil dar con el lugar exacto, pues, ahora, en esa parte de la tapia se iniciaba una alambrada oxidada que recorría toda ella en la zona que fue el patio que yo conocí: ¿Entonces, los que vinieron después...?; desconozco la historia…; yo me había ido muy lejos de allí hacía ya mucho tiempo y ahora, sin proponerlo, ni pretenderlo había tropezado con el reverso del lugar de mi infancia y preadolescencia, el que inmediatamente comenzó a perturbarme el ánimo, y que lo hizo desde el mismo instante que siguió al casual descubrimiento, sin poderlo evitar, acelerando un proceso de difícil y complicado ejercicio mental de trasposición de emociones en el tiempo; de imaginar sentimientos que pudieron ser desoladores a una tierna edad en la que te sientes atrapado... en la que te duele que te hayan escondido el horizonte; que te hayan aprisionado la esperanza.

La esperanza es lo último que se pierde, debieron pensar de forma inconsciente los catorce chicos...; o no...; posiblemente primara más, en la emoción de aquellos días preparatorios, la aventura y el gozo de poder alcanzar un sueño: el sentirse libres aunque fuera por una vez y por sólo algunos momentos --quizás días--, que el miedo al futuro: sus actos anteriores y posteriores a la fuga nunca denotaron, en ninguno de ellos, cualquier indicio de pérdida de la esperanza. Era un lujo que no se podían –no nos podíamos-- permitir en contexto tan adverso. Se trataba sólo, seguramente, de dejar volar ésta, ¿a ver qué pasaba?

Lo raro es que los planes –que se dilataban algo en el tiempo-- de la escapada, y que conocíamos, si no todos, casi todos los internos del pabellón de menores, no hubieran llegado ya al oído de las monjas, pues éstas no daban señales de alarma. En un colectivo numeroso –cerca de doscientos niños-- y tan dispar con edades entre cuatro y trece años, era casi un milagro que alguien no hubiera delatado ya el intento de fuga masiva. Esto último --que se difundiera entre mucha gente con el consiguiente peligro de trascender más allá de los internos-- extrañaba aún más la falta de noticias en su contra. Sorprendía sobremanera la ignorancia de los preparativos en monjas y empleadas.

Era curioso que durante los muchos días de planificación de la huida, ninguna de las empleadas, encargadas de la limpieza de todo el pabellón, hubiera dado con el escondrijo, dentro del recinto, donde aquellos catorce chicos escondían una maleta de madera. Aquella no era una maleta cualquiera donde alguno de nosotros hubiera guardado sus escasos efectos personales, era el sancta sanctorum donde se atesoraba todo lo relativo a aquella planificada correría. Era la prueba material de que iba en serio, de que había una clara intención por parte de los confabulados de llegar hasta el final. Algo que les convencía de que estaban perfectamente organizados --lo que les daba tranquilidad--, y que todo iba a resultar tal cual lo habían planeado, percibiendo en el ánimo de algunos de ellos –los encargados del abastecimiento-- cierta actitud de envalentonamiento que intentaban transmitirnos al resto, o por lo menos eso me pareció a mí cuando, en unión de otros compañeros, nos abrieron la maleta para que depositáramos en ella el puñado de castañas que nos habíamos reservado de la ración que nos correspondiere en el postre de la comida.

En el mes de noviembre aquel alimento era muy recurrente en esa época del otoño. Puñados a puñados, de tantos otros chicos, el tosco contenedor de tablas pintado de negro se había ido llenando de las socorridas castañas; ahora éstas colmataban casi el contenedor. Tenían ya suficientes para abastecerse los primeros momentos de la huida. No nos importó desprendernos de alimento tan codiciado que solíamos asar en el patio, extrayéndole a aquel fruto su mejor sabor, sino al contrario muy contentos de poder ayudar. Estábamos con ellos, aunque aliviados de que fueran otros los protagonistas y no nosotros, expectantes en la temeridad pero a salvo, como el que observa el toro en el ruedo protegido detrás de la barrera.

Había tanto entusiasmo que anulaba la certeza en el raciocinio de los catorce de que aquello acabaría muy mal. Por ello; por la valentía que mostraban obviando las funestas consecuencias que se derivaría de falta tan grave; por lo que suponía de peligrosa la transgresión de esa odiosa marca que nos mantenía a raya, y contra la que nos dábamos de bruces cada vez que pretendimos saber que había tras sus ciegos encalados...; por todo ello y por muchas cosas más, tenían todo nuestro respeto y admiración, y, tal vez, también, aunque no lo mostráramos, nuestra disimulada compasión por que el final, más que incierto, sería aciago con penosos correctivos.

En el momento en el que entregábamos nuestras castañas, uno de aquellos responsable de la intendencia mostró ese envalentonamiento que hasta el momento de la entrega sólo lo había dejado intuir, y que yo percibía en sus gestos de héroe o tal vez bandido, no sé –recordando aquello ahora, no podría afirmar a cual de ellos pudieran referir--, esgrimiendo un revólver de juguete que extrajo de encima de las castañas, con el que simulaba apuntar contra todos aquellos que quisieran impedir la escapada: Esto es por si nos sale alguien al paso allí fuera, para asustarle, nos dijo colocándose un pañuelo negro anudado al cuello que le tapaba la boca. Sobresaliendo de las castañas, semiescondidos entre el alimento, había algunos objetos: papeles con algo escrito, cuerdas, linternas, un par de pasamontañas y algunos pañuelos más del mismo color del que tenía puesto, hasta un tarro de betún negro, creo recordar, con el que, presumí, hubieran pintado la carcasa de las linternas y el revólver de pega, a la vista de lo mostrado. Posiblemente también para embadurnarse sus caras el día decisivo. Todo debía de ser oscuro para confundirse con las sombras de la noche. Ellos también. Sabíamos de aquella intención por boca de sus protagonistas.

A estas alturas de tentativa de escapada habrían pactado ya las horas más idóneas para la fuga, aprovechando, quizás, la ausencia de luz a la caída de la tarde, cuando la noche empezara a hacer su aparición. Tal vez aquella tuviera ya sus días contados. ¿Sería inminente? Cómo íbamos a saberlo si hacía tiempo que los no ungidos en la aventura habíamos pasado a ser meros mortales espectadores. Ellos estaban ya en el olimpo de los valerosos, aunque en realidad puedo imaginar ahora que aquel exceso de agallas ocultaba, como un escudo, todo lo contrario: dudas, vacilaciones, temores, desasosiegos, miedos... ; pero habían llegado demasiado lejos; ya no había vuelta atrás; así lo entendieron todos, pues sabían que cualquier debilidad de alguno de ellos podría arrastrar al resto y dar al traste con la heroicidad máxima que se pudiera dar en aquel lugar, y, por consiguiente, con el posterior reconocimiento de su coraje por parte de todos los demás chicos.

Como he podido comprobar después: la hazaña trascendió a sus protagonistas. Es normal que le épica del acontecimiento se instalara en el tiempo como un hito importante en la vida de los internos y, más tarde, en la historia del centro como leyenda que contar a los que vinieron después, en detrimento de los actores. Que nos acordemos más de algunos detalles que de sus caras y nombres o apodos era cuestión de tiempo. No me cabe la menor duda de que los confabulados fueron niños mayores del pabellón --chicos entre doce y trece años-- y que de entre sus cabecillas, posiblemente, destacara un mayor de los considerados rebelde y conflictivo por monjas y celadores: quizás un tal Pitracos. Sinceramente no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que ni yo, ni ninguno de los de mi generación --–por entonces el grupo de medianos, niños de entre siete y ocho años-- estuvimos metidos en el ajo. Con aquella edad no se nos hubiera pasado por la cabeza tamaño atrevimiento. Es más, el único de nosotros –los medianos-- que tiempo antes de la huida masiva había saltado la tapia, no lo fue con intención de fugarse.

Seguía perturbado por el casual descubrimiento de la parte de atrás, intentando averiguar el sitio exacto de los acontecimientos que rondaban por mi mente: el lugar por donde el compañero de mi edad saltó: Seguro que fue por aquí, seguía hablando en voz baja. La zona del salto la localicé donde, ahora, alguien había blanqueado parte de la tapia para hacer las pintadas, pues coincidía en la mitad del recorrido de la tapia por el recinto del patio, sitio por donde salió el balón. Cuando animamos a José Olmos, alias Colillas, a que saltara la tapia en busca del balón –un bien muy preciado y escaso en nuestros juegos de patio ¡como para perderlo!-- que habíamos volteado por encima del muro, no se lo pensó mucho. Era de entre los chicos de mi edad el más atrevido y temerario, no en vano –según nos relataba él a menudo-- antes de su ingreso en el orfanato había sido un chico de la calle, con ciertas hechuras de pillo de las que se vanigloriaba, dedicado a vagabundear, y a recoger por el enlosado de la ciudad las colillas que arrojaban al suelo los fumadores, y con cuya venta de la picadura, una vez desleída en cualquier envoltorio, obtenía pequeñas ganancias; incluso algunas pesetas. De ahí su mote.

El júbilo se dibujaba en su rostro de pícaro cuando lo aupamos a los hombros de uno de los mayores, encaramándose, seguidamente, como felino hasta el remate que ensanchaba el final de la tapia, acabado en suave curva. Al principio mostró cierta prevención, agachado, en cuclillas intentando asentar los pies en el remate en busca de equilibrio. A renglón seguido se alzó, abrió los brazos como si quisiera abarcar con el gesto todo lo que estaba viendo, o, quizás, intentando volar imaginándose cualquier ave; giró la cabeza hacia nosotros con una aparatosa sonrisa, y dio un brinco que sumó a su peso más altura, aumentando la aceleración de la gravedad en la inercia de su caída. Después el ruido de un fuerte porrazo y un alarido de dolor. Su ausencia nos dejó expectantes –más que preocupados-- durante bastantes horas. Al final de la tarde lo reintegraron al pabellón con la pierna derecha escayolada y la misma sonrisa que nos había regalado en la altura.

Acabada la tarde de aquel día de final de noviembre, terminadas las clases, las monjas, como era habitual, se retiraron hacia sus territorios de la comunidad para sus rezos y descanso hasta el día siguiente, quedando en el pabellón sólo la monja de guardia. A los chicos nos recluyeron, como siempre, en una amplia sala de estudio, sobrealzada del terreno por encima de un cuerpo de sótano, y con cinco grandes ventanales, por los que se visualizaba privilegiadamente toda la parte del patio que daba al sur, especialmente el rincón donde se juntaban dos tapias, sitio singular de su establecimiento por lo que suponía de cierto resguardo en ámbito exterior tan impersonal.

Llevábamos poco tiempo intentando congraciarnos con el estudio cuando de improviso alguien que estaba asomado comenzó a gritar nervioso: ¡Eh!..., ¡¡ya se van!!..., ¡¡¡se van a escapar!!!..., ¡¡¡se van a escapar!!!..., observando como un numeroso grupo de niños, saliendo por la puerta del sótano, se dirigían al encuentro de la unión de las dos tapias e inmediatamente –olvidándonos de las lecciones-- los cristales de los ventanales quedaron impresos con las asombradas caras de todos nosotros, entre los que se suscitó todo tipo de comentarios, algunos muy pesimistas: Estos se la van a cargar cuando los cojan.

Desde las ventanas les vimos correr en bandada, hablando entre ellos dándose prisa dirigiéndose al rincón del patio, agrupados como una mancha negra desplazándose en diagonal. Vestían cazadora de paño negra –la misma que los demás internos usábamos como única prenda de abrigo cuando salíamos del pabellón-- pues el tiempo cursaba muy destemplado como correspondía a aquella estación del año, con cierto frío, aunque para ventaja de ellos no llovía. Una de los chicos portaba la conocida maleta. Como todos los días la monja de guardia se demoraba un tiempo en su habitación del pabellón, cambiándose del hábito normal al de faena para servir la cena, mientras nosotros, suponía, nos aplicábamos en la enciclopedia Álvarez. Circunstancia ésta de la demora, quizás, con la que habían contado los que ahora, arremolinados en el encuentro de las tapias, comenzaban la fuga.

Entre todos alzaron al primero, el que se encaramó en el remate sin ponerse de pie, girándose, dejándose descolgar hacia el otro lado –de algo había servido la experiencia de el Colillas--: ¡¡Uno!!, gritamos todos al unísono; después: ¡¡dos!!..., ¡¡tres!!..., ¡¡cuatro!!... así hasta: ¡¡siete!! (momentos antes el que estaba encaramado en lo alto asió la maleta con una cuerda y la descolgó suavemente hacia sus compañeros al lado contrario); más tarde: ¡¡ocho!!..., ¡¡nueve!!..., hasta ¡¡trece!!; el catorce, como último, trepó por los agujeros que había abiertos, como improvisados escalones verticales, a ambos lados del encuentro de ambas tapias, auxiliado en su ascensión por la tensada cuerda que se había anudado a la cintura y de la que tiraban desde el otro lado, hasta que le vimos desaparecer. Contamos ¡¡catorce!!.

Catorce almas habían volado a la incierta aventura en un mundo del que desconocían casi todo pero por el que ahora podían marchar libremente, o eso, al menos, creían ellos. Oímos pasos en el pasillo que fácilmente identificamos como el de la monja e inmediatamente todos volvimos a nuestros sitios y a nuestros libros en la sala de estudio: ¿Qué es tanto cuchicheo?, preguntó la monja un tanto mosqueada ante el nerviosismo que percibía a aquella hora de estudio, en la que se suponía debía reinar el silencio. Nadie contestó, ni siquiera alzamos los ojos de la página abierta de la enciclopedia. Sobre todo no queríamos delatarnos con cualquier gesto improcedente.

No fue hasta la hora de la cena que no se advirtió de la ausencia de los fugados. En principio nadie había visto nada. Después casi todos lo habían visto: además de que ya no tenía sentido seguir negando la evidencia, la monja de guardia fue muy persuasiva en su amenaza de castigarnos a todos. En el recuento no sólo anotó el número total de escapados –¡¡¡nada menos que catorce!!!--, sino, también nombres y apellidos, edades, vestimentas, objetos que portaban, intenciones, posibles lugares a donde pensaban ir... inquiriendo información de unos y otros niños. Hubo mucho revuelo, comunicándose inmediatamente la fuga masiva al director-administrador: don José Capilla, el que envió al portero a que recogiera toda aquella información.

Para darse más empaque, seriedad, y oficialidad al acto, Pepe el Bolas se presentó con su traje de gala, incluida gorra de plato --de azul marino oscuro con entorchados y botones dorados en las mangas-- que le bailaba en cuerpo bajo y muy delgado. ¡Cómo disfrutaba!, aunque con el disfraz pareciera más un comediante que un comisionado del administrador en asunto tan importante. Le gustaba, sobremanera, todas aquellas movidas; creyéndose pieza decisiva, como responsable de la portería, en la restitución de la normalidad a la transgresión de los límites del complejo que habían sido quebrantados por unos chicos amotinados, a los que habría que localizar y después castigar severamente.

Para eso él estaba allí hablando con la monja. Pero todo era pose, sabía muy bien que él no sería ni juez, ni verdugo. De espíritu dicharachero y bromista, escorado a la jarana, ejercía más de bufón que de guardián. De ahí que nunca le tomáramos en serio. De quién más debían de preocuparse los fugados era de don José Capilla, artífice y promotor de que el orfanato pareciera más una penitenciaría que un centro de beneficencia para niños huérfanos, blindando en altura, al ordenar en su día la construcción de todas aquellas altas tapias, no sólo al exterior sino los propios pabellones entre ellos. Aquello supuso para su reputación un grave revés, por lo que presumimos que las penas serían severas. Con todos los datos cotejados con las cédulas de identificación que existían en el centro, el propio administrador dio aviso a la Guardia Civil.

Y ahora yo intentaba recomponer aquel preciso instante; probando ponerme en la piel de los fugados, en sus mentes, en lo que pudieron percibir sus sentidos cuando se vieron libres al otro lado en el que yo casualmente me hallaba... pero nada era igual ahora... todo aquello había cambiado: la ausencia de los árboles y cultivos, la presencia de las escombreras y las naves industriales, y todos aquellos coches allí aparcados... No sé. Sin duda lo primero que percibieron con todo su ser en alerta, es que de repente se les había ensanchado el horizonte, aunque su grandeza apareciera algo mermada, velada: con la luz natural apagándose en la visión de un paisaje rural, que se expandía indefinidamente, perdiéndose a lo lejos en la bruma borrosa de las últimas horas de una tarde de otoño, a mucha distancia, donde de improviso emergía, imponente, la sierra: muy alta, libre, con sus picos señalando un cielo que ya comenzaba a oscurecer.

Imagino que pasados los primeros instantes de euforia; y con la noche amenazando con sus sombras, de inseguridad los ánimos y de frío punzante el cuerpo que ya empezaría a destemplarse; comenzó, seguramente, el tiempo de los miedos; esos miedos que habían estado ocultos hasta aquel momento crucial: el tiempo de las dudas con las que, inmediatamente, se dieron de bruces: ¿Y ahora qué? Una pregunta me rondó la cabeza, de espalda a la tapia, mirando el entorno... :¡Pero a quién diablos pudiera importar ahora todo aquello? Tal vez a alguien al que, aún después de mucho tiempo, un descubrimiento casual le hubiera perturbado, le hubiera hecho aflorar viejas cicatrices de heridas que todavía no habían cerrado; lo triste –pensé-- es que no se cerrarán nunca.

La realidad de lo que ocurrió inmediatamente después quedó en la nebulosa de mentes agotadas, violentadas en su fuero interno por los sentimientos de culpabilidad, de merecedores de la pena, martilleando sus cabezas constantemente todas las horas que siguieron a la fuga, en unos cuerpos que volvieron –o les obligaron a retornar-- muy cansados. Los siguientes días fue un goteo de expectación por saber a quién habían cogido y trasladado de nuevo al orfanato. Éstos, que les habían sorprendido deambulando por la ciudad sin rumbo ni intención fija, intentando sobrevivir, coincidían con los que no tenían familia conocida. Esa circunstancia adversa hizo que fueran readmitidos, si bien con continuados castigos y en permanente vigilancia por un guardián hospiciano.

Otros fueron presentados en el centro al día siguiente, y sucesivos, acompañados por familiares que los habían acogido en sus pobres casas, los que entre acallados lamentos, entrecortados y susurrantes: Mi chico no es tan malo... ¡por favor!, seguro que él no tenía intención... ¡por caridad!, habrá sido arrastrado por otros... ¡tenga piedad hermana! somos muy pobres y no podemos tenerlo con nosotros..., aguantaban con estoica resignación la bronca de la monja del pabellón que aparte de estigmatizar al niño en su propia cara: Es un chico muy rebelde, no puede estar aquí... que se lo hubiese pensado antes..., le atendía y entregaba los exiguos efectos personales. Habían sido expulsados, sin más contemplaciones.

Hubo un reducido grupo de niños que ni siquiera pasaron por el pabellón. Fueron inmediatamente conducidos a san Miguel el Alto, un reformatorio para niños malos que se ubicaba en la parte alta del Albaicín, donde pulieron sus ángulos más agudos y recortaron sus jóvenes alas, las que sólo estrenaron aquellos días. Alguno volvió mucho tiempo después, más delgado, más dócil, más manso, con la mirada perdida y los sentimientos y los recuerdos confusos, cabalgando entre el vértigo de la cordura y el delirio febril de la locura; negando, como terapia de choque, la penosidad más reciente: su propia salvación pasaba por que creyéramos sus relatos: contó fabulosas historias, en aquellos días, de lucha contra guardianes, carceleros... y otros personajes siniestros del fabulario infantil que habitaban otros muros y otros patios, allende la tapia; un reino de alucinaciones al que le había llevado la crudeza de los castigos disciplinarios; doblada la cerviz, pero, aún así, de todo punto irreductible en su fe de esperanza en el futuro; … si bien esta es otra historia.

Llegado el último momento aún persistía en hablar en voz baja: No deseo estar más tiempo aquí... Entonces afloró de golpe todo el sentimiento en la despedida: la última mirada al reverso de la tapia antes de subirme al coche para marcharme definitivamente de allí, devino en quietud rara, inexplicable: como si el silencio de aquel solitario y marginal descampado; la luz ya débil de un sol buscando su total declinación tras las torres y tejados; y el espacio que se abría entre el ahora y el niño que fui --como vacío interpuesto--; se tensaran a la vez en contenida emoción.


FranciscoMolinaGómez