domingo, 15 de febrero de 2015
LO IMPERFECTO DE LA BELLEZA
Transcribo el correo electrónico de 16.05.2011/ 13:12 h: "Aquí os mando para que tengáis un gran recuerdo de sor Gloria Aguirre Andaluces --en realidad Landaluce--, la gran Maestra, recordémosle siempre. Como siempre vuestro amigo José Antonio".
Gracias José Antonio por la foto, aunque la reseña es como poco, por lo vivido, de dudoso título. Junto a una pléyade de buenos maestros que he conocido, fue la primera de la otra serie: la de los malos maestros: Nunca, nunca, nunca... las crueles afrentas abrieron, ni abrirán, el camino del conocimiento; al contrario...
Ha si-do so-lo u-na mi-ji-ca..., balbuceaba el "Mijicas" --mirando temeroso a sor Gloria--- más con el parpadeo de los ojos que con la boca; guiños que en sus intermitencias imploraban algo de compasión a la monja que muy de mañana, con sonoras palmadas, había despertado a los internos del orfanato en la salutación de siempre: ¡Arriba el Niño Jesús!...: ¡Y por siempre en nuestros corazones!; la que de urgencia, como si en ello le fuera la vida, se había acercado a su cama --al igual que lo haría con las otras de los "meones"-- apartando con enojo las ropas que la cubrían, al tiempo que éste le seguía suplicando con gemidor balbuceo: Ha si-do so-lo u-na mi-ji-ca..., rehuyendo a sor Gloria en la progresiva irritación de su agraciada cara: Además de mojar la cama, ¡eres un mentiroso!...¡una mijica, una mijica!..., ¡recoge las sábanas manchadas y a la ducha de agua fría...; ¡vosotros también!
El Mijicas coleccionaba adscripciones a grupos siempre denostados, desde que nació; si acaso alguna vez lo hizo porque no había indicios, datos, ni documentos de que aquello hubiera sucedido en algún lugar; tampoco se conocía el momento exacto, tan sólo que brotó de manera espontánea una mañana muy temprano envuelto entre trapos que sólo liberaban su cabecita, abandonado en las tapias junto a la portería del orfanato, sitio del que fue rescatado por el portero --Pepe el Bolas-- que le oyó gemir cuando hacía la primera ronda mañanera. De sus padres ni rastro. El Mijicas pasó, desde aquel instante, a ser niño expósito, y, para más señas, también niño cunero. Desde entonces aquella mijica de carne comenzó una ardua lucha contra el infortunio. Su poco peso y sus escasas defensas eran una rémora que negaban la viabilidad de aquel conato de existencia que había surgido milagrosamente junto a las tapias. Desde el primer momento su cuna fue sitiada por un ejército cruel: el de las enfermedades infantiles, activándose en el niño cunero un eficaz sistema inmunitario contra el implacable asedio, del que pudo zafarse a duras penas. Pasó de la Cuna al Destete y después, con cuatro años, al pabellón donde estaba sor Gloria.
Sor Gloria era en su beldad el contraste de facciones perfectas y armoniosas con respecto de las caras de las otras monjas: un rostro de fino cutis blanco que acentuaba un lunar negro en la mejilla, y que se prolongaba terso en el mismo color del gorro de la toca --aquella de largas alas- y en el que destacaba luminoso el intenso azul de sus ojos, abriéndolos mucho con la mirada fija en cualquier niño cuando le recriminaba por algún hecho a su opinión reprobable, desafiándole con aquellos ojos dilatados, quietos, intensamente abiertos... hasta que el niño aturdido, los rehuía y bajaba la cabeza; después volvía a su estado natural en el tiempo que dictaba el castigo. Aún así con su dureza de intención, era como si su belleza le redimiera a la vista de los infantiles ojos: tenía la hermosura femenina tan deseable para una madre... y ahora se suponía que ella lo era para el Mijicas y los demás niños. De la persistencia de la lozanía de su cara se contaban muchas cosas entre los internos, las que con el tiempo habían adquirido carácter de leyendas: Qué si se daba pomada en la cara...: Qué si se pellizcaba suavemente los carrillos para tenerlos sonrosados...: Qué si se ponía colorete en las mejillas... Cara angelical que por las mañanas no le pareciera tanto a Mijicas.
En el pabellón de menores, las desdichas del Mijicas comenzaban muy de mañana, cuando despertaba con la misma sensación mojada de siempre, con los calzoncillos, la camiseta y las sábanas empapadas en orines, y aunque minimizara el hecho --Ha sido una mijica, repetía siempre--, la verdad es que no era una mijica, era una formidable meada que discurría en el sueño, caliente y apacible entre sus piernas recogidas contra su cuerpo en actitud fetal, plegadas hasta confundirse con su pecho; amparándose en la elasticidad de sus carnes, hecho un ovillo --en ese otro rincón de su existencia--, para sentir más dulcemente en su piel el calor de la micción nocturna, y de la que le despertaba sobresaltado, poco después, el frío de los orines; la humedad fría de las sábanas que percibía gélidas por efecto del hule que cubría su colchón. Y no era el único: varios chicos amanecían empapados en orines hasta el cuello.
Se culpaban de aquella denostada condición sin preguntarse siquiera las razones. No eran conscientes de sus carencias --siempre las mismas-- que en sus subsconcientes admitían y justificaban, quizás, en el pánico a despertar a media noche para no sentir miedo a las extrañas y alargadas sombras proyectadas en la pared, y que se movían a la par que el parpadeo de la llama de la lamparita de aceite, acechada por la oscuridad, y que en alto dominaba el alargado dormitorio; tal vez en la dificultad de avanzar un solo paso en el implacable asedio con el que aquel insufrible frío cercaba las camas, impidiéndoles llegar hasta los aseos; o, porqué no, en la existencia de alguna patología orgánica que les relajara sus esfínteres durante el sueño, en la necesidad de evacuar la tóxica orina. Pudiendo ser cualquiera de ellas las razones, ¿dónde quedaban las otras?, las relacionadas con el mundo de los afectos, con las ausencias de estos.
El Mijicas no percibía de una forma cierta las carencias afectivas. Estas actuaban de manera inconsciente, y cada noche al acostarse repetía los mismos gestos, los mismos ritos, las mismas posturas; las que su ser evocaba de otros tiempos, cuando aún no había nacido; en los que sentía, al amparo de aquel refugio primigenio --el seno materno-- un inmenso sosiego, una extraordinaria paz; sentimientos de agrado que percibía cuando escondido entre las ropas de la cama, su cuerpo se enroscaba hasta hacerse esférico, rotundo, globular --y así exponer la menor superficie de éste al frío hule--, sintiendo el pálpito de su corazón en todas sus carnes y cómo la sangre caliente iba templando su ánimo, olvidándose de sus desdichas hasta quedar profundamente dormido..., creyendo flotar en el líquido intrauterino, extasiándose en su calor --unos segundos de intensa felicidad-- cuando involuntariamente evacuaba los orines. Y así todas las noches, durante mucho tiempo, con el aliento cortado cuando despertaba.
¡Venga rápido, todos a la ducha!..., les increpaba sor Gloria. No había piedad para los meones, y desfilaban con las banderolas mojadas de color orín, como blasón de vergüenza, asidas en las manos entre los demás chicos --que le señalaban-- hacia las duchas de agua fría, muy fría, muy de mañana, muy temprano, tan temprano que aún la temperatura de sus cuerpos no había alcanzado la de sus existencias, y bajo el gélido chorro de agua, el Mijicas desnudo, destemplado, miraba al resto de chicos que se lavaban al tiempo que éstos le contemplaban; suplicando conmiseración, con el pelo mojado y el agua escurriendo por la suave y tersa piel ante la atenta mirada de sor Gloria:¡No salgáis aún todavía!, ¡debajo de la ducha hasta que os lo diga!, ¡a ver si el agua fría os quita esa fea costumbre!... sintiendo en la clavazón punzante del frío limpiar su yerro; buscando entre las miradas escrutadoras y acusadoras un gesto de perdón: ¡Venga!, salir ya fuera, el que se orine mañana doble sesión de ducha fría..., hasta encontrar las manos que le ofrecían una toalla seca en donde envolvía la tiritera y el insistente castañetear de dientes que persistía hasta que la temperatura de su cuerpo alcanzaba la de su ser, el que mantenía en vilo con el exiguo tazón de leche con miga de pan del desayuno, después de la obligada misa y antes de las clases.
Del grupo de los atrasados de la escuela del orfanato, el Mijicas ya arrastraba tan desafortunado título desde los tiempos en que sor Clara --la primera educadora con apenas cuatro años-- le ubicara definitivamente en uno de los rincones de la escuela, mirando a la pared, con unas prominentes orejas de burro en la frente y al que la burla constante le había invertebrado del resto de chicos que en la mofa le cantaban: Borriquito como tú / que no sabes ni la ú..., y en el progresivo aumento del tamaño de las orejas de burro, y de la repetición de la eterna letanía, perennemente aparcado en el rincón, Mijicas perdió la letra u y ya no la coreaba con los otros niños, y sor Clara le castigaba a la salida de las clases encerrado en el aula, repitiendo una y otra vez las vocales a las que falta siempre una: a, e, i, o..., a, e, i, o..., y empezó a hablar sin la u..., evitando aquellas palabras que la contuviera: muro, cuerpo, humedad, hule, ducha, burla, burro... hasta que la reencontró justo a tiempo de pasar a la otra clase, la de sor Gloría: Uuuuffff, menos mal!...: ¡Ave María Purísima!..., ¡Sin pecado concebida!
Había momentos que sor Gloria, desprendiéndose de su dureza en su mesiánica misión de salvaparias, mostraba su lado humanista: el de la creación artística. En esta afición o necesidad de mostrar sus habilidades artísticas se transformaba; era otra distinta: hablaba amigablemente con los niños mayores --los cuidadores--, mientras sus manos iban confeccionando artísticas flores de tela de colores: las rosas con sus pétalos abriéndose; los claveles rojos apretujados en el verde cáliz; y las amapolas con sus estambres negros...; flores que destinaba para adornar y embellecer la iglesia. También decoraba la clase con sus destrezas en el dibujo y la pintura: como las láminas de peces al pastel que Mijicas contemplaba clavado en la pared, al lado del mapa de España. Dibujaba en la pizarra grande --encerado-- primorosos dibujos, sombreados con tizas de colores, en donde escribía leyendas y rótulos de caligrafías muy elaboradas que después copiaban los niños en los cuadernos. Y es que parecía querer traslucir la belleza en aquellas actividades cotidianas. ¿Quería inculcarles el arte a los niños, o era simplemente un ejercicio de lucimiento personal?
En la escuela de sor Gloria cuando se acababa la lírica de la tabla de multiplicar, comenzaba el tiempo de la sinrazón de la letra con sangre entra, y tomaba protagonismo la flexible vara india. En el segundo grado de la enciclopedia Álvarez las lecciones eran incomprensibles y algunos niños mayores seguían sin saber que un triángulo equilátero era el que tenía todos sus lados y ángulos iguales; que el Mulhacén era el pico montañoso más alto de la cordillera Penibética; y que los Mandamientos eran diez y se resumían en dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Los mismos que en ese momento no eran prójimos de su maestra sor Gloria, que los iba apartando en un pelotón de torpes, a fin de recibir los correctivos varazos en las manos, y de los que siempre era carne de cañón un tal Pitraco. Cada golpe seco marcaba en la palma de la mano del Pitraco una lacerante marca, y en su gesto una mueca de intenso dolor contenido --le había tocado a él; a continuación podía tocar a cualquiera de los otros de la bancada--, sin obtener compasión del inalterable rostro de sor Gloria que sin vacilar descargaba con mucha furia la vara, dejando impresos amoratados cardenales en unas manos doloridas que, de vuelta al pupitre, mostraba a sus compañeros:
¡Toma!, ponte ajo en las manos; verás como te duele menos, le decía el Milindres a fin de aliviarle el escozor de los golpes, y a Pitracos en su dolor le brotaba hacia el compañero una esbozada sonrisa de complicidad y agradecimiento, que era muy seductora; la que le daba cierto brillo a su cara de niño malo, y que desmentía la leyenda de diablo con la que las monjas le habían rebautizado, pues le marcaba en el gesto una expresión angelical que no le favorecía en su adquirida notoriedad de duro, al hacerle vulnerable a perder su otra identidad, la del inconformismo que llevaba muy adentro y que afloraba en multitud de ocasiones, como la última en la que, para escapar del castigo, apretando con fuerza la vara india en el momento en que la descargaba en su mano sor Gloria se la arrebató escapando con ella hasta el patio; arrojándola lejos, detrás de la tapia. Vano remedio: otra vara, después, quedó marcada en rojo en sus jóvenes y blancas nalgas; donde más se hunde; donde más duele.
Los escolares mayores esperaban con ansiedad el receso del castigo en el cambio de tercio: al mediodía el toque de campana anunciando el Ángelus se expandía por todo el recinto, irradiando notas de bronce para la oración: El ángel del Señor anunció a la Virgen María...: Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo. Y el rezo les daba una tregua a los chicos mayores; pausa que el Pitracos aprovechó para soplarse las palmas de las manos a fin de calmar la intensa quemazón que no le aliviaba siquiera el ungüento de ajo, y los otros para desechar momentáneamente de sus mentes aquel temible silbido --que habían percibido con la desazón del inminente golpe, tantas veces-- que hacía la vara en el aire antes de dibujarse en la carne.
Silbido que, como un zumbido constante que atormentara los oídos, pendía todos los días como espada sobre el corro de niños --alrededor de sor Gloria-- que daban la lección del primer grado a la monja, la que ahora iba apartando a aquellos de los menores que no sabían que dioses había uno sólo y no tres; que España limitaba al norte con el mar Cantábrico y los montes Pirineos que la separaban de Francia; y que Viriato fue un pastor lusitano que luchó contra los malos tratos de los romanos...; los que también desconocían que un cuerpo era todo aquello que ocupaba un lugar en el espacio; aunque ahora ellos estuvieran ocupando el espacio del castigo infame; era igual estaban allí, a la vista de todos, expuestos a los demás niños para escarmiento más que para escarnio; para que sintieran el mismo miedo de los castigados; la penosa incertidumbre de que fueran ellos los que seguidamente ocuparan aquel lugar; nadie estaba a salvo cuando a los sonoros crujidos le sucedían apagados lamentos --dos solitarias y espesas lágrimas por más muestras de dolor--; suplicando con las miradas de niños indefensos algo de caridad al descargar la vara. No había compasión pues el golpe sonaba siempre igual: como chasquido en carne tierna; y el intenso dolor de las manos buscaba consuelo al apretarlas Mijicas contra su cuerpo, ya de vuelta al refugio del pupitre: Duele mucho..., cuando sea grande voy a venir aquí y le voy a dar en sus manos con la misma vara, para que sepa lo que duele, en donde rumiaba su desdicha, de la que era asombroso que cupiera más en su corta vida.
Aquel justo deseo se desvaneció tiempo después en la alegría de la marcha de sor Gloria del orfanato; a la que despidieron las otras hermanas a la puerta de la comunidad de monjas, en la misma explanada donde en sus jardines --los del estanque de la patera-- seguían creciendo las dos profusas matas de bambú, que le habían proporcionado, sin agotarse, aquella peligrosa arma; a las que los niños miraban con temor incluso cuando, proyectándose en el tiempo, sobrevivieron a su perverso uso...; y en la reflexión de aquella huida y del tiempo transcurrido: Qué alma, que no hubiere enfermado de insensibilidad, de ira o de soberbia, podía permanecer impasible ante la impactante imagen de la tristeza infinita en los ojos vidriosos de un niño, con la congoja desbordada en dos lagrimones que se van deslizando, lentamente callados, por las angulosas mejillas hasta la comisura de una boca cerrada, contenida de rabia, de impotencia, de resignación impresa en apretados labios por los que discurren las gotas ya saturadas, mezclándose con la saliva y probando su salado sabor; sorbiendo para adentro su dolor, el que se transformará otra vez en lágrima para aflorar silenciosa cualquier otro día... ¿qué pasaba entonces por la mente de un niño?... ¿qué pasaba en aquellos momentos por las mentes del Pitraco, Milindres, Mijicas...?...; y quién no era capaz entonces de conmoverse.
Nunca la "belleza" fue tan imperfecta.
FranciscoMolinaGómez --"Emilio"--
(Sufrí como todos con reprimida conmoción y mucho dolor la "gratuita" violencia... y hoy --ahora-- quiero creer que aquella agraciada mujer escarbando en lo más profundo de sus convicciones religiosas y en obligada reflexión desde su exilio forzoso que le llevó a la otra punta del país --el norte--; lograra por fin, en el tiempo de la confesión, conmoverse)
domingo, 1 de febrero de 2015
EN LOS TIEMPOS (I) DEL FINAL DEL ÁGORA: FORMAS I
"El último de esos días amaneció esplendoroso. Después de desayunar en la aparatosa habitación donde destacaba una anticuada cocina económica --prueba viva de la antigüedad de la casa--, al despedirnos de la anciana y cerrar la puerta dejamos atrás el rancio olor a vivienda antigua que persistía en el olfato, el que empezó a diluirse nada más salir a la calle de una ciudad abierta, acogedora, de la que nos sabíamos casi todos forasteros, con similar climatología a la de nuestra ciudad --Granada--, y que mostraba a primeras horas de la mañana un limpio y claro día primaveral de domingo soleado que sugería por otras visitas anteriores, como costumbre para los visitantes de provincias, una expedición al parque del Retiro. Pero no fue así. Cambiamos, a petición mía, el bullicio de los conocidos y populares jardines por la paz y el silencio de la ciudad universitaria; desierta aquella mañana; extensa al oeste de la ciudad en el distrito de Moncloa, caminando tranquilamente por los largos y anchos paseos arbolados que arropaban grandes parcelas ajardinadas en las que destacaban, muy visibles, alargados volúmenes de edificios racionalistas.
Llegar hasta la puerta de uno ellos, la escuela superior de arquitectura, era el deseo solicitado a mi anfitrión. Subimos la escalinata y escudriñamos el solitario vestíbulo a través de las cristaleras de las puertas cerradas. Mi emoción que trascendía la aséptica fachada de piedra, de formas limpias en ausencia de cualquier superflua decoración que distrajera la sobria portada de pilastras jónicas, conllevaba en mi imaginación una esperanza futura de conjeturarme en su interior como alumno algún día. Lo que sucedió, para mi regocijo, algo más de una década después..."
( Del libro: "Curso´63, del bachiller en los tiempos del pop", del autor de este blog)
Análisis de Formas I
En mil novecientos setenta y tres debía viajar desde Granada a Madrid para presentarme a unas oposiciones estatales. Emprendí viaje con un compañero y amigo de la infancia --Agustín-- con el que había coincidido en Granada; éste de visita a a punto de retornar a la capital del país. Ya en Madrid me invitó a pernoctar los días del examen en la casa de una solitaria anciana a la que hacía compañía a cambio de cobijo, asistiéndose ambos. Días en los que me hizo de cicerone, acompañándome incluso hasta la misma puerta donde en el frontispicio que sostenían unas pilastras jónicas aparecía, cincelada en la piedra y con pomposas letras romanas, la leyenda del lugar donde habitaba el sueño fervorosamente deseado. Tuvo que notar mi emoción cuando, agarrado a los barrotes de la puerta cristalera y pegando la cara al vidrio, quise traspasarla con la mirada... Cuando en mil novecientos ochenta y cinco, me reencontré con la misma portada, era como si entre aquella soleada mañana de domingo y el momento de intensa emoción al atravesar por primera vez la puerta cerrada entonces a los sueños, hubiera transcurrido una eternidad.
Aquel primer día, al tiempo que tomaba posición frente al caballete, suspiré con alivio: aún estaba a tiempo de remediar la obsesión que me había perseguido durante muchos años: demasiados; tantos que no la ubicaba en origen; posiblemente la adquiriera de pequeñito cuando fabulaba construcciones amasando barro en aquel patio cerrado al mundo, del que no tenía otra consciencia que no fuera la realidad de la argamasa blanda de un ocre oscuro que al apretarla se me escurría por entre los dedos, fascinado por poder domeñar la mezcla: la tierra y el agua, dos elementos indomables por separado, ahora juntos obedecían a lo que mi mente ordenaba a las manos; brotando en mí, al tiempo que intentaba modelar el oscuro pegote suave y húmedo, la satisfacción de la primera conciencia de estar jugando a "petit dieu de rien", al que las monjas castigaban sin piedad cuando el exceso de barro se adhería de forma pertinaz en aquellas pobres ropas de niño huérfano... no comprendía porqué se castigaban aquellos impulsos irreprimibles... quizás fueran merecidos por mi torpeza con el barro... por los oscuros churretes que ensuciando la camisa y el pantalón escurrían por la pierna, sin que apenas me apercibiera, atareado en conseguir la forma deseada... tengo que esforzarme... y ahora, al cabo de tanto tiempo intentando, estaba allí, de pie ante el alto caballete esperando al profesor de Análisis de Formas, en el aula de modelos (copias en yeso de órdenes y estatuaria clásica) que se desperdigaban por la amplia sala, y cuyas hieráticas poses enfatizaban en relieve los brillos y las sombras que les producía la proyección de la artificial luz de los focos, en un ambiente de semipenumbra favorecido por la escasa luz natural que apenas dejaban pasar, por entre ventanucos, los gruesos muros del sótano de la escuela de arquitectura; observando a los que a mi alrededor se erguían frente también a otros viejos caballetes de madera como el mío, casi tapados por éstos, afanados en fijar el papel cartulina sobre el tablero. Aquellos advenedizos a arrebatar el fuego de los dioses --pensé-- seguro que habían penado menos en vida que yo para llegar hasta allí; eran más jóvenes y más altos... de entre ellos habría aspirantes a ser uno más del obligado eslabón de la elitista saga familiar de arquitectos, con todo a su favor menos la vocación, o por lo menos ésta dudosa.
El profesor se demoraba y apenas hablábamos por primera vez entre nosotros, mirándonos con cierta desconfianza, y a ratos observando el modelo enfrente --tímidamente asomadas las cabezas por entre los caballetes a los que uniformaba la misma suciedad de restos secos de pintura y tinta-- no ocultábamos cierta preocupación, aunque algunos --posiblemente los de la saga familiar-- que iban de sobrados, se acercaban hasta aquella amalgama de objetos del modelo con desparpajo y cierto aire de suficiencia, mostrando maneras de alumnos de taller privado de dibujo: reclinando la cabeza hacia atrás y entrecerrando uno de los ojos, pretendían demostrar que ellos ya sabían hallar las proporciones de éste, en la medida del lapicero al carboncillo colocado al final de la mano extendida que se interponía en la visual entre el ojo abierto y los objetos apilados al fondo, en los que destacaba un busto de cabeza de época arcaica griega.Impostada concentración en las poses reflexivas, acercándose mucho al modelo para después alejarse hacia el tablero; gestos que intentaban, quizás, ahondar la incertidumbre de principiantes del resto: ¡Bah!, simple postureo --dije mentalmente--; aseveración que confirmé cuando aquellos que tanto iban y venían, después se asomaban, disimuladamente asombrados, a mi encaje del modelo en la lámina. No había que dejarse guiar por las primeras apariencias entre nosotros. Se me mostraban irrelevantes; incluso la primera del profesor hacia mí, el que colocado muy cerca me observó un rato --debiendo sorprenderle más mi edad que lo que dibujaba-- hasta que algo azorado porque le adivinara el pensamiento de su mirada, la desvió con aire docto, hacia el papel cartulina, sin pestañear, con la mirada fija escrutando el esbozo del dibujo, y sin que trascendiera en su expectante silencio la señal de algún sentimiento que me diera una pista, al rato sólo dijo: Autodidacta, ¡eh!
Después, conforme avanzaba el curso y se multiplicaron aquellas sesiones de dibujo de encajado de modelo, lo escrutaba, a intervalos, mientras merodeaba por los otros tableros. Me di cuenta de que con todos sólo observaba casi la misma cara de circunstancias del principio. El nivel general, a pesar del tiempo de aprendizaje transcurrido, le debió parecer muy flojo; casi decepcionante, comparado, probablemente, con el que le exigieron en su día hacía ya bastantes años para su ingreso: sólo el que llegaba a dominar la mancha (sombras de tinta china diluida en agua sobre el dibujo) se salvaba de la quema; el resto tenía que abandonar aquellas inquietudes. Posiblemente pensara, a la vista de los resultados y del relajamiento en la exigencia del dibujo de modelo clásico, que aquellos tiempos eran, sin lugar a dudas, el inicio del final del Ágora: Muchos de ustedes, de no producirse un milagro, suspenderán irremisiblemente, nos decía a menudo. Nos mirábamos algunos con la duda grabada en la expresión de la cara por descifrar a quienes se refería; sorprendidos a la vez de las insinuadas sonrisas de otros --tal vez los de la saga familiar-- parapetados en el apellido conocido entre el profesorado de escuela y en el ambientillo profesional, como salvoconducto para salir airoso de la primera prueba importante de la carrera. Aún no tenía ni pajolera idea del favoritismo de la élite --muchos de ellos profesores de la escuela-- que venía medrando, unos desde instancias políticas y otros desde las propias aulas, en las calificaciones de los alumnos, beneficiando a los del apellido que hablaba antes... claro que esto producía cierta indisimulada tensión entre los diversos clanes de profesores llegando a luchas soterradas entre ellos. Alguno lo ha contado después.
Conforme se avanzaba en los ejercicios, el encaje de modelos se iba complicando: hasta aquel momento habíamos intentado ordenar en proporciones, mediante líneas rectas, elementos de arquitectura y figuras con poses estáticas. Ahora se trataba de descubrir la línea curva imaginaria --números invisibles que estaban allí, sin percibirlos aún-- generadora del espectacular movimiento de la copia en yeso, a tamaño natural, del Discóbolo de Mirón, que nos retaba enfrente. Lo observaba atentamente. Cada vez que levantaba la vista del papel, ahí estaban los números que hacían posible aquella fabulosa sensación de movimiento del cuerpo del atleta. Durante las clases mostraba cierta ansiedad por descifrar los secretos que guardaba, ya que las sesiones con aquel modelo se estaban acabando. Un día, no sé porqué, en una de ellas se me mostró, perfectamente visible, la línea de máxima tensión, paradigma del movimiento petrificado de la escultura. Mentalmente fui descubriendo la espiral cerrada que envolvía la acción. Partiendo de la sección áurea de la mitad del cuerpo y en una continua sucesión de curvas tangentes, con razón en el número fí y límite en el infinito, quedó al descubierto aquel instante único: todo el cuerpo agachado hacia delante --concentrando la máxima tensión muscular, y en vigorosa torsión-- traslucía el impulso final. Aquella revelación la pude aseverar en la inmediatez del dibujo cuando sobre la cartulina quedó trazada, exactamente, la espiral buscada.
Con el sentimiento de proximidad que da el reconocerse, al igual que hacían los demás, como una víctima expiatoria más del mismo sátrapa --¿porqué esa tendencia joven a demonizar a los maestros?-- que enjuiciaba con mucha dureza los trabajos, y el de la confianza de ir viéndonos en las aulas; a ratos, obviando las prevenciones iniciales en la sublimación del magisterio de nuestro profesor, conveníamos entre todos la deficiente enseñanza que nos prestaba en el análisis de las formas, pues al cabo de muchas clases teníamos sólo una impresión: allí nos habían congregado más para demostrar que para aprender... ¿pero demostrar qué?... quizás lo que hubiéramos aprendido en las academias privadas de dibujo, con ventaja de los pijos del lápiz, o lo que habíamos aprendido y practicado por cuenta propia... en todo caso para qué queríamos un maestro que se dedicaba simplemente a puntuar. Al final admitida aquella realidad, sólo esperaba que lo hiciera basando sus juicios en criterios objetivos más que en los subjetivos: en sus gustos, como lo eran ciertas enrevesadas arquitecturas como la impresa en la fotocopia que un día nos repartió.
En el segundo trimestre habíamos cambiado de ejercicios. Ahora se trataba de demostrar no sólo nuestra familiaridad de proporción a mano alzada con los órdenes y estilos clásicos, sino también nuestra virtuosidad como dibujantes en técnica libre, para lo que no se le ocurrió otra imagen que la rebuscada portada de la iglesia de Sant Carlo alle Quattro Fontane --"San Carlino"-- en Roma, obra del ínclito Borromini del que aún no habíamos oído hablar en las clases de historia del arte, pues el profesor --un tal Casado-- se había parapetado en las iniciales lecciones del mundo clásico, explayándose en las génesis de las arquitecturas de Grecia y Roma. En el itinerario histórico, estábamos aún muy lejos del barroco y ahora, sin opción a reclamación alguna, teníamos que plasmar sobre el papel, y sin que nadie nos lo hubiera explicado, el espíritu intrincado de aquella época que a duras penas intentábamos leer en la compleja fachada de la imagen de la fotocopia: profusión de curvas y contracurvas que mostraban efectistas volúmenes de salientes y recovecos, y que le daban a la piedra en movimiento cierto vértigo y una ingrávida sensación... algo ininteligible y realmente complicado para alumnos de primero de aquella novedosa asignatura. Nuestra visión entonces de éste estilo no fue más allá de aquellas primeras impresiones de la reproducción. Lo complicado venía después al tener que dibujarlas. Además la gran cantidad de ornamento lo enredaba aún más. Así que me dediqué el primer día al estudio de las medidas de aquella manifiesta transgresión que no seguía ni en las proporciones, ni en su organización, el módulo de los antiguos del que ya sí teníamos noticia; concentrado en el papel de la copia colocada encima del tablero de la mesa de dibujo, sin haber trazado todavía ninguna línea en la cartulina, abstraído, cuando se me apareció de repente en la visual del rabillo del ojo, muy cerca, aquel perfil conocido y reconocido por su estatura media, más bien baja, y cara de circunstancias en la que destacaba un recio bigote que me hablaba:
- Al parecer no se lleva usted bien con el barroco --me dijo con cierta sonrisa socarrona el profesor, señalando la cartulina en blanco.
- ¿Barroco?, esto no es barroco --le contesté mirando inquisitivamente la fotocopia.
- Entonces, ¿qué diantres es? --preguntó él un poco sorprendido.
- Esto es... ¡mala leche! --gracieta con exclamación final que le hizo trasmutar su gesto incial a sonrisa abierta.
Todo aludía a lo antiguo, a enseñanza decimonónica... el alargado brazo de Chueca Goitia --entonces ya desvinculado de la escuela-- y su clan en defensa de aquel anacrónico academicismo era todavía patente en la enseñanza y formación de los futuros jóvenes arquitectos. En sus clases de historia de la arquitectura y del urbanismo jamás se extendía más allá del barroco, por lo que en cierta ocasión --se contaba en la escuela-- un grupo de alumnos, revelándose contra su empecinada postura de no hablar de la arquitectura moderna, le espetaron su actitud en su falta de conocimientos más allá de la etapa histórica con la que terminaba el curso, a lo que contestó con la seguridad y parsimonia de vieja gloria del centro: El que no desee estar en mi clase, le invito a que se marche. ¿Dónde estaban los maestros que nos introdujeran en el discurso de lo actual? Había alguien suficientemente capacitado pedagógicamente, que nos llevara de la mano, obviando las etapas clásicas ya consagradas y consabidas de la historia, a través de los primeros movimientos modernos hasta acabar en lo que en aquel momento de denominaba: postmodernismo. Pues sí, había una asignatura --Estética y Composición-- que pretendía este objetivo, intentando cubrir aquella carencia inexplicable; pero, desgraciadamente, su profesor --Guillermo Cabezas-- aburría hasta a las ovejas --lo siento por Guillermo, porque era muy buena gente--; lo que unido a mi eterno sueño atrasado --trabajando, obligado a viajar por todo el país y con cargas familiares, le quitaba horas al sueño para estudiar e iba como zombie por la vida-- era como una bomba de relojería de sueño. Me explico: las clases se habían programado a primera hora de la tarde --la peor para la obligada cabezada--, para la que se echaban persianas y se apagaban las luces del aula, dejando sólo las de ambiente, ya que el profesor utilizaba para sus explicaciones un proyector de diapositivas. Entonces sucedía lo inevitable: de inmediato mis párpados caían como telones sobre el ojo... yo intentaba entreabirlos con los dedos, resistiéndome, pero era inevitable... me despertaba con el barullo del final de la clase cuando alzaban persianas y encendían las luces: ¿De qué ha hablado hoy?, le preguntaba a mi compañero de banca un día: De la Bahuhaus, pero es igual no me he enterado de nada.
¿Entonces?... bueno que no cunda el pánico, afortunadamente para tamaño dislate había alternativas: la escuela vivía un momento álgido de inquietudes culturales que había contagiado la propia calle --eran los años de la postmovida madrileña-- y las exposiciones y debates sobre lo contemporáneo llenaban vestíbulos y pasillos del centro. Moneo se acababa de ir como decano a la universidad americana de Harvard, y Sáenz de Oíza, en su etapa ya de profesor emérito --referente de una generación de profesores arquitectos que habían hecho el tránsito desde una escuela adocenada en las viejas enseñanzas, a los postulados del Movimiento Moderno-- no sólo llenaba el salón de actos, sino que la demanda de oyentes alumnos había obligado a la dirección a habilitar una pantalla gigante donde seguir sus conferencias. La oferta de exposiciones de arte, tanto en museos como en galerías que se prodigaban por Madrid, era casi ilimitada: al mismo tiempo que la sala de la arquería de los Nuevos Ministerios recogía en sus dos niveles una extraordinaria exposición sobre el Constructivismo; un pabellón del Retiro presentaba al Le Corbusier más utópico y más vanguardista en su intención de arrasar París y llenar la ciudad de rascacielos. Adquirí el libro que se publicó con ocasión del evento, el que leí con interés, yo diría casi con devoción: ¿cómo aquel tipo, con aspecto de antihéroe, había puesto patas arribas los fundamentos del arte de la arquitectura y del urbanismo que durante siglos se habían considerado intocables; casi sagrados? Fue mi primer contacto serio con el maestro. Pero si al final fallaba todo esto, siempre teníamos a mano el tocho de Leonardo Benévolo: "Historia de la arquitectura Moderna", aparatoso libro de difícil manejo por sus excesivas dimensiones y su notable peso, y que nos recomendaban comprar el primer año.
Por fin la luz natural. Con la llegada de la primavera salimos de las catacumbas de la escuela para expandirnos por todo Madrid con nuestros blocs de papel grueso y los lápices y pinturas. Durante aquel tercer trimestre, próximo el final del curso, se nos exigiría más que los anteriores, ya que nos iban a valorar por las aptitudes artísticas que se suponía habíamos adquirido en el transcurso de los dos trimestres anteriores, a los cuales complementaba la última tanda de ejercicios: habíamos aprendido a encajar y proporcionar figuras a lápiz carboncillo; después habíamos dibujado el modelo con todo lujo de detalles, aplicando cierto virtuosismo en el dibujado; ahora había que demostrar las enseñanzas recibidas aplicándolas en el natural. Algunos palidecieron ante su escaso dominio del dibujo, los que se ahogaban en su propia impotencia, por falta de tiempo ya, de no haberse quejado bastante por la deficiente enseñanza del profesor... pudo ser así... pero reconociendo que llevaban parte de razón no a todos nos pasó lo mismo, pues aunque en realidad no hubo método de enseñanza, y las explicaciones escaseaban a favor de la práctica, y tal vez por esto último, tengo que admitir que aquellas clases pulieron bastante mi maleamiento que aún arrastraba en el dibujo a sentimiento, producto de mi aprendizaje personal; logrando ahora, como nuevo descubrimiento, poder acercarme de forma reflexiva al modelo: El próximo día sesión de calle: dibujaréis con técnica libre una vista del ámbito de la fachada de la Biblioteca Nacional con todos sus elementos urbanos; a la enunciación del ejercicio por el profesor alguien, alzando la voz, preguntó: Las farolas también, a lo que el profesor apostilló: ¡¡También!!, ¡¡¡todo!!! Calqué la orden al pie de la letra y así en la panorámica tomada en mi lámina, y en primer plano, aparece una tradicional farola fernandina con todo lujo de detalles.
En aquellas sesiones de clases al aire libre, en alegre camaradería, se mascaba la tensión del principio del final del primer paso de la aventura. Hacíamos bromas entre nosotros, ya con más confianza, mientras nos curioseábamos los dibujos e inquiríamos a continuación sobre las técnicas empleadas por cada uno... sin orillar el lado humano, indagando en los demás sobre sus vidas, sus inquietudes como futuros arquitectos, su visión del largo camino que aún nos quedaba por recorrer: Eso, suponiendo que aprobemos esta asignatura, porque yo lo veo francamente mal; no consigo hacerme con todo esto; creo que voy a abandonar... mira que mierda de dibujo... en cambio a ti siempre te sale bien, me lo decía con esa desilusión rayana en la frustración de alguien que no es capaz de conseguir entender las claves de algo que le apasiona: Tienes que ver su lado pictórico, le insistía siempre, sin saber si le ayudaba o le perjudicaba: Es que hasta tus árboles parecen reales. Aquel alumno muy joven, tímido, poco ejercitado en el dibujo y que admirara cada una de mis láminas, dejó los estudios de arquitectura antes de acabar el curso. A él le siguió alguno más.
¡Los últimos días de curso!, ¡quién no ha vivido alguna vez la experiencia del barullo del final de un curso lectivo?: noches sin dormir... impotencia por falta de tiempo... carreras por los pasillos... entrega de trabajos in extremis... ¡¡¡pues en la escuela de arquitectura de Madrid más!!!..., y la incertidumbre de no saber cuándo van a poner la listas con las calificaciones finales en el tablón de anuncios... después las visitas periódicas al tablero de corcho acristalado con resultado infructuoso... y por fin un día el nerviosismo que te recorre el cuerpo mientras deslizas rápidamente la vista por entre la relación de apellidos y nombres hasta que lees el aprobado junto al tuyo... entonces tus piernas se relajan abandonando el inicial temblor y la euforia se contagia por todo el cuerpo porque el "sueño" ya no es tal sino algo posible: efectivamente aún estaba a tiempo de remediar la obsesión que me había perseguido durante toda la vida.
A todo esto, ¿cómo se llamaba el profesor?... ¡Huuummm, que estraño!, no lo recuerdo..., ¿cómo se puede olvidar el nombre de un maestro?..., acaso es que no fue tal.
FranciscoMolinaGómez
(continuará)
jueves, 15 de enero de 2015
L U G A R E S... III, IV, V...
En ocasiones la poesía es sólo ese instante catártico al que nos lleva los sentidos: el embeleso del fluir del agua..., la lírica del paisaje..., la épica trágica del espíritu romántico...
III. E S P E R A
En la estancia
de mi espera
el aire es perfume,
y el agua música
contenida
en el fluir de la fuente
que domina la habitación.
Notas comprimidas
eclosionando
en el artificio de piedra,
y que desparraman
en el ambiente
sinfonías infinitas
de sonidos y silencios;
cadencias
que marcan las horas
de esta soleada
mañana de otoño.
Y en la espera,
el alma se sosiega.
FranciscoMolinaGómez
(DESDE EL "TARAY". ORGIVA. GRANADA, octubre 2004)
IV. B R U M A
La mañana se ha teñido
de colores fríos y húmedos
como fondo de lienzo
que desdibuja
el paisaje norteño.
A lo lejos
las copas de los pinos,
en dientes de sierra,
delinean el monte
salpicado de casonas
suspendidas;
levitando en la pendiente
bajo pronunciadas
cubiertas;
atrevidos vuelos de aleros
que protegen las largas
galerías;
ojos cautivos del paisaje.
Más cerca
la neblina se desparrama
hasta el riachuelo,
difuminándose
entre la espesa vegetación
de abetos y arces
que acompañan
el discurrir de las aguas
cerca del Balneario.
FranciscoMolinaGómez
(DESDE EL BALNEARIO DE PUENTE VIESGO. CANTABRIA, septiembre 2005)
V. P E N U M B R A
Hijo pródigo de Granada,
pensador del diecinueve,
el último romántico...,
sigue ausente.
De la renuncia a la vida
en tierras bálticas
al sueño petrificado
en los jardines
de la Alhambra.
... y ya por siempre:
infinitud en la mirada,
serenidad en el gesto;
¡Qué nadie ose
turbar tu silencio!
pues mil fustes
de arces te protegen
en tu último ensueño.
Y hoy; ahora
¡Qué sólo te
acaricie el viento!
con revuelos
de hojas de oro viejo.
FranciscoMolinaGómez
(DESDE EL MONUMENTO A ÁNGEL GANIVET EN LOS BOSQUES DE LA ALHAMBRA. GRANADA, enero 2009)
jueves, 1 de enero de 2015
TRAZAS DEL TIEMPO EN BLANCO Y NEGRO II
"El pasado siempre está ahí", era el asunto de mi correo electrónico dirigido al que había sido uno de aquellos niños --"Quiqui"-- de infancia de orfanato con el que casualmente había contactado por Internet. En su celebrada contestación a mi correo adjuntó la foto que he reseñado. Una traza más de ese tiempo en blanco y negro, que por escasas tienen ya la impronta de verdaderos tesoros por donde bucear en los recuerdos, avivando mi memoria ahora en la visión de los detalles impresos, a perpetuidad, en el papel y que ayudan a mi mente a entender ese concepto de tiempo existencial --también aplicado a nosotros-- que alguien definió: "como, tan solo, el espacio entre dos recuerdos". Nuestro tiempo existencial nos hizo ser actores forzosos de una dicotomía: habitábamos, con perplejidad, en la contradicción de dos mundos distintos y próximos a la vez; dos realidades desiguales que se sucedían, intentando ambas acoplarse en la inmediatez de un tiempo de difícil ajuste --¿cómo se podía pasar inmediatamente del infierno al cielo, y al contrario?--; sin conseguirlo: la colonia marítima y el orfanato, los dos extremos --"dos recuerdos"-- donde basculó el péndulo inexorable de nuestra joven existencia... sí, muy joven ¿verdad Quiqui?... sólo teníamos seis y siete años y aquel era nuestro segundo verano allí... y ahora --en gratitud por el regalo en blanco y negro-- deseo que me acompañes en el recuerdo a aquel otro tiempo más corto pero más benévolo; el de la foto...
Del infierno al cielo no transitábamos en la inmediatez, hubiera sido una locura inimaginable; ese itinerario lo recorríamos día a día en la negación de casi un año completo --¿cómo se puede negar tanto tiempo sin quedar anulado en la historia?-- para después admitir sólo treinta días de vida --¡qué existencias más cortas!--. Así era; literalmente íbamos tachando las fechas de aquellos pequeños calendarios de bolsillo o bien, a falta de estos, borrando mentalmente los días de santos y señas que nos marcaban diariamente la existencia. ¡Ah!... sí... la foto... hay interferencias en los recuerdos; tengo que regresar más atrás todavía... me cuesta: estamos en el grupo de niños pequeños con sor Gloria y ya no oigo corear la tabla de multiplicar, ni veo la vara india en la mano de ésta... ahora oigo nuestras voces afinadas en el improvisado coro que dirige la monja, acompasadas en las canciones ya conocidas:... A tu madre la han visto / en el río lavar / y a mi me ha parecido / la sirena del mar / la sirena del mar / la sirena del mar / a tu madre la han visto / en el río lavar... y rememoro con emoción aquellos ilusionantes días que precedían a nuestra marcha, resguardadas las tardes del implacable sol del verano en la frescura del sótano, todos --pequeños y grandes-- sentados con los pies recogidos sobre el duro suelo de cemento ensayando las canciones populares de siempre, como aves mensajeras de buenas nuevas:... Si se va la paloma / ya volverá / que dejó los pichones / a medio criar / No se va la paloma, no / no se va que la traigo yo..., y que después viajaban con nosotros --recuerdas Quiqui-- inundando de fiesta por dentro --en alegría de cánticos-- los anticuados autobuses.
Desayunamos muy nerviosos, deseando terminar para formar ya la larga fila de dos --nosotros los más pequeños en cabeza cogidos de la mano--, en cuya acostumbrada formación nos dirigimos a la explanada de la entrada al orfanato donde aparcarían los alargados vehículos... y la alegría va creciendo conforme avanzamos en la marcha... caras de niños con recién estrenada felicidad... de complicidad... contagiándonos la alegría... los más afortunados exultantes con las castrojas de paja cubriendo sus cabezas y exhibiendo --en la suerte de los regalos de sus familias-- a sor María Begoña y sor Josefa la chica ("Sosefa") que sonrientes nos recibían, los cubos y las palas de hojalata: ¡Sosefa!, ¡Sosefa!, mira lo que me ha traído mi madre para Almuñécar...; atentos todos a ver aparecer por el hueco de las verjas de entrada los autobuses; desatándose la euforia cuando asomaron la cabecera: ¡Sosefa!, ¡Sosefa!, ¡¡las ensinas!!...; y ahora nos apremiaba la ansiedad por subir: Despacio, de uno en uno..., nos dicen las dos monjas intentando calmarnos, ayudándonos a los pequeños a subir al pescante sobrealzado de la puerta: Bien, ¡ventanilla!... y en esa gracia ya no desvié la vista a través del cristal, sólo, por segundos, al compañero de asiento para de forma inocente regodearme en aquella suerte de privilegiado espectador del paisaje... despidiéndonos todos en el inicio de la marcha --cuando el autocar giraba hacia la carretera de la costa y perdíamos de vista Granada-- de nuestra ciudad con la acostumbrada canción: Al pie de Sierra Nevada / al pie del viejo Albaicín / está sentada Granada / con sus bellezas sin fin...
Sigo en el recuerdo --intentando acompasar el tuyo Quiqui-- rememorando el alegre éxodo hacia el sur buscando el mar, a través de la vieja y estrecha carretera empedrada, regocijándonos en una infinita sucesión de estampas rurales impresas en las ventanillas del primitivo autocar con berlina, que intentábamos captar y fijar en la retina de la mente en el mismo tiempo de la canción: Ya se murió el burro / de la tía Vinagre / ya se lo llevó Dios / de esta vida miserable / Qué tu-ru-ru-ru-rú...., para regocijo del resto del año, procurando no perder ninguna secuencia de aquella prodigiosa película que nos ofrendaba todo un espectáculo de colores, de olores, de territorios nuevos para nosotros; de sus gentes todavía ancladas en un tiempo: el de la dura y afanosa España agrícola de final de posguerra, conviviendo todavía con las huellas del pasado conflicto bélico, a mitad de camino entre el repetitívo vítore: FRANCO FRANCO FRANCO, impreso a la cal con mayúsculas en el profundo talud de un tramo del terreno por donde discurría la carretera que les llevaba a los paisanos a los campos de labranza y a nosotros hasta la colonia marítima; y el ¡PRESENTE!, grabado a cincel en los muros de piedra de las iglesias de los pueblos encastrados cómo nódulos --a intervalos-- en la tortuosa y continua línea de la carretera de la costa;
... el año de antes en nuestro inocente desvalimiento nos atemorizaron ya de madrugada el primer día de colonia los sones de fajinas y cánticos: Cara al sol con la camisa nueva / que tú bordaste rojo ayer..., que provenían de la explanada de tierra enfrente de la colonia. Extrañados nos aproximamos a la cerca de oxidados barrotes que cerraba el recinto, empinando la vista por encima del murete; y ¡no lo podíamos creer!: en una noche había surgido de la nada un campamento completo de tiendas de campaña, perfectamente organizado, con sus calles y su plaza de armas en el centro donde chicos jóvenes --cachorros franquistas del Frente de Juventudes--, uniformados, en formación militar, rendían honores a la bandera. A la noche en su reunión de "fuego de campamento" en el primer patio de la colonia, sus actitudes nos seguían intimidando --se mostraban seguros, bravucones, mirándonos con cierta conmiseración-- en el colofón de una patriótica jornada antes de recogerse en sus tiendas de lona con sones de toque de retreta; y otra vez el himno resonando guerrero en la noche, nos produjo cierto desasosiego...
y que íbamos atravesando ante la sorprendida mirada de sus habitantes más viejos, que nos observaban con el rictus cansado, impreso en sus semblantes curtidos por infinitas horas de trabajo al sol en los eriales, expectantes en las voces rancheras del coro pasajero:... Si Adelita / quisiera ser mi novia / si Adelita / fuera mi mujer / le compraría / un vestido de seda / para llevarla / a bailar al cuartel...; los hombres de gris calados hasta las orejas con las castrojas de paja y las mujeres de riguroso negro con pañuelo del mismo color en la cabeza, destacando sobre el fondo brillante cuando el sol empezaba a apuntar la perpendicular, compartiendo la exigua sombra de los árboles de la plaza que ahora tronaba con los sones jóvenes:... Si Adelita / se fuera con otro / la seguiría / por tierra y por mar / si por mar / en un buque de guerra / si por tierra / en un tren militar..., sentados en el banco cerca de la fuente en cuyo pilón saciaban su sed los animales de carga tan íntimamente ligados a aquellos pobladores. Al pasar junto a ellos nos regalaban su mejor sonrisa desdentada agradeciendo el final del corrido que se escapaba por las ventanillas del autobús:... Y si acaso / yo muero en campaña / y si mi cuerpo / en la sierra va a quedar / Adelita / por Dios te lo ruego / que por mi no vayas a llorar.
No sabíamos que significaban... ¿qué eran aquellos carteles con el yugo y las flechas?... el mismo que observábamos ahora a la entrada del pueblo de Dúrcal, todavía impactados por la imagen que habíamos dejado atrás --desde la bajada que trazaba la carretera al vadear el río-- de poderosa señal visual en la fascinación de mentes tan tiernas: la imponente estampa del alargado viaducto metálico por donde discurría el trazado de las vías del tranvía por la parte más alta del río... ¡qué grande!, pensé una vez más... cavilaciones sin más pretensiones de las que me sacó el grito de Paquito Gordo: ¡El pueblo de Agustín!... ¡Agustín, tu pueblo!..., cuando nuestro compañero de orfanato ya tenía, desde el inicio en la lentitud de la travesía urbana, la cara pegada a la ventanilla del autobús en donde seguíamos de fiesta en las voces del estribillo de aquella canción que aludía a unos gallos que anunciaban el día:... No te duermas / vida mía / no te duermas / mi adorada / que viene llena de vida / la madrugada..., y que duró hasta la salida del pueblo. Entonces siempre me hacía la misma pregunta: ¿A qué se refiere?, observando el extraño cartel: "Nitrato de Chile", con la silueta en negro de un hombre montado a caballo sobre fondo amarillo. Era curiosa su repetición siempre a la salida de los pueblos.
Habíamos dejado atrás el primer hito --señales que sólo sabíamos nosotros-- del camino, y repuestos de su impacto anhelábamos vislumbrar los otros referentes del paisaje de tan antigua vía y tras los cuales descubríamos al final el mar: los que se sucedían pasado el puente sobre el río Dúrcal, al ritmo de las canciones que no cesaban: los túneles --el pequeño y el largo-- bajo la montaña de Izbor, robándonos durante algunos segundos la luz del sol y adjudicando un sonoro pescozón a algún que otro cogote: El carbonero / por las esquinas / va pregonando / ¡carbón de encina! / ¡carbón de roble! / ¡carbón de encina! / ¡carbón de roble! / la esperanza / no está en los hombres...; las sugestivas e enigmáticas tres calaveras de piedra que como centinelas aparecían casi irreconocibles, por la erosión del tiempo y la climatología, en un hondo declive del terreno:... Tengo que subir al árbol / tengo que coger la flor / y dársela a mi morena / que la ponga en el balcón / que la ponga en el balcón / que la deje de poner / tengo que subir al árbol / y una flor he de coger...; la agradecida parada en Vélez de Benaudalla, oliendo a pestiños recién hechos:... A coger el trébole / el trébole / el trébole / A coger trébole / la noche de san Juan...; los empinados y sinuosos caracolillos de Vélez, cuya cuesta a duras penas dejaba atrás el autobús con un continuo y anestesiante zumbido ronco de motor que se sumaba al mareante y asfixiante calor en el interior del vehículo: Ahora que vamos despacio / ahora que vamos despacio / vamos a contar mentiras / Tra-la-rá...; la entrada en Motril provocando a sus pobladores con la burla: ¡Motril!, ¡Motril!, ¡pueblo cateto!, ¡repellado con barro!, ¡número uno!...; la inmaculada imagen del pueblo blanco de Salobreña suspendido en la Peña, ofreciéndonos generosamente su magia, merced a la única prolongada recta de todo el itinerario, y que nos regalaba los primeros aromas de brisa marina entrando a tropel por las ventanillas del autobús por efecto de la velocidad:... Naveira / naveira / naveira do mar / hay una barquiña / prai a navegar...; y después de aquella curva en ascensión se nos aparecía la inmensa concentración de agua --de azul intenso-- entre la masa vegetal de los pinos y los eucaliptos que, aunque en primer plano, no nos impedían adivinar su verdadera e impresionante magnitud, y sobrecogidos por aquella inmensidad de agua siempre le cantábamos la misma canción de bienvenida: Hay en el lago / rataplán / hay un velero / rataplán / como no hay viento / no puede andar /rataplán...
...¡Riau!, ¡riau!, ¡riau! / el orfelinato / el orfelinato / Riau!, ¡riau!, ¡riau! / el orfelinato / estamos aquí..., cantábamos todos, pequeños y grandes, hasta desgañitarnos las gargantas, marcando ya el territorio, entrando triunfales, envueltos los autobuses por el polvo que levantaban a su paso por el camino de tierra adosado a los huertos de caña que se alineaban con la colonia marítima: ¡Eh, la Paca y el Manuel!, gritamos alborozados divisándolos desde la lejanía en la puerta de hierro de la colonia...: Está Manuel el de la Burra...: Y también la Paca...: ¡Hola Paca!...: ¡Hola Manuel!... ¡¡¡Hola!!!
En fin que puedo hacerte recordar Quiqui de aquellos viajes que tú ahora ya no lo estés reviviendo. Instantes subliminales que vivimos juntos... bueno, algo menos los que siempre se mareaban... ¿Y que decir de aquellos días en la colonia?, sino que eran un bálsamo para cuerpo y espíritu. Si alguien nos hubiera preguntado por: ¿el mundo?..., en aquellos momentos nuestro mundo sólo era aquel: el que comprendía desde la Punta de la Mona a los tres Peñones y la línea de horizonte que dibujaban cielo y mar. No existía el resto. Y de ese mundo eran también la Paca y su marido Manuel --el de la burra-- que nos traía las viandas a lomos del viejo animal que él mismo cuidaba, y que nos hacía un chambao en la playa cerca de la orilla del mar para protegernos del sol; el descarriado Gabrié que estuvo en el orfanato de niño y que ahora, ya mayor, paseaba por la playa su desocupación de pescador ahogada en alcohol; la vieja Sanité, de inexorable negro, que vendía las gaseosas en el único chiringuito-barraca de la playa que regentaba próximo a la diminuta caseta-puesto de los guardias civiles --pequeña casita blanca en la foto--, que en pareja con tricornio de cortina rondaban continuamente la línea de la costa donde nada se movía sin su permiso; aquél fotógrafo gordo y algo bizco que nos inmortalizó en tantas ocasiones; un hombre pobre que habitaba en el hueco de una roca en China Gorda; y los pescadores con sus gastadas ropas grises reparando las redes para la pesca en la playa cerca del chambao, junto a sus barcas remozadas de vivos colores, varadas durante el día enfrente de la colonia marítima; y las luces de estas barcas tintineando en la faena durante la noche para atraer a los peces que, aún vivos, desbordaban las redes cuando con la temprana los marengos --pescadores-- sacaban las capturas --copo-- a la playa de san Cristóbal arrastrando cuidadosamente su sustento por la mojada arena de la orilla; y las mamparras atracadas en la improvisada bahía del peñón del Santo, desde cuya cima, coronada por una gran cruz de madera, se divisaba sólo: pueblo, mar y una extensa vega plantada de caña de azúcar --"cañadú"-- que degustábamos hasta dejar sin líquido la pulpa; los barquitos que construíamos con sus hojas y que echábamos al mar entre las olas, las mismas que nos arrullaban a la hora de dormir con ese relajante murmullo de fondo. De noche nos extasiábamos con el delicado olor a jazmín y galán de noche que ascendía hasta un insistente cielo estrellado.
...¡Sosefa! mira una estrella fugaz... y al rato de descubrirla nos quedamos dormidos sobre los catres de lona, en la cadencia repetitiva y relajante del sonido de fondo del romper de la ola contra la arena de la playa: ¡¡¡Broooummm!!!...¡¡¡Broooummm!!!...¡¡Broooummm!!!..., y lo hicimos de un tirón, y aquella primera madrugada no escuchamos sones inquietantes al despertarnos, sino otros agradables: las gaviotas nos hablaban, sobrevolando con sus agudos graznidos alrededor de las viejas barcas de pesca, cerca de la orilla... a donde bajamos después de saborear la dulce leche condensada del desayuno --¡Huuummm!, ¡qué rica!-- a jugar en la arena con los cacharros de los otros: ¡Sosefa!, Emilio me ha quitado mi pala..., haciendo agujeros en la arena para enterrarnos..., y atentos a media mañana al silbato de sor Josefa: ¡¡¡Píííííí!!!... al que siguió un fuerte rugido en el aire: ¡¡¡Al agua patos!!!, zambulléndome en el primer baño de mar junto con los demás: ¡Sosefa!, mira como hago el muerto...: ¡Sosefa!, mira como me tiro de pico...: ¡Sosefa!, mira que lejos me voy nadando...: ¡Sosefa!...
Es recurrente en mi memoria el recuerdo de sor María Begoña y de sor Josefa la chica en la orilla, embutidas en todos sus ropajes blancos y delantal del mismo color, con el sol dorándoles sólo la piel de sus caras que enmarcaban blancas tocas con las alas recogidas y pinzadas en alto para que el viento no se las llevara volando, empinando sor Josefa la mirada por encima de su baja estatura con cara de preocupación y exhibiendo visibles gestos de acercamiento con las manos..., siempre nos advertía: ¡Los pequeños en la orilla!..., ¡no os alejéis!..., ¡venga todos aquí!, cerca de la orilla que la mar es muy peligrosa... Luego de los baños de mar nos tendíamos, cual lagartos al sol, en la ardiente arena; aspirando por todos los poros de nuestro cuerpo la brisa marina: aquel olor fresco a mar y a salitre que según sor Josefa era muy beneficioso para nuestra salud por aquello del yodo, mientras secaba la única prenda que vestíamos durante todo el día: un largo y oscuro bañador. No teníamos otro. Eran tiempos de escasez, te acuerdas Quiqui.
Algunas tarde, después de una apacible y prolongada siesta y saborear el ¡¡chocolate!! de la merienda, seguíamos en la fiesta de las canciones sentados en el banco de madera corrido, adosado a la pared en el descanso del patio interior: De colores / de colores / se visten los campos / en la primavera / De colores / de colores / son los pajaritos / que vienen de afuera / De colores / de colores / es el arco iris / que vemos lucir / Y por eso / los grandes amores / de muchos colores / me gustan a mí / Canta el gallo / canta el gallo / con su kirikiri / con su kirikiri / la gallina / la gallina / con su caracara / con su caracara / los pollitos / los pollitos / con su píopío / con su píopí / se arma un lío / con el Kirikiri / con el caracara / con el píopí...; otras tardes, cuando el sol empezaba a declinar, nos íbamos a la playa de China Gorda a desenterrar conchas y caracolas pequeñas con las que confeccionábamos, después, artesanales collares para regalar a los familiares --el que los tuviera--, o a capturar algunos cangrejos que se escondían entre las resbaladizas rocas, cerca del peñón del veintiuno, bajo la atenta mirada de sor María Begoña, en los primeros tiempos y de sor Clara, sor Juana y sor Josefa, siempre: ¡Sosefa!, mira una estrella de mar... y a la monja le daba cierto repelús tocar su duro caparazón. Otros llegaban hasta ella con el gracioso caballito de mar, o los punzantes erizos, o el escurridizo y pegajoso pulpo, e incluso con la irritante medusa... todas ellas criaturas del mar.
¡Ah, el mar!: aquella inmensa masa de líquido nos sobrecogía y nos cautivaba a la vez. Lo misterioso para nuestras jóvenes mentes radicaba en el "número", en la "proporción", algo muy desmesurado para nuestra comprensión: aquella infinidad de agua era en el mundo físico lo más parecido a la eternidad; esa de la que nos hablaban aludiendo al cielo y al infierno. Aprendimos a amar y respetar la incontenible fuerza que presumíamos subyacía en aquella inmensa masa de agua. Había días que se dejaba acariciar, invadir, compartir su sustancia con nuestro cuerpo: ¡Hoy el mar está sereno!, exclamábamos muy alegres los días en que apenas había olas, pues nos bañábamos a nuestras anchas; pero otros días nos rechazaba, como enfadado, con grandes y peligrosas olas, sobre todo en los días que soplaba viento de levante: ¡Hoy el mar está alborotado!, decíamos malhumorados y decepcionados: nos prohibían el baño. Y así durante los días de semana; los domingos tocaba paseo.
...: ¡Nos vamos de paseo!; Alejandro yo contigo ¡eh!...: Sabes le voy a pedir mi dinero a Sosefa...: ¡Y qué vas a comprar?...: No sé; cosas...: ¡Dame la mano que yo nos vamos!; ¡venga!...: ¡Mira, allí está Sosefa, pídele tu dinero!...:Luego, cuando lleguemos al pueblo...
Y en la ilusionada e inocente conversación de niños en fila de dos, asombrados por comprobar que detrás de las tapias existía el mundo, del que desconocíamos casi todo, hacíamos la incursión al nuevo paseo hasta la plaza del Altillo, que conectaba la playa de san Cristóbal con la de Puerta de Mar; una inusual comitiva de niños con ropa limpia, de domingo, impactando visualmente de colores --el rojo, verde y azul de las camisas a cuadros, según las edades--, y a los ojos de los sorprendidos transeúntes, tan singular camino que se abría paso entre el mar, a un lado, sintiendo el sonido de sus olas al golpear el artificial dique de piedra que acababa en balaustrada, y los edificios, en el otro, encastrados en la roca, fundiéndose con ella, a la que encumbraba un antiguo castillo; itinerario que comenzaba con la fachada circular del hotel de extraño nombre :Sexi, y que nos regalaba una singular experiencia de camino sonoro que al final nos abocaba a un kiosco de tebeos, juguetes y dulces que presidía aquel espacio abierto, de árboles tropicales y que se asomaba al mar en amplio mirador-terraza,
...¡Sosefa!, a mí una peseta...: ¡Sosefa!, yo quiero dos reales...:¡Sosefa!...: Pero dejarme que saque el monedero y la libretita...: Vamos a ver primero los pequeños...: A ver tú Paquito...; todos ansiosos por ser los primeros en recibir parte de ese dinero que los padres y familiares de los niños confiaban, en los domingos de visita en el orfanato, a la custodia y reparto de la monja...: ¡Jó!, a éste le has dado más que a mí...
quedando emplazados en los juegos; nuestros particulares juegos de niños: ¡Nicolás!, a ver si me pillas..., mezclándonos con toda aquella gente que había en la plaza: Pocholo, ¡cogido!..., los que proseguíamos por la noche después del delicioso arroz con leche de la cena: ¡Eh!, Joseico, Felipe..., poner todos las manos, ¡venga!: A la pavica / la pavá / pone huevos / a maná/ pone uno / pone dos... /.../...: Antón / Antón / Antón pirulero / cada cual / cada cual / que atienda su juego / y el que no lo atienda / pagará una prenda...; o al día siguiente en la playa antes de bañarnos, aprovechando lo mullido de la arena por si derribaban los agachados al saltar sobre ellos: Mingorance tú eres el primero, después el Habichuela...: ¡Chichirimboy!... ¡a los pies de tu cabeza voy!... ¡el número uno soy!...; y todos aquellos gritos, canciones, voces, risas... han quedado como ecos imperecederos vagando eternamente en el vacío de esos ámbitos... huellas que ahora recupero en el pálpito de los recuerdos felices y que ya forman parte de nuestras existencias fundidas con la historia de aquel lugar... aquel privilegiado lugar: parte acotada del paraíso, del que desgraciadamente nos expulsaban cada año devolviéndonos al averno, en uno de aquellos viajes de vuelta. Del último hice su reseña hace un tiempo ya:
... Al día siguiente el viaje de vuelta... ¿aquellos viajes de vuelta?... Nunca hablábamos de ellos como si no hubieran sucedido. Pero este regreso no era uno más, era un viaje sin retorno en el tiempo, una experiencia que se habrá alojado en el recoveco más profundo de la memoria, de difícil extracción, pero que puedo imaginar en la reflexión de otros retornos que nos depararon muchos finales de escapada; en la similitud de otras llegadas, después de cualquier huida, al lugar a dónde no deseábamos regresar, suspirando que el viaje se prolongara indefinidamente, sintiendo la impotencia de quién le llevan a la fuerza al sitio que no quiere y no puede hacer nada por evitarlo... en la constatación de un progresivo pesimismo conforme el autobús iba devorando los kilómetros, generando una dinámica de sensaciones inversas a las del recorrido de ida; en una ruta, ahora, hacia adentro: al interior de las emociones de las que afloran sólo trazos entre líneas en ese imaginario diario que guardo celosamente en algún vericueto del subconsciente... en el vértigo de todo lo perdido.
Final del Verano de 1971: "Revisar bien vuestras bolsas, ¡no os dejéis nada!" --nos apremiaba don Ángel en las filas formadas frente a los autobuses...
Cae la tarde cuando iniciamos la marcha. Dentro del autobús es perceptible cierto bochorno por el calor que este ha acumulado durante las horas de espera, aparcado frente a la colonia mientras hemos sesteado al sopor de la canícula. Abrimos las ventanillas y la fuerte brisa de la avanzada tarde atenúa la temperatura...
Recorremos los primeros metros...
Estoy en el último asiento, vuelto hacia el cristal de la ventanilla de atrás, y hago gestos de despedida con la mano, permaneciendo durante un tiempo en la forzada postura. En mi retina han quedado grabadas las últimas imágenes de Manuel y la Paca despidiéndose desde la oxidada puerta de hierro con fondo: la silueta de la alta palmera, atrás, bamboleándose al viento... ya no los volveré a ver más...: ¡Adiós!...
A la derecha en dirección de la marcha el ruido de las olas al impactar contra la arena se muestra intermitentemente fuerte --hay oleaje-- reclamando el mar nuestra atención que mantenemos hasta que en el viraje del autobús hacia el interior del pueblo, a la salida a Granada, le ha ocultado de la vista...
Es ahora cuando el tiempo empieza a volverse lánguido, indefinido, silencioso... no nos apetece cantar y hasta pensar es algo innecesario, así que nos abandonamos al ronroneo del motor que se hace más evidente con el inicio de las primeras pendientes de la carretera que salva el desnivel desde la costa a las estribaciones de la montaña donde el autobús rueda lento...
Ahora muy lento... al filo de la peligrosa topografía plagada de terraplenes y barrancos (el Cambrón, el Safio...) que visionamos a través de las ventanillas con prevención, desechando pensamientos inevitables de caídas al precipicio en la protección de san Cristóbal al que nos hemos encomendado al inicio de la partida, fijando la mirada a lo lejos hacia el mar que aparece y desaparece, como por arte de magia, entre estas intermitencias montañosas, de un color dorado por efecto de los últimos rayos de sol reflejándose en el agua, esparciendo ese fulgor brillante hacia las laderas de los montes que atravesamos, hasta que en la curva de Salobreña, tamizado por eucaliptos y pinos ha desaparecido finalmente de la vista...
Aunque seguimos avanzando, aún estamos lejos...
Nos agarramos todavía al disfrute del crepúsculo vespertino contemplado, cuando empieza a oscurecer...
El alargado vehículo va dibujando en su marcha un sin fin de cerradas curvas no sin cierta dificultad por la estrechez de la carretera; la misma estrechez que, conforme la recorremos, aprieta nuestro ánimo, el que también se resiente con las primeras sombras de la noche que ya se ciernen sobre el pueblo de Ízbor, desluciendo el blanco de sus casas encaramadas en la montaña, al fondo a la izquierda del sentido de la marcha, y que alcanza en aquel punto su cota de terreno más alta... A partir de aquí, iniciamos un progresivo descenso que apaga la esperanza en la medida en que afuera se desdibuja el día. Arrellanados en los asientos, despreocupados, cansados, profundamente resignados, la mirada perdida hacia el paisaje que, ahora en la penumbra, se percibe plano, sin profundidad, esbozado como una pintura a la aguada con colores pardos y uniformes en donde la masa vegetal se confunde con el terreno y éste con las casas de los últimos pueblos que recorremos...
La noche afuera se vuelve amenazante y el oscuro entorno ya nos es nuestro aliado... incluso en la visión del viaducto de hierro de Dúrcal al vadear el río por el puente de piedra, sólo vemos un espectral artefacto apoyado en dos masas oscuras...
Hemos dejado atrás la hondonada de el Padul y, ahora, atravesamos el pueblo de Otura, en donde unas pocas luces iluminan la calle central que aparece fantasmal y solitaria al paso del autobús...
Silencio también en el interior del vehículo...
El monótono y continuo sonido del rozamiento de las ruedas sobre los adoquines acredita que nos acercamos inexorablemente a nuestro destino...
Estamos cerca cuando un tenue brillo rojizo en el terreno destaca en la oscuridad de la noche... en los rescoldos del fuego se adivinan los campos de Alhendín, y un olor a chamuscado --a quema de rastrojos de cereales-- se ha colado al autocar...
El olor a quemado ha impregnado incluso el aire de los llanos que ahora recorremos... profunda quietud en la negrura de la extensa planicie... pero no es la soledad del llano sino la nuestra la que nos ahoga cuando ya en Armilla circulamos en paralelo a las tapias del cuartel de aviación... estamos muy cerca...
Sigue el olor a quemado...
Hemos parado en la encrucijada de la carretera general y el inicio del camino del orfanato a dejar a don Ángel: "¡Hasta otra!"...
Implorando una fortuita amnesia o una súbita locura del conductor deseamos que no tome la desviación; que prosiga la marcha; que no pare...
Al acercarnos a la verja de entrada la silueta de las tapias portan un efecto extraño, visión que se acentúa por la débil luz de la lámpara de la esquina de la calle... el celador nos espera en el pabellón al que ingresamos con un sentimiento raro: la sensación de transitar por unos espacios que nos resultan familiares, pero que, a la vez, no queremos reconocer, y con un extraño eco entre las paredes al hilo de las apocadas conversaciones...
Estamos muy cansados y nos vamos directamente a dormir...
Mañana, sin más remedio, tomaremos conciencia del lugar.
FranciscoMolinaGómez
(... y aunque la felicidad era muy efímera, ésta nos daba siempre suficiente fuerza y energía para seguir sobreviviendo el resto del tiempo, empezando de nuevo a tachar los días para al final alcanzar, otra vez: la existencia...¿verdad Quiqui?... Hoy, cincuenta y seis años después, cuando comienza un nuevo año, todavía persiste la misma esperanza en la amistad: ¡¡¡Venturoso año 2015!!!)
miércoles, 17 de diciembre de 2014
LA DENSIDAD DE LA NADA
Yo no tuve conciencia real de la muerte de mis padres hasta que percibí con dolor, bastante tiempo después del óbito del último de ellos --mi padre ya viudo--, la vorágine del vacío interior. Desde aquella mañana de domingo en la que mi hermano Antonio, inesperadamente y asiéndome del brazo, me sacó con fuerza y determinación de la fila de chaveas en formación de dos hacia la iglesia para la misa de las ocho --irrenunciable obligación de santificar las fiestas aún en edad tierna de juegos--, abrazándome fuerte a continuación, como sólo recordaba lo hacía al principio mi madre y después mi padre --ahora ya no me iría a ver los primeros domingos de mes, ni los otros; ahora ya ninguno de los dos me abrazaría nunca más--; anduve arrastrando aquel abrazo durante el tiempo que fui creciendo en el desconcierto que me produjo la sombría premonición de muerte que capté en el profundo silencio que aquel día exhalaba la mirada vidriosa de mi hermano mayor, en su súbita huida después del abrazo, compungido, tapándose la cara con ambas manos para que no le viera llorar, alejándose hacia la portería del orfanato embutido torpemente en un traje de salir de calle. Traje prestado para un funeral.
La separación definitiva de los seres más queridos me fue calando lentamente en el ánimo: primero fue la congoja que anidó en mi pecho impidiéndome respirar por las noches en los desvelos del sueño, intentando entender el "otro lado"..., después aquella oquedad, aquel agujero..., y al final cuando definitivamente me cubrió entero el vacío, padecí en propias carnes la densidad de la nada
A Paquita, allí donde esté.
Declinaba el verano de dos mil catorce --once de septiembre, fiesta nacional en Cataluña--, cuando nos conocimos. Formabas parte de la extensa familia de primos que "de improviso" habíais surgido en nuestra vida al hilo de haber hallado, al fin, Teresa --mi mujer-- sus raíces biológicas. Buscando dimos con hermanos, sobrinos, con todos vosotros: los primos..., y, como sabes, casi con su madre Manolita: ¡no llegamos a tiempo por muy poco; apenas cuatro años! Habíamos perdido mucho tiempo, así que no lo pensamos más y aquel mismo verano decidimos ir a Calafell en Tarragona --lugar de promisión donde obtener el pan y la cebolla de subsistencia que se les negaba a "la familia" en su tierra-- a conoceros.
Ya la primera noche, recién llegados, nos sorprendió la hospitalidad que todos nos dispensasteis. Las muestras de cariño, de asistimiento en aquella primera visita eran apabullantes: en la misma puerta del hotel a la salida, junto con parte de la familia, allí estaba clavado el hombre --primo Garrido-- con el que has compartido gran parte de tu vida --en la foto muy orgulloso de tenerte por compañera--; solícito en todo momento en su afán por atendernos, poniéndose incondicionalmente a nuestra disposición para que nos sintiéramos a gusto, acompañados, arropados...; ¡y así lo vivimos! Después en la relajada y amena velada, sentados en una terraza de vuestro territorio de siempre --de las vías del tren a la playa-- cerca de vuestra casa, nos sentimos ya parte de vosotros; dándoles en reciprocidad también, la bienvenida en nuestras vidas a tus dos hijas: Carmen y Silvia, dos encantos de mujeres... afinando todos sensibilidades en las conversaciones que prosiguieron relatando historias, anécdotas... había muchas que contar: aquellas cuatro hermanas --Carmen, Felipa, Clara y Manolita-- que emigraron hasta aquel lugar y luego arraigaron allí con sus hijos, habían dejado un largo reguero de huellas de paso por la vida. Ese día faltabas tú. Ya nos contaron que te hallabas indispuesta por causa del tratamiento médico a esa inoportuna visita --cáncer-- que testaruda se había instalado sin tu permiso en el vestíbulo de entrada de tu vida, al acecho del menor descuido.
Los días pasaron entre mañanas de sol y playa y tardes de encuentros con los que ya erais parte de nosotros, intentando que nos incluyerais entre las personas que queríais. Todavía no te conocíamos, pendientes de la gran celebración: ¡la comida de primos!al final de las vacaciones.
Tan importante evento de encuentro de familia había que celebrarlo antes de que nos marcháramos, como siempre lo habíais hecho: congregados alrededor de una mesa en los acontecimientos familiares importantes(bodas, bautizos, comuniones...), como si para los pobres no pudiera haber otros días de fiesta...; ¡era igual!,es lo que había e intentabais apurar --a tenor de las fotos, videos y reportajes que nos habéis mostrado-- hasta el último sorbo de aquellas especiales ocasiones, con la alegría desbordando las penas cotidianas que por momentos las aparcabais, como sí no existieran, en eso que ya era costumbre de vivir sólo el día a día: Hoy estamos en lo que estamos...: ¿Mañana?...: ¡Mañana será otro día!...; al igual que lo hacían aquellos cuatro caracteres difíciles de hermanas --templados, al parecer por la mayor Carmen, tu madre política-- dejando a un lado, por un día, las cuitas de sus diferencias: cuando se trataba de ir unidas las matriarcas de los clanes de los primos reunidos allí, lo hacían a muerte, como viejas mosqueteras. Y como tantas otras veces, también aquel día sentamos las ilusionadas expectativas y los buenos ánimos alrededor de una bien surtida mesa --que sí, Paquita; que ya sé que hubo alguna que otra pequeña queja, pero eso pasa hasta en las mejores familias y aquella no lo era menos-- ¡Y lo pasamos en grande!, todos pendientes de la gran protagonista, a la que arropasteis como una más de vosotros: mi mujer Teresa. ¡Al fin te conocimos! Y aunque nos hemos visto y tratado también este verano, te he de confesar que aquel primer encuentro fue suficiente para descubrir y disfrutar tu calidad humana... y lo digo no por hacerte un cumplido, sino en aras a la verdad.
Ahora liberada de las cadenas de las miserias de aquí, sólo te queda un plus: la incertidumbre en las preguntas de tus deudos y seres queridos: ¿Porqué a mi mujer?...: ¿Porqué a mi madre?...: ¡Quién decide?...: ¿Porqué leyes se rige?...: ¿Cuáles son las razones?...; desazón que les aliviarás desde ese lugar seguro donde ya estás... al igual que les ayudarás a sobrellevar durante ese tiempo de congoja y confusión el peso hiriente de la densidad de la nada... eso que aparece cuando el alma se resquebraja...; no se sabe narrar...; sólo se siente.
¡Hasta la próxima!, seguiremos en contacto.
FranciscoMolinaGómez
(... queridos Francisco, Carmen y Silvia, permitidme el cumplimiento del deseo de enviarle esta misiva a ese ser tan querido por todos, especialmente por vosotros... estoy seguro que cuando se pase el dolor del duelo comprobaréis que Paquita no se ha ido... como escribí hace ahora un año--a propósito del recuerdo de mis padres--: Sólo son invisibles los olvidados y Paquita está viva en nosotros. ¡¡¡Mucho ánimo!!!)
lunes, 15 de diciembre de 2014
DEL PORTAL DE BELÉN, ¡NO NOS MOVERÁN!
| Nadie sospechaba unos días antes que las figuras del belén se iban a encerrar como protesta en el portal de Belén... --belén del autor del blog-- |
De muy pequeñito me extasiaba durante las horas de aquellas solitarias navidades, escudriñando los pormenores del artificial paisaje del "belén" que en su desmesurada dimensión ocupaba casi una habitación del orfanato y en cuyo empeño las monjas empleaban casi una semana.
Con el paso del tiempo pasé de fervoroso espectador a ilusionado actor y en aquella obsesión de que llegara el "momento" estaba expectante durante todo el año para convertirme, entonces, en su creador: todo un privilegio..., una desbordada alegría que duraba poco..., con cierta melancolía vivía después los días de su desmontaje y la vuelta a la cotidianidad del orfanato...:¿Porqué no dejarlo montado todo el tiempo como exponente de la alegría de aquellos días distintos?
De mayor pude cumplir aquel deseo y mantuve el belén que había lucido --ante las asombradas caras de mis hijos-- en casa las fiestas de navidad de no recuerdo bien que año --hace bastante tiempo-- sin retirarlo durante los tres inviernos siguientes... al cabo de los cuales y sin padecer de aquella melancolía de entonces, lo desmonté guardando de forma delicada --envueltas en profuso papel de periódico, y en cajas de madera que coloqué cuidadosamente en estantes del garaje-- sus figuras.
Hace un año las desembalé con mucha ilusión: quería que ahora fueran mis nietos los que se asombraran con esa tradición cristiana... y volví a las andadas: lo dejé luciendo no sólo la Navidad del pasado año sino los trescientos sesenta y cinco días siguientes... y ahora en esta Navidad, al ir a remozar el artificial paisaje y a recolocar las figuras...: ¿¡Qué cuernos pasa aquí!?
Todo comenzó cuando me pareció que el pastor con la oveja al hombro, al que intentaba enderezar su oblicua postura, me espetaba: ¡Ya era hora!, ¡más te vale!, llevo así inclinado y con la oveja a cuestas ¡un año!, ¿te parece bien? Recoloqué recto al anciano pastor de barba blanca sin darle más importancia a aquellos murmullos figurados que creía oír --serán suposiciones mías--, y cuando limpiaba de arena la lámina de plástico transparente que figuraba el agua de la laguna para que esta brillara cristalina, ya no fueron figuraciones; ahora estupefacto oía claramente la ceñuda conversación entre la lavandera que se dirigía, con esa confianza que da el estar juntos tanto tiempo, de manera displicente al pescador: ¡Vaya mierda de pez!; y para eso, todo un año...: Pues anda que tú que llevas con la misma ropa, dale que te pego todo este tiempo... Hasta ahí normal, era la típica discusión de dos que ya se conocen todos sus entresijos por verse obligados a tratarse a diario, pero lo que no me gustó fue la siguiente aseveración de la boca del mismo pescador, que no soltaba el pequeño pez ni a tiros: La culpa la tiene éste...: ¿Quién?...: Quién va a ser; éste que ahora está limpiando el agua Me quedé de piedra pues se refería a mí; claro que las figuras de barro no hablan, ni piensan, ni...; así que no debía preocuparme. Pero la cosa no quedó ahí; se complicó con la siguiente afirmación que oí, ahora de la lavandera: Si se cree éste que nos va a tener así toda la vida; vá aviáo... Entonces comprendí que efectivamente allí estaba pasando algo raro y extraño; no sé porqué notaba percibir cierta queja colectiva de todos aquellos personajes. Inaudito; ¿o es que no sabían que podía disponer de ellos a mi antojo desde el mismo instante que los compré? Pensando que así pudiera ser y que con el tiempo fueran conscientes de haber adquirido ya algunos derechos, quise pensar que tal actitud de desapego a su dueño, era sólo la de unos pocos.
Pero cual fue mi sorpresa cuando centré mi atención para recomponer la escena --de hacía un año-- de la anunciación por el ángel de la buena nueva a los pastores: ¿Dónde diablos está el dichoso ángel?..., debería estar aquí en lo alto del árbol..., ¡ah! acabáramos... El ángel que ya no brillaba --se le había acabado la pila-- bajándose por su cuenta y riesgo, estaba ahora en relajada conversación de colega con los pastores, y no se crean ustedes que les hablaba de lo divino; al contrario, haciendo dejacción de sus obligaciones, de lo mundano: Ustedes necesitan agruparse en un sindicato de pastores, a fin de reivindicar sus derechos contra los abusos del que os tiene aquí postrados, mirando absortos hacia la copa del árbol ¡un año entero!..., sin días de descanso, ni vacaciones...; ¡tenéis que rebeláos!... Lo que me faltaba --pensé-- un sindicalista, y para más inri: el propio ángel; a éste seguro que lo mandaron aquí abajo porque, cierto, no lo querían allí arriba...: Esto no tiene buena pinta..., esta Navidad me temo que no voy a ser capaz de montar el belén..., esto es una rebelión en toda regla.
Temeroso y casi de reojo miré hacía el Portal, expectante en que se respetaría el "misterio", deseando que por lo menos allí no visionara nada anormal...; y así era, comprobando aliviado que no había novedad: San José de pié con la larga vara en la mano protegía al Niño Jesús, al que miraba amorosamente la Virgen María..., iluminados todos en la resplandeciente luz --favorecida por la pila alcalina-- del ángel del portal, al lado del buey y la mula que seguían dando calor al infante. No se oía ninguna conversación...:¡¡Uuuuufffff!! Bueno lo voy a dejar por hoy; ya mañana desde la normalidad del portal intentaré poner orden a todo esto; faltan pocos días y los familiares que vienen de fuera están ilusionados por ver otra vez el belén. Me voy a dormir.
A la mañana siguiente: mi gozo en un pozo. La situación de moderación en el portal del día anterior había mutado en la contraria; ahora aparecía colmatado: estaban todos los personajes reunidos en asamblea reivindicativa, a los que no bastando tan evidente muestra de disconformidad la publicitaban, ahora, desde lo alto del portal: a la cubierta de éste habían subido un pastor y el paje del rey Melchor, sujetando en alto una pancarta en donde se leía: "DEL PORTAL DE BELÉN, ¡NO NOS MOVERÁN!" Lo que me temía: la protesta se había deslocalizado, añadiéndose ahora a los nativos del lugar, los advenedizos de Oriente. Dentro del portal con gran alboroto de voces se debatían las propuestas, dirigidas por el pastor de las blancas barbas; algunas hay que reconocer, extrañas: ¡Eh!, vosotros los caganers, ¡afuera a cagar!, ya está bien del pestazo que estáis metiendo aquí...: ¡Ah!, nosotros no tenemos la culpa de estar cagando un año entero...: Bueno pues exigid que os hagan unos retretes fuera... Ante aquel alboroto del que se había solidarizado el niño pequeño aunque no participaba ya que, al parecer, sus reivindicaciones trascendían este mundo, miré pidiendo auxilio a San José, el que me miró encogiéndose de hombros, y después a la Virgen María que sí pedía un poco de calma..., sin saber que hacer. Para colmo en los aledaños del portal los reyes magos, comandados por Baltasar, habían organizado un top-manta con sus propios regalos --los que generosamente había cedido el Niño Jesús-- a fin de obtener recursos para volver a sus lejanos países, aprovechando aquellas fechas en las que brillaría de nuevo en el cielo la estrella que les podría guiar de vuelta a sus casas; los que no eran ajenos a las mismas críticas de los otros hacia el tirano artista, sobre todo Gaspar: ¡Cuidado con éste! --se refería a mi-- que es capaz de dejarnos otra vez un año entero aquí sin estrella polar. ¡A éste ni carbón!
| ... y no bastándoles con eso habían desplegado una pancarta reivindicativa en lo más alto del portal... --belén del autor del blog-- |
¡Ah, claro!, es que en el belén no tengo romanos. Éstos se van a enterar. Rápidamente voy a poner orden aquí con una compañía de la guardia pretoriana de Herodes; y dispuesto a acabar con aquel motín me fui a la plaza mayor de mi ciudad, donde por estas fechas, como todos los años, ya se había llenado de tenderetes con un montón de figuritas del belén de distintos tamaños, a cual más curiosa. Recorrí todas las casetas, asomando la cabeza sobre los expositores donde desafiantes --embutidos en sus cascos, corazas y escudos-- brillaban de oro los soldados romanos, esgrimiendo aceradas espadas o largas lanzas en las manos. Los primeros que encontré eran demasiados pequeños..., otros no estaban lo suficientemente pertrechados..., hasta que di con lo que buscaba: eran ideales para aquella misión: altos, fuertes, perfectamente uniformados y equipados, con caras de pocos amigos...¡perfectos!, sí pero... observando aquella perfección en la cantidad de detalles de toda la parafernalia guerrera amenazante... reflexioné... y desistí de aquella idea: no era para menos: cada romano ¡¡¡costaba un huevo!!! y haciendo cuentas necesitaría, por lo menos, una decena de ellos... alojamiento, mantenimiento... ¡vamos!: una fortuna... además en los tiempos que corren éstas coercitivas actitudes ya no son buenos procedimientos...; no tendré más remedio que negociar..., seguramente con el pastor de la barba, el del borrego a los hombros: en el encierro del portal me dio la impresión que era, aparte del más follonero, el que llevaba la voz cantante y el que coreaba con más fuerza la consigna: Del portal de Belén, ¡no nos moverán!, del portal de Belén, ¡no nos moverán!, porque el portal ahora es el refugio, ¡¡no nos moverán!!...
Sabía que las negociaciones serían difíciles pues el pastor viejo, aparte de testarudo y exigente, sufría aún en sus riñones de las complicaciones de haber estado inclinado con el peso del borrego tanto tiempo, y no me lo iba a poner nada fácil... además estaba ya cansado de portar durante todo su vida --ahora próximo a la jubilación-- el mismo animal a los hombros y tener que convivir siempre con aquel olor a bicho del que no había logrado desprenderse nunca...; después estaba la mujer de la leña a un hombro que se quejaba de dislocaciones en éste por desajuste de los huesos en la articulación, producto de tantos días llevando la leña en el mismo sitio... y aunque se le notaba buena mujer, tenía su puntito borde de indignación en la exigencia de su queja...; tampoco me iba a allanar el camino de un justo acuerdo que satisficiera a las dos partes el pastor de la gallina en la mano, la que tenía agujereada de la cantidad de picotazos que la dilatación en el tiempo había facilitado a la oportunidad de la gallina de revolverse contra él, sin que el pastor pudiera desprenderse de ella... al igual que de las pródigas cagadas de ave, ya secas algunas, que enseñoreaban de manchas grises sus ropas, oliendo a gallinácea...; y no digamos del sentimiento de asesino que había adquirido el pastor de la matanza, acuchillando durante un año al animal, y viendo, durante este tiempo, brotar continuamente sangre de su cuello... exigiría, como poco, indemnización por daños psicológicos...; todo esto sin pararme demasiado en la crueldad a que había sometido a los cuerpos de los caganers: ¿alguien puede hacerse idea del sufrimiento de un vientre evacuando sin parar todo ese tiempo?... ¡impensáble!... más indemnizaciones, ¡aparte de los retretes!
Al menos habían unos que apenas se quejaban, a pesar de las arengas sindicalistas del ángel, al estar todo el tiempo recostados en la tierra... aunque aquellos pastores exigirían que se les repusiera el rebaño de ovejas pues las que guardaban habían acabado en la olla al ir quedándose sin comida, a la que, por si fueran pocas bocas, ahora se había agregado, con más jeta que alas, la del dichoso ángel...; ¿y con éste que hago?: ¿mandarlo de vuelta a los cielos, donde no lo quieren por conflictivo; o darle otra oportunidad comprándole una pila alcalina?...; y el pescador que querrá nueva caña, pero no una cualquiera: el último diseño que se vendía en Galilea...; y la lavandera que exigirá que le construya un lavadero protegido, ¡¡y público!!...; y los reyes magos magos con sus exigencias regias...; hasta la mula y el buey denunciarán su obligada y forzada asistencia al portal en el falseamiento de la historia --lo habían escuchado del ángel de la pila alcalina-- y ahora exigirán vacaciones indefinidas... En fin una compleja y dilatada negociación si quiero que la familia y amigos disfruten de la magia del belén en estas fechas de ilusión. Bueno aunque sea por ellos me avendré a tantas exigencias, reconociéndoles algunos derechos... pero que no se me suban a las barbas... porque sino doy por finalizadas las conversaciones y les corro las cortinas dejándolos a oscuras. Espero que la sagrada familia me ayude.
Estas reivindicaciones, más o menos matizadas, que formaban el núcleo de la letra grande del contrato fueron aceptadas rápidamente por ambas partes; ahora quedaban las otras, las de la letra pequeña, las culpables de todo aquel follón y las de más difícil negociación: Jornada laboral completa sólo los días de las fiestas de Navidad, desde el veinticuatro de diciembre al seis de enero siguiente...: Bueno, desde el veintidós de diciembre al ocho de enero...: No, lo dicho...: ¡Vale!...: Nos embalarás con nuevos papeles de periódico, el que empleas es muy antiguo y desgastado por lo que no podemos descansar bien...: ¿Antiguo?, pues no es tan antiguo...: ¡Hombre no!, el de la matanza dice que siempre está viendo la cara de Jordi Hurtado, al parecer la noticia es de cuando inauguró su programa en televisión...: Bueno, si eso es así, ¡vale!, realmente es muy antiguo, lo comprendo perfectamente...: A los caganers los colocarás en habitáculos aparte y en estante del garaje también diferente...: ¡Vale!...: Por último queremos por lo menos cinco años sabáticos para reponernos de tantas calamidades...: ¡Ah!, no, no, tres...: ¡¡¡Seis!!!...: Bueno ¡vale!, seis...¡y se acabó!, vosotros a cambio volveréis a vuestros sitios, calladitos, y sin moverse...¡¡¡¡ni un milímetro!!!!...: ¡Vale!, palabra de pastor viejo...: La mía de caballero.
Ahora al remozarlo: nuevo musgo, regeneración de arena y de paja, más palmeras en la zona del agua...reposición de ovejas... enderezamiento de figuras, el "nacimiento" ha adquirido el brillo de hace un año. Todo está en orden, y en la seguridad que no habrá nada anormal, deseo que sea un auténtico placer su contemplación para las personas queridas que esperan expectantes la invitación; quedan pocos días... aunque como siempre está ese amigo pesado que quiere verlo antes que los demás y que, pasando por casa y por encima del autor, te quiere mover los personajes...: Hay que ver lo bien que te ha quedado... todos los caminos hacia el portal... como tiene que ser:¡todos al portal!...: Sí, sí, van todos al portal, pero ahora cada uno tiene que estar en su sitio...: Sí, pero conforme transcurran los días de navidad, los puedes ir acercando a ver al Niño...: Bueno, al Niño ya lo ven desde lejos...: ¡Cómo va a ser igual desde lejos!, no pasa nada si los mueves un poco, mira...: ¡Ni se te acurra!...: ¡Anda!, ¿porqué?...: ¡Porque es muy peligroso!... ¡con lo que me ha costado!...: No entiendo, cualquiera diría que iba a romper las figuras...: No es eso, es algo peor...: ¡En fín!, no lo entiendo...: ¡Yo tampoco!...
En la inminente visita de mis seres queridos, compruebo aliviado --esta mañana al levantarme-- la bonhomía que traslucen en sus caras todos los personajes del belén... seguro que no me van a defraudar...; eso sí: ¡¡cada uno en su sitio!!
Os dejo, ¡ha sonado el timbre de la puerta!
FranciscoMolinaGómez
(En esta Navidad´2014/15: gozosos días a todos; ¡ah! y si alguno tiene problemas con las figuras del belén, haced lo que yo: ¡¡Acordad!!..., es lo mejor)
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