martes, 3 de octubre de 2023

EL GUARDIÁN HOSPICIANO


Fulgencio Sánchez, fila de abajo segundo por la derecha, en los tiempos en los que todavía no era el guardián de las monjas, aunque ya en su cara mostraba gestos del animal-hiena que llevaba dentro. En el extremo de esa misma fila, primero por la izquierda el autor del blog.



 

¡De rodillas!, dice el guardián, 
¡de rodillas!, repiten los secuaces.
¡Qué porte!, ¡qué garbo!, ¡qué chulería!,
el guardián se pavonea entre las filas.
Sonrisa de hiena, en tez pajiza, 
y en la mano una vara india.
¡Los brazos en cruz!, dice el guardián
¡los brazos en cruz!, repiten los secuaces.
¡Qué gallardo!, el tirano en su valentía,
pobres niños; y de las monjas sin noticia.
Silva el aire entra las filas,
y en la mano una vara india.
¡Ay niño! de manos enrojecidas.
¡ay niño!, de rodillas entumecidas.







I. El valiente guardián.
(el inicio, un día cualquiera)

El niño rubio se acuclilla sobre el sendero de hormigas cerca del hormiguero. Ligeramente echado hacia delante domina visualmente el ajetreo del ir y venir de los insectos en su lucha por abrirse camino entre ellos frotándose sus diminutas antenas. No siente la tensión de sus tersos y suaves muslos pues a su corta edad sus músculos son tan elásticos que parecen de goma, por lo que se sumerge de lleno, con atención de todos sus sentidos, en aquel inquietante microcosmos, olvidándose de los otros chicos que pululan por el patio de tierra, permaneciendo largamente en esa postura sin cansarse.

Molesta con un pequeño palo, poniéndolo delante, a la hormiga que arrastra un resto, ya seco, de avispa. Entre la maraña de puntos negros móviles ha avistado rápidamente el amarillo del abdomen de ésta. El insecto lo lleva sujeto en alto con sus mandíbulas que sobresalen poderosas de la ancha cabeza relucientemente negra. Gira evitando el obstáculo y prosigue su marcha hacia el hormiguero. Ciega; con la pieza de caza, el doble de grande que ella, delante de sus antenas es empujada por las otras hormigas que le van marcando el camino, por lo que no se sale de su senda. Desatendiendo a la hormiga cazadora, ahora el niño rubio fija su atención en los bordes del sendero; especialmente en esas otras hormigas que empujan hacia dentro a las que torpemente escapan hacia fuera; como guardianas del resto.

Pero no hay sólo una..., son varias...; comprueba que muchas, manteniendo constante aquel camino de subsistencia que avista alargándose hasta perderse al otro extremo del patio, entre los peligrosos pisotones en los juegos de sus compañeros de internado de orfanato. Azuza con el palo a una de ellas, más grande que las otras, que se defiende mordiendo el extremo de éste, alzándola hasta la altura de sus ojos comprobando la fiereza de su mordedura que la mantiene asida, colgando firmemente, en la punta de la corta rama seca de morera; seguidamente la aprieta con saña contra la tierra despedazándola, para yacer sólo un segundo en el borde de la maraña, siendo inmediatamente pasto de alimento de sus congéneres que se la llevan arrastrándola al hormiguero: Una guardiana menos, se dijo para adentro en el mismo instante en el que se le acercó el niño cojito, despertándole de su ensimismamiento en su importante misión de libertador de la colonia de insectos.

El niño cojito se agacha cerca de él con la torpeza en la flexión de su pierna derecha; arranca una espiguilla de hierba silvestre que orilla el sendero de hormigas, y hostiga aquella procesión de vainas, granos, insectos muertos, restos de hojas... con el extremo de los finos y flexibles pelillos de la espiguilla como si fuera una escoba, barriendo el camino que reluce al sol más claro y liso que el terreno que le circunda. Mientras tanto el niño rubio continúa en su lucha contra el opresor-hormiga. En un receso de su particular cruzada, dejando el palo en la tierra, se queda observando el provisional caos que, en el instinto de supervivencia de los insectos, estaba ocasionando el hostigamiento de su compañero de fatigas hacia las hormigas. Observa detenidamente y con cierta compasión la atrofia de la pierna derecha de su amigo extendida en el suelo para lograr el equilibrio en la postura; se lo piensa un segundo, y luego lo suelta de sopetón: Tengo la lista, le dice mirándole a los ojos.

Alzados los dos sobre el terreno el sendero de hormigas se vislumbra como un estrecho cauce donde fluyera un líquido negro; briznas de alquitrán recalentadas al sol. El Rubio hace aspavientos en gestos forzados de la cara para llegar con la mano hasta el pequeño papel que guarda celosamente en el fondo del bolsillo derecho del pantalón. Sortea al tacto todo un muestrario de útiles de supervivencia: puntillas oxidadas, trozo de alambre doblados, pedazos de cuerda enrollada, taquitos de madera, alguna chapita metálica... hasta dar con la nota, la que extrae procurando que no se le caiga ninguno de aquellos variados objetos que guarda previsoramente para alguna emergencia, los que hacen que siempre muestre unos abultados bolsillos, por los que recibía constantes reprimendas de las monjas, conminándole a desprenderse de toda aquella basura. Le mostró la nota manuscrita con un listado de nombres: Me la encontré ayer en el suelo, cerca de los jardines de delante, es una lista de castigo y estamos apuntados los dos, ves, mira, aquí estoy yo Rubio, y seguidamente tú Cojito, te acuerdas ayer en el comedor como se nos quedó mirando --se refería a un secuaz del guardián; recio y con actitud bravucona--..: Sí creo que esta es la lista de ayer; se le habrá perdido; hay que romperla y enterrar el resto sin decirle nada a nadie, dijo el Cojito: Era lo prudente.

Al tiempo, en un rincón del sótano, a resguardo de las miradas de los internos tiene lugar una cita secreta: los secuaces dan cuenta de las listas de castigo con los nombres al guardián de las monjas Fulgencio --el de cuentas--, al que aquellas habían elegido como vigilante auxiliar por ser el más alto de todos los chicos para así poder dominar en altura al resto de internos; y, sobre todo, por mostrar cierta actitud servil: cobarde con las monjas y despiadado con sus compañeros; rasgos que ya le caracterizaban antes de su ingreso en el orfanato y que ahora mostraba sin ningún rubor sus espigados doce años, apuntando un precoz rastrero de matón de placeta de un barrio marginal de ciudad. Cuando le llegó el turno, al secuaz bravucón no le tembló el pulso al entregarle a Fulgencio un repuesto de la lista que había perdido, pues se sabía de memoria los nombres delatados, consiguiendo con ello evitar las represalias violentas que por la pérdida le hubiera infligido el guardián hospiciano.

Se hacían listas por todo: por no cubrirse bien en las filas; por hablar en el comedor, en cualquier recinto del orfanato; por fobias, envidias, inquinas...; de ahí que Fulgencio hubiera tejido en el pabellón de chicos menores una perversa red de siniestros adoradores que para salvar el pellejo no reparaban en el sufrimiento de los demás niños; les era indiferente el dolor de sus compañeros. Era una trama organizada desde el miedo. El poder que las monjas delegaron en Fulgencio era omnímodo: hacía y deshacía a su antojo sin que le reconvinieran las hermanas. Les bastaba que mantuviera el orden y la disciplina, sin reparar en los métodos que empleaba ni en los castigos que infligía en su nombre y delegación, y de los que las hermanas religiosas no querían saber nada aunque tenían noticias de las maldades que aplicaba a los que infringían sus normas, a los que quebraban sus obsesiones; la más recurrente: mantener aquel amplio recinto como si fuera un monasterio cartujo.


II. La caza.      
(el día antes)

La pequeña campana de vulgar acero que colgaba en un rincón del quiebro de los dos módulos del pabellón, donde un gran ventanal abría luz natural al oscuro y largo pasillo, sonó como siempre: con desordenado ritmo y bronco sonido metálico, en ausencia del bronce. Al Rubio se le alegró la cara mirando con regocijo y complicidad a su compañero de banca, al que apodaban Cateto; la que devolvió éste, gozosa y con exagerado estrabismo de ojos, totalmente escorada hacia el rincón de la clase. Y no era para menos: aquellos toscos sonidos anunciaban el final de las clases de la mañana, y con ello el fin momentáneo del oprobio: la letra con sangre entra. Era el momento del ingreso de los internos al comedor, donde se invertía la prueba de la culpa: si en las clases les castigaban por no contestar sobre la lección del día, ahora los chicos no debían hablar, ni contestar al compañero de mesa, estaba prohibido entablar cualquier conversación; ahora tenían que mantener riguroso silencio: ¡Silencio!, ¡silencio!..., repetían las monjas como una idea obsesiva; ¡silencio!, ¡silencio!..., gritaba el guardián..., ¡silencio!, ¡silencio!, vociferaban los secuaces del guardián, los que vigilaban de cerca a sus propios compañeros repartidos entre las mesas, tomando notas con los nombres de los que hablaban durante la comida, apuntándolos en las infames listas.

La monja tira del carro de la comida. Se para delante de la mesa e introduce con cierta inconsciencia y desdén el cazo en la enorme paila que rebosa un brebaje semilíquido y lo escancia con prisas en el plato del niño rubio, al que casi salpica. Después repite el mismo gesto con idénticas pautas y mohines en el plato del niño cojito..., y así de la misma forma llena casi más de un centenar de platos y aún le ha sobrado brebaje. El Rubio desvía con mueca de asco la cara hacia el lado del Cojito para no percibir el bofetón de fuerte olor a ajo. Aquella sopa le produce siempre arcadas. Insiste en el giro y se queda mirando al Cojito, suplicante, pidiéndole con los ojos que le libere de comerse aquella bazofia. Sigue insistiendo con lastimera mirada hasta que percibe la sonrisa de aceptación de aquél, el que le arquea la ceja avisando sobre el lugar donde vigila el secuaz más próximo. Sólo se podían comunicar con la mímica de los gestos de la cara: mirada de súplica, sonrisa de aprobación, arquear de cejas, muecas de asco u otras señas previniendo la inminente llegada de un objeto contundente en forma de cuchara, cuchillo o tenedor que amenazara con impactar en la cara de alguno de ellos; aunque no era suficiente tener cuidado y precaución en no hablar pues cualquiera de estas señas podían ser interpretadas como conversación. Entonces fue cuando se tensó la cara del Rubio, percibiendo en aquel momento lo peligroso de su brusco e insistente giro de cabeza y el cambio del plato. Demasiado tarde pues ya ambos aparecían relacionados en la lista del secuaz bravucón, que les fulminó con la mirada.

A continuación era el silencio del miedo el que hacía perfectamente audible en los oídos del Rubio otros sonidos del comedor: el de la cuchara al rasgar el Cojito el fondo de su plato de aluminio apurando la sopa; el del gaznate del Cateto al deglutir ruidosamente la comida; los del agua al ser escanciada en los vasos; los que hacía la monja con el trajinar de la enorme bandeja en el reparto del segundo plato; el metálico de los cubiertos cayendo al suelo; los del zumbido de las moscas revoloteando alrededor de las mesas; los insistentes zumbidos en los oídos del Rubio en el convencimiento de un futuro severo castigo; la angustia de él, la de su amigo Cojito, y la de más de un centenar de niños, los que no eran conscientes de las causas por las que en aquel lugar y en aquel tiempo se había llegado a aquella sofisticación en la represión --nunca se hacían preguntas--, pues incomunicados, como en perpetua celda de aislamiento, sin conocer ni tratar más niños de su edad que sus compañeros ni más mayores que las monjas y empleados, las cosas eran lo que eran y devenían en lo que irremediablemente tenía que ser; no conocían otra realidad; su realidad. Para ellos aquel estado de cosas, aquella violencia formaba parte de sus existencias. Por eso no era de extrañar que prosperasen los tipos de postulantes a guardianes sin escrúpulos --era como un proceso natural--, pues siempre los había habido, aunque no con la maldad y la sangre fría de aquél último.


III. El festín     
(el día después)

A la salida del comedor, fuera de la vista de las monjas, Fulgencio ajustaba cuentas con los internos porque la formación de filas no había sido la esperada, o el silencio en el comedor no era el deseado, o porque le venía en gana como escarmiento de no se sabe qué anómalo comportamiento; es igual: todo valía; castigando a todos en el aislado sótano, un nivel de suelo debajo del mismo comedor. Espacio semienterrado al que bajaban los penados con el terror reflejado en sus rostros un día tras otro durante el tiempo del tirano guardián. Los más antiguos recordaban la época en la que se habían acabado las obras de ampliación del orfanato --últimos años de la autarquía gobernante, con el subdesarrollo aún instalado en un país encorsetado en una férrea dictadura militar y el nacional-catolicismo--, las que propiciaron las primeras mejoras con la construcción de un cuerpo de edificación que unía los dos pabellones de chicos (menores y mayores), al que se adosaban como volúmenes independientes un gran salón de actos en el centro y dos alargadas estancias en los extremos para comedores, uno de los cuales --el de menores-- alojaba en sus entrañas aquel sótano, al principio un espacio de estancia y recreo en el invierno, y lugar de transición para llegar al patio de juegos cuando hacía buen tiempo; pero después...

Ahora aquella construcción soterrada hacía tiempo que mostraba un solo lado --como el interior de un cofre cerrado--, el único lado posible que perciben los sentidos cuando se les encierran frecuentemente en el mismo sitio. Era como una envolvente continua que sitiaba la vida de los internos, los que llegaron a grabarla con todo tipo de detalles en sus jóvenes memorias; las que aún conservan, pasado el tiempo, la misma imagen con las medidas precisas de su rectángulo; las dimensiones exactas de los radios de los dos arcos en el muro que era soporte del cerramiento que se alzaba hasta la torre, y que habilitaba un recogido espacio, el único recoveco en el que poder guarecerse del intenso frío de la sierra que, en el invierno durante el recreo, se filtraba a través de los cristales rotos de la desajustada carpintería de madera de los ventanucos; la exagerada anchura de los pesados pilares que dividían en dos partes el alargado espacio de castigo --más infame el de la izquierda, mirando hacia los arcos--; la extraña conversión a una sola dimensión de los gruesos muros que cercaban la tierra, conteniéndola, aprisionando la vida de los chicos. Cuánto más los palpaban menos los entendían, pues éstos habían perdido su volumen --no tenían grosor-- a favor de una continua superficie de textura rígida, áspera y fría como la del suelo.

Al sótano se llegaba por la angosta escalera que lo unía a la torre, traspasando la pequeña puerta que se cerraba con una pesada barra de hierro. El golpe metálico de la barra que trababa la puerta, cuando desde atrás la cerraba el lacayo del guardián, al atravesarla el último niño, sonaba como aldabonazo de salida a los peores presagios; y el otrora ámbito de ocio se volvía siniestro, un ámbito de sufrimiento, un ámbito que en aquellos instantes participaba de los poderes subterráneos: de la certidumbre trágica de lo conocido; de la irracionalidad de lo oculto, de lo profundo del Averno: ¡¡¡Todos de rodillas con los brazos en cruz!!!, ¡¡vamos!!, ¡ya!

Con la inocencia de la corta edad, al principio, los niños ignoraban que en aquel sitio enterrado pudieran existir soñadores de lo oculto que adoraban las tinieblas, y cuando al final descubrieron que entre las paredes del sótano reinaban seres abyectos ya era demasiado tarde. Para entonces la profundidad les fue mostrando, día tras día, aquel solo lado, el más perverso: la rígida piel de cemento que les aislaba del mundo, dimensión que percibían más claramente en el castigo colectivo, aunque aquel día fuera selectivo: sólo los apuntados en las listas, incluso en las que se perdían.

No había piedad para nadie, ni siquiera para el Cojito, apreciando en sus carnes como sus rodillas se comprimían contra el duro suelo, sintiendo en ellas --especialmente en la derecha-- ese dolor lento y continuo propio del aplastamiento por la presión de su peso en esos dos puntos vulnerables, al poco rato enrojecidos por la inflamación; mientras, los brazos extendidos, rectos, aguantando el temblor de todo el cuerpo en tensión, pugnaban por mantener la horizontalidad, ignorando la ley de la gravedad en la amenaza de que la vara india que manejaba Fulgencio paseando entre las filas de niños arrodillados se grabara en sus manos al menor síntoma de desfallecimiento.

A su vez, el Rubio se probaba a sí mismo en la resistencia que desarrolla  un superviviente de edad temprana. ¿Qué esfuerzo sobrehumano, aparejado de insoportable dolor no se tiene que hacer para que un cuerpo impúber, sin la musculatura desarrollada, luche contra la ley general de la gravitación que empujaba indefectiblemente sus brazos hacia abajo, hasta caer vencidos por su propio peso hacia el centro de la tierra, sin que el sufrido Rubio declinara en esa desigual lucha, venciendo a las fuerzas electromagnéticas? Y en esta titánica batalla el joven cuerpo de éste se tensionó al máximo; se agudizaron sus sentidos; la mirada se le empezó a nublar en un torbellino de paredes blancas dando vueltas en su cabeza, a un soplo del desmayo, y en ese punto de confusión de los sentidos escuchó el cansancio y el dolor; olió el miedo; la saliva se le torno amarga; su piel enrojeció; y su mente enloqueció porque del lado de la tierra cavada los sueños se tornaban siempre pesadilla, y el drama era real.

Algunos como el Cojito fueron llegando primeros, inexorablemente, a ese temido momento de fatiga, al límite de su resistencia muscular, queriendo levantar los brazos más con la voluntad que con la razón que le dictaba su mente, y éstos fueron adquiriendo peligrosos ángulos que ya no enderezaban miedos, amenazas, ni incluso los golpes de la vara india en las indefensas manos pues el dolor de la quemazón en la carne por el impacto de la vara se difuminaba en el agotamiento general de huesos y músculos espoleados por el sufrimiento. Entonces a estos irredimibles se les apartaba al otro lado del sótano: a la derecha mirando a los arcos; a donde fue a parar arrastrando su pierna derecha el Cojito, a sufrir el siguiente castigo, pues la ignominia en la retorcida mente del guardián no tenía límites.

Allí fue emparejado con el Rubio --a pesar de que éste había aguantado junto con algunos de otras parejas formadas-- por afinidad de amistad: los rendidos contra algún amigo, contra algún buen compañero...; y cuando ya Fulgencio juzgaba que había suficiente carne de espectáculo para escarmiento, les obligaba bajo violentas amenazas a que se abofetearan --pausadamente y por tandas-- individualmente entre ellos hasta el desfallecimiento de alguno o de ambos, rodeados del resto de internos a los que se les levantaba el penoso castigo con la obligación de animar y jalear tamaña violencia, concebida solo por una mente malvada. Aquellos forzados combates han sido una de las imágenes más perturbadoras con cuyos nefastos recuerdos han tenido que convivir durante toda su vida los chicos: momento cruel el de obligar con abuso de poder a alguien que no quiere ejercer fuerza contra otro que le une lazos de estimad, adquiriendo un grado más la perversidad que se ejercía en conjunto.

Al Rubio y al Cojito pronto les llegó su turno después de observar con pavor la fiereza en el enfrentamiento obligado por Fulgencio en otras parejas, al igual que ahora ellos. El Cojito y el Rubio se miran frente a frente con dolor, pidiéndose perdón de antemano con sus miradas; repudian aquella perversa situación de la que no son responsables. Saben que la negación no es ni siquiera una opción, pues las consecuencias a su insumisión les reportaría a los dos los mismos o, quizás, mayores sufrimientos. Están muy separados y son violentamente acercados a empujones por los lacayos del guardián. Ninguno quiere comenzar, por lo que es el guardián el que incita primero al Rubio. Éste solo insinúa el golpe en la cara del Cojito, sin que su amigo se resintiera. El que sí se resintió fue el propio Rubio al recibir, sorpresivamente y sin solución de continuidad a su compasiva acción, una tremenda bofetada de Fulgencio: Esto para que sepas pegar..., empieza de nuevo, le dice. Ante tamaña amenaza el segundo golpe ha sonado fuerte en la mejilla izquierda del Cojito, que le lastima; aún así la respuesta de su compañero es de muy baja intensidad, por lo que casi sin darse cuenta da con su cuerpo en el suelo por efecto del descomunal puñetazo de Fulgencio: Lo mismo te digo a ti golpéale otra vez, le espeta. La cuarta bofetada le ha dolido al Rubio..., y la siguiente al Cojito..., y la de después al Rubio..., y las siguientes a los dos...; mientras en sus mentes y sus cuerpos, al compás de los bofetones, se desarrolla y acelera de forma instintiva una tremenda e imparable espiral de violencia; una vorágine de golpes al cual más irracional y más fuerte, espoleados por la rabia reflejada en los gestos desencajados de las caras de cada uno de ellos que ya ni la amistad puede parar, sin que ninguno de ellos pueda aventurar el final de la ignominia. Todo quedaba ya en manos del guardián hospiciano, que cual césar romano, después de una orgía de sinrazón cercada y jaleada por los atemorizados chicos, y tras observar abundante sangrado por la nariz del Cojito, les indultó; habían redimido sus culpas.


IV. La tarea-castigo
(cualquier día de intenso calor)

El cerrado espacio de castigo y tortura del sótano tenía un apéndice: el patio contiguo al mismo. El sufrimiento de los internos iba y venía en ambas direcciones. Eran los lugares ideales para todo tipo de tropelías del guardián hospiciano, ya que ambos estaban resguardados de miradas ajenas: de que trascendiera al exterior: los gritos de impotencia de una injusta situación que nadie quería remediar, las quejas hacia unas monjas desaparecidas frente a los abusos de un tirano, el unánime clamor de que alguien parara todo aquello..., sin respuesta; todo quedaba encerrado en el sótano, también sellado dentro de un cofre en el patio, al que por tapa le habían pintado un falso cielo, y de cuyos espacios nada trascendía: acallados y silenciados nadie daría nunca cuenta de lo que allí sucedía. Mientras en el sótano sus gruesos muros oprimían la existencia de los internos, en el patio las tapias que lo cercaban negaban esa existencia; invisibles, perdidos, desubicados andaban errantes de un sitio a otro y vuelta de nuevo, desnortados sin horizonte real pues se lo habían arrebatado sustituyéndolo por un trampantojo de lienzo opaco de color indefinido en blanco sucio, contra el que los penados estrellaban su torpe vuelo de iniciados, y donde más tarde dejaron marcas visibles con la ira de sus fracasos: su impotencia de poder revertir la libertad perdida y su indefensión sin solución a semejante execración. En ocasiones el castigo disfrazado de tarea se trasladaba del sótano al patio de recreo --¡de recreo qué ironía!-- al que se accedía desde el sótano a través de una pequeña puerta al fondo, enfrente de los arcos. Y aquel día no fue distinto a otros días de un verano de un tiempo infame: en cualquier momento, sin atender a horarios de extremo calor, los internos podían ser requeridos en formación para lo que a Fulgencio le viniera en gana, sin razón ni causa justificada.

--Tienes otra tabla para mí, le preguntaba el Cojito al Rubio con la misma mirada suplicante con la que el Rubio sabía que el Cojito le liberaba asiduamente de tener que comerse aquella bazofia de sopa, la de ajos que nada más olerla le producía involuntarias arcadas próximas al vómito. Los dos juntos, como siempre, erguidos sobre el suelo terroso de un patio que reverberaba en las finas suelas de sus sandalias de plástico el calor que había ido acumulando durante el día bajo un sol ardiente, el mismo que ahora regía por encima de sus cabezas, en una hora inusual para ninguna tarea, si acaso para echar una reconfortante siesta de verano; hombro con hombro con los demás chicos, alineados en una sola fila ocupando toda la anchura del patio, y que el guardián hospiciano quería perfectamente recta, sin que nadie se moviera hasta dar él la señal de comienzo pese al aplastante sol que les picaba el cuero cabelludo; haciéndoles sudar, además, como ríos desbordados, con todos los poros de sus pieles alertas transpirando a marchas forzadas los líquidos y elementos vitales –sobretodo agua y sales minerales-- de los que se desprendían a raudales a fin de equilibrar la temperatura de sus cuerpos; suplicantes todos de que aquello no se prolongara mucho, ante el miedo a una posible deshidratación, sabedores de que Fulgencio no iba a transigir en que se bebiera ni una gota de agua hasta que no finalizara la tarea; y todo ello cuando aún no habían comenzado lo que más que unos trabajos de limpieza era un penoso castigo: limpiar el patio de tierra, liberándolo de piedras, hierbajos resecos, cristales, palos, cartones, papeles, algunos muy sucios, arrugados y con la tinta desgastada en las imágenes de los héroes libertadores con nombres tan rimbombantes: Trueno, Jabato..., y que habían devenido en desinterés, pisoteados y abandonados a la vista de los sueños rotos de los chicos: no necesitaban héroes de cómic, necesitaban los de carne y hueso que les liberasen de aquella ignominia; en un ejercicio de rebanado total del suelo que pisaban, hasta eliminar, incluso, los senderos de hormigas y todo los insectos que lo poblaban; en fin cualquier resto que no fuera tierra, dejando su superficie lisa sin que apenas se apreciaran las irregularidades del suelo terroso. Para ello algunos chicos, los más avispados, se habían aprovisionado de pequeñas tablas a fin de auxiliarse en la limpieza arrastrando con ellas todo lo que sobresalía de la tierra, y así no dejarse las uñas y la piel de las manos en un suelo que no necesitaba ser barrido –extraña operación de mantenimiento--, y a lo que indefectiblemente estaban condenados el resto sin tablas, que no era ya el caso del Cojito pues el Rubio le había cedido generosamente la suya sabedor de su dificultad para cumplir con la tarea-castigo; ya tenía bastante con poder mantenerse doblado largo tiempo.

La solitaria fila formada en la parte más baja del patio, y a la señal de comienzo, se fue moviendo hacia arriba, con ligero compás en el inicio, intentando los próximos acompasarse en la acción sin dejar bordes comprometedores entre ambos, moviéndose los chicos hacia atrás, doblados sus cuerpos hacia delante sobrepasada la horizontal del terreno --como segadores en un trigal--, permaneciendo obligados en esa difícil postura todo el rato. Un terreno que en aquel momento no les evocaba la diversión en los juegos de siempre, los únicos juegos que se podían permitir en su condición de huérfanos y de sus precarias condiciones, sabedores de que con la operación de limpieza borrarían sus huellas: la del hoyo del juego de las canicas que quedaría enterrado; desplazadas las dos piedras grandes en la que apoyaban el palo pequeño del juego del boli, y las otras más pequeñas desperdigadas por el suelo, testigos de las enconadas batallas, a pedradas, en los juegos de guerra; ahora todas revueltas en los montones de escombro que iban formando; y esas otras huellas menos perceptibles, las de sus propias pisadas del corretear en el último partido de fútbol, las de ahora moldeadas por el sufrimiento que inmediatamente serían borradas, hasta confundirse todas ellas entre los restos de la pequeña escombrera particular que cada chico arrastraba muy pegados a sus pies sin descanso y que se les iba acumulando delante de ellos al compás del ruido de arrastre; sonido fuerte: ¡Rrrraaaassss!, ¡rrrraaaassss!, ¡rrrraaasssas!... que marcaba el ritmo de la sufrida tarea en su progreso, ahora más lento, y que apagaba el de las exclamaciones de sufrimiento de los internos: ¡¡¡Uuuufff...!!!, como únicos sonidos que ahora habitaban su mundo, como si éstos estuvieran concentrados en aquellos metros cuadrados de patio, sin ninguna señal del exterior, un imponente silencio que acrecentaba los propios de la tarea y que acreditaba que en aquel universo estaban completamente solos, desamparados bajo un sol agobiante; por eso en esos momentos percibían el recinto como un patio de suplicio, uno más de tantos: No importa podemos con esto y con todo lo que nos echen, pensaba el Rubio, animando a sus compañeros, con la cara casi irreconocible cubierta de un polvo fino que se adhería molesto al sudor de su rostro llenándolo de churretes, y que tanta gracia le hacía cuando, en aquella infernal postura, los señalaba en la cara de color marrón del Cojito, el que solo esbozaba una ligera sonrisa forzada sobrepuesta al cansancio, y como no en sus burlas hacia los demás, reflejando en ellos su propia suciedad sin que las manchas del castigo irracional minaran su ánimo a pesar de las alarmantes voces: ¡¡Más deprisa!!, ¡¡más deprisa!!..., gritaban los secuaces en tono tosco y bravucón, alineados delante de los chicos, observando con atención cualquier gesto reprobable – pararse, levantarse, desfallecer...--con el que recriminarles antes de ser anotados sus nombres en las temidas listas.

Polvareda que dibujaba en el no paisaje una linea irrespirable en la que se ahogaban los chicos por momentos con continuas toses, y que se movía, cerca del ecuador del patio, con un ritmo más lento y dificultoso. Mitad del recorrido. Peligrosa línea que marcaba un riguroso control: ¡¡¡Aaaaltoooo!!!, se oyó clara y fuerte la voz del guardián hospiciano que dirigía la operación sentado a la sombra que proyectaba el edificio sobre la única zona ajardinada al noreste, y por tanto más fresca: ¡Alto!, ¡alto!, ¡alto!..., se oyeron repetidos los gritos de los secuaces, vociferando a aquellos que por la inercia del trabajo seguían raspando el terreno: ¡¡¡Todos en pié!! Circunstancia providencial que aprovecharon los chicos para aliviar sus doloridos músculos, recomponer la figura en su dignidad, sincronizar su mente con el: no nos doblaran a pesar de los continuos intentos, a pesar de no llevarse a sus labios una sola gota de agua por la que en aquellos instantes suspiraban deseosos: mojarse los labios simplemente; para tomar fuerzas de donde no las había a fin de afrontar con cierta aceptación --y no con la infame resignación-- el reto de la sinrazón y que sus mentes no se perdieran en una espiral de locura mirando hacia atrás; comprobando visualmente la distancia hasta el final del recorrido, congraciándose con ella en su reserva de energías. Distancia que se duplicó en el caso del Cojito y unos cuantos más que tras minuciosa inspección del terreno por parte de los lacayos del guardián fueron obligados a retroceder al punto de partida: Todos vosotros quedáis apuntados en la lista de castigo. Amenaza que había que tomarla muy en serio, cuyo ejecución quedaba al arbitrio de Fulgencio al que entregaron la penosa lista. Ya decidiría más adelante. Se apenó mucho el Rubio cuando en un giro del Cojito, éste le miró desde la distancia, como excusándose.

Cuando se reanudaron los trabajos las manos del Rubio eran como las aspas de una máquina: giraban veloces limpiando su parte y lo que podía del hueco dejado por su amigo a fin de aliviarle en la limpieza de su zona. Con aquel ímpetu removía más polvo, y ya no era sólo su cara de barro que se había saturado de finas partículas de polvo y ya no admitía más, ahora también su torso desnudo le iba a la zaga en el color de su rostro, agradeciendo no estar al otro extremo de su ubicación, a la vista del color negro –como carboneros-- que presentaban los rostros de sus compañeros de fatigas tras raspar lo que era una suave depresión del terreno que siempre, aunque no sabían bien los motivos, la habían conocido del color del carbón. Según contaban los más veteranos aquel suave hundimiento no muy profundo pero extenso, y durante la construcción de la edificación que se alzaba sobre el sótano, era el lugar donde los obreros hacían las fogatas en invierno para calentarse con las maderas inservibles de la obra, adquiriendo tal magnitud aquellos continuos fuegos que quemaron la tierra en tal proporción que ni los barridos de las aguas de lluvia, ni el desgaste de los poros superficiales del terreno en los interminables juegos, ni el decapado al que ahora le sometían los chicos conseguía que el sitio se desprendiera de su pátina negra, pues debajo aparecía otra aún más oscura como lo era el reflejo en las caras de los chaveas en aquellos instantes; descubriendo en cada estrato que salía a la superficie restos de alambres y puntillas quemadas pero aún servibles y que indefectiblemente acababan engrosando el bolsillo del pantalón del Rubio.

Extraño desnivel del suelo. Para los internos un accidente más de aquel terreno cercado que, a fuerza de revivirlo y padecerlo a ras de tierra durante un tiempo de supervivencia eterno, habían grabado en la memoria, de forma inconsciente y con todo lujo de detalles, su completa planimetría. Conocían cada rincón en el encuentro de las tapias, sus huellas: los agujeros en el tapial que habían facilitado mucho tiempo atrás la última escapada masiva de chicos que les recordaba continuamente que después hubo severos castigos; cada recoveco en las esquinas con sus característicos y particulares sonidos: los del viento, producidos por torbellinos de aire y polvo que barrían con remolinos hacia el exterior, de forma natural, el terreno en las horas de la tarde sureña durante el estío; los límites con los huertos –ahora abandonados-- adosados a las tapias en la zona este; los lugares donde mejor protegerse del sol en el verano que se proyectaba en un espeso jardín; y la óptima de soleamiento en el invierno invadiendo y consolidando un par de parterres de una raquítica zona verde donde ensancharon la acera en un improvisado solario para disfrutar y agradecer el suave calor del sol, a fin de aliviar algo el riguroso frío; el desnivel en diagonal desde su parte más baja que en las lluvias torrenciales quedaba inundada, y sitio de formación de la fila al principio, hasta grabar mentalmente con solo un golpe de vista la longitud exacta, medida en zancadas, que separaba la cota más baja de su parte más alta donde se suponía acababa la tarea-castigo, en un profundo hoyo --otro de los misterios sin destapar: al parecer, según contaban, hizo de gravera para surtir de arena algunos trabajos de construcción de la edificación-- que ahora era un extraño y hondo pedregal relleno de muy variados tipos y tamaños de piedras sin llegar éstas a cubrir el profundo agujero, donde al amparo de sus huecos habitaban un universo de insectos y otras especies animales: ciempiés, escarabajos, lagartijas..., depósito de munición para futuras batallas, y escombrera que recogería todos los restos que en esos momentos arrastraban penosamente los chiquillos y que se alargaba adosado a un frente completo de tapia que discurría desde la entrada a los vestuarios del salón de actos hasta el quiebro del tapial con las huellas de la fallida aventura hacia la libertad.

Aquel frente de tapia del final del patio, en la zona sur, mostraba en su piel salpicadas heridas, brechas dispersas que, casualmente, coincidían en altura con las de los brazos de los internos, quedando expuestas para la posteridad sus vísceras arenosas, su profundidad de muro carcelario, su implacable cerco a existencias tan tiernas y dóciles, por mor de la furia de los golpes con grandes piedras contra el tapial en desahogo de los infantes por el desencanto de una condena que no merecían, señalizando boquetes donde la pared sangró abundante arena, y que los chicos confundieron en su delirio emulado del pueblo oprimido de afamada película que habían visto; jaleados y espoleados en exaltación por un falso profeta que, creyéndose Moisés, les anuló la razón, haciéndoles ver en el vulgar muro un sorprendente hallazgo, algo sublime: nada más ni nada menos que los famosos graneros de Egipto, de los que hablara la Biblia: ¡Golpear fuerte!, ¡no dejéis granero sin abrir! les conminaba con virulencia al tiempo que brotaba abundante arenilla sobre los elegidos por el falso profeta para juego tan peligroso, mientras vociferaban al tiempo que continuaban golpeando con saña: ¡¡¡Es el grano!!!, ¡¡¡es el trigo!!!...; y para cuando se acabó aquella locura de faraones y esclavos, lo que tal vez quedó escenificado no era tanto el episodio de la historia sagrada en cinemascope sino la necesidad vital de creer posible que podían tirar una dura barrera que les ahogaba; y al final en el entreacto de la vuelta a la razón obligada sólo quedó un lienzo de encalado sucio, mutilado pero no derribado con las señales evidentes para siempre de sus propias frustraciones, y los castigos que le sucedieron aunque éstos ya habían quedado atrás; no así las huellas de la indignación. Estela de cicatrices todavía abiertas y que recorría longitudinalmente el socavón a medio rellenar –nunca había piedras suficientes que lo cubriera-- hacia donde ahora convergían los enconados esfuerzos de los chicos en el arrastre de sus montones cada vez más pesados, de ahí que el ritmo de avance en el final se hubiera ralentizado por la cantidad de escombro acumulada a pesar de las voces y gritos en las amenazas de los lacayos del guardián: ¡¡ El que se quede atrás ahora, quedará apuntado en la lista de castigo, así que ojo!!

Estaban acostumbrados a que su limite de rotura no fuera el de cualquier chaval de su edad, como si estuvieran hechos de un material muy duro, por ello aunque el avance fuera ahora algo torpe estaban decididos a conseguir el objetivo exigido. En un último esfuerzo sobrehumano se plantaron al borde de la hondonada de piedras a donde desbordaron con euforia contenida todo el material de arrastre acumulado, sin reparar en las señales del muro al que daban la espalda: las llagas sin curar de frustraciones ya lejanas, pues erguidos definitivamente se preocupaban más de sus propias heridas algunas sangrantes, examinándose detenidamente las manos a la altura de su ruidosa respiración, prestando más atención a las rajaduras y cortes en los dedos que al ritmo acelerado de sus resuellos en las necesarias bocanadas de aire, imprescindibles para que los latidos desbocados de sus corazones se fueran poco a poco, y liberados ya del ímprobo esfuerzo, normalizando; en una tregua de extraña satisfacción, cansados y aturdidos ante lo que contemplaban delante de sus ojos: un terreno nuevo, renovado, como si el profundo desbrozado de su capa superficial hubiera pasado página y anulado de un plumazo los sucesos vividos desde la última jornada de limpieza, como si despertaran de un mal sueño, en la esperanza de que las próximas hojas a escribir sobre el nuevo suelo, los próximos acontecimientos les trajeran mejores nuevas; aletargados por el cansancio muscular a la espera de que el guardián hospiciano les perdonara como siempre -- una vez más cual prócer romano-- la vida: ¡¡¡Rompan filas!!!, grito cuartelario que provocó una carrera en estampida de los internos: clamor de voces liberadoras, empujones, codazos, zancadillas, caídas... en brutal competencia entre ellos para llegar primero, en un largo recorrido, al pilarito de agua adosado a las letrinas, junto al jardín, donde un hilillo de agua brotaba de un delgado caño sin descanso, en un fluir eterno del liquido vital que no entendía de horarios, ni de fechas, ni de tiempos, ni de generaciones, y que al igual que surtía se iba con la misma celeridad: Agua que no has de beber, déjala correr; bueno ésto último siempre que la sed extrema, como era ahora el caso de los chicos, no les apremiara a beber hasta la última gota sin derramar que sus cuerpos abrasados les exigían: ¡¡Eh chupón, que ya has bebido mucho!!, se recriminaban unos a otros, arremolinados en el ángulo del rincón del pilar, como un altar al que habían acudido en masa en busca de tan preciado elemento por el que peleaban arduamente y al que ahora adoraban, su dios, sin atender ni apercibirse que en la avidez de la sed estaban sorbiendo el polvo de sus caras, sin preocuparles en la urgencia de la hidratación limpiar las heridas como las que le descubrió con alarma el Cojito en los dedos de su amigo Rubio, ante la pasividad de éste: Me habré cortado con algún cristalito, le decía quitándole importancia a las magulladuras en la piel de sus manos. El Rubio le había esperado largo rato sin moverse de su sitio animándole a terminar la tarea, aunque la consecución del propósito fuera para el Cojito un futuro e incierto castigo que además de temida incertidumbre le producía en su interior una inmensa rabia, resignada, porque allí y en aquel tiempo la ira, el enojo y la cólera personal se manifestaba de puertas para adentro nunca para afuera, preguntándose sin obtener respuesta: porqué siempre le tocaba a él.

V. La caza humana

(seis meses antes del final)

Pero no era siempre el Cojito o el Rubio, cualquiera del más de centenar de niños –próximo a los doscientos-- podían ser objeto de las tropelías de Fulgencio, de su cada vez más sofisticada maldad: de la caza del pajarito a la caza humana. En el patio la tarde alargaba, acercándose al punto álgido del verano, uno más de aquella época de tiranía. La frondosa morera que presidía el jardín era un imponente clamor de guacharros –crías de pajaritos-- de gorriones reclamando el alimento a sus progenitores; no se les veía; agazapados entre el denso follaje de las grandes hojas del árbol sólo se les oía piar y piar con fuerza y sin descanso en sus nidos: el botín de caza no se distinguía a simple vista pero se intuía su localización; por el ruido debían de ser muchos pajaritos; no podía fallar, alguno caería al disparo del gomero --tirachinas-- de Fulgencio. El guardián hospiciano se vanagloriaba de tener la mejor colección, si no la única, de gomeros aunque para ello tuviera que requisar los más excelentes que elaboraran los internos: Este me lo quedo yo, expropiado con resignación de su propietario el Pupas que había fabricado el tirachinas más sofisticado, una verdadera arma mortífera: perfecta horquilla de palo de rama de morera, suficientemente dura, con grueso empuñamiento que afianzaba la sujeción del instrumento a fin de no errar en el tiro, dos gomas anchas y de gran elasticidad que imprimían en la tensión una gran potencia y largo alcance de la piedra que servía de munición y que se alojaba a la perfección en su disparadero de cuero; para ello los secuaces del guardián las elegían con atención y detenimiento en el pedregal, todas de la misma dimensión, redondas, sin cantos, y que ahora Fulgencio lanzaba a ciegas, probando su mortal arma, contra el majestuoso ejemplar de morera: Dame otra piedra, ¡venga rápido!, les apremiaba el guardián hospiciano a sus secuaces. A cada intento fallido, señalizado por la agitación de algunos de los pájaros que escapaban remontando el vuelo, el inicial temple de cazador se fue transmutando en furia de engreído, al comprobar como sus lacayos, apostados debajo del árbol cual sabuesos, no conseguían llevarle ninguna pieza del festín imaginado, haciéndose entre ellos una competencia brutal en ser los primeros en agradar al déspota, a fin de conseguir el favor de éste; aprendiendo maneras para postularse, quizás, a sucederle algún día. Aunque esta vez eran ellos los que sufrían las iras de su amado líder: Idiotas, ¡qué mierda de piedras me estáis dando!, ¡vais a pagar esto!

En aquel estado de furia desmedida, uno de los secuaces del guardián intuyendo peligrar su privilegiado puesto llamó la atención de su jefe, señalando a larga distancia de donde se ubicaban, junto a la tapia de los huertos abandonados, otras posibles y más apetitosas piezas de caza: tres chicos de carne y hueso --Alejandro, Emilio y Habichuela--; posibles presas que para regocijo del guardián estaban solos y además sin posibilidad de escape en vuelo a las alturas, lo que espoleó inmediatamente su retorcida imaginación: ¿Qué hacen esos allí, quienes son? preguntaba a sus sicarios mientras cargaba su potente arma, y sin dar opción a que le contestaran disparó con su super-gomero hacia los tres chicos alcanzando en el muslo a Alejandro que tras el impacto de la piedra en su carne profirió un alarido de dolor: ¡¡¡Aaaahhh!!! al tiempo que se palpaba la zona, mientras oían alarmados el regocijo en los gritos a lo lejos de los concentrados alrededor de Fulgencio ¡Le has dado!, ¡le has dado!...¡callad y dadme otra piedra, rápido!. Los siguientes disparos sonaron secos y broncos contra la tapia ante la alerta ya de los tres chicos: ¿Qué es esto?, ¿quién nos está lanzando piedras?, ¿y porqué? se preguntaban mentalmente mientras se cobijaban en una espuerta de dura goma de grandes dimensiones con la que momentos antes jugaban a fabricarse un refugio adosado a la tapia, aprendiendo a probarse a ellos mismos: su resistencia a un sol opresivo guarecidos dentro de aquel caparazón de goma, ahora providencial ante el ataque con piedras ¿pero de quién?: Es Fulgencio, dijo Emilio sacando un poco la cabeza del parapeto y escondiéndola inmediatamente por prevención a recibir una pedrada, al igual que los otros, en lo que parecía el caparazón de una tortuga. Al principio creyeron que aquello era una bravuconada de corta duración, o eso era lo que deseaban, pero inmediatamente admitieron que tratándose de Fulgencio se equivocaban, que la hiena reclamaría sus piezas de la cacería.

El primer disparo en la goma sonó muy fuerte y secó, desplazando hacia sus cuerpos parte de la base de la espuerta, sintiendo muy próxima la fuerza de la piedra y con ella el temor de que aquel escudo no fuera lo suficientemente rígido. Dentro del provisional refugio, apretados, empezaron a sentir el calor y la falta de aire en tan reducido espacio, que les hacía sudar de manera muy visible sin saber bien si por la inercia térmica que reverberaba ardiente en toda la superficie de goma o por sus propios miedos hacia lo desconocido, a no saber en que acabaría todo aquello, posiblemente descalabrados sin que nadie les fuera a auxiliar, ni nadie lo remediara. Al segundo disparo fuerte en la goma le acompañaron un aluvión de impactos –al ataque se habían incorporado los sicarios con más gomeros por orden del guardián-- con menos fuerza pero igual de agresivos, que hicieron que la espuerta temblara toda ella, contribuyendo a aumentar el desasosiego de los tres chicos, en especial de Alejandro que empezaba a notar un intenso dolor persistente por la quemazón del golpe en su muslo, agradeciendo todos el escudo improvisado que repelía por rebote las piedras lanzadas; que oportuno el haber tenido cerca la espuerta ¿cómo había llegado allí aquel extraño objeto, en un recinto donde solo había tierra, aire, piedras y algunas plantas?, ¿de dónde procedía?, ¿porqué había sido desechada para el uso que ellos si sabían?, cuestiones existenciales del objeto que a buen seguro ni siquiera se les pasaba por la mente en situación tan comprometida, sólo preocupados y atareados en la prioridad de fundirse con la piel de goma, su única aliada. Difícil empeño a razón del aluvión de piedras, las más duras del guardián hospiciano, las también desequilibrantes de los lacayos del guardián e incluso las que por contagio lanzaban con el brazo los demás chicos congregados por temor al sátrapa, y a los que llegaba el sonido de su culpabilidad que percibían como ruido de precipitada lluvia de pedrisco sobre una bóveda de goma, y que amplificaba en el interior todo: el miedo, la intranquilidad, la inquietud y aquel insoportable calor.

Como les faltaba el aire tuvieron que erguirse agarrando la espuerta con firmeza, como si en ello les fuera la vida, por el único asa que tenía; ¡ah!, quizás aquella anomalía fuera la razón del porqué ahora disponían de un seguro refugio, lo suficientemente amplio para protegerse los tres de cuerpo entero; sabían que sus dimensiones obedecían a su uso: llevar toda la ropa sucia de los internos al lavadero; ropa de más de un centenar de niños necesitaba un gran contenedor, pero que quedaba inutilizado al faltarle un asa; única sujeción a la que se aferraban apretándola fuertemente con las manos Emilio y Habichuela –Alejandro doblado sobre la pierna solo se cobijaba-- .Una vez erguidos ofrecían más fácil diana a los perversos propósitos del guardián hospiciano, sus lacayos y demás ralea. Pero no sólo eran una diana mayor y más visible sino que su inmovilidad comprometía seriamente la integridad física de los tres. Lo entendieron rápidamente con esa picardía adquirida progresivamente en su difícil navegar diario asido a la eterna tabla de supervivencia: tenían que moverse, empezar a caminar para a continuación iniciar una marcha rápida hacía el lugar de donde procedían las agresiones --que mentalmente tenían localizadas-- para acortar distancias de disparo y así neutralizarlos sin exponer ninguna parte de su cuerpo a las pedradas; y así lo hicieron guiándose protegidos y orientados con la vista continuamente en el terreno que transitaban, el que conocían al dedillo, primero dejando atrás la línea de los huertos abandonados, después adentrándose en las zonas de los juegos, en aquellos peligrosos momentos tan solitaria que solo jugaban ellos obligados a su propia cacería, y entonces fue cuando la desigual batalla adquirió todo su fragor que hizo peligrar el mantenerse los tres a cubierto dentro del improvisado refugio.

Ahora era como si un batallón de tiradores les atacara por todos los flancos excepto atrás: el muy abierto del frente y los más escondidos de los laterales, afortunadamente cubiertos por la forma curva de la espuerta, la que se agitaba, temblaba, convulsionaba en todas direcciones, vibrando con ensordecedor ruido en cada uno de los numerosos y repetidos impactos de las piedras mientras ellos se movían lo más veloz posible –Alejandro les seguía cojeando haciendo un esfuerzo supremo para no quedarse atrás-- hacia el muro ciego del sótano donde el guardián hospiciano había montado la logística de una guerra de la que, como otra más de las iniquidades de Fulgencio, eran meros sufridores; en ese empeño de sobrevivir a la lapidación, en su carrera al principio solo oían sus propios sonidos: los jadeos de sus aceleradas respiraciones con el pulso desbocado más por el miedo al descalabramiento que por el esfuerzo físico, el ruido del roce de sus pisadas, el que percibían muy fuerte, sobre el terreno familiar que visionaban con la seguridad de estar cerca de su objetivo en cuanto alcanzaron la hondonada de color oscuro, y fue en ese momento cuando el Habichuela lanzó un grito de dolor soltando el asa de la espuerta que ahora sujetaba solo Emilio: una piedra le había alcanzado de pleno en la mano que asía firmemente el oportuno escudo, el que en el estrépito de los disparos cortos, ya casi en el final, a punto de juntarse con los agresores, se bamboleaba de un lado a otro con claros bandazos como preocupantes señales de que en cualquier momento les pudieran arrebatar su protección y se volvieran trágicamente dianas humanas; había que aguantar como fuera sobretodo ahora que el estruendo del chaparrón de impactos no era suficiente para amortiguar los bramidos y algarabía de la barahúnda de lacayos y demás que les acreditaba que estaban cerca, muy cerca cuando abalanzaron sobre el grupo agresor el escudo que les había protegido con un fuerte olor a requemado de goma que percibieron los agresores a poca distancia de sus narices, neutralizando así toda acción de lanzamiento de piedras, derrumbándose los tres, a renglón seguido, sobre la acera apoyando las espaldas en el muro, cansados, agotados y doloridos: Alejandro imponiendo su mano sobre incipiente hematoma de su pierna por ver si le aliviaba, el Habichuela lamiéndose la sangre de la herida de la mano, y Emilio desfallecido por el esfuerzo como si hubiera estado con los brazos en cruz toda una jornada de castigo, y todo ello ante la desafiante mirada de Fulgencio que gomero en mano lo tensaba en la amenaza de rematarlos con la piedra del descabello, con la ira del fracaso reflejada en su mirada y en su rostro, la que, para bálsamo de los tres, en un giro inesperado con un cambio de actitud proyectaba ahora contra los lacayos, culpabilizándoles de su propio fracaso: A vosotros si que os voy a lisiar de una pedrada, tensando tanto el instrumento amenazante que rompió una de las gomas la que en su efecto de recuperación le infirió una punzante sacudida en la mano de la que se quejó de dolor y que aumentó su enojo: Vaya mierda de tirachinas, ¡¡vais a pagar esto!!, arrojando el gomero al suelo y ordenando formación a pleno sol, incluidos los lacayos, para resarcirse en su represalia. Durante el inexplicable castigo y a su antojo fue liberando uno a uno a los internos dejando al final bajo el implacable sol a los tres chicos de la espuerta y al grupo de sicarios, los primeros por ser lo contrario de lo que él representaba: eran valientes, imaginativos, resistentes y en todo punto grandes supervivientes y los otros por que en su paranoia de los días finales de su gobierno, y en cada acción de estos que le contrariaba, imaginaba ciertas tretas para socavar su poder, un poder que había ido in crescendo con el paso del tiempo, habiendo llegado a un punto malsano de goce que anheló y deseó fervientemente desde el primer momento: la perversa satisfacción de llegar a dominar, a humillar, a sentir el miedo de los demás en la súplica por el perdón de unos castigos que no merecían, como era ahora aquél. Los tuvo formados hasta que sintió en sus gestos la incomodidad que les producía un sol crudo sobre sus cabezas, desistiendo de seguir con el castigo cuando estimó que sus seseras se habían reblandecido lo suficiente, estando ya próximos a la insolación. Ya eran libres hasta la próxima vez que nunca tardaba en llegar, sin descanso, con pocas jornadas de diferencia en los días de todos los meses de los infames años de la tiranía del guardián. Sólo un atisbo de esperanza en el tiempo: el día en que Fulgencio por edad, debiera de pasar obligatoriamente al pabellón de mayores. Y aquella deseada fecha llegó.



VI. El cobarde guardián
(el final, dos años y medio después)

En los tiempos de mudanza al guardián hospiciano se le notaba nervioso y muy preocupado. Hizo de manera inmediata dejación de sus funciones de vigilante y carcelero, sin extrañeza de las propias monjas. Sabían éstas que en pocos días aquél ingresaría en el pabellón de mayores y ahora su baza para mantener el orden pasaba por la invisibilidad de Fulgencio --lo daban ya por amortizado--, en la urgencia de buscar un nuevo guardián servil y abyecto. Le habían abandonado las monjas y sus propios secuaces. Es lo que le suele suceder a los sátrapas cuando le despojan del poder. Debido a estas circunstancias el todavía guardián fue poseído de gran nerviosismo afectándole a su sistema digestivo, apoderándose de él Eolo, dios griego de los vientos, pero no de los conocidos como climatológicos, sino esos otros más ocultos: los escatológicos, con continuos accesos de flatos, eruptos y apestosas ventosidades, que empezó a no poder controlar cada vez que imaginaba su inminente nueva situación: pronto se vería de lleno, en un ambiente hostil y desprovisto de cualquier protección de las monjas, con los hermanos mayores, y los amigos y compañeros de éstos, de los chicos a los que había violentado con saña repetidamente, durante tanto tiempo.  Sabía que se la tenían juramentada desde aquel día cuando varios de ellos, de paso por el sótano para acceder, por el patio, a los vestuarios del salón de actos, hicieron de improviso dos escabrosos descubrimientos: filas de niños hincados de rodillas con los brazos en cruz y con signos de sufrimiento, y quién era el culpable de castigo tan inhumano, el que quedó sentenciado desde aquel momento: Ya ajustaremos cuentas cuando pases a nuestro pabellón, decían mientras apremiaban a los chicos a levantar tan inhumano castigo, a los que se les hizo eterno ese tiempo de premonición, el que desgraciadamente hubo que esperar y padecer hasta que llegó el gran día: el del ingreso del guardián en el pabellón de chicos mayores, que los internos saludaron y festejaron con gran alegría, derribando el palo central y rasgando las viejas sábanas que hacían de incipiente carpa en su último despropósito: montar un circo en el centro del patio, una constante de todos los tiempos: la usual conducta megalómana de cualquier tirano, y Fulgencio era uno de ellos: trascender en el tiempo con una desmesurada obra de la que se hablaría en el futuro para perpetuar su memoria; pero no nos desviemos de la euforia de los chicos echando por los suelos y pateando los despojos de la pesadilla con la que habían vivido tanto tiempo, y la que aún padecerían, sobrevenida en sueños, alguno más. 

Y cuando llegó ese día, y la buena nueva para tantos, a Fulgencio, ya en su novedoso destino, exacerbado su miedo, se le agudizaron sus problemas gastrointestinales y de las cóleras gaseosas de días anteriores pasó a las deposiciones urgentes de heces líquidas, acompañadas de ácidas y agrias bilis, con un olor nauseabundo, las que seguramente había ido acumulando en sus entrañas durante todos aquellos años de ignominia de los chaveas, abriéndosele definitivamente el esfínter anal, sin que la válvula tuviera en un breve período de tiempo posibilidad de cerrarse, dando paso a una continua y descomunal diarrea que le tenía en guardia junto a los aseos del pabellón, donde era escarnio de sus compañeros que lo tildaban de cagón, de tal suerte que le apodaron el Diarreas, suceso que trascendió con gran alborozo a los sufrientes niños menores. Debido a ello se le destinó en exclusiva y por tiempo indefinido a la limpieza a fondo de los retretes, limpiando la mierda de todos, sufriendo el acoso constante en las amenazas repetidas del chico mayor encargado de la vigilancia de las tareas: Esto no está bien limpio, comienza de nuevo o vas a hacer toda la limpieza del pabellón. Sufría, asimismo, zancadillas y empujones en la formación de filas, sin que protestara ni respondiera a ellas, e incluso un puñetazo, en una ocasión, de uno de los hermanos mayores agraviados, cuando no respondió a su reto de enfrentarse a él en igualdad de medios, solamente con los puños, reto que cobardemente rehusó pero que no le evitó recibir el certero golpe en la cara acabando tirado en el suelo. 

Circunstancias todas ellas que puso en conocimiento de su madre, en los siguientes domingos de visita de familiares que siguieron a su ingreso en el pabellón, de las que se encargó de transmitir al celador-encargado del pabellón, un antiguo militar chusquero, zafio y violento --andaba siempre con la ancha correa de gruesa piel a mano-- dispuesto a meter en vereda a aquellos levantiscos desheredados, el que ante las protestas de la madre, y sin querer dar ningún tipo de explicaciones, sentenció a voces: Es el más guarro de todo el pabellón, y se acabó, lo mejor es que lo saque usted de aquí, antes de que sus males se le agraven. No fue semejante consejo el que espoleara la decisión de la madre de Fulgencio de sacarlo del orfanato, sino las continuas súplicas ahogadas en llantos de su hijo para que lo sacara de allí ya que no conseguía conciliar el sueño muchas noches; a su vez las continuas tormentas intestinales le impedían comer con normalidad habiendo adelgazado bastante; agudizándose en su rostro su eterno color pajizo, adquiriendo su cara, ahora, un tono raro: entre verdoso-blancuzco, y que alarmó a su madre ante la reiteración de Fulgencio de que se lo llevara a la mayor brevedad de aquel lugar; lo que hizo la madre definitivamente para alegría de muchos por no verle más y cabreo de otros tantos por privarles de no seguir molestándole. Su estancia en el pabellón de mayores fue breve. 

El que se pavoneó de valiente guardián tanto tiempo no pudo aguantar una infinitésima parte de presión de sus propios compañeros: se acabó para siempre el castigo infame de rodillas con las manos extendidas a la espera del golpe con la vara india, el del perverso abofeteamiento entre amigos y compañeros; las sufridas y maratonianas jornadas a pleno sol, en una sola fila alineada limpiando de piedras con las manos el patio terroso; el servir de diana humana para satisfacer el siniestro capricho de tomar a los chicos, a discreción, como ave de presa para dispararles una piedra desde lejos con un tirachinas; y aquellos otros forzados a ser equilibristas, andando con las manos cabeza boca abajo para ser exhibidos en su megalómano proyecto de circo, porque el siguiente guardián que había sufrido los desmanes violentos de Fulgencio fue infinitamente más benevolente: se terminó esa obsesión por el silencio, ya no hubo redes de secuaces delatores, en las formaciones de filas se respiraba una sensación de alivio, se relajaron las estrictas normas... Los chicos no tuvieron más noticias del cesado guardián hospiciano salvo la de que ahora era el chivato del matón de placeta donde vivía en las casas baratas de un barrio periférico de la ciudad. El que nace cobarde, se mantiene cobarde toda su vida. Adiós por siempre Diarreas.





FranciscoMolinaGómez
(Y en aquellos rostros tensionados por el dolor me veo a mí y a muchos de mis compañeros: los que ocupamos en la foto las tres primeras filas por abajo y otros que se incorporaron más tarde. Cómo nos alegramos todos de que aquel individuo desapareciera de nuestras vidas, aunque no pudimos evitar que lo fuera de nuestros recuerdos. Él y otros como él creyeron que aquella infamia, con mayúsculas, que nunca traspasó los muros del sótano quedaría enterrada y olvidada con el paso del tiempo entre las tapias del recinto del orfanato. Obviamente no creían en la libertad del ser humano. Tampoco podían ni siquiera imaginar que algún día existiera esta espacio global de difusión casi ilimitado que es Internet.
Si bien no es humano estigmatizar de por vida a estas personas, si es conveniente y necesario desenmascararles --señalándoles en la foto-- y ponerlas en algún momento de su existencia frente a sus actos y decisiones, y que asuman la parte de su responsabilidad --otra parte la tuvieron las religiosas que lo consintieron y ampararon--, y por consiguiente de la culpabilidad derivada de sus perversos actos, de los que, a buen seguro, con el discurrir de los años, habrá habido momentos de reflexión que les haya traído a su ánimo un sincero arrepentimiento para congraciarse con sus semejantes a los que vejaron durante mucho tiempo, y sobre todo con ellos mismo a fin de obtener cierto sosiego y paz en sus vidas. Es lo que noblemente, y a pesar de lo sufrido, les deseo).  
  


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