sábado, 1 de noviembre de 2014

ALLÍ DONDE LO INERTE SOBREPASÓ AL SER










Recién llegado intentaba hallar algún compañero..., había mucha gente pero nadie conocido, sólo el lugar... y un montón de fotos expuestas en unos caballetes de madera...



El día dieciocho de septiembre de dos mil cuatro, a las cinco de la tarde (hora de duelo lorquiano), en mi primer reencuentro oficial con el pasado se me reabrieron las antiguas heridas que creía ya cicatrizadas, aprisionado por los mismos muros de antaño, esta vez con claros indicios de abandono. Casi nadie me reconoció. Casi nadie me esperaba. Ese día dije definitivamente adiós al tiempo real que me vinculó a aquél lugar, trasladándolo, quizás por un mecanismo de defensa, al terreno de la creación literaria; un alegato a la verdad de una afrenta cuya triste historia he comenzado a escribir.
Porqué empezar escribiendo sobre un lugar. ¿Es eso importante? Un lugar puede ser sólo un recuerdo borroso en la memoria; ¿pero en qué memoria?, quizás en la del alma, si ésta acaso la tuviera. ¿Porqué evocamos su realidad con imágenes que se pierden en el mundo de los sueños?. Quizás habría que comenzar escribiendo sobre el universo que encierran esas palabras: memoria, imágenes, sueños; pero ¿dónde queda el testimonio de los sentidos? Porqué no escribir acerca de un lugar atemporal del que sólo quedan las emociones y los sentimientos, experiencias que no tienen tiempo.
Porqué no comenzar simplemente describiendo un lugar desde lo vivido, desde lo sentido...; desde el corazón. Confieso que llevo un lugar en mi corazón, a mi pesar... donde la deformidad de lo inerte sobrepasó a la inmensidad del ser








En los confines de Armilla --muy cerca de la ciudad de Granada--, donde el llano se hace campiña en suave ascensión de irregulares huertos hasta la escarpada sierra, en el límite con los Ogíjares, me conjuré con otros antiguos compañeros del orfanato cuando declinaba el verano de dos mil cuatro para exorcizar nuestros propios demonios que aún deambulaban por entre los viejos muros, ahora con claros signos de desidia. Había sido convocado por una inédita Asociación en la que se habían constituido un grupo de antiguos compañeros de orfanato. Las reflexiones de la experiencia vivida aquella jornada avivaron mi pluma hacia el género epistolar. Transcribo la carta fechada el catorce de octubre de dos mil cuatro y enviada a la que en aquel momento era la presidenta de la asociación.

"Estimada Elena, Presidenta de la Asociación de Acogidos del Niño Jesús:

Me presentaré diciendo que soy un acogido, como nos habéis definido desde la asociación de la que eres presidenta, si bien yo me considero un interno del que fuera primero hospicio, después orfanato y por último hogar infantil del Niño Jesús.

El pasado dieciocho de septiembre, con motivo del reencuentro de antiguos internos, al que fui invitado desde esa asociación (lo que agradezco), se me abrieron de nuevo viejas heridas que estaban ya cicatrizadas. Reencuentro por primera vez al que acudí con ansiedad, ilusión y, como no, sobre todo con anhelante curiosidad en las preguntas: ¿Qué emociones brotarán al estar en el mismo lugar donde pasé tantos años... ¿a quién de mis antiguos compañeros iba a ver?... ¿qué aspecto tendrán? ya que a muchos no los veo desde hace más de treinta años... ¿qué monjas irán?... ¿en que estado físico y mental me las voy a encontrar? La realidad fue menos expectante que mi imaginación ya que de entrada me hallé en un sitio relativamente extraño del que han desaparecido los patios de juego de mi infancia y adolescencia. Ya no identificaba los árboles --¿dónde estaban ahora aquellas moreras y acacias que poblaban todo el recinto?--, muchos de ellos grandes ejemplares que no merecieron la tala. Resultaba raro no ver la lámina de agua en el estanque de la patera, el que aparecía raramente cubierto de tierra y plantas...

Sensación que se agudizó cuando, en el transcurso del acto, trataba en vano que mis antiguas tutoras legales (mis monjas) me reconocieran; baldío esfuerzo en mentes saturadas de recuerdos, definitivamente cansadas por efecto del transcurso inexorable del tiempo. Era una cosa extraña: como si al retornar a tu casa --a tu hogar de siempre-- después de un largo viaje, tus padres no te reconocieran. Para colmo de rarezas, cuando de sopetón me encontré con toda aquella masa humana el sistema operativo de mi memoria me daba continuamente "error" pues no reconocía a nadie. Quizás mis "archivos" estaban incompletos. Han sido tantas generaciones, tantos niños, tantos años, tanto tiempo, después, sin vernos que, probablemente, había saturado mi "tarjeta gráfica" e irremediablemente tenía que actualizarla. Pero no acaba ahí la cosa ya que de entre aquella marea humana los compañeros que encontré de mi generación y que nos pudimos identificar, reconocer y abrazar se podían contar con los dedos de ambas manos. Mis expectativas por los suelos.


Me sumergí en todos los corrillos buscando inútilmente más testigos de mi pasado, de mi tiempo...; sólo frustración. Busqué reconocerme y reconocerlos en las exposiciones de fotos. En aquel desorden hallé sólo las mismas caras repetidas..., me aparté de aquellas visiones y busqué el consuelo en los reconocidos aunque algunos eran --o éramos-- difíciles de identificar debido a la avanzada alopecia. Teníamos urgencia de aprovechar cada segundo de aquel momento; posiblemente los últimos que hayamos estado juntos. Tengo que reconocer que reencontrarme con ellos fue muy gratificante; algunos arrojaron de nuevo luz sobre mi memoria, sobre nuestra experiencia de vida colectiva, y hablamos de todo: de lo bueno y de lo malo vivido; de lo próximo compartido y de lo lejano acontecido; de lo escasamente sublime y de lo mayormente mísero de aquel lugar... y en ese debate quedé emplazado con alguno, cuando como protagonistas por ser testigos nos erijamos en autores-creadores del relato de aquel tiempo. Es nuestro deber y obligación preservar el testimonio de aquella historia; de nuestra historia.


Excusa mi atrevimiento por enviarte esta misiva ya que no pertenezco a la asociación, pues lo hago desde el más estricto respeto a las personas que habéis materializado la idea, y al proyecto que habéis puesto en marcha. Mi paso por la universidad de la vida ha marcado mucho mi vocación de ser independiente y la creencia de que cualquier organización debe nacer desde la reflexión y el debate interno. Con ello quiero decir que no entiendas esta carta como crítica al proyecto, sino como mero apunte; reflexión de unos aconteceres que han hecho rebrotar en mí lejanos recuerdos. Y es así, porque no perteneciendo a ningún partido, organización ni idea impuesta desde fuera, sólo soy un espectador de lo que acontece, y como tal me he dirigido a ti. Si algo puedo aportar desde mi voluntaria situación, como alguien que observa desde la barrera, te diré que he apreciado en la dirección de la asociación actitudes personalistas en las formas, centrando la carga emotiva de los actos de aquel día en los que fueron los regidores y dejando fuera al auténtico protagonista: los que fuimos internos; la razón de aquella convocatoria.


Eché de menos que monjas y empleados estuvieran mezclados entre nosotros en animada charla, en un intento de arrojar un poco de luz a su memoria y arrebatarles aunque fuera una sonrisa, un fugaz segundo de reconocimiento a su labor por nuestra parte, e incluso un efímero segundo de perdón por la suya. En cambio en aquella oficialidad y solemnidad del acto, del momento homenaje, del estrado que nos separaba... no pude evitar reconocer cierta indeseable simetría con las otroras rancias representaciones en el salón de actos con las que "agradecíamos su dedicación" a superioras y administradores de turno. En la generosidad y nobleza que venimos demostrando todos los que hemos pasado por allí --¡¡¡pese a lo pasado!!!-- no pongo ningún reparo a los actos de homenaje a las monjas y empleados, sobre todo porque con el transcurso del tiempo han tenido en el pecado la penitencia: porque si bien no se prodigaron en gestos de reflexión, de pedir perdón (hubo mucha infamia entre aquellas paredes), el tiempo --o los tiempos-- les pasó factura. Siempre pienso lo difícil que les resultaría, después, adaptarse a los nuevos momentos; a las nuevas formas; a la pérdida de reconocimiento, de privilegios; a un estado aconfesional; a una sociedad cada vez más laica; a unos nuevos niños que no querían caridad; a unos niños que exigían derechos; al oportunismo, después, de algunos internos que las denunciaron aprovechando el momento álgido de la prensa amarilla --Interviú-- sin reparar en que las responsabilidades hay que encajarlas dentro de su contexto histórico. En fin no entendía el unánime acto de homenaje, aquél día, de los mismos que , casi tres décadas atrás, en la publicación de la revista no le daban el mismo "crédito" a su resignada labor. Así es la hipocresía y miseria humana. Por mi parte, muy alejado de aquellos últimos acontecimientos, siempre he pensado que en aquel tiempo gris les faltó imaginación y les sobró conformidad con el Sistema, con los exagerados procedimientos de disciplina, muchos de ellos violentos; pero por supuesto siempre he reconocido que los factores: lugar y época no jugaron a favor de nadie, tampoco de ellos.


Por otra parte no entendí la presencia de la prensa, antes, durante y después del reencuentro, a no ser por puro protagonismo de quienes la convocaron. Leo los titulares que aparecen en la prensa local --gracias a la generosidad de un compañero que me los ha enviado-- y, respetando las opiniones de cada uno, no reconozco el lugar, ni me reconozco --en las interrogantes que añado-- en muchas de las afirmaciones que aparecen impresas en el papel, manifestadas al reportero por algunos de los convocantes... "en el orfanato aprendimos a ser ¿personas?... sus compañeros son sus únicos ¿hermanos?... ¿el amor? lo recibían de las ¿monjas? y de sus ¿compañeros?... si hay algo que destacar de su estancia en el hospicio son los grandes valores que les inculcaron: ¿generosidad, solidaridad y gratitud?... lo poco que teníamos lo ¿compartíamos? entre todos... llegaron siendo niños, y se fueron siendo hombres con ¿carreras?..."; posiblemente hablaban de otro sitio y yo me había equivocado de convocatoria.

Somos muchos --bastantes de los que no han asistido, creo yo-- los que pensamos que sólo desde la verdad de lo acontecido, desde la necesidad que sentimos de sacar fuera dicha verdad (no es necesaria publicarla en ningún periódico), de exponerla públicamente entre nosotros como terapia reparadora de infancias y adolescencias traumatizadas por el desamor, el desconsuelo, la soledad..., sólo desde esa cura encontraremos nuestra identidad pasada, y lo que es más importante: nos encontraremos a nosotros mismo y, por tanto, ser capaces ya de reunirnos para hablar más del presente y del futuro que del pasado, el que quedará entonces asumido, formando ya parte de nuestras vivencias. Creo que esta es la clave fundamental de futuros reencuentros. Digo esto porque me parece perverso que los auténticos protagonistas asumamos una verdad que no es la nuestra, que nos quieran hacer comulgar con ruedas de molino (practicas ya pasadas pertenecientes a otros tiempos) en ésta época de libertad, en la que afortunadamente estamos. En este punto soy y seré siempre muy exigente. La verdad sólo ofende al miserable.Lo hecho, hecho está. Lo importante es pedir perdón. He aquí la grandeza del ser humano, que como tal comete errores a menudo. Llegado este punto creo que la Diputación, como organismo oficial que nos tuteló, nos debe un gesto de asunción de la culpa de lo que allí se hizo mal, muchas veces con perversidad; de pedir perdón aún cuando sus gestores actuales, obviamente, no tengan nada que ver con los impresentables dirigentes de aquel tiempo. Gesto que debiera hacerse extensivo a reparar, en la medida de lo posible, los casos de extrema necesidad en los que quedaron algunos internos. Les debe una reparación.
¡Cuánta infamia aún se percibe en estos espacios!, susurré en aquel mi primer reencuentro, observando de nuevo, treinta y dos años después, los pabellones.

Me causó gran desasosiego la falta de reconocimiento de la mayoría de las personas allí congregadas, quizás porqué por falta de interés de las generaciones más sufridas --desde los años treinta hasta mitad de los setenta--, abundaba más la gente de las últimas generaciones. Las que vivieron ya en la libertad auspiciada por la etapa democrática en el país. Era lógico ese sentimiento, pues echando la vista atrás, creo que desde mi expulsión (digo bien expulsión) del centro hasta su cierre definitivo pasaron aproximadamente unos veinte años. ¿Cómo sentirnos próximos cuando durante tantos años --treinta hasta el día del reencuentro-- hemos estado por ahí, por esos mundos de Dios intentando remediar las secuelas de lo que nos aconteció en aquel sitio? He tenido que dedicar muchos tiempo y esfuerzo a superar mis miedos, mis traumas, mis complejos..., a formarme personal e intelectualmente..., cayéndome y levantándome a menudo (si algo nos une a todos es que somos grandes luchadores).
El patio de recreo... ¡de recreo: qué ironía!... seguía mostrando la perversidad de los espacios cerrados, pese a que le habían derribado un frente de tapias. La descuidada maleza que brotaba por doquier, paradigma de abandono, no conseguía ocultar su pasado de patio carcelario al que se abocaba a través del sótano: recinto oculto donde pulieron nuestros ángulos más agudos hasta redondearlos. Pude percibir el mismo aire asfixiante de entonces atrapado de por vida en aquel contenedor disciplinario. Me alejé de inmediato a la búsqueda de mis compañeros.  

¿Pero como sentirnos parte de la cadena si allí faltaban eslabones?; los nexos de unión entre las distintas generaciones sólo pueden nacer desde los reencuentros en la verdad, desde la toma de protagonismo por parte de todos. Este protagonismo que con toda buena voluntad se intentó suplir con los reportajes fotográficos y de video --testigos mudos de un tiempo--, debió ser asumido por los que estábamos allí presentes. Faltó ponerle voz a fotos y reportajes. Pero voz viva, no en off. Eché de menos que personas de distintas generaciones hablaran de su tiempo en un intento por conocernos, por sentirnos parte de la misma experiencia vital. A las nuevas generaciones, estoy seguro, les hubiera gustado oír el relato de una parte de la historia del centro; viejas batallas, en algunos de cuyos gestos, a buen seguro, se hubieran reconocido. Y a nosotros nos hubiera gustado oír sus historias, sus anécdotas, las de un tiempo más benévolo pero también complicado en lo personal. Estuvo bien lo del Canto del Loco, pero cuán grato hubiera sido oír aquella música que nos marcó, la de un tiempo que nos robaron --The Beatles...--; en definitiva, como he dicho antes, sentirnos parte de lo mismo aunque en distinto tiempo.

Resumiendo para no aburrir: difícilmente pudo haber reencuentro donde, creo yo, todavía no ha habido encuentro; esa es la asignatura pendiente. Por supuesto entenderé que esta carta pueda acabar en tu papelera, pues parte de su contenido, de lo que viví aquel día, son impresiones de un momento, hechas por un observador que sólo pretende ser veraz con lo que le ha acontecido.

(Época 1956/1972. Francisco Molina Gómez --"Emilio"-- Madrid) "



FranciscoMolinaGómez
(Ahora sin noticias de esta asociación, la misma misiva con las claves de un fracaso constatado es redirigida a quien quiera leerla --carta abierta-- ante la ausencia aún, después de diez años, de contestación)







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