viernes, 11 de octubre de 2019
sábado, 12 de mayo de 2018
DE LA MILI (V): JURA DE BANDERA
Durante
mi estancia en el campamento militar de Camposoto, el mismo lugar por
el que tú, unos meses antes, habías pasado, me estuve acordando de
ti, querido Agustín –amigo y compañero de orfanato--. Posiblemente
tuvimos las mismas experiencias: la llegada entre improperios,
aquellos extraños primeros días, la penosa instrucción, los
socorridos descansos en camaradería con los compañeros reclutas
contemplando las marismas..., pero no sé si el día de la jura de
bandera, padeciste, al igual que yo, ese sentimiento de soledad,
olvidado por todos, que siempre nos había perseguido.
El
día de la jura de bandera desfilamos todas las compañías juntas,
con uniforme de paseo y guantes blancos, en el campo de
armas en donde vibraba la música en los altavoces distribuidos por
el perímetro del recinto, y vibraban vistosos y coloridos de domingo
de finales de septiembre: familiares, novias y amigos dándonos vivas
y saludándonos desde la tribuna y los alrededores del campo; y
vibramos también nosotros, con un grito unánime, al paso por la
tribuna desde donde erguido como un poste saludaba la autoridad
militar: ¡Atenta compañía!, saludo…, mientras el aire se
impregnaba de emotividad con los sones de las marchas militares a
flor de piel, erizándonos el vello, sacándonos por primera vez el
soldado escondido del que nos imbuyeron desde muy pequeños en un
país que era un inmenso cuartel --rememoración de los desfiles y
exhibiciones artísticas de tablas de gimnasia, ensayadas hasta el
hastío en nuestra pubertad del orfanato, como recordarás amigo
Agustín--- y para el que debíamos un servicio de armas.
Incomprensiblemente
nos habíamos contagiado de una irracional histeria
colectivo-patriótica. Nada se podía hacer contra aquella ofensiva
de himnos, de cánticos con proclamas hasta la saciedad del
honor, de la patria, del valor –todo ello sublimado por la
trascendencia de más de dos mil voces de hombres, perfectamente
sincronizadas como las notas de los instrumentos de una orquesta
musical--; del sacrificio hasta la muerte en el homenaje a los
caídos, ---rompiendo graves la emoción--, ahora las voces calladas
en un silencio sepulcral, en simultaneidad con los movimientos de las
marchas lentas de los que rendían honores, y los tiempos de la
música que nos cortó el aliento: el toque de oración. En aquel
instante aún no era consciente del compromiso de sacrificio de todo
aquel rito. Se nos pasaba inadvertido --en cualquier caso actitud
comprensible pues el haber llegado hasta aquel momento vital no era
un acto de libre decisión-- que allí se pudiera estar
escenificando nuestro propio funeral.
Después
de momento tan reflexivo y entre redobles de tambores y sonar de los
instrumentos de viento de la banda de música desfilamos para besar
la bandera nacional después del juramento de fidelidad y vuelta a la
formación para entonar el himno de infantería (nuestro himno de
arma de tierra), casi al final del acto con la sensibilidad aflorando
a todos los poros de la piel y arrebolados por el mensaje de su
letra que ya sabíamos de memoria: “ Ardor guerrero / vibra en
nuestras voces / y de amor patrio henchido el corazón / entonemos el
himno sacrosanto / del deber, de la patria y del honor /
¡honooooooor!,….”, aprendida por mor de la continuada repetición
en los días anteriores a la jura de bandera, sin detenerme en su
lectura hasta aquel momento en el que me di cuenta real de la
trascendencia del acto extraordinario del que, tanto yo como mis
compañeros de armas, habíamos sido los protagonistas; entonces
aquel arrebato inicial de euforia patriótica, en mi caso, fue
decayendo abrumado por la incierta futura penosidad conforme
desgranaba las letras de las estrofas del himno apercibiendo, ahora,
en su mensaje el supremo adeudo que habíamos firmado con la patria
en el instante del beso a la bandera, y del que al parecer eran
ajenos mis compañeros más próximos, pues apreciando el ¿fervor?
con el que cantaban: “… y por verte temida y honrada / contentos
tus hijos irán a la muerte / Si al caer en lucha fiera / ver flotar
victoriosa la bandera / ante esa visión postrera / orgullosos
morirán / Y la patria / a quién su vida le entregó / en la
frente dolorida / le devuelve agradecida / el beso que
recibió…”, no percibía que se dieran cuenta de la realidad:
que estaban –estábamos-- ofreciendo la vida en aras de salvar a
la nación de cualquier enemigo, y además teníamos que hacerlo no
sólo desinteresadamente sino con orgullo, superando el dolor en un
gesto de épica gloriosa y muriendo dulcemente, sin proferir siquiera
un leve ¡ay!, en el regazo consolador y el venturado beso de esa
otra madre: la patria.
Ya
no había escapatoria alguna, ¿pero quienes ¡diantre! --me
preguntaba-- habían escrito y puesto música a esto de banderas que
flotan mientras la estás palmando? Hay que joderse, con un par de
tiros en el vientre --me decía para mí-- ni ves bandera alguna
flotando, ni nadie viene a darte besitos en la frente dolorida. Con
las manos taponando la sangrante herida no está uno para
exaltaciones místicas, ¡pardiez!..., y así, terminada la canción
aún continué con mis reflexiones sobre la gravedad de aquel
compromiso para con mi país, hasta que en el ¡rompan filas! del
final del acto, tras la felicitación del general de turno al haber
alcanzado todos el grado de soldado, desperté de mi
preocupante ensoñamiento por el rugido, acompañado de gorras al
viento, de un grito ensordecedor de liberación: ¡¡¡Aire!!! A
lo hecho, pecho, me dije. Con las vivencias de la mili, al igual que
con el orfanato o con mi ciudad sigo manteniendo una extraña actitud
contradictoria de amor-odio.
Inmediatamente
el campo donde minutos antes se había escenificado el orden más
escrupuloso, era ahora un caos de efusividad de soldados y
familiares reencontrándose por primera vez después de tres meses;
un repertorio infinito de sonrisas dando la enhorabuena y de otras
recibiendo los parabienes; una retahíla interminable de
presentaciones a los compañeros: de aquellos padres que orgullosos
saludaban desde la tribuna; de sus novias de las que, seguramente,
habían compartido alguna confidencia; de los amigos del barrio de
los que conocían parte de sus aventuras; una inmensa fiesta
desbordada de risas, de abrazos, de besos de cariño, de besos de
amor…; era, en definitiva, aquel desorden, la felicidad de contar
en día tan señalado con la gente querida y de la que todos
participábamos…; o casi todos, pues aquellos agridulces momentos,
negándoseme la posibilidad de la felicitación de un amigo, del
abrazo de la escasa familia o del beso de mi novia --nadie acudió--,
me retrotrajeron a la misma soledad de todos los momentos importantes
que en mi vida hasta entonces habían sido.
En
el comedor donde la inmensa mayoría de compañeros soldados,
disfrutaban en animadas conversaciones con sus familias del menú
especial de fiesta, el T´ópolla, también sólo, y yo nos
consolábamos excusando la ausencia de nuestras novias a algún
imponderable de último momento que les había impedido viajar y
deseando ya, al término de la comida, partir al reencuentro con
ellas en un viaje con preceptiva compañía: la del enorme muñeco
que le llevábamos de regalo y que adquirimos en la cantina donde en
la zona que era bazar estaban expuestos vistiendo el uniforme
completo de soldado y luciendo la banda distintiva con la leyenda del
campamento: Cir 16 Campo Soto. Nos quedamos a un paso de la
tecnología pues, al parecer según nos dijeron, la siguiente remesa
incorporaba en el muñeco un dispositivo de audición que al
accionarlo se oía, como si el monigote cantara, el himno del CIR;
aunque mejor así pues no me imaginaba a Amelia escuchando una y
otra vez el tema central, aquello de: “Cir Dieciséis / donde se
une España entera / en santo beso / que se posa en la bandera…”,
vamos, como que no.
No
éramos los únicos marginados de la fiesta, había otros
soldados --no muchos-- desperdigados entre las mesas del amplio
comedor, con los que nos cruzábamos las esquivas miradas que me
retrotraían --salvando las distancias del tiempo y del lugar-- a la
de los huérfanos dando cuenta, sin entusiasmo por la fiesta, del
menú de nochebuena en el desangelado y frío comedor del orfanato
mientras la inmensa mayoría de internos se habían ido con sus
familias de vacaciones de navidad; tristes instantes, amigo Agustín,
que también tú recordarás y que sufrimos personalmente todos los
inviernos de nuestra infancia y parte de nuestra adolescencia.
La
historia, en mi caso, se repetía; no sé en el tuyo en aquel mismo
lugar.
FranciscoMolinaGómez
(continuará)
lunes, 2 de abril de 2018
LA ABUELA QUE VIAJÓ MÁS ALLÁ DE LA LUNA
Verano
de 1969:
Fue
aquél un verano expectante, lleno de acontecimientos. Vivía
complacido en el gozo de imborrables momentos de éxito por la
superación de los estudios de bachillerato que, pensaba, me iba a
cambiar favorablemente el futuro, cuando el mes de julio de
ese mismo verano fui unos más de los millones de telespectadores que
asistimos atónitos con las imágenes del final del viaje más
extraordinario que ser humano alguno hubiera hecho a lo largo de la
historia de la humanidad. Con su narración lenta retando con la
mirada y el gesto grave en una cara ligeramente girada a la cámara
que retransmite, el joven corresponsal de televisión española ha
ido desgranando día a día el discurrir de la epopeya que había
comenzado en Cabo Cañaveral, en los Estados Unidos, a las diez horas
y treinta y dos minutos del día dieciséis de julio, con el
lanzamiento de la nave espacial Apolo Once en dirección a la órbita
de nuestro satélite y con la misión de posar en su suelo el módulo
lunar Eagle con los astronautas norteamericanos Armstrong y Aldrin a
bordo, los que tras cinco días de vuelo y multitud de vicisitudes, a
las veinte horas y diecisiete minutos del día veinte de julio
mandan a la central de seguimiento un mensaje tranquilizador:
”Houston… aquí la base de la Tranquilidad, el Águila ha
alunizado”, mientras un tercer astronauta –Michael Collins--
orbita con el módulo de mando alrededor de la luna. Con la voz
impostada, podando el idioma, y la expresión pausada ralentizando el
relato, sin la grandilocuencia de otros locutores, el nuevo
corresponsal nos ha ido relatando con cada retransmisión y durante
estos días todos los detalles de la travesía, esos que por parecer
menores no dejan de ser importantes.
Ahora
enfrentaba el instante más emocionante esperado por millones de
telespectadores; su reto más importante como periodista: contar en
tiempo real al país aquel hito de la humanidad que iba a suceder en
breves momentos. ¿Quién hubiera imaginado que el chaval con boina y
gabardina que algunos años atrás había llegado a Madrid desde su
Huelva natal a buscarse la vida, estaría ahora, en el día decisivo,
con un micrófono en Houston, aventurándonos lo que podía sentir un
hombre al alunizar por primera vez?: ”Buenas... noches...
España... para... televisión... española... les habla.... Jesús
Hermida… Estamos... a... la espera… hoy... ya... veintiuno...
de... julio... de... mil ...novecientos.... sesenta... y nueve…”
Hablaba
cada palabra como forzando una conversación entrecortada por
intermitentes pautas, dando la impresión de que cada cosa que iba a
contar venía envuelta en misterio, dilatando las frases entre
silencios, cuando inesperadamente exclamó sin sobresaltarse: “Son...
las dos horas... y cincuenta... y seis minutos... y.... me...
comunican... que... ya... tenemos... señal”…, en el instante en
que en la pantalla del televisor; que regía en alto en el rincón
del salón del pabellón de mayores del orfanato y de la que
estábamos pendientes algunos pocos internos, dispensados de no estar
durmiendo a horas tan intempestivas, venciendo el sueño a una
plácida noche de verano; vimos aparecer una imagen rara y
desenfocada.
Era
una escena cabeza abajo, cegadora por el contraste; después señales
de reajustes y movimientos en la imagen; una enorme nube negra que
acabó concretándose en la forma de un ser extraño que descendía
por la escala de lo que parecía una máquina; confusión de objetos;
vaga e informe visión del ser extraño con una tremenda giba en la
espalda; oímos una difusa y entrecortada señal de comunicaciones
con conversaciones en inglés sobre un sonido de fondo ensordecedor,
y de repente otra vez el ser extraño ahora erguido sobre una
superficie brillante: “La emoción... que... se... ha... vivido...
en ...esta... sala... de seguimiento... ha sido... indescriptible…
todo... el auditorio... ha ...prorrumpido... en... aplausos...
cuando... Neil Armstrong... ha... puesto... su... pie izquierdo...
sobre... el polvo lunar... al tiempo... que... pronunciaba... para...
la historia: Este... es... un... pequeño... paso... para... un
hombre ..., pero... una... zancada gigantesca... para... la
humanidad”.
Continuaba
relatando el comunicador español, con la misma expresión de
sucesivas pausas en repetitivos silencios entre palabras y frases el
instante vivido, el del primer paso de un hombre en la luna, que,
ciertamente nunca vimos, pues las imágenes seguían siendo
maravillosamente abstractas, como las de esas ecografías en las que
hay que ir adivinando las formas, y que desciframos en la pantalla
del televisor como las de una futurista estructura con largas patas
metálicas que destacaban sobre un fondo gris algo brillante, un
paisaje desértico conformado con lo que parecían ser dunas de
arenas y el que identificamos como la superficie de la luna. Al poco
rato eran dos los seres extraños, enfundados en trajes hinchables
que remataban con aparatoso casco y que se movían a saltos, como
jugando, cerca del artefacto en unas imágenes aún muy borrosas:
¡Jóder!, eran ellos: ¡los astronautas!... ¿entonces?... ¡¡¡era
verdad que habíamos llegado a la luna!!!
Ahora
cada noche mirábamos al astro esperando algo extraordinario, tal vez
algún cambio en nuestras vidas, no sé; lo cierto era que una semana
después del alunizaje --sábado-- la vida proseguía igual en el
orfanato, y, como no, en la rutina de los ensayos del grupo de
cantores del coro. Bueno no del todo igual. La noche apacible y
quieta tenía un brillo de luna como nunca lo habíamos percibido,
una luminosidad explosiva que diluía cualquier atisbo de sombra
--sentimiento de saturación de luz explicado, quizás, por la
insistencia en observar ahora el disco brillante con más interés--,
cuando para ir al ensayo abandonamos el pabellón de mayores en
dirección a la iglesia.
Al
llegar a la escalinata de piedra de acceso al templo por la puerta de
la comunidad de monjas, la intensa luz pintaba de un blanco pulido
las dos caras que nos recibían en lo alto de la gradería: sor
Josefa la Chica, encargada del coro, nos esperaba en el descanso de
la pronunciada escalera, mirando con descaro al satélite
aprovechando la altura de aquella atalaya; maravillada, proclamando
ininterrumpidas alabanzas hacia el creador de aquel fenómeno que nos
iluminaba como si fuera de día: Pues grande sólo es Dios; y al que
ahora, habían llegado los hombres, a los que refería, quizás, en
la letra de la canción de misa que canturreaba.
Dándonos el tono cogimos los primeros compases, sin música, sentados en los escalones: Cuando contemplo el cielo / obra de tus dedos / la luna y las estrellas que has creado / ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? / el ser humano, para darle poder..., y a cuyos sones no dejaba de reír aquella otra cara de cera, plagada de surcos --como ríos de luna-- de la abuela Rafaela que sentaba su vejez de muchos años como madre de crianza de niños cuneros, ajena a tan importante acontecimiento, a la vera de la misma puerta en una silla baja de anea, disfrutando oír cantar a sus niños.
Dándonos el tono cogimos los primeros compases, sin música, sentados en los escalones: Cuando contemplo el cielo / obra de tus dedos / la luna y las estrellas que has creado / ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? / el ser humano, para darle poder..., y a cuyos sones no dejaba de reír aquella otra cara de cera, plagada de surcos --como ríos de luna-- de la abuela Rafaela que sentaba su vejez de muchos años como madre de crianza de niños cuneros, ajena a tan importante acontecimiento, a la vera de la misma puerta en una silla baja de anea, disfrutando oír cantar a sus niños.
Para
la abuela Rafaela las noches de verano era su momento de conexión
con el mundo exterior. Su único mundo conocido. Toda una vida entre
las cuatro paredes del pabellón de la Casa Cuna donde se criaban los
bebés y niños pequeñitos del orfanato. A ellos se dedicó en
cuerpo y alma desde sus inicios, muy joven, como ama de cría; sin
dar tregua al cansancio, al sueño, al agotamiento de noches en vela
en lucha contra la enfermedad, la fiebre, el malestar infantil...,
aliviando, en lo posible, con su cariño y delicado trato -- A la
nanita nana / nanita ¡ea! / mi niño tiene sueño / bendito
sea...--, las terribles consecuencias de las virulentas infecciones
víricas de fácil contagio en colectivo tan frágil y desprotegido,
expuestos continuamente a los estragos de enfermedades como la
poliomielitis, viruela, tuberculosis..., en una época con un índice
notable de mortalidad infantil que se prolongó hasta los últimos
años de posguerra, donde ya se dispuso de los socorridos
antibióticos y de las benditas vacunas.
Aquellos, a los que había velado sus sueños sin cansarse; a los que en la desazón de sus sollozos había apretado contra su cuerpo para darles tranquilidad y seguridad; a los que en infinidad de ocasiones había calmado sus llantos arrancándoles una sonrisa; a esos otros a los que a su pesar no logró borrar su tristeza, o a los que no consiguió que con su compañía se sintieran menos solos..., y que tan injustamente se fueron para siempre o sufrieron graves secuelas como las de no poder caminar de por vida, apenaron para siempre el corazón de la abuela Rafaela.
Aquellos, a los que había velado sus sueños sin cansarse; a los que en la desazón de sus sollozos había apretado contra su cuerpo para darles tranquilidad y seguridad; a los que en infinidad de ocasiones había calmado sus llantos arrancándoles una sonrisa; a esos otros a los que a su pesar no logró borrar su tristeza, o a los que no consiguió que con su compañía se sintieran menos solos..., y que tan injustamente se fueron para siempre o sufrieron graves secuelas como las de no poder caminar de por vida, apenaron para siempre el corazón de la abuela Rafaela.
Pero
siempre se sobrepuso. Había tanta necesidad de afecto en materia tan
delicada que esta grave carencia no le daba ocasión a que en su
corazón anidara la pena; sino, al contrario, aflorara la esperanza
de sacar adelante la crianza de sus niños, aunque siempre al final
de la crianza otra vez el desgarro cuando sus tesoros pasaban de la
Casa Cuna al pabellón del Destete, sin que tampoco se diera
oportunidad a la tristeza pues otros bracitos le esperaban reclamando
su atención. Todos eran sus hijos, queriendo abrazarlos a la vez,
sufriendo por no poder atenderlos en la inmediatez de sus reclamos.
Eran tantos. Los reconocía en sus gimoteos, en sus gemidos, en sus
lloriqueos... y como no en sus risas.
No había renunciado a tener hijos, sino al contrario quiso tener más que nadie, por hornadas, sin dar ocasión al desaliento, contribuyendo a proyectos de vida conformando materia tan delicada: la humana. No extrañó los suyos propios pues nos consideró siempre como si en realidad hubiéramos salido de sus entrañas. Era tanto su cariño que, al parecer, había dado sus apellidos a varios bebes sin padres reconocidos. Su calidad humana hizo que los regidores del centro, comprobada la importancia de su labor en la mejora de la salud afectiva de los chiquillos, la hicieran empleada fija de la Casa Cuna, y referente del trato amable y paciente para las otras amas de cría, cuidando del orden entre ellas. Nunca se marchó. Muchos años de dura pero congratulante siembra que había dado su cosecha: el cariño y reconocimiento de sus niños cuando se hacían algo más mayores.
No había renunciado a tener hijos, sino al contrario quiso tener más que nadie, por hornadas, sin dar ocasión al desaliento, contribuyendo a proyectos de vida conformando materia tan delicada: la humana. No extrañó los suyos propios pues nos consideró siempre como si en realidad hubiéramos salido de sus entrañas. Era tanto su cariño que, al parecer, había dado sus apellidos a varios bebes sin padres reconocidos. Su calidad humana hizo que los regidores del centro, comprobada la importancia de su labor en la mejora de la salud afectiva de los chiquillos, la hicieran empleada fija de la Casa Cuna, y referente del trato amable y paciente para las otras amas de cría, cuidando del orden entre ellas. Nunca se marchó. Muchos años de dura pero congratulante siembra que había dado su cosecha: el cariño y reconocimiento de sus niños cuando se hacían algo más mayores.
Ahora
con más de ochenta años se resguardaba durante el día dentro del
edificio, de la cegadora luz del sol sureño, protegiendo así sus
delicados ojos, rojos, muy irritados por tantas horas de vigilia
robadas al sueño; esperando que llegara la noche para, con su andar
lento y torpe al que le había sometido la mala circulación
sanguínea de las piernas, después de toda una vida sin tregua al
descanso; arrastrar una silla de anea tan pequeña como su encogido
cuerpo y salir a tientas, agradecida y sonriente, a la puerta del
pabellón a disfrutar de una refrescante y apacible noche en el
ecuador del verano. Allí se quedaba quieta, expectante, como una
mancha negra sobre el fondo ocre de ladrillo de la fachada, con sus lentes
oscuras para que ningún atisbo de luz le hiriera los delicados y
velados ojos, agudizando los únicos sentidos que habían resistido
algo las enfermedades y el paso del tiempo.
Le
gustaba arraigarse en el sitio, marcar mentalmente los límites de lo
que siempre había sido su hogar, y para ello se servía de los
reconocibles sonidos de esas noches de estío: de fondo el
impresionante y profundo silencio que gravitaba en el ambiente
envolviéndola, desde el que podía oír nitidamente el chirriar de
los grillos entre los matojos, y a lo lejos en las albercas el croar
de las ranas; también, y más cerca, el susurro que la brisa
nocturna producía, conforme avanzaba la noche, al agitar suavemente
las hojas de las moreras esparcidas por todo el recinto, llevándole
a su ánimo paz y tranquilidad; también sosiego al mezclarse el
susurro del aire con el continuo murmullo del fluir del agua de los
surtidores del estanque que presidía los jardines de la entrada,
enfrente; de vez en cuando el silencio era inoportunamente roto por
un ruido de afuera de su mundo: el del motor de una moto, amortiguado
su repiqueteo mecánico por la lejanía de la carretera en dirección
a la costa, y que se iba diluyendo en la medida en que se alejaba en
la distancia, imaginando, quizás, un fugitivo huyendo
apresuradamente de sus fantasmas, como ahora ella de los suyos... o
¿quién sabe? quizás todo lo contrario: atrayéndolos con sus
recuerdos.
Pero
el sonido que más le gustaba escuchar era el saludo de sus niños
cuando casualmente nos encontrábamos con ella; y en esta oportunidad
los cantores del coro teníamos más probabilidad de hacerlo que los
demás niños cuando, renunciando a regañadientes del recreo de la
noche, los sábados nos requerían para los ensayos de la misa del
domingo. Aprovechando los minutos previos al ensayo nos
arremolinábamos sentados o agachados alrededor de ella: ¡Hola!
abuela Rafaela..., y enseguida nos echaba los brazos sin parar de
sonreír, regalándonos cariño a raudales, complaciéndonos en los
elogios que nadie nos decía. Quizás la necesitáramos nosotros más
a ella, que al contrario. Necesitábamos como el respirar sentirnos
queridos por alguien al que identificábamos como ese familiar
próximo al que se quiere. Todos la adoptamos como si realmente fuera
nuestra abuela, incluso los que --como fue mi caso-- no tuvimos que
pasar por el pabellón de la Casa Cuna. Era igual. Era nuestra
abuela.
Y
a la par para ella todos éramos sus hijos cuneros; los que aquella
noche en corro cercando la silla baja le hablábamos sin parar,
queriendo que nos oyera a todos a la vez; aunque ahora, con evidente
pérdida de audición en ambos oídos, le costaba escucharnos:
¡Abuela!, ¡¡¡hemos llegado a la luna!!!” , le dijo uno de
nosotros levantando la voz, a lo que respondió: ¡Ah, sí!, sí, a
ti te tuve en la cuna…, percibiéndonos como sombras en la poca
visión que ya poseía, tocándonos la cara para asegurarse de
nuestra presencia con esas manos agarrotadas por la artrosis, ya
torpes: Y a ti también te tuve…, y a ti…; las mismas que aún en
la enfermedad pretendía que todavía nos fueran útiles,
ofreciéndose en algunas labores menores en la cocina, como la de
pelar patatas. Bueno, más que pelar patatas, la abuela Rafaela hacía
dodecaedros --¡qué gracia!--, vamos que con la piel se quedaba la
mayor parte de la carne del tubérculo; ante la exasperación de sor
Dolores la Mayor, encargada de las comidas, que le amenazaba con
desterrarla definitivamente de los dominios de sus fogones, a lo que
ella respondía con una aparatosa risa de dentadura postiza: Mañana
será otro día.
Día
tras día, aquellos que duró el acontecimiento que cambiaría el
curso de los viajes espaciales, como si no hubiese otra noticia en el
orbe, se rigieron por las informaciones que nos llegaban del otro
lado del Atlántico, en los Estados Unidos de Norteamérica, desde
donde técnicos y científicos americanos, tras los primeros momentos
de euforia y celebración, seguían segundo a segundo la evolución
de los movimientos de los dos astronautas en sus misiones de
reconocimiento del territorio; con imágenes, a ratos, recorriendo la
superficie lunar; como, en otros instantes de la
retransmisión, recogiendo rocas y minerales que, después, al final
de la corta misión --apenas dos horas-- traerían consigo a la tierra. Desde allí se emitía a
todas las televisiones del mundo: Buenos... días... España...
desde... esta... Base... de... Seguimiento..., en... Houston...,
Texas... les habla... Jesús Hermida...
Ahora
las imágenes emitidas, que ilustraban la pantalla del televisor,
eran de mejor resolución que el primer día, pues se apreciaban
mejor los detalles del paisaje lunar en el entorno del módulo, y de
la vestimenta de sus exploradores que les había permitido salir sin
riesgo de él: los del instrumental de control en los aparatosos
trajes hinchables; los de la voluminosa mochila con los tubos para el
oxigeno; o los del casco cuyo cristal hacía de espejo de otras
imágenes que no se veían: las del compañero que le grababa junto
al módulo lunar y la bandera muy pequeñita, al fondo, quieta,
hincada sobre una superficie brillante en donde habían quedado
perfectamente impresas las huellas del calzado de los astronautas al
caminar a saltos, dificultados los pasos por la débil gravedad del
satélite.
Lo que más impresionaba es que el horizonte era una línea que parecía cercana, y detrás sorprendía un abismo de intensa negrura por el que, daba la impresión, podían precipitarse en cualquier momento; oscuridad que aún acentuaba más nuestro viejo aparato de televisión en blanco y negro: Siguiendo... el plan ...previsto... por... la NASA... el módulo... lunar... Eagle... ha... alunizado... al... sur... del... mar... de... la Tranquilidad... que... es... la zona... que... observan... en... las imágenes... de... sus... pantallas..., continuaba su crónica el corresponsal de televisión española con su peculiar y enigmática narración de los hechos de aquella gesta.
Lo que más impresionaba es que el horizonte era una línea que parecía cercana, y detrás sorprendía un abismo de intensa negrura por el que, daba la impresión, podían precipitarse en cualquier momento; oscuridad que aún acentuaba más nuestro viejo aparato de televisión en blanco y negro: Siguiendo... el plan ...previsto... por... la NASA... el módulo... lunar... Eagle... ha... alunizado... al... sur... del... mar... de... la Tranquilidad... que... es... la zona... que... observan... en... las imágenes... de... sus... pantallas..., continuaba su crónica el corresponsal de televisión española con su peculiar y enigmática narración de los hechos de aquella gesta.
La
epopeya retransmitida absorbía nuestra atención en las horas de los
telediarios que nos dispensaba de la siesta y del principio del sueño
de la noche, desconectando mentalmente, por unas horas, de nuestra
normalizada cotidianidad. Ver la llegada del hombre a la luna que
estaba tan lejos era un prodigio inimaginable unos años atrás;
además el asombro de la cercanía en la visualización, como si
aquello estuviera sucediendo en el patio del orfanato, a un tiro de
piedra, nos hacia alucinar..., ¡no acabábamos de creerlo!
Casi podíamos tocar aquella resplandeciente superficie de la luna, que Jesús Hermida ahora nos ilustraba repetidamente con sus nombres científicos. Supimos entonces que había una cara oculta que era más montañosa y escarpada, motivo por el que los ingenieros directores del proyecto habían descartado para el alunizaje, en favor de la otra cara, la que siempre se observa del astro, por abundar en su superficie extensas zonas llanas, a las que dieron nombres de mares: el de la Serenidad, el de las Lluvias...; aunque a nosotros el que mas nos interesaba ahora era el de la Tranquilidad.
Con el cielo estrellado, mirando fijamente hacia el astro, seguíamos frustrados en la imposibilidad de localizarlo en la enorme distancia: Allí hay ahora mismo dos personas; qué fuerte. Por toda respuesta: un disco brillante salpicado de manchas que acababa de perder su virginidad: la aureola romántica que cantaran los poetas --"Por eso luna / ¡luna dormida! / vas protestando / seca de brisas..."--, o la otra mágica de las canciones infantiles –"Quisiera ser tan alto / como la luna / ¡ay!, ¡ay! / como la luna / como la lunaaaaaa..."--; en donde, aparentemente, nada se movía, y cuya luminosidad desaparecía al llegar el día: Mañana será otro día, le había dicho otra vez la abuela Rafaela a sor Dolores la mayor en cuanto percibió que ésta le torcía el gesto.
Casi podíamos tocar aquella resplandeciente superficie de la luna, que Jesús Hermida ahora nos ilustraba repetidamente con sus nombres científicos. Supimos entonces que había una cara oculta que era más montañosa y escarpada, motivo por el que los ingenieros directores del proyecto habían descartado para el alunizaje, en favor de la otra cara, la que siempre se observa del astro, por abundar en su superficie extensas zonas llanas, a las que dieron nombres de mares: el de la Serenidad, el de las Lluvias...; aunque a nosotros el que mas nos interesaba ahora era el de la Tranquilidad.
Con el cielo estrellado, mirando fijamente hacia el astro, seguíamos frustrados en la imposibilidad de localizarlo en la enorme distancia: Allí hay ahora mismo dos personas; qué fuerte. Por toda respuesta: un disco brillante salpicado de manchas que acababa de perder su virginidad: la aureola romántica que cantaran los poetas --"Por eso luna / ¡luna dormida! / vas protestando / seca de brisas..."--, o la otra mágica de las canciones infantiles –"Quisiera ser tan alto / como la luna / ¡ay!, ¡ay! / como la luna / como la lunaaaaaa..."--; en donde, aparentemente, nada se movía, y cuya luminosidad desaparecía al llegar el día: Mañana será otro día, le había dicho otra vez la abuela Rafaela a sor Dolores la mayor en cuanto percibió que ésta le torcía el gesto.
Y
al día le sucedía la noche. Una más como aquella en la que, ajena
por completo a proeza tan importante para la humanidad, había
salido a sentarse a la puerta, a tomar el fresco, serena, con su
cuidado moño plateado, su tez pálida, su figura pequeñita,
encorvada; con unos ojos rojizos muy abiertos, curiosamente sin sus
lentes oscuras como otras veces, buscándonos acertadamente con los
brazos, como si en el resplandor de la extraña luz, que no hubiera
conocido hasta entonces, pudiera captar nuestras siluetas. No era una
noche más. ¿Qué extraño placer no mundano, le invadía? Lo que
emanaba de su expresión de cara era puro misticismo pues ya en la
explanada nos miraba como sobrevolando por encima de todo su mundo
que le anclaba a la silla. A partir de entonces la buscaba y la
deseaba.
Aún
pervivía en la necesidad del trance que, desde aquella noche, le
seguía provocando un inmenso estado de bienestar, cuando al poco
tiempo ya se le hizo del todo imposible caminar; ni siquiera un andar
lento y torpe. Fue cuando la ingresaron en una residencia de ancianos
que se ubicaba muy cerca del orfanato; circunstancia de proximidad
que propició --para alegría de la abuela Rafaela-- que, aunque
fuera en ocasiones muy esporádicas, pudiéramos verla, cuando los
chicos componentes del coro íbamos a cantar los tiempos de la misa
en la festividad de la Milagrosa, patrona de la residencia de
ancianos: ¡Hola!, abuela..., y ella como tantas otras veces nos
echaba los brazos felicitándonos ahora por alegrarle con nuestras
canciones: Gracias, habéis cantado como los ángeles..., y su
rutinaria soledad de final de una vida, de la que acusaba ya el
cansancio, y que ahora transcurría postrada en una silla de ruedas.
Una grave gangrena –causa que motivó la amputación de ambas piernas-- remató tantas vigilias sin descanso y tantas noches en vela. Aún así su ánimo siguió alegre, agradecida a todos los que la cuidaban…, serena como si ya estuviera levitando hacia aquel halo de luz que le obsesionaba. No tardó mucho en ir definitivamente en busca de aquella luminosidad que le llamaba, quizás como fondo de túnel en el que al final reconociera las caras de los inocentes que se fueron; como angelitos.
Una grave gangrena –causa que motivó la amputación de ambas piernas-- remató tantas vigilias sin descanso y tantas noches en vela. Aún así su ánimo siguió alegre, agradecida a todos los que la cuidaban…, serena como si ya estuviera levitando hacia aquel halo de luz que le obsesionaba. No tardó mucho en ir definitivamente en busca de aquella luminosidad que le llamaba, quizás como fondo de túnel en el que al final reconociera las caras de los inocentes que se fueron; como angelitos.
Esa
misma luz que la noche del encuentro con sus niños --cuando ya el
módulo de mando Columbia con los tres astronautas a bordo había
amerizado en el océano Pacífico de vuelta a la Tierra-- se
reflejara refulgente en su cara, adquiriendo ésta una suave y
arrugada palidez, en actitud alegre, regalándonos cariño con
generosidad, profundamente feliz, infundiéndonos a todos los que la
rodeábamos, en momentos tan trascendentes para la historia de la
humanidad, más confianza que esos grandes exploradores del espacio
que tras algunos días de cuarentena serían ensalzados como héroes
en todo el mundo. Al contrario que ella: allí, sin fanfarria,
modesta, pidiendo perdón por tanta dicha; antihéroe por antonomasia
sin embargo había llegado más lejos: había viajado al fondo de
nuestros corazones, descubriendo lo hondo de la materia humana: su
fundamento. Los otros, viajeros de enormes distancias a velocidades
astronómicas --moradores ya del Olimpo Moderno-- sólo habían
llegado a la superficie de otra materia menos importante por inerte,
que no latía; ni un atisbo de vida: sólo una magnífica desolación.
FranciscoMolinaGómez
(La
abuela Rafaela pertenece ya a ese innumerable grupo de héroes
anónimos, cuyas hazañas no refieren los libros, ni son portada de
los periódicos, ni abren las informaciones de las televisiones del
mundo... ni siquiera una mera mención en la memoria colectiva –sirva
esta entrada en el blog para ello--; como si no existiesen o no
hubiesen existido. A ese batallón humano en las sombras, antihéroes por
naturaleza: Perdón por tanta desmemoria)
viernes, 9 de marzo de 2018
AL OTRO LADO DE LA TAPIA
2009.
En
uno de los últimos viajes a Granada, visité en las Gabias, a mi
sobrina Yolanda, para felicitarle por su reciente maternidad. Al
intentar salir de aquella maraña de carreteras y calles
desconocidas en la que, para mí, se han convertido las localidades
de Armilla y las de su entorno, fui a dar con el coche --claramente
desorientado— hasta una escombrera que se alineaba a lo largo de:
¡Jóder!, esta tapia me recuerda?...; ¡¡¡es la parte de
atrás!!!...; quedé estupefacto, quieto; de tal punto anonadado que
no acertaba a creerme lo que estaba viendo; impensable que se hubiera
cumplido aquel anhelo de niño aunque fuera casual; como cuando
descubres por vez primera, aunque ya muy tarde, algo que habías
deseado siempre experimentar: ver el mundo de atrás, escuchar sus
latidos, palpar su libertad con la que soñara cuando estaba
encerrado irremisiblemente, entre cuatro paredes, al otro flanco del
muro; el lado del que me había ido hacía ya la friolera de casi
cuarenta años. Ahora devenía no tanto en un anhelo que se había
diluido con el tiempo, sino más en cuanto inesperada y turbadora
sorpresa.
Toda
una vida imaginando que había detrás de aquel patio donde domaron
nuestras naturales ansias de libertad, y ahora casualmente había
llegado allí: ¡Dios
mío!, ¿donde están los árboles frutales y la casa de campo?…
¿qué queda del paisaje de campiña que se insinuaba desde las
ventanas del piso de los dormitorios del
orfanato?…: ¡Ah!, sí, ahí está la caseta de ladrillo del
transformador eléctrico...; es lo único que queda de entonces...;
¡qué desilusión!
Me
acerqué a tocar la tapia, y me pareció más baja, vulnerable…;
después me alejé un poco para captar la sinuosa línea de muro
--que
se perdía a la vista en ambos fondos--
de color indefinido: pardo, sucio, con algunas pintadas de pésimo
gusto, escondiendo su abandono entre los coches que, a su amparo,
estaban aparcados a lo largo del camino de grava que lo acompañaba,
enmascarando los
desperfectos en la semisombra que proyectaban los rayos de un sol que
a aquellas horas de la tarde ya caía al oeste.
Enfrente,
cerca de la escombrera y algo alejado de la alargada tapia,
visualizaba las siluetas de varias naves industriales que entorpecían
la vista libre en la continuidad de la panorámica de la campiña; si
no negando el horizonte, si dificultando la perspectiva de lo que
había sido entonces un campo abierto al desconocido mundo de las
cosas y de la gente, con la ciudad de fondo eclosionando en la
colina: se pasaba bruscamente de una rutina de construcciones
normalizadas, sin apenas sensibilidad en el paisaje, a lo sublime de
la montaña –aquella cuyas cumbres se travestían de un continuo
manto blanco en invierno--, sobresaliendo por encima de los tejados
metálicos, en la lejanía.
Estos
campos, a la vista de lo observado, se habían convertido ahora en
espacios urbanos residuales, nada atractivos, indefinidos: como parte
de territorio que se niega, que se ignora, al que se le da la
espalda, y que se usa, lejos de la ciudad, como vertedero de los
desechos que va produciendo la actividad humana, modificando el
paisaje sin más alternativa que la de ir acumulando escombros sobre
escombros, ajenas al valor del trabajo de generaciones que se habían
sucedido en el cultivo de aquellos terrenos agrícolas para la
producción de alimentos en unos tiempos –final de posguerra-- de
supervivencia, de carestía de los sustentos más básico para la
vida.
Un
paraje degradado y, a aquellas horas, muy solitario. Ni un alma, a
pesar del establecimiento en su entorno de edificios industriales.
Estábamos solos Teresa –mi mujer-- y yo... bueno algo más nos
hacía compañía: se había colado de rondón un pasado recurrente
que durante largos lapsos de tiempo había quedado velado en mi
memoria, aunque nunca olvidado. Un pasado lejano que revivía ahora
en mi mente. La que posiblemente, y debido al tiempo transcurrido,
estuviera ya mezclando recuerdos reales con otros que no lo eran
tanto, como si hubieran sido. Todo formando parte ahora de lo vivido.
Detrás
del interminable lienzo pardo y sucio, unos viejos pabellones, que
apenas alzaban vuelo por encima de él, me parecieron más
prisioneros que nunca. Ni un resquicio a la libertad pues habían
instalado en el remate del muro una alambrada metálica. Rebobiné
los acontecimientos del otro
lado que no veía…
intentando localizar en el muro inacabable a cuya visión contribuía
--a la mitad del mismo, donde me hallaba-- la extraña curvatura
convexa que hacía invisibles los finales de ambos extremos, el punto
donde se perpetró la fuga más masiva de la que tuvimos conocimiento
en la historia del centro: Fue por aquí..., si fue aquí, donde se
juntan las dos tapias –me decía en voz baja--, ésta y la que
limitaba el patio de menores, al sur.
No
fue difícil dar con el lugar exacto, pues, ahora, en esa parte de la
tapia se iniciaba una alambrada oxidada que recorría toda ella en la
zona que fue el patio que yo conocí: ¿Entonces,
los que vinieron después...?;
desconozco la historia…; yo me había ido muy lejos de allí hacía
ya mucho tiempo y ahora, sin proponerlo, ni pretenderlo había
tropezado con el reverso del lugar de mi infancia y preadolescencia,
el que inmediatamente comenzó a perturbarme el ánimo, y que lo hizo
desde el mismo instante que siguió al casual descubrimiento, sin
poderlo evitar, acelerando un proceso de difícil y complicado
ejercicio mental de trasposición de emociones en el tiempo; de
imaginar sentimientos que pudieron ser desoladores a una tierna edad
en la que te sientes atrapado... en la que te duele que te hayan
escondido el horizonte; que te hayan aprisionado la esperanza.
La
esperanza es lo último que se pierde, debieron pensar de forma
inconsciente los catorce chicos...; o no...; posiblemente primara
más, en la emoción de aquellos días preparatorios, la aventura y
el gozo de poder alcanzar un sueño: el sentirse libres aunque fuera
por una vez y por sólo algunos momentos --quizás días--, que el
miedo al futuro: sus actos anteriores y posteriores a la fuga nunca
denotaron, en ninguno de ellos, cualquier indicio de pérdida de la
esperanza. Era un lujo que no se podían –no nos podíamos--
permitir en contexto tan adverso. Se trataba sólo, seguramente, de
dejar volar ésta, ¿a ver qué pasaba?
Lo
raro es que los planes –que se dilataban algo en el tiempo-- de la
escapada, y que conocíamos, si no todos, casi todos los internos del
pabellón de menores, no hubieran llegado ya al oído de las monjas,
pues éstas no daban señales de alarma. En un colectivo numeroso
–cerca de doscientos niños-- y tan dispar con edades entre cuatro
y trece años, era casi un milagro que alguien no hubiera delatado
ya el intento de fuga masiva. Esto último --que se difundiera entre
mucha gente con el consiguiente peligro de trascender más allá de
los internos-- extrañaba aún más la falta de noticias en su
contra. Sorprendía sobremanera la ignorancia de los preparativos en
monjas y empleadas.
Era
curioso que durante los muchos días de planificación de la huida,
ninguna de las empleadas, encargadas de la limpieza de todo el
pabellón, hubiera dado con el escondrijo, dentro del recinto, donde
aquellos catorce chicos escondían una maleta de madera. Aquella no
era una maleta cualquiera donde alguno de nosotros hubiera guardado
sus escasos efectos personales, era el sancta sanctorum donde se
atesoraba todo lo relativo a aquella planificada correría. Era la
prueba material de que iba en serio, de que había una clara
intención por parte de los confabulados de llegar hasta el final.
Algo que les convencía de que estaban perfectamente organizados --lo
que les daba tranquilidad--, y que todo iba a resultar tal cual lo
habían planeado, percibiendo en el ánimo de algunos de ellos –los
encargados del abastecimiento-- cierta actitud de envalentonamiento
que intentaban transmitirnos al resto, o por lo menos eso me pareció
a mí cuando, en unión de otros compañeros, nos abrieron la maleta
para que depositáramos en ella el puñado de castañas que nos
habíamos reservado de la ración que nos correspondiere en el postre
de la comida.
En el mes de noviembre aquel alimento era muy recurrente en esa época
del otoño. Puñados a puñados, de tantos otros chicos, el tosco
contenedor de tablas pintado de negro se había ido llenando de las
socorridas castañas; ahora éstas colmataban casi el contenedor. Tenían ya suficientes para abastecerse los primeros momentos de la huida. No
nos importó desprendernos de alimento tan codiciado que solíamos
asar en el patio, extrayéndole a aquel fruto su mejor sabor, sino al
contrario muy contentos de poder ayudar. Estábamos con ellos, aunque
aliviados de que fueran otros los protagonistas y no nosotros,
expectantes en la temeridad pero a salvo, como el que observa el toro
en el ruedo protegido detrás de la barrera.
Había
tanto entusiasmo que anulaba la certeza en el raciocinio de los
catorce de que aquello acabaría muy mal. Por ello; por la valentía
que mostraban obviando las funestas consecuencias que se derivaría
de falta tan grave; por lo que suponía de peligrosa la transgresión
de esa odiosa marca que nos mantenía a raya, y contra la que
nos dábamos de bruces cada vez que pretendimos saber que había tras
sus ciegos encalados...; por todo ello y por muchas cosas más,
tenían todo nuestro respeto y admiración, y, tal vez, también,
aunque no lo mostráramos, nuestra disimulada compasión por que el
final, más que incierto, sería aciago con penosos correctivos.
En
el momento en el que entregábamos nuestras castañas, uno de
aquellos responsable de la intendencia mostró ese envalentonamiento
que hasta el momento de la entrega sólo lo había dejado intuir, y
que yo percibía en sus gestos de héroe o tal vez bandido, no sé
–recordando aquello ahora, no podría afirmar a cual de ellos
pudieran referir--, esgrimiendo un revólver de juguete que extrajo
de encima de las castañas, con el que simulaba apuntar contra todos
aquellos que quisieran impedir la escapada: Esto es por si nos sale
alguien al paso allí fuera, para asustarle, nos dijo colocándose un
pañuelo negro anudado al cuello que le tapaba la boca. Sobresaliendo
de las castañas, semiescondidos entre el alimento, había algunos
objetos: papeles con algo escrito, cuerdas, linternas, un par de
pasamontañas y algunos pañuelos más del mismo color del que tenía
puesto, hasta un tarro de betún negro, creo recordar, con el que,
presumí, hubieran pintado la carcasa de las linternas y el revólver
de pega, a la vista de lo mostrado. Posiblemente también para
embadurnarse sus caras el día decisivo. Todo debía de ser oscuro
para confundirse con las sombras de la noche. Ellos también.
Sabíamos de aquella intención por boca de sus protagonistas.
A estas alturas de tentativa de escapada habrían pactado ya las
horas más idóneas para la fuga, aprovechando, quizás, la ausencia
de luz a la caída de la tarde, cuando la noche empezara a hacer su
aparición. Tal vez aquella tuviera ya sus días contados. ¿Sería
inminente? Cómo íbamos a saberlo si hacía tiempo que los no
ungidos en la aventura habíamos pasado a ser meros mortales
espectadores. Ellos estaban ya en el olimpo de los valerosos, aunque
en realidad puedo imaginar ahora que aquel exceso de agallas
ocultaba, como un escudo, todo lo contrario: dudas, vacilaciones,
temores, desasosiegos, miedos... ; pero habían llegado demasiado
lejos; ya no había vuelta atrás; así lo entendieron todos, pues
sabían que cualquier debilidad de alguno de ellos podría arrastrar
al resto y dar al traste con la heroicidad máxima que se pudiera dar
en aquel lugar, y, por consiguiente, con el posterior reconocimiento
de su coraje por parte de todos los demás chicos.
Como
he podido comprobar después: la hazaña trascendió a sus
protagonistas. Es normal que le épica del acontecimiento se
instalara en el tiempo como un hito importante en la vida de los internos y, más tarde, en la historia del centro como leyenda
que contar a los que vinieron después, en detrimento de los actores.
Que nos acordemos más de algunos detalles que de sus caras y nombres
o apodos era cuestión de tiempo. No me cabe la menor duda de que los
confabulados fueron niños mayores del pabellón --chicos entre doce
y trece años-- y que de entre sus cabecillas, posiblemente,
destacara un mayor de los considerados rebelde y conflictivo por
monjas y celadores: quizás un tal Pitracos. Sinceramente no lo
recuerdo. Lo que sí recuerdo es que ni yo, ni ninguno de los de mi
generación --–por entonces el grupo de medianos, niños de entre
siete y ocho años-- estuvimos metidos en el ajo. Con aquella
edad no se nos hubiera pasado por la cabeza tamaño atrevimiento. Es
más, el único de nosotros –los medianos-- que tiempo antes de la
huida masiva había saltado la tapia, no lo fue con intención de
fugarse.
Seguía
perturbado por el casual descubrimiento de la parte de atrás,
intentando averiguar el sitio exacto de los acontecimientos que
rondaban por mi mente: el lugar por donde el compañero de mi edad
saltó: Seguro que fue por aquí, seguía hablando en voz baja. La
zona del salto la localicé donde, ahora, alguien había blanqueado
parte de la tapia para hacer las pintadas, pues coincidía en la
mitad del recorrido de la tapia por el recinto del patio, sitio por
donde salió el balón. Cuando animamos a José Olmos, alias
Colillas, a que saltara la tapia en busca del balón –un bien muy
preciado y escaso en nuestros juegos de patio ¡como para perderlo!--
que habíamos volteado por encima del muro, no se lo pensó mucho.
Era de entre los chicos de mi edad el más atrevido y temerario, no
en vano –según nos relataba él a menudo-- antes de su ingreso en
el orfanato había sido un chico de la calle, con ciertas hechuras de
pillo de las que se vanigloriaba, dedicado a vagabundear, y a recoger
por el enlosado de la ciudad las colillas que arrojaban al suelo los
fumadores, y con cuya venta de la picadura, una vez desleída en
cualquier envoltorio, obtenía pequeñas ganancias; incluso algunas
pesetas. De ahí su mote.
El
júbilo se dibujaba en su rostro de pícaro cuando lo aupamos a los
hombros de uno de los mayores, encaramándose, seguidamente, como
felino hasta el remate que ensanchaba el final de la tapia, acabado
en suave curva. Al principio mostró cierta prevención, agachado, en
cuclillas intentando asentar los pies en el remate en busca de
equilibrio. A renglón seguido se alzó, abrió los brazos como si
quisiera abarcar con el gesto todo lo que estaba viendo, o, quizás,
intentando volar imaginándose cualquier ave; giró la cabeza hacia
nosotros con una aparatosa sonrisa, y dio un brinco que sumó a su
peso más altura, aumentando la aceleración de la gravedad en la
inercia de su caída. Después el ruido de un fuerte porrazo y un
alarido de dolor. Su ausencia nos dejó expectantes –más que
preocupados-- durante bastantes horas. Al final de la tarde lo
reintegraron al pabellón con la pierna derecha escayolada y la misma
sonrisa que nos había regalado en la altura.
Acabada
la tarde de aquel día de final de noviembre, terminadas las clases,
las monjas, como era habitual, se retiraron hacia sus territorios de
la comunidad para sus rezos y descanso hasta el día siguiente,
quedando en el pabellón sólo la monja de guardia. A los chicos nos
recluyeron, como siempre, en una amplia sala de estudio, sobrealzada
del terreno por encima de un cuerpo de sótano, y con cinco grandes
ventanales, por los que se visualizaba privilegiadamente toda la
parte del patio que daba al sur, especialmente el rincón donde se
juntaban dos tapias, sitio singular de su establecimiento por lo que
suponía de cierto resguardo en ámbito exterior tan impersonal.
Llevábamos
poco tiempo intentando congraciarnos con el estudio cuando de
improviso alguien que estaba asomado comenzó a gritar nervioso:
¡Eh!..., ¡¡ya se van!!..., ¡¡¡se van a escapar!!!..., ¡¡¡se
van a escapar!!!..., observando como un numeroso grupo de niños,
saliendo por la puerta del sótano, se dirigían al encuentro de la
unión de las dos tapias e inmediatamente –olvidándonos de las
lecciones-- los cristales de los ventanales quedaron impresos con las
asombradas caras de todos nosotros, entre los que se suscitó todo
tipo de comentarios, algunos muy pesimistas: Estos se la van a cargar
cuando los cojan.
Desde
las ventanas les vimos correr en bandada, hablando entre ellos
dándose prisa dirigiéndose al rincón del patio, agrupados como una
mancha negra desplazándose en diagonal. Vestían cazadora de paño
negra –la misma que los demás internos usábamos como única
prenda de abrigo cuando salíamos del pabellón-- pues el tiempo
cursaba muy destemplado como correspondía a aquella estación del
año, con cierto frío, aunque para ventaja de ellos no llovía. Una
de los chicos portaba la conocida maleta. Como todos los días la
monja de guardia se demoraba un tiempo en su habitación del
pabellón, cambiándose del hábito normal al de faena para servir la
cena, mientras nosotros, suponía, nos aplicábamos en la
enciclopedia Álvarez. Circunstancia ésta de la demora, quizás, con
la que habían contado los que ahora, arremolinados en el encuentro
de las tapias, comenzaban la fuga.
Entre
todos alzaron al primero, el que se encaramó en el remate sin
ponerse de pie, girándose, dejándose descolgar hacia el otro lado
–de algo había servido la experiencia de el Colillas--: ¡¡Uno!!,
gritamos todos al unísono; después: ¡¡dos!!..., ¡¡tres!!...,
¡¡cuatro!!... así hasta: ¡¡siete!! (momentos antes el que estaba
encaramado en lo alto asió la maleta con una cuerda y la descolgó
suavemente hacia sus compañeros al lado contrario); más tarde:
¡¡ocho!!..., ¡¡nueve!!..., hasta ¡¡trece!!; el catorce, como
último, trepó por los agujeros que había abiertos, como
improvisados escalones verticales, a ambos lados del encuentro de
ambas tapias, auxiliado en su ascensión por la tensada cuerda que se
había anudado a la cintura y de la que tiraban desde el otro lado,
hasta que le vimos desaparecer. Contamos ¡¡catorce!!.
Catorce
almas habían volado a la incierta aventura en un mundo del que
desconocían casi todo pero por el que ahora podían marchar
libremente, o eso, al menos, creían ellos. Oímos pasos en el
pasillo que fácilmente identificamos como el de la monja e
inmediatamente todos volvimos a nuestros sitios y a nuestros libros
en la sala de estudio: ¿Qué es tanto cuchicheo?, preguntó la monja
un tanto mosqueada ante el nerviosismo que percibía a aquella hora
de estudio, en la que se suponía debía reinar el silencio. Nadie
contestó, ni siquiera alzamos los ojos de la página abierta de la
enciclopedia. Sobre todo no queríamos delatarnos con cualquier gesto
improcedente.
No
fue hasta la hora de la cena que no se advirtió de la ausencia de
los fugados. En principio nadie había visto nada. Después casi
todos lo habían visto: además de que ya no tenía sentido seguir
negando la evidencia, la monja de guardia fue muy persuasiva en su
amenaza de castigarnos a todos. En el recuento no sólo anotó el
número total de escapados –¡¡¡nada menos que catorce!!!--,
sino, también nombres y apellidos, edades, vestimentas, objetos que
portaban, intenciones, posibles lugares a donde pensaban ir...
inquiriendo información de unos y otros niños. Hubo mucho revuelo,
comunicándose inmediatamente la fuga masiva al
director-administrador: don José Capilla, el que envió al portero a
que recogiera toda aquella información.
Para
darse más empaque, seriedad, y oficialidad al acto, Pepe el Bolas se
presentó con su traje de gala, incluida gorra de plato --de azul
marino oscuro con entorchados y botones dorados en las mangas-- que
le bailaba en cuerpo bajo y muy delgado. ¡Cómo disfrutaba!, aunque
con el disfraz pareciera más un comediante que un comisionado
del administrador en asunto tan importante. Le gustaba, sobremanera,
todas aquellas movidas; creyéndose pieza decisiva, como responsable
de la portería, en la restitución de la normalidad a la
transgresión de los límites del complejo que habían sido
quebrantados por unos chicos amotinados, a los que habría que
localizar y después castigar severamente.
Para
eso él estaba allí hablando con la monja. Pero todo era pose, sabía
muy bien que él no sería ni juez, ni verdugo. De espíritu
dicharachero y bromista, escorado a la jarana, ejercía más de bufón
que de guardián. De ahí que nunca le tomáramos en serio. De quién
más debían de preocuparse los fugados era de don José Capilla,
artífice y promotor de que el orfanato pareciera más una
penitenciaría que un centro de beneficencia para niños huérfanos,
blindando en altura, al ordenar en su día la construcción de todas
aquellas altas tapias, no sólo al exterior sino los propios pabellones
entre ellos. Aquello supuso para su reputación un grave revés, por
lo que presumimos que las penas serían severas. Con todos los datos
cotejados con las cédulas de identificación que existían en el
centro, el propio administrador dio aviso a la Guardia Civil.
Y
ahora yo intentaba recomponer aquel preciso instante; probando
ponerme en la piel de los fugados, en sus mentes, en lo que pudieron
percibir sus sentidos cuando se vieron libres al otro lado en el que
yo casualmente me hallaba... pero nada era igual ahora... todo
aquello había cambiado: la ausencia de los árboles y cultivos, la
presencia de las escombreras y las naves industriales, y todos
aquellos coches allí aparcados... No sé. Sin duda lo primero que
percibieron con todo su ser en alerta, es que de repente se les había
ensanchado el horizonte, aunque su grandeza apareciera algo mermada,
velada: con la luz natural apagándose en la visión de un paisaje
rural, que se expandía indefinidamente, perdiéndose a lo lejos en
la bruma borrosa de las últimas horas de una tarde de otoño, a
mucha distancia, donde de improviso emergía, imponente, la sierra:
muy alta, libre, con sus picos señalando un cielo que ya comenzaba a
oscurecer.
Imagino
que pasados los primeros instantes de euforia; y con la noche
amenazando con sus sombras, de inseguridad los ánimos y de frío
punzante el cuerpo que ya empezaría a destemplarse; comenzó,
seguramente, el tiempo de los miedos; esos miedos que habían estado
ocultos hasta aquel momento crucial: el tiempo de las dudas con las
que, inmediatamente, se dieron de bruces: ¿Y ahora qué? Una
pregunta me rondó la cabeza, de espalda a la tapia, mirando el
entorno... :¡Pero a quién diablos pudiera importar ahora todo
aquello? Tal vez a alguien al que, aún después de mucho tiempo, un
descubrimiento casual le hubiera perturbado, le hubiera hecho aflorar
viejas cicatrices de heridas que todavía no habían cerrado; lo
triste –pensé-- es que no se cerrarán nunca.
La
realidad de lo que ocurrió inmediatamente después quedó en la
nebulosa de mentes agotadas, violentadas en su fuero interno por los
sentimientos de culpabilidad, de merecedores de la pena, martilleando
sus cabezas constantemente todas las horas que siguieron a la fuga,
en unos cuerpos que volvieron –o les obligaron a retornar-- muy
cansados. Los siguientes días fue un goteo de expectación por saber
a quién habían cogido y trasladado de nuevo al orfanato. Éstos,
que les habían sorprendido deambulando por la ciudad sin rumbo ni
intención fija, intentando sobrevivir, coincidían con los que no
tenían familia conocida. Esa circunstancia adversa hizo que fueran
readmitidos, si bien con continuados castigos y en permanente
vigilancia por un guardián hospiciano.
Otros
fueron presentados en el centro al día siguiente, y sucesivos,
acompañados por familiares que los habían acogido en sus pobres
casas, los que entre acallados lamentos, entrecortados y susurrantes: Mi chico no es
tan malo... ¡por favor!, seguro que él no tenía intención...
¡por caridad!, habrá sido arrastrado por otros... ¡tenga piedad hermana! somos muy pobres y no podemos tenerlo con nosotros..., aguantaban con estoica resignación la bronca de la monja del pabellón que aparte de estigmatizar al niño en su propia cara: Es un chico muy rebelde, no puede estar aquí... que se lo hubiese pensado antes..., le atendía y
entregaba los exiguos efectos personales. Habían sido expulsados,
sin más contemplaciones.
Hubo
un reducido grupo de niños que ni siquiera pasaron por el pabellón.
Fueron inmediatamente conducidos a san Miguel el Alto, un
reformatorio para niños malos que se ubicaba en la parte alta
del Albaicín, donde pulieron sus ángulos más agudos y recortaron sus jóvenes alas, las que sólo estrenaron aquellos días.
Alguno volvió mucho tiempo después, más delgado, más dócil, más
manso, con la mirada perdida y los sentimientos y los recuerdos
confusos, cabalgando entre el vértigo de la cordura y el delirio febril de la locura; negando, como terapia de choque, la penosidad más reciente: su propia salvación pasaba por que creyéramos sus
relatos: contó fabulosas historias, en aquellos días, de lucha contra guardianes, carceleros... y otros personajes siniestros del
fabulario infantil que habitaban otros muros y otros patios, allende la tapia; un reino de alucinaciones al que le había llevado la crudeza de los castigos disciplinarios; doblada la cerviz, pero, aún así, de todo punto irreductible en su fe de esperanza en el futuro; … si bien esta es
otra historia.
Llegado
el último momento aún persistía en hablar en voz baja: No deseo estar más tiempo aquí... Entonces afloró de golpe todo el
sentimiento en la despedida: la última mirada al reverso de la
tapia antes de subirme al coche para marcharme definitivamente de
allí, devino en quietud rara, inexplicable: como si el silencio de
aquel solitario y marginal descampado; la luz ya débil de un sol
buscando su total declinación tras las torres y tejados; y el
espacio que se abría entre el ahora y el niño que fui --como
vacío interpuesto--; se tensaran a la vez en contenida
emoción.
FranciscoMolinaGómez
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