viernes, 5 de mayo de 2017

LA PASMA NO DUERME (I): KAMIKAZE











En ocasiones nos sobrepasan los acontecimientos, y cuando queremos darnos cuenta ya es tarde, para entonces estamos en caída libre hacia el abismo











Kamikaze. Con aquel apelativo le bautizaron sus compañeros en su primera actuación como policía novato. ¡Y tan novato!, recién llegado al cuerpo de la policía y a aquel destino, directamente del pueblo. Pasó bruscamente del seguro silencio de la oscuridad rural al peligroso murmullo de la noche de la gran ciudad.

Sensación que aunque percibiendo hosca, ceñuda y amenazadora no le amilanó; al contrario le provocaba cierto atrevimiento, rayano la temeridad, en la necesidad de percibir la adrenalina bullendo dentro de su joven cuerpo enfrentando situaciones extremas, con las que se sentía atraído, y a las que voluntariamente se expuso ya desde muy pequeño, en continuo tormento para la madre. Le fascinaba aquel despertar intenso de los sentidos frente al peligro.

Aún recordaba su primer contacto con ese deseado mundo, al que se dirigía convencido:  plagado en su imaginación de asuntos peligrosos, en lucha  constante contra los malos de la sociedad a los que pensaba, ya desde aquel primer momento, no darles cuartel hasta verlos entre rejas, y con el que había soñado mucho tiempo atrás. Aún tenía reciente la sorpresa en su encuentro con los desvencijados locales de la comisaría de policía, en el entresuelo de un viejo edificio del barrio más antiguo de aquella ciudad marítima, en donde a la noche le esperaban: ¡Qué es esto!, exclamó alarmado por el estado de degradación de las dependencias policiales.

Se identificó con su reciente y pulida placa insignia al guardia de la entrada. Éste le redirigió hasta el despacho del comisario de noche, al que al principio apenas pudo ver bien, envuelta la cara en una viciada mezcla de aire contaminado con humo de tabaco de un extraño olor dulzón. En la pausa de la adición durante la conversación de presentación de ambos, el humo empezó a desvanecerse entre volutas que ascendían al ennegrecido y alto techo, dejando al descubierto unas curtidas facciones de profundos surcos en la cara del comisario, que, como huellas delatoras, le habían marcado cada uno de aquellos espantosos casos que difícilmente había tenido que digerir en la profundidad de sus vísceras y en lo más intrincado de su mente hasta hacerse insensible al espanto. Secuencias continuas de una vida de actividad profesional, próxima a la jubilación, en contacto con la perversión de las conductas a las que conduce la miseria humana.

Ahora una pátina endurecida de insensibilidad cubría su expresión, la que mostraba sólo hastío y cansancio: Ya están aquí tus compañeros, le dijo con cierta bulla don Ricardo, su superior ahora, identificando en la escucha de algún ruido acostumbrado la llegada de estos. Recogió con desatada ansia la pipa de fumar que había dejado encima de su mesa mientras hablaban; prendió de nuevo el tabaco, ceremoniosamente prensado,  con una larga cerilla; y sin dejar de observar aquella insolente cara joven enfrente que retaba su degradada y acartonada piel, se acercó la cachimba a la boca con acusado gesto de melancolía: la del recuerdo mucho tiempo atrás, cuando ingresó en el cuerpo con la misma juventud que su interlocutor, y, seguramente, con las mismas ganas de pelear contra la canalla, que le mostraba el joven policía.

Expelió al ya cargado ambiente de la rancia habitación otra andanada de denso humo de tabaco oloroso a través de la bocacha de madera oscura, que como una chimenea no cesaba ahora en su función de la quema de tabaco haciendo de nuevo casi invisible su cara, cuando, tras un golpe seco de señal en la puerta, entró el inspector jefe del grupo de noche. Aprovechó entonces el comisario para presentarle al nuevo: Gerardo --era el único que no le llamaba por el apodo del Tuerto-- te he agregado un nuevo miembro al grupo, le decía con su característica voz grave y algo ronca, mientras le inquiría su nombre al pueblerino: ¿Me has dicho que te llamas?..., para después edulcorar los oídos de su subordinado más inmediato: Te dejo con el mejor maestro; despidiéndose de él en el relevo de la responsabilidad del servicio: Estoy en el sitio de siempre; ese disimulado lugar del que el Tuerto sabía no había que molestarle a no ser por algún asunto grave muy urgente.

Hola, bienvenido!, llámame Tuerto, se presentaba el jefe del grupo al mando ahora de la brigadilla de noctámbulos, a cuyos otros integrantes que entraban con cierto alboroto en ese momento conoció el nuevo en sus señas más irrelevantes, e inmediatamente exaltadas con cierto recochineo por el Tuerto: Este es Sevillano, como ves guaperas, alto y un experto en chorbas, en especial mulatas; este otro es Amancio, un seductor de arrabal, vamos la encarnación de Carlos Gardel; aquí Luis que, aunque tiene un aspecto de cura confesor ¡que te cagas!, es un neto follador, a lo mejor por eso; este es Jesús, el más normal de todos pero tiene un puto defecto: nos suelo desvalijar la cartera a todos en las timbas. A cada una de las presentaciones sus compañeros le hicieron sus acostumbradas contrarréplicas, también en clave de humor, que siempre acababan con el Tuerto haciendo aquella desagradable mueca del ojo derecho girándolo dentro de la cuenca, haciendo desaparecer la pupila hasta dejarlo en blanco; a la vez que le daban la bienvenida al nuevo compañero con un apretón de manos. 

Soy Salvador, dijo el nuevo presentándose después de relajar el gesto de repelús en su cara al ver voltear el ojo de su ahora jefe: ¡Encantado de conoceros! Después hablaron entre los veteranos si esperaban a Mora, el otro policía del servicio de noche que faltaba y que hacía la guerra aparte, o iban en su busca. No le revelaron al nuevo de momento el secreto de aquel último compañero: era una especie de policía bujarrón, y salieron del viejo edificio a salvar de las fuerzas del mal a los habitantes de aquella parte vieja de la ciudad.

Por el inicio de la rambla arbolada, calle abajo hacia el puerto iban los cinco veteranos hablando amigablemente entre ellos, distendidos aunque ojo avizor, aleccionando en su primera clase práctica al novato que, arropado por éstos, no hablaba; sólo escuchaba intentando captar rápidamente de entre aquella marabunta de gente que transitaba el popular bulevar, las actitudes escamadas y los gestos sospechosos que estos le advertían, a fin de que aprendiera a discernir los comportamientos del hampa desde el primer día.

Abandonaron la amplia calle en el límite bajo del distrito que quedaba señalizado por la ecléctica fachada del gran teatro de la ciudad que relucía de luces hacia la rambla, engalanada con sus viejos ropajes historicistas de arcos, pilastras y columnillas de antigua gloria de liceo de ópera; la que enseñoreaba todavía; y se introdujeron en el intrincado laberinto de tortuosas calles, algunas tan estrechas que se podía hablar desde los balcones de las casas enfrentadas. Al nuevo la noche le pareció aún más sórdida en aquellos ambientes semioscuros después de dejar el ancho bulevar, y no tardó en comprobarlo cuando de improviso oyó un grito ronco: ¡Agua va!,  que le sobresaltó, seguido de inmediato por un ruido secó detrás, como de lanzamiento de algún liquido desde arriba: Ya nos han mordido, dijo el Tuerto, sin darle mayor importancia. Ahora toda la calle sabía que por allí andaba la pasma de ronda, y seguramente habían contado uno más que de costumbre.

El silencio de las solitarias calles recorridas por el grupo; contrastaba, ahora, con la movida actividad de tránsito de personas en el cruce de las dos calles más conocidas y nombradas de aquella parte del distrito: la zona que tenía más densidad de viviendas antiguas, entre cuyas paredes no habitaban ya cuerpos de personas sino su seña más visible: la miseria fisiológica que había anidado profundamente en ellos. Eran los excluidos: habitantes inexistentes para los del otro lado de la popular plaza, que en el límite de la parte alta de la demarcación policial, era destino obligado de visitantes que se fotografiaban envueltos en los plumones, como manchas blancuzcas y grises, de innumerables palomas urbanas encaramadas hasta sus brazos en cruz, con las manos abiertas ofreciéndoles semillas de grano que se vendían en pequeños tenderetes. Borde que, en profundo contraste, indicaba el inicio de uno de los distritos más señoriales de la ciudad.

Encrucijada de las dos calles que era punto de encuentro de putas, chaperos, peras, chulos, bujarrones, camellos..., y visitantes varios apremiados por sus malandanzas, adiciones orgánicas, desahogos de bragueta, y otras urgencias innombrables para la cursilería del otro lado de la plaza.

El bar de camareras de una de las esquinas del cruce, lucía con tenues y macilentas luces de colores, como acostumbraba al paso de la brigadilla de noche por su puerta de cristal, desde la que el Tuerto y los otros cuatro veteranos reconocieron, entre algunos clientes dispersos la figura de Mora, su compañero, en el rincón habitual. Al fondo de la barra, en el encuentro con la pared, Mora con la misma apostura que daba en la imagen cinematográfica un joven Robert Mitchum --a quién se parecía bastante-- en su papel de detective barato de bajos fondos de suburbio, y con la misma sonrisa impostada de aquél en el dominio de la situación y el mismo mechón de pelo del galán del cine americano cayéndole por la frente, en ese momento le hacía una confidencia al oído de la chica que destacaba sobremanera --inclinada hacia él desde dentro del mostrador-- por su altura: una chorba diez venezolana de una leonina melena cobriza que estrujaba contra su cabeza, con las caras muy juntas.

Ella le miraba embelesada con unos grandes ojos claros de gata, proyectando su sumisión en el parpadeo ostensible e irreprimible de unas largas pestañas negras, ante la insistente mirada fija de ojos saltones del policía; su protector. Sin querer romper la tensión del momento íntimo con la chica, Mora solo giró levemente la cabeza hacia la entrada en donde ya había escuchado los familiares saludos de sus compañeros.

Amancio carraspeó aclarándose la garganta como de costumbre cada vez que se arrancaba con voz grave por Gardel: Barrio plateado por la luna / rumores de milonga / es toda tu fortuna /... Primeros sones que eran suficiente reclamo de la camarera más joven: una pebeta argentina que enseguida se le acercó arreglándole melosamente el pañuelo que cubría su cuello, y sobándole por los hombros le saludó retando su temple imitador de seductor porteño, en la proximidad susurrante de su fuerte aliento de tabaco y alcohol con reminiscencias azufradas: ¿Cómo estás vos querido?, acompañándole de inmediato, aunque desafinaba, en el estribillo del tango: Barrio / barrio / que tenés el alma inquieta / de un gorrión sentimental / ..., al tiempo que abrazados se dejaron arrastrar de mutua intención hacia el mostrador.

Al instante desde el interior de la barra se les acercó la venezolana de melena cobriza, marcando territorio. Saludó a él con zalamería, mientras miraba con displicencia de mastrenza a la joven camarera en la voluntad de que atendiera al resto de la clientela: ¡Vamos!, que tienes a todos estos caballeros muy apagados; quiero que sirvas copas sin parar. Al momento se acopló a ellos Sevillano con la camarera mulata, a la que la jefa caraqueña despachó con la misma indolencia y rapidez de antes; intimando conversación con los inspectores de policía.

De forma disimulada, para despiste de los clientes a los que servía sólo licor de garrafón, extrajo de debajo del mostrador un botellón de suave y añejo whisky de malta, sirviéndolo a ambos en vasos largos con mucho hielo, bajo la mirada de complicidad y beneplácito de su protector, al que ahora se habían unido el Tuerto, Luis, Jesús y, algo retrasado, el nuevo que fue inmediatamente presentado a su compañero. Sin bajarse de la banqueta en la que permanecía sentado, Mora le prodigó a Salvador una escrutadora mirada de arriba-abajo en un gesto de escéptica aprobación, algo así como perdonándole la vida, muy propio de pedante veterano hacia novato, dándole la bienvenida seguidamente con un fuerte apretón de manos que casi le hizo daño. Salvador no entendía lo que percibió visible del recién compañero: un verso suelto que campaba a sus anchas por el intrincado mundo criminal, en cuya difusa y peligrosa frontera, posiblemente, se estuviera manteniendo, siempre al borde del abismo.

No era sólo el dominio de la situación en el local, del que parecía fuera el dueño del cotarro, sino su aparente seguridad y conocimiento al hablar del submundo de la noche, del que formaba parte el ambiente cutre de aquel espacio al que Mora se mostraba perfectamente acoplado, y que, aunque sin figurar en los documentos, parecía regentarlo. Lugar de paso de policías, confidentes, macarras, mamporreros... y cualquier espécimen consustancial con aquella parte marginada de la ciudad en la que ahora Salvador estaba inmerso, recién llegado del pueblo, con sus oscuros personajes y sus complicados y peligrosos entresijos donde cualquiera se jugaba la cartera, y lo que era peor: la propia vida; submundo que --adivinaban bien-- afloraba sobre todo en aquellas intempestivas horas, cuando el resto de los habitantes de la urbe dormían: Sabemos algo del que mató a la vieja, le preguntó el Tuerto por lo bajo a Mora.

En una calle muy próxima a la comisaría, unos días antes de la incorporación de Salvador, los primeros bomberos que habían aperturado violentamente la puerta, les costó llegar hasta el cadáver de la anciana descubierto en una de las habitaciones, flotando sobre toda la basura inimaginable que se pudiera haber acumulado durante muchos años en una vivienda, y que ya había llegado hasta la puerta de entrada. Repugnancia por el mal olor y los pequeños insectos que pululaban por entre las inmundicias orgánicas, que tuvieron que vencer los cuatro inspectores del servicio de noche al mando del Tuerto, cuando los esforzados bomberos dieron paso a los investigadores de lo que parecía un crimen pues la anciana presentaba una hendidura en el cuello, en el que se alojaba, visiblemente apretado, un grueso cable eléctrico que, posiblemente, le produjo la asfixia por la señas amoratadas de su cara.

Cuando se preguntó a los vecinos, todos confirmaron las continuas denuncias por el mal olor, que, según decían, nunca fueron atendidas por los funcionarios municipales, sin aportar ningún otro dato relevante del trágico suceso, a excepción de la vecina del mismo rellano que ya en los últimos días había observado como la anciana abría la puerta con asiduidad a un chico joven, alto y rubio; señas que había observado a través de la mirilla de su puerta a la que pegaba literalmente el ojo con cada sonido de la llamada del timbre de la vecina mayor, extrañada de las visitas en la desconfianza de la solitaria vieja que nunca abría la puerta a nadie.

- Ha habido un individuo con las señas que dio la vecina pululando la noche del crimen, y hasta altas horas de la madrugada, por varios puti-clubs del barrio, en los que arrasó con la existencias de alcohol; vamos que bebió como un cosaco; le reveló Mora a sus compañeros. A él se lo había dicho su pibón venezolana, y a ésta varias de sus colegas: camareras de alterne de los bares de copas a los que visitó el mismo joven rubio, y a las que había prevenido del interés de su protector.

La Maña, desaforada aragonesa que inaugurara, muchos años atrás, el Gran Manhattan --club de alterne ahora venido a menos, al igual que su cuerpo-- en el límite con el vecino distrito policial en dirección al puerto --al que llamaban barrio chino--; le dio más detalles: Cuando entró en el bar... ¡ay maña! lo bebido que iba... empezó a desbarrar... ¡maña!... de algo de una vieja... no sé... no se le entendía muy bien porque hablaba así como farfullando y en raro, como si fuera extranjero...; ¡ay maña!, tu no sabes lo pesado que se puso con lo de la vieja; y como ya estaba muy borracho le obligamos a que pagara y le despachamos a la calle rápidamente, por donde se perdió... si tú hubieras visto ¡maña!... dando bandazos, cayéndose y levantándose del suelo como podía. Al ir a pagar sacó un pasaporte, creo que alemán... me lo dijo la Molinete que lo reconoció porque ella estuvo en Alemania de joven... además tenía ¡no sabes maña!... un montón de dinero. Informaciones éstas últimas que se guardó Mora para sí, por si en un futuro inmediato tuviera que jugar aquella baza que se escondía bajo la manga para beneficio propio: Si sabes algo más, ya sabes estamos peinando la rambla..., seguro que ha salido ya toda la mierda; le previno el Tuerto a Mora.

La pista del posible criminal, aunque fuera a medias avivó la fantasía de Salvador; el que inquirió con mucho interés sobre las señas del individuo que hablaban. Ya se imaginaba descubriendo su escondrijo --pensando que seguramente no andaba muy lejos de allí-- para apresarlo personalmente; cuando todos, despidiéndose de Mora y sus chicas, enfilaron de entre las dos calles la que les llevaba otra vez al bulevar arbolado de recios y viejos plátanos que formaban una bóveda verde-grisácea; fondo vegetal que iluminaban artísticas farolas de época, mostrando en el resplandor de sus lámparas los detalles modernistas elaborados primorosamente en el hierro fundido.

A la luz de una de ellas y desde la posición en que se hallaban, aún lejos del paseo, atisbaron al fondo la familiar aglomeración de personas: incautos transeúntes que como víctimas expiatorias del vil engaño del juego del trile, se estarían dejando, en su natural codicia de la fortuna fácil, un buen dinero; embaucados por los trileros. Era una artimaña para estafar a los viandantes y no un juego de azar, que en somera explicación captó rápidamente de urgencia el nuevo, al que enviaron en avanzadilla, ya que no era conocido aún por el mundo del hampa. El se sintió eufórico, muy contento, protagonista importante deseando entrar en acción.

¿Dónde está la bolita?... ¿en este cubilete?, no... ¿estará en este otro?, pues tampoco... ¿y en el tercero?, ¡sí señor, la bolita está aquí!, esperando que ustedes acierten y ganen la apuesta: Va  quinientas pesetas y ganan el doble por descubrir donde está la bolita... es muy fácil ganar dinero... venga apuesten y no se arrepentirán. El individuo de edad indefinida, moreno de tez, con abundante melena acaracolada de la que le caían rizos negros por la frente, publicitaba su iniquidad disfrazada de juego, mirando a un lado y otro del numeroso público congregado entre los que se hallaba en primera fila Salvador, muy atento en su proximidad al trilero, que, ahora, ante el brioso envite a la suerte de un jugador que surgió espontáneamente del grupo iba levantando rápidamente los cubiletes de plástico, intercambiándolos de posición, moviendo también la bola hasta el final; al principio con movimientos lentos antes de hacerlo con la rapidez de un ilusionista, sobre una enorme caja de cartón que le servía de mesa. Primero descubrió el de un extremo, luego el del otro para acabar levantando el que el jugador le había señalado; el del centro: ¡Sí señor, aquí está la bolita!, mil pesetas para el caballero; que no era otro que su gancho cómplice para incitar al juego a los indecisos.

Salvador que obviamente desconocía la mecánica de la troupe de fulleros que auxiliaban al principal, apenas se apercibió de la jugada del gancho, fijando sólo una misión en su mente: que aquella cara, la del trilero, no se olvidara nunca. Comprobó su color moreno, como sucio a la luz de la farola, que no ocultaba en las facciones unos acusados pliegues gestuales en el entrecejo, y otros dos que le recorrían a ambos lados del rostro, desde la nariz a la boca; pliegues que se agudizaban cuando intentaba camelar a los congregados con una impostada sonrisa de dientes de oro, que no le iba a la zaga en quilates con los de la colección de cadenas que lucía ostentosamente en la pechera abierta al hueco de la camisa, destacando el brillo del oro en el moreno de la velluda piel, en una palpable exhibición macarra.

Uno de los curiosos que se hallaba muy próximo a la caja de cartón se animó rápidamente incitado por la suerte del anterior jugador, del que, por supuesto, desconocía su condición. Esgrimió en alto el billete de quinientas pesetas que en menos de un suspiro le arrebató el individuo de pelo rizado; puso a continuación los cinco sentidos en el rápido movimiento de los cubiletes, y en esas estaba el jugador cuando oyó por detrás unos gritos antes de que alguien le empujara, sorprendiéndose de como el trilero se guardaba rápidamente su dinero en el bolsillo al tiempo que recogía con urgencia los bártulos del juego, prestándose éste último a la huida en el revuelo que el apostador no entendía, y que se había formado a continuación.

¡Agua!, ¡agua!, ¡agua!..., los gritos del vistero avisando a su compinches al ver acercarse corriendo al Tuerto y compañía, a los que hacía tiempo la panda de estafadores tenían mordidos, provocó ese instante de pánico entre los viandantes congregados, entre empujones y urgencias del trilero y sus compinches en la escapada, sin entender aquellos todavía qué sucedía; confundiéndoles aún más los gritos de fondo: ¡Alto, alto, policía!, de los componentes de la brigadilla de noche que centraron su atención en la persecución a aquel que Salvador les indicó como el actor principal. Salvador más cerca de él, salió como un resorte tras el trilero, intentando no perder de vista la espalda de la camisa que destacaba, como faro de colorines, en la semioscuridad de la calle a la que daba el lateral del gran teatro, por donde pretendía escapar.

No tuvo tiempo de apreciar la extravagancia en los detalles de los dibujos y colores de la prenda que cubría el cuerpo del trilero, ya que instintivamente, sin pensarlo dos veces, despegó del suelo y después de un increíble vuelo al que se lanzó en velocidad de carrera, le derribó como si le hubiera atacado un obús por la espalda; cayendo ambos, rodando éstos desde la acera al vial de la calzada, donde quedaron desparramados los cubiletes y la bola. Inmediatamente Salvador notó con cierto dolor el cabezazo hacia atrás del que ahora pretendía inmovilizar en el suelo rodeándolo con sus manos  --aprovechando los instantes de desconcierto en la sorpresa del perseguido-- como si fueran tenazas, al tiempo que percibió un repelente y penetrante olor a sudor y perfume barato, en el momento en el que acudían deprisa los otros policías: ¡Joder!... ¡¡¡como un kamikaze!!!, le gritaron sorprendidos sus compañeros, felicitándole ante la mirada de acojono del trilero que aún no entendía la operación derribo.

Desde aquel momento a Salvador ya no le llamaron por su nombre. Ahora era kamikaze, el joven policía que despegaba temerariamente del suelo para apresar a los delincuentes.


FranciscoMolinaGómez
(continuará)  

   
  


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