sábado, 30 de noviembre de 2019

LA SOMBRA OBLICUA












Junto a las altas verjas de hierro de la portería los familiares congregados en numerosos grupos soportaban estoicamente la implacable solana que caía plana sobre la desprotegida explanada que daba acceso al orfanato como final del polvoriento camino desde la parada del tranvía, adonde iban llegando éstos acalorados, sudorosos pero contentos, ansiosos por dar los primeros besos y abrazos a sus niños, después de un tiempo que se les hacía eterno, como eterna era su pobreza. Ni una leve protesta por el recibimiento a campo abierto, sin sombra donde protegerse. Ni una queja, por aquello del castigo, si el portero Pepe el Bolas les registraba –por orden del administrador-- los bolsos y en ocasiones algunas partes sospechosamente abultadas de sus cuerpos en donde éste suponía escondían alimentos incompatibles en su conservación con aquellas altas temperaturas. Todo se soportaba. Eran pueblo llano: la resignación personificada como algo natural en sus vidas. No tenían más opción que aquella impasibilidad para poder seguir avanzando siempre con la esperanza de que todo mejoraría, si no para ellos al menos para sus niños añorados con obsesión al no tenerlos a su lado. Gentes corrientes que habían hecho de la resignación la clave de su supervivencia: resignación cristina para aceptar todo lo que la vida –especialmente sus contrariedades: sinsabores, sufrimientos, congojas, penas, angustias, abatimientos, tribulaciones o cualquier otro contratiempo-- les había deparado, decían los curas y las monjas que así educaban –porque tenían poder para ello-- cuerpo y espíritu; resignación en la férrea disciplina decían los militares que controlaban cualquier incidencia de sus existencias en cofre cerrado con dos vueltas de llave; resignación “por cojones” decían los jerarcas del Régimen y sus secuaces que gobernaban, como el abyecto administrador del orfanato que había reducido las cuatro visitas de familiares al mes de antaño por una sola: el primer domingo de mes. Lo que fue una medida provisional como castigo a una leve intoxicación por alimento en mal estado introducido por un familiar, se convirtió en dolorosa y duradera norma con el apercibimiento de que en caso de reincidencia se suprimiría durante meses la única visita. Con aquella medida se impedía la comunicación periódica de los internos con el exterior, quedando éstos en la mayoría de las ocasiones al albur de su suerte. Incomunicación que completaba la construcción tiempo atrás de altas tapias alrededor de todo el centro benéfico, y de las que formaban parte las recias verjas de hierro que en aquellos momentos impedían con su cierre el paso de los familiares al interior del recinto. Treinta grados de ángulo de sombra, treinta y ocho de temperatura a la sombra, al toque de campana se abrieron las verjas y los familiares corrieron en tropel.









La sombra que proyectaba su cuerpo sobre el suelo era desproporcionadamente corta reflejando de manera grotesca su brava figura que a su par avanzaba como los tranvías balanceándose sobre las ruedas metálicas, ella sobre dos altos tacones de punta fina, sonando ambos sobre el enlosado como repetitivo martillete en yunque. No quería demorarse en la cita por lo que aceleró la marcha con pasos más cortos que aumentaron el continuo martilleo. Iba maldiciendo su inoportunidad, la de aquella intempestiva hora de la tarde, aunque el motivo: ver a su hijo al menos una vez al mes le regocijaba; y recordándole atravesaba con impaciencia las mismas calles de siempre, casi desiertas ahora en la placidez del final de la siesta resguardada tras persianas al interior de las viviendas. En el silencio por la forzosa huida de la insolación se agudizaba el sonido del repiqueteo del metal sobre las baldosas de cemento. Caminaba segura de sí misma, siendo ella en estado puro: la Conchi, como se le conocía en el ambiente de sus compañeras de oficio de la calle Darro y su abundante clientela masculina, desafiando con su postura erguida y su ruidoso taconeo a las inclemencias del tiempo, a las gentes de aquel orden impuesto, al mundo nacional-católico de beatos y meapilas que la juzgaba tan injustamente, marcando territorio con el contorneo de caderas y el gesto sensual de unos pechos generosos todavía turgentes proyectados hacia afuera como obuses donde amortiguaba los continuos golpes de abanico intentando refrescar su cara, un semblante avejentado para su edad, escondiendo tras el excesivo maquillaje su progresivo deterioro, el de unos hermosos ojos que fueron jóvenes y que ahora lucían patéticos enmarcados en dos gruesas líneas negras que coronaban ambas pestañas postizas tan desproporcionadas que le hacían de parasol para la vista aquella tarde, temiendo que el sudor destintara la reconstrucción de la cara en donde destacaba sobremanera unos carnosos labios de rojo carmín; composición que le había llevado muchos minutos ante el espejo. La mano libre asía fuertemente las asas del abultado bolso de charol que movía al compás de los pasos esparciendo durante el recorrido destellos de ópalo brillante que la ubicaba continuamente. Excesiva luz –como excesiva era ella--, casi cegadora, radiación ardiente de agosto que confería a las fachadas de los edificios una intensa luminosidad, por la que se hacían perfectamente visibles los matices de texturas y colores en los detalles de su ornamento --incluso las imperfecciones de sus revocos, pensaba: Esa está peor que yo, necesita un arreglo--, y, por el contrario, negaba sus volumetrías en la ausencia perceptiva de planos de sombras; las que sólo proyectaban voladizos y toldos extendidos en comercios cerrados y bares abiertos, oscureciendo cristaleras e interiores. Intermitencias de penumbras de un negro muy oscuro por contraste con la luz, y que buscaba con avidez protegiéndose en ellas a fin de aliviar la radiación solar directa y así quitarle algunas décimas de grado al mercurio; calmando de forma intermitente el calor de la caminata para tomar el tranvía que le llevaría hasta el orfanato de Armilla donde hacía algunos años, sola, pobre y analfabeta, sin más porvenir que la escasa economía que le proporcionaba el antiquísimo menester de prostituta, había ingresado a su hijo Juan –el Lechuga para sus compañeros--, percibiendo todavía después de todo ese tiempo, el intenso dolor del principio, el mismo dolor de madre que se vio en le imperiosa necesidad de desprenderse de parte de sí. En su afán por llegar a tiempo, acelerando el paso todo lo que podía, sentía correr por su cuello el sudor que desprendía su largo cabello destintando de negro tizón hacia la espalda, lo que alivió desabrochándose el ya escaso escote de un colorido vestido de estampado tigresa: corto en su falda y pegado literalmente a sus exuberantes carnes curvas, dejando a la vista de los menos pudorosos dos puntos de morbosa atención y excitación: sus contorneadas piernas y un profundo y venoso canal en el pecho entre los senos: ¡Jesús!, qué calor...

La misma radiación solar que hacía que a esas horas de la tarde el alargado muro de ladrillo del pabellón del orfanato comenzara a proyectar en el rincón de la terraza y sobre la pared de la torre una sombra oblicua que bien conocían los internos, la que iría avanzando conforme transcurriría ésta hasta adquirir ese preciso ángulo de señal inequívoca de alegría contenida, de ilusión ansiada durante treinta largos días, de gozo para bastantes niños al poder reencontrarse en breve con madres, padres, abuelos, hermanos, tíos, primos... y otros familiares; pero no para todos: para un pequeño grupo de internos, huérfanos de ambos padres, niños abandonados desde su nacimiento, cuneros... aquella señal del inicio de las visitas --que en su momento confirmarían unos toques de campana-- en las tardes de los primeros domingos de mes era el principio de una tortura, lo sabía muy bien el abandonado Manrrubia, alias Garbancito que unas horas antes y consciente de la indiferencia manifiesta en la patente y desbordada alegría de los compañeros más afortunados, ignorado por estos se había escondido en lugar solitario donde rumiar sus cuitas de desamor: ese desamor que hizo casi imperceptible el latido en su estreno a la vida; el que después alimentaron pechos ajenos que de ninguna manera apaciguaron ni sus miedos ni sus lloros; desamor que hizo eterno su invierno; el mismo que le llevó al hospicio y que le hizo un ser solitario; el que sin remedio le fue creciendo con demasiados días inventando la vida, y demasiadas noches imaginando los cuentos; ese que se preguntaba continuamente: ¿porqué no tengo madre?, ¿porqué no tengo besos los domingos primeros?; aquel que ahora le embargaba la sombra y le detenía el tiempo. Sentado en la acera del jardín trasero del pabellón donde se había refugiado, con las piernas recogidas entre los brazos y la cabeza reclinada en ellos balanceaba repetidamente todo su cuerpo... hacia delante, hacia atrás..., y cada balanceo era un bálsamo que aliviaba en algo: su abandono que ya era crónico y que le hizo de por vida tímido e introvertido...hacia delante, hacia atrás... su decepción de hijo por haber nacido sin madre y que le llevó al desencanto y a la desilusión... hacia delante, hacia atrás... su frustración por no saber quién era y que prodigó la burla de los otros hijos de hielo: ¡de entre todos el más cunero!,... hacia delante, hacia atrás... su enfado de la vida... hacia delante, hacia atrás... su disgusto del mundo... hacia delante, hacia atrás... su enojo hacia los elegidos en el premio sin saber porqué... hacia delante, hacia atrás... sus sofocos los que hacían que despertara a medianoche incorporándose en la cama sin aire... hacia delante, hacia atrás... su amargura por ser niño sin besos que le llevó a una permanente agonía y a un continuo pesar... hacia delante, hacia atrás... su penalidad por ser niño de nadie.

¡Lechuga, tu madre!, se oyó decir en el pabellón donde estaba guarecido, al igual que sus compañeros, del crudo sol sureño que a esa hora no dejaba resquicio de sombra en el patio delantero. Tenía de la madre sus ojos y los mismos carnosos labios hacia afuera, de ahí su apodo. De su padre no sabía nada. Corrió como rayo hacia el cuadrante de acacias enanas, a un lado del pabellón, que era un hervidero de vida, de alegría; rumor alto de voces que ascendían hasta la torre donde ahora se había parapetado a escuchar y observar –sin ser visto-- el Manrrubia, pasado su ataque de ansiedad; bullicio de gente de todas edades que despistó al principio al Lechuga a pesar de los aspavientos con la mano, de su madre: ¡Aquí, aquí! Juanito..., al lucir todos parecidas vestimentas de domingo, limpias y “decorosas”; bueno a excepción de su madre algo distintas, dijéramos llamativas, por lo que no tardó en localizarla ni en sentir la asfixia del abrazo con la cara aplastada contra sus pechos percibiendo de inmediato un olor ya familiar en la piel húmeda, mezcla de cuajo, sudor y perfume barato que siempre aspiraba profundamente pues le tranquilizaba dándole calidez y seguridad. Le llenó de besos la cara haciéndole mil carantoñas mientras éste sólo tenía ojos para el bolso negro de charol donde presumía estaban sus golosinas. ¡Nicasio, tu padre!, sin que éste reaccionara de inmediato a la voz del que le daba la noticia que la tuvo que repetir: ¡Nicasio, tu padre!,y a la que contestó sólo con unos leves golpes de tos. De carácter apocado, todo él era un calco de su padre: alto para su edad y excesivamente delgado, casi esquelético, con la tez mortecina como si hubiera heredado las secuelas de la tuberculosis que había curado mal su padre y que a éste se le había hecho crónica con continuas recaídas, es lo que comprobaba la Conchi sentada con su hijo junto a ambos en uno de los bancos de madera dispuestos entre las pequeñas acacias al alivio de su exigua sombra. Había intimado con él en la reunión de la portería justo después de que el portero revestido de toda su autoridad luciendo el uniforme oficial de verano, además de apercibirle de castigo, le hubiese incautado una bandejita de pasteles ante la pasividad de los congregados –que cada palo aguante su vela, pensaban-- a excepción de ella. Debajo de la coraza de mujer racial que protestó en voz alta por aquel atropello, había una mujer sentimental, emotiva, sensible y compasiva; había una madre que se ponía en la piel de aquel padre: Era lo único que le llevaba a mi hijo Nicasio, sólo me queda para el tranvía de vuelta, le decía el padre en voz baja, triste y desanimado, aguantando la embestida de los sentimientos que se le agolpaban en los ojos acuosos a punto de estallar. Ahora el Lechuga compartía a regañadientes las golosinas con el Nicasio, a requerimiento de la madre: Hay que ser generosos y compartir los dulces con tus amiguitos: ¡Hummmm!, si este no es mi amigo: Pues desde hoy vais a serlo. El padre sin palabras agradecía con la expresión amable de unos ojos abiertos y brillantes los gestos de generosidad hacia su hijo por parte de aquella mujer que acababa de conocer. A ratos éste dejaba la mirada perdida y la Conchi adivinaba lo que pensaba porque eran, seguramente, sus mismos miedos, y que al fin le confesó después de expeler una tos bronca e intermitente por efecto del humo del cigarrillo que compulsivamente fumaba: El día que falte, que no tardará mucho, esta criatura se quedará sola sin madre y sin padre, ¡qué pena!… :Anda, no piense eso, le animaba la madre, mientras fijaba su atención en dos seres iguales: apagados, acomplejados, retraídos, inseguros, encogidos, mustios y tristes: tan parecidos que cuando tosía el padre, a continuación lo hacía el hijo. En el interior del pabellón se seguían sucediendo las llamadas, ahora más intermitentes: ¡Alicortao, tú madre!;... ¡ Pupas, tus abuelos!...: ¡ Joseico, tu tía!...: ¡Hermanos Osorio, han venido a veros; así hasta más de un centenar de niños. Otros sabían de antemano que nunca estarían invitados a aquella fiesta: se estrechaba el cerco para los desheredados.

A aquellas horas de la tarde, pasado el ecuador de la visita, la sombra iba adquiriendo cierta tendencia hacia el ángulo obtuso, como obtusa era la existencia del Manrrubia, amparada ahora por las recias paredes de la torre, asomado de puntillas por su corta estatura –su retraso fisiológico era parejo al afectivo: una constante en todos los niños de nadie-- al alféizar de ladrillo de unas de las aberturas en arco, y en atalaya tan privilegiada contemplaba enfrente con envidia la suerte de su amigo Nicasio con el que coleccionaba desdichas, sin entender que hacía al lado del Lechuga, además compartiendo caramelos, a lo mejor él se pudiera agregar, si acaso bajara...; tampoco entendía porqué estaba también el Alicortao ese otro amigo que siempre se le quedaba mirando fijamente con cara de pasmado, con los ojos muy abiertos como candelas, sin pestañear, con una sonrisa bobalicona que dejaba ver unos dientes llenos de babas a punto de desbordarse por la boca –la gente se une en las desgracias, sin más-- mostrando toda su cara cierta expresión de idiocia, la que si estaba diagnosticada en la madre, o al menos lo era para los responsables sanitarios del Régimen: A lo largo de muchos años la locura, la idiocia, el alcoholismo o simplemente la extravagancia, justificaron el internamiento de multitud de personas en el psiquiátrico de la ciudad, al que llamaban hospital de la Virgen. Allí permanecía encerrada la madre de Jesús el Loquillo y la del Alicortao; futuro destino también, si Dios no lo remediaba, de sus hijos. Encierro que a la segunda no le había hecho mella en la mente a la hora de reconocer a su hijo, lo que facilitaba su permiso, en compañía de otras internas, para visitarlo. Estaba allí, delante de la Conchi, de pie –se negaba a sentarse-- simplemente contemplando a su hijo, como adorándolo, con la misma expresión en la cara que la de él, dos imágenes superpuestas en un mismo espejo, y así pasaba las horas de la visita: Pero no le ha traído caramelos, se están comiendo los del Lechuga, pensaba el Manrrubia, cuando oyó pasos en la escalera de subida a la torre; era otro del grupo de los marginados: Jesús el Loquillo o el Miracielos por su extraña postura que adquiría a veces --cuando le hablaba-- de mirar hacia el cielo sonriendo, como cachorrillo pidiendo una caricia. Observaban con curiosidad la festiva novedad, el quebrantamiento de su cotidianidad más gris, que en algo les alegraba aquellos sus eternos pesares cuando de repente empezaron a oír gritos que ascendían con claridad hacia donde estaban ellos: ¡¡Desgraciado!!, ¡¡chulo de mierda!!, ¡¡hijo de la gran puta!!, ¡¡ven aquí cobarde que sólo te atreves a pegar a los más pequeños!!...; el Manrrubia le señalaba al Miracielos hacia donde la madre del Lechuga perseguía a la carrera y zapatos en mano al Vílchez por el patio delantero, a pleno sol, fuera del cobijo de las acacias; se reían con ganas señalando ahora ambos con las manos ridiculizando la cobarde huida del Vílchez --no en vano aquel niño mayor era el terror de los pequeños, siempre les estaba pegando---; y en la irregular persecución pues la estrecha falda le frenaba la carrera, le lanzó un primer zapato y a continuación el segundo, esquivando el abusón ambos, los que en su lanzamiento y ya en el aire refulgieron también de ópalo brillante en la ardiente tarde, en un par de flashes de vistos y no vistos, desapareciendo despavorido el Vilchez a pasos agigantados hasta guarecerse dentro del pabellón y escapar así de la ira de la madre del Lechuga –más tarde ya ajustaría cuentas con el hijo--, mientras la Conchi desesperada le advertía en amenaza gritando hacia el edificio, como posesa: ¡¡Como vuelvas a pegarle a mi hijo te capo, te juro como me llamo María de la Purísima Concepción, que te capo; palabra de la Conchi!! Menuda era la Conchi: una tigresa en celo en defensa de sus crías. Ya se cuidó el Vílchez de no dejarle nunca más marca alguna en la piel al Lechuga los primeros domingos de mes.

Abajo, a ras del suelo, sobre la tierra caliente la Conchi había escandalizado al beaterio, dejado atónitos a buena parte de los familiares congregados y hecho reír a gusto a los niños: Que mal ejemplo para tu hijo, le recriminó sor Isaura, paradigma del Régimen: cruz y espada, mitad monja, mitad soldado, ordenándole abandonara inmediatamente el recinto, negándose aquella, entablándose a continuación una fuerte discusión entre la prostituta y la monja, en una insólita escena que era todo un despropósito: a la imponente figura voluptuosa de la Conchi, alta aún descalza, mostrando descaradamente a la religiosa todos los atributos de seducción de mujer de mundo: larga melena negra suelta; ojos grandes almendrados muy visibles al reclamo del continuo parpadeo de unas enormes pestañas, como faros en neblina; labios carnosos, sensuales; pechos generosos donde convergía la lascivia reprimida de las mal disimuladas impúdicas miradas de alrededor, se contraponía la de la monja, pequeña, de rostro impersonal del color de la cera, enmarcado en un desbordado tocado que liberaba dos extrañas alas blancas como remate de un envarado hábito, aséptico, que le llegaba hasta los pies, cubriendo todo su cuerpo como expresión de virtuosidad frente a las tentaciones de la carne y el demonio que ahora se le manifestaba en forma de lujuria, pecado capital retando su autoridad moral negándose la Conchi a dejar a su hijo; las dos desafiándose con la mirada al final en un ambiente tenso, sin palabras sólo gestos, con las caras próximas, olfateándose ambas el olor con el que cada una marcaba su territorio: intenso perfume Myrurgia que anulaba a un desleído jabón neutro Lagarto. Ante el cariz bochornoso, cara a familiares y niños, que estaba tomando la discusión tuvo que mediar sor Josefa, monja mayor, y veterana en estas lides: Déjelo hermana, yo me ocupo, y llevándose aparte a la Conchi que ya había recompuesto la figura, erguida de nuevo sobre los finos estiletes, estirado hacia las rodillas los exiguos límites de la falda, y ajustados los senos a las costuras del escote, los que traslucían una respiración ahora más tranquila y pausada, aunque ella se mostrara todavía algo enfadada: Madre, no ha visto el moratón que tiene mi Juanito en la espalda que le ha hecho el malage ese...: Sí, pero eso nos lo tienes que decir a nosotras, prolongándose una conversación en la que la afabilidad de la monja, su cordialidad y su comprensión, no en vano pensaba que Jesús también perdonó a María Magdalena, consiguió llevar a sus terrenos a la Conchi, y aprovechando aquella circunstancia favorable hacer algo de apostolado: Ay que bien para ti y tu hijo si dejaras ese oficio tan feo... : Necesidad, madre, necesidad...: Además puedes coger cualquier enfermedad que os perjudique a los dos...: ¿Hay peor enfermedad que esta interminable pobreza por la que tengo que renunciar a mi Juanito?, le juro, madre, que como me llamo María de la Purísima Concepción en cuanto ahorre lo suficiente para llevarme a mi hijo conmigo, lo dejo. Aquella forzada promesa en el tiempo satisfizo de momento el afán evangelizante de la religiosa, zanjando el incidente a favor de su permanencia con su hijo hasta el final de la visita, la que ahora padecía con temor el Lechuga, deseando que ésta se prolongara indefinidamente ante el pavor a las represalias del Vílchez que no tardaron en llegar. Al fondo entre los bancos la Conchi visualizaba a sor Isaura departiendo con algunos familiares que desde sus posiciones la desafiaban abiertamente con miradas de reproche.

Decaía la tarde hacia el final de la visita, y al tiempo que la sombra sobre el muro de la torre iba perdiendo nitidez también se iba desdibujando la fiesta. En lo alto cuatro esquinas remontando al espacio,  más arriba donde una niñez cautiva escapaba con los pájaros, y se reconocía en aquel cuento con final feliz: tenía madre, tenía besos, ¡qué maravilla!, ¡qué alegría!, ¡me voy de aquí!, ¡adiós!, y voló, y quiso remontar más alto, pasar por encima de toda aquella gente, desandar lo andado hasta la entraña caliente y nacer, naciendo de nuevo antes de que la fiesta se apagara del todo; ilusión que no alzaba vuelo solo perdía altura y para cuando aterrizó del sueño el Manrrubia se vio otra vez en el suelo de la torre, solo, sin nadie, abandonado comprobando como Jesús Miracielos estaba con la madre del Lechuga. En el alargado cuadrante de las pequeñas acacias el grupo de los desheredados quedó marginado del resto. El vacío en derredor a la Conchi hacía evidente el sentir colectivo de familiares de que se podía ser pobre pero honrada limpiando escaleras, sin embargo no se podía ser pobre y puta, aquel no era un trabajo, ni era honrado, al contrario era vicio, fango, suciedad, impureza; gesto general de superioridad de su mismo paisanaje, que había pasado de la resignación del infortunio a la indignación moral como último recurso para dotar de dignidad su pobreza, y ahora éstos repetían los mismos viles esquemas de los que les reprimían erigiéndose en censores de conductas humanas; ellos que eran al igual que la Conchi supervivientes con todos sus frentes abiertos, ni siquiera eran capaces de apreciar la valentía en favor de los chicos protestando de los atropellos y persiguiendo a los déspotas, y la humanidad de aquella mujer, a cuyo derredor iban concurriendo más miradas tristes de otros desahuciados que se le iban acercando implorando algo de caridad, el último un tal Calelillo; y se agotaron las golosinas con el continuo cabreo del Lechuga, y cuando más pesar sentía por no poder apaciguar del todo aquel desconsuelo dibujado en los infantiles rostros descubrió no lejos de donde se hallaba un hombre con un carrito de helados: Venid niños, venid todos., y auxiliada por el padre del Nicasio en formar una fila, les invitó a tan dulce y refrescante manjar; fila de niños que sorprendentemente fue aumentando al reclamo de un equívoco: uno de ellos creyó, no se sabe porqué, que el hombre que organizaba la fila, el padre del Nicasio, era un conocido torero que los niños no habían visto nunca pero de cuya generosidad habían oído hablar: Ha venido El Cordobés y me ha comprado un helado, lo que corrió como reguero de pólvora: ¡Ha venido El Cordobés!, ¡ha venido El Cordobés!, ¡¡y está regalando helados!!; generosidad supuesta del famoso torero que duró hasta que la Conchi consumió el dinero extra que llevaba; valía la pena aquel dispendio ante el disfrute por las caras de felicidad de los chaveas lamiendo con fruición la bola de helado que sobresalía del cucurucho; felicidad que no le había tocado en el reparto al Manrrubia pues una mezcla de eterna timidez y de extraño orgullo de no implorar nunca nada le había impedido bajar de la torre desde donde había visionado sin perder detalle el festejo alrededor del carrito de helados, con cierto resentimiento hacia sus compañeros e incluso hacia él mismo. Aguantaría allí hasta mucho después del toque de campana.

La campana sonó cuando el sol aflojaba su poderoso envite y la sombra se diluía en el final de la tarde. Era un toque rápido, bronco, casi disonante para los familiares: notas de bronce sonando a aguafiestas, a esto se ha acabado ya, márchense, no permanezcan ni un minuto más, abandonen el recinto sin más dilación; maldito sonido temido por todos que anunciaba el desgarramiento una vez más, y que ahora les sobrevenía de sopetón cuando apenas habían empezado a reconocerse en el cuerpo a cuerpo; la vuelta a la dolorosa separación tantas veces repetida y no por ello acostumbrada, al contrario alimentada con más fuerza del deseo de la siguiente visita. Las monjas apremiaban a los familiares remolones, fundidos en prolongados abrazos con sus retoños sin querer separarse de ellos, como la Conchi para la que aquél último abrazo sonaba a amargo final de fiesta con fuegos artificiales estallándole en sus entrañas: ¡Vamos!, la visita se ha terminado, ¡venga!, ir acabando. Por la verja estrecha de la portería y hacia la salida fue desfilando la tropa de resignados a cuestas con su dolor doliente de treinta días de vísperas por delante, toda una vida de espera, mientras intentarán sobrevivir cada uno como pueda, aunque alguno ya no aguante ni su propio cuerpo, yendo a tumbos por la vida del hospital a la misera calle donde sólo un cigarrillo y un par de vasos de vino peleón aliviará sus penas; otra esperará en la estrecha calle el abordaje de cualquier desconocido que la violentará doblemente: su libertad y su cuerpo por un precio, con plus de vejación y posible contagio venéreo; esa otra que volverá a la “normalidad” del pabellón de mujeres del psiquiátrico donde se mezclará con enfermas mentales de extraños gestos, unas inmovilizadas como queriendo taladrarle con su paranoica y fija mirada –que ella inconscientemente imitaba-- mientras otras darán continuamente vueltas entre los rincones de la amplia estancia que olerá como siempre a deposición y orines; algunas, madres solteras, se afanarán en dejar como patenas las casas ajenas doblando el espinazo fregando suelos para un menguado jornal que apenas les dará para alquilar una reducida vivienda, húmeda y con poca luz; los del medio rural con trabajos temporales en la labranza de los campos, siega de cereales y recogida de frutas; y los de ciudad con los trabajos manuales más penosos en obras y fábricas; ellas en general dedicadas a tareas domésticas, sumisas, dóciles, sin posibilidad de liberación; pero todos con una obsesión en mente: no faltar a la próxima cita con sus seres queridos, aunque para el padre del Nicasio ya fuera demasiado tarde.

La sala de recreo del pabellón era ahora como un mercadillo después de feria donde los afortunados mercadeaban con los restos de la fiesta: se intercambiaban caramelos, frutos secos, peladillas; se alquilaban para su lectura por módico precio los últimos ejemplares de tebeos y cómics llevados por los familiares; se invitaba a los más próximos a disfrutar del juego de los regalos recibidos, a los que se autoinvitaban los chicos mayores abusando de su fuerza, la que no tardó en descargar el Vílchez contra el Lechuga dándole un guantazo y derribándole: La próxima vez que te chives a tu madre, te parto la cara, quitándole ya en el suelo los caramelos que guardaba en su bolsillo ante la pasividad de los demás; bienvenidos de nuevo a la cotidianidad de sus vidas, la ley del más fuerte, era contraproducente rebelarse, sólo observar y en la medida de lo posible huir de las comprometidas situaciones, saber sobrevivir en aquella selva. Por entre los grupos merodeaban también los marginados implorando de sus compañeros las migajas del festín, pues se sabían doblemente castigados: a la sinrazón natural de su abandono se les unía la artificial del ruin administrador de suspender esos días la cena: para evitar empachos, decía; añorando éstos los tiempos en los que por lo menos les daban un huevo cocido antes de irse a dormir. El Manrrubia bajó de la torre a acostarse cuando ya se habían apagado las luces y de la fiesta solo quedaba el resuello de las respiraciones de sus compañeros que cansados por el intenso ajetreo de la tarde habían caído rendidos en las camas del alargado dormitorio; y se sintió a gusto al amparo de las sombras de la noche, protegido de miradas indiscretas su dolor: un prellanto que humedecía pupilas y emborronaba sueños, y ya no pudo volar, ni escapar porque se sabía sólo, abatido como pájaro con las alas rotas atrapado entre barrotes, de esos que encierran infancias como la suya para la que nunca habría primeros domingos de mes, y amparado en las sábanas con las que se cubrió entero explotó en el llanto. Cuando al fin se calmó, sólo quedó la esperanza.



FranciscoMolinaGómez
(Fui un Manrrubia más, salvando las distancias pues aunque huérfano de ambos padres tenía algunos familiares fuera para los que, seguramente, fui invisible o simplemente no existía. Durante ese tiempo me hicieron sentir vergüenza por no tener a nadie que me echara de menos afuera. ¡Qué vileza! Desde los cinco a los veinte que dejé el orfanato: quince años de absoluto abandono que me marcaron de por vida; heridas entonces, cicatrices ahora, de las que siempre he hecho un alegato a la esperanza. Para todos los olvidados de aquel lugar, los más parias entre los parias, mi recuerdo especial en el relato que nos sobrevino sin haberlo pedido ni deseado)