miércoles, 15 de abril de 2015

EL PASADO SIEMPRE ESTÁ AHÍ










Talamanca de Jarama. Madrid. Once de marzo de dos mil quince. De izquierda a derecha: Zafra chico, Quiqui, Zafra grande, y el autor del blog.

Tal vez hablaran por mí cuando ya no estaba aquellos que heredaron mis costumbres...
... y transitaron los pasillos de mi misma aula;
y leyeron en las páginas de mi mismo libro;
y se sentaron en los bancos de mi misma mesa;
y saborearon los gustos de mi misma comida;
y se envolvieron con las sábanas de mi misma cama;
y se cambiaron en los sábados con mi misma ropa;
y pisaron las huellas de mi mismo rastro;
y escalaron las tapias de mi mismo patio;
y gritaron en las filas mi santo y seña...
... y cuando éstos se fueron otros hablaron por ellos;
y después otros... y otros, hasta donde llegó la memoria.
Y ahora de vuelta algunos, ya cansado
redescubro en ellos mis propias cicatrices.
Tal vez el pasado no sea tiempo muerto, sino algo que siempre está ahí.











Conforme me lo iba relatando me arrebataban en el recuerdo los mismos sentimientos desatados por alcanzar la altura de la torre; con la misma alocada carrera que reconocía nítida aún en el tiempo transcurrido; escaleras arriba, ajeno a los demás y al mundo conocido; con un sólo propósito, y con el corazón desbocado al final en la pausa del último escalón.

Era el de él, al igual que en la evocación era el mío, un viaje prohibido allende los límites, en los preliminares de la existencia; del despertar a la ingénita sorpresa de lo vivo y a la continua curiosidad por el conocimiento de las cosas que te rodean. Un inocente impulso por descubrir la otra realidad que era la proyección natural e inmediata de nosotros mismos ante lo nuevo, lo inesperado; la proyectación hacia afuera del sentimiento interior que había resistido los envites de lo irracional.

Cincuenta y tres años después, en la tertulia sentados ante una mesa de un conocido restaurante frente al palacio real de Madrid --donde mi mujer Teresa y yo nos encontramos con Quiqui, un antiguo compañero de orfanato, y su mujer Laura--, y mezclados con el olor y sabor de los finos guisos y del buen vino, fuimos desgranando aquellos sentimientos que ahora eran remembranzas de una memoria común, que advertíamos muy lejana y plagada de lagunas. Nebulosa del recuerdo donde hay momentos, gestos, emociones... estremecimientos... que no se olvidan; que al recordarlos incluso los sentimos de nuevo: como aquel ansia por llegar cuanto antes al enlosado de la torre, a la altura que era el techo del orfanato donde nadie subía.

Y su ansiedad que iba creciendo conforme ascendía en busca del gorrión que desde el patio del orfanato había seguido en su torpe caminar observando, después de remontar el vuelo hasta el tejado próximo, como se colaba por entre las arcadas de la torre; era también la mía al encuentro de la paloma que, mucho tiempo después, se aposentó en aquel refugio libre, abierto a los vientos. Y en su ilusionante viaje a las alturas, Quiqui pedía a los señores de los cielos que el pájaro estuviera allí y que no hubiera volado, para así poder remediar su propia soledad de avecilla perdida en la iniquidad del mundo conocido: al poder sentir su propio estremecimiento, su propia fragilidad en el acomodo del ave al desear cobijarla en el hueco de su mano recogida; a satisfacer su ausencia de caricias en la impresión de extrema suavidad del plumaje del pájaro al querer arrullarlo pasándole la otra mano por su templado cuerpo, percibiendo los ritmos de su existencia. Sólo pedía un fervoroso deseo a los moradores de las alturas: poder coger aquel solitario gorrión.

Pero los dioses casi nunca satisfacen los deseos de los mortales y en el espantar natural del ave por el inesperado encuentro, éste voló hasta el tejado contiguo donde se posó por debajo de los arcos de ladrillo, desde uno de los cuales, tras observarle un rato Quiqui le imitó en su impulso de libertad, saltando tras el pájaro por el hueco hasta la peligrosa y empinada cubierta de teja de la que definitivamente remontó el vuelo el gorrión perdiéndose en los aires cálidos y densos del orfanato; ante la estupefacta y desilusionante mirada del que quería ser su benefactor.

Ahora en la decepción del deseo perdido se preguntaba cómo había llegado hasta allí en el mismo instante que desde abajo le descubrían otros niños: ¡Un niño en el tejado!... ¡se va a caer!... ¡se va a caer!...; gritos que advirtieron a la monja que se unió al grupo de internos, la que aún en la distancia proyectaba nítido el reproche impreso en su cara del severo castigo, cuando lo urgente hubiera sido lo contrario para evitar el pánico en el ánimo del chico que se había encaramado allá en lo alto, con riesgo a caer. Ahora con el pavor apoderándose por momentos de Quiqui, que en su espanto por la posible caída temblaba de miedo en cada resbalón que remediaba asiéndose in extremis a las tejas hasta llegar como pudo hasta el poyo del arco, se sintió más desamparado que aquel gorrión: no tenía las alas de éste para poder volar de allí y evitar el penoso castigo que le esperaba, a cuyo encuentro se resistía llorando en un rincón de la torre.

Armilla. Granada. En la esquina de los alargados volúmenes de los pabellones del orfanato, eclosiona la torre como si surgiera de la presión del encuentro de las edificaciones, alzándose en altura y abierta a los vientos

Pobre Quiqui, los segundos de tiempo se le hicieron eternos, atrapado entre dos miedos: el de la posible caída al vacío al quedar paralizado por el pánico, atenazado ante la ira que reflejaba la mirada que le escrutaba desde abajo, y el pavor al encuentro del violento castigo como respuesta para aplacarla en el alterado ánimo de la monja, inmediatamente después. La misma ira en los golpes de la vara india o en las bofetadas que también yo sentí en mis propias carnes en cierta ocasión que conté ya en los postres:

Tenía diéciseis años y en aquellos días mi existencia atravesaba por uno de esos agudos procesos de desubicación tanto territorial como mental: ese momento vital que sistemáticamente se repite en todos los adolescentes de cualquier época; aquello de no estar seguro de si entras o si sales, si vienes o si vas, si te quedas o si huyes..., bueno esto último de huir si lo tenía claro y me conjuré en evadirme --en el más amplio sentido de la palabra-- de las aburridas mañanas y de las tediosas tardes encerrado en el pabellón de menores, refugiándome con absoluta complacencia en las divertidas clases de música del insigne maestro don Eduardo, alias "Cigarrón" --experto musical del sonido de cuerda que vivía en Armilla y que había recibido el encargo de la Diputación de Granada de formar una rondalla en el orfanato--, y que tenían lugar a la caída del sol, después de la cena, en una alargada estancia del pabellón de mayores. Por supuesto estas escapadas hacia el otro pabellón no contaban con el conocimiento, ni, por tanto, la aprobación de la correspondiente monja de guardia. Al abandono del cubil, añadía el aún más "infame" acto de indisciplina: el abandono del servicio del cuidado de los niños menores, para cuya custodia --que era responsabilidad de la monja-- ya no tenía ni edad, ni ánimo. Aquel día estaba de guardia en el pabellón la iracunda navarrica: sor Blanca.

Me dio dos avisos para que regresara al pabellón de menores, a los que no hice caso; ¿pero el tercer aviso?..., ¡ay el tercero!... venía borrascoso: Que de parte de sor Blanca, que te espera afuera en el patio --compadeciéndose el chaval del recado, con su sincera mirada, de la tormenta que se me avecinaba.

Nunca olvidaré aquella estampa de un ser que parecía humano aunque todo él era de ira reflejada en el acaloramiento de su rostro, hasta adquirir ese tono rojo-fuego próximo a la combustión. Ira que descargó con inusitada cólera sobre mi cara --muy próximo los dos--, abofeteándome con fuerza con las dos manos a la vez, mientras avanzaba hacia el pabellón; yo caminando hacia atrás. Guantazos que me producían zumbidos de oídos y que duraron un trayecto, el que consideré suficiente para expiar mi culpa. Súbitamente y sin darle opción a que descargara las siguientes dos obleas en estéreo sobre mis ya enrojecidos pómulos, le agarré con tal fuerza sus manos que, a buen seguro, le dejé en sus muñecas las marcas de mis dedos; mientras la monja se revolvía con furia. Entendió el mensaje que mi varonil fuerza le enviaba para que aquel episodio de violencia no degenerara a mayores y cesó en la agresión, amenazándome con no sé qué retahíla de castigos a los que no hice caso. Imagino que más tarde se confesaría de aquel pecado capital --ira--, en el que, por cierto, caía con frecuencia. A mí jamás me pidió disculpas; a decir verdad tampoco las esperaba...

Después en la tertulia de sobremesá de cafés, tes y preceptivos chupitos de la casa, y en las interminables conversaciones por la tarde paseando por el Madrid de los austrias, cerramos el círculo de los años de plomo como terapia para seguir creyendo en la raza humana; y hablamos de lo que vino después levantándonos cada vez que caíamos al suelo sin darle tregua al desaliento; del tiempo nuevo, de la esperanza, del humanismo, del arte como sabia respuesta a toda aquella iniquidad.

Fue aquel un día gratamente reparador, donde con el relato de los recuerdos afloraron mis sentimientos hasta los poros de la piel, percibiendo esa extraña discontinuidad que se siente en la yema de los dedos cuando se palpan las cicatrices del cuerpo ya cerradas hace mucho tiempo: una rara y tersa suavidad que mantiene unida, como adhesivo, la epidermis, aunque en esas zonas haya perdido su identidad de piel.

Que aquellas cicatrices seguían siendo huellas, vestigios, rastros, pistas, trazas..., perfectamente cerradas, pero que se mostraban nítidas en sus marcas es lo que aseveré de nuevo casi un mes y medio después, cuando los cuatro nos dirigimos hacia Talamanca de Jarama, un pueblo de Madrid, al encuentro, esta vez, de dos compañeros de orfanato: los hermanos Zafra.

Enrique, el hermano mayor, ya nos esperaba en un restaurante de la localidad cuando llegamos. Hacía un día esplendoroso de sol primaveral. La intensa luz, pasado el mediodía, se reflejaba brillante en los matices de colores verdes y ocres del jardín ubicado en la misma entrada, en uno de cuyos rincones, al amparo de estratégicas sombrillas, y alrededor de una alargada mesa sentamos la euforia del encuentro y el apetito lógico a esas horas. A continuación el entusiasmo de las salutaciones dio paso, más relajados, a la retahíla de anécdotas, historietas, fábulas y leyendas que desde la infancia habíamos acumulado en nuestra mente a lo largo de los años; ahora recuperadas para ocasión tan especial. Los recuerdos fueron ocupando densamente el tiempo siguiente, sin perder por ello, en la complacencia del momento culinario, la vez en dar oportuna cuenta de la tierna carne hecha a la piedra caliente, regada con un afamado vino. Y empezó el primer asalto de las batallitas antes que el caldo riojano hiciera mella en la memoria. La de Enrique aún clarividente a pesar de un suceso grave de salud.

Contaba un episodio de cita secreta con una chica interna --a la que sorpresivamente mencionaba con nombre y apellidos-- para verse a escondidas, y lo que encartara después --eran muy jóvenes--, en uno de los lugares remotos del orfanato: la leñera. Al hilo del relato la recordaba con claridad, ubicada al final del volumen edificatorio que era lavadero del orfanato, muy próxima al pabellón de niñas y plagada de recovecos que formaban las grandes pilas de troncos de olivo con destino a los enormes fogones de la cocina, como el sitio ideal y casi el único para este tipo de "peligrosos" encuentros. Eran varias las menciones conocidas de citas amorosas que habían tenido lugar allí. Para aquellos chicos mayores, posiblemente primara más la irresistible llamada de las hormonas en ebullición, que la posible expulsión del centro. Quizás fuera esa mezcla de testosterona y adrenalina, a la vez, tan explosiva la que hacía más deseable el inimaginable e ilusionante momento del encuentro.

Podía imaginar, conforme lo relataba, la ansiedad y el miedo, acelerándose por igual en el cuerpo de Enrique Zafra, mientras penetraba en aquel laberinto de retorcidos leños; su acomodo en algunos de aquellos recodos de madera a resguardo de delatoras miradas; pendiente de algún ruido que revelara la presencia de la chica con la que había quedado de la única forma posible en aquel severo contexto: a través de notas escritas entregadas por improvisados confidentes. Algo oyó en el hueco de acceso al fondo, como el sonido de algunos pasos, percibiendo seguramente en ellos la proximidad de lo prohibido, la tentación en forma de pecado, de la que irremisiblemente se iba a dejar arrastrar... pero la silueta que acompañaba aquellos pasos y que se hizo visible cuando se le acercó era todo lo contrario a la seducción: era el señor Cristóbal, uno de los guardianes del pabellón. La nota con referencia del lugar y hora le había sido sustraída a Enrique por algún compinche del empleado y entregada a éste. La chica que habiendo llegado más tarde vio la escena, salió precipitadamente del lugar a fin de ponerse a salvo, con tan mala fortuna que fue sorprendida saliendo de tan sospechoso lugar; acción delatada que castigaron después rapándole el pelo.

Con la sorpresa de ver ante sí a quién ni imaginar esperaba, Enrique experimentó ese sentimiento de rabia de saberse descubierto, y el temor a la posible expulsión que desde aquel momento, y como permanente incertidumbre, se instaló en su cuerpo, la que quiso apaciguar inmediatamente, implorando al empleado cierta conmiseración: Si no das cuenta a don José Capilla --el director del orfanato-- te prometo que no vuelvo por aquí. El guardián no cumplió su palabra y dio conocimiento de la grave infracción al director, el que milagrosamente le indultó --lo contaba y me costaba creerlo--- dándole una nueva oportunidad. Posiblemente aquel día se aliaron todos los dioses a su favor: sabíamos que aquellos sucesos siempre se habían saldado con la expulsión.

Y ahí quedó de momento la cosa; sólo de momento porque desde entonces al guardián hospiciano le faltó tiempo para provocarle continuamente --datos que eran corroborados ahora por su hermano menor Paco que se había incorporado el grupo en los postres y los cafés-- hasta llevarle en una ocasión a la saturación del prudente raciocinio, perdiendo el control de éste en la rabia de la pelea en la que uno de aquellos días ambos se enzarzaron y que había provocado el señor Cristóbal. Al final del envite de fuerzas Enrique encima del empleado al que tenía inmovilizado sobre su cama, le amenazaba con el puño en alto: ¡Te mato, cabrón!, sin que el asunto llegara a mayores al ser auxiliado el guardián por sus secuaces nombrados entre los internos, que le inmovilizaron. A la semana de los sucesos se marchaba, expulsado del orfanato por el director: una persona que nos gobernó en el miedo, a la manera dictatorial de las ideas que nunca abandonó: la Diputación era un nido de falangistas.

Armilla. Granada. Casa del administrador-director durante los tiempos en los que lo hubo; a la entrada al orfanato

Salvando la distancia en el tiempo reconocí cierta simetría en el episodio de Enrique con la continuidad que años después aún persistía en los celadores de extremar la vigilancia para descubrir las posibles secretas relaciones de los chicos con las chicas internas. Aquella obsesión por conseguir "las pruebas del delito": las referidas notitas, la viví personalmente cuando intimé relación con Loli, una de las chicas mayores del pabellón de niñas. Nota que estuvo a punto de caer en las garras del señor Cristóbal y que el hilo de lo que narraba Enrique conté en la reunión:

De aquel estado de euforia del primer amor hice partícipe sólo al único interno que podía ayudarme: Paco de la Hoz. Busqué su posible connivencia de moderno Celestino de recaderos de mensajes escritos, aprovechando su condición laboral de pinche en la cocina del orfanato, a la que acudía diariamente Loli en su tarea de recoger las viandas para la comunidad de monjas. De esa manera inicié una relación a través de cortas notas escritas, de manera improvisada en cualquier trozo de papel; confiadas al secreto y la lealtad de aquel compañero interno para su entrega disimuladamente a la destinataria, así como a su discreción de las miradas ajenas en la recogida de la contestación; la que esperaba ansiosamente por las noches cuando Paco de la Hoz se recogía en el pabellón, después de una jornada de trabajo.

No demoraba ni un segundo en desplegar el trozo de papel, y cada doblez que deshacía me parecía una eternidad que escondía el ansiado secreto del corto mensaje, deleitándome una y otra vez en su lectura hasta aprenderla de memoria, de la que participaba al leal mensajero, antes de destruirla para no dejar rastro, en una extraña relación de amigo y confidente. Todo era muy idílico. Después contestaba sin demora, lo más rápido posible. No nos apercibimos de que con el tiempo aquella diaria rutina había relajado nuestras precauciones y obviado el cerco con el que el señor Cristóbal estrechaba sus sospechas conspirativas de algo que no sabía exactamente de que se trataba, pero de las que quería saber en aquella ocasión al sorprendernos en la entrega del mensaje: ¡Eh!, vosotros dos, ¿qué os traéis entre manos?... y cuyo contenido quedó para él sólo en el aire de su pregunta pues la nota desapareció en el interior de la boca. Después tomé nuevas cautelas: querían saberlo todo...

Si bien de aquel relato hice sobremanera mío el momento de la expulsión. Me imagino el instante de éxtasis del que embriagado por la soberbia del poder, dictaba sentencia condenatoria, sin posible apelación al amparo por parte de nadie, hacia un indefenso chico; el mismo gesto de prepotencia, de arbitrariedad, de cinismo y de maldad que percibí del nuevo administrador, otro personaje paradigma también del Régimen, y del que dejé constancia casi al final de la reunión, cuando ya habíamos tomado varios cafés y la luz del día se iba apagando:

Fue en la estrecha habitación de estudio donde el nuevo administrador-director se quitó la careta y me mostró su rostro falangista del que ya habíamos tenido noticias. Estudiaba en soledad aquel día de principios de primavera y la callada noche era mi aliada en la tenaz lucha con el grueso temario de opositor. El nuevo director don José Luis Rodríguez, insensible al valor de aquel oportuno silencio en la oscuridad de la noche, aprovechó aquellas sombras para su ilusoria misión de salvapatrias. Gran gesta que comenzó aperturando violentamente la puerta del pequeño cuarto, con sonora patada y ronco portazo que me sobresaltó. Mostraba gran excitación, eufórico descubridor de ilegal zulo, que iba en aumento conforme registraba cajones y demás compartimentos de cada una de las mesas de estudio que torpemente se agrupaban debido a la falta de espacio, buscando algo que ni él sabía bien, y que le seguía provocando aquel estado de exaltación, mientras iba desechando libros, posters, libretas, y otros papeles farfullando algo de un contubernio comunista. Por lo visto creyó haber encontrado, al fin, la buscada guarida marxista-leninista del orfanato.

Había que estar loco para confundir los homologados libros de texto con los otros prohibidos (ni siquiera un ejemplar de alguna edición clandestina: nuestra falta de liquidez era crónica), de ahí su decepción que iba en aumento conforme descartaba los posibles instrumentos del delito (ni un mísero pasquín que confirmara sus sospechas), sin apreciar mi rostro de estupefacción ante lo que estaba observando. Se marchó sin excusarse y farfullando de nuevo lo de la confabulación proletaria. Menos mal, pensé, que algún tiempo atrás sor Dolores la gorda nos arrancó, destruyéndolo, el conocido póster del Che Guevara que uno de nosotros había prendido en una de las paredes del cuarto de estudio. Entonces comprobé in situ de que calaña eran esas gentes que nos habían administrado y tutorizado. Adopté desde entonces hacia él cierta resistencia pasiva a fin de poder sobrevivir con dignidad.

Tres meses después aquel personajillo, don José Luis "Falangista" me expulsaba del orfanato por "mala conducta"; apreciación perversa por su parte de un episodio de desobediencia por no querer doblar la cerviz más veces, y que esgrimió como excusa para echarme de allí. Afuera no me esperaba nadie.

Hoy más que nunca compruebo que aquel complicado pasado ha estado siempre ahí: son esas huellas que han impreso mis vivencias en el discurrir de un tiempo difícil; las cicatrices que persisten y que, aunque las maquille, siempre salen y se muestran; y que ahora, para desechar el miedo a que se puedan abrir alguna vez, me he propuesto definitivamente reconocerlas, palparlas, aceptarlas y mostrarlas, como parte de mi existencia; de mi mismo.

Escribe William Faulkner: "El pasado no es pasado, porque nunca muere".



FranciscoMolinaGómez
(Quién nos iba a decir entonces que con el paso del tiempo nos veríamos en lugar tan alejado de allí, en la placidez de una grata conversación con fondo de paisaje de valle fluvial y extraño silencio de los pueblos que se despueblan... y se nos hizo de noche hablando del pasado que ese día fue presente)


1 comentario:

  1. Como cada entrada en tu blog, una nueva emoción, un nuevo sentimiento, nuevos recuerdos afloran. Coño, qué bien escribes! Gracias de corazón Paco.

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